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Rector Alas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-02-2017 | 08:39| 0

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“La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.” (Milan Kundera).

Hubo que esperar 75 años tras su muerte para que el Rector Alas fuese nombrado hijo predilecto de Oviedo. Hubo que esperar 80 años tras su asesinato para que el último representante del llamado ‘grupo de Oviedo’ fuese homenajeado conjuntamente por la Universidad a la que perteneció y por el Ayuntamiento de esta ciudad. En esos mismos muros en los que se ejecutó la infamia que supuso su fusilamiento, se oyeron, por fin, clamores de libertad. En esos mismos muros en los que se cumplió la voluntad de los miembros de un consejo de guerra que pisoteó las formas y traicionó a la justicia, voces que clamaban y reclamaban la dignidad y la memoria se hicieron oír, incluso para quienes no pudimos estar presentes y, sin embargo, nos sentíamos parte de aquel ceremonial, y quisimos ser coro, desgañitándonos, sin necesidad de estridencias.

¿Cómo no emocionarse al recordar la trayectoria del rector Alas? Su vida fue el estudio, su vida fue el aula, dentro de los mismos muros en los que enseñó su padre, en los que enseñó un intelectual que, desde Oviedo, fue el faro no sólo de Asturias, sino también de la España de su tiempo.

¿Cómo no estremecerse al recordar el drama que tuvo que suponer para el rector Alas ver los destrozos sufridos por la Universidad en 1934, por aquella misma Universidad que había salido de sus muros en el loable empeño de transmitir el saber fuera del ámbito universitario? ¡Qué tremenda y cruel paradoja recordar la emoción con la que su padre había escrito y descrito la avidez de aquellos obreros por saber, convencidos de que el conocimiento los emancipaba y los haría libres!

Rector Alas, un servidor de la Universidad y, con ello, de su país, un ciudadano comprometido con la República, un heredero y a la vez representante de la mejor Asturias y de la mejor España.

Rector Alas, víctima no sólo de su rectitud y coherencia, sino también del odio a Clarín por parte de aquellos que nunca le perdonaron al autor de ‘La Regenta’ su retrato de una ciudad anquilosada y casposa, su demoledora crítica al caciquismo de aquella primera Restauración borbónica que imperaba en la Asturias de aquel tiempo. (De éste, mejor no hablar ahora).

Rector Alas, el abrigo, la estilográfica y su último suspiro antes de ser acribillado a balazos dando vivas a la libertad.

Rector Alas, fusilándolo, también mataron a Clarín, esto es, a la inteligencia, a la altura de miras, a la ironía, al saber. Pero no sólo a Clarín, también al mejor Oviedo, a la mejor Asturias, a la mejor España.

Toda la razón del mundo asistió al Rector de la Universidad de Oviedo cuando hablaba de notables –e inexplicables– ausencias en el acto del pasado lunes. Toda la razón poética se encuentra en el contenido del artículo que publicó el nieto del rector Alas en EL COMERCIO.

¿Dónde estaba la Asturias oficial, o parte importante de ella el pasado 20 de febrero?

¿Hasta cuándo y hasta dónde piensa esperar esa misma Asturias oficial para colocar en la actual sede del Parlamento llariego una placa con los nombres de las personas que fueron víctimas de Consejos de Guerra infames en ese mismo edificio, tal y como planteó Leopoldo Tolivar en este mismo periódico? ¿Qué les impide hacerlo, don Javier?

Rector Alas. Le dieron muerte tras un consejo de guerra. El crimen fue también en Oviedo. Y a ese execrable y ruin crimen le dieron liturgia en el mencionado consejo de guerra. No fue obra de unos incontrolados. Piensen, pensemos en esto último. Y aquí no hay venganza ni resentimiento, hay memoria, la ciega abeja de amargura de la que habló el poeta.

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Viga Azul: Anticipos primaverales
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Luis Arias Argüelles-Meres | 20-02-2017 | 17:57| 0

Un domingo que fue un anticipo primaveral de esos que, de vez en cuando, nos regala el mes de febrero. Un domingo que, futbolísticamente hablando, se presentaba difícil no solo por la calidad del equipo visitante, que la tiene y así lo demostró ayer, sino también porque, en lo que va de temporada, apenas hubo triunfos claros ni tampoco fáciles.

Con todo, lo cierto fue que el Oviedo salió concentrado y concienciado, de modo y manera que el gol de Toché, precedido de una gran jugada de Susaeta, hizo que el Tartiere fuese un clamor y que la afición manifestase su entusiasmo. Por fortuna, tras el gol, al Oviedo no le quemaba el balón en los pies, y no cundió ese nerviosismo tan nocivo al que desdichadamente estamos acostumbrados.

El equipo, a pesar de ir por delante en el marcador, no se vino abajo ni se echó atrás. Fue una meritoria primera parte la que hizo el once carbayón.

