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Panorama Vetustense: Recuperar la Vega

“¡Qué época tan terrible ésta en que unos idiotas gobiernan a unos ciegos!”. (William Shakespeare).

 

Leo en EL COMERCIO las preguntas que Daniel Lumbreras les hace a Ana Taboada y a ‘Rivi’ sobre el pulso que sostiene el Ayuntamiento de Oviedo con el Ministerio de Defensa acerca no sólo del uso y disfrute de los terrenos de La Vega por parte de la ciudadanía carbayona, sino también sobre su propiedad.

A este respecto, no me cansaré de insistir en que, por diversas circunstancias sobrevenidas, al actual equipo de gobierno le toca, mal que les pese a unos cuantos, sentar las bases del Oviedo del futuro, Oviedo del futuro que pasa por lo que se haga con los terrenos del viejo hospital, con la antigua fábrica de gas y con los espacios de lo que fue la fábrica de armas de La Vega.

Desde luego, no tendrá tiempo el gobierno municipal que preside Wenceslao López ni tampoco medios para llevar a cabo los proyectos que todo ello requiere, pero le toca esbozarlos y plantearlos con propuestas serias y viables.

Y, con respecto a los terrenos de La Vega, lo que no sería de recibo que el Ministerio de Defensa bloquease cualquier iniciativa del Ayuntamiento y se limitase a un abandono que, al final, supondría ruina, una ruina más, consecuencia de las privatizaciones que se vienen haciendo desde hace décadas en España.

En cuanto al Ayuntamiento, además de generalidades en las que todos podemos estar de acuerdo, lo que le toca es concretar sus proyectos lo más posible con la complicidad y el apoyo de la ciudadanía, nunca de espaldas a ella.

Ciertamente, la potencialidad de esos terrenos es grande, el atractivo de las naves en las que ahora no se desarrolla actividad alguna resulta innegable. Estamos hablando, entre otras cosas, de algo que está llamado a ser una herramienta imprescindible para el crecimiento de la ciudad, crecimiento cuantitativo y cualitativo. Estamos hablando de unos terrenos que no pueden convertirse en ruina y abandono.

Al Ayuntamiento le toca hacer las propuestas a ello encaminadas. Y, por su parte, el Ministerio de Defensa no puede bloquear las iniciativas cabales que se pongan sobre la mesa.

¿Cuántos ovetenses han tenido ocasión hasta el momento de visitar los terrenos de la fábrica de La Vega? ¿Cuántas asociaciones vecinales, que no necesariamente próximas en la distancia, podrían estar interesadas en hacer propuestas que revitalizasen este entorno?

Habrá que estar atentos a dos cosas. Primero, al desbloqueo por parte del Ministerio de Defensa. Segundo, a la solvencia y sostenibilidad de unas propuestas que tienen que ir mucho más allá de los topicazos y que deben estar inmunizadas contra la posibilidad de chiringuitos para amiguetes.

Veremos.

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ANATOMÍAS DEL ANTIGUO

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“Usted puede ser tan pesimista, o en su defecto tan existencialista como quiera. Sin embargo también se ha enamorado. Como cualquier idiota.” (Cioran). 

Podría asegurarse que Oviedo, al igual que su correlato literario, es decir, la heroica Vetusta, sigue durmiendo la siesta. Pero a renglón seguido habría que añadir que, desde hace décadas, la noche de nuestra muy novelada ciudad, está muy viva en el Antiguo, tanto que, dejando al margen vivencias y batallas personales, estos parajes de la capital carbayona inspiran no poca literatura en cantidad, así como logrados textos narrativos y poéticos que llegan hasta el momento presente. Una prueba irrefutable de esto que digo es el libro ‘Anatomías del Antiguo’, obra colectiva que alterna relatos y poemas, en la que participan nada menos que 32 autores.

Dado el amplio número de autores, resultaría poco menos que imposible analizar todos los textos en el reducido espacio de una columna de opinión. Pero, de entrada, debo decir que el libro que nos ocupa alcanza una calidad literaria nada desdeñable, al tiempo que su interés sociológico es grande para quienes estén interesados en la vida nocturna vetustense.

Predominan los textos narrativos sobre los poemas. Y, en la mayor parte de los casos, se plasman vivencias que tuvieron lugar en los establecimientos más conocidos del Oviedo Antiguo. Entre estos establecimientos, destacan el Diario Roma, Las Mestas, y también hay recordatorios para locales que en su momento estuvieron llenos de vida como El Ñeru, el Tigre Juan y otros referentes de la noche ovetense.

