El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Recuerdos de Oviedo: De esplendores y sordideces
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-10-2015 | 5:20| 0

« ¿Dónde está la memoria de los días/ que fueron tuyos en la tierra, y tejieron/ dicha y dolor y fueron para ti el universo?». (Borges).

«Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño». (Borges).

Imaginen por un instante el entusiasmo con que alguien transmitió determinadas vivencias que supusieron deslumbrantes y asombrosos esplendores en el transcurso de una vida en la que, por imperativo de las circunstancias, muchas veces pintaron bastos. Imaginen por un instante, poniéndose en situación, que quien transmitió todo aquello vino al mundo en los primeros años del siglo XX, con todo lo que ello supuso a la hora de conocer sueños y padecer horrores. Imaginen por un instante ese lado lúdico y esplendoroso de la vida, ese ángulo oscuro y deslumbrante de la noche, de la diversión, del placer, de la letra y la música de una evasión con parada y fonda en lo voluptuoso. Imaginen, por un instante, el texto y el contexto de lo que a continuación se dará cuenta.

MARIO ROJAS

En efecto, el texto y el contexto. En efecto, Oviedo. Yo sabía que el local del que me habían hablado venía de otra ubicación que fue anterior a la de la calle los Pozos. Me refiero al Café Suizo. Yo me daba perfecta cuenta de que allí adentro no podía habitar el esplendor de los relatos que se me habían transmitido: una música que envolvía, unas mujeres que cantaban y bailaban cautivando casi tanto como Marlene Dietrich en sus mejores tiempos. Una cristalería que reflejaba los licores más deliciosos y chispeantes que se saboreaban al tiempo que se contemplaba el espectáculo de ensueño de cada noche. Escotes de vértigo, lencería de lujo, piernas tan largas y tan bien torneadas que no podían no enloquecer. Y unas curvas que eran la divina hoja de ruta del viaje más erótico que imaginarse cabe.

La noche, sí, la noche, el tugurio cerrado durante el día y que, en las madrugadas, obsequiaba con espectáculos que hacían olvidar las miserias de lo cotidiano. El tugurio como la cueva que escondía un tesoro cuyos destellos emergían en el escenario dejando boquiabiertos a quienes asistían al espectáculo.

Pero, ¡ay!, aquello no podía ser. Allí adentro no era posible tanto esplendor, sino más bien todo lo contrario. Quedaba el rótulo. Quedaba el relato que buscaba un escenario fuera de aquella realidad visible que sólo podía albergar sordideces y episodios lúgubres.

Pero, ¡ay!, del mismo modo que Marsé le escribió una canción a Serrat que hablaba de ‘los fantasmas del Rosy’, un cine barcelonés, el exterior de aquel local tan cercano a la plaza de Riego, me hacía evocar otros fantasmas, aquellos otros de una especie de cabaret en los años 20 y 30 antes de que la tragedia se cebase sobre la realidad de las gentes que vivieron aquello.

¿Y de qué fantasmas, en el buen sentido, hablo? ¿Y de qué fantasmas me hablaban? Pues, miren, de legendarios futbolistas de aquella época que vivían intensamente la noche y que, sin embargo, alcanzaban la gloria jugando cada domingo. De legendarios futbolistas que disfrutaron de aquello con ambición y en la mejor compañía de aquellas mujeres que atraían con locura. De jóvenes que se refugiaban allí de la moralina de cada día, moralina de púlpito y confesionario que no dejaba de adolecer de olor a rancio y de puesta en escena marcada por la hipocresía. De descanso, del descanso de una vida cotidiana que, para muchos, no concedía grandes treguas. De rebeldía contra la moral impuesta, a favor del descaro y del placer. De conspiraciones, más o menos implícitas, más o menos explícitas, en tan heterodoxos escenarios para semejantes lides.

De esplendores y sordideces. ¡Qué contraste, Dios mío, qué contraste, a la hora enfrentar y confrontar los susodichos relatos con lo que daba a entender aquel rótulo con el nombre del café en donde figuraba también la propaganda de una marca de tónica!

