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Autor: luisariasarguellesmeres_72
¿Hablamos de los Premios Princesa de Asturias?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-10-2015 | 4:10| 0

En España, las cosas de la cultura suelen tener pobre arraigo, aire de advenedizas, de ropita dominguera, como en país colonial, y desvanecen a los espíritus ligeros que con ella se adornan(Azaña).

 

Puedo asegurarles que uno tiene un serio conflicto consigo mismo cuando se da cuenta de la soledad de su criterio ante unos planteamientos desmadrados que, además, apenas tienen la posibilidad de ir más allá de lugares comunes. Y, en el asunto que aquí nos trae, se juntan demasiadas cosas que generan más decibelios que argumentos.

Innegable y merecido es el prestigio de los Premios, si se tiene en cuenta la nómina de muchas de las celebridades que obtuvieron los galardones en distintos ámbitos. Innegable y merecido es también el reconocimiento que se le debe a Graciano García por toda su trayectoria como periodista desde “Asturias Semanal”, que fue un inequívoco enclave de libertad de expresión en unos tiempos en los que los tijeretazos de la censura no cesaban, hasta aquel gran proyecto que fue “Asturias Diario”, cuya publicación auspició con entusiasmo y firmeza. Innegable y merecido es que se valore la importancia de unos Premios que empezaron distinguiendo a figuras como José Hierro y María Zambrano, entre otros, y que, en la edición de este año, se pone en su sitio a un pensador de la talla de Emilio Lledó y que reconoce también la obra de un cineasta de la categoría de Coppola. El inventario de ejemplos para sustentar esto se podría alargar mucho. Tampoco se puede soslayar lo que tan machaconamente se repite acerca de la importante promoción que estos Premios suponen para Asturias.

Dicho todo ello, creo que, al menos, es merecedor de respeto el criterio de que, a veces, da la impresión de que lo que más se destaca de la ceremonia en el Campoamor son las genuflexiones ante la Familia Real y el pase de modelos a la entrada y a la salida. Y las tales genuflexiones chirrían mucho cuando las hacen políticos que, en determinados actos, no parecen estar incómodos rodeados de banderas republicanas.  Y no tiene que resultar obligatorio aplaudir  tal espectáculo, ello sin perder de vista que hablamos de una Fundación vinculada desde su nacimiento a la Monarquía, algo tan legítimo y respetable como el derecho a mostrar desde el republicanismo el desacuerdo más inequívoco.

No creo que deba levantar mucha polvareda ni despertar gran indignación sostener que las genuflexiones, en este caso simbólicas, de hacerse, deberían ser mostradas ante los premiados y no ante la institución monárquica.

Y, ante el incesante acoso mediático que sufre el Gobierno municipal de Oviedo,  no sería descaminado recordar que tiempos hubo en que el Ayuntamiento capitalino, encabezado por Gabino de Lorenzo, no fue muy generoso en lo que a ayudas económicas se refiere con la entonces Fundación Príncipe de Asturias. Y, en este sentido, me parece fantástico que se haya creado, tal y como informa EL COMERCIO una plataforma cívica en favor de la Fundación y de los Premios. Una cosa es que se discrepe de quienes opinan que la Fundación no tiene por qué recibir obligatoriamente dinero público y otra muy distinta es que se descalifique a quien sostiene tal postura.

Así pues, convendría que las discusiones no fuesen tan agrias. Siempre es saludable el respeto democrático. En este caso, aceptando que existe el derecho a discrepar con planteamientos republicanos.

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Recuerdos de Oviedo: Aquellas películas en el Palladium
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-10-2015 | 4:23| 0

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“Un pedante es un estúpido adulterado por el estudio”. (Unamuno).

“La película de gánsteres no es emotiva, como podría pensarse, sino más bien intelectual. ¿Julio Verne escritor del viaje? En absoluto, es el escritor del encierro”. (Barthes).

