El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Desde la terraza de la Mallorquina
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-05-2016 | 13:58| 0

Decir Oviedo, transitar Oviedo, pensar Oviedo, sentir Oviedo, añorar Oviedo, pulsar Oviedo y otros muchos infinitivos aplicados a nuestra ciudad remiten a la Mallorquina, y, desde un tiempo a esta parte, sobre todo desde que la legislación prohibió fumar en el interior de los locales de hostelería, el referido establecimiento cobra aún mayor protagonismo gracias a su cómoda y amplia terraza, refugio para charlas y conspiraciones acompañadas de café y tabaco, mirador privilegiado para observar lo que pasa en Vetusta.
Y –miren- tengo para mí que una forma no inadecuada para recordar lo que este establecimiento supone en la memoria de Oviedo pudiera ser esto que sigue: acudir a la terraza de la Mallorquina a la hora del vermú y dividir la atención entre lo que en ese momento sucede a nuestro alrededor, al tiempo que reparamos en cualquier detalle de lo que podamos estar observando que nos lleve a los recuerdos, al pasado más o menos inmediato, más o menos lejano.
¿Me acompañan?
Sentémonos frente al Paseo de los Álamos, viendo venir a las gentes que acaban de dejar atrás la calle Uría. Gentes con sus bolsas de la compra, con sus carteras de ejecutivos, con sus carritos de niños, con sus acompañantes, con sus andares, lentos o presurosos. Pongámonos cómodos a disfrutar del café y de la “lambiotada” que escojamos para el momento. El móvil y el tabaco, si es del caso, sobre la mesa.
Por un momento, centremos la mirada en las personas que comparten con nosotros la terraza; preguntémonos lo que pueden dar de sí a la hora de hacer una hipotética descripción literaria. Imaginemos que, como nosotros, llevan en su mochila de recordatorios muchas vivencias de Oviedo; supongamos que, en esos mismos instantes, comparten la misma actividad con nosotros, la de hacer memoria, la de hacer recuento de algunos episodios personales, más o menos decisivos, más o menos irrelevantes. Es preferible que las personas elegidas para semejante planteamiento no estén abismadas en sus móviles o en sus tabletas. Es preferible que lo virtual no tenga protagonismo. Seguro que encontraremos a alguien que, posiblemente, esté compartiendo la misma actividad. A partir de ahí, tocaría adjudicarle a esa persona unas vivencias posibles, que cabría compartir.
Por un momento, centremos la mirada en una mesa donde quienes la ocupan están de tertulia, que no tiene por qué ser muy numerosa. De hecho, no puede serlo. Preguntémonos de qué va su conspiración. Centremos nuestra atención en la persona que lleva la voz cantante, si la hubiere. ¿Qué parte de esa animada tertulia estará volcada en asuntos actuales y qué otra parte se decantará por los recuerdos comunes? ¿Acaso no cabe plantearnos que estamos asistiendo a un espectáculo que da continuidad a algo tan consustancial a nuestra historia como son las conspiraciones, todo un género social que continúa a pesar de todos los pesares que son consecuencia de un tiempo presuroso y efímero, virtual y tecnológico?
Ese café que ya hemos terminado, ese pastel que hemos saboreado con disfrute, ese detalle que nos divirtió, ese recuerdo que nos enternece o que nos inquieta. Ese punto de partida para recordar Oviedo. Y, con ello, recordarnos. Para contar Oviedo. Y, con ello, contarnos a nosotros mismos.
La propuesta de vivir todo esto a la hora del vermú, sin presiones horarias, aparcando lo más inmediato es atractiva de por sí, y cobra mayor interés aún si tal cosa la ubicamos en la terraza de la Mallorquina.
En efecto, hagamos memoria y recordemos aquellos años, que fueron muchos, en los que, antes o después de comprar la prensa en Olegario, podíamos tomar un café en la Mallorquina, o, también, comprar algunos dulces para compartir en casa las novedades de la prensa y los pasteles o la bollería, siempre de calidad, que acabábamos de comprar.
¿Y saben? Una de las grandes ventajas de esto que les estoy contando consiste en que ni Olegario ni tampoco la Mallorquina cerraban a mediodía. ¿No es, en verdad, una delicia, adelantarse al postre a la hora del vermú, llevando a casa los dulces para la ocasión? ¿No es, en verdad, una delicia, leer los titulares de una revista, como anticipo de una información que nos va a interesar y que, además, compartiremos?
Con esto que les digo, me estoy percatando de que la Mallorquina siempre tuvo su mayor encanto a la hora del vermú, momento de comprar la prensa y de anticipar comida y postre, vísperas, preámbulo.
Con esto que les digo, me estoy percatando también de que el establecimiento del que venimos hablando continúa la tradición de las tertulias y conspiraciones, de mayor o menor alcance. A este respecto, recordemos que hubo un tiempo en Oviedo en el que se habló de “tomar café en el Peñalba”, establecimiento que no llegué a conocer, si bien se me transmitieron muchas anécdotas de las tertulias que en su momento se celebraban en aquel legendario Café.
Y, andando el tiempo, también es inolvidable el Café de Alfonso, con su terraza y con su voluntad de estilo interior. La diferencia con respecto a la Mallorquina es que su terraza era más bien para la noche, y, dado nuestro clima, para las veladas de verano y primavera avanzada.
Tras esas referencias, tras esos referentes, para recordar Oviedo, el Oviedo de las tertulias y conspiraciones, está la Mallorquina, donde, además de los recuerdos citados, nunca olvidaré algunos cafés que tomé allí con Julia Ibarra, excelente escritora que merecería ser mucho más recordada y leída. Rescato el momento en el que me regaló, con dedicatoria incluida, su novela “Sasia la viuda”. Recuerdo también un relato suyo, titulado “Cena con Nuria” que acababa de escribir. ¡Qué tersura y qué ternura tenía aquel relato!.
Así pues, no sólo prensa, también libros en la Mallorquina.
En un momento de esta parada en la Mallorquina, levanto la vista. En la última mesa de la terraza, frente a mí, de espaldas a la estatua del conocido actor que en Oviedo pierde sus gafas, hay una mujer elegante, rubia, que combate la palidez de su rostro con un el carmín intenso que pinta sus labios. Abre un libro y enciende un pitillo. Teclea algo en su móvil y lo deja boca abajo sobre la mesa. Se enfrasca en la lectura. Pero suena su teléfono. La conversación es breve, telegráfica. A continuación, no retoma la lectura. Fuma y de vez en cuando le da algún sorbo al vermú.
¿Estará recordando Oviedo?