Sin embargo, tan pronto dio comienzo la segunda parte, el Getafe consiguió empatar y se nos antojaba difícil ganar el partido porque el equipo visitante se defendía muy bien y tampoco renunciaba al ataque. Sin embargo, el Oviedo empujó y la garra y la lucha acompañaron al equipo hasta el final. Y, en fin, llegó el gol de Erice que se encontró con un balón al que le dio a romper y consiguió marcar el tanto de la victoria. Al jugador navarro hay que reconocerle que no escatima esfuerzos y que su compromiso en el campo es total.

Tras ponernos dos a uno, el Tartiere fue una fiesta. No perdamos nunca de vista que el oviedismo lleva dentro una épica que desea salir rugiendo tan pronto entremos en una racha de victorias que nos consolide.

Por otra parte, hubo una serie de detalles que deben ser consignados. Susaeta, por ejemplo, no solo fue decisivo en el primer gol del Oviedo, sino que además protagonizó una jugada a pocos minutos del final que puso al público en pie, tras hacer un regate magistral cerca del banderín de córner. Por su lado, Berjón sigue demostrando que es un gran jugador. Sin embargo, parece estar lejos de un estado de forma óptimo. Y Diegui recibe el apoyo y cariño del público en cada jugada que le sale bien. Casi podría decirse que está siendo el talismán de esta buena racha que esperemos que se prolongue.

En otro orden de cosas, hoy Borja Domínguez no hizo ese partidazo que lo consolide como el cerebro del equipo. Tiempo habrá.

Anticipos primaverales entre un equipo y una afición que, por fin, parecen gustarse y motivarse.

Pues eso; que dure.

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Recuerdos de Oviedo: Por el Paseo de los Álamos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-02-2017 | 20:33| 0

«Una oscura prisa, / un contagio de ala/ nos alumbra una ausencia desmedidamente nuestra. / Comprendemos entonces/ que hay sitios sin luz, ni oscuridad, ni meditaciones, / espacios libres/ donde podríamos no estar ausentes». (Roberto Juarroz).

PABLO LORENZANAJ

unio de 1974, vísperas de San Juan, vísperas de trasladarnos a Lanio a pasar el verano. Una mañana de aquellas en las que se saborea la delicia del arranque de las vacaciones. Una mañana sin prisa y, por lo que creo recordar, calurosa. Una mañana que prometía un resto de jornada grato.

Estábamos en el paseo de los Álamos. Nos sentamos en un banco frente a un puesto de helados, que estaba muy cerca del semáforo desde el que se cruza a la calle Toreno.

Sendos helados de corte, de dos sabores, nata y fresa. De repente, el azul del cielo, a resultas del movimiento de unas nubes que decidieron desperezarse, perdió intensidad. De repente, una brisa tibia se puso en movimiento, anunciando lluvia. Aquello hizo que diésemos cuenta de los helados con rapidez. Pero, en aquella ocasión, la amenaza no se cumplió. Se diría que las nubes fueron barridas por la mencionada brisa que empujaba hacia el Este. No, no llovió en el paseo de los Álamos aquella mañana de junio del 74 .

La bendita parsimonia nos puso muy fácil fijarnos en cuanto teníamos alrededor, tanto en las gentes más pintorescas que por allí transitaban como también en el soberbio mosaico de Antonio Suárez, que da prestancia y originalidad al paseo de los Álamos y que es merecedor de un cuidado que en los últimos años no tuvo.

Pero volvamos a aquella mañana de junio de 1974, vísperas de tantas cosas, si bien es cierto que, a los 17 años, no era fácil hacer previsiones más allá de lo inmediato en los ámbitos que teníamos más de cerca. En efecto, nos daba la impresión de que el ritmo que se respiraba aquella mañana en el paseo de los Álamos era parsimonioso, incluso lánguido, como si las nubes que habían pasado minutos antes hubiesen dejado una impronta con su no sé qué de morosidad.

Quedaba –nos quedaba- un margen de tiempo considerable antes de tener que regresar cada cual a su casa a comer. Así pues, una vez consumidos los helados, decidimos sobre la marcha que nos hiciese una fotografía el señor que se dedicaba a tales menesteres en el Campo de San Francisco.

Posamos para la ocasión, aquello nos resultaba divertido. Desde luego, muy lejos estábamos de saber lo que, andando el tiempo, darían de sí las tecnologías tan punteras del momento actual, pero, aun así, aquello se nos antojaba antiguo, como de otro tiempo.

Por extraño que parezca, la puesta en escena para la foto también se demoró entre las indicaciones del fotógrafo y nuestras bromas.

El momento de recogerla fue todo un acontecimiento. Foto en blanco y negro, por supuesto, y de tamaño muy reducido. Confieso que, al recordar este episodio, lamento que se haya extraviado.

Aquella mañana de 1974 fue, inesperadamente, una despedida del curso inolvidable y que, además, marcaría un antes y un después en semejantes adioses.

Adiós a un curso académico, adiós a una edad de la que, años más tarde, conocería su música y letra en la voz de Rosa León.

