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Recuerdos de Oviedo: Cuando en Vetusta volvió el Carnaval

«El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval» (Larra)

«Parecía que las calles fueran absorbidas por el cielo y que la noche ocupara todo el aire» (Dickens)

Hubo un tiempo, largo muy largo, en el que no se celebraban los carnavales por estos pagos. Hubo un tiempo en el que la fiesta de las máscaras se hacía, en todo caso, en el ámbito más familiar, nunca en el espacio público. Hubo un tiempo en el que la fiesta de la carne no podía estar bien vista oficialmente. Lo de las máscaras, metafóricamente hablando, era muy distinta cosa.

El primer recuerdo carnavalesco que tengo es de mi infancia en la plaza del Carbayón. Sonó el timbre de casa y alguien lo pulsó más veces de lo acostumbrado, incluso de lo tolerable. No sabía precisar bien qué hora era. Pero sí que ya había anochecido y que aquello sucedió antes de cenar. Llamaron a la puerta –y supongo que por seguir la corriente– se oyó un grito. Mi padre no se movió del despacho, bien porque estaba muy concentrado en su tarea y no oyó nada, o bien porque consideró que aquello iba en el guion.

Tras el grito, la persona disfrazada que había originado todo el alboroto, apareció en la cocina, donde estábamos. Tan pronto se quitó el bigote postizo, la identificamos muy fácilmente. Era la señora que vivía en la buhardilla, con la que habíamos aprendido a jugar a las cartas. Llevaba puesto un traje oscuro de su hermano y tenía un bastón en la mano. La función se terminó muy pronto, pues enseguida se pasó a una conversación cotidiana. Fue la primera puesta en escena carnavalesca que me tocó vivir. Sucedió en 1965. Tenía 8 años. Y de los carnavales en las calles no se hablaba, no teníamos noticia de que se celebrasen. ¡Anatema!

Pasaron los años, los suficientes para haber dejado atrás la infancia y estar viviendo ya lo que fue la juventud de lleno.

Si la memoria no me falla, aquel año de los mundiales de fútbol y del irrepetible y arrollador triunfo del PSOE en el 82 la noche de carnaval, por los pubs más progres del Oviedo de entonces, deambulaban muchas personas disfrazadas, la mayor parte de ellas reconocibles sin esfuerzo, pues los disfraces iban en los atuendos y no en los rostros, muy fácilmente identificables, como puede intuirse.

Aquello supuso un importante cambio en el paisaje nocturno, aunque sólo fuese una vez al año. Las máscaras y los disfraces habían dejado de prohibirse. Mascaradas, fiesta de la carne, todo ello muy efímero, pues ahí estaba el muy metafórico miércoles de ceniza para recordarnos a todos nuestra condición mortal.

Y, ya en aquellos primeros años ochenta, las grandes recuperaciones de las fiestas de carnaval fueron en Gijón y Avilés. En Oviedo, el antroxu no pitaba tan fuerte. Aun así, conservo en mi memoria episodios inolvidables de determinados disfraces, que se decidían con antelación y que eran todo un acontecimiento para aquellas personas que se estrenaban en las mencionadas fiestas con una puesta en escena en la que ponían tantas expectativas de divertimento.

Carnavales en Oviedo, antroxu en Vetusta. Llegó un momento –muy entrados ya los años ochenta– en el que los disfraces no se exhibían sólo por la noche, pues, a media tarde, cuando la luz del día aún no se había ido del todo, era muy frecuente ver las calles de Oviedo llenas de disfraces, todo un flujo de gentes con una variedad que rozaba lo inabarcable.

Siempre distinguiré dos formas de disfrazarse: aquella en el que es poco menos que imposible identificar a la persona en cuestión, por mucho que la conozcamos, y aquella otra en la que el disfraz no oculta a quien lo lleva, o no lo oculta mucho. Y tengo la impresión de que, a medida que el tiempo avanza, es más frecuente la primera que la segunda.

Y, volviendo a los carnavales vetustenses, lo cierto es que siempre habrá un antes y un después del año aquel en el que un Gobierno municipal del PP, esto es, católico, apostólico y romano, cometió la irreverencia de aplazar los carnavales una semana y emplazarlos en plena Cuaresma. ¡No somos nada!

Lo que se alegó al respecto fue la conveniencia de no hacerlos coincidir con los carnavales de Avilés y Gijón, convertir Oviedo en única ciudad para los disfraces, permitiendo así la opción a muchas personas de poder disfrutar de dos carnavales.

