El Comercio
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Aquel susurro que tanto zarandeó
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-05-2016 | 14:28| 0

Puedo decir que estaba allí, en aquel Pleno, en el que se anunciaba un fracaso para todos aquellos que deseábamos un cambio en Oviedo. De hecho, aun en el supuesto de que Wenceslao López, desoyendo las instrucciones de la FSA, le diese su voto a Ana Taboada, se daba por seguro que determinados ediles electos del PSOE  acatarían la disciplina de partido. En el Salón de Plenos, estaba previsto, pues, que se escenificaría una frustración política más.

Confieso que, hasta el momento en que Rivi, anunció su voto a Wenceslao López, daba por hecho que Caunedo sería nombrado Alcalde. Incluso hubo un momento, tras las palabras de Ana Taboada, de confusión. Pero, por una vez, el desenlace nos sorprendió para bien.

Nunca olvidaré los semblantes helados no sólo de los ediles del PP, sino también de algunas de las celebridades invitadas. Nunca olvidaré el entusiasmo que viví al saber que Oviedo tendría un Alcalde honesto, que además era de izquierdas no sólo en lo que a las siglas se refiere. Y, sobre todo, nunca olvidaré que la actitud de Ana Taboada y sus ediles, votando a Wenceslao López, supuso un bofetón en toda regla a una FSA, que prefería que el gabinismo continuase gobernando en Oviedo, a resultas de la falta de acuerdo entre Xixón sí puede” y el PSOE de la villa de Jovellanos.

Y, claro, nadie en la FSA tuvo a bien caer en la cuenta de que, siendo el mismo partido, eran muy distinta cosa Wenceslao López y el candidato socialista de Gijón. Y a nadie en la FSA se le pasó por la mente admitir que no era justo que la ciudadanía progresista de Oviedo tuviese que pagar las consecuencias de la falta de entendimiento en Gijón.

Primer hecho diferencial de Oviedo: al partido hegemónico de Asturias, no parece preocuparle en exceso esta ciudad, a la que la mayoría de sus dirigentes nunca entendieron bien. Segundo hecho diferencial: al frente de la Alcaldía de nuestra heroica ciudad está alguien que no es un profesional de la política y que tiene muy claro que no valen los amiguismos, los clientelismos, las renuncias y los renuncios. Y, desde luego, su prioridad no son las consignas de los mandamases de la FSA, sino Oviedo y su ciudadanía. Y, en lo que toca a izquierdismo, nadie puede darle lecciones.

Por otro lado, al ser tres partidos los que forman y conforman el Equipo de Gobierno Municipal, no siempre es fácil alcanzar acuerdos, no siempre es posible coordinarse, no siempre se logra dar una imagen de sintonía plena. Ello, al margen de algunas ocurrencias en ocasiones no muy afortunadas. Pero, ante todo y sobre todo, en lo fundamental están de acuerdo desde el primer momento.

 

Tras un año de Gobierno en Oviedo, el llamado tripartito tiene muchos y difíciles frentes abiertos, que van desde las distintas hipotecas heredadas, algunas con sentencias desfavorables  como es el caso de Villa Magdalena, pasando por clientelismos también heredados que se daban casi por definitivos, sin perder de vista tampoco el problema que supone hacer frente a las privatizaciones anteriores, hasta una especie de guerra mediática que empezó el primer día, guerra en la que todo parece ser válido, y en la que no se juega limpio, si por tal cosa se entiende buscar la objetividad y reconocer logros que están ahí.

Pero, sea como sea, el cambio en Oviedo no es sólo cosmético. Pero, sea como sea, esta ciudad abandonó el culto a vacas sagradas. Pero, sea como sea, el matonismo político ya es historia.

Un año de Gobierno de izquierdas en Oviedo. Un año en el que un día sí y otro también hay que recordar que la política no es cosa de amiguismos ni de intereses particulares. Un año en el que el gabinismo, a pesar de su continuo desprestigio, a pesar de comportamientos muy poco ejemplares, se resiste a reconocer que ya es historia.

Se pasó en un año del susurro a la búsqueda de una normalidad democrática que muchos se resisten a aceptar. Pero que ocupa el Gobierno muncipal.

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Recuerdos de Oviedo: Parada otoñal
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-05-2016 | 13:36| 0

 

“La historia es la ciencia de lo que acontece sólo una vez”. (Charles Seignobos).

