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Episodios gabinianos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-10-2015 | 06:22| 0

Gabino de Lorenzo.

“Lo peor que le puede ocurrir a cualquiera es que se le comprenda por completo”.  (Carl Gustav Jung).

 

Leo en EL COMERCIO que el Gobierno municipal de Oviedo busca destino para toda la impedimenta de material de cocina que Gabino de Lorenzo decidió en su día instalar en determinadas dependencias municipales. El que parecía primer edil perpetuo de Vetusta podía permitirse el lujo de no acudir a los Plenos. Sin embargo, su pasión por las plácidas sobremesas precedidas de mesa y mantel  no declinó hasta el fin de su mandato como regidor carbayón. Gabino y sus pitanzas.

Episodios gabinianos. Cuando se escriba la historia de la Asturias de las últimas décadas, es indudable que el actual Delegado del Gobierno tendrá un enorme protagonismo. La política acompañada de tambor y gaita, de zarzuela, de fartódromos para el respetable. Todo alegría, todo alegrías.

Gabino el campechano. Gabino el gracioso. Gabino el de la boina. Gabino, el amo del prau del conservadurismo llariego. Gabino, el gran artífice de una ciudad abigarrada de estatuas y adoquines. Gabino, el gallu del PP.

Episodios gabinianos, con sus pitanzas, con sus chistes facilones, con sus obras permanentes. Años lleva fuera del Ayuntamiento de Oviedo y, sin embargo, de no haberse producido un cambio en el Gobierno municipal, todo ese arsenal para pitanzas de urgencia seguiría ahí, sería inamovible.

Episodios gabinianos.  La Vetusta de últimos del siglo XX y de principios del XXI  tendría, además de otros ámbitos principales de la trama, todas aquellas dependencias del Ayuntamiento donde tuvieron lugar encuentros acompañados de suculentas y abundantes viandas. Allí se arreglaba todo, allí se dilucidaba todo.

Y reconozcamos que estamos ante algo mucho más llariego que “el buen rollito” de Zapatero. No, aquí, de progresías sólo las justas, oiga. Aquí, largas sobremesas tras sabrosos y contundentes platos. Sin duda, la mejor manera de encarar cualquier asunto, afrontándolo con un espíritu positivo.

Todo el pintoresquismo transcendiendo. Fíjense: hasta no me cuesta nada imaginarme en algún momento la partida de tute, con sus copas, cafés y puros, con sus mirones aprobando la astucia en las jugadas.

Episodios gabinianos. Cuando la política vetustense fue un chigre. Cuando la política de Oviedo, si quería trascender lo llariego, era una zarzuela castiza y graciosa. Cuando lo chabacano fue la norma. Cuando la pulcritud estaba proscrita.

Todo un estilo, sí, señor. Toda una forma de hacer política, más aún que populista, populachera.

Y, paradojas de la vida, todo ello tuvo lugar en la ciudad de la etiqueta y del buen gusto, en la señorial capital de las Asturias, que estuvo encantada de tener al frente a un majo de zarzuela y a  un gracioso de chigre.

Episodios gabinianos en los que Valle-Inclán podría haber encontrado también mucha inspiración para una milagrera ciudad en su política oficial.

¡Qué grande fue Gabino!

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Recuerdos de Oviedo: Marzo del 76
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-10-2015 | 18:39| 0

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“El 76 trae un español que aprieta su mala leche de siempre que es lo único que tiene… Y hace chistes por sumarse al infinito con lo más nacional que es su amargura”. Patxi Andión.

 

Arias Navarro, que había sido el último Jefe de Gobierno con Franco, presidía, confirmado por el entonces Rey, el primer Ejecutivo de la Monarquía. Las huelgas se prodigaban de forma exponencial. La conflictividad  llegó al extremo de hacer decir a Fraga que la calle era suya. Eran tiempos de esperanzas y miedos. El entonces ministro de Exteriores, Areilza, intentaba convencer a los gobernantes del mundo democrático que España se encaminaba hacia las libertades. Fraga, por su parte, se prodigaba asombrosamente, con declaraciones a medios extranjeros que hablaban de apertura, así como de la apuesta por “una democracia fuerte”, al tiempo que ponía orden a nivel interno. Era capaz de cenar con Tierno Galván y, a los pocos días, podía ordenar la detención de destacados miembros de la oposición democrática. Y, por su lado, Arias Navarro no perdía oportunidad a la hora de dejar claro que no estaba dispuesto al cambio que el país y los tiempos demandaban.

La política lo protagonizaba todo. Tal fue así que, en el ámbito llariego, en la fiesta de los Guevos Pintos” en Pola de Siero, del 76 los susodichos se vieron adornados con las siglas de muchos de los partidos políticos que entonces tanto proliferaban y que emergían de Dios sabe qué profundidades abismales.

Eran tiempos, sí, de esperanzas y miedos. La extrema derecha, apostada en su búnker,  enseñaba los dientes en los actos de “afirmación nacional” de Blas Piñar, así como en las declaraciones, casi siempre explosivas, de Girón de Velasco. La izquierda salía a la superficie, crecida y multiplicada en sus siglas, que, en algún momento, rozaron lo incontable.

Y, mientras se acrecentaba la dialéctica entre reforma y ruptura, las organizaciones sindicales  promovían movilizaciones continuas. Y, por otro lado, en la mayor parte de las ciudades españolas se convocaban “jornadas de lucha”.

Recuerdo la que tuvo lugar en Oviedo. Fue a primeros de marzo de aquel año 76. La presencia de los antidisturbios se hizo notar. Había, claro está, muchos deseos de desgañitarse en la calle pidiendo libertades y  democracia. Había también miedo a la contundencia con la que podían emplearse las fuerzas del orden. Esperanzas y miedos, miedos y esperanzas.

