El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Panorama vetustense: Pleno sobre “el estado de la ciudad”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-08-2017 | 5:01| 0

Una imagen de una sesión plenaria.

“El pasado es arcilla que el presente labra a su antojo. Interminablemente”. (Borges).

Confieso que no me resulta indiferente la propuesta del edil de Ciudadanos,  Luis Pacho, encaminada a que se celebre un debate sobre “el estado de la ciudad”, siguiendo los que hay sobre el estado de la nación y el estado de la región. Así pues, tres estados distintos y una sola política verdadera.

Pero, hablando en serio, de llevarse a cabo tal cosa, sería, como poco, muy revelador, máxime en un momento como éste en el que hay cinco partidos políticos diferentes en el Consistorio ovetense, lo cual redundaría en 5 visiones distintas acerca del momento que vive la ciudad, cada cual con sus matices.

¿Hay, en consonancia con el número de partidos políticos que tienen representación en el Ayuntamiento de Oviedo, 5 proyectos de ciudad distintos? En teoría sí, y, ante todo y sobre todo, de  llegar a celebrarse el debate propuesto, tendríamos oportunidad de comprobarlo.

Y, pasado el tiempo, el debate que nos ocupa sería de consulta obligada para analizar la situación política de Oviedo tras el gabinismo.

Pero, siguiendo con el supuesto de que llegase a celebrarse el susodicho debate, tendría un enorme interés político el planteamiento que hiciese el actual Alcalde. ¿Saben por qué? Pues muy sencillo: porque Wenceslao López tiene un criterio propio para  la ciudad, frente a una FSA que renunció  hace mucho tiempo a gobernar la capital de Asturias y que, en su momento, puso las cosas muy difíciles a quienes no se resignaban a que Oviedo fuese el cortijo de Gabino de Lorenzo.

Por el contrario, el discurso más previsible sería el del PP, que no reconocería un solo acierto en lo que llevamos de Legislatura al Equipo de Gobierno.

Aun así, cada partido daría su propia visión de la política vetustense. Doy por hecho que los tres partidos que gobiernan no plantearían un discurso unívoco, y eso reflejaría la diversidad realmente existente, también en la izquierda.

Un debate sobre el estado de la ciudad que, previsiblemente, se ocuparía también del papel que debe desempeñar Oviedo en el conjunto de Asturias en tanto que es la capital de la autonomía. A este respecto, cabe preguntarse si alguien recuerda lo que en su momento esgrimió Gabino de Lorenzo acerca de lo que tendría que suponer la capitalidad para Oviedo, en una supuesta reforma del estatuto de autonomía que nunca llegó ni siquiera a esbozarse. Desde luego, lo manifestado por el entonces Alcalde fue una simplicidad mayúscula muy en su línea.

Pues lo dicho: espero y deseo que se apruebe que haya ese debate sobre el estado de la ciudad.

Además de entretenido, sería clarificador, que no clarividente.

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¿Otro Real Oviedo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-08-2017 | 12:24| 0

En los primeros minutos del encuentro, vimos -hay que reconocerlo- otro Oviedo, un equipo con  mordiente arriba a la hora de poner las cosas difíciles a la defensa del rival, un equipo metido en el choque, un equipo con ambición y entrega. También pudimos ver  a un Saúl Berjón distinto al de la pasada campaña, luchando más y en mejor forma física. Tanto fue así que los dos goles del conjunto carbayón los transformó el jugador canterano.

Pero, ¡ay!, ocurrió lo inesperado. Me refiero al gol del empate del Rayo, una falta que pilló con el pie cambiado y con la mente puesta sabe Dios dónde al guardameta y a la defensa. Y se vio, tras el gol de la igualada, que el equipo se resintió, que perdió el norte, la confianza en sí mismo.

Por otra parte, que el Rayo se adelantase poco antes del descanso minó mucho los ánimos y le dio una seguridad al equipo visitante que se limitaba a controlar el balón.

