El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: El Reloj de la Caja de Ahorros
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-10-2017 | 14:06

«Es necesario llevar en sí mismo un caos para poner en el mundo una estrella danzante». (Nietzsche).

Tres relojes omnipresentes había en aquel Oviedo de mi infancia cuando vivíamos en la plaza del Carbayón, el de La Hora Fija en la calle Argüelles, que casi siempre iba unos minutos retrasado, el de la Caja de Ahorros, que protagoniza esta historia y el de la Renfe, con el que siempre me encontraba a la salida del cine Aramo, tal y como consigné en esta misma página.
Desde el salón-comedor del segundo piso del número 3 de la plaza del Carbayón y también desde el mirador, nadie necesitaba mirar su reloj, pues el de la Caja de Ahorros, ya entonces, daba las horas, las medias y los cuartos. Y no se ponía en duda su precisión en aquellos tiempos en los que la mayoría de los relojes se atrasaban, se adelantaban o, directamente, se averiaban. De hecho, cuando se ponía en hora el viejo reloj que colgaba de la pared, la referencia era lo que marcaba el de la Caja de Ahorros.
Y lo curioso del caso es que el edificio de la Caja de Ahorros fue para mí, sobre todo, una referencia horaria. En aquellos años en los que las valoraciones estéticas que hacemos son químicamente puras, esto es, no pasan de ser meras impresiones sin contaminación ni condicionantes, el referido edificio me parecía una enorme mole, acaso alta en exceso, que tenía como principal reclamo aquel reloj que daba las horas, las medias y lo cuartos con música, como sigue haciendo actualmente. Y que se estilizaba de algún modo gracias la torre de su reloj.
Desde luego, cuando transitábamos la plaza de la Escandalera rara vez nos estirábamos para ver qué hora marcaba su reloj. Resultaba paradójico que, siendo un reloj ubicado en el exterior de un edificio, era tenido en cuenta y observado sobre todo desde dentro de las casas. Acompañaba intramuros y, de algún modo, se adentraba en los hogares. De algún modo era- y sigue siendo- el faro del centro de Oviedo.
Por eso, sin entrar en otros detalles acerca de los cambios que se produjeron en una entidad financiera que se concibió para muy distintos fines de los que sirve ahora desde que un tal MAFO dio vía libre a que las cajas de ahorro dejaran de ser lo que siempre habían sido, renunciaran a sus fines sociales y culturales, lo único que permanece invariable de la entidad de la que venimos hablando es el reloj.
Reloj de la Caja de Ahorros. Aquel edificio, tan grande y sobrio a la vez, antes de que acogiese en su fachada la presencia de asturcones moldeados artísticamente, mucho antes de que se modificase el nombre de la entidad financiera, parecía tener vocación de dar la hora en Oviedo, vocación de algún modo juglaresca en la ciudad que novelísticamente sesteaba.
Por las tardes, cuando regresábamos a casa tras la finalización de la jornada escolar, ya desde la calle Santa Cruz, se divisaba su reloj y sabíamos el tiempo justo que nos restaba para dar cuenta de la merienda que se nos servía con infalible puntualidad. Lo de siempre: tiempo y espacio, espacio y tiempo.
Ciertamente, había momentos en que encontraba mágico ver el reloj iluminado, cuando las noches se presentaban más oscuras que de costumbre, cuando la niebla lo apoderaba casi todo y la ciudad se escondía de nuestra mirada, como si un enorme velo la ocultase.
Ciertamente, había momentos en los que ver la hora que marcaba aquel reloj, acompañada de su música, resultaba muy ilusionante. Por ejemplo, cuando marcaba las 8 de la tarde cada 16 de febrero y mis padres me recordaban que había venido al mundo justo en aquel momento en el año 1957. Por ejemplo, cada Nochevieja justo antes de tomar las uvas.
Horas mágicas y horas insulsas. Horas que anunciaban algo importante y horas que eran pura y repetitiva monotonía.
¿Cómo no recordar la importancia que tenían determinadas horas a menos cuarto, porque ése era el tiempo justo de las distancias de cada día? Por ejemplo, salir de casa a las nueve menos cuarto cada mañana camino del colegio, pues ése era el margen de minutos que nos llevaba el recorrido para llegar puntualmente a clase. Por ejemplo, cada noche a las diez menos cuarto cuando tocaba recoger juguetes o libros y ponerse en disposición de sentarse a la mesa para la cena que se serviría a las diez.
Años más tarde, en 1970, cuando nos mudamos a la calle Santa Susana, desde los ventanales del salón y desde la terraza, se veía de frente el reloj de la Caja de Ahorros y también se dejaba oír. Y, en fin, desde dentro de la casa de Toreno 5, donde viví con mis padres desde 1973 hasta 1985, se oía y se veía, desde alguna habitación, este reloj tan omnipresente.
Algún día en Oviedo habrá que rendirle homenaje al reloj de la Caja de Ahorros, que, como diría el bolero, marcó nuestras horas, nuestras medias y nuestros cuartos a tantas generaciones de ovetenses. Y esperemos que lo siga haciendo, porque nunca se sabe.

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