El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
¿Con flores a Clarín?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-08-2017 | 9:33| 0

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Recientemente, tuvo lugar en Gijón una ofrenda floral a Jovellanos que pone de manifiesto el fervor y la devoción que la ciudad le profesa a su hijo más insigne. Desde luego, no le faltan méritos para ello, tanto por la categoría intelectual del personaje como por los continuos y fértiles desvelos del ilustrado hacia su Gijón natal.

Y ese acontecimiento de la ofrenda floral a Jovellanos en Gijón me llevó a preguntarme una vez más por la compleja y contradictoria relación que hay entre Oviedo y Clarín. Porque, siendo incuestionable que el ovetense al que nacieron en Zamora es el personaje más ilustre que jalona la historia de nuestra ciudad, no lo es tanto que en nuestra capital se le valore como realmente se merece, eventos oficiales aparte.

Para empezar, un pequeño detalle de nuestro callejero: la vía pública dedicada a Clarín no está entre las principales calles de la ciudad. Para seguir, aún persiste aquel Oviedo que no agradeció nunca el retrato que Alas hace de Vetusta. Y, para ponerle la guinda al pastel, no se puede negar la existencia de cierto esnobismo vetustense que se reclama clariniano y que, sin embargo, tendría cabida en ‘La Regenta’. ¡Ay!

¿Con flores a Clarín? ¿Llegará un momento en que en Oviedo sea de conocimiento público que Clarín no sólo descolló como novelista, sino que además fue el intelectual que más se adelantó a su tiempo en España, con el mérito añadido de haberlo hecho desde una ciudad aislada dentro de un país en el que los afanes de modernidad chocaban con la política oficial y con gran parte de la sociedad?

Dos hechos diferenciales entre Oviedo y Gijón. La nuestra es una ciudad de novela, mientras que Gijón es, sobre todo, una ciudad de cine. Y, en segundo lugar, en Oviedo no se venera tanto a Clarín como sí sucede en Gijón con el ilustrado.

¿Cómo no preguntarnos por qué tuvo que transcurrir tanto tiempo, mucho más allá de la muerte de Franco, para que su hijo, el Rector Alas, tuviese en Oviedo el reconocimiento que realmente se merece?

¿Con flores a Clarín? ¿Llegará el día en el que el Oviedo oficial y la ciudad en su conjunto muestren su gratitud y devoción hacia alguien que, además de otras muchas cosas, representa  la mejor España, la mejor Asturias y la época más esplendorosa de nuestra Universidad?

Llegará, tendrá que llegar.

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Recuerdos de Oviedo: Una tarde de verano en el Aguaducho
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-08-2017 | 6:00| 0

«La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más». (Kierkegaard).

«Estar aquí como el arte. / Sin qué, para qué, por qué, / viendo que se mueve el aire». (Carlos Bousoño).

Oviedo, principios de julio de 1980. Quedaban pocos minutos para que la librería Santa Teresa cerrase aquella tarde cuando salí de casa; pero llegué a tiempo para comprar un libro del que me habían hablado con entusiasmo. Se trataba de ‘La Historia Interminable’, de Michael Ende. Era uno de esos escasos días en nuestra tierra sin apenas nubes, con calor sofocante.

Aunque ya estaba empezando a refrescar, en el camino de regreso, compramos sendos helados en el paseo de los Álamos, que fuimos saboreando despacio. Al llegar al estanque del Campo de San Francisco, decidimos tomar un refresco. Allí estaba el Aguaducho con sus mesas y sombrillas, como destino pintiparado para ello.

Toda una delicia el refresco que parecía reclamar la presencia de una brisa fresca. Toda una delicia tener aquel libro en las manos que prometía una lectura voraz y aprovechable. Todo un lujo, aquel momento de sosiego no sólo porque el atardecer estaba próximo, sino también porque la cercanía del estanque con sus patos, cisnes y pavos reales tenían su no sé qué de mágico.

Y los refrescos, con sus rodajas de limón y sus piedras de hielo, servidos en vasos de propaganda de una conocida marca constituyeron el acompañamiento perfecto para aquel momento.

Abrimos el libro varias veces, por rigurosos turnos marcados por la cortesía mutua. Y, de repente, reparé en la caseta del bar, que durante todo el invierno permanece cerrada.

A decir verdad, tenía –y tiene– su gracia que algo tan pequeño cuando está cerrado, pueda, llegado el momento, expandirse tanto con sus mesas, asientos y sombrillas, con todo lo que ello acarrea de poder de convocatoria.

Las burbujas del refresco, la luna por la que esperábamos, el comienzo del libro recién adquirido.

