El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: El Antiguo Tartiere: Glorias y agonías
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-11-2017 | 10:48| 0

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«Para que una conciencia pueda imaginar, es necesario que escape al mundo por su misma naturaleza En una palabra: que sea libre». Sartre.

Primero, en el 600, más tarde, en otro seat, en un 850. En esos coches viajé de niño en compañía de mi padre, desde la plaza del Carbayón hasta el antiguo Tartiere. Todavía era posible aparcar cerca del estadio sin necesidad de estar allí mucho antes de la hora de los partidos.
Muchas tardes grises y lluviosas, muchas agonías en los años en los que el Oviedo parecía condenado a no conseguir nunca el ascenso a Primera división. Pero también fueron frecuentes los momentos de gloria, que coincidían con goles que resolvían un partido, con clamores victoriosos.
Tengo escrito en más de una ocasión que al Oviedo le salvará siempre la gloria que lleva incorporada en sus entrañas. Esa dialéctica de agonías y glorias viene a coincidir con lo que en mi pueblo se dice de las vigas de castaño, donde conviven el ciernu y el ágamo. Hay una parte en esas vigas indestructible, que nunca se apolilla. Pues bien, algo de eso sucede con nuestro equipo, pues las glorias alcanzadas están y estarán siempre ahí, aportando una grandeza que nunca agonizará.
Aquella niñez en la que me sentaba con mi padre en la famosa Tribuna que había sido todo un logro arquitectónico. Aquella niñez en la que mi padre me contaba las pasadas glorias azules de la legendaria y gloriosa delantera eléctrica. Y semejantes relatos no quedaban en modo alguno empequeñecidos por malas rachas, por partidos muy mal jugados, por resultados agónicos, por derrotas.

Glorias y agonías, agonías y glorias. ¿Cómo no recordar a Prieto, con su extraordinaria calidad, malogrando a veces jugadas, acaso por excesivo individualismo, acaso por arrastrar lesiones? ¿Cómo no recordar a Achuri, un delantero vasco que vino del Burgos, intentando marcar goles que, al final, no llegaban? ¿Cómo no recordar la efectividad de un futbolista como de Diego, efectividad que se traducía en victorias, a veces, insisto, agónicas? ¿Cómo no recordar los últimos minutos de un partido en el que el Oviedo encajó un gol, estando de portero Madriles? Nunca olvidaré su melancolía, sobre el suelo del césped, paralizado sin coger el balón para que el juego se reanudase. ¿Cómo no recordar, hablando de porteros, lo mucho que admiré a Alarcia?
A veces, la grada de General, donde estaba el marcador simultáneo, ofrecía una imagen de montones y montones de paraguas. A veces, el aroma de los puros que se fumaban durante los encuentros se apropiaba de la atmósfera, convirtiendo aquello en una nebulosa que tenía su magia.
Antiguo Tartiere, glorias y agonías, también en la adolescencia, adolescencia en la que el Oviedo contaba con Javier y Uría como extremos, adolescencia en la que subíamos y bajábamos de categoría casi de temporada en temporada, tras un ascenso a primera en el que el guardameta Lombardía fue el principal baluarte. Adolescencia con las melancolías propias de la edad, a las que había que añadir las que generaba el juego del Oviedo.
Pasaron los años, hasta que llegó el ascenso a primera división tras aquella promoción contra el Mallorca. Las glorias fueron más frecuentes que las agonías. El Tartiere estaba lleno de gente en cada encuentro. Hubo grandes jugadores, canteranos y extranjeros, hasta que llegó el descenso a los infiernos de la tercera división, hasta que llegó el momento clave para saber quiénes eran oviedistas de verdad.
Lo cierto es que el nuevo Tartiere no fue, como esperábamos, el escenario para seguir disfrutando de un Oviedo consolidado en primera división. Lo cierto es que, años antes de la demolición del antiguo estadio, ya se especulaba con nuevos escenarios para el fútbol. Por ejemplo, en los terrenos contiguos a la Fábrica de Armas.
Lo cierto es que, ¡ay!, llegó el día de la demolición, espectáculo al que, desde luego, no quise asistir. Es más, ni siquiera me detuve a mirar en la prensa fotografías de aquel episodio en el que se ponía fin al escenario donde se habían plasmado las grandes glorias del Real Oviedo, desde su partido inaugural en 1932, cuando dos jugadores de la delantera eléctrica jugaron con la selección española frente a Yugoslavia: Gallart y Lángara. ¡Ahí es nada!
Previos a la demolición, con imágenes del entonces Alcalde, ataviado con un sombrero, señalando el solar donde se construiría en nuevo Tartiere, con polémicas, con confusionismo, pues nunca estará claro si aquello fue inevitable.
Antiguo Tartiere. No sólo los episodios de gloria que me habían contado, de jugadas prodigiosas de Herrerita, de la potencia chutando de Antón, del efecto de la rosca en los saque saques de esquina de Emilín, de la eficacia goleadora de Isidro Lángara.
Más allá de eso, estamos hablando de una zona en la que se fueron a vivir muchas personas que se habían trasladado a Oviedo desde el occidente de Asturias. Estamos hablando del privilegio que suponía tener un estadio de fútbol a pocos pasos del centro de la ciudad. Estamos hablando de una demolición que hizo chirriar al oviedismo de siempre.
Y más tarde llegaría el Calatrava, aquel afán de convertir Oviedo en un Camelot al gabiniano modo. Óxido, despilfarro, ruina, locales comerciales vacíos, porque los negocios no parecen asentarse en este emplazamiento.
Siempre nos quedarán las glorias, siempre nos quedará el viejo Tartiere, siempre lamentaremos aquella demolición, cuyas consecuencia no fueron buenas no sólo para el oviedismo, sino también para la ciudad.
El nombre de Herrerita sigue en el callejero cercano al Calatrava. La gloria frente a la ruina.
El ciernu frente al ágamo.

