El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Lluís Llach en El Fontán
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Luis Arias Argüelles-Meres | 02-10-2016 | 10:05| 0

«Perder nuestro nombre es como perder nuestra sombra; ser sólo nuestro nombre es reducirnos a ser sombra». (Octavio Paz)

En años inmediatamente anteriores, siendo Masip Alcalde, y con los chiringuitos incorporados a las fiestas mateínas, ya habían cantado en Oviedo Aute y Serrat. En el 85, le tocó el turno a Lluís Llach, que actuó en El Fontán. Tuve la suerte de entrevistarlo para una revista horas antes de que el concierto diese comienzo. Puedo decir que la conversación fue muy interesante y que se mostró en todo momento ameno y afable.

Entre los muchos asuntos que surgieron en la conversación, recuerdo que Llach estaba muy orgulloso de haber tenido como público a nada menos que a Sartre en una actuación suya en el país vecino. Y, por otro lado, cuando le planteé las contradicciones en las que se puede incurrir por ser, a un tiempo, nacionalista y de izquierdas, sin que vaya a resumir aquí sus planteamientos de aquel momento, puedo decir que se mostró dialogante sin parapetarse en maximalismos que cierran toda posible discusión. Por otro lado, tenía muy claro el derechismo de Pujol.

Hablamos también de Serrat, de Patxi Andión, de Raimon. No es el momento de entrar a fondo en detalles, pero me resultó muy significativa su distancia con Serrat, con un Serrat que era mucho menos crítico que Llach con respecto al PSOE y al PSC. ¡Ay!

Lo dicho: estábamos en 1985. Si no recuerdo mal, Felipe González ya había decidido navegaciones veraniegas en el ‘Azor’. Aquello dejó a más de medio país patidifuso. Y fue precisamente Llach quien denunció al entonces presidente del Gobierno por incumplimiento de contrato electoral o algo similar.

Un Llach que seguía siendo combativo y que no se mostraba entusiasmado con los incumplimientos del felipismo que, ya entonces, no eran pocos. Un Llach que pedía en una de sus canciones entonces más recientes que no se abaratasen los sueños, hermosa canción, a decir verdad. Un Llach que había compuesto el año anterior una memorable canción de amor. Hablamos de ‘T’estimo’. Un Llach que no estaba dispuesto a dejar de ser combativo.

Como era de esperar, entre canción y canción, en el concierto del que estamos hablando, se dirigía al público explicando los contenidos de lo que estábamos a punto de oír. ¿Cómo no recordar la mención que hizo a su abuelo antes de cantar ‘L’Estaca’, cuyos acordes nos llevaban a sueños y esperanzas, a sueños de libertad, a tiempos y a momentos en los que estábamos persuadidos de que había cosas manifiestamente irrenunciables? Inolvidable fue también la mención que hizo a Fraga antes de cantar ‘Campanades a morts’, canción que surgió a resultas de un conflicto entre trabajadores y policías que se saldó con cinco obreros muertos y cuarenta heridos en Vitoria. Aquello sucedió el 3 de marzo de 1976, siendo Fraga ministro del Interior del primer Gobierno de la monarquía que presidía Arias Navarro.

Lluís Llach en El Fontán. No solo música, también las letras de muchas canciones que siguen formando parte de nuestra educación sentimental. Y es que nosotros, o muchos de nosotros, de los de entonces, sí que seguimos siendo los mismos. Distinta cosa es que lo continúen siendo la mayoría de quienes pusieron música y letras a muchos de nuestros afanes y desvelos.

Lluís Llach en El Fontán. Ver entonces la botella medio vacía era visto por muchos como un criticismo excesivo. Llevábamos una década sin Franco. El golpe de Estado de Tejero y compañía había sido conjurado. Además, la izquierda gobernaba tras haber conseguido una irrepetible victoria en octubre del 82. Digo la izquierda, porque para nosotros, los de entonces, el PSOE seguía siendo aún un partido de izquierdas a pesar de incumplimientos y no pocas decepciones.

Muchos de los que acudimos a aquel concierto no estábamos aún indignados, pero el escepticismo y el desencanto ganaban –¿a qué negarlo?– terreno. Y Lluís Llach era todo un referente no solo por la calidad de su obra musical, no solo por su trayectoria inequívocamente antifranquista, sino también por su actitud crítica y nada complaciente con lo que estaba pasando.

Educación sentimental, digo. Y es que, miren ustedes, pertenecemos a una generación en la que el amor y las ansias por un mundo mejor o, si se prefiere, los ideales políticos, tenían la misma voz. Canciones de amor, combates por las libertades. El mismo himno, las mismas voces, los mismos ecos.

Educación sentimental, digo. Vibrábamos con ‘L’Estaca’. Escuchando ‘T’estimo’, encontrábamos la letra y la música que nos llevaba al amor, al que estábamos viviendo y disfrutando y al sentimiento que, desde siempre, conmovió al mundo y lo movió.

No, no fuimos la generación de la paz y el amor, que llegó a hacerse caricaturesco y ñoño. En nuestro caso, el amor y las libertades fueron de la mano, tuvieron su música, la compartieron. Y, a este respecto, hay que decir que Llach está omnipresente en nuestra educación sentimental.

Llach en El Fontán, en mitad de la década de los ochenta, y en Oviedo, en aquel Oviedo que había festejado por todo lo alto el centenario de ‘La Regenta’. En aquel Oviedo que, al principio de la misma década, había celebrado también el centenario del nacimiento de Pérez de Ayala, acaso el escritor que mejor describió nuestra tierra. Sin duda, uno de los mejores prosistas del siglo XX.

