El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
EL FUTURO DE LOS TERRENOS DE LA FÁBRICA DE LA VEGA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-07-2017 | 4:25| 0

Por fin, llegó a celebrarse la entrevista entre el Alcalde de Oviedo y la ministra de Defensa para abordar el futuro de los terrenos de la antigua fábrica de armas de la Vega. Y, como era de esperar, hubo poco más que la puesta en escena protocolaria de la que salió un acuerdo para que se cree una comisión integrada por personas del Ayuntamiento y del Ministerio que estudien el asunto. Todo está, sin sorpresas, en “veremos”.

No obstante, Wenceslao López llegó con los deberes hechos si por tal se entiende que le propuso a la ministra que en esos terrenos puede haber cabida también para “un centro tecnológico de investigación sobre la seguridad en áreas urbanas, un proyecto en el que podría estar comprometido o interesado el propio Ministerio de Defensa”, según leo en EL COMERCIO.

Está claro que, en principio, por parte del Ayuntamiento se trata de recuperar esos terrenos para la ciudad, terrenos que fueron para unos fines que hoy no tienen lugar, es decir, para una fábrica de armas del Estado. Es obvio que el Ministerio no estará dispuesto a devolver los susodichos terrenos a cambio de nada y que intentará, como mínimo, sacar contrapartidas, en el caso de que accediese a que el propietario volviese a ser el Consistorio ovetense.

Pero también parece claro que el Ministerio no tiene ningún proyecto para esos terrenos, más allá de que le resulten prácticos como moneda de cambio ante lo que el Ayuntamiento pudiera estar a dispuesto a conceder.

Una de las cuestiones que se plantean aquí es que no haya una mentalidad de Estado con amplitud de miras que considere que los Ayuntamientos forman parte de él, con independencia de que estén bajo la Administración Local. Estaría por asegurar que tanto doña Dolores como los altos cargos de su Ministerio desconocen las teorías de Hegel acerca del Estado, concretamente aquella que habla del “espíritu objetivo”. Pero no entremos en profundidades, no es el caso.

Y, por otra parte, el  Ayuntamiento tiene dos frentes abiertos. El primero de ellos sería un  proyecto concreto para esos terrenos y edificaciones, un proyecto concreto de integración entre la ciudad y este entorno, que sirviese a la primera para crecer y al segundo para mantenerse y tener viabilidad.

Con ese proyecto en concreto, la postura del Ayuntamiento cobraría, de un lado, más fuerza. Y, por otra parte, sentaría las bases de un futuro, todo lo imperfecto que se quiera, pero que Oviedo necesita. Un proyecto que debería contener no pequeña parte de la potencialidad que atesora nuestra capital.

Esperemos que, cuando se forme la comisión, las personas que el Consistorio designe acudan con los deberes bien aprendidos para que la ciudadanía carbayona pueda hacer suyo el proyecto. No sólo sería empezar con buen pie, sería empezar ganando.

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Recuerdos de Oviedo: Desde la calle Uría
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-07-2017 | 5:04| 0

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«El hombre sigue siendo el dios que se ha perdido a sí mismo». (Nietzsche).

Mañana calurosa en la calle Uría, con nubes viajeras sobre el cielo que, en lugar de servir de refresco, lo que hacen es anunciar tormenta. Y, de repente, en pleno sofoco, un recuerdo que tuvo lugar en la misma vía pública, a otra hora del día, en distinta estación. Fue un mes de septiembre casi al caer la tarde.Yo era un niño de 8 años.
Hubo un momento en el que detuvimos nuestra marcha, si la memoria no me falla, en el local que tuvo en su época Cortefiel en la calle Uría. El escaparate era muy amplio y estaba lo suficientemente alejado de la acera. Y detuvimos nuestra marcha porque se puso a llover de forma intensa, al tiempo que se levantó una ventolera fuerte que hacía muy difícil mantener erguidos los paraguas para que pudieran cumplir su función.
De repente, un recuerdo, ciertamente refrescante, para combatir con su ayuda el bochorno. Un recuerdo que me llevó a la infancia, al pantalón corto, a aquella época de la vida en la que siempre que salíamos a la calle lo hacíamos en compañía de nuestros mayores.
De repente, esta vez volviendo al presente, un encuentro con un viejo amigo, uno de esos encuentros en los que, a pesar del tiempo transcurrido, la conversación fluye como si nos hubiésemos visto el día anterior. Tanto fue así que, ante el bochorno imperante y la decidida voluntad de cambiar impresiones por parte de ambos, decidimos acomodarnos en una terraza para refrescarnos mientras dábamos cuenta de tantos y tantos recuerdos comunes.
El refresco, el café, los recuerdos. Mi amigo y yo convenimos en que, para nosotros, aquellos escaparates grandes y alejados de la acera que tanto proliferaban en la calle Uría eran un alto en el camino, constituían una forma de apartarse del gentío, y su principal interés no radicaba, ni mucho menos, en la ropa que allí se exhibía, sino en algunos maniquíes a los que no era difícil convertir en imaginativos juguetes, con nombre y, sobre todo, con papel en las historias que, instantáneamente, urdíamos.

