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VIGA AZUL: ¡QUÉ ANGUSTIA!

Mi antiguo compañero de colegio y excelente amigo, Víctor Asensi, oviedista de pro, me lo dijo al final del partido: «¡Qué angustia!». Ese es el lado más inquietante del partido que se jugó en el Carlos Tartiere, pues hay que reconocer que, tras el 1-0, un gol que se produjo como consecuencia de una excelente jugada iniciada por Aarón con un soberbio pase y que culminó Saúl Berjón tras una excelente cesión de Toché, el Oviedo no supo consolidar su victoria y, hasta el último momento, sufrimos lo indecible, temerosos de que, en cualquier jugada de ataque, el rival pudiese empatar.

Ya estamos, tras dos victorias consecutivas, en promoción de ascenso. Dos victorias agónicas en las que se cumplió uno de los lemas que más repite Anquela, que, para ganar en esta categoría, hay que sufrir como perros.

Cierto es que el Oviedo, sea con cuatro o con cinco defensas, se defiende bien en su área, pero, con ser algo básico, eso no basta. Un partido también hay que defenderlo controlando el balón y jugando en profundidad. Si nos dedicásemos a hacer el inventario de jugadas en las que se vieron pases en profundidad, el balance sería ciertamente pobre. Y eso es inquietante, no sólo pensando en los partidos que quedan por jugar, sino también poniéndonos en el escenario de un hipotético y ansiado ‘play off’.

De todos modos, con dos victorias consecutivas, es obvio que, en lo que a resultados respecta, se rompió la mala racha y tampoco hay ningún reparo que poner a la lucha y entrega de todos los jugadores que pisaron el Tartiere.

Cierto es también que se venció a un rival que viene cosechando excelentes resultados a domicilio y a eso tampoco hay que quitarle méritos. Aun así, se echa en falta dominio del juego y del balón y capacidad para sosegar el partido cuando el resultado está a nuestro favor.

Con luces y sombras, volvió a cumplir bien Mariga. Con su calidad indiscutible, Berjón nunca defrauda. No sólo fue el autor del gol, sino que además llevó a cabo las jugadas más inteligentes por parte del once carbayón.

Por su lado, Fabbrini sigue, a mi juicio, a pesar de sus destellos de calidad indiscutible, sin cuajar ese gran partido que les dé confianza al mismo tiempo al conjunto y al propio interesado. Creo que no está muy lejos de ello y sería fantástico que esto que promete se haga realidad.

¡Qué angustia! Una vez más, el oviedismo estuvo a la altura de toda una liturgia del sufrimiento.

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Recuerdos de Oviedo: Discoteca

«Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años». (Abraham Lincolm).

Tenía diez años cuando llegó a casa el primer tocadiscos, que fue comprado en Discoteca, la tienda de discos que había en la calle Toreno cerca de la Avenida de Galicia. Aquel primer tocadiscos tenía el altavoz en la parte interior de la tapa. Y, sin ánimo de caer en contar historias del abuelo Cebolleta, fue, para nosotros, todo un acontecimiento. En casa, desde siempre, había un gramófono que mi madre cuidaba con mucho cariño que aún funcionaba, pero no se puede decir que lo usásemos mucho. De hecho, empezamos a comprar discos, más o menos de nuestro gusto, a partir de que tuvimos este primer prodigio del que vengo hablando.

Era todo un festín poder escuchar discos en aquella tienda, antes de decidir si los comprábamos. También tenía su no sé qué la cartelería que allí podía verse anunciando las novedades musicales, las canciones y grupos de moda.

Confieso que en mi adolescencia, modas aparte, tuve siempre mucha predilección por la canción italiana de entonces. Confieso que era muy tentador ir sin prisa a Discoteca a escuchar música, una música muy distinta que la que sonaba en las emisoras de radio de entonces, dedicatorias incluidas.

Y, andando el tiempo, fue en Discoteca donde escuché por ver primera a Serrat, a Llach, a Batiato, a Brel, a Édith Piaf, a Pink Floyd, a Patxi Andión, a y a toda una serie de grupos y cantantes que tienen un mayúsculo protagonismo en nuestra educación sentimental.

A propósito de Pink Floyd, nunca olvidaré hasta qué extremo caló en mí la canción “Wish you were here”. Lo cierto es que, allí en Discoteca, estando a cubierto y con una temperatura perfecta, no pude no imaginarme, al escucharla, la lluvia y el desasosiego, la melancolía y la nostalgia, un dulce bajón en el estado anímico que me llevaba a desahogos más o menos desgarradores, más o menos balsámicos contra la angustia. Y es que hay canciones que, aun escuchándolas por primera vez, nos transportan a situaciones vívidas y vividas, reales y soñadas, a situaciones en las que nos volcamos dejando en ellas cuanto hay en nosotros, dejando en ellas el hondón que anida en lo más arcano que tenemos y atesoramos.