¿Por qué no?

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.
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¿Se volvió loca la modelo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-04-2016 | 05:30| 0

Los hombres son tan simples y unidos a la necesidad que siempre el que quiera engañar encontrará a quien le permita ser engañado”. (Maquiavelo).

 

Aquella ciudad, tan limpia y pulcra, plagada de farolas isabelinas y magnolias, concebida para disfrute del peatón en la mayor parte del centro urbano, abigarrada de estatuas de encargo, uniformada por los mismos adoquines y aceras, que, además sirvió de modelo a muchas localidades asturianas que siguieron los mismos cánones estéticos, está a día de hoy hipotecada hasta las cejas  y se pone de manifiesto que sus proyectos más megalómanos se encuentran paralizados. No sería exacto afirmar que se volvió loca la modelo patrocinada por el gabinismo, sino que más bien el paso del tiempo la puso en su sitio: había poco más que fachada y derroche, había poco más que una estética que buscaba el deslumbramiento fácil. Había poco más que esnobismo.

Y, a día de hoy, a este Gobierno municipal tan maltratado desde determinados ámbitos mediáticos que en su momento apoyaron con entusiasmo el susodicho modelo de ciudad, no sólo le toca lidiar con una situación económica precaria, sino que además tiene que dar respuesta a muchas de las secuelas de esa herencia, que van desde algunos servicios públicos esenciales que están privatizados hasta el ultimátum que el Alcalde acaba de lanzar a los dueños de los caballos que se encuentran en aquella instalación que el ex regidor y también ex ganadero equino habilitó en su momento.

Y, a día de hoy, a este Gobierno municipal le toca nada más y menos que plantear un proyecto para que la zona de El Cristo recupere un mínimo de vitalidad. Le toca también redefinir espacios de la importancia de la antigua fábrica de gas, por no hablar también de que toca afrontar el futuro más inmediato de los terrenos  e inmuebles de la Fábrica de armas.

Y a día de hoy, a este Gobierno municipal le toca no sólo conseguir el apoyo económico de otras Administraciones para todo ello, sino también dar soluciones viables y con una mínima proyección de futuro. Lo que no se puede decir es que lo tiene fácil.

Y, a día de hoy, hay algo que se obvia inexplicablemente cuando se analiza el día a día de la situación política de Oviedo. Y es que existe un innegable descabezamiento en el principal partido de la oposición. Podría decirse que, en primer término, Caunedo es un político amortizado, al margen de lo que acabe sucediendo judicialmente con su supuesta implicación en el caso Pokemon.

Y, en segundo lugar, es difícil no percatarse de que hay guerras internas en la agrupación ovetense del partido conservador. Así las cosas, la oposición pepera no sólo está a la defensiva ante la herencia que dejó, sino que, dada su situación interna, no se encuentra en las mejores condiciones para plantear proyectos que den respuesta a las urgencias que en este momento tiene la ciudad.

No sería exacto decir, parafraseando la célebre maldad que Madariaga le espetó en su momento a Ortega acerca de Europa  que la modelo se volvió loca, sino que, en este caso, como poco,  la herencia del gabinismo es inservible e inoperante.

A partir de ahí, toca hacer política, también al grupo mayoritario de la oposición.

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VIGA AZUL: ¿GENERELO TIENE ALGÚN PLAN?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-04-2016 | 14:29| 3

Ya no hay tregua que valga para justificar lo que le viene pasando al club azul desde la salida Egea, salida marcada por una opacidad que el oviedismo no se merece. Se argumentó desde el principio que tocaba mirar hacia adelante. Muy bien. Pero a estas alturas habrá que reconocer que se tomaron decisiones equivocadas porque la realidad así lo demuestra. ¿O alguien tiene dudas de que Generelo está fracasando como entrenador, por mucho que dé lecciones magistrales en sus ruedas de prensa, hablando del estudio a fondo del juego del rival de turno? ¿O es que las ausencias continuadas de Diegui y Cristian Rivera hicieron que el equipo mejorase en su juego? ¿Qué se hizo de aquella pegada tan eficaz que tuvo el equipo durante la mayor parte de la temporada? ¿Qué se hizo de la vocación ofensiva demostrada en tantos partidos?

