El Comercio
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La traca final del gabinismo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-01-2017 | 07:57| 0

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«Todos ven lo que tú aparentas; pocos advierten lo que eres». (Maquiavelo).


«El diamante es frío, pero es obra del fuego, y de su aventura habría mucho que hablar». (Machado).

 

Lo tengo escrito más de una vez: el Calatrava de Oviedo fue la traca final del gabinismo, fue el momento en que, seguramente sin saberlo, querían convertir esta ciudad en una especie de Camelot, con farsa y licencia castiza, con el ex primer edil haciendo el papel de anunciar que ésta era la ciudad de los Palacios, y lo hacía a su gusto, con su versión personal de don Hilarión.

Y, en el momento presente, más allá del óxido que asoma, más allá del pegote que eso supone estéticamente hablando, más allá de que lo que se anunciaba con grandonismo está cada vez más lejos de cumplirse, resulta que el TSJA aminoró en 7 millones de euros la “deuda” que el Consistorio, o sea, toda la ciudadanía carbayona, deberá pagar a Jovellanos XXI. (¿Qué diría de esto nuestro ilustrado?).

Algo es algo, pero, además, según declaró en EL COMERCIO el Alcalde de Oviedo, la voluntad del Gobierno local es reducir a coste cero el asunto. Con lo cual, no queda otra que felicitarse por la voluntad del primer edil y de su Equipo de Gobierno.

A ello hay que añadir que no tiene desperdicio la crítica que un reciente libro hace sobre la presencia de obras de este arquitecto en varias ciudades españolas, entre ellas, Oviedo.

Pero no sólo estamos hablando de algo que, estéticamente hablando, es, en el más generoso de los supuestos, muy discutible, sino de un momento en el que imperaba lo faraónico en la política carbayona y asturiana. ¿Cómo no recordar el momento aquel en el que el conocido arquitecto visitó Oviedo e hizo una propuesta delirante para el edificio del Vasco que incluía tres torres inclinadas, propuesta que en determinados personajes despertó un entusiasmo desbordante?

La traca final del gabinismo, digo. Donde tuvieron lugar las mayores glorias del Real Oviedo, vemos óxido. Donde estuvo afincada la Estación del Vasco, la parálisis es manifiesta.

Y, fíjense ustedes, primero el Calatrava. Después, el cierre de todos los inmuebles del antiguo hospital. ¿Qué se hizo con esa zona de Oviedo, la misma en la que se fueron asentando tantos y tantos ciudadanos que venían del occidente de Asturias y que decidieron asentarse en aquella parte de la ciudad que miraba hacia sus propias raíces?

Y, fíjense ustedes, en aquella traca final del gabinismo, hubo colaboradores importantes, por ejemplo, el Gobierno autonómico de entonces que trasladó al Calatrava Consejerías, gobierno autonómico de coalición entre el PSOE  e IU. ¡Ay!.

La Ciudad de los Palacios, el Camelot gabiniano. Al final, ruina. Palacios calatraveños que costaron lo suyo, al tiempo que de los monumentos prerrománicos muchos no quisieron acordarse.

¿Y encima hay que pagar?

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Recuerdos de Oviedo: Aquellas bicicletas que fueron para el invierno
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-01-2017 | 11:06| 0

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“Ceniza, la labor de nuestras manos y un fuego ardiente nuestra fe”. (Borges).

