El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Viga Azul: Orgullo y prejuicio
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-04-2017 | 12:20| 0

Fernando Hierro, tras la conclusión del partido, declaró sentirse orgulloso de sus jugadores por el esfuerzo que hicieron a lo largo de los 94 minutos. Creo que todas las personas que vimos el encuentro suscribimos lo que dijo el entrenador azul. En efecto, el equipo luchó de principio a fin, especialmente desde que nos quedamos con un jugador menos, lo que, por un lado, obligó a extremar las precauciones, sin que, por otra parte, se renunciara a la victoria que estuvimos a punto de conseguir si Toché hubiese transformado el penalti que le hicieron a Diegui.

A esto hay que añadir que el Huesca se mostró en todo momento como un equipo muy compacto que no sólo no estaba dispuesto a dar facilidades, sino que además no renunció al ataque.

Orgullo, en efecto, no sólo por la lucha del equipo, sino también por el soberbio juego que desplegaron algunos futbolistas del Oviedo, sobre todo, David Costas que, además de haber sido el autor del gol carbayón, mostró una seguridad en su puesto verdaderamente admirable. Y, por otro lado, Diegui, en los minutos que jugó, dio ese plus de empuje al equipo que, con sus presencia, se notó mucho, y no sólo por haber forzado el penalti.

Y esto me lleva a preguntarme una vez más por qué no juega Diegui de titular, por qué se renuncia a su aportación al juego, especialmente al que puede desplegar Susaeta en la banda, si bien es cierto que contra el Huesca el eibarrés jugó más de media punta.

Prejuicio no sólo en la ausencia de Diegui en el once titular, sino también en lo que supone renunciar al juego por las bandas. En este sentido, nadie pone en duda la calidad de Berjón, si bien es cierto que, partido tras partido, viene evidenciando que su estado físico dista mucho de ser el óptimo.

Así pues, si Susaeta no despliega su juego en la banda, si falta el empuje de Diegui porque no se le da la titularidad y si Berjón está lento, algo habría que hacer en este sentido en aras de mejorar el rendimiento del once azul.

Y, en fin, volviendo al orgullo, el papel de la afición en el Tartiere, apoyando sin desmayo al Oviedo, protestando otro arbitraje más nefasto y haciendo del estadio una fiesta, no sólo es primordial, sino que nos contagia a todos la pasión oviedista, pasión oviedista que viene contribuyendo en gran medida a que los partidos de casa sean toda una liturgia de emociones donde las glorias del oviedismo empujan, motivan y animan.

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Recuerdos de Oviedo: Salesas: Cuando “se descubrió” el Centro
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-04-2017 | 2:19| 0

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«Lo más característico de la vida moderna no era su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido». (Orwell).

Última hora de la mañana de un sábado. Principiaba la década ochentera. El arriba firmante viajaba por Oviedo en uno de aquellos microbuses cuyo tubo de escape lanzaba más emisiones de CO2 que el mayor vehículo que uno pudiera imaginarse. Había muy poco movimiento por las calles en aquellos instantes. Y, de repente, vi que en una valla publicitaria se decía algo muy llamativo: “Vamos a descubrir el Centro”. ¡Madre mía!
Claro, si mal no recuerdo aún gobernaba la UCD, o sea, la Unión de Centro democrático. Claro, aquello no podía ser: UCD era el partido político que llevaba gobernando España desde las elecciones de 1977, o sea, no se trataba de una formación política emergente, no podía serlo. Entonces, semejante reclamo publicitario estaba entre lo sorprendente y lo inquietante. Desde luego, no pasaba desapercibido.
Sin embargo, como suele suceder en tales casos, aquello nada tenía que ver con lo primero que acudía a nuestra mente. Se trataba de muy distinta cosa: lo que se iba a descubrir –y a inaugurar- era el Edificio Salesas que, como su propio nombre indica, se construyó sobre el solar del Convento de monjas que llevaba tal nombre.
Así pues, nada que ver con la política –o sí- pero, en todo caso, no guardaba relación ninguna con aquel partido político a cuyo frente había estado don Adolfo Suárez hasta que dimitió en el 81, sucediéndole don Leopoldo Calvo-Sotelo.

