El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Viga azul: Oficio
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-01-2016 | 11:56| 0

Las imágenes del Real Oviedo 1 - 0 Zaragoza

No quiero ponerme eufórico y dar por sentado que el Oviedo superó sus limitaciones y que, a partir de ahora, la senda del triunfo nos espera. Pero tampoco puedo dejar de ver que al equipo se le nota una mejoría importante, sobre todo, en defensa. Se diría, en efecto, que ya no hay esos pasillos de infarto que tanto daño nos hicieron en más de un partido. Se diría también que el once carbayón juega más conjuntado, percibiéndose entre los jugadores sintonía y complicidad.

La defensa está más en su sitio y, sobre todo, mejor concentrada. Me gustó Verdés, que no sólo se mostró seguro, sino que además se le vio en muchos lances con buena visión de la jugada.  El centro de campo sigue siendo batallador, aunque a Erice se le agradecería más precisión en los pases. Si fuera tan buen pasador como lo es de eficaz a la hora de cortar balones, estaríamos hablando de un jugador excepcional. En cuanto a la delantera, Koné, acierte o no, es siempre una pesadilla para la defensa contraria por su juego tan incisivo como batallador. Y, en lo que se refiere a Toché, su efectividad es admirable. Además, tengo la impresión de que ambos jugadores pueden ir a más conforme avance el campeonato.

En otro orden de cosas, fue todo un acontecimiento la salida de Borja Valle al campo. Se vio claramente que no iba en el guion que forzase  en el encuentro de hoy, aun así su presencia dio profundidad al equipo. Sustituyó a Aguirre, jugador que no acaba de cuajar un gran partido. Deja siempre buenos detalles de velocidad y regate, incluso sabe defender llegado el caso. Pero todavía no alcanzó en el Tartiere un partido redondo. En lo que se refiere a Hervías, toca señalar como algo muy positivo que ya no es tan individualista como en los primeros partidos y, desde luego, se trata de un jugador con garra y clase en el ataque.

Por su parte, los laterales cumplieron sobradamente en sus cometidos. Diegui volvió a demostrar una vez más que es merecedor de la titularidad, mientras que Peña se sigue prodigando muy bien en el ataque.

Cristian Rivera también merece ser mencionado. Es un jugador que, sin duda, dará muchas alegrías al equipo, tanto por el poderío físico que atesora como también por la seguridad creciente que viene mostrando.

Por último, en cuanto al partido que se vio hoy en el Tartiere, bien es cierto que no se prodigó ninguno de los dos equipos en propiciar ocasiones de gol. No obstante, al Oviedo hay que darle un doble mérito por haber vencido a uno de los mejores conjuntos de la categoría, al que no es fácil desbordar cuando se defiende, al que tampoco es sencillo sujetarlo bien y hacerle incurrir con frecuencia en fueras de juego.

En definitiva, un Oviedo que se va superando, sin que ello suponga que esté justificada, como dije al principio, la euforia. Con todo, hay motivos para el optimismo.

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Recuerdos de Oviedo: Aquella Cabalgata de la duda
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-01-2016 | 12:11| 0

“Melchor, Gaspar, Baltasar; / tres magos, Baltasar negro; / noche negra, van los magos;/ y el negro mirando al cielo;/ de las estrellas se ríe,/ y la blanca luna, espejo,/ se le ríe, se le ríe,/ y el Niño al ver mago negro/ se echa a reír y su risa/ mece al pesebre del cielo”. (Unamuno).

“La verdad no se demuestra; se sueña. Sólo se demuestra la mentira”. (Rafael Barret).

“Nuestro corazón tiene la edad de aquello que ama”. (Proust).

 

Cabalgata de la duda, porque pocos meses antes, alguien nos había dicho que los Reyes Magos eran los padres. Duda que se disipó aquella tarde-noche del cinco de enero en la Plaza de la Escandalera ante la emoción de todo el ceremonial desfilando y cabalgando. Poesía y verdad, que diría Goethe. La verdad estaba en lo escenificado, porque era lo que transmitía emoción y no desengaño. La emoción pudo con la duda. Corazón y cabeza, dicotomía que en un niño tiene un claro ganador. La carroza del Rey Melchor detenida, los caramelos, el revoltijo, las risas, la alegría desbordada de quienes asistíamos al espectáculo, el regocijo de toda una puesta en escena de la magia. Venían a visitarnos. Actuaban para nosotros. Su mera presencia constituía un obsequio en toda regla. La liturgia de lo representado en la calle confería verdad a aquello, no podía ser de otro modo.

