El Comercio
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LA AMSO Y LA FSA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-09-2017 | 05:22| 0

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Que la AMSO no haya mostrado una entusiasta loa a la gestión de la FSA merece mucho interés político, pero, desde luego, no supone ninguna sorpresa. Pues una de las asignaturas pendientes del socialismo astur es prestar atención a Oviedo, considerando prioritario que el partido tenga en nuestra capital un peso específico al que, incomprensiblemente, se viene renunciando desde hace décadas.

No hace falta recordar que, en su momento, Wenceslao López se hizo con el poder en la agrupación de Oviedo sin que la FSA mostrase una gran euforia por ello. Y, más tarde, se ganó a pulso las primarias para encabezar la candidatura del PSOE a la Alcaldía vetustense, estando muy claro que no era el candidato oficial.

Por si todo esto fuese poco, tras las elecciones de 2015, en las que la candidatura de izquierdas más votada fue la de Somos, a resultas de lo que había sucedido en Gijón, los ediles recién elegidos del PSOE tenían la clara consigna de la FSA de no votar a Ana Taboada como Alcaldesa, facilitando con ello la continuidad del gabinismo.

O sea, la ciudadanía de Oviedo parecía estar sentenciada a que Caunedo gobernase la ciudad como consecuencia de la falta de entendimiento en Gijón entre el PSOE y la marca de Podemos en la ciudad de Jovellanos. Fue la generosidad de Taboada, votando a Wenceslao López como Alcalde, la que impidió que se cumpliese el guion que parecía estar escrito.

Con estos antecedentes, por no hablar también de lo que le tocó padecer en su momento a Leopoldo Tolivar no sólo por parte del gabinismo y sus corifeos mediáticos, sino también por mezquindades del propio partido, no es de extrañar que, llegado el momento, el malestar de la AMSO con la FSA se haga visible.

En la FSA, llegará el momento en que se tenga que considerar que Oviedo es un objetivo prioritario para que el PSOE esté al frente de la Alcaldía, puesto que Wenceslao es el primer edil a pesar de su partido y no gracias a él, algo tan extraño como cierto.

En la FSA, tendrá que llegar el momento en el que se recupere el criterio de que el mejor Oviedo, el más ilustrado y democrático, tiene que ser mimado y requerido por un partido político que fue concebido como un instrumento de cambio, progreso y cultura.

Y cabe esperar y desear que, cuando se forme una nueva ejecutiva de la FSA, se afronte, más allá de la retórica, que Oviedo tiene que dejar de ser una asignatura pendiente para este partido.

Veremos.

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Viga Azul: Criterio
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-09-2017 | 13:38| 0

Sobre todo, hay criterio en el juego del equipo. Se diría que cada jugador sabe bien cuál es su misión en el partido y, con independencia de que haya fallos o no, de que los aciertos se prodiguen más o menos, eso hace que el conjunto carbayón tenga criterio, salga al campo decidido a cumplir un manual de instrucciones que fue explicado con toda claridad.

Cierto es que en el partido frente al Cádiz no hubo muchas ocasiones de gol. También lo es que el Oviedo no tuvo errores defensivos de los que pueden ocasionar disgustos, tal y como sucedió en el encuentro ante el Reus hace dos semanas.

En el plano individual, la sorpresa más grata fue Rocha, que no parece el mismo futbolista del año pasado. Por su lado, aunque se le ve que está muy lejos de haber alcanzado un estado de forma óptimo,  Yeboah puso mucha entrega en su juego. Y, como siempre, Folch mostró una seguridad que repercutió en el resto del equipo.

No es poca cosa haber ganado al Cádiz y no sólo por ser el segundo de la clasificación, algo que estas alturas puede ser anecdótico, sino porque se trata de un gran equipo para Segunda División. Y, ante el conjunto andaluz, el Oviedo no jugó acomplejado y temeroso; antes bien, siguió el guión marcado por el entrenador, y no se puede decir que lo haya cumplido mal.

Por su parte, Owusu se ganó el entusiasmo del público por el empuje y la entrega que puso en todo el tiempo que estuvo en el campo. De esto convendría tomar nota cuando se dice que el Tartiere es un campo muy difícil y que resulta complicado ser jugador del Oviedo. Porque, con la entrega de los jugadores, la comunión entre el equipo y las gradas es total, creándose un ambiente de entusiasmo que esperemos que no decaiga.

Como digo, hay criterio, y creo que eso es una garantía para el campeonato. Si la semana pasada el Oviedo no se arrugó en el derbi a pesar de haber encajado un gol tempranero, ayer, frente al Cádiz, supo interpretar la partitura encomendada con dignidad.

