El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Desde la Plaza de la Catedral
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-09-2016 | 14:03| 0

“Hay un olvido de toda existencia, un callar de nuestro ser, que es como si lo hubiéramos encontrado todo”. (Hölderlin).

“Surgió la nube en el azul del cielo, / hubo luces de lago y de cristal. / Un ave negra dirigió su vuelo/ hacia la torre de la Catedral. / Era el misterio en la ciudad. Caía/ desde la blanca luna, gota a gota, / un hilo blanco de melancolía, / un hilo musical de lira ignota”. (José Vela).

Amaneceres con nubes, amaneceres con niebla, amaneceres legañosos. Noches frías y lluviosas, desapacibles y solitarias. Tardes tormentosas descargando granizo, amedrentando con truenos, paralizando con relámpagos. Pero ella, no sabría decir con precisión si sólo su torre, o si la Catedral en su conjunto, estaba allí, impertérrita, ajena a todas las inclemencias, segura de sí misma, indiferente a las continuas variaciones del clima. Y, a decir verdad, por mucho que formase parte del paisaje, incluso diría que la torre de la Catedral era el paisaje principal camino de la antigua Facultad de Filosofía y Letras en la Plaza Feijoo, su presencia significaba el sosiego que propone la rutina, lo conocido, lo próximo.
Torre de la Catedral. No sólo estaba dentro del libro tantas veces releído y en más ocasiones comentado, no sólo estaba en los primeros párrafos de “La Regenta”, sino que hubo muchas jornadas en las que deambulé por sus cercanías de amanecida y, también, a altas horas de la madrugada. Visitar la Catedral sin adentrarse en ella. Transitar por sus proximidades repetidamente, incluso en una sola jornada.
¿Cómo no recordar aquellas madrugadas al salir de Pick-Up, con la niebla envolviéndolo casi todo, en las que, antes de emprender el camino a casa, echaba un vistazo a la torre, a la que contemplaba la mejor literatura? ¿Cómo no recordar aquel día a día durante los años de carrera, atravesando la Plaza de la Catedral, encontrándome con una pintada que reclamaba libertad “pa los que toman algo”, con mi carpeta y algún libro como acompañantes en tan apacibles recorridos? Y es que es imposible no sentir nostalgia de una etapa de la vida en la que uno va camino de su rutina sin sobresaltos, en los que uno va camino de un lugar en el que sabe de antemano que las horas venideras no se padecerán en territorio hostil. ¡Ay!
Plaza de la Catedral. Aquella madrugada en la que la niebla llegaba hasta nuestros zapatos, en la que la humedad lo empapaba todo sin necesidad de las gotas de lluvia que habían decidido conceder una tregua de horas. Aquella madrugada en la que al salir de Pick-Up, hablamos de música, en la que deseábamos ver (y bailar) un fado, un fado con su tonalidad de lamento, de lamento no empalagoso, de atmósfera agridulce que parecía estar empapada por aquella niebla envolvente e invasora. La música la tuvimos que imaginar. La voz la tuvimos que rescatar de una canción que entonces habíamos oído recientemente. Y el baile tuvo la magia de una puesta en escena tan intensa como invisible. Y las miradas entre quienes bailábamos, en perfecta sinestesia, oían. Y el movimiento, a ritmo de fado, encontraba en la niebla, una suerte de gasa aterciopelada que lo revestía todo; los ojos daban cuenta de un tacto que nos llevaba de sinestesia en sinestesia.
Plaza de la Catedral. Antes de que la estética gabiniana lo invadiese y abigarrase todo. Antes de tener noticia de visitas guiadas por itinerarios regentianos. Antes de todo eso, digo, poemas, en especial, el que Unamuno dedicó a Oviedo: “Arrinconada, perlática y muda,/ bajo el amparo gótico,/ la torre románica,/ de la madre catedral./ ¡Qué recuerdos de días iguales,/de lloviznas de siglos,/ de nieblas del alma,/ de un ensueño silente,/ de verde de tierra,/ que desgarra de pronto/ -volador de la historia!.”
Plaza de la Catedral. Aquella tarde de invierno en la que se desató una fuerte tormenta que terminó por descargar un granizo que se resistía a deshacerse por muy decididas que fueran las pisadas que intentaban volverlo agua. Tarde en la que los paraguas no sólo sufrían los impactos de granizo, sino que además eran zarandeados por un viento encabritado que desafiaba a quienes querían mantener su protección frente a lo que caía del cielo. Tarde en la que terminamos por refugiarnos en un bar cercano, donde el tono de voz, acorde con las turbulencias, no era precisamente de baja intensidad. Tarde en la que, al final de la tormenta, paseamos por la plaza contemplando los restos de un granizo que no se resignaba a desaparecer. Tarde en la que un paraguas compartido cobijó complicidades y sonrisas que proporcionaban una serenidad más que balsámica, hasta beatífica.
Plaza de la Catedral. ¿Cómo no recordar aquella mañana en la que iba a la Facultad con un libro que reunía lo esencial de la obra poética de Blas de Otero, ya sin censura? ¿Cómo no recordar las continuas paradas de aquel recorrido para entrar de lleno en poemas que entonces leía por vez primera y tuve desde aquel momento metidos en vena? Versos que hablaban del “ronco río que revierte”, de “Mademoiselle Isabel, rubia y francesa”, del “Señor don Quijote, divino chalado”, versos que estremecían por su intensidad y perfección. Y uno se sentía como un vehículo que apenas se mueve por sus continuas paradas pero que, sin embargo, desea acelerar el paso para llegar al sitio donde podría compartir y comentar aquellos versos. Mucho ruido, mucha arrancada y apenas movimiento.
Plaza de la Catedral. Sentarse en el borde mismo de la fuente a mediodía. Fumar un pitillo en compañía. Contemplar, una vez más, la torre. Situar en ella a Fermín de Pas catalejo en mano. Imaginar el temor y temblor de Ana Ozores antes y después de de sus confesiones con el Provisor, el “frufrú” de su vestido, que diría Eça de Queiroz, describiendo los andares del personaje femenino de su novela “El Primo Basilio”.
Plaza de la Catedral. El cielo podía estar impaciente cuando no llovía. La niebla raras veces cejaba en su afán de aterrizar sobre el suelo. Al viento tendría que costarle no hacer su visita. Pero ella, la torre, podía y quería esperar que levantásemos la vista y la contemplásemos.
A su modo, ella, la torre, siempre nos dio acuse de recibo.

