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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Recuerdos de Oviedo: Enero del 82: Rafael Alberti en Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-03-2017 | 12:39| 0

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“Mi mano y mi corazón, / ¡contigo!, que Asturias grita, / como ayer: ¡Viva el Nalón/ y viva la dinamita!” (Rafael Alberti).

¿Cómo olvidar aquel artículo de Francisco Umbral, tras la matanza de los abogados de la calle Atocha, en el que le imploraba a Alberti que no regresase aún a aquella España? ¿Cómo no recordar la presencia de la Pasionaria y Alberti en el Parlamento que se había formado en nuestro país tras las elecciones del 77? ¿Cómo no tener presentes los retornos de grandes figuras del exilio como Sánchez Albornoz, como Madariaga y tantos otros? Regresaron, sí, pero cabría preguntarse si más de uno no hizo suyo aquello que Max Aub había dicho en su momento: “He venido, pero no he vuelto”.
Pero vayamos a enero del 82, al momento en el que, Rafael Alberti, vino a Oviedo invitado por Tribuna Ciudadana. El local de la Caja de Ahorros (que en paz descanse) donde iba a tener lugar la intervención del poeta gaditano se quedó pequeño para el numeroso público que deseaba escucharlo. Sobre la marcha se hizo un cambio, y el acto se trasladó al Salón de actos de la Parroquia de San Juan, sito en la calle fray Ceferino.
¡Cómo y cuánto había cambiado este país! Y, por si ello fuera poco, de la presentación de Alberti se encargó Torrente Ballester, cuya ideología no era precisamente progresista. O sea, que uno de los poetas comunistas españoles más combativos recitaba sus poemas en un salón parroquial y, además, recibía elogios de un escritor que no había sido nada tibio en su defensa del bando sublevado. Así pues, el consabido guion de una España que se reconciliaba parecía cumplirse en aquella jornada histórica, culturalmente hablando, en Oviedo.
Terminaba enero del 82, de modo que estábamos a cumplir un año del fallido golpe de Estado. Por una parte, nos encontrábamos todavía en los inicios de una década en la que se respiraba libertad y esperanza, con su descaro y desenfado, acaso con su inocencia, pero también estaba lo irrenunciable. Y, por otro lado, Tejero y compañía se habían encargado de recordarnos de que la España más tenebrosa y reaccionaria seguía estando en pie de guerra. Aun así, pesaban más en cantidad y en calidad, las esperanzas que los miedos.
Torrente Ballester dijo en su presentación que teníamos la fortuna de poder escuchar “al mejor poeta vivo de la generación del 27”, sin duda, estaba en lo cierto. Y, cuando el autor de “Marinero en Tierra” expresó su disconformidad con la denominación de “generación del 27”, confieso que me emocioné.
Bueno, allí estaba un Alberti tan combativo como desenfadado, que recitó, entre otros poemas, el dedicado a Gil Robles, a un Gil Robles que, en los últimos años del franquismo y primeros de tiempos de la democracia, se reclamaba demócrata de pro, si bien tal cosa colisionaba con quienes recordaban sus discursos al frente de la CEDA. También se oyeron versos dedicados a los mineros asturianos.
Poder ver y oír a uno de los grandes poetas del siglo XX, que recitaba sus propios versos. Aquello era algo muy especial, aquello era un sueño hecho realidad. En algún momento, recordé la primera vez que leí en una manual de historia de literatura la palabra “exilio”, una especie de “castigo” que sufrían todas aquellas personas que no tenían sitio en la España del invicto caudillo. El exilio, no sólo era lejanía, sino también expulsión. El exilio, término que mi padre pronunciaba no sin cierto desgarro y frustración cuando hablaba de muchas de las grandes figuras de la República.
Aquel día, aunque fuese enero, y, aunque no se hablase en aquellos tiempos del cambio climático, no hacía frío en Oviedo. Aquella tarde fue directamente al acto de Tribuna Ciudadana desde la Estación del Vasco. Volvía de Pravia, de visitar a una tía abuela mía que ya agonizaba. Con su muerte, se acababa un mundo de antiguas referencias familiares. Y, por otro lado, escuchando a Alberti, de algún modo, regresaba a un universo libresco al que la voz del poeta le ponía su música.
Desde luego, Rafael Alberti tenía una puesta en escena genuina y una voz muy personal, que servían como efectos especiales a sus poemas más conocidos y efectistas.
Se iba un mundo, el que representaba mi tía abuela, y, sin embargo, de un modo un tanto espectral, como si de un epílogo se tratase, regresaba otro que había estado muy lejos durante décadas. Regresaba para despedirse de nosotros y de aquella geografía que habían tenido que abandonar. ¡Qué gran libro podría escribirse con los testimonios de las primeras impresiones que vivieron los retornados en el momento mismo en el que volvieron a poner los pies en el país en el que tanto habían soñado, vivido y escrito! Volvían a la geografía, pero la historia era no tenía retorno, no podía tenerlo.
Alberti en Oviedo, en 1982, aquel poeta que, según leí en algún sitio, cuando algún literato joven se le acercaba, solía responder al saludo y a los elogios diciendo que no escribía prólogos, aquel poeta que pasó de la nostalgia de su mar, al combate con la palabra más acerada y contundente, aquel poeta tan siglo XX, cuya vida y obra definen muy bien aquella centuria de sueños y quimeras, de delirios y horrores.
La noche fue larga y memorable. La voz de Alberti estaba viva, tanto en la mar como en la tierra, y la vieja Vetusta había recibido una visita de lujo.
Y nunca dejé de preguntarme lo que bullía en el fuero interno de Alberti y de Torrente, mientras la cortesía entre ambos afloraba externamente. ¡Qué memorable artículo hubiese escrito al respecto Umbral!

