El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Tarjetas de zona azul
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Luis Arias Argüelles-Meres | 03-02-2017 | 4:06| 0

Un ciudadano pagando la tasa por estacionamiento.

“Por cada uno que empieza a llorar, en otra parte hay otro que cesa de hacerlo”.  (Samuel Beckett).

 

Otro revuelo más proveniente de los anteriores gobiernos municipales. Esta vez no se trata de tener que afrontar gastos derivados de megalomanías más o menos faraónicas, sino de las llamadas tarjetas de zona azul, que, por lo visto, eximían del pago y permitían la circulación por calles peatonales.

Pues bien, lo primero que nos planteamos en cuanto a este asunto es una perogrullada, porque, por razón de sus cargos y tareas, hay personas que es lógico que dispongan de las mencionadas tarjetas. Distinta cosa es que, siguiendo el hilo de lo manifestado por el edil de seguridad ciudadana, sea muy llamativo el número de las susodichas: en 2012 había más del doble que actualmente, que son 1301.

Es difícilmente criticable que el equipo de Gobierno estudie este asunto y que, llegado el caso, proceda a una criba, porque, en este caso, la cantidad es, como poco, llamativa. Y habrá que esperar, por tanto, a las explicaciones que se den conforme se vayan conociendo los datos.

Lo cierto es que, según se van conociendo las consecuencias de determinadas políticas del pasado más inmediato en Oviedo, nos encontramos con una oposición a la defensiva que, en lugar de asumir las responsabilidades por determinadas situaciones, lo que hace es incurrir en descalificaciones de brocha gorda, sin apenas entrar en análisis más o menos ponderados acerca de lo acontecido. Y, en esas descalificaciones, suelen estar acompañados por  corifeos en ámbitos mediáticos muy concretos. Con lo cual, una de las principales carencias en la política municipal ovetense es la ausencia de una oposición que enarbole un discurso basado en un proyecto de ciudad distinto al que sostiene el actual Equipo de Gobierno. Hablo, naturalmente, del PP, puesto que Ciudadanos no tiene pasado político en esta ciudad.

Pero volvamos al asunto que nos ocupa, dando por hecho que partimos de la base de que el edil de seguridad ciudadana no pudo inventarse datos inflando las cifras. Lo que toca no es sólo el cribado del que se viene hablando, sino además pedir las explicaciones pertinentes en el caso de que las mencionadas tarjetas se hayan concedido en determinados casos con excesiva laxitud, o, peor aún, sin motivos defendibles para ello.

Estamos sólo en el principio de un proceso que tiene toda las trazas de terminar en una situación en la que, una vez más, habrá que explicar lo inexplicable de la forma a la que nos tienen acostumbrados: arrojando balones fuera e incurriendo en esa brocha gorda a la que ya hice mención, y que es tan del gusto de quienes no están dispuestos nunca a reconocer que se cometieron errores.

Habrá que estar atentos. ¿Pero hasta cuándo, hasta dónde y hasta qué extremo?

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Recuerdos de Oviedo: Noche de nieve
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-01-2017 | 2:30| 0

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“Sobre la tierra fría la nieve silenciosa”. (Machado).

