El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: La Muralla.
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-11-2016 | 01:15| 0

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“Este temporal a destiempo, estas rejas en las niñas de mis/ ojos, esta pequeña historia de amor que se cierra como un/ abanico que abierto mostraba a la bella alucinada: la más/ desnuda del bosque en el silencio musical de los abrazos”. (Alejandra Pizarnik).

“Lo visible es un adorno de lo invisible”. (Juarroz). .

La muralla, la vieja muralla de Oviedo. ¡Qué desapercibida pasa, a pesar de su altura! A primera vista, y a poco que se conozca lo que es Asturias, si caminamos a su lado, nos parece que es un viejo y alto paredón que en su día cercaba una enorme finca y protegía no se sabe bien qué mansiones. Pero, al transitar por Vetusta, no se tiene la sensación, ni de lejos, de estar atravesando una ciudad amurallada, lo cual resulta muy paradójico si pensamos en el síndrome de insularidad existencial que está en el hondón de Asturias, que está en nuestros arcanos como tierra y como pueblo, con o sin bucles melancólicos.

La primera referencia literaria que recuerdo a la muralla de Oviedo proviene de una novela de Palacio Valdés, “El Maestrante”, donde nuestra ciudad recibe el nombre de Lancia. Y debo confesar que ni esa novela ni ese autor despertaron nunca en mí entusiasmo alguno.
Distinta cosa es aquel recorrido con la muralla de Oviedo por la calle Paraíso. Fue una noche de diciembre a principios de los ochenta, una de esas noches invernales en las que el viento sur le juega una mala pasada a la estacionalidad y paraliza el frío, generando en el paisaje y en el paisanaje confusión a todo trance.
Al pie de la muralla, un verde musgoso castigado por las heladas y las lluvias, mustio, como en letargo, a la espera de la estación primaveral. La luna estrenaba su creciente, parecía un gajo de limón colgado sobre un cielo con pocas y dispersas nubes.
La cazadora daba calor y me pesaba. Mientras, me preguntaba dónde acabaría el paredón que tenía al lado. No sólo era consciente de que aquello había cercado algo que se había ido desparramando por la ciudad sin freno alguno, sino también de que en la misma muralla faltaba mucho, sólo quedaban trozos, sin apenas trazos, además, sin nada que sustentar, desprovisto de aquellos detalles que eran como la guinda del pastel. Por ejemplo, almenas.
Tras el periplo, fuimos a un pub. Y hablamos de la muralla, que tan cerca la teníamos de nuestra Facultad y que, sin embargo, su presencia se hacía notar tan poco, y su irrelevancia en nuestra atención no venía motivada por cuestiones visuales, sino por causas acaso mucho más profundas, como si lo que hubiera intramuros fuese muy posterior a aquello que había cercado en su momento, como si hubiese un desfase irresoluble entre los restos de la muralla y todo lo que tenía a su alrededor.
Acaso la muralla era como la Edad Media, una desconocida, más allá de los cuatro topicazos que se repetían en todos los manuales.
Y, de repente, caímos en la cuenta de la soledad de la muralla, soledad triste que atestiguaba el musgo ajado que la acompañaba y marcaba su presencia. Y, de repente, caímos en la cuenta del encanto estético que, como ruina, tenía la muralla, como ruina y, tal vez, como presencia única de una ciudad que ya no existía y que resultaba dificultoso reconstruir con la imaginación por muy auxiliada que ésta estuviese en los datos.
Melancólica y solitaria muralla, tan melancólica y solitaria como aquella chica a la que habíamos visto minutos antes apoyada en ella, como si temiese derrumbes anímicos que parecían cernirse sobre ella.
Muralla muda y sorda, de algún modo invisible, a pesar de su envergadura, jugarreta de la historia que nos la ponía delante para que le diésemos significado, para que buscásemos sus días de esplendor. Y, de algún modo, aquella muchacha a la que habíamos visto en nuestro recorrido era una especie de metáfora viviente de la referida melancolía, de aquella soledad, de aquella ausencia de cosas cercanas que realzasen su significado.
¿Ruina de qué? ¿Ruina de quién? Demasiado grande para considerarla reliquia. Demasiado sola para vincularla al resto de la ciudad. Piedras, legendarias piedras, fuera de su tiempo, testigo sin registro y código para hacerse entender. Algo muy grande y lejano, escenificación de la soledad.
La muchacha que se apoyó en la muralla, ahogando, no sabíamos bien si vómitos o llantos, acaso necesitaba imperiosamente ser escuchada y atendida. Ya digo: metáfora viviente: la congoja.
Asimismo, nos planteamos que la muralla de Oviedo jugaba al escondite, o que, más bien, era la historia la que jugaba al escondite con ella. Pensamos en el pequeño trozo que había al otro lado, en la plaza de Riego, trozo que, a la vista, más que reliquia de otra época, se diría que sí estaba incorporado a la ciudad como algo muy posterior a lo que se dejaba ver en la calle Paraíso.
Piedras juntas en su día. Sin embargo, ahora desgajadas. Solitario lo grande, lo que se ve en la calle Paraíso; protegido y protector lo pequeño lo que asoma en la plaza de Riego.
Entonces, ¿quién jugaba al escondite: la muralla con la historia, o, era, por el contrario, la historia con la muralla?
Calle Paraíso. En otra ocasión, en pleno día. Pero, a pesar de que la luz natural no estaba obnubilada aquella mañana por las nubes, la muralla seguía compareciendo totalmente ajena a lo que había sido nuestra Facultad. La maleza que quería apoderarla era como la historia: la quería cubrir, invadirla.
Plaza de Riego, una noche de junio, corta, de las más cortas del año. Bullicio de final de curso: aquel abrazo de despedida hasta muy entrado septiembre. Aquella música de Pink Floyd que tanto y tanto nos invocaba y nos convocaba. Aquellos versos de Claudio Rodríguez, marcados por una ebriedad clarividente. Aquellos destellos de una historia de amor verso a verso. Aquella etapa de la vida golpe a golpe. Aquel libro de Machado con las páginas amarillentas, con los versos subrayados. Aquel Oviedo, de un tiempo y un país, que aún no había abaratado los sueños.
Aquella noche tan corta. Aquella noche vivida, según el pensamiento de Bergson sobre el tiempo, con tanta omnipresencia en la poesía de un siglo que se iba y que, al mismo tiempo, quedaba entre nosotros. Nos poseía.
Alguien se preguntó acerca del nombre de aquella calle, calle Paraíso, ni natural ni artificial, sino mágico, poderoso y, sobre todo, onírico.

