El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Viga Azul: Licencia para empatar
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-10-2017 | 3:39| 0

El maleficio de no ser capaces de mantener un resultado favorable parecía que se iba a romper en el partido contra el Tenerife. El Oviedo, en efecto, consiguió irse al descanso con el marcador a su favor, a pesar del árbitro que es inexplicable que no haya visto, dada su cercanía al lance, el penalti que se cometió sobre Aarón.

Lo cierto es que durante el primer tiempo el equipo azul no sólo puso ganas, sino que además controló el partido hasta el extremo de que el conjunto rival no dispuso en los primeros 45 minutos de ninguna ocasión clara de gol.

Aarón no sólo destacó por su buen juego, por su clase y por su técnica, sino que además fue menos individualista que de costumbre. Y el dispositivo táctico ordenado por Anquela hizo que el Tenerife no pudiese adueñarse del centro del campo.

Pero, con todo, no se rompió el maleficio. Mientras se protestaba una decisión arbitral muy discutible, llegó el pase de Aitor Sanz a Juan Villar, que marcó un gol de bella factura que a todos gustó.

Estadísticamente, no suele suceder que el equipo contrario transforme su única ocasión clara de gol, si se trata de un partido que en su mayor parte se domina y se controla.

Así pues, frente al Tenerife, no se ganó el partido en no pequeña parte por el arbitraje y, sobre todo, por una anormalidad estadística, aque se viene repitiendo tanto en el Carlos Tartiere como también en otros encuentros a domicilio, especialmente el que se jugó en el campo del Albacete.

Se diría que, hasta el momento, los rivales a los que se viene enfrentando el Oviedo tienen, como poco, licencia para empatar cuando nuestro equipo se pone por delante en el marcador.

Pero hace falta calma y, sobre todo, perspectiva para caer en la cuenta de que esta maña racha se tiene que acabar, esperemos que lo antes posible.

Ansiosos estamos de poder disfrutar de un equipo que se gusta a sí mismo, que hace un juego en el que se advierte un innegable regodeo en una victoria que no sólo se va a mantener, sino que además aumentará, con serenidad, con confianza, con ambición.

También hay que decir que, frente al Tenerife, el Oviedo no estuvo en ningún momento a merced del contrario tal y como sucedió en el partido que se jugó contra el Zaragoza.

Berjón tuvo en sus botas la oportunidad de marcar el segundo gol, pero, en su favor, hay que alegar que en el tanto que transformó hizo una demostración de temple y también de oficio.

Lo dicho: esperemos que esta mala racha de la licencia para empatar el partido, cuando el Oviedo se adelanta en el marcador, concluya cuanto antes.

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Recuerdos de Oviedo: Una noche en La Herradura
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-10-2017 | 1:51| 0

 

“Sigamos siendo noche, / como la noche inmensos, / con nuestro amor oscuro, / sin límites, eterno”. (Manuel Altolaguirre).

