El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Aquel día de fin de curso en El Bombé
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-06-2016 | 23:35| 0

«Debo ser una sirena. No tengo miedo de la profundidad, pero temo enormemente la vida superficial». (Anaïs Nin).

“Los sueños pasan a la realidad de la acción. De las acciones provienen los sueños de nuevo; y esta interdependencia produce la forma más alta de vida”. (Anaïs Nin).

 

Sé que era jueves, y recuerdo que el recorrido hasta El Bombé lo hicimos alborozados, con el horizonte de las vacaciones de verano por delante. Y es que aún estábamos en aquella edad en la que el paso del tiempo casi nunca resulta trepidante. Era un día de junio en el que el calor no estaba pegajoso. De vez en cuando, se levantaba una brisa refrescante que parecía acompasada con el movimiento de las nubes viajeras que se movían, con indolencia, sobre nosotros.
Y nunca olvidaré que, en aquel recorrido hasta El Bombé, la llegada a La Fuentona lo cambió todo. Como si hubiera que celebrar el inicio de las vacaciones a su alrededor. Como si hubiera que esperar a estar allí para dar el grito de guerra. Como si la cita con la euforia estuviese esperando aquel momento. Lo cierto es que se inició el alboroto, acompañado en muchos casos de lanzamientos de pequeños trocitos de tierra que se arrancaban al pie mismo de la Fuentona. Lo cierto es que allí fueron muchos los colegiales que se lanzaron a correr, a jugar, a convertir el conocido paseo en el patio de un colegio en el que tenía lugar un jubiloso y atípico recreo.
Pero aquello duró muy poco, me refiero al griterío colegial que no a la estancia. Tal fue así que nos fuimos dividiendo por grupos pequeños y por distintos juegos. Incluso algunos de nosotros nos sentamos en bancos a charlar.
Así pues, una nube de jolgorio, un grito colectivo. Tras ello, el paseo de El Bombé recuperó su rutina y apenas interferimos en su trasiego cotidiano.
Sentada en un banco muy cercano al quiosco de la música, estaba una pareja muy entrada en años. La señora llevaba un chaquetón verde oscuro. El señor vestía una americana de cuadros muy clásica. Confieso que me llamó la atención lo acaramelados que estaban a pesar de su edad, pues me parecían ancianos. Era aquella una estampa entre lo tierno y lo cursi.
Era en aquel momento El Bombé un escenario en el que tenían cabida varias generaciones, y semejante estampa daba cuenta de un momento histórico en el que el declive demográfico no era contemplado ni siquiera como posibilidad. Y aquello daba cuenta de una Asturias formada en su mayor parte por familias en las que había representantes de al menos tres generaciones.
Recuerdo que pensé que, por el aspecto que tenían aquellas dos personas, podían, en lo que a la edad se refiere, ser los abuelos de cualquiera de nosotros. Pero no se dedicaban a hacer fiestas a nadie, a cuidar de nadie, a dirigir ninguna tarea, sino que toda su atención la tenían centrada y concentrada en ellos mismos.
Me pareció extraño, diría que mágico y prodigioso, que dos personas de aquella edad pudieran comportarse como novios, pudieran mirarse con zalamería y ternura, pudieran estar tan aisladas de cuanto les rodeaba, como si le paso del tiempo no les impidiese sentir lo mismo que los jóvenes enamorados.
En el bolso superior de la americana del personaje masculino sobresalía una estilográfica por encima de un pañuelo impoluto. La señora tenía los labios discretamente pintados y destacaban los pendientes, en forma de aros, que se movían acompasados a sus gestos.
Decididamente, pensé, tenían que ser novios. Acaso dos viudos que un buen día se encontraron tras décadas sin haberse visto. Acaso dos viudos que estaban viviendo su sueño infantil en una edad muy avanzada. Acaso dos soledades que en buen día se encontraron paseando por El Bombé.
Me pregunté si se tratarían de tú o de usted. Si hablarían de algo, a la hora de los recuerdos comunes, que no fuese sobre la guerra civil. Y es que había una expresión que teníamos entonces muy interiorizada. Era muy frecuente oír decir que tal suceso había tenido lugar “antes de la guerra”. Para nosotros, que habíamos nacido finalizando ya la década de los cincuenta, aquella guerra que tanto se nombraba, aunque no sin cierto sigilo, era algo que quedaba lejanísimo en el tiempo, era algo que pertenecía a un mundo irrecuperable. Era algo que, ante todo y sobre todo, suponía lo más arcano en el relato oral.
Entonces me pregunté si el noviazgo de aquellas personas se había roto, por motivos muy ajenos a su voluntad, durante la guerra, y si, pasado el tiempo, las circunstancias habían permitido que el idilio reverdeciese, como un “decíamos ayer” que vencía al paso del tiempo.
Lo cierto es que, muchos años después de aquel jueves de fin de curso, oí contar una peculiar historia de amor. Ella era una señorita perteneciente a una familia de origen ovetense que en su momento se había asentado en la Habana con un importante negocio. Pero, por determinados avatares, la señora (señorita) en cuestión volvió a Oviedo en compañía de su hermano, con poco más que lo puesto. En nuestra ciudad, les quedaba una vivienda que se habían comprado pensando en el momento en el que vendieran el negocio y regresaran, temporal o definitivamente, a la ciudad que les vio nacer.
En cuanto al señor, se trataba de un joven catedrático de Instituto republicano, que, tras la guerra fue destituido y vivía de las clases particulares, tras unos años oscuros en los que no dispuso de libertad alguna.
Pues bien, resulta que se habían hecho novios, con la oposición de la familia de la señorita de Oviedo que no veía con buenos ojos que se relacionase con alguien que había sido “rojo” cuando la guerra, entre otras cosas, porque en Cuba el castrismo los había desposeído de sus bienes. Acaso aquella oposición familiar le daba su no sé qué de romanticismo a la historia.
Y alguien contaba que, en sus escarceos amorosos, lo más atrevido y transgresor a lo que llegaban era a darse un beso los jueves por la mañana. Un beso discreto que esperaba a la semana siguiente.
Juzguen, diriman ustedes, si semejante trama, que no deja de ser una versión no constrastada, les parece un relato tierno o si, por el contrario, les resulta cursi y empalagoso.
Un beso cada jueves. El beso de los jueves.

