El Comercio
img
Fecha: febrero, 2018
Recuerdos de Oviedo: Alrededor de Valdés-Salas
Luis Arias Argüelles-Meres 25-02-2018 | 4:07 | 0

“El retirarse no es huir, ni el esperar es cordura cuando el peligro sobrepuja a la esperanza”. (Miguel de Cervantes).

Podría decirse que nos conocimos una manifestación  contra la LAU (Ley de Autonomía Universitaria, que se planteó siendo González Seara ministro de Universidades). Podría decirse, pero con matices, porque, en realidad, habíamos coincidido ya en una asamblea en la antigua Facultad de Filología e Historia en la plaza Feijoo. Lo que sucedió en aquella manifestación fue que, al habernos visto ya, nos saludamos por vez primera. Y caminamos juntos por las calles de Oviedo en aquella manifestación que terminó en lo que entonces se llamaba Facultad de Derecho y que hoy tiene el nombre de Edificio Histórico.

La manifestación, como digo, concluyó en el claustro del edificio de lo que es nuestra Alma Máter. Ya habíamos cambiado impresiones en las pausas que había entre consigna y consigna. Ella estudiaba historia (entonces se decía “historias”: ya se sabe, ante todo la pluralidad). Y, más que estar en contra de la LAU, cuyo texto íntegro desconocíamos,  se consideraba que una ley emanada de la UCD, que además había sido muy mal recibida por un colectivo entonces muy cercano al estudiantado, el de los llamados “penenes”, colectivo del que, años después, alguien dijo que habían sido “los alféreces provisionales de la democracia”, una ley con  esa carta de presentación no podía ser buena y había que manifestarse contra ella, tocaba hacer bulto una vez más en la escenificación de las protestas y no nos negamos a ello.

Fue el caso que, como dije, la manifestación terminó en el claustro del llamado Edificio Histórico. Fue el caso que, una vez disuelta, nos sentamos a charlar bajo la estatua de Valdés Salas.

Como dije, ella estudiaba historia, ya estaba en los últimos años de carrera y le interesaba sobremanera el siglo XIX español. Hablamos de ello. Por supuesto, también de Larra. Y me contó que sentía una especial admiración por Francisco Umbral, al que, siguiendo los tópicos de entonces, consideraba que era el Larra del siglo XX.

En un momento de la conversación, sacó de su capacho unas cuartillas, y me comentó que, si no me importaba, le iba a escribir una carta a Umbral, algo que hacía con relativa frecuencia, dirigiendo sus misivas al diario “El País” en el que el autor de “Mortal y Rosa” publicaba un artículo cada día.

Por supuesto, su admirado literato no le contestaba. Sin embargo, mi compañera de manifestación creía que Umbral, en algún artículo, hacía alusiones más o menos veladas a determinadas cuestiones que ella le decía en su cartas. Umbral le servía como un confidente lejano al que contaba sus reflexiones  y lo más destacado de su día a día. Y, de paso, tal correspondencia le resultaba útil para hacer continuas digresiones sobre aquel siglo que la fascinaba.

Allí estábamos a última hora de la mañana, próxima ya la hora de ir a comer. El cielo estaba muy despejado. Tras una mañana luminosa, el sol resultaba muy agradable y, a pesar de no movernos mientras charlábamos, no hacía frío.

Recuerdo que le hablé a mi interlocutora, a propósito de la LAU, del que era ministro entonces de Universidades, de González Seara. Había leído en su momento artículos suyos en la revista “Cambio 16”, un semanario que siempre estará ligado a la pasión por la política que en nuestra generación se despertó en los últimos  años del franquismo y en los primeros años de la llamada transición política, y, desde luego, yo consideraba que no podía tratarse de un ministro reaccionario, aunque entonces el predicamento de “los penenes” me impedía oponerme a sus postulados.

No recuerdo bien a cuento de qué, pero hubo un momento de nuestra conversación en el que salió a relucir Joan Manuel Serrat. Aún no había sido publicado su disco titulado “En Tránsito”, pero faltaba poco tiempo para ello. Al cantautor catalán lo admirábamos –y mucho- por la música que le había puesto a memorables poemas de don Antonio Machado.