Por otra parte, también hablamos de la historia de la propia calle, que representa, ante todo y sobre todo, la modernidad en Oviedo. No es casualidad que al final esté la estación de la Renfe. Tampoco lo es que, en su momento, fuese una zona residencial, con palacetes y chalets que marcaron la estética de una época.
¿Cómo no recordar la soberbia prosa de Clarín a la hora de describir los palacetes indianos que se iban construyendo? Soberbia prosa, en efecto, y, al mismo tiempo, injusticia poética hacia quienes, con sus luces y sus sombras, fueron los principales artífices de la modernidad en Asturias, esto es, hacia los indianos, mecenas construyendo escuelas, adelantados a su tiempo, llevando a cabo obras que dejaban atrás tiempos duros e incómodos en los espacios urbanos. Soberbia prosa, digo, en la que Clarín utiliza la torre de la Catedral como la atalaya de Vetusta donde el magistral contempla lo que considera que son sus dominios. Pero es Alas el que se sirve de don Fermín para descalificar una estética, la de los palacetes indianos, que tiene, sin duda, su mérito y que dejó su impronta en nuestra tierra, una estética con la que Clarín no fue justo.
No tardamos en regresar a nuestros recuerdos. Por un lado, y, al fondo, la estación de la Renfe. Por otra parte, las paradas de autobús en las que había una especie de estaciones nunca así declaradas. Pensemos, por ejemplo, en el local donde estuvo Chavalín. Las gentes que se detenían en su escaparate no eran siempre potenciales clientes de aquella tienda, sino viajeros esperando al autobús, que se refugiaban, a veces de la lluvia, a veces del barullo. O que, en no pocos casos, hacían su alto en el camino con las bolsas de la compra.
Una calle que era -y continúa siendo- paso obligado para viajar en tren o en autobús, pero que también invita –¡y cuánto!– a viajar en el tiempo.
Calle Uría, la modernidad; calle Uría, el Comercio; calle Uría, el viaje. Calle Uría, el tiempo en marcha precisamente en la ciudad que sestea literariamente, y no sólo en ‘La Regenta’.
Calle Uría, que, con el tiempo, se fue acrecentando no sólo en el espacio que ocupa, sino también en lo que respecta a su actividad comercial.
Después del refrigerio y de la amena conversación, reanudé la marcha. Y, de repente, me detuve ante el lugar que sirve de recordatorio y homenaje al legendario Carbayón. En algún emplazamiento tuvo que comenzar la modernidad, acaso se erigió a partir del rincón que es la referencia del Oviedo más clásico y tradicional. Comienzo que además arranca al machadiano modo, esto es, en una calle que es sobre todo camino, tránsito, actividad, en una calle en la que apenas puede hablarse de parálisis.

Desde la calle Uría. De repente, un recuerdo, escaparates como refugios, como estaciones no sólo de tren y autobús, sino también de peatones que, por diversas razones, decidían y siguen decidiendo detener su marcha en medio de un bullicio que, salvo festividades, no cesa, nunca cesa.

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Alberto Mortera
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-07-2017 | 3:48| 0

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“El camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio”. (Nietzsche).

En el reportaje que firma Gonzalo Díaz-Rubín el día 4 de julio en EL COMERCIO acerca del expediente sobre Villa Magdalena, no tienen desperdicio las perlas que suelta don Alberto Mortera, que hasta hace muy poco fue el hombre de confianza de Gabino de Lorenzo en la Delegación del Gobierno. Estamos hablando de un concejal del PSOE en el Ayuntamiento de Oviedo que, tras ser suspendido de militancia por su partido, no sólo continuó como edil, sino que además el entonces Alcalde vestustense puso a su disposición un despacho para que la ciudadanía de Oviedo pudiese salir beneficiada de su gestión. Y, tras aquella legislatura, figuró en las candidaturas que encabezó Gabino hasta 2011. Ante todo, la vocación de servicio público.

Por eso, no deja de ser llamativo que, tras ser cesado  en el Delegación del Gobierno, recobre la memoria y apunte cosas que son, como mínimo, muy delicadas. Habla don Alberto, en el citado reportaje, de las obras del nuevo Carlos Tartiere, presupuestadas en principio en 24 millones de euros, y que al final fueron 48 millones, o sea, el doble del primer cálculo, así como del aparcamiento de Vallobín.

