El Comercio
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LA DERECHA CARBAYONA Y SUS ENCRUCIJADAS
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-03-2016 | 06:27| 1

“Usted se queja de la vida… Usted ama demasiado la literatura. Eso acabará con usted y usted nunca acabará con la estupidez humana”. (De una carta de Georges Sand a Flaubert).

 

¿Cuenta la derecha carbayona con una cabeza pensante que la haga salir de sus encrucijadas? ¿Hay relevo para el señor Caunedo, en el caso de que se confirme oficialmente lo que ya se da por hecho, esto es, que se trata de un político amortizado? ¿Existe un proyecto de ciudad en el PP ovetense para los tiempos presentes por parte de los dirigentes conservadores de Vetusta? ¿Alguien echa de menos la zafiedad y el populismo de Gabino de Lorenzo tan impensables en tiempos de crisis?

¿Cabe barruntar que el líder o la lideresa del futuro de la derecha carbayona se las está viendo con los estudios de la LOMCE del señor Wert? Y es que, miren ustedes, todo hace suponer que Gabino no tendrá herederos en lo que se refiere a su forma de hacer política, que fue una excepción que, eso sí, se prolongó mucho en el tiempo, para regocijo de muchos, también para sonrojo de no pocos.

Y es que, más allá de las continuas críticas que el PP ovetense le hace al “tripartito” municipal, críticas que siguen contando con continuos ecos en determinados enclaves mediáticos, lo que no se pone de manifiesto es un proyecto de ciudad del conservadurismo vetustense más allá de los tópicos.

¿Hay alguna propuesta para que el Edificio del Calatrava sea algo más que un goteo de gastos y de óxido? ¿Hay alguna propuesta viable para que El Cristo recupere la vitalidad perdida tras el cierre del antiguo hospital? ¿Se pueden seguir manteniendo las instalaciones hípicas que tanto cuestan al erario público? ¿Podría resultar viable y sostenible aliviar el tráfico en la ciudad por las zonas donde se producen más atascos? ¿Hay algún plan para revitalizar la vida cultural de la ciudad, lo que siempre sería muy de agradecer?

Porque –perdón por la obviedad- es en tiempos como éstos en los que pintan bastos en materia presupuestaria, en los que más difícil resulta plantear un proyecto de ciudad mínimamente viable. Se necesita algo más que una chequera (de la que, por otro lado, no se dispone), para salir del paso.

Gabino de Lorenzo es, en efecto, historia, pero no tiene relevo, no ya como continuación de su forma de hacer política, sino como persona que concite la confianza de una gran parte de la ciudadanía.

No tiene, como digo, relevo, pero, paradójicamente, entre sus huestes no se ve que haya alguien que se plantee un discurso y una propuesta para la etapa que estamos viviendo, etapa, insisto, que no contará con una chequera con la que se pueda hacer frente a los problemas de forma más o menos improvisada.

Así las cosas, colijo que, antes que nada, lo que le toca al conservadurismo carbayón es reinventarse y renovarse y, a partir de ahí, hacer sus pinitos para un proyecto de ciudad, que no podrá sostenerse tampoco con el victimismo ni con el despilfarro ni con la ramplonería.

Tras el ‘gabinismo’, llegó la orfandad. A la derecha de Vetusta le toca emanciparse para salir de su encrucijada. Y esa emancipación pasa por renovar la plantilla. ¿Lo harán? ¿Les dejarán hacerlo?

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Viga azul: Vencer convenciendo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-02-2016 | 12:24| 0

Por fin, llegó una victoria clara. Por fin, el resultado logrado fue contundente, ello a pesar de que en el primer tiempo no se materializaron algunas ocasiones favorables de las que dispusimos; ello a pesar de que el árbitro empezó siendo demasiado riguroso en las tarjetas contra el Oviedo y un tanto laxo a la hora de  tomar decisiones en jugadas dudosas.

Lo cierto es que, si bien en el primer tiempo parecía que el gol se resistía demasiado, la entrada de Koné fue providencial contribuyendo a que el marcador empezase a hacer justicia. Salió, como siempre, con ambición, y esta vez su empeño y esfuerzos obtuvieron la merecida recompensa.