No tengo constancia, sin embargo, de que haya habido protestas por parte de las autoridades eclesiásticas a resultas del aplazamiento de las fiestas de carnaval, aplazamiento que –insisto– los sitúa en plena Cuaresma.

En todo caso, el llamado Tripartito que gobierna Oviedo desde 2015, cuyas relaciones con la Jerarquía eclesiástica no son precisamente idílicas, viene manteniendo este aplazamiento que evita que nuestra heroica ciudad tenga que competir en tan irreverentes fiestas con el resto de las localidades asturianas que celebran por todo lo alto el carnaval.

Y, volviendo a aquellos primeros años ochenta, cuando se empezaron a recuperar los carnavales, viene a mi memoria la imagen de un grupo de amigas que exhibieron sus disfraces como fichas de parchís por la zona alta de Oviedo. Memorable fue su entrada a un pub que estaba en al principio de la calle Marqués de Teverga.

Memorable y triunfal entrada que tuve el privilegio de contemplar en aquella noche en la que la magia y el desenfado derrotaron al frío, en la que el descaro salió triunfante.

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VIGA AZUL: ESPERANDO A FABBRINI

El césped no era un barrizal, pero tampoco mostraba las mejores condiciones para el preciosismo futbolístico. El Albacete, desde el principio, no dio muestras de ser un rival temible, pero sí lo suficientemente pegajoso para no dejar al Oviedo hacer su fútbol de ataque. El once carbayón, por su parte, fue bien recibido por el público, pues no había motivos para el reproche pese a haber perdido contra el Cádiz de la forma en la que se desarrolló aquel encuentro, con el árbitro como principal protagonista.

Desde el principio, se diría que los papeles estaban cambiados, en el sentido de que era el Albacete el que presionaba arriba y era el Oviedo el que no podía trenzar las jugadas de ataque que sirvieran para ponernos por delante en el marcador.

Confieso que sentía mucha curiosidad por ver a Hidi como titular. Y lo cierto es que el sábado en el Tartiere tanto Folch como el centrocampista magiar jugaron muy retrasados. A pesar de ello, no perdí la esperanza de que el futbolista húngaro se inventase un pase en largo que pudiera ser decisivo, como el que le dio a Berjón en el primer partido contra el Rayo.

No se puede decir que Hidi cuajó un gran partido, pero tampoco se le puede negar lucha y entrega, así como algún destello de calidad que se perdió en la espesura que fue la dueña del partido.

Por su parte, Aarón no estuvo muy afortunado. Y Berjón, como siempre, fue el que protagonizó las jugadas más peligrosas que hizo el Oviedo, que, a decir verdad, no fueron muchas. Tampoco los rematadores habituales en las jugadas a balón parado estuvieron muy inspirados. Se repitió un lance que sucedió en Cádiz: Christian no aprovechó bien un remate al que se lanzó en plancha, en la que fue una de las ocasiones más claras del encuentro.

En medio de la espesura, de la que no supimos librarnos en todo el choque, se diría que se respiró una sensación de esperanza cuando Fabbrini salió al campo. Y, en efecto, demostró su calidad a la hora de avanzar con el balón y a la hora de crear problemas a la defensa rival. Desde que entró en el campo, el Oviedo empujó más y el italiano tuvo protagonismo en varias jugadas a las que les faltó la definición final que ayer no quiso llegar.

Se diría que, llegado un momento del encuentro en el que las cosas no nos salían, Fabbrini fue la esperanza de que al final se consiguieran los tres puntos, a pesar de no jugar con brillantez. El delantero puso empuje y calidad, pero faltó ese no sé qué o aquel qué sé yo para que su aportación se tradujera en eso que lo decide todo en el fútbol a lo que llamamos gol.

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VIGA AZUL: CONTRA CASI TODO

Contra una expulsión injusta, contra un árbitro que, a la hora de señalar tarjetas, no fue muy ecuánime, contra uno de los grandes equipos de la categoría. Contra todo eso, se perdió, a pesar de habernos adelantado en el marcador teniendo sólo en el campo diez jugadores.

Desde luego, no hay ningún reproche que hacer al conjunto azul. En los goles del equipo local, no creo que se pueda hablar de fallos defensivos o de falta de concentración en el juego. Y, por lo demás, todos empujaron hasta el final del choque cuanto pudieron.