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Los archivos de la Fábrica de Armas de Trubia
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Luis Arias Argüelles-Meres | 02-09-2016 | 03:56| 0

La fábrica de armas de Trubia.

“El arte no es solo ‘sobre algo’, es un algo. Una obra de arte es una cosa ‘en’ el mundo. Y no solo un comentario o un texto”. (Susan Sontag).

 

Fábrica de armas de Trubia, que atesora –y mucho- parte insoslayable de nuestra historia y de nuestra intrahistoria dentro del mundo contemporáneo, que remite a esplendores industriales de una Asturias que ambicionaba protagonismo en la modernidad, que trajo a muchas personas foráneas a nuestra tierra, que, en mucho casos, se asentaron aquí, existiendo en la actualidad una descendencia que queda atestiguada por apellidos que no son llariegos.

Muy recientemente, el Equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Oviedo, al que sus enemigos políticos y mediáticos denominan siempre “el tripartito”, dio, cargado de razón, la voz de alarma al tener conocimiento de que los Archivos de la Fábrica de Armas de Trubia fueron trasladados a Madrid.

Poco tardó el señor Caunedo en manifestar que no se trata de ningún expolio, que los referidos archivos serán digitalizados en la capital del reino y que volverán a su origen, esto es, a Trubia. Al tiempo que decía esto, no desaprovechó la ocasión para arremeter contra “el tripartito” acusándolo de irresponsable por no haber consultado con el Ministerio antes de manifestarse al respecto. Tranquilizador el mensaje del ex Alcalde.

Pero, si les parece, vayamos por partes. En primer lugar, no es novedad que se hayan llevado archivos nuestros fuera de Asturias. Entre otros ejemplos, están los que en su momento fueron a parar a la ciudad gallega que vio nacer al invicto caudillo. Por tanto, nada tiene de extraño que haya cundido la alarma y que las personas responsables del Gobierno municipal se hayan pronunciado al respecto, defendiendo la custodia de un patrimonio que es nuestro.

Por otra parte, cabría preguntarse si el planteamiento más adecuado no sería otro. Me explico. ¿No pudo dignarse el Ministerio de Defensa a haber comunicado en su momento que el traslado de esos archivos era provisional y que, tan pronto hayan sido digitalizados, volverán a su lugar de origen? O, en todo caso, ¿no podría haber comunicado tal cosa nuestro Delegado de Gobierno en funciones, teniendo en cuenta además que su amor hacia Oviedo está fuera de duda? ¡Ay!.

Sabemos que casi todo es posible a la hora de justificar lo que, de suyo, es difícilmente justificable. Pero no tendría que haber sido el Ayuntamiento de Oviedo quien pidiese las explicaciones pertinentes; antes al contrario, habría sido todo un detalle que, por parte de la Administración Central, se hubiesen dado las aclaraciones e informaciones al respecto. ¿O es que no contamos en los ámbitos oficiales de la capital del reino de todas las Españas?

No obstante, yo pediría, respetuosamente, todas las concreciones, es decir, que se nos dijese cuándo serán devueltos esos archivos y que se explicase por qué no se tuvo a bien informar sobre el asunto que aquí nos trae.

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Viga Azul: En Proyecto
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Luis Arias Argüelles-Meres | 28-08-2016 | 15:12| 0

La tarde en Oviedo, después de una mañana soleada, se nubló. ¡Ay, esas nubes que cubrían el cielo del Tartiere, horas antes de empezar el partido! ¡Ay, tarde asturiana con el añadido del anticipo de la melancolía septembrina que ya se puede percibir!

Desde luego, no había motivos para la euforia tras el primer encuentro jugado en Valladolid. Tampoco lo había, cierto es, para el catastrofismo que nunca nos abandona.

Desde luego, la primera parte en su conjunto fue soporífera y no se prodigó a la hora de dar alegrías al oviedismo; no se prodigó no sólo porque no marcamos goles, sino también porque el juego distaba mucho de ser brillante.

Por fortuna, tras el descanso, el Oviedo apretó, el Almería se atrincheraba, y las expectativas en las gradas empezaron a mejorar hasta que sobrevino el gol de Nando, que tuvo su estética: se diría que el balón se dejó acariciar por el pie del jugador azul y llegó al destino deseado, sobando el poste contrario desde el que se produjo el lanzamiento.

Acaso fue el gol fue el primer lance del partido con su no sé qué estético, un no sé qué estético que, por cierto, hoy el faltó a Susaeta.

El Oviedo empezó a gustarse, la afición disfrutaba de una victoria que había que confirmar, como sucedió con el gol de Toché, un Toché que hasta entonces había luchado lo indecible, pero no parecía estar en su mejor momento de pegada.

En proyecto, un equipo que está lejos de explotar su potencial, un potencial en el que queremos creer. En este sentido, hay unos cuantos detalles que merecen ser consignados: cumplió Varela en su debut. Por su lado, Fernández, al que la afición no le manifiesta un especial cariño tras el ambiente enrarecido que se formó el año pasado, hizo hoy un buen partido, tanto en sus labores  defensivas como en sus incorporaciones por banda.