A decir verdad, aunque la manifestación contra la LAU acababa de concluir, aquello nos empezó a resultar ya lejano, como un episodio que no dejaría ningún poso indeleble en nosotros.

Estábamos en una dinámica muy distinta, hablando de nuestros autores preferidos, de la música que más escuchábamos, de los asuntos cotidianos de la Universidad, del marxismo que, sin haber desaparecido, no podía cortar el paso a otros “ismos” como el estructuralismo que, sobre todo en Filología, imperaba.

Mi interlocutora seguía con su siglo XIX, como la referencia con la que comparaba el devenir presente. Y hubo un giro de la conversación  en el que, a propósito del siglo XIX, recordamos que la estatua de Valdés Salas que teníamos sobre nosotros, se había erigido allí, en los primeros años del siglo XX, concretamente, en 1908.

¡Qué lejos quedaba aquella figura histórica que había fundado nuestra Universidad, del siglo XIX en cuya segunda mitad había destacado Clarín! Y, a propósito de Clarín y de la novela decimonónica, estuvimos completamente de acuerdo en el hecho de que, para conocer aquella centuria, era imprescindible leer a fondo sus grandes novelas.

Al final de la conversación, nuestro principal punto de encuentro fue Clarín, fue la ya legendaria edición de bolsillo de “La Regenta” que había publicado Alianza Editorial y que cada año volvía a reeditarse.

Me atreví a sugerir a mi interlocutora que, en sus misivas a Umbral, le hablase también de Clarín  y de “La Regenta”. Aceptó con entusiasmo mi propuesta. Y quedamos en que me contaría no sólo lo que le iba a escribir a Umbral sobre la novela de Clarín, sino también las alusiones que pudiera encontrar en sus artículos como vago eco a su voz escrita.

Al final, la LAU tuvo su importancia. Al final, aquel día no llovió en Vetusta.

Ver Post >
Cuando tocan las pensiones
Luis Arias Argüelles-Meres 23-02-2018 | 6:03 | 0

“Un país que amar, una propiedad que defender y cierta participación en la promulgación de unas leyes que respetaban tanto por interés como por obligación”. (Gibbon).

El 22 de febrero se celebró en Oviedo una multitudinaria manifestación de protesta contra la continua pérdida de poder adquisitivo por parte de los pensionistas. En una tierra como la nuestra, en la que los jóvenes lo tienen muy difícil para llevar a cabo sus proyectos laborales, en la que el declive demográfico es alarmante, bien está que se alce la voz ante una situación donde el futuro, además de imperfecto, que siempre lo es, resulta más incierto que nunca.

En teoría, la mayor parte de los partidos políticos y de las organizaciones sindicales se sumaron a esta protesta y apoyan al colectivo de los pensionistas, algo que no sólo es de justicia, sino que además va en el guion.

Distinta cosa es que nadie quiera plantearse que estamos en una tierra en la que se hipotecó el futuro de casi todo, el del campo, el de la juventud, el de la minería, el de los servicios y así sucesivamente. Distinta cosa es que, entre todas las reconversiones que se llevaron a cabo, quede aún pendiente la de la mal llamada clase política.

Miren, no sólo hay que poner el grito en el cielo por la mengua que viene sufriendo de continuo la llamada hucha de las pensiones, algo que es tremendo, sino también por el panorama desolador que se presenta en una tierra cuya despoblación no hace más que aumentar.

Y es que la situación que se vive, con una juventud a la que se le cierran casi todas las puertas, con lo precario como protagonista de la vida de muchas personas, no sólo hay que exigir al Gobierno de turno que cambien ya las actuales dinámicas, sino que además, hay que recordar, de paso, a todos los que tienen su grado de responsabilidad en la encrucijada en la que nos encontramos.

No vale escabullir responsabilidades, no vale unir las voces a y los ecos a la ciudadanía, mientras no se haga autocrítica y mientras no se modifique un discurso y una actitud que se vienen demostrando inoperantes desde hace ya bastantes años.

Al menos, modifiquen su discurso, al menos reconozcan sus errores, al menos, prometan no dilapidar potenciales que tuvieron en sus manos.