No creo que existan derrotas dulces propiamente hablando, pero sí que se puede hablar de partidos que se pierden dejando la dignidad intacta, y éste fue uno de esos encuentros en los que el Oviedo dio una buena imagen en su juego, en su lucha y en su cohesión.

No está de más recordar que, si costó un imperio ganar al filial del Sevilla con un jugador menos haber conseguido la victoria el domingo ante el Cádiz con  diez futbolistas sobre el terreno de juego, desde luego, hubiese rozado lo heroico. Y, a decir verdad, no se estuvo muy lejos de ello.

Y, sin lugar a dudas, la derrota en Cádiz, pese a romper la racha de diez partidos sin perder, en modo alguno provoca sensaciones pesimistas.

Hay hechuras, hay entendimiento entre las líneas, se sabe a qué se juega y, sobre todo, aunque seguramente no resultase necesario, hasta podría considerarse positiva la lección de realismo que hemos recibido hoy en el sentido de que hay que luchar a muerte para obtener resultados  favorables y que en la categoría hay rivales con la calidad suficiente para ganarnos al mínimo revés que se nos presente. Y, sin duda, el mayor revés en Cádiz fue la expulsión de Rocha.

De todos modos, el Oviedo no sólo no tiró la toalla en ningún momento, sino que además, a lo largo de todo el partido, no dejó de buscar la portería contraria.

En definitiva, un antes y un después de la expulsión de Rocha. El mérito añadido de habernos puesto por delante en el marcador con un hombre menos sobre el campo. Y, por si todo ello fuera poco, no haberse arrugado en ningún momento.

Contra casi todo, llegó la derrota tras 10 jornadas en las que estuvimos imbatidos. Contra casi todo, al Cádiz le costó un imperio vencer al Oviedo, a pesar de que a su favor jugaron el factor campo y la injusta expulsión del centrocampista carbayón.

Nos sobran los motivos para seguir creyendo en este equipo.

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Recuerdos de Oviedo: Por la Corrada del Obispo

“Deshaced ese verso, / quitadle los caireles de la rima, / el metro, la cadencia/ y hasta la idea misma. / Aventad las palabras, / y si después queda algo todavía, / eso/ será la poesía”. (León Felipe).

No deja de ser paradójico que, habiendo transitado la Corrada del Obispo en incontables ocasiones, teniendo en cuenta además que pasé por allí casi cada día lectivo durante los años de carrera en la antigua Facultad de Filología, en la Plaza Feijoo, los recuerdos que mejor conservo no me remiten a episodios que tuvieron lugar en pleno día, sino a algún atardecer y también a jornadas de invierno en las que aún es de noche. a esas horas en las que están a punto de comenzar las clases por las mañanas, en las que solía caminar impulsado por un cierto apresuramiento que era consecuencia de los insoportables olores que había en un rincón del Tránsito de Santa Bárbara, que aún no estaba vallado, especialmente los lunes.

Nunca olvidaré una mañana de diciembre de 1980, hacia las 8 y media. La noche aún no se había ido. El arriba firmante iba camino de la Facultad. En la Corrada del Obispo, apenas había viandantes. Un cura con sotana caminaba muy aprisa camino del edificio arzobispal. Como pasó muy cerca de mí, pude ver que llevaba en su mano un libro que seguramente era un misal, a juzgar por el color dorado de las páginas que no estaban cubiertas por el lomo del volumen. El pavimento estaba resbaladizo. No llovía en aquel momento, pero, por la noche, lo había hecho incesantemente. Además, el frío calaba. Me crucé con alguien que se detuvo a encender un cigarrillo. Aquello, psicológicamente, tuvo su no sé qué de calidez. Y un personaje muy fácilmente reconocible por aquellos años en Oviedo comía palomitas con voracidad resguardándose bajo la techumbre del inmueble que tenía a mi derecha.

Al fondo, la casa sacerdotal envuelta en una sedosa niebla que había tomado una extraña forma de ovillo. Aun así, pude ver a un viejo cura que salía de allí ayudado de un bastón. Enseguida, lo perdí de vista cuando echó a andar calle abajo.

El cielo no sólo estaba muy oscuro por no haber amanecido aún del todo, sino también porque presentaba un aspecto como de boca de lobo. No, no era un cielo protector, ni tampoco tenía nada que ver con el que nos deleitaba fray Luis de León en sus trabajadas poesías.