A la salida del concierto, Oviedo era una fiesta. Desde una terraza en el casco antiguo, contemplando el espectáculo del continuo vaivén de gentes que iban de chiringuito en chiringuito, no era difícil poner música a todo aquello, incorporar los acordes de ‘L’Estaca’, y pensar y soñar que lo irrenunciable se podía conseguir luchando.

Más tarde, en plena madrugada, algunas canciones de amor no solo nos envolvían, sino que además nos removían por dentro. ‘T’estimo’ estaba entre ellas. Envolvía, aterciopelaba lo que los ojos querían decir, desentumecía aquello que se resistía a expresarse sin ruido, sin furia, pero con contundencia y empuje.

Amar, amarnos, estimar, estimarnos, compartiendo sueños. Dos registros, amor e ideales, sin salirnos del mismo concierto, de la misma voz.

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Retirada de honores al franquismo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-10-2016 | 20:34| 0

«La ética no consiste en formular preceptos caídos o dictados desde el cielo, sino que es consecuencia de tomar consciencia de lo que somos». (Albert Jacquard)

La retirada de honores a Franco y a la simbología franquista en Oviedo se lleva a cabo 41 años después de la muerte del dictador. Desde luego, no nos hemos dado prisa. Y lo llamativo del caso no es la medida en sí, sino que el PP no se haya sumado a ello. Digo llamativo, que no sorprendente.

Miren, a estas alturas, no sería muy complicado poner en duda que el franquismo fue una dictadura. Por eso, no sólo no es fácil de justificar que se haya tardado tanto tiempo en tomar estas medidas, sino también que el partido político que gobernó la ciudad durante 24 años tiene muy difícil argumentar su abstención.

Una sociedad que se define como democrática no puede permitirse rendir honores a personajes que, con sus hechos, fueron enemigos de los derechos y libertades. Y no es de recibo un partido político que se reclama democrático demuestre tanta debilidad por los símbolos de una dictadura.

Bien es cierto que el PP, antes AP, es un partido fundado y refundado por un exministro de Franco. Ahí está uno de los principales hechos diferenciales del partido hegemónico de la derecha española que no se acaba de desvincular del franquismo. En este sentido, el problema no es sólo de nuestra ciudad sino del país en su conjunto. En la Europa democrática sería inconcebible encontrar símbolos que homenajeen a Hitler y a Mussolini. Pero, en España, la simbología franquista está lejos de desaparecer.

Pero volvamos a Oviedo. Al mismo tiempo que se decidió la desaparición de los símbolos que rinden honores al franquismo, no estaría de más pensar en honores que esta ciudad debe rendir a lo mejor que tuvo.

¿Llegaremos a ver un recordatorio a Fernando Vela en el edificio que ocupa el solar donde nació el que fuera secretario de la ‘Revista de Occidente’? ¿Se decidirá algún día instalar un recordatorio donde estuvo el diario ‘El Carbayón’, también en la calle Uría, si los datos no me fallan? ¿Puede haber algún inconveniente en que se recuerde el lugar donde tuvo su casa en Oviedo Melquíades Álvarez en la Silla del Rey?

Y, para que no cunda el nerviosismo, me permito recordar que Vela no fue precisamente un revolucionario, que el diario ‘El Carbayón’ no se caracterizó por ser un rotativo izquierdista y que don Melquíades Álvarez, sobre todo en sus últimas etapas, se instaló en el conservadurismo, sin perder de vista, por otro lado, que fue víctima de un asesinato cruel en el Madrid de los primeros días de la guerra civil.

Buena noticia que desaparezcan los símbolos en honor al franquismo, buena noticia que tendría que ir seguida de otros honores a lo mejor que hemos tenido en Oviedo.

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Recuerdos de Oviedo: Noches mateínas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-09-2016 | 02:37| 0

“Don Quijote representa la juventud de una civilización: él se inventaba acontecimientos; nosotros no sabemos cómo escapar a los que nos acosan”. (Cioran).
“¡Qué cerca me siento de aquella vieja loca que corría tras el tiempo, que quería atrapar un trozo de tiempo!”. (Cioran).