El futuro es siempre de todos, pero también hay que encararlo con responsabilidad, aprendiendo de los errores cometidos que, en la materia que nos ocupa, son graves y los estamos pagando todos.

Bueno, casi todos.

Ver Post >
Un himno a la cursilería
Luis Arias Argüelles-Meres 22-02-2018 | 11:32 | 0

Resultado de imagen de arte de distinguir a los cursis trama editorial

«El ser cursi es independiente de la posición, de la riqueza y hasta de la belleza natural de un sujeto.» (Francisco Silvela).

Ya sé que no es científico creer en las casualidades, pero no me negarán que, al menos, resulta muy tentador. Sin embargo, creer en las meigas, no sólo es cuestión de fe, sino también de buena voluntad y de sentido del humor.  Además, las casualidades existen, es algo empírico. Cierto es que el dotarlas de significado más allá de los hechos propiamente dichos  ya nos lleva a esa suerte de tozuda metafísica que propende a analizar sesudamente todo, incluso lo más banal, incluso lo que, a fuerza de insignificante, a  duras penas puede reivindicar su derecho a existir.

Viene todo esto a cuento de que, al  tiempo que estaba disfrutando de lo lindo de un libro escrito por don Francisco Silvela que tiene por título “Arte de distinguir a los cursis” y que acaba de reeditar Trama editorial, me encuentro con la noticia de que la cantante Marta Sánchez, en un arrebato extático de patriotismo, acaba de componer una letra para el himno patrio.  Confieso que no pude resistirme a buscar la letra en Internet. Confieso también que, a leer semejante texto, vaya usted a saber por qué, acudió a mi mente Quevedo. Y sentí pánico, intuyendo que nuestro gran poeta podría estar dispuesto a  responder a semejante engendro con algo más contundente aún que su pluma. Temor y temblor.

Así que intenté calmarme. Y me tranquilizó pensar que don Francisco (Silvela, en este caso) se divertiría de lo lindo con esta letra y puede que encontrase en ella un buen ejemplo para dejar bien claro qué es eso a lo que se viene llamando lo cursi. El origen de esta palabra, según el político y ensayista conservador, está en el siglo XVIII en Sevilla.  Pero prefiero que lean el libro, que se lo pasarán muy bien.

O sea: la casualidad de leer a Silvela disertando con finura sobre lo cursi y encontrarme con esa letra de Marta Sánchez, ripiosa y cursi, ripiosamente cursi. Algo hubo por el medio para que ambas cosas coincidiesen. ¿O no?

Marta Sánchez, la cantante que en su momento competía con una artista italiana en lo que se refiere a quién las tenía mejor puestas, la cantante que se propuso levantar la moral de soldados españoles en la primera escaramuza de Occidente contra Sadam Husein, cuando aquel buen hombre invadió Kuwait, la cantante que, en su momento, optó por cantar letras profundas sobre el paso del tiempo y lo efímero de la belleza, cual trovadora manriqueña. ¡Madre mía!

¡Qué tristeza de país donde, en último extremo, todo se dirime por una cuestión de tamaño testicular o mamario! Por algo, Unamuno en 1907  se refirió a “la bárbara mentalidad castellana, su cerebro cojonudo (tienen testículos en vez de sesos en la mollera)”.Por algo, Primo de Rivera, explicando su golpe de Estado en 1923, conminó a que se apartasen de la vida pública quienes no tuvieran su virilidad (del cerebro no se preocupaba) debidamente.

Una letra cursi, para un himno que, se quiera o no reconocer, nunca despertará un entusiasmo unánime en este país. Un patriotismo ramplón que no entiende ni de lírica ni de épica.

Un país que regaló al mundo poetas y poemas gigantescos y que, sin embargo, no crea un himno que todos hagamos nuestro. Y, para colmo, en estos tiempos de clamores patrióticos y de banderas al viento, añade cursilería ripiosa, aplaudida por el Presidente del Gobierno y por el líder del partido conservador emergente. ¿Qué diría don Francisco Silvela, conservador, sin duda, pero, sobre todo, sagaz e inteligente? ¿Qué diría de esta derecha nuestra tan complaciente con lo cursi?

¡Ay!

