El Comercio
img
Panorama vetustense: Manolo Abad
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 15-01-2016 | 09:06| 0

La asociación de escritores de Asturias hará entrega mañana de sus Premios en diferentes modalidades, entre las que se encuentra el galardón al columnismo periodístico que este año distingue a Manolo Abad, que, como saben, es colaborador de EL COMERCIO en estas mismas páginas.

Ante todo, quiero dejar dos cosas muy claramente de manifiesto. En primer término que no sólo me llena de orgullo ser compañero de Manolo en estas mismas páginas, sino que además es un honor formar parte del mismo inventario de galardonados en esta apasionante modalidad que es la del artículo periodístico.

Manolo Abad y Oviedo, o, si se prefiere, Manolo Abad y Vetusta, su Vetusta, la de muchos de nosotros, la ciudad nocturna que alumbra en distintos rincones de la noche melancolías varias a ritmo de blues. La Vetusta en la que la mejor música encuentra acomodo. La vetusta que, por las noches, no es perezosa, sino viva y heterodoxa. La Vetusta que, como la regentiana, no tiene prisa.

Manolo Abad y el columnismo independiente. En un contexto donde tanto y prolifera el periodismo más mercenario y maniqueo, hay, por fortuna, voces independientes que, lejos de sumarse linchamientos mediáticos, inequívocamente orquestados desde determinados ámbitos, dicen lo que piensan y sienten sin más servidumbres que las que marca la coherencia y el decoro de cada cual.

No voy a entrar en este sentido en el mayor o menor grado de acuerdos o desacuerdos que nos puedan unir o separar a quienes hacemos columnismo, sino en lo que acabo de apuntar, esto es, en la independencia de criterio que constituye, sin duda, el mayor reclamo para la credibilidad irrenunciable que debe alcanzarse en la opinión periodística.

Y, en este sentido, Manolo es todo un referente. Y es que tengo para mí que cualquier columnista que se precie debe ser un guerrillero de la opinión, nunca un soldado que obedezca los dictados de determinadas operaciones de acoso y derribo, o de todo lo contrario: de adulaciones que, por indignas, dan lugar al baboseo más repelente.

Manolo Abad atesora, por otro lado, además de una voluntad de estilo siempre constatable en sus artículos, saberes varios que van desde la música, hasta la literatura. Pertenece a ese viejo y casi extinto oficio que en su momento fue cultivado por “escritores de periódico”, donde el cómo no cuenta menos que el qué, o, si se prefiere, donde la forma es tan importante como los contenidos.

Manolo Abad, por sus columnas desfilan no sólo el universo literario y musical de Vetusta, sino también la buena literatura.

Y a ello debe sumarse un añadido nada baladí, y es su columna de los lunes sobre el Oviedo, sobre ese equipo de fútbol que llevamos en los genes como un componente decisivo de nuestra infancia, como una pasión que nos nos hace desfallecer en los fracasos y que se alimenta de glorias comunes, que diría Renan, algunas de ellas vividas, otras transmitidas, pero, en conjunto vívidas.

 

Manolo Abad, columnista completo y complejo, en cuyos artículos tienen acogida la buena literatura y la independencia de criterio. No es poco, ciertamente.

¡Enhorabuena, compañero!.

Ver Post >
Viga azul: Oficio
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 11-01-2016 | 22:56| 0

Las imágenes del Real Oviedo 1 - 0 Zaragoza

No quiero ponerme eufórico y dar por sentado que el Oviedo superó sus limitaciones y que, a partir de ahora, la senda del triunfo nos espera. Pero tampoco puedo dejar de ver que al equipo se le nota una mejoría importante, sobre todo, en defensa. Se diría, en efecto, que ya no hay esos pasillos de infarto que tanto daño nos hicieron en más de un partido. Se diría también que el once carbayón juega más conjuntado, percibiéndose entre los jugadores sintonía y complicidad.

La defensa está más en su sitio y, sobre todo, mejor concentrada. Me gustó Verdés, que no sólo se mostró seguro, sino que además se le vio en muchos lances con buena visión de la jugada.  El centro de campo sigue siendo batallador, aunque a Erice se le agradecería más precisión en los pases. Si fuera tan buen pasador como lo es de eficaz a la hora de cortar balones, estaríamos hablando de un jugador excepcional. En cuanto a la delantera, Koné, acierte o no, es siempre una pesadilla para la defensa contraria por su juego tan incisivo como batallador. Y, en lo que se refiere a Toché, su efectividad es admirable. Además, tengo la impresión de que ambos jugadores pueden ir a más conforme avance el campeonato.

En otro orden de cosas, fue todo un acontecimiento la salida de Borja Valle al campo. Se vio claramente que no iba en el guion que forzase  en el encuentro de hoy, aun así su presencia dio profundidad al equipo. Sustituyó a Aguirre, jugador que no acaba de cuajar un gran partido. Deja siempre buenos detalles de velocidad y regate, incluso sabe defender llegado el caso. Pero todavía no alcanzó en el Tartiere un partido redondo. En lo que se refiere a Hervías, toca señalar como algo muy positivo que ya no es tan individualista como en los primeros partidos y, desde luego, se trata de un jugador con garra y clase en el ataque.

Por su parte, los laterales cumplieron sobradamente en sus cometidos. Diegui volvió a demostrar una vez más que es merecedor de la titularidad, mientras que Peña se sigue prodigando muy bien en el ataque.

Cristian Rivera también merece ser mencionado. Es un jugador que, sin duda, dará muchas alegrías al equipo, tanto por el poderío físico que atesora como también por la seguridad creciente que viene mostrando.