Tengo para mí que buena parte de las gentes que viven en Oviedo, a la hora de hacer recuento de sus idas y venidas por la ciudad a lo largo del tiempo, se encuentran con el paseo de los Álamos como escenario de alguna anécdota inolvidable, como escenario de algunos recuerdos que sus antepasados les transmitieron en más de una ocasión.

Y, volviendo a aquella mañana de junio del 74, cuando desconocía el recorrido que por allí habían hecho Azorín, Pérez de Ayala y Melquíades Álvarez a principios del siglo XX, cuando ignoraba el origen de ese espacio y su puesta de largo, cuando no me habían contado aún que hubo un momento en el que había sillas por cuyo uso y disfrute había que pagar y que, por eso, llamaban El Evangelio al señor que tenía como misión recaudar su utilización, pues, tan pronto lo veían se ponían en pie para no pagar, siempre tendré presente el recuerdo de aquella foto en blanco y negro sin apenas brillo, en la que comparecíamos sonrientes y contentos, y no era risa para la ocasión del posado, sino alegría y divertimento.

Un curso académico había quedado atrás. Toda una vida teníamos por delante. Y, sin embargo, fue aquel un día, más que de paso, de parada, de alto en el camino, con helados de corte y una foto que nos llevaba a un pasado imperfecto con su no sé qué de entrañable.

Antes de irnos, una amiga nuestra se detuvo a saludarnos, alguien que también despedía el curso académico a la espera de un largo y prometedor verano. Llevaba una carpeta a la que abrazaba, como quien se despide de algo que nos vino acompañando día tras día. La carpeta también tomaría vacaciones, pero no le tocaba veranear.

Por la tarde, llovió en Oviedo y nos pusimos a techo paseando por los andenes de la vieja Estación del Vasco, verso a verso, beso a beso, canción a canción.

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Oviedo, libro abierto
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-02-2017 | 23:41| 0

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“Era la noche. La ciudad dormía; / y de una misteriosa lira ignota/ un hilo blanco de melancolía/ suavemente caía gota a gota”. (José Vela).

 

Leo en EL COMERCIO que acaba de publicarse un libro en el que 31 escritoras y escritores plasman sus vivencias más literarias en nuestra heroica capital. El libro en cuestión surge a resultas de un proyecto de la Asociación de Escritores de Asturias, lo edita Trea y cuenta con el respaldo de la Concejalía de Cultura de Oviedo.

Oviedo, ciudad literaria, Oviedo, capital muy novelada, marcada por una larga serie de títulos que quisieron continuar por la senda regentiana, con desigual éxito estético. Pero, sea como sea, resulta innegable el enorme atractivo literario que tiene esta ciudad, tal y como se pone de manifiesto en la larga serie de obras narrativas que tienen Oviedo como escenario.

Pero es que hay más, no sólo se desarrolla en Oviedo la trama de la que es acaso la mejor novela en castellano del siglo XIX, sino que además hay poemas memorables inspirados en nuestra capital. Pensemos en el que escribió Unamuno y que tiene por título “Oviedo de Asturias”. Pensemos también en el poema que Pérez de Ayala le dedicó a Azorín cuando el escritor alicantino visitó nuestra ciudad a principios del siglo XX. Pensemos en determinados poemas de José Vela (hermano de Fernando) donde la torre de la Catedral, la lluvia y la vida vetustense tienen una acogida melancólica y lograda poéticamente. Pensemos en el poema que Aurora de Albornoz le dedicó a Ana Ozores, la heroína clariniana. Pensemos, en fin, en el poema que escribió Ángel González dirigiéndose a la capital de provincia que marcó gran parte de su vida.

Oviedo, sin duda, sirvió de inspiración para grandes novelas, no sólo “La Regenta”, sino también las de Pérez de Ayala cuya trama sitúa en Pilares, especialmente, su inmortalización de la Plaza del Fontán, especialmente, el arranque regentiano de “La Pata de la raposa”, cuya prosa es una auténtica cumbre.

Con todo, es muy positivo que se sigan incorporando nuevos textos al enorme bagaje literario de nuestra ciudad. En este caso, visiones escritas ya en el siglo XXI, que, en muchos casos, tendrán sus referentes anteriores, sin que ello impida incorporar vivencias y estilos propios.

Oviedo, pues, sigue siendo una fuente de inspiración literaria. Oviedo, pues, no es sólo política, no es sólo recordatorio de otros tiempos en lo histórico y en lo literario. Oviedo es también una ciudad que tiene a día de hoy quien le escriba, entre ellos, un vecino de estas páginas, Manolo Abad..

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Universalismo astur
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-02-2017 | 14:48| 0

Resultado de imagen de santa maría del naranco, moneda de dos euros

Cuando el hombre de Oviedo sintió viva y punzante su ansia de inmortalidad, se fue a la montaña, le dio una gran puñalada en un flanco y sacó de sus entrañas bloques de piedra; los bajó al poblado, y, con ellos, delicados artífices, llenos de fe, expresaron sus ansias inmortales en la filigrana magnífica de la Catedral”. (Valentín Andrés Álvarez).