Aquella noche, las nubes se movían perezosamente por el cielo. La luna estaba en creciente, con ese resplandor especial que, caprichosamente, ilumina determinados rincones. La temperatura era deliciosa. Sólo había refrescado lo suficiente para librarse del calor, un tanto pegajoso, del día. Estábamos en plenas fiestas de san Mateo, del san Mateo anterior a los chiringuitos. Y todo invitaba a retrasar el regreso a casa, a disfrutar del encanto de aquella noche septembrina. También hablamos de un tiempo en el que las clases no daban comienzo hasta octubre. Por tanto, no había que madrugar al día siguiente. Oviedo era una fiesta y decidía prolongar el verano.
Por otra parte, la música que se dejaba oír en la Herradura garantizaba el insomnio en casa, en aquellos años en los que vivíamos en la calle Toreno. De modo y manera que todo parecía haberse conjurado para disfrutar de aquella noche hasta altas horas de la madrugada.
Fiestas de san Mateo, año 1973, plena adolescencia. El repertorio de canciones que se interpretaban en la Herradura era el mismo que se había repetido, diría que machaconamente, en las romerías y verbenas durante el verano que se estaba despidiendo en Oviedo por todo lo alto. Desde luego, no era aquella música un reclamo importante para darse una vuelta por el baile de la Herradura y escucharla de cerca.
En aquellos años, la iluminación en el Campo de San Francisco era, en el mejor de los casos, escasa y deficiente. Y el baile de la Herradura no sólo era un foco acústico, como tal expandido en exceso; era también un reclamo de luz, algo que daba vida a aquellas noches.
Fue el caso que decidimos sacar las correspondientes entradas y entrar al baile. No recuerdo el nombre de la orquesta que actuaba, tampoco sabría decir si, con la entrada, había o no derecho a consumición. Lo que sí rescato con nitidez es la imagen del bar, idéntica a los bares que se instalaban en las verbenas de los pueblos.
Un cubata de ron a los 16 años tenía, sobre todo, el sabor de una madurez a la que entonces deseábamos, con ingenua avidez, alcanzar. Desde la barra, con la consumición en una mano y el cigarrillo en la otra, tocaba, en apariencia, observar el panorama. Digo en apariencia, porque aquella música que se interpretaba tenía un importante magnetismo, sólo uno: que nos trasladaba al verano, al montón de verbenas que habíamos transitado especialmente en el mes de agosto, que entonces empezaban y terminaban en Pravia y alrededores, es decir, el primer domingo de agosto en Peñaullán y la primera semana de septiembre en Pravia, entre san Fabián y el Cristo de verbena en verbena.
Trasladaba aquella música a los mencionados escenarios, a noches mágicas con la luna como faro, a bailes que en algunos casos parecían de ensueño, a conversaciones marcadas por los tópicos donde lo que realmente importaba era la música, no precisamente la que interpretaban las orquestas, sino la que portaban las palabras, casi siempre muy pocas, que se intercambiaban.
Así las cosas, el tiempo empleado en saborear despacio el cubata de ron me llevó a hacer un recorrido por las verbenas de agosto. Como si en aquella noche, toda la impedimenta de las verbenas, público asistente incluido, hubiese decidido reunirse en la Herradura para despedir el verano.
Y ella, como siempre, estaba allí. Ella, tan de Oviedo, tan de Asturias. Me refiero a la melancolía que comparecía a través del recuerdo de algunas compañeras de baile del verano. Comparecía con su no sé qué de tristeza, pero, sobre todo, con una ternura que sobrecogía y hasta emocionaba.
Cuando algún día se novele de verdad la educación sentimental de mi generación, habrá que entrar a fondo en la importancia de una música que nunca hubiéramos elegido para escuchar. Y, sobre todo, habrá que abordar la omnipresencia del ritual del baile, cuando en realidad, a muchos de nosotros no nos gustaba bailar, pero era algo imprescindible para intercambiar palabras con las chicas a las que nunca hubiésemos conocido sin el dichoso baile.
Y lo cierto es que, en ocasiones, como escribí más arriba, lo que lo envolvía todo era la música de las pocas palabras que se intercambiaban, música de susurro, tanto por la timidez del momento como por la cercanía física que facilitaba el baile.
Aquella noche septembrina de 1973, a los 16 años, lo que bullía en mi interior eran acordes de despedida del verano, acordes que emanaban de los recuerdos.
La Herradura era una fiesta, era un canto de cisne del verano, de un verano que no tenía prisa en irse. En aquel rincón del Campo de San Francisco, se concentraban los recuerdos más recientes, como en uno de esos sueños en los que la película de lo más cercano en el tiempo se va activando con sus realidades y juegos, entremezclando escenarios, intercambiando rostros, turnando voces. Y, al despertarnos, lo reordenamos todo con satisfacción y alegría.
En el vaso del cubata, sólo quedaba el trozo de limón empapado, conteniendo los restos de aquello, quizá preservándolos hasta que el recipiente y yo abandonásemos el mostrador.
Hubo un momento en que quise ver en el baile a alguien que, por supuesto, no estaba, pero que lo había llenado casi todo.
Al marchar, cuando se empezaba a cerrar, me pregunté si los cisnes del Campo de san Francisco estarían todos durmiendo. Me pregunté también cuál podría ser la música preferida de los pavos reales en el momento en el que decidían engalanarse desplegando su colorido.
Ya en casa, antes de dormirme, miré el cielo desde la terraza en compañía del último cigarrillo de la noche. Una nube quería ocultar, sin conseguirlo, el resplandor de la luna, una luna que ardía pero que no quemaba pulverizando a la nuble, como la llama potente que apenas permite al humo dejarse ver.