Aceleré el paso para ponerme a resguardo en la Facultad. Y, mientras tomaba el primer café de la mañana en aquella especie de palomar que estaba en la planta de arriba, con la ociosidad a la que el momento invitaba, intenté poner rostro a las personas con las que me había encontrado en la Corrada del Obispo. Y sólo pude identificar –eso sí, sin esfuerzo alguno- al joven que comía palomitas, al que entonces era muy frecuente ver por la mayoría de las calles de Oviedo, siempre con algún libro en la mano. La primera vez que me tropecé con él muy de cerca, el libro que paseaba era muy sesudo, nada menos que la “Crítica de la Razón Pura”, de Kant, en una edición de la editorial Losada. Había sobre el personaje en cuestión la correspondiente leyenda urbana. Y, en todo caso, me resultaba muy curioso verlo la mayor parte de las veces con libros que paseaba. Me preguntaba si los habría leído en alguna ocasión o si estaba dispuesto a venderlos.

En cuanto a los viandantes no identificados, más que ponerles rostro, más que reinventarlos, lo que pensé era que simbolizaban la omnipresencia de lo clerical en nuestra ciudad, omnipresencia de siglos. Sin embargo, caí muy pronto en la cuenta de que muy cerca de todos aquellos vestigios del pasado, estaba, en primer término, Feijoo que, aun habiendo abrazado los hábitos religiosos, representó en su momento la modernidad que trajo su pensamiento crítico. Y, puertas adentro, en la antigua Facultad de Filosofía y Letras, nada más enfilar las escaleras, nos encontrábamos de frente nada menos que con Clarín que, entre otras muchas cosas, representaba el espíritu abierto que, sin moverse de aquel Oviedo, conocía y divulgaba lo más puntero del pensamiento europeo de su tiempo.

Así las cosas, se trataba, por así decirlo, de espacios escalonados: desde la ciudad con gran peso de lo clerical, al pensamiento crítico de Feijoo, y de éste a un Clarín que, a finales del XIX, tuvo un alma lo suficientemente porosa para haber asimilado las grandes corrientes de pensamiento que se forjaron en aquella época tan decisiva en la historia de la humanidad.

Espacios escalonados y cercanos, que iban marcando diferentes fases de nuestra historia, especie de Atlas Histórico de nuestra heroica ciudad. Y en lo que representaba lo más pretérito se había colado el personaje de las palomitas, un ser de nuestro tiempo, pero que, a la vez, venía, como todas aquellas piedras, de muy lejos, con antecedentes muy literarios.

Por la Corrada del Obispo. Como dije al principio, los recordatorios más memorables no son en mi caso a pleno día, sino escenarios en los que o bien no amaneció, o bien en esos atardeceres de un otoño avanzado, en los que me detuve a tomar algo viendo el mundo pasar, tal vez invocando fantasmas del pasado, al tiempo que fueron momentos intensos acompañados de algún café y de conversaciones que fueron mucho más allá de intercambios de impresiones ocasionales.

Atardeceres de otoño avanzado con una temperatura benigna, en los que era fácil imaginar el paisaje astur, en los que la atmósfera regentiana no se quedaba en la hora de la siesta, sino que se prolongaba hasta la noche, hasta la magia de la noche.

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OVIEDO: DE PUFO EN PUFO

Sin duda, es cansino que, a la hora de ocuparse de la política municipal ovetense, los pufos del pasado que no dejan de pasar factura en el presente más inmediato sean noticia de un modo casi continuo. Ahora resulta que el Tribunal Supremo inadmite los recursos presentados por el Ayuntamiento de Oviedo y Jovellanos XXI contra la sentencia que, en su momento, dictó el Tribunal Superior de Justicia de Asturias que obligaba al Consistorio a pagar 18 millones de euros por la liquidación del contrato de ‘los palacios’. O sea, por aquel intento de convertir Oviedo en una especie de Camelot al ‘gabiniano’ modo.

Miren, si no es Villa Magdalena, es el Calatrava, o El Asturcón, o vaya usted a saber qué. Pero llevamos todo lo que va de legislatura con estos petardazos que lastran tremendamente los presupuestos municipales. Y, según da noticia EL COMERCIO, los presupuestos del presente año, que aún no están oficialmente aprobados, se quedan en quimera, pues habrá que rehacerlos.

