El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Calle del Rosal
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-11-2017 | 13:30

La imagen puede contener: cielo y exterior

“Ciudad de sucias tejas soleadas: / casi eres realidad, apenas nido/ sólo un rumor, un humo desprendido, / de las praderas verdes y asombradas”. (Ángel González).

Una mañana lluviosa de febrero, una calle con muchos bares y una sala de juegos. Estamos en 1972, cuando el arriba firmante acababa de cumplir 15 años. Los bares eran en su mayoría para gente mayor. La sala de juegos, de la que ya me ocupé en esta misma página era “Las Mil Millas”. Hablo, claro está, de la calle del Rosal, que está entre las más antiguas de Oviedo.
En aquella época, la adolescencia y juventud deambulábamos, sobre todo, por san Bernabé. Y la calle del Rosal sólo era joven y adolescente en la sala de juegos referida, sobre todo, en horario escolar. Y, por supuesto, nadie se imaginaba que, con el transcurrir de los años, esta vía pública tan céntrica acabaría por ser el principal punto de encuentro de la adolescencia vetustense desde los años 80 en adelante. Ítem más: podría decirse que la calle del Rosal fue el escenario inmediatamente anterior al llamado “botellón”, fenómeno sociológico del que tanto se habla, a menudo con demasiadas anteojeras. Pero sigamos con nuestra historia.
Regreso a aquella mañana de febrero de 1972 con los 15 años recién cumplidos. Era la hora del recreo y llovía. En la hora anterior, habíamos tenido una clase de historia. Y, en esa edad, cualquier tiempo pasado era remoto, más aún el que figuraba en los libros de texto. Nuestro mundo no sólo era muy otro, sino que además a nadie se le ocurría buscar comparaciones y conexiones con aquellas realidades tan lejanas en las que acontecían cosas tan ajenas. Lo que en verdad contaba era el presente, y aquello que se nos explicaba sólo formaba parte de nuestro día a día por el mero hecho de que había que aprendérselo para superar un examen.
La realidad, a la hora del recreo, eran el pitillo, el refresco, la partida en las Mil Millas y la chuchería de turno. Lo eran también las conversaciones que teníamos sobre la marcha del Oviedo en aquel campeonato, sobre los exámenes, sobre las anécdotas que ocurrían en clase, sobre determinados programas de televisión y sobre la música que más nos gustaba. Pero la realidad estaba, sobre todo, interiormente en lo que concernía a flirteos, a enamoramientos, al mundo onírico que se abría paso, con sus delirios y dramas, en aquellas cabezas adolescentes.
¿Y la calle? ¿Y la calle del Rosal? ¿Y aquellas mañanas del invierno del 72? Como dije, llovía, y, a pesar de todo, era un alivio estar en la calle en pleno día. Un tiempo, el del recreo, con costumbres, pero sin normas. Un tiempo, el del recreo, con conversaciones y guiños, y, sobre todo, con sueños que rara vez se contaban y, de hacerlo, siempre había divagaciones que preservaban lo más íntimo, como si aquello fuese un tesoro, el tesoro de la adolescencia, con sus dudas e inseguridades, con una prudencia que se plasmaba en balbuceos, insinuaciones o meros apuntes de algo en lo que nunca se entraba a fondo.
El temor no estaba en equivocarse, sino en incurrir en el ridículo si se desvelaban enamoramientos y sueños. Había cosas que era mejor no contar, porque las respuestas podían ser crueles en el sentido de que se diría que la chica de turno no estaría por la labor de hacernos el más mínimo caso. Y, cuanto más temida fuese la respuesta, más se ocultaba aquellos sentimientos que se atesoraban tan en secreto.
Calle del Rosal, febrero de 1972. Primeros afeitados, estética de pantalones acampanados, tendencia entre los adolescentes y jóvenes al pelo largo, que, en muchos casos, constituía todo un choque generacional. Pequeñas ventanas abiertas, más bien rendijas, a una especie de “globalización” en lo que a la música se refería, que, salvo excepciones, no se escuchaba en la radio, música que era también una estética, cuyas letras no sabíamos traducir bien, pero sí sus acordes, que, por el mero hecho de ser movidos y algo estridentes, ya los considerábamos contestatarios y rebeldes.
Teníamos como punto de referencia a la generación de nuestros hermanos mayores, es decir, a los sesentayochistas, que, de vez en cuando, tenían la generosidad de hablarnos de música y de cine, pero, sobre todo, de política. Tan tiernos e imberbes éramos que nos tomábamos muy en serio sus consignas, sus decires.
Calle del Rosal, febrero de 1972. A la una y media de la tarde, cuando se terminaban las clases, a veces, nos desviábamos del camino de regreso a casa sólo unos pocos metros para echar la última partida del día en la sala de juegos. El retraso era tan pequeño que no obligaba a dar explicaciones, pues no nos impedía la puntualidad para la hora de la comida.
Seguía lloviendo, incluso con mayor fuerza que al recreo. Las aceras tomadas por los paraguas. Los semáforos tardaban en abrirse para peatones y conductores. Y la calle del Rosal recobraba movimiento en los bares, con su clientela, para nosotros ya muy entrada en años.
Décadas después, cuando la atestaban adolescentes durante los fines de semana, cuando los bares nada tenían que ver con los de entonces, nosotros, que, ya se sabe, ya no éramos los mismos, nos divertíamos ante el espectáculo de aglomeración de gentes, espectáculo al que incorporábamos nuestros recuerdos, tan lejanos estéticamente, tan cercanos en el tiempo transcurrido.
Décadas después, la calle del Rosal se convertiría también en un escenario donde el oviedismo se volvió omnipresente y emotivo.
¡Qué bien!