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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Recuerdos de Oviedo: Mayo del 83: Cuando Asturias se hizo socialista
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-02-2016 | 1:52| 0

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“Cada hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples fracasos”.Giovanni Papini.

“La fuerza de la verdad está siempre temporalmente sometida al poder de la mentira organizada. Pero el poder mismo, en cuanto es solamente un potencial, es mucho más caduco que lo verdadero, cuya fuerza procede del poder de lo fáctico y de su permanencia”. Hannah Arendt.

 

En mayo del 83, estaba muy cerca en el tiempo la irrepetible victoria electoral del PSOE del 28  octubre del 82. También estaba próxima la expropiación de Rumasa, que se había producido el 23 de febrero del 83. Aunque Felipe González y otros dirigentes ya se habían estrenado en marrullero arte de desdecirse tanto en lo concerniente a su posición sobre el papel de España en la OTAN, así como en el ya más que dudoso cumplimiento de su promesa sobre la creación de 800000 puestos de trabajo, el tiempo transcurrido no podía dar lugar aún a que el desencanto y la desconfianza presidiesen el sentir y el pensar de la ciudadanía. Había PSOE para rato, y eso era algo que todo el mundo tenía muy claro.

Las elecciones municipales y autonómicas de mayo del 83 supusieron en Asturias un indiscutible triunfo socialista. Pedro de Silva renunció a su escaño en el Parlamento nacional para encabezar la lista autonómica. Y ganó aquellas elecciones. Por su parte, en las tres grandes ciudades de Asturias, también salieron victoriosos los candidatos del PSOE.

Nunca olvidaré el momento en el que Juan Cueto Alas, haciendo de entrevistador de lujo, presentó en la televisión a los nuevos mandatarios llariegos. Y recuerdo con nitidez que Antonio Masip manifestó su alegría por el triunfo de la izquierda, un Antonio Masip que había hecho sus tránsitos por otras formaciones políticas y que desembocó finalmente en el PSOE. Un Antonio Masip que solía colaborar en el semanario “Hoja del Lunes” y que, tras su entrada en el PSOE, felicitó en un artículo a Miterrand cuando Francia le dio su confianza para convertirlo en Presidente de la República.

Conviene recordar también que, en la Corporación que se formó en el 79, Masip no era concejal en el Ayuntamiento de Oviedo, pues quien estaba al frente del PSOE en el Consistorio era el actual Alcalde, Wenceslao López. La intrahistoria de lo acontecido en la AMSO entonces para poner a Masip en cabeza de la candidatura en el 83 tiene su interés y explica muchas cosas, pero no es éste el momento de relatarla. Tan sólo es del caso hacer mención a ello.

Oficialmente hablando, en Asturias el PSOE se convirtió entonces en el partido hegemónico. Fue el caso también que Masip revalidaría su cargo de Alcalde en 1987, y que, desde entonces hasta junio de 2015, los socialistas no volvieron a recuperar la Alcaldía de Oviedo.Pero vayamos a aquella noche, una vez sabidos los resultados.

Noche larga y con temperatura agradable.  Noche en la que acabamos en la terraza posterior del Mesón del Labrador, grande y espaciosa, todo un lujo para una ciudad. Allí, entre tapas y sidras, analizábamos, con la ingenuidad de entonces, el panorama político. La dictadura estaba aún muy cercana en el tiempo, y resultaba, como mínimo, esperanzador, que la izquierda hubiese vuelto al Gobierno de España, a muchos Ayuntamientos y gobernase también en no pocas Comunidades Autónomas. Conviene a este respecto dar un pequeño apunte: Asturias era una Comunidad de segunda, es decir, arrancaba con pocas transferencias, pero la andadura comenzaba.

 

Pues bien, allí en el Mesón del Labrador, muy cerca del Oviedo más genuino, hablábamos del panorama político que teníamos ante nosotros. Un panorama político que casi nadie sospechaba que tenía su no sé qué lampedusiano. Un panorama político en el que los Ayuntamientos iban a tener un gran protagonismo, en el que las actividades culturales ocupaban mucho espacio en las agendas de los ediles de entonces.

Fíjense: Tierno Galván se estrenaba como Alcalde de Madrid. Fíjense: el PCE tenía su presencia en los Ayuntamientos y todo el mundo estaba entonces convencido del apoyo que este partido daba a todas las manifestaciones de la cultura. Cundía la ilusión de que lo marginal iba a ser tomado en serio, de que la cultura era un bien oficialmente mimado. Fue en aquella década de los ochenta cuando surgió una nueva profesión, la de los animadores/as culturales. Sin sus tareas, se deduce que la pintura, el teatro, la música y así sucesivamente serían aburridas. Había que motivar al pueblo llano, todo empezaba a ser guay.