¡Qué especiales y, al mismo tiempo, inquietantes se vuelven las cosas que suceden una sola vez! Por un lado, son indelebles. Por otra parte, nunca abandonan su carácter enigmático, es decir, resulta inevitable que nos preguntemos tan pronto las recordamos no sólo por qué aquello no se repitió nunca, sino también qué hubiera pasado, cómo hubiera sido, en el caso de que hubiera vuelto a producirse la situación.
Lo que voy a contarles es algo que aconteció en mi infancia, cuando me faltaban pocos meses para cumplir los once años. Cursábamos primero de bachillerato. Era un lunes por la tarde poco después de la seis, a la salida del colegio. El mes de octubre tocaba a su fin. La temperatura era muy agradable, y el cielo, aunque poblado de nubes, no amenazaba con lluvia.
Pues bien, aquel lunes de octubre de 1967, poco después de las seis de la tarde, tres colegiales se sentaron en las escaleras que se encuentran bajo la enorme escultura que homenajea a don José Tartiere Lenegre. La conversación que mantuvimos nada tuvo que ver ni con el clima, ni tampoco con el personaje a cuyo nombre está erigido el monumento. La conversación fue un desahogo a tres bandas echando pestes contra un profesor colérico y desconsiderado que intentaba explicar su materia a golpe de insultos y enfados. Imposible no estar de acuerdo. Y, al mismo tiempo, todo un alivio comprobar que aquella percepción era compartida.
Lo extraño de aquella tarde no fue solo que aquella parada, al menos para mí, sería irrepetible, sino que además, rompiendo la rutina, ni jugamos al fútbol, ni compramos cromos, ni tampoco golosinas. Fuimos, vaya usted a saber por qué, directamente a aquellas escaleras que estaban bajo los pies de la figura escultórica del personaje al que hemos aludido. El balón permaneció como un objeto más, al lado de nuestros cartapaces. Parada única y, también, monográfico tema de charla.
Estaba muy lejos entonces de preguntarme quién era José Tartiere. Sólo había reparado en que era un señor de su época, de aquéllos que, en la foto de familia, posaban sentados, mientras que el resto de la prole, así como la abnegada esposa, comparecían de pie a su alrededor. O sea, un patriarca de la generación de mis abuelos.
Andando el tiempo, supe que don José Tartiere se había muerto en 1927, el mismo año que da nombre, creo que desafortunadamente, a una generación irrepetible no sólo en el campo de la poesía, el mismo año en el que se publicó un libro clave en la historia de la filosofía del siglo XX, “Ser y Tiempo”, de Heidegger. Libro que, como el autor, es oscuro. Autor que remite a una filosofía desgarradora y a una trayectoria con etapas peor que polémicas, de imposible justificación, por connivencias y convivencias con el horror.
Pero, volviendo al personaje que nos ocupa, mucho tardaría en saber que es la viva representación, entre otras cosas, de una Asturias que se puso en vanguardia en España, en la industria y en el comercio, de una Asturias que fundó la modernidad. Y de un Oviedo que se incorporaba también a los nuevos tiempos. Venía, como el ferrocarril minero, del País Vasco. Fundador y cofundador de empresas, bancos y cabeceras de prensa, padre del fundador del Real Oviedo. O sea, toda una referencia de primer orden en la Asturias contemporánea.
Y es que estamos hablando de alguien que nació cuatro años antes que Clarín, y que pertenece, por tanto, a su misma generación. Hablamos, insisto, de la Asturias que abría paso a la modernidad: mientras se desarrollaba nuestra industria, mientras el comercio iba a más, mientras se creaban bancos, mientras el ferrocarril nos ponía a la altura de los tiempos, Leopoldo Alas era el primer español en leer a Ibsen y era también el primer intelectual de nuestro país con suficiente altura de miras para acercarse al pensamiento de Nietzsche sin escandalizarse demasiado.
Aquella tarde de octubre de 1967, tres colegiales ponían en común su experiencia negativa ante los modos de un profesor, tres estudiantes que ignoraban por completo el significado de aquello que tenían más cerca, desde el personaje del que venimos hablando hasta el entorno más próximo. Tres escolares que eran aún niños de diez años.
Aquella tarde de octubre de 1967, cuarenta años después de la muerte de la persona homenajeada en aquella escultura, al menos uno de los comparecientes, en lo que se refiere a tomar asiento al pie del personaje, vivía una experiencia estadísticamente irrepetible.
Confieso que son muchas las ocasiones en las que, al pasar por delante del monumento escultórico creado por Víctor Hevia, recuerdo la tarde de la que les vengo hablando, y, sin tratarse de un episodio cuya evocación me lleve a grandes emociones o a agridulces nostalgias, lo provechoso de aquella historia, lo que muestra y enseña, que diría Esopo al final de alguna de sus fábulas, es que, sin embargo, hay algo que en la vida se repite tan infinita como inútilmente, y se trata del poder que ejerce sobre nosotros aquello que nos constriñe, que nos limita, que nos cierra y que nos encierra. Esto es, estábamos, como ya consigné, al aire libre, disfrutando de una temperatura agradable, no teníamos prisa, no había muchos deberes para el día siguiente, no nos apoderaba el cansancio y, sin embargo, nos seguía asfixiando el estilo de aquel profesor, su desagradable voz, su histerismo, sus malos modos. Y todo aquello que había sucedido por la mañana, horas después, nos seguía azotando y cercenando. ¡Qué cosas!
Me despedí de mis compañeros de clase tan pronto nos levantamos de allí. Ellos seguían por el Paseo de los Álamos, mientras que yo tomé el camino hacia mi casa en la plaza del Carbayón.
Y hubo una visión que, con el paso del tiempo, me parece tan hermosa como reveladora. Y es que, tan pronto descendimos de aquel monumento, al mirar hacia el Campo San Francisco, un pavo real desplegaba su cola, ajeno a cuanto sucedía.

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El “error Generelo”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 28-05-2016 | 09:37| 1

Vale poco la pena hablar de los errores de Generelo, que en los partidos que lleva al frente del Real Oviedo son de bulto. Lo que toca es certificar no solo que su nombramiento fue una decisión desafortunada, sino que además se cerró en falso el problema que surgió cuando se produjo el enfrentamiento entre Sergio Egea y una serie de jugadores.

El ‘error Generelo’ viene precedido de una opacidad desilusionante y errónea, con la que se cerró en falso un problema entre el vestuario y el anterior míster del club. ‘El error Generelo’ trajo como consecuencia que, de algún modo, fueran premiados futbolistas que apenas habían participado como titulares, al tiempo que condujo al ostracismo a otros jugadores que hasta entonces habían sido decisivos en el logro de una clasificación tan ilusionante como meritoria.