¿Cómo olvidar el momento en el que me quité los guantes para aplaudir? ¿Cómo olvidar el momento en el que saboreé una galleta pequeña y esférica del revoltijo? ¿Cómo olvidar el hechizo que para mí supuso el hecho de que la Cabalgata se detuviese allí para nosotros, para todos los niños de Oviedo que allí estábamos esperando la ansiada parada?

Y es que, al quitarme los guantes, el frío de la tarde-noche ya había desaparecido. Y es que yo no quería que la Cabalgata acabase. Y es que, al ver desplegarse serpentinas en un momento previo a la parada, el guiño era inequívoco. Nosotros, los niños, éramos los protagonistas del festín. Nosotros, los niños, éramos los homenajeados. Y es que, de algún modo, me di cuenta de que había sólo una noche en el año en la que lo obligado no era dormir, sino soñar, en la que los niños teníamos bula para el insomnio.

Pero, ante todo y sobre todo, aquel 5 de enero vi con claridad que la Cabalgata no era el aperitivo de la noche mágica, sino su momento –nunca mejor dicho- estelar.

Magos guiados por una estrella, magos que hacían un larguísimo recorrido. Como todo lo que acarrea sortilegio, aquello no sólo venía de lejos, sino que además tenía una hoja de ruta guiada desde el firmamento por una estrella que se aliaba con nosotros. Teníamos, pues, una especial protección tejas arriba. La estrella que guiaba a los magos garantizaba nuestros sueños.

Aquella cabalgata de la duda. De repente, el embeleso podía más que ningún testimonio encaminado al desengaño. De repente, me sentí parte de un ceremonial que consagraba sueños infantiles. De repente, los Reyes Magos eran toda una aparición constatada y atestiguada. E iban cargados de regalos que hacían cumplir los sueños.

De repente, los recuerdos más inmediatos se agolparon. ¿Cómo no tener presente el momento tan cercano en el que le había entregado la carta a Aliatar, momento marcado por la duda de que los Reyes eran los padres? Aun así, lo cierto fue que me gustó aquel ritual, al ver que depositaba mi carta en una especie de cesto de mimbre, al lado de otras muchas. Entre todas ellas, me figuré que harían fuerza suficiente para que los niños fuesen escuchados, para que los sueños encontrasen en los juguetes que se demandaban una viabilidad real.

El mundo, claro está, era un juego, un escenario de juegos, en el que hacían falta los instrumentos donde nuestros sueños encontrasen las herramientas que los pusiesen en marcha, herramientas, claro está, que eran juguetes.

Vuelvo al momento en el que entregué la carta, al momento en el que, por decirlo así, formalizaba mi petición de un traje de romano, con el que me sumaba al paisaje navideño, que era en gran parte paisaje cinéfilo. Las películas de romanos eran para aquellos días. Las de indios y vaqueros, salvo excepciones, para el resto del año.

La gran verdad estribaba en que la guerra era mentira. Y en aquella ficción, claro está, siempre ganaban los buenos. Las películas de romanos ponían ante nosotros la grandeza y el esplendor de un tiempo. Las miserias e injusticias, o bien eran derrotadas, o bien no merecían ser captadas por nuestras oníricas entendederas.

¿Cómo no tener presente, al hablar de esto, el regreso a casa tras el hechizo de lo contemplado deseando creer que todo aquello era verdad? No era la primera Cabalgata a la que acudíamos, pero lo cierto es que, a diferencia de las anteriores, no sentía prisa alguna por regresar a casa, ni siquiera deseaba que llegase la luz del día para el sublime encuentro con los regalos.

Iba embebido por la Cabalgata. Todo lo demás lo vivía como un alejamiento del ritual, alejamiento tan involuntario como inevitable.

Al acostarme, sabía que iba a estar despierto, al menos hasta el momento de escuchar los ruidos propios del instante en el que se depositasen los juguetes en el mirador de casa. Con la almohada como confidente, abrazado a ella, con los ojos cerrados para que nadie tuviese dudas de que estaba dormido, esperé el desenlace de una larga duda que se quedó congelada al ver la Cabalgata.

Llegó la madrugada. No sólo escuché el movimiento de los objetos, sino también los comentarios de mis padres mientras depositaban los juguetes.

