El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
VIGA AZUL: VER PUERTA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-01-2018 | 5:22| 0

Partido disputado en el estadio Carlos Tartiere de Oviedo. /ÁLEX PIÑA.

Un frente cálido que hizo desaparecer el frío de la jornada anterior. Un comienzo de partido en el que se escenificó el crecimiento de los días en esta última quincena de enero. Un buen ambiente en las gradas como consecuencia de la excelente racha que viene cosechando el Oviedo.

En este marco empezó un partido con muchos cambios obligados, y, según iban transcurriendo los minutos, en la primera parte se veía que faltaba la profundidad por las bandas de otros encuentros. Diegui no culminaba sus arrancadas que, en la mayor parte de las veces, terminaba retrasando el balón. Por su lado, Varela se empleaba más en tareas de contención  que en avances con ambición ofensiva. En cuanto a Aarón, no lograba, como acostumbra a hacer, alcanzar el punto justo para disparar tras varios regates. Y, hay que reconocerlo, el Almería se defendió muy bien antes del descanso, dejando la iniciativa al Oviedo, pero evitando lances peligrosos.

Desde luego, en la primera parte, el Oviedo no supo o no pudo hacer un fútbol brillante. Y, tras el descanso, el Almería encontró su ocasión de marcar en un contrataque en el que, Diegui primero y Varela después, no lograron neutralizar, respectivamente, al autor del pase que le sirvió a su compañero atacante para marcar el primer gol del encuentro.

Pero, como viene siendo costumbre en la última racha del Oviedo,  el once carbayón no se vino abajo. Salió Toché y volvió a encontrarse con el gol. El Oviedo vio puerta. A partir de ahí, lo que no hubo de calidad, se suplió con ambición ofensiva hasta que Berjón transformó el segundo gol que nos daría la victoria.

Estuvo acertado Anquela a la hora de cambiar el esquema del equipo sacando a Toché por un defensa. Y, una vez más, Saúl Berjón fue decisivo, no sólo por transformar el segundo tanto, sino también por su asistencia a Toché. Además, la mayor parte de los lances ofensivos pasaron por sus botas.

Con un resultado adverso, frente a un equipo que se defendía con oficio, el Oviedo fue capaz de remontar. La clave estuvo en esa ambición que facilitó que viésemos puerta, ello a pesar de que se malograron muchas jugadas de ataque que no llegaban a crear ocasiones.

Ver puerta. Otro encuentro más en el que hubo que sufrir para ganar. El guion de Anquela se cumple. Bien es verdad que hay que tener en cuenta que no sólo se consiguió la victoria frente a un equipo ordenado, sino que además las bajas obligadas por la acumulación de tarjetas de titulares indiscutibles como Forlín y Cristian Fernández  no mermaron ese espíritu de remontada que nos sirvió ante el Almería para sumar tres puntos más.

Para seguir arriba, atisbando el sueño del ascenso.

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En torno a Ángel González
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-01-2018 | 3:30| 0

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Acaban de cumplirse diez años del fallecimiento del autor de ‘Palabra sobre palabra’, y resulta lamentable que, en lugar de hablar de su obra, que es una de las cumbres de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX, el mayor protagonismo recaiga sobre otras cuestiones bastante ajenas a la excelencia literaria propiamente dicha.

Se puede entender que haya quienes se entusiasmen contando que fueron muy amigos del poeta, que tomaron copas con él, que mantuvieron largas conversaciones con nuestro literato, y así un largo etcétera. Ahora bien, ¿a quién puede importarle ese anecdotario más allá de los propios interesados? ¿Por qué no se pone el énfasis donde realmente corresponde; es decir, en el enorme interés que atesora la obra poética de Ángel González?

Poco tiempo después del fallecimiento del poeta se habló de una fundación para el estudio de su obra. No hubo acuerdo a la hora de decidir dónde ubicarla, tampoco lo hubo en lo que se refiere a la composición de sus patronos.

Cierto es que, sobre el papel, Oviedo podría ser el lugar más idóneo para esa fundación, teniendo en cuenta, entre otras cosas, que se trata de la ciudad de nacimiento del poeta. Distinta cosa es que eso no haya podido ser. Pero, a propósito de Oviedo, tampoco hay que pasar por alto que no fue fácil que Ángel González llegase a dar clase en nuestra Universidad, y tampoco hay que olvidar que su tiempo como docente entre nosotros no se prodigó mucho, sin que, probablemente, se hubiese contado con la voluntad del interesado.