No había conversación en la que la política no estuviese presente. A todo el mundo se le etiquetaba según la ideología que decía profesar. Devorábamos la prensa. Nos hacíamos con libros hasta entonces difícilmente adquiribles. Acudíamos al cine cuando se estrenaban películas que podían considerarse díscolas. No había panfleto que no leyésemos. ¿Qué iba a pasar? ¿Qué estaba pasando?

Y llegó aquella jornada de marzo. Si la memoria no me falla, fue un día claro, pero no cálido. El invierno se mantenía a pesar del cielo limpio. Si mal no recuerdo, conatos de manifestación sí que hubo muchos, pero, por una vez, las versiones oficial y oficiosa no fueron muy divergentes a la hora de señalar que no hubo ni grandes alteraciones del orden ni tampoco significativas detenciones. Fue una jornada de tensión que no llegó a estallar. Fue una forma de tomarle la temperatura a la vida pública de la ciudad. Fue un aviso por ambas partes, sin que llegasen a producirse grandes disturbios.

La tensión que se respiró aquel día fue muy grande, en efecto, pero no pasó a mayores si por tal entendemos lo que había sucedido en otras ciudades. En la heroica capital, al menos oficialmente, se mantuvo la calma.

Calma no sólo tensa, sino también febril. Porque, más allá de retóricas de ocasión y de martirologios en más de un caso buscados, lo irrenunciable por aquellos días era la forma en que bullía en casi todos un irrefrenable anhelo por las libertades, libertades en todos los órdenes.

El 76, año marcado también por las contradicciones, año que traía, tal y como cantaba y contaba Patxi Andión, un español harto y ahíto, un español que no estaba dispuesto de entrada a creer en los paraísos que muchos partidos prometían. Y, hablando de contradicciones, el cantautor aludido incurrió en ellas de forma notoria. Alguien capaz de haber creado canciones tan memorables como “El rastro” o “El Maestro” que, sin embargo, había protagonizado una versión cinematográfica del “Libro del Buen Amor” tan casposa como ultrajante ante una de las obras maestras de nuestra literatura.

El 76, siguiendo con Patxi Andión, fue el año de una canción suya que, al menos en su letra, alcanzó una calidad extraordinaria, de las mejores que se crearon en este país. Hablo de “Tabaco y oro”. Hablo de una canción con unas imágenes asombrosas que superaron con creces el efectismo más o menos oportuno y oportunista. “Que no se enfurezca el aire”. ¡Ahí es nada! Y dejo para los curiosos el reto de averiguar quién y qué protagonizaban la canción. Sociológicamente hablando, será toda una sorpresa. Estoy seguro.

El 76. Aquellos antidisturbios armados hasta los dientes. Aquella juventud universitaria que tan mala prensa tenía en los cenáculos conservadores. Aquellos lemas, sin duda, cándidos que se convertían en clamores durante las manifestaciones. Aquellas ansias por todo tipo de libertades, también en materia sexual. Aquellos señores de orden que acudían a las películas más subidas de tono, totalmente desaconsejadas por las autoridades eclesiásticas.

El 76. Aquella Asturias que evocaba su pasado glorioso en materia revolucionaria. Aquella Asturias que, como el resto del país, no podía figurarse que el cambio tan anhelado acabaría siendo mucho más lampedusiano de lo que entonces cabía concebirse.

El 76. Aquel Oviedo cuya juventud llenaba los cines y las salas de conferencias. Aquella juventud de Oviedo que empezaba a  poblar por las noches el Antiguo. Aquellas conversaciones inacabables. Aquellos encuentros con las libertades acompasados por una música que, de entrada, renunciaba a lo comercial. Aquellos sueños que tan pronto se malbarataron y traicionaron.

Siempre nos quedará, con todo, haber descubierto la piel electrizada por los sueños, la libertad en esa misma piel al entrar en contacto con otras pieles que compartían idénticas ansias. Sueños y porros compartidos, que lo lampedusiano y lo competitivo convertirían pasado el tiempo  en material de derribo y trituración.

Frente a nosotros, las tanquetas y los cascos. Con nosotros, los sueños que no todos aceptamos convertir en pesadillas.

Aquel día no llovió en Oviedo.

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A propósito de Emilio Lledó
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-10-2015 | 05:30| 0

La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar. Hace vibrar árboles, ropas, abrasa espigas, hojas secas, acuna en su oleaje los objetos que duermen en la playa. La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar: da apariencia de vida a lo inmóvil, a lo paralizado”. (José Hierro).

No es el momento de glosar la trayectoria y el pensamiento de Emilio Lledó. El propósito de estas líneas resulta mucho menos ambicioso. Tan sólo se pretende poner de manifiesto palabras de homenaje a un maestro de la filosofía del que tanto y tanto hemos aprendido quienes decidimos en su momento leer sus libros. No sólo estamos hablando de alguien que supo explicar magistralmente la obra filosófica de Platón, sino que además nos enseñó, entre otras muchas cosas, el valor de lenguaje. Y, por otro lado, nos encontramos ante una obra de largo recorrido que, lejos de apostar por el totalitarismo, lo que reivindica es la dignidad humana desde el conocimiento y la exigencia.

Emilio Lledó es, además de otras muchas cosas, un indignado que le hace frente a la chabacanería, que rechaza sin eufemismo alguno la osadía del ignorante, que clama por una sociedad que tenga un sistema de enseñanza que no renuncie en momento alguno al conocimiento y al esfuerzo.

Filósofo en el sentido más estrictamente etimológico del término, pone de relieve que el saber es la principal herramienta con la que cuenta el ser humano para ser mejores y más libres, menos manipulables. No hay lugar en su obra para el conformismo.