Nando tiene velocidad y clase. Erice, que estuvo en su línea, sin desarrollar un juego deslumbrante, al margen de otras consideraciones, tengo para mí que contribuye no sólo con su juego, sino también con sus gestos y palabras, a ordenar al equipo en el campo.

No hay ninguna pega que poner al nuevo guardameta, ni tampoco al defensa Gil que entró en el campo tras la lesión de Verdés. Por su parte, confieso que esperaba más de Torró como director de orquesta. Habrá que darle tiempo. Y tampoco hay que soslayar la velocidad de Alaniz, la lucha de Linares, así como la presencia en el once titular de un Pereira, del que también esperamos más.

En la segunda parte, se vio a un Oviedo que se encontró a sí mismo tras una primera parte en exceso roma. A un Oviedo que, insisto, está –y queremos que esté- en fase de crecimiento.

Nueva temporada en la que hay que dejar atrás el fracaso de la anterior en la última fase de la liga. El proyecto está ahí. Toca encomendarse a las legendarias glorias azules para que cuaje. Tiene que cuajar.

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Recuerdos de Oviedo: El Alkor
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Luis Arias Argüelles-Meres | 28-08-2016 | 01:00| 1

“Cuando no hay alegría, el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil. De cuando en cuando da un aullido lastimero o enseña los dientes a las cosas que pasan. Y todas las cosas nos parece que hacen camino rendidas bajo el fardo de su destino y que ninguna tiene vigor bastante para danzar con él sobre los hombros”. (Ortega y Gasset).

Vuelvo a mis trece años, a aquel momento de la vida en el que empezamos a darnos cuenta de que la protección que siempre nos acompañó en la infancia se desmorona. Toca enfrentarse a una nueva situación en la que, en mayor o menor medida, el mundo nos puede golpear y nos golpea. Toca el turno de ese aprendizaje tan dificultoso que consiste en buscar el modo de defenderse ante inoportunas hostilidades, tan latosas e inoportunas como inevitables.
Trece años, digo. Vivíamos entonces en Santa Susana, 27. El arriba firmante tuvo que hacer frente a un estirón enorme, que simbolizó la crisis de crecimiento en lo que a la edad se refiere. Todo empezaba a ser distinto. Y casi siempre había momentos en los que se buscaba un ensimismamiento agridulce, ensimismamiento como refugio. Y, a su vez, lo prohibido comenzaba a cobrar un importante protagonismo.
Había golpes en la vida, que no eran tan fuertes como los de César Vallejo, pero zaherían –y no poco- el ánimo. Había un cierto vértigo a la hora de concebir imaginariamente realidades que, de antemano, podían parecer sórdidas y punzantes. Había asomos de grandes sueños, pero también de pesadillas que tenían como escenario los bajos fondos, los ámbitos en los que la lírica, concebida al modo de la infancia, no podía tener sitio.
Trece años, digo. Hubo una mañana en el colegio que alguien habló de un bar que cerraba muy tarde. Era el bar Alkor, que estaba en la calle Pérez de la Sala y que cerró sus puertas en 2014, creo que un 21 de junio.
Era el bar Alkor, digo, al que me acerqué aquella misma tarde, sin entrar. No fue necesario para echarle un primer vistazo. Era una tarde de invierno, tristona, con su niebla, molesta, con brisa fría y lloviznas. Era una tarde de invierno en la que se percibía en el ambiente el deseo generalizado de que llegase la noche para ampararse en el calor de casa. Para echar las persianas y disfrutar intramuros, bien fuese escuchando música, bien fuese leyendo, bien fuese atendiendo a la conversación familiar.
Era una tarde de invierno en la que los alicientes estaban puestos en la noche en casa, no en el día siguiente, con frío anunciado, con rutina garantizada. Era una tarde de invierno, en la que me hubiese gustado entrar en el Alkor, tomar algo caliente y desplegar la baraja sobre una de sus mesas para hacer un solitario de los de ocho calles.
Era una tarde de invierno en la que no me costó imaginar que esos calores familiares también podían ser sustituidos por los que puede proporcionar la atmósfera de un bar, con sus juegos, con sus charlas, con sus consumiciones mientras se charla.
Aquello no era –ni podía ser- sustituido por el mundo tan conocido y entrañable de los bares de Cornellana o de los chigres de Lanio que había ido conociendo en compañía de mi padre. A mis trece años, ya no era el niño al que todo el mundo dirigía palabras cariñosas. Todo resultaba, por fuerza, muy distinto.
Llegué a casa, merendé, hice los deberes, leí unas páginas del que entonces era mi libro de cabecera, “Psicología de la adolescencia”. Y, antes de cenar, antes de las diez de la noche, hice aquel solitario que me había imaginado en la puerta misma del bar Alkor. Confieso que, tras dos intentos, tuve que desistir. No me salió, no había opciones de liberar calles, ni de ir acumulando cartas de los distintos palos.
Bar Alkor, que cerraba más tarde, según se decía, de lo habitual. Allí me instalé de forma ficticia en aquellos momentos en los que quería estar solo, en los que buscaba refugio en un agridulce –y necesario- ensimismamiento.
Allí me instalé, digo, con mi baraja para hacer solitarios. Con mi libro de cabecera, ya nombrado, con una libreta en la que había empezado a anotar vivencias, bajo un título en exceso rimbombante, muy propio de la edad. Lo titulé “Diario secreto de un adolescente”. A decir verdad, pocos secretos, por no decir ninguno, había que esconder, pero sí me resultaba necesario desahogarme haciéndome eco de que empezaba una etapa en mi vida en la que, como consigné más arriba, el mundo podía golpearme.
Confieso que lo que más me asustaba era la sospecha misma de ambientes sórdidos y violentos, en los que no había lugar para melancolías adolescentes, en los que no había bálsamos que pudieran neutralizarlos.
Bar Alkor. En alguna ocasión, volví a su puerta, con el libro y la libreta referidos, imaginándome dentro, y poniendo nombres y palabras a aquellas gentes que andaban por allí, tan ajenos a mis tribulaciones adolescentes.
Aún no había leído a Baudelaire. Y, sin embargo, sin formulármelo con esos términos, necesitaba ser sublime sin interrupción,dejar constancia en aquella libreta de temores y esperanzas, de ilusiones y desengaños, contarme a mí mismo, o, más bien, al personaje que quería ver reflejado en aquellas anotaciones que, a la vista de una persona adulta, no dejarían de ser ñoñeces.
Que el solitario saliese bien, que la frase anotada fuese de mi gusto, que las conversaciones inventadas me pareciesen interesantes. De todo ello se trataba.
Bar Alkor. Pasó el tiempo. Los clamores y cuitas de la adolescencia se quedaron muy atrás. Y allí seguía el establecimiento que aquí nos trae.
Sí, tenía que haber un loro, insolente y descarado. Sí, los precios eran muy ajustados. Sí, contenido y continente estuvieron marcados siempre por lo informal.
Bar Alkor. Todo un clásico, todo un referente para quienes lo transitaron, que fueron legión.
Allí tocaba reírse, allí tocaba burlarse, como diría un pedante, de lo habitual y lo consueto. Allí tocaba “no” estudiar, sin que la música de Pink Floiyd tuviese que acompañar con sus acordes.
Más que el ocio, el Alkor fue lo lúdico.
Y celebro que se haya reído de mis tribulaciones adolescentes. Ambos, el bar y yo, salimos ganando con esa victoria.

