El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
De gotera en gotera: El Auditorio
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-09-2017 | 5:51| 0

“La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio”. Cicerón.

 

Un informe técnico que está sobre la mesa del despacho del Alcalde carbayón pone de manifiesto que el Auditorio de Oviedo presenta «graves deficiencias de seguridad» en el edificio. Y, lo que es más grave aún, tal cosa no fue advertida oficialmente hasta el momento en los 18 años de vida del edificio.

A partir de aquí, ya tenemos servida la escandalera política. Hay quien apunta que esto viene a ser una especie del contubernio del “Tripartito” para seguir desprestigiando a Gabino de Lorenzo y, de paso, para obstaculizar determinadas actividades de la Fundación Princesa de Asturias.

Frente a ello, la reacción del actual Equipo de Gobierno va en la dirección opuesta, esto es, que la herencia del gabinismo, en cuanto a goteras que no dejan de salir, es alargada y nociva.

Miren, de entrada, no parece muy verosímil que esta alarma que está aflorando en los medios con respecto a las deficiencias de seguridad que presenta el Auditorio sea una invención del actual Gobierno de Oviedo para incidir en los errores e irresponsabilidades que tuvieron lugar en la etapa en que Gabino de Lorenzo fue alcalde de Oviedo.

Hablamos de un edificio con dieciocho años de antigüedad cuya ubicación refleja una de las constantes de la estética ‘gabiniana’, esto es, la tendencia a lo abigarrado. Hablamos de un edificio cuyas hechuras constriñen todo lo que hay a su alrededor.

Pero lo que realmente importa en el caso que nos ocupa es el silencio que hubo sobre esas mencionadas deficiencias en materia de seguridad.

Perdón por la obviedad: el Auditorio ya está ahí y el sentido que tiene es dar servicio a la ciudad. Lo que toca, pues, es subsanar las susodichas deficiencias, algo que se hará a cargo de las arcas públicas municipales que no atraviesan precisamente una etapa de vacas gordas.

A los defensores y herederos del ‘gabinismo’, les correspondería una respuesta distinta a la hasta ahora esgrimida, es decir, que se trata de un invento del tripartito, al menos mientras no haya otro informe técnico que invalide lo que se acaba de hacer público.

Por su parte, teniendo razón el Gobierno municipal a la hora de poner de relieve la herencia envenenada que recibieron, no sólo les toca hacer frente a la situación, sino también sacar proyectos adelante desde el hoy con vistas al mañana más inmediato. Gobernar no es sólo instalarse en la queja.

¡Ay! No deja de ser toda una metáfora que el Auditorio formase parte de la campaña de Gabino en el 99, campaña que tenía como lema ‘con los deberes hechos’. Aquel Auditorio al que se le quería poner el nombre de Álvarez-Cascos en los tiempos de vino y rosas del PP astur tras la defenestración de Marqués.

Una gotera más, más bien, un ‘goterón’. Y, como telón de fondo, hay quienes de defienden atacando, hay quienes sólo saben esgrimir en su defensa conspiraciones judeomasónicas.

El error es humano. Ellos son, quieren hacer creer que son, divinos. ¡Cuánto insulto a la inteligencia!

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Recuerdos de Oviedo: En los Cines Clarín
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-09-2017 | 12:58| 0

La imagen puede contener: una o varias personas, personas de pie y personas bailando

«¡Qué cosa más extraña que la de haber vivido y sentirse tan lejos de un tiempo que aún reputamos como presente!  El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos». (Amiel).

“Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz, sino haciendo consciente la oscuridad”. (Carl Jung).