No deja de ser un lujo en tiempos como éstos, tan marcados por la mediocridad, que este país tenga un pensador de su talla y lucidez. La orfandad intelectual en la que vivimos que fabrica de continuo celebridades, que sólo son capaces de alardear de su ramplonería rampante, encuentra un balsámico alivio no sólo con su obra, sino también con su presencia en la vida pública.

Además, no estamos hablando de un pensador que no sale de su burbuja, de un pensador que se desentiende de la realidad en la que vive, sino que, antes al contrario, se compromete al modo en que Camus expresó que debe hacerlo un artista o un intelectual. La sociedad en la que vive no le es en absoluto ajena y se dirige a ella no sólo a través de sus libros y comparecencias públicas, sino también, por decirlo al orteguiano modo, a través de esa plazuela intelectual en la que los medios de comunicación le hacen hueco.

En esta Asturias en la que desde un Gobierno que en sus siglas se declara de izquierdas se resiste a recibir a plataformas de trabajadores que claman por sus derechos, la presencia de Lledó es toda una confirmación de que la batalla por la dignidad sí tiene quien le escriba.

Emilio Lledó, esa digna e indignada lucidez, que no cesa y que no se arredra en un conformismo que desde hace décadas abandonó y abarató los sueños.

Emilio Lledó, que, en el momento mismo que reivindica el conocimiento, hace una encendida llamada a la necesidad de recuperar la memoria de lo que hemos sido, rechazando de plano que se nos narcotice arrancándonos esa memoria viva que tenemos que defender y que sirve, entre otras cosas, para que la antorcha nunca se apague.

Hay que ir más allá de las ceremonias de la confusión, hay que ir más allá de los datos y anécdotas frívolas, hay que dejar atrás fruslerías cosméticas, hay que detenerse en el significado de una trayectoria y de una obra que es todo un antídoto contra los envoltorios de ocasión.

Pues bien, estamos ante una trayectoria y ante una obra que atesoran lo irrenunciable, que, al fin y al cabo, es lo más revolucionario.

Toda una paradoja.

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Viga azul: Funcionó el ripio Toché/Koné
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-10-2015 | 05:44| 0

En efecto, el ripio Toché/ Koné funcionó. Una buena sociedad de ataque, entre los regates y avanzadas del segundo y lo oportuno y oportunista que es el primero. Esto no quita que, llegado el caso, Linares –que ayer cumplió partido de sanción– pueda conjuntarse bien y resolutivamente con cualquiera de estos dos delanteros. Al exjugador del Racing le falta rodaje aún, pero, tanto en el partido de Copa como ayer, se ve claro que dará muchas alegrías al oviedismo. En cuanto a Toché, parece seguir el guión del delantero centro más clásico en cuanto a rendimiento y lucha. O sea, que, en lo que al ripio se refiere, no hay duda alguna de su feliz funcionamiento en este caso.

Por otra parte, lo novedoso del partido de ayer, aparte de lo anteriormente apuntado, fue que el equipo salió más concentrado atrás, conjurado para no dejar pasillos que nos pillasen con el pie cambiado en los primeros minutos del encuentro. Me alegra que Nacho López se afiance en su puesto. Y la sociedad del centro del campo entre Erice y Vila da una confianza que se necesitaba mucho. Lo que ayer falló –y no deja de ser preocupante– fue el balón parado defensivamente hablando. Una falta y un córner, respectivamente, fueron los prolegómenos de los dos goles encajados. Pero creo que no hay que alarmarse, toda vez que me parece más fácilmente subsanable corregir la estrategia en estas jugadas defensivas que lo ya conseguido en cuanto a no dejar huecos casi suicidas en las bandas, tal y como sucedió en encuentros anteriores.

Ayer el Oviedo salió a ganar, pero no alocadamente, sino con cierta convicción que, al final, resultó determinante y salvadora. Cierto es también que, tras el primer gol, el equipo no construyó mucho juego ofensivo y que tampoco se prodigó mucho en ese arma tan demoledora y pragmática que es el contraataque. Este aspecto también hay que cuidarlo.

Pero, al final, no es que la victoria enmascare carencias, que las sigue habiendo, sino que, por fortuna, la sensación que dejó el Oviedo ayer fue positiva no sólo, como es obvio, por el triunfo, sino también porque se ve calidad, empuje y entrega. Y también –lo que no es menos importante–, porque se pone claramente de manifiesto que este equipo aún tiene ases en la manga que sacar, aún tiene cartas ganadoras a las que sólo les falta explotarles su potencial. Y, hablando de potencialidades, cierto es que Rivera demostró ayer que es un jugador que, como el resto del equipo, puede ir a más a poco que se le den oportunidades.

Lo dicho: en la delantera, eficacia y buen funcionamiento. En la retaguardia, aún queda por ganar la batalla de la estrategia. Se ganó con convencimiento. Y eso no es poco, porque aleja, aunque no conjura del todo, los que son nuestros peores fantasmas.

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Recuerdos de Oviedo: Cuando el vino se hizo adolescente
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-10-2015 | 02:03| 0

“Porque quiero creer que me oyes más que me lees, como yo te hablo más que te escribo”. (Unamuno).

“Elevemos lo que se ve al rango de alucinación, lo que se oye, al nivel de la música”. (Cioran).

 

Un buen día, más bien una buena tarde, se nos hizo saber que había que hacer mudanza en nuestras costumbres adolescentes. Una buena tarde, empujados por lo que de repente se había puesto de moda, en lugar de la discoteca, la cafetería o el pub, hicimos parada y fonda en la calle San Bernabé, en lo que dio en llamarse “zona de vinos”. Y, como fácilmente puede deducirse, no se trataba de que nos gustase o no el vino. El asunto era muy otro: tocaba ir allí, era la moda. Punto.

