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Recuerdos de Oviedo: La Paloma
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-07-2016 | 22:35| 0

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.

Hay lugares que, sin necesidad de haberlos frecuentado en multitud de ocasiones, no sólo nos resultan familiares, sino que además, tan pronto activamos los resortes de la memoria, somos capaces de reproducirlos al detalle. Hay momentos muy concretos de nuestra vida que, sin haber sido necesariamente decisivos, los recordamos con toda claridad sin que haya zonas de sombra ni de duda.
Pues bien, puedo decir que ambas cosas me suceden con La Paloma, con el establecimiento que hoy está de luto a resultas de la muerte de Ubaldo Suárez, patrón y fundador en la etapa posterior a su cierre en la calle Argüelles en 1976. Y es que podría transitar palmo a palmo La Paloma con la memoria. Y es que recuerdo alguna conversación, acompañada del vermú y la gamba, que, sin haber sido trascendente, la puedo recuperar sin lagunas. El mostrador desde todos sus lados. El local desde la entrada hasta su último rincón. El sonido ambiente, siempre paradójico, esto es, tenía que hacerse oír necesariamente al estar lleno de gente, pero, al mismo tiempo, acaso motivado por el sopor que el vermú suele producir, el tono, salvo excepciones, no era de griterío.
La Paloma, el vermú y su guarnición, la gamba. Vermú reserva, o vermú solera. Pero, bien pensado, la solera no sólo venía dada por las barricas, sino por el establecimiento, al haberse convertido en la referencia de Oviedo para una bebida que, además, es una hora, o que, más bien, bendice una hora, especialmente los fines de semana, antes o después de comprar pasteles, tras salir de casa sin haber madrugado. Y, ante todo y sobre todo, antes de comer. El aperitivo, las vísperas, los prolegómenos que, por lo común, son más importantes y decisivos que lo que viene a continuación.
A decir verdad, no estamos hablando del único establecimiento de Oviedo donde podía y puede degustarse un excelente vermú. De hecho, en Logos, por ejemplo, el producto que se servía también resultaba una delicia. Pero lo cierto es que la Paloma se convirtió en el local hostelero de Oviedo socialmente elegido por la mayoría para una cita con el vermú.
¿Quién no recuerda su paso por la Paloma con un vermú en la mano, normalmente sin la tiranía de tener que mirar el reloj? ¿Quién no recuerda un determinado sorbo que le supo a gloria, mientras hacía un alto en la conversación? ¿Quién no recuerda días de lluvia dentro de la Paloma y también soles esplendorosos que se disfrutaban desde la puerta misma del establecimiento? ¿Quién no recuerda aquella cita en la que la espera o el tenso silencio se aliviaban por el delicioso sabor del vermú? ¿Quién no recuerda aquella semana dura, que no acababa de terminarse, en la que uno de los consuelos era la certeza de que el vermú del fin de semana, salvo imprevistos, nos esperaba en la Paloma?
Calle Independencia. La parada de taxis a la puerta de la Paloma. El jolgorio y el júbilo de vermú muy cerca. Las prisas, en el perchero. Sin hambre, porque no se madrugaba. Sin presiones horarias, salvo excepciones.
Y, fíjense, estamos hablando de un periodo que parece marcar la historia de este país, estamos hablando de cuarenta años, lo que casi duró una de la mayores dictaduras del siglo XX y que se sufrió en España, los mismos años que acaban de cumplirse del primer Gobierno que formó Adolfo Suárez y que fue el punto de partida de la transición política, los años en la vida de cada uno de nosotros donde se alcanza la madurez y donde toca hacer balance de luces y sombras, así como proyectos que difícilmente podrán partir de cero. Donde parece cumplirse el primer aviso de aquello que escribió Gil de Biedma en el sentido de que la vida -¡ay!- va en serio.
Cuarenta años en la vida de Oviedo son los que cumple La Paloma en la etapa de Ubaldo Suárez. Cuarenta años que, en el caso de los más mayores, constituyen una prolongación con respecto al establecimiento que estuvo radicado en la calle Argüelles. Cuarenta años en los que no sólo los ovetenses, sino también una inmensa mayoría de los visitantes a la ciudad tuvieron sus momentos en la Paloma.
Son varias las imágenes que acuden a mi mente. Un vermú de un sábado a principios de los ochenta con un amigo entrañable al que le comunicaron allí mismo que estaba a punto de ser padre. Un vermú de un domingo de invierno que llovía a mares, con un viento racheado y con un frío de mil demonios. Allí estuvimos tomando nuestros vermús al tiempo que hacíamos calas en un libro de Borges que acababa de comprar. Y nos detuvimos en un poema que hablaba magistralmente de la lluvia. Allí estuvimos, también a principios de los ochenta, cuando se celebraba el centenario de “La Regenta”, hablando de lo mucho y de lo poco que había cambiado Oviedo con respecto al mundo que se plasma en la inmortal novela clariniana. La noche de un domingo, al regreso de Lanio, cenando en la Paloma, sin tomar un vermú y sin que el local estuviese atestado de gente.
El vermú, el trozo de limón decorando al clásico modo su interior. La gamba que dejamos para el final. Las conversaciones amistosas –y de otra índole- antes del mediodía, o, más bien, antes de comer. Las muchas personas conocidas que coincidían con nosotros, con los de entonces, que, a pesar de todo, seguimos admirando los mismos libros, degustando los mismas delicias, con sus incorporaciones, claro está.
Y aquel viernes de invierno a última hora de la tarde en la Paloma, en la que el adiós se llevó a cabo en la misma puerta de un taxi.
Y aquella gamba que se nos atragantó entre un sorbo de vermú y la calada al cigarrillo hecha antes de tiempo.
Y aquel encuentro inesperado camino del baño, nada pródigo en palabras, apoteósico en los gestos.
Y aquel momento en el que, al abrir un libro al desgaire, “La educación sentimental”, de Flaubert, se describía magistralmente la sombra que dejaban los caballos que tiraban de una diligencia en plena noche. Y es que todos fuimos Frederic.

