El Comercio
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¿Y qué dice Gabino de Lorenzo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 26-02-2016 | 01:57| 0

“Es preciso tener en cuenta que mi propósito no es escribir historias, sino vidas”. (Plutarco).

 

El óxido en el Calatrava. La ruina de la plaza de Toros. El abandono de los edificios del antiguo hospital. Las cuentas que no salen. Las goteras incesantes de unas deudas resultantes de despilfarros megalómanos. La resaca de aquellos días en los que muchos quisieron creerse que Oviedo podía ser Camelot. El Real Oviedo, ya redivivo, a pesar del empeño que tuvo el ex Alcalde en hacerlo desparacer.

¿Y qué dice Gabino, atrincherado en su canonjía de la Delegación del Gobierno en funciones? ¿Y qué dice Gabino al conocer las imputaciones que tienen sobre sí antiguos ediles suyos de la mayor confianza? ¿Y qué dice Gabino al ver los bastos que pintan para su partido tanto en el ámbito local como en el resto del Estado?

Atrincherado, digo, en su canonjía. Apenas se le vio cuando los incendios arrasaron tantas hectáreas en Asturias. Sobre los asuntos capitalinos, tiempo hace que anunció su voluntad de no pronunciarse al respecto. Pero se da el caso de que no sólo guarda silencio sobre el presente, sino también sobre las consecuencias que están acarreando muchos proyectos suyos, entre ellos, el del Asturcón.

Ya no es un empresario equino, ya no nos deleita con actuaciones de Zarzuela, haciendo de don Hilarión al llariego modo, ya no desliza frases zafias que pretenden ser campechanas, ya no cuenta con aduladores de pro que lo presenten en actos públicos, ya no hay ilustres que firman manifiestos a su favor, ya no cuenta con un respaldo mediático que corea alabanzas sin cesar, al tiempo que silencia disparates.

¿Y qué dice Gabino? No nos dejó como herencia una ciudad plagada de Palacios, su Camelot. Los artistas de encargo ya no lo ensalzan, una vez que abigarró la ciudad al modo del vestíbulo de la casa de un nuevo rico.

Ahí está el Calatrava. Ahí está lo que puede verse en el antiguo solar de la Estación del Vasco. Ahí está su partido sin una cabeza visible en Oviedo que sea una referencia para este presente convulso y prorrogado que vivimos. Ahí están sus ocurrencias de gracioso de chigre de las que ahora nadie parece querer acordarse, ni siquiera los que tanto lo ensalzaban.

Desde la Delegación del Gobierno, en silencio, casi sin presencia pública, el que iba para Alcalde perpetuo de Vetusta  ve cómo se desmorona un discurso de grandonismos, una estética de advenedizos, unos coros y danzas que actuaban por intereses no muy filantrópicos.

¿Y qué dice Gabino ante tanto óxido?

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Recuerdos de Oviedo: 59 años
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-02-2016 | 14:02| 0

“Hay un vacío/ en mi aire metafísico/ que nadie ha de palpar: / el claustro de un silencio/ que habló a flor de fuego”. (César Vallejo).

“O eras tú la cintura de aquella guitarra/ que toqué en las tinieblas y sonó como el mar desmedido. / Te amé sin que yo lo supiera, y busqué tu memoria. / En las casas vacías entré con linterna a robar tu retrato”. (Neruda).

 

Martes, 16 de febrero del presente año, ocho de la tarde. Cuando llego a las proximidades del Campoamor, me da la impresión de que hay luz en el segundo piso de la Plaza del Carbayón, número 3, la que fue nuestra casa familiar. Y se da el caso de que a esa hora cumplo 59 años.

Conforme me acerco a la plaza del Carbayón, me doy cuenta de que no es que hubiese luz dentro, sino que la exterior se reflejaba en los cristales del mirador y del balcón, causando un efecto óptico engañoso. Sin embargo, compruebo minutos más tarde que, en efecto, esas luces se encienden.

¿Cómo no detenerse entonces frente a aquella casa en la que se esperaba una nueva vida el 16 de febrero de 1957? ¿Cómo no pensar, más que en el tiempo transcurrido, en el relato de aquella tarde noche  en la que vine al mundo y que tantas veces me contaron? ¿Cómo no rescatar los primeros recuerdos de mi infancia, asociados siempre a esta plaza y a Lanio? ¿Cómo no tener presente, más allá de los tópicos, lo que significa ir cumpliendo años, lo que ello significa con el verbo estar y con el verbo ser?

Pero no nos pongamos metafísicos. Lo que pretendo con estas líneas es contar, relatar, narrar, es evocar recuerdos, tantos y tantos que me llevan al momento de cumplir los 59 años.

Escaleras de madera, de un color exageradamente pálido a fuerza de tanta lejía. El largo pasillo de la casa, donde estaba el teléfono. Había que llamar al 009 para hablar fuera de Oviedo. La cocina que daba a la calle de la Luna. Allí, me encontré con mi primera bicicleta como regalo de los Reyes Magos, bicicleta que estaba deseando llevar a Lanio.  El comedor, los miradores desde donde se veía el transcurrir cotidiano de este rincón de Oviedo, donde todo estaba al alcance de la mano, donde lo desconocido sólo podía ser imaginado, donde todo el entorno humano era, en mayor o menor medida, familiar.

Mi padre, que en las horas que estaba en casa, escribía sus textos escolares en el comedor, acompañado  muy frecuentemente de la radio. Mi madre, que, como ya escribí en alguna ocasión, me enseñó a disfrutar del transcurrir cotidiano, de personas y vehículos desde el mirador de aquella casa.

