El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Recuerdos de Oviedo: Alrededor de la Balesquida
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-07-2017 | 12:29| 0

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“La mitad del mundo no puede comprender los placeres de la otra mitad’’. (Jane Austen).

Oviedo, sus rincones. Vetusta, sus referencias. Todo se concentra a veces en espacios muy pequeños, en este caso, entre la Plaza de la Catedral, la capilla de Balesquida y la calle la Rúa. No sólo Clarín, también Pérez de Ayala. No sólo ‘La Regenta’, también ‘Belarmino y Apolonio’. No sólo la historia, también la literatura, fundidas y hasta confundidas.
Oviedo, sus rincones. Transité desde muy pequeño la calle la Rúa, pues mi madre nos llevaba de visita a la casa de unas amistades tan estrechas como heredadas de otras generaciones. Por eso, al llegar a la plaza de la Catedral, soy consciente de que algo me lleva a dirigir mis pasos camino de esa calle tan transitada en la infancia, camino de ese domicilio, cuyo número de teléfono sigo recordando y nunca voy a olvidarlo.
Alrededor de La Balesquida. ¿Cómo no recordar aquel martes a última hora de la mañana, cuando regresaba de la Facultad, cuando me pregunté si alguna vez había visitado la capilla de la Balesquida? Acaso lo hubiese hecho de niño en compañía de mi madre, pero lo cierto es que no conseguía rescatar imagen alguna de esa capilla tan omnipresente en la historia de Oviedo.
El hecho fue que me adentré en el pórtico de la Balesquida. Y me llamó mucho la atención no sólo la paz que allí se respiraba, sino también la separación con el templo, como si, al visitar aquello, uno se adentrase en una estética de confesionario.
Alguien estaba allí rezando, o eso parecía, era una señora mayor que estaba muy concentrada en sus oraciones. Y, a decir verdad, me sentí un intruso, alguien que podía incordiar, que, sin que mi voluntad intermediase en aquello, podía distraer a aquella persona de sus propósitos.
Así pues, decidí irme, y me perdí la contemplación de aquello, que postergaba para otro momento en el que no hubiese posibilidad alguna de que llegase a ser un incordio.
Lo cierto es que no tardé mucho en adentrarme en el pórtico, estando aquello sin gente. Y las sensaciones fueron las esperadas: paz y, como dije antes, una suerte de estética de confesionario. Y me quedé convencido de la importante función de aquel pórtico, al menos, estéticamente.
Por otro lado, pensé que no sólo San Tirso hace de contrapunto a la Catedral en cuanto a la dimensiones, sino que, de algún modo, la capilla de la Balesquida también desempeña esa función.
¡Cuántas cercanías, históricas, artísticas y literarias! Muy cerca, volviendo a los escenarios de ‘La Regenta’ están el Casino de Vetusta y el Palacio de los Vegallana. Y, al fondo, claro está, la Catedral.
Cogollo de Oviedo, cogollo de Vetusta, cogollo de Pilares, cogollo también cercano el de de Lancia: ‘Clarín’, Pérez de Ayala y Palacio Valdés. La muy novelada, la muy pía, la muy bien tratada artísticamente.
Piedras y maderas nobles, culto literario, culto religioso, culto artístico.
Cuando bien entrada la adolescencia, leí la novela ayalina que tiene como protagonistas a Belarmino y Apolonio, la calle la Rúa tuvo para mí otra referencia importante, a una edad distinta, en la que la literatura rescataba uno de los itinerarios de la infancia más recorridos.
Alrededor de La Balesquida. Sin entrar en el importante significado histórico que tiene en Oviedo, tengo para mí que, a tenor de su importancia, no se repara en esta capilla todo lo que realmente atesora.
Cogollo de Oviedo y remanso de paz. En más de una ocasión me pregunté acerca de las personas que frecuentaban mucho la capilla de la Balesquida, por qué la elegían en lugar de decantarse por San Tirso a la Catedral, qué encontraban de especial sobre todo en el pórtico.
Desde luego, no resultaría muy difícil inventar personajes que la frecuentaran, contando su día a día, y un buen poema o un relato interesante haría justicia poética.
La Catedral no sólo cuenta con la prosa soberbia y poderosa de Clarín, sino que también tiene presencia en magníficos poemas. Por ejemplo, de Unamuno; por ejemplo, de José Vela. Nos falta quizás ese relato y ese poema sobre La Balesquida.
Porque, a decir verdad, al adentrase en el pórtico, literariamente hablando, uno se siente en un escenario pintiparado para un diario íntimo, para un relato de misterio o para un poema borgiano sobre los dones, en este caso, de Oviedo.
Alrededor de la Balesquida. Historia e intrahistoria de Oviedo que merece un tratamiento literario especial.
En ocasiones, me pregunto si Unamuno, aunque no haya escrito al respecto, reparó en La Balesquida. En ocasiones, me pregunto por las idas y venidas de clérigos y estudiantes universitarios en el Oviedo más decimonónico. En ocasiones, me pregunto por el tránsito de turistas en este lugar, no de ésos que van a hacerse la foto, sino aquellos otros que recorren nuestra ciudad con afán viajero, movidos y mordidos por la curiosidad.
Mañanas y tardes de lluvia en Vetusta. Mañanas y tardes de grandes flujos de personas.
La Balesquida sigue estando ahí, siempre estuvo ahí, lo seguirá estando.