No sé si se pudo  haber evitado la marcha de Egea. Lo que sí parece indiscutible es que fue un error poner a Generelo al frente del equipo. En el momento en que escribo estas líneas, la red social de los 140 caracteres acoge montones de comentarios sobre el nuevo entrenador azul. Y me gustaría saber si se está contemplando una salida a esto, o si todo el mundo se quedará a verlas venir. Lo cierto es que sería desolador que se malograse una temporada en la que el ascenso vino estando hasta el momento al alcance de la mano. ¿Tiene algo que decir, o algo que decidir, don Joaquín del Olmo como persona de confianza del grupo Carso en Oviedo? ¿Es de recibo que se tire por la borda una oportunidad tan deseada e ilusionante?

¿Nadie quiere darse cuenta de que, excepción hecha del partido que se jugó contra la Ponferradina, el Oviedo no es un once, sino once jugadores que no siguen esquema alguno y que, o bien se quitan el balón de encima como si quemase, o bien hacen la guerra por su cuenta a ver qué sale? ¿Es de recibo la lentitud de Edu Bedia? ¿Hay manera de entender que Michel, después de haber empezado bien, sólo haga lo fácil, y, en partidos como el de hoy, haya fallado la mayor parte de los pases? ¿Qué le pasa a Borja Valle, cuyo bajón de juego es notorio y preocupante?

Futbolísticamente hablando, en el partido de hoy, sólo salvaría a Josete, que cumplió con su tarea, así como la lucha de Toché frente a la defensa oscense. Todo lo demás, en el mejor de los casos, fue buena voluntad y nada más.

Por favor, enderecen el rumbo. Por favor, decidan.

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RECUERDOS DE OVIEDO: EL TREN EXPRESO COSTA VERDE
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-04-2016 | 09:34| 0

Creo recordar que fue a finales de 2007 cuando se anunció que el expreso “Costa Verde” dejaría de circular. Tan pronto tuve noticia de ello, confieso que sentí cierto desgarro ante el adiós de aquel tren en el que tanto había viajado a Madrid, en el que tuve ocasión de encontrarme con personajes muy literarios, en el que presencié episodios que darían mucho de sí a poco que se contase con ambición narrativa.
¿Cómo no recordar aquella escena, cargada de melancolía, protagonizada por un montón de reclutas que arrastraban su macuto camino de campamentos y cuarteles, que esperaban por el tren expreso y que dejaban atrás a los suyos y a lo suyo sin que su voluntad interviniese en ello? ¿Cómo no tener presentes algunas despedidas memorables en las que las personas que estaban en el tren prolongaban sus adioses a sus acompañantes a lo largo de todo el andén? ¿Cómo no haber reparado en aquellos viajeros solitarios, algunos con su maletín, otros con sus maletas, otros con algún libro, solitarios y, por lo común, ensimismados?
A las 23, 30, aquel tren salía de Oviedo. El día había terminado y la noche se volvía viajera. En el expreso se daban cita soldados, viajeros de muy variada condición, estudiantes, gentes que iban y venían con sus gestiones. En aquel tren no había prisa, no podía haberla, cedía el paso en todos los sitios, hasta en los apeaderos.
Camino de Madrid, tras el interminable tránsito por Pajares, en León, la vida se reanudaba. Allí el expreso se detenía en aquella estación un buen rato, y el bullicio, sobre todo en la cantina, era importante. Se decía que la cantina de la RENFE en León no cerraba en toda la noche. Aquello era un rosario de la aurora laico, y el espectáculo, no exento de pintoresquismo, daba de sí.
Tren expreso a Madrid, en el que la oferta era variada, desde el coche-cama, hasta viajar en segunda, pasando por las literas. ¿Cómo no recordar, si de las literas hablamos, episodios protagonizados por los ronquidos desaforados de algunos que suscitaban la desesperación de sus acompañantes? ¿Cómo olvidarse de aquellos pasillos solitarios y lúgubres, camino del baño, o de aquella especie de covachuela en la que se vendían refrescos y cervezas? ¿Cómo no hacer mención a situaciones peculiares cuando algunos viajeros que se incorporaban en medio del trayecto encontraban ocupados sus asientos, a veces, con las piernas que algún ciudadano estiraba pensando sólo en su propia comodidad, hasta que el revisor ponía orden y reconvenía?
¿Qué era aquel tren expreso que iba camino de la capital del reino y en el que viajé tanto a finales de los setenta y a principios de los ochenta? ¿Acaso no podría decirse que se trataba, en sí mismo de un largo túnel que recorría la noche a través de otros túneles, en algún momento con más iluminación?
Resultaba en verdad curioso el tránsito por Valladolid del que sólo se veían calles muy estrechas que parecían representar trozos de arterias que se habían desgajado. Suponía todo un ensanchamiento de horizontes llegar a la estación de Venta de Baños, donde el expreso paraba un largo rato, imagino que a resultas de algún trasvase. Y, en cuanto a la llegada a Madrid, una referencia inequívoca era la enorme explanada llena de coches que se dejaba ver poco antes de entrar en la capital.
Cuando los ronquidos de algún viajero en las literas se hacían insufribles, quedaba el recurso de salir al pasillo a fumar y dejar pasar el tiempo.
Tren expreso, un viaje por el insomnio, un viaje en el que los recuerdos formaban parte del equipaje, un viaje en el que, a veces, las expectativas podían ser alentadoras.
Madrid como meta inmediata. Oviedo como punto de partida. Por el medio, aquel tránsito nocturno, en el que apenas se dormía, en el que los sueños no solían acunarse en brazos de Morfeo, sino que eran vividos desde la vigilia, desde el plan más inmediato, cuya puesta en práctica empezaría en la mañana madrileña.
Oviedo, estación de la RENFE, fin de jornada en nuestra ciudad, que el expreso atravesaba despacio, como languideciendo. Madrid, primera hora de la mañana. Nos incorporábamos a la aurora capitalina y habíamos dado a Oviedo las buenas noches.
A veces, paradas en medio de la nada, en medio de la noche, no se sabía muy bien por qué. A veces, estaciones y apeaderos fantasmagóricos sin apenas actividad. A veces, conversaciones improvisadas en los pasillos y en los compartimentos.
Claro, no eran, no podían ser conversaciones de ascensor. Lo que ocurre es que, por lo general, se trataba de atisbos en espera de una conclusión de la charla. Se trataba de tanteos que intentaban comprobar si el interlocutor de turno podía ser un contertulio interesante.
A veces, confesiones y relatos, más o menos amenos y amenizados. A veces, largos silencios, por lo demás, nada incómodos. A veces, ensimismamientos que el insomnio, los ronquidos, las paradas y demás contingencias permitían.
¿Por qué recordamos mucho más el viaje de ida que el de vuelta en aquel tren expreso? ¿Por qué Oviedo, al regresar de Madrid, nos parecía una ciudad casi de juguete, hecha a la medida de nosotros mismos? ¿Por qué la estación leonesa estaba siempre llena de genta tanto a la ida como a la vuelta? ¿Por qué sentíamos la sensación de que la lentitud al atravesar Pajares plasmaba de algún modo nuestra resistencia a abandonar Asturias?
Aquel tren expreso que iba camino de Madrid con su ritmo parsimonioso, como de otro tiempo. Aquel tren expreso en el que la noche no estaba pensada para descansar, sino para atravesarla con continuas incomodidades. Aquel tren expreso que dejó de hacer su recorrido hace ya casi diez años forma parte de nuestras vidas, de nuestras idas y venidas, de nuestro anecdotario.
Amanecer en Madrid. En las consignas invisibles de nuestros sueños, aparcábamos el cansancio y las peripecias del viaje. Tocaba armarse de energía. Tocaba dejar atrás el largo túnel cuyo recorrido había ocupado toda una noche, cuyo recorrido no dejaba legañas, cuyo recorrido se quedaba atrás como algo irreal a lo que no tardaríamos en regresar.