La parada de taxis bajo nuestra casa. Las obras que convertirían el antiguo Caserón de Santa Clara en la Delegación de Hacienda. La cercanía de los Alsas, que nos llevaban a Lanio, a veces directamente, a veces, previo paso por Cornellana. La proximidad de la Estación del Vasco cuyos trenes nos  conducían a Pravia.

El momento en que vi por vez primera la televisión en el comedor de la casa, a los seis años, momento que coincidió con la presentación de los programas que iban a emitirse a lo largo de la tarde.

Aquel comedor, en el que tantas horas pasábamos, comiendo y cenando, estudiando, jugando a las cartas.

Un mundo donde lo ajeno no haría su aparición en los años de infancia. Un mundo de juego y confianza, un mundo sin más temores que los que podía urdir la imaginación infantil, temores que se desvanecían tan pronto entraban en contacto con la realidad.

Una vida que arrancó hace 59 años en la plaza del Carbayón, en el cogollo de nuestra ciudad, y que lo hizo en un tiempo en el que, aun siendo la segunda mitad del siglo XX, perduraban todavía vestigios del XIX, como los lecheros que usaban el carro y el caballo como transporte, como las carboneras en los bajos del edificio. Un mundo que se transformaba.

59 años, digo, que, en alguna medida, son tres siglos: los vestigios del XIX a los que acabo de referirme, el siglo XX, con su memoria y pesadillas, y el siglo XXI actual. Todo ello, según los tópicos, en un suspiro, pero un suspiro profundo que abarca tanto y tanto.

No creo, con perdón de César Vallejo, que el día que nací Dios estuviese enfermo, más bien, me atrevería a asegurar que el mundo caminaba a pesar de las trabas del momento y de los lastres del pasado. Más bien creo, que la intrahistoria entendida al unamuniano modo seguía nutriéndose de los trabajos y los días de tantos sueños y angustias.

16 de febrero de 2016, hay una luz en aquella casa, que no llega a iluminar los cristales, se diría que es más bien penumbra. Los que quedamos de aquel entonces puede que ya no seamos los mismos, que diría Neruda, pero es mágico percibir internamente que esto que estoy contemplando me habita, lo llevo incorporado, forma parte  del repertorio de vivencias que viaja conmigo en esa mochila invisible externamente de la memoria individual, partícula de una intrahistoria que va mucho más allá.

Saber que estamos, saber que somos, saber que mucho de lo que en cada momento nos abruma y nos cercena no es más que una vestimenta que, en el momento mismo en el que la memoria rebobina, va a parar al perchero hasta nueva orden.

Somos también aquello que descuidamos, aquello que dejamos en una especie de desván, al que necesitamos visitar con cierta asiduidad para recomponer el relato de lo que nos forja y nos sostiene.

59 años que celebro en el mismo entorno que me vio nacer. ¿Cómo no sentir un vértigo inevitable, unos ayes llamados a conmover al ver y recrear paredes, balcones, aceras, edificios que dan cuenta del momento en el que llegamos a este mundo, que dan cuenta del momento en el que nuestra vida comenzó su andadura?

Y lo curioso es que no estoy volviendo la vista atrás como el personaje bíblico, sino que siento y percibo que el presente se ensancha con las incorporaciones que la memoria despliega.

Soy el niño que bajaba y subía correteando por las escaleras del edificio que está frente a mí. Soy el niño que hablaba con los taxistas. Soy ese niño que escuchaba a su madre en el mirador. Soy el niño que se acostumbraba al ritmo de las teclas de la máquina de escribir de mi padre. Soy el niño que me preguntaba qué podía haber dentro del televisor. Soy el niño que le habla al adulto. Soy el adulto que mima al niño. Soy un presente continuo al que contemplan 59 años. Soy un presente continuo que contemplo esos 59 años. Soy un presente continuo que sigo recordando  lo rescatado y anticipando lo que va a acontecer.

Soy esa vida que sigue, que tiene que seguir, que quiere seguir, porque, como escribió Lorca, soy amor, soy naturaleza. Porque lo soñado junta pasado, presente y futuro. Y bulle. Y hasta se escabulle de aquello que Quevedo llamó la ley severa.

LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES

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¿La Madreña a juicio?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-02-2016 | 12:45| 0

 “Por lo que a mí respecta, prefiero ser importuno e indiscreto que adulador y fingido”. (Montaigne).

 

Cuando la vieja política consiguió que, por fin, la sociedad dejase de estar adormilada y ausente a pesar de tantos agravios, una serie de movimientos sociales que tenían como hilo conductor su indignación, se hicieron visibles en las calles y en los medios y pusieron de manifiesto otra de las grandes dicotomías orteguianas, la de la España real frente a la España oficial que estaba tan encantada sin tener que soportar presiones y protestas.

Como se sabe, por estos lares, fueron muchos los indignados que ocuparon la antigua Consejería de Sanidad, edificio conocido como “La Madreña”. Fueron unos “okupas” muy singulares, pues se servían de un edificio público no sólo para hacerse oír, sino también para debatir más sobre lo humano que sobre lo divino. Era el germen de “Podemos, no sólo, pero también.

Pero llegó el momento en el que el poder establecido decidió demoler aquello, sin que tal medida supusiera un proyecto de algo nuevo que fuera a sustituirlo. La piqueta desalojó a lo indignados, y aquello también tuvo su parte de exhibicionismo por parte de alguno. Pero, en todo caso, estaba claro que había que pasar a otros escenarios para seguir manifestando la indignación.