 

Aquellos talonarios con vales que servían de descuento en las entradas del cine Palladium eran toda una certificación de pertenencia a un club muy selecto, el de los sesudos espectadores de películas de arte y ensayo que se permitían hacer farragosos y pedantes comentarios sobre películas consideradas de culto que no siempre eran obras maestras. Pero lo esencial consistía en la interpretación, en muchos casos, sin haber leído el libro de  Susan Sontag que se ocupaba precisamente de eso.

Eran los tiempos en los que, a falta de conocimientos profundos y de mentes analíticas, lo que contaba era el envoltorio, la puesta en escena. Se acudía a las tertulias con libros de Hegel  y de Sartre, entre otros, (“La fenomenología del Espíritu”y “El ser y la nada”, por ejemplo) y siempre se encontraban pretextos para hablar sobre la guerra del Vietnam, sobre el mayo del 68, sobre los graves defectos de la burguesía y, por supuesto, sobre alguna película que requiriese grandes divagaciones.

Ése era el modo de conducirse, por lo general, de la generación de nuestros hermanos  mayores generacionalmente hablando, es decir de los sesentayochistas. Y nosotros, a falta de otros interlocutores, los escuchábamos con respeto, formalidad y, en no pocos casos, con emoción. (La ironía quedaba para la intimidad).

Debo confesar y confieso que una de las imágenes más recurrentes que conservo en mi memoria con respecto al cine Palladium era el momento mismo en el que la gente desandaba la sala camino de la calle. Se diría que, a juzgar por los movimientos de los brazos, daba comienzo una interpretación que amenazaba con ser muy larga. De eso se trataba para muchos, de explicar punto por punto aquello, de destripar los contenidos y, sobre todo, el mensaje. ¡Tremendo!.

Cine de arte y ensayo. Películas con enjundia. Resultaba prohibitivo decir que alguna de aquellas películas era un auténtico tostón, que sí los hubo, al lado, sin duda, de verdaderas obras maestras. Pero no se podía blasfemar cinematográficamente hablando.

Cine Palladium. Había que ir allí para estar al día de las películas del séptimo arte que no incurrían en el imperdonable pecado del entretenimiento o del divertimento. Frivolidades las justas, oiga usted. Lo transcendente era obligatorio e irrenunciable.

Por razones generacionales, me incorporé tarde al público espectador del Palladium, pero sí tuve ocasión de asistir a películas pesadísimas y de presenciar esas escenas de interpretación peripatética a las que antes hice mención que arrancaban en el momento mismo de abandonar la sala.

 

Cuando se escriba pausadamente la historia de aquellos años setenta y primeros de los ochenta, seguro que se incidirá en que el arsenal de conocimientos del que muchos alardeaban, menguaba mucho con la cocción necesaria de realidad, pero también es cierto que, a diferencia de estos tiempos, se consideraba muy importante exhibir cultura aunque sólo fuese con el envoltorio de libros pocas veces leídos enteramente, así como la interpretación de películas que formaban parte de los usos y costumbres de entonces.

Cierto es que en aquel Oviedo del tardofranquismo y de los primeros años de la transición política,  el cine Palladium nos dio la oportunidad de conocer un amplísimo repertorio de películas no comerciales que, sin duda, nos aportó mucho.

Dicho lo cual, debe añadirse a ello que el Palladium es una referencia obligada para conocer la mentalidad de la adolescencia más o menos avanzada y de la juventud de una época en la que las inquietudes nada tenían que ver con la ramplonería que, en todos los órdenes, se vive en esta época.

Cine Palladium. ¿Cómo no recordar, a lado de películas extraordinarias, algunos tostonazos memorables? Antes de que se divulgase el chiste fácil de un anuncio en el que se enseñaba el búlgaro, pudimos ver una película tremebunda titulada “Cuerno de Cabra”. ¡Madre mía, qué plomizo fue aquel film! Sobre todo, truculento. Y, a la hora de sacar algo en limpio de la historia que se nos ofrecía, nos encontramos con el terrible problema que suponía haber asistido a una especie de pesadilla donde se vuelven realidad las hipótesis más catastrofistas. No es que las cosas les salgan mal a los protagonistas, es que resulta casi inconcebible que puedas sucederles algo peor de lo que les ocurre.

