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Autor: luisariasarguellesmeres_72
La interminable resaca del gabinismo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-06-2016 | 11:43| 0

«El hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir».  (Mark Twain).

 

El gabinismo no cesa de darnos alegrías, casi semanalmente. La última viene dada por la sentencia del Tribunal Supremo que ratifica la pena de dos años y siete meses de prisión para don Agustín de Luis, que durante mucho tiempo fue el máximo responsable de la policía local de Oviedo. ¡Maravilloso!. Bien, no voy a entrar en los pormenores de la sentencia, ni tampoco en la trayectoria de este ciudadano. Me centraré en algo más genérico, como es el derrumbamiento continuo del gabinismo, derrumbamiento que, en más de un caso, repercutirá en los bolsillos y en los servicios de la ciudadanía de Oviedo.

Óxido en el Calatrava. Derroche hiperbólico en Villa Magdalena, privatizaciones de servicios que provocan conflictos y que, además de incumplir el principio de igualdad de oportunidades entre las personas que se encuentran en condiciones de optar a determinados puestos de trabajo, tendrán también su coste en las arcas municipales. Ello por no hablar de la escandalera no acallada del llamado caso Pokemon. Y la guinda a todo esto la pone hasta el momento la sentencia del Tribunal Supremo a la que hemos aludido al principio. Y es que, como bien se sabe, un dirigente político no sólo es responsable de las políticas que lleva a cabo, sino que también lo es de los resultados que son consecuencia de  los nombramientos y los cargos de confianza por los que en su momento apostó.

La resaca del gabinismo. No sólo tenemos ante nosotros sentencias desfavorables en lo que concierne a los gastos a los que tendrá que hacer frente el actual Consistorio a resultas de determinadas decisiones políticas que tomó el actual Delegado del Gobierno en funciones. No sólo nos encontramos ante unas privatizaciones de servicios públicos que resulta costoso, económica y socialmente, reconducir.

Además de todo eso, tenemos una sentencia que condena comportamientos que tienen mucho que ver con otro de los rasgos distintivos de lo que fue el gabinismo, esto es, con comportamientos caciquiles, que, por otro lado, acaso no estuvieron exentos de autoritarismos inadmisibles en una sociedad democrática.

La resaca del gabinismo. Se diría que todo parece conjurarse para que, semana tras semana, tengamos que asistir al poco edificante espectáculo de cargar con las consecuencias de un tiempo en el que en esta ciudad imperaba no solo la ordinariez en las formas y el matonismo en los tonos de los discursos, sino también la ausencia de cautela y ponderación.

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Recuerdos de Oviedo: Parada en El Escorialín
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-06-2016 | 11:12| 0