No deja de ser curioso que, en su momento, un político tan veterano como Rozada le pidiese a Emilio León que diese el paso a presentarse a unas elecciones y abandonase, digámoslo así, estar a la contra fuera del sistema.

Pues bien, en un momento como éste, en el que la vieja política sigue agonizando, parece ser que se abre un proceso contra personajes destacados de aquel movimiento ciudadano de protesta. Su delito fue ocupar organismos oficiales, invadir un edificio público.

Se juzga, pues, aquello que dio origen a que la nueva política no se quedase en lo marginal y en lo asambleario. Se juzga el punto de partida.

No voy a entrar, desde luego, en disquisiciones leguleyas, en tecnicismos jurídicos. Lo único que pretendo es plantear el significado que, a día de hoy, puede tener este proceso, máxime si se tiene en cuenta que muchos de aquellos “ilegales”, sin siglas, sin presencia en las instituciones, están batallando a día de hoy en la política oficial para disgusto de muchos, para satisfacción de otros tantos.

Pregúntese el lector si aquella “okupación” de “La Madreña” causó daños al erario público. Pregúntese el lector si aquello supuso ataque alguno al bienestar de la ciudadanía. Pregúntese el lector en qué puede dar todo esto más allá de la socorrida inmediatez de lo más actual que tiene su eco en la opinión publicada.

¿Se hubiera demolido aquel edificio en el caso de que allí no se albergara pequeña parte de la indignación?

Por otra parte, al ser un edificio público en desuso, ¿no podía haber sido considerado “casa del pueblo” por esa izquierda de siglas que nada tiene que decir ante la práctica desaparición de la Obra Social de la Caja de Ahorros?

¡Ay!.

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Viga Azul: Cristian Rivera
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-02-2016 | 12:03| 0

Puro invierno en el Tartiere. Granizadas, chubascos importantes, viento cortante. Sin embargo, en contra de lo que cabría temer, el césped no estaba embarrado, y no había disculpas serias para no practicar buen fútbol. A ratos, clareaba. A ratos, el cielo  se percibía como boca de lobo. A ratos, lo desapacible lo presidía todo.  No obstante tantos pesares, el Oviedo empezó bien, con lucha, tesón y hasta con buena arquitectura en el juego, gracias en no pequeña parte al debutante Michel. Se diría que este jugador sabe que le toca la batuta del equipo en el centro del campo y, en  muchas jugadas, demostró desenvolverse bien en la tarea.

Un Oviedo que empujaba y que se mostraba ambicioso. Un Oviedo que contó, a pesar del temporal y de una de las entradas con menos público en lo que va de temporada, con el calor de la afición. Frente a ello, el árbitro, pues en todo momento dio la impresión de que el colegiado es de los que tiene una facilidad pasmosa para complicarse la vida y, con ello, para enturbiar el ambiente del partido.

Si Michel estaba funcionando bien en su tarea, hubo otro jugador azul que, a mi juicio, adquirió un gran y más que merecido protagonismo a lo largo del partido. Hablo de Cristian Rivera que estuvo omnipresente en la contención y más que prometedor en sus incorporaciones al ataque. Tengo para mí que al canterano le queda por desarrollar un enorme potencial gracias también a su zancada cuando se erige en protagonista de las ofensivas del equipo. De hecho, tuvo una en la segunda parte verdaderamente extraordinaria.

Bien pensado, no está nada mal que en el partido de hoy, se viesen dos medios centros que destacaron tanto. En efecto, Rivera y Michel dieron nivel al juego azul y demostraron una calidad innegable. Acierto, pues, por partida doble, tanto en lo que está dando de sí un canterano, como también es importante no haber errado en los fichajes de invierno, sin perder de vista, por otro lado, que había dos medios centros que hoy no pudieron jugar por sanción, es decir, Erice y Bedia.

Buen juego a ráfagas en la primera parte, que hizo que el público mostrase un apoyo inequívoco al conjunto. Pero, una vez más, no se logró sentenciar el partido cuando se tenía el marcador favorable y cuando el equipo se estaba gustando a sí mismo. Al descanso, de habernos acompañado la fortuna, el partido podría haber quedado resuelto, pero no fue así.

Acaso volvió a faltarnos mordiente tras el descanso, pero, sin duda, la expulsión de Verdés hizo que el nerviosismo agarrotara el ambiente en el Tartiere, tanto a los jugadores como a la afición que hoy estuvo colosal.

Cierto es que, por fortuna, tras haberse quedado el equipo con diez jugadores, no nos faltó concentración. Y, al final,  se hizo justicia.

Al encuentro de hoy sólo le faltó una cosa, ciertamente de importancia, y fue no haber ganado con más claridad.

¿Cuándo llegará ese partido en el que el Oviedo se muestre de principio a fin claramente superior a su rival? ¿Cuándo llegará ese partido en el que la afición no tenga que sufrir?

Llegará, tendrá que llegar. Mientras tanto, me congratula mucho pensar en el potencial de Cristian Rivera, poderoso canterano.

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Recuerdos de Oviedo: En el 40º aniversario de la autopista “Y”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-02-2016 | 20:00| 0

“La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante”. (Kierkegaard).

 

De Oviedo, costaba salir y entrar por carretera. A quienes les tocó viajar a la meseta por El Padrún, no olvidarán nunca lo dificultoso que resultaba abandonar  Asturias por aquel itinerario de interminables curvas. A quienes soportaron en Oviedo los baches en la calle General Elorza, tendrán siempre presente cómo terminaba en nuestra ciudad el paso de una carretera nacional. A quienes somos del occidente de Asturias, jamás borraremos de nuestro recuerdo lo insoportable y pesado  que se hacía el tramo entre Trubia y Oviedo.