El Antiguo, sus calles estrechas y húmedas, sus establecimientos nocturnos, referente de primer orden en la educación sentimental de varias generaciones de ovetenses, continuación de la vida universitaria, parada y fonda de tertulias hasta el alba, lugar de encuentro de vivencias imborrables: sexo, amor, conversaciones inolvidables, con la compañía de la música ambiente, de copas, cervezas y vinos, de tabaco, cuando se permitía fumar.

Adentro, en los locales en los que se ubican la mayoría de los textos, la música, las réplicas, las miradas entre desconocidos que pronto dejarían de serlo, los recuerdos a veces mágicos, a veces increíblemente ciertos.

El libro se abre con un texto de Josefina Velasco que, en una admirable síntesis, cuenta lo más esencial de la historia de la ciudad y se cierra con un poema de Laura Manzano en el que se plasma el sentir y el pensar en un regreso a casa dentro de la noche vetustense en el Antiguo.

También es un acierto que, entre los 32 autores, tengan voz distintas generaciones que transitaron el Antiguo. Y, por otra parte, se amplían horizontes al tener cabida en este libro textos pertenecientes a personas que, por muy diversos motivos y procedencias, recalaron en su momento en la noche ovetense.

Estoy seguro de que, leyendo este libro, el público lector hará suyas muchas de las vivencias que aquí se cuentan en prosa o en verso.

Oviedo, la muy novelada ciudad que sestea, es también la ciudad que, desde hace más de tres décadas, trasladó su noche al Antiguo, en rincones y parajes cerca de una vieja muralla de la que se conservan restos de un pasado que, andando el tiempo, iremos descubriendo más. Con el libro del que venimos hablando, la noche del Antiguo se confirma también como territorio literario.

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Recuerdos de Oviedo: Alrededor de la Caja de Previsión

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«El corazón es el vaso del dolor, puede guardarlo durante un cierto tiempo, mas inexorablemente luego, en un instante, lo ofrece. Y es entonces cáliz que todo el ser de la persona tiene que sorberse. Y si lo hace lentamente con la impavidez necesaria, al difundirse por las diversas zonas del ser comienza a circular con el dolor, mezclada a él, en él, la razón». (María Zambrano).