Pero, ante todo y sobre todo, aquello supondría un cambio muy profundo en nuestras vidas y costumbres. Hasta entonces cualquier Híper que se preciase estaba a las afueras de la ciudad. Lo que en los últimos años se vienen llamando Grandes Superficies no se ubicaban en el centro urbano, eran periféricas.
Hasta entonces, en el cogollo de las ciudades había los comercios tradicionales de siempre y supermercados, que, por lo común, también eran muy familiares, que tenían dueños visibles y reconocibles, personas sensatas y de orden que se relacionaban con su clientela de cada día. Personas de mundo, a quienes lo cotidiano no les era ajeno. Siempre había un don Amable o una doña Elvira controlando el negocio y comentando lo mal que iba el mundo con la vecindad que compraba.También se interesaban por la salud de los más longevos de cada familia. Todo estaba en orden.
Pero, en el caso concreto del comercio de Oviedo, está muy claro que hubo un antes y un después del Centro Comercial que se instaló en el edificio Salesas. Ya no hacía falta salir de la ciudad para hacer una compra semanal o mensual en un hipermercado.
De todos modos, no fue el único cambio que trajo consigo el mencionado edificio, pues, entre otras utilidades, transitarlo interiormente facilitaba el periplo entre las calles General Elorza y Nueve de Mayo, resguardándose, así, del frío, de la lluvia, del calor, de lo que fuese. Y, por otra parte, muy cerca de la entrada por 9 de mayo, en sus primeros tiempos, era el enclave de tertulias de personas mayores que utilizaban para ello unos bancos que no tardaron mucho en dejar de existir.
Por otra parte, también hay que hablar de las salas de cine que llegaron con la nueva edificación. Cierto es que estaban en el centro de la ciudad. No obstante, distaban mucho de tener el empaque de las salas tradicionales de Oviedo. Con todo, se incrementó la “oferta” cinematográfica en la ciudad, si bien aquello no sería por mucho tiempo. Es más, hasta se podría barruntar que fueron, sin que pudiéramos saberlo entonces, el anticipo de lo que vendría después: una ciudad sin salas de cine, lo que no deja de ser una enorme pérdida para todos.
Pero volvamos a las vísperas de aquella inauguración. Bien pensado, aquello fue un paso decisivo a la hora de conformar los cambios de usos y costumbres que se vinieron sucediendo en las últimas décadas. Desde luego, en este aspecto, podría decirse que Oviedo no sesteaba.
Antes de que se instalase “El Corte Inglés”, la primera marca comercial que ocupó los locales del edificio fue Mamut, firma francesa que, como el propio nombre indicaba, decía en su propaganda estar dispuesta a dar un fuerte “trompazo” a todos los precios.
Y, por otra parte, incluso para quienes no somos ni fuimos consumistas compulsivos, resultaba interesante, como fenómeno sociológico, transitar aquello, observar usos y costumbres, contemplar los decorados, tomar un café sin vistas a la calle, sino al espectáculo de las gentes que iban y venían, que van y vienen, de tienda en tienda.
Distintos ambientes, diferentes decorados, negocios que fueron abriendo y cerrando, todo un mundo comercial en el cogollo de Vetusta. Un alto en el camino de las compras más o menos compulsivas para tomarse un refresco, para descansar las piernas, para que las criaturas merendasen. Y -¿cómo no?- ojear libros, fijarse en las novedades.
A propósito de esto último, en su momento, me llamó mucho la atención que los libros fuesen una mercancía más, que pasaba por caja, sin el olor a papel inconfundible de las librerías de siempre, sin las colecciones de clásicos, sin personal con quien departir sobre lecturas recomendadas y hasta recomendables.
En efecto, se “descubrió” el Centro. En efecto, Salesas fue y sigue siendo la metáfora visible del apogeo de lo que Juan Cueto Alas llamó “la sociedad de consumo de masas”.
En efecto, las “Grandes Superficies” decidieron residir en el centro de las ciudades, ubicación de todo punto lógica para quienes se convirtieron también en el centro –incluso epicentro- de la vida ciudadana.
Y, como anécdota, una tarde, ya en los años 90, en una de las cafeterías ubicadas en la planta que da a la calle Nueve de Mayo, vi que alguien empezaba a leer “Grandes Esperanzas”, de Dickens. Era una señora que, tras depositar las bolsas de la compra en el suelo, abrió el libro en un suspiro.
Y suspiró.