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Ese semáforo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-11-2016 | 00:40| 0

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«Ya no espero que pase la tormenta, aprendí a caminar bajo la lluvia». (Nietzsche).

La historia es muy reciente, sucedió en una de esas primeras tardes de noviembre anteriores al pasado fin de semana, tardes que fueron un regalo que nos concedió el verano prorrogándose y prologándose. Tardes que, de otro lado, fueron el prólogo de la invernada que nos asoló hace muy pocos días.

La historia es muy cercana, tuvo lugar en el cogollo mismo de Oviedo, en el semáforo que comunica el Paseo de los Álamos con la calle Milicias, atravesando Uría.

Hacía calor, y, teniendo en cuenta lo que es la relatividad del tiempo, a quienes esperábamos para cruzar peatonalmente, la espera se nos hizo larga. No hacía falta decirlo con palabras, lo expresaban los semblantes. Una mujer elegante, de mediana edad, que vestía una chaqueta roja con envidiable hechura, echaba pestes contra el “tripartito”, (así es la denominación con la que continuamente se llama al Gobierno municipal de Oviedo) por el “plan” que tenían para reducir el tráfico en  los alrededores del Campo de San Francisco.

Me pareció contradictorio que, por un lado, se mostrase impaciente en espera de que el semáforo se pusiese en verde y que, por otra parte, rechazase a priori que se estudie la forma de aliviar esas calles de coches para favorecer el tránsito peatonal, para hacerlo más cómodo.

Acto seguido, su interlocutora, que no parecía estar muy dispuesta a contradecirla, añadió que, “con lo guapo que estaba Oviedo gracias a Gabino, a éstos sólo les quedan inventos y cosas raras para hacerse notar”.

Así pues, no se tenían en cuenta ni los pufos a los que tenemos que hacer frente, ni la abigarrada estética gabiniana que creó escuela en Asturias, ni las formas chuscas con las que se gobernó la ciudad durante casi dos décadas y media. Ante todo, los tópicos y el maniqueísmo.

Por fin, el semáforo se puso en verde. Unos jóvenes estaban abstraídos con sus respectivos móviles esperando el autobús en la marquesina de la calle Uría. La terraza de la Mallorquina estaba llena de gente. Dos chicas flanqueaban a Allen posando para una foto que les hizo desde un móvil un transeúnte a quien le pidieron que inmortalizase tan memorable instante.

Iba por la calle Milicias camino de la plaza del Carbayón cuando sonó mi móvil. Un antiguo compañero de colegio acababa de verme pasar  en el momento en que abandonaba la terraza del establecimiento al que acabo de hacer mención.

Nos saludamos, con ese “decíamos ayer” que es tan propio entre los amigos de la infancia. Me pidió que lo acompañase hasta su coche que tenía aparcado en la calle Toreno, para mostrarme una foto de nuestra adolescencia en el curso en el que coincidimos a los trece años, aquel tercero de bachillerato del que, académicamente, compartíamos un amargo recuerdo de un profesor de matemáticas profundamente antipático.

De vuelta, en el semáforo, también la espera se nos hizo larga. Tras un silencio breve, la luz verde nos dio paso. Apenas habíamos dejado la acera, cuando un motorista que pasó en rojo a toda velocidad, a punto estuvo de atropellar a una señora mayor que caminaba despacio apoyándose en un elegante bastón.

Me pregunté si aquella ciudadana sería una incondicional votante de Gabino de Lorenzo.

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Viga Azul: Crecimiento
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-11-2016 | 06:46| 0

A decir verdad, hasta el encuentro frente al Lugo, si bien la última racha de resultados era excelente, el juego del equipo estuvo muy lejos de despertar entusiasmo. Sin embargo, tengo para mí –y ojalá acierte- que el último partido en el Carlos Tartiere, aun sin ganar, consolida al equipo, y lo veo así porque en los primeros minutos de la segunda parte, el Oviedo, a pesar del campo y del árbitro, jugó con ambición y mordiente, logrando abrumar al contrario y arrinconarlo en su defensa, a la veces, a la desesperada.

Recibimos un gol en una jugada desgraciada, tanto como la que nos benefició el pasado domingo en Murcia. Por tanto, Verdés pudo desquitarse, al transformar el gol del empate, de la mala fortuna en el tanto local, cuando desorientó por completo a Juan Carlos. Y, sin duda, el gol de Oviedo, dos minutos antes de que se cumpliese el tiempo reglamentario, hizo justicia al empuje, la lucha y la ambición del conjunto azul.

