El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Recuerdos de Oviedo: El Palomar del Campo de San Francisco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-09-2017 | 2:43| 0

Todos llevamos en nosotros mismos un guía mejor de lo que pueda serlo otra persona”. (Jane Austen).

A muy pocos metros del Palomar del Campo de San Francisco y de la fuente de las palomas,  lo vimos, estaba allí de pie con su uniforme montaraz, con su pana. Era un “vallaurón”. Y tal lance coincidió con todo un acontecimiento, pues fue la primera vez que caminé por Oviedo sin ir de la mano de una persona mayor. De modo y manera que el mundo seguía siendo protector para un niño que hasta aquel momento se había conducido con el acompañamiento familiar. No sólo transitaba un lugar conocido, sino que además allí había tutela y seguridad, tutela y seguridad que tenían como cobijo aquel palomar. Hablamos de una etapa de la andadura vital en la que los avances en la edad significaban alegría y reconocimiento.
En efecto, ya no me llevaban de la mano. Y, a decir verdad, la presencia de aquel guardia significaba la garantía de que el mundo seguía siendo seguro, pues estaba allí para que todo transcurriese en orden, ésa era su misión.
Vallaurones, garantes de la seguridad en el Campo de San Francisco. Y, por otra parte, su uniforme montaraz, su pana, simbolizaba una singularidad importante: y es que, a pesar de que ejercían sus funciones en pleno centro de la ciudad, el territorio del Campo de San Francisco tenía sus rasgos distintivos, como una especie de reserva, no sólo por sus jardines y árboles, sino también por los animales que había allí, sobre todo, Petra.
Andando el tiempo, recuerdo haber leído en algún sitio que el uniforme de los llamados vallaurones se basaba en el atuendo de la policía montada del Canadá. Sin embargo, nosotros encontrábamos mucho parecido con la imagen del vigilante de Jellystone, por donde moraba el oso Yogui.. Ya se sabe: el sentimiento lúdico de la vida en la infancia.
La historia que estoy evocando sucedió a primeros de los sesenta. Digo esto porque no sé con exactitud hasta qué año estuvieron los vallaurones al cuidado del orden en el Campo de San Francisco, pero sí recuerdo perfectamente que por allí andaban en los primeros años sesenta.
Y, por otra parte, el hecho de que aquel vallaurón estuviese al pie del palomar también tuvo su importancia, pues solíamos preguntarnos por lo que podía haber en su interior, algo necesariamente misterioso y mágico.
El palomar y el estanque de las palomas. Hablamos de un tiempo en el que las palomas no tenían tan mala prensa como ahora y no estaba mal visto darles algún trozo de barquillo. Aquella era su casa y su piscina, todo un lujo.
Pero, al mismo tiempo, el conjunto formado por el palomar y el estanque eran para muchos de nosotros puntos de encuentro. Años más tarde, intercambiábamos cromos en los bancos que había alrededor, normalmente a la salida del colegio por las tardes.
El Palomar en el Campo de San Francisco, con el estanque de las palomas a sus pies. Desde luego, no pensábamos en que simbolizasen la paz, ni tampoco en su faceta de mensajeras. Aquel era su lugar en el mundo que, además, no les importaba compartir con nosotros.
Y, volviendo al momento que rescato de la memoria para este relato, al revivir aquello, no consigo ponerle rostro a aquel guarda del Campo de San Francisco, lo que recuerdo es su enorme estatura, o así nos pareció, así como la tranquilidad que transmitía aquel hombre, era la imagen viva del sosiego, de la tarde sosegada.
Cierto es que el Campo de San Francisco era un espacio para todos los públicos, también en lo que a la edad se refiere. Sin embargo, podría asegurar que, sin que la presencia de personas mayores en aquellos años de infancia, nos supusiera el más mínimo incomodo, en nuestro sentir estaba muy claro que aquello estaba concebido y pensado para nosotros, para los niños.
Se diría que las personas mayores eran meros transeúntes, mientras que nosotros estábamos allí para jugar, para intercambiar cromos, para disfrutar dándole chucherías a Petra, para contarnos historias y aventuras.
Respetábamos escrupulosamente las zonas verdes, en las que sabíamos que no debíamos adentrarnos. El resto de los espacios eran el decorado de una suerte de parque temático. El conjunto era el lugar de juego y de recreo que nos pertenecían.
Allí, donde a todos nos habían llevado de la mano la primera vez que lo transitamos, nos sentíamos también como si estuviéramos en una prolongación de nuestra casa.
Y, por otra parte, cuando veíamos en la televisión los episodios que protagonizaba el oso Yogui, aquello no dejaba de ser un escenario muy familiar para nosotros, pues parecía estar basado en lo que representaba el Campo de San Francisco, pero, eso sí, transformado por la televisión.
Alguna vez nos imaginamos al Oso Yogui en compañía de Petra, y estábamos seguros de que hubiesen hecho muy buenas migas. Petra era real, no estaba humanizada por la televisión como el oso Yogui, pero nosotros también la humanizábamos a nuestro modo y manera.
¿Quién imitaba a quién? ¿Petra al oso Yogui o el oso Yogui a Petra? ¿Quién imitaba a quién? ¿Los vallaurones al guardabosques de Jellystone, o era éste el que imitaba a nuestros guardias montaraces?
Y el Palomar del Campo de San Francisco era, en los años de infancia, la cabaña del bosque de nuestros juegos.