 

Leí recientemente en EL COMERCIO que el Banco de España pondrá en circulación nada menos que cuatro millones de monedas de dos euros  en cuyo anverso figurará la imagen de Santa María del Naranco, esto es, una de las joyas de nuestro Prerrománico, de una producción artística que da cuenta de una de las ocasiones más preclaras en las que nuestra tierra incurrió en universalismo. La noticia es magnífica, contrarresta tanto ruido y tanta furia de la vida pública actual y pone ante nuestros ojos una de nuestra creaciones más singulares, una de “las glorias comunes” de las que hablaba Renan y que configuran, frente a los remordimientos, lo que vino atesorando todo un pueblo, en este caso, el nuestro.

 

Tengo para mí que, si hubiese que elegir dos manifestaciones estéticas de las veces que hemos incurrido en puro universalismo, habría que quedarse con el Prerrománico y con “La Regenta”. En el primer caso, un arte, al mismo tiempo, genuinamente nuestro y también puro universalismo donde tomaron forma las tendencias estéticas de aquel momento.

En el segundo caso, Oviedo no sólo fue el modelo de ciudad en el que se inspiró Clarín, sino que además supo incorporar en su novela las técnicas narrativas más punteras y universales de aquel periodo literario.

Pero, centrándonos en la noticia que aquí nos trae, no solamente estamos hablando de un orgullo común, ovetense y asturiano, sino también de algo que ejerce un enorme poder balsámico para este tiempo de tantas miserias y sordideces que nos toca soportar.

Toda una joya del Prerrománico, en este caso,  ubicada en Oviedo, circulará llevada y traída por las monedas de dos euros, se mostrará al mundo mediante un soporte tan movible y móvil como el dinero.

Habrá quienes, en el momento mismo de ver la imagen de nuestro monumento, la rescaten en su memoria a tamaño natural. Habrá quienes la busquen en diversos formatos para verla mejor. Habrá quienes se sientan atraídos a visitarla. Habrá quienes se hagan muchas preguntas sobre la tierra y los habitantes que llevaron a cabo tal proeza artística, con una singularidad asombrosa.

Santa María del Naranco, su sobriedad, su prestancia, sus cabos sueltos, su historia, su intrahistoria. Santa María del Naranco, arte de primer orden justamente en el pulmón de la ciudad. Santa María del Naranco, viajando en las monedas. Transitividad en estado puro.

Transitividad y alivio, porque esta vez la política, su estridencia y sus sombras, tienen que hacerse a un lado, pues lo que pide paso, en la noticia que estamos glosando, lo acalla casi todo, hasta lo encallado.

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Recuerdos de Oviedo: Una historia septembrina en la fábrica de gas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-02-2017 | 00:25| 0

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«Allí donde la vida levanta muros, la inteligencia abre una salida». (Marcel Proust).

 

Principiaba septiembre. Primera hora de la tarde. Recuerdo el tono agridulce de la luz de aquella jornada, tono que anticipaba el otoño. Cielo despejado y sin brisa, pura parálisis. Se diría que al verano se resistía a irse, pero, al mismo tiempo, la seronda, con la elegancia que la define, anunciaba, sin estridencia alguna, que su turno estaba llegando.

Bajé caminando desde Toreno hasta la fábrica de gas, sin prisa. El asunto que me llevaba era de poco peso, se trataba de un viejo contador de luz al que tenía que dar de alta.

Pocos coches circulando, apenas había peatones transitando por las calles. El mayor bullicio estaba en bares y restaurantes.  A la altura en que la calle Jovellanos se comunica con la plaza Feijoo, me di cuenta de que aún faltaban veinte minutos para las cuatro. Decidí, pues, tomar un café sosegado en el bar Cundo, que en aquel momento tenía muchos parroquianos, más en las mesas que en la barra. Fue todo un revival aquella parada que me instaló en los irrepetibles tiempos en la antigua Facultad de Filología. Y llamó mi atención que en aquel momento, entre la clientela del bar, había algún docente. Una vez más, sin necesidad de decirlo, el mero encuentro expresaba el archiconocido “decíamos ayer”.

Pedí que le echasen una piedra de hielo al vaso de agua con el que siempre acompaño los cafés. Me agradó la parsimonia con la que saboreé mi consumición.

Salí del bar Cundo a las cuatro en punto. Y, en aquella tarde que no anunciaba sobresaltos, ni externos ni tampoco internos, debo decir que, tan pronto entré en la fábrica de gas, compareció -¿cómo contarlo?- la magia. Y es que la voluntad de estilo que la preside, tanto en su fachada como en su interior, es asombrosamente poderosa.

Lo primero que acudió a mi mente tan pronto me adentré en el interior de la Fábrica para preguntar dónde debería entregar el contador de luz para que lo activasen fue la imagen de la Central de la Malva en Somiedo, con sus piedras rojizas, con su entorno tan genuino.