Pongamos un ejemplo de cada caso. El lateral Fernández fue titular indiscutible desde el segundo partido en el que Generelo ocupó el banquillo azul. Por su parte, dejando de lado que la lesión de Diegui podría ser susceptible de hacer cábalas, Cristian Rivera, joven promesa e internacional en su categoría no solo no jugó como titular, sino que apenas entró en las convocatorias.

Ante ello, la prueba del nueve es categórica. Con semejantes cambios, no mejoraron los resultados, ni tampoco se jugó mejor al fútbol. Y acerca de todo esto, todas las divagaciones que podemos hacer nos llevan a hipótesis desoladoras y decepcionantes.

Teniendo en cuenta que el malestar en el oviedismo no se apagó nunca tras la marcha de Egea, desde arriba se decidió la sustitución del señor Del Pozo. Pero siguió en el banquillo alguien que se dedicó a mimar de principio a fin a aquellos jugadores que, según parece, le lloraban al que fuera director deportivo. Conclusión: con Generelo, al menos en lo que respecta a las alineaciones, Del Pozo siguió estando presente, si no en carne mortal, sí al menos de espíritu. Y así nos fue y así nos va.

En cuanto al último partido ante el Leganés, solo cabe suponer la buena voluntad de los jugadores, la seguridad de Josete y el coraje de Viti. Todo lo demás fue un fracaso. Todo lo demás fue un espectáculo transitado de principio a fin por la impotencia. Tras la bochornosa derrota sufrida en Almería, no era fácil esperar que el equipo levantase cabeza. Desde luego, no lo hizo.

El ‘error Generelo’, al final del partido, reconoció lo obvio: que su balance no era para tirar cohetes. Bien es cierto que nadie le destituyó cuando esto se veía venir, y que, por otro lado, tampoco el interesado presentó la dimisión.

‘El error Generelo’. Una frustración más en el oviedismo, que no viene por el hecho de que se esfuman casi por completo las posibilidades de ascenso. Tras haber estado al borde de la desaparición, tras tantos años en el pozo, es para estar contentos el regreso al fútbol profesional, así como la solvencia que da al club el Grupo Carso. Lo que sucede es que no nos puede ser indiferente que se haya tirado por la borda la posibilidad de ascenso por haber administrado mal una crisis, la que supuso la marcha de Egea.

Se administró tan mal que trajo consigo ‘el error Generelo’, del que siempre nos quedará un buen recuerdo como futbolista, pero que fracasó estrepitosamente como entrenador. Fracasó el propio interesado y los que decidieron ponerlo al frente del equipo, acaso para contentar a quienes no se lo merecían.

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Tras el 25 de mayo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-05-2016 | 05:31| 0

Cada 25 de mayo me pregunto si en algún momento se decidirá que esta fecha se convierta en la fiesta cívica de Asturias. Cada 25 de mayo, desde hace ocho años a esta parte, es decir, desde 2008, no dejo de lamentar que en aquel año, en el que se cumplían tantas y tan importantes efemérides, no se hubiesen organizado las cosas de manera que se rescatasen del olvido episodios claves de nuestra historia.

Cierto es que, en la presente ocasión, la fecha en la que Asturias, desde Oviedo, le declaró la guerra a Napoleón tiene un antecedente muy cercano marcado por las jornadas que se acaban de celebrar en Pola de Somiedo en las que fue homenajeada la figura de don Álvaro Flórez Estrada, protagonista principal de nuestro 25 de mayo de 1808.

En aquella España, invadida que asistía a los saqueos y a las miserias de un país tomado por un ejército extranjero, en Oviedo, desde Oviedo, se invocó y se convocó a la ciudadanía para normalizar la situación.

Cierto es que –hay que repetirlo una vez más– no se debe buscar en el 25 de mayo de 1808 un acontecimiento que dé pie a pensar en una exaltación de la soberanía de Asturias frente al resto de España. Nada de eso hubo, pues se pretendía restaurar la Monarquía borbónica (paradójicamente, también de origen francés) y no se concebía estar bajo otro reinado que no fuera el de Fernando VII, acaso el personaje más nefasto que haya tenido la España contemporánea, rey felón, cruel y absolutista, del que Pérez de Ayala escribió que tenía ‘alma de vulpeja’.

Dicho lo cual, también resulta innegable que, insisto, se invocó a la ciudadanía, se pretendió que fuese protagonista a la hora de hacer frente a la invasión, y se enviaron representantes de Asturias a Inglaterra, buscando acuerdos y alianzas contra Napoleón.

Y es que ese hecho, el de la invocación a la ciudadanía desde las instituciones asturianas, invocación llevada a cabo por los personajes de mayor relieve en la Asturias de entonces, nos sitúa en la historia contemporánea y pone de relieve el inconformismo y la dignidad.

A estas alturas, doy por supuesto que no es necesario decir que plantear que el 25 de mayo se convierta en la fecha de la fiesta cívica de Asturias no supone en modo alguno que no se respeten las tradiciones religiosas y, más concretamente, el culto que se le sigue profesando a la Virgen de Covadonga.

Y es que, en pleno siglo XXI, en un Estado teóricamente aconfesional, no tienen por qué no existir fiestas cívicas, conmemoraciones históricas que, en el caso que nos ocupa, dan cuenta no sólo de lo mejor que hemos tenido, sino también de aquellas glorias comunes que forjan lo mejor de un pueblo, según consignó con acierto Renan.

Y, por último, conviene insistir en que la mejor Asturias de entonces formaba parte también de la mejor España.

No deja de ser inexplicable que, tras décadas de gobiernos autonómicos presididos por un partido socialista, socialista en sus siglas, Asturias no tenga aún una fiesta cívica. Antecedentes históricos los hay, sobre todo el que nos ocupa.