De pufo en pufo. Cierto es que hay que mirar hacia adelante. Cierto es que no sirve escudarse en la herencia recibida para no llevar a cabo un proyecto de ciudad. Cierto es que no se trata sólo de dejar claro que el municipio está lastrado a resultas de unos días, que fueron muchos años, de vino y rosas, en los que se hipotecó el futuro.

Dicho todo esto, estaría muy bien que el conjunto de la ciudadanía ovetense pensase a fondo en esta situación y tomase buena nota de las causas que nos llevaron a esta dinámica de tener que hacer frente a las consecuencias de una forma de hacer política que resultó ruinosa.

Los tiempos cambiaron mucho, ciertamente. Pero las responsabilidades políticas están ahí, con sus fechas, con sus acciones, con sus nombres y con sus apellidos.

Aquí, desde mi punto de vista, tocaría entonar también un ‘nunca más’ a los despilfarros y a los sobrecostes. Y, en el caso que nos ocupa, tampoco hay que olvidar que todo lo concerniente al proyecto que se llevó a cabo en los terrenos de lo que fue el antiguo Carlos Tartiere no sólo implica al gobierno municipal de entonces, sino también a otras administraciones que colaboraron con ello.

Toca pagar pufos, toca privar al presente de recursos que tienen que destinarse a deudas pasadas. Toca hacer memoria y entrar en una amarga y crítica lucidez.

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De pleno en pleno: bajo mínimos

Mucho público y, sin embargo, el clima político, como el meteorológico, estaba casi bajo mínimos. Tensión en el tripartito a resultas de la llamada “Ronda Norte”, tensión que, en las intervenciones de los portavoces, se plasmó pasando como sobre ascuas. Todos están de acuerdo en la necesidad de proteger el Prerrománico y en causar el menor trastorno posible a los vecinos que pudieran verse afectados. Ahora bien, queda claro para Somos esa Ronda Norte no debe llevarse a cabo y, por su parte, la portavoz del PSOE no negó la mayor. También fue muy clara en sus planteamientos Cristina Pontón, que hizo de portavoz de IU.

Pero, al final, dos cuestiones muy claras. Primero, no se sabe si el Alcalde planteará una postura común de los tres partidos que configuran el Gobierno municipal. Segundo, como otras muchas cuestiones, en esta Legislatura es imposible que se resuelvan los grandes desafíos que tiene este municipio para los próximos años, pero lo que toca es sentar las bases. Y, en este asunto, no parece fácil un acuerdo sin fisuras ni matices.

Desde luego, el futuro no pasa por aglomeraciones de tráfico en las ciudades, sino todo lo contrario. Y, en cuanto a la llamada “Ronda Norte”, las cosas cambiaron mucho desde su proyecto original y queda una eternidad de tiempo por delante para ver cómo se afronta finalmente la circunvalación de Oviedo por el oeste y por el norte.

Por otra parte, resultó muy reconfortante que hubiese unanimidad a la hora de apoyar a los vecinos que se oponen al proyecto de la planta de asfaltos cerca de Las Caldas que sería una agresión medioambiental de las muchas que esta tierra está sufriendo.

Y, como era de esperar, tras el episodio del pateo que tuvo lugar en el Teatro Campoamor, la oficialidá del asturiano también estuvo en el orden del día. A mi juicio, no estuvo muy afortunado el portavoz de Ciudadanos cuando puso de manifiesto que aquel pateo en la patio de butacas que se produjo a resultas de que se oyese una recomendación al respetable en asturiano era “libertad de expresión”. Nadie se la cuestiona, pero –perdón por la perogrullada- hay formas de expresarse muy poco educadas tal y como sucedió en el caso que nos ocupa.

Y, en fin, el PP recordó que la actual legislación sobre el asturiano se aprobó en la única Legislatura en la que gobernó Asturias su partido. Es media verdad, porque aquel Gobierno estaba en minoría y ese avance lo arrancó el PAS. Y también parecen olvidarse de que Gabino de Lorenzo, siendo Alcalde de Oviedo y candidato al Congreso, muy a su modo y manera, eso sí, lanzó continuos guiños a que el asturiano tuviese mayor protección normativa.

A la salida, la incógnita: ¿Qué le planteará el Alcalde Wenceslao López al ministro de Fomento con respecto a la llamada “Ronda Norte”? Estaría por apostar que la cosa quedará en “veremos”.

O sea, un Pleno bajo mínimos.

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