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Broncas en los Plenos del Ayuntamiento de Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-04-2017 | 8:49| 0

Un momento del pleno de Oviedo hoy celebrado

Iba en el guion que en los Plenos en el Ayuntamiento de Oviedo se escenificasen abismales discrepancias, no sólo por la fragmentación política general a la que nuestra ciudad no es ni puede ser ajena, sino también por la forma en que el PP perdió el mando, máxime teniendo en cuenta que la FSA, a resultas de lo que había sucedido en Gijón, estaba dispuesta a permitir, con la abstención, que Caunedo siguiese siendo el alcalde. Pero, como se sabe, Taboada, apoyando a Wenceslao López, desbarató las previsiones del bipartidismo.

Si a esto añadimos que el número uno del PP vetustense tuvo que rendir cuentas ante la Justicia por el caso Aquagest, desde luego, la atmósfera política en nuestra ciudad no es ni puede ser apacible. Y, para mayor baldón, ahí están las cuentas pendientes de un pasado inmediato que llama a la puerta. Por ejemplo, Villa Magdalena. Por ejemplo, todo lo relacionado con el Calatrava. Podrían añadirse más cosas y más causas, que también hay.

Broncas en los plenos. O, para decirlo, con más precisión, ambiente bronco en los plenos. Aquí tenemos a un PP que no da la cara cuando se trata de abordar los asuntos que tienen que ver con las consecuencias, no sólo políticas, de su gestión. Por otro lado, contamos con un partido político, Ciudadanos, que nada tiene que ver con los asuntos de pasado, del que cabría esperar equidistancia. Habría que preguntarse si esto es así.

Y, en lo que respecta a la coalición que gobierna en Ayuntamiento de Oviedo, resulta muy llamativo que el actual regidor sea una especie de ‘verso suelto’ dentro del PSOE, lo que le permite actuar con una independencia de criterio que incomoda a una FSA, tan acostumbrada a que todo se canalice a través del manual de instrucciones del aparato del partido.

La FSA y Oviedo forman y conforman una contradicción política muy interesante y, sobre todo, atípica, pero no es éste el objetivo del presente artículo, sino la tensión y la falta total de entendimiento en las relaciones políticas de los grupos políticos con representación en el Ayuntamiento de Oviedo. Una falta de entendimiento, insisto, previsible e inevitable.

Habrá quien diga que hay que dejar atrás el pasado y afrontar proyectos para la ciudad desde el presente más inmediato. El inconveniente a esto es que a veces el pasado llama a la puerta haciendo de cobrador del frac, y esto lo salpica y enrarece casi todo.

Por otra parte, no estaría de más que el actual equipo de gobierno tuviera presente, también en los hechos, que no sólo se gobierna para los más próximos ideológicamente, sino también para el conjunto de la ciudadanía, y, sin renunciar a lo irrenunciable, sería todo un detalle que se escenificase un esfuerzo de diálogo y entendimiento que no tendría que significar rendición alguna.

Sería fantástico que la ironía tuviese mayor protagonismo. Sería muy de agradecer que los argumentos tuvieran mayor presencia que las descalificaciones. Sería muy de agradecer que se asumiesen con elegancia los errores.

Lo que está en juego es la vida pública de una ciudad que tiene que salir del fango en el que determinadas actuaciones la pusieron. Y que debe mirar hacia el futuro sin hipotecas, sin sonrojos.

