El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Recuerdos de Oviedo: Cuando el vino se hizo adolescente
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-10-2015 | 3:21| 0

“Porque quiero creer que me oyes más que me lees, como yo te hablo más que te escribo”. (Unamuno).

“Elevemos lo que se ve al rango de alucinación, lo que se oye, al nivel de la música”. (Cioran).

 

Un buen día, más bien una buena tarde, se nos hizo saber que había que hacer mudanza en nuestras costumbres adolescentes. Una buena tarde, empujados por lo que de repente se había puesto de moda, en lugar de la discoteca, la cafetería o el pub, hicimos parada y fonda en la calle San Bernabé, en lo que dio en llamarse “zona de vinos”. Y, como fácilmente puede deducirse, no se trataba de que nos gustase o no el vino. El asunto era muy otro: tocaba ir allí, era la moda. Punto.

Confieso que en aquellas andaduras por la calle San Bernabé, contaba más la calle que los establecimientos propiamente dichos. Desde luego, no existía el botellón, ni se contaban profecías al respecto. Se trataba de consumir más o menos, según las apetencias de cada cual y, por lo común, de gastar poco, pues las pagas semanales de entonces no daban demasiado de sí para grandes dispendios fuera de los festivos. Y además – ¿a qué negarlo?-, a muchos, entre los que me encontraba, no nos gustaba especialmente el vino.

Pero vayamos por partes: se estaba produciendo un cambio sociológico grande. Las diversiones propias de paisanos, como asistir el fútbol con un purazo enorme que duraba casi todo el partido había sido hasta entonces algo propio de mayores, pero  no de adolescentes que acudiesen en pandilla, sino más bien acompañados de sus progenitores. A eso se añadió lo de ir por los bares a consumir vino, algo también que hasta entonces era habitual entre los señores mayores que lo degustaban en sus tertulias o en sus partidas de cartas.

Así pues, en un momento dado, y para sorpresa también de los interesados, nos dedicamos a invadir territorios que por edad no se consideraban propios de adolescentes. Pero el hecho fue que así ocurrió.

Importante, mucho, el concepto de “zona”, no muy alejado quizás de algo tribal a lo que nos incorporamos, insisto, por imperativo de la moda. Y, sobre todo para nuestros adentros, nos preguntábamos muchas veces qué carajo hacíamos allí, casi siempre, en la calle, de pie, apoyándonos en coches por allí estacionados. Y, en otras ocasiones, entrábamos a tomar vino.

Desde luego, había quien se ocupaba y preocupaba de las marcas de ropa, pero no recuerdo que nadie se apasionase por consumir una determinada marca de vino, no era entonces aquello rasgo distintivo de nada, no servía para etiquetar frivolidades y perogrulladas de ocasión.

El caso fue que la mayor parte de los locales no nos resultaban desconocidos. El caso fue que tenía su estética el bar llamado “El Manantial”, muy conocido en Oviedo. El caso es que tenía su no sé qué no sólo la amplitud del local, no sólo la decoración interna que daba cuenta de un tiempo muy anterior al nuestro, sino también el beber el vino a través de aquellos porrones de cristal que recordaban, a la hora de tomarse tragos, a las viejas botas que muchos paisanos llevaban al fútbol.  El caso fue también que tenía su no sé qué convivir en el mismo espacio con la clientela de años, y hasta de décadas, de aquel establecimiento tan de referencia en Oviedo.

Recuerdo que, en muchas de nuestras estancias en el Manantial, me preguntaba por qué no estarían más juntos el referido bar y la Perla, que se encontraba en la calle Pelayo y que tenía un encanto especialísimo con una atmósfera que, para un adolescente, podría situarse casi en la prehistoria. Más que el encanto de lo viejo, se trataba de la magia de lo artesanal.