Si algún día llega a escribirse la intrahistoria de Oviedo, se consignará que, fuera de toda duda, en las fiestas de San Mateo hay un antes y un después de los llamados chiringuitos. Hasta su irrupción, las fiestas de la ciudad, con la Herradura como referencia, eran una especie de colofón a lo grande de las incontables romerías y verbenas veraniegas que tanto se prodigan en el conjunto de la geografía asturiana. Pero, con la llegada de los chiringuitos, la cosa se transformó radicalmente. Se diría que cada uno de ellos es una fiesta, con su propia música y con una clientela que se convierte en los romeros que lo rodean, bailen o no.
Y, más allá de los tópicos que hablan de lo efímero del paso del tiempo, se diría que la época anterior a los susodichos chiringuitos se nos antoja muy lejana, muy distinta y distante a lo que son nuestras vivencias mateínas. Tanto es así que no se concibe San Mateo sin los chiringuitos.
Cuando empezaron los chiringuitos, aún vivía en la casa de mis padres en la calle Toreno, y recuerdo muy bien que la primera impresión que tuve fue que San Mateo crecía, que todo Oviedo era una fiesta. No olvidaré aquellas oleadas de gente por las calles del centro, de gentes que iban de chiringuito en chiringuito, de gente que, más que la música de las orquestas tradicionales, lo que buscaba y disfrutaba era estar en una especie de pubs improvisados al aire libre.
Por las tardes, se miraba al cielo, con el temor de que la lluvia lo pudiese estropear todo, con la esperanza de que las temperaturas fueran suaves y de que los paraguas se quedasen en casa.
Y, cuando no llovía, cuando las noches regalaban temperaturas aún veraniegas, aunque hubiese que hacer uso de chaquetas o similares, se tenía la grata sensación de que el verano se prolongaba, de que el mal tiempo nos daba una tregua, de que la diversión estaba asegurada.
Vivencias mateínas. (Entre paréntesis, vendría bien recordar que el término “vivencia” fue creado por Ortega y Gasset, traduciendo al castellano la voz alemana “erlebnis”, que tanto utilizaba el filósofo Dilthey. Una excelente aportación, sin duda). Cada chiringuito era una fiesta, era una verbena. Y, en muchos casos, a pesar de que se estaba al aire libre, no era fácil mantener una conversación fluida a resultas de los decibelios de la música que inundaba no poco; eso sí, sin inundar del todo y en principio las calles.
Vivencias mateínas. Aquella noche mágica en la terraza de la Plaza del Paraguas. En muchas mesas, ardían y temblaban velas. Ardían iluminando con discreción. Temblaban también cuando el aire de las conversaciones cogía ímpetu. Aquella madrugada en la Plaza del Paraguas, cuando la década de los ochenta iba más o menos por la mitad. Se asomaba, con la melancolía otoñal, un cierto desencanto que, por fortuna, aún no lo agriaba todo, pues estaban todavía cercanas las apuestas por las libertades, los afanes y desvelos por un mundo que tenía que ser mejor.
Aquella madrugada en la plaza del Paraguas en la que aún quedaba la música de los referidos afanes, en la que estábamos, como la década, a medio camino, todavía bien nutridos de sueños, todavía no derrotados ni definitivamente abaratados.
A medio camino, digo, cuando la ingenuidad colectiva no se había rendido ni retirado, por mucho que notase una desprotección preocupante.

Vivencias mateínas. El casco antiguo de Oviedo era una fiesta. La mayoría de las conversaciones todavía no estaban presididas por eruditos a la violeta en materia gastronómica, ni tampoco por expertos en datos económicos. No, no era así. Quedaba, aún, la música que hablaba de amor y revoluciones, que provocaba al pensamiento más reaccionario, que hacía frente a cualquier conformismo.
Vivencias mateínas. Como, si de repente, muchos de los punteos de guitarra que se habían hecho oír en bares como el Cechini reverberasen en las calles del casco antiguo, sobre aquellas fachadas antiguas que tanto y tanto asesoraban, con su melancolía incrustada en las piedras nobles y legendarias.
Vivencias mateínas. Políticos que se dejaban ver a horas, por lo general, prudenciales. Conversaciones alrededor de mesas improvisadas. Casi todo estaba empezando. Por ejemplo, la izquierda en el país, en Asturias y hasta en Oviedo. Izquierda que, para muchos de nosotros, no era sólo entonces una cuestión de siglas y etiquetas.
Casi todo estaba empezando, digo. Por ejemplo, eran los primeros años en los que ejercíamos la docencia, y, desde el principio, teníamos muy claro que no incurriríamos ni en el autoritarismo ni tampoco en lecciones magistrales monocordes dadas sobre apuntes casi ennegrecidos. No eran vísperas, sino inicios, también en las vidas personales y familiares.
Por la plaza Porlier, por los alrededores de la Catedral, por un casco antiguo de Oviedo que aún no estaba abigarrado de esculturas.
Vivencias mateínas. Esa luz de la noche, todo lo artificial que se quiera, pero nada artificiosa. Esa luz de aquellas noches en cuyos chorros parecía hacerse sitio la música que salía de los chiringuitos. Aquel brillo en las miradas de quienes disfrutábamos de las fiestas, de quienes éramos portadores de relatos que tenían en sus tramas propuestas que eran sueños personales y colectivos.
Lo escribí más de una vez: somos la generación del porro compartido, incluso formamos parte de ella quienes apenas participamos de ese ritual. Pero se trataba de compartir sueños comunes, proyectos colectivos, profesiones que eran mucho más que un horario y una nómina.
Y, en muchas de aquellas noches mateínas, sobre todo a lo largo de la década de los ochenta, la música no tenía menor protagonismo que la letra. La poesía, la mejor poesía que devorábamos, era todo un himno, con tantos y tantos registros cambiantes.
Oviedo era mucho más que la ciudad regentiana. Oviedo era una fiesta que se ponía sus mejores galas en vísperas de la estación más genuinamente asturiana: de nuestra seronda.
Vivencias mateínas. Gajos de limón en el fondo de los vasos, ya vacíos. Miradas cómplices que tanto y tanto compartían. Música que nada tenía que ver con repertorios de pachanga. Punteos de guitarra. Violines y trompetas. Perdedores, sublimes perdedores, al piano. Velas que ardían gloriosamente, como las médulas de Quevedo.
Y, de vez en cuando, algún encuentro, marcado por el encantamiento que escenificaban abrazos y besos memorables.
Vivencias mateínas que nos daban fuerza y energía cuando, ya iniciado el curso, recorríamos parte de aquellos escenarios, camino de la Facultad en la Plaza de Feijoo, e implorábamos, con mayor o menor fuerza, pero sin decaídas en el convencimiento, haber vivido fiestas sin pachanga, solos de trompeta o de flauta, acordes que estremecían, que, en mucho casos, habían sido el acompañamiento musical íntimo de conversaciones y encuentros que alcanzaban lo sublime.
Vivencias mateínas. Luna en menguante o en creciente, que resplandecía o estaba obnubilada. Pero casi siempre, casi siempre, con Pink Floyd.
Vivencias mateínas que buscaban la cara oculta de aquella luna, que, como diría Salinas, nada quería saber de azogues ni de almas cortas.