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Recuerdos de Oviedo: La noche en la que se legalizó el PCE
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-04-2017 | 4:45| 0

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En aquella cocina de nuestra casa en Toreno 5 cuyos ventanales daban al Naranco, la voz de Alejo García, anunciando la legalización del PCE aquel Sábado Santo de 1977, nos pilló, como al resto del país, por sorpresa. Y, también como al resto del país, nos asaltaron las dudas y las preguntas. ¿Qué podía pasar? ¿Qué iba a pasar?
La tenacidad de Carrillo, queriendo que su partido saliese formalmente de la clandestinidad, daba sus frutos. El PCE, que había dado una muestra de madurez magistral, tras la matanza de los abogados laboralistas en la calle Atocha, volvía a la escena política como un partido más. Costaba creerlo no sólo por la propaganda que se había venido haciendo durante toda la dictadura contra el PCE, sino también porque se sospechaba que, en primera instancia, el partido que entonces lideraba Carrillo no sería legalizado.
Oviedo, Toreno 5. Había que seguir escuchando la radio, buscando emisoras que hablasen del asunto y que, sobre todo, informasen sobre las reacciones más inmediatas a aquel auténtico notición.
Supimos que en Madrid la militancia comunista lo había celebrado por todo lo alto, con euforia y sin furia. A decir verdad, no cabía albergar muchas dudas acerca de la serenidad con que el PCE afrontaría aquello. Los interrogantes se dirigían más bien hacia otro lado, a cómo reaccionarían los militares, los llamados poderes fácticos y aquello que se conocía como el Búnker.
La noche fue, en efecto, muy larga. Pero las respuestas a los interrogantes se harían esperar. Dimitiría el ministro de Marina Pita da Veiga. Días después, el Ministerio del Ejército emitiría una nota en la que, entre otras cosas, manifestaba: «La legalización del PC ha producido una repulsa general en todas las unidades del Ejército. No obstante, en consideración a intereses nacionales de orden superior, admite disciplinadamente el hecho consumado».
La radio, bendita radio. Gracias a ella, durante la dictadura, fue posible escuchar voces de libertad que se hacían oír en emisoras extranjeras, como “Radio París”. Y, en aquella noche de la Semana Santa del 77, era la radio oficial la que informaba sobre la legalización de un partido político que había sido el enemigo público número uno durante todo el franquismo.
Larga noche, digo. Y no tanto por las reacciones que se pudieron conocer, sino por las especulaciones inevitables acerca de lo que sucedería en las jornadas venideras tras aquella legalización que suponía un cambio drástico en el mapa político español.
¿Cómo no preguntarse si habría intentos golpistas? ¿Cómo no preguntarse por los resultados que podría obtener el PCE en unas elecciones democráticas? ¿Cómo no preguntarse por la reacción en las calles de la ultraderecha?
Con la radio puesta, estuve levantado toda la noche en la sala de casa, y no me acosté hasta minutos después de haber leído el periódico que dejaban cada día sobre el felpudo de la puerta.
Hablamos de un tiempo en el que la política era omnipresente, y, creíamos nosotros, los cambios inminentes nos afectarían enormemente.
Hablamos de un tiempo en el que, por mucho que se insistiese en la reconciliación nacional, la violencia en las calles no era inexistente, ni siquiera residual. Hablamos de un tiempo, como escribí muchas veces, de miedos y esperanzas, de esperanzas y miedos.
Y, volviendo a aquella noche, ¿cómo no preguntarse acerca del discurso y del proyecto de país de aquel PCE con dirigentes veteranos pero que, al mismo tiempo, al menos en el caso de su secretario general, decían abrazar el eurocomunismo y aceptar el juego democrático? Y es que aquel Santiago Carrillo de 1977 estaba, en teoría, más cerca de Berlinguer que del sistema soviético. Su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos, al menos, en el plano teórico, era muy llamativa.
Fue en abril, en el mes republicano, aquella legalización del PCE, de un PCE que, para sorpresa de muchos, aceptó la Monarquía. Y, visto en perspectiva, resulta muy curioso que el partido de Carrillo pudo presentarse a las elecciones de junio del 77, y, sin embargo, no pudieron hacerlo las formaciones políticas que no habían renunciado a la República.
Me preguntaba al final de aquella la noche sobre de la fuerza que podría tener el PCE en Oviedo y en Asturias. ¿Cuánta gente podría dejar de ocultar su militancia o, en todo caso, su simpatía por el partido político que había hecho más que ningún otro una verdadera oposición al franquismo?
Era lógico pensar que aquella legalización no tendría vuelta atrás. Sin embargo, estaba por ver cómo interiorizaría y exteriorizaría el conjunto de la sociedad la presencia de un PCE que no tendría que ocultarse, que saldría, salvo que se produjese un golpe de Estado, de sus catacumbas. Se hacía raro imaginarse con el “Mundo Obrero” por la calle. Se hacía raro imaginarse a Carrillo y a otros dirigentes comunistas con presencia habitual en los medios de comunicación.
¿Y quién se iba a imaginar entonces que el PCE obtendría unos resultados electorales tan exiguos, concretamente un 9,33% de los sufragios en las elecciones del 15 de junio de aquel mismo año? ¿Y quién iba a imaginarse entonces que el PCE como tal se hundiría 5 años después en las elecciones del 82?
Aquella noche del 9 de abril de 1977, en Oviedo no se oyeron sirenas policiales. Aun así, seguro que fue muy larga para muchos.
El Gobierno de Adolfo Suárez, tras haberse desentendido el Tribunal Supremo acerca de la legalidad de aquellos estatutos que presentaba el PCE, legalizaba al Partido político que había sido la auténtica bestia negra del franquismo.
En todo caso, tengo para mí que aquel Sábado Santo se vivió un espejismo político. Parecía que, con aquella medida tan audaz e inesperada, se producía la ruptura democrática que pedían los partidos de la oposición. De hecho, Fraga Iribarne llegó a afirmar que aquello era “un golpe de Estado que transformaba la reforma en ruptura”.
No recuerdo si llovió aquella noche en Oviedo, o si se levantaron ventoleras. Creo que no.