Último domingo de mayo de 1983. Aquella noche, políticamente hablando, Oviedo fue una fiesta. Aquella noche, el cambio del 82 llegó a muchos Ayuntamientos, entre ellos, a Vetusta. Aquella noche no estaba presidida por nubarrones, ni por frío.

Noche ochentera. Noche sin horario oficioso de cierre. Noche para hablar y especular hasta el alba. Noche joven y divertida.

Muy cerca de nosotros, había una cena con muchos comensales. La euforia se manifestaba de forma creciente. Entre los susodichos comensales, llevaba la voz cantante un profesor que prestaba sus servicios en un colegio privado. Tras el obligado preámbulo en el que nos expuso los motivos por los que no se presentaba a oposiciones para ejercer como docente en la enseñanza pública, manifestó su alborozo por el hecho de que la izquierda recuperase el poder. Hizo un recorrido genealógico para relatarnos que su padre y abuelo también había sido docentes y de izquierdas, y confiaba en los nuevos tiempos no sólo por el poder recuperado por la izquierda, sino también por su convencimiento de que la Iglesia había cambiado mucho; prueba inequívoca de ello era su relación laboral con un colegio privado religioso que, por supuesto, respetaba sus ideas. Puso fin a su perorata con cánticos regionales.

Salimos del Mesón del Labrador a altas horas de la madrugada. Nos acercamos al Ayuntamiento, y nos imaginamos que muy pronto iba a ser regido por la izquierda.

Un pitillo frente al Consistorio, en el que recordamos a los ediles republicanos de los que nos habían contado tantas cosas. Un pitillo que dio mucho de sí, incluso balbuceos de escepticismo, un escepticismo al que no queríamos permitir darle paso.

En la calle Fruela, ya camino de casa, un borracho cantaba. No tardamos en perderlo de vista. Pero Vetusta no dormía en su totalidad. En muchas casas, la luces seguían encendidas, luces que se proyectaban sobre la alargada sombra de las aceras, alargada sombra a la que incordiaban destellos de la luna. ¿De su lado oculto?

Acordes de Pink Floyd despidieron la noche.

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Panorama Vetustense: Frente al Parlamentín
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-02-2016 | 7:33| 0

“Si la intensidad del instante se vuelve duración fija, estamos ante una imposibilidad lógica que es también una pesadilla”. (Octavio Paz).

 

Primera hora de la tarde en la que el sol luce tras la primera noche invernal de este 2016, tan atípico también en lo climatológico. Aún se observa un cierto sube y baja por las escaleras del edificio de la Junta, antigua diputación provincial. Entre los clientes que hacen su parada en la terraza de la cafetería, hay quienes prolongaron el vermú, hay quienes disfrutan del café tras la comida. No se puede decir que haya conversaciones animadas ni masivas, más bien habría que hablar de silencios, o de conversaciones mortecinas. Hay “galbana”. Es el dulce sopor de la hora sexta. Es el momento de la siesta que en Vetusta tendrá siempre su no sé qué clariniano. Es la paz que se saborea en esos momentos en los que el reloj no ejerce su tiranía. Es el placer infinito de saber que nadie pone ni tampoco impone deberes en ese momento.

Me detengo a tomar un café para formar parte del heterogéneo grupo de  los espectadores de la terraza. Al dirigir la vista el edificio de la Junta, no puedo no pensar en las muchas asignaturas pendientes que siguen estando ahí en nuestra vida pública llariega. Y, en el caso que nos ocupa, ¿cómo no preguntarme una vez más qué razones o sinrazones puede haber para que en el edificio del que hablamos aún no haya ni siquiera una placa que recuerde los nombres de las personas que sufrieron allí Consejos de Guerra que los llevaron al fusilamiento, nombres entre los que se encuentra el rector Alas, al que esta ciudad hizo hijo predilecto 75 años después de su asesinato? ¿Cómo no preguntarme por el balance que se puede hacer de un poder autonómico que, desde el 83 a esta parte, salvo el periodo de Marqués y los pocos meses de Cascos, estuvo en manos de un partido que se reclama de izquierdas en sus siglas?

¿Cabe hacer un balance complaciente ante la despoblación y consiguiente envejecimiento que padecemos como sociedad? ¿Cabe hacer una llamada, por muy tímida que sea, a la autocrítica?

