El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Retratos mateínos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-08-2017 | 6:25| 0

«El contagio de los prejuicios hace creer muchas veces en la dificultad de las cosas que no tienen nada de difíciles».  (Pío Baroja).

A nadie le puede resultar extraño que los carteles promocionales de las fiestas de San Mateo estén provocando sesudas discusiones en la sociedad vetustense. De hecho, nada más verlos, se cae en la cuenta de que se trata de una polémica anunciada.

Sin duda, los retratos propiamente dichos son meritorios. Diría más: el más difundido de todos, el de la señora sentada, nos muestra una imagen de una persona que no sólo suscita serenidad, sino que puede verse en ella todo un personaje con una historia digna de ser contada, tanto literal como literariamente.

Pero, polémicas anunciadas aparte, tengo para mí que, una vez más, nos encontramos con el difícil encaje del marco en el cuadro. Dicho de otro modo: siendo buenos los retratos, lo que cabe preguntarse si se adecuan a lo que se pretende, esto es, a la promoción de unas fiestas. Yo diría que no, o, en todo caso, habría otros carteles mucho más propios para anunciar unos días y noches de asueto y regocijo.

Más propios y, al mismo tiempo, muy de Oviedo. Pongamos que figurasen en los carteles imágenes de la zona de los chiringuitos de las noches mateínas con sus riadas de gentes. Pongamos, el escenario de un concierto, bien anunciado, bien que se celebró ya. Pongamos rostros históricos que dicen mucho de Oviedo.

Perdón por la obviedad: una cosa es hacer carteles que plasmen a personas que representen los trabajos y los días del Oviedo más actual y otro asunto muy diferente es anunciar unas fiestas que, durante las últimas décadas, tienen su foco más importante en los chiringuitos.

No se trata, claro está, de anunciar un Oviedo cotidiano, sino un Oviedo en fiestas, con todo lo que ello supone. El protagonismo tiene que estar en lo lúdico, en el ambiente festivo. Y eso es lo que se tendría que haber plasmado en los carteles anunciadores.

Yo apostaría por algo que recogiese lo que son las noches mateínas, la despedida del verano, el anticipo de un otoño que en Oviedo es esencialmente literario.

Y es que son esas noches mateínas las que tienen el mayor protagonismo en nuestras fiestas. Lo lúdico, lo desenfadado, las risas, las juergas, las tertulias, los viandantes sin prisa, la música hasta el alba.

Y es que, si por algo se caracterizan las jornadas festivas, es por ser una tregua en la que no toca ponerse estupendos, en la que la realidad tiene que ser aparcada, en la que las máscaras y el desenfado piden paso y se convierten en el centro de todo.

Hablamos de fiestas, no de retratos sociológicos.

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Recuerdos de Oviedo: Un domingo en “Salsipuedes”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-08-2017 | 10:29| 0

“El principio esencial de la mecánica poética —es decir, de las condiciones de producción del estado poético mediante la palabra— es a mis ojos ese intercambio armónico entre la expresión y la impresión”. (Paul Valery).

