El Comercio
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Panorama Vetustense: Frente al Parlamentín
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-02-2016 | 06:33| 0

“Si la intensidad del instante se vuelve duración fija, estamos ante una imposibilidad lógica que es también una pesadilla”. (Octavio Paz).

 

Primera hora de la tarde en la que el sol luce tras la primera noche invernal de este 2016, tan atípico también en lo climatológico. Aún se observa un cierto sube y baja por las escaleras del edificio de la Junta, antigua diputación provincial. Entre los clientes que hacen su parada en la terraza de la cafetería, hay quienes prolongaron el vermú, hay quienes disfrutan del café tras la comida. No se puede decir que haya conversaciones animadas ni masivas, más bien habría que hablar de silencios, o de conversaciones mortecinas. Hay “galbana”. Es el dulce sopor de la hora sexta. Es el momento de la siesta que en Vetusta tendrá siempre su no sé qué clariniano. Es la paz que se saborea en esos momentos en los que el reloj no ejerce su tiranía. Es el placer infinito de saber que nadie pone ni tampoco impone deberes en ese momento.

Me detengo a tomar un café para formar parte del heterogéneo grupo de  los espectadores de la terraza. Al dirigir la vista el edificio de la Junta, no puedo no pensar en las muchas asignaturas pendientes que siguen estando ahí en nuestra vida pública llariega. Y, en el caso que nos ocupa, ¿cómo no preguntarme una vez más qué razones o sinrazones puede haber para que en el edificio del que hablamos aún no haya ni siquiera una placa que recuerde los nombres de las personas que sufrieron allí Consejos de Guerra que los llevaron al fusilamiento, nombres entre los que se encuentra el rector Alas, al que esta ciudad hizo hijo predilecto 75 años después de su asesinato? ¿Cómo no preguntarme por el balance que se puede hacer de un poder autonómico que, desde el 83 a esta parte, salvo el periodo de Marqués y los pocos meses de Cascos, estuvo en manos de un partido que se reclama de izquierdas en sus siglas?

¿Cabe hacer un balance complaciente ante la despoblación y consiguiente envejecimiento que padecemos como sociedad? ¿Cabe hacer una llamada, por muy tímida que sea, a la autocrítica?

¿Cómo no pensar en Maese Villa, diputado autonómico en tantas legislaturas? ¿Cómo no abatirse ante la proximidad del juicio por el llamado caso Marea? ¿Cómo no indignarse ante el poco peso que tenemos en España, tras haber sido vanguardia en tantos ámbitos hasta bien entrada la historia contemporánea?

Despachos, salones, pasillos, espacios de poder y conspiración, con maderas nobles, con escaleras majestuosas, con alfombras para los que ostentan el poder. ¿No es demasiado marco para un cuadro tan borroso y difuminado?

Hay un señor en la mesa de al lado que echa pestes por lo bajo cuando ve pasar a algún político llariego. Revuelvo el café y pienso que este marasmo de nuestra vida pública ocupa unos escenarios en los que muy pocos saben estar: en los que pasan por allí sin que la solemnidad les dé sus buenas tardes.

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Viga azul: Dentelladas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-01-2016 | 21:22| 0

Vuelvo a insistir en algo que dejé escrito aquí mismo hace pocas semanas: al Oviedo le falta la voracidad necesaria para noquear definitivamente al rival. Y es que, en esta ocasión, el partido no pudo empezar mejor, jugando bien y marcando un gol con autoridad en los primeros minutos del encuentro. Más aún: en el primer tiempo, se vio a un equipo superior, y ese equipo fue, sin duda, el nuestro.

Sin embargo, nada más reanudarse el choque tras el descanso, parecía que saliamos a verlas venir. Entonces llegó Toquero y marcó. A partir de ese momento, se puso empeño, se hilvanaron jugadas ambiciosas casi continuamente, pero faltaron el acierto y la contundencia arriba.

Cierto es que, a riesgo de equivocarme, me pareció que Koné fue objeto de un penalti no señalado por el árbitro. Cierto es que, lamentablemente, Susaeta desperdició una ocasión excelente para marcar. Cierto es que a punto estuvo de producirse la gloria cuando Cervero disparó fuera por poco. De haber marcado, la apoteosis en el Tartiere estaba más que asegurada. Pero habrá que esperar a que llegue ese gol de Cervero para que la grada explote de júbilo. Sería de justicia, vive el cielo que sí.

Por otra parte, no hay que perder de vista que el Oviedo se enfrentó al líder de la categoría y que, aun así, se hizo merecedor del triunfo, lo que pone de manifiesto que el conjunto azul no perdió su buena racha y que es un equipo consolidado con intensidad en todas sus líneas.

La sensación, al abandonar el Estadio, no era ni mucho menos negativa, sino que sigue habiendo motivos muy fundados para la esperanza. Bueno es haber sido superiores en juego al primer clasificado. Bueno es que el empeño en todos los jugadores no cese. Bueno es que la complicidad con la afición se siga afianzando a pesar de no haber lo grado la victoria.

Tarde de llenazo, tarde de enero con una deliciosa temperatura para las fechas en las que estamos, tarde de comunión azul entre el oviedismo y sus jugadores, donde anida la certidumbre de que esta vez los sueños de gloria podrán cumplirse, o que, en todo caso, no están lejos.

En los aspectos puramente técnicos, digamos, a modo de apuntes, que cumplió Edu Bedia y que su presencia seguramente contribuyó a un juego más ofensivo. Digamos también que no defraudó Nacho López que, a pesar de tanto tiempo sin jugar, se sigue entendiendo bien con Susaeta en la banda.

