El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Panorama Vetustense: Atado y bien atado
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-12-2016 | 5:35| 0

El camino de la remunicipalización de determinados servicios públicos en el Ayuntamiento de Oviedo no sólo es arduo y sinuoso, sino que además está lleno de obstáculos. Lo que me sorprende no es que esto esté sucediendo, sino que, en general, hubo y hay mucha inconsciencia acerca del significado que tiene privatizar servicios públicos.

Y es que, al lado de la concesión de marras a la empresa privada de turno, se genera mucha letra pequeña concebida, claro está, para blindar los intereses privados.

Por eso, no pongo en duda que las sentencias judiciales que al respecto acabamos de conocer se ajusten a lo legislado. La pregunta es quiénes hicieron esas leyes y con qué miras. La pregunta retórica, se entiende.

Atado y bien atado. La vuelta atrás, esto es, la apuesta por recuperar que los servicios públicos no sean gestionados por empresas privadas, resulta de lo más dificultosa, y el panorama que esto deja es desolador.

¿Cómo pueden sentirse todas aquellas personas que, teniendo la titulación requerida para el caso, vean que no pueden presentarse a unas oposiciones que les facilitarían un puesto de trabajo al que aspiran en función de los conocimientos que atesoran?

Aquí, no sólo se firmaron privatizaciones. Aquí, se intentó que se blindaran. Y, artificios legales aparte, lo que se hace es poner por delante el drama de las personas que pueden quedarse en paro. Desde luego, no es la empresa a la que pertenecen la que les asegura el trabajo, sino que se pretende que las instituciones públicas, en este caso, el Ayuntamiento de Oviedo, sean las que se hagan cargo del asunto.

Desde luego, como ya escribí en más de una ocasión, es un drama perder el puesto de trabajo; también lo es no tenerlo y no poder acceder al empleo para el que se cuenta con la cualificación exigida. Pero en estas personas nadie piensa.

Atado y bien atado. Las privatizaciones vinieron para quedarse, y el blindaje estaba y continúa estando en la letra pequeña.

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Viga Azul: Rifa navideña
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-12-2016 | 8:51| 0

 

:: M. R.Pereira trata de controlar el balón, ante dos contrarios.Más allá de los resbalones, más allá de la falta de precisión en los pases en jugadas de ataque, a ratos, daba la impresión de que se rifaba el balón, sin obtener premio, sin alcanzar un juego que pusiese nervioso al contrario, sin entusiasmar al respetable.

Por otro lado, hay que anotar que el primer gol del Córdoba vino en una jugada en la que la defensa oviedista se quedó dormida. Un gol tonto en la medida en que fue un regalo irrechazable para el delantero visitante. ¿Y qué decir del segundo tanto del conjunto andaluz, consecuencia de un desvío involuntario de un jugador del Oviedo que descolocó por completo a nuestro guardameta?

Cierto es que el estado del campo provocó resbalones continuos, pero no lo es menos que a ello se adaptó mejor el adversario, que no es precisamente un equipo del norte avezado a jugar en barrizales. Cierto es que hubo muy mala fortuna en el balón que lanzó al poste Susaeta, que sigue estando más lento de lo habitual. De cualquier modo, tal cosa no justifica el mal juego que ofreció el Oviedo.

Cuesta entender que no estuviese convocado Jonathan Vila, al tiempo que no puedo dejar de preguntarme por qué salió de titular Oscar Gil, cuando tuvo fallos clamorosos en los últimos partidos que jugó. ¿No se merece el jugador gallego la oportunidad de ser titular, cuando vino demostrando solvencia en el tiempo que lleva en el Oviedo?

Por otro lado, Jonathan Pereira no tuvo su día. Lo mismo podría decirse de Nando. Nos les faltó lucha, pero estuvieron carentes de acierto y eficacia. Lo malo de esto es que, de haber estado más inspirados los jugadores citados, el partido contra el Córdoba hubiera sido ideal para disfrutar de un fútbol en el que las bandas tuvieran protagonismo. De ello, estamos ayunos lo que va de temporada.

Tengo la impresión de que son muchas las cosas las que deben ser corregidas en este equipo, sobre todo, la complicidad a la hora del pase y del desmarque. A ningún jugador se le puede reprochar falta de entrega y compromiso, pero ello, con ser imprescindible e ir en el sueldo, dista mucho de ser suficiente.