Y es que todos empezamos con un medio vermú al que nos invitó nuestro padre y, llegado el momento, saboreamos el vermú entero. Y, tratándose de Oviedo, principalmente en la Paloma.

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Ubaldo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-07-2016 | 08:51| 0

Cuando me encontré con Ubaldo por última vez en la terraza de un bar en Salas, hará de esto un mes o poco más, nada hacía pensar que su muerte estuviera  tan próxima. Allí estaba con su muleta y nos saludamos. Su aspecto y tono de voz no hacían pensar en el fatal desenlace que acaba de producirse. Por eso, al tener noticia de su fallecimiento, mi sorpresa fue grande.

Este hombre, como yo, tenía la doble nacionalidad salense y carbayona, carbayona y salense. Hasta donde sé, nunca se desvinculó de sus raíces en Malleza. De hecho, era muy frecuente verlo por Salas.

Sin duda, en todas las necrológicas que se escriban acerca de este conocido hostelero, se hablará, sobre todo, de la Paloma, donde trabajó cuando el establecimiento estaba radicado en la calle Argüelles, donde tuvo su negocio cuando se instaló manteniendo el mismo nombre en la calle Independencia.

Sin embargo, debo decir que conocí a Ubaldo en la Casa Sindical. Fue un día de verano que fui con mi padre a comer allí. El arriba firmante tenía quince años. Y mi padre lo conocía no sólo de su época de camarero en la Paloma, sino también por sus orígenes salenses. Recuerdo el comedor de grandes dimensiones, así como lo abundancia de las raciones.

Aquel bar de la sindical estaba en los bajos  del actual edificio, por la parte de la calle Santa Susana, donde tiene su sede la UGT. Eran (¿pasado?) los tiempos del sindicalismo vertical. Y es curioso que el referido establecimiento apenas haya quedado en la memoria, cuando, por lo que puedo recordar, tenía mucho movimiento de gente y su comedor también desarrollaba una gran actividad.

Pero vayamos a nuestro personaje. Estamos hablando de uno de los hosteleros más conocidos de Asturias. Y es que Ubaldo forma parte de una hostelería muy particular, la salense, que, en su momento, tuvo un enorme protagonismo en ese gremio dentro de Asturias. Ejemplos muy significativos de esto que afirmo son los que siguen: La Paloma estuvo regentada por salenses, también Logos, también el Mesón del Labrador, también Bismark que, en su momento, se ubicó en la calle Argüelles.

En este sentido, acaso se pueda afirmar que Ubaldo sea el último referente de esta gran tradición salense que consistió en tener un enorme protagonismo en la hostelería asturiana.

Y, ante todo y sobre todo, no se puede negar que este hombre fue capaz de conseguir que su nombre se asociase en todo momento no sólo con un establecimiento, sino también con un producto: el vermú solera y su guarnición, la gamba.

Descanse en paz.

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Recuerdos de Oviedo: La Gruta y otras cercanías
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Luis Arias Argüelles-Meres | 03-07-2016 | 01:18| 0

«Si se pregunta a un melancólico cuál es la causa de su melancolía, de lo que le oprime, contestará que no lo sabe, que no puede explicarlo. En eso consiste lo infinito de la melancolía.» (Kierkegaard).

Para quienes íbamos y veníamos desde Oviedo al occidente de Asturias, hubo un tiempo en el que la primavera en la capital asturiana empezaba en la Gruta, y lo hacía con una boda como puesta en escena. En efecto, en aquellas tardes primaverales de los domingos, al regresar de Lanio, al pasar por delante de la Gruta, lo frecuente era encontrarse, no sabría precisar si antes o después del banquete nupcial, con una novia blanca y radiante rodeada de los suyos. Semejante estampa se prolongaba hasta noviembre.
Me tocó haber visto un sinfín de bodas al pasar por delante de la Gruta. Sin embargo, a la hora de recordar aquello, no observo variaciones en la imagen. Como si todas las bodas fueran iguales. Como si cada domingo se casase la misma novia. Les aseguro que no bromeo. Blanca y radiante con su ramo de flores. Ignoro si antes o después de posar para el fotógrafo. La imagen desde el coche apenas difería. La imagen desde el coche, con independencia de que el día estuviese más o menos despejado, parecía copia de la anterior. La imagen desde el coche era una síntesis entre el recordatorio y el momento presente.
A decir verdad, no me fijaba demasiado en aquello, no despertaba en mí un especial interés reparar en detalles que distinguieran una boda de otra, una novia de otra. Aquello formaba parte del paisaje. Aquello venía a ser una foto fija, como la del semáforo siempre cerrado muy cerca del Sanatorio Miñor. La diferencia está en que este último no cambió nada, siempre está en rojo en mi travesía en coche por Oviedo. Y, desde lejos, cuando veo algo en verde, es el que permite el paso hacia la calle Hermanos Pidal. O sea, una ilusión óptica, como quien ve un oasis en plena travesía del desierto. ¡Qué cosas!
La Gruta y otras cercanías. También resulta curioso que uno de los lugares más altos de Oviedo tenga semejante nombre y, sobre todo, que el establecimiento, y no en el nombre de la calle, en este caso de la plaza, sea la principal referencia. Por eso, desde siempre, la línea de autobuses que iba desde Colloto hasta la Plaza de Occidente hacía pensar en la Gruta. Y doy por hecho que esta nomenclatura no obedece a que se rinda homenaje a nuestra civilización, sino al lugar por donde discurre la ruta hacia el occidente de Asturias.
La Gruta y otras cercanías. A decir verdad, fueron muy pocas las ocasiones en las que entré en la Gruta, ello a pesar de haber sido un sitio de paso obligado yendo de camino hacia Lanio hasta que se inauguró el primer tramo de la autovía de la Espina entre Oviedo y Trubia, es decir, de la autovía de los aplazamientos continuos. Pero ésta es otra historia.
La Gruta y otras cercanías. Para quienes estamos vinculados al occidente de Asturias, Oviedo empieza en un alto. Oviedo empieza en la Gruta. Y es que hubo un tiempo en el que las gentes del occidente, a la hora de adquirir una vivienda en la capital, lo hacían, sobre todo, en Buenavista. Y es que hubo un tiempo el que, a la hora de establecerse en Oviedo, las gentes del occidente lo hacían pensando en la salida hacia sus orígenes y raíces, acaso ello obedeció a lo arraigado que estaba en cada cual la dificultad del viaje, tanto de ida como de vuelta, es decir, al aislamiento y las pésimas comunicaciones entre Oviedo y el occidente astur.

