El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Viga Azul: Sin partitura
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-11-2017 | 3:56| 0

La primera parte del encuentro de ayer ejemplificó con amarga precisión lo que puede ser la soledad de un entrenador. Anquela iba y venía desesperado por el reducido espacio del que disponía el míster fuera del banquillo. El equipo no interpretaba la partitura que debía, desafinaban casi todos, acaso con la excepción de Diegui que, al menos, ponía empuje y coraje. Frente a ello, el Lugo estaba en su sitio, haciendo su fútbol, dominando el centro del campo. Tanto fue así que a punto estuvo de marcar un segundo gol que, probablemente, hubiera sentenciado el choque.

Pero, para sorpresa de casi todo, al final, se salió bien del envite. Tras el descanso, aun sin haber hecho ningún cambio, el Oviedo parecía otro once, que creía en sí mismo, que luchaba y que no jugaba entregado, sino todo lo contrario. Todos fueron de menos a más, especialmente Mariga, Forlín, Aarón y Saúl. Todos se conjuraron para demostrar que, a pesar de haber hecho una primera parte muy desafortunada, no estaban por la labor de tirar la toalla.

Se elaboraron buenas jugadas, se vio entendimiento y complicidad entre los jugadores en varios lances de la segunda parte, y, sobre todo, se luchó de principio a fin en los últimos 45 minutos.

Tengo para mí que en el encuentro frente al Lugo se ganó una batalla muy importante, la psicológica, que no la táctica. Y de eso se trataba, a juzgar por lo que venía manifestando el entrenador tras las últimas derrotas que se vinieron cosechando, que minaron mucho la moral del oviedismo.

Insisto en lo que escribí al principio de este artículo: durante el primer tiempo, se vio sobre el campo la soledad de un entrenador que sufría continuamente al ver que sus consignas no se ponían de manifiesto sobre el campo, al ver que los hechos desmentían por completo la teoría. Manotazos, aspavientos, nervios desatados, angustia, impotencia. Todo un espectáculo que contagiaba. Porque no hay que perder de vista que, de haberse entregado el equipo en la segunda parte, el mazazo moral de una nueva derrota hubiera sido inquietante, por no decir alarmante.

A estas alturas del campeonato, cuando aún está todo por decidir, haber ganado la batalla psicológica, nada menos que frente al líder, tiene, según quiero creer, una importancia enorme.

Al final, los pocos baños de sol que hubo sobre las áreas en una mañana lluviosa, estuvieron a tono con la esperanza que la mencionada victoria puede suponer. Sólo falta que esos claros se mantengan, al igual que la seguridad defensiva que sigue siendo una asignatura pendiente.

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Recuerdos de Oviedo: Desde el Sanatorio Blanco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-11-2017 | 5:53| 0

«El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece que lo que quedó atrás tiene más realidad para reducir el presente a un interesante precipicio: Envejecer». (Silvina Ocampo).

Hubo un tiempo, en los primeros años de la década de los setenta, en los que frecuenté con asiduidad la cafetería América. Desde aquel establecimiento, más allá del movimiento que podía tener entonces el sanatorio Blanco, lo que en verdad llamaba la atención era el edificio propiamente dicho, con una innegable voluntad de estilo que además daba cuenta de la estética de otro tiempo, no necesariamente muy lejano, pero claramente distinto.

Algún día habrá que hablar muy a fondo de la estética que imperaba en los años setenta por estos lares, estética, en términos generales, que destacaba por lo chillón, tanto en las decoraciones de las casas como en la ropa que estaba de moda. Y, como digo, el aspecto del sanatorio Blanco era todo un contrapunto a lo que se estaba construyendo.

Es llamativo que el sanatorio Blanco se haya construido en 1949, es decir, al final de la década más dura y difícil de la posguerra, cuando la miseria estaba muy lejos de desaparecer. En todo caso, se puede considerar que tanto la ubicación como la estética resultaron acertados.