Desde luego, todos somos dueños de nuestros silencios. Sin embargo, cuesta entender no sólo que haya tardado tanto don Alberto en plantear estas cosas, sino que además lo haga meses después de haber perdido la confianza de su valedor, esto es, de haber sido cesado.

No seré yo quien niegue ni ponga en tela de juicio la veracidad de estas acusaciones, y, desde luego, sería muy saludable que se investigase a fondo y se descubriese la verdad.

Ahora bien, lo que queda en entredicho no es sólo la gestión que se hizo en aquellas obras a las que hace mención el ex edil de dos partidos políticos, sino también la catadura moral del personaje que aquí nos trae.

No estamos hablando de un político que lleva años fuera de la actividad pública y que en su momento decide denunciar asuntos que resultaron muy lesivos para los dineros públicos, sino de alguien que, según parece, recupera su memoria tras ser defenestrado políticamente por su último valedor.

Y es que no sólo estamos ante un episodio más de despilfarros imperdonables que alguien decide denunciar, sino que nos encontramos también con un personaje que representa, diría que en estado puro, lo que es la vieja política, esto es, una currículum sin otra actividad conocida que no sea la política, esto es, el político profesional que, según parece, administra sus silencios en función del cargo que ocupe o que haya dejado de ocupar.

En definitiva, todo un profesional de la política, con un amplio recorrido, que pasó, entre otras cosas, por cambios de militancia.

¿Algún día se respirará un aire saludable en la vida pública de Vetusta?

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Recuerdos de Oviedo: Desde la terraza de la Corte de Pelayo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 02-07-2017 | 4:01| 0

“La mayoría de la gente cree que piensa, pero en realidad sólo están reorganizando sus prejuicios”. (William James).

No empiezo hablando de historia, sino de geografía, más concretamente de la terraza de uno de los restaurantes y cafeterías más céntricos de Oviedo que, curiosamente, da la impresión de que estuvieron entre nosotros toda la vida, cuando, en realidad, se trata de un negocio que no hace muchos años que se abrió.
Desde la terraza de uno de los establecimientos hoteleros más céntricos de Oviedo,digo, frente al Parlamento autonómico, en plena calle Fruela, que, además, hace esquina con la calle san Francisco y que está a un paso de la Plaza de la Escandalera. Puro cogollo de Oviedo, por historia y por geografía.
Se trata de una de las terrazas vetustenses donde más y mejor se puede disfrutar el transcurrir de la vida ciudadana, donde más divertido puede resultar intercambiar algunas palabras fugaces con algunos de nuestros políticos llariegos, que van y vienen entre sesión y sesión, donde mejor se puede emplazar uno para ver en primera línea muchas de las manifestaciones que se convocan frente al edificio de la Junta.
Es, sin duda, uno de los enclaves más privilegiados para ver de cerca nuestra vida pública, o, si se prefiere, para observar idas y venidas de quienes suben y bajan las escaleras de la Junta, para conocer muy de cerca la distintas reivindicaciones de diversos colectivos que alzan allí su voz esperando encontrar eco en los medios de comunicación.
En ocasiones, abstrayéndome de cuanto sucedía en aquel allí y en aquel ahora, hice mis recorridos por la historia de los lugares más cercanos a esta terraza hostelera: desde el edificio de la Junta, antigua diputación, hasta la muy cercana calle San Francisco, pasando por la propia calle Fruela, por la Escandalera y por el Paseo de los Álamos. Todo tan próximo en lo geográfico, casi todo ello tan lejano en lo histórico, pero que, sin embargo, resulta susceptible de ser acercado al momento presente.
¡Cuántas paradojas! En el cogollo mismo de la ciudad que sestea, la plaza de la Escandalera. Muy cerca de esa plaza, en el mismo paseo de los Álamos, en un histórico recorrido que dan juntos Azorín, Pérez de Ayala y Melquiades Álvarez, el escritor alicantino le pregunta al tribuno asturiano qué pasa en la ciudad, a lo que el líder reformista contesta que lo que sucede es nada, o que nada sucede. Y, sin embargo, a poco que se levante la vista desde el Paseo de los Álamos, se verá la estación de la Renfe, pura modernidad cuando se construyó. Y, sin embargo, muy cerca de este cogollo de la ciudad que literariamente siguió sesteando después de Clarín, está el llamado Edificio Histórico de nuestra Universidad, que, en su edad dorada, fue vanguardia en la Universidad española.
Y, paradojas aparte, cuando desde un rincón tan céntrico están al alcance de la mano calles y edificios que tanto atesoran, acaso sea un error fijar la atención sólo en ese presente continuo que, sin duda, sirve de entretenimiento y diversión, siempre que se tome la distancia necesaria para no incurrir en cabreos importantes.
De todos modos, la parada en la terraza de la Corte ha de combinar ambas cosas. Y la perfección se alcanza cuando se producen encuentros con personas que, o bien son una bendición como contertulios, o bien forman parte de esta valleinclanesca corte de los milagros que nos toca vivir y padecer tanto en Asturias como en el resto del país. Y la visión de estos últimos, si no se alarga en el tiempo y si además se asume como un espectáculo con su no sé qué de sainetesco, también tiene su miga.
Y, si uno toma asiento mirando a la calle Uría, y recuerda el emplazamiento de El Carbayón, no es difícil percatarse de las talas y la demoliciones que vinieron teniendo lugar en esta ciudad, muchas veces sin tino, casi siempre sin criterio, casi nunca con sensibilidad.
Pero volvamos al tiempo presente. Pongamos que se trata de un viernes y que hay Pleno en la Junta. Pongamos también que no tenemos prisa para irnos y que esperamos hasta el momento en el que sus señorías abandonan el Parlamentín. No hace falta verlos a todos abandonar el Parlamentín, es suficiente con presenciar la salida de algunas celebridades, que salen comentando las jugadas con los más próximos. Y, más allá de la discusión política de turno, uno se pregunta qué idea de Asturias tienen, qué proyecto atesoran para nuestra tierra, qué futuro más o menos imperfecto imaginan, qué batalla dialéctica acaban de librar, qué pensaron y sintieron horas antes cuando les llegaron las voces y los ecos de los manifestantes de turno.
A veces, abandonan el edificio hablando desde el móvil, a veces, salen de allí sin demasiada prisa, a veces, uno se pregunta si son conscientes de la cercanía de lo que bulle en ese asfalto que se encuentra a muy pocos metros, a veces, uno se pregunta si se plantean a quiénes representan y qué papel piensan que están desempeñando.
Termino el café y me pregunto si en el edificio de la Junta algún día se instalará una placa en la que figuren los nombres de las personas que en ese mismo lugar fueron sometidos a Consejos de Guerra donde se decidió su muerte. Entre esas personas, está el rector Alas.
Ya ven, hay tragedia, hay drama y hay comedia bufa.
¿Pero lo saben sus señorías? ¿Pero lo quieren saber?