Y, ya que de bandas hablamos, puede que hubiese sido productiva y positiva la presencia en el once de Hervías, pues su velocidad seguramente hubiera aportado lo suyo en el duelo de hoy.

Hay Oviedo, hay intensidad, hay compromiso, hay juego y hay confianza.

No fue un fracaso el empate, sino más bien una compensación negativa en la balanza de un campeonato en el que la suerte también nos acompañará en otros encuentros.

Faltó suerte y faltó esa fiereza de dar las dentelladas que hagan falta cuando el partido se pone favorable. En ello estaremos, creo, quiero creer.

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Cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-01-2016 | 02:22| 0

Un hombre puede también ser un objeto de amor, de temor o de admiración, y aun de asombro, sin ser por esto objeto de respeto”. (Kant).

“Sólo pretendo testificar en la crónica sentimental de una época y un sucedido que tuvo enorme trascendencia en la historia de estos lugares. El mío es un realismo comarcal» (Manuel Vázquez Montalbán).

 “La música, por una tendencia natural, es aquello que de inmediato recibe un adjetivo”. (Barthes).

 

Se vivían vísperas de muchas cosas. Así, en aquel San Mateo del 82 quedaba poco más de un mes para que el PSOE obtuviese un triunfo electoral tan memorable como irrepetible. Así, aquel era el último septiembre de los 80 en el que el Ayuntamiento de Oviedo no tendría un regidor socialista. Pero, en todo caso, cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en la Plaza de Toros de nuestra heroica ciudad, los años de la movida habían llegado, a su modo y manera, también a Vetusta.

Septiembre del 82, tras los últimos Mundiales de fútbol que hasta ahora se celebraron en España. Septiembre del 82, la movida tenía más música que letra, más imagen que palabra, más puesta en escena que texto dramático. Y, en esas estábamos cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en la Plaza de Toros de Oviedo.

Nos veíamos con los mecheros encendidos mientras sonaba la versión del Himno a la alegría cantada por Miguel Ríos. Nos veíamos motivados por el ritmo enérgico del rock. Nos veíamos en un concierto que sería la antesala de una noche inolvidable que concluiría por los pubs del Oviedo antiguo.

Pero, como se sabe, todas aquellas expectativas se truncaron. El concierto se suspendió y la escandalera que hubo a resultas de aquello no fue ciertamente pequeña.

Las fuerzas del orden ya no vestían de gris. De no ser por aquel pequeño detalle, estoy seguro de que muchas personas recordarían aquella tarde como la última en la que corrieron delante de los grises. Pero ya no era ese el color de su indumentaria. De todos modos, la contundencia con la que se emplearon contra las gentes que salieron a la calle a protestar no fue pequeña, vive el cielo que no.

Aquel verano no pudo ser despedido a ritmo de rock. ¡Qué faena! Pero se le dijo adiós con protestas y conflictos. Se diría que la música que no llegó a sonar en la Plaza de Toros marcó el ritmo de los acontecimientos hasta que todo aquello se quedó en calma.

Pero la resaca se prolongó. De hecho, hubo un titular periodístico al día siguiente que echó más leña al fuego. El titular susodicho se refería al cantante rockero como un chulo que había pasado por Oviedo. Aquello fue, sin duda, antológico.

Se supo, por otra parte, que Miguel Ríos había sido detenido y que pasó la noche en los calabozos de las dependencias policiales de nuestra ciudad.

Y también resultó muy llamativo que el cantante granadino considerase que su detención se debió en gran parte a “un intento de cargarse el rock y de hacer propaganda política”. Palabras textuales que las hemerotecas atestiguan.

¡Qué cosas! No olvidemos que hablamos de un tiempo en el que se decía y se creía que todo era política. Y, desde luego, el rock, como música contestaría, no podía ser del gusto de las gentes de orden. Y, desde luego, el rockero Miguel Ríos simpatiza entonces con el PSOE.  De hecho, según  declaró el propio interesado, la noche de su detención en Oviedo recibió llamadas, entre otros, de Alfonso Guerra, mucho más rojo en aquellos días que ahora.

Así pues, un concierto de rock que no llegó a celebrarse. Así pues, correrías y protestas por las calles cercanas a la Plaza de Toros. Así pues, la fiesta continuó, eso sí, de manera atípica.

La pregunta que cabe hacerse es contra quién se protestaba. Desde luego, la actuación del chófer del cantante que, según el relato de algunos testigos, se bajó los pantalones desde el escenario, no ayudó a calmar los ánimos del respetable que acababa de saber que el concierto se suspendía, sino que fue el pistoletazo de salida a los desórdenes que se produjeron en las calles.

Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, aquel episodio de la suspensión del concierto de Miguel Ríos es uno de los más socorridos a la hora de contar anécdotas por parte de quienes vivimos todo aquello.

Y es que, con toda probabilidad,  aquello dio más de sí a la hora de contar aventuras pasadas que lo que hubiera supuesto haber acudido al concierto.

De aquella suspensión, no quedaron las baladas, no quedaron los momentos de recogimiento y calma, por otra parte, no necesariamente menos explosivos, sino que lo indeleble estuvo de lado de la protesta, de la algarada, de la indignación. Si bien se mira, fue muy rockero todo aquello.