Insisto y debo insistir en tan hiperbólicos contrastes. Y es que, a la hora de hacer la referida confrontación, no podía dejar de pensar en aquel antes y aquel después que fue tan socorrido y recurrente durante décadas.

Aquel antes y aquel después que se manifestaba con la expresión que hablaba de ‘antes de la guerra’. Y, claro, el antes siempre era mejor, en todo: desde el patrimonio de la familia de la que se hablaba hasta de la calidad de determinados productos. El esplendor siempre se correspondía con el pasado, un pasado glorioso, frente a la ruina o, en todo caso, las escaseces del momento presente.

Y es que, a aquella generación que vivió su primera juventud en los años 20 y 30 hasta el estallido de la dichosa guerra, pocas cosas le resultaron ajenas, muy pocas. Sabían que el espectáculo había comenzado, que la fiesta reclamaba concurso y presencia, que la moral pública presentaba fisuras, que los límites estaban para ser incumplidos, con mayor o menor irreverencia, que el frenesí era irrenunciable, que los reclamos de la carne, si además estaban bien envueltos y acompañados de música y letra, eran irrenunciables, que la evasión tenía horario y locales donde representaba su liturgia. Y la referida generación, además de haber vivido todo aquello, con todo el cargamento, no pequeño por cierto, de contradicciones, tenía que contarlo, tenía que contarlo, sobre todo, cuando los apagones, tanto biológicos como históricos, dieron al traste con tan sublime y cargado repertorio de placeres de ensueño, de delirios portentosos y poderosos.

Insisto: me tocó ver el recuerdo en prosa de unos esplendores, una prosa que se anunciaba en un cartel, un cartel cuya intrahistoria me habían transmitido.

Pero siempre quedó –y les quedó– la música, que diría Aute, la música y la letra desenfadada y alegre de unas canciones que a veces, en momentos de melancólica remembranza, venían a sus labios poblando de nostalgia las miradas, de una nostalgia, con todo, balsámica, porque daba cuenta aquella añoranza de momentos inolvidables que siempre atesoraron.

De esplendores y sordideces. Los primeros, lejanos y confundidos con la ensoñación. Los segundos, cercanos y molestos, tanto que no permitían detenerse ni siquiera a observar desde afuera el interior un lugar que sepultaba los resplandores dorados de desmadres memorables y de escenas enmarcadas para siempre en un mundo de sueños que se tornó realidad tangible en forma de cuerpos en los que el deseo se hizo deidad.

El licor, las piernas, la lencería, los escotes. El divino cabaret, a veces, desgarrador; a veces, séptimo y sellado cielo.

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Algo más que cien días de Gobierno local en Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 02-10-2015 | 7:49| 0

Resultado de imagen de Tripartito de Oviedo

“El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez”. (Adolfo Bioy Casares).

 

En efecto, más de cien días sin gabinismo en la política vetustense. En efecto, contra todo pronóstico y también contra la mismísima FSA, se alcanzó un acuerdo in extremis para que la izquierda (en este caso, no sólo de siglas) gobernase en nuestra heroica ciudad. Tres partidos distintos y un solo afán verdadero: dejar definitivamente atrás un periodo que se alargó demasiado. Y no sólo dejarlo atrás por el hecho de que el primer edil carbayón ya no es del PP, vive el cielo que no, sino también para que otra etapa en Oviedo, sin continuidad posible con la anterior, eche a andar y no tenga vuelta atrás.

Y, a pesar de desencuentros, de claras muestras de descoordinación y de algunos episodios de egocentrismo mayúsculo, todos los componentes del actual Equipo de Gobierno de Oviedo parecen, por fortuna, tener muy claro que, bajo ningún concepto, sería del caso desaprovechar la ocasión.

Es decir, “coinciden en lo fundamental”. Y esta vez la expresión no es retórica. Digo esto, recordando una anécdota que me refirió en su momento Manuel Fernández de la Cera, cuando me contó los problemas a los que tuvo que enfrentarse en pleno tardofranquismo a resultas de haber publicado un artículo en “Asturias Semanal” donde denunciaba determinadas trapisondas y trapacerías de entonces. Y, al acudir a una autoridad de la política oficial con mucho mando en plaza en la cuestión, el personaje, tras leer el artículo del catedrático de filosofía, le dijo literalmente:

-Coincidimos en lo fundamental.