No hay ese nerviosismo que nos hace temer lo peor. Frente al Cádiz, el Oviedo fue un equipo solvente y serio, seguro de sí mismo, sin que ello significase haber incurrido en un exceso de confianza que, llegado el caso, también puede resultar muy caro.

Creo que hay motivos para la esperanza, porque esto marcha con buen pie, sin euforias, con las ideas muy claras.

Y es que, insisto, hay criterio.

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Recuerdos de Oviedo: Aquel café matutino en el Dolar
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-09-2017 | 01:26| 0

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«He medido mi vida con cucharillas de café». (Thomas S. Eliot).

«Los hombres son como los dados, se lanzan en la partida de la vida». (Sartre).

Serían las diez de la mañana, de un día de abril de 1980; iba camino de la Facultad y empezó a llover torrencialmente. El aguacero fue motivo suficiente para encontrar más apropiado hacer una parada en el Dólar y tomarme allí un café en lugar de asistir a una de aquellas clases en las que no se iba a explicar nada decisivo, ni siquiera con vistas al examen final.
Me acomodé en una mesa muy cercana a la cristalera del Café Dólar. Desde allí, pude comprobar el espectáculo que provocaba el chaparrón. Una vez más, llovía copiosamente en Vetusta.
No había prisa para nada, ni siquiera para abrir aquel libro de Sartre, que llevaba conmigo y que había empezado a leer la noche anterior. Se trataba de “Los Caminos de la Libertad”, una historia protagonizada por personajes ácidos, amargos pero, sobre todo, lúcidos. Una trama que producía un regusto a tabaco negro y a cafeína, a nocturnidad. Un lenguaje que no permitía treguas al pensamiento.
Era una época en la que leía a Sartre libro a libro, coincidiendo con el momento en el que Alianza Editorial estaba publicando la práctica totalidad de la obra del pensador y literato francés que en su momento había sacado a la luz Losada. Un rescate editorial muy de agradecer.
Tiempo tuve a contemplar el chaparrón, a seguir leyendo el libro de Sartre, a divagar, a convencerme a mí mismo de que había sido una decisión acertada la de no acudir a clase. Y, sobre todo, mientras avanzaba en la lectura, me imaginaba en todo momento a Sartre escribiendo aquella historia en el Café Flore.
Desde luego, Oviedo no era París, tampoco en 1980, pero no pude dejar de preguntarme si habría en nuestra ciudad algún literato de pro que escribiese su obra en los cafés, acompañado por el tabaco y la taza, con el cenicero lleno de colillas y con una concentración en lo que le iba contando que le impediría hacer cábalas sobre el cuadro más o menos costumbrista que había a su alrededor.
Por otra parte, estaba convencido que, en el caso de que Sartre hubiese decidido vivir una temporada en Oviedo, su lugar de referencia sería el Dólar, pues, por un lado, parecía el local pintiparado para el autor de “La Náusea” y, por el otro, disfrutaría de la cercanía a los escenarios regentianos que literariamente nos inmortalizaron.
Nunca olvidaré que tomé aquel café en el Dólar pocos días antes de que falleciese el filósofo francés, que, entre otras muchas cosas, marcó una época. Tras su muerte, la figura del intelectual dejó de estar en primer plano, y la orfandad que se sufre en cuanto a referentes que analizan el momento presente es cada vez mayor.
Muy lejos estábamos entonces de saber que nos encontrábamos en las vísperas del fin de una época en el mundo occidental, precisamente en un momento en el que vivíamos la euforia de que en nuestro país resucitaban las libertades tras una de las dictaduras más largas del siglo XX.
He de confesar que fue muy grato dedicar gran parte de la mañana a la lectura del libro de Sartre, así como a las divagaciones de las que les vengo hablando.
¿Había en Oviedo escritores de café? ¿Eran muchos los que se habían permitido el lujo de leer libros de Sartre por los cafés en los últimos tiempos de la dictadura? ¿Cuáles eran en verdad las ideas políticas de Sartre, tras tantos bandazos, eso sí, siempre dentro de eso que comúnmente se vino llamando izquierda?
Pensaba en aquel Sartre que, en sus últimos años, había dedicado mucho tiempo a Flaubert. ¿Hubiera hecho lo mismo sobre Clarín, en caso de haberse acercado a nuestro escritor?
Pensaba, en fin, que Clarín tenía sus eruditos, algo que pocos años después, cuando se cumplió el primer centenario de “La Regenta”, se pudo comprobar muy fácilmente. ¿Dónde estaba, sin embargo. el gran escritor que se ocupaba de la obra de Alas de literato a literato? ¿Lo había, aunque no tuviésemos constancia de ello?
Aquel café matutino en el Dólar. ¡Con qué facilidad se podía imaginar que sobre aquella mesa vacía que tenía al lado estaban los adminículos de Sartre, el papel, la pluma, la pipa de fumar y el cenicero atiborrado! ¡Qué grato resultaba forjar aquella imagen!
Bien pensado, no fue casualidad, no pudo serlo, la fecha de la historia que estoy rememorando, vísperas de la muerte de Sartre, prolegómenos de una década en la que en este país los derechos y libertades no sólo se vivieron, sino que se cantaron, se bailaron, se escribieron, se celebraron por todo lo alto.
Era abril y llovía en Oviedo. Era un día lectivo y Sartre no necesitaba de pupitre para transmitir su mundo y sabiduría. Eran vísperas de primavera en Vetusta y en el mundo. Eran vísperas de mucho y de nada, de la nada frente al ser, del ser frente a la nada.
¿Y ella? ¿Dónde estaba? Ella, su Castor, la excepcional y admirable escritora con la que Sartre había compartido lo mejor de su vida, estaba viviendo aquellas vísperas que consignaría en su memorable libro “La ceremonia de los adioses”.
¡Qué tentador resultaba imaginarlos de paseo por Oviedo a Sartre y a Beauvoir, a Beauvoir y a Sartre! Seguro que pasarían sus horas en el Dólar.
A última hora de la mañana, volvió a llover, y aquel chaparrón me tocó soportarlo en la calle camino de casa.