Llegó lo peor con el tercer gol visitante, pero, aun así, el once azul siguió luchando, fruto de ello fue el segundo tanto marcado por Berjón. Luego, vino lo del penalti que, al final, no llegó a ejecutarse a resultas de que el juez de línea marcó un fuera de juego.

¿Otro Real Oviedo? Lo mejor, sin duda, los primeros minutos del encuentro hasta el gol de Berjón. Lo peor, los despistes defensivos, así como lo poco afortunado que estuvo Juan Carlos en el segundo tanto del Rayo en el que ni siquiera salió a por el balón.

Por otro lado, hay que anotar también que Hidi demostró clase en los minutos que estuvo en el campo. Suyo fue un magistral pase que dio lugar al segundo gol de Berjón. El húngaro está llamado a ser el director de orquesta del equipo.

También hay que decir que la “sociedad” entre Linares y Toché arriba, al menos en el partido de ayer, no funcionó. El primero estuvo negado para el gol, mientras que al segundo le llegaron pocos balones para sentenciar a lo largo del partido.

Un partido de claroscuros, del que se puede decir que el equipo lo intentó, que puso ganas y mordiente, pero que esa seguridad defensiva de la que se habló en la pretemporada fue manifiestamente mejorable.

Se vio algo muy inquietante: que es muy difícil ganar si la defensa tiene pájaras y si los delanteros parecen negados ante el gol.

Con todo, las sensaciones no fueron de hecatombe.

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Recuerdos de Oviedo: Aquellas salas recreativas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 20-08-2017 | 3:38| 0

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“Los acontecimientos son sólo la superficie de la vida: su verdadera fuente se encuentra por entero en los sentimientos”. (Madame de Staël).
“Nada hay más penoso que el instante que sucede a la emoción: el vacío que deja tras sí nos causa una mayor infelicidad que la privación misma del objeto cuyo deseo nos excitaba. Lo más difícil de soportar para un jugador no es haber perdido, sino dejar de jugar”. (Madame de Staël).