Fue en 1983. Arrancaba febrero, y, de repente, se puso a nevar con ganas, con voluntad de perdurar. Y tomo comenzó, si la memoria no me falla, un 6 de febrero que fue domingo, lo que invitaba a pensar que la semana estaría protagonizada por lo meteorológico. Y así fue.
Estábamos en los años ochenta, alocados, frenéticos y hasta oníricos. Pero, sobre todo, libres, si por tal se entiende que las libertades se respiraban y se sentían, no sólo desde dentro, sino también en la atmósfera que se respiraba, especialmente durante las noches. Atmósfera que tenía su música, con letras discontinuas, acaso aparentemente frívolas; en todo caso, alegres y confiadas.
Un domingo que empezó a nevar. En los días que vinieron a continuación, la silenciosa nieve no dejó de acompañarnos, hasta el fin de semana, en la que las noches ovetenses tuvieron la diversión añadida de la nieve sostenida por el hielo.
Hablando de aquel fin de semana, próximo a mi cumpleaños, no podría decir con exactitud si fue la noche del viernes o la del sábado, a la salida de una discoteca en la calle Asturias, cuando la fiesta estaba en la calle o continuaba allí. La diversión consistía en lanzamientos de nieve, nada contundentes, sin voluntad de hacer daño, puro juego, pura complicidad.
Todo el mundo estaba muy abrigado, con guantes, con calzado para la ocasión, “calienta-piernas” incluidos, que entonces estaban muy de moda.
Resultaba agradablemente paradójico haber dejado los decibelios de la discoteca y optar, para seguir la fiesta, por algo tan silencioso y suave como la nieve, a la que se le ponía como música, en la mayor parte de los casos, risotadas; también, saludos y comentarios un tanto ruidosos.
1983, vísperas del año con el que Orwell tituló su lúcida y amarga novela. Pero aquello no estaba presente en nuestro ánimo, sino las libertades y los afanes de juerga y diversión. ¡Cuánto color, cuántas luces, cuánto desenfado, cuánto descaro, cuánta ingenuidad!
El desencanto no se abría sitio. La vida pública, incluso para los más escépticos, no generaba indignación de continuo. Se veían cosas que no despertaban precisamente entusiasmo, pero ninguna alarma había saltado.
Lo cierto fue que aquella fiesta improvisada en la calle se prolongó lo suyo. No había prisa y el frío, que no era poco, no alcanzaba a agarrotarnos ni tampoco nos forzaba a marchar en busca del calor de casa. La juerga no entendía de premuras.
Nieve en las aceras, nieve sobre la superficie de los coches, nieve pisoteada por las ruedas de los coches en plena calle. Nieve, pues, en abundancia, que, como dije más arriba, servía también de acercamiento entre las gentes.
Allí estábamos contemplando el espectáculo, haciendo de espectadores, hasta que alguien nos lanzó un puñado de nieve, a modo de saludo, conminándonos, de esa guisa, a que formásemos parte activa del festín. Nos sumamos, pues, a la juerga, con lanzamientos suaves, procurando no resbalar en el momento mismo en el que cogíamos del suelo puñados de nieve.
Eran compañeras de Facultad, con quienes habíamos compartido aula en los primeros años de la carrera quienes nos habían jaleado para que participásemos en aquello.Aceptamos de muy buen grado la invitación.
No recuerdo bien a qué hora se terminó aquello. Pero debía ser muy tarde, pues la discoteca había cerrado ya sus puertas.
Desde el portal de casa en Toreno 5, se veía la nieve sobre el verde del Campo de San Francisco. Y tenían cierto atractivo estético, a la luz de la noche, las calvas que dejaban ver el verde, calvas resultantes de que alguien había arrancado nieve para lanzarla a quien fuese.
Verdor melancólico del invierno, con su no sé qué me magia cuando lo ilumina la luz de una farola. Nieve que se posaba sobre el verde como quien busca un descanso, como quien busca también una caída suave e indolora.
Nieve que, al ser apretada por nuestros puños enguantados, se deshacía, volviéndose agua escurridiza, más escurridiza aún que el agua en un cesto de la que habló Bergson. Magia electrizante, pureza de la nieve al volverse líquida.
Coches que rodaban con cadenas que arañaban el asfalto. Algún que otro lanzamiento de nieve antes de que el alba despuntase.
Aquella noche de viernes o de sábado, con la nieve como protagonista, fue un fin de fiesta inolvidable, de una fiesta que había durado nada menos que una semana. Una semana en la que las clases se habían suspendido, en la que el Aramo y el Naranco deslumbraban con su nívea y cegadora blancura. Una semana en la que la gente recordaba otras nevadas de antaño. Una semana que, vino a ser, tal y como la recuerdo, una especie de fiesta navideñas repetidas, pero, sobre todo, inesperadas.
Una semana en la que el turrón volvió a casa, en la que el frío no paralizó la alegría, en la que la música lo ambientó casi todo.
¿Semana blanca? No, mucho más que eso. Semana “ochentera” con nieve.
Todo un festín, todo un delirio.

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Aguas turbulentas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-01-2017 | 7:24| 0

«La libertad es, en la filosofía, la razón; en el arte, la inspiración; en la política, el derecho» (Víctor Hugo).

Estaba en el guion que el actual delegado del Gobierno en Asturias excusaría su presencia en la comisión municipal que investiga el llamado ‘caso Aquagest’. Así se lo comunicó a la Presidenta de la mencionada comisión Ana Taboada.

Claro, don Gabino, que tanto amor siente y sintió por su ciudad, tras haber batido el récord de ausencias en los plenos municipales en sus últimos mandatos como alcalde, tampoco comparece en comisiones de investigación que solicitan su presencia. Lo suyo es demasiado profundo y sublime para permitirse descensos tan a ras de suelo.

Por su parte, lo declarado hoy por Agustín Iglesias Caunedo también fue lo esperable: ningún trato de favor a la empresa, ninguna presión a los funcionarios para beneficiar a la susodicha.

