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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Tras la crecida luna
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-11-2016 | 8:07| 0

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Quien no ha cruzado Roma bajo la luna llena no tiene ni idea de la belleza que se ha perdido”. (Goethe).

Cuando escribo estas líneas, a pesar de que se quedó atrás la enorme luna que fue más allá de un mero acontecimiento meteorológico, la noche sigue siendo un espectáculo en el que la niebla se cobija bajo la luz selenita, buscando acaso un centro de calor en la figura que forma, buscando una magia visual de la que nadie puede desentenderse.

La niebla, a primera vista, esconde lo que envuelve. Sin embargo, se asienta bajo la luz de la luna, reivindicando acaso una puesta de largo genuina y hermosa. La niebla, tela y telar de determinadas noches, radiante, gracias a la luna. Y, en este caso, gracias a esta luna que nos acaba de visitar, aumentada, que no corregida.

Cuando escribo estas líneas, tengo muy reciente la contemplación de dos cielos, el de Lanio, sobre el Narcea, donde la luz de la luna saca del río un brillo plateado. También, el cielo de Oviedo, hermoso, estrellado, limpio en las alturas, con la niebla partida y repartida en trozos de gasa bajo el techo protector de la luz de la luna.

¡Ay, esa niebla! ¡Ay, esa luz intensa en el cielo, pero nublada tejas abajo!

Luna crecida, ajena a todo ruido, a toda furia. Luna crecida, siempre aliada, aunque sin saberlo, de la poesía y el amor. Luna crecida, todo un prodigio cuando se asoma tras las montañas a primera hora de la noche. Luna crecida, que atiende y auxilia a la niebla, que embellece el cielo y el suelo, que diría Fray Luis, el maestro León, que decía Unamuno.

Las piedras, nuestras piedras más nobles, las de la Catedral, las del Alma Máter, las de los palacios del Oviedo más regentiano, cobraron en estas  noches  un realce espectacular, resplandecen de forma especial, sin la luz del día que, a veces, obnubila.

Las noches en Oviedo, con la luna crecida y multiplicada, fueron blancas y fantasmagóricas, sin temor, sin temblor, sin terror. Territorio de fantasmas buenos, de esos que nos llevan al recuerdo, a la leyenda, al mito, a la magia.

Luna crecida y multiplicada, haz de poesía, voluntad de estilo, escenario de belleza.

Todos hemos levantado la vista hacia el cielo, todos nos estremecimos ante nuestras piedras nobles, todos recordamos viejos esplendores, que estas pasadas noches danzaron, con velos, desvelándose y desvelándonos.

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Recuerdos de Oviedo: La Muralla.
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-11-2016 | 2:15| 0

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“Este temporal a destiempo, estas rejas en las niñas de mis/ ojos, esta pequeña historia de amor que se cierra como un/ abanico que abierto mostraba a la bella alucinada: la más/ desnuda del bosque en el silencio musical de los abrazos”. (Alejandra Pizarnik).

“Lo visible es un adorno de lo invisible”. (Juarroz). .

La muralla, la vieja muralla de Oviedo. ¡Qué desapercibida pasa, a pesar de su altura! A primera vista, y a poco que se conozca lo que es Asturias, si caminamos a su lado, nos parece que es un viejo y alto paredón que en su día cercaba una enorme finca y protegía no se sabe bien qué mansiones. Pero, al transitar por Vetusta, no se tiene la sensación, ni de lejos, de estar atravesando una ciudad amurallada, lo cual resulta muy paradójico si pensamos en el síndrome de insularidad existencial que está en el hondón de Asturias, que está en nuestros arcanos como tierra y como pueblo, con o sin bucles melancólicos.

