El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Recuerdos de Oviedo: Cuando la Navidad era Diego Verdú:
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-12-2015 | 11:08| 0

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«El objeto de la vida humana es la felicidad del hombre, pero ¿quién de nosotros sabe cómo se consigue? Sin principio, sin fin cierto, vagamos de deseo en deseo y aquellos que acabamos de satisfacer nos dejan tan lejos de la felicidad como antes de haber conseguido nada”. (Rousseau).

“En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible”. (Albert Camus).

La señora caminaba muy aprisa, se diría que abrazada a su abrigo, intentando alejar el frío que la invadía. El abrigo era azul oscuro y sus botones negros, aunque muy grandes, resultaban insuficientes para protegerla de la baja temperatura. Vi que miró hacia el interior del establecimiento cuando pasó por delante de Diego Verdú. Imaginé que se adentraría; sobre todo, me hubiese gustado que lo hiciese. Se la veía desangelada, con desasosiego. Pero siguió de largo y no tuve ocasión de advertir si en algún momento estuvo tentada a entrar. La perdí de vista, pero no pude quitármela de la cabeza durante el resto de la tarde. Quise creer que su casa no estaría lejos y que se acomodaría con el brasero y unos dulces, sacudiendo el frío.
Aquella tarde de diciembre no nevaba, pero hacía mucho frío. Y, en ningún momento, pude olvidar los episodios más llamativos de la película que habíamos visto en la televisión antes de salir a la compra. Se trataba del clásico “¡Qué bello es vivir!”, y me impresionaron mucho todas aquellas escenas en las que el protagonista comprobaba cómo hubiese sido la vida de sus personas más cercanas en el caso de que él no hubiese nacido. Por supuesto, final feliz. Por supuesto, apuesta por la vida. Pero la pregunta retórica que se hizo, implorando no haber nacido, mostraba ciertos abismos que, confieso, me invadieron.
Una vez que perdí de vista a la señora del abrigo azul, allí seguí, dentro de Diego Verdú, con las manos dentro de los bolsillos de la trenca. Mientras mi madre hacía la compra navideña, se me antojaba probar casi todos los turrones y dulces que se veían tras el mostrador. Sin embargo, el sacrificio no era grande, pues sabía que quedaban muy pocos días para degustar todo aquello. Y, por otro lado, seguía viendo el trasiego de gente que pasaba por delante del establecimiento. Y, sin saber exactamente los motivos, deseaba en el fondo, que la señora volviese a pasar por allí, comprase turrones y plasmase en su rostro la satisfacción que el frío le había arrancado de cuajo. Pero aquello se quedó sólo en intención.
Las Navidades en mi infancia eran, gastronómicamente hablando, el lechazo y los turrones. El primero venía embalado desde Burgos, pues cada año lo enviaba a casa la editorial Hijos de Santiago Rodríguez como presente a mi padre que formaba parte de los autores de los manuales escolares que publicaba entonces aquella empresa del sector. Y, en cuanto a los turrones, la referencia era, por supuesto, Diego Verdú. ¡Qué delicioso resultaba ser testigo de la compra navideña familiar que se hacía allí cada año, cuando se iban despachando turrones de distintos sabores, así como las glorias, los melindres, los mazapanes, las garrapiñadas y las almendras y los polvorones! Todo un festín asistir al momento en que se troceaban los turrones. Todo un festín rememorar su sabores y, al mismo tiempo, anticiparse imaginativamente a la más que golosa degustación. Todo un sacrificio respetar obligatoriamente la espera hasta que llegase el momento de dar cuenta de los postres más apetitosos del año.
En efecto, los sabores. En efecto, las mañanas sin madrugar para ir a clase. En efecto, el nacimiento y el árbol navideño. En efecto, la vida sin prisa y las compras. En efecto, la entrega de las cartas de Reyes al príncipe Aliatar de turno en alguno de los dos grandes establecimientos de entonces en la calle Uría, esto es, Botas y Al Pelayo. En efecto, las películas de televisión en blanco y negro, por lo común clásicos del cine, eso sí, toleradas para menores. En efecto, la vida lúdica , por lo común de puertas adentro, pues, aunque no siempre nevaba, el clima invitaba a resguardarse en casa.
Pero, ante todo y sobre todo, callejear era el tránsito por la calle la Rúa y Cimadevilla hasta Diego Verdú. Recuerdo que en alguna ocasión era tal el lleno en el establecimiento que se posponía la compra y paseábamos por los alrededores. Incluso en alguna Navidad llegó a darse el caso de posponer la compra para otra hora. Por fortuna, esos imprevistos entraban en el guion y nunca se hizo la compra en el último momento.
Si lo más rico de la comida era el postre, lo mejor del año tenía que ser, lógicamente, la cena de nochebuena, cena que era el postre del año. Y aquellos postres con turrones tan deliciosos y variados eran el mejor colofón a unas fiestas muy familiares en las que el mundo parecía el escenario idóneo para disfrutar de la vida.
Pero, por fortuna, los turrones no se acababan en nochebuena, allí seguían acompañándonos todas las Navidades. Podría decirse que todas las Navidades eran la Nochebuena. Y podría asegurarse también que el año nuevo tenía su puesta en escena la mañana del día de Reyes con los regalos correspondientes. Despedir el año de noche. Recibir el nuevo año muy de mañana con regalos. Por eso, la vida era entonces un calendario marcado por celebraciones jubilosas que, como el turrón, endulzaban todos los sinsabores posibles, todas las dudas que podían acecharnos.
Y vuelvo a aquella tarde de diciembre, en la que faltaban pocos días para la Nochebuena. Vuelvo a Diego Verdú, al deseo oculto de que aquel año no hubiese turrón de coco, que era el único que no me gustaba. Vuelvo también al recuerdo de aquella señora del abrigo azul. Hubo un momento en el que quise imaginarme que, en realidad, ella, a su modo y manera, (más bien, al de mi caprichosa imaginación infantil) había salido de la película a la que antes hice mención. Y no es que se preguntase para qué había nacido, sino que eso se lo formuló alguien que daba sentido a su vida, que la estabilizaba, pero que, de repente, la señora del abrigo azul se hizo a la idea que, en verdad, no existía la persona que era más importante en su vida. probablemente, un hijo suyo. De ahí, su desasosiego, su frío, su desangelamiento.
Aquel mal trago espectral lo combatí con una gloria que saboreé despacio. En efecto, sólo se había tratado de una especie de pesadilla, eso sí, en plena vigilia, en una tarde navideña.