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Chupinazo mateíno
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-09-2017 | 05:20| 0

«La vida sin la música es sencillamente un error, una fatiga, un exilio». (Nietzsche).

Aquí no hay chupinazo como en San Fermín, pero se intuye desde el momento mismo en que se declara inaugurado el pantano, es decir, en el momento mismo en que se proclama, oficial y solemnemente, el inicio de las fiestas mateínas. Y, además, esto que digo viene reforzado en el momento presente por el desacuerdo que parece anunciarse entre el Ministerio de Defensa y el Consistorio carbayón a la hora de dirimirse el futuro de la fábrica de La Vega y sus aledaños. Se diría que la cosa está próxima a explotar.

Chupinazo mateíno. A decir verdad, no puede ser casual que el día grande de los fastos de Oviedo coincida con el inicio del otoño, al menos estacionalmente, pues nuestra seronda es algo que define no sólo a la capital, sino también a Asturias en su totalidad.

Una fiesta que no sólo se hace en honor del santo, sino también del otoño. Por un lado, es la mejor forma de despedir al verano que está a punto de irse y, por otra parte, adentrarse en la seronda es lo más adecuado para zambullirse en lo más distintivo del paisaje astur.

La seronda es nuestro esplendor paisajístico. Y, por otro lado, nuestro monumento literario es por definición ‘La Regenta’, cuyo punto de partida es el viento sur del otoño en una ciudad en declive, agridulce a todas luces.

Chupinazo mateíno, el de unas fiestas, con su polémica que va en el guion, con su música, con sus riadas de gente, con sus chiringuitos, con su bendita y sublime nocturnidad, entre piedras nobles, calles estrechas, escenarios clarinianos y ayalinos. Con sus copas, sus tertulias, sus conciertos.

Todo sin prisa, con la calma horaria a la que la noche obliga. Pero también con ese continuo ritual, una noche y otra, de despedida del verano, de los adioses a las vacaciones, de apuesta por la vida y las risas.

Chupinazo mateíno. Una despedida, como escribió Salinas, larga y clara, un ritual festivo que se prolonga cada noche y que se anuncia cada día.

A veces, las nubes viajeras que anuncian el viento sur o la lluvia; a veces, el rocío de la noche sobre el asfalto y las aceras; a veces, la música que se cuela y que va retumbando de calle en calle. A veces, encuentros con la risa y la amistad.

Chupinazo mateíno. Ante todo, alegría. Ante todo, adiós a la prisa. Ante todo, vacaciones al reloj.

Ante todo, Oviedo, siempre Oviedo.

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Recuerdos de Oviedo: El Palomar del Campo de San Francisco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-09-2017 | 01:02| 0

Todos llevamos en nosotros mismos un guía mejor de lo que pueda serlo otra persona”. (Jane Austen).