Por último, en cuanto al partido que se vio hoy en el Tartiere, bien es cierto que no se prodigó ninguno de los dos equipos en propiciar ocasiones de gol. No obstante, al Oviedo hay que darle un doble mérito por haber vencido a uno de los mejores conjuntos de la categoría, al que no es fácil desbordar cuando se defiende, al que tampoco es sencillo sujetarlo bien y hacerle incurrir con frecuencia en fueras de juego.

En definitiva, un Oviedo que se va superando, sin que ello suponga que esté justificada, como dije al principio, la euforia. Con todo, hay motivos para el optimismo.

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: Aquella Cabalgata de la duda
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 09-01-2016 | 23:11| 0

“Melchor, Gaspar, Baltasar; / tres magos, Baltasar negro; / noche negra, van los magos;/ y el negro mirando al cielo;/ de las estrellas se ríe,/ y la blanca luna, espejo,/ se le ríe, se le ríe,/ y el Niño al ver mago negro/ se echa a reír y su risa/ mece al pesebre del cielo”. (Unamuno).

“La verdad no se demuestra; se sueña. Sólo se demuestra la mentira”. (Rafael Barret).

“Nuestro corazón tiene la edad de aquello que ama”. (Proust).

 

Cabalgata de la duda, porque pocos meses antes, alguien nos había dicho que los Reyes Magos eran los padres. Duda que se disipó aquella tarde-noche del cinco de enero en la Plaza de la Escandalera ante la emoción de todo el ceremonial desfilando y cabalgando. Poesía y verdad, que diría Goethe. La verdad estaba en lo escenificado, porque era lo que transmitía emoción y no desengaño. La emoción pudo con la duda. Corazón y cabeza, dicotomía que en un niño tiene un claro ganador. La carroza del Rey Melchor detenida, los caramelos, el revoltijo, las risas, la alegría desbordada de quienes asistíamos al espectáculo, el regocijo de toda una puesta en escena de la magia. Venían a visitarnos. Actuaban para nosotros. Su mera presencia constituía un obsequio en toda regla. La liturgia de lo representado en la calle confería verdad a aquello, no podía ser de otro modo.

¿Cómo olvidar el momento en el que me quité los guantes para aplaudir? ¿Cómo olvidar el momento en el que saboreé una galleta pequeña y esférica del revoltijo? ¿Cómo olvidar el hechizo que para mí supuso el hecho de que la Cabalgata se detuviese allí para nosotros, para todos los niños de Oviedo que allí estábamos esperando la ansiada parada?

Y es que, al quitarme los guantes, el frío de la tarde-noche ya había desaparecido. Y es que yo no quería que la Cabalgata acabase. Y es que, al ver desplegarse serpentinas en un momento previo a la parada, el guiño era inequívoco. Nosotros, los niños, éramos los protagonistas del festín. Nosotros, los niños, éramos los homenajeados. Y es que, de algún modo, me di cuenta de que había sólo una noche en el año en la que lo obligado no era dormir, sino soñar, en la que los niños teníamos bula para el insomnio.

Pero, ante todo y sobre todo, aquel 5 de enero vi con claridad que la Cabalgata no era el aperitivo de la noche mágica, sino su momento –nunca mejor dicho- estelar.

Magos guiados por una estrella, magos que hacían un larguísimo recorrido. Como todo lo que acarrea sortilegio, aquello no sólo venía de lejos, sino que además tenía una hoja de ruta guiada desde el firmamento por una estrella que se aliaba con nosotros. Teníamos, pues, una especial protección tejas arriba. La estrella que guiaba a los magos garantizaba nuestros sueños.

Aquella cabalgata de la duda. De repente, el embeleso podía más que ningún testimonio encaminado al desengaño. De repente, me sentí parte de un ceremonial que consagraba sueños infantiles. De repente, los Reyes Magos eran toda una aparición constatada y atestiguada. E iban cargados de regalos que hacían cumplir los sueños.

De repente, los recuerdos más inmediatos se agolparon. ¿Cómo no tener presente el momento tan cercano en el que le había entregado la carta a Aliatar, momento marcado por la duda de que los Reyes eran los padres? Aun así, lo cierto fue que me gustó aquel ritual, al ver que depositaba mi carta en una especie de cesto de mimbre, al lado de otras muchas. Entre todas ellas, me figuré que harían fuerza suficiente para que los niños fuesen escuchados, para que los sueños encontrasen en los juguetes que se demandaban una viabilidad real.

El mundo, claro está, era un juego, un escenario de juegos, en el que hacían falta los instrumentos donde nuestros sueños encontrasen las herramientas que los pusiesen en marcha, herramientas, claro está, que eran juguetes.

Vuelvo al momento en el que entregué la carta, al momento en el que, por decirlo así, formalizaba mi petición de un traje de romano, con el que me sumaba al paisaje navideño, que era en gran parte paisaje cinéfilo. Las películas de romanos eran para aquellos días. Las de indios y vaqueros, salvo excepciones, para el resto del año.

La gran verdad estribaba en que la guerra era mentira. Y en aquella ficción, claro está, siempre ganaban los buenos. Las películas de romanos ponían ante nosotros la grandeza y el esplendor de un tiempo. Las miserias e injusticias, o bien eran derrotadas, o bien no merecían ser captadas por nuestras oníricas entendederas.

¿Cómo no tener presente, al hablar de esto, el regreso a casa tras el hechizo de lo contemplado deseando creer que todo aquello era verdad? No era la primera Cabalgata a la que acudíamos, pero lo cierto es que, a diferencia de las anteriores, no sentía prisa alguna por regresar a casa, ni siquiera deseaba que llegase la luz del día para el sublime encuentro con los regalos.

Iba embebido por la Cabalgata. Todo lo demás lo vivía como un alejamiento del ritual, alejamiento tan involuntario como inevitable.