Hace ya muchos años, cuando revisaba la correspondencia familiar, disfrutando del olor tan inconfundible que desprende el papel avejentado, me resultó muy llamativo que, en su momento, la plaza del Carbayón se había llamado plaza del Progreso, al menos así figuraba en la dirección de un fajo de cartas dirigidas a mis abuelos.
Bien pensado, al estar tan cerca del Teatro Campoamor y al lado de lo que durante muchos años se llamó Caja de Previsión, tenía todo el sentido del mundo esa denominación. Además, si mis datos no me fallan, alrededor de lo que es hoy la Jirafa, se instaló el llamado ‘mercado del Progreso’. No deja de tener guiño simbólico muy marcado que el edificio de la Jirafa se hubiese construido sobre un enclave con semejante nomenclatura.
Y, ya en pleno siglo XX, en la década más convulsa, o sea, en los años treinta, Joaquín Vaquero Palacios se puso al frente de la obra del edificio de la Caja de Previsión, que estaba prácticamente concluido en el año en que estalló la guerra civil, si bien, no se inauguró hasta la década de los 40, cuando era ministro de Trabajo, si mis datos no me fallan, Girón de Velasco.
Nosotros vivíamos en el número 3 de la Plaza del Carbayón, es decir, literalmente al lado de la Caja de Previsión. Lo cierto es que no entré allí ni una sola vez en toda mi infancia. Sin embargo, aquel edificio estaba omnipresente en nuestro día a día.
A mí me llamaba mucho la atención que tuviese una puerta giratoria, lo que constituía, sin duda, un claro exponente de modernidad. Y, en ocasiones, me fijaba en determinadas personas que continuamente entraban y salían en la Caja de Previsión.
Se me quedó fijada para siempre en la memoria una mañana del otoño de 1967. A las nueve menos cuarto, como cada día, salíamos de casa camino del colegio. La niebla era muy espesa y soplaba un viento frío muy desagradable. Cruzó frente a nosotros un señor bastante corpulento, que vestía un abrigo gris bastante desgastado. Portaba un maletín negro. Tenía un bigote muy propio de la época. También su gafas oscuras eran de aquel tiempo. Me volví para comprobar que, en efecto, trabajaba en la Caja de Previsión. Y entró, con andar cansino, se diría que, contra su voluntad, en el edificio del que venimos hablando. Seguro que era de esas personas que hablaba del ‘cumplimiento del deber’ en lugar de decir su puesto de trabajo.
La primera impresión que tuve al ver a aquel hombre fue que, dada su corpulencia, ni siquiera la densidad de la niebla podía ocultarlo, protegerlo de la vista de los demás. Intuí en él un inconfundible no sé qué de incomodidad, de amargura, de resignación ante una rutina que lo obligaba, de fracaso vital, de malestar.
En aquellos tiempos no era difícil dar con la pista que facilitase datos sobre una persona en Oviedo. Sin embargo, recuerdo que decidí no indagar, pues me parecía que, con la mera descripción de aquel señor, desvelaba sufrimientos suyos que no me sentía con derecho a difundir.
Lo cierto es que, pocas semanas después, antes de acostarnos, vimos unos minutos una obra de teatro en aquel programa televisivo que se llamaba ‘Estudio uno’. No recuerdo de qué obra se trataba, ni tampoco cuál era el actor que representaba el papel principal, pero nunca olvidaré que aquel personaje ensayaba una especie de monólogo increpando a su ‘superior’ en el trabajo, quejándose de las limitaciones de su salario, de lo injusta que había sido con él la vida, del dolor que le suponía que no se reconociese su talento, que se ignorase su valía.
A decir verdad, en nada se parecían físicamente el actor de aquella obra de teatro y el personaje con el que nos habíamos cruzado en la calle que trabajaba en la Caja de Previsión, pero, en mi sentir y en mi pensar, identifiqué a este último con los lamentos del actor protagonista de aquella obra teatral.
Confieso que estuve muy tentado a escribir un cuento que protagonizaba aquel ciudadano con el que me había encontrado. La historia que imaginé no era, ciertamente, original. La historia de un hombre que se siente fracasado y que, por si ello fuera poco, se veía obligado a agradecer a alguien aquel destino laboral que, a juicio del interesado, estaba muy por debajo de sus capacidades, pero que, a pesar de todo, le permitía cumplir con su deber de padre de familia.
Como se decía entonces, ‘un recomendado’, que, en el fondo y también en la apariencia, se sentía injustamente tratado.
Nunca más volví a verlo de cerca, lo que me hizo pensar que, en aquella mañana en la que nos cruzamos, iba a deshora a su trabajo; quizás más temprano de lo que le correspondía, o tal vez con retraso.
Me parecía mucho más probable lo primero.

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Viga Azul: Licencia para empatar

El maleficio de no ser capaces de mantener un resultado favorable parecía que se iba a romper en el partido contra el Tenerife. El Oviedo, en efecto, consiguió irse al descanso con el marcador a su favor, a pesar del árbitro que es inexplicable que no haya visto, dada su cercanía al lance, el penalti que se cometió sobre Aarón.

Lo cierto es que durante el primer tiempo el equipo azul no sólo puso ganas, sino que además controló el partido hasta el extremo de que el conjunto rival no dispuso en los primeros 45 minutos de ninguna ocasión clara de gol.

Aarón no sólo destacó por su buen juego, por su clase y por su técnica, sino que además fue menos individualista que de costumbre. Y el dispositivo táctico ordenado por Anquela hizo que el Tenerife no pudiese adueñarse del centro del campo.

Pero, con todo, no se rompió el maleficio. Mientras se protestaba una decisión arbitral muy discutible, llegó el pase de Aitor Sanz a Juan Villar, que marcó un gol de bella factura que a todos gustó.

Estadísticamente, no suele suceder que el equipo contrario transforme su única ocasión clara de gol, si se trata de un partido que en su mayor parte se domina y se controla.

Así pues, frente al Tenerife, no se ganó el partido en no pequeña parte por el arbitraje y, sobre todo, por una anormalidad estadística, aque se viene repitiendo tanto en el Carlos Tartiere como también en otros encuentros a domicilio, especialmente el que se jugó en el campo del Albacete.

Se diría que, hasta el momento, los rivales a los que se viene enfrentando el Oviedo tienen, como poco, licencia para empatar cuando nuestro equipo se pone por delante en el marcador.

Pero hace falta calma y, sobre todo, perspectiva para caer en la cuenta de que esta maña racha se tiene que acabar, esperemos que lo antes posible.

Ansiosos estamos de poder disfrutar de un equipo que se gusta a sí mismo, que hace un juego en el que se advierte un innegable regodeo en una victoria que no sólo se va a mantener, sino que además aumentará, con serenidad, con confianza, con ambición.