A muy pocos metros del Palomar del Campo de San Francisco y de la fuente de las palomas,  lo vimos, estaba allí de pie con su uniforme montaraz, con su pana. Era un “vallaurón”. Y tal lance coincidió con todo un acontecimiento, pues fue la primera vez que caminé por Oviedo sin ir de la mano de una persona mayor. De modo y manera que el mundo seguía siendo protector para un niño que hasta aquel momento se había conducido con el acompañamiento familiar. No sólo transitaba un lugar conocido, sino que además allí había tutela y seguridad, tutela y seguridad que tenían como cobijo aquel palomar. Hablamos de una etapa de la andadura vital en la que los avances en la edad significaban alegría y reconocimiento.
En efecto, ya no me llevaban de la mano. Y, a decir verdad, la presencia de aquel guardia significaba la garantía de que el mundo seguía siendo seguro, pues estaba allí para que todo transcurriese en orden, ésa era su misión.
Vallaurones, garantes de la seguridad en el Campo de San Francisco. Y, por otra parte, su uniforme montaraz, su pana, simbolizaba una singularidad importante: y es que, a pesar de que ejercían sus funciones en pleno centro de la ciudad, el territorio del Campo de San Francisco tenía sus rasgos distintivos, como una especie de reserva, no sólo por sus jardines y árboles, sino también por los animales que había allí, sobre todo, Petra.
Andando el tiempo, recuerdo haber leído en algún sitio que el uniforme de los llamados vallaurones se basaba en el atuendo de la policía montada del Canadá. Sin embargo, nosotros encontrábamos mucho parecido con la imagen del vigilante de Jellystone, por donde moraba el oso Yogui.. Ya se sabe: el sentimiento lúdico de la vida en la infancia.
La historia que estoy evocando sucedió a primeros de los sesenta. Digo esto porque no sé con exactitud hasta qué año estuvieron los vallaurones al cuidado del orden en el Campo de San Francisco, pero sí recuerdo perfectamente que por allí andaban en los primeros años sesenta.
Y, por otra parte, el hecho de que aquel vallaurón estuviese al pie del palomar también tuvo su importancia, pues solíamos preguntarnos por lo que podía haber en su interior, algo necesariamente misterioso y mágico.
El palomar y el estanque de las palomas. Hablamos de un tiempo en el que las palomas no tenían tan mala prensa como ahora y no estaba mal visto darles algún trozo de barquillo. Aquella era su casa y su piscina, todo un lujo.
Pero, al mismo tiempo, el conjunto formado por el palomar y el estanque eran para muchos de nosotros puntos de encuentro. Años más tarde, intercambiábamos cromos en los bancos que había alrededor, normalmente a la salida del colegio por las tardes.
El Palomar en el Campo de San Francisco, con el estanque de las palomas a sus pies. Desde luego, no pensábamos en que simbolizasen la paz, ni tampoco en su faceta de mensajeras. Aquel era su lugar en el mundo que, además, no les importaba compartir con nosotros.
Y, volviendo al momento que rescato de la memoria para este relato, al revivir aquello, no consigo ponerle rostro a aquel guarda del Campo de San Francisco, lo que recuerdo es su enorme estatura, o así nos pareció, así como la tranquilidad que transmitía aquel hombre, era la imagen viva del sosiego, de la tarde sosegada.
Cierto es que el Campo de San Francisco era un espacio para todos los públicos, también en lo que a la edad se refiere. Sin embargo, podría asegurar que, sin que la presencia de personas mayores en aquellos años de infancia, nos supusiera el más mínimo incomodo, en nuestro sentir estaba muy claro que aquello estaba concebido y pensado para nosotros, para los niños.
Se diría que las personas mayores eran meros transeúntes, mientras que nosotros estábamos allí para jugar, para intercambiar cromos, para disfrutar dándole chucherías a Petra, para contarnos historias y aventuras.
Respetábamos escrupulosamente las zonas verdes, en las que sabíamos que no debíamos adentrarnos. El resto de los espacios eran el decorado de una suerte de parque temático. El conjunto era el lugar de juego y de recreo que nos pertenecían.
Allí, donde a todos nos habían llevado de la mano la primera vez que lo transitamos, nos sentíamos también como si estuviéramos en una prolongación de nuestra casa.
Y, por otra parte, cuando veíamos en la televisión los episodios que protagonizaba el oso Yogui, aquello no dejaba de ser un escenario muy familiar para nosotros, pues parecía estar basado en lo que representaba el Campo de San Francisco, pero, eso sí, transformado por la televisión.
Alguna vez nos imaginamos al Oso Yogui en compañía de Petra, y estábamos seguros de que hubiesen hecho muy buenas migas. Petra era real, no estaba humanizada por la televisión como el oso Yogui, pero nosotros también la humanizábamos a nuestro modo y manera.
¿Quién imitaba a quién? ¿Petra al oso Yogui o el oso Yogui a Petra? ¿Quién imitaba a quién? ¿Los vallaurones al guardabosques de Jellystone, o era éste el que imitaba a nuestros guardias montaraces?
Y el Palomar del Campo de San Francisco era, en los años de infancia, la cabaña del bosque de nuestros juegos.