Inolvidable aquella mañana de 1964. Al despertarnos, en la galería que estaba al fondo de la cocina, que daba a la calle la Luna, estaban los regalos de Reyes, entre ellos, las primeras bicicletas que tuvimos. Aquello constituyó una excepción no sólo por tratarse de un regalo tan especial, sino porque fue la única vez que los Magos de Oriente nos dejaron sus regalos allí, y no en el salón-comedor que daba a la misma plaza del Carbayón.
Recuerdo perfectamente que nunca deseé tanto el término del desayuno. Estaba viendo mi bicicleta roja y ansiaba estrenarla, aunque, a decir verdad, aún no había aprendido a conducirla. Aquello estaba lógicamente previsto y había dos pequeñas ruedas auxiliares, especie de apéndices, que la sostenían y evitaban caídas, siempre indeseadas.
Por fin, se acabó el desayuno. Por fin, pude estrenar la bici por el pasillo de la casa. Pedaleaba sin atolondramiento, pero con entusiasmo. De vez, en cuando, hacía que el timbre sonara. Y, una vez estrenadas en casa las nuevas bicicletas, se dispuso que disfrutásemos de ellas en la calle, más concretamente, en la pequeña plaza de una de las fachadas laterales del Campoamor donde se encuentra esa especie de “carbayonín” de juguete al que ya aludí en algún texto de esta serie.
Hacía frío, sí. Y, además, la superficie a recorrer no era muy grande que digamos; aun así, hubiese estado más tiempo rodando con mi bicicleta. Pero con siete años no tocaba decidir.
Durante la comida, se habló de los regalos. Y para todos estaba muy claro que, en cuanto hubiese ocasión, había que llevar las bicicletas a Lanio y dejarlas allí. Oviedo no era una ciudad cómoda para andar en bici, y además, una gran parte de nuestro tiempo lo pasábamos en el pueblo.
Recuerdo que hubo un momento al final de la comida que me quedé pensando en los pedales, no sólo en los de la bicicleta, sino también en los de un coche que tenía en Lanio, con un morro muy cónico. No existían en mis medios de locomoción los motores, sino lo pedales, tanto en el coche con el que tanto andaba por el patio de Lanio, como en mi flamante bicicleta.
Un traje de romano, un balón, un coche con pedales y una bicicleta. Los pies, siempre los pies. Se trataba de moverse y de mover. Todo por el patio.
De hecho, ya estaba deseando que llegase lo antes posible el momento de poder estar en Lanio y dar paseos en bici, no sólo por el patio, sino también por la finca de casa y por los caminos del pueblo. Porque Lanio es un lugar pintiparado para la bicicleta, llano como la palma de la mano.
Aquellas bicicletas que fueron para el invierno, que lo hicieron especial, que el frío no impidió disfrutarlas como el juguete más fascinante y especial que hasta entonces había tenido.
Vuelvo a la imagen de la galería de casa aquel 6 de enero. A la bolsa del revoltijo sobre el sillín. A la barra que era un signo distintivo de masculinidad. A aquel color rojo oscuro y discreto, que hacía más sufrida aún a la bicicleta, a una bicicleta que tenía en su destino caídas y golpes, consecuencia la mayor parte de las veces de garrafales despistes del arriba firmante.
Cuando transcurrieron los años y aquella bicicleta me resultaba demasiado pequeña y no era, por tanto, utilizable, me gustaba contemplarla y siempre pensaba que nunca volvió a Oviedo, que, tras aquella puesta en escena tan memorable y especial, su destino estuvo fuera del sitio en el que se produjo su puesta de largo.
Recuerdo que la última vez que rodó por Oviedo antes de que emprendiese su viaje definitivo a Lanio fue por el Campo San Francisco, claro está, con las correspondientes ruedas auxiliares, claro está, mis paseos en ella estaban bajo la protección de personas mayores.
Fue mi bicicleta hasta que cumplí los once años. Recuerdo no sólo las caídas, también los pinchazos, la puesta a punto de frenos y cadena. Siempre la cuidé con cierto cariño. Y, cuando llegó la hora de sustituirla, incluso en una edad poco proclive a tales cosas, me invadió la nostalgia. Mi crecimiento me alejaba de ella, su destino era el estatismo, pero también consistía en un recuerdo que atestiguaba vivencias extaordinarias.
Pasado el tiempo, cuando tuve conocimiento del título de libro de Fernando Fernán Gómez, o sea, “las bicicletas son para el verano”, recordé con mucha ternura que, en mi caso, fueron para el invierno, sobre todo, por el invierno. Al menos, el estreno fue en invierno, en un invierno que me ayudó a combatir el frío y a acortar distancias. Me gustaba su ruido al rodar, me encantaba frenar despacio y seguir sentado en ella. Porque, además de otras muchas utilidades, fue un asiento móvil, un antídoto contra la quietud.
Ella y yo. Mi bicicleta y yo, que me recuerda una mañana de un 6 de enero, con hechizo.
Un invierno en el que lo prodigioso lo puso aquella bicicleta roja la mañana del día de Reyes.

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HERENCIAS DEL GABINISMO Y OTRAS CALAMIDADES
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-01-2017 | 11:12| 0

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“El tiempo nos ha vaciado de fulgor. Pero la oscuridad sigue poblada de luciérnagas.” (Gioconda Belli).

Un día supimos que el precio a pagar por Villa Magdalena era un auténtico despropósito. Un día nos despertamos con la noticia de que la construcción calatraveña en Buenavista, además de sus óxidos y otras inconveniencias, es toda una hipoteca para la ciudad. Un día tenemos conocimiento de las innumerables trabas que tiene que sortear este equipo de gobierno para que determinados servicios públicos sean asumidos por funcionarios del Consistorio y no por empresas privadas. Un día sí y otro también se nos anuncia la disconformidad de determinados políticos y también de miembros de asociaciones vecinales por los cambios que el Ayuntamiento decidió en el callejero de Oviedo, cambios que se llevan a término aplicando la legalidad vigente.