O sea, tardes con largas estancias en la zona de vinos, en San Bernabé, muchos años antes de que la calle Rosal se pusiese de moda. O sea, había que estar donde había movimiento, donde las pandillas podían aumentar y donde se podía entablar conversación con las chicas sin necesidad de aquello tan cortante de sacar a bailar.

La música apenas tenía protagonismo en la mayoría de aquellos bares que tampoco contaban con semejante mudanza de costumbres. De pandilla en pandilla y tiro porque me toca. De conversación más o menos forzada a comunicaciones más personales, sólo en algunos casos.

Por fortuna, ellas también iban por San Bernabé, ellas también consumían vino. Por fortuna, la segregación por sexos, que aún quedaba en muchos centros públicos y privados, no existía en aquella primera e inesperada zona de vinos para adolescentes.

Y lo cierto fue también que ciertas innovaciones llegaron. Por ejemplo, la costumbre de tomar mistelas. La cerveza tardaría más en formar parte de nuestros hábitos y, en todo caso, no fue una incorporación repentina. Y, desde luego, la variedad de marcas era también muy escasa.

Si la memoria no me falla, la primera tarde que acudí a San Bernabé acompañado de unos amigos, fue en septiembre. Cálida tarde aquella en lo que a la temperatura ambiente se refería. Estábamos todos en manga corta, con la nostalgia del verano que acababa de irse, en vísperas del inicio del curso que, en aquellos años,  se iniciaba en octubre.

La adolescencia había tomado aquella calle, se había aposentado en locales que no estaban concebidos para aquellas edades, para chicos imberbes y para chicas que tenían muy claro que no iban a seguir el modelo materno en cuanto  al ocio y esparcimientos.

Vino sin marcas, al menos, sin que reparásemos en ellas. Locales sin música, al menos, al principio. Y allí estábamos con nuestro pelo largo, con nuestros pantalones acampanados, con la cajetilla de ducados en el bolso de la camisa, con la acidez en el estómago después del segundo vino que nos tomábamos.

Y allí estábamos viendo el espectáculo, en muchos casos, no menos atónitos que los paisanos que se estarían preguntando por qué diablos  habíamos decidido ir a parar aquellos andurriales en los que no se nos esperaba.

En aquella adolescencia, en Oviedo, el vino se dio cita. Y, de algún modo, sin más mérito que el dejarnos llevar, nosotros, los adolescentes de los años setenta fuimos pioneros en inaugurar una zona de vinos para quinceañeros y quinceañeras.

Nos tocó.

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¿Hablamos de los Premios Princesa de Asturias?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-10-2015 | 4:10| 0

En España, las cosas de la cultura suelen tener pobre arraigo, aire de advenedizas, de ropita dominguera, como en país colonial, y desvanecen a los espíritus ligeros que con ella se adornan(Azaña).

 

Puedo asegurarles que uno tiene un serio conflicto consigo mismo cuando se da cuenta de la soledad de su criterio ante unos planteamientos desmadrados que, además, apenas tienen la posibilidad de ir más allá de lugares comunes. Y, en el asunto que aquí nos trae, se juntan demasiadas cosas que generan más decibelios que argumentos.

Innegable y merecido es el prestigio de los Premios, si se tiene en cuenta la nómina de muchas de las celebridades que obtuvieron los galardones en distintos ámbitos. Innegable y merecido es también el reconocimiento que se le debe a Graciano García por toda su trayectoria como periodista desde “Asturias Semanal”, que fue un inequívoco enclave de libertad de expresión en unos tiempos en los que los tijeretazos de la censura no cesaban, hasta aquel gran proyecto que fue “Asturias Diario”, cuya publicación auspició con entusiasmo y firmeza. Innegable y merecido es que se valore la importancia de unos Premios que empezaron distinguiendo a figuras como José Hierro y María Zambrano, entre otros, y que, en la edición de este año, se pone en su sitio a un pensador de la talla de Emilio Lledó y que reconoce también la obra de un cineasta de la categoría de Coppola. El inventario de ejemplos para sustentar esto se podría alargar mucho. Tampoco se puede soslayar lo que tan machaconamente se repite acerca de la importante promoción que estos Premios suponen para Asturias.