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Recuerdos de Oviedo: Fantasmas en Villa Magdalena
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-05-2016 | 13:46| 0

Cada ser humano lleva en torno al núcleo de su existencia efectiva un elenco de otras posibles vidas, suyas y sólo suyas. Y solamente destacándolo sobre el fondo de esas biografías espectrales aparece claro y riguroso el perfil fatal, estricto, de nuestro destino» (Ortega y Gasset).

 

No se inquieten, aunque el título del texto pueda inducir a ello, aquí no se va a hablar de política ni tampoco de actualidad. El relato que sigue es mucho más antiguo que todo ello, también mucho más de espectral. De hecho, lo habitan fantasmas, que no fanfarrias, ni fanfarrones. Lo habitan espectros que, por definición, siempre son mucho menos tangibles que los actores políticos de cada día.
Imagine el lector por un momento una vieja historia habitada, insisto, por fantasmas. Fantasmas que venían sufriendo los ruidos, para ellos infernales, de los trenes que, avanzada la noche, circulaban bajo tierra y rompían la paz y el sueño, Imagine el lector por un momento que los susodichos ruidos no dejaban que la casa fuese y estuviese sosegada.
Imagine el lector por un momento una herencia envenenada no sólo por los desquiciantes ruidos, sino también por otras muchas historias. Imagine el lector por un momento que la paz empezó nunca, que nunca empezó. Imagine el lector por un momento que la historia se repite, esto es, que hay un manuscrito que, no se sabe bien por qué conductos misteriosos y enigmáticos, llega a manos de alguien. Y que el susodicho manuscrito cuenta la extraña historia que no habitó aquello pero que pudo haberlo hecho.
Así, en el susodicho manuscrito hay una especie de advertencia preliminar que especifica que la familia de marras nunca llegó a morar allí, pero que pudo haberlo hecho, y que, sobre ese supuesto, tan espectral como ficticio, se construyó la historia que a continuación se relata. Por tanto, hay lugar para lo inquietante. Y la curiosidad nos pierde una vez más. Se trataría, por tanto, de una historia posible, que no real, que nunca llegaría a suceder.
Debo confesar que cuando la vicealcaldesa de Oviedo, tras tenerse noticia de la sentencia del Supremo con respecto a Villa Magdalena, afirmó con razón que acaso estuviésemos ante la biblioteca más cara del mundo, me imaginé, además, que en su interior, donde nunca estuve, seguramente no habría libros apasionantes. Supuse que allí los libros cumplirían, sobre todo, una función más bien decorativa, por no decir de relleno. Y que apenas había sitio para lo legendario, para historias de largo recorrido, sino más bien para la prensa, así como para volúmenes, cuyos lomos hiciesen juego con el conjunto.
Debo confesar, asimismo, que, cuantas veces pasé por delante de Villa Magdalena, nunca me sentí tentado a conocer su interior. Lo que más llamó mi atención siempre fue el cenador que está junto al muro que da a la calle, pero el susodicho interés se desplazaba en el tiempo, cuando apenas había transeúntes por las aceras, cuando la historia no se había acelerado. Viejos, muy viejos tiempos.
Fantasmas en Villa Magdalena. ¿Qué momento histórico elegiríamos para una merienda campestre en el cenador? ¿Con qué trazas y con qué hechuras presentaríamos y revestiríamos a los personajes? ¿Y si nos pusiésemos en plan palacio-valdesano, esto es, si en aquellos personajes hubiera un antes y un después del ferrocarril que rompía la paz y lo hacía crujir todo?
Convendrán conmigo en que es mucho más armónico y hasta aterciopelado oír el frufrú de un vestido decimonónico que tener que soportar los ruidos de las locomotoras por lentas que fuesen en ya lejanos tiempos.
Fantasmas en Villa Magdalena, escenario para un relato que iría hacia atrás en el tiempo Dios sabe cuántas décadas.
Fantasmas en Villa Magdalena. Como contrapunto y como contrapeso a la escandalera mediática, ¿cómo no plantearse un relato en el que el inmueble que nos ocupa no fuese más que un viejo escenario de época en el que determinados personajes, extraídos de la tradición literaria, se convirtiesen en sus moradores, espectrales y fantasmagóricos? ¿Y cómo jugar con esos mimbres de la tradición literaria para darles un mínimo de originalidad, de personalidad propia?
No sería tarea fácil, nunca lo es construir un buen relato, pero habrá que reconocer que, parafraseando a Cortázar, la propuesta de la que vengo hablando no está nada mal como ‘modelo para armar’.
Merienda en el cenador. Todo acorde con una época, desde las viandas que se consumen hasta las vestimentas, desde la puesta en escena de quienes sirven y son servidos, hasta las conversaciones que tienen lugar.
Merienda en el cenador. Niños y niñas que están deseando jugar. Personas mayores respetabilísimas que cuidan mucho todo aquello que se dice delante de las criaturas. Lenguaje gestual, rigurosa y claramente descrito, que da cuenta de mares de fondo, de grandezas y miserias, de sueños y pesadillas.
Y, de repente, un naufragio desgarrador en la trama, de repente, algo muy sísmico. Esos personajes se avistan a sí mismos en un contexto de futuro, en un escenario al que temporalmente jamás llegarán. Es entonces cuando cunde la zozobra, cuando las inseguridades chirrían, cuando lo que castiga los oídos es mucho más fuerte que los cañonazos parisinos que se oían en Casablanca. Se rompe en mil pedazos el sosiego. Todo es un desmán.
¿Y si fuese al revés? Me explico: ¿No cabría también plantear la hipótesis narrativa de que son personajes actuales los que se ven en una época muy lejana? ¿No cabría plantear la trama de manera tal que sean personajes actuales los que ven una especie de espectros en los que hay algo de sí mismos, algo que les antecedió y que identifican como lo posible en otra época, como esa especie de vidas espectrales de las que habló Ortega, cuyas palabras se reproducen al principio de este modelo para armar fantasmas, para desarmar telarañas temporales que cobran ese inconfundible color de lo irreal?
Les aseguro que vale la pena detenerse a observar el cenador y construir una historia espectral al orteguiano modo.
Una historia con sus herencias y sus querencias, bienquerencias y malquerencias.