En efecto, los Reyes Magos eran los padres. Pero el prodigio de su recorrido, con la recepción de las cartas, con parada y fonda en la Cabalgata, tenía más fuerza y prestancia que la verdad. Verdad que aún no sabía que se inventaba, como descubriría años más tarde leyendo a Machado. Verdad de un recorrido que, como escribió Hegel acerca de la Historia, seguía la trayectoria del Sol, esto es de Oriente a Occidente.

Pero no fue aquélla un noche de Machado, ni de Hegel, sino del traje de romano, bendecido, a saber cómo, por la Cabalgata, por aquella Cabalgata de la duda, duda que sufrió una amortiguación que la hizo dejar de ser punzante. Y puntiaguda.

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Recuerdos de Oviedo: PICOS, LA NOCHE
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Luis Arias Argüelles-Meres | 03-01-2016 | 7:31| 0

“Los persas de Heródoto pensaban que todo el mundo se equivocaba menos ellos; nosotros, occidentales modernos, no estamos lejos de pensar que todo el mundo tiene razón, salvo nosotros. Esto no es un desarrollo del espíritu crítico, siempre deseable; esto es su abandono total”. (Jean-François Revel).

“Una ojeada general nos hace descubrir dos enemigos de la felicidad humana: el dolor y el tedio. Eso proviene del doble antagonismo en que cada uno de ellos se encuentra respecto del otro, exterior u objetivo, e interior o subjetivo. En efecto, exteriormente la necesidad y la privación engendran el dolor; en cambio, el bienestar y la abundancia hacen brotar el tedio”. (Schopenhauer).

