El Comercio
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De bolsas, muletas y bufandas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-04-2016 | 02:36| 0

Ya los han visto en EL COMERCIO. Me refiero a la señora Pérez Espinosa con sus bolsas, a don Rodolfo Sánchez con su muleta y a doña Carmen Maniega con su bufanda. Comparecieron todos ellos como testigos en el Caso Pokemon. Comparecieron, aparentemente, alegres y confiados, pero vaya usted a saber.

O sea, que doña Isabel nada sabía acerca de los entresijos de la contratación de una página Web  que se hizo para su campaña electoral de 2011. O sea, que don Rodolfo poco podía aportar para aclarar el mismo asunto. O sea, que doña Carmen aboga por la presunción de inocencia para las personas presuntamente implicadas al tiempo que muestra su predisposición a colaborar con la Justicia, ejemplaridad en estado puro.

A juzgar por la puesta en escena, doña Isabel Pérez-Espinosa ex edil del Ayuntamiento vetustense y ex candidata a la Presidencia del Gobierno autonómico, iba repleta de documentación. Pero, ¡ay!, no se ocupaba de los asuntos de tejas abajo como los de la mentada Web, sus afanes y desvelos volaban mucho más alto y estaban impulsados por su  empeño en pro de Asturias y su ciudadanía, aunque aquello no cuajó, pues cosechó el peor resultado de su partido en unas elecciones autonómicas. Pero ésa fue otra historia.

Por su lado, fue muy llamativa la puesta en escena de don Rodolfo Sánchez, en su momento encargado de las relaciones del Ayuntamiento carbayón con los medios. Personaje importante de la última etapa del gabinismo. Hablamos de un tiempo en el que Gabino era el hombre fuerte del PP astur, que se enfrentó a Cascos y que, con puestas en escena de pitanzas varias, apostó por la candidata Espinosa. Por vez primera en mucho tiempo, no se cumplieron sus anhelos, pues en 2011 perdió la mayoría absoluta en el Ayuntamiento de Oviedo y su candidata a presidir Asturias fracasó rotundamente.

En cuanto a doña Carmen, acaso haya sido la puesta en escena menos llamativa, al tiempo que va perdiendo protagonismo en la vida pública asturiana.

 

De bolsas, bastones y bufandas. Si doña Isabel fracasó en su tentativa autonómica, vive a día de hoy horas bajas, pues su canonjía está, como otras muchas, en funciones. Si don Rodolfo tuvo un protagonismo indudable en su momento en la vida municipal ovetense, desde el cambio de Gobierno en la capital carbayona, está llamado a languidecer como funcionario. Si doña Carmen disfrutó de haber sido diputada en Madrid, a día de hoy, ya no tiene escaño en el Congreso y su partido en Avilés no pasa precisamente por un buen momento.

Más allá de los presuntos delitos que se hayan podido cometer en el caso Pokemon, lo que se ve y se escenifica es decadencia, es un fin de ciclo político. Eso sí, un final sin heroísmo alguno, con sordideces varias que no cesan.

El gabinismo se termina sin grandeza tras tanto y tanto grandonismo. Estéticamente, no hay cabida para otro final.

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Viga azul: Pitos y flautas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-03-2016 | 21:06| 0

En los prolegómenos del partido, tuvieron un gran protagonismo los sentimientos encontrados. La rumorología está ahí y eso hace que haya cabreo con determinados jugadores, que recibieron pitos no a causa de su mal juego, que no fue el caso, sino como consecuencia del mal ambiente que se creó tras la dimisión de Egea. Hay cosas que llaman la atención: por ejemplo, que no se haya contado con Diegui que tuvo una larga racha como titular y nadie discutió su rendimiento.  Además, ambos es  canterano.

Dicho esto, lo cierto es que, especialmente Fernández, que en los primeros encuentros del  campeonato no tuvo un rendimiento óptimo, hoy cumplió con su tarea, luchó e hizo un buen partido. Lo cierto es también que fue, con diferencia, el jugador más pitado, junto a Erice. Pero, en todo caso, hoy no hubo pájaras, hoy todo el mundo luchó y la victoria lograda fue tan clara como indiscutible. Es de esperar, por tanto, que el encuentro de hoy marque un antes y después tras las tres derrotas consecutivas y la polémica dimisión de Egea y que el Oviedo siga arriba luchando por el ascenso. Mimbres, sin duda, no nos faltan.

En cuanto al choque de hoy, hay que alabar el juego de Koné, la omnipresencia de Susaeta, la eficacia de Toché, así como la irrenunciable apuesta del conjunto azul por dominar el partido y el balón. Acaso cabría esperar que Michel vaya más allá en su papel de director de orquesta. No se trata sólo, en lo que se espera del centrocampista, de no arriesgar en los pases, sino también de repartir juego con mayor vocación ofensiva, regalando a la hinchada esos pases inteligentes que llevan un peligro letal.Sea como fuere, no es cuestión de poner pegas, sino de tomar acta de que los jugadores no tiraron la toalla, sino que, al contrario, hicieron un partido en el que el conjunto azul se reivindicó tras la crisis de las tres últimas derrotas, con todo lo que conllevó.

Tiempo habrá, supongo, de aclarar lo sucedido, pues el oviedismo se merece ser tenido en cuenta y no estar condicionado por rumores que, desde luego, no facilitan ese compromiso que se pide a la afición.

Entre pitos y flautas, el Oviedo ganó con poderío y convencimiento, un Real Oviedo que sigue creyendo –y motivos tiene para ello- en sus posibilidades. Lo que toca es que esta racha ganadora continúe y que David Generelo se consolide como un buen entrenador.