Y, miren, los baches de General Elorza se prolongaron en el tiempo tanto que fueron casi coincidentes con la puesta en marcha de la Autopista “Y”. Nuestra falta de transitividad que en su momento nos reprochó Ortega puede que tuviese relación con las dificultades de salida y entrada a nuestra tierra, al menos podría simbolizarla.

Pero vayamos a aquel momento, a febrero de 1976, cuando se inauguró la “Y”. Gobernaba en España Arias Navarro, confirmado por el Rey para que continuase al frente del Ejecutivo. El panorama político y social distaba mucho de estar despejado. Se nos decía, por parte del propio Presidente, que íbamos, sí, a una democracia, pero con un añadido nada baladí, una democracia española, o una democracia a la española, o sea, a una democracia cañí, nos temíamos muchos. Eran tiempos de huelgas y protestas callejeras. Era un tiempo en el que los principales líderes políticos de oposición al régimen, eso sí, muy tímidamente, se empezaban a dejar ver y oír. Era un tiempo en el que Fraga Iribarne, omnipresente en los medios, hacía declaraciones continuas en la prensa extranjera. Eran tiempos de esperanzas y miedos, de sueños y pesadillas.

Y entonces llegó la autopista que acercaba mucho a las tres principales ciudades asturianas. Marcó, es obvio, un punto de inflexión. Desde Oviedo, ir a la playa en coche, bien en el vehículo propio, bien en autostop, resultaba muchísimo más llevadero.

¿Cómo olvidar aquellas caravanas interminables entre Oviedo y Gijón, especialmente en verano, especialmente, los domingos? Se diría que se dejaba atrás una suerte de maldición. Se diría que, para disfrutar de la playa, ya no había que pagar un tributo tan alto en el factor tiempo, ya no había que someter al sistema nervioso a tanta tensión.

¿Cómo olvidar la sonoridad que producía el firme de la autopista, algo realmente nuevo y peculiar? ¿Cómo olvidar, asimismo, aquellos segundos de duda que asolaban a quienes conducían los coches en lo que se refiere a que no era necesario estar pendientes del tráfico que circulaba en sentido contrario? ¡Qué lujo poder adelantar sin preocuparse de lo que podía venir frente a nosotros! Se impuso gracias a la “Y” la necesidad de mirar por el retrovisor, como el pasado que, según Kierkegaard es imprescindible para entender nuestras vidas. Lo cierto es que no era fácil despreocuparse de los vehículos que circulaban frente a nosotros, porque la doble vía era una novedad y un lujo. Y es que, en tramos con poca visibilidad, había que hacerse a la idea de que el choque frontal era imposible, salvo gamberradas tremendas o despistes memorables, que hubo, como se sabe.

Leí estos días que la “Y” sentó las bases de eso que algunos llaman la gran ciudad astur. Resulta innegable que así fue. Distinta cosa es cómo se asumió aquello en el arcano sociológico de las tres grandes ciudades, porque, a día de hoy, los localismos no son precisamente historia.

Pero, en todo caso,  la “Y” transformó muy seriamente la vida cotidiana de Asturias, aquello abrió una brecha aún mayor entre el centro de esta tierra y lo que, andando el tiempo, se vino en denominar como “las alas”.

Y es que, para salir al occidente, el tramo entre Trubia y Oviedo siguió hasta 2004. Y es que las infraestructuras por carretera con las alas, sobre todo, con el occidente, no se pusieron a  la altura de los tiempos hasta bien entrado el siglo XXI, sin perder de vista tampoco lo que se prolongó en el oriente el famoso tramo entre Unquera y Llanes.

Pero volvamos, digo, a aquel momento. Y, entre otras muchas cosas, la ausencia de gentes haciendo dedo sobre todo en verano, no hace percatarnos de lo mucho que cambiaron en los últimos años los usos y costumbres. Las generaciones actuales no tendrán en su repertorio de recuerdos haber viajado haciendo autostop. Hablamos de un tiempo que, salvo excepciones, era impensable que los estudiantes universitarios tuviesen a su entera disposición un vehículo para viajar. En el mejor de los casos, y excepcionalmente, alguna vez conducían el de la familia.

Por otra parte, ahora que se cumplen 40 años de la inauguración de la Y, también llama nuestra atención la cantidad de “pinchazos” que tiene actualmente la “Y”, como una especie de matriz de las comunicaciones por carretera en la Asturias de las últimas décadas.

Sin embargo, miren ustedes por dónde, ahora como entonces, el acceso a Gijón desde la autopista por Avilés sigue siendo tan precario como cuando se inauguró, ello por no hablar de los accesos a entornos industriales que no acaban de cimentarse y funcionar.

En 40 años, hemos pasado de “Y”, todo un acontecimiento, a aquella historia interminable de la “Y”, de Bimenes, que no se sabe bien cuánto tiempo llevó aquello y qué discutido fue. Hemos pasado a otras autovías que no se sabía bien dónde iban a terminar y cómo. Hemos pasado de lo imprescindible a lo faraónico, por no decir, al despilfarro.

Pero volvamos a febrero del 76. Recordemos los coches que entonces circulaban. Rescatemos episodios que tanto llamaron nuestra atención. Por ejemplo, en lo personal, nunca olvidaré el espectáculo de un seat 1430 que se quemó a la entrada de Oviedo, tras haber sido sometido, según  las apariencias, a una tortura de ruido y furia por parte de un conductor que amaba sobre todo la estridencia, la del motor que se incendió y la de la música hortera que seguía sonando cuando se produjo aquel episodio de contaminación acústica, de la que entonces aún no se hablaba en aquel verano del 76, con el estreno de Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno.