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Cita en la calle Uría
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-04-2016 | 05:27| 0

Tras el incendio que costó la muerte del bombero  Eloy Palacio, la parálisis se apoderó de la calle más comercial de Oviedo. Un escalofrío recorrió la ciudad, un escalofrío que se sigue prolongando, al tiempo que no dejamos de hacernos preguntas.

Más allá de que toca esperar a que concluyan las investigaciones en marcha, más allá del dolor por la muerte de un ciudadano cuyo comportamiento tapa la boca a quienes, siguiendo determinados topicazos, se declaran de continuo enemigos de lo público, creo que toca levantar la vista hacia todo lo que ha venido sucediendo en los últimos años en nuestra vida pública capitalina y replantearse seriamente un montón de cosas.

¿Qué modelo de ciudad se vino forjando? ¿No hay que ir más allá de la abigarrada y aparente estética gabiniana? Magnolios, farolas isabelinas, ornamentos por doquier. ¿Es eso lo importante? ¿Es eso lo que da prestancia a una ciudad? ¿Es eso lo esencial, criterios estéticos al margen?

La calle Uría es, para todos, la vía pública carbayona de los escaparates. Es la cita para las compras. Es el tránsito de las rebajas. Es la referencia de una ciudad que hizo del comercio una de sus principales actividades. Pero es también una cita obligada con una serie de edificios que, a día de hoy, constituyen uno de los principales reclamos de nuestra ciudad, que dan cuenta de una ambición estética que es motivo de orgullo.

No estaría mal confrontar estéticamente, los “complementos” gabinianos con esos edificios a los que acabo de hacer mención. Y mucho me temo que el resultado de la referida confrontación no sería muy alentador no sólo para el principal artífice de la transformación de Oviedo en los últimos años, sino también para todos aquellos que apoyaron semejante puesta en escena.

Cita en la calle Uría. De repente, la parálisis que aún prosigue. De repente, el recordatorio de una tarde aciaga que terminó en tragedia. De repente, un escalofrío que nos apodera. De repente, una constatación de que, colectivamente hablando, toca cuestionarse muchas cosas. De repente, la certeza de que en una ciudad donde no escasea el agua, el estado y mantenimiento de las bocas de riego no es, sin embargo,  el óptimo.

De repente, la inquietud que despierta que, puertas adentro del Consistorio, haya desparecido documentación. De repente, la alarma que suena y que se dispara, como una especie de sirena que avisa acerca de carencias, abandonos e intrigas.

Cita en la calle Uría, cita con la consciencia y la realidad. Toca salir de una pesadilla que puso ciertas cartas boca arriba.

Y toca ya.

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Recuerdos de Oviedo: Adolescente en los setenta
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-04-2016 | 21:22| 0

1970. Mudanza a Santa Susana, 27. El arriba firmante cumplía 13 años. Fue el momento del adiós a la infancia, que coincidió con un enorme estirón. Fue la entrada en esa etapa de la vida conocida como adolescencia. Fue la entrada en una década marcada por tantos y tantos cambios en todos los órdenes.