Pero el hecho es que está abierto un proceso judicial al respecto. Pero el hecho es que determinados ‘apuntes contables’ del muy honorable ciudadano don Joaquín Fernández, con independencia de su mayor o menor veracidad y verosimilitud, sonrojan al más pintado.

Aguas turbulentas –y turbias– que son consecuencia, desde mi punto de vista, de aquella febril oleada de privatizaciones que tuvieron lugar en los ayuntamientos, y no sólo los que estaban gobernados por el PP.

Febril oleada de privatizaciones que hizo que servicios públicos tan básicos como la recogida de basuras y el agua pasaran a manos privadas, lo que, sin duda, puso en entredicho la concepción misma de los ayuntamientos.

Pero, centrándonos en el caso que nos ocupa, el momento político que atraviesa en Oviedo el partido conservador es, cuando menos, preocupante. No sólo están ahí los datos acerca de los gastos que la ciudadanía de Oviedo tiene que asumir a resultas de determinadas decisiones políticas que fueron, en el mejor de los casos, caprichosas y faraónicas, sino que además el asunto Aquagest coloca –velis nolis– a Iglesias Caunedo en una situación, cuando menos, incómoda.

Ignoro en qué plazo de tiempo habrá una sentencia que aclare las cosas, pero, mientras tanto, más que a desarrollar sus tareas de oposición, se ve obligado a defenderse y justificarse. Pudo haber dimitido hasta que las cosas se aclarasen, pero no optó por ello, y, por tanto, cabe preguntarse si esa decisión –o indecisión– lo está lastrando continuamente.

Aguas turbulentas. Dos exalcaldes del PP de Oviedo. El primero, se diría que considera que no está obligado a dar explicaciones de su gestión a los actuales representantes de la ciudadanía. Y, en cuanto a Caunedo, su agonía política, en tanto se aclaren las cosas, resulta un tanto desoladora, también pare él y los suyos.

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Viga Azul: Esfuerzo y sufrimiento
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-01-2017 | 8:03| 0

Nadie podrá negar que el triunfo ante el Valladolid fue meritorio. Nadie podrá negar que los jugadores dieron muestras de una entrega admirable de principio a fin, frente a un rival que, ni mucho menos, puso las cosas fáciles. Fue una victoria con sufrimiento, un sufrimiento que empezó en los últimos minutos de la primera parte y que se prolongó hasta la conclusión misma del tiempo añadido.

Berjón no tuvo su tarde ante el Valladolid, salvo un túnel que le hizo a un defensa, se le vio impreciso en los pases y en las disputas por el balón. Sin embargo, eso no impidió que Linares y Toché se vaciasen no sólo en busca del gol, sino también apoyando al equipo en el resto de las líneas.

Lo mejor, claro está, el resultado y la lucha. Lo peor consistió en no haber sabido sacar partido cuando nos pusimos delante en el marcador. En muchos momentos, se vio un Oviedo atenazado, si bien es cierto que la defensa estuvo soberbia, especialmente, Verdés y José Fernández.

Y, al igual que en el encuentro anterior, Hierro hizo cambios. Lo cierto es que Rocha no parece estar atravesando un buen momento. Lo cierto es también que, en el poco tiempo que estuvo en el terreno de juego, a Jonathan Vila se le vio seguro en sus labores de contención.

Por otra parte, más que de un triunfo costoso, habría que hablar de lo difícil que costó mantener el resultado tras el gol de Toché. Y no es que nos faltasen ocasiones, pues alguna sí que hubo, sino que al equipo no se le vio ni seguro ni dueño del partido para esperar atrás al Valladolid y sentenciar con algún contrataque.

En todo caso, lo que parece confirmarse es que va ser muy difícil que podamos disfrutar de un partido en el que el Oviedo gane cómodamente y con autoridad. No falta aplomo, nos falta criterio para administrar los resultados a favor sin mostrarnos inseguros y agarrotados.

Con este triunfo, segundo consecutivo en el Carlos Tartiere, nos situamos en una zona de la clasificación que permite, ciertamente, aspirar a lo más alto.

Hace falta, por otro lado, ser también un equipo sólido fuera del Tartiere.

Por cierto, en el próximo encuentro, con dos jugadores titulares que, si mis cálculos no son erróneos, tienen ya cinco tarjetas amarillas, habrá que ver la apuesta de Hierro en la alineación y en el sistema de juego.