También hay que decir que, frente al Tenerife, el Oviedo no estuvo en ningún momento a merced del contrario tal y como sucedió en el partido que se jugó contra el Zaragoza.

Berjón tuvo en sus botas la oportunidad de marcar el segundo gol, pero, en su favor, hay que alegar que en el tanto que transformó hizo una demostración de temple y también de oficio.

Lo dicho: esperemos que esta mala racha de la licencia para empatar el partido, cuando el Oviedo se adelanta en el marcador, concluya cuanto antes.

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Recuerdos de Oviedo: Una noche en La Herradura

 

“Sigamos siendo noche, / como la noche inmensos, / con nuestro amor oscuro, / sin límites, eterno”. (Manuel Altolaguirre).

Aquella noche, las nubes se movían perezosamente por el cielo. La luna estaba en creciente, con ese resplandor especial que, caprichosamente, ilumina determinados rincones. La temperatura era deliciosa. Sólo había refrescado lo suficiente para librarse del calor, un tanto pegajoso, del día. Estábamos en plenas fiestas de san Mateo, del san Mateo anterior a los chiringuitos. Y todo invitaba a retrasar el regreso a casa, a disfrutar del encanto de aquella noche septembrina. También hablamos de un tiempo en el que las clases no daban comienzo hasta octubre. Por tanto, no había que madrugar al día siguiente. Oviedo era una fiesta y decidía prolongar el verano.
Por otra parte, la música que se dejaba oír en la Herradura garantizaba el insomnio en casa, en aquellos años en los que vivíamos en la calle Toreno. De modo y manera que todo parecía haberse conjurado para disfrutar de aquella noche hasta altas horas de la madrugada.
Fiestas de san Mateo, año 1973, plena adolescencia. El repertorio de canciones que se interpretaban en la Herradura era el mismo que se había repetido, diría que machaconamente, en las romerías y verbenas durante el verano que se estaba despidiendo en Oviedo por todo lo alto. Desde luego, no era aquella música un reclamo importante para darse una vuelta por el baile de la Herradura y escucharla de cerca.
En aquellos años, la iluminación en el Campo de San Francisco era, en el mejor de los casos, escasa y deficiente. Y el baile de la Herradura no sólo era un foco acústico, como tal expandido en exceso; era también un reclamo de luz, algo que daba vida a aquellas noches.
Fue el caso que decidimos sacar las correspondientes entradas y entrar al baile. No recuerdo el nombre de la orquesta que actuaba, tampoco sabría decir si, con la entrada, había o no derecho a consumición. Lo que sí rescato con nitidez es la imagen del bar, idéntica a los bares que se instalaban en las verbenas de los pueblos.
Un cubata de ron a los 16 años tenía, sobre todo, el sabor de una madurez a la que entonces deseábamos, con ingenua avidez, alcanzar. Desde la barra, con la consumición en una mano y el cigarrillo en la otra, tocaba, en apariencia, observar el panorama. Digo en apariencia, porque aquella música que se interpretaba tenía un importante magnetismo, sólo uno: que nos trasladaba al verano, al montón de verbenas que habíamos transitado especialmente en el mes de agosto, que entonces empezaban y terminaban en Pravia y alrededores, es decir, el primer domingo de agosto en Peñaullán y la primera semana de septiembre en Pravia, entre san Fabián y el Cristo de verbena en verbena.
Trasladaba aquella música a los mencionados escenarios, a noches mágicas con la luna como faro, a bailes que en algunos casos parecían de ensueño, a conversaciones marcadas por los tópicos donde lo que realmente importaba era la música, no precisamente la que interpretaban las orquestas, sino la que portaban las palabras, casi siempre muy pocas, que se intercambiaban.
Así las cosas, el tiempo empleado en saborear despacio el cubata de ron me llevó a hacer un recorrido por las verbenas de agosto. Como si en aquella noche, toda la impedimenta de las verbenas, público asistente incluido, hubiese decidido reunirse en la Herradura para despedir el verano.
Y ella, como siempre, estaba allí. Ella, tan de Oviedo, tan de Asturias. Me refiero a la melancolía que comparecía a través del recuerdo de algunas compañeras de baile del verano. Comparecía con su no sé qué de tristeza, pero, sobre todo, con una ternura que sobrecogía y hasta emocionaba.
Cuando algún día se novele de verdad la educación sentimental de mi generación, habrá que entrar a fondo en la importancia de una música que nunca hubiéramos elegido para escuchar. Y, sobre todo, habrá que abordar la omnipresencia del ritual del baile, cuando en realidad, a muchos de nosotros no nos gustaba bailar, pero era algo imprescindible para intercambiar palabras con las chicas a las que nunca hubiésemos conocido sin el dichoso baile.
Y lo cierto es que, en ocasiones, como escribí más arriba, lo que lo envolvía todo era la música de las pocas palabras que se intercambiaban, música de susurro, tanto por la timidez del momento como por la cercanía física que facilitaba el baile.
Aquella noche septembrina de 1973, a los 16 años, lo que bullía en mi interior eran acordes de despedida del verano, acordes que emanaban de los recuerdos.
La Herradura era una fiesta, era un canto de cisne del verano, de un verano que no tenía prisa en irse. En aquel rincón del Campo de San Francisco, se concentraban los recuerdos más recientes, como en uno de esos sueños en los que la película de lo más cercano en el tiempo se va activando con sus realidades y juegos, entremezclando escenarios, intercambiando rostros, turnando voces. Y, al despertarnos, lo reordenamos todo con satisfacción y alegría.
En el vaso del cubata, sólo quedaba el trozo de limón empapado, conteniendo los restos de aquello, quizá preservándolos hasta que el recipiente y yo abandonásemos el mostrador.
Hubo un momento en que quise ver en el baile a alguien que, por supuesto, no estaba, pero que lo había llenado casi todo.
Al marchar, cuando se empezaba a cerrar, me pregunté si los cisnes del Campo de san Francisco estarían todos durmiendo. Me pregunté también cuál podría ser la música preferida de los pavos reales en el momento en el que decidían engalanarse desplegando su colorido.
Ya en casa, antes de dormirme, miré el cielo desde la terraza en compañía del último cigarrillo de la noche. Una nube quería ocultar, sin conseguirlo, el resplandor de la luna, una luna que ardía pero que no quemaba pulverizando a la nuble, como la llama potente que apenas permite al humo dejarse ver.