Cine Palladium. La última película que vi allí fue una de las grandes creaciones de Visconti: “La caída de los dioses”. Languidecía septiembre. Y, al salir del cine, en ningún momento pensé que lo abandonaba por última vez. De todos modos, fue una despedida a la altura de las circunstancias, aquello no era ningún tostón y plasmaba un momento histórico que siempre horrorizará a la humanidad. Lo plasmaba  un genio del cine.

Arte y ensayo, películas subtituladas, interpretaciones –insisto- a menudo, tan vacuas como grandilocuentes que tenían como medio deslumbrar para alcanzar un fin humano, demasiado humano, que diría Nietzsche.

Un tiempo tan ingenuo en el que se pensaba que estaba a nuestro alcance interpretarlo todo, tan sólo con la herramienta del envoltorio de una sesuda cultura que, en la inmensa mayoría de los casos, no se atesoraba ni de lejos.

 

Cine Palladium. Sin duda, fue una ventana abierta – y no pequeña- a una ambición estética que buscaba un cine que pretendía, en muchos casos, ir más allá de una evasión, ir más allá de una conformidad con visiones amables y ñoñas de la vida. Sin duda, cumplió una misión importante en el Oviedo de aquellos años donde la juventud aún tenía la esperanza de interpretar el mundo y transformarlo.

Cine Palladium, tiempos aquellos donde casi todo estaba revuelto y mezclado, donde el marxismo convivía con el existencialismo, donde el estructuralismo empezaba a dejarse oír con fuerza, donde el conformismo no iba en el guion.

Allí no se iba buscando la oscuridad propicia y cómplice a falta de otros recursos para acercamientos tórridos. En todo caso, se acudía para que la interpretación fuera un preámbulo. Y el “después de”, entre el humo de los cigarrillos, estuviese amenizado con un intercambio de opiniones muy propio de Tolstoi, es decir, hablando de guerras, de paz y de revoluciones.

Cine Palladium. Si no hubiese existido, resultaría obligado inventárselo.

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CARTA ABIERTA A JEREMÍAS DOS SANTOS
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-10-2015 | 7:40| 0

Verá, don Jeremías, a resultas de sus últimas declaraciones relacionadas con la postura que su sindicato adopta frente a la apuesta del Ayuntamiento de Oviedo por recuperar servicios privatizados, más concretamente el que se refiere a la recaudación de impuestos municipales, será la segunda vez que escriba sobre el asunto en estas mismas páginas.

Parece que va en el guion –y pido disculpas por la perogrullada- que las organizaciones sindicales defiendan los intereses de los trabajadores, empezando por la madre de todos los derechos como lo es el de tener un empleo digno. Lo que sucede, señor dos Santos, es que a un sindicato que se reclama obrerista y de clase, al menos desde sus orígenes, que, por cierto, son dignos de admiración, cabe exigirle que tenga y sostenga una concepción de la sociedad acorde con eso que venimos llamando izquierda aunque, desdichadamente, en muchos casos se viene quedando sólo en sus siglas.

Seré muy concreto, don Jeremías: convendrá usted conmigo en que las instituciones públicas están para prestar servicios a la ciudadanía y su razón de ser no se fundamenta en modo alguno en favorecer negocios privados. Y, consecuentemente con ello, no parece muy coherente que se reivindique desde una organización obrerista que se sigan defendiendo esos intereses privados en aras del sostenimiento de determinados puestos de trabajo. Porque, llevando tal ‘argumento’ hasta el extremo, terminarían ustedes defendiendo, si es que no lo hacen ya, todas esas operaciones que se vienen denominando con el verbo ‘externalizar’, y que, de paso, están dando al traste con lo público.