Confieso que en aquellas andaduras por la calle San Bernabé, contaba más la calle que los establecimientos propiamente dichos. Desde luego, no existía el botellón, ni se contaban profecías al respecto. Se trataba de consumir más o menos, según las apetencias de cada cual y, por lo común, de gastar poco, pues las pagas semanales de entonces no daban demasiado de sí para grandes dispendios fuera de los festivos. Y además – ¿a qué negarlo?-, a muchos, entre los que me encontraba, no nos gustaba especialmente el vino.

Pero vayamos por partes: se estaba produciendo un cambio sociológico grande. Las diversiones propias de paisanos, como asistir el fútbol con un purazo enorme que duraba casi todo el partido había sido hasta entonces algo propio de mayores, pero  no de adolescentes que acudiesen en pandilla, sino más bien acompañados de sus progenitores. A eso se añadió lo de ir por los bares a consumir vino, algo también que hasta entonces era habitual entre los señores mayores que lo degustaban en sus tertulias o en sus partidas de cartas.

Así pues, en un momento dado, y para sorpresa también de los interesados, nos dedicamos a invadir territorios que por edad no se consideraban propios de adolescentes. Pero el hecho fue que así ocurrió.

Importante, mucho, el concepto de “zona”, no muy alejado quizás de algo tribal a lo que nos incorporamos, insisto, por imperativo de la moda. Y, sobre todo para nuestros adentros, nos preguntábamos muchas veces qué carajo hacíamos allí, casi siempre, en la calle, de pie, apoyándonos en coches por allí estacionados. Y, en otras ocasiones, entrábamos a tomar vino.

Desde luego, había quien se ocupaba y preocupaba de las marcas de ropa, pero no recuerdo que nadie se apasionase por consumir una determinada marca de vino, no era entonces aquello rasgo distintivo de nada, no servía para etiquetar frivolidades y perogrulladas de ocasión.

El caso fue que la mayor parte de los locales no nos resultaban desconocidos. El caso fue que tenía su estética el bar llamado “El Manantial”, muy conocido en Oviedo. El caso es que tenía su no sé qué no sólo la amplitud del local, no sólo la decoración interna que daba cuenta de un tiempo muy anterior al nuestro, sino también el beber el vino a través de aquellos porrones de cristal que recordaban, a la hora de tomarse tragos, a las viejas botas que muchos paisanos llevaban al fútbol.  El caso fue también que tenía su no sé qué convivir en el mismo espacio con la clientela de años, y hasta de décadas, de aquel establecimiento tan de referencia en Oviedo.

Recuerdo que, en muchas de nuestras estancias en el Manantial, me preguntaba por qué no estarían más juntos el referido bar y la Perla, que se encontraba en la calle Pelayo y que tenía un encanto especialísimo con una atmósfera que, para un adolescente, podría situarse casi en la prehistoria. Más que el encanto de lo viejo, se trataba de la magia de lo artesanal.

O sea, tardes con largas estancias en la zona de vinos, en San Bernabé, muchos años antes de que la calle Rosal se pusiese de moda. O sea, había que estar donde había movimiento, donde las pandillas podían aumentar y donde se podía entablar conversación con las chicas sin necesidad de aquello tan cortante de sacar a bailar.

La música apenas tenía protagonismo en la mayoría de aquellos bares que tampoco contaban con semejante mudanza de costumbres. De pandilla en pandilla y tiro porque me toca. De conversación más o menos forzada a comunicaciones más personales, sólo en algunos casos.

Por fortuna, ellas también iban por San Bernabé, ellas también consumían vino. Por fortuna, la segregación por sexos, que aún quedaba en muchos centros públicos y privados, no existía en aquella primera e inesperada zona de vinos para adolescentes.

Y lo cierto fue también que ciertas innovaciones llegaron. Por ejemplo, la costumbre de tomar mistelas. La cerveza tardaría más en formar parte de nuestros hábitos y, en todo caso, no fue una incorporación repentina. Y, desde luego, la variedad de marcas era también muy escasa.

Si la memoria no me falla, la primera tarde que acudí a San Bernabé acompañado de unos amigos, fue en septiembre. Cálida tarde aquella en lo que a la temperatura ambiente se refería. Estábamos todos en manga corta, con la nostalgia del verano que acababa de irse, en vísperas del inicio del curso que, en aquellos años,  se iniciaba en octubre.

La adolescencia había tomado aquella calle, se había aposentado en locales que no estaban concebidos para aquellas edades, para chicos imberbes y para chicas que tenían muy claro que no iban a seguir el modelo materno en cuanto  al ocio y esparcimientos.

Vino sin marcas, al menos, sin que reparásemos en ellas. Locales sin música, al menos, al principio. Y allí estábamos con nuestro pelo largo, con nuestros pantalones acampanados, con la cajetilla de ducados en el bolso de la camisa, con la acidez en el estómago después del segundo vino que nos tomábamos.

Y allí estábamos viendo el espectáculo, en muchos casos, no menos atónitos que los paisanos que se estarían preguntando por qué diablos  habíamos decidido ir a parar aquellos andurriales en los que no se nos esperaba.

En aquella adolescencia, en Oviedo, el vino se dio cita. Y, de algún modo, sin más mérito que el dejarnos llevar, nosotros, los adolescentes de los años setenta fuimos pioneros en inaugurar una zona de vinos para quinceañeros y quinceañeras.

Nos tocó.

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¿Hablamos de los Premios Princesa de Asturias?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-10-2015 | 05:25| 1

En España, las cosas de la cultura suelen tener pobre arraigo, aire de advenedizas, de ropita dominguera, como en país colonial, y desvanecen a los espíritus ligeros que con ella se adornan(Azaña).

 

Puedo asegurarles que uno tiene un serio conflicto consigo mismo cuando se da cuenta de la soledad de su criterio ante unos planteamientos desmadrados que, además, apenas tienen la posibilidad de ir más allá de lugares comunes. Y, en el asunto que aquí nos trae, se juntan demasiadas cosas que generan más decibelios que argumentos.