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Panorama Vetustense: Primavera carbayona
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-05-2016 | 21:05| 0

Tras la fiesta de La Balesquida, tras el bollu y el vino, tras la fiesta de la primavera, en esta ciudad, es mucho lo que vuelve y poco lo que va. Vuelve la realidad a mirarnos cara a cara, con sentencias que amenazan nuestra economía, con una cuenta de resultados heredada, con un despertar a las noticias de cada día donde ciertos excesos del pasado, al igual que el cartero, llaman, como poco, dos veces. Imposible librarnos de dar acuse de recibo.

Primavera carbayona. Todo un alto en el camino el Martes de La Balesquida. Todo un alto en el camino alegrado con viandas por lo común contundentes. Todo un acopio de munición para las energías. Todo un descanso necesario y bienvenido.

Primavera carbayona. Este gobierno municipal que, para ciertos ámbitos mediáticos, nunca acierta, tiene cada vez más frentes abiertos de ese pasado que llama a la puerta al que antes aludimos: Villa Magdalena, El Asturcón, así como otros asuntos que en cualquier momento pueden poner aún más contra las cuerdas la economía del Consistorio.

Primavera carbayona. El Delegado del Gobierno en funciones comenzó amenazando con querellarse contra el actual alcalde, al tiempo que lo descalificaba intelectualmente, y continuó asegurando su buena fe. Con esto último, podemos dormir tranquilos, vive el cielo que sí. Como no hubo dolo, el sacrificio económico de la ciudadanía quedará, así pues, amortiguado y no será doloroso. Balsámico y tranquilizador el mensaje del exalcalde.

Primavera carbayona. No dejé de preguntarme desde la pasada semana en qué puede basarse el señor de Lorenzo para negarle a Wenceslao López una capacidad intelectual mínima. Ya sabemos que don Gabino recibió muchos elogios a lo largo de su largo mandato como regidor de Oviedo, y habrá que dar por hecho que no encontró nunca motivos que le hicieran pensar que semejantes regalos a sus oídos podrían ser en algún momento interesados. ¡Ni hablar!

Pero, claro, una cosa es que la vanidad pueda impedir entrever elogios interesados, si los hubiere, y otras muy distinta es considerarse capacitado para expedir títulos de inteligencia y de clarividencia al prójimo. El paso es muy alto.

Bien mirado, más que un paso, es un salto, un salto abismal y hasta abisal.

Moraleja: lo inteligente fue actuar de modo tal que nos llevó a una hipoteca al conjunto de contribuyentes, mientras que la burricie y la mala fe consiste en afear que se hayan tomado decisiones que nos llevaron a la presente encrucijada. Con semejante planteamiento, el birlibirloque no tendría como juego gracia alguna.

Primavera vetustense: las cuentas y los cuentos. Pero, más que los cuentos, las milongas, tan intragables como intratables.

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Viga Azul: Ese cielo gris
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-05-2016 | 21:27| 0

Ese cielo gris sobre el Tartiere, que parecía presagiar una cita con la melancolía. Ese cielo gris que, sin embargo, no cayó sobre el juego del equipo que, en esta ocasión, aunque sin desplegar un fútbol asombroso, pareció creer en sí mismo. Así, Susaeta hizo algo más que lanzar los saques de esquina, las faltas y el penalti con el que regresó al gol. Así, Borja Valle, además de marcar un gol y de protagonizar con calidad alguna jugada, volvió a ser importante en el juego del equipo. Pero, ante todo y sobre todo, hoy no les quemaba el balón en los pies a los jugadores del Oviedo y había ambición de profundidad en el esquema  y en los pases.

También habría que destacar que, incluso en los momentos en los que el partido estuvo más igualado y el Mirandés atacó con mayor empuje, el Oviedo no renunció nunca a hacer daño  en el contrataque.

Y, por otro lado, la segunda parte se decantó del lado azul. Se diría que el Mirandés dio el partido por perdido cuando el Oviedo marcó el segundo gol y se sabía capaz de ser letal  en los huecos que dejaba el equipo visitante cuando se lanzaba al ataque.

Un Oviedo que, por fin, creyó en sí mismo. Es el segundo partido que se gana con contundencia desde que Generelo está al frente del banquillo. Cuando se marcó el cuarto gol, pensé que podía llegar el quinto, y, desde luego, no fue por falta de ocasiones, sobre todo, una en la que a Koné le faltó generosidad para pasarle el balón a Toché. En lugar de hacer lo más fácil disparó sin fortuna malogrando la ocasión de que entrase “el jorobu”.

Ese cielo gris al que aludí al principio del partido no tiñó de tristeza el partido. Volvimos a ver un Oviedo capaz y resolutivo en ataque, volvimos a ver un Oviedo con ambición y con confianza en sí mismo. Esperemos que no sea un espejismo.

Otra de las cosas a consignar acerca del partido de hoy es que Josete se está ganando, creo que merecidamente, el puesto, pues es lo suficiente eficaz y expeditivo para hacer que el juego defensivo del Oviedo sea solvente.