Como ya dejé escrito aquí, desde el despacho de mi padre, la sala y la terraza teníamos a vista de pájaro el Campo de San Francisco, y todo estaba muy cerca. Recuerdo el bar Alameda, cerca de la Casa Sindical, donde a veces acompañaba a mi padre. Recuerdo un chalet que se encontraba cerca de la esquina con Calvo- Sotelo. Desde la parte posterior de la casa, que daba a la calle Santa Teresa, aún se veía el Campo de Maniobras, donde a veces jugábamos al fútbol.
El mundo había cambiado tanto que la leche ya no venía desde la Manjoya hasta casa, sino que, cada mañana, llegaba con el pan en el montacargas. El mundo había cambiado tanto que el edificio contaba con servicios centrales y no hacían falta ni el calentador de gas, ni la cocina de leña, ni las estufas. El mundo había cambiado tanto que la mayor parte de los coches ya tenían el motor en la parte delantera, lo que, según los expertos, los hacía más seguros.
Pero, en el plano personal, las peguntas que me hacía no eran, por lo común, sociológicas. ¿Por qué a partir de los trece años se hablaba de adolescencia? ¿Por qué, a partir de los trece años, aunque seguíamos contando con todas las personas que habíamos tenido en la infancia, notábamos que algo nos faltaba y que necesitábamos algo más (sobre todo a alguien más) que no fuera el entorno más cercano y familiar? ¿Había que enamorarse? ¿Había que forjarse la compañía mágica de un ser que nos llenase y nos hiciese volar? ¿Había que llegar a vivir esa sensación que llaman, no sin cursilería, sentir mariposas en el estómago? ¿No era inquietante percatarse de que no sólo nos bastábamos a nosotros mismos, que no sólo estábamos plenos y satisfechos con los afectos paternos y maternos? ¿Qué pasaba? ¿Por qué esas carencias? ¿Por qué esas insatisfacciones? ¿Por qué esas zozobras?
Hasta entonces, las melancolías y tristezas habían venido por tener noticia de reveses, enfermedades y fallecimientos de personas conocidas. Pero, a partir de los trece años, podría decir que, a veces, esas tristezas y melancolías venían desde dentro, con desasosiegos. Y, sobre todo, empezaba a atisbar, más que oscuridades, lados ocultos, que, por un lado, me suscitaban una enorme curiosidad, pero, por otra parte, temía encontrarme con profundidades no siempre gratas.
Primera imagen de lo inquietante: la portada de un libro que mi padre tenía en los estantes donde se encontraban los volúmenes de pedagogía; su título era “Psicología de la adolescencia”. Daba por hecho que en sus páginas no iba a encontrarme con aventuras y peripecias divertidas, sino con explicaciones, que no necesariamente iba a entender bien, y que, sobre todo, podrían romper -¿cómo decirlo?- ciertos sortilegios. Y- miren ustedes- la portada de aquel libro era de color negro.
Años setenta. Patillas, pelo largo, pantalones acampanados, zuecos, floripondios en el papel pintado de los interiores de las casas, coches muy ruidosos que salían al mercado. Una estética que, vista con cierta perspectiva, se me antoja insultantemente hortera.

En todo caso, la adolescencia llegó con aquella estética. En todo caso, aquella adolescencia, existencialmente hablando, no duró mucho, pues, en 1975, aunque la mayoría de edad no se alcanzaba entonces hasta los 21 años, podría considerar que empezó mi juventud.
1970. A los trece años, de algún modo, sentía que me faltaba el niño que había sido. 1970; deseaba que el tiempo transcurriese con premura. Demasiado mayor para seguir ejerciendo de niño. Demasiado imberbe para determinadas diversiones que anhelaba.
Mientras tanto, canciones. Mientras tanto, películas. Mientras tanto, historias imaginadas. Mientras tanto, libros de cabecera que hablaban de la adolescencia. Mientras tanto, los primeros pitillos. Mientras tanto, salas de juego en la calle Rosal y González Besada. Mientras tanto, esperas varias. Mientras tanto, a la expectativa de poder entrar en discotecas y de que me permitieran la entrada en los cines para mayores.
¡Ay!
Si dejar la infancia era una pérdida, alcanzar la edad (y el aspecto) para disfrutar de los privilegios de los mayores se me antojaba muy largo y lejano. O sea, que la adolescencia era sobre todo una etapa de carencias, sin los privilegios de ser niño, sin las libertades de ser mayor. Adolescencia, tierra de nadie. O casi.
Mientras tanto, cada dos semanas, cita en el Carlos Tartiere. ¿Cómo olvidar aquel Real Oviedo de la temporada 71-72, que ascendió a primera división? Y es que desde 1964, el equipo azul había descendido a segunda, y estuvo en ese pozo, lejos de sus glorias hasta el ascenso del que les hablo y que viví con tanta pasión.
Aquel Real Oviedo que contaba con un portero tan entusiasta como Lombardía, que tenía en Carrete la plasmación del coraje y la furia, que también ofrecía elegancia y clase con Javier, eficacia goleadora con Galán, su no sé qué de agonía con Crispi, su seguridad con Iriarte, y así sucesivamente. Aquel Real Oviedo que salía del pozo, al tiempo que se acercaban mis quince años.
La adolescencia era el Real Oviedo. Para ir al Carlos Tartiere no había que tener 18 años. ¡Menos mal!
Además, puedo decir que aquel ascenso del Oviedo a primera división fue una coincidencia muy afortunada. Porque a los quince años ya podía dar el pego para aparentar 18 y colarme en alguna película de mayores. Porque a los 15 años, también conseguía colarme en alguna discoteca por las tardes. Porque a los quince años el adiós a la infancia se había quedado más atrás. Porque en esas edades, dos años son mucho.
Dos años que fueron tanto. Quince años, y el Oviedo en primera. Quince años, y podía entrar al cine de 18. Quince años, y podía bailar, sentir la cercanía de una chica acompañada y acompasada de ritmos almibarados, de penumbras de ensueño, de ansias nuevas y vertiginosas.
Y el Oviedo en primera.