Y, a propósito de Generelo, sería muy hermoso estéticamente que le pueda dar a este equipo como entrenador las satisfacciones y glorias que, a pesar de su calidad, no pudo dar como futbolista a resultas la lesión que le hizo colgar las botas.

¿Por qué no? ¿Nadie recuerda que Luis Aragonés se consolidó como un magnífico entrenador en el equipo en el que había colgado las botas y que se puso al frente del club colchonero sin experiencia como “míster”?

Ojalá que sea también el caso de Generelo.

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Recuerdos de Oviedo: Pasiones poéticas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-03-2016 | 02:44| 0

“Entre la realidad y la prosa se alza el verso… El verso es distinto, ni realidad elegida ni prosa en exceso descalabrada, de un solo verso nacen multitud de paréntesis, soldados y otras cuestiones”. (Blas de Otero).

La poesía como arma cargada de futuro, según Celaya. La literatura que estaba por la labor de tomar partido hasta mancharse. Nada de ñoñeces, nada de cursilerías, nada de aforismos con moralina blandengue. Poesía como epicentro de sueños y revoluciones. Poesía somos todos. Tiempos aquellos en los que pudimos darnos cuenta de que, en efecto, se trataba de un género para ser cultivado y cosechado en la adolescencia y en la juventud. Para ser leído con la pasión que produce ir de descubrimiento en descubrimiento, de trueno en trueno.

Nunca olvidaré el momento en el que salí de la librería Santa Teresa con el libro “Palabra sobre Palabra”, de Ángel González. Eran los tiempos en los que resultaba muy frecuente que en la contraportada figurase la foto del autor fumando. ¡Anatema!. Pero no fue el caso. Nuestro poeta comparecía de otra guisa, como un personaje sartriano, sin gafas, con la gravedad que el caso demandaba. Ya en casa, leí con voracidad y asombro la mayoría de los poemas. Ternura, amor, descreimiento, acidez, humor corrosivo. Todo un acontecimiento fue aquel libro.
Poco tiempo después, Alianza publicaba “Expresión y reunión”, de Blas de Otero. Del yo al nosotros. La paz y la palabra. El desgarro, todo un existencialismo trascendiendo. Confieso que aquel libro iba conmigo a todas partes, a la playa, a las tertulias, a los paseos, a los viajes. No tardó en sufrir un deterioro importante, se iba descosiendo y había que hacer arreglos casi de continuo.
Poesía, pasión poética. Versos logrados que llegaban y rasgaban por dentro como punteos de guitarra que consiguen estremecernos, como acordes que conmueven y emocionan y que nos transportan a estados y a estadios insobornablemente oníricos. Sonetos de Góngora y Quevedo. La mística del amor en Salinas con sus pronombres, con su feliz enajenación, con “la nieve que nevaba allá en su cielo”. Lorca y su aurora neoyorquina, sus nardos que dibujan angustias varias. El erotismo desbordante de Miguel Hernández. La austera precisión poética de Machado. La angustiosa rudeza de Unamuno que imploraba a Dios en sus poemas.
Poesía, pasión poética. Lecturas compartidas. Enamoramientos a los que acudían muchos de los versos y poemas a los que estoy haciendo referencia. La poesía como principal impedimenta de todos los sentimientos que afloraban. La poesía, la buena poesía, como el artefacto emocional más decisivo.

Frente a todo aquello, prosaísmos que sobraban y, sobre todo, poses que llevaban a la hilaridad. Miren, lo que les cuento a continuación es cierto. Me tocó presenciar rituales tan pasmosos como ridículos. Había quien escribía renglones en forma de poema, que leía en alto con aparente solemnidad. Aquello chirriaba por su pesimismo facilón, por su torpe manejo del idioma, por su grandilocuencia grotesca. Ocasiones hubo en que me tocó presenciar que, tras dar lectura a semejantes chuminadas, los quemaban, puesto que era obligado evitar que algo tan intenso pudiese ser comercializado en el futuro. Y todo aquello se hacía sin que compareciese en el ceremonial el más mínimo atisbo de sentido del humor. No quemaban sus poemas por infames, sino porque tanta sublimidad no podía, al final, contribuir al sistema capitalista.Gentes atormentadas y malditas. Gentes que eran pura pose. Sus poemas y puestas en escena hubieran dado mucho de sí como ingredientes de un modelo para carcajearse.

Poesía, pasiones poéticas. Frente a aquellos ceremoniales, estaba la obra bien hecha, estaban las obras referidas que me acompañarán a lo largo de mi vida, que son la letra y la música que explican momentos inolvidables, que dan sentido a todo, incluso a los sinsentidos.
Poesía, pasiones poéticas. Borges y su poema de los dones. Neruda y su canción desesperada, los golpes, los lacerantes golpes, de los que habló César Vallejo. Gil de Biedma desdoblándose y atacándose. Las cucarachas a las que Ángel González pretendía exterminar y que amenazaban con defenderse escribiendo al Presidente de la República.
Nada de “poesía eres tú”. Más bien, lo éramos todos, más bien, nosotros. La búsqueda de una inmensa mayoría a la que algunos grandes poetas pretendían dar voz y redimir, por desgracia, inútilmente.
Poesía, pasiones poéticas. También en lo llariego. No olvidaré nunca “la indecisa pluma” con la que Víctor Botas arrancaba un poema que le daba voz y nombre a un gran poeta. Siempre tendré presente algunos poemas de Camín, poemas fieros y tormentosos, en los que el poeta se definía como una galerna que pasaba a galope por los mares y por la vida. La capital de provincias lluviosa en la que había transcurrido la infancia de Ángel González. Los guiños retóricos de Bousoño al existencialismo, con la angustia como mansión cenagosa desde la que clamó.
Poesía, pasiones poéticas, en la novelada Vetusta. ¿Cómo no recordar aquel recital de Alberti en el que hubo que cambiar de escenario porque le salón de actos de la Caja de Ahorros se quedó pequeño? ¿Cómo no tener en cuenta la omnipresencia de Ángel González en la etapa de la que vengo hablando, desde que me hice con su libro “Palabra sobre Palabra” hasta que, con no pocos inconvenientes, se consiguió que diese clase durante un año en la Universidad de Oviedo? Si la memoria no me falla, recuerdo haber leído en la prensa que en su última clase explicó un poema de Valente, compañero suyo de generación.