Mire, comprendo perfectamente el malestar y la desesperación de quienes ven peligrar su puesto de trabajo. También soy consciente de que, en semejante situación, busquen el apoyo de las organizaciones sindicales. Hasta ahí, todo es lógico y entendible.

Es más, sería razonable que estas personas se mantengan en su puesto hasta que el Ayuntamiento encuentre la salida legal a su objetivo de terminar con la privatización de este servicio. Y parecería muy justo también que, a la hora de optar al puesto de trabajo como funcionarios municipales, se les valore la experiencia en su tarea. Todo eso es plausible y reivindicable.

Lo que no es de recibo, don Jeremías, es que sea precisamente un sindicato de izquierdas el que apueste por mantener la privatización de los servicios públicos. Lo que no es de recibo es que se diga que el problema es la inquina de gobierno local contra esos trabajadores de esa empresa.

¿Es de recibo que ningún gobierno local pueda dar marcha atrás en las privatizaciones que llevaron a cabo sus predecesores? ¿Acaso no es pertinente que se intente recuperar el espíritu y la letra de unas instituciones que tienen como razón de ser el servicio público? ¿Acaso hay argumentos que puedan demostrar que la ciudadanía contará con mejores servicios y más económicos por el hecho de estar privatizados?

¿Acaso no es asumible y obligado que el sistema de selección para los organismos públicos sea igual para todas aquellas personas que reúnan los requisitos exigidos para acceder a determinados puestos de trabajo?

A veces, don Jeremías, hay que procurar ir más allá del oportunismo y plantearse las cosas con rigor y profundidad, al menos, mínimamente.

A veces, don Jeremías, los sindicatos deberían tener en cuenta que el drama del desempleo no sólo afecta a quienes ven peligrar su puesto de trabajo, sino también a quienes están en el paro y se esfuerzan por atesorar una formación que les sirva para acceder a determinados puestos.

La igualdad también se sustenta, señor Dos Santos, en que las personas más jóvenes puedan tener la oportunidad de demostrar su valía y conocimientos. Por ejemplo, en un concurso-oposición.

Y, por último, don Jeremías, ¿no hay nada que decir sobre la responsabilidad de la empresa con sus trabajadores en este asunto?

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Viga azul: Tocando botones
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-10-2015 | 7:39| 0

Un equipo que no acaba de funcionar. Un equipo en el que la defensa hace agua partido a partido. Un equipo que no deja de ensayar esquemas de juego, cambios drásticos en el sentido de que hay futbolistas, lesiones aparte, que una jornada se quedan fuera de la convocatoria y al partido siguiente son titulares. Un equipo que ni se gusta ni confía en sí mismo. Un equipo que, hasta ahora, solo tiene una tabla de salvación y es la calidad individual de varios jugadores que pueden resolver un encuentro. Pero esto, obviamente, con ser importante, no basta y no hay que conformarse con ello.

En el partido frente al Mallorca, no funcionó el centro del campo. Edu Bedia, cuya calidad no se pone en duda, no estuvo afortunado. Apenas hubo entregas acertadas. Y tampoco se contuvieron bien los avances del adversario.

En cuanto a la defensa, más allá de errores puntuales, el problema, que ya debería haberse resuelto, es que se percibe y se respira inseguridad. De repente, se deja un pasillo libre al delantero contrario. De repente, el susto es mayúsculo cuando nos percatamos de que hay un jugador al que dejan incomprensiblemente solo.

¿Y qué decir del ataque? Hoy, Toché, además de marcar un gol, luchó lo suyo, sin duda. Sin embargo, se le ve lento. Y, por otra parte, lo que es más importante, no hay sociedad en las jugadas ofensivas. Los mediapuntas se quedan atrás y no intuyen ni huecos ni combinaciones decisivas.

Pero lo más significativo de todo es que, como dije antes, da la impresión de que, a la hora de diseñar el sistema de juego y, a la hora de decidir las alineaciones, se actúa a ciegas, se actúa a ver qué pasa, sin criterios sólidos que lleven a la efectividad.