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EL VIEJO HUCA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-04-2016 | 13:27| 0

Nuestros dirigentes llariegos son fantásticos. Rescatan de los cajones el proyecto de un área metropolitana que, según dicen, será clave en nuestro progreso y desarrollo, y, con ello, relacionan los terrenos del viejo hospital, ahora cerrado, cuyo mantenimiento nos cuesta no poco en dinero público.

De sobra se sabe que se quedaron atrás los tiempos de los pelotazos urbanísticos, que el ladrillo ya no es el milagro económico para avanzar. Desde el ámbito autonómico, tiempo llevaban sin concretar qué proyecto iban a darle a ese entorno hoy clausurado y, de paso, qué soluciones contemplaban para un barrio en el que los negocios van cerrando continuamente.

Cualquier proyecto que se haga tiene que ser algo que acuerden las tres Administraciones. En la estatal, don Gabino de Lorenzo sigue en funciones dándonos alegrías con sus declaraciones y puestas en escena. En el ámbito autonómico, acaban de sacarse de la chistera lo del área metropolitana como la madre de todas las soluciones. Y, en lo que respecta al Ayuntamiento de Oviedo, no sólo se encuentra condicionado por la situación económica, sino que además se ve abocado a tener que coordinarse con las otras Administraciones, lo que complica aún mucho más la situación.

Lo cierto es que, a estas alturas, de nada sirve hablar, aunque sea totalmente cierto, de una falta de previsión que viene de muy lejos. Lo cierto es que, por otro lado, no se puede soslayar que resulta obligado luchar hasta el agotamiento para evitar la decadencia de una zona de Oviedo que sigue teniendo una enorme potencialidad. Lo cierto es que, a primera vista, salvo que se arbitren soluciones mejores, lo más sensato puede ser vincular la salida a estos terrenos con la Universidad, que está tan cerca. Lo cierto es que no valen solo palabras, especialmente la de la Consejera doña Belén Fernández con sus derroches continuos a la hora de emplear adverbios de modo, tan contundentes en apariencia como hueros a la hora de la verdad.

Por otra parte, lo triste del caso es que, aquí y ahora, el entorno del viejo HUCA es la metáfora visible del marasmo en el que nos encontramos. Atascada la política estatal. Ubicada en la decadencia incesante la política autonómica. Y agobiada por frentes continuamente abiertos la política municipal.

No sólo hay carencia de medios económicos para solucionar el problema. También están las trabas que genera la burocracia administrativa. También está la falta de ideas por parte de los políticos en general.

Dejemos las farolas y los magnolios, las jardineras y las esculturas que tanto abigarran, y echemos un vistazo al vivo retrato de lo que dio de sí tanto grandonismo y tanta improvisación.

Hecho esto, toca preguntar a quien corresponda. Toca no resignarse a la incompetencia. Toca que la ciudadanía se haga oír. Toca ya.

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Viga azul: Se demanda claridad
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-04-2016 | 14:26| 0

El oviedismo reclama –y se merece- claridad. De entrada, en el juego de un equipo que hoy se mostró de principio a fin desorganizado. Para seguir, acaso sobren tantos entrenamientos a puerta cerrada, tanto oscurantismo a la hora de explicar por qué hay jugadores como Diegui que ni si siquiera son convocados. Para continuar, estaría bien que el entrenador se expresase con claridad, sobre todo, en el juego que desarrolla el equipo. Importa mucho más eso que ponerse solemne en las ruedas de prensa, hablando de lo imprescindible que es estudiar a fondo al rival de turno.

Pero vayamos al encuentro de esta tarde. Para empezar, Susaeta no fue hoy ni su sombra, ni en las jugadas a balón parado, ni tampoco en las acciones individuales. Y, por supuesto, eso se notó mucho. Por su lado, Michel sigue sin ir más allá del pase más sencillo y cercano, cuando a un director de orquesta se le pide que, al menos en alguna jugada, muestre visión y se anticipe a lo previsible. Sumemos a ello que Hervías no tuvo  en su banda jugadas decisivas a la hora de desbordar al contrario y crear peligro sumo. Koné, en el tiempo que estuvo, luchó y ganó la acción a la defensa del Numancia.

Pocos detalles positivos que apuntar, entre ellos, que se notó algo más de empuje con la entrada en el campo de Edu Bedia y que a Linares no le faltaron ganas en el tiempo en el que pisó el césped. Lo mejor de todo, sin duda, la eficacia de Toché.

Se demanda claridad, la misma que tuvo Esteban con sus honestas y valientes declaraciones hace unos días. Se demanda claridad, para que podamos saber qué razones hay para que Diegui y Cristian Rivera no hayan sido ni siquiera convocados. Se demanda claridad para entender por qué hasta ahora no se ganó ni el en juego y ni en los resultados tras la marcha de Egea, en el supuesto de que el míster fuera un problema para el vestuario. Se demanda claridad, para no desesperarse viendo una forma de jugar en la que el Oviedo no tuvo el dominio del balón frente a un equipo que no demostró ser gran cosa futbolísticamente hablando, al menos en el partido de hoy.

Tres puntos balsámicos, sin duda, pero insuficientes para que el oviedismo recobre la confianza y la ilusión que, incomprensiblemente, parece haberse perdido.