Siempre Ángel González. Estoy convencido de que no le importaban demasiado los cantos de sirena y las cursilerías, de tal modo que siempre se dio perfecta cuenta de imposturas y esnobismos en la vieja Vetusta.

Y, miren, tras haberse cumplido recientemente el centenario del nacimiento de Blas de Otero, me vino a la mente la época en la que leí compulsivamente poesía, buena poesía, en la que me tocó conocer la confusión entre poetas malos y poetas malditos, en la que determinados libros de poesía se hicieron compañeros inseparables de mi vida.
Aquel “Diccionario de símbolos”, de Cirlot, autor de poemas memorables. Aquel poema del crítico y poeta, José Luis Cano, que comenzaba de esta guisa: “En el amor el tiempo es como un pájaro/ aleteante, estremecido, trágico”. Aquellos años a los que también dio sentido haber leído a María Zambrano, su “razón poética”.
Poesía, pasiones poéticas. Ángel González en la terraza del Rivoli. Alfonso Camín, nombrado “poeta de Asturias”, que murió en la indigencia. La perfección de imperfección humana, desde Quevedo a Valery con sus nubes que “humanizan el cielo”.
Poesía, pasiones poéticas, artefactos de emoción y de inteligencia que invocaban e invocan al juanramoniano modo que nos den el nombre exacto de las cosas. El “tú” y el “yo” de Salinas. El yo que te quiero, el yo que soy, el yo que somos.Los pronombres, su eterna presencia.

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Sobre la gran Metrópoli astur
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-03-2016 | 10:42| 0

“En el norte de España hay una ciudad metropolitana de notables proporciones (unos 800.000 habitantes) que no aparece referenciada como tal en los mapas convencionales, pese a conformar uno de los seis o siete mayores conglomerados urbanos de la península, detrás de Madrid y Barcelona, pero no muy lejos de Valencia, Lisboa, Bilbao y la pujante Zaragoza.” (Enric Juliana).

 

Las palabras de Enric Juliana que acabo de reproducir pertenecen a un artículo suyo publicado en “La Vanguardia” en septiembre de 2008. Llovió –y no poco- en Asturias desde entonces. Pero, a lo que se ve, el Gobierno autonómico retoma el planteamiento de la gran ciudad astur, no sabemos bien si para enredar, o si, por el contrario, la cosa va en serio, aunque es casi imposible evitar el escepticismo. No olvidemos que, en su momento, el PP y el PSOE mantuvieron una serie de reuniones con vistas a la elaboración de un nuevo Estatuto de Autonomía y que aquello se quedó en nada.

Pues bien, suponiendo que no se trate de un enredo más, conviene no perder de vista que hay una serie de cuestiones relacionadas con el asunto que nos ocupa que parecen no formar parte de las inquietudes de nuestros mandamases llariegos.

Miren, esa gran ciudad astur no puede significar en ningún caso que se orillen las alas, que, como se sabe, vienen sufriendo un despoblamiento alarmante en los últimos años y, frente a ello, no se conocen programas de actuación oficiales más allá de las declaraciones retóricas que a nada comprometen. No sería de recibo que se aislasen todavía más las alas. Y habría que planificar con rigor cómo evitarlo en el supuesto de que se pretendiese de veras llevar esto a cabo.

Dicho ello, estamos todos de acuerdo en lo obvio, es decir, en que los localismos suponen un lastre no pequeño para el progreso de esta tierra. Ahora bien, una cosa son los localismos y otra muy distinta es que se idee este proyecto sin contar con los Ayuntamientos, que deben tener un incuestionable protagonismo y no ser meros comparsas de algo que se les da hecho.

Cierto es que sería bueno evitar duplicidades, también de puertas adentro y dejar los localismos en el perchero. ¿Pero podemos considerar viable que un Gobierno autonómico que no cuenta ni siquiera con un tercio de los escaños en el Parlamento acometa un proyecto de tal envergadura sin un acuerdo previo no sólo entre los principales partidos políticos, sino también entre los Consistorios afectados? ¿De verdad resulta creíble que en el mencionado proyecto se contemple también que las alas se puedan beneficiar de ello?

¿Hay algo más que una declaración retórica? ¿No es un mal comienzo darles hecho el proyecto a los Ayuntamientos?

Tengo para mí que estamos ante una escenificación más de un Gobierno que quiere disimular el marasmo en que se encuentra y al que nos somete.

 

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Recuerdos de Oviedo: Toreno, 5
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Luis Arias Argüelles-Meres | 20-03-2016 | 18:54| 0

« ¡Belleza, sí, belleza! Pero la belleza no es eso, no es la del arte por el arte, no es la de los esteticistas. Belleza cuya contemplación no nos hace mejores no es tal belleza». (Unamuno). 
«El alma resiste mucho mejor los dolores agudos que la tristeza prolongada». (Rousseau).

