El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Recuerdos de Oviedo: Aquel concierto de Serrat en la Plaza de Toros
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-09-2016 | 12:55| 0

“Los ojos guardan algo/ que palpita en la voz”. (Vicente Huidobro).

“Mi tibio rincón, / mi mejor canción, / mi paisaje”. (Joan Manuel Serrat “Poema de amor”).

San Mateo, 1984. Aún no había anochecido cuando Serrat inició su concierto “golpe a golpe”, “verso a verso”, esto es, con Machado, con el camino que se hace al andar. Acaso el mejor comienzo posible para quienes, desde la adolescencia, veníamos siguendo la trayectoria de uno de los grandes cantautores que para mucho de nosotros era una de las principales referencias.
La plaza de toros presentaba ya entonces un estado de conservación manifiestamente mejorable. Pero estábamos allí para escuchar a alguien que admirábamos con todas nuestras fuerzas.
¿Cómo olvidar aquellos conciertos en los que determinadas canciones provocaban, tan pronto se oían sus primeros acordes, que, masivamente, se encendiesen mecheros con los que se escenificaba la liturgia obligada de rendir culto a algo que ponía música y letra a nuestra educación sentimental? Hermosa e inolvidable liturgia la de los mecheros. Las manos ardían, primero por el calor que desprendían los encendedores. Segundo, por los aplausos, fervorosos, que lanzábamos a resultas de un entusiasmo febril y, en ocasiones, delirante.
Y, entre las canciones tradicionales de Serrat que despertaban la liturgia de los mecheros, estaba el poema machadiano “La saeta”. Confieso que siempre me llamó la atención que no solía repararse en que el autor de “Campos de Castilla” lo que hace en el referido poema, convertido por la música de Serrat en canción de culto, no es precisamente halagar esa expresión de religiosidad de la tierra suya. Pero ésa es otra historia.
Serrat, en 1981, había sacado un disco cuyo tema estrella era “Hoy puede ser un gran día”, especie de himno al carpe diem. “En tránsito” era el título de aquel disco, título muy acorde con los tiempos. Recuerdo que interpretó canciones del referido álbum musical en el concierto mateíno que estoy evocando.
Y recuerdo también que, antes de interpretar canciones en catalán, las traducía. Memorable la letra de la canción que dedicaba a su mar Mediterráneo, invitando a que se reflexionase acerca de las consecuencias de la contaminación que lo convertía en una cloaca.
Fiestas mateínas en las que, como bien se sabe, el verano estaba cerca, no sólo por lo que marca la estacionalidad, sino también por los recuerdos más recientes. De hecho, seguía siendo verano, escuchando a Serrat en directo, disfrutando de las fiestas de San Mateo, sin lluvia.
Y frente a aquellas canciones insultantemente horteras y hasta ñoñas, cuando no afrentosamente vulgares, que se convertían en “la canción de verano”, puedo decir que hay una legendaria canción de Serrat, “Poema de amor”, que ponía música al verano, que nos llevaba a la playa en noches de ensueño, que escenificaba vivencias memorables, que era el himno de lo soñado que en algún momento, prodigioso y delirante, se hace realidad. Noche en el mar, niebla que envuelve, versos que encienden, acordes que ponen música a delirios portentosos.
Pero regresemos a aquel concierto de San Mateo en la Plaza de toros de Oviedo. Aute, tras el concierto “Entre amigos”, de 1983, había dejado de ser un cantautor minoritario. Y resultaba inevitable compararlo con Serrat. Más intimista y metafórico el primero, letras más elaboradas, frente a un Serrat que se decantaba más por el costumbrismo, de un costumbrismo al que, por cierto, convertía en canciones que despertaban una ternura memorable, pensemos en “Currito el palmo”, cuya historia está maravillosamente cantada y contada.
Y, siguiendo con Aute, al haber participado Serrat, en el concierto “Entre amigos” cantando el tema que lleva por título “de alguna manera tendré que olvidarte”, era, como digo, insoslayable comparar a ambos. Serrat tenía entonces, cuantitativamente hablando, mayor recorrido en nuestra educación sentimental, mientras que Aute había sido uno de los regalos estéticos más importantes de aquellos primeros años 80. De hecho, había canciones de Aute que hasta entonces eran más conocidas en otras voces como las de Massiel y Rosa León.
Primeros años ochenta en los que los cantautores no sólo llenaban los aforos de los conciertos, sino que además reverdecían antiguos éxitos. Primeros años ochenta en los que éramos conscientes de la deuda impagable que teníamos con los cantautores que tanto nos habían acompañado en nuestros afanes y desvelos en busca de sueños personales y colectivos en aquellos tiempos de grandes esperanzas.
“Esos locos bajitos” ¿Cómo olvidar el preámbulo que Serrat hizo antes de interpretar esa canción en el concierto que estoy relatando? Los niños, condenados inexorablemente, a dejar de serlo, esto es, a ser perdedores. ¿Cómo olvidar los acordes de aquella canción en la que su autor e intérprete le decía a alguien “soy sinceramente tuyo”? ¿Cómo no recordar aquella otra canción en la que la vida, a veces, nos saca a bailar propiciando lo mejor de nosotros mismos, en la que la vida, en cambio, en otras ocasiones, nos deja derrotados y contritos? ¿Cómo no tener presente en determinados momentos era desiderata tan asumible que habla de lo fantástico que sería que heredasen los desheredados y que, además de otras cosas, ese “tú”, que parecía remitirnos a un extraordinario poema de Pedro Salinas, fuese el imaginado y el soñado?
Aquel concierto de Serrat en el que no pudo celebrarse tras su conclusión un encuentro con la prensa, pues salió casi de inmediato para Logroño donde se le esperaba, seguro que no menos avidez que en Oviedo.
Aquel concierto de Serrat. Canciones de amor sin sentimentalismo. La palabra de Machado y de Miguel Hernández con la voz y con música del cantautor que tanto contribuyó a una mayor difusión de poetas tan gigantescos.
Aquel concierto de Serrat. Por la noche, en una terraza del Antiguo, el mechero que había sido instrumento de la liturgia de las canciones memorables, estaba sobre la mesa, encima de la cajetilla. Mechero rojo que había sido utilizado para momentos de culto. Apetecía acariciarlo, apetecía contemplarlo con mimo.
Por la noche, en una terraza del antiguo, quedaba, que diría Aute, la música. Y la música en algún momento nos transportó a una playa, en la que, gracias a la marea baja, unas rocas sirvieron de asiento para escuchar el mar, para que la vista intentase avistar el cielo sorteando la niebla, para que el poema de amor de Serrat se escenificase una vez más, porque, también, la vida se soltaba el pelo y nos sacaba a bailar.
Y, en efecto, no había camino; en este caso, lo abrían nuestros pasos dejando huellas en la arena, oro molido que a veces brillaba.