Al acostarme, sabía que iba a estar despierto, al menos hasta el momento de escuchar los ruidos propios del instante en el que se depositasen los juguetes en el mirador de casa. Con la almohada como confidente, abrazado a ella, con los ojos cerrados para que nadie tuviese dudas de que estaba dormido, esperé el desenlace de una larga duda que se quedó congelada al ver la Cabalgata.

Llegó la madrugada. No sólo escuché el movimiento de los objetos, sino también los comentarios de mis padres mientras depositaban los juguetes.

En efecto, los Reyes Magos eran los padres. Pero el prodigio de su recorrido, con la recepción de las cartas, con parada y fonda en la Cabalgata, tenía más fuerza y prestancia que la verdad. Verdad que aún no sabía que se inventaba, como descubriría años más tarde leyendo a Machado. Verdad de un recorrido que, como escribió Hegel acerca de la Historia, seguía la trayectoria del Sol, esto es de Oriente a Occidente.

Pero no fue aquélla un noche de Machado, ni de Hegel, sino del traje de romano, bendecido, a saber cómo, por la Cabalgata, por aquella Cabalgata de la duda, duda que sufrió una amortiguación que la hizo dejar de ser punzante. Y puntiaguda.

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: PICOS, LA NOCHE
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 03-01-2016 | 18:31| 0

“Los persas de Heródoto pensaban que todo el mundo se equivocaba menos ellos; nosotros, occidentales modernos, no estamos lejos de pensar que todo el mundo tiene razón, salvo nosotros. Esto no es un desarrollo del espíritu crítico, siempre deseable; esto es su abandono total”. (Jean-François Revel).

“Una ojeada general nos hace descubrir dos enemigos de la felicidad humana: el dolor y el tedio. Eso proviene del doble antagonismo en que cada uno de ellos se encuentra respecto del otro, exterior u objetivo, e interior o subjetivo. En efecto, exteriormente la necesidad y la privación engendran el dolor; en cambio, el bienestar y la abundancia hacen brotar el tedio”. (Schopenhauer).

Un viento enrabietado azotaba; los tremendos y continuos chaparrones habían formado arroyos de agua que buscaban las bocas de las alcantarillas con histeria y pavor. Las calles vacías. Los pocos coches que circulaban lo hacían a gran velocidad, acaso con voluntad de salpicar a algún transeúnte que tuviese la mala suerte de convertirse en víctima ocasional. Había que refugiarse en algún sitio, aislarse del vendaval, abandonar las calles que se habían vuelto inhóspitas. Por suerte, Picos estaba abierto.
Tan pronto entramos, se diría que la música nos llegó como una brisa cálida, arropándonos. Nos habíamos emplazado en un lugar inexpugnable. En la barra, había dos clientes que no estaban juntos, cada uno con su perorata, con su monólogo. Y nada hacía pensar que hubiese el más mínimo afán por parte de los citados de comunicarse entre sí. Alrededor de una mesa, transcurría una tertulia muy animada, que parecía hacer los coros a la música ambiente con el tintineo del hielo de las copas. Hablaban de negocios.
Marilyn Monroe hacía de anfitriona. La imagen de la mítica y malograda actirz hacía evocar su voz de gata felicitando el cumpleaños a Kennedy. Ella era el cine. De modo y manera que habíamos pasado del desasosiego invernal al calor de la noche con buena música y bellas imágenes. De modo y manera que habíamos encontrado en aquel momento el lado más amable de la realidad. De modo y manera que la madrugada, con su encanto, nos había conducido al lugar más acogedor de la ciudad. Tomarse una copa en Picos, obsequiados con buena música y sin tener que soportar estridencia alguna, era, en efecto, el descanso, la paz, el momento para conversar sin estar pendientes de la hora, sin servidumbres convencionales.
Los clientes de la barra hacían recordar, cada cual a su modo, al hombre del piano de la legendaria canción. Sin atender a la letra de sus palabras, la música era triste, la que siempre acompaña a fracasos encadenados, en este caso, amorosos. Por su parte, los que formaban la tertulia hablaban de negocios y solían terminar las frases más solemnes con alguna que otra maldición que daba rotundidad a sus asertos.
Nosotros nos olvidamos muy pronto del temporal. La música tuvo unos efectos balsámicos inmediatos. Estar en Picos era, sin duda, un buen plan.
Debo reconocer que tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que Picos fue un establecimiento pionero antes de que las etiquetas, con sus apóstrofes horteras, lo inundasen todo. ¿Cómo llamarlo? ¿Pub? ¿Bar de copas? No hacía falta. En este caso, las imágenes valían más que las palabras, las imágenes que lo decoraban exterior e interiormente, confluyendo entre otras celebridades, Quevedo, Herrerita y Marilyn Monroe, y, para mirar tejas arriba, estaba también fray Luis de León. Por si todo fuera poco, para escepticismo y relativismos, Einstein tenía presencia. ¿Qué más se podía pedir?
Además, Picos fue –y sigue siendo- desde el principio, una isla. Alejado de los locales del Oviedo antiguo, mirando al Aramo, ubicándose cerca de la salida de la ciudad. Una isla para la buena música. Un abellugo que no sólo protegía contra la lluvia, sino también contra todas las rutinas que nos rondaban.
Picos, la noche, antes de otras muchas modas. Picos, la originalidad de no ser un establecimiento en cadena, ni por las etiquetas, ni tampoco por su ubicación. Había que ir expresamente a Picos, no se recalaba por allí en medio de una ronda de locales de ocio.
Había que ir, digo. También es cierto que se podía irrumpir allí sin haberlo planificado cuando las circunstancias de la noche así lo indicaban.
Acudir a Picos, no siendo clientes habituales y fijos, significaba entrar en contacto con todos los mitos de entonces, desde Herrerita, que fue una de las grandes leyendas y glorias del oviedismo, hasta el cine, pasando por la ciencia y la literatura, por una ciencia tan descreída como genial representada por Einstein, por una literatura ingeniosa y cínica como era el caso de Quevedo, así como por un poeta, Fray Luis, víctima de la ortodoxia religiosa, acaso por buscar poesía en textos bíblicos, poesía y verdad, que no poesía y dogma.
Para nuestra generación, que alargó su adolescencia hasta finales de los setenta, Picos, con independencia de que lo hubiéramos frecuentado más o menos, fue un encuentro con los mitos de los años setenta, con su música, con su cine.
Picos, la copa que se alargaba, las conversaciones que eran muchas veces auténticos descubrimientos compartidos, la música que nos evadía de las ñoñeces que todavía perduraban.
Picos, una especie de hornacina para rendir culto a los mitos de un tiempo y una ciudad, mitos en los que no faltaba la ironía, mitos de una música que, salvo excepciones, venía de lejos.
Vuelvo a los personajes de la barra de aquella noche invernal. No se solapaban. Se diría que cada cual escenificaba su propio monólogo sin la menor interferencia en el otro. ¡Ay! La otredad sartriana aquí contaba poco. Y, en todo caso, la música y el ambiente también los amansaba. Su amargura no era alta en decibelios, la angustia iba por dentro.
Vuelvo a los tertulianos que hablaban de negocios. Seguramente, tras continuas tentativas y proyectos, aquella noche no cristalizó ninguna operación. Se diría que la noche les brindaba perspectivas distintas a las que podían vislumbrar en otros escenarios más serios y solemnes, pero les ampliaba horizontes.
Picos, estoy seguro de que el hombre del piano, con distintos disfraces, acudió allí muchas noches, buscando consuelo en Marilyn. Picos, sin duda alguna, Herrerita contó a más de un solitario sus episodios futbolísticos más gloriosos. Picos, tengo la certeza de que Einstein les dijo a todos los espíritus científicos que por allí pasaron que la vida no podía ser tomada muy en serio. Picos, estoy convencido de que Quevedo hizo de confesor, con ternura y también con descreimiento. Picos, con toda seguridad, fray Luis hizo ver que la buena poesía también está en las copas, como Dios en los pucheros que decía Santa Teresa.
Picos, allí todos bailamos con Marilyn.
Picos, como diría Juan Cueto, “lo glocal”.