Fue una de esas tardes de domingo en las que decidimos abismarnos en nosotros mismos en lugar de salir a la calle y quedar con alguien. Fue una de esas tardes de domingo en las que elegimos unas lecturas y una música acordes con la melancolía buscada y la soledad voluntaria. Lecturas de Hermann Hesse, canciones de Brel. Fue una de esas tardes de domingo en las que, a pesar de todo, al final, cuando se acerca la hora de la cena, lo agridulce se va retirando y el ánimo se recupera sin aspavientos, pero con ímpetu. Y, para despedir la jornada, tras la cena, dejamos atrás las horas de ensimismamiento y tomamos la determinación de salir a la calle.
Domingo otoñal, con temperatura benigna, en el que a las diez de la noche, la luz del día llevaba varias horas ausente. Domingo otoñal de aquellos primeros años ochenta en los que los establecimientos del Oviedo antiguo eran un auténtico hervidero de música, conversaciones improvisadas y diversión. Oviedo antiguo que, paradójicamente, poblaba la juventud universitaria. Oviedo antiguo de guitarras, poemas más o menos improvisados, tertulias, noches inacabables, continuos encuentros.
Resultaba imposible recorrer el Oviedo antiguo sin encontrarse con compañeras y compañeros de la Facultad, sin encontrarse con personas conocidas que entonces mostraban una pasión por la política realmente irrepetible. Era frecuente poner sobre las mesas de los pubs, además del tabaco y el mechero, el libro que se estaba leyendo, con afán de compartir aquello, de someterlo a debate. No se leía, salvo excepciones, en los pubs, lo que se hacía era comentar lecturas, frases subrayadas, versos remarcados que daban mucho de sí.
Once de la noche, locales en el Oviedo antiguo, si no de culto, sí de inquietud cultural, al menos aparente. Locales de culto en los que la música de fondo jamás sorprendía y era casi un apéndice de nosotros mismos. Las copas, la pequeña mesa para dos, que no impedía la charla con otros clientes del local. La noche vetustense era también un pañuelo, lleno, en cierta medida, de señuelos.
Tras haber tomado algo en dos pubs, antes de la retirada, dimos un paseo. Recorrimos la calle Salsipuedes. Un trozo de la vieja Muralla, las escaleras con moho, la humedad, la noche cerrada. Un viejo caserón en el que, sin una precisión total, se quiso ubicar la morada de los Ozores, o sea, de “La Regenta”. A decir verdad, aquel escenario era un encuentro con la historia de la ciudad, también con sus leyendas, historia y leyendas que no sincronizaban en el tiempo, pues el testigo de la primera era muy anterior.
Cerca de allí, muy cerca, la vida noctámbula bullía. Sin embargo, en el momento mismo en que nos acercamos al referido caserón, ruinoso, como el viejo hospicio machadiano, nos pareció ver sólo una silueta tremendamente oscura con su no sé qué de inquietante. Allí estaba, inmóvil, como una sombra del entorno y de la noche. Lo cierto es que desconocíamos por completo a santo de qué se encontraba en ese lugar. Lo cierto es que nuestra presencia no pareció perturbarle lo más mínimo.
En un momento dado, parada para fumarnos un pitillo, casi en silencio, como una especie de culto al lugar donde nos encontrábamos, como una forma de embebernos de aquello.
Calle Salsipuedes, cuyo nombre, según nos planteamos, se prestaba a dos interpretaciones muy distintas, pero aceptables ambas. De un lado, como un entorno que se nos hace atopadizo, que atrae tanto que resulta difícil abandonarlo. Por otra parte, como una encrucijada, por su angostura y, en aquellos momentos, por su oscuridad, oscuridad que remitía a un escenario de otro tiempo, incluso a un escenario que, sin llegar a la llamada literatura de terror, sí parecía pintiparado para el miedo, escenario con su extra, con su personaje. No se podía pedir más.
Musgo en el trozo de muralla, humedad en las escaleras, hollín en las viejas piedras. Referencias literarias más o menos creíbles, más o menos hipotéticas. Noche.
Aquella noche en la calle Salsipuedes a la niebla le costaba trabajo entrar, lo que aumentaba las posibilidades interpretativas de su denominación. Desde luego, no era fácil salir, pero costaba lo suyo adentrarse, sin que ni lo uno ni lo otro resultase imposible.
Calle Salsipuedes, metáfora pluscuamperfecta de Oviedo. La Muralla que, además de dar cuenta de la historia, podría expresar también lo que es la ciudad cerrada a la que tanto trabajo le cuesta abrirse al mundo, o sea, “La Regenta”. Calle empinada que también (y tan bien) plasma lo endiablado y dificultoso de la orografía de Oviedo.
Cuando dejamos atrás el Oviedo antiguo, ya en la plaza de la Catedral, la niebla se iba haciendo densa, al tiempo que la temperatura era agradable gracias a que durante horas había soplado el viento de las castañas, el regentiano viento sur que tan adentro llevamos, el aire de las castañas.
De “El Lobo Estepario” como lectura vespertina, a hipotéticos escenarios regentianos.
A decir verdad, aquel personaje que habíamos visto en lo oscuro tenía su no sé qué del protagonista de la novela de Hesse. A decir verdad, aquel itinerario nos confirmó aún más nuestro apego a la ciudad, a una ciudad en la que las calles y sus viandantes son a veces literatura en estado puro.
Calle Salsipuedes, Oviedo, su historia y su leyenda, en estado puro.
Y hasta sólido, líquido y gaseoso.

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¿Con flores a Clarín?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-08-2017 | 9:33| 0

Resultado de imagen de Clarín

Recientemente, tuvo lugar en Gijón una ofrenda floral a Jovellanos que pone de manifiesto el fervor y la devoción que la ciudad le profesa a su hijo más insigne. Desde luego, no le faltan méritos para ello, tanto por la categoría intelectual del personaje como por los continuos y fértiles desvelos del ilustrado hacia su Gijón natal.

Y ese acontecimiento de la ofrenda floral a Jovellanos en Gijón me llevó a preguntarme una vez más por la compleja y contradictoria relación que hay entre Oviedo y Clarín. Porque, siendo incuestionable que el ovetense al que nacieron en Zamora es el personaje más ilustre que jalona la historia de nuestra ciudad, no lo es tanto que en nuestra capital se le valore como realmente se merece, eventos oficiales aparte.