¿Cómo no pensar en Maese Villa, diputado autonómico en tantas legislaturas? ¿Cómo no abatirse ante la proximidad del juicio por el llamado caso Marea? ¿Cómo no indignarse ante el poco peso que tenemos en España, tras haber sido vanguardia en tantos ámbitos hasta bien entrada la historia contemporánea?

Despachos, salones, pasillos, espacios de poder y conspiración, con maderas nobles, con escaleras majestuosas, con alfombras para los que ostentan el poder. ¿No es demasiado marco para un cuadro tan borroso y difuminado?

Hay un señor en la mesa de al lado que echa pestes por lo bajo cuando ve pasar a algún político llariego. Revuelvo el café y pienso que este marasmo de nuestra vida pública ocupa unos escenarios en los que muy pocos saben estar: en los que pasan por allí sin que la solemnidad les dé sus buenas tardes.

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Viga azul: Dentelladas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-01-2016 | 10:22| 0

Vuelvo a insistir en algo que dejé escrito aquí mismo hace pocas semanas: al Oviedo le falta la voracidad necesaria para noquear definitivamente al rival. Y es que, en esta ocasión, el partido no pudo empezar mejor, jugando bien y marcando un gol con autoridad en los primeros minutos del encuentro. Más aún: en el primer tiempo, se vio a un equipo superior, y ese equipo fue, sin duda, el nuestro.

Sin embargo, nada más reanudarse el choque tras el descanso, parecía que saliamos a verlas venir. Entonces llegó Toquero y marcó. A partir de ese momento, se puso empeño, se hilvanaron jugadas ambiciosas casi continuamente, pero faltaron el acierto y la contundencia arriba.

Cierto es que, a riesgo de equivocarme, me pareció que Koné fue objeto de un penalti no señalado por el árbitro. Cierto es que, lamentablemente, Susaeta desperdició una ocasión excelente para marcar. Cierto es que a punto estuvo de producirse la gloria cuando Cervero disparó fuera por poco. De haber marcado, la apoteosis en el Tartiere estaba más que asegurada. Pero habrá que esperar a que llegue ese gol de Cervero para que la grada explote de júbilo. Sería de justicia, vive el cielo que sí.

Por otra parte, no hay que perder de vista que el Oviedo se enfrentó al líder de la categoría y que, aun así, se hizo merecedor del triunfo, lo que pone de manifiesto que el conjunto azul no perdió su buena racha y que es un equipo consolidado con intensidad en todas sus líneas.

La sensación, al abandonar el Estadio, no era ni mucho menos negativa, sino que sigue habiendo motivos muy fundados para la esperanza. Bueno es haber sido superiores en juego al primer clasificado. Bueno es que el empeño en todos los jugadores no cese. Bueno es que la complicidad con la afición se siga afianzando a pesar de no haber lo grado la victoria.

Tarde de llenazo, tarde de enero con una deliciosa temperatura para las fechas en las que estamos, tarde de comunión azul entre el oviedismo y sus jugadores, donde anida la certidumbre de que esta vez los sueños de gloria podrán cumplirse, o que, en todo caso, no están lejos.

En los aspectos puramente técnicos, digamos, a modo de apuntes, que cumplió Edu Bedia y que su presencia seguramente contribuyó a un juego más ofensivo. Digamos también que no defraudó Nacho López que, a pesar de tanto tiempo sin jugar, se sigue entendiendo bien con Susaeta en la banda.

Y, ya que de bandas hablamos, puede que hubiese sido productiva y positiva la presencia en el once de Hervías, pues su velocidad seguramente hubiera aportado lo suyo en el duelo de hoy.

Hay Oviedo, hay intensidad, hay compromiso, hay juego y hay confianza.

No fue un fracaso el empate, sino más bien una compensación negativa en la balanza de un campeonato en el que la suerte también nos acompañará en otros encuentros.

Faltó suerte y faltó esa fiereza de dar las dentelladas que hagan falta cuando el partido se pone favorable. En ello estaremos, creo, quiero creer.

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Cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-01-2016 | 3:22| 0

Un hombre puede también ser un objeto de amor, de temor o de admiración, y aun de asombro, sin ser por esto objeto de respeto”. (Kant).

“Sólo pretendo testificar en la crónica sentimental de una época y un sucedido que tuvo enorme trascendencia en la historia de estos lugares. El mío es un realismo comarcal» (Manuel Vázquez Montalbán).

 “La música, por una tendencia natural, es aquello que de inmediato recibe un adjetivo”. (Barthes).