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Recuerdos de Oviedo: Cafetería Ronda en la Jirafa
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-03-2017 | 12:02| 0

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“Para mí, la vida es como una posada del camino, donde debo demorarme hasta que llegue la diligencia del abismo”. (Pessoa).

El mural de Navascués, el techo abovedado del que colgaba una hermosa lámpara, las patatas fritas que no eran de bolsa y solían servir con los aperitivos y que tanto me recordaban a aquellas que en mi infancia había degustado en la Paloma, en su antiguo local de la calle Argüelles. Su acústica tan genuina. Su confort, su elegancia. Su amplitud que, sin embargo, permitía varios ambientes, hasta distintas atmósferas. Hablo, estoy hablando, de la cafetería Ronda, en el edificio de la Jirafa. Hablo de uno de los establecimientos más singulares que conocí en Oviedo. La voluntad de estilo abarcaba cada rincón del local. No había un solo detalle extraviado. Voluntad de estilo y originalidad.
Era todo un lujo poder sentarse cerca del mural de Navascués, bajo aquel techo abovedado. Charlar sin prisa, no perder nunca de vista el decorado, por mucho que nos concentrásemos en la conversación. Resultaba muy atractivo el contraste que allí se observaba entre la discreción a la que invitaba el escenario, frente a las voces y murmullos que se expandían por tan singular espacio. Sin embargo, más que las palabras, llegaba la música, que se entrecruzaba y que no aturdía.
En la planta de arriba de la cafetería, recuerdo la comodidad de los asientos, también su holgura.
Abajo, tertulias y lecturas. Arriba, encuentros más personales que, al mismo tiempo, permitían ver el movimiento que había en la calle, como una atalaya cercana que, sin embargo, contaba con la suficiente lejanía para tomar perspectiva. O sea, como diría Ortega, desde allí no se percibía bien la nariz de Cleopatra, ello en el supuesto de que la reina egipcia deambulase en aquellos momentos por la calle Pelayo.
Y no sólo tertulias, también lecturas. ¿Cómo olvidar el lujo que para mí suponía entrar en la cafetería Ronda con el libro que acababa de adquirir en la librería Santa Teresa y comenzar, acompañando aquello de un café, aquella apuesta literaria que tanto prometía?.
¿Cómo no recordar aquel sábado a última hora de la mañana cuando entré en la cafetería Ronda con, “El siglo de las Luces” y “La Consagración de la Primavera”, de Alejo Carpentier? Primer dilema: elegir cuál de los dos leería primero. Empecé por el último. Era una edición de Siglo XXI editores. Y, andando el tiempo, ante ese tópico tan repetido de que “El siglo de las luces” es un fresco del siglo XVIII, cabría extrapolar eso mismo a la novela que empieza en la Primera Guerra Mundial y que concluye con un episodio épico de la revolución cubana. Todo un recorrido apasionante por la pasada centuria. A mi juicio, una obra maestra de nuestra narrativa en castellano. Una prosa que desbordaba y un afán por contar tan contagioso como efectivo..
Pero regresemos a aquel sábado. Llovía. Fue en febrero. El día estaba oscuro y desapacible, y, por supuesto, invitaba a leer. Y fue todo un acontecimiento dar comienzo allí a una de los libros más apasionantes que conozco.
Pero no sólo lecturas, también tertulias. Un día de semana por la tarde allí estábamos con uno de los primeros números de la Revista “Cuadernos del Norte”. En algún sitio, se hablaba de Navascués, del autor de aquel mural que teníamos ante nosotros. No se trataba de hacer sesudas ni pretenciosas digresiones sobre la obra del citado artista. La cosa era muy distinta, simplemente, disfrutar de aquella cercanía, contemplar lo que Navascués había hecho con la madera. Genuina vanguardia en un escenario donde lo clásico también era omnipresente.
Sin embargo, las estancias en la planta de arriba, más que a lecturas o a tertulias, invitaban bien a la confidencialidad, bien a la observación de lo que transcurría por la calle. Tardes de domingo, llenas de complicidades y entusiasmos sin estridencia. Tardes en las que el protagonismo, más que en las palabras, estuvo en los gestos y en las miradas.
Cafetería Ronda. Por mucho que la Jirafa impusiese desde afuera, por mucho que destacase todo aquello, puertas adentro del local se percibía un universo independiente, con mezclas e incorporaciones temporales más que sugerentes.
Cafetería Ronda. Mi última estancia en ella fue también un sábado a la hora del vermú. Me encontré, por casualidad, con un editor madrileño que estaba de paso por Oviedo. Curiosamente, para el visitante, fue su primera vez en la cafetería Ronda. Y alguien se le había recomendado encarecidamente para disfrutar del aperitivo.
Confieso que, al pasar por la calle Pelayo, casi todo son ausencias. Ya no está la Librería Santa Teresa, tampoco sigue abierto el bar Pelayo, y lo mismo pasa con la cafetería de la que vengo hablando.
Acaso sea una de las calles que más cambios ha sufrido en lo que respecta a sus negocios tradicionales, a sus citas más clásicas.
Cafetería Ronda. Lecturas sabatinas. Gestos y complicidades dominicales.