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“Gabinismo” y posverdad
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-09-2017 | 18:46| 0

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Ahora que Gabino ya no nos deleita cantando zarzuela, el entretenimiento en estas vísperas mateínas que comienzan a vivirse en el arranque mismo del mes de septiembre, está garantizado. Y no hablo sólo de lo lúdico y lo festivo, sino también de las polémicas incesantes, salpimentadas para que nada falte, con escandaleras de presunta corrupción, que esta vez tienen como protagonista principal al que fuera jefe de prensa de Gabino de Lorenzo y de Agustín Iglesias Caunedo, es decir, a Rodolfo Sánchez.

No sólo se discute sobre los chiringuitos, no sólo se polemiza acerca de la conveniencia o no de que se celebren conciertos en la plaza de la Catedral, no sólo se pone el grito en el cielo por el hecho de que no actúe Arturo Fernández durante las fechas mateínas, sino que además se tiene noticia de que la Fiscalía solicita cinco años de condena para Rodolfo Sánchez a resultas de unas presuntas irregularidades en las contrataciones de dos periodistas externos para el departamento de prensa del Consistorio. Desde luego, no se puede poner en duda que la sombra del ‘gabinismo’ es alargada y que las escandaleras vinculadas a su época no cesan.

Rodolfo Sánchez está en la historia y en la intrahistoria de la vida política carbayona de los últimos años. Y no deja de ser llamativo que algo relacionado con la comunicación institucional se haya gestionado de la forma que se hizo, hasta el extremo de traer como consecuencia procesos judiciales. ¡Qué cosas pasan en la política vetustense! En plena era de la ‘posverdad’, resulta que hay un petardazo más relacionado con el ‘gabinismo’ y que, en esta ocasión, tiene que ver con la comunicación, con las versiones de los hechos desde el ámbito oficial. ¡Ay!

Pero me temo que aquí no vale hablar de versiones de los hechos, de interpretaciones de los eventos consuetudinarios que acontecieron en Vetusta, sino de una etapa política en la que el discurso oficial estuvo marcado por los topicazos y el victimismo. ‘Gabinismo’ y posverdad. ¿Cómo era la política de agitación y propaganda en esa época? ¿Por quiénes estaba gestada y gestionada? De todo esto podría contarnos mucho don Rodolfo Sánchez.

‘Gabinismo’ y posverdad. Oviedo, envidia de otras ciudades. Oviedo, ejemplo de una capital pulcra en su aspecto. Oviedo, cercada por un rojerío que la apretaba y asfixiaba continuamente. Oviedo y el ‘gabinismo’.

‘Gabinismo’ y posverdad. Efectivamente, versión de los hechos. Efectivamente, los procesos judiciales están ahí y no resulta nada fácil silenciarlos, ni tampoco aislarlos dentro del jaleo y el alboroto.

‘Gabinismo’ y posverdad, majeza y campechanía. O sea, versiones de los hechos marcadas, entre otras cosas, por la brocha gorda.

‘Gabinismo’ y posverdad. ¿Nepotismo?

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Viga Azul: Alegría
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-09-2017 | 11:59| 0

Los futbolistas celebran el tercer tanto obra de Rocha tras un lanzamiento de falta que acabó en la escuadra.

Como en el poema de José Hierro, la alegría que se vivió ayer en el Carlos Tartiere fue la consecuencia esperada y anhelada tras mucha paciencia y mucho dolor, esa alegría balsámica que llega después de congojas y sufrimientos, esa alegría más honda y ansiada, esa alegría por la que hemos estado aguardando desesperadamente.

Alegría que llegó a partir del soberbio gol de Toché, de chilena, alegría que se confirmó con el segundo tanto, obra también del delantero murciano a los dos minutos de la segunda parte. Con ese gol, se consolidó el triunfo, tan necesario como anhelado.

Por otra parte, conviene no confundirse en el sentido de que el Reus empezó el partido combinando muy bien y controlando el encuentro, sin dar facilidades al Oviedo, si bien es cierto que el cuadro carbayón se asentó en el partido tras marcar el primer gol, y, lo que es mucho más importante desde mi punto de vista, se conjuraron fantasmas.

Hablo de los fantasmas que reaparecieron en el partido frente al Rayo Vallecano con las pájaras defensivas que nos costaron goles. Hablo de la inquietud que flotaba en el ambiente en cuanto a la tardanza de Toché en meter goles. Y hablo, sobre todo, de lo que supuso el tercer gol de Rocha en lo que a conjurar fantasmas se refiere.

¿Cómo no recordar el partido de la temporada pasada en el Tartiere frente al Reus, partido en el que el Oviedo salió derrotado por un gol del equipo visitante en el minuto noventa? ¿A alguien le vino a la mente que en aquel encuentro, cuando el empate parecía que iba a ser el resultado final, fue el propio Rocha quien estrelló un balón en el larguero?