Así pues, los domingos tocaba ver una boda al pasar por delante de la Gruta, tras un viaje de regreso en el que el último tramo, desde Trubia, se hacía eterno por las caravanas de coches. Nunca está de más recordar que, entre los hechos diferenciales del occidente asturiano, se encuentra el haber tenido los peores accesos a la capital hasta el siglo XXI, cuando se inauguró el primer tramo de la autovía entre Oviedo y Trubia. Le hablo de nuevo de la autovía de la Espina, que en este momento está muy lejos de haber finalizado.
Pero volvamos a aquellos domingos en los que regresábamos de Lanio, a aquellos domingos primaverales en los que los días ya eran más largos, a aquellos domingos en los que el Oviedo no jugaba en el Carlos Tartiere, pues, en ese caso, la hora de vuelta era muy otra para poder acudir al partido que jugaba en casa el equipo azul.
Eran viajes con pena y nostalgia no sólo por haber dejado atrás el tiempo libre, sino también por marchar de Lanio en un momento en el que el Narcea no sólo estaba atestado de pescadores, sino también de truchas, reos y salmones, en un momento en que las vegas del bajo Narcea conocían esplendores en cuanto a su producción, en un momento en el que el despoblamiento no figuraba ni en la realidad ni en el horizonte.
Bien pensado, al pie mismo de la Gruta estaba el primer apeadero de Oviedo para todas las gentes del occidente de Asturias. Allí, los autobuses de viajeros tenían su primera parada al regreso, y su última parada en la ciudad. Muy cerca del antiguo complejo hospitalario, también había otra parada. Se viajaba a la capital, bien para hacer gestiones, bien para visitar a algún enfermo. Y, por otra parte, cuando se nos hacía tarde para llegar a la estación de los Alsas, siempre quedaba como opción última acercarse a la Gruta para no quedarnos en tierra.
La Gruta y otras cercanías. Ya ven: bodas y viajes, que no viaje de bodas, aunque vayan ustedes a saber.
¿Sería disparatado contemplar, como hipótesis de trabajo, la teoría de que la Gruta simboliza sobre todo un desposorio entre Oviedo y el Occidente de Asturias?

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Panorama vetustense: Extrapolaciones electorales
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-07-2016 | 05:30| 1

Tras las elecciones generales del pasado domingo, resulta inevitable que, desde el momento mismo en que se conocieron los resultados, se hagan extrapolaciones a otros ámbitos, entre ellos, al municipal. Cierto es que todo el mundo sabe que las tales extrapolaciones no son fiables al tratarse de ámbitos de decisión muy distintos. No lo es menos que quienes no ven con buenos ojos que haya gobiernos locales que suponen un cambio con respecto al bipartidismo de las últimas décadas, se lancen entusiasmados a anunciar su buena nueva en el sentido de que sus adversarios perderían hoy en los comicios.

Vayamos al caso de Oviedo. Hacer las susodichas extrapolaciones en nuestra ciudad, cuando el líder local del PP  se encuentra en una situación muy delicada a resultas de determinados escándalos que están inmersos en un procedimiento judicial, resulta, como mínimo, arriesgado e inconsistente. Pero, con tratarse de un factor insoslayable en cualquier análisis que aspire a un mínimo de seriedad, no es el único aspecto a tener en cuenta a la hora de tomarse con prudencia la cacareada extrapolación.

Por ejemplo, es una verdad de Pero Grullo que, en el ámbito político local, ante el electorado pesan más las personas que los partidos. Pues bien, en el caso de Oviedo, estoy por asegurar que hay muchas personas, aun estando desencantadas con el PSOE, son conscientes de que Wenceslao López no se caracteriza precisamente por ser un político que goce de simpatías en una FSA cada vez más inmovilista y cada vez más tendente a tener más en cuenta lealtades inquebrantables que la meritocracia y la coherencia en la vida pública. Y está claro que el actual Alcalde carbayón no figuraba en las listas al Congreso de los Diputados.