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Un proyecto de futuro en los terrenos del viejo HUCA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-10-2017 | 6:04| 0

‘La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia’. (Walt Whitman).

En aquellos años de los sobrecostes y del despilfarro, la improvisación parecía presidirlo todo, pues sigue siendo inexplicable que, teniendo en cuenta el tiempo que se empleó en la construcción del HUCA, no se hubiera establecido plan viable alguno para los terrenos del viejo hospital.

Sin burbuja inmobiliaria, con el descarnado retrato que dejó la crisis, hemos venido asistiendo a la agonía de un barrio cuya actividad giraba en no pequeña parte sobre el viejo hospital. Ítem más: nostalgias aparte, desde que se inauguró el nuevo HUCA, ni siquiera se pudieron asumir los gastos que conllevaría la demolición de los edificios del viejo hospital, demolición que tendría que ir seguida de una alternativa al abandono y a la maleza.

Por eso, la noticia de que hay un proyecto que pretende incluir los referidos terrenos dentro del Campus del Cristo hay que saludarla con alborozo y apoyarla sin reservas. Por un lado, se daría vida a ese enclave y, por otra parte, redundaría en beneficio de la actividad universitaria, beneficio para el presente y para el futuro.

Obviamente, no estamos hablando de algo inmediato, ni siquiera de algo de lo que podamos estar seguros de que vaya a cristalizar, pues aún no se sabe si el mencionado proyecto va a ser aprobado.

Pero, situándonos en el mejor de los mundos posibles, no cabe duda de que ese proyecto haría resurgir una zona de Oviedo que, en estos momentos, es, como el occidente de Asturias al que se asoma esta zona, una geografía del abandono.

Por otra parte, si se llega a aprobar el proyecto, el actual Equipo de Gobierno habrá conseguido ganar su baza más importante, la de haber podido contribuir a poner las bases de un Oviedo del futuro más inmediato.

Como ya escribí en alguna ocasión en esta misma columna, los terrenos de la Fábrica de Armas, la antigua Fábrica de gas y la zona del viejo hospital son, necesariamente, proyectos de futuro que, en el mejor de los casos, para llevarse a cabo, necesitarán dos legislaturas, pero, si en lo que le queda de mandato al Equipo de Gobierno,  podrá darse por satisfecho si sientan las bases de estos proyectos que, lógicamente, tardarán no pocos años en cristalizar.

Me atrevería a afirmar que, si el destino de los terrenos del viejo hospital va ligado al campus del Cristo, habría triunfado la sensatez, lo que en estos tiempos no es poco.

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Viga Azul: ¿Nos falta aplomo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-10-2017 | 3:18| 0

El partido frente al Zaragoza hay que analizarlo en dos vertientes. Por un lado, lo que sucedió en el choque propiamente dicho. Por otra parte, no se puede perder de vista que estamos siendo reincidentes a la hora de asegurar la victoria cuando el resultado se nos pone favorable. Y esa reincidencia comienza a ser inquietante.