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Apuesta por Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-09-2016 | 9:24| 0

«Avilés, Oviedo y Gijón forman el triángulo central en que se plasma el espíritu de la región: son las tres potencias del alma de Asturias: Avilés, la memoria; Oviedo, el entendimiento, y Gijón, la voluntad». (Valentín Andrés Álvarez).

«Ya no hay pretexto de que Oviedo no tiene quien le escriba con independencia de criterio»

Cuando determinados excesos del ‘gabinismo’ pasan factura, cuando ciertas mudeces, cegueras y sorderas mediáticas ya no tienen viabilidad posible, cuando a Oviedo le toca forjar proyectos para unos espacios que se quedaron sin uso, EL COMERCIO pone en marcha su apuesta carbayona, llevando a los quioscos cada día una edición de y para esta ciudad. Semejante iniciativa es una excelente noticia para la capital asturiana no sólo por la profesionalidad y el prestigio del equipo periodístico que llevará a cabo semejante tarea, sino también porque el público lector tendrá a su disposición informaciones veraces y contrastadas, así como opiniones plurales acerca del acontecer vetustense.

No sólo no habrá maniqueísmo ni en la información ni en la opinión, sino que además no tendrá cabida el pretexto de que Oviedo no tiene quien le escriba con independencia de criterio y con un irrenunciable compromiso de servir al público lector, frente a intereses personales o partidistas.

La edición de Oviedo de EL COMERCIO será, sin duda, una herramienta muy útil para una ciudad que necesita dar soluciones a problemas que exigen respuestas inmediatas. Pensemos en los terrenos y edificios del antiguo Hospital, pensemos en la antigua fábrica de gas, pensemos en los solares de El Vasco, pensemos en la plaza de toros, y así sucesivamente.

A veces, un periódico puede ser el instrumento de debate más útil con que puede contar la ciudadanía democrática. Para ello, sólo hacen falta dos cosas: independencia frente a todo tipo de presiones y dar el protagonismo al público lector para quien está concebido.