Rifa navideña, con continuos balones sin precisión. Al final, en el mejor de los casos, tocó la pedrea con el gol de Linares, una pedrea muy inferior a lo invertido y a lo esperado.

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Recuerdos de Oviedo: Cuando nevaba en la tele
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-12-2016 | 3:21| 0

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“Y cuando ella me hable/ de un cielo oscuro, de un paisaje blanco, /recordaré/ estrellas que no vi, que ella miraba, / y nieve que nevaba allá en su cielo”. (Pedro Salinas).

Cuando nos despertamos aquella mañana navideña, ella ya estaba allí. Ella era la primera televisión que hubo en casa. ¿Cómo olvidar el instante en el que mi tía lencendió el televisor? Lo cierto es que no consigo rescatar la primera imagen que vimos en el aparato catódico. Recuerdo que lo mágico, lo asombroso, lo inolvidable fue el momento en que aquello empezó a funcionar.
Si la memoria no me traiciona, aquello sucedió en las navidades del 64. En casa, en el segundo piso de la plaza del Carbayón. Un regalo compartido que fue instalado en el salón comedor. Un objeto nuevo que, en este caso, tenía vida propia. Y que llegó allí para quedarse, haciendo compañía al resto del mobiliario. Pero lo cierto es que tenía vida propia.
Desde aquella mañana de últimos de diciembre de 1964, había, por así decirlo, dos mundos exteriores al alcance de nuestra vida y de nuestra mano; a saber: la calle, la propia plaza, con su vida, con su movimiento, con sus rutinas, y, por otro lado, el que nos mostraba aquel televisor, más lejano, más pequeño, más borroso, por lo común, nevado, y no sólo climatológicamente.
Sobre el revistero del comedor, los periódicos. Sobre la mesilla de noche, aquel inolvidable aparato de radio con su rejilla nacarada. Y, desde aquel día, sobre una mesa estándar la tele. Mesa gris, acorde con el blanco y negro, y con patas metálicas. La marca del televisor tenía un nombre con connotaciones mitológicas, Zenith. Bien sabe Dios que no me mueven afanes propagandísticos, pero lo cierto es que el término era pintiparado teniendo en cuenta lo que aquello supuso.
La voz en la radio. La palabra escrita en los periódicos y en los libros. Y, a partir de entonces, la imagen y el sonido juntos en la televisión.
La televisión que, dejando aparte otras muchas cuestiones, daba noticias de sí misma en aquellos breves espacios en los que una locutora desgranaba la programación.
Vida enlatada la de la televisión, vida que nos visitaba, como dije antes, muy cerca del mirador desde el que mi madre me enseñó a contemplar el mundo.
Y –fíjense ustedes- el caso fue que en aquellas Navidades del 64, en lo que me dice mi recuerdo, no nevó en Oviedo. Sin embargo, la nieve era una constante en la tele, tanto en las películas navideñas que se emitían, como también la que acompañaba siempre a aquellas primeras imágenes tan poco nítidas, y, sin embargo, tan entrañables.
Cuando había fallos en las emisiones, el comentario más común era que aquello era consecuencia de alguna avería en el Gamoniteiro. ¡Qué cosas! La alta montaña donde estaba la antena que captaba la señal televisiva enviaba, caprichosamente, la nieve a nuestras casas a través del aparato catódico.
Y, hablando de antenas, fue en aquellos años cuando los tejados cambiaron su fisonomía. Y, en ese sentido, el paisaje televisivo se fue haciendo común, nos fuimos enchufando a él. Las imágenes empezaron a compartirse puertas adentro.