El niño de nuestro relato amaba con todas sus fuerzas la indumentaria invernal de la que se había provisto aquel mismo año, pues, para él, representaba lo mucho que se quería a sí mismo. Sus prendas de referencia como contrapunto al frío, a la lluvia y al viento eran una trenca azul, un pequeño paraguas, unos guantes muy cálidos y un gorro de lana. Y, con ese atuendo al completo, se sentía mimado y protegido, hasta el extremo de que la calle, aun en los días más crudos del invierno, no era un territorio hostil. Como el mundo era algo lúdico de principio a fin, el atuendo invernal hacía las veces de la casaca de un guerrero romano heroico. Y, en la historia que aquí nos trae, el quererse tanto a sí mismo no significaba que la criatura de la que hablamos fuese en exceso narcisista, sino que más bien todas aquellas prendas estaban cargadas de caricias y desvelos, de cariño y certezas, de seguridades.
Pues bien, una de aquellas tardes cercanas a las navidades, cuando el niño de nuestra historia iba ataviado con el atuendo ya descrito, muy cerca de el Escorialín, le llamó la atención el nerviosismo con el que una chica explicaba a un señor el contenido de un papel timbrado que le mostraba. Aquello tenía que ver con las gestiones de un contencioso sobre una herencia.
De más está decir que las explicaciones técnicas de la perorata de la joven no sólo estaban fuera del alcance del entendimiento de nuestro pequeño protagonista, sino también de su interés. Lo que llamó su atención fue lo incisiva que era aquella chica a la hora de exponer la situación a su interlocutor, sin duda, un familiar cercano, padre o tío.
Al niño le fascinó tanto aquella conversación que se olvidó del pudor y la educación, es decir, se detuvo a muy escasos metros de aquello, como si estuviese viendo una película, o como si aquella situación saliese de un libro de cuentos. Lo cierto es que la chica, al verlo allí plantado, sin disimular lo más mínimo su curiosidad por saber qué se estaba ventilando en el encuentro con su familiar, se sonrió y se diría que la presencia de la criatura le resultó divertida y pintoresca.
La muchacha lo miró con una sonrisa tierna, mientras que su interlocutor estaba tan enfrascado en la conversación que no pareció concederle la más mínima importancia a la presencia de la criatura. Por su parte, el niño se retiró de allí. Compró unos cromos en el diminuto quiosco que había en El Escorialín y emprendió el camino de casa, pero se detuvo unos instantes encima de una rejilla muy próxima de la que salía un aire tibio un tanto pegajoso.
El niño relacionó el enrejado próximo al Escorialín del que salía aire caliente con un episodio que había oído contar varias veces: el de una señora, que formaba parte de sus antepasados, que un domingo, a la salida de misa, había visto al diablo con aspecto burlón dando saltos alrededor de los grupos de gente que conversaban.
Y, claro, las parrillas tenían que ver con el diablo, con el infierno, con el maligno. Pero si resultaba que, según aquel relato, Lucifer no era todo maldad, pues se trababa más bien de un ser, ante todo, juguetón y saltarín. Y eso hacía que la criatura no estuviese en disposición de contarle a un cura en el confesonario la amabilísima, incluso cómplice, visión que tenía de Satanás.

De modo y manera que en ese rincón de Oviedo, cuya denominación pone de relieve lo que es nuestro antídoto al grandonismo, esto es, la coña asturiana, para el niño de nuestro relato, era una referencia de sus curiosidades y fantasías.

Transcurrieron los años y se preguntó siempre por qué se sintió tan interesado en aquella conversación sobre una herencia entre una chica y su padre o tío. Desde luego, lo que despertó su curiosidad no era la historia en sí, sino la escena, escena en la que contaba no poco toda la ambientación nocturna y fría; escena en la que también cobraba mucha importancia la voz de aquella chica que, aun estando nerviosa y un tanto crispada, le resultaba a nuestra criatura muy persuasiva, muy atrayente. Estaba claro que, para sus protagonistas, el asunto era grave. Y no lo estaba menos para el niño del que venimos hablando que aquella era una escena de película. ¿Por qué de película? Vaya usted a saber por qué, con que film la pudo relacionar.
Tan pronto se puso a caminar, ya sin más paradas hasta su casa, se preguntaba qué intriga había en aquel papel, quién o quiénes querían perjudicar a aquellas personas, y, sobre todo, deseaba llegar a enterarse del desenlace de la historia. Y, como se trataba de un imposible, lo intrigante lo acongojaba no poco.
Parada en El Escorialín. Era la primera vez en su vida que se detenían encima de aquel enrejado del que emanaba aire tibio y pegajoso. Era la primera vez en su vida que se detenía a escuchar y a ver algo sin disimulo alguno.

Pasaron los años y, ya en la edad adulta, se preguntaba si en alguna ocasión había pasado por la mente de alguien llevar a cabo una réplica de la famosa escena de Marilyn Monroe sobre aquel mismo enrejado.
Pasaron los años y nunca dejó de preguntarse si el problema del que hablaron aquellas dos personas lo habían resuelto favorablemente.
Pasaron los años, y en ese rincón tan peculiar y genuino de Oviedo, que no es peculiar y genuino por su valor estético, sino por la denominación que tiene, seguro que hubo y sigue habiendo episodios y encuentros que forman parte de los recuerdos más indelebles de muchas personas.
No puede ser casualidad que actualmente sea la sede de nuestra oficina de turismo, pues se trata de un emplazamiento que tiene que ver con nuestra coña, que nos vacuna, a veces en exceso, contra el grandonismo. Una coña que todo lo mengua, más que ninguna cocción.
¡Ah! Aquel papel timbrado era amarillo.
¡Ah! La muchacha que exponía el problema vestía una hermosa falda escocesa.