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¿Crisis en el tripartito?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-11-2017 | 15:01| 0

Seguro que el ‘gabinismo’ está encantado al tener noticia de que se está hablando en los medios de una especie de crisis en el gobierno municipal a resultas de las discrepancias surgidas en torno a la comisión de investigación sobre Aquagest.

Por lo que leo en EL COMERCIO, al grupo que encabeza Ana Taboada no le agrada que el PSOE apoye un nuevo aplazamiento antes de elevar a definitivas las conclusiones de la comisión de investigación sobre Aquagest.

Sin entrar en otras consideraciones, siendo cierto e innegable que Wenceslao López es alcalde de Oviedo gracias a la generosidad de Ana Tabaoada, lo que no puedo poner en duda es el interés del primer edil de Oviedo a la hora de perseguir la corrupción. Distinta cosa puede ser que considere que las conclusiones deben ser matizadas o acordadas, pues, como bien se sabe, en asuntos de esta índole, las formas pueden ser decisivas.

¿Crisis en el tripartito? Doy por hecho que las tres formaciones políticas que forman el equipo de Gobierno son conscientes de la satisfacción que esto produce en los entornos mediáticos y políticos que consideran negativo todo lo que tenga que ver con este gobierno municipal que se formó –conviene recordarlo una vez más– en contra de lo esperado y al margen de los círculos de poder de los dos grandes partidos, pues la FSA, como consecuencia de lo sucedido en Gijón, prefería que el gabinismo siguiese gobernando Oviedo antes de darle la Alcaldía a la formación política que le había negado el apoyo en la ciudad de Jovellanos.

Desde luego, se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con la postura de Wenceslao López acerca del asunto que nos ocupa. Dicho esto, no me parece acertado ni justo considerar que le falta voluntad política contra la corrupción, entre otras cosas, porque estamos hablando de un político que no es precisamente el paradigma de lo que se puede considerar ‘un hombre de partido’. Y, en su larga trayectoria, no se pueden encontrar actuaciones o posturas tibias con respecto a casos de corrupción.

Sin duda, el llamado caso Aquagest está marcando la legislatura. Ahora bien, a la hora de poner sobre la mesa las conclusiones extraídas de la comisión de investigación sobre el asunto, no son de recibo los apremios ni las prisas excesivas.

Y no me parece justo poner de manifiesto en público que al alcalde de Oviedo le falta voluntad política para que las cosas se aclaren y se pongan sobre la mesa, al tiempo que no hay que olvidar que no procede que nos pierda un afán de protagonismo excesivo.

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Recuerdos de Oviedo: Calle del Rosal
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-11-2017 | 13:30| 0

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“Ciudad de sucias tejas soleadas: / casi eres realidad, apenas nido/ sólo un rumor, un humo desprendido, / de las praderas verdes y asombradas”. (Ángel González).