¿Quién no recuerda, en su etapa estudiantil, aquellas clases en las que no se pasaba lista, o que eran muy aburridas y que tanto tentaban a pirar? Y, si hablamos de los estudiantes de bachillerato en los años 70, ¿quién no transitó aquellas salas recreativas de juego, con sus máquinas flipper y sus futbolines, bien a la salida del colegio, bien pirando clases?
¿Cómo no recordar las batallas con aquellas máquinas, cuyo triunfo consistía en lograr un número determinado de puntos que suponía una partida gratis? La bola bajo el cristal, los juegos de luces, los sitios a los que había que mandar la bola para que puntuase más, los comentarios, gestuales o con palabras, de los mirones o acompañantes.
Toda la atención puesta en el juego, en conseguir que la bola no se colase por aquella suerte de desagüe más o menos virtual; toda la atención puesta en la pantalla que informaba sobre los puntos que se llevaban y otras incidencias.
A veces, la pasión impulsaba a dar embestidas a la máquina, embestidas que, si eran muy bruscas, quedaban penalizadas con una falta, y el juego, al menos de la bola en cuestión, se paralizaba.
La máquina y nosotros. Un mundo alternativo a la rutina, una zambullida en un juego en el que la autoestima, por lo común, estaba en la apuesta. Había que ser hábiles, había que demostrar maestría y experiencia, mientras los libros y libretas descansaban como ausentes, y nosotros, al mismo tiempo, dejábamos aquello aparcado.
Oviedo, años 70, mi adolescencia. A las salas recreativas, acudíamos, como señalé más arriba, en aquellas horas de clase que pirábamos, y también al final de la jornada lectiva por las tardes. No hace falta decir que tenía mucho más atractivo lo primero.
Oviedo, años 70. Recuerdo, sobre todo, dos salas recreativas de juego: Las Mil Millas en la calle Rosal y El Trébol en la calle González Besada. Sobre todo la de la calle Rosal, estaba perfectamente situada para atraer al estudiantado adolescente, al del Instituto Alfonso II y también a los alumnos del Colegio Auseva, que entonces estaba en la calle Santa Susana.
Y, aparte de las máquinas a las que hice mención, también había futbolines. La diferencia era muy grande, pues en éstos se jugaba contra seres humanos, sin la magia de la electrónica y la imaginería.
Por otra parte, nunca olvidaré a los encargados de aquellas salas recreativas, que, a pesar de tener que pelear con adolescentes, daban pruebas continuas de paciencia y bondad. Incluso había ocasiones en que nos regalaban partidas. Rara vez se enfadaban, rara vez hacían uso de administrar el derecho de admisión, salvo comportamientos insalvables que no solían producirse.
Una mañana de abril, tras las vacaciones de Semana Santa, en el año 71. Una mañana nublada, pero con temperatura agradable. Sabíamos que el profesor que nos tocaba tras el recreo no había acudido aquella mañana al centro. Y durante las horas anteriores, sin necesidad de hablarlo entre nosotros, pensábamos en una hora de asueto en Las Mil Millas. De entrada, una hora, quién sabe si hasta el final de la jornada lectiva de mañana.
En pleno recreo, la mayoría de las máquinas estaban ocupadas. Tocaba esperar, pero no teníamos prisa porque habíamos decidido por nuestra cuenta alargar aquella media hora.
Recuerdo que me situé muy cerca del mostrador donde estaba el encargado. A su lado, estaba mi máquina preferida, no resultaba difícil conseguir partida, y, por otra parte, tenía monedas suficientes para estar allí un buen rato.
El cigarrillo comprado en la Boalesa. Era el momento de fumarlo antes de ocupar las manos con los mandos de la máquina. Y también era un interesante previo a la transgresión. Primero, fumar. Segundo, pirar la clase.
Lo cierto fue que, más que atender al jugador que me precedía, me concentré en el acto de fumar, pensando en lo que haría el resto de la mañana. Y, así las cosas, la espera no se me hizo larga. La primera partida me salió mal, acaso me faltaba concentración. Pero me desquité en las siguientes.
Mientras tanto, otros compañeros jugaban al futbolín. Me incorporé más tarde a una partida, haciéndome cargo de la portería y de la defensa. Duró mucho aquella primera sesión, las bolas se resistían a entrar en las porterías.
Al salir de las Mil Millas, a la hora del final de la jornada lectiva de la mañana, el cielo estaba despejado. Nos encontramos con otros compañeros que habían acudido a clase. Aquello fue una especie de regreso a la normalidad, a lo consueto.
Aquellas salas recreativas que tenían su magia, que nos transportaban a un mundo totalmente ajeno a la rutina nuestra de cada día. Si en algún momento nos distraíamos, veíamos la máquina de turno, el momento en el que parábamos la bola para lanzarla al agujero donde se conseguían más puntos.
Aquellas máquinas recreativas. Lo lúdico como salvación y desquite. Lo lúdico como válvula de escape.
Jugar, pirar clases y fumar, pasos previos a otras pasiones adolescentes que no tenían que ver con máquinas y sí con enamoramientos secretos, a veces tortuosos; en ocasiones, sobrecogedoramente cursis, siempre que se contemplen con la distancia que proporciona el tiempo transcurrido.
Las máquinas flipper como anticipo de otros juegos y pasiones, con su música ambiental y sus parpadeos.

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Retratos mateínos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-08-2017 | 6:25| 0

«El contagio de los prejuicios hace creer muchas veces en la dificultad de las cosas que no tienen nada de difíciles».  (Pío Baroja).

A nadie le puede resultar extraño que los carteles promocionales de las fiestas de San Mateo estén provocando sesudas discusiones en la sociedad vetustense. De hecho, nada más verlos, se cae en la cuenta de que se trata de una polémica anunciada.

Sin duda, los retratos propiamente dichos son meritorios. Diría más: el más difundido de todos, el de la señora sentada, nos muestra una imagen de una persona que no sólo suscita serenidad, sino que puede verse en ella todo un personaje con una historia digna de ser contada, tanto literal como literariamente.