Esperemos que el partido frente a la Ponferradina no haya sido un espejismo, porque no hay duda de que habrá contrarios que nos pondrán las cosas mucho más difíciles que el Numancia también en el Tartiere.

No nos puede quedar buen sabor de boca, tras haber perdido en Bilbao de la forma tan triste en la que fuimos derrotados y también tras el choque de hoy frente uno de los rivales más flojos que pisaron el Tartiere esta temporada.

Por favor, claridad. Por favor, calidad. Demasiada puerta cerrada y excesiva ausencia de detalles que nos inviten al optimismo.

No nos roben ni la ilusión ni el protagonismo. El oviedismo se merece respeto y complicidad.

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Recuerdos de Oviedo: EL 23-F: La tarde y la noche
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-04-2016 | 18:32| 0

Voy a participarles una vivencia que, andando el tiempo, se convirtió en el anticipo de aquel episodio grotesco y fantasmagórico en el que Tejero tomó el Congreso de los Diputados. Y esa vivencia tuvo lugar en la calle Foncalada el día en que dimitió Adolfo Suárez.

MANUEL P. BARRIOPEDREO. EFEEn un momento dado, al pasar delante de una cafetería, nos tropezamos con la imagen de Adolfo Suárez compareciendo en televisión. Puedo asegurarles que el semblante del político abulense plasmaba una gravedad nada impostada. Tanto fue así que entramos al establecimiento para enterarnos de lo que estaba sucediendo y convenimos en que el presidente, al anunciar su renuncia a continuar al frente del Gobierno, vivía uno de sus momentos más dramáticos como político. Más allá del contenido de su mensaje, lo que plasmaba era una honda preocupación, que recordaba a otras intervenciones públicas suyas, también marcadas por la gravedad de los hechos, a resultas de la matanza de Atocha y otros tremendos acontecimientos.

Andando el tiempo, aquella dimisión plantearía no pocas incógnitas que, a día de hoy, siguen sin despejarse del todo. En todo caso, no hacía falta mucha perspicacia para percatarse de que, en el fuero interno de aquel hombre bullía una inquietud zozobrante, un desasosiego angustioso, que tenían que ir mucho más allá de las cuitas personales.

En el curso 80-81, José Manuel Martínez González y el arriba firmante coordinábamos un programa radiofónico al que llamábamos ‘Debate Universitario’. Pues bien, la tarde del 23-F cuando lo estábamos grabando, los redactores de ‘Radio Asturias’ se alarmaron ante la noticia de la irrupción de Tejero en el Congreso de los Diputados. Lógicamente, la grabación se interrumpió y nos quedamos un buen rato para seguir en directo lo que estaba pasando.

Cuando llegué a casa, mi padre estaba muy pendiente de la radio. Todo era y estaba muy confuso. Y, en un momento dado, cuando hizo un recorrido por el dial, se encontró con música militar en una emisora. Puedo decir que jamás olvidaré su reacción, que me estremeció, reacción lógica en un ciudadano que había vivido la guerra civil y la posguerra y sabía muy bien el significado de aquello. Se diría que sus gestos daban acuse de recibo de las vivencias más duras, que, además de imágenes, también tenían música, que, a veces, podía estremecer y emocionar y, en otras ocasiones, aterrorizaba. Fue el momento en el que los peores fantasmas regresan con enorme crudeza. Fue un momento, al mismo tiempo, de parálisis y de nerviosismo extremo. Fue un momento helador.

Pero la tarde siguió transcurriendo, pero la radio continuó informando, pero no todas las noticias eran temibles. Al menos, la información llegaba.

Comunicados, noticias de los subsecretarios del Gobierno aún en funciones, reacciones exteriores. Preguntas, muchas preguntas. Incertidumbre continua. Pero no todo era tenebroso, pero había momentos en que nos resistíamos a creer que, en primer término, aquello podía ser real. Y, sobre todo, resultaba difícil de concebir que aquella sociedad española que estaba estrenando una nueva década aceptase con resignación una vuelta atrás en materia de derechos y libertades.

Llegó la hora de la cena. La noche prometía ser larga, pero, por fortuna, el golpe no se había consumado, más allá de las escaramuzas de las que íbamos teniendo noticia. Y, a pesar de todo, no necesitábamos acudir a emisoras de radio extranjeras para conocer lo que sucedía. Unas declaraciones de Pujol acerca de una conversación que tuvo en el Rey fue muy balsámica.

Llegó la noche y salí. En un piso en el que vivían compañeros de la facultad, escuchábamos la radio y teníamos la televisión puesta sin voz. Llegó el momento en el que el Rey dio su mensaje y se suponía que el golpe estaba conjurado.

Abandoné aquel piso de estudiantes muy de madrugada. En el recorrido que hice desde Fuertes Acevedo hasta mi casa en la calle Toreno, la noche parecía estar tranquila. Eso sí, observé que los empleados de la limpieza estaban muy pendientes, como el resto del país, de los transistores.

En casa, seguí pendiente de la radio. Sobre la mesilla de la sala, estaba un libro de Borges. ¡Qué singular y extraña perfección encontré releyendo el ‘Poema de los dones’ tan ajeno a lo que había estado ocurriendo en las últimas horas!

Mi padre había logrado conciliar el sueño. Recordando su reacción al oír la música militar, como compañía al estremecimiento, rescaté el poema de César Vallejo que habla de esos golpes que hay en la vida, de esas sacudidas escalofriantes de un dolor que, al mismo tiempo, quema, desgarra y llaga.