En aquellos años de la transición en los que primaba mucho más lo irrenunciable que lo posible, en los que pensábamos que era mucho lo que estaba por hacer, no sólo no se cerraban salas de cine en el centro de las ciudades, sino que además se ampliaba el número de locales para disfrutar del séptimo arte. Así sucedió en Oviedo con los cines Clarín en 1978, en el año de la Constitución, en el año del que tanto se habla ahora como punto de partida de un régimen político, el de la 2ª Restauración borbónica.
Pero los Clarín fueron más allá de la apertura de nuevas salas de cine, pues supusieron también innovación: varias salas en un mismo local, varios estrenos a elegir, y, además, podían verse películas subtituladas. Y, por otra parte, su decoración estaba alejada de lo clásico. Toda una apuesta por los nuevos tiempos también en el cine.
Si en su momento el Palladium constituyó todo un acontecimiento para poder disfrutar de películas en las que lo comercial no era lo más importante, con los cines Clarín se dio un paso hacia adelante en lo que se refiere a la innovación no sólo en los títulos, también en otros aspectos, todo lo ornamentales que se quiera, pero que, al fin y al cabo, plasmaban una nueva época.
Y, más allá de los recuerdos de cada cual en lo que se refiere a las películas más memorables que se vieron allí, lo más significativo de estas salas fue su ruptura con lo anterior, su ambición por marcar nuevos tiempos a la hora de asistir al espectáculo del llamado séptimo arte.
Y, además, cuando se produjo la apertura de estas salas, las libertades se abrían paso de manera muy significativa en el cine. Las libertades, todas las libertades, sobre todo las que iban más allá de las exigencias del guion, las que podían verse por vez primera sin corte alguno.
Podría hacerse todo un tratado histórico y sociológico de la importancia del cine en aquellos años. Libertad no era sólo que pudiesen verse aquellas películas que en su momento habían tenido tantos espectadores españoles en Perpiñán, sino también y, sobre todo, aquellas otras que habían estado prohibidas por razones que estaban al margen de cuestiones erótico-festivas.
A aquella euforia de libertades se sumaba la noche como aliada, la noche que nos dispensaba de tener que mirar la hora, la noche que nos libraba de las prisas, la noche que nos servía de marco para interminables charlas.
¡Cuántas noches con su antes y después de la película en los cines Clarín! ¡Cuántas noches en las que ir al cine era el plato principal de un menú que tenía su antes y su después!
Siempre había por el centro de Oviedo algún café o, en su defecto, algún pub, que, incluso los días de semana, cerraba muy tarde. Allí íbamos a parar después de la película, que no necesariamente era el principal tema de conversación, pero que, en todo caso, servía la mayoría de las veces para hablar sobre lo divino y sobre lo humano.
Al salir de los Clarín por las noches no había la referencia horaria del reloj de la Renfe que siempre destacaba cuando salíamos del cine Aramo. Tampoco se habían instalado por las calles las referencias de la hora y la temperatura. Menos referencias externas, muchas menos. Casi todo había que sacarlo de dentro de nosotros mismos.
Y estábamos muy lejos de pensar entonces que las salas de cine llegarían casi a desaparecer de las ciudades. Acaso hayamos sido la última generación que no sólo disfrutó del cine en las alas comerciales, sino que además nos marcó mucho.
¿Cómo no recordar aquellas noches lluviosas a la salida de los Clarín en las que la única prisa era llegar pronto a la cafetería o al pub de costumbre para cumplir con nuestro ritual, al menos una vez por semana?
Y, sobre todo, ¿cómo no recordar la sensación de tristeza que me invadió cuando tuve noticia de que los cines Clarín se cerraban? ¡Qué efímero era todo, incluido lo más vanguardista y lo más innovador!
También llovía en aquella noche en la que fui por última vez a los Clarín. Confieso que la película no me entusiasmó en aquella ocasión. A decir verdad, lo que más ocupó nuestro sentir y nuestro pensar fueron los recuerdos.
Si los datos que tengo no me fallan, los cines Clarín funcionaron desde 1978 hasta 2004. O sea, algo más de 25 años, el periodo de tiempo que en su momento le llevó a Amiel a considerar que el tiempo no es más que el espacio entre nuestros recuerdos. Un periodo de tiempo en el que, en el caso que nos ocupa, se vivieron las esperanzas y los miedos de la transición y, en mayor o menor medida, se padeció el desencanto.
Un periodo de tiempo que marcó el auge de las salas de cine hasta su retirada del centro de las ciudades.
Habría que preguntarse si el mundo y la vida no perdieron mucho sin que apenas se pueda ver cine en el centro de las ciudades. Ver cine y contarlo y compartirlo. Ver cine a 5 minutos de casa.
Somos aquella generación que por el día íbamos y veníamos con libros y carpetas, y que, por las noches, el cine era el aperitivo de inolvidables madrugadas.

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LA AMSO Y LA FSA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-09-2017 | 7:21| 0

Resultado de imagen de Wenceslao lopez y Javier Fernández

Que la AMSO no haya mostrado una entusiasta loa a la gestión de la FSA merece mucho interés político, pero, desde luego, no supone ninguna sorpresa. Pues una de las asignaturas pendientes del socialismo astur es prestar atención a Oviedo, considerando prioritario que el partido tenga en nuestra capital un peso específico al que, incomprensiblemente, se viene renunciando desde hace décadas.

No hace falta recordar que, en su momento, Wenceslao López se hizo con el poder en la agrupación de Oviedo sin que la FSA mostrase una gran euforia por ello. Y, más tarde, se ganó a pulso las primarias para encabezar la candidatura del PSOE a la Alcaldía vetustense, estando muy claro que no era el candidato oficial.

Por si todo esto fuese poco, tras las elecciones de 2015, en las que la candidatura de izquierdas más votada fue la de Somos, a resultas de lo que había sucedido en Gijón, los ediles recién elegidos del PSOE tenían la clara consigna de la FSA de no votar a Ana Taboada como Alcaldesa, facilitando con ello la continuidad del gabinismo.