Por lo que leí en EL COMERCIO, fue en 2009 cuando el Ayuntamiento de Oviedo decidió, mediante una modificación del PGOU, recalificar el uso residencial al que estaba destinado el solar. Y, siguiendo la misma información, una constructora inmobiliaria se hará cargo de poner en pie un edificio que constará de 28 viviendas.

Así pues, la fisonomía de la zona se modificará sustancialmente y dentro de muy poco tiempo el edificio del sanatorio Blanco será historia.

Por otra parte, al haber tenido el sanatorio Blanco varios usos desde el punto de vista sanitario, los recuerdos de muchas gentes de Oviedo se centrarán en épocas muy determinadas de este edificio sanitario.

Un edificio que da cuenta de un tiempo en el que el movimiento de tráfico era infinitamente inferior al que vino teniendo en los últimos años. Un edificio que, por un lado, estaba ya a las afuera de Oviedo, donde la ciudad terminaba, pero que, al mismo tiempo, se encontraba cerca del meollo de la capital. Ambas cuestiones que parecen contradictorias son muy propias de Oviedo.

Sanatorio Blanco. Un recuerdo tan triste como imborrable: el haber visitado en compañía de mi padre a un gran amigo suyo que ya se encontraba en la fase terminal de una enfermedad que tantas muertes sigue provocando en los tiempos actuales. Nunca podré olvidar aquella voz ya agonizante, que se despedía de la vida, pero que, al mismo tiempo, daba cuenta de una gran lucidez, lo que seguramente acrecentaba el sufrimiento.

Y, a decir verdad, la única imagen que tengo nítida de aquello es la del enfermo que se incorporaba en la cama para hablar con nosotros. No logró rescatar el aspecto de los pasillos, ni tampoco la habitación en la que se encontraba aquel señor tan entrañable que, precisamente, había sido el médico de la familia durante tantos años.

Aquello tuvo lugar a principios de los setenta, en esa fase de la vida en la que el arriba firmante abandonaba la niñez y se incorporaba a la adolescencia. Siempre tendré presente aquella visita que me llenó de tristeza y que me hizo ver los estragos que hace en personas saludables y fuertes esa odiosa enfermedad que está en la mente de todos.

Cuando finalizaba la década de los setenta, visité el sanatorio Blanco por segunda y última vez. Allí operaron a mi padre de cataratas.

Y es curioso lo caprichosa que es la memoria, porque, a decir verdad, los recuerdos más nítidos que tengo, aparte de las conversaciones con mi padre y con los médicos, es el momento en que todo aquello se terminó y le dieron el alta a mi padre. Un momento que se escenificó al final en una especie de jardín en el que esperábamos un taxi que nos llevase a casa.

Dos recuerdos a lo largo de una década, en su entrada y salida. Dos recuerdos, puertas adentro.

Sé que es muy subjetivo lo que voy a decir a continuación, pero me atrevería a afirmar que lo verdaderamente notable del sanatorio Blanco es la fachada y la ubicación, y es eso lo que puede explicar que el interior no me haya quedado en la memoria.

Sanatorio Blanco, que, en gran parte, miraba hacia Castilla, hacia una tierra con menos humedad a la que tanto se acudía desde Asturias no sólo con fines turísticos, sino también terapéuticos, que no estaban en modo alguno peleados.

Sanatorio Blanco. Un enclave sanitario que terminó por convertirse en residencia para la tercera edad. Testigo también de las muchas transformaciones que se produjeron en nuestra ciudad desde 1949.

Sanatorio Blanco, memoria de toda Asturias y, particularmente, de Oviedo.

Cuando lo veía desde la cafetería América, cuando pasaba por delante del edificio, recordaba casi siempre, con cariño y ternura, a aquel amigo de mi padre que había visto allí por última vez y que se despidió de nosotros para siempre.

Y la vida seguía y siguió, entre recuerdos y realidades presentes.

Cuando, por fin, sea demolido, permanecerá no sólo el recuerdo, sino también la ausencia de algo que formó parte del día a día de Oviedo durante tantas décadas.

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Flores otoñales
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Luis Arias Argüelles-Meres | 03-11-2017 | 9:28| 0

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“¡Qué melancólicos o radiantes son los días que se equivocan de estación!” (Silvina Ocampo).