Desde luego, nada más lejos de mi intención que mostrarme catastrofista. No es momento de alarmarse, pero sí de reaccionar, de pensar seriamente en los errores cometidos, en las lagunas observadas, en los desajustes exhibidos y, de una vez, trazar un plan que haga que el equipo funcione en su conjunto.

A esta plantilla no le falta calidad en líneas generales. Pero estamos muy lejos de haber visto el rendimiento que se le puede sacar.

Cierto es que muchos jugadores están muy lejos aún de su mejor forma física. Cierto es que lleva su tiempo que un equipo con muchos futbolistas nuevos tarda lo suyo en conjuntarse. Cierto es que la nueva categoría en la que estamos no es fácil casi nunca.

Pero no cabe incurrir ni en el conformismo ni en la autocomplacencia. Hay que ir a más. Todo el mundo, empezando por el entrenador a la hora de diseñar sus tácticas, y siguiendo por los jugadores en su esfuerzo y entrega, tienen que exigirse más.

Sería triste, muy triste, regresar a los tiempos de ver un equipo a la deriva que confía en un golpe de suerte o en un destello de calidad individual. Es obligado hacer un armazón fuerte. Es obligado ser consistentes atrás y, a veces, expeditivos a la hora de conjurar los peligros. Es imprescindible alcanzar confianza y seguridad. Y juego de conjunto.

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Recuerdos de Oviedo: De esplendores y sordideces
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-10-2015 | 5:20| 0

« ¿Dónde está la memoria de los días/ que fueron tuyos en la tierra, y tejieron/ dicha y dolor y fueron para ti el universo?». (Borges).

«Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño». (Borges).

Imaginen por un instante el entusiasmo con que alguien transmitió determinadas vivencias que supusieron deslumbrantes y asombrosos esplendores en el transcurso de una vida en la que, por imperativo de las circunstancias, muchas veces pintaron bastos. Imaginen por un instante, poniéndose en situación, que quien transmitió todo aquello vino al mundo en los primeros años del siglo XX, con todo lo que ello supuso a la hora de conocer sueños y padecer horrores. Imaginen por un instante ese lado lúdico y esplendoroso de la vida, ese ángulo oscuro y deslumbrante de la noche, de la diversión, del placer, de la letra y la música de una evasión con parada y fonda en lo voluptuoso. Imaginen, por un instante, el texto y el contexto de lo que a continuación se dará cuenta.

MARIO ROJAS

En efecto, el texto y el contexto. En efecto, Oviedo. Yo sabía que el local del que me habían hablado venía de otra ubicación que fue anterior a la de la calle los Pozos. Me refiero al Café Suizo. Yo me daba perfecta cuenta de que allí adentro no podía habitar el esplendor de los relatos que se me habían transmitido: una música que envolvía, unas mujeres que cantaban y bailaban cautivando casi tanto como Marlene Dietrich en sus mejores tiempos. Una cristalería que reflejaba los licores más deliciosos y chispeantes que se saboreaban al tiempo que se contemplaba el espectáculo de ensueño de cada noche. Escotes de vértigo, lencería de lujo, piernas tan largas y tan bien torneadas que no podían no enloquecer. Y unas curvas que eran la divina hoja de ruta del viaje más erótico que imaginarse cabe.

La noche, sí, la noche, el tugurio cerrado durante el día y que, en las madrugadas, obsequiaba con espectáculos que hacían olvidar las miserias de lo cotidiano. El tugurio como la cueva que escondía un tesoro cuyos destellos emergían en el escenario dejando boquiabiertos a quienes asistían al espectáculo.

Pero, ¡ay!, aquello no podía ser. Allí adentro no era posible tanto esplendor, sino más bien todo lo contrario. Quedaba el rótulo. Quedaba el relato que buscaba un escenario fuera de aquella realidad visible que sólo podía albergar sordideces y episodios lúgubres.