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Recuerdos de Oviedo: Cuando llegaba la lechera
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-01-2017 | 12:59| 0

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Venía de la Manjoya aquella mujer que nos llevaba la leche a casa. Desde el portal, con voz potente, pronunciaba el nombre de la señora que vivía en la buhardilla. Así, todo el inmueble sabía que la leche nuestra de cada día ya estaba en el portal. La sesión duraba poco tiempo, justo el de llenar la lechera que cada cual bajaba. Luego, se comentaba lo apacible o desapacible del tiempo. Y el ritual concluía escaleras arriba con la leche a cuestas y, con esa parquedad de palabras, propia de las conversaciones de ascensor.
Recuerdo su abrigo negro, sus medias gruesas, su tranquilidad, su delgadez. Su rostro manifestaba una serenidad que parecía guardar relación con el aplomo de su figura. Se diría que, a pesar de viajar en carro y de cargar con lecheras y bidones, su fortaleza aún no había sufrido merma en aquellos años. Era una mujer joven, eso sí, con vestimenta de persona mayor, cuya jornada laboral comenzaba muy temprano.
Cuando llegaba la lechera al número 3 de la Plaza del Carbayón por la mañana, antes de que saliésemos de casa camino del colegio, Oviedo empezaba a desperezarse, mientras que aquella mujer, que venía de su pueblo, seguro que llevaba horas trajinando. Tenía, pues, una especie de efecto despertador. Con ella, el día a día de aquel edificio se ponía en marcha.
Nunca supe el nombre de aquella mujer de la Manjoya que nos llevaba la leche. No recuerdo haberlo oído nunca en las conversaciones cotidianas. Y, a decir verdad, debo confesar que, pasados los años, lamenté no haber preguntado por ella, pues estoy seguro de que su historia tenía que atesorar un indudable interés literario.
Pero lo cierto es que sólo supe que era de la Manjoya y que su casería era grande, tanto que les resultaba rentable desplazarse a Oviedo cada mañana a vender la leche que producían sus vacas.
Mis primeros recuerdos de aquel ritual de la llegada de la leche a casa coinciden con el momento en el que se estaban haciendo las obras en el Caserón de Santa Clara para convertirlo en la actual Delegación de Hacienda.
En la acera del portal de casa, había una parada de taxis. Hablamos de un tiempo en el que transitaban por la plaza carros y automóviles. Hablamos de un tiempo de transformación de la ciudad. Y, en medio de todo aquello, la leche nuestra de cada día, leche que llegaba aún tibia, pues no le había dado tiempo a enfriar. Tan pronto llegaba a casa, se hervía, y de allí pasaba a la fresquera que daba a la calle de la Luna.
Hablamos también de un tiempo en blanco y negro, y no me refiero sólo a la televisión. Negro era el color de los coches de los taxistas. Oscurecidas y arrasadas las maderas de los miradores y las galerías de las casas de la calle de la Luna que estaban frente a la cristalera de nuestra cocina. Ennegrecida estaba la fachada de piedra del viejo Caserón de Santa Clara, en el que se llevaban a cabo aquellas obras a las que ya hice mención, obras que provocaron que ratas y ratones saliesen de su paradisíaco silencio en busca de la tranquilidad perdida.
Cuando llegaba la leche, se cumplía el primer acto común de lo cotidiano en aquel edificio de mi infancia.
Y, desde luego, el pueblo estaba aún mucho más cerca de la ciudad, incluso podría decirse que convivían, porque los productos de las aldeas más cercanas llegaban a nosotros sin necesidad de intermediarios. No existían esas fronteras que marcan los mercados actuales y el complejo proceso de la comercialización.
Hasta 1970, cuando nos mudamos a Santa Susana, aquella mujer acudió cada día a nuestro portal.
En Santa Susana, eran los porteros quienes a primera hora de la mañana servían la leche y el pan desde el montacargas. La diferencia estribaba en que la leche iba envasada en una bolsa de plástico y llegaba fría. Era una leche más ligera y liviana que comercializaba una de las primeras empresas que se dedicó a su venta en Asturias. Leche que ya no llegaba en bidones, que no iba a parar a la lechera de casa. El plástico, como envase, marcaba claramente las diferencias, marcaba los tiempos.
Desde luego, cuando Churchill relacionó la democracia con la llegada del lechero a casa, no pensaba en España. En el número 3 de la plaza del Carbayón de Oviedo, la lechera no faltaba ni fallaba, pero, en aquellos años sesenta, como bien se sabe, nada de democracia, por mucho que la llamaran orgánica.
Años de infancia, década de los sesenta en la que el siglo XIX aún no había desaparecido del todo, por mucho que signo de los tiempos fuese muy distinta cosa.
La voz de la lechera llamando a la señora de arriba. La voz del nuevo día. La voz de cada día.

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