Puente de Todos los Santos, días de difuntos, liturgias en los camposantos. En el paisaje asturiano, destaca sobre todo el ocre, que tanto lo embellece. En el Campo de San Francisco de Oviedo, la hojarasca nos sale al paso, y, al pisarla si vamos despistados, responde con su melancólica sinfonía de ayes. No suele faltar el regentiano viento sur que da calidez a estos días en los que el otoño se viste de gala, en los que rendimos culto a nuestros antepasados, en los que se recuerda, entre otras muchas cosas, que, en fechas como éstas, se representaba el Tenorio, que tanto y a tantos desafiaba.

Flores otoñales. Hay rosas que, cambiadas de estación, alcanzan su esplendor. Y, sobre todo, en los homenajes que rendimos a los nuestros, son todo un espectáculo esas procesiones camino de los cementerios en las que casi todo el mundo lleva el ramo de flores como estandarte, como una especie de tributo al hecho de estar todos vivos, nosotros, y también aquellos que ya se han ido, pero que no se morirán del todo mientras los recordemos.

Flores otoñales. Cuando el ritmo de la ciudad decrece sin autobuses escolares, sin la rutina de cada día, estas fiestas con las que entra noviembre tienen prohibida la estridencia, aparcan las prisas, decrecen las tensiones. Se diría que el silencio que reina en los cementerios se expande más allá de sus muros. Se diría que los ruidos se ven obligados, si no a retirarse del todo, sí al menos a dejarse notar mucho menos de lo acostumbrado.

Toca, entre otras muchas cosas, escuchar el silencio. Toca hacer del paseo por la ciudad un tránsito sin ruido y sin furia. Toca incluso dejar la lectura de noticias para algún momento del día muy marginal.

Resulta de todo punto recomendable disfrutar recorriendo el Campo de San Francisco, ora elevando la vista hacia los árboles más gigantescos, ora fijándose en la hojarasca que, en ciertos momentos es dispersada por el viento, que, en determinados rincones tiende a amontonarse. Tampoco hay que perderse el espectáculo tranquilizador que supone contemplar esas hojas que se caen, tan silenciosas como los copos de nieve, tan ligeras y frágiles como los detalles aparentemente más nimios.

Flores otoñales, que adornan nuestras seronda, que la visten y calzan, que, de algún modo, es el homenaje que el otoño rinde a la primavera, invitándola a su tiempo, a su turno estacional.

Hojas que, a veces, a poco que el viento las empuje, se separan del árbol al que engalanaron, y que, según se mire, pueden ser el homenaje que hace la arboleda a estos días de noviembre. Nosotros llevamos flores. Los árboles dispersan y expanden sus hojas cubriendo caminos y mudando el color de la vegetación, donde la hay, cuando la hay.

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Nebot
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-10-2017 | 9:48| 0

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Son contadísimas las personas que se ganan el respeto de los demás sin necesidad de proponérselo; lo logran sólo con darse a conocer, sin necesidad de alardes ni fingimientos, sin necesidad de sobreactuación alguna, sin necesidad de poderío de ningún tipo. Y estoy por asegurar que Nebot era uno de esos pocos ciudadanos que se podrían poner como ejemplo de esto que acabo de afirmar.

Nunca olvidaré una tarde-noche en la que acudí a una especie de tertulia que formaban una serie de personas que abordaban temas de actualidad relacionados con Asturias. Aquello fue a finales de los noventa. Allí estaba Nebot.

Me llamó poderosamente la atención su tono, sin estridencia, su escrupuloso respeto a la hora de respetar los turnos de palabra, la atención que ponía escuchando a cada interlocutor. Me di cuenta de que tenía la suerte de estar ante alguien que se hacía querer y respetar por su categoría humana. Nada menos que por eso.

Por otra parte, estamos hablando de una persona que, a resultas de sus quehaceres, estuvo presente en momentos decisivos de muchos ciudadanos de Asturias. Le tocó ser el artífice de imágenes que plasmaron momentos inolvidables de muchos de nosotros, momentos familiares, momentos muy significativos de nuestras vidas. Profesionalmente hablando, Nebot se ganó el mismo respeto del que venimos hablando.