Por otra parte, ante el revés que sufrió Podemos, hay quienes se entusiasman apuntando que los partidos emergentes acaban de empezar a transitar una espiral de retroceso del que la vieja política saldrá reforzada. Pues, miren ustedes, semejante planteamiento es claramente erróneo. Está claro que la nueva política no está todo lo asentada que desearía y que se enfrenta no sólo a sus contradicciones y errores, algunos de bulto, sino también a un entorno político y mediático que desearía que desapareciesen del mapa político. Pero, a pesar de todo ello, el declive sufrido el domingo no sólo no es irreversible, sino que además está sujeto a muchas variantes que no les ponen las cosas fáciles a los agoreros.

No se lancen ni se abalancen tanto. Todo está en veremos. Y, en todo caso, sin negar que Oviedo es una ciudad en la que el conservadurismo tiene un peso no pequeño, resulta incontestable que el gabinismo languidece y que no reverdecerá.

Por mucho que en determinados entornos mediáticos se pretenda cantar victoria, por mucho que se hayan cometido errores de bulto en la pasada campaña por parte de los llamados partidos emergentes, la nueva política, aun a pesar de sus errores, contradicciones y ñoñeces, sigue aquí. También en Oviedo.

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Recuerdos de Oviedo: Aquel día de fin de curso en El Bombé
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-06-2016 | 23:35| 0

«Debo ser una sirena. No tengo miedo de la profundidad, pero temo enormemente la vida superficial». (Anaïs Nin).

“Los sueños pasan a la realidad de la acción. De las acciones provienen los sueños de nuevo; y esta interdependencia produce la forma más alta de vida”. (Anaïs Nin).

 

Sé que era jueves, y recuerdo que el recorrido hasta El Bombé lo hicimos alborozados, con el horizonte de las vacaciones de verano por delante. Y es que aún estábamos en aquella edad en la que el paso del tiempo casi nunca resulta trepidante. Era un día de junio en el que el calor no estaba pegajoso. De vez en cuando, se levantaba una brisa refrescante que parecía acompasada con el movimiento de las nubes viajeras que se movían, con indolencia, sobre nosotros.
Y nunca olvidaré que, en aquel recorrido hasta El Bombé, la llegada a La Fuentona lo cambió todo. Como si hubiera que celebrar el inicio de las vacaciones a su alrededor. Como si hubiera que esperar a estar allí para dar el grito de guerra. Como si la cita con la euforia estuviese esperando aquel momento. Lo cierto es que se inició el alboroto, acompañado en muchos casos de lanzamientos de pequeños trocitos de tierra que se arrancaban al pie mismo de la Fuentona. Lo cierto es que allí fueron muchos los colegiales que se lanzaron a correr, a jugar, a convertir el conocido paseo en el patio de un colegio en el que tenía lugar un jubiloso y atípico recreo.
Pero aquello duró muy poco, me refiero al griterío colegial que no a la estancia. Tal fue así que nos fuimos dividiendo por grupos pequeños y por distintos juegos. Incluso algunos de nosotros nos sentamos en bancos a charlar.
Así pues, una nube de jolgorio, un grito colectivo. Tras ello, el paseo de El Bombé recuperó su rutina y apenas interferimos en su trasiego cotidiano.
Sentada en un banco muy cercano al quiosco de la música, estaba una pareja muy entrada en años. La señora llevaba un chaquetón verde oscuro. El señor vestía una americana de cuadros muy clásica. Confieso que me llamó la atención lo acaramelados que estaban a pesar de su edad, pues me parecían ancianos. Era aquella una estampa entre lo tierno y lo cursi.
Era en aquel momento El Bombé un escenario en el que tenían cabida varias generaciones, y semejante estampa daba cuenta de un momento histórico en el que el declive demográfico no era contemplado ni siquiera como posibilidad. Y aquello daba cuenta de una Asturias formada en su mayor parte por familias en las que había representantes de al menos tres generaciones.
Recuerdo que pensé que, por el aspecto que tenían aquellas dos personas, podían, en lo que a la edad se refiere, ser los abuelos de cualquiera de nosotros. Pero no se dedicaban a hacer fiestas a nadie, a cuidar de nadie, a dirigir ninguna tarea, sino que toda su atención la tenían centrada y concentrada en ellos mismos.
Me pareció extraño, diría que mágico y prodigioso, que dos personas de aquella edad pudieran comportarse como novios, pudieran mirarse con zalamería y ternura, pudieran estar tan aisladas de cuanto les rodeaba, como si le paso del tiempo no les impidiese sentir lo mismo que los jóvenes enamorados.
En el bolso superior de la americana del personaje masculino sobresalía una estilográfica por encima de un pañuelo impoluto. La señora tenía los labios discretamente pintados y destacaban los pendientes, en forma de aros, que se movían acompasados a sus gestos.
Decididamente, pensé, tenían que ser novios. Acaso dos viudos que un buen día se encontraron tras décadas sin haberse visto. Acaso dos viudos que estaban viviendo su sueño infantil en una edad muy avanzada. Acaso dos soledades que en buen día se encontraron paseando por El Bombé.
Me pregunté si se tratarían de tú o de usted. Si hablarían de algo, a la hora de los recuerdos comunes, que no fuese sobre la guerra civil. Y es que había una expresión que teníamos entonces muy interiorizada. Era muy frecuente oír decir que tal suceso había tenido lugar “antes de la guerra”. Para nosotros, que habíamos nacido finalizando ya la década de los cincuenta, aquella guerra que tanto se nombraba, aunque no sin cierto sigilo, era algo que quedaba lejanísimo en el tiempo, era algo que pertenecía a un mundo irrecuperable. Era algo que, ante todo y sobre todo, suponía lo más arcano en el relato oral.
Entonces me pregunté si el noviazgo de aquellas personas se había roto, por motivos muy ajenos a su voluntad, durante la guerra, y si, pasado el tiempo, las circunstancias habían permitido que el idilio reverdeciese, como un “decíamos ayer” que vencía al paso del tiempo.
Lo cierto es que, muchos años después de aquel jueves de fin de curso, oí contar una peculiar historia de amor. Ella era una señorita perteneciente a una familia de origen ovetense que en su momento se había asentado en la Habana con un importante negocio. Pero, por determinados avatares, la señora (señorita) en cuestión volvió a Oviedo en compañía de su hermano, con poco más que lo puesto. En nuestra ciudad, les quedaba una vivienda que se habían comprado pensando en el momento en el que vendieran el negocio y regresaran, temporal o definitivamente, a la ciudad que les vio nacer.
En cuanto al señor, se trataba de un joven catedrático de Instituto republicano, que, tras la guerra fue destituido y vivía de las clases particulares, tras unos años oscuros en los que no dispuso de libertad alguna.
Pues bien, resulta que se habían hecho novios, con la oposición de la familia de la señorita de Oviedo que no veía con buenos ojos que se relacionase con alguien que había sido “rojo” cuando la guerra, entre otras cosas, porque en Cuba el castrismo los había desposeído de sus bienes. Acaso aquella oposición familiar le daba su no sé qué de romanticismo a la historia.
Y alguien contaba que, en sus escarceos amorosos, lo más atrevido y transgresor a lo que llegaban era a darse un beso los jueves por la mañana. Un beso discreto que esperaba a la semana siguiente.
Juzguen, diriman ustedes, si semejante trama, que no deja de ser una versión no constrastada, les parece un relato tierno o si, por el contrario, les resulta cursi y empalagoso.
Un beso cada jueves. El beso de los jueves.