Una mañana lluviosa de febrero, una calle con muchos bares y una sala de juegos. Estamos en 1972, cuando el arriba firmante acababa de cumplir 15 años. Los bares eran en su mayoría para gente mayor. La sala de juegos, de la que ya me ocupé en esta misma página era “Las Mil Millas”. Hablo, claro está, de la calle del Rosal, que está entre las más antiguas de Oviedo.
En aquella época, la adolescencia y juventud deambulábamos, sobre todo, por san Bernabé. Y la calle del Rosal sólo era joven y adolescente en la sala de juegos referida, sobre todo, en horario escolar. Y, por supuesto, nadie se imaginaba que, con el transcurrir de los años, esta vía pública tan céntrica acabaría por ser el principal punto de encuentro de la adolescencia vetustense desde los años 80 en adelante. Ítem más: podría decirse que la calle del Rosal fue el escenario inmediatamente anterior al llamado “botellón”, fenómeno sociológico del que tanto se habla, a menudo con demasiadas anteojeras. Pero sigamos con nuestra historia.
Regreso a aquella mañana de febrero de 1972 con los 15 años recién cumplidos. Era la hora del recreo y llovía. En la hora anterior, habíamos tenido una clase de historia. Y, en esa edad, cualquier tiempo pasado era remoto, más aún el que figuraba en los libros de texto. Nuestro mundo no sólo era muy otro, sino que además a nadie se le ocurría buscar comparaciones y conexiones con aquellas realidades tan lejanas en las que acontecían cosas tan ajenas. Lo que en verdad contaba era el presente, y aquello que se nos explicaba sólo formaba parte de nuestro día a día por el mero hecho de que había que aprendérselo para superar un examen.
La realidad, a la hora del recreo, eran el pitillo, el refresco, la partida en las Mil Millas y la chuchería de turno. Lo eran también las conversaciones que teníamos sobre la marcha del Oviedo en aquel campeonato, sobre los exámenes, sobre las anécdotas que ocurrían en clase, sobre determinados programas de televisión y sobre la música que más nos gustaba. Pero la realidad estaba, sobre todo, interiormente en lo que concernía a flirteos, a enamoramientos, al mundo onírico que se abría paso, con sus delirios y dramas, en aquellas cabezas adolescentes.
¿Y la calle? ¿Y la calle del Rosal? ¿Y aquellas mañanas del invierno del 72? Como dije, llovía, y, a pesar de todo, era un alivio estar en la calle en pleno día. Un tiempo, el del recreo, con costumbres, pero sin normas. Un tiempo, el del recreo, con conversaciones y guiños, y, sobre todo, con sueños que rara vez se contaban y, de hacerlo, siempre había divagaciones que preservaban lo más íntimo, como si aquello fuese un tesoro, el tesoro de la adolescencia, con sus dudas e inseguridades, con una prudencia que se plasmaba en balbuceos, insinuaciones o meros apuntes de algo en lo que nunca se entraba a fondo.
El temor no estaba en equivocarse, sino en incurrir en el ridículo si se desvelaban enamoramientos y sueños. Había cosas que era mejor no contar, porque las respuestas podían ser crueles en el sentido de que se diría que la chica de turno no estaría por la labor de hacernos el más mínimo caso. Y, cuanto más temida fuese la respuesta, más se ocultaba aquellos sentimientos que se atesoraban tan en secreto.
Calle del Rosal, febrero de 1972. Primeros afeitados, estética de pantalones acampanados, tendencia entre los adolescentes y jóvenes al pelo largo, que, en muchos casos, constituía todo un choque generacional. Pequeñas ventanas abiertas, más bien rendijas, a una especie de “globalización” en lo que a la música se refería, que, salvo excepciones, no se escuchaba en la radio, música que era también una estética, cuyas letras no sabíamos traducir bien, pero sí sus acordes, que, por el mero hecho de ser movidos y algo estridentes, ya los considerábamos contestatarios y rebeldes.
Teníamos como punto de referencia a la generación de nuestros hermanos mayores, es decir, a los sesentayochistas, que, de vez en cuando, tenían la generosidad de hablarnos de música y de cine, pero, sobre todo, de política. Tan tiernos e imberbes éramos que nos tomábamos muy en serio sus consignas, sus decires.
Calle del Rosal, febrero de 1972. A la una y media de la tarde, cuando se terminaban las clases, a veces, nos desviábamos del camino de regreso a casa sólo unos pocos metros para echar la última partida del día en la sala de juegos. El retraso era tan pequeño que no obligaba a dar explicaciones, pues no nos impedía la puntualidad para la hora de la comida.
Seguía lloviendo, incluso con mayor fuerza que al recreo. Las aceras tomadas por los paraguas. Los semáforos tardaban en abrirse para peatones y conductores. Y la calle del Rosal recobraba movimiento en los bares, con su clientela, para nosotros ya muy entrada en años.
Décadas después, cuando la atestaban adolescentes durante los fines de semana, cuando los bares nada tenían que ver con los de entonces, nosotros, que, ya se sabe, ya no éramos los mismos, nos divertíamos ante el espectáculo de aglomeración de gentes, espectáculo al que incorporábamos nuestros recuerdos, tan lejanos estéticamente, tan cercanos en el tiempo transcurrido.
Décadas después, la calle del Rosal se convertiría también en un escenario donde el oviedismo se volvió omnipresente y emotivo.
¡Qué bien!