Los hijos del rock-and- roll en Oviedo nos quedamos sin concierto en el 82, nos quedamos sin himno, sin la música trepidante de nuestro discurso en el que no faltaba la indignación, en el que las ansias por decir alto y claro lo que pensábamos y sentíamos no eran ciertamente escasas ni silentes. Toda una orfandad que sustituimos expresándonos en las calles de un modo que los responsables de las fuerzas del orden no consideraron adecuado.

Llegó la noche y, claro está, no se hablaba de otra cosa. Llegó la noche y la música sí que sonaba en los pubs. Llegó la noche y la certeza de que estábamos en vísperas de muchos cambios era total.

¿Qué explicación podía tener que Miguel Ríos hubiese suspendido concierto caprichosamente? Aquello no podía encajar. Pero tampoco había forma de explicarse por qué no se había avisado con tiempo aquella suspensión, lo que hubiese evitado los incidentes.

La última cerveza de la aquella noche mateína en un pub. Sonaban los Rollings. Ya nos quedaban pocas palabras que decir tras las vivencias compartidas. Ya no tocaba dar más vueltas a lo sucedido. Tocaba esperar por octubre, inicio del curso académico y político. Tocaba preguntarse cuántas cosas pasarían en la vida pública a lo largo de los próximos meses.

Al llegar a casa, en la calle Toreno, el periódico me esperaba sobre felpudo. Como antes dije, la portada era antológica. Antes de dormirme, recordé a Jagger con su manguera empezando un concierto.

Alguien, muy especial entonces, me sonreía. Nos sonreíamos, eso sí, sin ñoñeces.

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Panorama vetustense: Desde el Teatro Campoamor
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-01-2016 | 08:59| 0

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«Lo único que puede acercar una generación a otra por encima de tanto tiempo, lo único que puede acercarlas es –sería si se lograse- una comprensión de sus vivencias de sus elementos intactos. A eso llamo inocencia, a un tiempo anterior”. (Rosa Chacel).

 

En efecto, inocencia de un tiempo anterior, cuando transitamos escenarios que evocan la infancia y, ante ello, invocamos esa etapa de la vida en la que el mundo era cordial y favorable. En efecto, una tarde de éstas, tras recorrer el Campo de San Francisco con Carmela (una cachorra de mastín tan vivaz como adorable), camino de casa, me senté en un banco situado en una de las fachadas del Teatro Campoamor, que mira a la Plaza del Carbayón.

Llegó un momento en que dejé de ver lo que tenía ante mí y, con ello, di paso a evocaciones e invocaciones. Llegó un momento en el que, además de recordar juegos y andanzas por los mismos escenarios, no puede pasar por alto la evolución de esta ciudad en los últimos años, evolución que se plasma también en el rincón donde me detuve.

En esa hora en la que la luz del día se va retirando, empujada no sólo por el atardecer sino también por las luces de la ciudad, tanto las estáticas de las farolas como aquellas otras que se mueven sin cesar de los vehículos que por allí transitan, cuando además la buena temperatura contribuye a que esa parada sea cómoda, en esa hora, digo, crepuscular y melancólica, no podemos no pensar, más allá de las consideraciones personales, en tantas oportunidades perdidas, en tantas equivocaciones cometidas, en tantos atropellos a la razón.

¿Cómo es posible que en toda la ciudad no haya salas de cine comerciales? ¿Cómo es posible que en una ciudad en la que se ensancharon las aceras en tantas calles no se haya pensado en que algunas vías públicas lo demandaban mucho más que otras? ¿Cómo es posible en que en determinadas calles no se haya respetado, con la escrupulosidad debida, la estética de ciertas fachadas?

¿Cómo es posible que, cerca del Teatro Campoamor, camino de la entrada de la autopista, se haya podido llegar a  la situación actual en el solar donde estaba ubicada la vieja Estación del Vasco? ¿Cómo es posible –y admisible- que se hayamos llegado a esa ruina no sólo económica, sino también estética?

Y es que uno se acerca al mencionado solar y se horroriza no sólo ante la susodicha ruina, sino también ante el mero recordatorio de las famosas trillizas calatraveñas que el famoso arquitecto llegó a proponer en una visita a Oviedo hace unos cuantos años.

Carmela se tumba a mis pies. Pasan muy cerca de nosotros oleadas de coches. Muchos de ellos provienen de la entrada de la autopista. Si dejo de verlos y de oírlos, con las invocaciones y evocaciones antes referidas, me pregunto cómo sería esta ciudad si no se hubiera cometido semejante barbaridad. Me pregunto por qué no se conservó la Estación del Vasco, o se hizo en ella un museo de nuestra pequeña historia, esa misma que, a un tiempo, nos oxigena y nos llena de melancolía.

Carmela se despereza. Vamos camino de casa. Y me pregunto si se consolidará esa ruina, si perdurará esa infamia, infamia no sólo estética.

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Recuerdos de Oviedo: LA PERLA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-01-2016 | 02:57| 0

“Si es o no invención moderna, / vive Dios que no lo sé, / pero delicada fue/ la invención de la taberna./ Porque allí llego sediento,/ pido vino de lo nuevo,/ mídenlo, dánmelo, bebo,/ págolo y voyme contento”.  (Baltasar del Alcázar).

 

Más que un chigre, más que un bar, más que una tasca, más que una taberna, más que todo eso –y también todo eso- fue la Perla. Era un establecimiento que tenía bula para no seguir moda alguna en lo que a remodelaciones se refiere. Era un establecimiento que daba salida en gran medida a una de las carencias de Asturias, esto es,  a nuestra escasa producción de vino, más escasa antes que actualmente.