Cuando nevaba en la tele, relato navideño compartido. Me atrevería a asegurar que fue en aquellas navidades cuando vi por vez primera en la tele una película inolvidable, todo un clásico: “¡Qué bello es vivir!”
A decir verdad, no sé con certeza si nevaba en aquella película. Juraría que sí. A decir verdad, nunca olvidaré el desasosiego del protagonista cuando contemplaba el destino de sus seres más queridos si no se hubieran cruzado con él. A decir verdad, se juntaron dos magias, la de la tele que servía cine en casa y la del milagro de existir.
A decir verdad, la nieve que acompañaba a las imágenes televisivas, a fuerza de formar parte continuamente de aquel paisaje, llegábamos a no verla. Sin embargo, la que salía en las películas que se emitían por aquellas fechas constituía la decoración navideña en estado puro.
Sin salir de casa, ver ciudades con ritmos de vida frenéticos, comparados con el Oviedo de entonces. Coches distintos y más grandes. Formas de vestir muchas veces distintas. El mundo seguía siendo ancho, pero más visible, y lo ajeno, sin apropiárnoslo, al menos, estaba al alcance de la vista.
Una tarde de diciembre, después de haber visto no recuerdo bien qué película, al asomarme al mirador de casa en compañía de mi madre, la calle estaba mojada tras un intenso chaparrón, pero no había nieve.
Sin embargo, quise imaginar nevado cuanto divisaba, desde los techos de los coches que circulaban hasta las aceras y los tejados.
Nieve como azúcar glaseada, nieve algodonosa, suave, silente.
Nieve de las cumbres que, de repente, se concentraba en las calles de Oviedo.
Nieve que convertía los tejados de las casas en superficies donde el merengue cobraba protagonismo.
Nieve con sabor delicioso como el turrón de yema.
Nieve que, de repente, se hacía visible y dulce.
Nieve incontaminada para un relato de infancia.

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Clarín y el Teatro Campoamor
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-12-2016 | 5:53| 0

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Entre las muchas que conviene recordar acerca de nuestra más reciente historia en el orden cultural, está la figura de Clarín, y no sólo como el autor de una de las grandes obras maestras de la narrativa decimonónica, sino también como uno de los grandes articulistas de su tiempo.  Conocido es aquello que declaró en su momento afirmando que había sido, ante todo, un periodista.

Pues bien, cuando se aproxima el 125º aniversario del Teatro Campoamor, proyecto en el que Alas se implicó tanto, se me ocurre que una forma de hacer los honores por todo lo alto al propio teatro y al literato sería convocando un premio periodístico que llevase el nombre de Clarín y que se concediese a la mejor columna periodística del año en nuestro país. Por supuesto, tanto el jurado que fallase el premio como también la dotación económica deberían estar a la altura de las circunstancias. Y se da por descontado que la entrega del galardón debería tener lugar en el propio teatro Campoamor.

Con ello, no sólo se rendiría un más que merecido homenaje al Clarín artúculista y al Clarín ciudadano de Oviedo que luchó para que nuestra capital contase con un gran teatro. Además, de eso, nos serviría como recordatorio de lo que fue la mejor Asturias, aquella en la que Leopoldo Alas ejercía su autoridad desde Oviedo como crítico literario y como analista de la vida pública de la España de su tiempo.

A decir verdad, es injusto que el nombre de Clarín no esté ligado también al mejor periodismo, al mejor columnismo. A decir verdad, la figura de Leopoldo Alas debe estar asociada de forma perpetua la Teatro Campoamor.

Lo cierto es que apenas se conoce el soberbio texto que escribió Fernando Vela sobre aquel Clarín melancólico en el Campoamor. Lo cierto es que apenas se tiene noticia de la paradójica relación que Clarín tuvo con el teatro como género literario. Lo cierto es que sería muy saludable que se recordase con toda la solemnidad que el caso requiere que el mejor periodismo también se dio cita en Oviedo.

Hecha está la propuesta, que considero no sólo viable, sino sobre todo y ante todo, de justicia poética.

El Ayuntamiento de Oviedo tiene la palabra.

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Recuerdos de Oviedo: El referéndum del 78
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-12-2016 | 12:38| 0

“Toda dificultad eludida se convertirá más tarde en un fantasma que perturbará nuestro reposo.” (Chopin).