Fue en 1973 cuando nos mudamos a la calle Toreno, al número 5, al edificio que, según se decía, era conocido en Oviedo como ‘la casa el coño’, ello no obedecía a connotaciones pornográficas ni a groserías de brocha gorda, sino al hecho de que, cuando se construyó en 1947, destacaba por tener un número de plantas inusual para aquellos tiempos. Semejante denominación sobrevino a resultas de expresiones como las que siguen: «¡Coño, vaya casa!»’ y también: «¡Coño, que casa más alta!».

También era muy curiosa la nomenclatura: las dos primeras plantas recibían la denominación de entresuelo y principal. Y, a partir del cuarto, que, en realidad, era la sexta planta, las denominaciones eran tres áticos y súperático. Recuerdo los ascensores que tenían la opción del reenvío al portal, así como sus puertas de madera. El tributo que se pagaba por su estética era la lentitud. Cuando se cambiaron, se notó mucho tanto la rapidez en el sube y baja como también la pérdida de prestancia.

Quien esto escribe contaba con 16 años cuando nos mudamos a vivir al ático 3º de Toreno, 5. Plena adolescencia y vísperas de tiempos nuevos, desde una atalaya que contaba con unas vistas privilegiadas que enamoraron a mi madre tan pronto puso allí los pies. En efecto, se podía ver el Naranco, el Aramo y el Campo de San Francisco. También el palacete de Concha Heres, eso sí, durante pocos años.
Vísperas de tiempos nuevos en una vivienda que contaba con un pasillo enorme, con portería de madera y con techos altos. Aunque ya en desuso, había una vieja cocina de leña que, por un lado, atestiguaba tiempos pasados y que, por otro lado, nos hacía recordar lo que era la vida rural de la que nunca nos desvinculamos. Lo mismo podría decirse de una fresquera con sus rejillas bajo el ventanal de la cocina.
Vísperas de nuevos tiempos, digo, pues, por una parte, se puso en pie el edificio de Galerías Preciados, y, de otro lado, se derribó el palacete de Concha Heres. Lo triste fue esto último. Y no deja de ser paradójico, si de lo que se trata es de la historia más reciente de Oviedo, que, años más tarde tocaría el derribo de la antigua Estación del Vasco. Paradójico porque Masip se opuso a la destrucción del palacete de Concha Heres y, años más tarde, ejercía de primer edil cuando se autorizó acabar con la vieja estación ferroviaria.
Años de adolescencia y juventud en Toreno, 5, concretamente desde 1973 hasta 1985, cuando me fui de la casa de mis padres al cambiar de estado civil. Años de grandes cambios en nuestra ciudad, en nuestro país y en el mundo. Doce años que fueron mucho, que no transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos. Años en los que las horas, por lo general, eran muchos menos veloces. Años en los que el ‘tempus fugit’ era mucho más literario que vital.
¿Cómo no recordar las primeras manifestaciones en Oviedo tras la muerte de Franco, cuyos ecos se hacían oír en casa cuando aquellos acontecimientos pasaban por la plaza de la Escandalera? ¿Cómo no recordar, asimismo, la campaña electoral del 77, cuando volvieron a oírse himnos y canciones que durante cuarenta años habían sido clandestinos, tan clandestinos como sobrecogedores? ¿Cómo no recordar determinados momentos en los que se entraba en casa con libros que ya tenían sus años pero que no se podían publicar en España hasta aquel momento?

¿Cómo no tener presente siempre, asimismo, la forma en que mi padre vivió los acontecimientos tan importantes y decisivos desde la otra atalaya que eran sus conocimientos y sus recuerdos? Con enorme intensidad rescato aquellos momentos en los que le leía la prensa, en los que le leía también fragmentos de libros que tenía tan profundamente interiorizados. Por ejemplo, las últimas palabras de aquel discurso de Azaña cuando invocaba la paz, la piedad y el perdón. Por ejemplo, determinadas estrofas del poema en que Machado habla del patio de Sevilla y de los tenores huecos que cantan a la luna. Por ejemplo, fragmentos de la correspondencia entre Ganivet y Unamuno. Por ejemplo, los versos que Machado le dedicó a Giner de los Ríos. Por ejemplo, el arranque de ‘La Regenta’, con «aquellas sobras de nada» que iban de esquina en esquina. Por ejemplo, fragmentos de los diarios de Amiel con su melancolía profunda, con su timidez elevada a obra de arte. Por ejemplo, el desgarrador poema que Machado le dedicó al fusilamiento de Lorca. Apenas podía leer aquellas líneas que en su momento había subrayado y anotado, pero las tenía incorporadas en lo más hondo de su sentir y pensar.
Toreno, 5. Atalaya y corazón de un tiempo nuevo, atalaya y corazón de un tiempo en el que la infancia había quedado atrás, en el que la salud de mi padre se resquebrajó gravemente, aunque su memoria permaneció lúcida hasta el final de sus días en mayo de 1986. Allí falleció con sus libros y recuerdos, con su afán por conocer hasta el último instante.
Toreno, 5. El acostumbrado trasiego de un portal en el que eran muchas las gentes que acudían a consultas médicas y a hacerse radiografías. Portal a cuyo cargo estuvo un personaje entrañable que se llamaba Ramón Candás.
Toreno, 5. Cuando llegaba a casa de madrugada, el periódico en el felpudo. La terraza en la que mi madre disfrutaba tanto rodeada de sus plantas. Plantas en cuyas macetas Lanio tenía presencia, pues toda la tierra venía de allí. El Aramo con nieve en invierno. El Naranco que alguna vez vi arder. El abrumador tránsito de la calle Toreno con dos direcciones durante bastantes años.
Toreno, 5. Oviedo ya no era sólo el principio de la vida, sino la vida misma transcurriendo y dando señales de unos tiempos en los que su sino eran los grandes cambios.
Toreno, 5. La última etapa en la que las referencias estaban vivas, en la que aún me encontraba con techo y abrigo, en la que todavía no me tocaba serlo.
Ni ejercerlo.