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Panorama Vetustense: Cine en el centro de Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-02-2016 | 02:59| 0

Los presupuestos de la Fundación Municipal de Cultura, aprobados ayer, incluyen mejoras en el teatro Campoamor, que recuperará su pantalla de cine.

“El pensamiento crítico es la facultad humana específica. El pensamiento instrumental, o sea, pensar cómo conseguiré, qué haré para coger esto y aquello, cosa que hacen muy bien los chimpancés. De hecho, los chimpancés son unos animales con una inteligencia instrumental excelente”. (Erich Fromm).

 

Por vez primera en los últimos años, la noticia no es que se cierre un local de cine en la ciudad, sino que, antes al contrario, en el caso de Oviedo, podrá verse el séptimo arte en su mismo centro, esto es, nada menos que en el Teatro Campoamor  A esto hay que añadir la compra por parte del Ayuntamiento de un proyector para el Filarmónica.

Insisto: la noticia es magnífica, se invierte la tendencia más actual, la de un mundo en el que van desapareciendo los cines y las librerías del corazón mismo de las ciudades. Y, a este respecto, resulta obligado preguntarse qué se puede esperar de una sociedad en la que algo así ocurre, en la que los libros y las películas se comercializan en Grandes Superficies.

Y, miren, no es lo mismo, no puede serlo, salir del cine y toparse con espacios comerciales dentro de un gran complejo de establecimientos, que vivir el contraste con la calle.

Salir del cine, digo, con la historia que acabamos de ver interiorizada, oyéndose en nuestro interior las voces y los ecos de sus protagonistas, teniendo en la retina las escenas que más nos impresionaron, y enfrentar todo ello a esa realidad cotidiana que transita por las aceras, y enfrentar todo eso a escenarios, por lo común, conocidos de nuestra ciudad.

Me permito poner como ejemplos experiencias personales: Pongamos que salir del Cine Aramo y dirigir la mirada al reloj de la RENFE, que seguía estando ahí después de unas dos horas embebidos en un mundo de ficción. Pongamos que salir de la librería Santa Teresa, empezando a leer el libro recién adquirido, y prestar a la realidad la suficiente atención para no chocar con ella, en este caso, con una farola cercana al semáforo más próximo, farola más esbelta que las gabinianas que vendrían más tarde.

Y, en cuanto lo anunciado se ponga en marcha, salir del Campoamor o del Filarmónica, sin tener buscar el coche en una inmensa explanada, sin estar fuera de la ciudad.

Prometo hacer un seguimiento del grado de atención que vaya poniendo la opinión publicada en esta noticia, opinión publicada que, perdón por la obviedad, no se localiza sólo en las columnas ad hoc, sino también los titulares, que, según de dónde vengan, se conjuran para venir ofreciendo un panorama desolador que castiga a esta ciudad desde que el gabinismo dejó de gobernarla y abigarrarla.

Magnífica noticia, pues. En Oviedo, vuelve el cine.

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Recuerdos de Oviedo: Mayo del 83: Cuando Asturias se hizo socialista
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-02-2016 | 00:52| 0

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“Cada hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples fracasos”.Giovanni Papini.

“La fuerza de la verdad está siempre temporalmente sometida al poder de la mentira organizada. Pero el poder mismo, en cuanto es solamente un potencial, es mucho más caduco que lo verdadero, cuya fuerza procede del poder de lo fáctico y de su permanencia”. Hannah Arendt.

 

En mayo del 83, estaba muy cerca en el tiempo la irrepetible victoria electoral del PSOE del 28  octubre del 82. También estaba próxima la expropiación de Rumasa, que se había producido el 23 de febrero del 83. Aunque Felipe González y otros dirigentes ya se habían estrenado en marrullero arte de desdecirse tanto en lo concerniente a su posición sobre el papel de España en la OTAN, así como en el ya más que dudoso cumplimiento de su promesa sobre la creación de 800000 puestos de trabajo, el tiempo transcurrido no podía dar lugar aún a que el desencanto y la desconfianza presidiesen el sentir y el pensar de la ciudadanía. Había PSOE para rato, y eso era algo que todo el mundo tenía muy claro.

Las elecciones municipales y autonómicas de mayo del 83 supusieron en Asturias un indiscutible triunfo socialista. Pedro de Silva renunció a su escaño en el Parlamento nacional para encabezar la lista autonómica. Y ganó aquellas elecciones. Por su parte, en las tres grandes ciudades de Asturias, también salieron victoriosos los candidatos del PSOE.

Nunca olvidaré el momento en el que Juan Cueto Alas, haciendo de entrevistador de lujo, presentó en la televisión a los nuevos mandatarios llariegos. Y recuerdo con nitidez que Antonio Masip manifestó su alegría por el triunfo de la izquierda, un Antonio Masip que había hecho sus tránsitos por otras formaciones políticas y que desembocó finalmente en el PSOE. Un Antonio Masip que solía colaborar en el semanario “Hoja del Lunes” y que, tras su entrada en el PSOE, felicitó en un artículo a Miterrand cuando Francia le dio su confianza para convertirlo en Presidente de la República.

Conviene recordar también que, en la Corporación que se formó en el 79, Masip no era concejal en el Ayuntamiento de Oviedo, pues quien estaba al frente del PSOE en el Consistorio era el actual Alcalde, Wenceslao López. La intrahistoria de lo acontecido en la AMSO entonces para poner a Masip en cabeza de la candidatura en el 83 tiene su interés y explica muchas cosas, pero no es éste el momento de relatarla. Tan sólo es del caso hacer mención a ello.