Discoteca. Canciones de amor, de batallas que libramos a veces contra lo más hostil, a veces contra nosotros mismos, canciones que a veces pusieron letra y música a nuestras vivencias más intensas y memorables. Y allí las escuchábamos por primera vez.

Hubo un tiempo que, al igual que en las librerías, sabíamos de discos y cantantes que no estaban bien vistos por el orden establecido, por los ámbitos oficiales, pero que por allí andaban.

Hubo un tiempo en el que, estando en pubs o discotecas, resultaba muy especial escuchar determinadas canciones, cuyos discos teníamos en casa. Eso sí, en estos establecimientos, la “fritanga” del vinilo no se hacía oír, si bien he de confesar que, de algún modo, se echaba de menos.

Discoteca, el vinilo y también las cintas. ¿Cómo no recordar el momento, ya en plena adolescencia, en el que escuché en el establecimiento del que venimos hablando las primeras canciones del LP de Serrat “Mediterráneo”, auténtica obra maestra, que es todo un clásico y que, por lo tanto, nunca se pasará de moda?

Hablo de un tiempo inmediatamente anterior a lo efímero. Hablo de un tiempo en el que se componían muchas canciones con el fin de perdurar, hablo de un tiempo en el que la música que escuchábamos estaba estrechamente vinculada no sólo a amoríos más o menos febriles, sino también a nuestra rebeldía, rebeldía por lo común muy contenida. Pero el mero hecho de escuchar discos distintos a los que sonaban tanto y tanto en la radio de aquella época ya era un acto de rebeldía propiamente dicho.

También cintas, también cassettes que, en su momento, formaban parte –y muy importante-de las cosas que siempre nos acompañaban en el coche. ¿Cómo no recordar también que, en su momento, fue tecnología punta la posibilidad de grabar cualquier cinta de audio mediante dos radios cassettes conectadas por un cable?

Discoteca. Insisto en que era un lujo escuchar las últimas novedades musicales en aquel establecimiento, aislándolos del mundo gracias a los cascos. Y, por lo común, allí las compras las hacíamos sin prisa.

Siempre tendré presente un sábado por la mañana en 1983, cuando escuché las primeras canciones del disco “Entre Amigos”, de Luis Eduardo Aute. Un repertorio de lujo con Pablo Milanés, Serrat, Silvio Rodríguez, entre otros, unas letras logradas y trabajadas, a veces, con metáforas deslumbrantes. Puedo confesar y confieso que aquel fue el disco que más me emocionó comprar, acaso que más veces escuché.

Vinilo y casetes, hasta que llegaron los nuevos formatos, anteriores incluso a Internet, con todo lo que ello supuso para los establecimientos como Discoteca.

Siempre que paso por allí, por el lugar donde estuvo ubicada esta tienda de discos, mis recuerdos establecen una cita con la música que me acompañó y acompañará siempre, con mi educación sentimental, con el enclave en el que la música y yo sellamos algo que marcará toda una vida.

A veces, pienso en un regalo tan valioso como imposible, es decir, que lleguen a mis manos los cascos de aquellas tienda con los que escuché por vez primera la canción más memorable que compuso Aute: “Al Alba”.

A veces, me pregunto si se pudo dar la circunstancia de que hayan sido los mismos cascos con los que escuche, también allí por vez primera “Wish you were here”, también allí por vez primera ‘Ne me quitte pas’.

Sin duda, como diría Aute, “queda la música”.

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VIGA AZUL: ¿CAMINO DE RETORNO?

Seamos claros: la realidad demuestra, partido a partido, que resulta poco menos que imposible librarnos del sufrimiento, aun ganando. Así sucedió en Lugo. Además, el hecho de que el equipo rival se quedase con diez jugadores, tras la expulsión de Kravets, no sirvió para que el Oviedo se hiciese dueño del partido, ni siquiera para jugar con mayor comodidad. Fue una victoria que costó muchísimo obtener.

No obstante, por un lado, se rompió el maleficio que teníamos en el estadio lucense, en el que nunca habíamos conseguido buenos resultados tras el retorno al fútbol profesional y, por otra parte, habrá que tener la esperanza de que este triunfo a domicilio ponga fin a la mala racha del Oviedo que comenzó tras vencer al Sporting en el derbi en el Carlos Tartiere.