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Oviedo y la oficialidá del asturiano
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-11-2017 | 03:49| 0

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Leo en EL COMERCIO que el Equipo de Gobierno municipal de Oviedo se manifiesta claramente a favor de la oficialidá del asturiano, si bien lo supedita al momento en el que se reforme el estatuto de Autonomía que modifique el estatus actual de la llingua. Esto supone, de un lado, que, excepcionalmente, los tres partidos que gobiernan la ciudad estén completamente de acuerdo en una propuesta concreta, sin que haya el más mínimo matiz. Y, por otra parte, como era de esperar, hay respuestas contrarias a esto por parte de quienes siguen avergonzándose de que sus padres o abuelos calzasen madreñas y calasen boinas.

Pero, en el caso que nos ocupa, esto es, en Oviedo, hay que empezar por el topónimo. Hay quien sostiene que “Uvieu” no existe, que nunca oyeron decir  tal palabra. De entrada, no se trata de eliminar el término “Oviedo”, ni siquiera de orillarlo, sino de que ambas denominaciones coincidan y que no se excluyan.

En este sentido, tampoco hay que perder de vista que, según consta, el vocablo “Uvieu” está y aparece documentado. O sea, no es un invento de los asturianistas. Así pues, de la misma manera que conviven Gijón y Xixón, lo mismo tendría que ocurrir con Oviedo y Uvieu.

Por favor, no nos confudamos. Aquí no se trata de dejar de lado el castellano, que también es nuestra lengua, en la que hemos aprendido y estudiado, en la que sabemos expresarnos con las variedades diatópicas de rigor. Aquí de lo que se trata es de dar carta de naturaleza oficial a los topónimos asturianos, o sea, a los topónimos de nuestra tierra con los que aprendimos a nombrar ciudades, pueblos y rincones.

Sería muy deseable que esto no generase polémica. Pero mucho me temo que no va ser así. Primero, porque hay quien se opone a cualquier medida que adopte el actual Equipo de Gobierno. Y, en segundo lugar, porque se trata de un asunto que da cuenta de un problema sociológico en Asturias que consiste en que hay muchas gentes que consideran poco digno utilizar vocablos llariegos.

Insisto en un ejemplo que ya he puesto en otras ocasiones. Hay quien considera que decir “figal” en lugar de “higuera” supone menoscabo en el hablante, cuando se da la circunstancia no sólo de que se trata de un término de nuestra lengua materna, sino que además se encuentra más cerca del latín.

No se trata, pues, de un problema lingüístico, ni siquiera estrictamente político sino sociológico. Un problema que está ahí, pero que debe ser afrontado con criterios académicos y racionales.

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De Pleno en pleno: ¿Pasa algo en Oviedo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-11-2017 | 15:31| 0

«La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta» (Chesterton).

La tarde el Pleno no pudo ser más regentiana, lluviosa y otoñal. El orden del día estaba plagado de asuntos que no eran, sensu stricto, del ámbito ovetense. Se ve que las inquietudes de los grupos municipales exceden lo local y se ocupan y preocupan de importantes cuestiones de Estado. Vamos bien.

En primer término, por parte de Iglesias Caunedo se presentó una moción para que el Pleno apoyase el importante papel de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. En los turnos de palabra, todo el mundo reconoció la labor de estos funcionarios públicos. Los matices vinieron dados por el momento en que esto se planteaba tras el 1-O en Cataluña, y también se habló de la necesidad de que se equiparasen los sueldos de estas personas, así como de la falta de medios que padecen. Nada nuevo. No hubo, pues, lugar para las sorpresas.

Un asunto exótico: la plaga del llamado plumero de la Pampa que también afecta al municipio de Oviedo y la manera de combatirlo. A priori, me esperaba que el acuerdo fuese total. Pero no. Todo matices, pues habría que dejar claro de dónde saldrá el dinero para actuar en ese sentido, si sería de Europa, o de la Administración estatal, o vaya usted a saber. Laberíntico y enigmático asunto.

