El Comercio
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Fecha: febrero 4, 2018
Recuerdos de Oviedo: Cafetería Jena
Luis Arias Argüelles-Meres 04-02-2018 | 12:30 | 0

 

“Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú. Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú. Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú. Sé tú el que aparta la piedra del camino.” (Gabriela Mistral).

Fue en el verano de 1970. Era una tarde especialmente calurosa. Recuerdo que resultaba sofocante adentrarse en los probadores de las tiendas. La gente decía que aquello acabaría en tormenta como, en efecto, así fue. Pero esperó lo suficiente para que pudiésemos hacer nuestras compras y dejar las bolsas en casa, sin exponerlas a la lluvia, a los relámpagos y a los truenos.

La tormenta tuvo el detalle de no desatarse hasta bien entrada la tarde, después de las 7 y media, cuando ya estábamos a cubierto en el cine Principado. A la salida, la calle estaba mojada y la sensación de frescor fue toda una liberación.

Hacia las diez de la noche, después de salir del cine, en los coches que estaban aparcados aún se veían algunas piedras de granizo que se resistían a desintegrarse. Pero, con todo, las calles no estaban desapacibles, si bien había refrescado mucho.

Fuimos a cenar a la cafetería Jena. Mi hermana me sugirió que pidiese un plato combinado, algo que fue para mí toda una novedad. Lo cierto es que no recuerdo qué película habíamos visto, pero se me quedó grabado en la memoria el hecho de que fue en la cafetería Jena donde degusté por vez primera en mi vida un plato combinado. Toda una novedad, muy agradable, por cierto.

Muy lejos estábamos entonces de las pedanterías del actual lenguaje gastronómico. A nadie se le hubiera ocurrido decir que un plato combinado era también “una sinfonía de sabores” construida o “deconstruida” en el caso que nos ocupa por medallones de merluza y una guarnición muy variada. Lo mejor de todo no eran los sabores, que no estaban nada mal, sino la variedad.

Así pues, lo memorable fue que la merluza estaba muy bien acompañada en aquel plato combinado. Y, por otro lado, la atmósfera que allí se respiraba era muy agradable, la de una noche verano tranquila, sin esclavitudes horarias, sin que la mayoría de los que allí estábamos tuviésemos que pensar en el madrugón siempre odioso. A la mañana siguiente, volveríamos a Lanio. Estábamos de paso en Oviedo, pues habíamos aprovechado la tarde para comprar ropa.

Pasaron los años y, con relativa frecuencia, iba por Jena a comer, a veces, el plato del día que no estaba nada mal, a veces, como en la ocasión referida, un plato combinado.

En algún momento, me hablaron de que los pinchos de tortilla que se servían en Jena eran deliciosos, lo que tuve la fortuna de comprobar con no poco disfrute. Y recuerdo, no sin cierta nostalgia que, muchos años después, para ser precisos, en noviembre de 2010, cuando se celebraron en el llamado Edificio Histórico de nuestra Universidad las jornadas sobre la figura de Fernando Vela, en algún hueco entre ponencia y ponencia, fuimos a Jena a tomar el café con el correspondiente pincho de tortilla, que –insisto- era toda una delicia. Y es que en las referidas jornadas Jena se convirtió en una cita obligada.

Aquellas jornadas universitarias en torno a Fernando Vela fueron, climatológicamente hablando, muy regentianas, llovió copiosamente en Oviedo, pero, con todo, valía la pena desplazarse desde el edificio histórico hasta Jena no sólo por el pincho de tortilla y el café, sino también por lo agradable que resultaba la estancia de unos minutos en una cafetería de referencia en muchos sentidos.

Desconozco la fecha exacta en la que se produjo el cierre de Jena, pero he de confesar que aquello me produjo tristeza. Sin duda, era un establecimiento clásico de Oviedo, que siempre relacionaré con mi adolescencia y juventud.

Ahora, cada vez que paso por delante de la cafetería Jena, hay un detalle muy entrañable, diría que incluso poético, que me llama mucho la atención. En su exterior, ya no están las letras que durante tantos años dieron nombre al establecimiento, pero, como si de una sombra indestructible se tratase, quedan las huellas de esas letras incrustadas en la pared, la marca que dejaron unos rótulos que, en realidad, no hacía falta leer, porque, salvo excepciones, todo el mundo que la frecuentaba sabía muy bien cuál era el nombre del establecimiento.

Una tarde de invierno –creo que fue en diciembre de 2012- recuerdo haber tomado allí mi último café. Sin embargo, es posible que se hubiese producido ya un cambio de titularidad que, en todo caso, no duró mucho.

Aquella tarde de diciembre de 2012 era atípicamente calurosa para encontrarnos en el mes de diciembre.

Y, a veces, cuando paso por delante de lo que fue la cafetería Jena, me gusta pensar que lo cálido y apacible de aquella tarde de diciembre de 2012 fue una suerte de justicia poética, una manifestación de calidez, de esa calidez que siempre comparece en las despedidas memorables.

Además, fue una despedida piadosa. Yo no sabía que era mi último encuentro con ella. Pero el viento sur de aquella tarde seguramente estaba bien informado y quiso contribuir a ello.

Una gozada.

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