 

Se vivían vísperas de muchas cosas. Así, en aquel San Mateo del 82 quedaba poco más de un mes para que el PSOE obtuviese un triunfo electoral tan memorable como irrepetible. Así, aquel era el último septiembre de los 80 en el que el Ayuntamiento de Oviedo no tendría un regidor socialista. Pero, en todo caso, cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en la Plaza de Toros de nuestra heroica ciudad, los años de la movida habían llegado, a su modo y manera, también a Vetusta.

Septiembre del 82, tras los últimos Mundiales de fútbol que hasta ahora se celebraron en España. Septiembre del 82, la movida tenía más música que letra, más imagen que palabra, más puesta en escena que texto dramático. Y, en esas estábamos cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en la Plaza de Toros de Oviedo.

Nos veíamos con los mecheros encendidos mientras sonaba la versión del Himno a la alegría cantada por Miguel Ríos. Nos veíamos motivados por el ritmo enérgico del rock. Nos veíamos en un concierto que sería la antesala de una noche inolvidable que concluiría por los pubs del Oviedo antiguo.

Pero, como se sabe, todas aquellas expectativas se truncaron. El concierto se suspendió y la escandalera que hubo a resultas de aquello no fue ciertamente pequeña.

Las fuerzas del orden ya no vestían de gris. De no ser por aquel pequeño detalle, estoy seguro de que muchas personas recordarían aquella tarde como la última en la que corrieron delante de los grises. Pero ya no era ese el color de su indumentaria. De todos modos, la contundencia con la que se emplearon contra las gentes que salieron a la calle a protestar no fue pequeña, vive el cielo que no.

Aquel verano no pudo ser despedido a ritmo de rock. ¡Qué faena! Pero se le dijo adiós con protestas y conflictos. Se diría que la música que no llegó a sonar en la Plaza de Toros marcó el ritmo de los acontecimientos hasta que todo aquello se quedó en calma.

Pero la resaca se prolongó. De hecho, hubo un titular periodístico al día siguiente que echó más leña al fuego. El titular susodicho se refería al cantante rockero como un chulo que había pasado por Oviedo. Aquello fue, sin duda, antológico.

Se supo, por otra parte, que Miguel Ríos había sido detenido y que pasó la noche en los calabozos de las dependencias policiales de nuestra ciudad.

Y también resultó muy llamativo que el cantante granadino considerase que su detención se debió en gran parte a ”un intento de cargarse el rock y de hacer propaganda política”. Palabras textuales que las hemerotecas atestiguan.

¡Qué cosas! No olvidemos que hablamos de un tiempo en el que se decía y se creía que todo era política. Y, desde luego, el rock, como música contestaría, no podía ser del gusto de las gentes de orden. Y, desde luego, el rockero Miguel Ríos simpatiza entonces con el PSOE.  De hecho, según  declaró el propio interesado, la noche de su detención en Oviedo recibió llamadas, entre otros, de Alfonso Guerra, mucho más rojo en aquellos días que ahora.

Así pues, un concierto de rock que no llegó a celebrarse. Así pues, correrías y protestas por las calles cercanas a la Plaza de Toros. Así pues, la fiesta continuó, eso sí, de manera atípica.

La pregunta que cabe hacerse es contra quién se protestaba. Desde luego, la actuación del chófer del cantante que, según el relato de algunos testigos, se bajó los pantalones desde el escenario, no ayudó a calmar los ánimos del respetable que acababa de saber que el concierto se suspendía, sino que fue el pistoletazo de salida a los desórdenes que se produjeron en las calles.

Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, aquel episodio de la suspensión del concierto de Miguel Ríos es uno de los más socorridos a la hora de contar anécdotas por parte de quienes vivimos todo aquello.

Y es que, con toda probabilidad,  aquello dio más de sí a la hora de contar aventuras pasadas que lo que hubiera supuesto haber acudido al concierto.

De aquella suspensión, no quedaron las baladas, no quedaron los momentos de recogimiento y calma, por otra parte, no necesariamente menos explosivos, sino que lo indeleble estuvo de lado de la protesta, de la algarada, de la indignación. Si bien se mira, fue muy rockero todo aquello.

Los hijos del rock-and- roll en Oviedo nos quedamos sin concierto en el 82, nos quedamos sin himno, sin la música trepidante de nuestro discurso en el que no faltaba la indignación, en el que las ansias por decir alto y claro lo que pensábamos y sentíamos no eran ciertamente escasas ni silentes. Toda una orfandad que sustituimos expresándonos en las calles de un modo que los responsables de las fuerzas del orden no consideraron adecuado.