En cuanto al encuentro entre el Oviedo y el Zaragoza, de entrada, tengo para mí que el equipo maño atesora mucha calidad. Sin duda, estamos ante uno de los mejores conjuntos de la categoría. Por eso, no hay que quitar mérito a la primera parte que hizo el Oviedo, que jugó, hasta el empate, con ambición y sin complejos. Y, de haber tenido un poco más de aplomo cuando el resultado se nos puso tan favorable, estaríamos celebrando una victoria que valdría mucho más que tres puntos, teniendo en cuenta la categoría del rival.

Aarón nos demostró una vez más que, en cuanto a su efectividad en lanzamientos a balón parado, no tenemos motivos para añorar a Susaeta. Por su parte, Forlín dejó claro que puede ser uno de los fichajes que más puede aportar al Oviedo en esta temporada. Toché sabe reivindicarse en cada partido con su olfato de gol, fiel a sí mismo, un delantero clásico que tenemos la suerte de contar con él en nuestro once.

Por su parte, no tuvieron su día ni Saúl Bejón ni tampoco Ramón Folch. En cuanto al guardameta Juan Carlos, parece que le toca este año ser el centro de las polémicas. Si en el primer gol que encajó, el balón dio antes en un defensa del Oviedo, difícilmente se le puede reprochar nada. En cuanto al segundo tanto del Zaragoza a balón parado, fue un golazo y no una cantada por su parte. Por otro lado, en la segunda parte tuvo intervenciones afortunadas que nos libraron de la derrota. Lo dicho: le toca estar este año en el centro de las polémicas y no me parece justo.

Por último, vayamos a lo que es ya reincidente. Ocurrió aquí frente al Rayo, se repitió en Almería y, lo que fue más frustrante de todo, se puso de relieve muy tristemente frente al Albacete. También lo padecimos ayer: sólo nos cabe el consuelo de que teníamos enfrente a un gran equipo. En este asunto, podría aplicarse muy bien ese topicazo que dice que el fútbol es, ante todo, un estado de ánimo. Nos falta aplomo cuando nos ponemos por delante en el marcador, nos falta confianza, nos falta serenidad.

Cierto es que la temporada está empezando, cierto es que este equipo aún no explotó y que algunos de los jugadores lesionados nos pueden, sin duda, aportar mucho para un margen de mejora que deseamos y necesitamos. Cierto es que no cabe albergar dudas sobre la voluntad del entrenador de subsanar esto.

Con todo, sin incurrir en triunfalismos, hay que recordar que no se ha hecho el ridículo en ninguno de los partidos jugados hasta ahora y que el Oviedo no se mostró nunca entregado y sin rumbo.

Por eso, el optimismo sin aspavientos tiene sitio, se lo ha ganado, se lo están ganando.

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Recuerdos de Oviedo: El Reloj de la Caja de Ahorros
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-10-2017 | 5:24| 0

«Es necesario llevar en sí mismo un caos para poner en el mundo una estrella danzante». (Nietzsche).