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EL MURAL DE CLARÍN
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-07-2017 | 5:00| 0

Aspecto actual del mural de 'Clarín' en Santa Clara.

Leo en EL COMERCIO que el mural de Clarín va a ser retirado como consecuencia del deterioro que sufre. Ante ello, resulta inevitable preguntarse si el referido deterioro no pudo ser combatido antes de llegar a la situación actual. Y también resulta inevitable que la nostalgia nos invada por partida doble.

¿Por qué por partida doble? En primer término, por el contexto histórico en el que este mural fue creado, o sea, en los años ochenta. Hay que recordar que en aquella década, por una parte, “La Regenta” cumplió cien años, y, por otro lado, aquellos años ochenta fueron mucho más vitales y febriles que las décadas que vinieron a continuación. Hablamos de una época en la que no se había renunciado a lo irrenunciable, en la que los derechos y libertades se sentían en carne viva, en la que los sueños colectivos no se habían malbaratado ni traicionado.

Pero vayamos al mural y a Clarín. De entrada, no voy a negar que me encanta su ubicación actual, tan  cerca del Oviedo de mi infancia, del Oviedo que más frecuento. Y, en otro orden de cosas, por lo que leo en EL COMERCIO, se convocará un concurso para una obra que se ubicará en el mismo lugar. La obra debe recoger, como el mural anterior, momentos de la vida cotidiana de Clarín.

Clarín, sus trabajos y sus días en Oviedo, en la Vetusta que literariamente eternizó. Me atrevo a sugerir a los artistas que decidan participar en el concurso que convocará la Concejalía de Cultura que se lean un texto memorable de Fernando Vela que tiene como título “Un día en la vida de Clarín”, así como los escritos que, en su día, le dedicó Azorín a Leopoldo Alas en los que también habla de su vida cotidiana.

Un mural que recoja el día a día de un catedrático de Universidad y escritor que – por mucho que se pretenda afirmar lo contrario- no fue tratado en vida como realmente se merecía, y que, pasado el tiempo, los odios de los que fue objeto siguieron ahí y explican en parte trágicos sucesos.

¿Cuántos ovetenses saben dónde se escribió “La Regenta”? ¿Cuántos ovetenses conocen el día a día del profesor universitario y ciudadano a lo largo de su corta y, al mismo tiempo, fecunda vida? ¿Cuántos ovetenses se leyeron el texto que escribió Juan Antonio Cabezas inspirado en el aula donde el maestro dada sus clases? ¿Cuántos ovetenses recorrieron las páginas en las que  Pérez de Ayala cuenta cómo eran sus clases, entre otras anécdotas, citando a Renan?

Pues bien, estoy seguro de que un mural de estas características contribuiría no poco a acercar la vida y la obra de Clarín a la ciudadanía ovetense de este momento.

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RECUERDOS DE OVIEDO: AQUELLA TARDE EN CORREOS
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-07-2017 | 12:50| 0

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“Con veinte años todos tienen el rostro que Dios les ha dado; con cuarenta el rostro que les ha dado la vida y con sesenta el que se merecen”. (Albert Schweitzer).