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Panorama Vetustense: Protección para el Paseo de los Álamos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-12-2015 | 7:29| 0

“La verdad es como el sol. Lo hace ver todo y no se deja mirar”. (Víctor Hugo).

 

Si la protección de lo público es el criterio institucional a seguir, resulta difícilmente rebatible que el Consistorio de Oviedo haya prohibido que el Mercadillo de Navidad se siga instalando en el Paseo de los Álamos, teniendo en cuenta el deterioro creciente que viene sufriendo el mosaico de Antonio Suárez, mosaico que hay que cuidar y conservar  si se tiene en cuenta su valor estético.

Durante más de dos décadas de gabinismo el abigarramiento de mobiliario urbano fue proverbial. Sin embargo, no se puede decir que se hayan tratado con mucho mimo muchos de los reclamos estéticos de nuestra ciudad, entre ellos, el mosaico al que acabamos de hacer referencia.

Pero lo cierto es que uno tiene la impresión de que muchas de las lagunas del gabinismo llegaron a formar parte del paisaje. Tal es así que el paisanaje implicado llegó a dar por hecho que las tales lagunas se habían perpetuado ya en Oviedo.

Ciertamente, no hace falta mirar con lupa el referido mosaico para percatarse del deterioro que presenta. Ciertamente, no parece que haya que esforzarse mucho argumentando que no es de recibo pretender que los intereses particulares de unos comerciantes que, por lo demás, se merecen todo el respeto, están por encima de la conservación de uno de los grandes atractivos de la ciudad.

Siendo innegable que resultaba más cómoda la ubicación en el Paseo de los Álamos, tampoco la Plaza de la Escandalera es un lugar desfavorable para ello. Y, ante todo y sobre todo, a veces, resulta obligado aceptar lo razonable.

Fíjense: se diría que lo habitual y lo consueto se hizo indiscutible, y que, ante ello, todo lo que pueda oponerse, incluido el interés de lo público y por lo público, resulta molesto y rechazable.

No hace mucho tiempo, Leopoldo Tolivar, en un magnífico artículo publicado en EL COMERCIO se hacía eco de lo que se había planteado en una conferencia en el RIDEA ante la urgente necesidad de proteger el Mosaico de Antonio Suárez en el Paseo de los Álamos. Lo llamativo del caso es que no estamos hablando de una obra de arte poco visitada y poco vista, sino del mismo centro de Oviedo, del que es acaso el lugar más transitado peatonalmente. Y, sin embargo, el deterioro parecía invisible a los ojos de las autoridades municipales anteriores, como si formase parte del paisaje.