A decir verdad, como la Central de la Malva fue construida como generadora de electricidad, la mencionada asociación de imágenes que hice tenía mucha lógica, la de un tiempo en el que determinadas infraestructuras industriales contaban con una voluntad de estilo que era todo un imperativo estético. Hablamos de un tiempo en que lo funcional, estéticamente hablando, no había llegado. Hablamos de un tiempo en el que determinadas industrias que comenzaban su andadura lo hacían dejando una impronta importante en lo que a su puesta en escena se refiere. La luz eléctrica que se producía con el imprescindible concurso de las aguas de los Ríos Somiedo y Pigüeña construía unos asentamientos en los que la prestancia no era, ni mucho menos, algo secundario.

Pero volvamos a la Fábrica de Gas. Entrar allí me provocó la sensación de adentrarme en un museo, aquel local enorme era en sí mismo una joya estética. Y no voy a negar que me sentí un tanto ridículo. ¿Qué rayos hacía yo allí con un contador gris sin el más mínimo valor artístico? Era como llevar un cuadro de mueblería al Museo del Prado, o así.

Un viejo contador en una bolsa de plástico. Aquello era como llevar a una cena muy especial una botella del vino peleón más infecto. Y encima la bolsita de marras, blanca y nada radiante. El contador y yo no éramos dignos de aquello ni podíamos serlo.

Fue el hecho que, al terminar la gestión, me detuve en la puerta exterior de la Fábrica a fumar un pitillo, con la extraña sensación de haber visitado un museo cuyas obra de arte eran sus paredes, toda su construcción.

Frente a mí, un trozo de la muralla. Si levantaba la vista, también estaba al alcance de mis ojos la fachada posterior de la Facultad de Filología (todavía estábamos a principios de los ochenta).

Por un momento, dejando volar la imaginación, me hice la siguiente composición de lugar: haber tenido como tareas en alguna asignatura a lo largo de la carrera escribir un poema o un relato que tuviese como escenario la vieja fábrica de gas, situándola también en el tiempo en el que fue construida, en sus años de vino y rosas, en sus años de estreno. ¿Qué hubiera salido de aquello? ¿Algo salvable, algo que podía perdurar, algo que podría haber llegado a figurar en una placa a la entrada de la Fábrica? ¡Ay!

Encendí otro pitillo mientras pensaba en las tareas que acababa de imaginarme. Textos realistas, reivindicativos de aquel tiempo, de las condiciones de vida de los trabajadores de entonces; textos, por otro lado, resultantes de la impresión que causa tan imponente belleza. Al final, puestas en común. Al final, cribas. Al final, discusiones bizantinas.

De repente, me olvidé por completo de la Facultad. De repente, aquello se poblaba de gentes del tiempo en el que la Fábrica se puso en pie. Y me sentí, más que un extraño, un intruso.

Al dar el primer paso para abandonar el exterior de la Fábrica, pasó por allí una hermosa mujer: ojos verdes con su no sé qué de melancolía, tez muy pálida sin el bronceado de verano que la situaba en otro tiempo. Caminaba con elegancia. No me supuso esfuerzo alguno situarla en otro tiempo, en el del estreno de la fábrica.

Ella y la Fábrica, la Fábrica y ella. El museo y la musa. La musa y el museo.

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Viga azul: Invernada en el Carlos Tartiere
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-02-2017 | 19:07| 0

Granizadas que fueron seguidas de cielos despejados en los que el sol bañaba la portería que está de espaldas al Naranco. Día de invernada para un partido en el que, tras el ridículo hecho en Almería, había interés por ver jugar a alguna de las últimas incorporaciones, para un partido en el que el Oviedo consiguió un triunfo que evita que el entrenador sea aún más cuestionado, si bien no se puede decir que el juego carbayón haya brillado mucho.

Un golazo de chilena de Toché, el apoyo a Diegui desde las gradas en todo momento, a un Diegui que, además de cumplir, empujó lo suyo desde la banda. Y, para no hacer mudanza en lo que viene siendo costumbre, el Oviedo, tras el primer gol, se replegó. Parece que estamos condenados a tener que sufrir cuando el resultado se pone favorable. ¡Cuánto se echa de menos disfrutar de un equipo que sabe administrar la ventaja, mostrándose seguro de sí mismo y dueño del partido! Se diría que ir por delante en el marcador nos agarrota. Y eso es un problema al que hasta el momento no se le dio solución.

Ciertamente, un domingo más, a los jugadores azules se les debe reconocer que no les falta lucha ni esfuerzo. Sin embargo, con ser todo ello imprescindible, dista mucho de resultar suficiente. Sin duda, ningún sistema de juego es perfecto, pero me parece innegable que la tarea del cuerpo técnico consiste, entre otras cosas, en buscar aquel que más se acomoda a las características del equipo, sin olvidar tampoco estar pendientes del esquema del rival. Y eso es lo que falla desde principio de temporada, tanto en casa como a domicilio, sobre todo, como visitantes. Y, si vamos a ser claros, la derrota en Almería, pudo servir de cortina de humo el asunto de los fichajes invernales, porque ya llegó el momento de dar el puñetazo sobre la mesa y conjurarse para poner fin, no ya a sufrir derrotas lejos del Tartiere, sino a ofrecer la triste imagen de un once a la deriva y sin criterio.