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La interminable resaca del gabinismo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-06-2016 | 09:43| 0

«El hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir».  (Mark Twain).

 

El gabinismo no cesa de darnos alegrías, casi semanalmente. La última viene dada por la sentencia del Tribunal Supremo que ratifica la pena de dos años y siete meses de prisión para don Agustín de Luis, que durante mucho tiempo fue el máximo responsable de la policía local de Oviedo. ¡Maravilloso!. Bien, no voy a entrar en los pormenores de la sentencia, ni tampoco en la trayectoria de este ciudadano. Me centraré en algo más genérico, como es el derrumbamiento continuo del gabinismo, derrumbamiento que, en más de un caso, repercutirá en los bolsillos y en los servicios de la ciudadanía de Oviedo.

Óxido en el Calatrava. Derroche hiperbólico en Villa Magdalena, privatizaciones de servicios que provocan conflictos y que, además de incumplir el principio de igualdad de oportunidades entre las personas que se encuentran en condiciones de optar a determinados puestos de trabajo, tendrán también su coste en las arcas municipales. Ello por no hablar de la escandalera no acallada del llamado caso Pokemon. Y la guinda a todo esto la pone hasta el momento la sentencia del Tribunal Supremo a la que hemos aludido al principio. Y es que, como bien se sabe, un dirigente político no sólo es responsable de las políticas que lleva a cabo, sino que también lo es de los resultados que son consecuencia de  los nombramientos y los cargos de confianza por los que en su momento apostó.

La resaca del gabinismo. No sólo tenemos ante nosotros sentencias desfavorables en lo que concierne a los gastos a los que tendrá que hacer frente el actual Consistorio a resultas de determinadas decisiones políticas que tomó el actual Delegado del Gobierno en funciones. No sólo nos encontramos ante unas privatizaciones de servicios públicos que resulta costoso, económica y socialmente, reconducir.

Además de todo eso, tenemos una sentencia que condena comportamientos que tienen mucho que ver con otro de los rasgos distintivos de lo que fue el gabinismo, esto es, con comportamientos caciquiles, que, por otro lado, acaso no estuvieron exentos de autoritarismos inadmisibles en una sociedad democrática.

La resaca del gabinismo. Se diría que todo parece conjurarse para que, semana tras semana, tengamos que asistir al poco edificante espectáculo de cargar con las consecuencias de un tiempo en el que en esta ciudad imperaba no solo la ordinariez en las formas y el matonismo en los tonos de los discursos, sino también la ausencia de cautela y ponderación.

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Recuerdos de Oviedo: Parada en El Escorialín
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-06-2016 | 21:12| 0

El niño de nuestro relato amaba con todas sus fuerzas la indumentaria invernal de la que se había provisto aquel mismo año, pues, para él, representaba lo mucho que se quería a sí mismo. Sus prendas de referencia como contrapunto al frío, a la lluvia y al viento eran una trenca azul, un pequeño paraguas, unos guantes muy cálidos y un gorro de lana. Y, con ese atuendo al completo, se sentía mimado y protegido, hasta el extremo de que la calle, aun en los días más crudos del invierno, no era un territorio hostil. Como el mundo era algo lúdico de principio a fin, el atuendo invernal hacía las veces de la casaca de un guerrero romano heroico. Y, en la historia que aquí nos trae, el quererse tanto a sí mismo no significaba que la criatura de la que hablamos fuese en exceso narcisista, sino que más bien todas aquellas prendas estaban cargadas de caricias y desvelos, de cariño y certezas, de seguridades.
Pues bien, una de aquellas tardes cercanas a las navidades, cuando el niño de nuestra historia iba ataviado con el atuendo ya descrito, muy cerca de el Escorialín, le llamó la atención el nerviosismo con el que una chica explicaba a un señor el contenido de un papel timbrado que le mostraba. Aquello tenía que ver con las gestiones de un contencioso sobre una herencia.
De más está decir que las explicaciones técnicas de la perorata de la joven no sólo estaban fuera del alcance del entendimiento de nuestro pequeño protagonista, sino también de su interés. Lo que llamó su atención fue lo incisiva que era aquella chica a la hora de exponer la situación a su interlocutor, sin duda, un familiar cercano, padre o tío.
Al niño le fascinó tanto aquella conversación que se olvidó del pudor y la educación, es decir, se detuvo a muy escasos metros de aquello, como si estuviese viendo una película, o como si aquella situación saliese de un libro de cuentos. Lo cierto es que la chica, al verlo allí plantado, sin disimular lo más mínimo su curiosidad por saber qué se estaba ventilando en el encuentro con su familiar, se sonrió y se diría que la presencia de la criatura le resultó divertida y pintoresca.
La muchacha lo miró con una sonrisa tierna, mientras que su interlocutor estaba tan enfrascado en la conversación que no pareció concederle la más mínima importancia a la presencia de la criatura. Por su parte, el niño se retiró de allí. Compró unos cromos en el diminuto quiosco que había en El Escorialín y emprendió el camino de casa, pero se detuvo unos instantes encima de una rejilla muy próxima de la que salía un aire tibio un tanto pegajoso.
El niño relacionó el enrejado próximo al Escorialín del que salía aire caliente con un episodio que había oído contar varias veces: el de una señora, que formaba parte de sus antepasados, que un domingo, a la salida de misa, había visto al diablo con aspecto burlón dando saltos alrededor de los grupos de gente que conversaban.
Y, claro, las parrillas tenían que ver con el diablo, con el infierno, con el maligno. Pero si resultaba que, según aquel relato, Lucifer no era todo maldad, pues se trababa más bien de un ser, ante todo, juguetón y saltarín. Y eso hacía que la criatura no estuviese en disposición de contarle a un cura en el confesonario la amabilísima, incluso cómplice, visión que tenía de Satanás.