Al día siguiente, conjurado oficialmente el golpe, la televisión emitía imágenes del fin de aquella grotesca carnavalada, de alguien que fumaba un pitillo mientras hablaba con Tejero.

El día después lo vivió casi todo el mundo como el despertar de una pesadilla al mismo tiempo absurda y temible. Creo recordar que en la facultad se celebraron exámenes, pero no podría asegurarlo. En todo caso, fue muy lento y pesaroso el regreso a la normalidad.

Tiempo después, al disponer de perspectiva, lo que se fue poniendo de manifiesto, más allá de ‘las verdades’ oficiales y oficiosas, más allá de la abundante bibliografía sobre el asunto, incluida la más desmitificadora, lo que queda, dejando de lado lo grotesco de aquella puesta en escena, son los enormes contrastes.

¿Cómo no estremecerse al recordar nuestra bendita inocencia? Miren, eran los años ochenta, aquellos en los que las políticas más conservadoras se impusieron en Estados Unidos y en Inglaterra. Y, frente a ello, nosotros estábamos en un tiempo y en un país donde nos sentíamos libres, donde los sueños no se malbarataron y traicionaron del todo hasta el final de la década, donde se rompió con muchas cosas.

Y, hablando de romper, queríamos creer que estaba muy cerca la hora de la izquierda, de una izquierda que estaba llamada a transformar el país, llevando a cabo una ruptura democrática que, al final, se quedaría en desiderata.

Fuimos ingenuos, pero nos sentimos libres, en aquella década que acababa de inaugurarse.

Un golpe de Estado. Tras él, el señor Calvo-Sotelo salió elegido, como estaba previsto, presidente del Gobierno. La izquierda iba tomando posiciones.

Y, en fin, volviendo al 23-F, la radio, antes y después del golpe, marcó aquella jornada.

¡Cuántas legañas el día después! ¡Cuántas vendas y máscaras se irían cayendo! ¡Cuánto arsenal onírico poseíamos intacto y firme! ¡Cuánta energía y empuje tenían nuestras alas!

Vísperas de casi todo, del irrepetible triunfo socialista del 82, de la movida no sólo madrileña, de las noches cómplices y respondonas, de tanto amor, de tanta libertad, que nos preservaban y pertrechaban de aquel oleaje conservador y reaccionario que no cesa, de tantas y tantas y tantas traiciones, que, con todo, jamás ahogarán aquellos abrazos, aquellos versos, aquellos besos, aquellos ímpetus, aquel divino descaro, con sus himnos gigantes y extraños a todo lo que no fuera libertad, puede que sin ira, pero sí airada, pero sí vendaval.

Radio, mucha radio. Clamores con eco. Danzas nocturnas con su embrujo.

La larga noche del 23-F que empezó por la tarde. La larga noche del 23-F de la que tardamos tanto en despertarnos, pero que no nos despojó de sueños.

A la pesadilla la miramos cara a cara, la combatimos verso a verso.

Del 23 al 24 de febrero, Oviedo y España entera no dormían. Se libraban de una pesadilla. Y la espantaban.

Distinta cosa es que, más allá de nuestros fantasmas más celtibéricos, otros mucho más globales ya danzaban por el mundo. Y venían para quedarse, acaso sin demasiada prisa. Pero con total determinación.

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Tragedia en la calle Uría
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-04-2016 | 05:19| 0

Hay cosas que obligan, hay cosas que no se pueden obviar. Hay ocasiones en que alguien tiene que dar la orden en un periódico de parar las máquinas, porque los acontecimientos así lo exigen. Hay momentos en los que un columnista debe aparcar el artículo que tenía preparado y sumarse a aquello que está sucediendo, porque no vale mirar para otro lado cuando lo que acaba de tener lugar lo eclipsa todo, en este caso, de forma desgarradora. Y es que acabo de tener noticia de la muerte en la calle Uría de un bombero que combatía el fuego que se declaró por la mañana . Ante un hecho de semejante calado, la opinión apenas tiene sitio, lo que pide a gritos expresarse es el dolor.

Más allá de la mala fortuna que se conjura para llevarse una vida por delante, más allá del riesgo inevitable que conllevan determinadas profesiones, y, en el caso que nos ocupa eso es obvio, no se puede dejar de pensar en las continuas manifestaciones que este colectivo viene haciendo en los últimos tiempos, manifestaciones en las que ponen de relieve la falta de medios que padecen.

Un mazazo, una tragedia, algo que nos estremece y que, sobre todo, nos paraliza.Un momento para ir más allá de lo cotidiano y detenerse a pensar en la transcendencia de la labor que desempeñan los bomberos.En situaciones como ésta, se caen muchas vendas y tomamos conciencia de lo importante, de lo verdaderamente esencial. Lo que se pensaba más actual se convierte –ipso facto- en anecdótico. Sólo cabe dejar constancia del dolor, un dolor que es pura impotencia, porque nada puede remediar. Un dolor que sería indecoroso ya hasta indecente esconder.

Un dolor punzante que plantea preguntas, un dolor que emite clamores y dignidades encaminados a comprometerse con eso que  tanto quieren denostar algunos y que tienen que ver con nuestra seguridad y bienestar. Un dolor que quiere ser discreto, pero que no puede enmudecer.

Lo escribió Daudet: “Si no hubiera suspiros, el mundo se ahogaría”. Benditos suspiros, benditos clamores que salen de estremecimientos cuya música desgañita a quienes lo emiten y que, en este caso, sí que somos todos.

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