Llegó la noche y, claro está, no se hablaba de otra cosa. Llegó la noche y la música sí que sonaba en los pubs. Llegó la noche y la certeza de que estábamos en vísperas de muchos cambios era total.

¿Qué explicación podía tener que Miguel Ríos hubiese suspendido concierto caprichosamente? Aquello no podía encajar. Pero tampoco había forma de explicarse por qué no se había avisado con tiempo aquella suspensión, lo que hubiese evitado los incidentes.

La última cerveza de la aquella noche mateína en un pub. Sonaban los Rollings. Ya nos quedaban pocas palabras que decir tras las vivencias compartidas. Ya no tocaba dar más vueltas a lo sucedido. Tocaba esperar por octubre, inicio del curso académico y político. Tocaba preguntarse cuántas cosas pasarían en la vida pública a lo largo de los próximos meses.

Al llegar a casa, en la calle Toreno, el periódico me esperaba sobre felpudo. Como antes dije, la portada era antológica. Antes de dormirme, recordé a Jagger con su manguera empezando un concierto.

Alguien, muy especial entonces, me sonreía. Nos sonreíamos, eso sí, sin ñoñeces.

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Panorama vetustense: Desde el Teatro Campoamor
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-01-2016 | 9:59| 0

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«Lo único que puede acercar una generación a otra por encima de tanto tiempo, lo único que puede acercarlas es –sería si se lograse- una comprensión de sus vivencias de sus elementos intactos. A eso llamo inocencia, a un tiempo anterior”. (Rosa Chacel).

 

En efecto, inocencia de un tiempo anterior, cuando transitamos escenarios que evocan la infancia y, ante ello, invocamos esa etapa de la vida en la que el mundo era cordial y favorable. En efecto, una tarde de éstas, tras recorrer el Campo de San Francisco con Carmela (una cachorra de mastín tan vivaz como adorable), camino de casa, me senté en un banco situado en una de las fachadas del Teatro Campoamor, que mira a la Plaza del Carbayón.

Llegó un momento en que dejé de ver lo que tenía ante mí y, con ello, di paso a evocaciones e invocaciones. Llegó un momento en el que, además de recordar juegos y andanzas por los mismos escenarios, no puede pasar por alto la evolución de esta ciudad en los últimos años, evolución que se plasma también en el rincón donde me detuve.

En esa hora en la que la luz del día se va retirando, empujada no sólo por el atardecer sino también por las luces de la ciudad, tanto las estáticas de las farolas como aquellas otras que se mueven sin cesar de los vehículos que por allí transitan, cuando además la buena temperatura contribuye a que esa parada sea cómoda, en esa hora, digo, crepuscular y melancólica, no podemos no pensar, más allá de las consideraciones personales, en tantas oportunidades perdidas, en tantas equivocaciones cometidas, en tantos atropellos a la razón.

¿Cómo es posible que en toda la ciudad no haya salas de cine comerciales? ¿Cómo es posible que en una ciudad en la que se ensancharon las aceras en tantas calles no se haya pensado en que algunas vías públicas lo demandaban mucho más que otras? ¿Cómo es posible en que en determinadas calles no se haya respetado, con la escrupulosidad debida, la estética de ciertas fachadas?

¿Cómo es posible que, cerca del Teatro Campoamor, camino de la entrada de la autopista, se haya podido llegar a  la situación actual en el solar donde estaba ubicada la vieja Estación del Vasco? ¿Cómo es posible –y admisible- que se hayamos llegado a esa ruina no sólo económica, sino también estética?

Y es que uno se acerca al mencionado solar y se horroriza no sólo ante la susodicha ruina, sino también ante el mero recordatorio de las famosas trillizas calatraveñas que el famoso arquitecto llegó a proponer en una visita a Oviedo hace unos cuantos años.

Carmela se tumba a mis pies. Pasan muy cerca de nosotros oleadas de coches. Muchos de ellos provienen de la entrada de la autopista. Si dejo de verlos y de oírlos, con las invocaciones y evocaciones antes referidas, me pregunto cómo sería esta ciudad si no se hubiera cometido semejante barbaridad. Me pregunto por qué no se conservó la Estación del Vasco, o se hizo en ella un museo de nuestra pequeña historia, esa misma que, a un tiempo, nos oxigena y nos llena de melancolía.

Carmela se despereza. Vamos camino de casa. Y me pregunto si se consolidará esa ruina, si perdurará esa infamia, infamia no sólo estética.

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