Ver Post >
Un susurro y muchos ladridos
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 31-12-2015 | 09:35| 0

Testimonia Azaña en sus ‘Memorias’ que Ortega, tras polemizar con él acerca del Estatuto de Cataluña del 32, comentó el discurso de don Manuel en los siguientes términos: «Alguien me cuenta que don José Ortega ha dicho en la Revista de Occidente, refiriéndose a mi Discurso: ‘Tres horas en un ladrido’. ¿Tan perro soy?». Pues bien, si nos tenemos que referir al cambio que se produjo en la política vetustense desde aquel memorable Pleno de del mes de junio a esta parte, cabría hablar de cómo un susurro se impuso a tantos y tantos ladridos.

Lo cierto es que aquel susurro de Ana Taboada a Wenceslao López, haciéndole saber que Somos lo iba a votar, significó un antes y un después no sólo en la vida pública de Oviedo, sino también –por más que les pese a muchos– asturiana. La historia es conocida: al no haber apoyado Xixón sí puede al candidato socialista a la Alcaldía de Gijón, la FSA se opuso a que sus ediles electos en Oviedo votasen a Ana Taboada como alcaldesa, cuyo grupo era el mayoritario en la izquierda carbayona. Conviene no dejar de preguntarse qué hubiera pasado de no haber tenido ese gesto tan generoso la actual vicealcaldesa de Oviedo, generosidad que nunca le agradeció explícitamente el PSOE astur.

A lo que íbamos, ¡cuántos ladridos frente a un susurro! Ladridos no sólo del gabinismo que sigue llevando muy mal haber sido despojado del poder tras veinticuatro años campando a sus anchas, sino también de quienes siguen reprochando a Podemos que en Gijón gobierne la extrema derecha casquista, ello a pesar de que la señora Moriyón está cada vez más distanciada del fundador de Foro, ahora casi desaparecido tras haber entregado sus armas y bagajes al PP contra el que se había sublevado, y no poco.

Ladridos en el mismo día de la investidura de Wenceslao López. Ladridos que ponen al tripartito de Oviedo como la encarnación de todos los males, como una ruina. Ladridos que plasman lo mal que llevan la derrota no sólo los que perdieron la Alcaldía, sino también los que no supieron asumir dignamente la generosidad antes mencionada.

El susurro de Ana Taboada lo cambió todo en Oviedo, sucedió lo inesperado para canovistas y sagastinos. Y, tras todo aquello, son muchos los frentes abiertos, empezando por dar solución a El Cristo, a la plaza de toros, a la fábrica de gas, a los terrenos de la fábrica de armas. Siguiendo por construir un modelo de ciudad que no tenga nada que ver con la política gabiniana, tan abigarrada y ramplona como su estética, ni tampoco con una desconexión continua de las inquietudes de la ciudadanía, que poco tienen que ver con rendir culto a vacas sagradas que no se caracterizaron precisamente por su independencia de criterio.

Tras casi dos décadas y media de ladridos, de apoyos mediáticos mercenarios, de estridencias continuas, llegó el susurro que lo transformó todo, sin que ello signifique que todo está discurriendo a la perfección, sin que ello signifique que no se cometan errores, sin que ello signifique que no haya salidas de tono inoportunas, así como narcisismos que están fuera de lugar.