Dicho todo ello, creo que, al menos, es merecedor de respeto el criterio de que, a veces, da la impresión de que lo que más se destaca de la ceremonia en el Campoamor son las genuflexiones ante la Familia Real y el pase de modelos a la entrada y a la salida. Y las tales genuflexiones chirrían mucho cuando las hacen políticos que, en determinados actos, no parecen estar incómodos rodeados de banderas republicanas.  Y no tiene que resultar obligatorio aplaudir  tal espectáculo, ello sin perder de vista que hablamos de una Fundación vinculada desde su nacimiento a la Monarquía, algo tan legítimo y respetable como el derecho a mostrar desde el republicanismo el desacuerdo más inequívoco.

No creo que deba levantar mucha polvareda ni despertar gran indignación sostener que las genuflexiones, en este caso simbólicas, de hacerse, deberían ser mostradas ante los premiados y no ante la institución monárquica.

Y, ante el incesante acoso mediático que sufre el Gobierno municipal de Oviedo,  no sería descaminado recordar que tiempos hubo en que el Ayuntamiento capitalino, encabezado por Gabino de Lorenzo, no fue muy generoso en lo que a ayudas económicas se refiere con la entonces Fundación Príncipe de Asturias. Y, en este sentido, me parece fantástico que se haya creado, tal y como informa EL COMERCIO una plataforma cívica en favor de la Fundación y de los Premios. Una cosa es que se discrepe de quienes opinan que la Fundación no tiene por qué recibir obligatoriamente dinero público y otra muy distinta es que se descalifique a quien sostiene tal postura.

Así pues, convendría que las discusiones no fuesen tan agrias. Siempre es saludable el respeto democrático. En este caso, aceptando que existe el derecho a discrepar con planteamientos republicanos.

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Recuerdos de Oviedo: Aquellas películas en el Palladium
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-10-2015 | 4:23| 0

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“Un pedante es un estúpido adulterado por el estudio”. (Unamuno).

“La película de gánsteres no es emotiva, como podría pensarse, sino más bien intelectual. ¿Julio Verne escritor del viaje? En absoluto, es el escritor del encierro”. (Barthes).

 

Aquellos talonarios con vales que servían de descuento en las entradas del cine Palladium eran toda una certificación de pertenencia a un club muy selecto, el de los sesudos espectadores de películas de arte y ensayo que se permitían hacer farragosos y pedantes comentarios sobre películas consideradas de culto que no siempre eran obras maestras. Pero lo esencial consistía en la interpretación, en muchos casos, sin haber leído el libro de  Susan Sontag que se ocupaba precisamente de eso.

Eran los tiempos en los que, a falta de conocimientos profundos y de mentes analíticas, lo que contaba era el envoltorio, la puesta en escena. Se acudía a las tertulias con libros de Hegel  y de Sartre, entre otros, (“La fenomenología del Espíritu”y “El ser y la nada”, por ejemplo) y siempre se encontraban pretextos para hablar sobre la guerra del Vietnam, sobre el mayo del 68, sobre los graves defectos de la burguesía y, por supuesto, sobre alguna película que requiriese grandes divagaciones.

Ése era el modo de conducirse, por lo general, de la generación de nuestros hermanos  mayores generacionalmente hablando, es decir de los sesentayochistas. Y nosotros, a falta de otros interlocutores, los escuchábamos con respeto, formalidad y, en no pocos casos, con emoción. (La ironía quedaba para la intimidad).

Debo confesar y confieso que una de las imágenes más recurrentes que conservo en mi memoria con respecto al cine Palladium era el momento mismo en el que la gente desandaba la sala camino de la calle. Se diría que, a juzgar por los movimientos de los brazos, daba comienzo una interpretación que amenazaba con ser muy larga. De eso se trataba para muchos, de explicar punto por punto aquello, de destripar los contenidos y, sobre todo, el mensaje. ¡Tremendo!.