Era un establecimiento situado en pleno centro de Oviedo, cuyos reclamos principales eran éstos que siguen. De entrada, allí no cabía entonar en modo alguno el tempus fugit. Allí todo seguía igual. Y, en segundo lugar, el vino que   servían, auxiliado por el ambiente que lo rodeaba, no estaba nada mal.

La Perla no competía con nadie, pues era distinto al resto de la hostelería carbayona. Si me apuran, podría compararse, forzando bastante la cosa, con el Manantial, pero eran tantas las diferencias que la susodicha comparación apenas tendría cabida.

Tenía tal encanto el bar la Perla que, sin ser un establecimiento amplio, allí, hasta donde pude comprobar, no se cernía sobre nadie la sensación de abigarramiento ni de falta de espacio. Era el suficiente, era, por decirlo al modo llariego, “la cuenta”.

Pero su encanto no radicaba sólo en lo atopadizo que resultaba, en lo que pesaba mucho lo antes apuntado en el sentido de que el local no envejecía, no se pasaba de moda, sino también en que, de algún modo, allí todo el mundo se encontraba a gusto con independencia de la franja de edad, de la clase social o de los temas predilectos de tertulia.

El protagonismo lo tenía el local, y no las gentes que lo frecuentaban. El protagonismo lo ganaba su hermosa sobriedad, su desdén hacia el paso del tiempo, su indiferencia ante cualquier tipo de etiqueta. Era el bar la Perla el pedigrí de lo de siempre, la elegancia que desconoce el esnobismo, la certeza de saberse acogedor.

Recuerdo la primera vez que entré en la Perla en compañía de mi padre. Antes habíamos estado en la Librería Santa Teresa y en el  Bar Pelayo. Si la memoria no me falla, la primera imagen que rescato es la de las viejas maderas de las mesas, así como las medias botellas de vino que por allí pululaban. En nada, se parecía al bar Pelayo, tampoco, al Paredes, también muy cercano.

¿Qué era la Perla entonces? Probablemente, un templo del vino, pequeño, como todo lo que es y resulta genuinamente asturiano, pequeño en nuestro grandonismo que va en el guion  y también en el tópico. Templo del vino. Acaso más bien, pequeña ermita.

Unos cuantos años más tarde, recuerdo la mañana en que comenzaron las vacaciones de Navidad, en mis tiempos de estudiante en la Plaza Feijoo. Allí fuimos, de forma imprevista, a la hora del vermú. Y pude darme cuenta entonces de esa pluralidad en el paisanaje de la que hablé un poco más arriba, pluralidad bien llevada. Nadie estaba de más, nadie desentonaba, nadie parecía tener allí más fueros.

Grabada tengo la imagen de aquella mañana neblinosa y fría, en la que fuimos a parar a la Perla, en la que el tema de conversación era un libro de Goytisolo (don Juan) llamado “Makbara”, y, más que el libro, lo que ocupaba nuestras disquisiciones era  tan tremendo el grado de ruptura con las técnicas de narración clásicas por parte de Goytisolo. No se trataba, sin duda, de su mejor libro, lo que no impedía ver la interesante y arriesgada apuesta que llevaba a cabo. En todo caso, allí estábamos aislados del resto y viceversa, ningún ambiente fagocitaba a otro, y aquella puesta en escena atemporal nos resultaba muy reconfortante.

Fíjense: lo pequeño que en el caso de la Perla, en modo alguno estaba reñido con lo plural. Fíjense: allí ninguna moda, ningún atuendo se erigía en reclamo. Todos pasábamos por allí y se nos recibía con elegante indiferencia, con señorial desdén. ¡Casi nada!

Pasó el tiempo, y, ya en el año 2001, me llamó mucho la atención un artículo que José María Gulbenzu escribió en “El País”, artículo que de alguna manera venía a ser una especie de elegía escrita al establecimiento que aquí nos trae. Lo tituló de esta guisa: “El chigre absoluto”.

Para Gulbenzu, el encanto de la Perla radicaba en que venía a ser una especie  de cueva, de vieja bodega. Y no iba nada descaminado en su artículo. El chigre de Oviedo que más se pareció a una bodega, en lo que se refiere a su penumbra, al color arrasado de sus maderas. El chigre que rendía culto al vino. El chigre que no era lagar, sino bodega.

Jamás olvidaré ese artículo que –insisto- es una hermosa elegía dedicada a uno de nuestros establecimientos más esenciales y entrañables (No diré “emblemáticos”, vive el cielo que no).

Jamás olvidaré, en fin, la naturalidad y agrado con que todo el mundo se sentía allí. Rendir culto al vino sin oropeles. Rendir culto al vino con poca luz. Rendir culto al vino sin connotaciones sociales. Un chigre para el vino en el centro de Oviedo.

No son pocas las anécdotas que se cuentan del dueño de la Perla. Puedo prometer y prometo que jamás vi a ningún ratón por detrás de la barra. Pero, en todo caso, lo singular del caso es que se habilitó una especie de bodega en los bajos de un edificio por puro azar, y es azar llevó a lo genuino.

Sigo viendo aquellas pequeñas botellas de vino tinto. Sigo recordando la capacidad de acogida de la Perla. Sigo lamentando que doña Especulación Inmobiliaria haya perpetrado un crimen así desde su escandalosa y desaprensiva ignorancia.

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Panorama vetustense: Triste Oviedo sin apenas terrazas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-01-2016 | 09:09| 0

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“Una tarde triste. Compro un pastel. La camarera, al servir a un cliente, dice ‘voilà‘. Ésa era la palabra que yo decía cuando le traía algo a mi madre mientras la cuidaba. Es algo que nos hemos dicho ella y yo durante toda la vida. El episodio de la camarera me ha hecho saltar las lágrimas”. (Barthes). 