Un viento enrabietado azotaba; los tremendos y continuos chaparrones habían formado arroyos de agua que buscaban las bocas de las alcantarillas con histeria y pavor. Las calles vacías. Los pocos coches que circulaban lo hacían a gran velocidad, acaso con voluntad de salpicar a algún transeúnte que tuviese la mala suerte de convertirse en víctima ocasional. Había que refugiarse en algún sitio, aislarse del vendaval, abandonar las calles que se habían vuelto inhóspitas. Por suerte, Picos estaba abierto.
Tan pronto entramos, se diría que la música nos llegó como una brisa cálida, arropándonos. Nos habíamos emplazado en un lugar inexpugnable. En la barra, había dos clientes que no estaban juntos, cada uno con su perorata, con su monólogo. Y nada hacía pensar que hubiese el más mínimo afán por parte de los citados de comunicarse entre sí. Alrededor de una mesa, transcurría una tertulia muy animada, que parecía hacer los coros a la música ambiente con el tintineo del hielo de las copas. Hablaban de negocios.
Marilyn Monroe hacía de anfitriona. La imagen de la mítica y malograda actirz hacía evocar su voz de gata felicitando el cumpleaños a Kennedy. Ella era el cine. De modo y manera que habíamos pasado del desasosiego invernal al calor de la noche con buena música y bellas imágenes. De modo y manera que habíamos encontrado en aquel momento el lado más amable de la realidad. De modo y manera que la madrugada, con su encanto, nos había conducido al lugar más acogedor de la ciudad. Tomarse una copa en Picos, obsequiados con buena música y sin tener que soportar estridencia alguna, era, en efecto, el descanso, la paz, el momento para conversar sin estar pendientes de la hora, sin servidumbres convencionales.
Los clientes de la barra hacían recordar, cada cual a su modo, al hombre del piano de la legendaria canción. Sin atender a la letra de sus palabras, la música era triste, la que siempre acompaña a fracasos encadenados, en este caso, amorosos. Por su parte, los que formaban la tertulia hablaban de negocios y solían terminar las frases más solemnes con alguna que otra maldición que daba rotundidad a sus asertos.
Nosotros nos olvidamos muy pronto del temporal. La música tuvo unos efectos balsámicos inmediatos. Estar en Picos era, sin duda, un buen plan.
Debo reconocer que tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que Picos fue un establecimiento pionero antes de que las etiquetas, con sus apóstrofes horteras, lo inundasen todo. ¿Cómo llamarlo? ¿Pub? ¿Bar de copas? No hacía falta. En este caso, las imágenes valían más que las palabras, las imágenes que lo decoraban exterior e interiormente, confluyendo entre otras celebridades, Quevedo, Herrerita y Marilyn Monroe, y, para mirar tejas arriba, estaba también fray Luis de León. Por si todo fuera poco, para escepticismo y relativismos, Einstein tenía presencia. ¿Qué más se podía pedir?
Además, Picos fue –y sigue siendo- desde el principio, una isla. Alejado de los locales del Oviedo antiguo, mirando al Aramo, ubicándose cerca de la salida de la ciudad. Una isla para la buena música. Un abellugo que no sólo protegía contra la lluvia, sino también contra todas las rutinas que nos rondaban.
Picos, la noche, antes de otras muchas modas. Picos, la originalidad de no ser un establecimiento en cadena, ni por las etiquetas, ni tampoco por su ubicación. Había que ir expresamente a Picos, no se recalaba por allí en medio de una ronda de locales de ocio.
Había que ir, digo. También es cierto que se podía irrumpir allí sin haberlo planificado cuando las circunstancias de la noche así lo indicaban.
Acudir a Picos, no siendo clientes habituales y fijos, significaba entrar en contacto con todos los mitos de entonces, desde Herrerita, que fue una de las grandes leyendas y glorias del oviedismo, hasta el cine, pasando por la ciencia y la literatura, por una ciencia tan descreída como genial representada por Einstein, por una literatura ingeniosa y cínica como era el caso de Quevedo, así como por un poeta, Fray Luis, víctima de la ortodoxia religiosa, acaso por buscar poesía en textos bíblicos, poesía y verdad, que no poesía y dogma.
Para nuestra generación, que alargó su adolescencia hasta finales de los setenta, Picos, con independencia de que lo hubiéramos frecuentado más o menos, fue un encuentro con los mitos de los años setenta, con su música, con su cine.
Picos, la copa que se alargaba, las conversaciones que eran muchas veces auténticos descubrimientos compartidos, la música que nos evadía de las ñoñeces que todavía perduraban.
Picos, una especie de hornacina para rendir culto a los mitos de un tiempo y una ciudad, mitos en los que no faltaba la ironía, mitos de una música que, salvo excepciones, venía de lejos.
Vuelvo a los personajes de la barra de aquella noche invernal. No se solapaban. Se diría que cada cual escenificaba su propio monólogo sin la menor interferencia en el otro. ¡Ay! La otredad sartriana aquí contaba poco. Y, en todo caso, la música y el ambiente también los amansaba. Su amargura no era alta en decibelios, la angustia iba por dentro.
Vuelvo a los tertulianos que hablaban de negocios. Seguramente, tras continuas tentativas y proyectos, aquella noche no cristalizó ninguna operación. Se diría que la noche les brindaba perspectivas distintas a las que podían vislumbrar en otros escenarios más serios y solemnes, pero les ampliaba horizontes.
Picos, estoy seguro de que el hombre del piano, con distintos disfraces, acudió allí muchas noches, buscando consuelo en Marilyn. Picos, sin duda alguna, Herrerita contó a más de un solitario sus episodios futbolísticos más gloriosos. Picos, tengo la certeza de que Einstein les dijo a todos los espíritus científicos que por allí pasaron que la vida no podía ser tomada muy en serio. Picos, estoy convencido de que Quevedo hizo de confesor, con ternura y también con descreimiento. Picos, con toda seguridad, fray Luis hizo ver que la buena poesía también está en las copas, como Dios en los pucheros que decía Santa Teresa.
Picos, allí todos bailamos con Marilyn.
Picos, como diría Juan Cueto, “lo glocal”.

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Un susurro y muchos ladridos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-12-2015 | 10:35| 0

Testimonia Azaña en sus ‘Memorias’ que Ortega, tras polemizar con él acerca del Estatuto de Cataluña del 32, comentó el discurso de don Manuel en los siguientes términos: «Alguien me cuenta que don José Ortega ha dicho en la Revista de Occidente, refiriéndose a mi Discurso: ‘Tres horas en un ladrido’. ¿Tan perro soy?». Pues bien, si nos tenemos que referir al cambio que se produjo en la política vetustense desde aquel memorable Pleno de del mes de junio a esta parte, cabría hablar de cómo un susurro se impuso a tantos y tantos ladridos.