Ante el Lugo, el empate no supo a poco, y ello fue así porque el Oviedo no se hundió, no dejó de luchar y arrinconó a un rival con oficio que no pudo consolidar su ventaja. Por ello, cabe suponer que el conjunto de Hierro ya forma un bloque sólido, y tiene claro que su papel en este campeonato va más allá de un mero cumplimiento del expediente.

A estas alturas, lo que importa –perdón por la perogrullada- no es la clasificación, sino la solidez que el Oviedo viene mostrando, una solidez que no se basa en un juego deslumbrante, ni siquiera coordinado entre líneas, particularmente, entre el centro del campo y la delantera. El juego y la coordinación son, sin duda, mejorables.

Dicho esto,  creo que hay motivos fundados para el optimismo. El Oviedo es un conjunto seguro atrás, y con jugadores calidad en el resto de las líneas. Y, por otro lado, se demuestra cada domingo que todos los futbolistas están concentrados en su tarea y concienciados de que deben rendir al máximo. La intensidad no falta.

Por otra parte, me da la impresión de que Susaeta, poco a poco, va ganando en forma física, y, como bien se sabe, se trata de un jugador que es muy importante por su calidad y por su concurso en el balón parado. Por tanto, es de esperar que su mejor versión esté por llegar en lo que resta de temporada.

Así pues, creo que el equipo está en fase de crecimiento, que la buena racha que llevamos no obedece sólo a golpes de suerte. En fin, que hay motivos para la esperanza, al menos, desde el pragmatismo.

Que así sea.

 

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Recuerdos de Oviedo: Penúltimos guateques
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-11-2016 | 23:24| 0

“Nada será que no haya sido antes. / Nada será para no ser mañana. / Eternidad son todos los instantes, / que mide el grano que el reloj desgrana.” (Valle-Inclán).

“Paciencia, forma menor de desesperación disfrazada de virtud”. (Ambrose Bierce).

Prometo que no pretendo ser aguafiestas, sino dar cuenta de vivencias, eso sí, sin empalagos melodramáticos. Y, miren, lo cierto es que lo que yo recuerdo de los guateques se parece mucho a las melancólicas tardes de domingo. Para ser más precisos, diría que, si bien se organizaban semejantes festines para combatir las tristezas de las tardes dominicales, al final, lo que sucedía era que los disgustos, las angustias, las sesiones plañideras, los números que montaban las personas que se sentían incomprendidas y desamparadas resultaban antológicos. ¡Cuánto mejor hubiese sido que cada cual se quedase en su casa penando las congojas dominicales! Al menos, en muchos casos nos hubiésemos ahorrado escenas y escenificaciones empalagosas..
Domingos, horas vespertinas, digo. Siempre había alguien que aquella tarde tenía su casa libre porque sus padres estaban de viaje, o en la casa de veraneo. Y ese alguien organizaba el sarao, o sea, el guateque. Pero, de entrada, había que tener todo tipo de precauciones, bien con el vecino “repunante” que podía chivarse y quejarse por el volumen de la música, bien por el hermano o la hermana de quien ejercía de anfitrión que sufría una crisis amorosa y estaba encerrado en su cuarto y no había que molestar. O sea, que lo previo era ya un aviso de dificultades.
A pesar de todo, la fiesta comenzaba. Siempre había algún experto a la hora de seleccionar la música, generalmente suave para no molestar al vecindario, también para crear la atmósfera que estaba en el guion, al menos, en el guion desiderativo. Siempre había una mesa donde estaba la bebida. Siempre había rincones de charla, más o menos psicoanalítica.
Luz en penumbra, visillos que tapaban las ventanas, calor humano, mucha concentración de humo del tabaco, canapés que no solían ser muy variados. Las mesas de comedor se apartaban para convertir aquello en una especie de salón de baile improvisado.
Se ligaba, sí, pero mucho menos de lo que figuraba en los relatos. Y, salvo excepciones, siempre había quien estropeaba la fiesta. A veces, por los estragos que causaba la bebida. A veces, porque la misma bebida desinhibía, no en el sentido más tórrido que imaginarse cabe, sino la capacidad, infinita de algunas personas, de llorar sus penas, bien fuesen amorosas, bien fuesen por problemas familiares, bien fuesen por asuntos relacionados con los estudios. Y aquello lo trastocaba todo.
Pero, claro, si alguien rompía a llorar, o si, en todo caso, se dedicaba a explayarse a la hora de expresar sus penas, a resultas de ello, alguna de las personas invitadas tenía que hacer de acompañante y abandonar la fiesta, desgracia no sólo para quien le tocaba semejante papelón, sino también para quien se quedaba a dos velas pues pretendía ligar con quien se veía en la obligación de hacer labores samaritanas.
Por lo general, no solían concitarse conversaciones transcendentes, tal y como sucedía en la novela de Marsé “Últimas tardes con Teresa”. Se hablaba en los primeros minutos de la fiesta, con el ritual de presentaciones, y, tan pronto comenzaba el baile, el personal se dispersaba. Cabe suponer que las susodichas conversaciones las llevasen a cabo nuestros hermanos mayores, generacionalmente hablando. Pero nuestra generación, teniendo en cuenta que éramos quinceañeros en nuestros primeros guateques, no podía ser tan sesuda, no hablábamos de Marcuse, desde luego que no.
Al final, la cosa no difería mucho de las tardes de sábado en las que íbamos por el Oviedo Antiguo a tomar un vino infecto por determinados bares, en pandillas en las que solía haber espontáneos que hacían sus pinitos guitarra en mano, por lo común, desafinando. La diferencia fundamental estaba en que en los guateques se bailaba, a lo que había que añadir el morbo de lo prohibido por aquello de que se hacía una fiesta secreta, o, al menos, eso se pensaba. Se jugaba, podría decirse, a ser transgresores, voluntad, en general, no faltaba. Pero…
¿Cómo no recordar aquel guateque en el que se oyó tantas veces una canción de Roberto Carlos, la que hablaba de un gato que estaba triste y azul, y que no volvería a casa si alguien no estaba? A decir verdad, aquel ritmo y aquella voz envolvían lo suyo para favorecer acercamientos muy románticos mientras se bailaba, pero, en un momento dado, alguien protestó por la insistencia en aquella canción que tan malos recuerdos le traía. Tras la protesta airada, el llanto. Tras el llanto lleno de reproche, se paró la música. Y aconteció lo expuesto más arriba: abandono de la fiesta con el acompañamiento consiguiente. Y aquello, aunque la sesión se reanudó, no volvió a ser lo mismo.
¿Cómo no recordar aquella tarde de abril, tras la Semana Santa, en la que en Oviedo llovía ante torrencialmente antes y después del guateque? A la salida, por fortuna para aquella pareja de baile, se les veía felices tras la fiesta, caminaban muy acaramelados por las calles más próximas a la estación de la RENFE. Hubo en aquel guateque sus más y sus menos psicoanalíticos y melodramáticos, pero, al menos, no se suspendió el festín.
¿Cómo no recordar, sin ánimo de dar a esto un cierto tinte empalagoso, determinados momentos en los que el ceremonial de besos ya abrazos mientras se bailaba se ponía en escena con un ritmo lento, tan lento como el de la música que sonaba?
¿Cómo no recordar las campanadas del reloj de la Caja de Ahorros cuando daban las diez de la noche y había que acelerar el paso, porque los domingos a la hora de la cena era obligado ser muy puntuales?
¿Cómo no recordar nuestra vestimenta y nuestra estética entre los 15 y los 18 años? Los pantalones acampanados, el pelo largo, hasta donde se permitía, en los chicos. Los zuecos que calzaban las chicas, que también lucían pantalones muy anchos abajo. Y nuestra estética era un seguimiento casi total de nuestros hermanos mayores noventayochistas.
Guateques adolescentes, rituales de transgresión, marcados por un fatalismo que, andando el tiempo, nos produce ternura, la ternura que, en muchos casos, supone recordar que nos estrenábamos en rituales que nos mostraban nuestra condición de perdedores, de entrañables perdedores.