Asimismo, entre las cosas positivas dignas de mención, está que, una vez más, el conjunto carbayón no dejó de luchar a lo largo de todo el encuentro. Por fortuna, desde los partidos de la primera vuelta ante el Alcorcón y el Granada, no hay una actitud de brazos caídos, por muy cuesta arriba que se nos pongan las cosas.

Fabbrini va mejorando, por mucho que no haya estado muy fino en algunos lanzamientos a puerta. Berjón, por su lado, sigue siendo el jugador más desequilibrante del Oviedo, y la defensa, con independencia del sistema que decida Anquela, volvió a mostrarse solvente.

En Lugo, además de romperse una mala racha y de reencontrarnos con el agradable sabor de haber logrado una victoria a domicilio, tocó un cambio en el dispositivo táctico, cambio que, a juzgar por el resultado y por la lucha, funcionó.

Habrá que hacer conjuros para que el triunfo en el Anxo Carro sea un punto de partida en un cambio de dinámica en cuanto a resultados y que, en ningún caso, haya sido un espejismo.

Sin duda, en los dos partidos consecutivos que se jugarán en el Carlos Tartiere habrá que luchar denodadamente y habrá que evitar que se repita la insulsez del primer tiempo frente al Alcorcón. Aquí, la única garantía es la del sufrimiento y la de la lucha sin desmayo. Sobre eso, no cabe discusión alguna.

Hablando de retorno, hay que confiar en que Diegui, tras el gol en Lugo, vuelva a reconcliarse consigo mismo como jugador incisivo y también decisivo. Sólo nos falta que Toché se reencuentre con el gol. Por su lado, en Lugo, Forlín volvió a ser una garantía.

La afición azul que acompañó en Lugo retorna a Oviedo contenta.

Ya era hora.

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Recuerdos de Oviedo: Ante el cierre de la librería Santa Teresa

«No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo». (E. M. Cioran).

Para mí, es mucho más que una librería. La abrió Adolfo Polledo en 1928, casado con la hermana mayor de mi padre. Mi infancia y adolescencia están muy vinculadas a este establecimiento que estuvo radicado durante varias décadas en la calle Pelayo. Su cierre me afectó mucho. Más tarde, se reabrió en la calle Covadonga por parte de un nieto del fundador y aquello supuso una continuidad de la que me alegré enormemente. Pero, como se sabe, ya entró en fase de liquidación a la espera de un cierre inminente.

Lo escribí más de una vez: resulta muy doloroso ser testigo de unos tiempos en los que los cines y las librerías apenas tienen sitio en el centro de las ciudades. La globalización y, con ella, sus franquicias. Un mundo en el que apenas hay cabida para pequeños negocios, sobre todo, si tienen que ver con la cultura.

La librería santa Teresa, en la calle Covadonga, no sólo se reabrió, sino que, sobre todo, se reinventó, pues no sólo se podía tomar un café, sino que además se organizaban presentaciones de libros. Se concibió acertadamente en el sentido de que a una librería hay que acudir sin prisas. Pero, aun así, con una reinvención que tuvo un enfoque acertado, el intento duró muy poco.

Y, a pesar de haber cambiado de ubicación, desde el momento mismo en que se puso en marcha este nuevo proyecto en la calle Covadonga, cada vez que iba por allí, sentía la continuidad de aquella empresa familiar que además estaba en manos de una nueva generación.

En este breve periodo de tiempo de la continuidad de la librería Santa Teresa en la calle Covadonga, tuve la oportunidad de presentar mis dos últimos libros, también de asistir a otras muchas presentaciones. No sólo me sentía como en casa por las razones que vengo apuntando, es que, además, sus nuevos dueños consiguieron crear un ambiente agradable para una librería en la que el apoyo a la creación literaria era uno de sus rasgos distintivos.

No faltó la ilusión, ni tampoco el empeño por sacar aquello adelante, dando continuidad a una de las librerías más omnipresentes en Oviedo. Lo que ocurrió fue que el signo de los tiempos se llevó por delante todo.

Cierto es que todo tiene su principio y su fin, que los tiempos cambian y que hay que adaptarse a lo que toca. Pero, dicho esto, me permito insistir en lo que apunté más arriba: ¿No es, como mínimo, preocupante que apenas queden cines y librerías en el centro de las ciudades?