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En la despedida de Sergio Egea
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-03-2016 | 03:37| 0

De entrada, quiero confesar que mi relación con el fútbol es muy atípica, tanto es así que de  no existir el Real Oviedo, el llamado deporte rey me preocuparía y ocuparía más bien poco. Pero, como consignó Rilke, “mi patria es mi infancia”, y, ya desde niño, mi padre me transmitió su pasión por el oviedismo llevándome con él al Tartiere. Por eso, nada de lo que le acontezca al equipo azul me puede resultar ajeno. Y lo cierto es que, tras haber disfrutado de lo que significó la salida del pozo del club de nuestros amores, lo que sucedió con la marcha de Egea no sólo me contraría, sino que además me inquieta.

Miren, no seré yo quien se pronuncie acerca de la calidad técnica del entrenador argentino. Quede tal cosa para los expertos en la materia. Pero sí quiero manifestarme con toda claridad en torno a la categoría humana de este hombre que se marchó del club con elogios para todo el mundo y sin manifestar resentimiento alguno contra quienes no le pusieron las cosas muy fáciles, contra quienes no se caracterizan por su lealtad.

Me sorprendió mucho el rifirrafe que tuvo lugar en el Requexón entre Egea y varios futbolistas, rifirrafe que ofrecieron las cámaras de la televisión autonómica. Aun así, no era de esperar que esa misma tarde el técnico argentino presentara su dimisión. Y, poco más tarde, me resultó un tanto decepcionante el comunicado oficial del club, que tendría que haber ido más allá de una mera declaración formal agradeciendo los servicios prestados. A mi juicio, se tendría que haber dejado muy claro que no había sido un entrenador más, pues está, por méritos propios, en la historia de nuestro Real Oviedo.

Pero mi decepción sería mucho mayor cuando tuve noticia del comunicado de la plantilla azul que leyó Diego Cervero. ¿Acaso no se merecía Sergio Egea la gratitud de la plantilla, no sólo por los resultados cosechados hasta el momento, sino también porque en todo momento salió en defensa de sus jugadores y nunca tuvo una mala palabra para ningún futbolista azul en sus declaraciones públicas? ¿No fue frío e ingrato ese comunicado?

Lo cierto es que, mientras la directiva y la plantilla despacharon el asunto con una frialdad tan protocolaria como injusta, el oviedismo sí que estuvo a la altura de las circunstancias despidiendo a este hombre con el cariño y entusiasmo que verdaderamente se merecía.

Fue el oviedismo quien hizo justicia poética. Fue el oviedismo quien dio muestras de su inveterada elegancia, elegancia que estuvo a la altura del propio Egea.

Desde luego, lo que toca es el presente, y el panorama futbolístico del Oviedo no debe llevarnos a pesimismo alguno. Tanto en el caso de que Generelo sea confirmado en el banquillo, como en el supuesto de que se fiche a otro entrenador, las posibilidades de que el ansiado ascenso se consiga no son pocas. Tras la marcha de Egea, el rendimiento del equipo no tiene por qué ser peor, incluso (ojalá sea así) puede mejorar.

Dicho todo ello, la falta de elegancia que hubo en la  despedida a Egea ya no tiene vuelta atrás, y alguien debería pensar seriamente en ello.

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Viga azul: Fatalismo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-03-2016 | 01:17| 0

Volvió el fatalismo al Carlos Tartiere, volvió uno de esos encuentros en los que casi nada sale bien, en los que el contrario parece inexpugnable y omnipresente. Volvió la sensación de estar sufriendo la crónica de una derrota severa. Ni la defensa estuvo segura, ni el centro del campo ganó la partida, ni la delantera contó con esa pegada que asegura la victoria.

Volvió, de algún modo, el espectro de aquel lejano partido contra el Valladolid en el que los pucelanos nos hicieron ocho goles. Digo el espectro, que no el juego, ni los penaltis, ni el árbitro, ni otras cosas que mejor no mentar. Me refiero a un partido con muchos goles, marcado por los fallos defensivos, en los que el balón va de un área a otra casi continuamente, en los que el juego enloquece.

En la zaga del Oviedo, aparte de los fallos e imprecisiones, lo que más se notó, y creo que resultó nocivo, fue la parálisis y el acogotamiento de los jugadores, que en lugar de sacudirse el dominio sin contemplaciones, parecía que esperaban a que el árbitro parase los ataques pucelanos señalando faltas o posiciones antirreglamentarias.

A los delanteros azules no les faltaron ganas ni lucha, pero pocos balones les llegaron claros y pocas veces dispararon en función de las múltiples ocasiones en las que el balón se movía por el área visitante.

Cierto es que estuvo muy bien Borja Valle en la jugada del primer gol azul. Cierto es que Koné parece haber recuperado la efectividad perdida marcando dos goles, efectividad que regresó hace dos semanas contra el Elche. Cierto es que hay que considerar positivo que Linares esté de nuevo en condiciones de jugar. Seguro que tiene  muchas alegrías que dar al oviedismo. Cierto es  que Toché luchó sin esconderse nunca. Cierto es, en fin, que la salida de Edu Bedia dio más profundidad el equipo.

Pero todo ello, ante los errores y la incomprensible quietud atrás, sumado a un centro del campo que solía perder la partida frente a los vallisoletanos, no sólo resultó insuficiente, sino que ni siquiera nos acercó a igualar el partido tras la segunda parte.