¿Cómo no recordar aquellos tres buzones del edificio de correos de Oviedo, que rezaban así: “España, provincia, extranjero”? Confieso que en alguna ocasión, al levantar la parte superior del buzón echaba un vistazo al enorme fondo que se veía, donde, por lo general, se agolpaban montones de sacas a cuyo alrededor estaban muchas gentes deambulando. Pero nunca me había imaginado que llegaría a conocer un lance, dramático de una adolescencia prolongada, que, con el paso del tiempo, me suscita una enorme ternura.
Imagine el lector por un momento que una muchacha se arrepiente de haber enviado una carta a su chico en la que le manifestaba su firme determinación de poner fin a su historia de amor. Que se arrepiente hasta el extremo de llegar a desesperarse y que su propósito es que esa epístola de ruptura no llegue a su destinatario. Y que, llegado el momento, decide personarse en correos para que le devuelvan la misiva de marras. Pero -¡ay!-, le da “mucho corte” presentarse allí sola a formular semejante petición.
Entonces, en un momento dado, decide llamar a un amigo para que la acompañe en semejante empeño. Y, como era de esperar, el amigo en cuestión no se niega a escoltarla.
Aquello sucedió en la tarde de un miércoles de un mes de abril, un día antes de la Semana Santa, en 1979. El destinatario de la carta se había ido a su casa a pasar las vacaciones, en un pueblo de una provincia castellana. Y, justamente el día de la partida, habían tenido una fuerte discusión, que, sin embargo, no recordaba cómo había empezado. Pero aquel desencuentro la llevó a pensar que era mejor que la relación no continuase. Se había pasado dos días escribiendo la carta que aquí nos trae, cartas que, al final, rompía, porque, tras releerlas, siempre encontraba algo que no la convencía, en parte porque no quería ser hiriente, en parte, por no estar del todo persuadida de las razones que esgrimía para la ruptura. Pero, al final, dio con la versión que consideró adecuada, economizando palabras, ocultando reproches, asumiendo el peso de la decisión, con el convencimiento de que era lo mejor para los dos.
La susodicha versión definitiva la redactó nada más comer, hacia las tres de la tarde. Desde su casa en las proximidades del antiguo Carlos Tartiere, bajó andando al edificio de correos donde depositó la carta. Y, en el camino de regreso a su domicilio, no se detuvo ni un instante.
Se encerró en su cuarto a escuchar música y a pensar obsesivamente en lo que había escrito, a imaginar los gestos del destinatario cuando leyese la carta. Por mucho que se repetía a sí misma las razones expuestas en la carta, no pudo evitar sentirse culpable no sólo por el disgusto que se llevaría el que hasta entonces había sido su novio, sino también porque, en el fondo, no estaba del todo segura de haber agotado las posibilidades de que aquella relación pudiese llegar a funcionar debidamente. Al final, fue esto último lo que más pudo.
De modo y manera que llamó a su amigo para que la acompañase a las oficinas de correos a intentar la recuperación de la carta para que no llegase a su destino.
La suerte le sonrió en el sentido de que su amigo estaba en casa y tampoco tenía ninguna obligación ineludible aquella tarde.
Le explicó por teléfono de qué se trataba y quedaron en verse en el bar La Gran Vía, en la Avenida de Galicia. Desde allí se encaminaron a correos.
El inicio de la gestión fue atípico, forzado y un tanto incómodo. Abrieron el buzón y, levantando inevitablemente la voz para ser oídos, un trabajador que deambulaba por allí se acercó a preguntarles qué deseaban. Nuestra protagonista, con la voz entrecortada, sin entrar a fondo en los detalles, explicó que necesitaba recuperar una carta que había depositado horas antes en el buzón, pues contenía una información errónea, según pudo comprobar tiempo después, y aquella información errónea podría acarrear disgustos innecesarios. El trabajador de correos le dijo que sería mucho más sencillo que llamase por teléfono a la persona a la que iba destinada la carta, pues la misiva tardaría en llegarle unos dos días. La respuesta fue la esperada: en la casa del destinatario no tenían teléfono, ni en el pueblo tampoco. El funcionario de correos no pudo no sonreírse, convencido de que aquello era una disculpa fácil.
Les indicó que esperasen un momento, pues tenía que consultar aquello. Tras unos minutos que se les hicieron eternos, volvió y les invitó a pasar por un acceso para ellos desconocido.
Por fortuna, la carta estaba en la saca correspondiente dentro del edificio de correos. La muchacha mostró su carnet de identidad para que pudiesen comprobar que era la remitente, pues su nombre figuraba en el reverso del sobre. No hicieron demasiado caso de aquello, convencidos de que, con tanto dramatismo, no podía estar fingiendo.
¡Por fin recuperó la carta! Pero, para sorpresa de su acompañante, no la rompió, sino que la releyó varias veces camino de casa.
Soplaba el viento desangelado de la cuaresma, que invitaba muy poco a detenerse en la calle. Su amigo la acompañó hasta el portal. Volvió a encerrarse en la habitación y, al mismo tiempo, se sentía agotada y, en cierta medida, aliviada. Digo en cierta medida porque no pudo sacudirse la congoja.
De aquello pasaron más de treinta años. Hoy el edificio de correos no tiene los tres buzones. La protagonista de este lance llegó a casarse con el destinatario de la carta, y lleva más de una década divorciada.
Y su acompañante no deja de preguntarse si hubiera sido mejor para ella que se negase a acompañarla, porque, de haberlo hecho, es probable que la carta hubiese llegado a su destino. No deja de preguntárselo, pero sabe que nada garantiza que, con todo, la ruptura hubiera sido definitiva, ni tampoco que, de circunstancia en circunstancia, su vida hubiera ser mejor, por aquello de que todo es susceptible de empeorar.
Se echan de menos aquellos tres buzones.
¿A que sí?