Sin ir más lejos, pensemos en Oviedo. No hay un solo cine en el centro urbano. Y, en cuanto a las librerías, tenemos muy reciente el cierre de Ojanguren, otra librería que tuvo un enorme protagonismo en la vida cultural de nuestra ciudad y que estuvo siempre muy vinculada a nuestra Universidad. Escribo este recuerdo vetustense no sólo desde la tristeza que me envuelve por tratarse de un negocio estrechamente vinculado a mi vida, sino también desde la inquietud que se apodera de mí al ser testigo de lo que vengo diciendo: ciudades sin apenas cines ni librerías, ciudades en las que lo toman casi todo las franquicias, que son todo lo globales que se quiera, pero que van despojando de sabor y personalidad a las ciudades donde se instalan colonizándolas.

Librería Santa Teresa. Al ver a Pedro Polledo es inevitable recordar a su padre, dado el enorme parecido que hay entre ambos. Al recordar a su padre, se agolpan un sinfín de recuerdos de aquella librería en la calle Pelayo, de sus enormes pasillos en el interior llenos de baldas con libros, de las anécdotas que presencié allí y de otras muchas que me contó mi padre, de las noches de Reyes en las que acompañé a mi padre que eran tan especiales y extraordinarias, de las tertulias que allí había fuera del horario comercial, de toda una serie de recuerdos que la memoria rescata.

Ciertamente, es muy distinto adquirir un libro en un establecimiento despersonalizado en el que se pasa por caja con la correspondiente compra, en un establecimiento donde no sólo no se organizan actividades de presentaciones y firmas, sino que ni siquiera hay opción de hablar de libros con los que por allí deambulan.

Al final, estamos ya muy cerca del momento en el que los libreros de siempre desaparezcan, aquellos libreros que también devoraban libros y que compartían sus experiencias lectoras con los clientes. Sin duda, se trata de una tremenda pérdida, de un paso atrás.

¿Cómo no tener presente que la inmensa mayoría de los libros que están en este despacho fueron adquiridos por mi padre y por mí en la librería santa Teresa? ¿Cómo no recordar que mi padre, en sus últimos días de vida, disfrutaba acariciando sus libros, que ya no podía releer, pues la vista ya no se lo permitía?

Y, yendo a recuerdos mucho más cercanos en el tiempo, me complace mucho saber que, como dije más arriba, presenté mis dos últimos libros en santa Teresa, y que, en aquellas presentaciones, además de estar acompañado por las personas que me arroparon con su presencia, lo estuve también por todos esos recuerdos de los que vengo hablando.

En mi última visita a la librería santa Teresa, cuando mi primo me comunicó que cerraban, no pude evitar el mazazo que para mí significó semejante noticia. Al salir de allí, empujado por los recuerdos, me acerqué a la calle Pelayo, necesitaba ver una vez más el lugar donde estuvo la librería durante décadas y revivir tantas y tantas visitas a lo largo de mi vida.

Hay episodios vitales que nos zarandean y, al mismo tiempo, nos reafirman. El cierre de la librería santa Teresa, tras una nueva etapa muy corta, es uno de ellos.

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LA MADREÑA

Yo, en mi juventud, me creí con fuerzas bastantes para seguir el abrupto sendero de los que se apartan de la limitación”. (Pío Baroja).

 

Toca hablar de un tiempo y de un país en el que la indignación tuvo voz y eco. Toca hablar de un tiempo y un país en el que el bipartidismo parecía entrar en una fase verdaderamente agónica. Toca hablar de una Asturias que estaba empezando a despertarse tras los despilfarros que nos habían llevado a los recortes y la ruina.

Fue entonces cuando se supo que en lo que había sido la antigua Consejería de Sanidad, sita en la calle General Elorza de Oviedo, se desarrollaban actividades, se debatía sobre el momento presente y se intentaba dar cauce a un discurso disconforme con la situación que se vivía.

Llegó un momento en el que muchas gentes se acercaron a lo que se llamó La Madreña, denominación llariega del emplazamiento de un discurso que iba mucho más allá de nuestro ámbito autonómico, si bien se hacía desde aquí y enfocado a lo más cercano y a los más cercanos.

No voy a entrar en digresiones legales, pero sí que toca hablar del asunto en términos sociológicos. Miren, cuando se escriba la historia de la vida pública asturiana de los últimos años, no hay ninguna duda de que La Madreña será una de las referencias imprescindibles para explicar y explicarnos qué pasó aquí y qué nos pasó.

Y hubo un momento en el que algunos de aquellos jóvenes que hablaban y debatían en La Madreña dieron el paso a la política, militando en el partido que en su momento quiso hacerse eco de la indignación que recorría Europa y España.