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¿Por qué no dimite Caunedo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 26-08-2016 | 10:07| 0

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«Habría que añadir dos derechos a la lista de derechos del hombre: El derecho al desorden y el derecho a marcharse». Baudelaire.

Conste que no hago juicios, ni prejuicios, acerca de todo lo relacionado con la imputación del señor Caunedo. Conste que, como suelo repetir con frecuencia, los linchamientos me resultan abominables y no seré yo quien participe en ellos añadiendo más crispación mediática al asunto. Conste –otra insistencia más- que guardo un excelente recuerdo de Caunedo de sus tiempos de estudiante de COU en los que le di clase.

Dicho todo ello, no puedo dejar de preguntarme por qué no dimite, lo que le permitiría poder defenderse desde fuera de la política, lo que, por añadidura, sería beneficioso tanto para su partido en todos los ámbitos, especialmente, en el municipal.

Miren, me cuesta entender que el interesado no se dé cuenta, o, al menos, eso parece, de que sus apariciones en la prensa tienen más que ver con el asunto de Aquagest que con su condición de líder del grupo municipal en el Ayuntamiento de Oviedo. Y que esto que digo, comprobable con un mero vistazo a las hemerotecas desde que el asunto salió a la luz pública, sería razón más que suficiente para dejar el cargo hasta que el asunto, judicialmente hablando, se aclare.

¿De verdad, se puede pensar que su tarea como líder de la oposición en el Ayuntamiento de Oviedo, la puede cumplir satisfactoriamente? Y, por otra parte, si en la mayor parte de las comparecencias de su grupo municipal Caunedo no está presente, ¿no sería mucho mejor que dimitiese?

No sé hasta dónde llegará el pacto de investidura que parecen estar negociando el PP y Ciudadanos. Pero, en todo caso, afecte o no ese pacto al ámbito municipal, su presencia en la vida pública, hasta que el asunto se aclare, resulta claramente un lastre.

¿Cómo no recordar la postura que adoptó Caunedo siendo alcalde, apartando a Reinares, cuando fue imputado, e insinuando, de algún modo, que su deseo era que dimitiese el edil de su grupo?

¿Por qué no dimite? ¿Por qué sigue ahí como una sombra de sí mismo? ¿De verdad, cree el exalcalde que, en las presentes circunstancias, está en condiciones de liderar la oposición? ¿O se conforma con los ataques mediáticos que recibe el actual equipo de gobierno? De ser así, su presencia no aporta, ni puede aportar, gran cosa.

¿Por qué no dimite Caunedo? ¿A qué espera para hacerlo?

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Recuerdos de Oviedo: “Jardín de los Reyes Caudillos”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-08-2016 | 13:31| 0

 

“Las verdades son ilusiones de las cuales se ha olvidado que son metáforas que paulatinamente pierden su utilidad y su fuerza, monedas que pierden el troquelado y que ya no pueden ser consideradas más que como metal, no como tales monedas”. (Nietzsche).