En un mundo como éste, donde es poco menos que imposible encontrar una trayectoria pública marcada por la coherencia, sin renuncias ni renuncios, sin bandazos, a veces interesados, a veces, desconcertantes, la figura de Nebot cobra unas dimensiones admirables por su integridad y por la lealtad más importante de todas, que, sin duda alguna, empieza por uno mismo.

En unos tiempos en los que los egos en muchos casos alcanzan unas pretensiones que están muy por encima de las capacidades del individuo en cuestión, Nebot es, debería ser, todo un ejemplo a seguir. No creo en la humildad mal entendida, pero sí en la grandiosa sencillez de quien sabe que no tiene nada que demostrar, porque se tiene a sí mismo ante todo y sobre todo.

Su fallecimiento supone una pérdida enorme, por atesorar estas cualidades en lo privado y en lo público, a las que me vengo refiriendo.

Profesional de prestigio y, ante todo y sobre todo, ciudadano ejemplar, que luchó por un mundo mejor y más justo, que se esforzó por hacer la vida de todos mejor.

Todo un referente de dignidad representará para siempre Nebot, a quien, al recordar momentos de nosotros mismos, lo recordaremos siempre con respeto y gratitud.

Nunca podremos olvidarlo.

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Viga Azul: Nerviosismo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-10-2017 | 11:36| 0

Juan Carlos nos dio un tremendo susto en el primer tiempo que parecía plasmar el desquiciamiento del equipo tras la mala racha de cinco partidos sin ganar. A ello hay que añadir que el conjunto carbayón no parecía capaz de crear peligro a un Córdoba que, al margen de su complicada situación en la tabla, estaba bien situado en el campo y conseguía no dejar resquicios al Oviedo para elaborar jugadas de ataque que pudieran desequilibrar el marcador.

Una primera parte anodina de un Oviedo sin firmeza, sin convicción y agarrotado. Lo único positivo de los primeros 45 minutos fue que el Córdoba, aun reconociéndolo el mérito de saber frenarnos bien, no parecía un equipo eficaz ofensivamente hablando, algo que se confirmó en el segundo periodo.

Lo más positivo del Oviedo en el partido de ayer fue, a mi juicio, la presencia de Mariga. Suyos fueron el control y el pase que habilitaron a Diegui para marcar su gol, el primero que logra, si la memoria no me falla, como jugador azul. Un gol en el descuento que no sólo sentenció el partido, sino que además terminó con el maleficio de no ser capaces de mantener un resultado favorable cuando nos ponemos por delante en el marcador.

Una mañana que empezó fría, como el partido, pero que, al fin, sirvió para el ansiado reencuentro con la victoria. No obstante, hay muchas cosas que no podemos pasar por alto. Aparte de lo apuntado con respecto a Juan Carlos, que se complicó la vida hasta el extremo de que aquello pudo costarnos un serio disgusto, también hay que decir que Cotugno no tuvo el domingo su día a la hora de defender con garantías su zona. Que Aarón no fue el jugador decisivo de otros partidos. Y, sobre todo, que nos sigue faltando ese director de orquesta que habilite el juego ofensivo desde el centro del campo.

Cierto es que, como dije, fue esperanzadora la aportación de Mariga: tiene clase y visión del juego, pero, a la hora de crear, o bien estuvo muy solo, o bien falta tiempo para que haya un entendimiento entre los jugadores, entendimiento que, esperemos, no tarde demasiado en llegar. Pero hay que ser positivos: el Oviedo que se enfrentó al Córdoba era un equipo en crisis y, aun así, salió airoso del envite. La crisis se vence con la confianza que dan las victorias y las rachas positivas, justo lo que toca a partir de ahora, lo que está por venir con la recuperación de jugadores hasta el momento lesionados que, como hicieron Mariga y Diegui el domingo, están llamados a hacer importantes aportaciones al conjunto carbayón.

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