Tarde, en efecto, sosegada, de un tiempo de vísperas de las fiestas del verano a orillas de Narcea. Me esperaba mi pueblo, Lanio, me esperaba mi río, me esperaba mi paraíso.

¡Qué espera tan agradable la de aquel momento en el Aguaducho!

Una espera que, bien mirado, abarcaba mucho más, cuando se iniciaba una década, la de los ochenta, en la que, como escribí muchas veces, los miedos de los primeros años de la transición se iban retirando para dejar paso no sólo a las grandes esperanzas, sino también a unas vivencias en las que, internamente, las libertades cobraban protagonismo y se adueñaban de nuestro sentir y de nuestro pensar.

Un tiempo en el que los buenos libros no sólo estaban para ser devorados, sino que también –y sobre todo– eran acompañantes insustituibles.

Había mucha gente alrededor del estanque, de todas las edades, que se dejaban oír mucho más que el conjunto de personas que ocupábamos las mesas de la terraza veraniega del Campo de San Francisco.

Estábamos con las primeras palabras de ‘La Historia interminable’ y, una vez más, hablamos de los mejores comienzos de novelas que conocíamos. Y, en pleno mes de julio, el arranque preferido seguía siendo el mismo, el de la ‘Sonata de Estío’, de Valle-Inclán, que reza así: ‘Quise olvidar amores desgraciados y decidí recorrer el mundo en romántica peregrinación’.

A nuestra izquierda, dos pavos reales desplegando sus colas, como abanicos en lo que al cromatismo se refiere, exhibiendo poderío y belleza.

Nos hacíamos los remolones, prolongando nuestra estancia. Los vasos ya estaban vacíos, pero la plenitud de aquello no había descendido lo más mínimo.

Un libro de cuya lectura esperábamos mucho. Un atardecer con el sosiego del místico que resultaba muy reconfortante. Unos pavos reales que daban lustre al marco y al cuadro del que formábamos parte. Unos cisnes ajenos al modernismo y a lo que vino después. Unos patos que comían con avidez trozos de barquillos que les lanzaban los niños que por allí se divertían. Una puesta de sol que no veíamos bajo los árboles. Un tráfico que iba a menos. Un fin de curso que se había quedado atrás.

Durante mucho tiempo se dijo que Oviedo no era una ciudad para el veraneo, pero, desde luego, sí puede serlo para el verano.

Un niño rubio caminaba en el medio de sus abuelos, que le ofrecieron un barquillo, pero –¡ay!– la criatura quería un helado y el acuerdo no parecía muy fácil de alcanzar.

Antes de irnos, recordé lo mucho que habíamos frecuentado de pequeños la guarida de Petra, aquella osa tan familiar para todos nosotros.

Al dejar el Aguaducho, decidimos ir a la playa al día siguiente a primera hora de la mañana. Apenas corrían nubes por el cielo, paseamos por el acantilado. Nos acompañaron dos libros, el recién adquirido y otro que se había publicado muy recientemente, ‘Expresión y Reunión’, de Blas de Otero, en cuya portada podía verse una soga, la de la angustia y la de la censura.

Al irnos, los pavos reales ya se habían marchado y el niño que quería un helado, al final, se había salido con la suya, lo disfrutaba, al tiempo que su abuela le advertía que se lo comiese despacio. Aquello estaba tan frío que podía hacerle daño.

Un cisne escondió su cabeza. Pura quietud.

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HACER POLÍTICA A GOLPE DE TUITS
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-08-2017 | 12:04| 0

Caunedo y Rosón en el pasillo anterior al Salón de Plenos.

“El humor es la manifestación más elevada de los mecanismos de adaptación del individuo”. (Sigmund Freud).

“A fin de cuentas, todo es un chiste.” (Charles Chaplin).

Aunque suene de forma muy similar, no se trata de un baile, sino de textos muy reducidos. Algo cuantitativo, pues. Lo cierto es que la red social Twitter tiene un protagonismo cada vez mayor en la vida pública, tanto global como llariega. En la primera, ahí tenemos a Trump y sus afirmaciones tan brutales y disparatadas. En la segunda, en lo que a Oviedo se refiere, les sugiero que no se pierdan la noticia que publicó EL COMERCIO acerca de la batalla que acaban de librar Rosón y Caunedo en la susodicha red social tras el último Pleno en el Ayuntamiento carbayón.

Política a golpe de tuit. La frase corta, el ataque, eso que se da en llamar el ‘zasca’ entre el exalcalde de Vetusta y el actual edil de Economía. La fiesta, por decirlo de algún modo, sigue tras el Pleno, mediante la discusión virtual.