Ciertas consignas victimistas que hablaban de cercos a Oviedo ya se quedaron atrás, por falaces y quejumbrosas. Cierto grandonismo que se llevaba a cabo sin pensar en que se estaba hipotecando el futuro de la ciudad está mostrando ahora sus consecuencias. Ciertos apoyos que no separaban bien la información de la propaganda producen, a poco que pensemos en ello, bochorno y frustración.

Hora es de sacudirse rémoras. Hora es de mirar hacia adelante, hora es de asumir los afanes y desvelos que Oviedo concita y que la ciudadanía debe, al mismo tiempo, exigir y exigirse.

Pues bien, todo ello coincide con el arranque de la edición de Oviedo de EL COMERCIO. Y estoy convencido de que este periódico no regateará esfuerzos para desempeñar su papel en el día a día de una ciudad a la que le toca, en gran medida, reinventarse, con lo que ello conlleva de inquietante, pero también de motivación.

Pues bien, estamos hablando de una apuesta periodística que se implicará de lleno en estos nuevos tiempos que vive una ciudad que necesita debates, respuestas y soluciones.

La edición de Oviedo de EL COMERCIO se abre paso en semejante situación y pide el protagonismo que le corresponde a un periódico, esto es, ser la voz y el eco de la sociedad de la que se ocupa, ser la voz y eco de la ciudadanía que, leyendo el diario, se lee a sí misma. Ser las voces y los ecos plurales, diversos y hasta dispersos del conjunto de sus lectores.

Ser, en este caso, la palabra, con su letra y música, de Oviedo.

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Viga Azul: ¿Paciencia o resignación?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-09-2016 | 2:11| 0

Hierro, desde el inicio de la Liga, viene insistiendo en que el equipo aún está en rodaje, que hace falta tiempo para que los jugadores se encuentren más coordinados y que, hasta diciembre, ningún conjunto se consolida, sobre todo si, como es el caso, ha habido muchos cambios.

Lo cierto es que ya acudimos al Carlos Tartiere con la paciencia que llevamos de casa. Paciencia para que se vea un mejor estado de forma, especialmente en algunos jugadores, como es el caso de Susaeta. Paciencia para que se observe mayor solvencia defensiva. Paciencia, sobre todo, para que podamos disfrutar de partidos en los que se nos deleite con jugadas bien trenzadas a base de pases que lleven el balón arriba con el consiguiente peligro.

Lo cierto es que el Mirandés fue un equipo muy ordenado atrás, aunque, por fortuna, no se le vio demasiada ambición a la hora de atacar. Lo cierto es que sería de agradecer que, desde el centro del campo, hubiese un director de orquesta que fuese el punto de partida para las jugadas ofensivas.

Lo cierto es que ya no estamos muy lejos de pasar de la paciencia a la resignación. Y no ya por los resultados, sino sobre todo por las lagunas que muestra el equipo. En Mallorca, por ejemplo, fue imperdonable la falta de mordiente, con un Toché que estuvo solo la práctica totalidad del partido. En el partido de Copa en Murcia hubo fallos defensivos clamorosos más achacables a faltas de concentración que a lances desafortunados en el juego.

Y, ayer, sin que el Oviedo jugase un mal partido, se puso de manifiesto que el camino para lo deseado y, en alguna medida prometido, se nos fía muy largo.

Cierto es que Toché dispuso de ocasiones en las que, de haber estado un pelín más precisa su puntería, el gol del triunfo hubiese sido realidad. Cierto es que el Tartiere fue una fiesta cuando salió Michu al campo, fiesta que no se pudo celebrar por todo lo alto, porque, en muchas jugadas de ataque, daba la impresión de que el resplandor y esplendor del sol de la tarde cegaban la precisión en el último momento de la jugada previo al gol.

Daba la impresión, en efecto, de que la artillería ofensiva del Oviedo estaba mojada a pesar de la tarde tan veraniega.

Lo dicho: la fase la paciencia ya está avanzada. Por tanto, deseamos con ahínco no llegar a la etapa de la resignación, con las ilusiones y esperanzas a ras de suelo.

No hay que incurrir en el desánimo, por supuesto. Pero el equipo y, sobre todo, el cuerpo técnico deben ser muy conscientes de que las fases, en este caso la de la paciencia, tienen un tiempo y unos plazos.

Y que no deben agotarse.

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Recuerdos de Oviedo: La Plaza del Sol
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-09-2016 | 12:25| 0

“Me atrevo a dar el consejo de escribir, porque es agregar un cuarto a la casa de la vida”. (Adolfo Bioy Casares).