Por otra parte, el debut de David Costas fue más que prometedor, pues no solo se le vio seguro y atento, sino que además marcó el gol que, al final, nos dio la victoria. Lo primero de todo es que se le ve con ganas de triunfar y también se puso de manifiesto a lo largo de todo el partido su compromiso con el Oviedo.

Sería fantástico que, aprovechando la subida de ánimo de una nueva victoria, la semana que tenemos delante sirviese para marcar un punto de inflexión con respecto a los encuentros que nos toca disputar fuera del Tartiere.

De verdad, ya es hora.

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Recuerdos de Oviedo: Javier y otras glorias azules
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-02-2017 | 17:18| 0

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«Escribimos para saborear la vida dos veces: en el momento y en retrospectiva». (Anaïs Nin).

:: ‘EL REAL OVIEDO Y SU HISTORIA’ Y ASOCIACIÓN DE VETERANOSHablo de Javier Álvarez Alonso, conocido futbolísticamente como Javier, que debutó en el Oviedo en 1968. Su carrera deportiva concluyó en la temporada 80-81, en el Linares. El resto de su trayectoria estuvo vinculada al equipo azul. Desde su puesta de largo en el Oviedo hasta la temporada 72-73, jugó en segunda división. Vistió la camiseta azul tres años en primera. Le tocaría el descenso humillante a segunda B en 1978. Y, antes de abandonar el club, jugó dos años más en el conjunto carbayón en segunda.

Regateaba con una pulcritud asombrosa, pasaba el balón desde la banda con oficio; en los lanzamientos de faltas y en los saques de esquina daba muestras de una clase indiscutible. Se diría que en sus botas el balón disfrutaba. Sin embargo, había un sector del público que le reprochaba su aparente frialdad, frialdad que, según creo recordar, algunos confundían, si no con desgana, sí, al menos, con apatía. ¡Qué poco le faltó para ser considerado un auténtico maestro del balompié en el Tartiere! Ese honor recayó, con toda justicia, sobre Prieto, otra melancolía azul de la que escribiré pronto.

Pero, hablando de magisterios futbolísticos, el centrocampista Gento III, hermano pequeño de la estrella del Madrid, no solo aportó mucho al Oviedo en los años que jugó, sino que, ante todo y sobre todo, cumplió la labor de habilitar a dos jóvenes jugadores, Javier y Uría, como extremos. El cántabro, que se incorporó al Oviedo la misma temporada en la que debutó Javier, era lo que entonces se llamaba un interior con clase, tanta que sus pases habilitaban el juego por las bandas de los dos futbolistas a los que acabamos de hacer mención.

Javier, un futbolista contradictorio, en tanto era un extremo que no atesoraba como cualidad principal la velocidad. Javier, un jugador muy discutido por una afición que le exigía mucho y que no se privaba de abuchearle al menor fallo. No solo sufrió el maleficio de ser un canterano al que se le perdonaba mucho menos que a otros, sino que a eso hay que añadir esa apariencia, a la que me referí antes, abúlica, indolente.

¿Cómo olvidar aquel episodio en el que el entrenador Ruiz Sosa acabó arrojándole el reloj a los pies a resultas de que Javier le preguntaba continuamente los minutos que iban jugados?

¿Cómo olvidar, asimismo, un partido decisivo en el que se malogró un ascenso a Primera, cuando Toni, el que había sido legendario defensa del Oviedo, entonces ejerciendo de entrenador, increpó a Javier cuando el extremo se disponía a sacar un fuera de banda, ordenándole que se colocara de inmediato para recibir el balón?

Javier, un jugador sin furia, sin estridencias, un virtuoso a la hora de regatear, un canterano que no fue precisamente muy mimado por la afición, por una afición que, andando el tiempo, le reconoció sus méritos, que los tenía, y no pocos. Calidad no le faltaba para haber alcanzado la internacionalidad. Pero la suerte no le sonrió en ese sentido.

El arriba firmante tenía 11 años cuando lo vio jugar por primera vez, y 24 en el momento en el que Javier dejó de ser jugador del Oviedo. Niñez, adolescencia y primera juventud. Todo en el antiguo Tartiere, en aquel estadio en el que, en tantos y tantos partidos, los puros y los paraguas eran casi apéndices de la mayoría de los espectadores.

¿Cómo olvidar aquellas melancólicas y lluviosas tardes de domingo a la salida del Carlos Tartiere, cuando el Oviedo no había ganado, y la semana por delante dibujaba un panorama agridulce? ¿Cómo olvidar aquellas tardes tras los partidos en el Tartiere en las que muchos aficionados iban camino de casa escuchando la radio, al tiempo que comentaban el encuentro recién finalizado? ¿Cómo olvidar un regate memorable de Javier en el que dejó sentado a un defensa, creo que de la Real Sociedad? Maestría sin decibelios y sin exhibicionismo, pero maestría al fin.