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La interminable resaca del gabinismo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-06-2016 | 14:00| 0

«El hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir».  (Mark Twain).

 

El gabinismo no cesa de darnos alegrías, casi semanalmente. La última viene dada por la sentencia del Tribunal Supremo que ratifica la pena de dos años y siete meses de prisión para don Agustín de Luis, que durante mucho tiempo fue el máximo responsable de la policía local de Oviedo. ¡Maravilloso!. Bien, no voy a entrar en los pormenores de la sentencia, ni tampoco en la trayectoria de este ciudadano. Me centraré en algo más genérico, como es el derrumbamiento continuo del gabinismo, derrumbamiento que, en más de un caso, repercutirá en los bolsillos y en los servicios de la ciudadanía de Oviedo.

Óxido en el Calatrava. Derroche hiperbólico en Villa Magdalena, privatizaciones de servicios que provocan conflictos y que, además de incumplir el principio de igualdad de oportunidades entre las personas que se encuentran en condiciones de optar a determinados puestos de trabajo, tendrán también su coste en las arcas municipales. Ello por no hablar de la escandalera no acallada del llamado caso Pokemon. Y la guinda a todo esto la pone hasta el momento la sentencia del Tribunal Supremo a la que hemos aludido al principio. Y es que, como bien se sabe, un dirigente político no sólo es responsable de las políticas que lleva a cabo, sino que también lo es de los resultados que son consecuencia de  los nombramientos y los cargos de confianza por los que en su momento apostó.

La resaca del gabinismo. No sólo tenemos ante nosotros sentencias desfavorables en lo que concierne a los gastos a los que tendrá que hacer frente el actual Consistorio a resultas de determinadas decisiones políticas que tomó el actual Delegado del Gobierno en funciones. No sólo nos encontramos ante unas privatizaciones de servicios públicos que resulta costoso, económica y socialmente, reconducir.

Además de todo eso, tenemos una sentencia que condena comportamientos que tienen mucho que ver con otro de los rasgos distintivos de lo que fue el gabinismo, esto es, con comportamientos caciquiles, que, por otro lado, acaso no estuvieron exentos de autoritarismos inadmisibles en una sociedad democrática.

La resaca del gabinismo. Se diría que todo parece conjurarse para que, semana tras semana, tengamos que asistir al poco edificante espectáculo de cargar con las consecuencias de un tiempo en el que en esta ciudad imperaba no solo la ordinariez en las formas y el matonismo en los tonos de los discursos, sino también la ausencia de cautela y ponderación.

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Recuerdos de Oviedo: Parada en El Escorialín
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-06-2016 | 21:12| 0