A decir verdad, no me parece justo que la red social llamada Twitter se desprestigie tanto, porque en los caracteres permitidos no sólo cabe la brocha gorda y la descalificación, sino también el aforismo y la frase ingeniosa. Y además hay algo muy importante a tener en cuenta: obliga a ejercer la capacidad de síntesis, algo que admiro mucho no sólo como lector, sino también como docente.

Quien no es capaz de resumir tiene muy difícil esbozar un discurso convincente y brillante. No hay que incurrir en el conocido tópico que habla del torrente de palabras y del desierto de ideas. Hay que aprender de concepto y hay que enseñar con ese fin.

Y, en lo que respecta a las descalificaciones entre ambos ediles, sin entrar a fondo en el asunto, sería muy deseable que la sutileza asomase más, la sutileza y el sentido del humor, que son mucho más persuasivos y eficaces que ‘los madreñazos’ retóricos y dialécticos, que, además, resultarían más resolutivos y despertarían guiños entre el público lector.

Sería muy de agradecer que se renunciase por parte de todos los grupos municipales a la chabacanería, apostando por el ingenio.

El método socrático, el de la ironía y la mayéutica, no es fácilmente alcanzable, pero hay que aspirar a él.

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Recuerdos de Oviedo: El Vasco: Modernidad y Posmodernidad
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-07-2017 | 11:07| 0

‘‘Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego’ (Tolstoi).

Cuando se demolió la vieja estación de El Vasco, ya se hablaba, aunque muy poco, de la posmodernidad. Y se hablaba muy poco de semejante cosa sobre todo porque no sabía muy bien qué demonios era aquello. Hay que decir que, a pesar del tiempo transcurrido, no se podría asegurar que el conocimiento sobre el significado de tal palabro, que pretendía, entre otras cosas, dar nombre a una era, haya avanzado mucho. Pero, eso sí, lo pos nos invade: la posverdad, el poscomunismo, y así un largo etcétera.

Por eso, cuando leo en EL COMERCIO que esta vez, en lo que a la vieja parcela de El Vasco se refiere, la cosa va en serio, no puedo menos que celebrarlo, con el ferviente deseo de que, aunque el estropicio que supuso aquella demolición, nunca podrá ser subsanado, ese paraje deje de ser un amasijo de cemento al que tan difícil resulta darle un destino que ponga fin a una parálisis que deja la entrada de Oviedo con un aspecto, cuando menos, desolador.

¿Cómo no recordar el entusiasmo del señor Mortera, cuando Calatrava habló de sus trillizas torres, con las inquietantes particularidades que tendría aquello? ¿Cómo no recordar aquel anuncio de doña Paloma Sainz con la buena nueva de que en la parcela de El Vasco se construiría la Ciudad de la Justicia? Recuerdo haber escrito en su momento que no parecía muy apropiado construir sobre una injusticia poética una Ciudad de la Justicia.

Pero el hecho es que, al mismo tiempo que se iba asomando el óxido en el Calatrava vetustense, veíamos la parálisis en la parcela de El Vasco. Cemento, hierros, posmodernidad.

Ella, la pérfida burbuja inmobiliaria que fue añagaza para la economía del país, habitaba la parcela de El Vasco. Y sólo hablo de lo que estaba a la vista, pues lo que subyacía daba –y sigue dando– pavor.

Pero, a juzgar por lo que EL COMERCIO publica, esa parálisis, peor que la aluminosis más temida, metafóricamente hablando, llega a su fin. Se construirán viviendas y espacios públicos, dando vida y forma a lo que, en efecto, es una de las principales entradas de Oviedo, cercana, además, al cogollo histórico de la ciudad.

Y, a decir verdad, si uno se acerca a lo que fue la parcela de El Vasco, es muy fácil percatarse de que estamos contemplando el paso de la modernidad a la posmodernidad. La modernidad que supuso aquel ferrocarril vasco-asturiano, cuando esta tierra era pujante en bancos propios y en industrias.

Hablamos, por una parte, de algo que fue muy importante en aquella Asturias que se adentraba en la modernidad. Hablamos también de una demolición que supuso una falta de sensibilidad estética que roza lo imperdonable. Pues eso: de la modernidad a la posmodernidad.

Y, leyendo las noticias y reportajes que viene publicando EL COMERCIO sobre el asunto que nos ocupa, a uno le apetece adentrarse en esas galerías, en esos espacios públicos que se van a crear, adentrarse guiado por la imaginación y la memoria.