A veces, vale la pena dejarse llevar por el afán del momento. En ocasiones, sin haber trazado propósito alguno, decidimos abrir un paréntesis en medio de la cotidianidad, deteniéndonos a contemplar algo, a pensar acerca de un determinado tema, a rescatar un recuerdo, a imaginar una situación próxima, a trenzar una conversación que nos gustaría haber mantenido, o que desearíamos que tuviese lugar pronto.
A veces, en efecto, hay que detenerse, dejándonos llevar por el ímpetu del momento. Así lo hice recientemente, al pasar por delante del llamado “Jardín de los reyes caudillos”. Hay que ir más allá de la llamativa denominación que procede de 1942, y que es fácilmente explicable atendiendo a la fecha. Allí, justo al lado de la Catedral, se les rinde homenaje, mediante obras escultóricas de mérito incuestionable, a los reyes más conocidos de la monarquía asturiana.
Al lado de la Catedral, digo. No sólo se pone de manifiesto la cercanía de los poderes, la comunión entre el Trono y el Altar, tan omnipresente durante tantos siglos. Es que, más allá de eso, lo genuino, que, según creo, nos define en gran medida, es lo mucho que simboliza la Monarquía Asturiana acerca de lo que fuimos y somos en esta tierra.
Una monarquía que, sin entrar en otras consideraciones históricas que no son del caso aquí y ahora, se desplazó fuera de nuestra tierra, como lo hicieron tantas familias llegado el momento. Una Catedral que quedó inacabada si se piensa en su peculiaridad de contar con una sola torre.
De un lado, estamos ante lo de siempre: ante esplendores y decadencias. Pero, en nuestro caso, habría que añadir un factor más: una suerte de designio que nos lleva abandonar nuestra tierra, que nos impele a dejar inacabado un proyecto que, en el tiempo, es de antes y después de nosotros mismos.
Si aceptamos que aquella Monarquía se trasladó, si dejamos de ser Corte, ello podría llevarnos a pensar en ese designio al que acabo de referirme: históricamente, los esplendores son efímeros y, al final, está el abandono de lo nuestro, la marcha, la emigración. Al final, lo grande no encuentra acomodo en una geografía tan pequeña.
Viene a ser como la contemplación de una casona solariega en la que, tras su época de esplendor, la estirpe se fue de allí en busca de otros horizontes. Nuestra tierra nos cautiva, nos atrapa, la amamos con intensidad, pero, en un momento dado, la tenemos que dejar, se nos queda pequeña. ¿Será éste nuestro sino?
Más allá del significado de la Monarquía Asturiana propiamente dicha, más allá del valor artístico de las esculturas del jardín que nos ocupa, lo que se pone de manifiesto al contemplar el enclave del que vengo hablando es nuestra inveterada tendencia histórica a la discontinuidad y al abandono de nuestra tierra.
No sólo hablamos de un proceso histórico en el que la decadencia está, forzosamente, en el guion; es que, además, nos topamos con el sino de una geografía que, antes de que se produzca el declive, nos lleva a dejar atrás lo nuestro.
“Jardín de los Reyes Caudillos”. Insisto en que la denominación se las trae. Pero, más allá de la nomenclatura propiamente dicha y a la paternidad en tal denominación del que fuera canónigo, don Cesáreo Rodríguez y García-Loredo, lo fascinante son las piedras nobles, las esculturas de los reyes, el entorno catedralicio. Raigambre asturiana que luce con el sol, que se ensimisma con la lluvia y el frío y que manda sus destellos mágicos, propios de la leyenda, por las noches.
“Jardín de los Reyes Caudillos”. Al observarlo, confieso que se tiene la sensación de que esos monarcas asisten, en un lugar de privilegio, a las liturgias más solemnes que tienen lugar en la Catedral. Y asisten desde sus piedras nobles, subidas a los altares de lo artístico, por los escultores que los homenajearon.
Monarcas astures en una rinconada de privilegio, extraños testigos de trasiegos a lo largo de un tiempo que, desde largos siglos, dejo de pertenecerles.
En más de una ocasión, me hubiese gustado sentarme allí. Contemplarlos muy de cerca uno a uno. Prestar atención a sus rasgos, a sus trazos, confrontándolos con los relatos históricos que los libros y las leyendas atestiguan.
“Corte en lejano siglo”, escribió Clarín en los comienzos de su suprema novela. Lejanía histórica, en efecto. Cercanía geográfica, sin embargo.
Pienso en el término asturiano “atopadizo” que, según Ortega, “es el único que traduce exactamente el gemülich alemán y el cosy inglés”. Y, desde luego, esa “rinconada”, como se le llamó antes de los caudillajes y caudillos, se presta totalmente a ser definida con el vocablo asturiano que el autor de “La idea de principio en Leibiniz” decidió incorporar al léxico de la filosofía. (Entre paréntesis: quienes sienten tanto odio al asturiano deberían tomar nota de ello).
“Rinconada”, atopadiza. Conviene detenerse a contemplarla, más allá de los datos históricos, más acá de las petulancias de todo presente. Más acá de nosotros mismos.
No echamos de menos la torre que supuestamente le falta a la Catedral. Al final, esa teórica carencia es pura originalidad. Y, por otro lado, asistimos a esta rinconada como quien presencia una serie de personajes que están en lo legendario y en la leyenda.
Frente a tan singular “rinconada”, somos nosotros quienes contemplamos a la historia, quienes la representan con presencia escultórica no reparan en nosotros, no podemos interesarles.
Antigua Corte. Legendarios monarcas, topados en un enclave que, por definición, es “atopadizo”.
Observo que pasa por delante una señora abanicándose. No mira hacia el rincón, sino hacia sí misma, acaso abatida por el calor. Segundos después, un señor se detiene y despliega una guía turística. Vuelve la cabeza hacia el enclave que nos viene ocupando. En su mirar, más que asombro, se perciben interrogantes, interrogantes que me hacen recordar lecturas y relecturas.
Por un momento, pienso en Pérez de Ayala, rodeado de sus personajes novelescos. La retranca estaría muy bien servida.

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La tienda del oprimido
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-08-2016 | 02:49| 0

La tienda está forrada con una tela de flores.

Hay noticias que nos permiten arrinconar la actualidad y que, por tanto, resultan balsámicas. Hay noticias que constituyen un alentador guiño a ese trasfondo travieso (puede que también “avieso”) que aún perdura en los desvanes de nuestra memoria y que nos es muy grato visitar. Hay noticias que nos hacen incurrir en el asombro y, por ello, tienen que ser bienvenidas, deben serlo.

 

Me refiero en este caso  a la noticia publicada en EL COMERCIO cuyo titular es “La tienda del oprimido”. La fotografía nos sitúa en la calle Pelayo, y podemos ver que se trata de catorce trozos de madera que enmarcan una cabina telefónica. En esa singular “tienda”, hay libros, galletas y ropa. Lo que se plantea en tan sorprendente invento es que allí podemos dejar lo que deseemos y que, además, todos los objetos que se encuentran sobre sus baldas  están a nuestra disposición, si nos queremos llevar alguno de ellos. Lo dicho: todo un guiño, marcado por el sentido del humor y la originalidad.