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: Cuando en Vetusta volvió el Carnaval
Luis Arias Argüelles-Meres 18-02-2018 | 7:28 | 0

«El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval» (Larra)

«Parecía que las calles fueran absorbidas por el cielo y que la noche ocupara todo el aire» (Dickens)

Hubo un tiempo, largo muy largo, en el que no se celebraban los carnavales por estos pagos. Hubo un tiempo en el que la fiesta de las máscaras se hacía, en todo caso, en el ámbito más familiar, nunca en el espacio público. Hubo un tiempo en el que la fiesta de la carne no podía estar bien vista oficialmente. Lo de las máscaras, metafóricamente hablando, era muy distinta cosa.

El primer recuerdo carnavalesco que tengo es de mi infancia en la plaza del Carbayón. Sonó el timbre de casa y alguien lo pulsó más veces de lo acostumbrado, incluso de lo tolerable. No sabía precisar bien qué hora era. Pero sí que ya había anochecido y que aquello sucedió antes de cenar. Llamaron a la puerta –y supongo que por seguir la corriente– se oyó un grito. Mi padre no se movió del despacho, bien porque estaba muy concentrado en su tarea y no oyó nada, o bien porque consideró que aquello iba en el guion.

Tras el grito, la persona disfrazada que había originado todo el alboroto, apareció en la cocina, donde estábamos. Tan pronto se quitó el bigote postizo, la identificamos muy fácilmente. Era la señora que vivía en la buhardilla, con la que habíamos aprendido a jugar a las cartas. Llevaba puesto un traje oscuro de su hermano y tenía un bastón en la mano. La función se terminó muy pronto, pues enseguida se pasó a una conversación cotidiana. Fue la primera puesta en escena carnavalesca que me tocó vivir. Sucedió en 1965. Tenía 8 años. Y de los carnavales en las calles no se hablaba, no teníamos noticia de que se celebrasen. ¡Anatema!

Pasaron los años, los suficientes para haber dejado atrás la infancia y estar viviendo ya lo que fue la juventud de lleno.

Si la memoria no me falla, aquel año de los mundiales de fútbol y del irrepetible y arrollador triunfo del PSOE en el 82 la noche de carnaval, por los pubs más progres del Oviedo de entonces, deambulaban muchas personas disfrazadas, la mayor parte de ellas reconocibles sin esfuerzo, pues los disfraces iban en los atuendos y no en los rostros, muy fácilmente identificables, como puede intuirse.

Aquello supuso un importante cambio en el paisaje nocturno, aunque sólo fuese una vez al año. Las máscaras y los disfraces habían dejado de prohibirse. Mascaradas, fiesta de la carne, todo ello muy efímero, pues ahí estaba el muy metafórico miércoles de ceniza para recordarnos a todos nuestra condición mortal.

Y, ya en aquellos primeros años ochenta, las grandes recuperaciones de las fiestas de carnaval fueron en Gijón y Avilés. En Oviedo, el antroxu no pitaba tan fuerte. Aun así, conservo en mi memoria episodios inolvidables de determinados disfraces, que se decidían con antelación y que eran todo un acontecimiento para aquellas personas que se estrenaban en las mencionadas fiestas con una puesta en escena en la que ponían tantas expectativas de divertimento.

Carnavales en Oviedo, antroxu en Vetusta. Llegó un momento –muy entrados ya los años ochenta– en el que los disfraces no se exhibían sólo por la noche, pues, a media tarde, cuando la luz del día aún no se había ido del todo, era muy frecuente ver las calles de Oviedo llenas de disfraces, todo un flujo de gentes con una variedad que rozaba lo inabarcable.

Siempre distinguiré dos formas de disfrazarse: aquella en el que es poco menos que imposible identificar a la persona en cuestión, por mucho que la conozcamos, y aquella otra en la que el disfraz no oculta a quien lo lleva, o no lo oculta mucho. Y tengo la impresión de que, a medida que el tiempo avanza, es más frecuente la primera que la segunda.

Y, volviendo a los carnavales vetustenses, lo cierto es que siempre habrá un antes y un después del año aquel en el que un Gobierno municipal del PP, esto es, católico, apostólico y romano, cometió la irreverencia de aplazar los carnavales una semana y emplazarlos en plena Cuaresma. ¡No somos nada!