La primera referencia literaria que recuerdo a la muralla de Oviedo proviene de una novela de Palacio Valdés, “El Maestrante”, donde nuestra ciudad recibe el nombre de Lancia. Y debo confesar que ni esa novela ni ese autor despertaron nunca en mí entusiasmo alguno.
Distinta cosa es aquel recorrido con la muralla de Oviedo por la calle Paraíso. Fue una noche de diciembre a principios de los ochenta, una de esas noches invernales en las que el viento sur le juega una mala pasada a la estacionalidad y paraliza el frío, generando en el paisaje y en el paisanaje confusión a todo trance.
Al pie de la muralla, un verde musgoso castigado por las heladas y las lluvias, mustio, como en letargo, a la espera de la estación primaveral. La luna estrenaba su creciente, parecía un gajo de limón colgado sobre un cielo con pocas y dispersas nubes.
La cazadora daba calor y me pesaba. Mientras, me preguntaba dónde acabaría el paredón que tenía al lado. No sólo era consciente de que aquello había cercado algo que se había ido desparramando por la ciudad sin freno alguno, sino también de que en la misma muralla faltaba mucho, sólo quedaban trozos, sin apenas trazos, además, sin nada que sustentar, desprovisto de aquellos detalles que eran como la guinda del pastel. Por ejemplo, almenas.
Tras el periplo, fuimos a un pub. Y hablamos de la muralla, que tan cerca la teníamos de nuestra Facultad y que, sin embargo, su presencia se hacía notar tan poco, y su irrelevancia en nuestra atención no venía motivada por cuestiones visuales, sino por causas acaso mucho más profundas, como si lo que hubiera intramuros fuese muy posterior a aquello que había cercado en su momento, como si hubiese un desfase irresoluble entre los restos de la muralla y todo lo que tenía a su alrededor.
Acaso la muralla era como la Edad Media, una desconocida, más allá de los cuatro topicazos que se repetían en todos los manuales.
Y, de repente, caímos en la cuenta de la soledad de la muralla, soledad triste que atestiguaba el musgo ajado que la acompañaba y marcaba su presencia. Y, de repente, caímos en la cuenta del encanto estético que, como ruina, tenía la muralla, como ruina y, tal vez, como presencia única de una ciudad que ya no existía y que resultaba dificultoso reconstruir con la imaginación por muy auxiliada que ésta estuviese en los datos.
Melancólica y solitaria muralla, tan melancólica y solitaria como aquella chica a la que habíamos visto minutos antes apoyada en ella, como si temiese derrumbes anímicos que parecían cernirse sobre ella.
Muralla muda y sorda, de algún modo invisible, a pesar de su envergadura, jugarreta de la historia que nos la ponía delante para que le diésemos significado, para que buscásemos sus días de esplendor. Y, de algún modo, aquella muchacha a la que habíamos visto en nuestro recorrido era una especie de metáfora viviente de la referida melancolía, de aquella soledad, de aquella ausencia de cosas cercanas que realzasen su significado.
¿Ruina de qué? ¿Ruina de quién? Demasiado grande para considerarla reliquia. Demasiado sola para vincularla al resto de la ciudad. Piedras, legendarias piedras, fuera de su tiempo, testigo sin registro y código para hacerse entender. Algo muy grande y lejano, escenificación de la soledad.
La muchacha que se apoyó en la muralla, ahogando, no sabíamos bien si vómitos o llantos, acaso necesitaba imperiosamente ser escuchada y atendida. Ya digo: metáfora viviente: la congoja.
Asimismo, nos planteamos que la muralla de Oviedo jugaba al escondite, o que, más bien, era la historia la que jugaba al escondite con ella. Pensamos en el pequeño trozo que había al otro lado, en la plaza de Riego, trozo que, a la vista, más que reliquia de otra época, se diría que sí estaba incorporado a la ciudad como algo muy posterior a lo que se dejaba ver en la calle Paraíso.
Piedras juntas en su día. Sin embargo, ahora desgajadas. Solitario lo grande, lo que se ve en la calle Paraíso; protegido y protector lo pequeño lo que asoma en la plaza de Riego.
Entonces, ¿quién jugaba al escondite: la muralla con la historia, o, era, por el contrario, la historia con la muralla?
Calle Paraíso. En otra ocasión, en pleno día. Pero, a pesar de que la luz natural no estaba obnubilada aquella mañana por las nubes, la muralla seguía compareciendo totalmente ajena a lo que había sido nuestra Facultad. La maleza que quería apoderarla era como la historia: la quería cubrir, invadirla.
Plaza de Riego, una noche de junio, corta, de las más cortas del año. Bullicio de final de curso: aquel abrazo de despedida hasta muy entrado septiembre. Aquella música de Pink Floyd que tanto y tanto nos invocaba y nos convocaba. Aquellos versos de Claudio Rodríguez, marcados por una ebriedad clarividente. Aquellos destellos de una historia de amor verso a verso. Aquella etapa de la vida golpe a golpe. Aquel libro de Machado con las páginas amarillentas, con los versos subrayados. Aquel Oviedo, de un tiempo y un país, que aún no había abaratado los sueños.
Aquella noche tan corta. Aquella noche vivida, según el pensamiento de Bergson sobre el tiempo, con tanta omnipresencia en la poesía de un siglo que se iba y que, al mismo tiempo, quedaba entre nosotros. Nos poseía.
Alguien se preguntó acerca del nombre de aquella calle, calle Paraíso, ni natural ni artificial, sino mágico, poderoso y, sobre todo, onírico.