Cine de arte y ensayo. Películas con enjundia. Resultaba prohibitivo decir que alguna de aquellas películas era un auténtico tostón, que sí los hubo, al lado, sin duda, de verdaderas obras maestras. Pero no se podía blasfemar cinematográficamente hablando.

Cine Palladium. Había que ir allí para estar al día de las películas del séptimo arte que no incurrían en el imperdonable pecado del entretenimiento o del divertimento. Frivolidades las justas, oiga usted. Lo transcendente era obligatorio e irrenunciable.

Por razones generacionales, me incorporé tarde al público espectador del Palladium, pero sí tuve ocasión de asistir a películas pesadísimas y de presenciar esas escenas de interpretación peripatética a las que antes hice mención que arrancaban en el momento mismo de abandonar la sala.

 

Cuando se escriba pausadamente la historia de aquellos años setenta y primeros de los ochenta, seguro que se incidirá en que el arsenal de conocimientos del que muchos alardeaban, menguaba mucho con la cocción necesaria de realidad, pero también es cierto que, a diferencia de estos tiempos, se consideraba muy importante exhibir cultura aunque sólo fuese con el envoltorio de libros pocas veces leídos enteramente, así como la interpretación de películas que formaban parte de los usos y costumbres de entonces.

Cierto es que en aquel Oviedo del tardofranquismo y de los primeros años de la transición política,  el cine Palladium nos dio la oportunidad de conocer un amplísimo repertorio de películas no comerciales que, sin duda, nos aportó mucho.

Dicho lo cual, debe añadirse a ello que el Palladium es una referencia obligada para conocer la mentalidad de la adolescencia más o menos avanzada y de la juventud de una época en la que las inquietudes nada tenían que ver con la ramplonería que, en todos los órdenes, se vive en esta época.

Cine Palladium. ¿Cómo no recordar, a lado de películas extraordinarias, algunos tostonazos memorables? Antes de que se divulgase el chiste fácil de un anuncio en el que se enseñaba el búlgaro, pudimos ver una película tremebunda titulada “Cuerno de Cabra”. ¡Madre mía, qué plomizo fue aquel film! Sobre todo, truculento. Y, a la hora de sacar algo en limpio de la historia que se nos ofrecía, nos encontramos con el terrible problema que suponía haber asistido a una especie de pesadilla donde se vuelven realidad las hipótesis más catastrofistas. No es que las cosas les salgan mal a los protagonistas, es que resulta casi inconcebible que puedas sucederles algo peor de lo que les ocurre.

Cine Palladium. La última película que vi allí fue una de las grandes creaciones de Visconti: “La caída de los dioses”. Languidecía septiembre. Y, al salir del cine, en ningún momento pensé que lo abandonaba por última vez. De todos modos, fue una despedida a la altura de las circunstancias, aquello no era ningún tostón y plasmaba un momento histórico que siempre horrorizará a la humanidad. Lo plasmaba  un genio del cine.

Arte y ensayo, películas subtituladas, interpretaciones –insisto- a menudo, tan vacuas como grandilocuentes que tenían como medio deslumbrar para alcanzar un fin humano, demasiado humano, que diría Nietzsche.

Un tiempo tan ingenuo en el que se pensaba que estaba a nuestro alcance interpretarlo todo, tan sólo con la herramienta del envoltorio de una sesuda cultura que, en la inmensa mayoría de los casos, no se atesoraba ni de lejos.

 

Cine Palladium. Sin duda, fue una ventana abierta – y no pequeña- a una ambición estética que buscaba un cine que pretendía, en muchos casos, ir más allá de una evasión, ir más allá de una conformidad con visiones amables y ñoñas de la vida. Sin duda, cumplió una misión importante en el Oviedo de aquellos años donde la juventud aún tenía la esperanza de interpretar el mundo y transformarlo.