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“Gabinismo” y posverdad
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-09-2017 | 8:46| 0

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Ahora que Gabino ya no nos deleita cantando zarzuela, el entretenimiento en estas vísperas mateínas que comienzan a vivirse en el arranque mismo del mes de septiembre, está garantizado. Y no hablo sólo de lo lúdico y lo festivo, sino también de las polémicas incesantes, salpimentadas para que nada falte, con escandaleras de presunta corrupción, que esta vez tienen como protagonista principal al que fuera jefe de prensa de Gabino de Lorenzo y de Agustín Iglesias Caunedo, es decir, a Rodolfo Sánchez.

No sólo se discute sobre los chiringuitos, no sólo se polemiza acerca de la conveniencia o no de que se celebren conciertos en la plaza de la Catedral, no sólo se pone el grito en el cielo por el hecho de que no actúe Arturo Fernández durante las fechas mateínas, sino que además se tiene noticia de que la Fiscalía solicita cinco años de condena para Rodolfo Sánchez a resultas de unas presuntas irregularidades en las contrataciones de dos periodistas externos para el departamento de prensa del Consistorio. Desde luego, no se puede poner en duda que la sombra del ‘gabinismo’ es alargada y que las escandaleras vinculadas a su época no cesan.

Rodolfo Sánchez está en la historia y en la intrahistoria de la vida política carbayona de los últimos años. Y no deja de ser llamativo que algo relacionado con la comunicación institucional se haya gestionado de la forma que se hizo, hasta el extremo de traer como consecuencia procesos judiciales. ¡Qué cosas pasan en la política vetustense! En plena era de la ‘posverdad’, resulta que hay un petardazo más relacionado con el ‘gabinismo’ y que, en esta ocasión, tiene que ver con la comunicación, con las versiones de los hechos desde el ámbito oficial. ¡Ay!

Pero me temo que aquí no vale hablar de versiones de los hechos, de interpretaciones de los eventos consuetudinarios que acontecieron en Vetusta, sino de una etapa política en la que el discurso oficial estuvo marcado por los topicazos y el victimismo. ‘Gabinismo’ y posverdad. ¿Cómo era la política de agitación y propaganda en esa época? ¿Por quiénes estaba gestada y gestionada? De todo esto podría contarnos mucho don Rodolfo Sánchez.

‘Gabinismo’ y posverdad. Oviedo, envidia de otras ciudades. Oviedo, ejemplo de una capital pulcra en su aspecto. Oviedo, cercada por un rojerío que la apretaba y asfixiaba continuamente. Oviedo y el ‘gabinismo’.

‘Gabinismo’ y posverdad. Efectivamente, versión de los hechos. Efectivamente, los procesos judiciales están ahí y no resulta nada fácil silenciarlos, ni tampoco aislarlos dentro del jaleo y el alboroto.

‘Gabinismo’ y posverdad, majeza y campechanía. O sea, versiones de los hechos marcadas, entre otras cosas, por la brocha gorda.

‘Gabinismo’ y posverdad. ¿Nepotismo?

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Viga Azul: Alegría
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-09-2017 | 1:59| 0

Los futbolistas celebran el tercer tanto obra de Rocha tras un lanzamiento de falta que acabó en la escuadra.

Como en el poema de José Hierro, la alegría que se vivió ayer en el Carlos Tartiere fue la consecuencia esperada y anhelada tras mucha paciencia y mucho dolor, esa alegría balsámica que llega después de congojas y sufrimientos, esa alegría más honda y ansiada, esa alegría por la que hemos estado aguardando desesperadamente.

Alegría que llegó a partir del soberbio gol de Toché, de chilena, alegría que se confirmó con el segundo tanto, obra también del delantero murciano a los dos minutos de la segunda parte. Con ese gol, se consolidó el triunfo, tan necesario como anhelado.

Por otra parte, conviene no confundirse en el sentido de que el Reus empezó el partido combinando muy bien y controlando el encuentro, sin dar facilidades al Oviedo, si bien es cierto que el cuadro carbayón se asentó en el partido tras marcar el primer gol, y, lo que es mucho más importante desde mi punto de vista, se conjuraron fantasmas.