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¿Oviedo puede con todo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-06-2016 | 7:19| 0

Tras las declaraciones del señor Antuña, en las que, entre otras cosas, intenta descalificar con brocha gorda y cierto matonismo político al actual Alcalde de nuestra ciudad, uno no puede dejar de preguntarse hasta qué extremo puede llegar a veces el cuajo de muchos de nuestros políticos.

Al señor Antuña, estando Caunedo muy ausente para ejercer de líder de la oposición, no sólo le toca hacer las veces de su cabeza de grupo, sino que además se dedica a intentar buscar justificaciones a lo injustificable. Sabemos que ello es muy difícil, pero, al menos resulta exigible cierto decoro y un poco de ingenio. Pues bien, nada de esto hay.

Resulta de todo punto inadmisible afirmar que Oviedo está preparado para hacer frente a las consecuencias de unas sentencias judiciales que desangran económicamente a nuestro Consistorio a resultas de determinadas decisiones que se tomaron en tiempos del gabinismo. Primero, porque, aun en el supuesto de que la economía del Ayuntamiento fuese boyante, no es de recibo en ningún caso que la ciudadanía tenga que costear excesos y delirios de nadie. Y a estas alturas, es imposible poner en duda que las “operaciones” de villa Magdalena y de los Palacios supusieron derroches delirantes que en nada benefician a la ciudad.

¿Puede Oviedo con todo? En efecto, sobreviviremos al gabinismo, pero nos saldrá muy caro. Ahora bien, resulta indignante que no se asuman responsabilidades y errores. No se trata de pedirle esas responsabilidades personalmente al señor Antuña, pero lo menos que podría hacer el que, según parece, es el delfín de Caunedo, sería ocuparse del presente y del futuro, dando paso a que las explicaciones vengan de quienes entonces tenían en su manos la posibilidad de tomar decisiones.

¿Puede el señor Antuña creerse que hay solo ciudadano en Oviedo que acepte costear con sus impuestos el pago que la sentencia judicial establece con respecto a villa Magdalena? ¿Puede el señor Antuña convencer a alguien de las bondades estéticas del Calatrava? ¿Puede el señor Antuña pedir a la ciudadanía de Oviedo que se resigne a que la llamada operación de los Palacios sea una ruina?

¿Puede Oviedo con todo? Desde luego, los referidos casos no pueden ser bajo ningún concepto exhibidos como logros, mostrados como orgullo de la ciudad. Ante ello, si no se opta por el silencio, lo único que se puede es aceptar que se cometieron errores, y de bulto.

Fíjese, señor Antuña. Ni siquiera pretendo que se entre en intencionalidades ni en intereses. Me conformaría con mucho menos.

Pero, viendo de qué modo se despacha usted, lo único que hace es arrojar aún más bochorno e indignación

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Recuerdos de Oviedo: El edificio de la Telefónica
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-06-2016 | 4:53| 0

 

«Sé tú mismo, el resto de los papeles ya están cogidos». (Oscar Wilde).