A ello hay que sumar que al actual equipo de gobierno apenas se le concede tregua en su día a día al frente del Consistorio. Hay quienes no están dispuestos a reconocer un solo acierto del tantas veces llamado «tripartito» de Oviedo. Hay quienes se niegan a asumir errores cometidos en el pasado, errores que, si un milagro no lo remedia, nos rascarán –y no poco- los bolsillos.

Dos años lleva ejerciendo sus funciones el actual equipo de gobierno del Ayuntamiento de Oviedo, con sus desencuentros, con sus descoordinaciones, con sus fallos. Y, en el recién concluido, nadie se ha abochornado por todo lo que rodea al ‘caso Pokémon’, ni tampoco por el escandaloso gasto a las arcas municipales que nos va a ocasionar Villa Magdalena.

Si durante el primer año de gobierno se machacó hasta la extenuación con la falta de competencia y con el desgobierno, en este segundo año, no sólo se le niega hasta la buena intención de quienes están al frente del Ayuntamiento, sino que además, entre la oposición y sus corifeos mediáticos, no se tiene el coraje de responder por los errores cometidos. Claro, son pluscuamperfectos.

Por otro lado, no es fácil entender, en lo que respecta a los cambios en el callejero de la ciudad, que no se quiera caer en la cuenta de que, en primer término, las leyes están para cumplirlas, y que, en segundo lugar, no es de recibo que, cuarenta años después de la muerte del dictador, hayan seguido estando en nuestro nomenclátor personas inequívocamente involucradas en aquel régimen totalitario. Vuelvo a preguntarme una vez más si alguien es capaz de dar un solo argumento convincente que apoye que en una sociedad democrática sigan teniendo presencia en las calles personajes que contribuyeron a pisotear los derechos y las libertades.

Bien es verdad que estos cambios tendrían que haberse hecho mucho antes. Por ejemplo, en los ocho años de mandato de Antonio Masip. Bien es verdad que en muchos casos puede ser discutible establecer quiénes atesoran más méritos para estar en nuestro callejero. Esto sería dialéctica, debate democrático. Pero no es eso lo que se hace, se lanza artillería pesada.

En todo caso, si algo quedó muy claro en 2016 es que la herencia del gabinismo es cualquier cosa menos barata. Está cargada de hipotecas. Y ya se sabe quiénes tendrán que pagarla.

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Recuerdos de Oviedo: Prédica navideña
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-12-2016 | 23:55| 0

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“El suspiro es la queja involuntaria del alma”. (Ramón Gómez de la Serna).

“Si no hubiera suspiros, el mundo se ahogaría”. (Daudet).