Llegó el momento de abordar otra moción relacionada con el pacto estatal contra la violencia machista. La concejala Marisa Ponga abogó por su cumplimiento y planteó también que los ayuntamientos deberían tener competencias para luchar contra esta horrenda lacra. Ana Taboada planteó con dramatismo las cifras que se conocen sobre este mal endémico. Coincidió con Cristina Pontón a la hora de considerar insuficiente ese pacto. Y, por su lado, la concejala Belén Fernández del PP arremetió contra el PSOE, ese partido descarriado que, incluso llegando a pactos con el PP, tiene siempre una tendencia hacia el radicalismo y el rojerío. ¡Qué peligro!

Y los asuntos propiamente vetustenses llegaron en las proposiciones de urgencia, casi sin tiempo al final de un Pleno largo y en no pocos momentos tedioso.

Así las cosas, me vino a la mente la conversación que sostuvieron a principios del siglo XX en el paseo de los Álamos Azorín y Melquíades Álvarez, cuando el escritor alicantino le preguntó al tribuno si pasaba algo en esta ciudad, a lo que el líder del reformismo y sucesor de Clarín en la Cátedra respondió que nada sucedía en Vetusta. Pérez de Ayala los acompañaba en la peripatética tertulia.

Sin embargo, el descontento tuvo presencia entre el público. Se mostraron carteles contra Caunedo y hubo presencia de taxistas.

A la salida, seguía lloviendo. Entre chubascada y chubascada, mi primer Pleno. Imagino que, en el próximo, los ediles, conscientes de sus responsabilidades, dejen sus inquietudes de estadistas y se ocupen de lo que pasa en Vetusta.

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Viga Azul: Sin partitura
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-11-2017 | 14:56| 0

La primera parte del encuentro de ayer ejemplificó con amarga precisión lo que puede ser la soledad de un entrenador. Anquela iba y venía desesperado por el reducido espacio del que disponía el míster fuera del banquillo. El equipo no interpretaba la partitura que debía, desafinaban casi todos, acaso con la excepción de Diegui que, al menos, ponía empuje y coraje. Frente a ello, el Lugo estaba en su sitio, haciendo su fútbol, dominando el centro del campo. Tanto fue así que a punto estuvo de marcar un segundo gol que, probablemente, hubiera sentenciado el choque.

Pero, para sorpresa de casi todo, al final, se salió bien del envite. Tras el descanso, aun sin haber hecho ningún cambio, el Oviedo parecía otro once, que creía en sí mismo, que luchaba y que no jugaba entregado, sino todo lo contrario. Todos fueron de menos a más, especialmente Mariga, Forlín, Aarón y Saúl. Todos se conjuraron para demostrar que, a pesar de haber hecho una primera parte muy desafortunada, no estaban por la labor de tirar la toalla.

Se elaboraron buenas jugadas, se vio entendimiento y complicidad entre los jugadores en varios lances de la segunda parte, y, sobre todo, se luchó de principio a fin en los últimos 45 minutos.

Tengo para mí que en el encuentro frente al Lugo se ganó una batalla muy importante, la psicológica, que no la táctica. Y de eso se trataba, a juzgar por lo que venía manifestando el entrenador tras las últimas derrotas que se vinieron cosechando, que minaron mucho la moral del oviedismo.

Insisto en lo que escribí al principio de este artículo: durante el primer tiempo, se vio sobre el campo la soledad de un entrenador que sufría continuamente al ver que sus consignas no se ponían de manifiesto sobre el campo, al ver que los hechos desmentían por completo la teoría. Manotazos, aspavientos, nervios desatados, angustia, impotencia. Todo un espectáculo que contagiaba. Porque no hay que perder de vista que, de haberse entregado el equipo en la segunda parte, el mazazo moral de una nueva derrota hubiera sido inquietante, por no decir alarmante.

A estas alturas del campeonato, cuando aún está todo por decidir, haber ganado la batalla psicológica, nada menos que frente al líder, tiene, según quiero creer, una importancia enorme.

Al final, los pocos baños de sol que hubo sobre las áreas en una mañana lluviosa, estuvieron a tono con la esperanza que la mencionada victoria puede suponer. Sólo falta que esos claros se mantengan, al igual que la seguridad defensiva que sigue siendo una asignatura pendiente.