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Un proyecto de futuro en los terrenos del viejo HUCA

‘La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia’. (Walt Whitman).

En aquellos años de los sobrecostes y del despilfarro, la improvisación parecía presidirlo todo, pues sigue siendo inexplicable que, teniendo en cuenta el tiempo que se empleó en la construcción del HUCA, no se hubiera establecido plan viable alguno para los terrenos del viejo hospital.

Sin burbuja inmobiliaria, con el descarnado retrato que dejó la crisis, hemos venido asistiendo a la agonía de un barrio cuya actividad giraba en no pequeña parte sobre el viejo hospital. Ítem más: nostalgias aparte, desde que se inauguró el nuevo HUCA, ni siquiera se pudieron asumir los gastos que conllevaría la demolición de los edificios del viejo hospital, demolición que tendría que ir seguida de una alternativa al abandono y a la maleza.

Por eso, la noticia de que hay un proyecto que pretende incluir los referidos terrenos dentro del Campus del Cristo hay que saludarla con alborozo y apoyarla sin reservas. Por un lado, se daría vida a ese enclave y, por otra parte, redundaría en beneficio de la actividad universitaria, beneficio para el presente y para el futuro.

Obviamente, no estamos hablando de algo inmediato, ni siquiera de algo de lo que podamos estar seguros de que vaya a cristalizar, pues aún no se sabe si el mencionado proyecto va a ser aprobado.

Pero, situándonos en el mejor de los mundos posibles, no cabe duda de que ese proyecto haría resurgir una zona de Oviedo que, en estos momentos, es, como el occidente de Asturias al que se asoma esta zona, una geografía del abandono.

Por otra parte, si se llega a aprobar el proyecto, el actual Equipo de Gobierno habrá conseguido ganar su baza más importante, la de haber podido contribuir a poner las bases de un Oviedo del futuro más inmediato.

Como ya escribí en alguna ocasión en esta misma columna, los terrenos de la Fábrica de Armas, la antigua Fábrica de gas y la zona del viejo hospital son, necesariamente, proyectos de futuro que, en el mejor de los casos, para llevarse a cabo, necesitarán dos legislaturas, pero, si en lo que le queda de mandato al Equipo de Gobierno,  podrá darse por satisfecho si sientan las bases de estos proyectos que, lógicamente, tardarán no pocos años en cristalizar.

Me atrevería a afirmar que, si el destino de los terrenos del viejo hospital va ligado al campus del Cristo, habría triunfado la sensatez, lo que en estos tiempos no es poco.

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