Era el día de año nuevo de 1967. No recuerdo a qué hora de la tarde fuimos a misa a San Isidoro, pero estoy por asegurar que ya había anochecido. Antes de la liturgia, me tocó ir a confesar. Mis faltas no debían ser muy graves, cuando el ministro del señor me dijo aquello de “año nuevo, vida nueva”, y añadió que debería aplicar tal lema para corregir mis pecadillos. Hubo un momento en que me reconvino preguntándome si estaba atento a lo que me decía o si andaba distraído pensando en otras cosas. A decir verdad, reconocí lo segundo, pero el confesor no se alteró por ello, mostrándose muy comprensivo. Confesión liviana, sin duda. Y la penitencia impuesta en rezos no fue onerosa: Padre nuestro y ave María.
Lo llamativo no resultó que me hubiera recomendado tan profundo y original lema, sino que, en el desarrollo de la misa, el mismo oficiante, en su prédica desde el púlpito, repitiese la susodicha consigna dirigida a toda la feligresía que estaba allí concentrada y devota, invitando a su auditorio a que, con el nuevo año, hubiese la suficiente fuerza de voluntad para corregir defectos y evitar pecados. Invitación que fue hecha sin ira, sin acritud, con paternalismo.
Lo cierto es que, al oír aquello, tuve la sensación de que mis pecadillos no eran graves ni preocupantes. O sea, aquello contribuyó a que sintiera cierta laxitud. Porque, además, se daba la misma recomendación a todos los fieles.
Pocos niños había en aquella liturgia. Y, de vez en cuando, fijaba mi atención en los parroquianos que habían acudido a misa. Mantillas y abrigos muy similares los de las señoras. Gabardinas casi idénticas vestían los caballeros. Uniformidad en la consigna, uniformidad también en los atuendos. ¡Qué cosas! Y qué decir de aquellos misales que rara vez se abrían, pero que se llevaban a misa, quizás por si acaso, quizás porque en algún momento podía hacerse necesario abrirlos. Lo cierto es que no podía pasar desapercibido el tono dorado que bordaba las aristas de cada página, ni tampoco la cinta roja que servía de marcador.
Al salir de la iglesia, estaba el mismo hombre que habíamos visto a la entrada pidiendo limosna. Seguramente, no había acudido al santo sacrificio, pero, de haberlo hecho, estaría de acuerdo con que el año que arrancaba le deparase una nueva vida.
Ya en la calle, hubo un momento en que pensé en que, más allá de los pecadillos veniales, yo no ansiaba ninguna vida nueva, estaba satisfecho con la que tenía. Deseaba llegar a casa y contemplar una vez más el nacimiento que mi madre había instalado con todo el mimo sobre la superficie del aparador. Deseaba montar el fuerte para escenificar combates entre indios y vaqueros. Deseaba jugar con el tren eléctrico que me habían regalado el año anterior. Deseaba que llegasen los postres de la cena para comer mazapanes y turrones. Deseaba recolocar alguna bola del árbol navideño, que habíamos traído de Lanio. Deseaba que no tardase mucho en llegar la mañana siguiente y acompañar a mi padre a la librería santa Teresa y hojear libros de cuentos. Deseaba encontrarme con todo aquello que me acompañaba. Con todo aquello y con todos aquellos.
Recuerdo que, en la calle Jesús, al pasar por delante de una tienda por la que había que bajar unas escaleras desde la acera, me di cuenta de que habían cambiado el escaparate: las figurillas de indios y vaqueros ya no estaban allí. O sea, que la consigna de la vida nueva había tenido efecto en lo más cercano. Y he de reconocer que aquel cambio no fue de mi agrado. Pequeño escaparate con el cristal ovalado. Y la repisa donde se exponían los productos era muy pequeña y estaba abigarrada. Pasados los años, si la memoria no me falla, creo que aquel establecimiento se convirtió en una tienda de flores.
Sin embargo, no me encontré con más novedades en todo lo que observé camino de casa. Un alivio.
Tras la cena, recuerdo que seguí leyendo una versión ilustrada de “Lawrence de Arabia”, editada, si no recuerdo mal, por Bruguera. Y, antes de dormirme, volví a pensar en aquella consigna.
¿En qué iba a cambiar la vida por el hecho de entrar en un nuevo año? O, más bien, ¿a cuántas personas les cambiaría, con independencia de que deseasen o no que sus vidas tomasen nuevos rumbos?
En efecto, comenzaba un nuevo año, ¿pero qué cambios comportaba semejante cosa? Nuestros días, hasta la reanudación de las clases en el colegio, seguirían siendo idénticos. Nuestros juegos, también.
A la mañana siguiente, en el pequeño trayecto que va desde la plaza del Carbayón hasta la calle Pelayo, el cambio más repetido era que, a la hora de los saludos, tras los buenos días o la pregunta socorrida de turno, todo el mundo se deseaba un feliz año nuevo.
Y –cosas del caprichoso azar- en 1968 no fuimos a misa a San Isidoro, pero me pregunté si el párroco repetiría la prédica del año nuevo y la vida nueva.

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Nueva normativa para las terrazas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-12-2016 | 14:55| 0

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“Gobernar es no estorbar. Gobernar es transigir, dijo un político. Luego gobierno es una transacción, pero una transacción o acuerdo tácito entre todas las partes es un ‘contrato social’, según la inspirada nomenclatura de Rousseau”. (Pérez de Ayala).

 

Leo en EL COMERCIO que la nueva normativa sobre las terrazas de los establecimientos de hostelería en Oviedo entrará en vigor el día uno de enero. Espero y deseo que, por un lado, las empresas  afectadas tengan claro a qué atenerse y que, por otra parte, no haya que eliminar algunas de las que hay, pensando no sólo en el divertimento de quienes las frecuentamos, sino también  en la pérdida de puestos de trabajo que ello acarrearía.

Sin ser un experto en la materia, parece razonable que se legisle pensando en no restringir la viabilidad de los peatones por las calles. En eso no hay ninguna duda. Por otra parte, doy por hecho que, antes de elaborar la nueva reglamentación de las terrazas, se haya hablado con asociaciones de vecinos y con hosteleros, buscando siempre lo razonable para satisfacción de todos.

Dicho esto, esperemos que se corrija una normativa que no hizo el actual Equipo de Gobierno, pero que se vio obligado a aplicarla el pasado año. Lo cierto es que dio cierta pena ver cómo tuvieron que desmontarse determinadas terrazas que, entre otras cosas, ofrecían un aspecto agradable y que contribuían también al embellecimiento de la ciudad.