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Delicias otoñales en Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-11-2016 | 07:00| 0

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Al margen de las delicias gastronómicas de la seronda, como la primera sidra que va a parar  al duerno acompañada de castañas, como ese olor tan genuino de las manzanas cuando se pelan y se trocean para hacer dulce o mermelada, hay otros regalos a los sentidos en la estación, como esa hojarasca que termina por convertirse en un improvisado bodegón otoñal, como esa luz de la tarde que ya empieza en septiembre, siempre con su no sé qué de melancolía que, otras consideraciones aparte, tiene un indudable encanto. Y, especialmente en Vetusta, el otoño es un auténtico regalo.

Sin duda, el encanto del otoño en nuestra ciudad, literariamente hablando, lo descubrió Clarín. Ese arranque de “La Regenta” en otoño a la hora de la siesta, ese viento sur que acaricia y adormece, esas “sobras de nada” que iban, indolentes, de esquina en esquina. En apariencia, nada ocurría en la ciudad que, a su vez, sesteaba, pero, en realidad, las traiciones, las miserias y las grandezas bullían y se hacían hervidero, según se nos va desgranado la trama de la excepcional novela de Alas que, además de otras cosas, atesora la calidad suficiente para haber superado con envidiable ventaja el paso del tiempo.

Pero dejemos por un momento nuestra “biblia del aburrimiento provinciano”, tal y como la definió, creo que insuperablemente, Juan Antonio Cabezas. Y hablemos del otoño en Oviedo, de este otoño en Oviedo. Hablemos de ese ritmo lento,  que, entre otras ventajas, permite saborear el instante. Hablemos de la hojarasca que cubre el Campo de San Francisco, que cobra tonalidades llamativas según la hora, según la luz, también artificial, que brilla con la humedad de la noche, que se resiste a ponerse mustia y que, volviendo a lo expuesto más arriba, se convierte en bodegón a pie de calle.

De esa hojarasca que antes de caer también va mudando en su aspecto y que convierte al Campo de San Francisco en la referencia obligada de una naturaleza tan privilegiada como la nuestra y que además tenemos tan cerca.

De vez en cuando, las nubes. De vez en cuando, la niebla. De vez en cuando, el cielo despejado que coquetea con nuestra ciudad. De vez en cuando, ese viento sur del que hablaba Clarín, que viene a parar a nosotros y que nos da calidez haciéndose nuestro, con brazos y abrazos invisibles.

De vez en cuando, las nubes viajeras que, como diría Verlaine, “humanizan el cielo”. De vez en cuando, al atardecer, esos trazos rojos, más bien escasos, pero que resultan tan llamativos, con voluntad de encender e incluso de incendiar el cielo.