 

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Viga Azul: Pitos sin flauta (y sin flautista)
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-09-2016 | 14:13| 0

Al final, pitos. Durante la práctica totalidad del partido, ni un solo de flauta, ni un solo flautista. Salvo lances muy puntuales en el último tramo de la primera parte, la partitura azul  fue un continuo desconcierto. Y la jugada final, en la que el Reus lanzó una falta cuando ya se había consumido el tiempo de descuento, el mazazo sufrido por el oviedismo fue de antología. Se sabía que, tan pronto terminase el lanzamiento, se pitaría el final del partido. Aun así, permitieron al jugador del Reus rematar a placer y, con ello, derrotar al Oviedo.

¿Es de recibo que sucedan estas cosas, que se le ponga al equipo contrario en bandeja el triunfo? ¿De qué le sirvió a Fernando Hierro dar instrucciones en los momentos previos al lanzamiento de la susodicha falta? ¿Necesitamos más experiencias de este tipo entregando el partido a balón parado? No se perdió el encuentro a resultas de una jugada genial del adversario, sino que tal cosa sucedió por desconcentración, ello a pesar de que –insisto- estaba claro que iba a ser el último lance del choque. Decepcionante.

Ante lo acontecido, no vale esgrimir que la afición es muy exigente. Los pitos al final del partido fueron consecuencia de lo que acabo de reseñar. Si hay que buscar culpables, desde luego, no están en las gradas.

Esto, esperemos que por muy poco tiempo, va mal. Susaeta no es reconocible, ni siquiera en los saques de esquina, ni siquiera en pases que puedan ser decisivos, ni siquiera en los lanzamientos de faltas. El centro del campo es cualquier cosa menos rocoso. Las “carajas” a la hora de haces frente a jugadas a balón parado del contrario han vuelto a costarnos tres puntos.

Cierto es que de nada sirve lamentarse, que lo que toca es invertir la racha en el próximo encuentro. Aun así, las sensaciones no son buenas. La desmoralización empieza a cundir. Y aquí fallan muchas cosas.

Tampoco sirve escudarse en que van muy pocas jornadas y que, por ello, el equipo necesita tiempo para afianzarse. Llevamos jugados los mismos partidos que el resto, y otros conjuntos están respondiendo incomparablemente mejor.

Cierto es que lo que importa es cómo acaba la liga, no cómo empieza. Bien. Pero la necesidad de un cambio de rumbo en el juego del Oviedo no permite aplazamientos. Ya valió de paños calientes.

No estamos hablando de un equipo que hace un fútbol deslumbrante fuera de casa y que falla en el Tartiere por culpa de la presión. De momento, lo estamos haciendo mal en casa y a domicilio.

Por favor, un flautista. Por favor, que suene una partitura que no desafine. Por favor, ya valió de pifias. Perder el partido con el tiempo de descuento ya agotado, regalando el remate a placer del contrario es inaceptable.

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A VUELTAS CON EL ASTURCÓN
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-09-2016 | 14:05| 0

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«He adquirido mis dudas penosamente; mis decepciones, como si me esperasen desde siempre, han llegado solas -iluminaciones primordiales».(Cioran).

Leo en EL COMERCIO la noticia acerca de la reciente visita que hicieron al centro ecuestre conocido como El Asturcón el presidente del Real Oviedo y su actual entrenador. Y, a resultas de ello, mientras el alcalde explica que cualquier proyecto para ese espacio será cuidadosamente examinado por el Ayuntamiento, uno de sus socios de gobierno, IU, a través de la edil Cristina Pontón, se muestra disconforme con el regidor por no haber comunicado debidamente la referida visita.

El caso es que, más allá de que ese complejo llevado a cabo en su día por Gabino de Lorenzo termine o no por convertirse en una especie de ciudad deportiva del club carbayón, resulta inevitable recordar cómo llegó a gestarse ese enclave que, en este momento, supone una de las muchas herencias complicadas y enrevesadas del ‘gabinismo’.

Hubo un tiempo en esta ciudad en el que el alcalde Gabino de Lorenzo comparecía en alguna foto de prensa como el hombre que susurraba a los caballos, eso sí, en versión vetustense. Hubo un tiempo en el que se produjeron muchas polémicas que tuvieron su eco mediático como consecuencia del uso de aquel invento del entonces primer edil. Hubo un tiempo en el que el que parecía ir para regidor perpetuo era también empresario equino.

No está de más preguntarse qué se hizo de todo aquello, qué consecuencias tuvo para la ciudadanía carbayona y, ante todo y sobre todo, qué toca hacer ahora con la situación que se vino creando.

Recuerdo, por otra parte, que fue ‘Rivi’ el primer edil en plantear que los terrenos donde se ubican las actuales instalaciones de El Asturcón podrían interesar al Oviedo como sede de una ciudad deportiva que pudiese potenciar la cantera azul.

Y, por otra parte, la reciente visita a la que estamos aludiendo parece confirmar que los dueños del club no descartan esa operación, que, dicho de paso, podría ahorrar dinero público a las arcas de nuestro Consistorio en un momento como éste en el que, además de la crisis económica que padecemos, tendrá que hacer frente a desaguisados como el de Villa Magdalena.

Hace mucho tiempo que Gabino dejó de ser el hombre que susurraba a los caballos, hace mucho tiempo que el despilfarro y los sobrecostes en los que no sólo incurrió el actual delegado del Gobierno, pasaron forzosamente a la historia.

Tal vez por eso convenga hacer memoria, balance, recuento, como se quiera decir, de una época en la que la política de esta ciudad estuvo marcada no sólo pos dispendios económicos, sino también por caprichos y arbitrariedades que en su momento no tuvieron la respuesta adecuada.