Desde luego, no se debe entorpecer el paso de los peatones ocupando casi toda la acera, pero también es cierto que tiene que haber soluciones que compaginen esta cuestión con la existencia de terrazas que dan vida a la hostelería y, con ello, a la ciudad.

Tienen que existir soluciones intermedias que, respetando la accesibilidad, permitan que las terrazas sigan dando vida a Oviedo, contribuyan a la actividad de la hostelería y faciliten a fumadores y no fumadores emplazamientos cómodos y gratos para las tertulias.

La solución llega un año después, pero si, tal y como esperamos todos, sirve para evitar el cierre de terrazas, sin que ello conlleve molestias por la mencionada accesibilidad, estaremos de enhorabuena y será, sin duda, una buena forma de empezar el año en lo que se refiere al ocio de la ciudad.

Seguro que la normativa que entrará en vigor es mejorable, pero me conformo con que sea razonable y no provoque más cierres. Seguro que quienes elaboraron la anterior normativa mostrarán su disconformidad, olvidando lo que en su momento mantuvieron.

Pero, ante todo y sobre todo, espero y deseo que esto sea una solución.

Veremos.

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Recuerdos de Oviedo: Relato navideño
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-12-2016 | 14:28| 0

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“Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. (Sartre).

Oviedo, calle Santa Susana, navidades de 1970, última hora de la tarde a la salida de misa de los carmelitas. A la puerta, pidiendo limosna, estaba un hombre que entonces me parecía muy mayor. Mechones de pelo blanco. Cejas muy pobladas, manos callosas. Y, sobre todo, aquella gabardina tan gruesa, de color marrón, tan curtida en Dios sabe cuántas batallas como el personaje que la llevaba.
No olvidaré el momento en el que nuestro hombre besó un billete de cien pesetas con el que un elegante parroquiano le obsequió. Más que la manifestación de cariño hacia el billete, lo que me llamó la atención fue que apenas miró a su benefactor. Recibió la dádiva como algo inesperado, como un golpe de fortuna, y en ello concentró sus sentimientos. Apretó la mano con el billete dentro, como si ambos necesitasen calor, como si lo compartiesen, como si aquello fuese un destino, no por inesperado, menos cierto.
Por su parte, el elegante parroquiano, tan pronto pisó la acera, se puso con parsimonia su sombrero. También llevaba gabardina, mucho más blanca que la de nuestro personaje.
Hacía mucho frío, el cielo estaba encapotado. Se anunciaba lo que llaman una helada negra. Sólo el gentío que salía de misa daba vida al instante, porque apenas transitaban coches por la calle, porque apenas había transeúntes a pie por el llamado “Paseo de los curas”.
Noche como boca de lobo. Noche navideña que el cielo no parecía querer celebrar.
Mi padre y yo fuimos al bar Alameda, que entonces estaba en la calle Santa Susana, muy cerca de la casa sindical.
Cuando ya estábamos sentados sobre las sillas altas de la barra, entró el mendigo, al que el dueño del establecimiento parecía conocer. De hecho, le sirvió un vino tinto sin ni siquiera preguntarle qué iba a tomar.
A mí, me llamó la atención el espesor del vino, muy fuerte, así como el tono tan oscuro que tenía. Se diría que el espesor y la tonalidad del color compaginaban con la gabardina.
Pero me sorprendió más aún que aquel hombre, tan pronto dio su primer trago de vino, manifestó con sus gestos haber apagado la sed. Y, claro, a los trece años se ignora casi todo sobre el vino, pero sí se sabe que no es una bebida refrescante.
Tras aquel primer trago, que tanta satisfacción pareció producirle, hizo seña al señor del bar, y enseguida le sirvieron un bocadillo de tortilla, del que dio muy buena cuenta en muy poco tiempo.
A continuación, se compró una cajetilla de Celtas. Y se fumó el cigarrillo, departiendo con el hostelero y tosiendo con frecuencia.
Probablemente, las cien pesetas que le cayeron como una bendición no le habían llevado al Alameda, pero seguramente, sin ellas, no habría ni tortilla, ni cigarrillos ni pastel, que también devoró.
Por otro lado, no se quitó la gabardina mientras comía y bebía. Lo hacía con prisa, con voracidad.
También se tomó un café.
Confieso que sentí una curiosidad enorme. Me imaginé varias `posibles vidas de aquel hombre, con la peripecia incluida que lo había llevado a la mendicidad.
Vino peleón, tortilla de patata fría y un pastel que no necesariamente estaba recién hecho. Aun así, todo un festín para nuestro hombre, festín que remató con el segundo cigarrillo que fumaba al tiempo que se tomaba el café, sin azúcar.
Mientras tanto, mi padre completó el crucigrama que alguien había dejado sin resolver del todo y le dio un repaso al periódico. Estaba mucho más ajeno que yo a nuestro hombre.
Cuando salimos del Alameda, el frío era aún más intenso. Y en la calle soplaba un aire polar.
En casa, oímos una emisora de radio que emitía el programa “Operación juguete”, se trataba, creo recordar, de una especie de subasta en la que los oyentes participaban, y los beneficios se destinaban a comprar juguetes a los niños que carecían de ellos.
Lo cierto es que aquello, en lugar de enternecerme, me llevó a preguntarme por qué no había iniciativas similares para ayudar a personas mayores que se veían obligadas a mendigar.
Y es que me había impresionado mucho lo que había visto aquella tarde-noche desde el momento mismo en el que nuestro hombre se encontró con aquellas cien pesetas.
Sin duda, aquello había sido un golpe de suerte, sin duda, lo habitual era que le diesen monedas que no le permitirían ni siquiera una cena modesta.
Por la noche, me pregunté dónde estaría aquel hombre, en qué condiciones dormiría, cómo se la podría arreglar para combatir el frío y cómo sería su despertar.
Al día siguiente, a la misma hora paseé por delante de los Carmelitas. Nuestro hombre no estaba. Ni tampoco se encontraba en el Alameda, pues desde afuera e veía la clientela de aquel momento entre la que no se encontraba.
O sea, que todo fue excepcional: el billete de las cien pesetas y también su presencia en aquellas navidades de 1970.
Navidades de 1970. Burgos y las cien pesetas.