El niño de nuestro relato amaba con todas sus fuerzas la indumentaria invernal de la que se había provisto aquel mismo año, pues, para él, representaba lo mucho que se quería a sí mismo. Sus prendas de referencia como contrapunto al frío, a la lluvia y al viento eran una trenca azul, un pequeño paraguas, unos guantes muy cálidos y un gorro de lana. Y, con ese atuendo al completo, se sentía mimado y protegido, hasta el extremo de que la calle, aun en los días más crudos del invierno, no era un territorio hostil. Como el mundo era algo lúdico de principio a fin, el atuendo invernal hacía las veces de la casaca de un guerrero romano heroico. Y, en la historia que aquí nos trae, el quererse tanto a sí mismo no significaba que la criatura de la que hablamos fuese en exceso narcisista, sino que más bien todas aquellas prendas estaban cargadas de caricias y desvelos, de cariño y certezas, de seguridades.
Pues bien, una de aquellas tardes cercanas a las navidades, cuando el niño de nuestra historia iba ataviado con el atuendo ya descrito, muy cerca de el Escorialín, le llamó la atención el nerviosismo con el que una chica explicaba a un señor el contenido de un papel timbrado que le mostraba. Aquello tenía que ver con las gestiones de un contencioso sobre una herencia.
De más está decir que las explicaciones técnicas de la perorata de la joven no sólo estaban fuera del alcance del entendimiento de nuestro pequeño protagonista, sino también de su interés. Lo que llamó su atención fue lo incisiva que era aquella chica a la hora de exponer la situación a su interlocutor, sin duda, un familiar cercano, padre o tío.
Al niño le fascinó tanto aquella conversación que se olvidó del pudor y la educación, es decir, se detuvo a muy escasos metros de aquello, como si estuviese viendo una película, o como si aquella situación saliese de un libro de cuentos. Lo cierto es que la chica, al verlo allí plantado, sin disimular lo más mínimo su curiosidad por saber qué se estaba ventilando en el encuentro con su familiar, se sonrió y se diría que la presencia de la criatura le resultó divertida y pintoresca.
La muchacha lo miró con una sonrisa tierna, mientras que su interlocutor estaba tan enfrascado en la conversación que no pareció concederle la más mínima importancia a la presencia de la criatura. Por su parte, el niño se retiró de allí. Compró unos cromos en el diminuto quiosco que había en El Escorialín y emprendió el camino de casa, pero se detuvo unos instantes encima de una rejilla muy próxima de la que salía un aire tibio un tanto pegajoso.
El niño relacionó el enrejado próximo al Escorialín del que salía aire caliente con un episodio que había oído contar varias veces: el de una señora, que formaba parte de sus antepasados, que un domingo, a la salida de misa, había visto al diablo con aspecto burlón dando saltos alrededor de los grupos de gente que conversaban.
Y, claro, las parrillas tenían que ver con el diablo, con el infierno, con el maligno. Pero si resultaba que, según aquel relato, Lucifer no era todo maldad, pues se trababa más bien de un ser, ante todo, juguetón y saltarín. Y eso hacía que la criatura no estuviese en disposición de contarle a un cura en el confesonario la amabilísima, incluso cómplice, visión que tenía de Satanás.

De modo y manera que en ese rincón de Oviedo, cuya denominación pone de relieve lo que es nuestro antídoto al grandonismo, esto es, la coña asturiana, para el niño de nuestro relato, era una referencia de sus curiosidades y fantasías.

Transcurrieron los años y se preguntó siempre por qué se sintió tan interesado en aquella conversación sobre una herencia entre una chica y su padre o tío. Desde luego, lo que despertó su curiosidad no era la historia en sí, sino la escena, escena en la que contaba no poco toda la ambientación nocturna y fría; escena en la que también cobraba mucha importancia la voz de aquella chica que, aun estando nerviosa y un tanto crispada, le resultaba a nuestra criatura muy persuasiva, muy atrayente. Estaba claro que, para sus protagonistas, el asunto era grave. Y no lo estaba menos para el niño del que venimos hablando que aquella era una escena de película. ¿Por qué de película? Vaya usted a saber por qué, con que film la pudo relacionar.
Tan pronto se puso a caminar, ya sin más paradas hasta su casa, se preguntaba qué intriga había en aquel papel, quién o quiénes querían perjudicar a aquellas personas, y, sobre todo, deseaba llegar a enterarse del desenlace de la historia. Y, como se trataba de un imposible, lo intrigante lo acongojaba no poco.
Parada en El Escorialín. Era la primera vez en su vida que se detenían encima de aquel enrejado del que emanaba aire tibio y pegajoso. Era la primera vez en su vida que se detenía a escuchar y a ver algo sin disimulo alguno.

Pasaron los años y, ya en la edad adulta, se preguntaba si en alguna ocasión había pasado por la mente de alguien llevar a cabo una réplica de la famosa escena de Marilyn Monroe sobre aquel mismo enrejado.
Pasaron los años y nunca dejó de preguntarse si el problema del que hablaron aquellas dos personas lo habían resuelto favorablemente.
Pasaron los años, y en ese rincón tan peculiar y genuino de Oviedo, que no es peculiar y genuino por su valor estético, sino por la denominación que tiene, seguro que hubo y sigue habiendo episodios y encuentros que forman parte de los recuerdos más indelebles de muchas personas.
No puede ser casualidad que actualmente sea la sede de nuestra oficina de turismo, pues se trata de un emplazamiento que tiene que ver con nuestra coña, que nos vacuna, a veces en exceso, contra el grandonismo. Una coña que todo lo mengua, más que ninguna cocción.
¡Ah! Aquel papel timbrado era amarillo.
¡Ah! La muchacha que exponía el problema vestía una hermosa falda escocesa.

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¿Oviedo puede con todo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-06-2016 | 05:19| 0

Tras las declaraciones del señor Antuña, en las que, entre otras cosas, intenta descalificar con brocha gorda y cierto matonismo político al actual Alcalde de nuestra ciudad, uno no puede dejar de preguntarse hasta qué extremo puede llegar a veces el cuajo de muchos de nuestros políticos.

Al señor Antuña, estando Caunedo muy ausente para ejercer de líder de la oposición, no sólo le toca hacer las veces de su cabeza de grupo, sino que además se dedica a intentar buscar justificaciones a lo injustificable. Sabemos que ello es muy difícil, pero, al menos resulta exigible cierto decoro y un poco de ingenio. Pues bien, nada de esto hay.