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Aquellas palmas en los miradores
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-04-2017 | 4:33| 0

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Domingos de ramos, palmas y laurel que se bendecían en las misas. A la salida, no tocaba, como de costumbre, comprar pasteles, sino acudir a casa de las madrinas a llevar las palmas, que, en muy poco tiempo, quedaban colgadas en el mirador de las casas, y a veces permanecían allí largo tiempo, como “aquellas sobras de nada”, de las que se habla en las primeras descripciones de “La Regenta”, cuando Vetusta dormía la siesta.

De hecho, me atrevería a decir que, en algunos casos, las palmas esperaban todo un año antes de ser sustituidas en la parte exterior de algunos miradores.

Palmas, digo, todo un ritual, a veces, con cierta decoración. Presente de los ahijados y ahijadas una semana antes del regalo que iba en el guion.

Aquello era una fiesta, aquello era una de las primeras manifestaciones de la alegría primaveral, en un tiempo y un país marcado por las procesiones radiadas y televisadas, sin cine el viernes santo, con la vigilia, con los oficios, con celebraciones continuas en la llamada Semana de Pasión.

Y, tras la fiesta de Ramos, el resto de la Semana Santa lo pasábamos a orillas del Narcea, en Lanio. La temporada de pesca ya estaba abierta, y, por estos lares, nuestro río era entonces cada atardecer un hervidero de truchas cebándose, un festín del salmón subiendo río arriba bajo sus aguas. Y, por estos lares, era una delicia degustar el pan dulce que se hacía en Pascua en cada  “forno” de cada casa.

Llegar a Oviedo el domingo de Resurrección, disfrutar del regalo como ahijado, y las vacaciones ya concluían.

Confieso que me producía tristeza ver que, andando el tiempo, muchas de aquellas palmas que seguían colgadas en los miradores presentaban un aspecto mugriento a resultas del hollín que las apoderaba. Era el paso de la fiesta a un después que, a veces, esperaba, como dije, casi todo un año.

El agua no rompía el ayuno. Las iglesias estaban abarrotadas, la Semana Santa tenía su parte de recogimiento, sin apenas diversiones en la ciudad, al menos, para los niños, pero, si no llovía, a orillas del Narcea vivíamos lo anticipos no sólo primaverales, sino también del ansiado verano que estaba a punto de llegar.

Me gustaría recordar cuál fue el último año que lleve una palma a mi madrina, porque, a decir verdad, las imágenes que acuden a mi mente son repetitivas, aunque, eso sí, alegres todas ellas.

Tras la Pascua, el colegio y las clases, con el verano muy próximo y con el hollín en las palmas que se veían desde la calle.

Lo dicho: “aquellas sobras de nada”, aquellas palmas del Domingo de Ramos.

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