El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Aquellas tardes en Aristos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-01-2018 | 10:35

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“Mi vida, no; las vidas, / mis generaciones, mis estrellas todas, / las futuras memorias/ donde estemos, / mi sangre con deleite/ y un blanco olvido/ de ceguera y de beso”. (Manuel Altolaguirre).

Hubo un tiempo en el que las discotecas eran para las tardes. Hubo un tiempo en el que, teniendo que estar en casa a las diez de la noche para cenar, las dos o tres horas anteriores de algunas tardes las pasábamos en las discotecas. Hubo un tiempo en Oviedo, allá por la década de los setenta, en el que eran muchas las discotecas que había en Oviedo cada una con su personalidad propia. Y, entre ellas, Aristos destacaba no sólo por el esmero que se ponía a la hora de seleccionar la música, sino también por la zona donde estaba, nada menos que en la calle Cervantes, así como por el ambiente que allí había, que, con mayor o menor grado de consciencia de ello, podría aseverarse que pretendía estar acorde con el nombre de la discoteca.

Aquellas inolvidables tardes en Aristos, sobre todo, de viernes y domingos. Si tocaba de viernes, solía ser una de las mejores opciones a nuestro alcance para celebrar el principio del fin (de semana). Si tocaba de domingo, vivíamos aquello como un antídoto que nos hiciera olvidar que nos esperaban madrugones y rutinas.

En todo caso, hubo un tiempo en que Aristos era nuestra discoteca preferida en Oviedo. Como escribí más arriba, se podía escuchar buena música. Por otro lado, la pista de baile tenía un atractivo especial, era pequeña y acogedora. Además su acústica facilitaba una atmósfera muy agradable para bailar.

Hablamos, por otra parte, de una discoteca que se fundó, si los datos no me fallan, en septiembre de 1970. A partir del 74, cuando me faltaba un año para cumplir los 18, empecé a frecuentarla. No sé exactamente cuándo cerró Aristos, pero me consta que, al menos se mantuvo abierta al menos hasta la década siguiente.

Nunca olvidaré al portero de aquella discoteca, elegante y bonachón, además de discreto. Iba uniformado de un modo muy de acorde con la prestancia que tenía Aristos. Se diría que, además de cumplir con su función, aportaba un plus de tranquilidad al establecimiento, sobre todo, para aquellas personas que la estrenaban.

Aquellas tardes en Aristos, sobre todo, en otoño e invierno. Era muy grato entrar cuando el tiempo estaba desapacible, cuando caían los aguaceros, cuando había rachas de viento gélido que nos hacía sentirnos indefensos. Frente a todo ello, la buena música y la comodidad que ofrecía aquella discoteca. Nunca se tenía la sensación de que su interior estaba atiborrado de gente. Tampoco se percibía lo contrario. Y aquello obedecía al acierto en la decoración y en el diseño.

Ofrecía Aristos la tranquilidad necesaria tratándose de una discoteca, sin estridencia en la música, aunque fuese movida y bailable. Lo mismo podría decirse en lo referente a la seguridad. Jamás vimos una pelea ni el más mínimo atisbo de altercado en su interior.

Aquellas tardes en Aristos. Pongamos un invierno del último año de la década de los setenta, hacia las 9 y media de la noche. Fuera de la pista de baile, tomando un vodka con naranja a medias, escuchando la música lenta, evadiéndonos del jaleo y el alboroto de aquella fiebre que había entonces con el devenir de la política en un país que había estrenado las libertades muy pocos años antes. Pongamos que la magia de la música, unida a aquellas luces tenues y en movimiento contribuían lo suyo a vivir el momento de un modo suave, hasta aterciopelado, cerca del ensueño, lejos de la inquietud.

Aquellas tardes en Aristos. Hablo de los años inmediatamente anteriores a lo que se llamó la movida. Hablo de un tiempo y un país que cada día se juramentaba para convencerse de que los malos tiempos habían pasado, de que las libertades habían llegado para quedarse con nosotros, que aquello no era un espejismo, sino una realidad, por mucho que el decorado y la música que nos envolvían pudieran hacer creer que afuera las cosas no eran tan idílicas.

Creo que es importante dejar sentado que Aristos, con su música y su diseño, fue anterior a la movida, y que, por si ello fuera poco, su estética interior, a pesar de ser de los años setenta, se libró de lo peor de aquellos decorados tan chillones y desafortunados.

Aristos fue anterior a la fiebre del sábado noche. Su nivel de exigencia a la hora de seleccionar la música tenía el listón más alto que lo que dictasen las modas, siempre efímeras.

Una luz deslizándose por la pared que teníamos a nuestra espalda, una mesa pequeña sobre la que estaban las copas, el cenicero y la cajetilla de tabaco, un suelo que tenía no sé qué de calidez, una música cuyos acordes envolvían y animaban sin necesidad alguna de estridencia. Unas conversaciones cuyo tono no desafinaba con todo lo que estoy describiendo.

¿Y la pista de baile? ¿Y en la pista de baile? Unas cuantas parejas bailando lento, que no la llenaban nunca; al menos así me lo hacen ver todas las imágenes que evoco. Y cuando se bailaba suelto, se diría que era la música la que lo marcaba todo, no sólo el ritmo, también las puestas en escena, que nunca eran llamativas, que no buscaban protagonismo, que se dejaban llevar por la batuta de la discreción y de la armonía.

¿Cuántas vidas se habrán unido en aquella pista a resultas de haber decidido bailar juntos? De algunas tengo constancia.

Vuelvo a aquella tarde de 1979, creo que eran primeros de diciembre. A aquel jersey verde de cuello de cisne, a aquellos pantalones que ya no eran –por fortuna- acampanados, a aquel vodka con naranja, que entonces se llamaba “destornillador”, a aquel cenicero pequeño pero con fondo suficiente para que las colillas se perdiesen en su interior. A aquella conversación en la que las palabras no eran las protagonistas, a aquella sensación de que el antes y el después estaban lejos, por lo mucho que nos llenaba el momento.

A la salida, embebidos de lo que había sido aquella tarde, sin decir palabra, seguramente le transmitimos con nuestros gestos una inmensa gratitud al portero de Aristos.

Aristos, la elegancia.

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