Y conviene hacer ese balance, entre otras muchas cosas, por la necesidad de dejar muy claro cómo no debe manejarse el sagrado dinero público, sagrado dinero público que determinados discursos reclaman, incomprensible y escandalosamente, como suyo.

Estoy seguro de que, al repasar determinados lances del ‘gabinismo’, no sólo se echan las manos a la cabeza quienes en todo momento tuvieron las ideas claras, sino también gran parte de la ciudadanía que, por múltiples motivos, no llegó a reparar en ello.

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Recuerdos de Oviedo: Aquel concierto de Serrat en la Plaza de Toros
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-09-2016 | 22:55| 0

“Los ojos guardan algo/ que palpita en la voz”. (Vicente Huidobro).

“Mi tibio rincón, / mi mejor canción, / mi paisaje”. (Joan Manuel Serrat “Poema de amor”).

San Mateo, 1984. Aún no había anochecido cuando Serrat inició su concierto “golpe a golpe”, “verso a verso”, esto es, con Machado, con el camino que se hace al andar. Acaso el mejor comienzo posible para quienes, desde la adolescencia, veníamos siguendo la trayectoria de uno de los grandes cantautores que para mucho de nosotros era una de las principales referencias.
La plaza de toros presentaba ya entonces un estado de conservación manifiestamente mejorable. Pero estábamos allí para escuchar a alguien que admirábamos con todas nuestras fuerzas.
¿Cómo olvidar aquellos conciertos en los que determinadas canciones provocaban, tan pronto se oían sus primeros acordes, que, masivamente, se encendiesen mecheros con los que se escenificaba la liturgia obligada de rendir culto a algo que ponía música y letra a nuestra educación sentimental? Hermosa e inolvidable liturgia la de los mecheros. Las manos ardían, primero por el calor que desprendían los encendedores. Segundo, por los aplausos, fervorosos, que lanzábamos a resultas de un entusiasmo febril y, en ocasiones, delirante.
Y, entre las canciones tradicionales de Serrat que despertaban la liturgia de los mecheros, estaba el poema machadiano “La saeta”. Confieso que siempre me llamó la atención que no solía repararse en que el autor de “Campos de Castilla” lo que hace en el referido poema, convertido por la música de Serrat en canción de culto, no es precisamente halagar esa expresión de religiosidad de la tierra suya. Pero ésa es otra historia.
Serrat, en 1981, había sacado un disco cuyo tema estrella era “Hoy puede ser un gran día”, especie de himno al carpe diem. “En tránsito” era el título de aquel disco, título muy acorde con los tiempos. Recuerdo que interpretó canciones del referido álbum musical en el concierto mateíno que estoy evocando.
Y recuerdo también que, antes de interpretar canciones en catalán, las traducía. Memorable la letra de la canción que dedicaba a su mar Mediterráneo, invitando a que se reflexionase acerca de las consecuencias de la contaminación que lo convertía en una cloaca.
Fiestas mateínas en las que, como bien se sabe, el verano estaba cerca, no sólo por lo que marca la estacionalidad, sino también por los recuerdos más recientes. De hecho, seguía siendo verano, escuchando a Serrat en directo, disfrutando de las fiestas de San Mateo, sin lluvia.
Y frente a aquellas canciones insultantemente horteras y hasta ñoñas, cuando no afrentosamente vulgares, que se convertían en “la canción de verano”, puedo decir que hay una legendaria canción de Serrat, “Poema de amor”, que ponía música al verano, que nos llevaba a la playa en noches de ensueño, que escenificaba vivencias memorables, que era el himno de lo soñado que en algún momento, prodigioso y delirante, se hace realidad. Noche en el mar, niebla que envuelve, versos que encienden, acordes que ponen música a delirios portentosos.
Pero regresemos a aquel concierto de San Mateo en la Plaza de toros de Oviedo. Aute, tras el concierto “Entre amigos”, de 1983, había dejado de ser un cantautor minoritario. Y resultaba inevitable compararlo con Serrat. Más intimista y metafórico el primero, letras más elaboradas, frente a un Serrat que se decantaba más por el costumbrismo, de un costumbrismo al que, por cierto, convertía en canciones que despertaban una ternura memorable, pensemos en “Currito el palmo”, cuya historia está maravillosamente cantada y contada.
Y, siguiendo con Aute, al haber participado Serrat, en el concierto “Entre amigos” cantando el tema que lleva por título “de alguna manera tendré que olvidarte”, era, como digo, insoslayable comparar a ambos. Serrat tenía entonces, cuantitativamente hablando, mayor recorrido en nuestra educación sentimental, mientras que Aute había sido uno de los regalos estéticos más importantes de aquellos primeros años 80. De hecho, había canciones de Aute que hasta entonces eran más conocidas en otras voces como las de Massiel y Rosa León.
Primeros años ochenta en los que los cantautores no sólo llenaban los aforos de los conciertos, sino que además reverdecían antiguos éxitos. Primeros años ochenta en los que éramos conscientes de la deuda impagable que teníamos con los cantautores que tanto nos habían acompañado en nuestros afanes y desvelos en busca de sueños personales y colectivos en aquellos tiempos de grandes esperanzas.
“Esos locos bajitos” ¿Cómo olvidar el preámbulo que Serrat hizo antes de interpretar esa canción en el concierto que estoy relatando? Los niños, condenados inexorablemente, a dejar de serlo, esto es, a ser perdedores. ¿Cómo olvidar los acordes de aquella canción en la que su autor e intérprete le decía a alguien “soy sinceramente tuyo”? ¿Cómo no recordar aquella otra canción en la que la vida, a veces, nos saca a bailar propiciando lo mejor de nosotros mismos, en la que la vida, en cambio, en otras ocasiones, nos deja derrotados y contritos? ¿Cómo no tener presente en determinados momentos era desiderata tan asumible que habla de lo fantástico que sería que heredasen los desheredados y que, además de otras cosas, ese “tú”, que parecía remitirnos a un extraordinario poema de Pedro Salinas, fuese el imaginado y el soñado?
Aquel concierto de Serrat en el que no pudo celebrarse tras su conclusión un encuentro con la prensa, pues salió casi de inmediato para Logroño donde se le esperaba, seguro que no menos avidez que en Oviedo.
Aquel concierto de Serrat. Canciones de amor sin sentimentalismo. La palabra de Machado y de Miguel Hernández con la voz y con música del cantautor que tanto contribuyó a una mayor difusión de poetas tan gigantescos.
Aquel concierto de Serrat. Por la noche, en una terraza del Antiguo, el mechero que había sido instrumento de la liturgia de las canciones memorables, estaba sobre la mesa, encima de la cajetilla. Mechero rojo que había sido utilizado para momentos de culto. Apetecía acariciarlo, apetecía contemplarlo con mimo.
Por la noche, en una terraza del antiguo, quedaba, que diría Aute, la música. Y la música en algún momento nos transportó a una playa, en la que, gracias a la marea baja, unas rocas sirvieron de asiento para escuchar el mar, para que la vista intentase avistar el cielo sorteando la niebla, para que el poema de amor de Serrat se escenificase una vez más, porque, también, la vida se soltaba el pelo y nos sacaba a bailar.
Y, en efecto, no había camino; en este caso, lo abrían nuestros pasos dejando huellas en la arena, oro molido que a veces brillaba.