Pero tal coincidencia no evitó que Manolo de la Cera pasase por un juzgado.

Esta vez, no. Esta vez la coincidencia en lo fundamental del tripartito va muy en serio. No podría ser de otro modo. Y aquí no hay sitio para la retórica.

Por eso, aunque en modo alguno debe resultarnos sorprendente, no deja de ser significativo el afán de desprestigio hacia el nuevo Gobierno de Oviedo. Para empezar, estoy persuadido de que se insiste tanto y tanto en decir “el tripartito” de forma nada inocente, es decir, tal etiqueta recuerda a experiencias políticas no muy gloriosas ni tampoco muy alejadas en el tiempo tanto en Galicia como en Cataluña.

Para seguir, llama mucho la atención que se pretenda hacer responsable al nuevo Equipo de Gobierno de carencias y fallos clamorosos con los que, en todo caso, se encontraron y no crearon, entre otras cosas, porque hasta el momento no dispusieron de tiempo para ello.

Algo más de cien días, y tienen que enfrentarse no sólo a sus adversarios políticos, lo que, perdón por la perogrullada, va en el cargo, sino también a un innegable acoso mediático. Y, por si ello fuera poco, todo aquello y todos aquellos que hasta ahora fueron intocables no permanecen en un discreto silencio; antes bien, no se cortan lo más mínimo para manifestar su disconformidad con cualquier medida que se niegue a conceder privilegios.

Algo más de cien días, y parece que no hay tregua para un Alcalde que además es una rara avis en su partido, tan de vieja política, y tampoco la hay para sus socios de Gobierno, que, por lo visto, no aciertan nunca.

Se diría, pues, que para ciertos enclaves mediáticos y políticos, no hay en el haber del nuevo Gobierno municipal un solo acierto y todo son errores, cuando no revanchas. ¡Madre mía!

Y, por lo que se ve, los disconformes no están dispuestos a dar acuse de recibo de la transparencia en la gestión, ni del rigor a la hora de aplicar criterios encaminados a subvenciones públicas.

Aquí se trata de descalificar a estos osados personajes que se atrevieron a hacer una suma aritmética que, democráticamente les dio el Gobierno de la ciudad.

¿Cómo se habrán atrevido? Ya no hay respeto, oiga usted.

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Recuerdos de Oviedo: El pequeño Carbayón
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-09-2015 | 3:00| 0

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“Tengo yo la entrada/ De tus recuerdos, quietos, encerrados/ En mis caricias: forma de tu vida. Arriba”. (Manuel Altolaguirre).

 

El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados, sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo; y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido”. (Milan Kundera).

 

Frente a la casa de nuestra infancia, en la Plaza del Carbayón, allí estaba, pegado a  una de las fachadas laterales del Campoamor, aquel rincón tan cercano y entrañable, donde estrenamos nuestras primeras bicicletas un día de Reyes con el raquítico sol de enero, donde aireábamos nuestros juguetes, donde todo tenía que hacerse partiendo del corto recorrido que aquello permitía. Allí estaba, sí, el pequeño Carbayón, que pretendía rendir homenaje y servir de recuerdo al centenario árbol que se había talado en el siglo XIX. Y a su alrededor, un espacio muy pequeño, como un parque en miniatura que frecuentamos tanto y tanto cuando niños.

Era, no obstante sus reducidas dimensiones, un espacio de libertad donde no había lugar para los coches, donde tampoco nos interrumpían los viandantes que transitaban por las aceras. Era nuestro rincón al aire libre que apenas sufrió modificaciones desde entonces, salvo que desapareció la verja que de algún modo servía de cierre en uno de sus laterales. Era, con todo y a pesar de todo, un rincón para jugar, y tocaba discurrir algo que fuese divertido, sin los riegos que podía comportar un balón que terminaría por cumplir su destino escapándose a la calle, sin ningún invento que obligase a recorridos de alcance. Bien mirado, es posible que aquello hubiese potenciado nuestra imaginación. Cualquier pedagogo de pro rubricaría esto que digo.