Innegable y merecido es el prestigio de los Premios, si se tiene en cuenta la nómina de muchas de las celebridades que obtuvieron los galardones en distintos ámbitos. Innegable y merecido es también el reconocimiento que se le debe a Graciano García por toda su trayectoria como periodista desde “Asturias Semanal”, que fue un inequívoco enclave de libertad de expresión en unos tiempos en los que los tijeretazos de la censura no cesaban, hasta aquel gran proyecto que fue “Asturias Diario”, cuya publicación auspició con entusiasmo y firmeza. Innegable y merecido es que se valore la importancia de unos Premios que empezaron distinguiendo a figuras como José Hierro y María Zambrano, entre otros, y que, en la edición de este año, se pone en su sitio a un pensador de la talla de Emilio Lledó y que reconoce también la obra de un cineasta de la categoría de Coppola. El inventario de ejemplos para sustentar esto se podría alargar mucho. Tampoco se puede soslayar lo que tan machaconamente se repite acerca de la importante promoción que estos Premios suponen para Asturias.

Dicho todo ello, creo que, al menos, es merecedor de respeto el criterio de que, a veces, da la impresión de que lo que más se destaca de la ceremonia en el Campoamor son las genuflexiones ante la Familia Real y el pase de modelos a la entrada y a la salida. Y las tales genuflexiones chirrían mucho cuando las hacen políticos que, en determinados actos, no parecen estar incómodos rodeados de banderas republicanas.  Y no tiene que resultar obligatorio aplaudir  tal espectáculo, ello sin perder de vista que hablamos de una Fundación vinculada desde su nacimiento a la Monarquía, algo tan legítimo y respetable como el derecho a mostrar desde el republicanismo el desacuerdo más inequívoco.

No creo que deba levantar mucha polvareda ni despertar gran indignación sostener que las genuflexiones, en este caso simbólicas, de hacerse, deberían ser mostradas ante los premiados y no ante la institución monárquica.

Y, ante el incesante acoso mediático que sufre el Gobierno municipal de Oviedo,  no sería descaminado recordar que tiempos hubo en que el Ayuntamiento capitalino, encabezado por Gabino de Lorenzo, no fue muy generoso en lo que a ayudas económicas se refiere con la entonces Fundación Príncipe de Asturias. Y, en este sentido, me parece fantástico que se haya creado, tal y como informa EL COMERCIO una plataforma cívica en favor de la Fundación y de los Premios. Una cosa es que se discrepe de quienes opinan que la Fundación no tiene por qué recibir obligatoriamente dinero público y otra muy distinta es que se descalifique a quien sostiene tal postura.

Así pues, convendría que las discusiones no fuesen tan agrias. Siempre es saludable el respeto democrático. En este caso, aceptando que existe el derecho a discrepar con planteamientos republicanos.

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Recuerdos de Oviedo: Aquellas películas en el Palladium
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-10-2015 | 02:34| 0

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“Un pedante es un estúpido adulterado por el estudio”. (Unamuno).

“La película de gánsteres no es emotiva, como podría pensarse, sino más bien intelectual. ¿Julio Verne escritor del viaje? En absoluto, es el escritor del encierro”. (Barthes).

 

Aquellos talonarios con vales que servían de descuento en las entradas del cine Palladium eran toda una certificación de pertenencia a un club muy selecto, el de los sesudos espectadores de películas de arte y ensayo que se permitían hacer farragosos y pedantes comentarios sobre películas consideradas de culto que no siempre eran obras maestras. Pero lo esencial consistía en la interpretación, en muchos casos, sin haber leído el libro de  Susan Sontag que se ocupaba precisamente de eso.

Eran los tiempos en los que, a falta de conocimientos profundos y de mentes analíticas, lo que contaba era el envoltorio, la puesta en escena. Se acudía a las tertulias con libros de Hegel  y de Sartre, entre otros, (“La fenomenología del Espíritu”y “El ser y la nada”, por ejemplo) y siempre se encontraban pretextos para hablar sobre la guerra del Vietnam, sobre el mayo del 68, sobre los graves defectos de la burguesía y, por supuesto, sobre alguna película que requiriese grandes divagaciones.

Ése era el modo de conducirse, por lo general, de la generación de nuestros hermanos  mayores generacionalmente hablando, es decir de los sesentayochistas. Y nosotros, a falta de otros interlocutores, los escuchábamos con respeto, formalidad y, en no pocos casos, con emoción. (La ironía quedaba para la intimidad).

Debo confesar y confieso que una de las imágenes más recurrentes que conservo en mi memoria con respecto al cine Palladium era el momento mismo en el que la gente desandaba la sala camino de la calle. Se diría que, a juzgar por los movimientos de los brazos, daba comienzo una interpretación que amenazaba con ser muy larga. De eso se trataba para muchos, de explicar punto por punto aquello, de destripar los contenidos y, sobre todo, el mensaje. ¡Tremendo!.

Cine de arte y ensayo. Películas con enjundia. Resultaba prohibitivo decir que alguna de aquellas películas era un auténtico tostón, que sí los hubo, al lado, sin duda, de verdaderas obras maestras. Pero no se podía blasfemar cinematográficamente hablando.

Cine Palladium. Había que ir allí para estar al día de las películas del séptimo arte que no incurrían en el imperdonable pecado del entretenimiento o del divertimento. Frivolidades las justas, oiga usted. Lo transcendente era obligatorio e irrenunciable.

Por razones generacionales, me incorporé tarde al público espectador del Palladium, pero sí tuve ocasión de asistir a películas pesadísimas y de presenciar esas escenas de interpretación peripatética a las que antes hice mención que arrancaban en el momento mismo de abandonar la sala.

