El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Toni Cuervo: De capitán a entrenador
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-10-2017 | 15:53

“Vale más equivocarse con alma que acertar sin ella”. (Unamuno).

Tengo un recuerdo muy lejano y borroso de Toni Cuervo vestido con la camiseta azul, con el dorsal número 2. Pero no sabría decir contra quién jugaba el Oviedo aquel partido. Su presencia daba solidez a la banda que defendía. Y la gente que se sentaba cerca de nosotros comentaba con mi padre que el legendario defensa carbayón era un excelente ‘secante’ que apenas le daba opciones al extremo contrario al que le tocaba marcar. Conviene no olvidar que le tocó el marcaje de extremos izquierdos de la categoría de Gento y Collar, entre otros.

Pero, ya digo, es un recuerdo muy incompleto, sólo de una fase del partido, cuando el Oviedo defendía la portería que estaba delante de la grada de general. Y allí estaba Toni, cumpliendo con el pundonor y la solvencia que le caracterizaba. En la grada, no se le discutía, no sólo era uno de los nuestros, sino que además tenía ganado el respeto de toda la afición.

Pasaron los años de infancia en los que mi padre me llevaba al Tartiere. Y llegó la temporada 76-77, momento histórico decisivo, de esperanzas y miedos. El Oviedo se quedó a dos puestos del ascenso a primera división.

Temporada amarga en lo que se refiere al resultado final. Toni Cuervo era el entrenador. Ya tenía el pelo encanecido. Cuando se ponía de pie, en las inmediaciones del banquillo, se veía que lo suyo era mucho más que el desempeño de su profesión. Se diría que le daban ganas de salir al campo y empujar al equipo. Incluso, cuando no se desgañitaba, cuando permanecía en silencio, sus gestos eran enormemente expresivos. Vivía los partidos con la misma intensidad que en su etapa de jugador. Lo suyo no era estridencia ni pose.

¿Cómo no recordar el penúltimo encuentro de aquella temporada contra el Sporting? No sólo se perdió el derbi, sino que además aquel resultado nos dejó prácticamente sin opciones de ascenso.

Si no recuerdo mal, el referido encuentro se jugó el último domingo de mayo del 77. Y, a la salida, viví, acaso con mayor intensidad que nunca, esa melancolía tan propia del oviedismo, que siempre se suscita cuando, estando cerca de alcanzar un sueño, en este caso, el ascenso a Primera, todo se va al traste, prácticamente en el último suspiro.

Melancolía por partida doble. De un lado, la que es propia de una tarde de domingo en la que se nos viene encima que muy pronto será lunes. Por otra parte, el lamento generalizado, expresado con palabras y gestos, por haberse malogrado una oportunidad que daría paso a la euforia.

La gente abandonaba el Tartiere con infinita tristeza. Eran pocos los que escuchaban la radio camino de casa, algo que se hacía masivamente cuando se lograba la victoria. No llovía en Oviedo, pero las calles cercanas al estadio de Buenavista sólo eran en aquel momento lugares de paso para olvidar lo más pronto posible lo ocurrido.

A la desolación por aquel resultado que nos alejaba casi definitivamente del objetivo del ascenso, habría que sumar, al menos en mi caso, la contagiosa tristeza de un entrenador como Toni Cuervo que sentía al Oviedo como algo profundamente suyo.

Hubiera sido todo un ritual de justicia poética que se hubiese conseguido el ascenso, sobre todo, por aquel entrenador que llevaba al equipo azul en vena.

De noche, en casa, si la memoria no me falla, en el programa ‘Estudio Estadio’ compareció un defensa del Oviedo, Francisco Galán. No era canterano y aquella era su primera temporada en el conjunto carbayón. Sin embargo, en su semblante se plasmaba una infinita tristeza.

Toni Cuervo, entrenador del Oviedo. Como futbolista, lo dio todo por el equipo y su balance fue extraordinario. Como míster, dejando al margen el mayor o menor grado de consecución de los objetivos marcados, se ganó el mismo respeto que había obtenido como defensa lateral derecho y capitán. Al año siguiente, salvo que los datos me fallen, se fue a entrenar al Celta de Vigo.

Pasaron los años, y era muy frecuente verlo pasear por Oviedo. Su pelo blanco, su bonhomía que reflejaba en el rostro. Fue la más viva representación de un oviedismo que conservó siempre, a pesar de los sufrimientos y fracasos, de una gloria que nunca nadie nos podrá quitar.

Cuando se reunían los veteranos del equipo, siempre estaba allí. Podría decirse que fue hasta su último suspiro el capitán del oviedismo.

La última vez que lo vi por Oviedo fue en la terraza de la Mallorquina, donde se acercó a saludar a unos amigos. Ya habíamos salido del pozo y del infierno. Ya estábamos de nuevo en el fútbol profesional.

Estoy totalmente convencido de que Toni Cuervo hubiera sobrellevado muy mal despedirse de la vida con el Oviedo en el pozo o con el equipo de sus amores desaparecido.

Toni, cuervo, toda una viga, poderosa y firme, del oviedismo.