Por otra parte, a quienes se pelean en público por proclamar a los cuatro vientos quién eran sus verdaderos amigos, acaso habría que recordarles que lo importante de Ángel González es su obra, y no tiene gran relevancia el listado de personas que estuvieron más próximas a él en lo humano. Y, de paso, convendría que se tuviese en cuenta que las polémicas de este tipo no vienen al caso.

Por fortuna, podemos leer las obras de Ángel González sin necesidad de que nadie nos conceda permiso para ello. Por fortuna, no necesitamos intermediarios para disfrutar de sus libros. Y además, a estas alturas, sabemos que se trata de una poesía cuya calidad se encuentra fuera de cualquier discusión, es decir, no necesitamos que nadie nos descubra el talento de nuestro poeta.

El ruido y la furia. Somos muchos más los que le leímos que los que se disputan su amistad. Y, en medio de tanta sordidez, no tendría que resultar obligado dejar claro que lo importante no son las peleas de sus deudos, sino la obra de uno de los grandes poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX.

Por favor, sosiéguense.

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Viga Azul: Jugando a ganar
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-01-2018 | 8:29| 0

Este Real Oviedo de Anquela, aun no venciendo, convence. En Vallecas se jugó a ganar, se mostró ambición y mordiente desde el primer momento. Por fortuna, ya parece un mal recuerdo aquel equipo de la temporada pasada y de principios de la liga actual que jugaba agarrotado fuera de casa y que, al mínimo revés, se venía abajo y recibía correctivos a veces humillantes.

Desde que el balón se pone en juego, el Oviedo presiona arriba. Jugadores como Aarón y Saúl Berjón son temidos por los rivales. En el centro del campo, hay seguridad, tanto por parte de Folch como de Rocha, y esa defensa que se diseñó en los últimos partidos, con Forlín dirigiendo la batuta, es un auténtico baluarte. Y, por si todo ello fuera poco, en las llamadas jugadas de estrategia, incluidos los saques de esquina, el repertorio de la chistera de nuestros lanzadores parece estar muy lejos de agotarse.

Por otra parte, en el encuentro del viernes, nos enfrentábamos quizás al rival más difícil de toda la Segunda División cuando juega en casa. El fútbol que practica el Rayo como local, además de atesorar calidad, derrocha oficio. De ahí que, a pesar de que, antes de que el equipo madrileño marcase, el Oviedo estaba siendo el mejor en el campo, supieran aprovechar la ocasión que se les brindó con una defensa desacertada que permitió un centro letal que supuso que se adelantasen en el marcador. Un fallo defensivo del Oviedo, y, como consecuencia de ello, gol en contra.

Con todo, el conjunto carbayón no perdió la fe en sí mismo. De hecho, le dio la vuelta al marcador y todo parecía indicar que, de hacerse efectiva la victoria del Oviedo, el salto cuantitativo y cualitativo sería enorme. Por eso, cuando el Rayo se quedó con diez jugadores, la esperanza de ganar estaba fundada. Pero llegó esa penalti, como mínimo dudoso, y se cumplió el guión de que contaríamos con un arbitraje polémico, que empezó con la tarjeta Forlín, claramente rigurosa.

Aun así, a punto estuvimos de llevarnos los tres puntos de Vallecas, en ese lanzamiento magistral de Rocha que dio en el palo. Hubiera sido la culminación de un Oviedo que se lleva reivindicando varios partidos y que su última trayectoria tiene todos los visos de ser algo más que una buena racha.

Noche fría en Vallecas, en contraste con aquellos lejanos años en los que el Rayo en casa jugaba por la mañana. Noche fría que no entumeció el juego ovetense.

Se jugó a ganar en uno de los estadios más difíciles de la actual Segunda División. Y se pudo haber conseguido.

Este Real Oviedo de Anquela va en serio.

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Recuerdos de Oviedo: Aquellas tardes en Aristos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-01-2018 | 11:35| 0

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“Mi vida, no; las vidas, / mis generaciones, mis estrellas todas, / las futuras memorias/ donde estemos, / mi sangre con deleite/ y un blanco olvido/ de ceguera y de beso”. (Manuel Altolaguirre).

Hubo un tiempo en el que las discotecas eran para las tardes. Hubo un tiempo en el que, teniendo que estar en casa a las diez de la noche para cenar, las dos o tres horas anteriores de algunas tardes las pasábamos en las discotecas. Hubo un tiempo en Oviedo, allá por la década de los setenta, en el que eran muchas las discotecas que había en Oviedo cada una con su personalidad propia. Y, entre ellas, Aristos destacaba no sólo por el esmero que se ponía a la hora de seleccionar la música, sino también por la zona donde estaba, nada menos que en la calle Cervantes, así como por el ambiente que allí había, que, con mayor o menor grado de consciencia de ello, podría aseverarse que pretendía estar acorde con el nombre de la discoteca.