Y, al recorrer esos espacios, los ayes nostálgicos darán cuenta del recuerdo de aquella cantina con tamaña voluntad de estilo; los ayes nostálgicos también darán cuenta de la estética de los anuncios que había en los andenes.

Y, mientras tal travesía imaginaria tiene lugar, sin perder de vista que se pretende que esa entrada de Oviedo tenga un aspecto que esté estéticamente a la altura deseada, uno se imagina deambulando por las galerías y restaurantes que allí habrá, asomándose al Oviedo de siempre, al tiempo que la memoria dará sus latidos como el corazón en el relato de Poe.

Me acerco a la parcela de El Vasco, y, ante ese paisaje de lo inacabado y demolido, ante esta metáfora visible del pelotazo que quiso ser y no fue, uno lleva la información recién leída como salvoconducto para un futuro que tape las grietas de un desaguisado que nunca se debió haber permitido.

Me acerco a la parcela de El Vasco y me imagino tras los ventanales de una cafetería o restaurante, incluso en una terraza de uno de esos establecimientos, si la hubiere, como espectador de un paisaje dual, el que se recuerda y el que se muestra ante los ojos.

«El punto de vista crea el panorama», escribió certeramente el joven Ortega que daba sus primeros balbuceos de un perspectivismo filosófico aún incipiente.

En este caso, hablaríamos de un punto de vista que otea lo que tenemos ante nosotros sin que ello suponga amnesia de lo vivido, visto y contemplado.

Pues bien, no sólo imágenes, también sonidos. No quisiera oír los rugidos del tráfico circulando por delante; preferiría rescatar el chachachá de los trenes, sus silbidos de entrada y salida, así como el runrún de aquella cantina que tanto podría contar de la intrahistoria de Oviedo, del Oviedo donde en su día la modernidad se abrió paso.

Entrada, puerta de entrada a Oviedo, sin ningún salsipuedes de especulaciones posmodernas, sin burbujas tramposas, sin estropicios estéticos.

Entrada, puerta del Oviedo moderno, sin laberintos posmodernos.

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El Pregón de Montecerrao: el marco y el cuadro
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Luis Arias Argüelles-Meres | 28-07-2017 | 5:57| 0

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Antes el aburrimiento que un placer mediocre.” (Edmond Goncourt).

Las imágenes del polémico pregón de Montecerrao, sin necesidad de escuchar lo que se decía o cantaba en aquel escenario, dejan muy claro que aquello era una puesta en escena marcada por la vulgaridad y la chabacanería. Se trata justamente de la importancia del marco en el cuadro, que, a decir verdad, encajaban al cien por cien, y no precisamente por su buen gusto.

Tras la polémica, se suscitaron cascadas de comentarios y desmentidos que, en primera instancia, desembocaron en una especie de Pleno improvisado en el Ayuntamiento de Oviedo en el que compareció el autor del pregón, declarándose víctima de no se sabe bien cuántas maniobras torticeras que se hicieron sin contar con él.

Lo que me sorprende es que el foco de la mayor parte de las declaraciones estuviese en las gogós. Y, por favor, entiéndase bien esto que digo. Desde luego, no es que su presencia fuese de un nivel artístico abismal, sino que, con ellas y sin ellas, aquello parecía una horterada superlativa.

No sé si el pregonero cantaba, recitaba o peroraba, pero, como digo, la puesta en escena era, en el mejor de los casos, tal y como declaró el edil de Ciudadanos, de “muy dudoso gusto”.

O sea, al espectáculo del pregón de marras, hay que sumar el que vino después con declaraciones, acusaciones  y desmentidos. Todo un record de vulgaridad.

Ciertamente, volviendo a las gogós, no comparecieron de un modo muy diferente al que se puede ver en orquestas que actúan por las verbenas y romerías, lo cual no justifica que ello signifique elegancia, que, en todo este asunto, escaseó, por no decir que fue inexistente.

Acaso había que preguntarse qué es lo se entiende por un pregón, o, en todo caso, no parece que fuese necesaria esa puesta en escena, en la que las gogós de marras fueron la guinda del asunto, ramplón a más no poder.

Y, como colofón de unas fiestas que parecen haber sido perseguidas por un gafe, resulta que la traca final de fuegos artificiales acabó en incendio. O sea, que no habría que hablar de aguafiestas, sino de todo lo contrario, pero con idéntico resultado. ¡Madre mía!

Confieso que todo este culebrón tuvo su no sé qué de dadaísta. Y que, ante todo y sobre todo, fue una horterada, con su pachanga, su vulgaridad y su escandalera sainetesca.

Un poco de estética, por favor.

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