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Panorama Vetustense: Atado y bien atado
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-12-2016 | 16:35| 0

El camino de la remunicipalización de determinados servicios públicos en el Ayuntamiento de Oviedo no sólo es arduo y sinuoso, sino que además está lleno de obstáculos. Lo que me sorprende no es que esto esté sucediendo, sino que, en general, hubo y hay mucha inconsciencia acerca del significado que tiene privatizar servicios públicos.

Y es que, al lado de la concesión de marras a la empresa privada de turno, se genera mucha letra pequeña concebida, claro está, para blindar los intereses privados.

Por eso, no pongo en duda que las sentencias judiciales que al respecto acabamos de conocer se ajusten a lo legislado. La pregunta es quiénes hicieron esas leyes y con qué miras. La pregunta retórica, se entiende.

Atado y bien atado. La vuelta atrás, esto es, la apuesta por recuperar que los servicios públicos no sean gestionados por empresas privadas, resulta de lo más dificultosa, y el panorama que esto deja es desolador.

¿Cómo pueden sentirse todas aquellas personas que, teniendo la titulación requerida para el caso, vean que no pueden presentarse a unas oposiciones que les facilitarían un puesto de trabajo al que aspiran en función de los conocimientos que atesoran?

Aquí, no sólo se firmaron privatizaciones. Aquí, se intentó que se blindaran. Y, artificios legales aparte, lo que se hace es poner por delante el drama de las personas que pueden quedarse en paro. Desde luego, no es la empresa a la que pertenecen la que les asegura el trabajo, sino que se pretende que las instituciones públicas, en este caso, el Ayuntamiento de Oviedo, sean las que se hagan cargo del asunto.

Desde luego, como ya escribí en más de una ocasión, es un drama perder el puesto de trabajo; también lo es no tenerlo y no poder acceder al empleo para el que se cuenta con la cualificación exigida. Pero en estas personas nadie piensa.

Atado y bien atado. Las privatizaciones vinieron para quedarse, y el blindaje estaba y continúa estando en la letra pequeña.

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Viga Azul: Rifa navideña
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-12-2016 | 19:51| 0

 

:: M. R.Pereira trata de controlar el balón, ante dos contrarios.Más allá de los resbalones, más allá de la falta de precisión en los pases en jugadas de ataque, a ratos, daba la impresión de que se rifaba el balón, sin obtener premio, sin alcanzar un juego que pusiese nervioso al contrario, sin entusiasmar al respetable.

Por otro lado, hay que anotar que el primer gol del Córdoba vino en una jugada en la que la defensa oviedista se quedó dormida. Un gol tonto en la medida en que fue un regalo irrechazable para el delantero visitante. ¿Y qué decir del segundo tanto del conjunto andaluz, consecuencia de un desvío involuntario de un jugador del Oviedo que descolocó por completo a nuestro guardameta?