Hablo de los fantasmas que reaparecieron en el partido frente al Rayo Vallecano con las pájaras defensivas que nos costaron goles. Hablo de la inquietud que flotaba en el ambiente en cuanto a la tardanza de Toché en meter goles. Y hablo, sobre todo, de lo que supuso el tercer gol de Rocha en lo que a conjurar fantasmas se refiere.

¿Cómo no recordar el partido de la temporada pasada en el Tartiere frente al Reus, partido en el que el Oviedo salió derrotado por un gol del equipo visitante en el minuto noventa? ¿A alguien le vino a la mente que en aquel encuentro, cuando el empate parecía que iba a ser el resultado final, fue el propio Rocha quien estrelló un balón en el larguero?

¿Cómo no confrontar aquel balón al palo con el gol de Rocha, por cierto, impecablemente, en el lanzamiento de una falta? ¡Eso sí que es conjurar fantasmas! Se diría que la suerte que faltó en otras ocasiones hoy nos acompañó. Se diría que, con este tanto, el centrocampista que hizo una campaña decepcionante la temporada anterior, se reivindica con este gol, y con toda justicia. Esperemos que sea un punto de inflexión en su rendimiento en el Oviedo.

Alegría, la que llega tras el dolor, según consignó, como dije, el extraordinario poeta en un poemario excelente. Alegría, no sólo por la victoria, sino también porque llegó en el momento necesario, tras dos partidos en los que el Oviedo no había conseguido ganar.

Alegría, que supondrá, quiero creer, una importante inyección moral para el derbi de la semana próxima. Un Oviedo que venció y convenció.

Un Oviedo que, ante todo y sobre todo, conjuró fantasmas.

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Recuerdos de Oviedo: Helados y barquillos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 03-09-2017 | 5:23| 0

«Nadie puede huir de sí mismo. Si audaz, audaz; si débil, débil» (César Pavese)

En el momento mismo en el que leí el reportaje que se publicó en el número anterior del suplemento de Oviedo de EL COMERCIO acerca de la historia de los puestos de helados en el Paseo de los Álamos, el baile de imágenes, almacenadas en los desvanes de mi memoria, fue frenético, al tiempo que no encontré una respuesta inequívoca a la pregunta de si fueron antes los barquillos o los helados en mi recuerdo.

Los barquilleros estaban, ya cuando yo era niño, en el Campo de San Francisco. Y recuerdo que me resultaba muy agradable poner en marcha la ruleta de aquel bidón. Lo curioso era que no contaba el resultado del recorrido, sino el hecho mismo de hacerlo. Y, dependiendo de la hora del día, tocaban barquillos o galletas, por la mañana y por la tarde respectivamente. Ello era así por lo que marcaba el apetito.

Por su parte, los puestos de helados se encontraban, ya en mi infancia, en el Paseo de los Álamos. Lo que desconocía, hasta que leí el referido reportaje en el suplemento carbayón de EL COMERCIO era que esa ubicación de esos puestos de helados tienen la misma edad que el arriba firmante.

Insisto: no puedo precisar si probé antes los barquillos o los helados, pero, en todo caso, sí recuerdo que, cuando saboreaba de niño los helados, ya aspiraba, también en eso, a lo imposible: hubiera preferido comerme antes el cucurucho o el barquillo que los emparedaba que el helado propiamente dicho. De postre, siempre lo más dulce, sobre todo para un llambión incorregible.

Lo cierto es que, al tener noticia de que los susodichos puestos tienen la misma edad que yo, sentí un estremecimiento importante. Ya se sabe: el paso del tiempo, lento en los primeros años, pero cada vez más trepidante.

La edad de los puestos de helados. Mi sabor preferido era el mantecado, andando el tiempo, la vainilla. Y, como siempre, el ‘conflicto’ interno que, por un lado, me llevaba a obligarme a mí mismo a saborear despacio el helado, disfrutándolo con morosidad, frente a la avidez con la que me deleitaba con aquellos helados tan ricos.

Helados consumidos casi siempre mientras paseaba. Y, en aquellos trances, la atención estaba puesta casi en su totalidad en disfrutar del helado, pasando desapercibido todo lo que tenía a alrededor mientras caminaba. Y también debo confesar que era más fácil aminorar el paso que consumir despacio el helado.

Otra coincidencia, imagino que generalizada: consumí muchos más helados de cucurucho que de corte, del mismo modo que, por lo común, prefería el barquillo a la galleta. Más tarde llegarían los ‘polos’ que, sin disgustarme, nunca fueron mis preferidos, aunque tenían la ventaja de que tardaba más en consumirlos.