El primer recuerdo que tengo de esta plaza es la niebla. Era una tarde de invierno. Habíamos dado un paseo por el Fontán. Y, al llegar a las inmediaciones del Ayuntamiento, recordé una conversación en la que se hablaba de una historia relacionada con el palacio que da vida a la Plaza del Sol, una historia que, llegado el momento, me daría claves importantes para descifrar parte de la vida de un antepasado en el que me interesé hasta el extremo de novelar su trayectoria, que era, a decir verdad, muy enigmática y melancólica, llena de episodios inquietantes y cercenada por un montón de cabos sueltos.
Plaza del Sol. ¿Por qué ese nombre en Oviedo? ¿Por qué ese nombre en Asturias? Lo cierto es que lo más llamativo que tiene es su tamaño, pequeño, como casi todo lo nuestro, una plaza que, además, no cabe concebir sin el señorial inmueble que la habita. Una plaza que parece diminuta como esparcimiento, no ya para la ciudad, hablando en términos históricos, sino incluso para la casona que la preside, que seguro que siente cierta asfixia y que parece buscar respiro calle abajo, como si esas escaleras que la circundan marcasen la salida y el alivio. Como si esas escaleras señalasen la finca que reclama, el solar que le pertenece, solar que tiene que ir mucho más allá de los límites que marca la Plaza propiamente dicha.

A veces, al pasar por allí, tuve una extraña sensación: como si la Plaza del Sol fuese un vestíbulo dentro de una vieja ciudad amurallada y la casona estuviese allí, como un mueble demasiado grande para tan reducido espacio. Y el contraste entre lo grande y lo pequeño fuese el mayor atractivo de este lugar al que, estoy seguro, contemplan los siglos.
Pero es que hay más: no sólo le falta espacio a tan señorial construcción, le falta también protección, muros que preserven su intimidad, muros que la aíslen del devenir cotidiano. ¿Y esos muros que parece buscar no serán los de la muralla de Oviedo, que ni se cierra ni se abre, pues de ella sólo quedan restos atestiguándola?
¡Cuánta melancolía! ¡Cuánto desajuste entre el pasado y el presente!
Plaza del Sol, que marca el vacío entre el pasado y el presente, entre un pasado y un presente al que le faltan caminos y espacios para ser transitados con solución de continuidad.
Bien mirado, ¿no es cierto que la plaza que estoy describiendo se manifiesta –y mucho- como una poderosa metáfora de las dificultades que tiene redondear una historia, cerrando las fisuras, resolviendo los cabos sueltos, una historia lineal sin claros, sin vacíos, sin sendas sepultadas? Poderosa metáfora, digo, de un pasado que no se muestra a la vista y que, al mismo tiempo, lo que aún permanece en pie llama a gritos.
La niebla, digo, como protagonista, mientras el sol sólo estaba en la denominación de la plaza. Y, con esa niebla, envolviendo la plaza y su inmueble, se apoderó de mí la curiosidad por rescatar los fantasmas que en su día la habían habitado, por concebir situaciones que se habían producido intramuros, convirtiendo las siluetas en seres reconocibles, poniéndoles voz y reconstruyendo conversaciones y gestos.
La niebla dio paso a una lluvia, que, sin volverse intensa, llegó a ser persistente, lo que me llevó a dejar para otro momento mis incursiones literarias. Fui a un café cercano en la calle Cimadevilla. Tuve la suerte de que estaba libre una mesa muy cerca de la entrada. Desde allí, pude observar que la lluvia no cesaba, al tiempo que los paraguas iban y venían con cierta parsimonia.

Fui dejando atrás la historia del antepasado y, centrándome en el momento, me resultó divertida la paradoja de que aquella vivencia que había tenido en la Plaza del Sol se encontrase tan lejos de hacer honor a su nombre.
Plaza del Sol, pues, avistada en una jornada neblinosa. Plaza del Sol, escenario de una trama novelesca. Plaza del Sol, en una suerte de especial viaje a un pasado cuyo acceso sólo puede ser posible mediante reconstrucciones literarias.
Andando el tiempo, en aquellas noches por el Oviedo antiguo en las que no había prisa, en las que las conversaciones se prolongaban sin que nadie mirase el reloj, en las que casi siempre nos acompañaban libros sobre las mesas y mostradores, en las que la actualidad resultaba muy difícil de separar no sólo de referencias al pasado, sino también y sobre todo, de posibles (y muy deseables cambios) que no podrían demorarse mucho.