Resulta de todo punto inadmisible afirmar que Oviedo está preparado para hacer frente a las consecuencias de unas sentencias judiciales que desangran económicamente a nuestro Consistorio a resultas de determinadas decisiones que se tomaron en tiempos del gabinismo. Primero, porque, aun en el supuesto de que la economía del Ayuntamiento fuese boyante, no es de recibo en ningún caso que la ciudadanía tenga que costear excesos y delirios de nadie. Y a estas alturas, es imposible poner en duda que las “operaciones” de villa Magdalena y de los Palacios supusieron derroches delirantes que en nada benefician a la ciudad.

¿Puede Oviedo con todo? En efecto, sobreviviremos al gabinismo, pero nos saldrá muy caro. Ahora bien, resulta indignante que no se asuman responsabilidades y errores. No se trata de pedirle esas responsabilidades personalmente al señor Antuña, pero lo menos que podría hacer el que, según parece, es el delfín de Caunedo, sería ocuparse del presente y del futuro, dando paso a que las explicaciones vengan de quienes entonces tenían en su manos la posibilidad de tomar decisiones.

¿Puede el señor Antuña creerse que hay solo ciudadano en Oviedo que acepte costear con sus impuestos el pago que la sentencia judicial establece con respecto a villa Magdalena? ¿Puede el señor Antuña convencer a alguien de las bondades estéticas del Calatrava? ¿Puede el señor Antuña pedir a la ciudadanía de Oviedo que se resigne a que la llamada operación de los Palacios sea una ruina?

¿Puede Oviedo con todo? Desde luego, los referidos casos no pueden ser bajo ningún concepto exhibidos como logros, mostrados como orgullo de la ciudad. Ante ello, si no se opta por el silencio, lo único que se puede es aceptar que se cometieron errores, y de bulto.

Fíjese, señor Antuña. Ni siquiera pretendo que se entre en intencionalidades ni en intereses. Me conformaría con mucho menos.

Pero, viendo de qué modo se despacha usted, lo único que hace es arrojar aún más bochorno e indignación

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Recuerdos de Oviedo: El edificio de la Telefónica
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-06-2016 | 14:53| 0

 

«Sé tú mismo, el resto de los papeles ya están cogidos». (Oscar Wilde).

Era una de esas tardes desapacibles en las que nos vemos obligados a proteger el paraguas ante las embestidas de un viento atroz que azota. Era una de esas tardes invernales en las que la sensación de oscuridad y frío se hace eterna, en las que nos parece que el buen tiempo nunca va a llegar. Era una tarde de febrero de 1974.
El recorrido entre la calle Toreno y el edificio de la Telefónica en la plaza Porlier se me hizo largo y difícil, sólo tuvo una tregua balsámica, pero muy corta, y fue el pequeño trayecto a techo por el Pasaje, entre Uría y la calle Pelayo.
Aquel día, el teléfono en casa se había estropeado, no daba señal, y, por lo que nos habían dicho, tardarían al menos veinticuatro horas en ir a repararlo. Me encargaron que fuese el edificio de la Telefónica a hacer una llamada para dar el pésame a la familia de un maestro de escuela, antiguo compañero de mi padre, que acababa de fallecer.
En muy pocas ocasiones había estado dentro de aquel edificio que, por entonces, tenía un importante ajetreo de gente. Y, al llegar allí, tuve la impresión de que, en los días de temporal, todo se acrecentaba y se complicaba: los atascos en las calles, la posibilidad de encontrar un taxi en una parada, el dar con un sitio cómodo en una cafetería, y así sucesivamente. Y, por otra parte, siempre creí percibir, que, cuando la lluvia es intensa y los temporales resultan despiadados, la gente, en los locales cerrados, habla mucho más alto, lo que contribuye, por otro lado, a hacer los ambientes irrespirables e incómodos.
Y, a propósito de esto último, de la elevación del sonido ambiente, nunca olvidaré que me llamó la atención el contraste de sosiego que había en aquella enorme sala en la que tanta gente hablaba por teléfono. Pudo ser una casualidad que se dio en aquel momento, pero allí nadie elevaba la voz, ni las personas que estaban en las cabinas ni tampoco lo hacían quienes solicitaban su conferencia y esperaban turno.
Y, bueno, tardé un tiempo considerable en poder efectuar la llamada que me habían encargado en casa, estaba todo ocupado y tenía que esperar también a que hablasen varias personas que se habían puesto a la cola antes que yo.
Puedo asegurar que tuve una extraña y, al mismo tiempo, grata sensación, y ello fue así no sólo por estar protegido del tremendo temporal, sino también porque aquel trasiego de personas, en la mayor parte de los casos, solas, que no necesariamente solitarias, me pareció que daba mucho de sí a la hora de poder imaginarme historias.
Y es que, por extraño que parezca, el ambiente que allí capté me hizo recordar al que era propio de estaciones de tren o de autobuses. Como si cada cabina en la que se hablaba fuese, de algún modo, una suerte de vehículo en el que la gente viajaba, bien es cierto que a ninguna parte en lo que era la realidad tangible, pero, para ser precisos, se diría que cada cual se trasladaba al lugar donde se encontraba la persona con la que estaban hablando.
Por eso, puedo decir que el interior del edificio de la Telefónica me hizo recordar a estaciones de trenes o autobuses, con la particularidad de que los vehículos que transportaban a las gentes eran las cabinas y los teléfonos. O sea, que, por un lado, toda la clientela del momento compartía un punto de partida, pero cada cual se iba a un sitio distinto. En eso radicaba el encantamiento que de algún modo intuía.
Viajar sin moverse del sitio. Por lo tanto, el pequeño recibo que entregaban a cada cliente para que pudiese hablar y que, al mismo tiempo, servía, de algún modo, de factura, venía a ser como una especie de billete de tren o de autobús. Prodigioso, a decir verdad.
No puedo recordar cuánto tiempo estuve allí hasta que llegó el turno de poder efectuar mi llamada, pero lo cierto es que la espera no se me hizo pesada, sino todo lo contrario. Más bien podría decir que me supo a poco.
Aquella tarde de febrero en el edificio de la Telefónica en la plaza Porlier, puedo decir que compartí allí adentro muchas y variadas geografías y que, además, asistí a un montón de historias. Me resultó muy divertido poner nombre a cada persona que observaba hablando por teléfono. Poner nombre también a la persona con la que cada cual se conunicaba. Y dar una trama a todo aquello cuyo hilo conductor pasaba por la conversación de turno.
Ya en casa, después de dar el recado acerca de la conversación que se me había encargado, me dispuse a seguir leyendo un libro que había empezado días atrás. Se trataba de “El Jarama”, de Sánchez Ferlosio. Leer en un día de invierno una novela que tenía lugar en verano, pero que contaba una historia heladora en lo que se refiere no sólo a los hechos que ocurrían, sino también a la atmósfera prosaica en la que vivían.
De todos modos, no dejé de tener presente en todo momento la grata sensación que me produjo aquel trasiego en el edificio de la Telefónica, trasiego de viajeros que, aunque ellos no lo supieran, viajaban a un destino determinado sin salir del raquítico espacio habilitado dentro de una cabina.
Por eso, cuando muchos años más tarde, concretamente en el 93, se instaló en la plaza Porlier la escultura de Úrculo que tiene por título “El regreso de Williams B. Arrensberg”, puedo decir que aquello me resultó mágico, esto es, que, muy cerca del edificio de la Telefónica, se erigiese una obra de arte que rinde culto al viajero, a ese viajero que, seguramente, nunca pudo imaginarse que, muy cerca del lugar donde fue ubicado, se encuentra un edificio en el que la gente viajó durante décadas y décadas sin moverse físicamente de un espacio reducido.
No sabía decir si el viajero de Úrculo rinde homenaje a esos otros viajeros que hablaban por teléfono, o si estos últimos no hicieron más que adelantarse a una obra de arte que completa todo un prodigio, tan cierto como oculto, tan intenso como intangible.
Y es que también se viaja hablando.
A veces, ocurre tal cosa. Y, en algunos de esos viajes, la travesía es todo un milagro que hace frente a eso que se viene llamando realidad.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.
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Carta abierta a Gabino de Lorenzo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-06-2016 | 05:29| 0