Fatalismo, que nunca desaparece del todo, que vuelve cuando menos se le espera, que no hay forma de evitar por y para siempre.

Jugamos agarrotados. Nos faltó la solvencia para encarar con  cierta épica un resultado que se nos pone en contra. Nos faltó creer en nuestras posibilidades. Nos faltó seguridad y confianza.

Se recordará este partido como aquel en el que el fatalismo volvió a hacer acto de presencia. Lo que toca es obvio: romper la parálisis que hoy se sufrió. Y seguir yendo a por todas.

Y a por todos. Equipo hay, no lo duden.

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Recuerdos de Oviedo: “Olegario”, calle Milicias
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-03-2016 | 02:26| 0

“La libertad política significaría la liberación de los individuos de una política sobre la que no ejercen ningún control efectivo. Del mismo modo, la libertad intelectual significaría la restauración del pensamiento individual absorbido ahora por la comunicación y el adoctrinamiento de las masas, la abolición de la opinión pública” junto con sus creadores”. (Marcuse).

“La noción de cultura de masas, que surgió de la sociedad de masas, fue la expresión directa del sistema de medios de comunicación que resultó del control ejercido por los gobiernos y los oligopolios empresariales sobre la nueva tecnología electrónica de la comunicación”. (Manuel Castells).

 

Seguro que muchos de ustedes recuerdan aquel mostrador donde se apilaban tantas revistas de información política y tantos periódicos nacionales y llariegos. Seguro que no son pocas las personas que no olvidarán jamás el día de la semana en el que salía el nuevo número de “Cambio 16”. Seguro que habrá quien continúe teniendo presente los títulos de los periódicos nacionales cuya llegada se retrasaba lo suyo. Seguro, ante todo y sobre todo, que casi nadie de aquella época perdió de vista que hubo unos años en los que la avidez por la información política estaba desatada.
“Olegario” fue en los años setenta y primeros ochenta el establecimiento de Oviedo donde más periódicos y revistas se vendían. Fue en 1974, a mis 17 años, cuando empecé a comprar “Cambio 16”, revista que mi padre leía también con avidez. Lo más destacable que tenía era su descaro, su tono irónico, su atrevimiento en las informaciones que rozaba casi siempre los límites que los censores permitían. Y es que, en aquello que se llamó tardofranquismo, hubo dos revistas por excelencia, la citada y también “Triunfo”, más sesuda, con mayor carga de profundidad, donde tenía más peso la opinión. “Cambio 16” llegaba los viernes.
No es el momento de detallar aquí la historia de las mencionadas revistas, a las que habría que añadir otras como “Cuadernos para el diálogo”, que se editó a resultas de la iniciativa de un ex ministro franquista, de Ruiz Giménez, que apostó por el cambio antes de que el dictador falleciese. También hay que hacer mención a “La Codorniz”, cuyo humor servía de desquite en aquella España carente de libertades.
Pero lo que toca en este texto es recordar, al margen de las características de las publicaciones mencionadas, aquella ansiedad por devorar la prensa que, dentro de los estrechos márgenes que la situación política permitía, iba más allá de lo oficial y de lo oficioso, no sólo en la letra, sino también en la música, en el tono. Y toca recordarlo haciendo mención al quiosco y/ o librería en el que todo aquel público se daba cita, esto es, haciendo mención aquel establecimiento que fue todo un clásico en la calle Milicias.
Un establecimiento que está muy vinculado a fechas históricas en las que las portadas de los periódicos y revistas tomaron acta de aquello, eso sí, fieles a su estilo.
¿Cómo no recordar aquel número de la revista “Cambio 16” que daba noticia de la muerte de Franco? Fondo oscuro para dar cuenta de ello: “La Muerte” ¿Cómo no recordar, asimismo, un número de la revista “Triunfo”, que reapareció tras un larga sanción, y que daba cuenta de la presencia de una navaja en las Cortes franquistas tras Franco, aquellas mismas que terminarían por aceptar su final tras haber aprobado la primera reforma de Suárez, con paternidad de Torcuato Fernández Miranda? ¿Cómo olvidar, otrosí, aquel día de abril en el que salió a la calle el primer número del diario “El País”, en cuya primera página se apostaba por la democracia plena, así como por la legalización de todos los partidos políticos? No perdamos de vista que en aquellos días, gobernaba aún Arias Navarro, intentado dar una continuidad imposible a un franquismo sin Franco.
Tampoco puedo dejar de hacer mención a un número de “Cambio 16” en el que se informaba del resquebrajamiento de salud de Franco, unido aquello a la iniciativa del entonces rey de Marruecos de su “Marcha Verde” hacia un Sáhara todavía oficialmente español. Un franquismo que agonizaba y una prensa que quería plasmar las ansias de una España que, por decirlo al machadiano modo, deseaba alborear.
¡Cuántas imágenes dentro y fuera del quiosco, no sólo las de las portadas de las que les vengo hablando, sino también viéndome en la calle, camino de casa, leyendo revistas y periódicos, deseando llegar pronto, pues sabía que mi padre me esperaba con impaciencia.
Un recorrido muy corto entre la calle Milicias y Toreno 5, que hacía leyendo, una especie de “picoteo” de lo más llamativo de las revistas y los diarios, aperitivo de unas informaciones que no saciaban, pues planteaban aún más interrogantes. Interrogantes que se quedaban abiertas hasta la noche, cuando, casi siempre en compañía de mi padre, escuchaba emisoras de radio donde hablaban exiliados y clandestinos, donde las voces de un tiempo distinto legaban más lejos y a la vez más cerca que los ecos de aquella España oficial tan carcomida.
En “Olegario” no sólo nos dábamos cita quienes anhelábamos el cambio, sino también quienes lo temían y rechazaban que adquirían prensa oficial pero no dejaban de reparar en las portadas de las publicaciones para ellos canallescas.
Jamás olvidaré el comentario de un ciudadano el día que llegó a Oviedo el primer número del diario “El País”, desprecio y rechazo, sí, pero también miedo al cambio que ya estaba en los quioscos.
Día a día, saliendo de aquel establecimiento de la calle Milicias, con los periódicos que publicaban los artículos de un Francisco Umbral que se repetía a sí mismo, y que, a veces, cambiaba el tono hasta la tragedia, cuando escribió acerca de la matanza de Atocha, cuando se hacía eco de la España más tenebrosa.
Día a día con Luis Apostua, su “jornada española”, desde un conservadurismo civilizado y más pulcro que el discurso oficial.
Salir de clase, comprar la prensa en “Olegario”, llegar a casa con periódicos y revistas bajo el brazo. Tinta fresca, papel con su inconfundible olor, fotografías para la historia.
El país cambiaba y, a pesar de todo, tenía quien le escribiera. Y lo escribiera.