¿Cómo no confrontar aquel balón al palo con el gol de Rocha, por cierto, impecablemente, en el lanzamiento de una falta? ¡Eso sí que es conjurar fantasmas! Se diría que la suerte que faltó en otras ocasiones hoy nos acompañó. Se diría que, con este tanto, el centrocampista que hizo una campaña decepcionante la temporada anterior, se reivindica con este gol, y con toda justicia. Esperemos que sea un punto de inflexión en su rendimiento en el Oviedo.

Alegría, la que llega tras el dolor, según consignó, como dije, el extraordinario poeta en un poemario excelente. Alegría, no sólo por la victoria, sino también porque llegó en el momento necesario, tras dos partidos en los que el Oviedo no había conseguido ganar.

Alegría, que supondrá, quiero creer, una importante inyección moral para el derbi de la semana próxima. Un Oviedo que venció y convenció.

Un Oviedo que, ante todo y sobre todo, conjuró fantasmas.

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Recuerdos de Oviedo: Helados y barquillos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 03-09-2017 | 03:24| 0

«Nadie puede huir de sí mismo. Si audaz, audaz; si débil, débil» (César Pavese)

En el momento mismo en el que leí el reportaje que se publicó en el número anterior del suplemento de Oviedo de EL COMERCIO acerca de la historia de los puestos de helados en el Paseo de los Álamos, el baile de imágenes, almacenadas en los desvanes de mi memoria, fue frenético, al tiempo que no encontré una respuesta inequívoca a la pregunta de si fueron antes los barquillos o los helados en mi recuerdo.

Los barquilleros estaban, ya cuando yo era niño, en el Campo de San Francisco. Y recuerdo que me resultaba muy agradable poner en marcha la ruleta de aquel bidón. Lo curioso era que no contaba el resultado del recorrido, sino el hecho mismo de hacerlo. Y, dependiendo de la hora del día, tocaban barquillos o galletas, por la mañana y por la tarde respectivamente. Ello era así por lo que marcaba el apetito.

Por su parte, los puestos de helados se encontraban, ya en mi infancia, en el Paseo de los Álamos. Lo que desconocía, hasta que leí el referido reportaje en el suplemento carbayón de EL COMERCIO era que esa ubicación de esos puestos de helados tienen la misma edad que el arriba firmante.

Insisto: no puedo precisar si probé antes los barquillos o los helados, pero, en todo caso, sí recuerdo que, cuando saboreaba de niño los helados, ya aspiraba, también en eso, a lo imposible: hubiera preferido comerme antes el cucurucho o el barquillo que los emparedaba que el helado propiamente dicho. De postre, siempre lo más dulce, sobre todo para un llambión incorregible.

Lo cierto es que, al tener noticia de que los susodichos puestos tienen la misma edad que yo, sentí un estremecimiento importante. Ya se sabe: el paso del tiempo, lento en los primeros años, pero cada vez más trepidante.

La edad de los puestos de helados. Mi sabor preferido era el mantecado, andando el tiempo, la vainilla. Y, como siempre, el ‘conflicto’ interno que, por un lado, me llevaba a obligarme a mí mismo a saborear despacio el helado, disfrutándolo con morosidad, frente a la avidez con la que me deleitaba con aquellos helados tan ricos.

Helados consumidos casi siempre mientras paseaba. Y, en aquellos trances, la atención estaba puesta casi en su totalidad en disfrutar del helado, pasando desapercibido todo lo que tenía a alrededor mientras caminaba. Y también debo confesar que era más fácil aminorar el paso que consumir despacio el helado.

Otra coincidencia, imagino que generalizada: consumí muchos más helados de cucurucho que de corte, del mismo modo que, por lo común, prefería el barquillo a la galleta. Más tarde llegarían los ‘polos’ que, sin disgustarme, nunca fueron mis preferidos, aunque tenían la ventaja de que tardaba más en consumirlos.

Helados y barquillos. ¿Nos dejan de gustar los barquillos cuando dejamos de ser niños, o, más bien, seguimos una pauta no escrita de que no son bocado para mayores? Y es que estoy convencido de que, en efecto, dejamos de comprar barquillos desde la adolescencia en adelante como, si más que una golosina, fuesen una costumbre que ya no toca.

Helados y barquillos. Rara vez nos detenemos a comer un helado en un banco de los que hay en el paseo de los Álamos. Algo de especial tienen los helados en el sentido de que su degustación no nos paraliza.

Por otra parte, hay algo muy literario entre los helados y nosotros. Cuando hace mucho calor y los consumimos paseando, se diría que luchamos contra el calor no sólo refrescándonos al consumirlos, sino también combatiendo contra la tórrida temperatura que propende a derretirlo. Está claro que salimos victoriosos en ese lance, pero es todo un desafío.

