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Luis Arias Argüelles-Meres

Panorama Vetustense

Recuerdos de Oviedo: Entre dos calles: Argüelles y Jovellanos

“La luz ligera que envuelve las imágenes de los dioses ha prefigurado la luz impasible de la inteligencia”. (María Zambrano).

“La luz del pensamiento filosófico no es la luz viviente del sol, sino la claridad, principio de la vida según Platón, el teólogo de esta luz”. (María Zambrano).

¿Un orden invertido en lo temporal? Planteo esta pregunta por el hecho de que, avanzando por Oviedo en dirección descendente, primero está la calle Argüelles y a continuación la calle Jovellanos. O sea, primero el siglo XIX, con un gran protagonismo de Agustín Argüelles (1776- 1844). O sea, segundo el que acaso fue el máximo representante dela Ilustración en España (1744-1811). En realidad, ambos personajes, que están entre los asturianos más universales nacieron en el siglo XVIII y fallecieron en el siglo XIX. Pero Jovellanos es un ilustrado y Agustín Argüelles es uno de los grandes tribunos de la primera mitad del XIX.

A Agustín Argüelles se le concedió su calle en Oviedo en 1869, o sea, un año después de “La Gloriosa”. Por su parte, el ilustrado gijonés también tiene su lugar en nuestra ciudad no sólo en la calle que lleva su nombre, sino también hay que recordar que en la antigua Facultad de Filología en la plaza Feijoo se investigó y se difundió su obra con el catedrático Caso González como pionero.

Pero, más allá del significado de estas dos grandes figuras, quiero recordar lo que significan estas calles de Oviedo en mi memoria personal. Dos calles que, a decir verdad, al ser contiguas, pueden confundirse con cierta facilidad. A veces, no se sabe bien si estamos en la una o en la otra, tenemos que mirar al pertinente rótulo o recordar dónde está situado, marcando el límite.

Lo cierto es que, habiendo vivido en el número 3 de la plaza del Carbayón hasta los diez años, la calle Argüelles la transité sobre todo hacia arriba, mientras que la calle Jovellanos la anduve casi siempre Oviedo abajo. La calle Argüelles la recorrí sobre todo por las mañanas, mientras que mis recuerdos de la calle Jovellanos se emplazan más bien por las tardes.

¿Cómo no recordar, a propósito de mi infancia por la calle Argüelles, que allí estaban el bar Llavona, La Paloma, la Hora Fija, la Confitería España, Rialto, la Peluquería Escotet, que continúa en el mismo sitio, así como un taller de relojería que se encontraba muy cerca del bar Llavona al que acabo de hacer mención?

¿Cómo no recordar, por otro lado, los deliciosos pasteles de la Confitería Camilo de Blas, cuyo establecimiento continúa siendo un referente en Oviedo, así como la nostalgia y tristeza que se apoderan de muchos de nosotros cuando pasamos por delante de lo que fue la Estación de El Vasco que, si mis datos no me fallan, fue inaugurada en 1906 y derrumbada, en un día aciago para la estética de nuestra ciudad, concretamente, el 3 de noviembre de 1989?¿Cómo no recordar, asimismo que también estaban allí la peluquería Remigio y la farmacia Migoya, esta última funcionado actualmente a pleno rendimiento?

¿Cómo no recordar a aquel niño que compraba cromos muy cerca de la Estación del Vasco, donde había ventanillas para prensa y estanco? ¿Cómo no recordar el momento en que rasgaba la envoltura de aquellos cromos, así como el momento en el que desenvolvía las chocolatinas?

¿Cómo no recordar, asimismo, otra confitería, ésta muy modesta, que había en la calle Jovellanos, cuyo nombre nunca retuve, pero que he de confesar que aquel negocio era atendido por personas entrañables marcadas por el esfuerzo y lastradas, según la mirada del niño, por el paso de los años.

¿Y qué decir de ese sitio justo donde se encuentra el cambio de calle? ¿No es innegable que muchas veces nos preguntamos qué es lo que cambia de una calle a otra, más que en sus referencias externas, en lo que se refiere a nuestras vivencias, sobre todo de infancia?

¿Qué es una calle de nuestra infancia más allá de sus establecimientos y edificios, de sus semáforos y de sus pasos de cebra, de su mobiliario urbano y de su movimiento de vehículos y personas?

¿Qué es –me lo vuelvo a preguntar- una calle de nuestra infancia? ¿A que no es posible, a la hora de recordarla, someterla a un aislamiento en el que no estemos nosotros, en este caso, la presencia de aquel niño y su estado de ánimo?

Aquellos gestos de determinadas personas que nos atendían en los establecimientos, aquellos personajes que, aun sin saludarnos, los conocíamos por coincidir con ellos un día sí y otro también.

Calle Argüelles, mañanas camino del colegio. Calle Jovellanos, tardes comprando en Camilo de Blas, abriendo cromos, desenvolviendo chocolatinas junto a la Estación de El Vasco.

Rutina mañanera, en la que lo extraño era no encontrarse con Puskas por la calle Argüelles. Extraordinarios de las tardes con sus pasteles, chocolatinas y cromos. Viajes a Pravia con la Estación de El Vasco como punto de partida. Algunas mañanas de domingo con mi padre en El Mesón del Labrador.

Bien mirado, en aquellos años de infancia, el itinerario hacia el occidente de Asturias no era solo Oviedo hacia arriba camino de Lanio, despidiendo a Vetusta en la Gruta. Era también la Estación del Vasco, su tren a Pravia que pasaba por Grao y que hacía un extraño en el camino hacia Fuso de la Reina poco después de salir de Oviedo. Era también el Mesón del Labrador, cuyos dueños procedían del concejo de Salas, donde mi padre conocía a muchos clientes de nuestra zona en el bajo Narcea. Era también la antigua Paloma en la calle Argüelles, pues sus propietarios eran de Malleza.

Muchos años antes de haber leído “La Pata de la Raposa”, de Pérez de Ayala, cuyo arranque, muy regentiano, se emplaza en la calle Jovellanos, recuerdo aquella tarde de invierno en la que llovía y había oscurecido, en la que me quedé casi hipnotizado por la suavidad y el cariño con el que aquella señora que despachaba en la confitería ya desaparecida de la Calle Jovellanos, cuyo nombre, como antes dije, nunca retuve.

Tras el envoltorio, el lazo a la delgadísima cuerda que ataba el paquete. ¡Con qué ternura y hasta tersura me entregó los milhojas envueltos! ¡Con qué inolvidable cordialidad me regaló un caramelo, cuyo sabor me dio a elegir!

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/

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