Antes del ascenso a Primera, con la sensación de estar en un pozo del que no salíamos para regresar a las glorias más recientes del Oviedo. En la llamada división de honor, sufriendo y disfrutando. En el regreso a segunda, sin perder nunca la esperanza de que las referidas glorias nos devolviesen al lugar que nos correspondía.

No recuerdo haber visto un solo gesto de euforia a Javier. Lo suyo era aparentemente la frialdad, que tal vez obedecía a la timidez o al pudor a la hora de exteriorizar emociones.

Lo de Javier era, en cierta medida, un monólogo con el balón, más allá de ruidos y furias. Lo escondía de los contrarios, lo poseía, lo lanzaba con mimo. Lo suyo tampoco eran cañonazos, pero la precisión se erigía en nota dominante.

Sufrimos con él, nos dolía su supuesta languidez. No nos resultaban indiferentes los pitidos que a veces le lanzaban. Vivíamos con entusiasmo aquellos lances en los que el respetable le hacía justicia aplaudiendo sus aciertos. Desde luego, era uno de los nuestros.

Un día de estos, hablando con José Antonio Fernández (Jose), amigo de la infancia, con quien comparto el oviedismo y otras muchas complicidades resultantes de pertenecer a la misma generación, recordamos a Javier, que, para nosotros, fue, además de otras muchas cosas, ese quiero y no puedo tan omnipresente en el equipo de nuestros amores, esa clase, esa elegancia, sin fango, sin marrullerías, sin trampas, sin grandonismos.

Jose y yo convenimos en que Javier y su etapa en el club de nuestros amores esperan una justicia poética que solo puede ser percibida y dispensada desde ese oviedismo tan glorioso y que tanto y tanto nos duele y emociona, ya desde la infancia.

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Tarjetas de zona azul
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Luis Arias Argüelles-Meres | 03-02-2017 | 03:21| 0

Un ciudadano pagando la tasa por estacionamiento.

“Por cada uno que empieza a llorar, en otra parte hay otro que cesa de hacerlo”.  (Samuel Beckett).

 

Otro revuelo más proveniente de los anteriores gobiernos municipales. Esta vez no se trata de tener que afrontar gastos derivados de megalomanías más o menos faraónicas, sino de las llamadas tarjetas de zona azul, que, por lo visto, eximían del pago y permitían la circulación por calles peatonales.

Pues bien, lo primero que nos planteamos en cuanto a este asunto es una perogrullada, porque, por razón de sus cargos y tareas, hay personas que es lógico que dispongan de las mencionadas tarjetas. Distinta cosa es que, siguiendo el hilo de lo manifestado por el edil de seguridad ciudadana, sea muy llamativo el número de las susodichas: en 2012 había más del doble que actualmente, que son 1301.

Es difícilmente criticable que el equipo de Gobierno estudie este asunto y que, llegado el caso, proceda a una criba, porque, en este caso, la cantidad es, como poco, llamativa. Y habrá que esperar, por tanto, a las explicaciones que se den conforme se vayan conociendo los datos.

Lo cierto es que, según se van conociendo las consecuencias de determinadas políticas del pasado más inmediato en Oviedo, nos encontramos con una oposición a la defensiva que, en lugar de asumir las responsabilidades por determinadas situaciones, lo que hace es incurrir en descalificaciones de brocha gorda, sin apenas entrar en análisis más o menos ponderados acerca de lo acontecido. Y, en esas descalificaciones, suelen estar acompañados por  corifeos en ámbitos mediáticos muy concretos. Con lo cual, una de las principales carencias en la política municipal ovetense es la ausencia de una oposición que enarbole un discurso basado en un proyecto de ciudad distinto al que sostiene el actual Equipo de Gobierno. Hablo, naturalmente, del PP, puesto que Ciudadanos no tiene pasado político en esta ciudad.

Pero volvamos al asunto que nos ocupa, dando por hecho que partimos de la base de que el edil de seguridad ciudadana no pudo inventarse datos inflando las cifras. Lo que toca no es sólo el cribado del que se viene hablando, sino además pedir las explicaciones pertinentes en el caso de que las mencionadas tarjetas se hayan concedido en determinados casos con excesiva laxitud, o, peor aún, sin motivos defendibles para ello.

Estamos sólo en el principio de un proceso que tiene toda las trazas de terminar en una situación en la que, una vez más, habrá que explicar lo inexplicable de la forma a la que nos tienen acostumbrados: arrojando balones fuera e incurriendo en esa brocha gorda a la que ya hice mención, y que es tan del gusto de quienes no están dispuestos nunca a reconocer que se cometieron errores.

Habrá que estar atentos. ¿Pero hasta cuándo, hasta dónde y hasta qué extremo?

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Recuerdos de Oviedo: Noche de nieve
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-01-2017 | 01:30| 0

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“Sobre la tierra fría la nieve silenciosa”. (Machado).