Para empezar, un pequeño detalle de nuestro callejero: la vía pública dedicada a Clarín no está entre las principales calles de la ciudad. Para seguir, aún persiste aquel Oviedo que no agradeció nunca el retrato que Alas hace de Vetusta. Y, para ponerle la guinda al pastel, no se puede negar la existencia de cierto esnobismo vetustense que se reclama clariniano y que, sin embargo, tendría cabida en ‘La Regenta’. ¡Ay!

¿Con flores a Clarín? ¿Llegará un momento en que en Oviedo sea de conocimiento público que Clarín no sólo descolló como novelista, sino que además fue el intelectual que más se adelantó a su tiempo en España, con el mérito añadido de haberlo hecho desde una ciudad aislada dentro de un país en el que los afanes de modernidad chocaban con la política oficial y con gran parte de la sociedad?

Dos hechos diferenciales entre Oviedo y Gijón. La nuestra es una ciudad de novela, mientras que Gijón es, sobre todo, una ciudad de cine. Y, en segundo lugar, en Oviedo no se venera tanto a Clarín como sí sucede en Gijón con el ilustrado.

¿Cómo no preguntarnos por qué tuvo que transcurrir tanto tiempo, mucho más allá de la muerte de Franco, para que su hijo, el Rector Alas, tuviese en Oviedo el reconocimiento que realmente se merece?

¿Con flores a Clarín? ¿Llegará el día en el que el Oviedo oficial y la ciudad en su conjunto muestren su gratitud y devoción hacia alguien que, además de otras muchas cosas, representa  la mejor España, la mejor Asturias y la época más esplendorosa de nuestra Universidad?

Llegará, tendrá que llegar.

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Recuerdos de Oviedo: Una tarde de verano en el Aguaducho
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-08-2017 | 6:00| 0

«La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más». (Kierkegaard).

«Estar aquí como el arte. / Sin qué, para qué, por qué, / viendo que se mueve el aire». (Carlos Bousoño).

Oviedo, principios de julio de 1980. Quedaban pocos minutos para que la librería Santa Teresa cerrase aquella tarde cuando salí de casa; pero llegué a tiempo para comprar un libro del que me habían hablado con entusiasmo. Se trataba de ‘La Historia Interminable’, de Michael Ende. Era uno de esos escasos días en nuestra tierra sin apenas nubes, con calor sofocante.

Aunque ya estaba empezando a refrescar, en el camino de regreso, compramos sendos helados en el paseo de los Álamos, que fuimos saboreando despacio. Al llegar al estanque del Campo de San Francisco, decidimos tomar un refresco. Allí estaba el Aguaducho con sus mesas y sombrillas, como destino pintiparado para ello.

Toda una delicia el refresco que parecía reclamar la presencia de una brisa fresca. Toda una delicia tener aquel libro en las manos que prometía una lectura voraz y aprovechable. Todo un lujo, aquel momento de sosiego no sólo porque el atardecer estaba próximo, sino también porque la cercanía del estanque con sus patos, cisnes y pavos reales tenían su no sé qué de mágico.

Y los refrescos, con sus rodajas de limón y sus piedras de hielo, servidos en vasos de propaganda de una conocida marca constituyeron el acompañamiento perfecto para aquel momento.

Abrimos el libro varias veces, por rigurosos turnos marcados por la cortesía mutua. Y, de repente, reparé en la caseta del bar, que durante todo el invierno permanece cerrada.

A decir verdad, tenía –y tiene– su gracia que algo tan pequeño cuando está cerrado, pueda, llegado el momento, expandirse tanto con sus mesas, asientos y sombrillas, con todo lo que ello acarrea de poder de convocatoria.

Las burbujas del refresco, la luna por la que esperábamos, el comienzo del libro recién adquirido.

Tarde, en efecto, sosegada, de un tiempo de vísperas de las fiestas del verano a orillas de Narcea. Me esperaba mi pueblo, Lanio, me esperaba mi río, me esperaba mi paraíso.

¡Qué espera tan agradable la de aquel momento en el Aguaducho!

Una espera que, bien mirado, abarcaba mucho más, cuando se iniciaba una década, la de los ochenta, en la que, como escribí muchas veces, los miedos de los primeros años de la transición se iban retirando para dejar paso no sólo a las grandes esperanzas, sino también a unas vivencias en las que, internamente, las libertades cobraban protagonismo y se adueñaban de nuestro sentir y de nuestro pensar.

Un tiempo en el que los buenos libros no sólo estaban para ser devorados, sino que también –y sobre todo– eran acompañantes insustituibles.

Había mucha gente alrededor del estanque, de todas las edades, que se dejaban oír mucho más que el conjunto de personas que ocupábamos las mesas de la terraza veraniega del Campo de San Francisco.