Pero desde entonces Oviedo no se gobierna con maneras chusqueras. Pero desde entonces Oviedo tiene un alcalde que cuenta con la honestidad como hilo conductor.

Llegó el susurro y mandó parar. Y a casi todos los pilló con el paso cambiado.

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: El Teatro Campoamor
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 27-12-2015 | 18:26| 0

La aguda sensibilidad de Clarín respira deseos contenidos, casos de conciencia, sutilidades de confesionario” (Fernando Vela).

Séneca, en esa suerte de aviso a caminantes que constituye su libro acerca de la brevedad de la vida, advirtió, entre otras cosas, que gracias a la lectura, nuestros recuerdos ampliaban asombrosamente los horizontes, pues, los buenos libros nos proporcionaban también noticia de otras muchas vidas anteriores a la nuestra, sin perder de vista tampoco que, en muchos casos, esas vidas leídas, además de anteriores, son también mucho más interesantes que las propias. El hecho es que, cada vez que me viene a la mente el teatro Campoamor, acuden, entre otros, personajes como Clarín y Ortega.
En cuanto al autor de “La Regenta”, a poco que se conozca su biografía, sabremos lo importante que fue para él que llegase e erigirse el Teatro Campoamor. Amaba mucho a su ciudad y no amaba con menor intensidad al género teatral. Ambos amores tuvieron ciertamente muchos episodios conflictivos. Y, en cuanto al segundo de ellos, el fracaso de Clarín como autor dramático constituye uno de los lances más dolorosos de su vida como literato.
Pero el hecho fue que, siendo Alas concejal del Ayuntamiento de Oviedo, luchó cuanto pudo para que nuestra ciudad contase con un Teatro que no desentonase con respecto a los más lujosos de nuestro país. Y, por fortuna, vio hecho realidad este gran proyecto.
Por eso, cuando me paro a pensar en el Teatro Campoamor, Clarín se me vuelve omnipresente, el Clarín que fracasó en el género como autor y el Clarín de su etapa más existencialista y melancólica, al que tan maravillosamente supo retratar Fernando Vela.
Por otra parte, el Campoamor no sólo guarda relación con la trayectoria de Clarín, sino también con la de otros muchos personajes de relieve, con anterioridad todos ellos a los Premios de la Fundación Princesa de Asturias.
Del mismo modo que es insoslayable Clarín en la historia del Teatro Campoamor, de un Clarín que había entrado ya en la última etapa de su vida, también hay que poner de relieve la presencia de Ortega y Gasset en este mismo escenario.
En efecto, cuando el filósofo pronuncia su conferencia en el Campoamor en 1932, no es existencialmente un hombre decrépito, pero sí es cierto que coincide con un momento muy significativo en su trayectoria pública. Ortega, intelectual de referencia desde 1914, llega a Oviedo decidido a retirarse de la vida política, decidido a iniciar lo que se conoce como su silencio en la política, silencio relativo y discutible, pero ésa es otra historia.
En todo caso, dejará el Parlamento y se concentrará en sus clases y en sus libros. Pero no sólo vino a Oviedo a despedirse de su compromiso con el Estado al que tanto había contribuido a proclamar. También aprovecha para decir cosas sobre nosotros y sobre nuestra tierra. Es el momento en el que habla de nuestra intransitividad más allá de Pajares.
Clarín y Ortega, sin duda, dos figuras que forman parte de la mejor España intelectualmente hablando. El teatro Campoamor es una de las referencias de sus trayectorias públicas.
Por eso, nunca dejo de preguntarme cómo es posible que no se tenga en cuenta la relación de estos dos irrepetibles personajes con nuestro Teatro Campoamor.
Se diría que ese olvido es una de las muchas carencias que hay en nuestra memoria colectiva.
Y, más acá de esos recordatorios que uno lleva dentro de sí con no menor intensidad que las vivencias más personales, quiero y puedo decir que el Teatro Campoamor respresenta muchas y muy variadas cosas en mi memoria.
El Teatro Campoamor es también el enclave de lujo de las representaciones operísticas en Oviedo. Muchos vimos allí, por vez primera, los trajes de noche, que también formaban parte del espectáculo, que hacían de preámbulo, y bien sabida es la importancia de los prolegómenos en todo aquello que contemplamos.
También funcionó como cine. En este sentido, se me permitirá cometer la indiscreción de confesar que, en general, no se nos pedía el carnet para entrar a películas de mayores de 18 años cuando estábamos cerca de cumplirlos. No eran, por fortuna, muy estrictos.
Y, andando el tiempo, como bien sabe todo el mundo, el Campoamor es el escenario en el que Oviedo cobra protagonismo informativo por el ceremonial de los Premios.
Desde luego, no es del caso hacer consideraciones al respecto en el presente artículo. Pero convendrán conmigo que resulta lamentable que no se tenga presente que el Teatro Campoamor atesora una importante historia con anterioridad a los Premios.
Nadie parece tener presente la implicación de Clarín para que el proyecto se convirtiese en realidad. Nadie parece tener presente que en el Campoamor hubo actos políticos muy importantes en plena República.
Teatro Campoamor, muy cerca de lo que fue el cuartel de Santa Clara, hoy Delegación de Hacienda. Teatro Campoamor, que sufrió las consecuencias de los disturbios de la Revolución del 34.
Teatro Campoamor, la lírica, sí, la lírica, si se piensa que se le llamó así porque se le quiso poner el nombre de un poeta de relieve que fuese asturiano. En ello, también intervino decisivamente Clarín, que admiraba al poeta nacido en Navia, o que, al menos, como crítico, nunca le lanzó invectivas.
Un escenario teatral con nombre de poeta. Pues eso: la lírica, lírica también en lo que se refiere a los espectáculos de ópera.
Teatro Campoamor, la épica. ¿Qué épica? La de aquella Asturias que crecía con el impulso de modernidad que aportaban los indianos. La de aquella Asturias que estaba en vanguardia de la cultura española con personajes de la envergadura de Clarín y Pérez de Ayala, entre otros.
Teatro Campoamor, la épica, si por tal entendemos, la batalla que libró Clarín como faro de la mejor España buscaba la modernidad y al progreso.
Teatro Campoamor, la memoria, aquella que viene en los libros, aquella otra de las vivencias personales y de los sueños de infancia y adolescencia.
Teatro Campoamor: la modernidad.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.
Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.