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Apuesta por Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-09-2016 | 07:24| 0

«Avilés, Oviedo y Gijón forman el triángulo central en que se plasma el espíritu de la región: son las tres potencias del alma de Asturias: Avilés, la memoria; Oviedo, el entendimiento, y Gijón, la voluntad». (Valentín Andrés Álvarez).

«Ya no hay pretexto de que Oviedo no tiene quien le escriba con independencia de criterio»

Cuando determinados excesos del ‘gabinismo’ pasan factura, cuando ciertas mudeces, cegueras y sorderas mediáticas ya no tienen viabilidad posible, cuando a Oviedo le toca forjar proyectos para unos espacios que se quedaron sin uso, EL COMERCIO pone en marcha su apuesta carbayona, llevando a los quioscos cada día una edición de y para esta ciudad. Semejante iniciativa es una excelente noticia para la capital asturiana no sólo por la profesionalidad y el prestigio del equipo periodístico que llevará a cabo semejante tarea, sino también porque el público lector tendrá a su disposición informaciones veraces y contrastadas, así como opiniones plurales acerca del acontecer vetustense.

No sólo no habrá maniqueísmo ni en la información ni en la opinión, sino que además no tendrá cabida el pretexto de que Oviedo no tiene quien le escriba con independencia de criterio y con un irrenunciable compromiso de servir al público lector, frente a intereses personales o partidistas.

La edición de Oviedo de EL COMERCIO será, sin duda, una herramienta muy útil para una ciudad que necesita dar soluciones a problemas que exigen respuestas inmediatas. Pensemos en los terrenos y edificios del antiguo Hospital, pensemos en la antigua fábrica de gas, pensemos en los solares de El Vasco, pensemos en la plaza de toros, y así sucesivamente.

A veces, un periódico puede ser el instrumento de debate más útil con que puede contar la ciudadanía democrática. Para ello, sólo hacen falta dos cosas: independencia frente a todo tipo de presiones y dar el protagonismo al público lector para quien está concebido.

Ciertas consignas victimistas que hablaban de cercos a Oviedo ya se quedaron atrás, por falaces y quejumbrosas. Cierto grandonismo que se llevaba a cabo sin pensar en que se estaba hipotecando el futuro de la ciudad está mostrando ahora sus consecuencias. Ciertos apoyos que no separaban bien la información de la propaganda producen, a poco que pensemos en ello, bochorno y frustración.

Hora es de sacudirse rémoras. Hora es de mirar hacia adelante, hora es de asumir los afanes y desvelos que Oviedo concita y que la ciudadanía debe, al mismo tiempo, exigir y exigirse.

Pues bien, todo ello coincide con el arranque de la edición de Oviedo de EL COMERCIO. Y estoy convencido de que este periódico no regateará esfuerzos para desempeñar su papel en el día a día de una ciudad a la que le toca, en gran medida, reinventarse, con lo que ello conlleva de inquietante, pero también de motivación.

Pues bien, estamos hablando de una apuesta periodística que se implicará de lleno en estos nuevos tiempos que vive una ciudad que necesita debates, respuestas y soluciones.

La edición de Oviedo de EL COMERCIO se abre paso en semejante situación y pide el protagonismo que le corresponde a un periódico, esto es, ser la voz y el eco de la sociedad de la que se ocupa, ser la voz y eco de la ciudadanía que, leyendo el diario, se lee a sí misma. Ser las voces y los ecos plurales, diversos y hasta dispersos del conjunto de sus lectores.

Ser, en este caso, la palabra, con su letra y música, de Oviedo.

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Viga Azul: ¿Paciencia o resignación?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-09-2016 | 12:11| 0

Hierro, desde el inicio de la Liga, viene insistiendo en que el equipo aún está en rodaje, que hace falta tiempo para que los jugadores se encuentren más coordinados y que, hasta diciembre, ningún conjunto se consolida, sobre todo si, como es el caso, ha habido muchos cambios.