 

¿Quién nos iba a decir que la ciudad lluviosa por excelencia, en la que sus habitantes se acomodaban casi a ser anfibios según la narración clariniana, se iba a quedar tan triste con las terrazas de sus  bares y cafés casi desaparecidas o, en muchos casos, orilladas junto a los bordillos de las aceras? Sin duda, el paisaje vetustense es, desde principios del presente mes, mucho más triste. Oviedo languideció tras la aplicación de la normativa que aprobó al efecto el anterior Gobierno municipal.

Miren, no seré yo quien se dedique a hacer digresiones leguleyas sobre todas las normativas al propósito en esta era de las prohibiciones que vivimos. Pero lo cierto es que, al pasar por la calle Fruela, por la Avenida de Galicia, por la calle Uría, y por otras muchas vías públicas, es inevitable sentir tristeza.

Y es que, miren ustedes, las terrazas no sólo son el último recurso que nos queda a los que fumamos para no ejercer el vicio de modo onanista, sin tener sobre nosotros techumbre alguna, sino que, además, y por encima de todo, son puro espectáculo, son parte muy importante del  particular paisaje de cada calle y de cada ciudad. Lo curioso y lo paradójico es que no sólo se contempla lo que pasa en la vía pública por parte de las personas que, acomodadas en las terrazas, ven el fluir de las calles, los días y los trabajos de sus viandantes, sino que además los espectadores forman también parte del espectáculo.

Si todos convenimos en que los soportales son un plus de vitalidad que permiten estar al aire libre y a la vez estar a techo, algo muy similar sucede con las terrazas. Desde algunas terrazas de Oviedo, es (era hasta principios de este mes) una delicia conspirar, o ver cómo se conspira. Desde algunas terrazas de Oviedo, los espectadores son también figurantes del fluir cotidiano.

Miren, dejen hasta donde les sea posible las rigidices de normativas reales o inventadas, y hablen, hablen con la gente, con toda la gente, con los hosteleros, con los clientes y con los vecinos, y desplieguen  puentes. Seguro que el acuerdo es posible en muchos casos para que las terrazas no desparezcan, sin que ello implique que la movilidad de los peatones se vea siempre obstaculizada.

De momento, hay más paro en la hostelería. De momento, las calles están más tristes. De momento, hay menos escenarios para conspirar. ¿De verdad no hay forma de reconducir esto? ¿De verdad no hay forma de que se alcancen acuerdos aceptables para todas las partes implicadas? ¿De verdad, hay que resignarse  a que el desolador paisaje después de la puesta en marcha de la normativa vigente se haga definitivo?

Se lo ruego: dialoguen. Dialoguen contra la tristeza, dialoguen por la alegría, dialoguen por hacer más fáciles las conspiraciones. Dialoguen para que el paisaje vetustense sea más espectacular y contemplativo.

Había un hombre sentado a la mesa de una céntrica terraza de Oviedo. Veía las idas y venidas de nuestros políticos llariegos. Sus gestos eran incesantes y clarificadores. Ignoraba, no obstante, que, desde su atalaya, él también era espectacúlo.

Por favor, que esto no decaiga, que siga el espectáculo.

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RECUERDOS DE OVIEDO: EL LLAGAR GERVASIO
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-01-2016 | 16:21| 0

«El labriego que cuida el verde de las praderías, siembra maizales, planta pumaradas y adorna corredores, solanas y paneras con doradas colgaduras de ‘panoyas’, al trabajar su hacienda es un artista decorador de paisajes y así se plasma la transformación poética y mágica de la Economía en Estética; porque toda la policromía de los valles florecidos es promesa de una riqueza que fue antes belleza». (Valentín Andrés Álvarez).

ALEX PIÑALlagar Gervasio, camino de San Claudio, que mira, sobre todo, al occidente de Asturias. Llagar Gervasio, más que una sidrería, si se piensa en la enorme y vieja prensa que aún tiene en sus dependencias. Y es que las personas que allí se adentren no sólo tienen la oportunidad de disfrutar de la sidra acompañada de un excelente tapeo, sino también de detenerse ante las enormes y viejas maderas en las que en su momento se prensó la manzana, en las que en su momento se elaboró la sidra. Viene a ser, así pues, la sidrería y su museo, la sidrería y su historia, incluso, la sidrería y su intrahistoria. La sidra que sale de la madera y, en dos fases distintas, va al cristal. Primero a la botella. Finalmente al vaso.

Ese momento en que la sidra se escancia. Ese momento último donde todo un largo proceso que empieza en la recolección de la manzana, o, más exactamente, en el cuidado de los árboles, cumple su destino, cuando la sidra se estrella en el vaso, cuando aparece esa niebla mágica e instantánea, que apura el instante en que la sidra debe ser consumida. Es el estallido de color y fuerza. Es todo un fin de fiesta, que exige buena calidad en la sidra y pericia en su escanciador.

Llagar Gervasio, donde el espacio no es escaso, donde la prisa cotidiana desaparece, donde las celebraciones familiares o de peñas de amigos encuentran el lugar apropiado. Se diría que todo lo que uno se encuentra en este establecimiento es el conjunto idóneo que acompaña a la sidra, conjunto que va desde las instalaciones propiamente dichas hasta las viandas que acompañan el momento.

