El Comercio
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Fecha: enero 7, 2018
Recuerdos de Oviedo: “Nos vimos en el Choko”
Luis Arias Argüelles-Meres 07-01-2018 | 12:48 | 0

“El poeta añade sombras al mundo, sombras claras y luminosas, como luces nuevas”. (Pedro Salinas).

Hubo un tiempo en Oviedo, a lo largo de la década de los setenta, en el que, entre los numerosos bares, cafés y cafeterías que había en la ciudad, se hablaba, sobre todo, de dos grandes establecimientos hosteleros, que eran Logos y el Choko, muy distintos y muy poco distantes entre sí. Para los que no fuimos asiduos, se diría que en el Choko la diversidad de gente era enorme, no resultaba fácil hablar de un público muy homogéneo ni por razones de edad, ni tampoco por otros criterios.

Tengo para mí que El Choko fue, además de otras muchas cosas, el lugar de referencia para la mayor parte de la gente que se acercaba a Oviedo y disponía de un tiempo para socializar o tomar algo. Estaba garantizado contar con sitio, así como la calidad de los productos y el servicio. Y, además de todo eso, siempre había por allí alguna persona conocida.

¿Quién no conocía el Choko, no ya en Oviedo, sino también en toda Asturias? Por lo que leí en su momento, el establecimiento del que venimos hablando estaba inspirado en una conocida y enorme cafetería de Madrid que se ubicaba en la calle Claudio Coello. Desde luego, fue un éxito.

Me atrevería a asegurar que, más que citarse allí, lo que había en el local que aquí nos trae era encuentros, esto es, resultaba muy fácil, a pesar de la enormidad del local, encontrarse allí con personas conocidas no sólo de Oviedo, sino también –y sobre todo- de cualquier localidad de Asturias. El Choko venía a ser en este sentido un punto de encuentro casi siempre por azar. Allí, como dije un poco más arriba, hacían parada muchas gentes que, por razones distintas, se acercaban a Oviedo. Tras los trámites, tras las compras, tras las visitas de rigor, etc., era muy frecuente acercarse a esta cafetería de referencia. Todo el mundo sabía dónde estaba, y no sólo por lo céntrico de su ubicación, sino también por el prestigio que se había ganado desde el momento mismo de su apertura.

Por otra parte, no sabría precisar ni el cuándo ni el cómo de mi primera estancia en el Choko. Fue, sí, en los años setenta, en plena adolescencia. Lo que sí recuerdo fue mi última visita a esa cafetería, concretamente a su terraza, una noche de verano en los ochenta, una de esas noches maravillosamente cálidas en las que el viento sur empujaba a las nubes, en un cielo en el que la luna estaba a punto de alcanzar su máximo esplendor en tamaño y brillo.

Y, ya que hablamos de terrazas, me parece obligado hacer mención al local hostelero de Oviedo que tuvo en su momento la terraza más acogedora de la ciudad: El Café de Alfonso, que, en muchos aspectos, era la antítesis del Choko, empezando por el tamaño del establecimiento y siguiendo por la uniformidad y asiduidad de su clientela. Desde luego, cuando se cerró el Café de Alfonso, fuimos muchos los que lo lamentamos, porque no sólo tenía buen servicio y distinción, sino que además se trataba de un café sin imitaciones ni imitadores, de un café muy singular. que además estaba muy cercano al Choko.

Regreso a aquella noche de verano en la década de los 80 en la que éramos los únicos clientes de la terraza en el Choko. Estábamos muy lejos de sospechar que era nuestra última estancia en aquel inolvidable café. Nos resultó curioso que nos atendiera un veterano camarero al que conocíamos desde hacía muchos años cuando trabajaba en una cafetería de la llamada Plaza de la Paz. Probablemente, estaba en vísperas de su jubilación, lo cual, bien mirado, resultó muy simbólico.

“Nos vimos en el Choko”. No exagero si digo que no es fácil abarcar el montón de recuerdos que me llevan a esta cafetería, no sólo porque, a lo largo del tiempo, fueron muchas las ocasiones en las que entré allí, sino también porque, dada su gigantesca superficie, podría decirse que allí adentro convivían en el mismo momento ambientes muy distintos.

Por ejemplo, según nos adentrábamos en el café, había, a mano izquierda, una especie de reservados que marcaban un ambiente muy distinto al del resto del local. Por otro lado, si la memoria no me falla, creo recordar que la barra empezaba teniendo una altura más o menos estandarizada y, según nos íbamos acercando al fondo del local, era mucho más baja, favoreciendo más la confidencialidad, creando un ambiente más parecido al de sentarse a una mesa y conversar.

Todo un mundo, no sólo por la amplitud, sino también por los distintos ambientes. Al menos, en sus últimos años, si algún cliente recibía allí una llamada telefónica, se le avisaba por el altavoz. Así pues, tecnología punta pensando en aquellos tiempos.

Se decía que en el Choko “se ligaba mucho”. A decir verdad, no puedo confirmar tal cosa por propia experiencia, si bien es cierto que hubo una ocasión, a finales de los setenta, al fondo del todo de la cafetería, donde había un montón de mesas con cómodos espacios entre ellas, en la que fui testigo de un intento de esto que se decía, intento marcado por la brocha gorda, que no estuvo muy lejos de derivar en un episodio desagradable por lo grotesco.

Fue el Choko un café que hizo de avenida cubierta en Oviedo. Un establecimiento que forma parte importante de la historia de nuestra ciudad.

¡Cuántas veces oímos decir y dijimos que “nos vimos en el Choko”!

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