El Comercio
img
Recuerdos de Oviedo: Aquellas Navidades de 1980
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 24-12-2017 | 09:54

«Lo que uno tiene por sí mismo, lo que le acompaña en la soledad sin que nadie se lo pueda dar o quitar, esto es mucho más importante que todo lo que posee o lo que es a los ojos de otros». (Schopenhauer).

Finalizaba 1980. Se vivían las vísperas de un año que traería un fallido golpe de Estado en España, un atentado contra el Papa más viajero del que se tiene noticia. Estábamos, también sin saberlo, en la última década de la llamada guerra fría. Nadie se imaginaba por estos lares que no estaba tan lejos la cuenta atrás del fin del bloque soviético. Y, en Oviedo y en España, UCD estaba en su última Legislatura. Vísperas, pues, de muchos cambios, parte de ellos difícilmente previsibles en los últimos días de 1980.

En nuestro más acá, en Oviedo, Riera Posada era el Alcalde de la ciudad. Y, en nuestro equipo de fútbol, García Barrero ya había debutado en el conjunto azul el 26 de octubre de 1980. García Barrero, hijo del legendario Falín y sobrino de Emilín, extremo de aquella mítica “delantera eléctrica”, que escribió las páginas más gloriosas del oviedismo, fue un futbolista con potencial que, al final, nunca llegaría a explotar del todo. Ahí estuvo su drama, muy propio del oviedismo. Le faltó muy poco para llegar a ser un futbolista de primera línea, condiciones para ello tenía, pero las circunstancias se conjuraron en contra. Pero no llegó a alcanzar la gloria futbolística a la que parecía estar destinado.

Navidades de 1980. El día de Nochebuena, en nuestra casa en la calle Toreno, horas antes de la cena, estaba sobre la mesa del comedor un libro de Zubiri que había despertado tremendas polémicas. Su título era, de por sí, muy llamativo, “Inteligencia sentiente”. En el suplemento cultural de “Diario 16”, el citado libro había recibido fuertes varapalos. Sin ir más lejos, Juan Cueto Alas hizo una crítica demoledora de aquel libro de Zubiri. En enero del 81, López Aranguren salió en defensa del pensador del que venimos hablando.

Navidades de 1980. Entrábamos en una década en la que el mundo iba a transformarse considerablemente. Pero, insisto, no se contaba con aquello. Disfrutábamos de unas libertades que irían a más a lo largo de aquella década, vivíamos las vísperas de la famosa “movida”, que no fue sólo madrileña, y, ante todo y sobre todo, aún estábamos en lo irrenunciable, y no en lo posible. Eran los tiempos de lo relativo y no de lo absoluto. Y, en nuestra Facultad de Filología, el estructuralismo y la semiología dominaban en gran parte el discurso.

Nochebuena de 1980. No se tenían muchas esperanzas de que el Oviedo retornase a Primera División. El Palacete de Concha Heres ya había sido derribado. Con ello, como escribí en esta misma página, se perdió una batalla cívica importante. Y, en Asturias, vivíamos también las vísperas de que, en lo político, el PSOE se convirtiese en el partido hegemónico de nuestra tierra.

Vuelvo al libro de Zubiri, más bien, a la figura de aquel filósofo que, en su momento, había estado tan cercano a Ortega. Su forma de escribir, sin embargo, no apostaba por la claridad, tal y como había planteado Ortega en su primer libro. Y su actitud ante la España de su tiempo había sido de un total alejamiento de cualquier compromiso con la realidad social. Desde su burbuja, filosofaba de un modo totalmente ajeno a lo que había estado sucediendo durante el franquismo, a los afanes y desvelos de su propio país. Esencialismo en estado puro. ¿Valía la pena leer a Zubiri, que se mostraba totalmente al margen de su tiempo? ¿Qué había sucedido entre Ortega y él? ¿Qué opinaban los discípulos orteguianos de Asturias acerca del ex jesuita? De todo esto, hablé con mi padre en aquellas navidades de 1980. Y, en el caso que nos ocupa, podría decirse que su forma de escribir era también profusa, confusa y difusa.

Las bandejas con los turrones sobre el mármol de los aparadores. Los postres, pues, a la vista ya desde los aperitivos. El mensaje navideño de un joven monarca lleno de generalidades. La cena, como siempre, a las diez de la noche.

Faltaba una semana para las felicitaciones por el año que iba a comenzar. Y, siguiendo la tradición no escrita, la Nochebuena estaba marcada, tópicos aparte, por hacer balance del año más que por las expectativas para el próximo.

Luces navideñas en el árbol que no faltaba. Nacimiento con figuras que se habían ido incorporando desde nuestros años de infancia. La sopa de pescado y el cordero que venía de Burgos. La televisión apagada desde el momento mismo que comenzaba la cena. Volvía a encenderse tras los postres.

Tiempo detenido en el fútbol y en la política del día a día. Democracia recién estrenada en la que los miedos iban dejando sitio a las esperanzas.

Navidades de 1980. Se me antojan marcada y señaladamente ingenuas. Tengo el convencimiento de que el futuro que ya estaba llegando no se dejaba ver, ni siquiera podía atisbarse desde los libros más sesudos de aquellos días, y no sólo en el tocho de Zubiri.