Tres relojes omnipresentes había en aquel Oviedo de mi infancia cuando vivíamos en la plaza del Carbayón, el de La Hora Fija en la calle Argüelles, que casi siempre iba unos minutos retrasado, el de la Caja de Ahorros, que protagoniza esta historia y el de la Renfe, con el que siempre me encontraba a la salida del cine Aramo, tal y como consigné en esta misma página.
Desde el salón-comedor del segundo piso del número 3 de la plaza del Carbayón y también desde el mirador, nadie necesitaba mirar su reloj, pues el de la Caja de Ahorros, ya entonces, daba las horas, las medias y los cuartos. Y no se ponía en duda su precisión en aquellos tiempos en los que la mayoría de los relojes se atrasaban, se adelantaban o, directamente, se averiaban. De hecho, cuando se ponía en hora el viejo reloj que colgaba de la pared, la referencia era lo que marcaba el de la Caja de Ahorros.
Y lo curioso del caso es que el edificio de la Caja de Ahorros fue para mí, sobre todo, una referencia horaria. En aquellos años en los que las valoraciones estéticas que hacemos son químicamente puras, esto es, no pasan de ser meras impresiones sin contaminación ni condicionantes, el referido edificio me parecía una enorme mole, acaso alta en exceso, que tenía como principal reclamo aquel reloj que daba las horas, las medias y lo cuartos con música, como sigue haciendo actualmente. Y que se estilizaba de algún modo gracias la torre de su reloj.
Desde luego, cuando transitábamos la plaza de la Escandalera rara vez nos estirábamos para ver qué hora marcaba su reloj. Resultaba paradójico que, siendo un reloj ubicado en el exterior de un edificio, era tenido en cuenta y observado sobre todo desde dentro de las casas. Acompañaba intramuros y, de algún modo, se adentraba en los hogares. De algún modo era- y sigue siendo- el faro del centro de Oviedo.
Por eso, sin entrar en otros detalles acerca de los cambios que se produjeron en una entidad financiera que se concibió para muy distintos fines de los que sirve ahora desde que un tal MAFO dio vía libre a que las cajas de ahorro dejaran de ser lo que siempre habían sido, renunciaran a sus fines sociales y culturales, lo único que permanece invariable de la entidad de la que venimos hablando es el reloj.
Reloj de la Caja de Ahorros. Aquel edificio, tan grande y sobrio a la vez, antes de que acogiese en su fachada la presencia de asturcones moldeados artísticamente, mucho antes de que se modificase el nombre de la entidad financiera, parecía tener vocación de dar la hora en Oviedo, vocación de algún modo juglaresca en la ciudad que novelísticamente sesteaba.
Por las tardes, cuando regresábamos a casa tras la finalización de la jornada escolar, ya desde la calle Santa Cruz, se divisaba su reloj y sabíamos el tiempo justo que nos restaba para dar cuenta de la merienda que se nos servía con infalible puntualidad. Lo de siempre: tiempo y espacio, espacio y tiempo.
Ciertamente, había momentos en que encontraba mágico ver el reloj iluminado, cuando las noches se presentaban más oscuras que de costumbre, cuando la niebla lo apoderaba casi todo y la ciudad se escondía de nuestra mirada, como si un enorme velo la ocultase.
Ciertamente, había momentos en los que ver la hora que marcaba aquel reloj, acompañada de su música, resultaba muy ilusionante. Por ejemplo, cuando marcaba las 8 de la tarde cada 16 de febrero y mis padres me recordaban que había venido al mundo justo en aquel momento en el año 1957. Por ejemplo, cada Nochevieja justo antes de tomar las uvas.
Horas mágicas y horas insulsas. Horas que anunciaban algo importante y horas que eran pura y repetitiva monotonía.
¿Cómo no recordar la importancia que tenían determinadas horas a menos cuarto, porque ése era el tiempo justo de las distancias de cada día? Por ejemplo, salir de casa a las nueve menos cuarto cada mañana camino del colegio, pues ése era el margen de minutos que nos llevaba el recorrido para llegar puntualmente a clase. Por ejemplo, cada noche a las diez menos cuarto cuando tocaba recoger juguetes o libros y ponerse en disposición de sentarse a la mesa para la cena que se serviría a las diez.
Años más tarde, en 1970, cuando nos mudamos a la calle Santa Susana, desde los ventanales del salón y desde la terraza, se veía de frente el reloj de la Caja de Ahorros y también se dejaba oír. Y, en fin, desde dentro de la casa de Toreno 5, donde viví con mis padres desde 1973 hasta 1985, se oía y se veía, desde alguna habitación, este reloj tan omnipresente.
Algún día en Oviedo habrá que rendirle homenaje al reloj de la Caja de Ahorros, que, como diría el bolero, marcó nuestras horas, nuestras medias y nuestros cuartos a tantas generaciones de ovetenses. Y esperemos que lo siga haciendo, porque nunca se sabe.

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