De modo y manera que en ese rincón de Oviedo, cuya denominación pone de relieve lo que es nuestro antídoto al grandonismo, esto es, la coña asturiana, para el niño de nuestro relato, era una referencia de sus curiosidades y fantasías.

Transcurrieron los años y se preguntó siempre por qué se sintió tan interesado en aquella conversación sobre una herencia entre una chica y su padre o tío. Desde luego, lo que despertó su curiosidad no era la historia en sí, sino la escena, escena en la que contaba no poco toda la ambientación nocturna y fría; escena en la que también cobraba mucha importancia la voz de aquella chica que, aun estando nerviosa y un tanto crispada, le resultaba a nuestra criatura muy persuasiva, muy atrayente. Estaba claro que, para sus protagonistas, el asunto era grave. Y no lo estaba menos para el niño del que venimos hablando que aquella era una escena de película. ¿Por qué de película? Vaya usted a saber por qué, con que film la pudo relacionar.
Tan pronto se puso a caminar, ya sin más paradas hasta su casa, se preguntaba qué intriga había en aquel papel, quién o quiénes querían perjudicar a aquellas personas, y, sobre todo, deseaba llegar a enterarse del desenlace de la historia. Y, como se trataba de un imposible, lo intrigante lo acongojaba no poco.
Parada en El Escorialín. Era la primera vez en su vida que se detenían encima de aquel enrejado del que emanaba aire tibio y pegajoso. Era la primera vez en su vida que se detenía a escuchar y a ver algo sin disimulo alguno.

Pasaron los años y, ya en la edad adulta, se preguntaba si en alguna ocasión había pasado por la mente de alguien llevar a cabo una réplica de la famosa escena de Marilyn Monroe sobre aquel mismo enrejado.
Pasaron los años y nunca dejó de preguntarse si el problema del que hablaron aquellas dos personas lo habían resuelto favorablemente.
Pasaron los años, y en ese rincón tan peculiar y genuino de Oviedo, que no es peculiar y genuino por su valor estético, sino por la denominación que tiene, seguro que hubo y sigue habiendo episodios y encuentros que forman parte de los recuerdos más indelebles de muchas personas.
No puede ser casualidad que actualmente sea la sede de nuestra oficina de turismo, pues se trata de un emplazamiento que tiene que ver con nuestra coña, que nos vacuna, a veces en exceso, contra el grandonismo. Una coña que todo lo mengua, más que ninguna cocción.
¡Ah! Aquel papel timbrado era amarillo.
¡Ah! La muchacha que exponía el problema vestía una hermosa falda escocesa.

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¿Oviedo puede con todo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-06-2016 | 05:19| 0

Tras las declaraciones del señor Antuña, en las que, entre otras cosas, intenta descalificar con brocha gorda y cierto matonismo político al actual Alcalde de nuestra ciudad, uno no puede dejar de preguntarse hasta qué extremo puede llegar a veces el cuajo de muchos de nuestros políticos.

Al señor Antuña, estando Caunedo muy ausente para ejercer de líder de la oposición, no sólo le toca hacer las veces de su cabeza de grupo, sino que además se dedica a intentar buscar justificaciones a lo injustificable. Sabemos que ello es muy difícil, pero, al menos resulta exigible cierto decoro y un poco de ingenio. Pues bien, nada de esto hay.

Resulta de todo punto inadmisible afirmar que Oviedo está preparado para hacer frente a las consecuencias de unas sentencias judiciales que desangran económicamente a nuestro Consistorio a resultas de determinadas decisiones que se tomaron en tiempos del gabinismo. Primero, porque, aun en el supuesto de que la economía del Ayuntamiento fuese boyante, no es de recibo en ningún caso que la ciudadanía tenga que costear excesos y delirios de nadie. Y a estas alturas, es imposible poner en duda que las “operaciones” de villa Magdalena y de los Palacios supusieron derroches delirantes que en nada benefician a la ciudad.