Por otro lado, no puedo dejar de preguntarme cómo es posible que no se cuente con Omgba, sin ni siquiera convocarlo, dado el poderío físico de este jugador que podría aportar mucho a estas alturas de la liga. Lo mismo digo con respecto a Cristian Rivera, cuya presencia en el centro del campo podía ser útil, al menos como opción ante determinados cambios.

Pero lo esencial es que el cielo gris hoy no se desplomó sobre el Oviedo y sobre el oviedismo, y que todo es posible aún siempre que este equipo sea capaz de creer en sí mismo.

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Recuerdos de Oviedo: Plaza de Santa Clara
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-05-2016 | 09:42| 0

Plaza de Santa Clara, al lado de casa. Allí estaba el Garaje Asturias donde guardábamos el coche. A su lado, había otro garaje, el Ovetense, en el que nunca entré, pero daba la impresión de que era mucho más pequeño, por lo que se observaba desde la acera. O sea, todo nomenclatura muy cercana. Por si ello fuera poco, en esa misma plaza, un señor de Lanio estaba al frente de un pequeño comercio donde se hacía la mayor parte de la compra de cada día para nuestra casa. Frente a los garajes, una de las fachadas del Caserón de Santa Clara, actual sede de la Agencia tributaria. Corazón de Oviedo, enclave atopadizo y familiar.
El garaje Asturias lo recordaré siempre por sus enormes dimensiones, aunque sólo contaba entonces con una planta. Sus guardas eran muy afables, en unos tiempos en los que los vehículos fallaban bastante más que ahora, y a veces, les tocaba empujar, así como dirigir las maniobras de salida y aparcamiento. Y siempre tenían palabras amables.
Plaza de Santa Clara. Bien mirado, en la historia de Oviedo, lo conventual está omnipresente. Pensemos, entre otros, en los conventos de San Francisco y el que da nombre a la plaza de la que venimos hablando. Y pensemos también en la larga historia que atesora el edificio que actualmente es la sede en nuestra ciudad de la Agencia Tributaria.
Convento de Santa Clara. En su momento cuartel. Y, en ese tiempo inmediatamente anterior a su transformación, se cuenta que en su interior tuvieron lugar combates de boxeo. La Iglesia y el Estado en su larga historia. Y, por el medio, las cosas, más o menos toleradas, en los años que no tuvo destino concreto y que el abandono lo habitó. O que habitó el abandono. Vayan ustedes a saber.
Plaza de Santa Clara. Cuando pienso en las obras previas de las que me tocó ser testigo de niño, desde nuestra casa en la plaza del Carbayón, me percato de que tuve la enorme fortuna de haber descubierto el mundo en un espacio que en gran medida marca el significado histórico de nuestra ciudad.
Verán ustedes: cuando Juan Antonio Cabezas da cuenta en su memorable biografía sobre Clarín de la polémica que se generó en la ciudad cuando se decidió que el árbol más simbólico de Oviedo fuese talado, me percaté de que esa dialéctica entre tradición y modernidad es la que marca la historia vetustense. Lo digo, porque hay constancia en nuestra intrahistoria de las posiciones encontradas que se suscitaron cuando se decidió remodelar el antiguo Caserón de Santa Clara y convertirlo en Agencia Tributaria.
Los que no estaban de acuerdo con el proyecto eran conocidos como “clarisos”, frente a ellos, se encontraban sus antagonistas que eran partidarios de acabar con aquel abandono dando una utilidad al histórico edificio acorde con los tiempos.
Así pues, tuve la suerte de ser testigo de la puesta en práctica de un proyecto que había nacido polémico. Y, sin entrar en disquisiciones estéticas sobre asuntos en los que no soy ni mucho menos un especialista, lo cierto es que, si nos situamos en la plaza de santa Clara y observamos la fachada lateral de la actual Agencia Tributaria, tendremos la oportunidad de contemplar una suerte de síntesis entre tradición y modernidad enormemente ilustrativa.
Desde luego, la tradición pesa. Lo que contemplamos es una arquitectura señera y soberbia. Es la piedra noble, la piedra que tiene el empaque del paso de los siglos y que, en su momento, se hizo de ella arte. Pero también podemos observar cómo, al lado de esa presencia de lo solemne y secular, se manifiestan también otros guiños estéticos muy siglo XX. Y, claro, siempre resulta arriesgado unir lo clásico y lo moderno, son idiomas muy diferentes, estilos a los que separan los tiempos y que, sin embargo, con la pericia de un buen arquitecto, pueden llegar a convivir, incluso a no rechazarse mutuamente. Pregúntese el lector si el arquitecto Castelao, cuya presencia en el Oviedo contemporáneo no es pequeña, consiguió con su propuesta armonizar el conjunto.
Y es que, tan pronto, dejamos atrás la pequeña plaza de Santa Clara, y llegamos a la calle Foncalada, ya se asoman los nuevos elementos que añadió Castelao, desde la sillería hasta los acristalamientos.
Y, aunque sabemos que a día de hoy, el proyecto de Castelao ya tiene varias décadas de presencia en Oviedo y que, por ello, forma parte de nuestro paisaje, vale la pena –y mucho- dedicar un tiempo a la observación del proyecto que llevó a cabo, proyecto, insisto, arriesgado, original y, desde mi punto de vista, muy meritorio.
Plaza de santa Clara. Años sesenta. Ignoro en qué momento se abrieron aquellos garajes que ya estaban allí cuando yo era niño. Pero, en todo caso, también tiene su encanto pensar que los tiempos modernos no sólo se quedaron incorporados en el viejo caserón de santa Clara, sino que también se hicieron sitio en la plaza que debe su nombre al antiguo convento, cuyo solar fue propiedad suya.
Piedra noble, en su momento llena de hollín, de abandono. Piedra noble que sigue formando parte de los muros de un edificio dedicados desde su remodelación a los servicios públicos. Piedra noble que tanto atestigua en silencio, cuya presencia va mucho más allá en el tiempo de todo aquello para lo que fue instalada en lo que hoy forma parte del corazón de Oviedo.
Plaza de santa Clara. Actualmente, una de las referencias del universo sidrero en Oviedo. En mi infancia, como dije al principio, un comercio y dos garajes, es decir, actividad, es decir, nuevos tiempos.
Plaza de santa Clara, tradición y modernidad. Y, dentro de lo que es Oviedo, una especie de vestíbulo, de descanso entre calles donde se desarrolla una enorme actividad. Descanso entre calles, al modo de los descansillos en una escalera. Un pequeño espacio para una breve pausa en el transcurrir y devenir de nuestra ciudad.
De plaza en plaza, desde el Carbayón a santa Clara. Desde donde se rinde homenaje al legendario árbol de Oviedo, hasta una de las caras del viejo convento. Viejo roble, viejas piedras. A uno se le recuerda. A las otras se las invita. O, más bien, son ellas las que invitan a su casa a nuestro tiempo.
Y ambas plazas, como anfitrionas, son un lujo.