Pero, polémicas anunciadas aparte, tengo para mí que, una vez más, nos encontramos con el difícil encaje del marco en el cuadro. Dicho de otro modo: siendo buenos los retratos, lo que cabe preguntarse si se adecuan a lo que se pretende, esto es, a la promoción de unas fiestas. Yo diría que no, o, en todo caso, habría otros carteles mucho más propios para anunciar unos días y noches de asueto y regocijo.

Más propios y, al mismo tiempo, muy de Oviedo. Pongamos que figurasen en los carteles imágenes de la zona de los chiringuitos de las noches mateínas con sus riadas de gentes. Pongamos, el escenario de un concierto, bien anunciado, bien que se celebró ya. Pongamos rostros históricos que dicen mucho de Oviedo.

Perdón por la obviedad: una cosa es hacer carteles que plasmen a personas que representen los trabajos y los días del Oviedo más actual y otro asunto muy diferente es anunciar unas fiestas que, durante las últimas décadas, tienen su foco más importante en los chiringuitos.

No se trata, claro está, de anunciar un Oviedo cotidiano, sino un Oviedo en fiestas, con todo lo que ello supone. El protagonismo tiene que estar en lo lúdico, en el ambiente festivo. Y eso es lo que se tendría que haber plasmado en los carteles anunciadores.

Yo apostaría por algo que recogiese lo que son las noches mateínas, la despedida del verano, el anticipo de un otoño que en Oviedo es esencialmente literario.

Y es que son esas noches mateínas las que tienen el mayor protagonismo en nuestras fiestas. Lo lúdico, lo desenfadado, las risas, las juergas, las tertulias, los viandantes sin prisa, la música hasta el alba.

Y es que, si por algo se caracterizan las jornadas festivas, es por ser una tregua en la que no toca ponerse estupendos, en la que la realidad tiene que ser aparcada, en la que las máscaras y el desenfado piden paso y se convierten en el centro de todo.

Hablamos de fiestas, no de retratos sociológicos.

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Recuerdos de Oviedo: Un domingo en “Salsipuedes”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-08-2017 | 10:29| 0

“El principio esencial de la mecánica poética —es decir, de las condiciones de producción del estado poético mediante la palabra— es a mis ojos ese intercambio armónico entre la expresión y la impresión”. (Paul Valery).