 

Cuando se escriba pausadamente la historia de aquellos años setenta y primeros de los ochenta, seguro que se incidirá en que el arsenal de conocimientos del que muchos alardeaban, menguaba mucho con la cocción necesaria de realidad, pero también es cierto que, a diferencia de estos tiempos, se consideraba muy importante exhibir cultura aunque sólo fuese con el envoltorio de libros pocas veces leídos enteramente, así como la interpretación de películas que formaban parte de los usos y costumbres de entonces.

Cierto es que en aquel Oviedo del tardofranquismo y de los primeros años de la transición política,  el cine Palladium nos dio la oportunidad de conocer un amplísimo repertorio de películas no comerciales que, sin duda, nos aportó mucho.

Dicho lo cual, debe añadirse a ello que el Palladium es una referencia obligada para conocer la mentalidad de la adolescencia más o menos avanzada y de la juventud de una época en la que las inquietudes nada tenían que ver con la ramplonería que, en todos los órdenes, se vive en esta época.

Cine Palladium. ¿Cómo no recordar, a lado de películas extraordinarias, algunos tostonazos memorables? Antes de que se divulgase el chiste fácil de un anuncio en el que se enseñaba el búlgaro, pudimos ver una película tremebunda titulada “Cuerno de Cabra”. ¡Madre mía, qué plomizo fue aquel film! Sobre todo, truculento. Y, a la hora de sacar algo en limpio de la historia que se nos ofrecía, nos encontramos con el terrible problema que suponía haber asistido a una especie de pesadilla donde se vuelven realidad las hipótesis más catastrofistas. No es que las cosas les salgan mal a los protagonistas, es que resulta casi inconcebible que puedas sucederles algo peor de lo que les ocurre.

Cine Palladium. La última película que vi allí fue una de las grandes creaciones de Visconti: “La caída de los dioses”. Languidecía septiembre. Y, al salir del cine, en ningún momento pensé que lo abandonaba por última vez. De todos modos, fue una despedida a la altura de las circunstancias, aquello no era ningún tostón y plasmaba un momento histórico que siempre horrorizará a la humanidad. Lo plasmaba  un genio del cine.

Arte y ensayo, películas subtituladas, interpretaciones –insisto- a menudo, tan vacuas como grandilocuentes que tenían como medio deslumbrar para alcanzar un fin humano, demasiado humano, que diría Nietzsche.

Un tiempo tan ingenuo en el que se pensaba que estaba a nuestro alcance interpretarlo todo, tan sólo con la herramienta del envoltorio de una sesuda cultura que, en la inmensa mayoría de los casos, no se atesoraba ni de lejos.

 

Cine Palladium. Sin duda, fue una ventana abierta – y no pequeña- a una ambición estética que buscaba un cine que pretendía, en muchos casos, ir más allá de una evasión, ir más allá de una conformidad con visiones amables y ñoñas de la vida. Sin duda, cumplió una misión importante en el Oviedo de aquellos años donde la juventud aún tenía la esperanza de interpretar el mundo y transformarlo.

Cine Palladium, tiempos aquellos donde casi todo estaba revuelto y mezclado, donde el marxismo convivía con el existencialismo, donde el estructuralismo empezaba a dejarse oír con fuerza, donde el conformismo no iba en el guion.

Allí no se iba buscando la oscuridad propicia y cómplice a falta de otros recursos para acercamientos tórridos. En todo caso, se acudía para que la interpretación fuera un preámbulo. Y el “después de”, entre el humo de los cigarrillos, estuviese amenizado con un intercambio de opiniones muy propio de Tolstoi, es decir, hablando de guerras, de paz y de revoluciones.

Cine Palladium. Si no hubiese existido, resultaría obligado inventárselo.

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CARTA ABIERTA A JEREMÍAS DOS SANTOS
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-10-2015 | 05:41| 0

Verá, don Jeremías, a resultas de sus últimas declaraciones relacionadas con la postura que su sindicato adopta frente a la apuesta del Ayuntamiento de Oviedo por recuperar servicios privatizados, más concretamente el que se refiere a la recaudación de impuestos municipales, será la segunda vez que escriba sobre el asunto en estas mismas páginas.

Parece que va en el guion –y pido disculpas por la perogrullada- que las organizaciones sindicales defiendan los intereses de los trabajadores, empezando por la madre de todos los derechos como lo es el de tener un empleo digno. Lo que sucede, señor dos Santos, es que a un sindicato que se reclama obrerista y de clase, al menos desde sus orígenes, que, por cierto, son dignos de admiración, cabe exigirle que tenga y sostenga una concepción de la sociedad acorde con eso que venimos llamando izquierda aunque, desdichadamente, en muchos casos se viene quedando sólo en sus siglas.

Seré muy concreto, don Jeremías: convendrá usted conmigo en que las instituciones públicas están para prestar servicios a la ciudadanía y su razón de ser no se fundamenta en modo alguno en favorecer negocios privados. Y, consecuentemente con ello, no parece muy coherente que se reivindique desde una organización obrerista que se sigan defendiendo esos intereses privados en aras del sostenimiento de determinados puestos de trabajo. Porque, llevando tal ‘argumento’ hasta el extremo, terminarían ustedes defendiendo, si es que no lo hacen ya, todas esas operaciones que se vienen denominando con el verbo ‘externalizar’, y que, de paso, están dando al traste con lo público.

Mire, comprendo perfectamente el malestar y la desesperación de quienes ven peligrar su puesto de trabajo. También soy consciente de que, en semejante situación, busquen el apoyo de las organizaciones sindicales. Hasta ahí, todo es lógico y entendible.