Oficialmente hablando, en Asturias el PSOE se convirtió entonces en el partido hegemónico. Fue el caso también que Masip revalidaría su cargo de Alcalde en 1987, y que, desde entonces hasta junio de 2015, los socialistas no volvieron a recuperar la Alcaldía de Oviedo.Pero vayamos a aquella noche, una vez sabidos los resultados.

Noche larga y con temperatura agradable.  Noche en la que acabamos en la terraza posterior del Mesón del Labrador, grande y espaciosa, todo un lujo para una ciudad. Allí, entre tapas y sidras, analizábamos, con la ingenuidad de entonces, el panorama político. La dictadura estaba aún muy cercana en el tiempo, y resultaba, como mínimo, esperanzador, que la izquierda hubiese vuelto al Gobierno de España, a muchos Ayuntamientos y gobernase también en no pocas Comunidades Autónomas. Conviene a este respecto dar un pequeño apunte: Asturias era una Comunidad de segunda, es decir, arrancaba con pocas transferencias, pero la andadura comenzaba.

 

Pues bien, allí en el Mesón del Labrador, muy cerca del Oviedo más genuino, hablábamos del panorama político que teníamos ante nosotros. Un panorama político que casi nadie sospechaba que tenía su no sé qué lampedusiano. Un panorama político en el que los Ayuntamientos iban a tener un gran protagonismo, en el que las actividades culturales ocupaban mucho espacio en las agendas de los ediles de entonces.

Fíjense: Tierno Galván se estrenaba como Alcalde de Madrid. Fíjense: el PCE tenía su presencia en los Ayuntamientos y todo el mundo estaba entonces convencido del apoyo que este partido daba a todas las manifestaciones de la cultura. Cundía la ilusión de que lo marginal iba a ser tomado en serio, de que la cultura era un bien oficialmente mimado. Fue en aquella década de los ochenta cuando surgió una nueva profesión, la de los animadores/as culturales. Sin sus tareas, se deduce que la pintura, el teatro, la música y así sucesivamente serían aburridas. Había que motivar al pueblo llano, todo empezaba a ser guay.

Último domingo de mayo de 1983. Aquella noche, políticamente hablando, Oviedo fue una fiesta. Aquella noche, el cambio del 82 llegó a muchos Ayuntamientos, entre ellos, a Vetusta. Aquella noche no estaba presidida por nubarrones, ni por frío.

Noche ochentera. Noche sin horario oficioso de cierre. Noche para hablar y especular hasta el alba. Noche joven y divertida.

Muy cerca de nosotros, había una cena con muchos comensales. La euforia se manifestaba de forma creciente. Entre los susodichos comensales, llevaba la voz cantante un profesor que prestaba sus servicios en un colegio privado. Tras el obligado preámbulo en el que nos expuso los motivos por los que no se presentaba a oposiciones para ejercer como docente en la enseñanza pública, manifestó su alborozo por el hecho de que la izquierda recuperase el poder. Hizo un recorrido genealógico para relatarnos que su padre y abuelo también había sido docentes y de izquierdas, y confiaba en los nuevos tiempos no sólo por el poder recuperado por la izquierda, sino también por su convencimiento de que la Iglesia había cambiado mucho; prueba inequívoca de ello era su relación laboral con un colegio privado religioso que, por supuesto, respetaba sus ideas. Puso fin a su perorata con cánticos regionales.

Salimos del Mesón del Labrador a altas horas de la madrugada. Nos acercamos al Ayuntamiento, y nos imaginamos que muy pronto iba a ser regido por la izquierda.

Un pitillo frente al Consistorio, en el que recordamos a los ediles republicanos de los que nos habían contado tantas cosas. Un pitillo que dio mucho de sí, incluso balbuceos de escepticismo, un escepticismo al que no queríamos permitir darle paso.

En la calle Fruela, ya camino de casa, un borracho cantaba. No tardamos en perderlo de vista. Pero Vetusta no dormía en su totalidad. En muchas casas, la luces seguían encendidas, luces que se proyectaban sobre la alargada sombra de las aceras, alargada sombra a la que incordiaban destellos de la luna. ¿De su lado oculto?

Acordes de Pink Floyd despidieron la noche.

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Panorama Vetustense: Frente al Parlamentín
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-02-2016 | 06:33| 0

“Si la intensidad del instante se vuelve duración fija, estamos ante una imposibilidad lógica que es también una pesadilla”. (Octavio Paz).

 

Primera hora de la tarde en la que el sol luce tras la primera noche invernal de este 2016, tan atípico también en lo climatológico. Aún se observa un cierto sube y baja por las escaleras del edificio de la Junta, antigua diputación provincial. Entre los clientes que hacen su parada en la terraza de la cafetería, hay quienes prolongaron el vermú, hay quienes disfrutan del café tras la comida. No se puede decir que haya conversaciones animadas ni masivas, más bien habría que hablar de silencios, o de conversaciones mortecinas. Hay “galbana”. Es el dulce sopor de la hora sexta. Es el momento de la siesta que en Vetusta tendrá siempre su no sé qué clariniano. Es la paz que se saborea en esos momentos en los que el reloj no ejerce su tiranía. Es el placer infinito de saber que nadie pone ni tampoco impone deberes en ese momento.