De vez en cuando, nuestras miradas hacia las cumbres que tenemos, hacia el Naranco, hacia el Aramo, hacia la torre de la Catedral, tan genuinamente sola.

Delicias otoñales en la ciudad que transitamos. Delicias otoñales tan nuestras que la vista saborea, que el tacto apodera, que la nostalgia del rincón rural busca.

De vez en cuando, castañas y sidra dulce, que degustamos en medio de todo esto, que disfrutamos como algo nuestro por cuya presencia clama esta ciudad.

 

París con aguacero. Oviedo, con hojarasca, con nuestra hojarasca.

Oviedo: la seronda.

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Fina Menéndez: una poética de la niebla
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-10-2016 | 09:35| 0

Hasta el día dos de noviembre en el espacio artístico “DeCero en Oviedo” puede visitarse la exposición fotográfica “Fin de certidumbres”, de Fina Menéndez. Puedo aseverar que la contemplación del conjunto de fotografías que la autora ha seleccionado proporcionará  no sólo un goce estético importante, sino que además contribuirá a adentrarnos aún más en la magia y en la poética de nuestro paisaje, magia y poética que se nos presentan con un envoltorio muy nuestro, esto es, con la niebla.

“Fin de certidumbres” es, en efecto, un título muy apropiado porque las fotografías expuestas nos adentran en la niebla, nos llevan a acompañar a la artista por ese escenario sobre el que la niebla ha puesto el velo volviéndolo, si no invisible, sí al menos borroso y enigmático.

Poética, digo, la de la niebla, que tiene su no sé qué melancólico, su no sé qué de incertidumbre, su no sé qué de gasa aterciopelada, su tersura. Niebla que a veces combate con el sol, que, a veces, lo apodera todo.

Tal y como están ubicados los cuadros en la sala donde se exponen, nos encontramos, en primer término con una fotografía que muestra un paisaje otoñal con su hojarasca. Una carretera, estrecha y serpenteante, y, al final, esa curva que parece anunciar un abismo, abismo que se suaviza levemente con los árboles y ramas con vocación protectora. Esta primera fotografía retrata un rincón cercano a Banduxo, el pueblo de su madre.

Las restantes tienen como protagonista su pueblo, Villamarín de Salcedo, en el Valle del Cubia, cerca de Grao. Y, en ellas, la arboleda tiene su omnipresencia, especialmente, fresnos y abedules. Las hojas de los primeros, que recuerdan a la ornamentación oriental, frente a ese color blanquecino de los troncos de los abedules con su no sé qué de cadavérico. Todo ello, entre el otoño y el invierno.

Hay dos fotografías de cumbres que están ubicadas fuera de la serie, y que tampoco nos dejan indiferentes.

“Fin de certidumbres”, una poética de la niebla y del paisaje de nuestros valles. Una exposición que debe ser visitada, a poco que nos interese nuestro paisaje, porque capta envidiablemente misterios, matices, melancolías y ayes.

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Recuerdos de Oviedo: Calle Santa Susana: Instituto y Colegio
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-10-2016 | 11:22| 0

“La felicidad es un cómo, no un qué; un talento, no un objeto.” (Hermann Hesse).
“Ser diferente no es ni bueno ni malo, simplemente significa que tienes el suficiente coraje para ser tú mismo”. (Camus).

