El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Desde el Sanatorio Blanco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-11-2017 | 16:53

«El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece que lo que quedó atrás tiene más realidad para reducir el presente a un interesante precipicio: Envejecer». (Silvina Ocampo).

Hubo un tiempo, en los primeros años de la década de los setenta, en los que frecuenté con asiduidad la cafetería América. Desde aquel establecimiento, más allá del movimiento que podía tener entonces el sanatorio Blanco, lo que en verdad llamaba la atención era el edificio propiamente dicho, con una innegable voluntad de estilo que además daba cuenta de la estética de otro tiempo, no necesariamente muy lejano, pero claramente distinto.

Algún día habrá que hablar muy a fondo de la estética que imperaba en los años setenta por estos lares, estética, en términos generales, que destacaba por lo chillón, tanto en las decoraciones de las casas como en la ropa que estaba de moda. Y, como digo, el aspecto del sanatorio Blanco era todo un contrapunto a lo que se estaba construyendo.

Es llamativo que el sanatorio Blanco se haya construido en 1949, es decir, al final de la década más dura y difícil de la posguerra, cuando la miseria estaba muy lejos de desaparecer. En todo caso, se puede considerar que tanto la ubicación como la estética resultaron acertados.

Por lo que leí en EL COMERCIO, fue en 2009 cuando el Ayuntamiento de Oviedo decidió, mediante una modificación del PGOU, recalificar el uso residencial al que estaba destinado el solar. Y, siguiendo la misma información, una constructora inmobiliaria se hará cargo de poner en pie un edificio que constará de 28 viviendas.

Así pues, la fisonomía de la zona se modificará sustancialmente y dentro de muy poco tiempo el edificio del sanatorio Blanco será historia.

Por otra parte, al haber tenido el sanatorio Blanco varios usos desde el punto de vista sanitario, los recuerdos de muchas gentes de Oviedo se centrarán en épocas muy determinadas de este edificio sanitario.

Un edificio que da cuenta de un tiempo en el que el movimiento de tráfico era infinitamente inferior al que vino teniendo en los últimos años. Un edificio que, por un lado, estaba ya a las afuera de Oviedo, donde la ciudad terminaba, pero que, al mismo tiempo, se encontraba cerca del meollo de la capital. Ambas cuestiones que parecen contradictorias son muy propias de Oviedo.

Sanatorio Blanco. Un recuerdo tan triste como imborrable: el haber visitado en compañía de mi padre a un gran amigo suyo que ya se encontraba en la fase terminal de una enfermedad que tantas muertes sigue provocando en los tiempos actuales. Nunca podré olvidar aquella voz ya agonizante, que se despedía de la vida, pero que, al mismo tiempo, daba cuenta de una gran lucidez, lo que seguramente acrecentaba el sufrimiento.

Y, a decir verdad, la única imagen que tengo nítida de aquello es la del enfermo que se incorporaba en la cama para hablar con nosotros. No logró rescatar el aspecto de los pasillos, ni tampoco la habitación en la que se encontraba aquel señor tan entrañable que, precisamente, había sido el médico de la familia durante tantos años.

Aquello tuvo lugar a principios de los setenta, en esa fase de la vida en la que el arriba firmante abandonaba la niñez y se incorporaba a la adolescencia. Siempre tendré presente aquella visita que me llenó de tristeza y que me hizo ver los estragos que hace en personas saludables y fuertes esa odiosa enfermedad que está en la mente de todos.

Cuando finalizaba la década de los setenta, visité el sanatorio Blanco por segunda y última vez. Allí operaron a mi padre de cataratas.

Y es curioso lo caprichosa que es la memoria, porque, a decir verdad, los recuerdos más nítidos que tengo, aparte de las conversaciones con mi padre y con los médicos, es el momento en que todo aquello se terminó y le dieron el alta a mi padre. Un momento que se escenificó al final en una especie de jardín en el que esperábamos un taxi que nos llevase a casa.

Dos recuerdos a lo largo de una década, en su entrada y salida. Dos recuerdos, puertas adentro.

Sé que es muy subjetivo lo que voy a decir a continuación, pero me atrevería a afirmar que lo verdaderamente notable del sanatorio Blanco es la fachada y la ubicación, y es eso lo que puede explicar que el interior no me haya quedado en la memoria.

Sanatorio Blanco, que, en gran parte, miraba hacia Castilla, hacia una tierra con menos humedad a la que tanto se acudía desde Asturias no sólo con fines turísticos, sino también terapéuticos, que no estaban en modo alguno peleados.

Sanatorio Blanco. Un enclave sanitario que terminó por convertirse en residencia para la tercera edad. Testigo también de las muchas transformaciones que se produjeron en nuestra ciudad desde 1949.

Sanatorio Blanco, memoria de toda Asturias y, particularmente, de Oviedo.

Cuando lo veía desde la cafetería América, cuando pasaba por delante del edificio, recordaba casi siempre, con cariño y ternura, a aquel amigo de mi padre que había visto allí por última vez y que se despidió de nosotros para siempre.

Y la vida seguía y siguió, entre recuerdos y realidades presentes.

Cuando, por fin, sea demolido, permanecerá no sólo el recuerdo, sino también la ausencia de algo que formó parte del día a día de Oviedo durante tantas décadas.