Lo que se alegó al respecto fue la conveniencia de no hacerlos coincidir con los carnavales de Avilés y Gijón, convertir Oviedo en única ciudad para los disfraces, permitiendo así la opción a muchas personas de poder disfrutar de dos carnavales.

No tengo constancia, sin embargo, de que haya habido protestas por parte de las autoridades eclesiásticas a resultas del aplazamiento de las fiestas de carnaval, aplazamiento que –insisto– los sitúa en plena Cuaresma.

En todo caso, el llamado Tripartito que gobierna Oviedo desde 2015, cuyas relaciones con la Jerarquía eclesiástica no son precisamente idílicas, viene manteniendo este aplazamiento que evita que nuestra heroica ciudad tenga que competir en tan irreverentes fiestas con el resto de las localidades asturianas que celebran por todo lo alto el carnaval.

Y, volviendo a aquellos primeros años ochenta, cuando se empezaron a recuperar los carnavales, viene a mi memoria la imagen de un grupo de amigas que exhibieron sus disfraces como fichas de parchís por la zona alta de Oviedo. Memorable fue su entrada a un pub que estaba en al principio de la calle Marqués de Teverga.

Memorable y triunfal entrada que tuve el privilegio de contemplar en aquella noche en la que la magia y el desenfado derrotaron al frío, en la que el descaro salió triunfante.

Ver Post >
VIGA AZUL: ESPERANDO A FABBRINI
Luis Arias Argüelles-Meres 18-02-2018 | 7:22 | 0

El césped no era un barrizal, pero tampoco mostraba las mejores condiciones para el preciosismo futbolístico. El Albacete, desde el principio, no dio muestras de ser un rival temible, pero sí lo suficientemente pegajoso para no dejar al Oviedo hacer su fútbol de ataque. El once carbayón, por su parte, fue bien recibido por el público, pues no había motivos para el reproche pese a haber perdido contra el Cádiz de la forma en la que se desarrolló aquel encuentro, con el árbitro como principal protagonista.

Desde el principio, se diría que los papeles estaban cambiados, en el sentido de que era el Albacete el que presionaba arriba y era el Oviedo el que no podía trenzar las jugadas de ataque que sirvieran para ponernos por delante en el marcador.

Confieso que sentía mucha curiosidad por ver a Hidi como titular. Y lo cierto es que el sábado en el Tartiere tanto Folch como el centrocampista magiar jugaron muy retrasados. A pesar de ello, no perdí la esperanza de que el futbolista húngaro se inventase un pase en largo que pudiera ser decisivo, como el que le dio a Berjón en el primer partido contra el Rayo.

No se puede decir que Hidi cuajó un gran partido, pero tampoco se le puede negar lucha y entrega, así como algún destello de calidad que se perdió en la espesura que fue la dueña del partido.

Por su parte, Aarón no estuvo muy afortunado. Y Berjón, como siempre, fue el que protagonizó las jugadas más peligrosas que hizo el Oviedo, que, a decir verdad, no fueron muchas. Tampoco los rematadores habituales en las jugadas a balón parado estuvieron muy inspirados. Se repitió un lance que sucedió en Cádiz: Christian no aprovechó bien un remate al que se lanzó en plancha, en la que fue una de las ocasiones más claras del encuentro.

En medio de la espesura, de la que no supimos librarnos en todo el choque, se diría que se respiró una sensación de esperanza cuando Fabbrini salió al campo. Y, en efecto, demostró su calidad a la hora de avanzar con el balón y a la hora de crear problemas a la defensa rival. Desde que entró en el campo, el Oviedo empujó más y el italiano tuvo protagonismo en varias jugadas a las que les faltó la definición final que ayer no quiso llegar.

Se diría que, llegado un momento del encuentro en el que las cosas no nos salían, Fabbrini fue la esperanza de que al final se consiguieran los tres puntos, a pesar de no jugar con brillantez. El delantero puso empuje y calidad, pero faltó ese no sé qué o aquel qué sé yo para que su aportación se tradujera en eso que lo decide todo en el fútbol a lo que llamamos gol.

Ver Post >