 

En pleno verano, cuando más turistas y visitantes se ven en un Oviedo que descansa más que nunca, alguien acaba de poner en práctica una divertida y admirable ocurrencia. ¡No está mal!

Lo cierto es que, según iba leyendo la noticia, me decía a mí mismo que lo peor de todo era que la actualidad no hay manera de dejarla depositada en alguno de esos estantes. Sin embargo, me di cuenta de que estaba incurriendo en un error de bulto. Y es que el mero hecho de prestar atención a tan feliz ocurrencia nos lleva a aparcar la actualidad, a dejar de lado a los planes de Rajoy, si es que los tiene, a olvidarnos de los más que inquietantes datos económicos relacionados con la deuda de este país, a la situación de declive y decadencia que está viviendo Asturias con la marcha de miles de personas cada año en busca de trabajo, situación de declive y decadencia cuyos datos acaba de ser facilitados por Comisiones Obreras.

“La tienda del oprimido”. Ni se vende ni se compra. Sólo se depositan cosas para quien tenga a bien llevárselas, al tiempo que se nos brinda la oportunidad de dejar lo que deseemos sobre los estantes.

De entrada, ya digo, dejaría a Rajoy con sus balbuceos, con sus idas y venidas. Y es que, por mucho que prometa estar dispuesto a conjugar el verbo concretar, siempre temo que a última hora se haga un lío con los tiempos y los modos, y aquello resulte un episodio digno de Fray Gerundio de Campazas.

“La tienda del oprimido”. Es obligado manifestar gratitud a la persona que puso en práctica una iniciativa tan divertida, tan oportuna y –por qué no decirlo- tan transgresora.

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Recuerdos de Oviedo: Frente al Ayuntamiento
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-08-2016 | 00:14| 0

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“En la vida humana humana sólo algunos pocos sueños se cumplen. La mayoría solo se roncan”. (Jardiel Poncela).

Tengo para mí que, cuando se transita por la plaza de la Constitución en Oviedo, con independencia del rumbo que vayamos a tomar, hay una tendencia, diría que irreductible, a detenerse, siquiera unos instantes, ante el edificio Consistorial, al tiempo que la imaginación nos va conduciendo por su interior, por cada uno de sus despachos, salones y pasillos, informándonos al respecto, respondiendo a nuestra curiosidad acerca de lo que por allí se puede estar cociendo. Y, si tal ojeada tiene lugar por la noche, cuando se supone que no hay seres humanos en sus dependencias, nuestra inventiva nos lleva a otro momento, horas antes o después, cuando la actividad se está desarrollando intramuros.
Y, por otra parte, la mera contemplación de la fachada del Ayuntamiento de Oviedo es un goce estético, pues sabemos que estamos ante unas piedras nobles que enmarcan no pequeña parte de la intrahistoria de nuestra ciudad.
En ese acto contemplativo, cuando se queda a nuestra espalda la calle Magdalena, donde nacieron personajes muy notables, sabemos que estamos en el cogollo y en meollo de una historia que explica en gran medida el devenir de nuestra ciudad.
Y es que todas las salidas de esa plaza son citas con la historia. Y es que todo lo que rodea a la susodicha plaza atestigua y sostiene el devenir de una capital donde la literatura, sobre todo el género novela, brilló a gran altura, muy por encima de las sordideces de cada día. Y es que el costumbrismo tiene su escenario muy cerca del lugar que estamos describiendo. Me refiero, claro está a la plaza del Fontán.
En lo que concierne a mis recuerdos personales, nunca olvidaré el mitin que dieron en esta misma plaza Francisco Prendes Quirós y Paz Fernández Felgueroso en la campaña de las elecciones del 77, primeros comicios democráticos tras la muerte de Franco. Pertenecían los intervinientes al PSP, es decir, al partido que lideraba Tierno Galván. En un momento de su discurso, Prendes Quirós, que fue hasta hace muy poco tiempo Presidente del Ateneo Republicano de Asturias, recordó que estábamos en un enclave que en su momento fue llamado Plaza de la Constitución, nombre que se haría oficial años más tarde. Pero lo más imborrable de aquel mitin fue el ambiente de ansias de libertad que entonces se respiraba, la ilusión de un tiempo nuevo, el entusiasmo que suponía creer que, al pertenecer a la ciudadanía, no seríamos sujetos pasivos de la vida pública. A decir verdad, enternece recordar aquellos episodios del pasado en los que la ingenuidad tenía un peso considerable en nuestro pensar y en nuestro sentir.
Gentes de todas las edades, que, sobre todo, sentían un respeto solemne por Tierno Galván, que daba una imagen de líder de otro tiempo, que recordaba a los viejos políticos republicanos en su dominio de la palabra, en su sólida formación intelectual. Un mitin que fue todo un acontecimiento que parecía hacer presagiar que las cosas cambiarían, que la política sería desempeñada por personas cultas, honestas y comprometidas. ¡Ay!
Pero volvamos a esta plaza y también al Consistorio. Me adentré por vez primera en el edificio del Ayuntamiento en la primera Legislatura de los ayuntamientos democráticos, surgida a a partir de las elecciones municipales de 1979. Mi padre formaba parte de un jurado de textos teatrales en asturiano y, a resultas de su estado de salud, acudí en su nombre a dar lectura a sus conclusiones.
Aquella experiencia, intramuros, estuvo marcada por los contrastes. De un lado, estaba el buen ambiente que se respiraba entre los ediles que formaban parte de aquel jurado. Frente a ello, la huella, nada indeleble, del franquismo, al menos, en nombres y rótulos.
De todos modos, prevalecieron las sensaciones positivas. El poder político, en el ámbito municipal, ya no era algo en lo que sobresalían señores de gafas oscuras con bigote, que eran la simbología andante del franquismo. No, se trataba de muy distinta cosa.
Frente al Ayuntamiento. Recomiendo vivamente la lectura de un episodio de la imprescindible biografía que Cabezas escribió sobre Clarín, episodio que da cuenta del paso de Isabel II por estos andurriales. La ironía -puedo garantizarlo- es suprema.
Frente al Ayuntamiento. A veces, no pocas, si llovía, resultaba grato el recorrido bajo los arcos, recorrido que en la mayor parte de las ocasiones, tenía sus pausas, que pretextaban esperar si dejaba de llover, cuando, en realidad, barruntábamos que eso no sucedería. Pero era una forma de sentirse, al mismo tiempo, en la calle y dentro de los muros del Consistorio.
Frente al Ayuntamiento. En alguna ocasión, a última hora de la mañana, me fijé en la fachada de la iglesia de San Isidoro, cuya ubicación tan cercana podría ser considerada toda una metáfora de las cercanía que hubo durante siglos entre el poder temporal y el poder espiritual, o sea entre la Iglesia y la Política, cercanía que en nuestra historia, como bien se sabe, se prolongó durante mucho más tiempo que en otros países vecinos.
Frente al Ayuntamiento. Recuerdo unos carnavales, con Gabino de Lorenzo como primer edil, donde, según leí en la prensa, se anunciaba un baile romántico. Y, a decir verdad, imaginar al entonces Alcalde de esa guisa en la vestimenta y en la mirada resultaba hilarante.
En todo caso, antes de que, todavía en tiempos de Gabino como Alcalde, un gobierno municipal de derechas incurriese en la irreverencia, acaso pecaminosa, de trasladar los carnavales en Vetusta a días de cuaresma, dimos una vuelta por la plaza en pleno Antroxu. En efecto, había baile, nada romántico, puesto que el repertorio de la orquesta que tocaba eran pasodobles y pachanga. Y lo que encontramos más divertido no fue el baile en sí, que parecía una romería de prau trasladada al asfalto y al invierno, sino el movimiento de gentes, muchas de ellas disfrazadas, que iban y venían sin prestar mucha atención al espectáculo.
Recuerdo un bar que estaba ubicado frente al edificio Consistorial. Allí, también a última hora de la mañana de un día de vacaciones de navidades, el rioja y el pincho de tortilla fueron inolvidables, pero no por su sabor, sino por una conversación cercana, sórdidamente surrealista, surrealistamente sórdida, más zolesca que clariniana. Su contenido era “político”, político, por decir algo.

