El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Charles Manson: Cuando los malos no sólo habitaban en las películas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 26-11-2017 | 10:34

La imagen puede contener: una persona, sonriendo

«Yo vivo en el mismo estado de inocencia que un niño, que cree poder alcanzar con su mano un pájaro en pleno vuelo». (René Magritte).

1971, cuando el arriba firmante tenía 14 años, la edad en la que la infancia se va quedando atrás, la edad en la que se reciben informaciones que dan cuenta de que se acabó la protección de la niñez, esto es, que la vida te puede golpear.
1971. Fue en ese año en el que se tuvo noticia del juicio contra Charles Manson y sus secuaces. Aquello conmocionó al mundo, aquello produjo, además de un considerable revuelo, una enorme confusión. Aquel barbudo con túnica, con aspecto de iluminado, había cometido crímenes macabros sirviéndose de la ayuda de personas a las que había conseguido manipular de forma aterradora.
Podría decirse que, en el momento en el que Manson alcanzó un protagonismo gigantesco, nos dimos cuenta de que los malos no sólo habitaban en las películas y en los relatos de miedo, sino que también existían en la vida real.
Lo cierto es que, al ver la fotografía de aquel personaje en periódicos y revistas, al leer, aunque fuera someramente, las horribles matanzas que había llevado a cabo, recordé una serie de televisión que se titulaba ‘¿Es usted el asesino?’, que se había emitido en televisión cuatro años antes, en 1967. Hubo una noche en la que me encontraba mal y mis padres estaban viendo aquel programa de Chicho Ibáñez Serrador. Cuando me acerqué a la sala, vi una escena en la que el señor Larose daba a entender que él era el asesino; su carcajada me produjo pánico. Con todo, aquello no era real, era una serie televisiva. Pero Manson no era un personaje de ficción, aunque podría haber salido de una terrible pesadilla.
Nunca olvidaré que me detenía en los quioscos cada vez que veía en la portada de revistas o periódicos el rostro de aquel individuo. Y, en casa, leí todas las informaciones que venían en los periódicos y revistas que se compraban. De algún modo, interioricé a aquel personaje.
En 1971, vivíamos en Santa Susana. Una tarde, tras salir del colegio, después de la merienda, en la terraza de casa leí un amplio reportaje sobre el juicio a Manson y su ‘familia’. Se decía que el propio Manson había pedido la palabra. Y aquello me hizo recordar una película de un asesino en serie que había decidido defenderse a sí mismo, película que había visto un año antes durante el verano. La habían emitido un domingo por la noche.
El cine, siempre el cine. Los malos menos temibles eran los de las películas del Oeste. De peor calaña resultaban los criminales que protagonizaban películas cuya acción transcurría mayoritariamente en el desarrollo de un juicio, aquellos en los que el abogado defensor protestaba, en los que el fiscal cargaba las tintas contra el acusado.
Pero, a los 14 años, los malos no eran sólo de película, no eran siempre criaturas que comparecían en pesadillas, también existían en la realidad. Fue Mason el que personificó todo aquello.
Y, a pesar de haber leído noticias y reportajes sobre los crímenes de aquella especie de secta a cuyo frente estaba Manson, no conseguía entender lo que les había llevado a asesinar a Sharon Tate: no se trataba de una venganza personal, tampoco el robo era el principal motivo. ¿Qué podía haber en aquellos cerebros y en aquellos corazones?
No, aquello no podía ser una maldad de ficción, aquello no era una pesadilla que la realidad desmentía al despertarnos. Aquello iba en serio, catastróficamente en serio.
Leyendo aquel reportaje, fue inevitable hacer la película de los hechos relatados. Resultaba horroroso imaginar el terror que padeció Sharon Tate. Resultaba escalofriante imaginar las escenas en la que le asestaban tantas y tantas cuchilladas. ¿En el nombre de qué? ¿En el nombre de quién? ¿Querían matar la belleza? ¿Querían asesinar a alguien que encarnaba el glamour del cine?
¿Cómo era posible que aquel personaje, además de horror, hubiese suscitado tanta fascinación?
Aquel juicio también, más que conmover, conmocionó al mundo. Aquel hombre sanguinario y violento, aquel asesino indeseable, parecía haber salido de un cuento de terror que aún no se había escrito.
Me preguntaba a mis 14 años cuánto tiempo transcurriría hasta que se proyectase una película que relatase las matanzas de aquel personaje. Me preguntaba también si acudiría a verla. Me preguntaba en qué cine de Oviedo la proyectarían.
Me preguntaba cómo podían ser sus canciones, pues había leído que el personaje en cuestión era un músico frustrado. ¿Alguien las escucharía en el caso de que hubiese discos a la venta de Manson? ¿Podrían ser emitidas en programas musicales de radio?
Con motivo de su muerte, leí recientemente que, con Manson, se acabó la inocencia de los años 60. Sin duda, fue así. Pero eso fue para su generación. Sin embargo, para quienes entramos en la adolescencia, este personaje significó, sobre todo, una prueba fehaciente de que los seres más malvados y más terribles no sólo existían en el cine, no sólo eran de ficción.
Desde luego, contribuyó a que nuestra entrada en la adolescencia fuese un auténtico mazazo.