Lamenté –y no poco- su cierre.

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Primavera en el Campo de San Francisco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-03-2017 | 9:17| 0

Resultado de imagen de Campo de San Francisco, Monumento a Clarín,

“Te embarcaste, surcaste mares, atracaste: ¡desembarca!” (Marco Aurelio).

 

Tarde luminosa en pleno mes de marzo. Las margaritas comparecen con una explosión de color y anticipos primaverales. Por el Paseo del Bombé,  un paseante perora sin parar a su teléfono móvil, que lleva en la palma de la mano, y, a medida que lo veo más de cerca, se diría que increpa duramente al aparatejo.  Un caniche, tan pequeñín como gracioso y tierno, se planta y no quiere seguir caminando, a pesar de que su dueña, con mucha paciencia, intenta que no se detenga junto a ese terreno vallado en cuyo interior corretean y juegan varios perros que olisquean una especie de zanja en apariencia recién  abierta.  Un avión va dejando su estela por el cielo, al modo de una llama que no encuentra materia combustible.

Se levanta una brisa que, sin ser fría,  parece tener intención de recordarnos que  el invierno todavía  no nos ha abandonado.  De hecho, una señora que camina apoyada en su bastón acelera el paso, barrunto que lo hace para verse pronto en casa resguardada del frío.

Sin embargo, un señor mayor y su nieto, sentados al lado de Mafalda, no parecen tener prisa, imagino que a la espera de que no se atraviese nadie entre el fotógrafo de ocasión y ellos. Se les ve sonrientes seguramente posando para la inmediatez de las redes sociales.

Confieso que hay dos rincones del Campo de San Francisco que no puedo dejar de transitar: uno de ellos es el monumento a Clarín, mientras que el otro  es el árbol torcido al que sustentan unas piedras que tienen la forma de gruesos tomos enciclopédicos. Esos libros que enderezan un destino quebrado. Esos libros que evitan el hundimiento de un árbol. Esos libros, cuyo contenido nos inventamos a poco que fijemos la vista en ellos.

¿Y qué decir del monumento a Clarín? En realidad, me resulta imposible transitar Oviedo sin tenerlo presente, y no sólo por esa novela excepcional a la que Oviedo, según Cueto, se empeñó en imitar, sino también por haber sido el faro de Asturias y de España en sus ensayos y artículos periodísticos. Es un buen sitio para detenerse el tiempo que dura un pitillo, o, si se prefiere, el tiempo que ocupa un alto en el camino.