 

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Villa Magdalena y otras quiebras
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-05-2016 | 05:37| 0

La noticia es heladora: el Consistorio carbayón tendrá que pagar 30 millones de euros más por Villa Magdalena, esto es, por uno de los muchos caprichos de Gabino de Lorenzo. Por supuesto, con la sentencia sobre la mesa,  con independencia del margen de maniobra legal que tenga el Gobierno  de Oviedo, todo se queda en el aire, empezando por los presupuestos municipales, tal y como escribe Gonzalo Díaz- Rubín en EL COMERCIO.

Ante ello, cabe preguntarse si Gabino de Lorenzo, atrincherado como Delgado del Gobierno en funciones, tiene algo que decir. Y no sólo Gabino, sino también su fiel infantería mediática que en su momento saludó con tanto alborozo la operación de Villa Magdalena. ¿Alguien tendrá un solo argumento que pueda justificar que semejante operación fue beneficiosa para la ciudad?

Villa Magdalena y otras quiebras. ¿Qué queda de aquella maravilla de ciudad que tanto asombraba a los visitantes según los coros y danzas que durante tiempo jalearon a Gabino el privatizador? ¿Cómo hacer frente ahora no sólo a lo que acaba de dictaminar el Tribunal Supremo con su sentencia, sino también a otros muchos derroches, incluido el Calatrava?

Oviedo, la ciudad de los palacios. Oviedo, la ciudad de los prodigios. Oviedo, como un Camelot de zarzuela al gabiniano modo. Oviedo, cantado y contado por Gabino de Lorenzo transformado en una especie de don Hilarión llariego.

Tanto derroche, tanto grandonismo, tanto matonismo político en los discursos, tanto sainete en las formas, tenían que pagarse algún día. Pero, claro, a quien le tocará cargar con todo ese cúmulo de excesos será al conjunto de contribuyentes, al tiempo que esos dineros no podrán destinarse a los servicios públicos que la ciudad necesita.

Palacete de Villa Magdalena, muestra inequívoca de un modo de hacer política que nos lleva a la actual encrucijada. Cuando Gabino de Lorenzo perdió la mayoría absoluta en 2011, no pudo, por fortuna, llevar a cabo aquel delirante proyecto para la calle Uría, con el que se pretendía tapar el agujero que suponía Villa Magdalena. Aquello fue el principio del fin de su trayectoria política. Pocos meses después, gracias la mayoría absoluta conseguida por Rajoy en noviembre del mismo año, el que había sido durante tantos años regidor de nuestra heroica ciudad, se refugió en la Delegación del Gobierno como retiro dorado que le proporcionó su partido.

Lo que queda del gabinismo no son más que pufos y deudas. Lo que queda es una ciudad hipotecada, que tiene un principal responsable, que, por otra parte, contó con decisivos apoyos mediáticos que fueron decisivos para que su populismo surtiera efecto.

Sería catártico, creo, un paseo por Villa Magdalena y alrededores, preguntándose durante el itinerario por la utilidad de semejante inmueble para la heroica ciudad.

El Alcalde de Oviedo, Wenceslao López, acaba de hablar muy claro. Estamos ante el último latigazo de una cacicada mayúscula.

Sólo nos cabe el consuelo de que contamos con un Gobierno municipal que nada tiene que ver con delirios y locuras, con episodios sainetescos ni con modales chusqueros.

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Recuerdos de Oviedo: El Fontán
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-05-2016 | 17:51| 0

No es fácil rescatar imágenes de la infancia en las que alguien nos llevaba de la mano por una calle, aunque, bien mirado, al lograr revivir esos recuerdos, la nitidez del momento es grande. La nitidez, la ternura y la tersura. Lo cierto es que, en el caso que nos ocupa, recuerdo muy bien la escena. Me llevaban de la mano un día de mercado en El Fontán de puesto en puesto. Y, a decir verdad, debo confesar que, ya de niño, era chauvinista sin saberlo, porque, al ver frutas, legumbres y verduras, pensaba que no alcanzaban, ni de lejos, la calidad que esos mismos productos atesoraban en Lanio. Y cuando veía frutas, verduras y legumbres que no se cosechaban en Lanio, preguntaba por qué no se cultivaban en las huertas de mi pueblo. Allí (aquí) todo tenía que darse bien.