Lo cierto es también que durante gran parte del partido las dudas nos acechaban. Hubo indecisiones e inseguridades que nos acogotaron en más de una ocasión. Y también estaba el temor de que el Elche pudiera darnos un disgusto en algún contrataque bien llevado. Por fortuna, no fue así, porque el Oviedo apenas bajó la guardia y, sobre todo, no renunció en momento alguno al triunfo.

Hacía mucha falta una victoria como ésta, contundente, que diese confianza al equipo, que rompiese con el maleficio de conseguir victorias no sólo por la mínima, sino también agónicas. Hacía falta que Koné tuviese minutos de gloria, tras una larga serie de partidos en los que empezó a ser discutido. Hacía falta que la sociedad entre Diegui y Susaeta funcionase tan bien como el año pasado lo hicieron Nacho López y el propio Néstor. Hacía falta –y mucha- que se viese un jugador con clarividencia y autoridad a la hora de dirigir el juego del equipo. Y, en este sentido, se demostró que Michel tiene condiciones y categoría para ello. Hacía falta, en fin, que en las gradas, más que ayes de angustia, se entonasen cánticos de victoria en determinados compases del juego, tal y como sucedió hoy.

Domingo invernal con el que se despidió febrero. Y, a pesar de ello, el Oviedo vio el cielo abierto en su enfrentamiento contra el Elche a partir del gol de Koné. Podría decirse que se libró una doble batalla, contra los elementos y contra un equipo bien ordenado, y que salimos victoriosos convenciendo.

Así pues, en un domingo frío, lluvioso y con nubarrones, podría decirse que el panorama para el Oviedo empieza a despejarse, pues el equipo se afianza, primero, con una solvencia defensiva que tardó varias jornadas en conseguirse. Segundo, con ambición y entrega. Y, hoy, por fin, con un resultado amplio y cómodo.

Ciertamente, no es poco.

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Recuerdos de Oviedo: Laura Antonelli en el Cine Ayala
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Luis Arias Argüelles-Meres | 28-02-2016 | 14:32| 0

Resultado de imagen de Laura Antonelli, malizia

“La memoria no es lo que recordamos, sino lo que nos recuerda. La memoria es un presente que nunca acaba de pasar“. (Octavio Paz).

Si la memoria no me falla, “Malizia”, la película que protagonizó Laura Antonelli en el 73, llegó a Oviedo tres años más tarde, concretamente al cine Ayala en los primeros meses del 76. ¡Ay, el 76! ¡Ay, el cine italiano! Se convenía entonces que, si bien la filosofía más sesuda y sedicente venía de Francia, con Sartre encabezando la comitiva, el gran cine de entonces tenía su cuna en Italia. Pongamos que Visconti, Fellini, Bertolucci y compañía.
Invierno del 76. Por la noche, tocaba ir al cine. Y fuimos a ver la película que tenía como principal reclamo el delirante atractivo de Laura Antonelli. El sexo, sobra decirlo, formaba parte muy importante de las libertades a recuperar y a revindicar. Además, como la película era italiana, no incurríamos en nada ilícito, es decir, en convertirnos en espectadores de españoladas zafias para reprimidos.
No tardamos en darnos cuenta de que el guion podía ser el de una españolada del destape. Sólo cabía una crítica “profunda”: la condición social de la película que retrataba a una familia pequeño burguesa en la que una joven sirvienta despertaba la lujuria tanto en el desconsolado viudo como también en sus hijos adolescentes. Pero era muy poco serio argumentar tal cosa a la hora de justificar el contenido de la película. Allí, no había mensaje transcendente, ni forma de enarbolarlo. Allí, lo que se ofrecía era disfrutar de la voluptuosidad de una actriz que acabaría formando parte de nuestra educación sentimental. Pero ésta sería otra historia.
Invierno del 76. Podía escucharse un disco de Aute que contaba con un fuerte componente erótico: “Espuma”. Por su parte, como escribí en esta misma página, Patki Andión compareció aquel mismo año con un disco memorable, “Tabaco y Oro”. Y, en el cine patrio, se había pasado del destape, permitido si su santidad el guion lo exigía, al desnudo integral.
Invierno del 76. Incertidumbre en una vida pública cargada de rumores y noticias. Conflictividad social y laboral en aumento. Miedo a perder las libertades que, entre balbuceos, parecían ir recuperándose. Miedo a que, una vez más, algunos decidiesen salvar a la patria con métodos muy clásicos en nuestra historia más reciente.
Un día a día con más interrogantes que certidumbres. Un día a día en el que, a pesar de todo, la esperanza de un tiempo nuevo se abría camino machadianamente, eso sí, entre no pocos temores.
¿Y aquella película abría horizontes, mostraba que las libertades estaban llegando para quedarse, o más bien formaba parte de un pan y de un circo que, a decir verdad, no era mucho lo que en rigor garantizaba?
Invierno del 76. Calles de Oviedo. Noche invernal. ¿Y si nos olvidábamos del guion, vulgar y socorrido? ¿Y si nos quedábamos con la voluptuosidad de Laura? ¿Y si nos centrábamos en aquel cuerpo que cumplía, esta vez sí, el guion al que parecía destinado, esto es, una escenificación de un cuerpo de mujer que sabía despertar el deseo con delirio?
¿Acaso el deseo no tenía su componente innegable de transgredir la pacata moral al uso? ¿Acaso el deseo no iba también más allá de las otras moralinas más o menos librescas? ¿No era de suyo lo suficientemente importante para no necesitar de discurso moral alguno que lo justificase? ¿Acaso podía negarse que el cuerpo de Laura Antonelli, al que ella misma sabía sacarle un enorme potencial gustándose a sí misma, contaba con argumento, nudo y desenlace? Argumento para enganchar, nudo para interesarse intensamente por lo que daba de sí y desenlace en espacio y tiempo oníricos, desahogando los delirios acumulados, tan fácilmente rescatables en la memoria.