Comienza el atardecer. Las margaritas se empiezan a perder de vista, y se preparan para lucir su esplendor al día siguiente.

¿Se acercará algún viandante al monumento a Clarín en busca de algún palique?

¿No resulta sugerente que el monumento a Clarín y el árbol sustentado por piedras en forma de libros se encuentren casi frente por frente?

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Viga Azul: Algo más que tres puntos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-03-2017 | 7:26| 0

«Es de justicia hacer mención al preciso pase de Susaeta en el segundo gol»
«Queda por delante un periodo decisivo que podría dejar un balance de ensueño»

La victoria ante el Cádiz, en efecto, supuso algo más que tres puntos. Para empezar, fue la confirmación de un equipo que, además de ser casi inexpugnable como local, llevaba dos partidos sin hacer el ridículo fuera de casa, algo que hacía mucha falta para que el oviedismo recuperase una ilusión que se tiene sobradamente merecida. Y tampoco es baladí el hecho de que hayamos sido capaces de remontar un partido que en principio se nos puso en contra, eso sí, con la ayuda del árbitro anulando un gol al Oviedo por un supuesto fuera de juego, que, según los expertos, no fue tal. El tanto de Linares fue decisivo, psicológicamente hablando, para encarar la segunda parte con empuje, confianza y ambición.

Una vez más se sufrió para ganar. Eso es innegable. Una vez más hubo imprecisiones que nos pusieron el corazón en un puño. Pero, en el segundo tiempo, no sólo se consiguió el gol que, al final, nos daría el triunfo, sino que además no había miedo y se intentaba acorralar al Cádiz. No se renunció, tras el gol de Christian Fernández, al ataque y el equipo, fallos puntuales aparte, no jugó amilanado. Todo un alivio, a decir verdad.

Por otra parte, también hay que decir que los goles del Oviedo hicieron justicia poética. El primero premió a un Linares al que no se le puede negar esfuerzo y lucha. El segundo lo hizo con la entrega de Christian Fernández, un lateral infatigable que en la tarde del sábado también se prodigó en ataque. Y, a propósito de ese gol de Christian Fernández, es también de justicia hacer mención al preciso pase de Susaeta, que le puso el balón en inmejorables condiciones para el remate.

Por otra parte, el mediocentro Borja Domínguez parece que se va acoplando cada vez más al equipo, al tiempo que el defensa Costas aporta una seguridad en la defensa que supone una mejoría del bloque que es siempre bienvenida.

Siguiendo con las últimas incorporaciones invernales, Berjón confirma en cada partido su calidad. Sólo le falta alcanzar un estado de forma física que, hasta el momento, no llegó.

Algo más que tres puntos. Toda una casualidad que, celebrándose en Oviedo un antroxu con algunos días de retraso, nos visitase un equipo cuyos carnavales tienen una gran solera. Y que, con tal coincidencia, el Oviedo haya sumado una victoria que nos lleva al optimismo y que tiene que servir para seguir ganando batallas a domicilio.

Queda por delante un periodo de tiempo decisivo que podría dejar un balance de ensueño, un balance soñado.

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Recuerdos de Oviedo: Cines Brooklyn
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-03-2017 | 2:23| 0

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“Hay una «situación de cine», y esta situación es pre-hipnótica…La oscuridad de la sala está prefigurada por el «ensueño crepuscular» que precede a esa oscuridad y conduce al individuo, de calle en calle, de cartel en cartel, hasta que se sumerge finalmente en un cubo oscuro, anónimo, indiferente, en el que se producirá ese festival de los afectos que llamamos una película”. (Barthes).