Lo cierto es que allí todo armonizaba Un pequeño árbol en un entorno muy reducido. Una especie de Carbayón de juguete que estaba y sigue estando vivo y esplendoroso. Un carbayón y un parque, ambos en visión minimalista. Ambos adorablemente atopadizos.

Por otra parte, resulta muy curioso que no tenga recuerdo de haberme encontrado nunca aquello lleno de gente que nos impidiese movernos, ni tampoco se dio en ningún momento la circunstancia de que no hubiese sitio libre en el banco para sentarnos y decidir qué hacer y a qué jugar.

Aquello venía a ser en gran parte el patio, el pequeño patio de casa. Y, por otra parte, confieso que me divertía y entretenía mucho ver desde allí todo el movimiento que había delante de nuestra casa, empezando por la parada de Taxis que había delante de nuestro portal, cuyo número de teléfono sólo se diferenciaba del nuestro en un dígito, por lo que era frecuente que recibiésemos llamadas solicitando servicios de transporte.

Los taxistas, sí, los taxistas, que eran, ante todo, vecinos nuestros y que, en mi infancia, estaban tan pendientes como nosotros de las obras del Caserón de Santa Clara encaminadas a convertir aquello en lo que es hoy la Delegación de Hacienda.

 

También resultaba muy llamativo el movimiento de gente que había alrededor de la Caja de Previsión, desde las personas más habituales que trabajaban allí hasta los visitantes ocasionales que iban a hacer gestiones.

Pero lo más tranquilizador de todo era tener enfrente el mirador de nuestra casa y verlo en mi imaginación desde dentro, en una especie de desdoblamiento que implicaba rescatar vivencias muy cercanas incorporándolas al momento presente. Porque aquello era de ida y vuelta, es decir, también desde el mirador, cuando reparaba en el pequeño Carbayón, actualizaba el recuerdo último y me anticipaba también a la cita más próxima que tendría allí con mis juegos.

Allí, de espaldas a una de las fachadas del Campoamor, pensaba en ocasiones en las películas que ya había visto, así como las que esperaba ver. Pensar el cine fuera de las horas de la función. Pensar el cine cuando tocaba jugar.

No deja de llamar mi atención, por otro lado, (nunca mejor dicho) que si el rincón que vengo rescatando fue un territorio de la infancia, el que estaba justo enfrente, el otro lateral del Campoamor, formaría parte, unos cuantos años más tarde, en plena adolescencia, de otra referencia en mis recuerdos, como fue la discoteca que tenía por nombre “Carillón”, amplia y cómoda, donde la pista de baile parecía más bien un escenario para actuaciones musicales.  Y, a decir verdad, de entrada uno se cortaba a la hora de salir a bailar allí, aunque la lucha contra la timidez también va en el guion de la andadura personal.

Pero volvamos a lo que aquí nos traía, al pequeño Carbayón y sus alrededores. En aquel banco, también se contaban historias, nos las contábamos, por fortuna, con la dosis de fantasía tan necesaria para un buen aderezo. Cuando las limitaciones del reducido espacio que aquello tenía se acusaban más, confieso que añoraba mi pueblo, con toda la libertad del mundo para andar en bicicleta hasta el agotamiento; con toda la libertad del mundo para practicar el fútbol; con toda la libertad del mundo para jugar al escondite sin necesidad de repetir el escondrijo en el que inevitablemente éramos pillados muy pronto.

Añoraba, en efecto, Lanio. No necesitaba ni siquiera cerrar los ojos para verme jugando en el patio de casa, para verme corriendo detrás de un balón en un campo con todo el espacio necesario, para verme bajo grandes manzanos y naranjos donde tanto me gustaba cobijarme.