Pero lo más significativo y paradójico de esta historia es que estamos hablando de un edificio oficial que no tenía ninguna actividad, a resultas, entre otras cosas, de determinadas políticas que se llevaron a cabo tanto en el ámbito municipal como en el autonómico.

En La Madreña nadie hizo negocio, nadie fue a vivir allí, nadie especuló con lo que no tenía. En La Madreña se debatía y no se impidió que las instancias oficiales desarrollasen actividad alguna, pues habían abandonado aquel edificio.

Ahora resulta que hay ciudadanos que están en el banquillo de los acusados por haber organizado actividades allí, o por haber pasado por allí. Y, sin embargo, hasta el momento, no hay encausados por canjes ni despilfarros, que nos costaron un dineral a todos.

¿El mundo está bien hecho?

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TOPONIMIA Y PEAJE

El Pleno comenzó con la protesta de los bomberos que manifestaban su malestar por la situación en la que queda la familia de Eloy Palacio tras la última sentencia judicial. Alguien que perdió su vida, estando libre de servicio, por colaborar en la extinción de un fuego, alguien que mostró una vocación de servicio público admirable. Por ello, entendimos perfectamente la manifestación de sus compañeros reclamando solidaridad y reconocimiento.

Con todo, en el Pleno se siguió, como era de esperar, el orden del día. Y, cuando tocó hablar de la nueva toponimia del concejo, confieso que el señor Antuña llegó a asombrarme en su intervención. Según el edil popular, nadie en Oviedo dice cai en lugar de calle. Claro, en el Oviedo capitalino y señorial no se emplean palabras que sólo se pueden oír en las aldeas. No hay, a juicio del político popular, en ningún ovetense ese «fondo rural que perdura» en cada asturiano, según escribió Ortega y Gasset cuando visitó nuestra tierra en 1914. Los argumentos que esgrimió el concejal conservador contra la nueva toponimia para el municipio son en verdad sorprendentes.

No se trataba, para el señor Antuña, de discutir el mayor o menor rigor académico de esa nueva toponimia, sino de arremeter contra el hecho de que la toponimia sea en asturiano. ¿Tendrá conocimiento el edil popular de un hermoso texto que escribió Pérez de Ayala sobre sus recuerdos de estudiante universitario cuando los catedráticos de Derecho dejaban las madreñas antes de entrar en el aula? ¿De verdad puede creerse este señor que en Oviedo nadie usa palabras en asturiano?

Y, además de la manifestación en memoria de Eloy Palacio y de esta discusión sobre la nueva toponimia, para no perder la costumbre, se plantearon en el Pleno asuntos que van más allá del ámbito municipal, aunque, eso sí, nos afectan de lleno, como al resto del país.

Entre esas cuestiones, estaba la brecha salarial entre hombre y mujer y se abordó también la necesidad de terminar con el peaje del Huerna. Ambos asuntos son, de entrada, indiscutibles, lo que no impide que, aun así, entre la lucha partidista. Desde luego, la postura de Rajoy, que pasó de no querer pronunciarse sobre la brecha salarial en una entrevista radiofónica, a ponerse el lazo correspondiente tras las masivas manifestaciones del 8 de marzo, fue, como poco, desafortunada.

Y, en cuanto al peaje del Huerna, estando de acuerdo en lo fundamental, es decir, en luchar por eliminarlo, cierto es que Cascos, siendo ministro de Fomento aumentó el periodo de peaje hasta 2050 y cierto es también que Zapatero prometió eliminarlo y aquello se quedó en nada, o, según se mire, en una auténtica tomadura de pelo.

Lo que tocaba era plantear la cuestión desde el momento presente, en lugar de incurrir en maniqueísmos que exculpan de todo al partido propio y achacan todos los males a la formación política rival. Así, el PP y el PSOE: Capuletos y Montescos, Montescos y Capuletos. Por mucho que agonice el bipartidismo, esa dialéctica sin matices perdura.

Al final, de regreso a casa por las calles de Oviedo, pensé en la lección de dignidad que dieron quienes se manifestaron a favor de Eloy Palacio y seguí preguntándome hasta cuándo, hasta dónde y hasta qué extremo tendremos que seguir soportando la diglosia y los complejos con respecto a la Llingua asturiana. ¿Cómo es posible que muchas personas se sigan avergonzando de que algunos de sus antepasados calzasen madreñas y calasen la boina? ¿Cómo es posible que se tenga a menos decir cai en lugar de calle o panoya en lugar de mazorca?

¿Estamos ante una necesidad sociológica de diván?

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