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Recuerdos de Oviedo: Desde el Sanatorio Blanco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-11-2017 | 16:53| 0

«El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece que lo que quedó atrás tiene más realidad para reducir el presente a un interesante precipicio: Envejecer». (Silvina Ocampo).

Hubo un tiempo, en los primeros años de la década de los setenta, en los que frecuenté con asiduidad la cafetería América. Desde aquel establecimiento, más allá del movimiento que podía tener entonces el sanatorio Blanco, lo que en verdad llamaba la atención era el edificio propiamente dicho, con una innegable voluntad de estilo que además daba cuenta de la estética de otro tiempo, no necesariamente muy lejano, pero claramente distinto.

Algún día habrá que hablar muy a fondo de la estética que imperaba en los años setenta por estos lares, estética, en términos generales, que destacaba por lo chillón, tanto en las decoraciones de las casas como en la ropa que estaba de moda. Y, como digo, el aspecto del sanatorio Blanco era todo un contrapunto a lo que se estaba construyendo.

Es llamativo que el sanatorio Blanco se haya construido en 1949, es decir, al final de la década más dura y difícil de la posguerra, cuando la miseria estaba muy lejos de desaparecer. En todo caso, se puede considerar que tanto la ubicación como la estética resultaron acertados.

Por lo que leí en EL COMERCIO, fue en 2009 cuando el Ayuntamiento de Oviedo decidió, mediante una modificación del PGOU, recalificar el uso residencial al que estaba destinado el solar. Y, siguiendo la misma información, una constructora inmobiliaria se hará cargo de poner en pie un edificio que constará de 28 viviendas.

Así pues, la fisonomía de la zona se modificará sustancialmente y dentro de muy poco tiempo el edificio del sanatorio Blanco será historia.

Por otra parte, al haber tenido el sanatorio Blanco varios usos desde el punto de vista sanitario, los recuerdos de muchas gentes de Oviedo se centrarán en épocas muy determinadas de este edificio sanitario.

Un edificio que da cuenta de un tiempo en el que el movimiento de tráfico era infinitamente inferior al que vino teniendo en los últimos años. Un edificio que, por un lado, estaba ya a las afuera de Oviedo, donde la ciudad terminaba, pero que, al mismo tiempo, se encontraba cerca del meollo de la capital. Ambas cuestiones que parecen contradictorias son muy propias de Oviedo.

Sanatorio Blanco. Un recuerdo tan triste como imborrable: el haber visitado en compañía de mi padre a un gran amigo suyo que ya se encontraba en la fase terminal de una enfermedad que tantas muertes sigue provocando en los tiempos actuales. Nunca podré olvidar aquella voz ya agonizante, que se despedía de la vida, pero que, al mismo tiempo, daba cuenta de una gran lucidez, lo que seguramente acrecentaba el sufrimiento.

Y, a decir verdad, la única imagen que tengo nítida de aquello es la del enfermo que se incorporaba en la cama para hablar con nosotros. No logró rescatar el aspecto de los pasillos, ni tampoco la habitación en la que se encontraba aquel señor tan entrañable que, precisamente, había sido el médico de la familia durante tantos años.

Aquello tuvo lugar a principios de los setenta, en esa fase de la vida en la que el arriba firmante abandonaba la niñez y se incorporaba a la adolescencia. Siempre tendré presente aquella visita que me llenó de tristeza y que me hizo ver los estragos que hace en personas saludables y fuertes esa odiosa enfermedad que está en la mente de todos.

Cuando finalizaba la década de los setenta, visité el sanatorio Blanco por segunda y última vez. Allí operaron a mi padre de cataratas.

Y es curioso lo caprichosa que es la memoria, porque, a decir verdad, los recuerdos más nítidos que tengo, aparte de las conversaciones con mi padre y con los médicos, es el momento en que todo aquello se terminó y le dieron el alta a mi padre. Un momento que se escenificó al final en una especie de jardín en el que esperábamos un taxi que nos llevase a casa.

Dos recuerdos a lo largo de una década, en su entrada y salida. Dos recuerdos, puertas adentro.

Sé que es muy subjetivo lo que voy a decir a continuación, pero me atrevería a afirmar que lo verdaderamente notable del sanatorio Blanco es la fachada y la ubicación, y es eso lo que puede explicar que el interior no me haya quedado en la memoria.

Sanatorio Blanco, que, en gran parte, miraba hacia Castilla, hacia una tierra con menos humedad a la que tanto se acudía desde Asturias no sólo con fines turísticos, sino también terapéuticos, que no estaban en modo alguno peleados.