Lo cierto es que aquel susurro de Ana Taboada a Wenceslao López, haciéndole saber que Somos lo iba a votar, significó un antes y un después no sólo en la vida pública de Oviedo, sino también –por más que les pese a muchos– asturiana. La historia es conocida: al no haber apoyado Xixón sí puede al candidato socialista a la Alcaldía de Gijón, la FSA se opuso a que sus ediles electos en Oviedo votasen a Ana Taboada como alcaldesa, cuyo grupo era el mayoritario en la izquierda carbayona. Conviene no dejar de preguntarse qué hubiera pasado de no haber tenido ese gesto tan generoso la actual vicealcaldesa de Oviedo, generosidad que nunca le agradeció explícitamente el PSOE astur.

A lo que íbamos, ¡cuántos ladridos frente a un susurro! Ladridos no sólo del gabinismo que sigue llevando muy mal haber sido despojado del poder tras veinticuatro años campando a sus anchas, sino también de quienes siguen reprochando a Podemos que en Gijón gobierne la extrema derecha casquista, ello a pesar de que la señora Moriyón está cada vez más distanciada del fundador de Foro, ahora casi desaparecido tras haber entregado sus armas y bagajes al PP contra el que se había sublevado, y no poco.

Ladridos en el mismo día de la investidura de Wenceslao López. Ladridos que ponen al tripartito de Oviedo como la encarnación de todos los males, como una ruina. Ladridos que plasman lo mal que llevan la derrota no sólo los que perdieron la Alcaldía, sino también los que no supieron asumir dignamente la generosidad antes mencionada.

El susurro de Ana Taboada lo cambió todo en Oviedo, sucedió lo inesperado para canovistas y sagastinos. Y, tras todo aquello, son muchos los frentes abiertos, empezando por dar solución a El Cristo, a la plaza de toros, a la fábrica de gas, a los terrenos de la fábrica de armas. Siguiendo por construir un modelo de ciudad que no tenga nada que ver con la política gabiniana, tan abigarrada y ramplona como su estética, ni tampoco con una desconexión continua de las inquietudes de la ciudadanía, que poco tienen que ver con rendir culto a vacas sagradas que no se caracterizaron precisamente por su independencia de criterio.

Tras casi dos décadas y media de ladridos, de apoyos mediáticos mercenarios, de estridencias continuas, llegó el susurro que lo transformó todo, sin que ello signifique que todo está discurriendo a la perfección, sin que ello signifique que no se cometan errores, sin que ello signifique que no haya salidas de tono inoportunas, así como narcisismos que están fuera de lugar.

Pero desde entonces Oviedo no se gobierna con maneras chusqueras. Pero desde entonces Oviedo tiene un alcalde que cuenta con la honestidad como hilo conductor.

Llegó el susurro y mandó parar. Y a casi todos los pilló con el paso cambiado.

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Recuerdos de Oviedo: El Teatro Campoamor
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-12-2015 | 7:26| 0

La aguda sensibilidad de Clarín respira deseos contenidos, casos de conciencia, sutilidades de confesionario” (Fernando Vela).