En aquellas noches por el Oviedo antiguo, digo, acostumbraba a asomarme a la Plaza del Sol cada vez que pasaba cerca, siempre con el mismo recordatorio sobre el antepasado al que ya hice mención. Y, sobre todo, me planteaba la historia de aquel edificio, que, a decir verdad, siempre me lo imaginé por dentro destartalado.
Y, en efecto, la primera vez que puse los pies en su interior, cuando lo habían convertido en la sede de la Consejería de Cultura, la realidad confirmó lo que me había imaginado. Se percibía con claridad que aquellas estancias no estaban adaptadas a su destino, a ser sede de una dependencia institucional, aquello, por dentro, era más casa que oficinas. Se diría que la voluntad de sus muros era muy otra.
Muchos años después, antes de que la sede de la Consejería de Cultura se trasladase al Calatrava, la última vez que estuve en el edificio de la Plaza del Sol, fui a parar a una oficina pequeña, eso sí, con los techos muy altos. Y, una vez más, tuve la sensación de que había una tremenda distancia entre el marco y el cuadro.
Al salir de allí, con el pertinente registro de entrada sellado en los papeles, un sol, todavía raquítico en las postrimerías del invierno, animaba la jornada.
La Plaza del Sol seguía con sus desajustes que los siglos no habían resuelto.
Ni resolverán.

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Vísperas mateínas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-09-2016 | 4:28| 0

Resultado de imagen de chiringuitos san mateo

«En la noche y la trasnoche, / y el amor y el transamor, / ya cambiados/ en horizontes finales, / tú y yo, de nosotros mismos». Pedro Salinas.

Vísperas mateínas, cargadas, como va en el guion, de polémicas. No es esto lo que sorprende, pero sí resulta llamativo que se reproche a los organizadores problemas y asuntos no resueltos que vienen muy de lejos en el tiempo y que, durante muchos años, ni tan siquiera se nombraron. Ya se sabe que todo pretexto es bueno para culpar al antagonista de cuantos males haya memoria.

Pero, por un momento, dejemos la política y sus polémicas. Pero, por un momento, pensemos en las fiestas que están a punto de llegar, fiestas que coinciden con el fin de un verano al que Oviedo despide por todo lo alto, con sus chiringuitos y conciertos, con sus aglomeraciones por el Antiguo, con sus conjuras y conjuros contra el cansancio y lo madrugones.

Fíjense: literariamente, somos una ciudad otoñal. Así, ‘La Regenta’. Fíjense: las fiestas mateínas tienen su día grande que coincide con el fin del verano. Y todo fin de ciclo, en este caso de estación, merece ser festejado contra la melancolía que nos habita, contra la melancolía que, ya avanzado septiembre, apodera el paisaje astur. Me gusta el Oviedo bullicioso de las fiestas mateínas. Me gustan esas noches que se alargan como si al día siguiente no hubiese que madrugar. Me gusta ver que las piedras y muros de la ciudad recobran vida y que se engalanan sin perder del todo su propia luz.

Vísperas mateínas que tienen la magia de propiciar que el verano se alargue, que los decibelios que se hicieron oír a lo largo del verano por las innumerables fiestas que hay en toda Asturias se concentren en el cogollo carbayón.

Vísperas mateínas en las que los recuerdos se agolpan. Tómbolas en  el Paseo de los Álamos. Barracas en las proximidades del ‘Campo Maniobras’ (sin preposición). Algodón en rama. La bruja que proporcionaba un prospecto, creo que de color azul, en el que venían vaticinios que no tenían mucho interés. Manzanas acarameladas. Coches de choque. Un tiro al blanco muy cerca del Instituto Alfonso II. Fue el de mi estreno. Andando el tiempo, todo aquello se trasladó a las cercanías de San Pedro de los Arcos.

Por otra parte, ¿cómo no recordar la música que sonaba hasta la madrugada en los Jardines de la Herradura, música que entraba en nuestra casa cuando vivíamos en la calle Toreno?

Pero, a decir verdad, tras la presencia de los chiringuitos, se consolidó un modelo de fiestas mateínas, con sus ventajas e inconvenientes, pero que, con todo, es algo que está muy asentado y que define las fiestas de nuestra ciudad.

Más allá de las polémicas, la música, el trasiego, las piedras nobles que también se suman a la fiesta. Y, ante todo y sobre todo, las noches, con esos fuegos artificiales en los que el oro molido de su caída es un canto de cisne estremecedor.

Las noches de música, conversaciones y poesía.

Las noches que, a veces, son un poema.

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