Pero, ¡ay!, del mismo modo que Marsé le escribió una canción a Serrat que hablaba de ‘los fantasmas del Rosy’, un cine barcelonés, el exterior de aquel local tan cercano a la plaza de Riego, me hacía evocar otros fantasmas, aquellos otros de una especie de cabaret en los años 20 y 30 antes de que la tragedia se cebase sobre la realidad de las gentes que vivieron aquello.

¿Y de qué fantasmas, en el buen sentido, hablo? ¿Y de qué fantasmas me hablaban? Pues, miren, de legendarios futbolistas de aquella época que vivían intensamente la noche y que, sin embargo, alcanzaban la gloria jugando cada domingo. De legendarios futbolistas que disfrutaron de aquello con ambición y en la mejor compañía de aquellas mujeres que atraían con locura. De jóvenes que se refugiaban allí de la moralina de cada día, moralina de púlpito y confesionario que no dejaba de adolecer de olor a rancio y de puesta en escena marcada por la hipocresía. De descanso, del descanso de una vida cotidiana que, para muchos, no concedía grandes treguas. De rebeldía contra la moral impuesta, a favor del descaro y del placer. De conspiraciones, más o menos implícitas, más o menos explícitas, en tan heterodoxos escenarios para semejantes lides.

De esplendores y sordideces. ¡Qué contraste, Dios mío, qué contraste, a la hora enfrentar y confrontar los susodichos relatos con lo que daba a entender aquel rótulo con el nombre del café en donde figuraba también la propaganda de una marca de tónica!

Insisto y debo insistir en tan hiperbólicos contrastes. Y es que, a la hora de hacer la referida confrontación, no podía dejar de pensar en aquel antes y aquel después que fue tan socorrido y recurrente durante décadas.

Aquel antes y aquel después que se manifestaba con la expresión que hablaba de ‘antes de la guerra’. Y, claro, el antes siempre era mejor, en todo: desde el patrimonio de la familia de la que se hablaba hasta de la calidad de determinados productos. El esplendor siempre se correspondía con el pasado, un pasado glorioso, frente a la ruina o, en todo caso, las escaseces del momento presente.

Y es que, a aquella generación que vivió su primera juventud en los años 20 y 30 hasta el estallido de la dichosa guerra, pocas cosas le resultaron ajenas, muy pocas. Sabían que el espectáculo había comenzado, que la fiesta reclamaba concurso y presencia, que la moral pública presentaba fisuras, que los límites estaban para ser incumplidos, con mayor o menor irreverencia, que el frenesí era irrenunciable, que los reclamos de la carne, si además estaban bien envueltos y acompañados de música y letra, eran irrenunciables, que la evasión tenía horario y locales donde representaba su liturgia. Y la referida generación, además de haber vivido todo aquello, con todo el cargamento, no pequeño por cierto, de contradicciones, tenía que contarlo, tenía que contarlo, sobre todo, cuando los apagones, tanto biológicos como históricos, dieron al traste con tan sublime y cargado repertorio de placeres de ensueño, de delirios portentosos y poderosos.

Insisto: me tocó ver el recuerdo en prosa de unos esplendores, una prosa que se anunciaba en un cartel, un cartel cuya intrahistoria me habían transmitido.

Pero siempre quedó –y les quedó– la música, que diría Aute, la música y la letra desenfadada y alegre de unas canciones que a veces, en momentos de melancólica remembranza, venían a sus labios poblando de nostalgia las miradas, de una nostalgia, con todo, balsámica, porque daba cuenta aquella añoranza de momentos inolvidables que siempre atesoraron.

De esplendores y sordideces. Los primeros, lejanos y confundidos con la ensoñación. Los segundos, cercanos y molestos, tanto que no permitían detenerse ni siquiera a observar desde afuera el interior un lugar que sepultaba los resplandores dorados de desmadres memorables y de escenas enmarcadas para siempre en un mundo de sueños que se tornó realidad tangible en forma de cuerpos en los que el deseo se hizo deidad.

El licor, las piernas, la lencería, los escotes. El divino cabaret, a veces, desgarrador; a veces, séptimo y sellado cielo.

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