Hete aquí que algo que, racionalmente, parece indiscutible, se convierte en una medida polémica. Sobre el plano teórico, cuesta entenderlo. Pero ya sabemos hasta dónde puede llegar la fuerza de la costumbre, máxime cuando se trata de dejadez y de inconsciencia.

La cosa es asombrosamente simple: el Ayuntamiento, al proteger el Mosaico de Antonio Suárez,  cumple con su deber, expresión, de otro lado, tan cara a las gentes de orden.

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Viga azul: Mordiente
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-12-2015 | 3:49| 0

La mayor limitación del equipo azul, por lo que se vio en el partido contra el Llagostera, no son los despistes defensivos e imprecisiones, que siguen ahí, sino la falta de mordiente para sentenciar un partido, máxime cuando el marcador se pone favorable a los dos minutos de empezar el encuentro. Al Oviedo, le faltó impiedad para haber resuelto el choque en los primeros minutos. Se hizo, en efecto, buen fútbol. Los delanteros demostraron velocidad y ambición y hubo ocasiones para haber aumentado la diferencia antes de que el equipo catalán lograse la igualdad en el marcador. Aun así, había que ser más contundentes.

Cabe añadir, además, que, sobre todo en el primer tiempo, Borja Valle estuvo sobresaliente: no sólo tiene un poderío físico envidiable, no sólo demuestra en muchas jugadas su calidad a la hora de regatear, de desmarcarse, de pasar el balón y de chutar, sino que además demuestra en cada partido que tiene un compromiso ineludible con el gol y que, además, es un jugador imprescindible en el equipo. Fue una verdadera lástima que no hubiera marcado gol en el lanzamiento que mandó al travesaño, porque, de haberse colado el balón, nos habría tocado asistir a una jugada antológica y memorable. Todo un portento de jugador, toda una suerte que el Oviedo lo tenga en su equipo titular. Todo un lujo, sin duda.

También es obligado hacer mención a Diegui no sólo por su colaboración decisiva en el primer gol del Oviedo con un pase medido y de calidad, sino también por su continua lucha en la que demuestra, además de entrega, cualidades de un buen carrilero. Siempre es una buena noticia que la cantera tenga protagonismo en nuestro equipo.

Por otra parte, si bien es cierto que acaso hayamos asistido al mejor primer tiempo del Oviedo en lo que va de liga en el Tartiere, creo que no caben ni el conformismo ni tampoco la euforia. De un lado, no debemos perder de vista lo apuntado al principio de este artículo en el sentido de que, cuando un partido se pone de cara, hay que mostrar uñas y dientes para sentenciarlo, sin renunciar tampoco a la ambición de una goleada que la afición celebraría gustosa y que, sin duda, se lo merece sobradamente. No perdamos de vista esto, por favor.

¿Y cómo no referirse a lo apoteósico que fue el recibimiento que se le hizo a Cervero cuando salió al campo a muy pocos minutos del final? Recibimiento ciertamente merecido, como también lo fue la despedida por todo lo alto que se le brindó a Borja Valle cuando abandonó la cancha.

Por vez primera en mucho tiempo, parece consolidarse un buen clima entre la afición y el equipo. Y, además, hay argumentos para el optimismo, sin dejar de lado en ningún momento que es obligado aspirar a más.

Quiere decirse que hace falta más mordiente, también cuando las cosas se ponen favorables.

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Recuerdos de Oviedo: Cine Aramo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-12-2015 | 1:47| 0

“Un hombre rico en el interior no pide al mundo exterior más que un don negativo, a saber: ocio para poder perfeccionar y desarrollar las facultades de su espíritu y para poder disfrutar de sus riquezas interiores; reclama, pues, únicamente, toda su vida, todos los días y a todas horas, ser él mismo”. (Schopenhauer).

“Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad”. (Sartre).

 

Confieso que nunca olvidaré el estremecimiento que me produjo la lectura de un pequeño texto de Julia Ibarra, que venía a ser una elegía a las butacas del Cine Aramo que fueron a parar, en primera instancia, a una especie de patio de luces que la gran escritora vio desde su propia casa. La autora de “La Melodramática vida de Carlota Leopolda” describió con envidiable sensibilidad lo que aquella desoladora visión le suscitó. Aquellas butacas arrancadas de cuajo entonaron los ayes de tantas y tantas personas que habían asistido a películas para ellos inolvidables. La elegía de las que les hablo la publicó Julia Ibarra en enero de 2001. Aunque el cine Aramo, llevaba varios años cerrado, aquello fue  el principio del fin de las salas de cine en Oviedo. Principio del fin que arrancaba en la calle Uría. ¡Qué cosas!.