¿Puede Oviedo con todo? En efecto, sobreviviremos al gabinismo, pero nos saldrá muy caro. Ahora bien, resulta indignante que no se asuman responsabilidades y errores. No se trata de pedirle esas responsabilidades personalmente al señor Antuña, pero lo menos que podría hacer el que, según parece, es el delfín de Caunedo, sería ocuparse del presente y del futuro, dando paso a que las explicaciones vengan de quienes entonces tenían en su manos la posibilidad de tomar decisiones.

¿Puede el señor Antuña creerse que hay solo ciudadano en Oviedo que acepte costear con sus impuestos el pago que la sentencia judicial establece con respecto a villa Magdalena? ¿Puede el señor Antuña convencer a alguien de las bondades estéticas del Calatrava? ¿Puede el señor Antuña pedir a la ciudadanía de Oviedo que se resigne a que la llamada operación de los Palacios sea una ruina?

¿Puede Oviedo con todo? Desde luego, los referidos casos no pueden ser bajo ningún concepto exhibidos como logros, mostrados como orgullo de la ciudad. Ante ello, si no se opta por el silencio, lo único que se puede es aceptar que se cometieron errores, y de bulto.

Fíjese, señor Antuña. Ni siquiera pretendo que se entre en intencionalidades ni en intereses. Me conformaría con mucho menos.

Pero, viendo de qué modo se despacha usted, lo único que hace es arrojar aún más bochorno e indignación

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Recuerdos de Oviedo: El edificio de la Telefónica
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-06-2016 | 14:53| 0

 

«Sé tú mismo, el resto de los papeles ya están cogidos». (Oscar Wilde).

Era una de esas tardes desapacibles en las que nos vemos obligados a proteger el paraguas ante las embestidas de un viento atroz que azota. Era una de esas tardes invernales en las que la sensación de oscuridad y frío se hace eterna, en las que nos parece que el buen tiempo nunca va a llegar. Era una tarde de febrero de 1974.
El recorrido entre la calle Toreno y el edificio de la Telefónica en la plaza Porlier se me hizo largo y difícil, sólo tuvo una tregua balsámica, pero muy corta, y fue el pequeño trayecto a techo por el Pasaje, entre Uría y la calle Pelayo.
Aquel día, el teléfono en casa se había estropeado, no daba señal, y, por lo que nos habían dicho, tardarían al menos veinticuatro horas en ir a repararlo. Me encargaron que fuese el edificio de la Telefónica a hacer una llamada para dar el pésame a la familia de un maestro de escuela, antiguo compañero de mi padre, que acababa de fallecer.
En muy pocas ocasiones había estado dentro de aquel edificio que, por entonces, tenía un importante ajetreo de gente. Y, al llegar allí, tuve la impresión de que, en los días de temporal, todo se acrecentaba y se complicaba: los atascos en las calles, la posibilidad de encontrar un taxi en una parada, el dar con un sitio cómodo en una cafetería, y así sucesivamente. Y, por otra parte, siempre creí percibir, que, cuando la lluvia es intensa y los temporales resultan despiadados, la gente, en los locales cerrados, habla mucho más alto, lo que contribuye, por otro lado, a hacer los ambientes irrespirables e incómodos.
Y, a propósito de esto último, de la elevación del sonido ambiente, nunca olvidaré que me llamó la atención el contraste de sosiego que había en aquella enorme sala en la que tanta gente hablaba por teléfono. Pudo ser una casualidad que se dio en aquel momento, pero allí nadie elevaba la voz, ni las personas que estaban en las cabinas ni tampoco lo hacían quienes solicitaban su conferencia y esperaban turno.
Y, bueno, tardé un tiempo considerable en poder efectuar la llamada que me habían encargado en casa, estaba todo ocupado y tenía que esperar también a que hablasen varias personas que se habían puesto a la cola antes que yo.
Puedo asegurar que tuve una extraña y, al mismo tiempo, grata sensación, y ello fue así no sólo por estar protegido del tremendo temporal, sino también porque aquel trasiego de personas, en la mayor parte de los casos, solas, que no necesariamente solitarias, me pareció que daba mucho de sí a la hora de poder imaginarme historias.
Y es que, por extraño que parezca, el ambiente que allí capté me hizo recordar al que era propio de estaciones de tren o de autobuses. Como si cada cabina en la que se hablaba fuese, de algún modo, una suerte de vehículo en el que la gente viajaba, bien es cierto que a ninguna parte en lo que era la realidad tangible, pero, para ser precisos, se diría que cada cual se trasladaba al lugar donde se encontraba la persona con la que estaban hablando.
Por eso, puedo decir que el interior del edificio de la Telefónica me hizo recordar a estaciones de trenes o autobuses, con la particularidad de que los vehículos que transportaban a las gentes eran las cabinas y los teléfonos. O sea, que, por un lado, toda la clientela del momento compartía un punto de partida, pero cada cual se iba a un sitio distinto. En eso radicaba el encantamiento que de algún modo intuía.
Viajar sin moverse del sitio. Por lo tanto, el pequeño recibo que entregaban a cada cliente para que pudiese hablar y que, al mismo tiempo, servía, de algún modo, de factura, venía a ser como una especie de billete de tren o de autobús. Prodigioso, a decir verdad.
No puedo recordar cuánto tiempo estuve allí hasta que llegó el turno de poder efectuar mi llamada, pero lo cierto es que la espera no se me hizo pesada, sino todo lo contrario. Más bien podría decir que me supo a poco.
Aquella tarde de febrero en el edificio de la Telefónica en la plaza Porlier, puedo decir que compartí allí adentro muchas y variadas geografías y que, además, asistí a un montón de historias. Me resultó muy divertido poner nombre a cada persona que observaba hablando por teléfono. Poner nombre también a la persona con la que cada cual se conunicaba. Y dar una trama a todo aquello cuyo hilo conductor pasaba por la conversación de turno.
Ya en casa, después de dar el recado acerca de la conversación que se me había encargado, me dispuse a seguir leyendo un libro que había empezado días atrás. Se trataba de “El Jarama”, de Sánchez Ferlosio. Leer en un día de invierno una novela que tenía lugar en verano, pero que contaba una historia heladora en lo que se refiere no sólo a los hechos que ocurrían, sino también a la atmósfera prosaica en la que vivían.
De todos modos, no dejé de tener presente en todo momento la grata sensación que me produjo aquel trasiego en el edificio de la Telefónica, trasiego de viajeros que, aunque ellos no lo supieran, viajaban a un destino determinado sin salir del raquítico espacio habilitado dentro de una cabina.
Por eso, cuando muchos años más tarde, concretamente en el 93, se instaló en la plaza Porlier la escultura de Úrculo que tiene por título “El regreso de Williams B. Arrensberg”, puedo decir que aquello me resultó mágico, esto es, que, muy cerca del edificio de la Telefónica, se erigiese una obra de arte que rinde culto al viajero, a ese viajero que, seguramente, nunca pudo imaginarse que, muy cerca del lugar donde fue ubicado, se encuentra un edificio en el que la gente viajó durante décadas y décadas sin moverse físicamente de un espacio reducido.
No sabía decir si el viajero de Úrculo rinde homenaje a esos otros viajeros que hablaban por teléfono, o si estos últimos no hicieron más que adelantarse a una obra de arte que completa todo un prodigio, tan cierto como oculto, tan intenso como intangible.
Y es que también se viaja hablando.
A veces, ocurre tal cosa. Y, en algunos de esos viajes, la travesía es todo un milagro que hace frente a eso que se viene llamando realidad.