Últimos días de septiembre de 1967. En la calle Santa Susana de Oviedo, la autoridad docente nos confirmó a mis padres y a mí que las clases darían comienzo el 3 de octubre. Tocaba empezar aquel bachillerato anterior al BUP que iniciábamos a los diez años. Melancolía septembrina en la luz de aquella jornada, melancolía septembrina en la que ya se añora, incluso siendo niños, ese verano que acaba de irse. Melancolía septembrina que, en mi caso, dejaba una inolvidable etapa atrás.
Calle Santa Susana, digo. Casi frente por frente, un Instituto, el Alfonso II y un colegio, el Auseva, cuya titularidad era de los hermanos maristas. De modo y manera que la enseñanza pública y la privada coincidían en aquella vía pública. El Estado y la Iglesia. La Iglesia y el Estado, y eso en pleno franquismo.
Pero, a los diez años, no era el caso reparar en tales disquisiciones, sino ir almacenando imágenes y vivencias que en su momento tocaría analizar, momento que, claro está, se encontraba lejos.
¿Cómo éramos, Dios mío, cómo éramos? Yo diría que, ante todo y sobre todo, nos apoderaba lo agridulce, acorde con la estación del año en aquel septiembre del 67. Yo diría que, ante todo y sobre todo, aquellos dos centros docentes eran muros, altos, casi inexpugnables, en cuyos interiores tocaban largas horas de estancia en las aulas. Y tocaba estar atentos a cuanto se nos encomendaba, desde el comportamiento que había que observar hasta los trabajos y los días que nos correspondía llevar a cabo, con más o menos ayuda, con mayor o menor interés.
¿Cómo éramos, Dios mío, cómo éramos? Largas, muy largas jornadas docentes, mañana y tarde. Media hora de recreo, y la libertad recuperada cuando regresábamos a casa, bajando por el Campo de San Francisco.
Ocasiones había en las que, desde los ventanales de las aulas, nos observábamos de un centro docente a otro. Rara era la ocasión, sin embargo, en la que se hacían comparaciones.
También es cierto que, a pesar de la cercanía, entre acera y acera, y a pesar también de que los horarios entre ambos centros no eran muy dispares, apenas había comunicación verbal entre ambos alumnados, que vendría pocos cursos después, cuando coincidíamos en la Boalesa y también en una sala de juegos en la calle Rosal que se llamaba Las Mil Millas.
Así pues, nos unían el local en el que comprábamos los primeros cigarrillos sueltos y la sala de juegos en la que poníamos toda la pasión por obtener los puntos que daban derecho a otra partida. Así pues, nos unió lo prohibido, o, en todo caso, lo que no estaba muy bien visto, como fumar y también lo lúdico. Los estudios quedaban para otros momentos y para otros enclaves. Es más: puedo asegurar que apenas recuerdo conversaciones en las que se comparasen exámenes, libros de texto y niveles de exigencia en las materias que estudiábamos.
Cierto es que hubo quienes pasaron por los dos centros, pero, hasta donde sé, no se trataba de algo frecuente.
Calle Santa Susana: Instituto Alfonso II y Colegio Auseva. Dos centros con su prestigio. El primero de ellos contaba con aquellos viejos catedráticos de Instituto que estaban con un pie en la Universidad, que tenían su doctorado y que publicaban e investigaban. En cuanto al colegio Auseva, su impronta en la ciudad no pasó ni mucho menos desapercibida.
Calle Santa Susana: Instituto Alfonso II y Colegio Auseva. Hablamos de los años en los que no había enseñanza mixta. Hablamos de los años en los que la distancia entre docentes y discentes era acaso excesiva, justamente el extremo contrario al actual. Hablamos de los años en los que aquello que se llamaba Formación del Espíritu nacional (que no racional) formaba parte de la moralina que con tanto empeño se pretendía inculcar.
¿Cómo éramos, Dios mío, cómo éramos? Confieso que cuando, pasados los años, supe que en el Instituto Alfonso II daba clases don Pedro Caravia, lamenté mucho que, por razones de edad, no pude ser alumno suyo.
Confieso también que, sin ánimo de incurrir en discursos plañideros, me aflige no poco ser consciente de pertenecer a una generación que, como alumnos, recibimos una enseñanza marcada por lo despótico y el autoritarismo, mientras que, como docentes, se nos degradó y se nos degrada hasta lo insufrible. Pero no toca aquí hablar de esto último.
Calle Santa Susana: Instituto Alfonso II y Colegio Auseva. Los respectivos anecdotarios intramuros darían mucho de sí. Hubo personajes inolvidables no siempre para bien.
Pero, en todo caso, décadas después, ahí sigue el Alfonso II, con su enorme recorrido en el tiempo, con su reloj, con sus inolvidables escaleras que llegan hasta la entrada principal. Ahí sigue, funcionando también en horario nocturno. Ahí sigue aquella puerta lateral que daba a la calle Calvo-Sotelo que daba acceso a la secretaría del centro. Ahí sigue también al otro extremo aquel acceso a las aulas a través de un largo pasillo.
¿Cuántos años habrán trabajado en el Instituto Alfonso II personajes como Teo, al que era frecuente ver por secretaría, o Lázaro, un conserje que contaba su estancia en el centro por décadas?
En su momento, se publicó un libro sobre la historia de este Instituto, que pasó ya por diversas etapas históricas, desde los tiempos en los que existían exámenes libres a los que acudían los alumnos que no residían en Oviedo, en una época en los que apenas había institutos en Asturias, hasta la actualidad.
Calle Santa Susana. Infancias prolongadas, adolescencias que se resistían a llegar. Por el medio, anecdotarios muy repletos y repetitivos. Por el medio, gabardinas, gafas oscuras, largos silencios, toses continuas, miedos, diversiones.
Por el medio, la intrahistoria de una infancia en la que el famoso mayo parisino quedaba para los telediarios. A los once años, en un país cerrado a cal y canto, no tocaba entender el mundo, tocaba oír, ver y callar.
Tocaba, sobre todo, obedecer.

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Viga Azul: Resultadismo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-10-2016 | 14:16| 0

El Oviedo de Fernando Hierro es un conjunto resultadista que se va consolidando a medida que logra solidez defensiva, que tiene pegada en los últimos metros con dos grandes delanteros, como son Toché y Linares. Y que cuenta con más centrocampistas que nunca, sin que ello se haya traducido hasta el momento en un fútbol que destaque por los pases largos, por los desmarques y por el dominio en la posesión de la pelota. El conjunto azul se atasca en exceso en el centro del campo y se sigue echando en falta ese director de orquesta desde la referida demarcación.

Frente al Tenerife, la victoria fue mucho más clara en el resultado que en el juego. Hay que reconocer que el equipo visitante tuvo sus ocasiones y, cuando en el segundo tiempo dejó atrás el fútbol bronco de finales del primer tiempo, hubo momentos en los que el Oviedo se sacudía, no sin cierto agobio, el empuje de los tinerfeños.

Victoria clara y resultadismo. En cuanto a lo segundo, merece, por el partido que hizo hoy, una mención especial Miguel Linares, porque, además de haber sido el autor de los dos tantos, luchó sin tregua, al igual que Toché. También es de justicia dejar constancia de las grandes intervenciones del portero Juan Carlos.