Es más, sería razonable que estas personas se mantengan en su puesto hasta que el Ayuntamiento encuentre la salida legal a su objetivo de terminar con la privatización de este servicio. Y parecería muy justo también que, a la hora de optar al puesto de trabajo como funcionarios municipales, se les valore la experiencia en su tarea. Todo eso es plausible y reivindicable.

Lo que no es de recibo, don Jeremías, es que sea precisamente un sindicato de izquierdas el que apueste por mantener la privatización de los servicios públicos. Lo que no es de recibo es que se diga que el problema es la inquina de gobierno local contra esos trabajadores de esa empresa.

¿Es de recibo que ningún gobierno local pueda dar marcha atrás en las privatizaciones que llevaron a cabo sus predecesores? ¿Acaso no es pertinente que se intente recuperar el espíritu y la letra de unas instituciones que tienen como razón de ser el servicio público? ¿Acaso hay argumentos que puedan demostrar que la ciudadanía contará con mejores servicios y más económicos por el hecho de estar privatizados?

¿Acaso no es asumible y obligado que el sistema de selección para los organismos públicos sea igual para todas aquellas personas que reúnan los requisitos exigidos para acceder a determinados puestos de trabajo?

A veces, don Jeremías, hay que procurar ir más allá del oportunismo y plantearse las cosas con rigor y profundidad, al menos, mínimamente.

A veces, don Jeremías, los sindicatos deberían tener en cuenta que el drama del desempleo no sólo afecta a quienes ven peligrar su puesto de trabajo, sino también a quienes están en el paro y se esfuerzan por atesorar una formación que les sirva para acceder a determinados puestos.

La igualdad también se sustenta, señor Dos Santos, en que las personas más jóvenes puedan tener la oportunidad de demostrar su valía y conocimientos. Por ejemplo, en un concurso-oposición.

Y, por último, don Jeremías, ¿no hay nada que decir sobre la responsabilidad de la empresa con sus trabajadores en este asunto?

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Viga azul: Tocando botones
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-10-2015 | 05:39| 0

Un equipo que no acaba de funcionar. Un equipo en el que la defensa hace agua partido a partido. Un equipo que no deja de ensayar esquemas de juego, cambios drásticos en el sentido de que hay futbolistas, lesiones aparte, que una jornada se quedan fuera de la convocatoria y al partido siguiente son titulares. Un equipo que ni se gusta ni confía en sí mismo. Un equipo que, hasta ahora, solo tiene una tabla de salvación y es la calidad individual de varios jugadores que pueden resolver un encuentro. Pero esto, obviamente, con ser importante, no basta y no hay que conformarse con ello.

En el partido frente al Mallorca, no funcionó el centro del campo. Edu Bedia, cuya calidad no se pone en duda, no estuvo afortunado. Apenas hubo entregas acertadas. Y tampoco se contuvieron bien los avances del adversario.

En cuanto a la defensa, más allá de errores puntuales, el problema, que ya debería haberse resuelto, es que se percibe y se respira inseguridad. De repente, se deja un pasillo libre al delantero contrario. De repente, el susto es mayúsculo cuando nos percatamos de que hay un jugador al que dejan incomprensiblemente solo.

¿Y qué decir del ataque? Hoy, Toché, además de marcar un gol, luchó lo suyo, sin duda. Sin embargo, se le ve lento. Y, por otra parte, lo que es más importante, no hay sociedad en las jugadas ofensivas. Los mediapuntas se quedan atrás y no intuyen ni huecos ni combinaciones decisivas.

Pero lo más significativo de todo es que, como dije antes, da la impresión de que, a la hora de diseñar el sistema de juego y, a la hora de decidir las alineaciones, se actúa a ciegas, se actúa a ver qué pasa, sin criterios sólidos que lleven a la efectividad.

Desde luego, nada más lejos de mi intención que mostrarme catastrofista. No es momento de alarmarse, pero sí de reaccionar, de pensar seriamente en los errores cometidos, en las lagunas observadas, en los desajustes exhibidos y, de una vez, trazar un plan que haga que el equipo funcione en su conjunto.

A esta plantilla no le falta calidad en líneas generales. Pero estamos muy lejos de haber visto el rendimiento que se le puede sacar.

Cierto es que muchos jugadores están muy lejos aún de su mejor forma física. Cierto es que lleva su tiempo que un equipo con muchos futbolistas nuevos tarda lo suyo en conjuntarse. Cierto es que la nueva categoría en la que estamos no es fácil casi nunca.

Pero no cabe incurrir ni en el conformismo ni en la autocomplacencia. Hay que ir a más. Todo el mundo, empezando por el entrenador a la hora de diseñar sus tácticas, y siguiendo por los jugadores en su esfuerzo y entrega, tienen que exigirse más.

Sería triste, muy triste, regresar a los tiempos de ver un equipo a la deriva que confía en un golpe de suerte o en un destello de calidad individual. Es obligado hacer un armazón fuerte. Es obligado ser consistentes atrás y, a veces, expeditivos a la hora de conjurar los peligros. Es imprescindible alcanzar confianza y seguridad. Y juego de conjunto.

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Recuerdos de Oviedo: De esplendores y sordideces
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-10-2015 | 15:33| 0

« ¿Dónde está la memoria de los días/ que fueron tuyos en la tierra, y tejieron/ dicha y dolor y fueron para ti el universo?». (Borges).

«Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño». (Borges).

Imaginen por un instante el entusiasmo con que alguien transmitió determinadas vivencias que supusieron deslumbrantes y asombrosos esplendores en el transcurso de una vida en la que, por imperativo de las circunstancias, muchas veces pintaron bastos. Imaginen por un instante, poniéndose en situación, que quien transmitió todo aquello vino al mundo en los primeros años del siglo XX, con todo lo que ello supuso a la hora de conocer sueños y padecer horrores. Imaginen por un instante ese lado lúdico y esplendoroso de la vida, ese ángulo oscuro y deslumbrante de la noche, de la diversión, del placer, de la letra y la música de una evasión con parada y fonda en lo voluptuoso. Imaginen, por un instante, el texto y el contexto de lo que a continuación se dará cuenta.