Llagar Gervasio, un viaje, un desplazamiento sin salir de la ciudad, en plena sintonía con lo que es Oviedo, donde el asfalto no nos aísla del campo, de la naturaleza, donde sabemos que estamos muy cerca del paisaje más genuinamente asturiano, que, por cierto, tanto nos alivia del abigarramiento estético que supuso el ‘gabinismo’.

Quiere decirse con ello que, para acceder al Llagar Gervasio, o bien hay que dar un largo paseo, o bien hay que desplazarse en coche, pero que su ubicación no nos hace sentir que estamos fuera de Oviedo, más bien, que nos apartamos del bullicio, de los semáforos, de los atascos, sin necesidad de que la heroica ciudad se quede atrás. En realidad, nos sentimos dentro de ella.

Sobre la mesa, las parrochas o el pixín. Sobre la mesa, la tortilla de patata. Sobre la mesa, embutidos y quesos. Llega el momento de hacer parada entre bocado y bocado. Llega el momento de beber el culín de sidra ortodoxamente escanciado. Llega el momento de saborearla cuando está a la temperatura ideal. Esos altos en el camino mientras degustamos las viandas citadas suponen sucesivos brindis a la pitanza más genuinamente asturiana. La puesta en escena para ello, así como los elementos necesarios, se nos brindan en el Llagar Gervasio de manera difícilmente superable.

No hay lugar, en toda la puesta en escena, para el esnobismo. Aquí no nos encontramos con deconstrucción alguna. Aquí lo que se escenifica en un ritual de autenticidad astur.

Charlas, muchas charlas, pausadas, sin premura alguna. En el antes y en el después, nuestros trabajos y nuestros días, que, a un tiempo, son pasado, más o menos imperfecto, y también futuro, más o menos inmediato.

Llagar Gervasio. Más allá de la sidra y las viandas. Más allá de unas instalaciones que atesoran el pasado y que añaden las incorporaciones necesarias e inevitables, otra de las peculiaridades que distinguen a este establecimiento tan arraigado en Oviedo, es su carácter familiar, más familiar que empresarial. Tanto es así que, si se piensa en ello, no es difícil caer en la cuenta de que nos encontramos en unas instalaciones que se fueron erigiendo con una evolución muy similar a la inmensa mayoría de las caserías que aún subsisten en Asturias.

Una casería que ofrece la cosecha a sus clientes en su propia casa. Una casería, literal y etimológicamente, llariega. Una casería en la que lo antiguo sigue atestiguando un pasado común, en la que lo nuevo se incorpora respetuosamente. Para los que conocemos a fondo nuestra tierra, ello supone una comodidad grande, al sentirnos acogidos en algo que es existencialmente nuestro. Para los visitantes, es toda una lección de una asturianía que acoge con singular oficio.

Eso es, ante todo y sobre todo, el llagar Gervasio, porque el cuadro no desdice con el marco, porque el marco es el soporte donde el cuadro encuentra su destino.

Llagar Gervasio, principalmente, final de jornada, a la hora de la cena. Principalmente, final de la semana que, a veces, se nos pudo hacer larga. Espera por nosotros para ofrecernos aquello que va en nuestra intrahistoria personal y colectiva, aquellos sabores históricamente compartidos, con una preparación tradicional que no nos hace no sentirnos fuera de casa.

Llagar Gervasio, etnografía carbayona de la sidra, pero etnografía viva. No precisa guías ni intérpretes, puesto que es algo en pleno funcionamiento, es algo vivo. Es, está siendo, cada vez que acudimos a beber sidra y a tapear. Llagar Gervasio, una singular casa de la sidra, donde las normas no tienen la rigidez de impostación alguna, donde las normas son pura tradición, esa tradición que nos vino forjando en la Asturias más intrahistórica.

No estamos hablando de una sidrería al uso, sino de una especie de templo vivo de la sidra, donde no hay hornacinas sobrevenidas, donde todo marco tiene su historia para un cuadro que plasma una larga panorámica, esto es, una legendaria tradición.

Legendaria tradición que, además, es la nuestra.

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Panorama vetustense: Manolo Abad
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-01-2016 | 09:06| 0

La asociación de escritores de Asturias hará entrega mañana de sus Premios en diferentes modalidades, entre las que se encuentra el galardón al columnismo periodístico que este año distingue a Manolo Abad, que, como saben, es colaborador de EL COMERCIO en estas mismas páginas.

Ante todo, quiero dejar dos cosas muy claramente de manifiesto. En primer término que no sólo me llena de orgullo ser compañero de Manolo en estas mismas páginas, sino que además es un honor formar parte del mismo inventario de galardonados en esta apasionante modalidad que es la del artículo periodístico.

Manolo Abad y Oviedo, o, si se prefiere, Manolo Abad y Vetusta, su Vetusta, la de muchos de nosotros, la ciudad nocturna que alumbra en distintos rincones de la noche melancolías varias a ritmo de blues. La Vetusta en la que la mejor música encuentra acomodo. La vetusta que, por las noches, no es perezosa, sino viva y heterodoxa. La Vetusta que, como la regentiana, no tiene prisa.

Manolo Abad y el columnismo independiente. En un contexto donde tanto y prolifera el periodismo más mercenario y maniqueo, hay, por fortuna, voces independientes que, lejos de sumarse linchamientos mediáticos, inequívocamente orquestados desde determinados ámbitos, dicen lo que piensan y sienten sin más servidumbres que las que marca la coherencia y el decoro de cada cual.