O sea, la ciudadanía de Oviedo parecía estar sentenciada a que Caunedo gobernase la ciudad como consecuencia de la falta de entendimiento en Gijón entre el PSOE y la marca de Podemos en la ciudad de Jovellanos. Fue la generosidad de Taboada, votando a Wenceslao López como Alcalde, la que impidió que se cumpliese el guion que parecía estar escrito.

Con estos antecedentes, por no hablar también de lo que le tocó padecer en su momento a Leopoldo Tolivar no sólo por parte del gabinismo y sus corifeos mediáticos, sino también por mezquindades del propio partido, no es de extrañar que, llegado el momento, el malestar de la AMSO con la FSA se haga visible.

En la FSA, llegará el momento en que se tenga que considerar que Oviedo es un objetivo prioritario para que el PSOE esté al frente de la Alcaldía, puesto que Wenceslao es el primer edil a pesar de su partido y no gracias a él, algo tan extraño como cierto.

En la FSA, tendrá que llegar el momento en el que se recupere el criterio de que el mejor Oviedo, el más ilustrado y democrático, tiene que ser mimado y requerido por un partido político que fue concebido como un instrumento de cambio, progreso y cultura.

Y cabe esperar y desear que, cuando se forme una nueva ejecutiva de la FSA, se afronte, más allá de la retórica, que Oviedo tiene que dejar de ser una asignatura pendiente para este partido.

Veremos.

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Viga Azul: Criterio
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-09-2017 | 3:38| 0

Sobre todo, hay criterio en el juego del equipo. Se diría que cada jugador sabe bien cuál es su misión en el partido y, con independencia de que haya fallos o no, de que los aciertos se prodiguen más o menos, eso hace que el conjunto carbayón tenga criterio, salga al campo decidido a cumplir un manual de instrucciones que fue explicado con toda claridad.

Cierto es que en el partido frente al Cádiz no hubo muchas ocasiones de gol. También lo es que el Oviedo no tuvo errores defensivos de los que pueden ocasionar disgustos, tal y como sucedió en el encuentro ante el Reus hace dos semanas.

En el plano individual, la sorpresa más grata fue Rocha, que no parece el mismo futbolista del año pasado. Por su lado, aunque se le ve que está muy lejos de haber alcanzado un estado de forma óptimo,  Yeboah puso mucha entrega en su juego. Y, como siempre, Folch mostró una seguridad que repercutió en el resto del equipo.

No es poca cosa haber ganado al Cádiz y no sólo por ser el segundo de la clasificación, algo que estas alturas puede ser anecdótico, sino porque se trata de un gran equipo para Segunda División. Y, ante el conjunto andaluz, el Oviedo no jugó acomplejado y temeroso; antes bien, siguió el guión marcado por el entrenador, y no se puede decir que lo haya cumplido mal.

Por su parte, Owusu se ganó el entusiasmo del público por el empuje y la entrega que puso en todo el tiempo que estuvo en el campo. De esto convendría tomar nota cuando se dice que el Tartiere es un campo muy difícil y que resulta complicado ser jugador del Oviedo. Porque, con la entrega de los jugadores, la comunión entre el equipo y las gradas es total, creándose un ambiente de entusiasmo que esperemos que no decaiga.

Como digo, hay criterio, y creo que eso es una garantía para el campeonato. Si la semana pasada el Oviedo no se arrugó en el derbi a pesar de haber encajado un gol tempranero, ayer, frente al Cádiz, supo interpretar la partitura encomendada con dignidad.

No hay ese nerviosismo que nos hace temer lo peor. Frente al Cádiz, el Oviedo fue un equipo solvente y serio, seguro de sí mismo, sin que ello significase haber incurrido en un exceso de confianza que, llegado el caso, también puede resultar muy caro.

Creo que hay motivos para la esperanza, porque esto marcha con buen pie, sin euforias, con las ideas muy claras.

Y es que, insisto, hay criterio.

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Recuerdos de Oviedo: Aquel café matutino en el Dolar
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-09-2017 | 3:03| 0

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«He medido mi vida con cucharillas de café». (Thomas S. Eliot).

«Los hombres son como los dados, se lanzan en la partida de la vida». (Sartre).