Fue en 1983. Arrancaba febrero, y, de repente, se puso a nevar con ganas, con voluntad de perdurar. Y tomo comenzó, si la memoria no me falla, un 6 de febrero que fue domingo, lo que invitaba a pensar que la semana estaría protagonizada por lo meteorológico. Y así fue.
Estábamos en los años ochenta, alocados, frenéticos y hasta oníricos. Pero, sobre todo, libres, si por tal se entiende que las libertades se respiraban y se sentían, no sólo desde dentro, sino también en la atmósfera que se respiraba, especialmente durante las noches. Atmósfera que tenía su música, con letras discontinuas, acaso aparentemente frívolas; en todo caso, alegres y confiadas.
Un domingo que empezó a nevar. En los días que vinieron a continuación, la silenciosa nieve no dejó de acompañarnos, hasta el fin de semana, en la que las noches ovetenses tuvieron la diversión añadida de la nieve sostenida por el hielo.
Hablando de aquel fin de semana, próximo a mi cumpleaños, no podría decir con exactitud si fue la noche del viernes o la del sábado, a la salida de una discoteca en la calle Asturias, cuando la fiesta estaba en la calle o continuaba allí. La diversión consistía en lanzamientos de nieve, nada contundentes, sin voluntad de hacer daño, puro juego, pura complicidad.
Todo el mundo estaba muy abrigado, con guantes, con calzado para la ocasión, “calienta-piernas” incluidos, que entonces estaban muy de moda.
Resultaba agradablemente paradójico haber dejado los decibelios de la discoteca y optar, para seguir la fiesta, por algo tan silencioso y suave como la nieve, a la que se le ponía como música, en la mayor parte de los casos, risotadas; también, saludos y comentarios un tanto ruidosos.
1983, vísperas del año con el que Orwell tituló su lúcida y amarga novela. Pero aquello no estaba presente en nuestro ánimo, sino las libertades y los afanes de juerga y diversión. ¡Cuánto color, cuántas luces, cuánto desenfado, cuánto descaro, cuánta ingenuidad!
El desencanto no se abría sitio. La vida pública, incluso para los más escépticos, no generaba indignación de continuo. Se veían cosas que no despertaban precisamente entusiasmo, pero ninguna alarma había saltado.
Lo cierto fue que aquella fiesta improvisada en la calle se prolongó lo suyo. No había prisa y el frío, que no era poco, no alcanzaba a agarrotarnos ni tampoco nos forzaba a marchar en busca del calor de casa. La juerga no entendía de premuras.
Nieve en las aceras, nieve sobre la superficie de los coches, nieve pisoteada por las ruedas de los coches en plena calle. Nieve, pues, en abundancia, que, como dije más arriba, servía también de acercamiento entre las gentes.
Allí estábamos contemplando el espectáculo, haciendo de espectadores, hasta que alguien nos lanzó un puñado de nieve, a modo de saludo, conminándonos, de esa guisa, a que formásemos parte activa del festín. Nos sumamos, pues, a la juerga, con lanzamientos suaves, procurando no resbalar en el momento mismo en el que cogíamos del suelo puñados de nieve.
Eran compañeras de Facultad, con quienes habíamos compartido aula en los primeros años de la carrera quienes nos habían jaleado para que participásemos en aquello.Aceptamos de muy buen grado la invitación.
No recuerdo bien a qué hora se terminó aquello. Pero debía ser muy tarde, pues la discoteca había cerrado ya sus puertas.
Desde el portal de casa en Toreno 5, se veía la nieve sobre el verde del Campo de San Francisco. Y tenían cierto atractivo estético, a la luz de la noche, las calvas que dejaban ver el verde, calvas resultantes de que alguien había arrancado nieve para lanzarla a quien fuese.
Verdor melancólico del invierno, con su no sé qué me magia cuando lo ilumina la luz de una farola. Nieve que se posaba sobre el verde como quien busca un descanso, como quien busca también una caída suave e indolora.
Nieve que, al ser apretada por nuestros puños enguantados, se deshacía, volviéndose agua escurridiza, más escurridiza aún que el agua en un cesto de la que habló Bergson. Magia electrizante, pureza de la nieve al volverse líquida.
Coches que rodaban con cadenas que arañaban el asfalto. Algún que otro lanzamiento de nieve antes de que el alba despuntase.
Aquella noche de viernes o de sábado, con la nieve como protagonista, fue un fin de fiesta inolvidable, de una fiesta que había durado nada menos que una semana. Una semana en la que las clases se habían suspendido, en la que el Aramo y el Naranco deslumbraban con su nívea y cegadora blancura. Una semana en la que la gente recordaba otras nevadas de antaño. Una semana que, vino a ser, tal y como la recuerdo, una especie de fiesta navideñas repetidas, pero, sobre todo, inesperadas.
Una semana en la que el turrón volvió a casa, en la que el frío no paralizó la alegría, en la que la música lo ambientó casi todo.
¿Semana blanca? No, mucho más que eso. Semana “ochentera” con nieve.
Todo un festín, todo un delirio.

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