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EL FUTURO DE LOS TERRENOS DE LA FÁBRICA DE LA VEGA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-07-2017 | 4:25| 0

Por fin, llegó a celebrarse la entrevista entre el Alcalde de Oviedo y la ministra de Defensa para abordar el futuro de los terrenos de la antigua fábrica de armas de la Vega. Y, como era de esperar, hubo poco más que la puesta en escena protocolaria de la que salió un acuerdo para que se cree una comisión integrada por personas del Ayuntamiento y del Ministerio que estudien el asunto. Todo está, sin sorpresas, en “veremos”.

No obstante, Wenceslao López llegó con los deberes hechos si por tal se entiende que le propuso a la ministra que en esos terrenos puede haber cabida también para “un centro tecnológico de investigación sobre la seguridad en áreas urbanas, un proyecto en el que podría estar comprometido o interesado el propio Ministerio de Defensa”, según leo en EL COMERCIO.

Está claro que, en principio, por parte del Ayuntamiento se trata de recuperar esos terrenos para la ciudad, terrenos que fueron para unos fines que hoy no tienen lugar, es decir, para una fábrica de armas del Estado. Es obvio que el Ministerio no estará dispuesto a devolver los susodichos terrenos a cambio de nada y que intentará, como mínimo, sacar contrapartidas, en el caso de que accediese a que el propietario volviese a ser el Consistorio ovetense.

Pero también parece claro que el Ministerio no tiene ningún proyecto para esos terrenos, más allá de que le resulten prácticos como moneda de cambio ante lo que el Ayuntamiento pudiera estar a dispuesto a conceder.

Una de las cuestiones que se plantean aquí es que no haya una mentalidad de Estado con amplitud de miras que considere que los Ayuntamientos forman parte de él, con independencia de que estén bajo la Administración Local. Estaría por asegurar que tanto doña Dolores como los altos cargos de su Ministerio desconocen las teorías de Hegel acerca del Estado, concretamente aquella que habla del “espíritu objetivo”. Pero no entremos en profundidades, no es el caso.

Y, por otra parte, el  Ayuntamiento tiene dos frentes abiertos. El primero de ellos sería un  proyecto concreto para esos terrenos y edificaciones, un proyecto concreto de integración entre la ciudad y este entorno, que sirviese a la primera para crecer y al segundo para mantenerse y tener viabilidad.

Con ese proyecto en concreto, la postura del Ayuntamiento cobraría, de un lado, más fuerza. Y, por otra parte, sentaría las bases de un futuro, todo lo imperfecto que se quiera, pero que Oviedo necesita. Un proyecto que debería contener no pequeña parte de la potencialidad que atesora nuestra capital.

Esperemos que, cuando se forme la comisión, las personas que el Consistorio designe acudan con los deberes bien aprendidos para que la ciudadanía carbayona pueda hacer suyo el proyecto. No sólo sería empezar con buen pie, sería empezar ganando.

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Recuerdos de Oviedo: Desde la calle Uría
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-07-2017 | 5:04| 0

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«El hombre sigue siendo el dios que se ha perdido a sí mismo». (Nietzsche).