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Carta abierta a Gabino de Lorenzo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-06-2016 | 05:29| 0

Señor Delegado del Gobierno:

En un momento como éste, cuando la campaña electoral acaba de dar comienzo, al Ayuntamiento del que usted fue regidor durante tantos años, no dejan de llegarle noticias preocupantes que son consecuencia de unas políticas que se llevaron a cabo durante su mandato.

Mire, don Gabino, me atrevo a pedirle que, por un momento, se sitúe usted delante del Calatrava vetustense y que contemple lo que tiene ante sí. Desde luego, ni usted es Napoleón ni el edificio que nos ocupa en comparable en modo alguno a las pirámides egipcias. Pero, por favor, contemple usted esto que es parte de su obra política.

Y, de paso, recuerde lo que allí hubo, el viejo Tartiere, en el que tuvieron lugar las glorias del Oviedo, de ese equipo de fútbol, que también es mucho más que un club, y que usted, en su momento, se empeñó en hundir, lo que, por fortuna, no consiguió.

Contemple, don Gabino, contemple. Resulta que las firmas comerciales no acaban de asentarse en los espacios que en su momento alquilaron. Resulta que el aspecto que da esa cubierta es cochambroso. Resulta que tiene usted ante sí el resultado de unas megalomanías faraónicas que suponen una hipoteca, una más, no pequeña para esta ciudad.

Oviedo y los palacios. Su Camelot, hecho a la medida de su estética. Camelot y camelo. ¿Cómo pueden justificar ahora tanto usted como quienes le secundaron en el proyecto semejante engendro? Sí, quienes le secundaron, digo, porque, en ese edificio, la Administración autonómica también se instaló, sacrificando empresas públicas. Sí, quienes le secundaron, el PSOE que gobernaba Asturias, por cierto, en coalición con IU. ¿No es cierto, señor Orviz?

Oviedo y los palacios, don Gabino. ¿Quién paga todo esto? La pregunta, aunque retórica, no hay que formularla de continuo.

¿Y qué decir del nombre de la empresa que se puso al frente de todo aquello? Conocido es aquello que reza así: «Es propio de nombres propios la mayor impropiedad». Digo esto, don Gabino, porque me parece delirante el nombre de Jovellanos XXI. Un nombre que da cuenta de la mejor Asturias mezclado en un proyecto ruinoso en lo estético y en lo puramente empresarial. Y es que, ‘la marca’, por sí misma no es garantía de nada, sin perder de vista el agravio histórico que el caso supone.

¿Cómo va a afrontar esto ahora, don Gabino? ¿Qué piensa decirle a la ciudadanía de Oviedo?

Por otro lado, ¿dirán algo los responsables políticos que, en su momento, se sumaron a este proyecto, trasladando consejerías al Calatrava? ¿Hay alguna justificación mínimamente creíble al respecto?

Su Camelot, don Gabino, nos sale cada día más caro.

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Viga Azul: Machadiana
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-06-2016 | 15:52| 0

El sábado, día 4 de junio, cuando el Oviedo despidió la temporada con una derrota humillante, que vino a confirmar la deriva catastrófica del equipo tras la marcha de Egea, ya antes del partido, no pude no recordar unos estremecedores versos de Machado, parafraseándolos. No, el día no era azul, sino nuboso; lo azul aquí es permanente no en el cielo, sino en la indumentaria oviedista. Así pues, día con nubarrones amenazantes para la ceremonia de los adioses de una temporada que se malogró de forma desoladora.