Era una de esas tardes desapacibles en las que nos vemos obligados a proteger el paraguas ante las embestidas de un viento atroz que azota. Era una de esas tardes invernales en las que la sensación de oscuridad y frío se hace eterna, en las que nos parece que el buen tiempo nunca va a llegar. Era una tarde de febrero de 1974.
El recorrido entre la calle Toreno y el edificio de la Telefónica en la plaza Porlier se me hizo largo y difícil, sólo tuvo una tregua balsámica, pero muy corta, y fue el pequeño trayecto a techo por el Pasaje, entre Uría y la calle Pelayo.
Aquel día, el teléfono en casa se había estropeado, no daba señal, y, por lo que nos habían dicho, tardarían al menos veinticuatro horas en ir a repararlo. Me encargaron que fuese el edificio de la Telefónica a hacer una llamada para dar el pésame a la familia de un maestro de escuela, antiguo compañero de mi padre, que acababa de fallecer.
En muy pocas ocasiones había estado dentro de aquel edificio que, por entonces, tenía un importante ajetreo de gente. Y, al llegar allí, tuve la impresión de que, en los días de temporal, todo se acrecentaba y se complicaba: los atascos en las calles, la posibilidad de encontrar un taxi en una parada, el dar con un sitio cómodo en una cafetería, y así sucesivamente. Y, por otra parte, siempre creí percibir, que, cuando la lluvia es intensa y los temporales resultan despiadados, la gente, en los locales cerrados, habla mucho más alto, lo que contribuye, por otro lado, a hacer los ambientes irrespirables e incómodos.
Y, a propósito de esto último, de la elevación del sonido ambiente, nunca olvidaré que me llamó la atención el contraste de sosiego que había en aquella enorme sala en la que tanta gente hablaba por teléfono. Pudo ser una casualidad que se dio en aquel momento, pero allí nadie elevaba la voz, ni las personas que estaban en las cabinas ni tampoco lo hacían quienes solicitaban su conferencia y esperaban turno.
Y, bueno, tardé un tiempo considerable en poder efectuar la llamada que me habían encargado en casa, estaba todo ocupado y tenía que esperar también a que hablasen varias personas que se habían puesto a la cola antes que yo.
Puedo asegurar que tuve una extraña y, al mismo tiempo, grata sensación, y ello fue así no sólo por estar protegido del tremendo temporal, sino también porque aquel trasiego de personas, en la mayor parte de los casos, solas, que no necesariamente solitarias, me pareció que daba mucho de sí a la hora de poder imaginarme historias.
Y es que, por extraño que parezca, el ambiente que allí capté me hizo recordar al que era propio de estaciones de tren o de autobuses. Como si cada cabina en la que se hablaba fuese, de algún modo, una suerte de vehículo en el que la gente viajaba, bien es cierto que a ninguna parte en lo que era la realidad tangible, pero, para ser precisos, se diría que cada cual se trasladaba al lugar donde se encontraba la persona con la que estaban hablando.
Por eso, puedo decir que el interior del edificio de la Telefónica me hizo recordar a estaciones de trenes o autobuses, con la particularidad de que los vehículos que transportaban a las gentes eran las cabinas y los teléfonos. O sea, que, por un lado, toda la clientela del momento compartía un punto de partida, pero cada cual se iba a un sitio distinto. En eso radicaba el encantamiento que de algún modo intuía.
Viajar sin moverse del sitio. Por lo tanto, el pequeño recibo que entregaban a cada cliente para que pudiese hablar y que, al mismo tiempo, servía, de algún modo, de factura, venía a ser como una especie de billete de tren o de autobús. Prodigioso, a decir verdad.
No puedo recordar cuánto tiempo estuve allí hasta que llegó el turno de poder efectuar mi llamada, pero lo cierto es que la espera no se me hizo pesada, sino todo lo contrario. Más bien podría decir que me supo a poco.
Aquella tarde de febrero en el edificio de la Telefónica en la plaza Porlier, puedo decir que compartí allí adentro muchas y variadas geografías y que, además, asistí a un montón de historias. Me resultó muy divertido poner nombre a cada persona que observaba hablando por teléfono. Poner nombre también a la persona con la que cada cual se conunicaba. Y dar una trama a todo aquello cuyo hilo conductor pasaba por la conversación de turno.
Ya en casa, después de dar el recado acerca de la conversación que se me había encargado, me dispuse a seguir leyendo un libro que había empezado días atrás. Se trataba de “El Jarama”, de Sánchez Ferlosio. Leer en un día de invierno una novela que tenía lugar en verano, pero que contaba una historia heladora en lo que se refiere no sólo a los hechos que ocurrían, sino también a la atmósfera prosaica en la que vivían.
De todos modos, no dejé de tener presente en todo momento la grata sensación que me produjo aquel trasiego en el edificio de la Telefónica, trasiego de viajeros que, aunque ellos no lo supieran, viajaban a un destino determinado sin salir del raquítico espacio habilitado dentro de una cabina.
Por eso, cuando muchos años más tarde, concretamente en el 93, se instaló en la plaza Porlier la escultura de Úrculo que tiene por título “El regreso de Williams B. Arrensberg”, puedo decir que aquello me resultó mágico, esto es, que, muy cerca del edificio de la Telefónica, se erigiese una obra de arte que rinde culto al viajero, a ese viajero que, seguramente, nunca pudo imaginarse que, muy cerca del lugar donde fue ubicado, se encuentra un edificio en el que la gente viajó durante décadas y décadas sin moverse físicamente de un espacio reducido.
No sabía decir si el viajero de Úrculo rinde homenaje a esos otros viajeros que hablaban por teléfono, o si estos últimos no hicieron más que adelantarse a una obra de arte que completa todo un prodigio, tan cierto como oculto, tan intenso como intangible.
Y es que también se viaja hablando.
A veces, ocurre tal cosa. Y, en algunos de esos viajes, la travesía es todo un milagro que hace frente a eso que se viene llamando realidad.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.