Cierto es que el estado del campo provocó resbalones continuos, pero no lo es menos que a ello se adaptó mejor el adversario, que no es precisamente un equipo del norte avezado a jugar en barrizales. Cierto es que hubo muy mala fortuna en el balón que lanzó al poste Susaeta, que sigue estando más lento de lo habitual. De cualquier modo, tal cosa no justifica el mal juego que ofreció el Oviedo.

Cuesta entender que no estuviese convocado Jonathan Vila, al tiempo que no puedo dejar de preguntarme por qué salió de titular Oscar Gil, cuando tuvo fallos clamorosos en los últimos partidos que jugó. ¿No se merece el jugador gallego la oportunidad de ser titular, cuando vino demostrando solvencia en el tiempo que lleva en el Oviedo?

Por otro lado, Jonathan Pereira no tuvo su día. Lo mismo podría decirse de Nando. Nos les faltó lucha, pero estuvieron carentes de acierto y eficacia. Lo malo de esto es que, de haber estado más inspirados los jugadores citados, el partido contra el Córdoba hubiera sido ideal para disfrutar de un fútbol en el que las bandas tuvieran protagonismo. De ello, estamos ayunos lo que va de temporada.

Tengo la impresión de que son muchas las cosas las que deben ser corregidas en este equipo, sobre todo, la complicidad a la hora del pase y del desmarque. A ningún jugador se le puede reprochar falta de entrega y compromiso, pero ello, con ser imprescindible e ir en el sueldo, dista mucho de ser suficiente.

Rifa navideña, con continuos balones sin precisión. Al final, en el mejor de los casos, tocó la pedrea con el gol de Linares, una pedrea muy inferior a lo invertido y a lo esperado.

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Recuerdos de Oviedo: Cuando nevaba en la tele
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-12-2016 | 02:21| 0

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“Y cuando ella me hable/ de un cielo oscuro, de un paisaje blanco, /recordaré/ estrellas que no vi, que ella miraba, / y nieve que nevaba allá en su cielo”. (Pedro Salinas).

Cuando nos despertamos aquella mañana navideña, ella ya estaba allí. Ella era la primera televisión que hubo en casa. ¿Cómo olvidar el instante en el que mi tía lencendió el televisor? Lo cierto es que no consigo rescatar la primera imagen que vimos en el aparato catódico. Recuerdo que lo mágico, lo asombroso, lo inolvidable fue el momento en que aquello empezó a funcionar.
Si la memoria no me traiciona, aquello sucedió en las navidades del 64. En casa, en el segundo piso de la plaza del Carbayón. Un regalo compartido que fue instalado en el salón comedor. Un objeto nuevo que, en este caso, tenía vida propia. Y que llegó allí para quedarse, haciendo compañía al resto del mobiliario. Pero lo cierto es que tenía vida propia.
Desde aquella mañana de últimos de diciembre de 1964, había, por así decirlo, dos mundos exteriores al alcance de nuestra vida y de nuestra mano; a saber: la calle, la propia plaza, con su vida, con su movimiento, con sus rutinas, y, por otro lado, el que nos mostraba aquel televisor, más lejano, más pequeño, más borroso, por lo común, nevado, y no sólo climatológicamente.
Sobre el revistero del comedor, los periódicos. Sobre la mesilla de noche, aquel inolvidable aparato de radio con su rejilla nacarada. Y, desde aquel día, sobre una mesa estándar la tele. Mesa gris, acorde con el blanco y negro, y con patas metálicas. La marca del televisor tenía un nombre con connotaciones mitológicas, Zenith. Bien sabe Dios que no me mueven afanes propagandísticos, pero lo cierto es que el término era pintiparado teniendo en cuenta lo que aquello supuso.
La voz en la radio. La palabra escrita en los periódicos y en los libros. Y, a partir de entonces, la imagen y el sonido juntos en la televisión.
La televisión que, dejando aparte otras muchas cuestiones, daba noticias de sí misma en aquellos breves espacios en los que una locutora desgranaba la programación.
Vida enlatada la de la televisión, vida que nos visitaba, como dije antes, muy cerca del mirador desde el que mi madre me enseñó a contemplar el mundo.
Y –fíjense ustedes- el caso fue que en aquellas Navidades del 64, en lo que me dice mi recuerdo, no nevó en Oviedo. Sin embargo, la nieve era una constante en la tele, tanto en las películas navideñas que se emitían, como también la que acompañaba siempre a aquellas primeras imágenes tan poco nítidas, y, sin embargo, tan entrañables.
Cuando había fallos en las emisiones, el comentario más común era que aquello era consecuencia de alguna avería en el Gamoniteiro. ¡Qué cosas! La alta montaña donde estaba la antena que captaba la señal televisiva enviaba, caprichosamente, la nieve a nuestras casas a través del aparato catódico.
Y, hablando de antenas, fue en aquellos años cuando los tejados cambiaron su fisonomía. Y, en ese sentido, el paisaje televisivo se fue haciendo común, nos fuimos enchufando a él. Las imágenes empezaron a compartirse puertas adentro.