El ‘jorobu’ a la contra. El equipo, sin patrón de juego, sin rumbo, sin entendimiento, sin complicidades con el balón. El equipo, sin orden, que facilitó al once navarro no solo ganar, sino además hacerlo por goleada, algo que necesitaban para mejorar su promedio de dianas a favor y en contra.

Fue muy triste ver sobre el Tartiere a canteranos que salían al campo a luchar contra lo imposible. Fue tremendo que Esteban encajase una goleada tremenda sin que ello supusiese una mala actuación del guardameta azul.

Desde el principio del partido, todo parecía indicar que el Oviedo salía a cubrir el expediente con miedo escénico, con el deseo de que los noventa minutos pasasen pronto, con la certeza de que era el último episodio de una pesadilla que empezó cuando se produjo la cacareada crisis en el «vestidor» azul.

A decir verdad, lo peor de todo no fueron los errores en sí mismos, sino que se perseverase en ellos. Se incurrió, así, en la célebre sentencia ciceroniana. Es humano equivocarse, pero perseverar en ello resulta una necedad. Y la necedad, en este caso, vino por mantener a Generelo en el banquillo cuando se estaba fuera de toda duda que el equipo no levantaba cabeza.

Lo cierto es que, de forma innecesaria, no solo salió perjudicado el exjugador del Oviedo, sino que se fueron dando tumbos hacia la hecatombe futbolística que sufrimos ayer.

Machadiana al revés en lo que a los colores se refiere. Tarde nublada en Vetusta, amenazando tormenta en los cielos, tormenta que sólo hubo en el césped y que, como la bruma en el río, envolvió a media altura cuanto estaba a su alcance.

Cervero se fue sin poder marcar un gol. Esteban, como ya dije, regresó a la portería y encajó una goleada muy severa. Los jóvenes canteranos no pudieron evitar la desolación, sino que fue ésta la que los zarandeó a ellos.

Mientras tanto, el oviedismo salió gris del estadio, tan gris y entristecido como el cielo, esperando ese resurgir azul que en la temporada que acaba de concluir sólo exhibió brotes que fueron cortados en seco entre opacidades y maniobras que no perseguían recuperar glorias azules, sino dar rienda a miserias personales.

Pero el oviedismo es eterno, su gloria nunca muere, y le toca asomar. Ojalá sea pronto.

¡Hala, Oviedo!

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Recuerdos de Oviedo: Desde la Plaza del Paraguas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-06-2016 | 07:56| 0

“Uno es verdaderamente libre cuando deja de sentir vergüenza de sí mismo”. (Nietzsche).
“No camines detrás de mí, puedo no guiarte. No andes delante de mí, puedo no seguirte. Simplemente, camina a mi lado y sé mi amigo”. (Camus).