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Panorama vetustense: Gabinadas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-03-2016 | 06:33| 0

“Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un ser humano, dadle poder”. (Abraham Lincoln).

 

De vez en cuando, el todavía en funciones Delegado del Gobierno, esto es, don Gabino de Lorenzo, nos regala unas perlas cultivadas que generan de inmediato asombro, indignación e hilaridad, sobre todo, esto último. No supimos bien por dónde andaba la noche aciaga de tantos incendios en Asturias el pasado diciembre, pero sí tenemos noticias suyas haciendo declaraciones chocantes que provocan multitud de comentarios.

Ahora resulta que, según don Gabino, la persona idónea para liderar el PP llariego es Iglesias Caunedo, ello a pesar de estar envuelto en la escandalera del llamado caso “Aquagest”, ello a pesar de que no prolifera mucho su presencia en la vida pública. Pero, claro, es joven, y eso para Gabino es casi suficiente. Eso lo dice el mismo Gabino que reivindicó no hace mucho el valor de la veteranía en la política, que personificó en la señora Clinton, inmersa, como se sabe, en el proceso de primarias de su partido con vistas a las elecciones presidenciales.

Lo mismo vale un roto que un descosido. Digo esto, porque, en su momento, cuando  Gabino lideraba la oposición a que Cascos fuese el candidato del PP a la Presidencia de Asturias, se difundió un comunicado en el que se decía que el ex ministro de Aznar era ya un sexagenario, lo que no convenía mucho para el caso que entonces ocupaba y preocupaba.

Cierto es que, si se tira de hemeroteca, muy contados serán los políticos que no vienen incurriendo en contradicciones tremendas a lo largo del tiempo. Pero no es menos verdadero que el ex Alcalde de Oviedo es de los que se lleva la palma en esas lides.

Es como mínimo irresponsable que se apueste por Caunedo en serio si se tiene en cuenta la situación política en la que se encuentra el ex Alcalde de Oviedo y sucesor de Gabino. Pero no es del caso incurrir en obviedades, puesto que nos encontramos ante una salida de tono del Delegado del Gobierno, salida de tono que no está exenta de humorada de brocha gorda y de provocación a la principal dirigente del PP astur, esto es, a doña Mercedes Fernández.

Lo cierto es que, una vez más, Gabino de Lorenzo da muestras de su faceta bufonesca, ramplona y chocarrera. Lo cierto es que no nos vendría mal una mayor presencia de sentido del humor en nuestra vida pública, pero que no estuviese tan marcado por la ordinariez y la chabacanería.

O sea, que el principal responsable político de las fuerzas de seguridad en Asturias obvia los escándalos de presunta corrupción. O sea, que, con tal de mandar el recado de marras a quien corresponda, incurre en semejantes chuminadas.

Confieso que, una vez más, reivindico lo imposible, que, en el caso de Gabino de Lorenzo, sería, no ya la coherencia y la sutileza, sino simplemente la discreción.

Está claro que a Gabino no le agradó en modo alguno que doña Mercedes hablase del caos calamitoso en el que, según ella, se encontraba el PP asturiano cuando ella se hizo con el timón del partido. Está claro que se ve concernido.

Así las cosas, reacciona al gabiniano modo.

El Gobierno en funciones de Rajoy nos obsequia con “gabinadas”. ¿En funciones?

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Recuerdos de Oviedo: Aquel concierto de Aute en El Fontán
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-03-2016 | 19:39| 0

« Hay muchas morales. Hay la moral positiva y práctica, a la que todo el mundo debe obedecer. Pero hay la moral de las artes. Ésta es muy diferente, y desde el comienzo del mundo las artes así lo han demostrado». (Baudelaire).