Fue una de esas tardes de domingo en las que decidimos abismarnos en nosotros mismos en lugar de salir a la calle y quedar con alguien. Fue una de esas tardes de domingo en las que elegimos unas lecturas y una música acordes con la melancolía buscada y la soledad voluntaria. Lecturas de Hermann Hesse, canciones de Brel. Fue una de esas tardes de domingo en las que, a pesar de todo, al final, cuando se acerca la hora de la cena, lo agridulce se va retirando y el ánimo se recupera sin aspavientos, pero con ímpetu. Y, para despedir la jornada, tras la cena, dejamos atrás las horas de ensimismamiento y tomamos la determinación de salir a la calle.
Domingo otoñal, con temperatura benigna, en el que a las diez de la noche, la luz del día llevaba varias horas ausente. Domingo otoñal de aquellos primeros años ochenta en los que los establecimientos del Oviedo antiguo eran un auténtico hervidero de música, conversaciones improvisadas y diversión. Oviedo antiguo que, paradójicamente, poblaba la juventud universitaria. Oviedo antiguo de guitarras, poemas más o menos improvisados, tertulias, noches inacabables, continuos encuentros.
Resultaba imposible recorrer el Oviedo antiguo sin encontrarse con compañeras y compañeros de la Facultad, sin encontrarse con personas conocidas que entonces mostraban una pasión por la política realmente irrepetible. Era frecuente poner sobre las mesas de los pubs, además del tabaco y el mechero, el libro que se estaba leyendo, con afán de compartir aquello, de someterlo a debate. No se leía, salvo excepciones, en los pubs, lo que se hacía era comentar lecturas, frases subrayadas, versos remarcados que daban mucho de sí.
Once de la noche, locales en el Oviedo antiguo, si no de culto, sí de inquietud cultural, al menos aparente. Locales de culto en los que la música de fondo jamás sorprendía y era casi un apéndice de nosotros mismos. Las copas, la pequeña mesa para dos, que no impedía la charla con otros clientes del local. La noche vetustense era también un pañuelo, lleno, en cierta medida, de señuelos.
Tras haber tomado algo en dos pubs, antes de la retirada, dimos un paseo. Recorrimos la calle Salsipuedes. Un trozo de la vieja Muralla, las escaleras con moho, la humedad, la noche cerrada. Un viejo caserón en el que, sin una precisión total, se quiso ubicar la morada de los Ozores, o sea, de “La Regenta”. A decir verdad, aquel escenario era un encuentro con la historia de la ciudad, también con sus leyendas, historia y leyendas que no sincronizaban en el tiempo, pues el testigo de la primera era muy anterior.
Cerca de allí, muy cerca, la vida noctámbula bullía. Sin embargo, en el momento mismo en que nos acercamos al referido caserón, ruinoso, como el viejo hospicio machadiano, nos pareció ver sólo una silueta tremendamente oscura con su no sé qué de inquietante. Allí estaba, inmóvil, como una sombra del entorno y de la noche. Lo cierto es que desconocíamos por completo a santo de qué se encontraba en ese lugar. Lo cierto es que nuestra presencia no pareció perturbarle lo más mínimo.
En un momento dado, parada para fumarnos un pitillo, casi en silencio, como una especie de culto al lugar donde nos encontrábamos, como una forma de embebernos de aquello.
Calle Salsipuedes, cuyo nombre, según nos planteamos, se prestaba a dos interpretaciones muy distintas, pero aceptables ambas. De un lado, como un entorno que se nos hace atopadizo, que atrae tanto que resulta difícil abandonarlo. Por otra parte, como una encrucijada, por su angostura y, en aquellos momentos, por su oscuridad, oscuridad que remitía a un escenario de otro tiempo, incluso a un escenario que, sin llegar a la llamada literatura de terror, sí parecía pintiparado para el miedo, escenario con su extra, con su personaje. No se podía pedir más.
Musgo en el trozo de muralla, humedad en las escaleras, hollín en las viejas piedras. Referencias literarias más o menos creíbles, más o menos hipotéticas. Noche.
Aquella noche en la calle Salsipuedes a la niebla le costaba trabajo entrar, lo que aumentaba las posibilidades interpretativas de su denominación. Desde luego, no era fácil salir, pero costaba lo suyo adentrarse, sin que ni lo uno ni lo otro resultase imposible.
Calle Salsipuedes, metáfora pluscuamperfecta de Oviedo. La Muralla que, además de dar cuenta de la historia, podría expresar también lo que es la ciudad cerrada a la que tanto trabajo le cuesta abrirse al mundo, o sea, “La Regenta”. Calle empinada que también (y tan bien) plasma lo endiablado y dificultoso de la orografía de Oviedo.
Cuando dejamos atrás el Oviedo antiguo, ya en la plaza de la Catedral, la niebla se iba haciendo densa, al tiempo que la temperatura era agradable gracias a que durante horas había soplado el viento de las castañas, el regentiano viento sur que tan adentro llevamos, el aire de las castañas.
De “El Lobo Estepario” como lectura vespertina, a hipotéticos escenarios regentianos.
A decir verdad, aquel personaje que habíamos visto en lo oscuro tenía su no sé qué del protagonista de la novela de Hesse. A decir verdad, aquel itinerario nos confirmó aún más nuestro apego a la ciudad, a una ciudad en la que las calles y sus viandantes son a veces literatura en estado puro.
Calle Salsipuedes, Oviedo, su historia y su leyenda, en estado puro.
Y hasta sólido, líquido y gaseoso.

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