Estábamos con las primeras palabras de ‘La Historia interminable’ y, una vez más, hablamos de los mejores comienzos de novelas que conocíamos. Y, en pleno mes de julio, el arranque preferido seguía siendo el mismo, el de la ‘Sonata de Estío’, de Valle-Inclán, que reza así: ‘Quise olvidar amores desgraciados y decidí recorrer el mundo en romántica peregrinación’.

A nuestra izquierda, dos pavos reales desplegando sus colas, como abanicos en lo que al cromatismo se refiere, exhibiendo poderío y belleza.

Nos hacíamos los remolones, prolongando nuestra estancia. Los vasos ya estaban vacíos, pero la plenitud de aquello no había descendido lo más mínimo.

Un libro de cuya lectura esperábamos mucho. Un atardecer con el sosiego del místico que resultaba muy reconfortante. Unos pavos reales que daban lustre al marco y al cuadro del que formábamos parte. Unos cisnes ajenos al modernismo y a lo que vino después. Unos patos que comían con avidez trozos de barquillos que les lanzaban los niños que por allí se divertían. Una puesta de sol que no veíamos bajo los árboles. Un tráfico que iba a menos. Un fin de curso que se había quedado atrás.

Durante mucho tiempo se dijo que Oviedo no era una ciudad para el veraneo, pero, desde luego, sí puede serlo para el verano.

Un niño rubio caminaba en el medio de sus abuelos, que le ofrecieron un barquillo, pero –¡ay!– la criatura quería un helado y el acuerdo no parecía muy fácil de alcanzar.

Antes de irnos, recordé lo mucho que habíamos frecuentado de pequeños la guarida de Petra, aquella osa tan familiar para todos nosotros.

Al dejar el Aguaducho, decidimos ir a la playa al día siguiente a primera hora de la mañana. Apenas corrían nubes por el cielo, paseamos por el acantilado. Nos acompañaron dos libros, el recién adquirido y otro que se había publicado muy recientemente, ‘Expresión y Reunión’, de Blas de Otero, en cuya portada podía verse una soga, la de la angustia y la de la censura.

Al irnos, los pavos reales ya se habían marchado y el niño que quería un helado, al final, se había salido con la suya, lo disfrutaba, al tiempo que su abuela le advertía que se lo comiese despacio. Aquello estaba tan frío que podía hacerle daño.

Un cisne escondió su cabeza. Pura quietud.

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HACER POLÍTICA A GOLPE DE TUITS
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-08-2017 | 12:04| 0

Caunedo y Rosón en el pasillo anterior al Salón de Plenos.

“El humor es la manifestación más elevada de los mecanismos de adaptación del individuo”. (Sigmund Freud).

“A fin de cuentas, todo es un chiste.” (Charles Chaplin).

Aunque suene de forma muy similar, no se trata de un baile, sino de textos muy reducidos. Algo cuantitativo, pues. Lo cierto es que la red social Twitter tiene un protagonismo cada vez mayor en la vida pública, tanto global como llariega. En la primera, ahí tenemos a Trump y sus afirmaciones tan brutales y disparatadas. En la segunda, en lo que a Oviedo se refiere, les sugiero que no se pierdan la noticia que publicó EL COMERCIO acerca de la batalla que acaban de librar Rosón y Caunedo en la susodicha red social tras el último Pleno en el Ayuntamiento carbayón.

Política a golpe de tuit. La frase corta, el ataque, eso que se da en llamar el ‘zasca’ entre el exalcalde de Vetusta y el actual edil de Economía. La fiesta, por decirlo de algún modo, sigue tras el Pleno, mediante la discusión virtual.

A decir verdad, no me parece justo que la red social llamada Twitter se desprestigie tanto, porque en los caracteres permitidos no sólo cabe la brocha gorda y la descalificación, sino también el aforismo y la frase ingeniosa. Y además hay algo muy importante a tener en cuenta: obliga a ejercer la capacidad de síntesis, algo que admiro mucho no sólo como lector, sino también como docente.

Quien no es capaz de resumir tiene muy difícil esbozar un discurso convincente y brillante. No hay que incurrir en el conocido tópico que habla del torrente de palabras y del desierto de ideas. Hay que aprender de concepto y hay que enseñar con ese fin.

Y, en lo que respecta a las descalificaciones entre ambos ediles, sin entrar a fondo en el asunto, sería muy deseable que la sutileza asomase más, la sutileza y el sentido del humor, que son mucho más persuasivos y eficaces que ‘los madreñazos’ retóricos y dialécticos, que, además, resultarían más resolutivos y despertarían guiños entre el público lector.

Sería muy de agradecer que se renunciase por parte de todos los grupos municipales a la chabacanería, apostando por el ingenio.

El método socrático, el de la ironía y la mayéutica, no es fácilmente alcanzable, pero hay que aspirar a él.

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