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Luis Arias Argüelles-Meres

Panorama Vetustense

Recuerdos de Oviedo: El Café de Alfonso y su terraza

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«Desconfiad de la puntualidad de aquellos que adelantan el reloj y desconfiad de la energía de los que se enojan» (Alfonso Reyes).

Oviedo, aquellas noches de verano de principios de los ochenta, cuando refrescaba y cuando llegaban esas horas sin prisas ni relojes. Aquellas noches de cualquier día de la semana, que tenían algo delicioso en común, y era que al día siguiente no se madrugaba.

Oviedo, aquellos veranos de principios de los ochenta, en los que la ciudad se quedaba mucho más vacía que ahora, pero que, con todo, tenía su ritmo, su vida, máxime en una década en la que la sensación de libertad era mucho más profunda e intensa que en los tiempos actuales.

Pues bien, si había un enclave perfecto para empezar la salida nocturna en aquellos veranos a los que me estoy refiriendo, el susodicho enclave era la terraza que estaba ubicada en el Café de Alfonso, no sólo céntrica, sino además acogedora, por lo común, sin barullos, por lo común, sin estridencias por parte de las gentes que allí se instalaban para sus tertulias y citas.

Aún no había llegado la peatonalización de la ciudad, pero, si la memoria no me falla, se diría que, a pesar de ser un entorno tan urbano, en el centro mismo de la capital, apenas se oían, ni de lejos, motores de los coches. No había zonas verdes a la vista en aquella terraza; sin embargo, se respiraba si no el olor a verano, sí, al menos, la delicia de esa estación, con alguna que otra brisa que refrescaba sin que llegase a incomodar.

También recuerdo que la calidad del café era excelente, que era costumbre pagar las consumiciones en el momento mismo de servirlas. El camarero que nos atendía ni siquiera nos preguntaba qué íbamos a tomar, pues no solíamos variar el café solo y el café con leche. Y, en las contadísimas ocasiones en las que nos salimos de nuestras consumiciones habituales, antes de tomar asiento en la terraza, entrábamos a decir lo que serían nuestras consumiciones.

Hubo especialmente un verano, el del 81, el año en el que Serrat había sacado un disco por el que esperábamos ansiosamente. Se trataba de un título muy acorde con los tiempos: ‘En tránsito’. Pues bien, aquel mes de julio del 81, hablábamos muy frecuentemente de música, de la que conocíamos a fondo, pero también de aquella otra que nos había pasado desapercibida en su momento.

Eran noches en las que, sin escucharla, la música cobraba un enorme protagonismo, la música de nuestra educación sentimental, la música de nuestros anhelos, la música de nuestras rebeldías, que no tenía menos protagonismo entre nosotros que la poesía más cercana, que las novelas más apasionantes, que los libros de filosofía más sesudos.

Al lado de eso, éramos conscientes de que estábamos en la terraza mejor de Oviedo, al menos la que más nos gustaba de toda la ciudad.

Hablo de un tiempo en el que las terrazas de las cafeterías, al igual que las bicicletas, eran para el verano. Hablo de unos veranos de sosiego, y, al mismo tiempo, de grandes inquietudes, hablo de unos veranos que, en nuestra educación sentimental, podrían tener cabida bajo el título de una de las grandes novelas de Dickens, de ‘Grandes esperanzas’, porque, en efecto, colectivamente hablando, tras haberse conjurado el golpe de Estado, el sueño de nuestra generación era vivir en un país pleno de derechos y libertades, en un país en el que las inquietudes por un mundo mejor, más culto y menos desigual no sólo tendrían cabida, sino además eco.

Noches de primeros de los ochenta en la terraza que ponía a disposición del público el Café de Alfonso. En algún momento, alguien que paseaba a un perro que atravesaba la ciudad con el mismo sosiego que por allí se respiraba. En algún momento, conversaciones en mesas cercanas a la nuestra acerca de todo lo divino y todo lo humano. En algún momento, libros sobre cualquier mesa, no para ser hojeados en aquel momento, sino como devolución a quien se lo había prestado y estaba allí como contertulio.

En muchos momentos, gestos de complicidad y satisfacción, de sintonía entre quienes hablaban. En muchos momentos, planes compartidos, sueños de los que quienes allí se reunían eran copartícipes. En muchos momentos, agua fría para refrescar las gargantas de tantos cigarrillos y palabras.

En lo que a mis vivencias carbayonas se refiere, puedo asegurar que, en su momento, aquella terraza fue la más elegante y confortable de Oviedo, la cita obligada para conversaciones inolvidables.

Pasaron los años. Ya avanzada la década de los noventa, un domingo por la mañana, en plenas vacaciones navideñas, me despedí, sin saberlo en aquel momento, de este inolvidable establecimiento. Y fue de las pocas ocasiones en las que estuve dentro del Café.

Allí tomamos café con un amigo inolvidable, el editor y poeta Carlos Álvarez-Ude, que era el secretario de la Revista ‘Insula’, que publica Espasa-Calpe. Amigo inolvidable por su nobleza y generosidad, por su talento y bonhomía. Recuerdo que hablamos de aquella poesía de la experiencia que estuvo –y sigue estando– tan en boga, del famoso ‘yo testaferro’ al que se refirió el poeta y crítico Carlos Bousoño. Pero recuerdo, sobre todo, al amigo entrañable que fue Carlos Álvarez-Ude.

Bien pensado, fue la persona más indicada para acompañarnos en la despedida de una cafetería de Oviedo que destacó en su época, sobre todo, por su terraza y por su excelente trato hacia sus clientes.

Puedo decir que siempre que paso por delante de donde estuvo esa terraza, evoco aquellos veranos de principios de los ochenta en los que, por las noches, dábamos cuenta de anhelos y esperanzas, en los que poníamos en común la letra y la música de nuestros años, que se acercaban al cuarto de siglo.

Allí, en aquella terraza, soñamos despiertos, pusimos en común nuestros sueños.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/

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