No voy a entrar en este sentido en el mayor o menor grado de acuerdos o desacuerdos que nos puedan unir o separar a quienes hacemos columnismo, sino en lo que acabo de apuntar, esto es, en la independencia de criterio que constituye, sin duda, el mayor reclamo para la credibilidad irrenunciable que debe alcanzarse en la opinión periodística.

Y, en este sentido, Manolo es todo un referente. Y es que tengo para mí que cualquier columnista que se precie debe ser un guerrillero de la opinión, nunca un soldado que obedezca los dictados de determinadas operaciones de acoso y derribo, o de todo lo contrario: de adulaciones que, por indignas, dan lugar al baboseo más repelente.

Manolo Abad atesora, por otro lado, además de una voluntad de estilo siempre constatable en sus artículos, saberes varios que van desde la música, hasta la literatura. Pertenece a ese viejo y casi extinto oficio que en su momento fue cultivado por “escritores de periódico”, donde el cómo no cuenta menos que el qué, o, si se prefiere, donde la forma es tan importante como los contenidos.

Manolo Abad, por sus columnas desfilan no sólo el universo literario y musical de Vetusta, sino también la buena literatura.

Y a ello debe sumarse un añadido nada baladí, y es su columna de los lunes sobre el Oviedo, sobre ese equipo de fútbol que llevamos en los genes como un componente decisivo de nuestra infancia, como una pasión que nos nos hace desfallecer en los fracasos y que se alimenta de glorias comunes, que diría Renan, algunas de ellas vividas, otras transmitidas, pero, en conjunto vívidas.

 

Manolo Abad, columnista completo y complejo, en cuyos artículos tienen acogida la buena literatura y la independencia de criterio. No es poco, ciertamente.

¡Enhorabuena, compañero!.

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Viga azul: Oficio
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-01-2016 | 22:56| 0

Las imágenes del Real Oviedo 1 - 0 Zaragoza

No quiero ponerme eufórico y dar por sentado que el Oviedo superó sus limitaciones y que, a partir de ahora, la senda del triunfo nos espera. Pero tampoco puedo dejar de ver que al equipo se le nota una mejoría importante, sobre todo, en defensa. Se diría, en efecto, que ya no hay esos pasillos de infarto que tanto daño nos hicieron en más de un partido. Se diría también que el once carbayón juega más conjuntado, percibiéndose entre los jugadores sintonía y complicidad.

La defensa está más en su sitio y, sobre todo, mejor concentrada. Me gustó Verdés, que no sólo se mostró seguro, sino que además se le vio en muchos lances con buena visión de la jugada.  El centro de campo sigue siendo batallador, aunque a Erice se le agradecería más precisión en los pases. Si fuera tan buen pasador como lo es de eficaz a la hora de cortar balones, estaríamos hablando de un jugador excepcional. En cuanto a la delantera, Koné, acierte o no, es siempre una pesadilla para la defensa contraria por su juego tan incisivo como batallador. Y, en lo que se refiere a Toché, su efectividad es admirable. Además, tengo la impresión de que ambos jugadores pueden ir a más conforme avance el campeonato.

En otro orden de cosas, fue todo un acontecimiento la salida de Borja Valle al campo. Se vio claramente que no iba en el guion que forzase  en el encuentro de hoy, aun así su presencia dio profundidad al equipo. Sustituyó a Aguirre, jugador que no acaba de cuajar un gran partido. Deja siempre buenos detalles de velocidad y regate, incluso sabe defender llegado el caso. Pero todavía no alcanzó en el Tartiere un partido redondo. En lo que se refiere a Hervías, toca señalar como algo muy positivo que ya no es tan individualista como en los primeros partidos y, desde luego, se trata de un jugador con garra y clase en el ataque.

Por su parte, los laterales cumplieron sobradamente en sus cometidos. Diegui volvió a demostrar una vez más que es merecedor de la titularidad, mientras que Peña se sigue prodigando muy bien en el ataque.

Cristian Rivera también merece ser mencionado. Es un jugador que, sin duda, dará muchas alegrías al equipo, tanto por el poderío físico que atesora como también por la seguridad creciente que viene mostrando.

Por último, en cuanto al partido que se vio hoy en el Tartiere, bien es cierto que no se prodigó ninguno de los dos equipos en propiciar ocasiones de gol. No obstante, al Oviedo hay que darle un doble mérito por haber vencido a uno de los mejores conjuntos de la categoría, al que no es fácil desbordar cuando se defiende, al que tampoco es sencillo sujetarlo bien y hacerle incurrir con frecuencia en fueras de juego.

En definitiva, un Oviedo que se va superando, sin que ello suponga que esté justificada, como dije al principio, la euforia. Con todo, hay motivos para el optimismo.

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Recuerdos de Oviedo: Aquella Cabalgata de la duda
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-01-2016 | 23:11| 0

“Melchor, Gaspar, Baltasar; / tres magos, Baltasar negro; / noche negra, van los magos;/ y el negro mirando al cielo;/ de las estrellas se ríe,/ y la blanca luna, espejo,/ se le ríe, se le ríe,/ y el Niño al ver mago negro/ se echa a reír y su risa/ mece al pesebre del cielo”. (Unamuno).

“La verdad no se demuestra; se sueña. Sólo se demuestra la mentira”. (Rafael Barret).

“Nuestro corazón tiene la edad de aquello que ama”. (Proust).