Cine Palladium, tiempos aquellos donde casi todo estaba revuelto y mezclado, donde el marxismo convivía con el existencialismo, donde el estructuralismo empezaba a dejarse oír con fuerza, donde el conformismo no iba en el guion.

Allí no se iba buscando la oscuridad propicia y cómplice a falta de otros recursos para acercamientos tórridos. En todo caso, se acudía para que la interpretación fuera un preámbulo. Y el “después de”, entre el humo de los cigarrillos, estuviese amenizado con un intercambio de opiniones muy propio de Tolstoi, es decir, hablando de guerras, de paz y de revoluciones.

Cine Palladium. Si no hubiese existido, resultaría obligado inventárselo.

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CARTA ABIERTA A JEREMÍAS DOS SANTOS
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-10-2015 | 7:40| 0

Verá, don Jeremías, a resultas de sus últimas declaraciones relacionadas con la postura que su sindicato adopta frente a la apuesta del Ayuntamiento de Oviedo por recuperar servicios privatizados, más concretamente el que se refiere a la recaudación de impuestos municipales, será la segunda vez que escriba sobre el asunto en estas mismas páginas.

Parece que va en el guion –y pido disculpas por la perogrullada- que las organizaciones sindicales defiendan los intereses de los trabajadores, empezando por la madre de todos los derechos como lo es el de tener un empleo digno. Lo que sucede, señor dos Santos, es que a un sindicato que se reclama obrerista y de clase, al menos desde sus orígenes, que, por cierto, son dignos de admiración, cabe exigirle que tenga y sostenga una concepción de la sociedad acorde con eso que venimos llamando izquierda aunque, desdichadamente, en muchos casos se viene quedando sólo en sus siglas.

Seré muy concreto, don Jeremías: convendrá usted conmigo en que las instituciones públicas están para prestar servicios a la ciudadanía y su razón de ser no se fundamenta en modo alguno en favorecer negocios privados. Y, consecuentemente con ello, no parece muy coherente que se reivindique desde una organización obrerista que se sigan defendiendo esos intereses privados en aras del sostenimiento de determinados puestos de trabajo. Porque, llevando tal ‘argumento’ hasta el extremo, terminarían ustedes defendiendo, si es que no lo hacen ya, todas esas operaciones que se vienen denominando con el verbo ‘externalizar’, y que, de paso, están dando al traste con lo público.

Mire, comprendo perfectamente el malestar y la desesperación de quienes ven peligrar su puesto de trabajo. También soy consciente de que, en semejante situación, busquen el apoyo de las organizaciones sindicales. Hasta ahí, todo es lógico y entendible.

Es más, sería razonable que estas personas se mantengan en su puesto hasta que el Ayuntamiento encuentre la salida legal a su objetivo de terminar con la privatización de este servicio. Y parecería muy justo también que, a la hora de optar al puesto de trabajo como funcionarios municipales, se les valore la experiencia en su tarea. Todo eso es plausible y reivindicable.

Lo que no es de recibo, don Jeremías, es que sea precisamente un sindicato de izquierdas el que apueste por mantener la privatización de los servicios públicos. Lo que no es de recibo es que se diga que el problema es la inquina de gobierno local contra esos trabajadores de esa empresa.

¿Es de recibo que ningún gobierno local pueda dar marcha atrás en las privatizaciones que llevaron a cabo sus predecesores? ¿Acaso no es pertinente que se intente recuperar el espíritu y la letra de unas instituciones que tienen como razón de ser el servicio público? ¿Acaso hay argumentos que puedan demostrar que la ciudadanía contará con mejores servicios y más económicos por el hecho de estar privatizados?

¿Acaso no es asumible y obligado que el sistema de selección para los organismos públicos sea igual para todas aquellas personas que reúnan los requisitos exigidos para acceder a determinados puestos de trabajo?