No sabría decir si aquel día de diciembre fue especialmente frío. Lo que recuerdo con nitidez fue la ausencia de entusiasmo de aquella jornada, a pesar de que votaba por primera vez. Es decir, ni el estreno como ciudadano que ejerce su derecho al sufragio ni lo que en aquel plebiscito se dilucidaba, nada menos que una Constitución garante de derechos y libertades, me produjeron euforia alguna. Estaba bien votar, desde luego. No era una mala noticia contar con un régimen político constitucional, tres años después de la muerte del dictador. Pero algo fallaba, pero algo faltaba.
Parafraseando a Ángel González, podría decir que voté con más convencimiento que esperanza. Con el convencimiento de que había que ejercer tal derecho, sin la esperanza de que las cosas cambiasen como deseábamos.
Al igual que en las primeras elecciones de junio del 77, acompañé a mis padres a votar en el edificio que entonces era conocido como la Casa Sindical. Al vivir en la calle Toreno, era el colegio electoral donde nos correspondía hacerlo. Y lo cierto es que, aun si poder haber votado en el 77, pues entonces la mayoría de edad eran los 21 años, me resultaron mucho más interesante aquellas primeras elecciones al Parlamento. Y lo cierto es que estaba claro que los partidos de izquierda, en el momento mismo que pedían el voto afirmativo para la Constitución del 78, renunciaban a la República como forma de Gobierno. Atrás de había quedado la ruptura que demandaba la llamada oposición democrática y, de paso, la reivindicación republicana había sido aparcada.
Votamos a última hora de la mañana. Las emisoras de radio y la televisión pública iban dando noticias del transcurso de la jornada del referéndum constitucional. Se daba por hecho que el “sí” iba a imponerse con claridad.
Mi padre estaba pendiente de cuanto se informaba, y tenía muy claro que aquello nada tenía que ver con el 14 de abril, al menos en cuanto al entusiasmo en las calles.
Referéndum del 78. Las libertades clásicas quedaban explícitamente reconocidas. Y la historia de España había dejado atrás una larga dictadura.
Por la tarde, ya oscurecido, salí a la calle. En la mayor parte de los bares y cafeterías, las televisiones estaban encendidas y, por supuesto se hablaba de política. Suárez atravesaba quizás su mejor momento. Prueba de ello es que la llamada Carta Magna se había aprobado por la inmensa mayoría de los partidos antes de ser sometida a referéndum. Aquella, oficialmente hablando, era la España del “consenso”, palabra que se repetía machaconamente.
En una cafetería de la Avenida de Galicia, que en aquel momento estaba llena de gente, tuvimos la suerte de poder acomodarnos en torno a una mesa que acababa de quedar libre. Nos preguntábamos acerca de las muchas cosas pendientes de la reciente democracia, entre ellas, Europa. Entre ellas, el legado del exilio. Entre ellas, la configuración territorial, teniendo en cuenta, sobre todo, que el PNV no se había sumado a aquello. Entre ellas, el fin del terrorismo. Entre ellas, las libertades que deberían consagrarse. Entre ellas, el fin de todos los rescoldos de la dictadura.
Complicado panorama. Complejidad no pequeña. Pero –queríamos creer- se había avanzado mucho. Frente a ello, nos llenaba de escepticismo que, de repente, salvo muy contadas excepciones, aquí todo el mundo era demócrata de pro. Por ejemplo, periodistas muy mimados en el anterior régimen. Por ejemplo, profesores de FEN que manifestaban estar preparados y dispuestos a cantar alabanzas a la democracia en las aulas.
El país había cambiado tanto que se pasó de la consigna de no hablar de política a la proclama de tantos y tantos conversos a la democracia.
Por la noche, fuimos al cine. En el Ayala, vimos una película de la que difícilmente cabía hacer una lectura poíitica.
A la salida del cine, nos encontramos con que la ciudad y el país estaban en plena placidez. No se percibía entusiasmo alguno, tampoco grandes miedos. Llegaba la calma. No era el sosiego místico tras éxtasis alguno. Era el cumplimiento de un guion al que se habían ido sumando los unos y los otros.
Pasamos por delante de la Casa Sindical, toda una estética de la verticalidad, que ahí sigue, que ahí está.
Por la noche, un sinfín de comentarios coincidentes y redundantes en la inmensa mayoría de los programas radiofónicos. No eran los tiempos del pensamiento único, pero lo parecían.
Desde el ventanal de la cocina de nuestra casa en Toreno 5, observé el Naranco. Silencio. Paz.
De repente, las luces de un coche, ya de madrugada, iban iluminando la carretera del Naranco.
Un vaso de leche fría, el último pitillo de la madrugada y un poema de León Felipe que hablaba del desgarro del exilio.
Así despedí la larga jornada en la que la España del consenso cobraba carácter oficial.

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