Aquellas inolvidables tardes en Aristos, sobre todo, de viernes y domingos. Si tocaba de viernes, solía ser una de las mejores opciones a nuestro alcance para celebrar el principio del fin (de semana). Si tocaba de domingo, vivíamos aquello como un antídoto que nos hiciera olvidar que nos esperaban madrugones y rutinas.

En todo caso, hubo un tiempo en que Aristos era nuestra discoteca preferida en Oviedo. Como escribí más arriba, se podía escuchar buena música. Por otro lado, la pista de baile tenía un atractivo especial, era pequeña y acogedora. Además su acústica facilitaba una atmósfera muy agradable para bailar.

Hablamos, por otra parte, de una discoteca que se fundó, si los datos no me fallan, en septiembre de 1970. A partir del 74, cuando me faltaba un año para cumplir los 18, empecé a frecuentarla. No sé exactamente cuándo cerró Aristos, pero me consta que, al menos se mantuvo abierta al menos hasta la década siguiente.

Nunca olvidaré al portero de aquella discoteca, elegante y bonachón, además de discreto. Iba uniformado de un modo muy de acorde con la prestancia que tenía Aristos. Se diría que, además de cumplir con su función, aportaba un plus de tranquilidad al establecimiento, sobre todo, para aquellas personas que la estrenaban.

Aquellas tardes en Aristos, sobre todo, en otoño e invierno. Era muy grato entrar cuando el tiempo estaba desapacible, cuando caían los aguaceros, cuando había rachas de viento gélido que nos hacía sentirnos indefensos. Frente a todo ello, la buena música y la comodidad que ofrecía aquella discoteca. Nunca se tenía la sensación de que su interior estaba atiborrado de gente. Tampoco se percibía lo contrario. Y aquello obedecía al acierto en la decoración y en el diseño.

Ofrecía Aristos la tranquilidad necesaria tratándose de una discoteca, sin estridencia en la música, aunque fuese movida y bailable. Lo mismo podría decirse en lo referente a la seguridad. Jamás vimos una pelea ni el más mínimo atisbo de altercado en su interior.

Aquellas tardes en Aristos. Pongamos un invierno del último año de la década de los setenta, hacia las 9 y media de la noche. Fuera de la pista de baile, tomando un vodka con naranja a medias, escuchando la música lenta, evadiéndonos del jaleo y el alboroto de aquella fiebre que había entonces con el devenir de la política en un país que había estrenado las libertades muy pocos años antes. Pongamos que la magia de la música, unida a aquellas luces tenues y en movimiento contribuían lo suyo a vivir el momento de un modo suave, hasta aterciopelado, cerca del ensueño, lejos de la inquietud.

Aquellas tardes en Aristos. Hablo de los años inmediatamente anteriores a lo que se llamó la movida. Hablo de un tiempo y un país que cada día se juramentaba para convencerse de que los malos tiempos habían pasado, de que las libertades habían llegado para quedarse con nosotros, que aquello no era un espejismo, sino una realidad, por mucho que el decorado y la música que nos envolvían pudieran hacer creer que afuera las cosas no eran tan idílicas.

Creo que es importante dejar sentado que Aristos, con su música y su diseño, fue anterior a la movida, y que, por si ello fuera poco, su estética interior, a pesar de ser de los años setenta, se libró de lo peor de aquellos decorados tan chillones y desafortunados.

Aristos fue anterior a la fiebre del sábado noche. Su nivel de exigencia a la hora de seleccionar la música tenía el listón más alto que lo que dictasen las modas, siempre efímeras.

Una luz deslizándose por la pared que teníamos a nuestra espalda, una mesa pequeña sobre la que estaban las copas, el cenicero y la cajetilla de tabaco, un suelo que tenía no sé qué de calidez, una música cuyos acordes envolvían y animaban sin necesidad alguna de estridencia. Unas conversaciones cuyo tono no desafinaba con todo lo que estoy describiendo.

¿Y la pista de baile? ¿Y en la pista de baile? Unas cuantas parejas bailando lento, que no la llenaban nunca; al menos así me lo hacen ver todas las imágenes que evoco. Y cuando se bailaba suelto, se diría que era la música la que lo marcaba todo, no sólo el ritmo, también las puestas en escena, que nunca eran llamativas, que no buscaban protagonismo, que se dejaban llevar por la batuta de la discreción y de la armonía.

¿Cuántas vidas se habrán unido en aquella pista a resultas de haber decidido bailar juntos? De algunas tengo constancia.