Me detengo a tomar un café para formar parte del heterogéneo grupo de  los espectadores de la terraza. Al dirigir la vista el edificio de la Junta, no puedo no pensar en las muchas asignaturas pendientes que siguen estando ahí en nuestra vida pública llariega. Y, en el caso que nos ocupa, ¿cómo no preguntarme una vez más qué razones o sinrazones puede haber para que en el edificio del que hablamos aún no haya ni siquiera una placa que recuerde los nombres de las personas que sufrieron allí Consejos de Guerra que los llevaron al fusilamiento, nombres entre los que se encuentra el rector Alas, al que esta ciudad hizo hijo predilecto 75 años después de su asesinato? ¿Cómo no preguntarme por el balance que se puede hacer de un poder autonómico que, desde el 83 a esta parte, salvo el periodo de Marqués y los pocos meses de Cascos, estuvo en manos de un partido que se reclama de izquierdas en sus siglas?

¿Cabe hacer un balance complaciente ante la despoblación y consiguiente envejecimiento que padecemos como sociedad? ¿Cabe hacer una llamada, por muy tímida que sea, a la autocrítica?

¿Cómo no pensar en Maese Villa, diputado autonómico en tantas legislaturas? ¿Cómo no abatirse ante la proximidad del juicio por el llamado caso Marea? ¿Cómo no indignarse ante el poco peso que tenemos en España, tras haber sido vanguardia en tantos ámbitos hasta bien entrada la historia contemporánea?

Despachos, salones, pasillos, espacios de poder y conspiración, con maderas nobles, con escaleras majestuosas, con alfombras para los que ostentan el poder. ¿No es demasiado marco para un cuadro tan borroso y difuminado?

Hay un señor en la mesa de al lado que echa pestes por lo bajo cuando ve pasar a algún político llariego. Revuelvo el café y pienso que este marasmo de nuestra vida pública ocupa unos escenarios en los que muy pocos saben estar: en los que pasan por allí sin que la solemnidad les dé sus buenas tardes.

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Viga azul: Dentelladas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-01-2016 | 21:22| 0

Vuelvo a insistir en algo que dejé escrito aquí mismo hace pocas semanas: al Oviedo le falta la voracidad necesaria para noquear definitivamente al rival. Y es que, en esta ocasión, el partido no pudo empezar mejor, jugando bien y marcando un gol con autoridad en los primeros minutos del encuentro. Más aún: en el primer tiempo, se vio a un equipo superior, y ese equipo fue, sin duda, el nuestro.

Sin embargo, nada más reanudarse el choque tras el descanso, parecía que saliamos a verlas venir. Entonces llegó Toquero y marcó. A partir de ese momento, se puso empeño, se hilvanaron jugadas ambiciosas casi continuamente, pero faltaron el acierto y la contundencia arriba.

Cierto es que, a riesgo de equivocarme, me pareció que Koné fue objeto de un penalti no señalado por el árbitro. Cierto es que, lamentablemente, Susaeta desperdició una ocasión excelente para marcar. Cierto es que a punto estuvo de producirse la gloria cuando Cervero disparó fuera por poco. De haber marcado, la apoteosis en el Tartiere estaba más que asegurada. Pero habrá que esperar a que llegue ese gol de Cervero para que la grada explote de júbilo. Sería de justicia, vive el cielo que sí.

Por otra parte, no hay que perder de vista que el Oviedo se enfrentó al líder de la categoría y que, aun así, se hizo merecedor del triunfo, lo que pone de manifiesto que el conjunto azul no perdió su buena racha y que es un equipo consolidado con intensidad en todas sus líneas.

La sensación, al abandonar el Estadio, no era ni mucho menos negativa, sino que sigue habiendo motivos muy fundados para la esperanza. Bueno es haber sido superiores en juego al primer clasificado. Bueno es que el empeño en todos los jugadores no cese. Bueno es que la complicidad con la afición se siga afianzando a pesar de no haber lo grado la victoria.

Tarde de llenazo, tarde de enero con una deliciosa temperatura para las fechas en las que estamos, tarde de comunión azul entre el oviedismo y sus jugadores, donde anida la certidumbre de que esta vez los sueños de gloria podrán cumplirse, o que, en todo caso, no están lejos.

En los aspectos puramente técnicos, digamos, a modo de apuntes, que cumplió Edu Bedia y que su presencia seguramente contribuyó a un juego más ofensivo. Digamos también que no defraudó Nacho López que, a pesar de tanto tiempo sin jugar, se sigue entendiendo bien con Susaeta en la banda.

Y, ya que de bandas hablamos, puede que hubiese sido productiva y positiva la presencia en el once de Hervías, pues su velocidad seguramente hubiera aportado lo suyo en el duelo de hoy.

Hay Oviedo, hay intensidad, hay compromiso, hay juego y hay confianza.

No fue un fracaso el empate, sino más bien una compensación negativa en la balanza de un campeonato en el que la suerte también nos acompañará en otros encuentros.

Faltó suerte y faltó esa fiereza de dar las dentelladas que hagan falta cuando el partido se pone favorable. En ello estaremos, creo, quiero creer.

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Cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-01-2016 | 02:22| 0

Un hombre puede también ser un objeto de amor, de temor o de admiración, y aun de asombro, sin ser por esto objeto de respeto”. (Kant).

“Sólo pretendo testificar en la crónica sentimental de una época y un sucedido que tuvo enorme trascendencia en la historia de estos lugares. El mío es un realismo comarcal» (Manuel Vázquez Montalbán).

 “La música, por una tendencia natural, es aquello que de inmediato recibe un adjetivo”. (Barthes).