Lo cierto es que ya acudimos al Carlos Tartiere con la paciencia que llevamos de casa. Paciencia para que se vea un mejor estado de forma, especialmente en algunos jugadores, como es el caso de Susaeta. Paciencia para que se observe mayor solvencia defensiva. Paciencia, sobre todo, para que podamos disfrutar de partidos en los que se nos deleite con jugadas bien trenzadas a base de pases que lleven el balón arriba con el consiguiente peligro.

Lo cierto es que el Mirandés fue un equipo muy ordenado atrás, aunque, por fortuna, no se le vio demasiada ambición a la hora de atacar. Lo cierto es que sería de agradecer que, desde el centro del campo, hubiese un director de orquesta que fuese el punto de partida para las jugadas ofensivas.

Lo cierto es que ya no estamos muy lejos de pasar de la paciencia a la resignación. Y no ya por los resultados, sino sobre todo por las lagunas que muestra el equipo. En Mallorca, por ejemplo, fue imperdonable la falta de mordiente, con un Toché que estuvo solo la práctica totalidad del partido. En el partido de Copa en Murcia hubo fallos defensivos clamorosos más achacables a faltas de concentración que a lances desafortunados en el juego.

Y, ayer, sin que el Oviedo jugase un mal partido, se puso de manifiesto que el camino para lo deseado y, en alguna medida prometido, se nos fía muy largo.

Cierto es que Toché dispuso de ocasiones en las que, de haber estado un pelín más precisa su puntería, el gol del triunfo hubiese sido realidad. Cierto es que el Tartiere fue una fiesta cuando salió Michu al campo, fiesta que no se pudo celebrar por todo lo alto, porque, en muchas jugadas de ataque, daba la impresión de que el resplandor y esplendor del sol de la tarde cegaban la precisión en el último momento de la jugada previo al gol.

Daba la impresión, en efecto, de que la artillería ofensiva del Oviedo estaba mojada a pesar de la tarde tan veraniega.

Lo dicho: la fase la paciencia ya está avanzada. Por tanto, deseamos con ahínco no llegar a la etapa de la resignación, con las ilusiones y esperanzas a ras de suelo.

No hay que incurrir en el desánimo, por supuesto. Pero el equipo y, sobre todo, el cuerpo técnico deben ser muy conscientes de que las fases, en este caso la de la paciencia, tienen un tiempo y unos plazos.

Y que no deben agotarse.

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Recuerdos de Oviedo: La Plaza del Sol
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-09-2016 | 22:25| 0

“Me atrevo a dar el consejo de escribir, porque es agregar un cuarto a la casa de la vida”. (Adolfo Bioy Casares).

El primer recuerdo que tengo de esta plaza es la niebla. Era una tarde de invierno. Habíamos dado un paseo por el Fontán. Y, al llegar a las inmediaciones del Ayuntamiento, recordé una conversación en la que se hablaba de una historia relacionada con el palacio que da vida a la Plaza del Sol, una historia que, llegado el momento, me daría claves importantes para descifrar parte de la vida de un antepasado en el que me interesé hasta el extremo de novelar su trayectoria, que era, a decir verdad, muy enigmática y melancólica, llena de episodios inquietantes y cercenada por un montón de cabos sueltos.
Plaza del Sol. ¿Por qué ese nombre en Oviedo? ¿Por qué ese nombre en Asturias? Lo cierto es que lo más llamativo que tiene es su tamaño, pequeño, como casi todo lo nuestro, una plaza que, además, no cabe concebir sin el señorial inmueble que la habita. Una plaza que parece diminuta como esparcimiento, no ya para la ciudad, hablando en términos históricos, sino incluso para la casona que la preside, que seguro que siente cierta asfixia y que parece buscar respiro calle abajo, como si esas escaleras que la circundan marcasen la salida y el alivio. Como si esas escaleras señalasen la finca que reclama, el solar que le pertenece, solar que tiene que ir mucho más allá de los límites que marca la Plaza propiamente dicha.

A veces, al pasar por allí, tuve una extraña sensación: como si la Plaza del Sol fuese un vestíbulo dentro de una vieja ciudad amurallada y la casona estuviese allí, como un mueble demasiado grande para tan reducido espacio. Y el contraste entre lo grande y lo pequeño fuese el mayor atractivo de este lugar al que, estoy seguro, contemplan los siglos.
Pero es que hay más: no sólo le falta espacio a tan señorial construcción, le falta también protección, muros que preserven su intimidad, muros que la aíslen del devenir cotidiano. ¿Y esos muros que parece buscar no serán los de la muralla de Oviedo, que ni se cierra ni se abre, pues de ella sólo quedan restos atestiguándola?
¡Cuánta melancolía! ¡Cuánto desajuste entre el pasado y el presente!
Plaza del Sol, que marca el vacío entre el pasado y el presente, entre un pasado y un presente al que le faltan caminos y espacios para ser transitados con solución de continuidad.
Bien mirado, ¿no es cierto que la plaza que estoy describiendo se manifiesta –y mucho- como una poderosa metáfora de las dificultades que tiene redondear una historia, cerrando las fisuras, resolviendo los cabos sueltos, una historia lineal sin claros, sin vacíos, sin sendas sepultadas? Poderosa metáfora, digo, de un pasado que no se muestra a la vista y que, al mismo tiempo, lo que aún permanece en pie llama a gritos.
La niebla, digo, como protagonista, mientras el sol sólo estaba en la denominación de la plaza. Y, con esa niebla, envolviendo la plaza y su inmueble, se apoderó de mí la curiosidad por rescatar los fantasmas que en su día la habían habitado, por concebir situaciones que se habían producido intramuros, convirtiendo las siluetas en seres reconocibles, poniéndoles voz y reconstruyendo conversaciones y gestos.
La niebla dio paso a una lluvia, que, sin volverse intensa, llegó a ser persistente, lo que me llevó a dejar para otro momento mis incursiones literarias. Fui a un café cercano en la calle Cimadevilla. Tuve la suerte de que estaba libre una mesa muy cerca de la entrada. Desde allí, pude observar que la lluvia no cesaba, al tiempo que los paraguas iban y venían con cierta parsimonia.