Ella ya estaba allí, que no todavía. Estaba allí, en la plaza del Paraguas, sentada con su blog. Colgado del hombro izquierdo, reclamaba su protagonismo un enorme bolso de cuero, que parecía parapetarla. Escribía. Estaba allí con su pelo a lo afro, con su vestido indio. Sólo tenía ojos para lo que iba garabateando. Serían las ocho de la tarde. Era octubre, después del Pilar. Era el arranque del nuevo curso. Se retiraba el baño de luz cercano, con su melancolía de fin de jornada y hasta de década, pues los años setenta acababan de retirarse, sin terminar de irse del todo.
Ella estaba allí. Horas antes la había visto en los pasillos de la Facultad, también con su blog, pasando páginas, buscando alguna anotación, acaso buscándose a sí misma. Estudiaba historia y estaba en el último curso. Nunca había hablado con ella, aunque nos cruzábamos casi de continuo no sólo en la plaza Feijoo, sino también por aquel Oviedo antiguo en el que la noche se divinizaba con tantos y tantos eruditos a la violeta, con tanta música y tantas charlas hasta el alba.
Ella ya estaba allí, en la plaza del Paraguas, digo. En su momento, llegué a enterarme de que, versos o versículos aparte, la mayor parte de las palabras que escribía en aquel blog iban dirigidas a contar una versión de su propia vida mucho más triste y poética que la real. El punto de partida de aquella aparente autobiografía en forma de diario íntimo (¿habría leído a Amiel?) describía el momento en que se veía a sí misma llorando allí en la plaza del Paraguas horas después de que le hubiesen denegado una beca que le permitiese costear su estancia en Oviedo para terminar la carrera. Si triste era la situación que describía, más lo fueron aún los acercamientos que tuvo que soportar a resultas de interesarse por su desconsuelo y congoja. La historia empezaba en la plaza del Paraguas, pues se declaraba descendiente de una lechera que allí se cobijaba los días de lluvia en los que esperaba el momento de regreso a su aldea tras haber hecho su labor.
Y, miren ustedes por dónde, la autora de aquellos textos que se reclamaban autobiográficos en realidad pertenecía a una familia “pudiente”. Y, por supuesto, nunca se le había denegado una beca, puesto que la situación patrimonial de su familia estaba fuera del alcance de semejante prerrogativa.
En todo caso, era muy llamativo que, para escribir, necesitase imaginarse fracasos y disgustos. Y tengo para mí que, en aquellas tribulaciones, encontraba no se sabe bien qué extraños goces. Pero, ante todo y sobre todo, he de confesar que sus textos no estaban nada mal, porque, si bien cabría pensar que podrían ser empalagosos y hasta melodramáticos, nada de eso había: eran puro dolor aguardentoso con su dosis justa de ironía, de punzante ironía.
Por tanto, puedo decir que, para mí, la plaza del Paraguas me remite a aquella estudiante de historia que se reinventaba en sus escritos melancólicos, aguardentosos y punzantes. También es cierto que aquel momento coincidió, como escribí más arriba, con el auge del Oviedo antiguo como escenario de la noche vetustense.
Y, a propósito de la plaza del Paraguas, el protagonismo del pub que en su momento regentó Fernando de Lorenzo fue innegable. Su “oda a la patata” y otras composiciones poéticas, forman parte de la intrahistoria cultural de nuestra heroica ciudad. Espero que algún día el bueno de Fernando ponga por escrito sus recuerdos, que nos llevarían a un modelo para armar otra “Regenta”, que no empezaría a la hora de la siesta, sino en plena noche, pero que tendría bastante en común con el universo clariniano al que esta ciudad se sigue empeñando en imitar.
Plaza del Paraguas, la noche de aquellos años en los que el mundo de la cultura, oficial y oficioso, sobre todo, el primero, se daba cita noche tras noche.
¿Cómo no recordar la terraza del Paraguas en las noches mateínas? Aquello era la confluencia última tras transitar el Oviedo antiguo. Aquello era el descanso tras un camino no largo, pero con paradas continuas, a veces, más agotadoras que el paseo sin pausas. ¿Cómo no recordar conversaciones interminables en aquellos años ochenta en los que, lo repito una vez más, lo deseable era no sólo posible sino obligado e irrenunciable?
Recuerdo que, en una de aquellas conversaciones interminables, hablamos de la génesis de aquella plaza, de la iniciativa que partió en su momento del Consistorio ovetense de crear aquel “abellugo” para las lecheras y de lo que, andando el tiempo, derivó aquello.
Y, miren, sin entrar en valoraciones que corresponderían a los expertos en la materia, bien pensado, creo que la cubierta de la plaza del Paraguas es un homenaje artístico a la lluvia que en nuestra ciudad fue, es y será omnipresente, a no ser que el cambio climático lo impida.
Si los vetustenses, a resultas del clima, eran anfibios, según Clarín, hay que reconocer que los muchos soportales que hay en Oviedo, así como la obra del ingeniero Sánchez del Río allá en 1929, son intentos, a veces heroicos, por humanizarnos.
De 1929, del año del crak neoyorquino en el que Lorca viajó a aquella ciudad, a aquellos inicios de la década de los ochenta en los que la estudiante de historia escribía su novela en tardes melancólicas y agridulces, en pleno crepúsculo, que no siesta clariniana.
Confieso que siempre me interesó más la escritora de la que les vengo hablando que los eruditos a la violeta que por allí se daban cita.
Confieso también que el guion al final se cumplió. Y es que, en su momento tuve noticia de que aquella escritora solitaria y lánguida es desde hace ya muchos años profesora de historia en un centro de secundaria en Oviedo.
Y la guinda del pastel es ésta que sigue: todos los años lleva a sus alumnos de bachillerato a la plaza del Paraguas. Allí le explica cómo era Oviedo en 1929, así como la casuística de la cubierta de Sánchez del Río. Pero no me consta que aluda, aunque sea de pasada, a sus escarceos literarios.
Actualmente, lo suyo es la historia, que no la ficción. Sus hijos se “educaron” en colegios de pago y goza de una excelente situación económica en lo familiar, y no precisamente gracias a su sueldo como docente.
A veces, me pregunto si seguirá haciendo incursiones por lo literario reivindicándose con aquella punzante ironía que tuvo en su momento.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.
Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.

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Protestas en Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 03-06-2016 | 16:10| 1

El Movimiento Vecinal Villa Magdalena se presentó ayer ante las puertas del palacete.

Pues sí, parece que, en efecto, aquella ciudad alegre y confiada, que tanto gustaba a los visitantes, que ganaba escobas de oro por su pulcritud en el asfalto, que contaba con un Alcalde amante del pasodoble y la zarzuela, se va convirtiendo en el escenario de una ciudadanía crítica y disconforme, que se sabe hipotecada y que en no pequeña parte tiene mala conciencia por haber apoyado lo insostenible y hasta lo zafio.

Resulta que un mismo día, hay ciudadanos que toman iniciativas para dejar claro su rechazo a todo lo que va suponer el culebrón de Villa Magdalena; hay ciudadanos que manifiestan su solidaridad al colectivo de trabajadores del Hotel de la Reconquista, que últimamente se enfrentan a medidas empresariales claramente lesivas. Por su lado, el colectivo de bomberos muestra su malestar con puestas en escena creativas ciertamente eficaces para hacer saber su situación.

Así, mientras las calles de Oviedo hacen de escenario de malestares varios, no todos relacionados con el municipio propiamente dicho, el ex Alcalde de nuestra heroica ciudad, en su tarea de Delegado del Gobierno en funciones, nos sigue aleccionando acerca de la idílica seguridad que hay en nuestra tierra. Estamos en las mejores manos, de eso no hay duda. Está claro algunos no andan escasos de cuajo.

Oviedo,  2016. No deja de ser paradójico que, en el momento mismo en que padecemos las consecuencias de los despilfarros y derroches del gabinismo, el ex Alcalde sea la principal referencia del Gobierno, también en funciones, de España en nuestra tierra.

