El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Por la Losa de RENFE
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-12-2017 | 19:02

Oviedo, mayo de 1999. Vísperas de elecciones autonómicas y municipales. Se inaugura La Losa de la Renfe. Confieso que tenía curiosidad por recorrer aquel nuevo espacio. Sin embargo, no acudí a tan solemne apertura por temor a electoralismos y a un ‘fartódromo’ más. Por otro lado, las actuaciones musicales anunciadas eran de primer nivel. ¡Sería por perres!

La prensa, al hacerse eco del acontecimiento, refería que, además de otras ventajas, aquel nuevo espacio de la ciudad era un lugar pintiparado para tostarse al sol. Eso sí, sin playa, sin aquella playa que, en su momento, Gabino de Lorenzo había prometido llevar a cabo.

Si la memoria no me falla, la mencionada inauguración tuvo lugar la víspera de un martes de campo. Y recorrí la Losa por vez primera tres días después de su puesta de largo oficial.

Hacia sol, la brisa era agradable. Tan pronto puse allí los pies, me di cuenta de que aquello era la estética gabiniana en estado puro, sobre todo, por las fuentes. Y, por otro lado, se trataba de un espacio cómodo y agradable para pasear, justo por encima de las vías de la Renfe, del punto de partida de aquellos trenes en los que había hecho tantos viajes a Madrid. Me vinieron muchas imágenes de aquel tren expreso cuyo destino era la capital de reino, que se detenía hasta en los apeaderos y que tardaba un montón de horas en llegar al rompeolas de todas las Españas. Ahora, por encima de las vías, no había sólo aire, también aquella Losa vinculada a algo que dio en llamarse ‘Cinturón Verde’, que daría de sí no sólo como materia histórica, sino también novelesca.

En aquella campaña electoral del 99, creo recordar que la propaganda del entonces regidor de la ciudad se basaba en una imagen en la que se podía leer que se presentaba ‘con los deberes hechos’. Y, desde luego, la Losa era lo que colmaba su transformación de la ciudad a lo largo de los mandatos anteriores.

Y es que, hace muy pocos días, paseando por la Losa, recordé mi primera andadura por allí, así como aquel tiempo de vísperas de tantas cosas, no sólo de elecciones autonómicas y municipales, sino también de una serie de acontecimientos que darían la entrada al siglo XXI y que tanto transformarían el mundo.

Volviendo a aquel momento, a los últimos días de mayo de 1999, ni por asomo proliferaban tanto como ahora los teléfonos móviles. Aun así, no era infrecuente ver a mucha personas conversando a través de ellos, bien peripatéticamente, bien con la comodidad que da un banco en el que sentarse a charlar. Aquello –lo de los móviles– ya empezaba e iba en serio.

Desde la calle Uría, accesos a la Losa por medio de escaleras automáticas, también desde la Estación de la Renfe. Por otra parte, me resultaron llamativos los edificios que se construyeron al lado, con sus fachadas coloristas y con su ambición de altura.

Oviedo era una fiesta, Oviedo era un fartódromo. Oviedo era una ciudad de adoquines y esculturas por doquier. Oviedo era una ciudad que deslumbraba a los visitantes por su limpieza. Eran los años dorados del gabinismo, tras dos mandatos en los que apenas tuvo oposición. Y se despedía de ellos con aquel espacio añadido que fue la Losa.

En mi estreno recorrí la Losa un par de veces, hasta que decidí hacer una parada, acompañada de un café y de la lectura de la prensa. Reconozco que no me concentré demasiado en el periódico, pues más bien me dediqué a observar el movimiento de gentes que, a medida que avanzaba la tarde, se iba incrementando.

Y me resultaba significativo constatar que la mayor parte de quienes por allí caminaban no eran personas mayores, pues había un amplio muestrario de distintas edades, desde estudiantes con sus mochilas hasta paseantes solitarios que iban observando detenidamente. Era un tiempo de estreno por aquel nuevo espacio.

De repente, se nubló la tarde con amenaza de lluvia, aunque aquello no hizo a las gentes caminar apresuradamente para poder resguardarse a tiempo antes de que la lluvia hiciese acto de presencia. Pero no llegó a llover.

Un paseante hacía todo tipo de aspavientos mientras se comunicaba por medio de su teléfono móvil. Sus gestos eran de confirmación de verdades indubitables, de total certeza. Un señor paseaba a su perro, aunque era este último quien tiraba de su amo. Y, muy cerca de mí, alguien hizo un alto en el camino para fumar. Se despojó de su bolsa de la compra y apagó su móvil. Se diría que necesitaba concentrarse en el ritual de humo, abismándose hasta quién sabe dónde dentro de sí mismo. De la bolsa de la compra, que no era de un supermercado, sino de una librería, sacó un libro de Walter Benjamin, acarició el volumen antes de ponerse a leerlo. Y, en su gesto, se dibujaba un inequívoco no sé de qué de melancolía, un inequívoco asomo a un texto que tenía textura –y tersura– agridulce.

No tardó mucho en cerrar el libro. Y, antes de reanudar la marcha, se fumó otro cigarrillo.

Oviedo, 1999. Vísperas de tantas cosas, muchas de ellas, inesperadas, y mucho menos locales de lo que la mayoría se esperaba.