Mostrando FOTO DEL ARCHIVO MUNICIPAL.JPG

Ver Post >
Panorama vetustense: Inviernos en Oviedo
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 24-12-2015 | 11:12| 0

Los recuerdos no siempre se alían con los tópicos. Lo digo porque las nevadas, tan típicas y omnipresentes en las escenificaciones navideñas, apenas tienen protagonismo en mis recuerdos invernales de nuestra heroica ciudad.

Eso sí,  a veces, mucho frío; a veces, lluvias inacabables; a veces, rachas de viento desquiciantes. A veces, escenas cuyo recuerdo me sigue conmoviendo. Por ejemplo, la de un hombre que pedía a la puerta de los Carmelitas a la salida de la última misa de la tarde, que besó un billete de cien pesetas con la que le obsequió una señora que apenas lo miró.

Frío que, puertas adentro, se combatía con el brasero bajo la mesa camilla, mientras se departía o se jugaba a las cartas. Frío que, puertas adentro, se combatía con la estufa de butano en la cocina de nuestra casa en la plaza del Carbayón.

Señores con gruesas gabardinas y sombreros. Señoras con abrigos de pieles. Desasosiego en los rostros. Manos ateridas que buscaban calor en los bolsillos.

Esa lluvia que quería castigar empujada por rachas de  viento que cargaba su ira contra los paraguas. Esas heladas que calaban hondo y que se escenificaban en los prados del Naranco.

 

Pero Oviedo no es una ciudad para el invierno. Pero el invierno no encuentra por estos lares su mejor marco. Oviedo es para el otoño, no sólo estacionalmente.

Inviernos en Oviedo a quienes sus habitantes desafían en las fiestas navideñas. Inviernos en Oviedo en los que las nubes paralizan días y días su crueldad. Inviernos en Oviedo, donde sólo la lluvia se encuentra en su propia casa.

Inviernos en Oviedo donde, por lo común, la nieve suele tardar en hacer acto de presencia si es que al final se decide, donde la oscuridad de los días tiene el añadido de las nubes y la niebla, donde el otoño hace a veces tímidas incursiones, donde la primavera suele mostrarse indecisa y tardona.

Inviernos en Oviedo donde todo parece recogerse y reconcentrarse, donde los paraguas apenas tienen descanso, donde la lluvia lo espanta todo, hasta los fríos más intensos.

No echamos de menos en estos meses la sequedad de Castilla, no anhelamos esos paisajes helados donde todo se paraliza. Nos planteamos de continuo que pronto dejará de llover, nos consolamos recordando las delicias otoñales. Y, en todo caso, sabemos que, salvo excepciones, el frío no acostumbra a quedarse mucho tiempo.

A veces, regueros de una lluvia frenética. A veces, treguas deliciosas. A veces, demasiada oscuridad más allá de la estacionalidad.

A veces, la mirada a los soportales, que son un auténtico plus estético, además de una ayuda inestimable a los viandantes.

Inviernos en Oviedo, con todo, soportables.

Ver Post >
Viga azul: San Esteban
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 21-12-2015 | 22:35| 0

Toché celebra el gol que dio la victoria al Oviedo ante el Almería.

Tras el aire cálido de ayer, atípica jornada de reflexión en lo climatológico por estos lares,  el Carlos Tartiere estaba hoy frío y destemplado no sólo por el cambio notable en las temperaturas, sino también por la hora de comienzo del partido, cuyo final coincidió con el momento en el que, más allá de las encuestas, empiezan a conocerse unos resultados electorales que ponen en evidencia a más de un profeta de los que tanto proliferan.

Como contrapartida al ambiente desangelado, cabía esperar que el saque de honor de Generelo, que se despedía como futbolista en nuestro estadio, podía dar calor al último partido oficial de 2015 en el Tartiere.

Fue muy breve forzosamente la ceremonia de los adioses de Generelo, un futbolista que atesoró clase, una clase que entronca con lo que es lo mejor del oviedismo. Un futbolista al que castigaron las lesiones en el tiempo que perteneció al conjunto azul, pero que, no obstante, estuvo muy afortunado en partidos tan decisivos como el que se jugó en el Ramón de Carranza en la promoción de ascenso. Valió la pena verlo jugar  y, sin duda, merece ser recordado como un excelente futbolista. Y, además, como uno de los nuestros.

En cuanto a lo que fue el desarrollo del choque de esta tarde propiamente dicho, del mismo modo que el Oviedo de esta temporada necesitó casi toda la primera vuelta para lograr un mínimo de solvencia defensiva, la realidad se encargó de mostrarnos, partido tras partido, que a este equipo le falta mordiente y contundencia para sentenciar un partido. Y esto último fue lo que sucedió hoy.

Tras el tempranero gol de Toché, que obligaba además al Almería a arriesgar y que, a resultas de ello, dio facilidades, el Oviedo no se aprovechó de la coyuntura para seguir sumando tantos que hubieran provocado toda una fiesta, para la que había ganas, en el Carlos Tartiere.