Cuando nevaba en la tele, relato navideño compartido. Me atrevería a asegurar que fue en aquellas navidades cuando vi por vez primera en la tele una película inolvidable, todo un clásico: “¡Qué bello es vivir!”
A decir verdad, no sé con certeza si nevaba en aquella película. Juraría que sí. A decir verdad, nunca olvidaré el desasosiego del protagonista cuando contemplaba el destino de sus seres más queridos si no se hubieran cruzado con él. A decir verdad, se juntaron dos magias, la de la tele que servía cine en casa y la del milagro de existir.
A decir verdad, la nieve que acompañaba a las imágenes televisivas, a fuerza de formar parte continuamente de aquel paisaje, llegábamos a no verla. Sin embargo, la que salía en las películas que se emitían por aquellas fechas constituía la decoración navideña en estado puro.
Sin salir de casa, ver ciudades con ritmos de vida frenéticos, comparados con el Oviedo de entonces. Coches distintos y más grandes. Formas de vestir muchas veces distintas. El mundo seguía siendo ancho, pero más visible, y lo ajeno, sin apropiárnoslo, al menos, estaba al alcance de la vista.
Una tarde de diciembre, después de haber visto no recuerdo bien qué película, al asomarme al mirador de casa en compañía de mi madre, la calle estaba mojada tras un intenso chaparrón, pero no había nieve.
Sin embargo, quise imaginar nevado cuanto divisaba, desde los techos de los coches que circulaban hasta las aceras y los tejados.
Nieve como azúcar glaseada, nieve algodonosa, suave, silente.
Nieve de las cumbres que, de repente, se concentraba en las calles de Oviedo.
Nieve que convertía los tejados de las casas en superficies donde el merengue cobraba protagonismo.
Nieve con sabor delicioso como el turrón de yema.
Nieve que, de repente, se hacía visible y dulce.
Nieve incontaminada para un relato de infancia.

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Clarín y el Teatro Campoamor
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-12-2016 | 04:53| 0

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Entre las muchas que conviene recordar acerca de nuestra más reciente historia en el orden cultural, está la figura de Clarín, y no sólo como el autor de una de las grandes obras maestras de la narrativa decimonónica, sino también como uno de los grandes articulistas de su tiempo.  Conocido es aquello que declaró en su momento afirmando que había sido, ante todo, un periodista.

Pues bien, cuando se aproxima el 125º aniversario del Teatro Campoamor, proyecto en el que Alas se implicó tanto, se me ocurre que una forma de hacer los honores por todo lo alto al propio teatro y al literato sería convocando un premio periodístico que llevase el nombre de Clarín y que se concediese a la mejor columna periodística del año en nuestro país. Por supuesto, tanto el jurado que fallase el premio como también la dotación económica deberían estar a la altura de las circunstancias. Y se da por descontado que la entrega del galardón debería tener lugar en el propio teatro Campoamor.

Con ello, no sólo se rendiría un más que merecido homenaje al Clarín artúculista y al Clarín ciudadano de Oviedo que luchó para que nuestra capital contase con un gran teatro. Además, de eso, nos serviría como recordatorio de lo que fue la mejor Asturias, aquella en la que Leopoldo Alas ejercía su autoridad desde Oviedo como crítico literario y como analista de la vida pública de la España de su tiempo.

A decir verdad, es injusto que el nombre de Clarín no esté ligado también al mejor periodismo, al mejor columnismo. A decir verdad, la figura de Leopoldo Alas debe estar asociada de forma perpetua la Teatro Campoamor.

Lo cierto es que apenas se conoce el soberbio texto que escribió Fernando Vela sobre aquel Clarín melancólico en el Campoamor. Lo cierto es que apenas se tiene noticia de la paradójica relación que Clarín tuvo con el teatro como género literario. Lo cierto es que sería muy saludable que se recordase con toda la solemnidad que el caso requiere que el mejor periodismo también se dio cita en Oviedo.

Hecha está la propuesta, que considero no sólo viable, sino sobre todo y ante todo, de justicia poética.

El Ayuntamiento de Oviedo tiene la palabra.

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