Sanatorio Blanco. Un enclave sanitario que terminó por convertirse en residencia para la tercera edad. Testigo también de las muchas transformaciones que se produjeron en nuestra ciudad desde 1949.

Sanatorio Blanco, memoria de toda Asturias y, particularmente, de Oviedo.

Cuando lo veía desde la cafetería América, cuando pasaba por delante del edificio, recordaba casi siempre, con cariño y ternura, a aquel amigo de mi padre que había visto allí por última vez y que se despidió de nosotros para siempre.

Y la vida seguía y siguió, entre recuerdos y realidades presentes.

Cuando, por fin, sea demolido, permanecerá no sólo el recuerdo, sino también la ausencia de algo que formó parte del día a día de Oviedo durante tantas décadas.

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Flores otoñales
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Luis Arias Argüelles-Meres | 03-11-2017 | 08:28| 0

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“¡Qué melancólicos o radiantes son los días que se equivocan de estación!” (Silvina Ocampo).

Puente de Todos los Santos, días de difuntos, liturgias en los camposantos. En el paisaje asturiano, destaca sobre todo el ocre, que tanto lo embellece. En el Campo de San Francisco de Oviedo, la hojarasca nos sale al paso, y, al pisarla si vamos despistados, responde con su melancólica sinfonía de ayes. No suele faltar el regentiano viento sur que da calidez a estos días en los que el otoño se viste de gala, en los que rendimos culto a nuestros antepasados, en los que se recuerda, entre otras muchas cosas, que, en fechas como éstas, se representaba el Tenorio, que tanto y a tantos desafiaba.

Flores otoñales. Hay rosas que, cambiadas de estación, alcanzan su esplendor. Y, sobre todo, en los homenajes que rendimos a los nuestros, son todo un espectáculo esas procesiones camino de los cementerios en las que casi todo el mundo lleva el ramo de flores como estandarte, como una especie de tributo al hecho de estar todos vivos, nosotros, y también aquellos que ya se han ido, pero que no se morirán del todo mientras los recordemos.

Flores otoñales. Cuando el ritmo de la ciudad decrece sin autobuses escolares, sin la rutina de cada día, estas fiestas con las que entra noviembre tienen prohibida la estridencia, aparcan las prisas, decrecen las tensiones. Se diría que el silencio que reina en los cementerios se expande más allá de sus muros. Se diría que los ruidos se ven obligados, si no a retirarse del todo, sí al menos a dejarse notar mucho menos de lo acostumbrado.

Toca, entre otras muchas cosas, escuchar el silencio. Toca hacer del paseo por la ciudad un tránsito sin ruido y sin furia. Toca incluso dejar la lectura de noticias para algún momento del día muy marginal.

Resulta de todo punto recomendable disfrutar recorriendo el Campo de San Francisco, ora elevando la vista hacia los árboles más gigantescos, ora fijándose en la hojarasca que, en ciertos momentos es dispersada por el viento, que, en determinados rincones tiende a amontonarse. Tampoco hay que perderse el espectáculo tranquilizador que supone contemplar esas hojas que se caen, tan silenciosas como los copos de nieve, tan ligeras y frágiles como los detalles aparentemente más nimios.

Flores otoñales, que adornan nuestras seronda, que la visten y calzan, que, de algún modo, es el homenaje que el otoño rinde a la primavera, invitándola a su tiempo, a su turno estacional.

Hojas que, a veces, a poco que el viento las empuje, se separan del árbol al que engalanaron, y que, según se mire, pueden ser el homenaje que hace la arboleda a estos días de noviembre. Nosotros llevamos flores. Los árboles dispersan y expanden sus hojas cubriendo caminos y mudando el color de la vegetación, donde la hay, cuando la hay.

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Nebot
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-10-2017 | 07:50| 0

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Son contadísimas las personas que se ganan el respeto de los demás sin necesidad de proponérselo; lo logran sólo con darse a conocer, sin necesidad de alardes ni fingimientos, sin necesidad de sobreactuación alguna, sin necesidad de poderío de ningún tipo. Y estoy por asegurar que Nebot era uno de esos pocos ciudadanos que se podrían poner como ejemplo de esto que acabo de afirmar.

Nunca olvidaré una tarde-noche en la que acudí a una especie de tertulia que formaban una serie de personas que abordaban temas de actualidad relacionados con Asturias. Aquello fue a finales de los noventa. Allí estaba Nebot.