Sesenta años hace que los puestos de helados se instalaron en el Paseo de los Álamos. ¿Y si recordamos los precios? Tarea imposible o en todo caso dificultosa, si hablamos de un tiempo en el que siempre íbamos acompañados por un familiar que era el que los pagaba. Pero me atrevería a aventurar que los había, como ahora, de distintos precios, según el tamaño de la bola, y que tengo una vaga noción de que costaban una o dos pesetas, atendiendo a ese criterio.

Y, más tarde, creo que en los años ochenta, ya empezaron a venderse helados ‘de máquina’, con distintos sabores y muy cremosos. Y debo reconocer, en honor a la verdad, que, por mucho que me hiciese promesa a mí mismo de saborearlos despacio, siempre los consumí muy rápido. De hecho, desde que compraba el helado en el puesto más cercano a la calle Toreno, al llegar al portal de casa en el número 5, sólo me quedaba el barquillo.

No es frivolidad, no es algo insignificante tener la misma edad que los puestos de helados en el Paseo de los Álamos. Se trata de un dato muy literario. Y, en todo caso, digno de ser celebrado.

Puestos de helados en el Paseo de los Álamos, todo un referente vital, todo un acontecimiento cumplir años con los que fueron los pioneros.

El verano, que se prolongaba hasta las fiestas de san Mateo, eran aquellos helados de cucurucho de mantecado. Preferiblemente, con bola doble.

Toda una delicia.

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La recuperación del Naranco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-09-2017 | 13:40| 0

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“No sabemos a dónde vamos. Pero esa no es razón para no ir”. (Marguerite Duras).

Leo en EL COMERCIO la noticia de que el Equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Oviedo  tiene un “plan” de recuperación del Naranco. Sobra decir que todo lo que sea cuidar el pulmón de nuestra capital, recuperando sendas peatonales, habilitando rutas y espacio para las bicicletas y protegiendo el entorno de los monumentos prerrománicos, es acertado y merece el apoyo de toda la ciudadanía.

Y, más allá de lo que es la mencionada recuperación que ojalá se lleve a buen término, lo cierto es que, como ya escribí más de una vez, los vínculos entre el Naranco y la ciudad son no sólo estrechos sino esenciales.

Hablamos, por un lado, de lo que es la mejor atalaya para disfrutar de la contemplación de Oviedo y, por otra parte, las joyas del Prerrománico que se ubican en el Naranco constituyen, sin duda, uno de los principales orgullos no sólo para los habitantes de la ciudad, sino también para toda Asturias.

Y, por otra parte, rara vez se piensa en la enorme diversidad de atractivos que tiene el Naranco para la ciudadanía de Oviedo. Por ejemplo, la diversión que está garantizada en las sidrerías y mesones. Por ejemplo, en lo agradable que resulta pasear por este pulmón de Oviedo al ritmo que cada cual se marque o pueda marcarse. Por ejemplo, en la magia que tienen los monumentos del Prerrománico, también a su alrededor, sin necesidad de adentrarse en ellos.

¿Cómo no tener en cuenta, por otro lado, el arsenal de recuerdos que posee el Naranco para la mayoría de personas que hicieron y hacen su vida en Oviedo? Sin entrar en intimidades de las generaciones más veteranas, hay que tener en cuenta los centros docentes, algunos con mucho tiempo que se ubican en el Naranco y que remiten a esos años de infancia y adolescencia, inolvidables por definición.

Tampoco se pueden pasar por alto, excursiones y paseos que, en mayor o menor medida, todo el mundo en Oviedo hizo y hace por el Naranco.

Y, en otro orden de cosas, también podemos considerar que se trata también de la metáfora más completa de Oviedo, ya que plasma no sólo la orografía de la ciudad, sino que también atesora el arte más universal que aquí se dio cita y, con ello, la historia, la más legendaria y la más reciente.

Lo que ocurre es que no sólo se trata de ver Oviedo desde el Naranco, placer irrenunciable, sin duda, sino que también toca que Oviedo mire al Naranco.

Y lo mime.

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Recuerdos de Oviedo: Noches de “movida” en la calle Altamirano
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-08-2017 | 03:40| 0

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«Vale más ser ola pasajera en el Océano que charco muerto en la hondonada» (Unamuno).