Serían las diez de la mañana, de un día de abril de 1980; iba camino de la Facultad y empezó a llover torrencialmente. El aguacero fue motivo suficiente para encontrar más apropiado hacer una parada en el Dólar y tomarme allí un café en lugar de asistir a una de aquellas clases en las que no se iba a explicar nada decisivo, ni siquiera con vistas al examen final.
Me acomodé en una mesa muy cercana a la cristalera del Café Dólar. Desde allí, pude comprobar el espectáculo que provocaba el chaparrón. Una vez más, llovía copiosamente en Vetusta.
No había prisa para nada, ni siquiera para abrir aquel libro de Sartre, que llevaba conmigo y que había empezado a leer la noche anterior. Se trataba de “Los Caminos de la Libertad”, una historia protagonizada por personajes ácidos, amargos pero, sobre todo, lúcidos. Una trama que producía un regusto a tabaco negro y a cafeína, a nocturnidad. Un lenguaje que no permitía treguas al pensamiento.
Era una época en la que leía a Sartre libro a libro, coincidiendo con el momento en el que Alianza Editorial estaba publicando la práctica totalidad de la obra del pensador y literato francés que en su momento había sacado a la luz Losada. Un rescate editorial muy de agradecer.
Tiempo tuve a contemplar el chaparrón, a seguir leyendo el libro de Sartre, a divagar, a convencerme a mí mismo de que había sido una decisión acertada la de no acudir a clase. Y, sobre todo, mientras avanzaba en la lectura, me imaginaba en todo momento a Sartre escribiendo aquella historia en el Café Flore.
Desde luego, Oviedo no era París, tampoco en 1980, pero no pude dejar de preguntarme si habría en nuestra ciudad algún literato de pro que escribiese su obra en los cafés, acompañado por el tabaco y la taza, con el cenicero lleno de colillas y con una concentración en lo que le iba contando que le impediría hacer cábalas sobre el cuadro más o menos costumbrista que había a su alrededor.
Por otra parte, estaba convencido que, en el caso de que Sartre hubiese decidido vivir una temporada en Oviedo, su lugar de referencia sería el Dólar, pues, por un lado, parecía el local pintiparado para el autor de “La Náusea” y, por el otro, disfrutaría de la cercanía a los escenarios regentianos que literariamente nos inmortalizaron.
Nunca olvidaré que tomé aquel café en el Dólar pocos días antes de que falleciese el filósofo francés, que, entre otras muchas cosas, marcó una época. Tras su muerte, la figura del intelectual dejó de estar en primer plano, y la orfandad que se sufre en cuanto a referentes que analizan el momento presente es cada vez mayor.
Muy lejos estábamos entonces de saber que nos encontrábamos en las vísperas del fin de una época en el mundo occidental, precisamente en un momento en el que vivíamos la euforia de que en nuestro país resucitaban las libertades tras una de las dictaduras más largas del siglo XX.
He de confesar que fue muy grato dedicar gran parte de la mañana a la lectura del libro de Sartre, así como a las divagaciones de las que les vengo hablando.
¿Había en Oviedo escritores de café? ¿Eran muchos los que se habían permitido el lujo de leer libros de Sartre por los cafés en los últimos tiempos de la dictadura? ¿Cuáles eran en verdad las ideas políticas de Sartre, tras tantos bandazos, eso sí, siempre dentro de eso que comúnmente se vino llamando izquierda?
Pensaba en aquel Sartre que, en sus últimos años, había dedicado mucho tiempo a Flaubert. ¿Hubiera hecho lo mismo sobre Clarín, en caso de haberse acercado a nuestro escritor?
Pensaba, en fin, que Clarín tenía sus eruditos, algo que pocos años después, cuando se cumplió el primer centenario de “La Regenta”, se pudo comprobar muy fácilmente. ¿Dónde estaba, sin embargo. el gran escritor que se ocupaba de la obra de Alas de literato a literato? ¿Lo había, aunque no tuviésemos constancia de ello?
Aquel café matutino en el Dólar. ¡Con qué facilidad se podía imaginar que sobre aquella mesa vacía que tenía al lado estaban los adminículos de Sartre, el papel, la pluma, la pipa de fumar y el cenicero atiborrado! ¡Qué grato resultaba forjar aquella imagen!
Bien pensado, no fue casualidad, no pudo serlo, la fecha de la historia que estoy rememorando, vísperas de la muerte de Sartre, prolegómenos de una década en la que en este país los derechos y libertades no sólo se vivieron, sino que se cantaron, se bailaron, se escribieron, se celebraron por todo lo alto.
Era abril y llovía en Oviedo. Era un día lectivo y Sartre no necesitaba de pupitre para transmitir su mundo y sabiduría. Eran vísperas de primavera en Vetusta y en el mundo. Eran vísperas de mucho y de nada, de la nada frente al ser, del ser frente a la nada.
¿Y ella? ¿Dónde estaba? Ella, su Castor, la excepcional y admirable escritora con la que Sartre había compartido lo mejor de su vida, estaba viviendo aquellas vísperas que consignaría en su memorable libro “La ceremonia de los adioses”.
¡Qué tentador resultaba imaginarlos de paseo por Oviedo a Sartre y a Beauvoir, a Beauvoir y a Sartre! Seguro que pasarían sus horas en el Dólar.
A última hora de la mañana, volvió a llover, y aquel chaparrón me tocó soportarlo en la calle camino de casa.

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