Fueron, creo recordar, las primeras fiestas mateínas en las que Oviedo tenía a Masip como alcalde. Fue el año en el que Aute reverdeció antiguos triunfos con su disco ‘Entre amigos’. Fue el año en el que los viejos cantautores demostraron que todavía estaban por aquí para dar mucha guerra, eso sí, algunos más que otros. Fue el año en el que Aute dio un importante paso que lo sacó de la inmensa minoría artística a la que en realidad perteneció siempre, al margen de voluntades propias y ajenas.
Septiembre de 1983, Oviedo, El Fontán. No fue, dadas las limitaciones del recinto, un concierto masivo, pero sí que hubo complicidad entre un público que conocía la mayor parte de las canciones y un cantautor que no se encontraba fuera de sitio. La mayor parte de los guiños los hacía en el preludio de muchas de las canciones que interpretó. Guiños que llegaban a unas gentes que agradecían que Aute formase parte de nuestra educación sentimental.
Amor, sutileza, versos muy logrados, paradojas, melancolías infinitas, soledades, conexiones con grandes poetas del siglo XX. Cierto es que los amigos que habían acompañado a Aute en el disco recopilatorio no estaban en El Fontán. Cierto fue también que esas ausencias estuvieron perfectamente suplidas por un público entusiasta y entregado.
Corría el año 83. El primer Gobierno de González aún no había cumplido el primer año de su recorrido, es decir, aunque muchas decepciones podían intuirse, todavía no habían tomado cuerpo. Se agradecía. Y lo más importante de todo era que estábamos en una década en la que las libertades acompañaban los trabajos y los días de este país, los días con sus noches. Eran los tiempos de la movida. Eran los tiempos del mayor desenfado que se vivió últimamente. Eran los tiempos que habían dicho adiós a décadas de oscurantismo.
¿Cómo no recordar lo grato que resultaba ver y escuchar a Aute en un enclave tan familiar y tan nuestro como El Fontán? ¿Cómo no tener en cuenta que estábamos oyendo magníficas canciones en el mismo lugar en el que muchos años antes se habían representado funciones de teatro, en el que, en el día a día, el acto de la compra de mucha gente de Oviedo era algo próximo y consuetudinario?
Era El Fontán el escenario pintiparado para acoger en ‘nuestra casa’ a un cantautor que entonces vivía quizás su primer año de mayores encuentros con la gente en directo. Podría aseverarse que compaginaban maravillosamente el intimismo de muchas de sus canciones con lo atopadizo que a todos nos resultó siempre El Fontán.
Versos con resonancias de Salinas y Aleixandre. Canciones que daban cuenta de momentos tremendos de nuestra historia más reciente. Y, también, tuvieron su protagonismo aquella noche, otras ausencias, más bien, otras ausentes.
Me explico: ¿Cómo no recordar la voz de Rosa León cantando ‘Al Alba’? ¿Cómo no recordar también a Massiel cantando ‘Rosas en el mar’ y ‘Aleluya’, la canción de la que el propio Aute confesó con ironía, que no sabía muy bien qué había querido decir con ella?
Ausentes, digo, Rosa León y Massiel, cuyas voces tenían más garra y, paradójicamente, más desgarro que la del propio Aute. Tan ausentes y, a la vez, tan presentes en muchos de los que allí habíamos acudido.
Algún día habrá que ocuparse a fondo de lo mucho que hubo, cultural y artísticamente hablando, en los ochenta, década en la que convivieron músicas entonces muy de vanguardia con los cantautores que llevaban tanto tiempo entre nosotros. Algún día habrá que recordar que hablamos de unos años en los que había público para escuchar canciones cuyas letras siguen perdurando, lo que no impedía que se fueran imponiendo canciones de usar y tirar en las que, por así decirlo, ‘los efectos especiales’ constituían el mayor de sus reclamos.
Y, a propósito de canciones con voluntad de estilo en sus letras, de canciones con mensaje, ¿cómo no hacer mención a la parodia que el propio Aute había hecho del cantautor, con su moralina, con su paternalismo, con su tono aburrido, con su prédica de ocasión, y todo ello acompasado al ritmo de un tango? Ironía, bendita ironía.
Aute en las fiestas mateínas de Oviedo. Aute redivivo. Todo ello, en un Oviedo alegre y confiado que, como el resto del país, estaba muy lejos de sospechar los desencantos y decepciones que tanto dañarían los sueños colectivos.
Libertad, ante todo, libertad. Ni en el antes del concierto, ni en su transcurso, ni después de haberse celebrado, recuerdo que hubiésemos mirado el reloj. No conocíamos la prisa, sabíamos que, tras el concierto, muchos establecimientos nos esperaban sin hora de cierre. Sabíamos que octubre con sus horarios lectivos estaba cerca, pero nadie lo invocaba, ni tampoco suponía una losa pensar en ello.
No sólo no miramos el reloj, sino que puedo asegurar y aseguro que tampoco recuerdo si la noche estaba despejada o si lloviznaba, si la temperatura era agradable o si corría alguna que otra racha de viento desapacible.
Lo que se vivía era el momento, y cada momento, a su vez, se expandía hacia atrás en el tiempo recordando nuestro primer encuentro con la canción de turno, y también proyectábamos aquellas canciones hacia un futuro que entonces no se nos antojaba muy imperfecto.
Aquella madrugada, como tantas otras, cuando llegué a casa, el periódico me esperaba sobre el felpudo. Aquella madrugada, mientras tomaba el vaso de leche de costumbre antes de acostarme, desde el ventanal de la cocina de la calle Toreno, la luna se deslizaba despacio, acompasándose al ritmo suave de las canciones de Aute.
Aquella madrugada en nuestras mochilas de recordatorios y vivencias, en la que se incorporó la voz en directo de Aute, que hizo de música de fondo al brillo de los ojos que expresaban su no sé qué de plenitud tras haber disfrutado de obras maestras de la canción.
Aquella madrugada, antes de dormirme, pensé en el trasiego que habría en El Fontán ya de mañana. Y no pude no preguntarme si, en medio de aquel trasiego, los versos de amor de muchas de las canciones de Aute, serían la música de fondo de una jornada que, en apariencia, no hacía mudanza en su costumbre, que diría Garcilaso.
Aute, siempre Aute. Sus rosas en el mar, sus estrellas de la madrugada, su luna sangrando, su helado de fresa recordando a Dean, su cuerpo enamorado, sus invocaciones al olvido con besos en aceras de nadie, su petición de pausa antes de un desnudo que el amor cubriría y arroparía.
Aute, siempre Aute.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.
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