:: MARIO ROJASAsí es, de puesto en puesto, viendo cómo en algunos casos había regateos a la hora de hacer la compra, preguntándome de dónde venían aquellas gentes que allí vendían, que, por otro lado, me recordaban a aquellas mujeres que ponían puestos en las romerías en verano por estos pueblos, mujeres entrañables que siempre tenían algún detalle con nosotros.

Debo reconocer, por otro lado, que aquello me gustaba, tanto el escenario, con sus columnas, como también el colorido y el movimiento que formaban todos los puestos y todas las gentes que por allí deambulaban. Me preguntaba si andarían por allí los mismos barquilleros a los que veía con frecuencia por el Campo de San Francisco. Me preguntaba por qué eran tan distintas las miradas y hasta las sonrisas de las personas que vendían cuando se dirigían a nosotros, a los niños.

Plaza de El Fontán, despensa de Oviedo, allá en mi infancia, despensa que, como dije más arriba, reafirmaba mi chauvinismo pensando que todo lo que Lanio cosechaba era necesariamente mejor que cualquier producto comercializado. Y, si entro en detalles, lo que más reforzó aquel convencimiento fue comprobar que las manzanas que se exhibían en aquellos puestos no alcanzaban ni por asomo ni el tamaño ni el olor que las reinetas de Lanio.

Plaza de El Fontán, escenario en el que comprobé con mayor claridad que en ningún otro sitio que el registro que se usaba para comunicarse con los niños era muy distinto al que se estilaba entre las personas mayores.

Plaza de El Fontán, más allá de cualquier pintoresquismo, más allá de costumbrismos facilones. Y es que, andando el tiempo, cuando leí ‘ Tigre Juan’, de Pérez de Ayala, comprobé, entre otras cosas, cómo es y cómo puede ser el proceso de convertir la realidad en literatura, que, perdón por la obviedad, no consiste en plasmar lo que se ve, sino en transformarlo. Bien pensado, se trata de una suerte de apropiación indebida, que el propio Ayala explicó muy bien en su momento. Ver a alguien, quedarse con su imagen, pasar la susodicha imagen por nuestros sentimientos, pensamientos y fantasías, y hacer emerger todo eso como personaje literario. Don Ramón no cuenta la vida del ciudadano en el que se basó para convertirlo, sucesivamente, en Juan Guerra (nada que ver con cierto personaje del felipismo, obviamente) y en Tigre Juan, sino que, al observar al personaje real, le inventa una vida posible, vida que da lugar a una extraordinaria novela con la que, por cierto, se inmortalizó literariamente la plaza de El Fontán.

Así pues, nada de costumbrismo, nada de pintoresquismo, nada de majeza al asturiano modo, sino una historia llena de complejidad y dramatismo, con unas técnicas narrativas que son una hoja de ruta interesantísima, con una concepción del ser humano basada en las limitaciones que nos constriñen y que se anticipan a la ‘otredad’ sartriana. En este caso, Vespasiano Cebón completa a Tigre Juan y viceversa.

Por fortuna, a lo que literariamente remite El Fontán no es al colorido costumbrista, por lo común, ramplón e insustancial, sino a una de las cumbres de la prosa del siglo XX, nada menos que a Ramón Pérez de Ayala.

En este sentido, para disfrutar de la plaza de El Fontán, para llevarla, al orteguiano modo, a ‘la plenitud de su significado’, hay que leer a Pérez de Ayala, concretamente su novela ‘ Tigre Juan’.

Pero, además de la lectura de la que venimos hablando, el antes y el después de la Plaza de El Fontán está mucho más cercano en el tiempo. Me refiero al momento en que sus casas fueron demolidas, que no restauradas. Aquello llevó al periodista y escritor Carlos Luis Álvarez, uno de los grandes columnistas del pasado siglo, que siempre ejerció de asturiano, a escribir un artículo memorable en cuyos renglones se advertía el desgarro que aquello supuso para él. Fue un artículo publicado en la prestigiosa página 3 del diario ‘ABC’. Hablaba Cándido en el mencionado artículo que el episodio de la demolición de El Fontán supuso para él «una catástrofe afectiva y estética ya sin restauración posible».

Así pues, dos plumas que inmortalizaron la plaza de El Fontán, la de Pérez de Ayala en una de sus grandes novelas y la de Carlos Luis Álvarez en su artículo que es una especie de elegía. Insisto, con estas referencias, el costumbrismo amable y ramplón se quedó muy orillado frente a tan altos vuelos literarios.

Plaza de El Fontán. Aquel recuerdo de la infancia, en el que me llevaban de la mano y aquellas experiencias lectoras. Todo ello en vena, todo ello en el hondón de las vivencias más inolvidables.

Plaza de El Fontán, corazón de Oviedo, referencia inexcusable en la historia de la capital carbayona. Excelencia literaria, columnismo del mejor. Frente a ello, las dos palas excavadoras de las que habla Cándido en su elegíaco y memorable artículo, donde también afirmaba con dolor que jamás se había imaginado que iba a sobrevivir a la plaza de El Fontán de su Oviedo, de sí mismo, de esa patria que, según escribió Rilke, es nuestra infancia.

Plaza de El Fontán. A veces, me imaginé que en aquel tránsito de niño por El Fontán en el que mi madre me llevaba de la mano, nos encontrábamos con alguien de Lanio en uno de los puestos, con sus manzanas enormes y olorosas que allí nos esperaban para vencer la melancolía que nos apoderaba por estar ausentes de nuestro pueblo, de nuestro verde, de nuestro río Narcea, de nuestro paraíso, de nuestra infancia.

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