MARIO ROJAS

En efecto, el texto y el contexto. En efecto, Oviedo. Yo sabía que el local del que me habían hablado venía de otra ubicación que fue anterior a la de la calle los Pozos. Me refiero al Café Suizo. Yo me daba perfecta cuenta de que allí adentro no podía habitar el esplendor de los relatos que se me habían transmitido: una música que envolvía, unas mujeres que cantaban y bailaban cautivando casi tanto como Marlene Dietrich en sus mejores tiempos. Una cristalería que reflejaba los licores más deliciosos y chispeantes que se saboreaban al tiempo que se contemplaba el espectáculo de ensueño de cada noche. Escotes de vértigo, lencería de lujo, piernas tan largas y tan bien torneadas que no podían no enloquecer. Y unas curvas que eran la divina hoja de ruta del viaje más erótico que imaginarse cabe.

La noche, sí, la noche, el tugurio cerrado durante el día y que, en las madrugadas, obsequiaba con espectáculos que hacían olvidar las miserias de lo cotidiano. El tugurio como la cueva que escondía un tesoro cuyos destellos emergían en el escenario dejando boquiabiertos a quienes asistían al espectáculo.

Pero, ¡ay!, aquello no podía ser. Allí adentro no era posible tanto esplendor, sino más bien todo lo contrario. Quedaba el rótulo. Quedaba el relato que buscaba un escenario fuera de aquella realidad visible que sólo podía albergar sordideces y episodios lúgubres.

Pero, ¡ay!, del mismo modo que Marsé le escribió una canción a Serrat que hablaba de ‘los fantasmas del Rosy’, un cine barcelonés, el exterior de aquel local tan cercano a la plaza de Riego, me hacía evocar otros fantasmas, aquellos otros de una especie de cabaret en los años 20 y 30 antes de que la tragedia se cebase sobre la realidad de las gentes que vivieron aquello.

¿Y de qué fantasmas, en el buen sentido, hablo? ¿Y de qué fantasmas me hablaban? Pues, miren, de legendarios futbolistas de aquella época que vivían intensamente la noche y que, sin embargo, alcanzaban la gloria jugando cada domingo. De legendarios futbolistas que disfrutaron de aquello con ambición y en la mejor compañía de aquellas mujeres que atraían con locura. De jóvenes que se refugiaban allí de la moralina de cada día, moralina de púlpito y confesionario que no dejaba de adolecer de olor a rancio y de puesta en escena marcada por la hipocresía. De descanso, del descanso de una vida cotidiana que, para muchos, no concedía grandes treguas. De rebeldía contra la moral impuesta, a favor del descaro y del placer. De conspiraciones, más o menos implícitas, más o menos explícitas, en tan heterodoxos escenarios para semejantes lides.

De esplendores y sordideces. ¡Qué contraste, Dios mío, qué contraste, a la hora enfrentar y confrontar los susodichos relatos con lo que daba a entender aquel rótulo con el nombre del café en donde figuraba también la propaganda de una marca de tónica!

Insisto y debo insistir en tan hiperbólicos contrastes. Y es que, a la hora de hacer la referida confrontación, no podía dejar de pensar en aquel antes y aquel después que fue tan socorrido y recurrente durante décadas.

Aquel antes y aquel después que se manifestaba con la expresión que hablaba de ‘antes de la guerra’. Y, claro, el antes siempre era mejor, en todo: desde el patrimonio de la familia de la que se hablaba hasta de la calidad de determinados productos. El esplendor siempre se correspondía con el pasado, un pasado glorioso, frente a la ruina o, en todo caso, las escaseces del momento presente.

Y es que, a aquella generación que vivió su primera juventud en los años 20 y 30 hasta el estallido de la dichosa guerra, pocas cosas le resultaron ajenas, muy pocas. Sabían que el espectáculo había comenzado, que la fiesta reclamaba concurso y presencia, que la moral pública presentaba fisuras, que los límites estaban para ser incumplidos, con mayor o menor irreverencia, que el frenesí era irrenunciable, que los reclamos de la carne, si además estaban bien envueltos y acompañados de música y letra, eran irrenunciables, que la evasión tenía horario y locales donde representaba su liturgia. Y la referida generación, además de haber vivido todo aquello, con todo el cargamento, no pequeño por cierto, de contradicciones, tenía que contarlo, tenía que contarlo, sobre todo, cuando los apagones, tanto biológicos como históricos, dieron al traste con tan sublime y cargado repertorio de placeres de ensueño, de delirios portentosos y poderosos.

Insisto: me tocó ver el recuerdo en prosa de unos esplendores, una prosa que se anunciaba en un cartel, un cartel cuya intrahistoria me habían transmitido.

Pero siempre quedó –y les quedó– la música, que diría Aute, la música y la letra desenfadada y alegre de unas canciones que a veces, en momentos de melancólica remembranza, venían a sus labios poblando de nostalgia las miradas, de una nostalgia, con todo, balsámica, porque daba cuenta aquella añoranza de momentos inolvidables que siempre atesoraron.

De esplendores y sordideces. Los primeros, lejanos y confundidos con la ensoñación. Los segundos, cercanos y molestos, tanto que no permitían detenerse ni siquiera a observar desde afuera el interior un lugar que sepultaba los resplandores dorados de desmadres memorables y de escenas enmarcadas para siempre en un mundo de sueños que se tornó realidad tangible en forma de cuerpos en los que el deseo se hizo deidad.

El licor, las piernas, la lencería, los escotes. El divino cabaret, a veces, desgarrador; a veces, séptimo y sellado cielo.

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