Por otra parte, en varias intervenciones, tanto en la primera parte como en la segunda, Esteban evitó que el Almería hubiese podido empatar el partido. Seguro y providencial, con la contundencia bajo los palos que no tiene la delantera.

Por eso, podría decirse que el Oviedo termina la primera vuelta con una clasificación envidiable y que hace un año hubiera sido un sueño. Y, en lo que se refiere al partido de hoy que certificó la susodicha clasificación, podría hablarse de Esteban como salvador, de San Esteban.

Todo lo demás, estuvo marcado por lo gélido, salvo el gol de Toché, en el que, por un lado, Susaeta dio muestras una vez más de su precisión, y, por otra parte, el ariete oviedista sigue teniendo una efectividad que es decisiva también en nuestra clasificación.

Lo mejor, aparte de lo dicho acerca de Esteban, fue el triunfo, que no oculta asignaturas pendientes, sin que ello signifique incurrir en derrotismo alguno.

Hay que ir a más, hay que ser crueles cuando toque.

Y hoy tocaba.

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: La fuente del caracol
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 21-12-2015 | 16:03| 0

Vivía habitualmente en esta sombra, a tientas, como un ciego, como un soñador”. (Víctor Hugo).
“La vida es un gerundio y no un participio: un faciendum y no un factum”. (Ortega y Gasset).

Imaginemos el Campo de San Francisco como un mapa en el que cada rincón tiene que ver, a veces de forma especial, con distintas etapas de nuestra vida. Imaginemos que, en el caso del arriba firmante, se da la circunstancia añadida de que, tras haber vivido la infancia en la Plaza del Carbayón, la adolescencia en la calle Santa Susana y la juventud en la calle Toreno, se trata de un espacio no sólo cercano al domicilio familiar, sino que además era un escenario de tránsito cotidiano.
Así, en los años de mi infancia en los que viví en la plaza del Carbayón lo atravesaba cada tarde al salir del colegio. Y, sobre todo, si habíamos jugado al fútbol tras las clases, la fuente del Caracol era una parada cotidiana en el caño más cercano a la herradura. Con ello, corroboro lo antes señalado acerca de la relación de una etapa de la vida con distintos rincones del Campo de San Francisco, pues la herradura, cuando se vallaba en las fiestas de San Mateo, está vinculada en mis recuerdos a los años en los que vivíamos en la calle Toreno, y la música de las orquestas se oía en casa todas aquellas noches septembrinas.
Pero volvamos a aquellas tardes a la salida del colegio. Se diría que nos reponíamos allí del esfuerzo corriendo detrás de un balón. De algún modo, era –que se diría ahora- un lugar de culto en el sentido de que siempre habíamos oído hablar no sólo de la calidad del agua potable que se consumía en Oviedo, sino también de que la de esa fuente era singularmente buena y saludable. Lo cierto es que, tras el sofoco del partido, sabía a gloria. Pero había algo más: su diseño que recordaba a un escenario de manantial, a una fuente en plena naturaleza, a un enclave muy propio de nuestro paisaje astur. Y encima, coronándola, un caracol, que tanto proliferan no sólo para solazarse, sino también los días de lluvia en nuestra tierra, días de lluvia primaverales, como aquellos cuyo recuerdo estoy rescatando. Se tenía la sensación, pues, de volver al campo, de beber el agua más pura, de darse un baño de naturaleza. De refrescarse también ante lo que la vista nos ofrecía.
Si Oviedo es, además de otras muchas cosas, una ciudad abierta a lo que va más allá del asfalto, esas piedras que hacen de marco a la fuente del caracol facilitan algo muy propio de nuestra capital, no sólo la cercanía de lo que no es urbano, sino también la presencia de lo rural, del paisaje más típicamente asturiano en el cogollo mismo de Oviedo.
Fuente del caracol, cercana al quiosco en el que comprábamos chucherías, a un paso del paseo del Bombé, donde también correteábamos a veces; muy próxima a otras fuentes en las que no se bebe. El Campo de San Francisco es, además de otras muchas cosas, una referencia que plasma la abundancia de agua en nuestra tierra.

Años de infancia en los que la vida era sobre todo un juego, con todo lo que ello implica, también lances y percances donde la tristeza en algún momento se erigía en protagonista. Y digo esto a resultas del recordatorio del que a continuación voy a dar cuenta, en el que la lectura de un excelente relato me llevó a aquellas tardes de parada en la fuente del caracol.
“Ese niño gordo a quien su padres compraron un balón” es un magnífico relato de Manolo Pilares, un auténtico maestro del género. Saco a colación esta historia del gran narrador a resultas de que, cuando la leí por vez primera, me estremecí relacionando su trama con un episodio que me tocó presenciar una de las tardes en las que nos detuvimos en la fuente del Caracol después de haber jugado un partido de fútbol en el colegio. Cuando llegamos, un niño gordo, con el pelo sudado, bebía agua mientras sujetaba el balón. Tenía un jersey rojo, estaba colorado como consecuencia de haber jugado al fútbol y parecía que no terminaba nunca de saciar su sed. Hicimos cola, pues los otros caños estaban también ocupados. Según parece, el niño al que acabo de referirme llevaba un largo rato bebiendo antes de que nosotros llegásemos, pues alguien que esperaba turno lo estaba insultando, al tiempo que otros tres compañeros parecían jalearlo para que continuase con sus insultos, insultos que se convirtieron en agresión, empujando al niño gordo y quitándole el balón a puñetazos. El balón salió rodando. Fue el hecho que el niño agredido pudo desasirse de aquello al haber sido reconvenidos sus atacantes por unos señores que pasaban por allí, y siguió su camino de forma sorprendente, pues no aceleró el paso para recuperar el balón. Se diría que le daba igual perderlo, aunque terminaría cogiéndolo. Nos sabía mal no haber intercedido por él cuando recibió el ataque, algo que estuvimos a punto de hacer, pero, por fortuna, no fue necesario
Era un niño gordo como el del relato de Manolo Pilares. Era un niño al que, seguramente, el balón no le hacía feliz por no sentirse muy hábil jugando con él. Era un niño que protagonizó un episodio triste y tierno de mi infancia, pues nos afligió ver que lo atacaban tan cruelmente. Y nos afligió aún más la apatía con la que caminaba tras el incidente. Era un niño derrotado al que le divertirían mucho más otros juegos. Inolvidable su imagen caminando desganado y deprimido.
Un recuerdo triste en medio de tantas y tantas vivencias gratas, como un borrón que estropea el cuadro, como un rictus que corta en seco la alegría.
No sabría explicar con precisión el cómo y el porqué, pero aquel niño salió del inolvidable relato de Manolo Pilares.