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Revisión de expedientes
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-08-2016 | 09:40| 0

«Hasta lo inesperado acaba en costumbre cuando se ha aprendido a soportar». (Cortázar).

 

Según leo en EL COMERCIO, Gabino de Lorenzo se pregunta, un tanto atribulado, hasta qué punto puede tener sentido que se revisen miles y miles de expedientes, relacionados con multas y sanciones, a resultas de las declaraciones que hizo el ex jefe de la Policía municipal, don Agustín de Luis, declaraciones que, en el mejor de los casos, no estuvieron marcadas por la prudencia.

Puede deducirse que el actual Delegado del Gobierno en funciones considera excesivo y hasta inquisitorial que se proceda a la mencionada revisión. Es decir, podría pensarse que estamos ante una especie de persecución en contra de don Agustín.

Verá, don Gabino, lo cierto es que detesto los linchamientos y que además me parece muy poco estético echar más leña al fuego contra una persona que no está viviendo precisamente una etapa marcada por un prestigio ascendente.

Pero aquí, a mi juicio, el problema es muy otro. Hay una sentencia judicial que lo llevó a ingresar en prisión. Y, ante ello, al margen de que –perdón por la perogrullada- don Agustín de Luis está en su perfecto derecho de hacer valer sus bazas legales y de recurrir ese fallo, convendrá conmigo, señor Delegado del Gobierno en funciones, en que el protagonista de esta historia, tanto en sus descalificaciones a la magistrada que lo juzgó como en sus declaraciones ulteriores, no sólo no estuvo muy afortunado, sino que suscitó que los actuales mandatarios del Ayuntamiento se planteasen esa revisión, dando respuesta a unas palabras en las que su autor parece considerarse por encima del bien y del mal.

Se da  la circunstancia, don Gabino, de que esta ciudad está viviendo una etapa en la que hay que hacer frente, con dinero de todos, a determinadas medidas que se aprobaron siendo usted Alcalde. Claros ejemplos de ello son Villa Magdalena y el Calatrava. Si a eso le sumamos, no ya el asunto en sí por el que fue juzgado y condenado el señor de Luis, sino la actitud de este ciudadano, el resultado, para unos, tendrá mucho que ver con vendas que se caen, y para otros será la indignación.

Bien está que no se haya sumado usted a linchamiento alguno contra un funcionario que fue de su máxima confianza. Hasta ahí, podemos estar completamente de acuerdo. Pero no parece muy propio del cargo que usted desempeña, aunque sea en funciones, sugerir que no se hagan esfuerzos que buscan comprobar hasta qué punto se pudo, presuntamente, incumplir la ley.

Doy por hecho, don Gabino, que a usted nadie tiene que recordarle la autoridad que actualmente tiene en lo que concierne al celo con que debe conducirse para que la ley se cumpla, o, lo que es lo mismo, para comprobar si se pudo haber incumplido.

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RECUERDOS DE OVIEDO: EL TRÁNSITO DE SANTA BÁRBARA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-08-2016 | 00:55| 0

“Hay cosas encerradas dentro de los muros que, si salieran de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo”. (García Lorca).