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Ese semáforo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-11-2016 | 1:40| 0

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«Ya no espero que pase la tormenta, aprendí a caminar bajo la lluvia». (Nietzsche).

La historia es muy reciente, sucedió en una de esas primeras tardes de noviembre anteriores al pasado fin de semana, tardes que fueron un regalo que nos concedió el verano prorrogándose y prologándose. Tardes que, de otro lado, fueron el prólogo de la invernada que nos asoló hace muy pocos días.

La historia es muy cercana, tuvo lugar en el cogollo mismo de Oviedo, en el semáforo que comunica el Paseo de los Álamos con la calle Milicias, atravesando Uría.

Hacía calor, y, teniendo en cuenta lo que es la relatividad del tiempo, a quienes esperábamos para cruzar peatonalmente, la espera se nos hizo larga. No hacía falta decirlo con palabras, lo expresaban los semblantes. Una mujer elegante, de mediana edad, que vestía una chaqueta roja con envidiable hechura, echaba pestes contra el “tripartito”, (así es la denominación con la que continuamente se llama al Gobierno municipal de Oviedo) por el “plan” que tenían para reducir el tráfico en  los alrededores del Campo de San Francisco.

Me pareció contradictorio que, por un lado, se mostrase impaciente en espera de que el semáforo se pusiese en verde y que, por otra parte, rechazase a priori que se estudie la forma de aliviar esas calles de coches para favorecer el tránsito peatonal, para hacerlo más cómodo.

Acto seguido, su interlocutora, que no parecía estar muy dispuesta a contradecirla, añadió que, “con lo guapo que estaba Oviedo gracias a Gabino, a éstos sólo les quedan inventos y cosas raras para hacerse notar”.

Así pues, no se tenían en cuenta ni los pufos a los que tenemos que hacer frente, ni la abigarrada estética gabiniana que creó escuela en Asturias, ni las formas chuscas con las que se gobernó la ciudad durante casi dos décadas y media. Ante todo, los tópicos y el maniqueísmo.

Por fin, el semáforo se puso en verde. Unos jóvenes estaban abstraídos con sus respectivos móviles esperando el autobús en la marquesina de la calle Uría. La terraza de la Mallorquina estaba llena de gente. Dos chicas flanqueaban a Allen posando para una foto que les hizo desde un móvil un transeúnte a quien le pidieron que inmortalizase tan memorable instante.

Iba por la calle Milicias camino de la plaza del Carbayón cuando sonó mi móvil. Un antiguo compañero de colegio acababa de verme pasar  en el momento en que abandonaba la terraza del establecimiento al que acabo de hacer mención.

Nos saludamos, con ese “decíamos ayer” que es tan propio entre los amigos de la infancia. Me pidió que lo acompañase hasta su coche que tenía aparcado en la calle Toreno, para mostrarme una foto de nuestra adolescencia en el curso en el que coincidimos a los trece años, aquel tercero de bachillerato del que, académicamente, compartíamos un amargo recuerdo de un profesor de matemáticas profundamente antipático.

De vuelta, en el semáforo, también la espera se nos hizo larga. Tras un silencio breve, la luz verde nos dio paso. Apenas habíamos dejado la acera, cuando un motorista que pasó en rojo a toda velocidad, a punto estuvo de atropellar a una señora mayor que caminaba despacio apoyándose en un elegante bastón.

Me pregunté si aquella ciudadana sería una incondicional votante de Gabino de Lorenzo.

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Viga Azul: Crecimiento
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-11-2016 | 7:46| 0

A decir verdad, hasta el encuentro frente al Lugo, si bien la última racha de resultados era excelente, el juego del equipo estuvo muy lejos de despertar entusiasmo. Sin embargo, tengo para mí –y ojalá acierte- que el último partido en el Carlos Tartiere, aun sin ganar, consolida al equipo, y lo veo así porque en los primeros minutos de la segunda parte, el Oviedo, a pesar del campo y del árbitro, jugó con ambición y mordiente, logrando abrumar al contrario y arrinconarlo en su defensa, a la veces, a la desesperada.