Ver Post >
Panorama vetustense: La FSA y Oviedo
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 18-12-2015 | 06:22| 0

“Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos y me sé todos los cuentos.” (León Felipe).

 

Una de las muchas consignas con la que el gabinismo nos dio la “matraca” fue la del “cerco a Oviedo”, que parafraseaba un libro de García Pavón que fue finalista del Nadal en 1945, “Cerca de Oviedo”. Y, así, instalados en el victimismo más ramplón y cómodo, Gabino y su muchachada se erigían en una suerte de héroes numantinos que hacían frente a las continuas conspiraciones judeo-masónicas que se urdían contra nuestra ciudad. Y, tras la derrota electoral de los últimos rescoldos del gabinismo, nos encontramos más que nunca con la freudiana relación política que la FSA sostiene con Oviedo.

Y, en esta agotadora campaña electoral, la susodicha relación política de la FSA con Oviedo se recrudece  aún más. Por ejemplo, Javier Fernández y Areces, en distintos actos electorales, se encargaron de recordar que Xixón sí puede, esto es, la marca de Podemos en la villa de Jovellanos, es culpable, como Rusia lo fue para Serrano Súñer, de que el candidato socialista a la Alcaldía de Gijón no ejerza como regidor. Claro, con don José María Pérez, como primer edil gijonés, se llevarían a cabo las auténticas políticas de la izquierda plural y transformadora en la villa de Jovellanos, y, así , sería un referente para la izquierda mundial. ¡Ay!.

Y, al tiempo que les duele haber perdido la Alcaldía de Gijón, lo cual es de todo punto lógico, en momento alguno tienen la elegancia de reconocer y recordar que, gracias a Ana Taboada, en Oviedo se acabó el gabinismo y que, además, nuestra capital forma parte de los Ayuntamientos del cambio que se constituyeron a partir de las últimas elecciones municipales. Desde el momento mismo en que Wenceslao López se hizo cargo de la Alcaldía de Oviedo, gracias al apoyo de Somos y de IU, ningún dirigente de la FSA tuvo a bien manifestar ni gratitud ni satisfacción. ¡Qué cosas!.

Seamos meridianamente claros: no se trata de incurrir en localismos pueblerinos, no se  trata de oponer las dos ciudades con planteamientos tan alicortos como paletos. Lo que toca es ser conscientes de la enorme importancia que tienen estas dos ciudades en Asturias. Y todo parece indicar que, para la FSA, Oviedo es ajeno. No digo que le tengan declarada la guerra a  Vetusta, sino que para ellos no cuenta como debiera, sin que ello tenga que suponer en modo alguno menoscabo para Gijón.

La FSA y Oviedo. Seamos claros: aunque Wenceslao López y José María Pérez pertenezcan al mismo partido, son dos políticos muy distintos tanto en sus trayectorias como en lo que ambos representan dentro del PSOE. No es éste el momento de glosar ambas biografías. Me limito a señalar algo muy básico que los diferencia enormemente: la independencia de Wenceslao frente a la ortodoxia de Pérez. El primer edil de Oviedo no es un profesional de la política, no hizo carrera en la AMSO al abrigo de nadie. Rara avis, dentro del PSOE, o, si se prefiere, más que verso suelto, expresión tan manida, verso libre.

LA FSA y Oviedo. Wenceslao López, Alcalde por sorpresa, inconfesablemente incómodo. Tanto es así que el hecho de que en Oviedo haya un Alcalde socialista, por vez primera desde 1991, no llevó a ningún dirigente de la FSA a mostrar su alegría por ello. La cosa es, ciertamente, bien extraña. No sólo nos encontramos ante la mezquindad que supone no haber reconocido, como sería del caso, la generosidad de Ana Taboada para impedir que el gabinismo continuase gobernando la ciudad. Hay algo más, que, sin duda, tiene que ver con el hecho de que para sus dirigentes Oviedo es una ciudad que les resulta extraña.

Hay que recordar también que Wenceslao López se hizo con el control de la AMSO sin ningún apoyo explícito de la FSA. Y que, en la campaña de las primarias que ganó claramente, no tuvo un apoyo explícito del aparato del partido.

La FSA y Oviedo. Si en el Parlamento asturiano los socialistas  no cuentan ni siquiera con un tercio de los escaños, si además perdieron Gijón y si en las cuencas los resultados no fueron  en su conjunto los esperados, desde afuera, no hay forma de explicarse que no  se muestren orgullosos de la recuperación la Alcaldía de Oviedo, en la que además no fueron la candidatura más votada.

La FSA y Oviedo, una historia que daría mucho de sí en clave de sociología política.

Ver Post >