Mañana calurosa en la calle Uría, con nubes viajeras sobre el cielo que, en lugar de servir de refresco, lo que hacen es anunciar tormenta. Y, de repente, en pleno sofoco, un recuerdo que tuvo lugar en la misma vía pública, a otra hora del día, en distinta estación. Fue un mes de septiembre casi al caer la tarde.Yo era un niño de 8 años.
Hubo un momento en el que detuvimos nuestra marcha, si la memoria no me falla, en el local que tuvo en su época Cortefiel en la calle Uría. El escaparate era muy amplio y estaba lo suficientemente alejado de la acera. Y detuvimos nuestra marcha porque se puso a llover de forma intensa, al tiempo que se levantó una ventolera fuerte que hacía muy difícil mantener erguidos los paraguas para que pudieran cumplir su función.
De repente, un recuerdo, ciertamente refrescante, para combatir con su ayuda el bochorno. Un recuerdo que me llevó a la infancia, al pantalón corto, a aquella época de la vida en la que siempre que salíamos a la calle lo hacíamos en compañía de nuestros mayores.
De repente, esta vez volviendo al presente, un encuentro con un viejo amigo, uno de esos encuentros en los que, a pesar del tiempo transcurrido, la conversación fluye como si nos hubiésemos visto el día anterior. Tanto fue así que, ante el bochorno imperante y la decidida voluntad de cambiar impresiones por parte de ambos, decidimos acomodarnos en una terraza para refrescarnos mientras dábamos cuenta de tantos y tantos recuerdos comunes.
El refresco, el café, los recuerdos. Mi amigo y yo convenimos en que, para nosotros, aquellos escaparates grandes y alejados de la acera que tanto proliferaban en la calle Uría eran un alto en el camino, constituían una forma de apartarse del gentío, y su principal interés no radicaba, ni mucho menos, en la ropa que allí se exhibía, sino en algunos maniquíes a los que no era difícil convertir en imaginativos juguetes, con nombre y, sobre todo, con papel en las historias que, instantáneamente, urdíamos.

Por otra parte, también hablamos de la historia de la propia calle, que representa, ante todo y sobre todo, la modernidad en Oviedo. No es casualidad que al final esté la estación de la Renfe. Tampoco lo es que, en su momento, fuese una zona residencial, con palacetes y chalets que marcaron la estética de una época.
¿Cómo no recordar la soberbia prosa de Clarín a la hora de describir los palacetes indianos que se iban construyendo? Soberbia prosa, en efecto, y, al mismo tiempo, injusticia poética hacia quienes, con sus luces y sus sombras, fueron los principales artífices de la modernidad en Asturias, esto es, hacia los indianos, mecenas construyendo escuelas, adelantados a su tiempo, llevando a cabo obras que dejaban atrás tiempos duros e incómodos en los espacios urbanos. Soberbia prosa, digo, en la que Clarín utiliza la torre de la Catedral como la atalaya de Vetusta donde el magistral contempla lo que considera que son sus dominios. Pero es Alas el que se sirve de don Fermín para descalificar una estética, la de los palacetes indianos, que tiene, sin duda, su mérito y que dejó su impronta en nuestra tierra, una estética con la que Clarín no fue justo.
No tardamos en regresar a nuestros recuerdos. Por un lado, y, al fondo, la estación de la Renfe. Por otra parte, las paradas de autobús en las que había una especie de estaciones nunca así declaradas. Pensemos, por ejemplo, en el local donde estuvo Chavalín. Las gentes que se detenían en su escaparate no eran siempre potenciales clientes de aquella tienda, sino viajeros esperando al autobús, que se refugiaban, a veces de la lluvia, a veces del barullo. O que, en no pocos casos, hacían su alto en el camino con las bolsas de la compra.
Una calle que era -y continúa siendo- paso obligado para viajar en tren o en autobús, pero que también invita –¡y cuánto!– a viajar en el tiempo.
Calle Uría, la modernidad; calle Uría, el Comercio; calle Uría, el viaje. Calle Uría, el tiempo en marcha precisamente en la ciudad que sestea literariamente, y no sólo en ‘La Regenta’.
Calle Uría, que, con el tiempo, se fue acrecentando no sólo en el espacio que ocupa, sino también en lo que respecta a su actividad comercial.
Después del refrigerio y de la amena conversación, reanudé la marcha. Y, de repente, me detuve ante el lugar que sirve de recordatorio y homenaje al legendario Carbayón. En algún emplazamiento tuvo que comenzar la modernidad, acaso se erigió a partir del rincón que es la referencia del Oviedo más clásico y tradicional. Comienzo que además arranca al machadiano modo, esto es, en una calle que es sobre todo camino, tránsito, actividad, en una calle en la que apenas puede hablarse de parálisis.

Desde la calle Uría. De repente, un recuerdo, escaparates como refugios, como estaciones no sólo de tren y autobús, sino también de peatones que, por diversas razones, decidían y siguen decidiendo detener su marcha en medio de un bullicio que, salvo festividades, no cesa, nunca cesa.

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