Cine Aramo. A decir verdad, no pasará a la pequeña historia de Oviedo por haberse exhibido allí las mejores películas a lo largo de las décadas en que estuvo abierto. Siendo ello cierto, no lo es menos que era un lugar digno de admiración por todos los lujos que lo jalonaban, desde las lámparas hasta las maderas nobles, sin que nadie pudiera pasar por alto sus suelos. ¿Cómo no recordar aquellos mármoles que le daban tanto esplendor?. Toda una voluntad de estilo lo ocupaba. Y, aunque sólo fuese por el marco, a todos nos valió la pena haber acudido tantas y tantas veces al cine Aramo.

Y, a pesar de ello, es decir, de la discreta calidad de la mayoría de las películas que se exhibieron en el cine Aramo, se diría que, en algún momento, los afanes de un tiempo y un país, allí sí que se dieron cita.

Recuerdo la presentación de una película muy del estilo de la transición, al que acudieron algunos de sus actores, entre ellos, Juan Diego, que pidieron más libertad para el país y para el cine. Fue en una sesión de noche y aquello significó mucho para los espectadores que allí nos encontrábamos. La pasión por la política y los afanes de libertad y nuevos tiempos se manifestaban imparables.

Cine Aramo. Contaba también con un vestíbulo amplio que permitía ver con comodidad la cartelera de la película que tocaba proyectar. Otro recuerdo inolvidable en aquellos mismos años de inicios de la transición fue ver en la referida cartelera a José María Íñigo, que, si no recuerdo mal, comparecía con una bata blanca de médico y a una Carmen Sevilla ya en el otoño de su belleza que aún se mostraba voluptuosa en sus gestos y puestas en escena. ¡Qué país, madre mía!

Cine Aramo. Como ya escribí en esta misma página, tengo muy grabada la imagen a la salida del cine en la segunda sesión de la tarde cuando, sin apenas variación, el reloj de la Estación de la Renfe marcaba las diez menos cuarto. Era el momento de ir a casa a cenar.

Cine Aramo, una suerte de templo a la altura del séptimo arte, un marco a la altura de las mejores películas.

¿Cómo no referirse, volviendo al principio del presente texto, a las butacas que gozaron del privilegio de ser objeto de una especie de elegía de una escritora de la talla de Julia Ibarra? Butacas que no sólo sirvieron para ver las películas de turno, sino también para escarceos amorosos, muchas veces primerizos, que tienen su no sé qué de inolvidables por la nostalgia que suscitan. Se las llevaron como quienes transportan sueños al matadero. Se las llevaron sin cortejo fúnebre, sin la despedida solemne a la que en realidad se habían hecho merecedoras. Pero las circunstancias se conjuraron para que Julia Ibarra oficiase sus funerales, su despedida, su agonía previa a una destrucción más que anunciada.

Confieso que cada vez que paso por delante de lo que fue el cine Aramo recuerdo a la insigne escritora. Fue otro de los grandes lujos que tuvo esta ciudad, si bien cabe en lo posible que no haya tenido, aún a día de hoy, el reconocimiento que realmente se merece por una obra literaria tan extraordinaria.

Cine Aramo. Por su pantalla, desfilaron indios y vaqueros, romanos, dramones más o menos empalagosos, españoladas infames que tuvieron, como bien se sabe, su cuota de pantalla. Y también películas dignas. De todo, hubo, claro está.

Pero, dejando al margen la calidad de la mayoría de las películas exhibidas, el cine Aramo forma parte, con toda justicia, de la intrahistoria de Oviedo, de un Oviedo que quiso y supo hacerle sitio al séptimo arte con justicia poética, con una hospitalidad marcada por la elegancia y el buen hacer ceremonial.

Cine Aramo, escenario muy presente en mi infancia y adolescencia. Cerca, muy cerca de la Plaza del Carbayón. Más cerca aún de la calle Toreno.

Bendita proximidad de unas edades en las que el mundo es, ante todo, algo por descubrir  y algo por sentir y entender.

A este respecto, Rousseau dejó escrito en sus “Confesiones” esto que sigue: “Empecé a sentir antes que a pensar”. Y, curiosamente, el cine, como tantas otras cosas, es algo para ser sentido siempre; para ser pensado, según la película que toque. Pero, en todo caso, en el cine Aramo sentí y pensé en esas sucesivas etapas de la vida en las que es tanto lo que se descubre. como también lo que deja de estar encubierto y termina por mostrarse y mostrársenos, forjándonos e inventándonos. Haciéndonos y rehaciéndonos.