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Carta abierta a Gabino de Lorenzo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-06-2016 | 7:29| 0

Señor Delegado del Gobierno:

En un momento como éste, cuando la campaña electoral acaba de dar comienzo, al Ayuntamiento del que usted fue regidor durante tantos años, no dejan de llegarle noticias preocupantes que son consecuencia de unas políticas que se llevaron a cabo durante su mandato.

Mire, don Gabino, me atrevo a pedirle que, por un momento, se sitúe usted delante del Calatrava vetustense y que contemple lo que tiene ante sí. Desde luego, ni usted es Napoleón ni el edificio que nos ocupa en comparable en modo alguno a las pirámides egipcias. Pero, por favor, contemple usted esto que es parte de su obra política.

Y, de paso, recuerde lo que allí hubo, el viejo Tartiere, en el que tuvieron lugar las glorias del Oviedo, de ese equipo de fútbol, que también es mucho más que un club, y que usted, en su momento, se empeñó en hundir, lo que, por fortuna, no consiguió.

Contemple, don Gabino, contemple. Resulta que las firmas comerciales no acaban de asentarse en los espacios que en su momento alquilaron. Resulta que el aspecto que da esa cubierta es cochambroso. Resulta que tiene usted ante sí el resultado de unas megalomanías faraónicas que suponen una hipoteca, una más, no pequeña para esta ciudad.

Oviedo y los palacios. Su Camelot, hecho a la medida de su estética. Camelot y camelo. ¿Cómo pueden justificar ahora tanto usted como quienes le secundaron en el proyecto semejante engendro? Sí, quienes le secundaron, digo, porque, en ese edificio, la Administración autonómica también se instaló, sacrificando empresas públicas. Sí, quienes le secundaron, el PSOE que gobernaba Asturias, por cierto, en coalición con IU. ¿No es cierto, señor Orviz?

Oviedo y los palacios, don Gabino. ¿Quién paga todo esto? La pregunta, aunque retórica, no hay que formularla de continuo.

¿Y qué decir del nombre de la empresa que se puso al frente de todo aquello? Conocido es aquello que reza así: «Es propio de nombres propios la mayor impropiedad». Digo esto, don Gabino, porque me parece delirante el nombre de Jovellanos XXI. Un nombre que da cuenta de la mejor Asturias mezclado en un proyecto ruinoso en lo estético y en lo puramente empresarial. Y es que, ‘la marca’, por sí misma no es garantía de nada, sin perder de vista el agravio histórico que el caso supone.

¿Cómo va a afrontar esto ahora, don Gabino? ¿Qué piensa decirle a la ciudadanía de Oviedo?

Por otro lado, ¿dirán algo los responsables políticos que, en su momento, se sumaron a este proyecto, trasladando consejerías al Calatrava? ¿Hay alguna justificación mínimamente creíble al respecto?

Su Camelot, don Gabino, nos sale cada día más caro.

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