Señor Delegado del Gobierno:

En un momento como éste, cuando la campaña electoral acaba de dar comienzo, al Ayuntamiento del que usted fue regidor durante tantos años, no dejan de llegarle noticias preocupantes que son consecuencia de unas políticas que se llevaron a cabo durante su mandato.

Mire, don Gabino, me atrevo a pedirle que, por un momento, se sitúe usted delante del Calatrava vetustense y que contemple lo que tiene ante sí. Desde luego, ni usted es Napoleón ni el edificio que nos ocupa en comparable en modo alguno a las pirámides egipcias. Pero, por favor, contemple usted esto que es parte de su obra política.

Y, de paso, recuerde lo que allí hubo, el viejo Tartiere, en el que tuvieron lugar las glorias del Oviedo, de ese equipo de fútbol, que también es mucho más que un club, y que usted, en su momento, se empeñó en hundir, lo que, por fortuna, no consiguió.

Contemple, don Gabino, contemple. Resulta que las firmas comerciales no acaban de asentarse en los espacios que en su momento alquilaron. Resulta que el aspecto que da esa cubierta es cochambroso. Resulta que tiene usted ante sí el resultado de unas megalomanías faraónicas que suponen una hipoteca, una más, no pequeña para esta ciudad.

Oviedo y los palacios. Su Camelot, hecho a la medida de su estética. Camelot y camelo. ¿Cómo pueden justificar ahora tanto usted como quienes le secundaron en el proyecto semejante engendro? Sí, quienes le secundaron, digo, porque, en ese edificio, la Administración autonómica también se instaló, sacrificando empresas públicas. Sí, quienes le secundaron, el PSOE que gobernaba Asturias, por cierto, en coalición con IU. ¿No es cierto, señor Orviz?

Oviedo y los palacios, don Gabino. ¿Quién paga todo esto? La pregunta, aunque retórica, no hay que formularla de continuo.

¿Y qué decir del nombre de la empresa que se puso al frente de todo aquello? Conocido es aquello que reza así: «Es propio de nombres propios la mayor impropiedad». Digo esto, don Gabino, porque me parece delirante el nombre de Jovellanos XXI. Un nombre que da cuenta de la mejor Asturias mezclado en un proyecto ruinoso en lo estético y en lo puramente empresarial. Y es que, ‘la marca’, por sí misma no es garantía de nada, sin perder de vista el agravio histórico que el caso supone.

¿Cómo va a afrontar esto ahora, don Gabino? ¿Qué piensa decirle a la ciudadanía de Oviedo?

Por otro lado, ¿dirán algo los responsables políticos que, en su momento, se sumaron a este proyecto, trasladando consejerías al Calatrava? ¿Hay alguna justificación mínimamente creíble al respecto?

Su Camelot, don Gabino, nos sale cada día más caro.

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