¿Alguien piensa ahora en aquellos visitantes que, según se decía, se quedaban extasiados ante la estética de nuevos ricos que imperó en nuestra ciudad en los años de vino y rosas del gabinismo? ¿Alguien piensa ahora si valió la pena tanto castastrazo para salir hipotecados de aquellos inventos, tan aplaudidos mediáticamente, tan apoyados por celebridades que salían muy bien paradas haciendo de coros y danzas, firmando incluso manifiestos?

Esto no se arregla con zarzuelas castizas, ni con pasodobles, ni con balandronadas. Esto necesita una respuesta ciudadana, inequívoca, donde la dignidad no se orille. Esto requiere seriedad. Y la fiesta, entendida al gabiniano modo, ya se acabó. Duró demasiado, pero ya es historia.

Oviedo, el Oviedo más crítico y socarrón. Oviedo, como escenario que acoge los malestares de Asturias. Oviedo, el Oviedo, que ya no está de fiesta, sino que sale a la calle con el traje de faena para invocar derechos, para exigir que se le rindan cuentas.

Es el Oviedo que se despierta tras una fiesta en la que la mayoría de sus habitantes nunca estuvieron invitados.

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Aquel susurro que tanto zarandeó
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-05-2016 | 14:28| 0

Puedo decir que estaba allí, en aquel Pleno, en el que se anunciaba un fracaso para todos aquellos que deseábamos un cambio en Oviedo. De hecho, aun en el supuesto de que Wenceslao López, desoyendo las instrucciones de la FSA, le diese su voto a Ana Taboada, se daba por seguro que determinados ediles electos del PSOE  acatarían la disciplina de partido. En el Salón de Plenos, estaba previsto, pues, que se escenificaría una frustración política más.

Confieso que, hasta el momento en que Rivi, anunció su voto a Wenceslao López, daba por hecho que Caunedo sería nombrado Alcalde. Incluso hubo un momento, tras las palabras de Ana Taboada, de confusión. Pero, por una vez, el desenlace nos sorprendió para bien.

Nunca olvidaré los semblantes helados no sólo de los ediles del PP, sino también de algunas de las celebridades invitadas. Nunca olvidaré el entusiasmo que viví al saber que Oviedo tendría un Alcalde honesto, que además era de izquierdas no sólo en lo que a las siglas se refiere. Y, sobre todo, nunca olvidaré que la actitud de Ana Taboada y sus ediles, votando a Wenceslao López, supuso un bofetón en toda regla a una FSA, que prefería que el gabinismo continuase gobernando en Oviedo, a resultas de la falta de acuerdo entre Xixón sí puede” y el PSOE de la villa de Jovellanos.

Y, claro, nadie en la FSA tuvo a bien caer en la cuenta de que, siendo el mismo partido, eran muy distinta cosa Wenceslao López y el candidato socialista de Gijón. Y a nadie en la FSA se le pasó por la mente admitir que no era justo que la ciudadanía progresista de Oviedo tuviese que pagar las consecuencias de la falta de entendimiento en Gijón.

Primer hecho diferencial de Oviedo: al partido hegemónico de Asturias, no parece preocuparle en exceso esta ciudad, a la que la mayoría de sus dirigentes nunca entendieron bien. Segundo hecho diferencial: al frente de la Alcaldía de nuestra heroica ciudad está alguien que no es un profesional de la política y que tiene muy claro que no valen los amiguismos, los clientelismos, las renuncias y los renuncios. Y, desde luego, su prioridad no son las consignas de los mandamases de la FSA, sino Oviedo y su ciudadanía. Y, en lo que toca a izquierdismo, nadie puede darle lecciones.

Por otro lado, al ser tres partidos los que forman y conforman el Equipo de Gobierno Municipal, no siempre es fácil alcanzar acuerdos, no siempre es posible coordinarse, no siempre se logra dar una imagen de sintonía plena. Ello, al margen de algunas ocurrencias en ocasiones no muy afortunadas. Pero, ante todo y sobre todo, en lo fundamental están de acuerdo desde el primer momento.

 

Tras un año de Gobierno en Oviedo, el llamado tripartito tiene muchos y difíciles frentes abiertos, que van desde las distintas hipotecas heredadas, algunas con sentencias desfavorables  como es el caso de Villa Magdalena, pasando por clientelismos también heredados que se daban casi por definitivos, sin perder de vista tampoco el problema que supone hacer frente a las privatizaciones anteriores, hasta una especie de guerra mediática que empezó el primer día, guerra en la que todo parece ser válido, y en la que no se juega limpio, si por tal cosa se entiende buscar la objetividad y reconocer logros que están ahí.

Pero, sea como sea, el cambio en Oviedo no es sólo cosmético. Pero, sea como sea, esta ciudad abandonó el culto a vacas sagradas. Pero, sea como sea, el matonismo político ya es historia.

Un año de Gobierno de izquierdas en Oviedo. Un año en el que un día sí y otro también hay que recordar que la política no es cosa de amiguismos ni de intereses particulares. Un año en el que el gabinismo, a pesar de su continuo desprestigio, a pesar de comportamientos muy poco ejemplares, se resiste a reconocer que ya es historia.

Se pasó en un año del susurro a la búsqueda de una normalidad democrática que muchos se resisten a aceptar. Pero que ocupa el Gobierno muncipal.

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