Séneca, en esa suerte de aviso a caminantes que constituye su libro acerca de la brevedad de la vida, advirtió, entre otras cosas, que gracias a la lectura, nuestros recuerdos ampliaban asombrosamente los horizontes, pues, los buenos libros nos proporcionaban también noticia de otras muchas vidas anteriores a la nuestra, sin perder de vista tampoco que, en muchos casos, esas vidas leídas, además de anteriores, son también mucho más interesantes que las propias. El hecho es que, cada vez que me viene a la mente el teatro Campoamor, acuden, entre otros, personajes como Clarín y Ortega.
En cuanto al autor de “La Regenta”, a poco que se conozca su biografía, sabremos lo importante que fue para él que llegase e erigirse el Teatro Campoamor. Amaba mucho a su ciudad y no amaba con menor intensidad al género teatral. Ambos amores tuvieron ciertamente muchos episodios conflictivos. Y, en cuanto al segundo de ellos, el fracaso de Clarín como autor dramático constituye uno de los lances más dolorosos de su vida como literato.
Pero el hecho fue que, siendo Alas concejal del Ayuntamiento de Oviedo, luchó cuanto pudo para que nuestra ciudad contase con un Teatro que no desentonase con respecto a los más lujosos de nuestro país. Y, por fortuna, vio hecho realidad este gran proyecto.
Por eso, cuando me paro a pensar en el Teatro Campoamor, Clarín se me vuelve omnipresente, el Clarín que fracasó en el género como autor y el Clarín de su etapa más existencialista y melancólica, al que tan maravillosamente supo retratar Fernando Vela.
Por otra parte, el Campoamor no sólo guarda relación con la trayectoria de Clarín, sino también con la de otros muchos personajes de relieve, con anterioridad todos ellos a los Premios de la Fundación Princesa de Asturias.
Del mismo modo que es insoslayable Clarín en la historia del Teatro Campoamor, de un Clarín que había entrado ya en la última etapa de su vida, también hay que poner de relieve la presencia de Ortega y Gasset en este mismo escenario.
En efecto, cuando el filósofo pronuncia su conferencia en el Campoamor en 1932, no es existencialmente un hombre decrépito, pero sí es cierto que coincide con un momento muy significativo en su trayectoria pública. Ortega, intelectual de referencia desde 1914, llega a Oviedo decidido a retirarse de la vida política, decidido a iniciar lo que se conoce como su silencio en la política, silencio relativo y discutible, pero ésa es otra historia.
En todo caso, dejará el Parlamento y se concentrará en sus clases y en sus libros. Pero no sólo vino a Oviedo a despedirse de su compromiso con el Estado al que tanto había contribuido a proclamar. También aprovecha para decir cosas sobre nosotros y sobre nuestra tierra. Es el momento en el que habla de nuestra intransitividad más allá de Pajares.
Clarín y Ortega, sin duda, dos figuras que forman parte de la mejor España intelectualmente hablando. El teatro Campoamor es una de las referencias de sus trayectorias públicas.
Por eso, nunca dejo de preguntarme cómo es posible que no se tenga en cuenta la relación de estos dos irrepetibles personajes con nuestro Teatro Campoamor.
Se diría que ese olvido es una de las muchas carencias que hay en nuestra memoria colectiva.
Y, más acá de esos recordatorios que uno lleva dentro de sí con no menor intensidad que las vivencias más personales, quiero y puedo decir que el Teatro Campoamor respresenta muchas y muy variadas cosas en mi memoria.
El Teatro Campoamor es también el enclave de lujo de las representaciones operísticas en Oviedo. Muchos vimos allí, por vez primera, los trajes de noche, que también formaban parte del espectáculo, que hacían de preámbulo, y bien sabida es la importancia de los prolegómenos en todo aquello que contemplamos.
También funcionó como cine. En este sentido, se me permitirá cometer la indiscreción de confesar que, en general, no se nos pedía el carnet para entrar a películas de mayores de 18 años cuando estábamos cerca de cumplirlos. No eran, por fortuna, muy estrictos.
Y, andando el tiempo, como bien sabe todo el mundo, el Campoamor es el escenario en el que Oviedo cobra protagonismo informativo por el ceremonial de los Premios.
Desde luego, no es del caso hacer consideraciones al respecto en el presente artículo. Pero convendrán conmigo que resulta lamentable que no se tenga presente que el Teatro Campoamor atesora una importante historia con anterioridad a los Premios.
Nadie parece tener presente la implicación de Clarín para que el proyecto se convirtiese en realidad. Nadie parece tener presente que en el Campoamor hubo actos políticos muy importantes en plena República.
Teatro Campoamor, muy cerca de lo que fue el cuartel de Santa Clara, hoy Delegación de Hacienda. Teatro Campoamor, que sufrió las consecuencias de los disturbios de la Revolución del 34.
Teatro Campoamor, la lírica, sí, la lírica, si se piensa que se le llamó así porque se le quiso poner el nombre de un poeta de relieve que fuese asturiano. En ello, también intervino decisivamente Clarín, que admiraba al poeta nacido en Navia, o que, al menos, como crítico, nunca le lanzó invectivas.
Un escenario teatral con nombre de poeta. Pues eso: la lírica, lírica también en lo que se refiere a los espectáculos de ópera.
Teatro Campoamor, la épica. ¿Qué épica? La de aquella Asturias que crecía con el impulso de modernidad que aportaban los indianos. La de aquella Asturias que estaba en vanguardia de la cultura española con personajes de la envergadura de Clarín y Pérez de Ayala, entre otros.
Teatro Campoamor, la épica, si por tal entendemos, la batalla que libró Clarín como faro de la mejor España buscaba la modernidad y al progreso.
Teatro Campoamor, la memoria, aquella que viene en los libros, aquella otra de las vivencias personales y de los sueños de infancia y adolescencia.
Teatro Campoamor: la modernidad.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.
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