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Recuerdos de Oviedo: El Antiguo Tartiere: Glorias y agonías
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-11-2017 | 10:48

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«Para que una conciencia pueda imaginar, es necesario que escape al mundo por su misma naturaleza En una palabra: que sea libre». Sartre.

Primero, en el 600, más tarde, en otro seat, en un 850. En esos coches viajé de niño en compañía de mi padre, desde la plaza del Carbayón hasta el antiguo Tartiere. Todavía era posible aparcar cerca del estadio sin necesidad de estar allí mucho antes de la hora de los partidos.
Muchas tardes grises y lluviosas, muchas agonías en los años en los que el Oviedo parecía condenado a no conseguir nunca el ascenso a Primera división. Pero también fueron frecuentes los momentos de gloria, que coincidían con goles que resolvían un partido, con clamores victoriosos.
Tengo escrito en más de una ocasión que al Oviedo le salvará siempre la gloria que lleva incorporada en sus entrañas. Esa dialéctica de agonías y glorias viene a coincidir con lo que en mi pueblo se dice de las vigas de castaño, donde conviven el ciernu y el ágamo. Hay una parte en esas vigas indestructible, que nunca se apolilla. Pues bien, algo de eso sucede con nuestro equipo, pues las glorias alcanzadas están y estarán siempre ahí, aportando una grandeza que nunca agonizará.
Aquella niñez en la que me sentaba con mi padre en la famosa Tribuna que había sido todo un logro arquitectónico. Aquella niñez en la que mi padre me contaba las pasadas glorias azules de la legendaria y gloriosa delantera eléctrica. Y semejantes relatos no quedaban en modo alguno empequeñecidos por malas rachas, por partidos muy mal jugados, por resultados agónicos, por derrotas.

Glorias y agonías, agonías y glorias. ¿Cómo no recordar a Prieto, con su extraordinaria calidad, malogrando a veces jugadas, acaso por excesivo individualismo, acaso por arrastrar lesiones? ¿Cómo no recordar a Achuri, un delantero vasco que vino del Burgos, intentando marcar goles que, al final, no llegaban? ¿Cómo no recordar la efectividad de un futbolista como de Diego, efectividad que se traducía en victorias, a veces, insisto, agónicas? ¿Cómo no recordar los últimos minutos de un partido en el que el Oviedo encajó un gol, estando de portero Madriles? Nunca olvidaré su melancolía, sobre el suelo del césped, paralizado sin coger el balón para que el juego se reanudase. ¿Cómo no recordar, hablando de porteros, lo mucho que admiré a Alarcia?
A veces, la grada de General, donde estaba el marcador simultáneo, ofrecía una imagen de montones y montones de paraguas. A veces, el aroma de los puros que se fumaban durante los encuentros se apropiaba de la atmósfera, convirtiendo aquello en una nebulosa que tenía su magia.
Antiguo Tartiere, glorias y agonías, también en la adolescencia, adolescencia en la que el Oviedo contaba con Javier y Uría como extremos, adolescencia en la que subíamos y bajábamos de categoría casi de temporada en temporada, tras un ascenso a primera en el que el guardameta Lombardía fue el principal baluarte. Adolescencia con las melancolías propias de la edad, a las que había que añadir las que generaba el juego del Oviedo.
Pasaron los años, hasta que llegó el ascenso a primera división tras aquella promoción contra el Mallorca. Las glorias fueron más frecuentes que las agonías. El Tartiere estaba lleno de gente en cada encuentro. Hubo grandes jugadores, canteranos y extranjeros, hasta que llegó el descenso a los infiernos de la tercera división, hasta que llegó el momento clave para saber quiénes eran oviedistas de verdad.
Lo cierto es que el nuevo Tartiere no fue, como esperábamos, el escenario para seguir disfrutando de un Oviedo consolidado en primera división. Lo cierto es que, años antes de la demolición del antiguo estadio, ya se especulaba con nuevos escenarios para el fútbol. Por ejemplo, en los terrenos contiguos a la Fábrica de Armas.
Lo cierto es que, ¡ay!, llegó el día de la demolición, espectáculo al que, desde luego, no quise asistir. Es más, ni siquiera me detuve a mirar en la prensa fotografías de aquel episodio en el que se ponía fin al escenario donde se habían plasmado las grandes glorias del Real Oviedo, desde su partido inaugural en 1932, cuando dos jugadores de la delantera eléctrica jugaron con la selección española frente a Yugoslavia: Gallart y Lángara. ¡Ahí es nada!
Previos a la demolición, con imágenes del entonces Alcalde, ataviado con un sombrero, señalando el solar donde se construiría en nuevo Tartiere, con polémicas, con confusionismo, pues nunca estará claro si aquello fue inevitable.
Antiguo Tartiere. No sólo los episodios de gloria que me habían contado, de jugadas prodigiosas de Herrerita, de la potencia chutando de Antón, del efecto de la rosca en los saque saques de esquina de Emilín, de la eficacia goleadora de Isidro Lángara.
Más allá de eso, estamos hablando de una zona en la que se fueron a vivir muchas personas que se habían trasladado a Oviedo desde el occidente de Asturias. Estamos hablando del privilegio que suponía tener un estadio de fútbol a pocos pasos del centro de la ciudad. Estamos hablando de una demolición que hizo chirriar al oviedismo de siempre.
Y más tarde llegaría el Calatrava, aquel afán de convertir Oviedo en un Camelot al gabiniano modo. Óxido, despilfarro, ruina, locales comerciales vacíos, porque los negocios no parecen asentarse en este emplazamiento.
Siempre nos quedarán las glorias, siempre nos quedará el viejo Tartiere, siempre lamentaremos aquella demolición, cuyas consecuencia no fueron buenas no sólo para el oviedismo, sino también para la ciudad.
El nombre de Herrerita sigue en el callejero cercano al Calatrava. La gloria frente a la ruina.
El ciernu frente al ágamo.

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