Siempre hay pantallas en las que los sueños se  escenifican. Siempre hay proyectos engendradores de sueños. Siempre hay sueños que nos proyectan y nos ponen ante ese escenario múltiple y enloquecedor al que siempre llamaremos vida, nuestra vida.Siempre hay besos de película. Siempre hay sueños que tienen un himno. Siempre hay aventuras que atrapan. Siempre hay sordideces de las que salimos en busca de pulcritud.

Siempre hay un cine Aramo.

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Siempre Ángel González
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-12-2015 | 7:23| 0

“Ciudad de sucias tejas soleadas:/casi eres realidad, apenas nido,/ sólo un rumor, un humo desprendido,/ de las praderas verdes y asombradas”. (Ángel González. “Capital de provincia”.).

“Quizás es el que mejor representa en la lírica lo que puede llamarse tono asturiano: una mezcla de humor irónico, de melancolía, de sobriedad expresiva, de natural profundidad y poco colorido”, (Alarcos sobre Ángel González).

 

La Universidad de Oviedo, bajo el título “Ángel, me dicen”, organiza unas jornadas académicas sobre la obra de un extraordinario poeta que vino al mundo en esta ciudad. De un extraordinario poeta al que nunca le faltó una suerte de humor ácido que supo plasmar, rondando la perfección, el talento del poeta que nos ocupa, así como las circunstancias que marcaron su trayectoria vital y literaria.

Poeta Ángel González, que habló de un general que confundió las urnas con las armas. Poeta Ángel González, que supo compadecerse de unas cucarachas desnortadas que pensaban manifestar sus quejas por escrito al Presidente de la República en un país llamado España. Poeta Ángel González, que supo poner en verso una larga historia que, al final, le dio nada menos que todo un nombre, su nombre.

Fábulas para animales para que aprendan todo lo malo que anida en el ser humano. Chicas universitarias que declinan el griego clásico. El instante que encuentra quien le escriba en un hermoso y memorable soneto. Esa vocación frustrada de haber sido cantante de  boleros lastimeros. La historia, nada santa ni tampoco inocente madre historia que como la morcilla asturiana, se elabora con sangre y se repite. Destellos continuos de  un humor quevediano

Ángel González y Oviedo, la ciudad que lo vio nacer, la ciudad a la que regresó en su momento como profesor universitario, eso sí, por muy poco tiempo, cuya última clase, si no recuerdo mal, versó sobre un poema de un gran poeta de su generación, José Ángel Valente. La ciudad que tanto lo agasajó cuando se había convertido, muy merecidamente, en un poeta de prestigio.

Ángel González y Oviedo. En su momento, Alarcos escribió un libro sobre la obra del poeta. Hablamos del mejor Alarcos como crítico literario, del mismo Alarcos que había apostado por la poesía de Blas de Otero, y que aportó, con una prosa precisa y elegante, las claves más importantes de la obra de su amigo.

Ángel González y Oviedo. Inolvidable un reportaje televisivo en el que el poeta se explicaba a sí mismo desde esta ciudad, desde el Oviedo más noctámbulo y culto, desde el Oviedo que era para él un punto de referencia vital que tanto y tanto cimentaba su estar en el mundo y el conjunto de su obra.

Una tarde en la que no llovía, lo vi por vez primera en Oviedo, en la terraza del Rivoli en la calle Uría. Me atreví a dirigirme a él para decirle que, esa misma semana, publicaría un artículo en un periódico de la ciudad glosando su obra. Fue un encuentro muy grato y cordial.

El tiempo fue transcurriendo y sus idas y venidas a Oviedo se hicieron más frecuentes.  Ya era un autor consagrado. Ya era un hombre que vivía para recordar y que en ningún momento refrenó su amor por la vida y su inveterada costumbre de hablar sobre lo divino y lo humano con una sencillez admirable.

El poeta y la ciudad que le sirvió de inspiración a inolvidables poemas. Así, el “Tratado de urbanismo” en el que desfilan los viejos indianos tan maltratados literariamente.

´”Áspero mundo”, en efecto, pero también habría que hablar de que la aspereza reflejada en su obra queda limada en no pequeña parte por el humor y la ternura que lo acompañaron en todo momento.

Hablamos, en fin, del que es sin duda el mejor poeta que dio esta ciudad. Y, más allá de los tópicos, más allá de las asperezas de quienes luchan por apropiarse de su figura, quedarán siempre los guiños a la inteligencia de un sentido del humor proverbial, así como de una obra llamada a perdurar.

Siempre Ángel González. Nunca es tarde para leer su obra. Ni para releerla.

 

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