Me llamó poderosamente la atención su tono, sin estridencia, su escrupuloso respeto a la hora de respetar los turnos de palabra, la atención que ponía escuchando a cada interlocutor. Me di cuenta de que tenía la suerte de estar ante alguien que se hacía querer y respetar por su categoría humana. Nada menos que por eso.

Por otra parte, estamos hablando de una persona que, a resultas de sus quehaceres, estuvo presente en momentos decisivos de muchos ciudadanos de Asturias. Le tocó ser el artífice de imágenes que plasmaron momentos inolvidables de muchos de nosotros, momentos familiares, momentos muy significativos de nuestras vidas. Profesionalmente hablando, Nebot se ganó el mismo respeto del que venimos hablando.

En un mundo como éste, donde es poco menos que imposible encontrar una trayectoria pública marcada por la coherencia, sin renuncias ni renuncios, sin bandazos, a veces interesados, a veces, desconcertantes, la figura de Nebot cobra unas dimensiones admirables por su integridad y por la lealtad más importante de todas, que, sin duda alguna, empieza por uno mismo.

En unos tiempos en los que los egos en muchos casos alcanzan unas pretensiones que están muy por encima de las capacidades del individuo en cuestión, Nebot es, debería ser, todo un ejemplo a seguir. No creo en la humildad mal entendida, pero sí en la grandiosa sencillez de quien sabe que no tiene nada que demostrar, porque se tiene a sí mismo ante todo y sobre todo.

Su fallecimiento supone una pérdida enorme, por atesorar estas cualidades en lo privado y en lo público, a las que me vengo refiriendo.

Profesional de prestigio y, ante todo y sobre todo, ciudadano ejemplar, que luchó por un mundo mejor y más justo, que se esforzó por hacer la vida de todos mejor.

Todo un referente de dignidad representará para siempre Nebot, a quien, al recordar momentos de nosotros mismos, lo recordaremos siempre con respeto y gratitud.

Nunca podremos olvidarlo.

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Viga Azul: Nerviosismo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-10-2017 | 09:36| 0

Juan Carlos nos dio un tremendo susto en el primer tiempo que parecía plasmar el desquiciamiento del equipo tras la mala racha de cinco partidos sin ganar. A ello hay que añadir que el conjunto carbayón no parecía capaz de crear peligro a un Córdoba que, al margen de su complicada situación en la tabla, estaba bien situado en el campo y conseguía no dejar resquicios al Oviedo para elaborar jugadas de ataque que pudieran desequilibrar el marcador.

Una primera parte anodina de un Oviedo sin firmeza, sin convicción y agarrotado. Lo único positivo de los primeros 45 minutos fue que el Córdoba, aun reconociéndolo el mérito de saber frenarnos bien, no parecía un equipo eficaz ofensivamente hablando, algo que se confirmó en el segundo periodo.

Lo más positivo del Oviedo en el partido de ayer fue, a mi juicio, la presencia de Mariga. Suyos fueron el control y el pase que habilitaron a Diegui para marcar su gol, el primero que logra, si la memoria no me falla, como jugador azul. Un gol en el descuento que no sólo sentenció el partido, sino que además terminó con el maleficio de no ser capaces de mantener un resultado favorable cuando nos ponemos por delante en el marcador.

Una mañana que empezó fría, como el partido, pero que, al fin, sirvió para el ansiado reencuentro con la victoria. No obstante, hay muchas cosas que no podemos pasar por alto. Aparte de lo apuntado con respecto a Juan Carlos, que se complicó la vida hasta el extremo de que aquello pudo costarnos un serio disgusto, también hay que decir que Cotugno no tuvo el domingo su día a la hora de defender con garantías su zona. Que Aarón no fue el jugador decisivo de otros partidos. Y, sobre todo, que nos sigue faltando ese director de orquesta que habilite el juego ofensivo desde el centro del campo.

Cierto es que, como dije, fue esperanzadora la aportación de Mariga: tiene clase y visión del juego, pero, a la hora de crear, o bien estuvo muy solo, o bien falta tiempo para que haya un entendimiento entre los jugadores, entendimiento que, esperemos, no tarde demasiado en llegar. Pero hay que ser positivos: el Oviedo que se enfrentó al Córdoba era un equipo en crisis y, aun así, salió airoso del envite. La crisis se vence con la confianza que dan las victorias y las rachas positivas, justo lo que toca a partir de ahora, lo que está por venir con la recuperación de jugadores hasta el momento lesionados que, como hicieron Mariga y Diegui el domingo, están llamados a hacer importantes aportaciones al conjunto carbayón.

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