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Luis Arias Argüelles-Meres

Panorama Vetustense

Recuerdos de Oviedo: Camino del Seminario

«La vida humana –qué digo, la vida en general– es poesía. Sin darnos cuenta la vivimos, día a día, trozo a trozo. Pero, en su inviolable totalidad, es ella la que nos vive, la que nos inventa». (Lou Andreas-Salomé).

La historia que voy a contar no versará, aunque el título del relato pueda darlo a entender, de vocaciones sacerdotales, menos aún de un camino de perfección místico, nada que ver con la cuestión clerical, sino con una imagen de una tarde de octubre que se me quedó grabada en la memoria para siempre.

Sí, fue una tarde de octubre de 1974. El cielo, de repente, se había despejado. Sobre el asfalto mojado destacaba el resplandor del sol. Paraguas cerrados, miradas hacia las nubes viajeras que se marchaban del horizonte que la vista podía abarcar.

Yo andaba por allí, por la plaza de san Miguel, justamente donde empiezan las escaleras que conducen al Seminario. Esperaba a un amigo que vivía en uno de los chalés que se encontraban a la derecha de las mencionadas escaleras en sentido ascendente.

Como se sabe, entre los entretenimientos que había entonces, no figuraban los teléfonos móviles. Y, en el inicio mismo de las escaleras por las que se accede al Seminario, un señor mostraba una fotografía a la persona que lo acompañaba, la mostraba haciendo comentarios mientras movía el dedo por la superficie de aquella fotografía señalando y comentando quién sabe qué y cuántas cosas.

Según explicaba aquel hombre, la fotografía en cuestión era sobre una casa que tomaba como modelo para construirla en un solar de Oviedo, no allí mismo. Lo que hacía aquel ciudadano era describir lo que no se veía, es decir, todos y cada uno de los huecos que había dentro de aquella fachada, que recordaba mucho a los palacetes indianos que proliferan tanto por la geografía asturiana.

En una mano, la fotografía, en la otra, el paraguas. Y tenía que resultarle incómodo señalar puntos concretos de la fotografía sin soltar el paraguas. Pero no por ello dejaba su perorata.

El cielo, a medida que se acercaba el crepúsculo, iba enrojeciendo, anunciaba una hermosa puesta de sol.

Por fin, mi amigo llegó a la plaza de san Miguel, por lo menos, con un cuarto de hora de retraso. La tardanza, según me explicó, se debía a que tuvo que esperar a que su madre llegase a casa, que, a su vez, se había retrasado con respecto a la hora a la que había quedado con su hijo.

Mientras hablábamos, dos chavales acababan de bajar las escaleras, uno de ellos iba con un balón en la mano, se les veía sudorosos, seguro que habían jugado al fútbol duramente. Por fin, oscureció. Le pregunté a mi amigo si conocía, aunque fuese de vista, a aquel señor que aún seguía allí con la fotografía de marras en la mano. Me dijo que no había hablado nunca con él, pero sabía que era un constructor que además había estado en su casa, interesándose por saber si estaban dispuestos a escuchar ofertas de compra.

De su aspecto, lo que más destacaba, aunque aquello no resultaba infrecuente en la década de los setenta, eran sus enormes patillas, encanecidas y muy pobladas, con un corte muy característico en su final que se ensanchaban, diría que exageradamente. Tenía poco pelo, también encanecido, pero lucía una pelambrera grande y rizada que le tapaba la nuca.

Bajo la gabardina, más bien desabotonada, lucía un traje azul oscuro, y acaso lo más llamativo era el broche de la corbata que brillaba de un modo chillón.

Un personaje que, sin duda, podría tener cabida en una novela costumbrista de la época, locuaz y con voluntad de vendedor, por lo visto, de casas y chalés.

Por otra parte, tuve la extraña sensación de que, por aquellas escaleras, en lugar de subir y bajar seminaristas y curas, el trasiego principal era de adolescentes que iban y venían a jugar al fútbol por aquellos andurriales. Sabía que había un campo de fútbol, que se jugaban partidos allí, aunque desconocía si practicaban el llamado deporte rey equipos ajenos a lo que era el Seminario propiamente dicho.

Aquella tarde de octubre de 1974, por así decirlo, descubrí una zona de Oviedo que me imaginaba de muy distinta forma. Era la primera vez que había quedado con mi amigo cerca de su casa, pues normalmente nos citábamos en cafeterías que entonces frecuentábamos mucho, como, por ejemplo, el Figón del Cid, que se encontraba justo enfrente de una de las salidas del Instituto Alfonso II.

Confieso que me llamó la atención no sólo la larga caminata que suponían aquellas escaleras que iban camino del Seminario, sino también los chalés que por allí había, como una especie de zona residencial peculiar, en medio de un camino. Una zona residencial que no estaba alejada del meollo mismo de la ciudad, acaso en eso radicaba su principal singularidad.

Lo cierto es que tan peculiar era el personaje de la fotografía que no sólo no se me despintó jamás, sino que también lo vi por Oviedo a lo largo del tiempo, en más de una ocasión en los pasillos de lo que hoy se llama Agencia Tributaria y que antes fue la Delegación de Hacienda.

Décadas después, mantuvo sus patillas, cuando ya no estaban de moda, y tenía una cartera siempre cerrada, seguro que llena de documentos.

Cuando lo vi, décadas después, no pude dejar de preguntarme dónde estaría ubicado aquel chalé que entonces se planteaba construir.

Doy por hecho, a pesar de carecer de datos al respecto, que llevó a cabo su proyecto.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/

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