Helados y barquillos. ¿Nos dejan de gustar los barquillos cuando dejamos de ser niños, o, más bien, seguimos una pauta no escrita de que no son bocado para mayores? Y es que estoy convencido de que, en efecto, dejamos de comprar barquillos desde la adolescencia en adelante como, si más que una golosina, fuesen una costumbre que ya no toca.

Helados y barquillos. Rara vez nos detenemos a comer un helado en un banco de los que hay en el paseo de los Álamos. Algo de especial tienen los helados en el sentido de que su degustación no nos paraliza.

Por otra parte, hay algo muy literario entre los helados y nosotros. Cuando hace mucho calor y los consumimos paseando, se diría que luchamos contra el calor no sólo refrescándonos al consumirlos, sino también combatiendo contra la tórrida temperatura que propende a derretirlo. Está claro que salimos victoriosos en ese lance, pero es todo un desafío.

Sesenta años hace que los puestos de helados se instalaron en el Paseo de los Álamos. ¿Y si recordamos los precios? Tarea imposible o en todo caso dificultosa, si hablamos de un tiempo en el que siempre íbamos acompañados por un familiar que era el que los pagaba. Pero me atrevería a aventurar que los había, como ahora, de distintos precios, según el tamaño de la bola, y que tengo una vaga noción de que costaban una o dos pesetas, atendiendo a ese criterio.

Y, más tarde, creo que en los años ochenta, ya empezaron a venderse helados ‘de máquina’, con distintos sabores y muy cremosos. Y debo reconocer, en honor a la verdad, que, por mucho que me hiciese promesa a mí mismo de saborearlos despacio, siempre los consumí muy rápido. De hecho, desde que compraba el helado en el puesto más cercano a la calle Toreno, al llegar al portal de casa en el número 5, sólo me quedaba el barquillo.

No es frivolidad, no es algo insignificante tener la misma edad que los puestos de helados en el Paseo de los Álamos. Se trata de un dato muy literario. Y, en todo caso, digno de ser celebrado.

Puestos de helados en el Paseo de los Álamos, todo un referente vital, todo un acontecimiento cumplir años con los que fueron los pioneros.

El verano, que se prolongaba hasta las fiestas de san Mateo, eran aquellos helados de cucurucho de mantecado. Preferiblemente, con bola doble.

Toda una delicia.

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La recuperación del Naranco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-09-2017 | 3:40| 0

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“No sabemos a dónde vamos. Pero esa no es razón para no ir”. (Marguerite Duras).

Leo en EL COMERCIO la noticia de que el Equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Oviedo  tiene un “plan” de recuperación del Naranco. Sobra decir que todo lo que sea cuidar el pulmón de nuestra capital, recuperando sendas peatonales, habilitando rutas y espacio para las bicicletas y protegiendo el entorno de los monumentos prerrománicos, es acertado y merece el apoyo de toda la ciudadanía.

Y, más allá de lo que es la mencionada recuperación que ojalá se lleve a buen término, lo cierto es que, como ya escribí más de una vez, los vínculos entre el Naranco y la ciudad son no sólo estrechos sino esenciales.

Hablamos, por un lado, de lo que es la mejor atalaya para disfrutar de la contemplación de Oviedo y, por otra parte, las joyas del Prerrománico que se ubican en el Naranco constituyen, sin duda, uno de los principales orgullos no sólo para los habitantes de la ciudad, sino también para toda Asturias.

Y, por otra parte, rara vez se piensa en la enorme diversidad de atractivos que tiene el Naranco para la ciudadanía de Oviedo. Por ejemplo, la diversión que está garantizada en las sidrerías y mesones. Por ejemplo, en lo agradable que resulta pasear por este pulmón de Oviedo al ritmo que cada cual se marque o pueda marcarse. Por ejemplo, en la magia que tienen los monumentos del Prerrománico, también a su alrededor, sin necesidad de adentrarse en ellos.

¿Cómo no tener en cuenta, por otro lado, el arsenal de recuerdos que posee el Naranco para la mayoría de personas que hicieron y hacen su vida en Oviedo? Sin entrar en intimidades de las generaciones más veteranas, hay que tener en cuenta los centros docentes, algunos con mucho tiempo que se ubican en el Naranco y que remiten a esos años de infancia y adolescencia, inolvidables por definición.

Tampoco se pueden pasar por alto, excursiones y paseos que, en mayor o menor medida, todo el mundo en Oviedo hizo y hace por el Naranco.

Y, en otro orden de cosas, también podemos considerar que se trata también de la metáfora más completa de Oviedo, ya que plasma no sólo la orografía de la ciudad, sino que también atesora el arte más universal que aquí se dio cita y, con ello, la historia, la más legendaria y la más reciente.

Lo que ocurre es que no sólo se trata de ver Oviedo desde el Naranco, placer irrenunciable, sin duda, sino que también toca que Oviedo mire al Naranco.

Y lo mime.

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