A veces, don Jeremías, hay que procurar ir más allá del oportunismo y plantearse las cosas con rigor y profundidad, al menos, mínimamente.

A veces, don Jeremías, los sindicatos deberían tener en cuenta que el drama del desempleo no sólo afecta a quienes ven peligrar su puesto de trabajo, sino también a quienes están en el paro y se esfuerzan por atesorar una formación que les sirva para acceder a determinados puestos.

La igualdad también se sustenta, señor Dos Santos, en que las personas más jóvenes puedan tener la oportunidad de demostrar su valía y conocimientos. Por ejemplo, en un concurso-oposición.

Y, por último, don Jeremías, ¿no hay nada que decir sobre la responsabilidad de la empresa con sus trabajadores en este asunto?

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Viga azul: Tocando botones
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-10-2015 | 7:39| 0

Un equipo que no acaba de funcionar. Un equipo en el que la defensa hace agua partido a partido. Un equipo que no deja de ensayar esquemas de juego, cambios drásticos en el sentido de que hay futbolistas, lesiones aparte, que una jornada se quedan fuera de la convocatoria y al partido siguiente son titulares. Un equipo que ni se gusta ni confía en sí mismo. Un equipo que, hasta ahora, solo tiene una tabla de salvación y es la calidad individual de varios jugadores que pueden resolver un encuentro. Pero esto, obviamente, con ser importante, no basta y no hay que conformarse con ello.

En el partido frente al Mallorca, no funcionó el centro del campo. Edu Bedia, cuya calidad no se pone en duda, no estuvo afortunado. Apenas hubo entregas acertadas. Y tampoco se contuvieron bien los avances del adversario.

En cuanto a la defensa, más allá de errores puntuales, el problema, que ya debería haberse resuelto, es que se percibe y se respira inseguridad. De repente, se deja un pasillo libre al delantero contrario. De repente, el susto es mayúsculo cuando nos percatamos de que hay un jugador al que dejan incomprensiblemente solo.

¿Y qué decir del ataque? Hoy, Toché, además de marcar un gol, luchó lo suyo, sin duda. Sin embargo, se le ve lento. Y, por otra parte, lo que es más importante, no hay sociedad en las jugadas ofensivas. Los mediapuntas se quedan atrás y no intuyen ni huecos ni combinaciones decisivas.

Pero lo más significativo de todo es que, como dije antes, da la impresión de que, a la hora de diseñar el sistema de juego y, a la hora de decidir las alineaciones, se actúa a ciegas, se actúa a ver qué pasa, sin criterios sólidos que lleven a la efectividad.

Desde luego, nada más lejos de mi intención que mostrarme catastrofista. No es momento de alarmarse, pero sí de reaccionar, de pensar seriamente en los errores cometidos, en las lagunas observadas, en los desajustes exhibidos y, de una vez, trazar un plan que haga que el equipo funcione en su conjunto.

A esta plantilla no le falta calidad en líneas generales. Pero estamos muy lejos de haber visto el rendimiento que se le puede sacar.

Cierto es que muchos jugadores están muy lejos aún de su mejor forma física. Cierto es que lleva su tiempo que un equipo con muchos futbolistas nuevos tarda lo suyo en conjuntarse. Cierto es que la nueva categoría en la que estamos no es fácil casi nunca.

Pero no cabe incurrir ni en el conformismo ni en la autocomplacencia. Hay que ir a más. Todo el mundo, empezando por el entrenador a la hora de diseñar sus tácticas, y siguiendo por los jugadores en su esfuerzo y entrega, tienen que exigirse más.

Sería triste, muy triste, regresar a los tiempos de ver un equipo a la deriva que confía en un golpe de suerte o en un destello de calidad individual. Es obligado hacer un armazón fuerte. Es obligado ser consistentes atrás y, a veces, expeditivos a la hora de conjurar los peligros. Es imprescindible alcanzar confianza y seguridad. Y juego de conjunto.

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