Resultadismo, digo. La realidad no fue que el Oviedo, tras marcar el primer gol, acometiese con tranquilidad lo que quedaba del choque, estando atento siempre a un contrataque que sentenciase el encuentro, sino que, acaso embarullado por los minutos broncos del Tenerife, se limitó a defenderse como pudo, sin gustarse a sí mismo, sin esa frialdad necesaria de quien se siente seguro y está hambriento de dar la puntilla.

Tal y como está conformada la categoría, si hay algo ya meridianamente claro a pesar de que resta mucho para finalizar el campeonato, es la igualdad entre los conjuntos, de ahí que el resultadismo del que venimos hablando no sólo tenga su lógica, sino que además va a ser la tónica de muchos choques tanto en el Tartiere como a domicilio.

Ante todo y sobre todo, es muy grato constatar que el Oviedo, además de continuar su buena racha en los resultados, está dejando atrás pájaras y despistes garrafales que nos supusieron derrotas.

Tendrá que ir a más la cuenta goleadora, y no hay que abandonar la esperanza de que el centro del campo funcione bien algún día. Es, a mi juicio, la asignatura pendiente del equipo.

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Recuerdos de Oviedo: La noche del 28 de octubre del 82: El cambio
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-10-2016 | 22:29| 0

“Felipe González ni siquiera posaba, sino que se dejaba coger con la barba de tres días, la camisa de cuadros arrugada, la melena moderna, pero no desaseada, y cierta pinta de chico que ha encontrado su primer empleo, su primer trabajo en un taller, y estaba aprendiendo el oficio con aprovechamiento. Había millones de Felipes en España. Cómo no le iban a votar. Se votaron a sí mismos.” (Francisco Umbral).

Aquella jornada, si la memoria no me traiciona, fue deliciosa en lo climatológico, tan deliciosa como el otoño en Asturias. Estaba cantado que la apuesta por el cambio prometido iba a triunfar clamorosamente. Y, a decir verdad, deseábamos que llegase la noche para que se confirmase lo esperado, para que las expectativas se convirtiesen en realidad. Así fue.
Recuerdo que estuve en casa hasta que la radio y la televisión confirmaron una mayoría absoluta aplastante. En la calle Toreno, al salir de casa, aquella noche de domingo parecía una más, se diría que todo transcurría con normalidad. Pero, tan pronto llegamos a la Avenida de Galicia, y las cafeterías estaban casi a rebosar con sus respectivas televisiones puestas, de las que todo el mundo estaba pendiente.
Convencidos estábamos de que el cambio había llegado, de que, por fin, se llevaría a cabo la ruptura que hasta entonces no se había producido. Conjurada la intentona golpista, a la izquierda, con un triunfo tan aplastante, nada ni nadie podría impedirle que pusiese en marcha su proyecto de transformación del país. Millones de votos avalaban el cambio tan ansiado. Por una vez, pensábamos nosotros, las cosas no se iban a torcer, no habría ruido de sables, no podría haberlo. La calle, con perdón de Fraga, era nuestra.
En una de las cafeterías donde nos detuvimos, la televisíón mostraba a Carrillo, muy contrariado por haber perdido tantos votos que habían ido a parar al PSOE, estuvo hosco con los periodistas y anunció su dimisión. Asturias era uno de los pocos territorios en los que el PCE no había salido malparado. De ahí que se le encomendase a Gerardo Iglesias que se hiciese cargo del partido.
Pero, al margen de eso, nadie nos quitaba el entusiasmo, la alegría, el convencimiento de que, por fin, las cosas iban a cambiar. Todo tenía que ser más democrático. La sociedad sería más justa y más libre. Aquel PSOE de González garantizaba las libertades y los derechos. Aquel PSOE de González, creíamos nosotros, era la izquierda necesaria y del momento, sin totalitarismos, sin extremismos, pero también sin renuncias y sin renuncios.
¡Ay, aquel PSOE del cambio, con personas como Gómez Llorente, como Ciriaco de Vicente, como Raventós, como Pedro de Silva que había encabezado la candidatura al congreso desde Asturias!. Ya no volveríamos a estar en manos de personajes con gafas oscuras y bigote, ya se habían acabado rémoras que tanto habíamos sufrido. La historia de este país daba un vuelvo aquella noche, tenía que darlo.
Deliciosa noche la del 28 de octubre, en vísperas de difuntos, en plena seronda. La Avenida de Galicia prolongaba su movimiento más horas de lo habitual. No había prisa por regresar a casa, no importaba saber que habría que madrugar. La noche, además de joven, era nuestra.
Por las calles, la imagen de Felipe González con su lema del cambio lo presidía casi todo. España, en siete años, había dado un vuelco desde una dictadura que murió matando a una democracia gobernada por un partido socialista que traía bajo el brazo su mensaje de cambio, su apuesta irrenunciable. ¡Ay!.
Noche larga en la televisión. ¿Cómo no recordar una mesa de periodistas en la que estaban, entre otros, José Luis Balbín y Cebrián hablando de los resultados electorales? ¿Cómo no recordar, poco tiempo después, una memorable entrevista que le hizo el loco de la colina a un Felipe González que aún manifestaba su cercanía al mundo obrero?
Ella se ahuecaba el pelo mientras miraba la tele en una cafetería de la Avenida de Galicia. Sus ojos brillaban, su sonrisa era un regalo a la vista, su vitalidad estaba en consonancia con la de un país que se sabía ganador, que suspiraba al saberse que, por fin, la altura de los tiempos estaba a nuestro alcance.
Ella fumaba con la discreción propia de quien huye de todo aspaviento. Expulsaba el humo despacio, saboreando el momento. Estaba, seguramente sin saberlo, poniendo en su rostro huellas de un momento irrepetible, huellas que se manifestarían pasados los años, pero que siempre sabría su punto de partida.
Adiós al autoritarismo, adiós a los encorsetamientos, adiós a todo tipo de represiones. Libertad, puede que sin ira, pero sin cesiones ni concesiones.
Nosotros, que fuimos tan ingenuos, nosotros, que teníamos muy claro que lo deseable era posible e irrenunciable. Nosotros, que no estábamos dispuestos a que las moralinas de púlpito nos llenasen de caspa. Nosotros, que creíamos que las bodas con la historia, que diría Guillén, con la historia de lo mejor que había tenido este país, ya estaban anunciadas.
Nosotros, que fuimos tan cándidos como el personaje volteriano, vivimos la noche del cambio como un acontecimiento que, ni en el más escéptico de los supuestos, podíamos barruntar que sería el anticipo de una decepción, que el cambio no era más que un lema, tal y como escribiría más tarde Subirats: “Como todos los eslóganes políticos, la palabra “cambio” concentró muchas emociones en la misma medida en que sus contenidos sociales y culturales se diluían propagandísticamente en el ruido mediático de todos los días. Pero el deseo de un cambio en la sociedad española se definía, a pesar de eso, con la nitidez apreciable que contrastaba su inmediato pasado y los significados más banales de la permanente confrontación social que encerraba: el autoritarismo político, el carácter primitivo de las relaciones sociales, la mediocridad intelectual y una relativa pobreza económica.”
Ella apagó el pitillo como si deslizase con mimo un pincel sobre el cenicero. A continuación, suspiró.
Suspiramos aliviados.
No tardaríamos mucho en hacerlo de muy distinta guisa, al modo en que escribió Daudet: “Si no hubiera suspiros, el mundo se ahogaría”.
Ella, al salir de la cafetería, le puso fin a la noche de la mejor forma posible: con un abrazo de ésos que sólo son capaces de dar quienes atesoran esa mágica capacidad de quienes saben querer, de quienes quieren soñando, de quienes sueñan queriendo, de quienes saborean lo onírico, de quienes ven venir un acontecimiento y lo atraen hacía sí, de manera tal que hace de esos brazos un destino. Y un delirio. Delirio y destino, que escribió con tersura y maestría María Zambrano.
Ella tuvo palabras y gestos para una bandera. Tricolor.
Ella fue la madrina de aquella noche “del cambio”. De un cambio que, ¡ay!, muy pronto se reveló lampedusiano.
Pero el Acontecimiento con mayúsculas, sentido mayoritaria e intensamente como “cambio” fue a parar a sus brazos y, en pocos segundos, se acomodó a una posición fetal.
Ella, con los brazos ocupados, buscó a alguien que le ahuecase el pelo al final de la noche, de una noche en la que Vetusta no dormía, era, como el resto del país, pura ebullición.