Recibimos un gol en una jugada desgraciada, tanto como la que nos benefició el pasado domingo en Murcia. Por tanto, Verdés pudo desquitarse, al transformar el gol del empate, de la mala fortuna en el tanto local, cuando desorientó por completo a Juan Carlos. Y, sin duda, el gol de Oviedo, dos minutos antes de que se cumpliese el tiempo reglamentario, hizo justicia al empuje, la lucha y la ambición del conjunto azul.

Ante el Lugo, el empate no supo a poco, y ello fue así porque el Oviedo no se hundió, no dejó de luchar y arrinconó a un rival con oficio que no pudo consolidar su ventaja. Por ello, cabe suponer que el conjunto de Hierro ya forma un bloque sólido, y tiene claro que su papel en este campeonato va más allá de un mero cumplimiento del expediente.

A estas alturas, lo que importa –perdón por la perogrullada- no es la clasificación, sino la solidez que el Oviedo viene mostrando, una solidez que no se basa en un juego deslumbrante, ni siquiera coordinado entre líneas, particularmente, entre el centro del campo y la delantera. El juego y la coordinación son, sin duda, mejorables.

Dicho esto,  creo que hay motivos fundados para el optimismo. El Oviedo es un conjunto seguro atrás, y con jugadores calidad en el resto de las líneas. Y, por otro lado, se demuestra cada domingo que todos los futbolistas están concentrados en su tarea y concienciados de que deben rendir al máximo. La intensidad no falta.

Por otra parte, me da la impresión de que Susaeta, poco a poco, va ganando en forma física, y, como bien se sabe, se trata de un jugador que es muy importante por su calidad y por su concurso en el balón parado. Por tanto, es de esperar que su mejor versión esté por llegar en lo que resta de temporada.

Así pues, creo que el equipo está en fase de crecimiento, que la buena racha que llevamos no obedece sólo a golpes de suerte. En fin, que hay motivos para la esperanza, al menos, desde el pragmatismo.

Que así sea.

 

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Recuerdos de Oviedo: Penúltimos guateques
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-11-2016 | 12:24| 0

“Nada será que no haya sido antes. / Nada será para no ser mañana. / Eternidad son todos los instantes, / que mide el grano que el reloj desgrana.” (Valle-Inclán).

“Paciencia, forma menor de desesperación disfrazada de virtud”. (Ambrose Bierce).