 

No sabría decir cuál fue la primera película a la que acudí en los cines Brooklyn. Sin embargo, recuerdo con toda claridad mi andadura nocturna por las calles de Oviedo después de haber visto en los mencionados cines “El Crimen de Cuenca”. Amargura, indignación, mal cuerpo, necesidad de conjurar aquello, de dejar atrás la ira que nos había apoderado tras aquella historia marcada por la injusticia y las torturas, tras aquella historia de la España más negra, más tremenda y hasta tremendista. Carne horca, que diría Machado.
Parada en el establecimiento de la Avenida de Galicia que más tarde cerraba. No era fácil plantear una conversación ajena a la historia de la película que acabábamos de ver. No había muchas posibilidades de alejar de nuestras mentes aquella truculenta trama que, además, como ya dije, remitía a la España más tenebrosa.
Si la memoria no me falla, aquella película se estrenó en 1981, pero, antes de ser exhibida en las salas de cine, había tenido problemas legales, era ministro de cultura –miren ustedes por dónde- don Ricardo de la Cierva, historiador objetivo y riguroso donde los hubiese. ¡Madre mía!
La España más tenebrosa cerrándonos el estómago, rascando nuestras gargantas, escocía nuestro entendimiento. De cualquier modo, a pesar de todo y de casi todos, la película había podido exhibirse, sacando a la luz un episodio más de nuestra historia contemporánea más oscura, de una España en la que la vida tampoco valía mucho. Y, como bálsamo, la buena literatura en nuestra conversación: las novelas que escribieron Baroja y Pérez de Ayala sobre el famoso crimen de don Benito y-cómo no- algunos poemas de Machado con el Dios Ibero temido y temible.
Antes, en su misma ubicación, hubo un enorme garaje, cuyo encargado solía estar a la puerta y formaba parte del entorno. En la esquina entre esa calle y la Avenida de Galicia, un chalet, en cuyo patio había un coche antiguo que llamaba mucho nuestra atención. Y, allí, en General Zuvillaga, la discoteca Faust, donde, por razones de edad, nunca entré, por supuesto, el club de Tenis, el pub Corners y los cines. ¡Cuánto ocio en una calle no demasiado grande! Y, en su momento, que se ubicase allí la oficina del Inem, a lado de tanto ocio y tanta abundancia, no dejaba de ser paradójico.
Pero volvamos a aquellos cines, a aquella sesión de noche donde vi “El Hombre de moda”, con Xabier Elorriaga haciendo de severo profesor de literatura, que no le hacía ascos a cierto ligoteos, pero, claro, aquello rompió. La moralina de aquella película no se puede decir que destacase por lo ingenioso.
Pero, de todas las sesiones de noche a las que acudí en los cines Brooklyn, el acontecimiento más inolvidable fue el de la proyección de la película sobre la vida de Gandhi, sin duda, uno de los grandes personajes del siglo XX. Puedo asegurar y aseguro que el ambiente que se creó a la salida del cine, me hizo recordar lo que se escenificaba en el Paladium, cuando, una vez terminada la película, las interpretaciones más pretendidamente sesudas iban en el guion.
Salir del cine tras ver la película sobre Gandhi, y los comentarios sobre la luz de la película, el rigor histórico, el trabajo del actor que encarnaba al personaje histórico, la paz, el imperialismo, los colonialismos y qué sé yo cuántas cosas eran los ecos que se hacían oír al tiempo que la gente abandonaba la sala de cine. Fue volver a los 70. Fue volver al Paladium.
¿Y cómo olvidar aquella noche de verano en la que se estrenó Dragón Rapide, con Juan Diego en el papel de Franco? Una vez más –en esta ocasión, en el cine- la guerra civil, más concretamente, sus prolegómenos. De aquella película, lo que encontramos más sobresaliente fue el esfuerzo de Juan Diego por meterse en el interior de Franco, de aquel militar severo, prudente, aparentemente pusilánime, que, en un momento dado, con la ayuda de un conocido financiero, abandonó las Canarias para ponerse al frente de los militares que se sublevaron contra la República.
Noche de verano en Oviedo, con poco movimiento, pero con locales abiertos hasta muy tarde para poder hablar de aquel personaje que dirigió los destinos de un país durante 4 décadas como si fuese un cuartel. Algo así, necesitaba catarsis conversacional, y no poca catarsis.
Ya, ya muy avanzados los años 90, esta vez en sesión de tarde, en compañía de mis alumnos de COU, vimos la película “Muerte en Granada” en la que el conocido actor Andy García representaba el papel de Lorca. Era primavera y, a la salida del cine, no podría decir que el entusiasmo fuese grande entre aquel grupo de COU. Desde luego, la vida y la obra del gran poeta granadino daban para mucho más, y la ambientación histórica era manifiestamente mejorable.
El día que los cines Brooklyn se cerraron, sentí una orfandad inevitable, la de saber que, por las calles de Oviedo, no podría dar paseos con esa hipnosis que crea en nosotros el cine. Siempre la echaré de menos.

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