El pequeño Carbayón, el Carbayón en miniatura. ¡Qué heroico homenaje todo aquello a lo  mejor de la intrahistoria ovetense! No sólo estábamos al lado del árbol que rendía culto al legendario Carbayón, sino que además presidía todo aquello el Teatro Campoamor, con el que Clarín había soñado para que la ciudad contase con un Teatro a la altura de su tiempo. Y, por si ello fuera poco, los viejos muros del Caserón de Santa Clara, convento y cuartel en otras épocas, estaban en proceso de albergar algo nuevo en su uso, sin recogimientos de oración y silencio, sin ruidos de armas y militares, sin combates de boxeo. Llegaba la burocracia para quedarse y aumentar así los servicios administrativos en tan poco espacio entre la Caja de Previsión y Hacienda. Llegaba la modernidad, llegaba el siglo XX, pidiendo permiso a la centuria anterior, sin avasallar. Llegaba el siglo XX con el protocolo aprendido de un visitante bien educado.

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Trabajadores públicos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-09-2015 | 7:58| 0

“Es de interés primordial para los españoles que el Estado acapare los mejores ingenieros, los mejores médicos, los mejores letrados, disputándoselos a la industria privada y a las profesiones libres. Abaratar la Administración no es criterio admisible, porque mientras siga siendo defectuosa e incapaz, por poco que cueste, será muy cara”. (Manuel Azaña).

 

No voy a ser nada tibio a la hora de pronunciarme sobre las polémicas que se están generando a resultas de la voluntad declarada del Gobierno municipal de Oviedo en el sentido de rescatar servicios privatizados. Se entiende perfectamente que los trabajadores que pertenecen a empresas contratadas por el Consistorio manifiesten su nerviosismo si ven peligrar sus puestos de trabajo ante la perspectiva de que el Equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Oviedo decida suspender, o, en su caso, no renovar el convenio vigente en este momento.

Ahora bien, seamos claros: la responsabilidad de su situación laboral no es achacable al Ayuntamiento de Oviedo, sino a la empresa privada a la que pertenecen. La misión del Consistorio –perdón por la perogrullada- es prestar servicios a la ciudadanía, y prestarlos con la mayor calidad posible.

Pero en modo alguno sería justo que, por una parte, el conjunto de los contribuyentes tuviese que pagar impuestos para dar beneficios a una empresa privada. Y, por otro lado, como el propio Alcalde se encargó de poner de manifiesto, para ser funcionarios de la Administración, han de cumplirse una serie de requisitos en los que no caben agravios comparativos.

Miren, hay que hablar claro: por una parte, en muchos ayuntamientos se vinieron llevando a cabo contrataciones de personal, sin haber convocado las oposiciones pertinentes, gracias al dedazo del alcalde o concejal de turno. Y esto se hizo también mientras, en la mayor parte de los casos, los sindicatos miraron hacia otro lado, sin pensar en las muchas personas cualificadas que hay en paro, pero que no están en posesión del carnet de partido, pero que no tienen la fortuna de tener vínculos familiares o afectivos con los mandamases de turno.

Y, por otro lado, como en el caso que nos ocupa, vino con fuerza una especie de tsunami privatizador que sirvió para que determinadas empresas hiciesen su agosto cada año, sin que ello implicase necesariamente una mejora en los servicios prestados a la ciudadanía; pero, sin duda, todo ello contribuyó a los endeudamientos insostenibles de muchos consistorios.

Trabajadores públicos para servir a la ciudadanía, para prestar servicios; trabajadores públicos para quienes debe regir la igualdad a la hora de concurrir a una plaza con su correspondiente concurso de méritos y oposición.

Y, ya puestos en esta tesitura, no estaría mal pensar en las personas desempleadas que, por titulación, podrían optar a una plaza en la Administración pública, personas desempleadas en las que nadie piensa, ni siquiera, en la mayor parte de los casos, unos sindicatos que se vuelcan más en quienes pueden pagar las cuotas, en tanto clientes suyos.

Lo que toca es dejar las cuentas claras y prestar servicios de calidad gracias, entre otras cosas, a un sistema de selección exigente, sin amiguismos ni clientelismos.

Y, perdón por la contundencia, pero no conviene olvidar que no es de justicia pedir privilegios a la hora de acceder a un puesto de trabajo, máxime en las administraciones públicas. Y contratar a dedo es una escenificación en toda regla de una apuesta por la desigualdad.

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