Prometo que no pretendo ser aguafiestas, sino dar cuenta de vivencias, eso sí, sin empalagos melodramáticos. Y, miren, lo cierto es que lo que yo recuerdo de los guateques se parece mucho a las melancólicas tardes de domingo. Para ser más precisos, diría que, si bien se organizaban semejantes festines para combatir las tristezas de las tardes dominicales, al final, lo que sucedía era que los disgustos, las angustias, las sesiones plañideras, los números que montaban las personas que se sentían incomprendidas y desamparadas resultaban antológicos. ¡Cuánto mejor hubiese sido que cada cual se quedase en su casa penando las congojas dominicales! Al menos, en muchos casos nos hubiésemos ahorrado escenas y escenificaciones empalagosas..
Domingos, horas vespertinas, digo. Siempre había alguien que aquella tarde tenía su casa libre porque sus padres estaban de viaje, o en la casa de veraneo. Y ese alguien organizaba el sarao, o sea, el guateque. Pero, de entrada, había que tener todo tipo de precauciones, bien con el vecino “repunante” que podía chivarse y quejarse por el volumen de la música, bien por el hermano o la hermana de quien ejercía de anfitrión que sufría una crisis amorosa y estaba encerrado en su cuarto y no había que molestar. O sea, que lo previo era ya un aviso de dificultades.
A pesar de todo, la fiesta comenzaba. Siempre había algún experto a la hora de seleccionar la música, generalmente suave para no molestar al vecindario, también para crear la atmósfera que estaba en el guion, al menos, en el guion desiderativo. Siempre había una mesa donde estaba la bebida. Siempre había rincones de charla, más o menos psicoanalítica.
Luz en penumbra, visillos que tapaban las ventanas, calor humano, mucha concentración de humo del tabaco, canapés que no solían ser muy variados. Las mesas de comedor se apartaban para convertir aquello en una especie de salón de baile improvisado.
Se ligaba, sí, pero mucho menos de lo que figuraba en los relatos. Y, salvo excepciones, siempre había quien estropeaba la fiesta. A veces, por los estragos que causaba la bebida. A veces, porque la misma bebida desinhibía, no en el sentido más tórrido que imaginarse cabe, sino la capacidad, infinita de algunas personas, de llorar sus penas, bien fuesen amorosas, bien fuesen por problemas familiares, bien fuesen por asuntos relacionados con los estudios. Y aquello lo trastocaba todo.
Pero, claro, si alguien rompía a llorar, o si, en todo caso, se dedicaba a explayarse a la hora de expresar sus penas, a resultas de ello, alguna de las personas invitadas tenía que hacer de acompañante y abandonar la fiesta, desgracia no sólo para quien le tocaba semejante papelón, sino también para quien se quedaba a dos velas pues pretendía ligar con quien se veía en la obligación de hacer labores samaritanas.
Por lo general, no solían concitarse conversaciones transcendentes, tal y como sucedía en la novela de Marsé “Últimas tardes con Teresa”. Se hablaba en los primeros minutos de la fiesta, con el ritual de presentaciones, y, tan pronto comenzaba el baile, el personal se dispersaba. Cabe suponer que las susodichas conversaciones las llevasen a cabo nuestros hermanos mayores, generacionalmente hablando. Pero nuestra generación, teniendo en cuenta que éramos quinceañeros en nuestros primeros guateques, no podía ser tan sesuda, no hablábamos de Marcuse, desde luego que no.
Al final, la cosa no difería mucho de las tardes de sábado en las que íbamos por el Oviedo Antiguo a tomar un vino infecto por determinados bares, en pandillas en las que solía haber espontáneos que hacían sus pinitos guitarra en mano, por lo común, desafinando. La diferencia fundamental estaba en que en los guateques se bailaba, a lo que había que añadir el morbo de lo prohibido por aquello de que se hacía una fiesta secreta, o, al menos, eso se pensaba. Se jugaba, podría decirse, a ser transgresores, voluntad, en general, no faltaba. Pero…
¿Cómo no recordar aquel guateque en el que se oyó tantas veces una canción de Roberto Carlos, la que hablaba de un gato que estaba triste y azul, y que no volvería a casa si alguien no estaba? A decir verdad, aquel ritmo y aquella voz envolvían lo suyo para favorecer acercamientos muy románticos mientras se bailaba, pero, en un momento dado, alguien protestó por la insistencia en aquella canción que tan malos recuerdos le traía. Tras la protesta airada, el llanto. Tras el llanto lleno de reproche, se paró la música. Y aconteció lo expuesto más arriba: abandono de la fiesta con el acompañamiento consiguiente. Y aquello, aunque la sesión se reanudó, no volvió a ser lo mismo.
¿Cómo no recordar aquella tarde de abril, tras la Semana Santa, en la que en Oviedo llovía ante torrencialmente antes y después del guateque? A la salida, por fortuna para aquella pareja de baile, se les veía felices tras la fiesta, caminaban muy acaramelados por las calles más próximas a la estación de la RENFE. Hubo en aquel guateque sus más y sus menos psicoanalíticos y melodramáticos, pero, al menos, no se suspendió el festín.
¿Cómo no recordar, sin ánimo de dar a esto un cierto tinte empalagoso, determinados momentos en los que el ceremonial de besos ya abrazos mientras se bailaba se ponía en escena con un ritmo lento, tan lento como el de la música que sonaba?
¿Cómo no recordar las campanadas del reloj de la Caja de Ahorros cuando daban las diez de la noche y había que acelerar el paso, porque los domingos a la hora de la cena era obligado ser muy puntuales?
¿Cómo no recordar nuestra vestimenta y nuestra estética entre los 15 y los 18 años? Los pantalones acampanados, el pelo largo, hasta donde se permitía, en los chicos. Los zuecos que calzaban las chicas, que también lucían pantalones muy anchos abajo. Y nuestra estética era un seguimiento casi total de nuestros hermanos mayores noventayochistas.
Guateques adolescentes, rituales de transgresión, marcados por un fatalismo que, andando el tiempo, nos produce ternura, la ternura que, en muchos casos, supone recordar que nos estrenábamos en rituales que nos mostraban nuestra condición de perdedores, de entrañables perdedores.

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