 

Se vivían vísperas de muchas cosas. Así, en aquel San Mateo del 82 quedaba poco más de un mes para que el PSOE obtuviese un triunfo electoral tan memorable como irrepetible. Así, aquel era el último septiembre de los 80 en el que el Ayuntamiento de Oviedo no tendría un regidor socialista. Pero, en todo caso, cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en la Plaza de Toros de nuestra heroica ciudad, los años de la movida habían llegado, a su modo y manera, también a Vetusta.

Septiembre del 82, tras los últimos Mundiales de fútbol que hasta ahora se celebraron en España. Septiembre del 82, la movida tenía más música que letra, más imagen que palabra, más puesta en escena que texto dramático. Y, en esas estábamos cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en la Plaza de Toros de Oviedo.

Nos veíamos con los mecheros encendidos mientras sonaba la versión del Himno a la alegría cantada por Miguel Ríos. Nos veíamos motivados por el ritmo enérgico del rock. Nos veíamos en un concierto que sería la antesala de una noche inolvidable que concluiría por los pubs del Oviedo antiguo.

Pero, como se sabe, todas aquellas expectativas se truncaron. El concierto se suspendió y la escandalera que hubo a resultas de aquello no fue ciertamente pequeña.

Las fuerzas del orden ya no vestían de gris. De no ser por aquel pequeño detalle, estoy seguro de que muchas personas recordarían aquella tarde como la última en la que corrieron delante de los grises. Pero ya no era ese el color de su indumentaria. De todos modos, la contundencia con la que se emplearon contra las gentes que salieron a la calle a protestar no fue pequeña, vive el cielo que no.

Aquel verano no pudo ser despedido a ritmo de rock. ¡Qué faena! Pero se le dijo adiós con protestas y conflictos. Se diría que la música que no llegó a sonar en la Plaza de Toros marcó el ritmo de los acontecimientos hasta que todo aquello se quedó en calma.

Pero la resaca se prolongó. De hecho, hubo un titular periodístico al día siguiente que echó más leña al fuego. El titular susodicho se refería al cantante rockero como un chulo que había pasado por Oviedo. Aquello fue, sin duda, antológico.

Se supo, por otra parte, que Miguel Ríos había sido detenido y que pasó la noche en los calabozos de las dependencias policiales de nuestra ciudad.

Y también resultó muy llamativo que el cantante granadino considerase que su detención se debió en gran parte a “un intento de cargarse el rock y de hacer propaganda política”. Palabras textuales que las hemerotecas atestiguan.

¡Qué cosas! No olvidemos que hablamos de un tiempo en el que se decía y se creía que todo era política. Y, desde luego, el rock, como música contestaría, no podía ser del gusto de las gentes de orden. Y, desde luego, el rockero Miguel Ríos simpatiza entonces con el PSOE.  De hecho, según  declaró el propio interesado, la noche de su detención en Oviedo recibió llamadas, entre otros, de Alfonso Guerra, mucho más rojo en aquellos días que ahora.

Así pues, un concierto de rock que no llegó a celebrarse. Así pues, correrías y protestas por las calles cercanas a la Plaza de Toros. Así pues, la fiesta continuó, eso sí, de manera atípica.

La pregunta que cabe hacerse es contra quién se protestaba. Desde luego, la actuación del chófer del cantante que, según el relato de algunos testigos, se bajó los pantalones desde el escenario, no ayudó a calmar los ánimos del respetable que acababa de saber que el concierto se suspendía, sino que fue el pistoletazo de salida a los desórdenes que se produjeron en las calles.

Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, aquel episodio de la suspensión del concierto de Miguel Ríos es uno de los más socorridos a la hora de contar anécdotas por parte de quienes vivimos todo aquello.

Y es que, con toda probabilidad,  aquello dio más de sí a la hora de contar aventuras pasadas que lo que hubiera supuesto haber acudido al concierto.

De aquella suspensión, no quedaron las baladas, no quedaron los momentos de recogimiento y calma, por otra parte, no necesariamente menos explosivos, sino que lo indeleble estuvo de lado de la protesta, de la algarada, de la indignación. Si bien se mira, fue muy rockero todo aquello.

Los hijos del rock-and- roll en Oviedo nos quedamos sin concierto en el 82, nos quedamos sin himno, sin la música trepidante de nuestro discurso en el que no faltaba la indignación, en el que las ansias por decir alto y claro lo que pensábamos y sentíamos no eran ciertamente escasas ni silentes. Toda una orfandad que sustituimos expresándonos en las calles de un modo que los responsables de las fuerzas del orden no consideraron adecuado.

Llegó la noche y, claro está, no se hablaba de otra cosa. Llegó la noche y la música sí que sonaba en los pubs. Llegó la noche y la certeza de que estábamos en vísperas de muchos cambios era total.

¿Qué explicación podía tener que Miguel Ríos hubiese suspendido concierto caprichosamente? Aquello no podía encajar. Pero tampoco había forma de explicarse por qué no se había avisado con tiempo aquella suspensión, lo que hubiese evitado los incidentes.

La última cerveza de la aquella noche mateína en un pub. Sonaban los Rollings. Ya nos quedaban pocas palabras que decir tras las vivencias compartidas. Ya no tocaba dar más vueltas a lo sucedido. Tocaba esperar por octubre, inicio del curso académico y político. Tocaba preguntarse cuántas cosas pasarían en la vida pública a lo largo de los próximos meses.

Al llegar a casa, en la calle Toreno, el periódico me esperaba sobre felpudo. Como antes dije, la portada era antológica. Antes de dormirme, recordé a Jagger con su manguera empezando un concierto.

Alguien, muy especial entonces, me sonreía. Nos sonreíamos, eso sí, sin ñoñeces.

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