La década de los ochenta, en Oviedo, tuvo como ‘valor añadido’ el reencuentro entre la ciudad y ‘La Regenta’, cuando se cumplió el centenario de la publicación de la que es acaso la mejor novela escrita en castellano del siglo XIX. Fue un reencuentro del que habrá que ocuparse en algún momento con el rigor que el caso merece. Pero, en todo caso, se puede asegurar que no se trató de algo baladí, sino que marcó mucho la vida cultural de aquella década en nuestra heroica ciudad.
De un lado, el desenfado y el descaro de ‘la movida’. De otra parte, la búsqueda del significado de una novela que, teniendo a Oviedo como escenario, plasma la geografía moral de la España de la primera Restauración borbónica y que, al decir de Juan Antonio Cabezas, se puede considerar nada menos que «la Biblia del aburrimiento provinciano».
Cajastur hizo una edición conmemorativa de ‘La Regenta’ en la que se reproducía la portada de la primera edición, y que podía verse en los escaparates de las principales librerías de Oviedo. Por otro lado, hubo un número extraordinario de la revista ‘Cuadernos del Norte’ dedicado a ‘La Regenta’.
Y, conviviendo con la novela y los reveladores artículos de la revista mencionada, estaba aquella música ochentera con sus ecos en Oviedo, ecos que se focalizaban y localizaban en los pubs más atractivos del momento.
Y, en lo literario, había una conmemoración más: estábamos en el año en el que Orwell había escenificado la novela en la que se hacía un fidedigno y escalofriante retrato de un totalitarismo feroz. A resultas de ello, hubo una versión cinematográfica de ‘1984’, que en Oviedo se pudo ver en el cine Ayala.
1984, plena Movida madrileña y española. Y aquel Oviedo de la ‘movida’ que se despertaba cada noche en la parte antigua de la ciudad ampliaba su espacio, crecía el número de locales que celebraban y concelebraban centenarios de novela y años de desenfado, descaro y libertad.
En 1984, la Santa Sebe era el establecimiento más acorde con el espíritu de la movida. Daba vida a la calle Altamirano y, por allí, nos asomábamos por las noches. Por lo común, lo hacíamos sin prisa, y era muy grato encontrar allí los ecos musicales de aquellos años.
En la Santa Sebe, podíamos estar hablando en tertulias interminables acerca de lo humano y lo divino, y también era grato disfrutar de la música que allí se dejaba oír.
¿Cómo no recordar la noche en la que entramos allí por vez primera, pocos meses después de haberse inaugurado? ¿Cómo no tener presente aquel ambiente en el que, por encima de todo, se respiraba una libertad profunda que era un gozo percibir?
Libertad de expresión sin presiones de ningún tipo, sin temor alguno a lo políticamente correcto que vendría después. Libertad en los atuendos, libertad a la hora de decidir con quién hablar y de qué. La famosa libertad sin ira de principios de la Transición se convirtió allí en la libertad con música y con letra, con ritmo y con ímpetu.
No deja de ser curioso que en una misma calle hayan convivido bares tan tradicionales como el Lito y el Manolo con un pub como la Santa Sebe. En los primeros, el Oviedo de siempre. En el pub del que venimos hablando, la referencia de la ‘movida’ y, con el paso del tiempo, la adaptación bien llevada a los cambios consabidos. También hay que hacer mención a la cervecería Plaká, que en los años noventa completaría el elenco de la diversión en una calle tan pequeña, pero, a la vez, tan omnipresente en el corazón de Oviedo. Tan próxima a librerías de referencia como La Palma y Ojanguren.
Y es que la ‘movida’, además de la música que entonces pitaba, además del colorido en los atuendos, además de las ‘extravagancias’ más o menos planificadas, además de los memorables e irrepetibles bandos de Tierno Galván, era algo tan abierto que permitía combinar todo aquello con sesudas tertulias que se llevaban a cabo con revistas y libros en la mano.
Y, hablando de libros, los dos tomos de ‘La Regenta’ de la edición facsimilar ya citada, empapados del ambiente de la Santa Sebe, con el humo del tabaco, empapados de aquel ambiente, acariciados de continuo en la conversación.
Aún no se hablaba de posmodernidad. Pero lo cierto es que aquello no desdecía en absoluto. La novela que, además de otras cosas, tanto había innovado y tan rompedora había resultado en su momento, llevada al corazón de la ‘movida’ de Oviedo.
Sonrisas cómplices, sin lágrimas, movimientos al compás de los acordes musicales, temperaturas llevaderas en el exterior, pedazos de luna como gajos de limón cuyo apoyo no veíamos ni vislumbrábamos.
A aquella libertad había que asirla por la cintura, abrazarla, celebrarla. A aquellas noches sin reloj había que ponerles música. A aquellos ritmos había que acompañarlos de movimientos de baile, acaso no muy acompasados, pero desbordantes.
El magistral con su catalejo. Ana Ozores, con quiebros y requiebros en sus movimientos y en su voz. ‘Clarín’ sobre su manuscrito. Sobre tales escenarios y pasajes leídos y releídos, la música de los ochenta, la letra del desenfado. El hielo derretido en las copas, el humo de los cigarrillos bailando por encima de nosotros y a nuestro lado.
A veces, hasta las farolas ardían de entusiasmo. A veces, los libros del momento que se exhibían en los escaparates se sumaban a la fiesta.
Y al baile.

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