Tránsito de Santa Bárbara. Cuando, en mis años estudiantiles, pasaba por allí camino de la Facultad, tras las vacaciones de Semana Santa y también en los escasos días en los que el otoño nos obsequiaba con temperaturas benignas, sabía que me esperaba, una vez que dejase atrás el arco, un pestilente olor, obsequio de quienes, en un momento de apuro, habían hecho allí sus aguas menores, camino del final de sus noches.
Tránsito de Santa Bárbara. La noche vetustense dejaba tras el arco su recordatorio maloliente. Lo sacro y lo profano. La espiritualidad tan cercana y lo humano, demasiado humano, en su versión menos sublime.
Tránsito de Santa Bárbara. Bien mirado, aunque formase parte de lo cotidiano, lo cierto es que me resultaba muy grata y llena de encanto aquella ruta los días lectivos desde la calle Toreno hasta la plaza Feijoo. Y es que no sólo se trataba de recorrer lugares conocidos y familiares, sino también de la historia e intrahistoria de Oviedo.
Lo cierto es que en el momento mismo en que ponía los pies en la plaza de la Catedral, podría decir que los siglos, como un acordeón cuando se abre, se desplegaban y, al mismo tiempo, se unían formando algo cuya música de fondo despertaba un sinfín de inquietudes.
Y es que la Catedral no sólo era la Edad Media, era también algo que llevaba directamente a “La Regenta”. Los siglos, digo, se desplegaban uniéndose. Y es que, tras dejar la Catedral recorriendo por la Corrada del Obispo, camino de la Plaza Feijoo, no sólo se pasaba, en tan poco espacio desde el Medievo hasta el siglo XVIII cuando el fraile benedictino combatía todas las supersticiones que en el mundo estaban siendo, sino que además me adentraba en unas aulas donde las teorías más en boga, en especial, el estructuralismo, se aplicaba a la lengua y la crítica literaria.
Tránsito de santa Bárbara. Hubo días, en los que minutos antes de las nueve de la mañana, la noche, con independencia de que la llegada del amanecer fuese más tardía o temprana, seguía teniendo sus peregrinos. Hubo días, en los que minutos antes de las nueve de la mañana, me encontraba con gentes para quienes la noche aún no había terminado aunque estuviese a punto de hacerlo.
En la mirada, podían adivinarse los excesos, el cansancio. A veces, también la plenitud. Eran los testigos de una noche que existencialmente no había acabado. Era una especie de cambio de turno. Deambulaban empapados y empapadas de la magia de la noche, de sus horas brujas, de sus descubrimientos, de sus vivencias sin rigideces ni tiranías horarias.
Vivían su después de la noche transitando por allí. Ésa era su mochila, ése era su zurrón. ¡Lo que cambian los tiempos! Había quienes llevaban libros en la mano, cuyas lecturas, seguro habían compartido.
A propósito de esto, tengo escrito que pertenecemos a la generación del porro compartido, acaso a la última generación que ni quiso ni pudo ni supo apostar por el individualismo, que, en lugar de decantarse por la competitividad, lo hacía por lo solidario bien entendido; se distinguía y distinguíamos muy bien entre la competencia y la competitividad.
Tránsito de Santa Bárbara. Así veía a la mayor parte de los transeúntes. Entre aquellas personas, había quienes frecuentaban la Facultad, y todos compartíamos con mayor o menor frecuencia los pubs del Oviedo antiguo. Su música, sus charlas, sus debates, sus encuentros y desencuentros.
Fíjense en esto que digo: dejar atrás el arco con sus olores, llegar a la Corrada del Obispo. Y, por aquellos andurriales, minutos antes de las nueve de la mañana, todos nos cruzábamos, quienes íbamos a clase, quienes dejaban la noche atrás, por lo común a un ritmo lento, así como clérigos que por allí andaban.
Es lo que vengo diciendo: siglos desplegados y plegados. Sinfonía de tiempos. Sobriedades y embriagueces. Clérigos y seglares. Noctámbulos y madrugadores. Muy cerca de todo ello, los muros centenarios.

En la mayor parte de las ocasiones, los transeúntes para quienes la noche no había terminado no iban en grupo, eso sucedía raza vez. Eran gentes cuyos rostros y atuendos me solían resultar cercanos. Eran la viva imagen del momento que se vive tras una larga noche, muchas veces inolvidable, no siempre para bien. Eran la puesta en escena de la disfunción entre el espacio y el tiempo. El primero continuaba siendo el mismo. Pero el segundo se encontraba desubicado. Estaba muy claro de dónde venían, pero no se sabía hacia dónde se dirigían para descansar de su noche, para ponerle fin, con independencia de que el alba ya se hubiese asentado.
Y a aquella falta aparente de sincronía con la hora que era no hacía más que reforzar ese juego de pliegues y despliegues del que vengo hablando, sólo que en este caso quienes se desplegaban y plegaban eran los horas, las horas con su locura según un memorable verso de Quevedo.
Tránsito de Santa Bárbara. Aquella carpeta azul en la que traía y llevaba apuntes. Aquellos libros que llevaba para regresar a su lectura en una hora libre, también para comentar mis impresiones con compañeros y compañeras de aula y de Facultad.
Nunca olvidaré a una pareja que parecían estar mohínos en parte por el cansancio, en parte por alguna discusión reciente. Me encontré con ellos, al pasar por el Tránsito de Santa Bárbara. El muchacho, a quien conocía de haber visto muchas veces por la zona del Oviedo antiguo, me pidió un pitillo. Tras encenderlo, le ofreció a su acompañante una calada. La chica, a pesar del cansancio, tenía unos ojos muy expresivos. Tras expulsar el humo, la mirada de le iluminó, como si necesitase el sabor y la compañía del tabaco para el momento que estaba viviendo. Les ofrecí otro pitillo. Con grata y asombrosa amabilidad, se negaron. El rito del momento era compartir el cigarrillo.
Aquel encuentro, memorable estampa de una generación que prefería compartir, me alegró la jornada y, décadas después, me reafirma en mis convicciones… generacionales.

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