 

Cabalgata de la duda, porque pocos meses antes, alguien nos había dicho que los Reyes Magos eran los padres. Duda que se disipó aquella tarde-noche del cinco de enero en la Plaza de la Escandalera ante la emoción de todo el ceremonial desfilando y cabalgando. Poesía y verdad, que diría Goethe. La verdad estaba en lo escenificado, porque era lo que transmitía emoción y no desengaño. La emoción pudo con la duda. Corazón y cabeza, dicotomía que en un niño tiene un claro ganador. La carroza del Rey Melchor detenida, los caramelos, el revoltijo, las risas, la alegría desbordada de quienes asistíamos al espectáculo, el regocijo de toda una puesta en escena de la magia. Venían a visitarnos. Actuaban para nosotros. Su mera presencia constituía un obsequio en toda regla. La liturgia de lo representado en la calle confería verdad a aquello, no podía ser de otro modo.

¿Cómo olvidar el momento en el que me quité los guantes para aplaudir? ¿Cómo olvidar el momento en el que saboreé una galleta pequeña y esférica del revoltijo? ¿Cómo olvidar el hechizo que para mí supuso el hecho de que la Cabalgata se detuviese allí para nosotros, para todos los niños de Oviedo que allí estábamos esperando la ansiada parada?

Y es que, al quitarme los guantes, el frío de la tarde-noche ya había desaparecido. Y es que yo no quería que la Cabalgata acabase. Y es que, al ver desplegarse serpentinas en un momento previo a la parada, el guiño era inequívoco. Nosotros, los niños, éramos los protagonistas del festín. Nosotros, los niños, éramos los homenajeados. Y es que, de algún modo, me di cuenta de que había sólo una noche en el año en la que lo obligado no era dormir, sino soñar, en la que los niños teníamos bula para el insomnio.

Pero, ante todo y sobre todo, aquel 5 de enero vi con claridad que la Cabalgata no era el aperitivo de la noche mágica, sino su momento –nunca mejor dicho- estelar.

Magos guiados por una estrella, magos que hacían un larguísimo recorrido. Como todo lo que acarrea sortilegio, aquello no sólo venía de lejos, sino que además tenía una hoja de ruta guiada desde el firmamento por una estrella que se aliaba con nosotros. Teníamos, pues, una especial protección tejas arriba. La estrella que guiaba a los magos garantizaba nuestros sueños.

Aquella cabalgata de la duda. De repente, el embeleso podía más que ningún testimonio encaminado al desengaño. De repente, me sentí parte de un ceremonial que consagraba sueños infantiles. De repente, los Reyes Magos eran toda una aparición constatada y atestiguada. E iban cargados de regalos que hacían cumplir los sueños.

De repente, los recuerdos más inmediatos se agolparon. ¿Cómo no tener presente el momento tan cercano en el que le había entregado la carta a Aliatar, momento marcado por la duda de que los Reyes eran los padres? Aun así, lo cierto fue que me gustó aquel ritual, al ver que depositaba mi carta en una especie de cesto de mimbre, al lado de otras muchas. Entre todas ellas, me figuré que harían fuerza suficiente para que los niños fuesen escuchados, para que los sueños encontrasen en los juguetes que se demandaban una viabilidad real.

El mundo, claro está, era un juego, un escenario de juegos, en el que hacían falta los instrumentos donde nuestros sueños encontrasen las herramientas que los pusiesen en marcha, herramientas, claro está, que eran juguetes.

Vuelvo al momento en el que entregué la carta, al momento en el que, por decirlo así, formalizaba mi petición de un traje de romano, con el que me sumaba al paisaje navideño, que era en gran parte paisaje cinéfilo. Las películas de romanos eran para aquellos días. Las de indios y vaqueros, salvo excepciones, para el resto del año.

La gran verdad estribaba en que la guerra era mentira. Y en aquella ficción, claro está, siempre ganaban los buenos. Las películas de romanos ponían ante nosotros la grandeza y el esplendor de un tiempo. Las miserias e injusticias, o bien eran derrotadas, o bien no merecían ser captadas por nuestras oníricas entendederas.

¿Cómo no tener presente, al hablar de esto, el regreso a casa tras el hechizo de lo contemplado deseando creer que todo aquello era verdad? No era la primera Cabalgata a la que acudíamos, pero lo cierto es que, a diferencia de las anteriores, no sentía prisa alguna por regresar a casa, ni siquiera deseaba que llegase la luz del día para el sublime encuentro con los regalos.

Iba embebido por la Cabalgata. Todo lo demás lo vivía como un alejamiento del ritual, alejamiento tan involuntario como inevitable.

Al acostarme, sabía que iba a estar despierto, al menos hasta el momento de escuchar los ruidos propios del instante en el que se depositasen los juguetes en el mirador de casa. Con la almohada como confidente, abrazado a ella, con los ojos cerrados para que nadie tuviese dudas de que estaba dormido, esperé el desenlace de una larga duda que se quedó congelada al ver la Cabalgata.

Llegó la madrugada. No sólo escuché el movimiento de los objetos, sino también los comentarios de mis padres mientras depositaban los juguetes.

En efecto, los Reyes Magos eran los padres. Pero el prodigio de su recorrido, con la recepción de las cartas, con parada y fonda en la Cabalgata, tenía más fuerza y prestancia que la verdad. Verdad que aún no sabía que se inventaba, como descubriría años más tarde leyendo a Machado. Verdad de un recorrido que, como escribió Hegel acerca de la Historia, seguía la trayectoria del Sol, esto es de Oriente a Occidente.

Pero no fue aquélla un noche de Machado, ni de Hegel, sino del traje de romano, bendecido, a saber cómo, por la Cabalgata, por aquella Cabalgata de la duda, duda que sufrió una amortiguación que la hizo dejar de ser punzante. Y puntiaguda.

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