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Siempre el Naranco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-07-2017 | 11:48| 0

Presentación de la jira al Naranco. :: MARIO ROJAS

Confieso que desconocía que en 1929 se celebró la primera jira al Naranco y que esa tradición quedó interrumpida, como tantas otras cosas, durante la guerra civil. Y, según leo en EL COMERCIO el Equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Oviedo decidió recuperarla. De hecho, tendrá lugar este domingo. Habrá quien lo haga en bicicleta y habría quien lo haga a pie. Y, al final de la jornada, romería.

Lo positivo del caso no es sólo que se recupere una tradición en la que la población ovetense rendirá homenaje el Naranco disfrutándolo, sino que además se trata de un enclave que es fundamental en  nuestra geografía y en nuestra historia.

Ahí está ese patrimonio de la Humanidad que es el Prerrománico, ahí está también la mejor atalaya para contemplar Oviedo, ahí está uno de los pulmones fundamentales de la ciudad. O sea, la historia, el arte y también las vivencias de siempre relacionadas con el Naranco.

Confieso que siempre que releo lo que Valentín Andrés Álvarez dejó escrito sobre Oviedo y el Naranco no sólo me emociona la belleza de las palabras del literato moscón, sino que además me percato de la importancia tan enorme que tiene este enclave en la ciudad.

Escuchemos a don Valentín: “¡Torre de la Catedral de Oviedo, mástil de la ciudad anclada a la orilla del Naranco! En ella, el espíritu de la ciudad encarnó en las entrañas de la sierra; en los nudos de sus filigranas de piedra está prendido lo inmortal con lo perecedero, lo eterno y lo vivo, la montaña y la ciudad. Es un trozo del Naranco, hecho ciudad para sentir la caricia de la vida, es un trozo de ciudad esculpido en pedazos del Naranco para calmar su ansia de inmortalidad».

Y añade el personaje que, según confesión propia, pasó de los cuentos a las cuentas: “Avilés, Oviedo y Gijón forman el triángulo central en que se plasma el espíritu de la región: son las tres potencias del alma de Asturias: Avilés, la memoria; Oviedo, el entendimiento, y Gijón, la voluntad”.

Y es que en un momento como éste en el que la historia de la ciudad está sometida a revisión, de la que saldrán nuevos datos muy significativos, que la fiesta de la que venimos hablando se recupere contribuirá, sin duda, a que los vínculos de la población ovetense con el Naranco se estrechen más, escenificando toda una peregrinación por la historia y la geografía de esta atalaya que tanta historia en intrahistoria tiene y contiene.

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