Vuelvo a aquella tarde de 1979, creo que eran primeros de diciembre. A aquel jersey verde de cuello de cisne, a aquellos pantalones que ya no eran –por fortuna- acampanados, a aquel vodka con naranja, que entonces se llamaba “destornillador”, a aquel cenicero pequeño pero con fondo suficiente para que las colillas se perdiesen en su interior. A aquella conversación en la que las palabras no eran las protagonistas, a aquella sensación de que el antes y el después estaban lejos, por lo mucho que nos llenaba el momento.

A la salida, embebidos de lo que había sido aquella tarde, sin decir palabra, seguramente le transmitimos con nuestros gestos una inmensa gratitud al portero de Aristos.

Aristos, la elegancia.

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Sobre la obra periodística del Rector Leopoldo Alas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-01-2018 | 2:46| 0

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“No extrañéis, dulces amigos, / que esté mi frente arrugada/. Yo vivo en paz con los hombres/ y en guerra con mis entrañas”. (Antonio Machado).

“El hombre es, por encima de todo, heredero. Y que esto y no otra cosa es lo que le diferencia radicalmente del animal. Pero tener conciencia de que se es heredero es tener conciencia histórica”. (Ortega y Gasset).

Acaso con excesiva lentitud, todas las iniciativas que se vienen tomando encaminadas a la recuperación de la figura de Leopoldo Alas y García Argüelles, hijo de Clarín y rector de la Universidad de Oviedo, fusilado ignominiosamente en febrero del 37, contribuyen a que, de una vez por todas, se haga justicia poética y justicia histórica a una personalidad que, según mi criterio, es el último representante de lo que puede considerarse la época más esplendorosa de la Universidad de Oviedo. No sólo hablamos del hijo de ‘Clarín’, sino también del heredero de aquel ‘grupo de Oviedo’ que estuvo en la vanguardia en su tiempo de las universidades españolas.

Acaba de salir a la luz un libro que recoge la obra periodística del rector Alas. Una obra periodística que, ante todo y sobre todo, no es anecdótica ni secundaria en el caso que nos ocupa. Tengamos en cuenta que el rector Alas nació en 1883, en el mismo año que Ortega y Gasset. Pertenece, por tanto, a una generación, la de 1914, cuyo rasgo distintivo más fundamental era el afán pedagógico, que iba mucho más de las aulas, que se plasmaba en los periódicos. Hablamos de un tiempo en el que la generación que protagonizó la proclamación del único Estado no lampedusiano de nuestra historia contemporánea, convirtió la vida pública en un aula, con las ‘Misiones pedagógicas’ de Casona y ‘La Barraca’ de Lorca, llevando el teatro a los pueblos, con la omnipresencia en los periódicos, difundiendo el saber e influyendo en la opinión pública. Recordemos a este propósito aquello que dejó escrito Ortega, en el sentido de que el español huye de lo solemne como es el libro y la cátedra y que, para llegar a él, hay que servirse de esa plazuela intelectual que es el periódico.

En esta obra periodística del rector Alas que acaba de publicarse, hay artículos que son mucho más actuales de lo que puede pensarse, que hablan de la minería en Asturias, que inciden en el espíritu antitaurino que había empezado con Jovellanos y Larra, que se ocupan de lo que debe ser la misión de la Universidad, que insisten en el imperativo de que el conocimiento tiene que llegar a toda la ciudadanía y no ser privilegio de las clases adineradas.

Por otra parte, muchos de los artículos del rector Alas que se reproducen en este libro fueron publicados en los medios más prestigiosos e influyentes de la España de la época. Por ejemplo, en el diario ‘El Sol’. Por ejemplo, en la Revista ‘España’, fundada en 1917 por Ortega y que, según el filósofo nacía del matrimonio más español que existe, el formado por el enojo y la esperanza. El hecho de que Leopoldo Alas colaborase en estos medios da cuenta del prestigio que alcanzó en su día no sólo como profesor universitario, sino también como un miembro activo de la generación de 1914 comprometido con el ideario republicano.

Rector Alas, una vocación marcada por el convencimiento de que el saber y el conocimiento nos hacen mejores y nos emancipan. Una vocación periodística al servicio de un país más próspero y más justo.

Que sus escritos y afanes se recuperen supone un desquite frente al asesinato del que fue objeto. Fue fusilado por su compromiso con su tiempo y con su país.

Leer este libro significa, volviendo a lo afirmado en las primeras líneas de este artículo, plantar cara a un oprobio y asomarse a lo que fueron los anhelos y afanes de un representante de la mejor Asturias y de la mejor España.

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