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¿Rebelión de las bases en la AMSO?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-10-2016 | 07:24| 0

Resultado de imagen de Votación en la amso

El PSOE, en este proceso que tiene como destino dejar que Rajoy gobierne, está viviendo no sólo una grave crisis de enfrentamientos internos, sino algo no menos inquietante como es la desafección y el malestar de una militancia con la que apenas se cuenta. Y hay localidades –Oviedo es una de ellas- donde el desapego entre los dirigentes del partido y sus militantes alcanza casi lo insufrible.

Sí, hablamos de la AMSO, sí, hablamos de la difícil relación del PSOE con nuestra heroica ciudad. Sí, hablamos de la capital de Asturias, que parece importarle muy poco a la FSA, tan poco que, desde las instancias oficiales del partido, se apostó por personajes que están tan lejos de dar la talla como don Alfredo Carreño. Sí, hablamos de Oviedo, de la ciudad a la que la FSA, a resultas de la falta de entendimiento entre Somos de Gijón y el candidato socialista de la misma ciudad, pensaba dejar en manos del gabinismo, aunque se encontró con la respuesta de Ana Taboada haciendo Alcalde a Wenceslao para evitar que el sucesor de Gabino continuase al frente del Gobierno municipal.

A ese desapego, hay que unir, en las presentes circunstancias, todo lo acontecido en el PSOE desde que Sánchez fue defenestrado. Y, como pudo verse días atrás, la militancia de la AMSO se pronunció en contra del discurso oficial, se pronunció mayoritariamente por el “no” a Rajoy.

Es la misma militancia de la AMSO que, desoyendo consignas oficiales, puso a Wenceslao al frente de la candidatura municipal en Oviedo, pues el actual primer edil no sólo venció en las primarias, sino que además contó con el apoyo de los militantes para ponerse en cabeza de la agrupación de Oviedo.

O sea, que, en OVIEDO, cabe claramente hablar de puentes rotos entre la militancia y los dirigentes del partido, puentes rotos en los que a la comunicación se refiere. Es importante tener muy en cuenta que nuestra ciudad tiene un Alcalde socialista a pesar de los cuadros dirigentes de su propio partido. El asunto -¿a qué negarlo?- se las trae.

Por eso, ante el discurso oficialista favorable a la abstención, nada tiene de extraño que las bases de la AMSO hayan manifestado un rechazo inequívoco.

 

La AMSO y la rebelión de las bases, rebelión manifestada a través de un instrumento tan genuinamente democrático como son las urnas.

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