El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Una noche en La Herradura
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-10-2017 | 23:51

 

“Sigamos siendo noche, / como la noche inmensos, / con nuestro amor oscuro, / sin límites, eterno”. (Manuel Altolaguirre).

Aquella noche, las nubes se movían perezosamente por el cielo. La luna estaba en creciente, con ese resplandor especial que, caprichosamente, ilumina determinados rincones. La temperatura era deliciosa. Sólo había refrescado lo suficiente para librarse del calor, un tanto pegajoso, del día. Estábamos en plenas fiestas de san Mateo, del san Mateo anterior a los chiringuitos. Y todo invitaba a retrasar el regreso a casa, a disfrutar del encanto de aquella noche septembrina. También hablamos de un tiempo en el que las clases no daban comienzo hasta octubre. Por tanto, no había que madrugar al día siguiente. Oviedo era una fiesta y decidía prolongar el verano.
Por otra parte, la música que se dejaba oír en la Herradura garantizaba el insomnio en casa, en aquellos años en los que vivíamos en la calle Toreno. De modo y manera que todo parecía haberse conjurado para disfrutar de aquella noche hasta altas horas de la madrugada.
Fiestas de san Mateo, año 1973, plena adolescencia. El repertorio de canciones que se interpretaban en la Herradura era el mismo que se había repetido, diría que machaconamente, en las romerías y verbenas durante el verano que se estaba despidiendo en Oviedo por todo lo alto. Desde luego, no era aquella música un reclamo importante para darse una vuelta por el baile de la Herradura y escucharla de cerca.
En aquellos años, la iluminación en el Campo de San Francisco era, en el mejor de los casos, escasa y deficiente. Y el baile de la Herradura no sólo era un foco acústico, como tal expandido en exceso; era también un reclamo de luz, algo que daba vida a aquellas noches.
Fue el caso que decidimos sacar las correspondientes entradas y entrar al baile. No recuerdo el nombre de la orquesta que actuaba, tampoco sabría decir si, con la entrada, había o no derecho a consumición. Lo que sí rescato con nitidez es la imagen del bar, idéntica a los bares que se instalaban en las verbenas de los pueblos.
Un cubata de ron a los 16 años tenía, sobre todo, el sabor de una madurez a la que entonces deseábamos, con ingenua avidez, alcanzar. Desde la barra, con la consumición en una mano y el cigarrillo en la otra, tocaba, en apariencia, observar el panorama. Digo en apariencia, porque aquella música que se interpretaba tenía un importante magnetismo, sólo uno: que nos trasladaba al verano, al montón de verbenas que habíamos transitado especialmente en el mes de agosto, que entonces empezaban y terminaban en Pravia y alrededores, es decir, el primer domingo de agosto en Peñaullán y la primera semana de septiembre en Pravia, entre san Fabián y el Cristo de verbena en verbena.
Trasladaba aquella música a los mencionados escenarios, a noches mágicas con la luna como faro, a bailes que en algunos casos parecían de ensueño, a conversaciones marcadas por los tópicos donde lo que realmente importaba era la música, no precisamente la que interpretaban las orquestas, sino la que portaban las palabras, casi siempre muy pocas, que se intercambiaban.
Así las cosas, el tiempo empleado en saborear despacio el cubata de ron me llevó a hacer un recorrido por las verbenas de agosto. Como si en aquella noche, toda la impedimenta de las verbenas, público asistente incluido, hubiese decidido reunirse en la Herradura para despedir el verano.
Y ella, como siempre, estaba allí. Ella, tan de Oviedo, tan de Asturias. Me refiero a la melancolía que comparecía a través del recuerdo de algunas compañeras de baile del verano. Comparecía con su no sé qué de tristeza, pero, sobre todo, con una ternura que sobrecogía y hasta emocionaba.
Cuando algún día se novele de verdad la educación sentimental de mi generación, habrá que entrar a fondo en la importancia de una música que nunca hubiéramos elegido para escuchar. Y, sobre todo, habrá que abordar la omnipresencia del ritual del baile, cuando en realidad, a muchos de nosotros no nos gustaba bailar, pero era algo imprescindible para intercambiar palabras con las chicas a las que nunca hubiésemos conocido sin el dichoso baile.
Y lo cierto es que, en ocasiones, como escribí más arriba, lo que lo envolvía todo era la música de las pocas palabras que se intercambiaban, música de susurro, tanto por la timidez del momento como por la cercanía física que facilitaba el baile.
Aquella noche septembrina de 1973, a los 16 años, lo que bullía en mi interior eran acordes de despedida del verano, acordes que emanaban de los recuerdos.
La Herradura era una fiesta, era un canto de cisne del verano, de un verano que no tenía prisa en irse. En aquel rincón del Campo de San Francisco, se concentraban los recuerdos más recientes, como en uno de esos sueños en los que la película de lo más cercano en el tiempo se va activando con sus realidades y juegos, entremezclando escenarios, intercambiando rostros, turnando voces. Y, al despertarnos, lo reordenamos todo con satisfacción y alegría.
En el vaso del cubata, sólo quedaba el trozo de limón empapado, conteniendo los restos de aquello, quizá preservándolos hasta que el recipiente y yo abandonásemos el mostrador.
Hubo un momento en que quise ver en el baile a alguien que, por supuesto, no estaba, pero que lo había llenado casi todo.
Al marchar, cuando se empezaba a cerrar, me pregunté si los cisnes del Campo de san Francisco estarían todos durmiendo. Me pregunté también cuál podría ser la música preferida de los pavos reales en el momento en el que decidían engalanarse desplegando su colorido.
Ya en casa, antes de dormirme, miré el cielo desde la terraza en compañía del último cigarrillo de la noche. Una nube quería ocultar, sin conseguirlo, el resplandor de la luna, una luna que ardía pero que no quemaba pulverizando a la nuble, como la llama potente que apenas permite al humo dejarse ver.

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