Fui dejando atrás la historia del antepasado y, centrándome en el momento, me resultó divertida la paradoja de que aquella vivencia que había tenido en la Plaza del Sol se encontrase tan lejos de hacer honor a su nombre.
Plaza del Sol, pues, avistada en una jornada neblinosa. Plaza del Sol, escenario de una trama novelesca. Plaza del Sol, en una suerte de especial viaje a un pasado cuyo acceso sólo puede ser posible mediante reconstrucciones literarias.
Andando el tiempo, en aquellas noches por el Oviedo antiguo en las que no había prisa, en las que las conversaciones se prolongaban sin que nadie mirase el reloj, en las que casi siempre nos acompañaban libros sobre las mesas y mostradores, en las que la actualidad resultaba muy difícil de separar no sólo de referencias al pasado, sino también y sobre todo, de posibles (y muy deseables cambios) que no podrían demorarse mucho.

En aquellas noches por el Oviedo antiguo, digo, acostumbraba a asomarme a la Plaza del Sol cada vez que pasaba cerca, siempre con el mismo recordatorio sobre el antepasado al que ya hice mención. Y, sobre todo, me planteaba la historia de aquel edificio, que, a decir verdad, siempre me lo imaginé por dentro destartalado.
Y, en efecto, la primera vez que puse los pies en su interior, cuando lo habían convertido en la sede de la Consejería de Cultura, la realidad confirmó lo que me había imaginado. Se percibía con claridad que aquellas estancias no estaban adaptadas a su destino, a ser sede de una dependencia institucional, aquello, por dentro, era más casa que oficinas. Se diría que la voluntad de sus muros era muy otra.
Muchos años después, antes de que la sede de la Consejería de Cultura se trasladase al Calatrava, la última vez que estuve en el edificio de la Plaza del Sol, fui a parar a una oficina pequeña, eso sí, con los techos muy altos. Y, una vez más, tuve la sensación de que había una tremenda distancia entre el marco y el cuadro.
Al salir de allí, con el pertinente registro de entrada sellado en los papeles, un sol, todavía raquítico en las postrimerías del invierno, animaba la jornada.
La Plaza del Sol seguía con sus desajustes que los siglos no habían resuelto.
Ni resolverán.

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Vísperas mateínas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-09-2016 | 14:28| 0

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«En la noche y la trasnoche, / y el amor y el transamor, / ya cambiados/ en horizontes finales, / tú y yo, de nosotros mismos». Pedro Salinas.

Vísperas mateínas, cargadas, como va en el guion, de polémicas. No es esto lo que sorprende, pero sí resulta llamativo que se reproche a los organizadores problemas y asuntos no resueltos que vienen muy de lejos en el tiempo y que, durante muchos años, ni tan siquiera se nombraron. Ya se sabe que todo pretexto es bueno para culpar al antagonista de cuantos males haya memoria.

Pero, por un momento, dejemos la política y sus polémicas. Pero, por un momento, pensemos en las fiestas que están a punto de llegar, fiestas que coinciden con el fin de un verano al que Oviedo despide por todo lo alto, con sus chiringuitos y conciertos, con sus aglomeraciones por el Antiguo, con sus conjuras y conjuros contra el cansancio y lo madrugones.

Fíjense: literariamente, somos una ciudad otoñal. Así, ‘La Regenta’. Fíjense: las fiestas mateínas tienen su día grande que coincide con el fin del verano. Y todo fin de ciclo, en este caso de estación, merece ser festejado contra la melancolía que nos habita, contra la melancolía que, ya avanzado septiembre, apodera el paisaje astur. Me gusta el Oviedo bullicioso de las fiestas mateínas. Me gustan esas noches que se alargan como si al día siguiente no hubiese que madrugar. Me gusta ver que las piedras y muros de la ciudad recobran vida y que se engalanan sin perder del todo su propia luz.

Vísperas mateínas que tienen la magia de propiciar que el verano se alargue, que los decibelios que se hicieron oír a lo largo del verano por las innumerables fiestas que hay en toda Asturias se concentren en el cogollo carbayón.

Vísperas mateínas en las que los recuerdos se agolpan. Tómbolas en  el Paseo de los Álamos. Barracas en las proximidades del ‘Campo Maniobras’ (sin preposición). Algodón en rama. La bruja que proporcionaba un prospecto, creo que de color azul, en el que venían vaticinios que no tenían mucho interés. Manzanas acarameladas. Coches de choque. Un tiro al blanco muy cerca del Instituto Alfonso II. Fue el de mi estreno. Andando el tiempo, todo aquello se trasladó a las cercanías de San Pedro de los Arcos.

Por otra parte, ¿cómo no recordar la música que sonaba hasta la madrugada en los Jardines de la Herradura, música que entraba en nuestra casa cuando vivíamos en la calle Toreno?

Pero, a decir verdad, tras la presencia de los chiringuitos, se consolidó un modelo de fiestas mateínas, con sus ventajas e inconvenientes, pero que, con todo, es algo que está muy asentado y que define las fiestas de nuestra ciudad.

Más allá de las polémicas, la música, el trasiego, las piedras nobles que también se suman a la fiesta. Y, ante todo y sobre todo, las noches, con esos fuegos artificiales en los que el oro molido de su caída es un canto de cisne estremecedor.

Las noches de música, conversaciones y poesía.

Las noches que, a veces, son un poema.

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