Invierno del 76. Noche fría y húmeda en Vetusta. Salimos del cine Ayala sin saber aún – insisto- que, para muchos, Laura Antonelli formaría parte de nuestra educación sentimental en aquella adolescencia que vivíamos apresuradamente de sorpresa en sorpresa, de asombro en asombro, de incertidumbre en incertidumbre.
No, no sabíamos que en aquel mismo año, la protagonista de “Malizia” desempeñaba un papel importante en la última película de un gigante como Visconti. Se trataba, nada menos, que de la adaptación cinematográfica de una novela de Gabrielle D’Annunzio, “El Inocente”. En tal película, no había sitio para la frivolidad y, sin embargo, la belleza de la actriz llegaba a estremecer.
Cine Ayala, que dio protagonismo a Laura Antonelli, no sólo por la película de la que venimos hablando, sino también por otros títulos que en esa misma sala pudieron verse , algunos infames, como el que tenía por título “¡Dios mío, como he caído tan bajo!”.
Cine Ayala, que acogió a uno de los grandes mitos eróticos de la última mitad del siglo XX, como fue Laura Antonelli, cuya trayectoria terminaría trágicamente el pasado año.
Sea como sea, aquellos años primeros de la transición no podrán explicarse sin muchos de sus iconos, sin muchos de sus reclamos estéticos, sin un cine europeo que en aquel año 76 ya estaba en decadencia.
Y no podrá explicarse la intrahistoria de varias generaciones de nuestro país sin este mito erótico que, como dije más arriba, al margen de la mayor o menor calidad de las películas que protagonizó, ocupará siempre un lugar relevante en la educación sentimental de una España que salía de una dictadura represiva en todos los órdenes y que se encontró con que el deseo llamaba a la puerta sin que las sotanas, las tocas y la censura pudieran obstruirle el paso.
Un cuerpo de ensueño, un erotismo que, nunca mejor dicho, rompía costuras, unas historias prescindibles que no sustentaban a aquel cuerpo, sino que se caían como la ropa que iba dejando por el suelo al tiempo que sus curvas avanzaban hacia la hornacina del deseo para ser mirada y admirada, para ser contemplada como a una diosa de la lujuria sin que ninguna moralina de pacotilla pudiese privarla de resplandor alguno.
Cine Ayala. Invierno del 76. Laura Antonelli: lo onírico desplegándose por la sábana del séptimo arte. Sábana húmeda y humedecida, con la ropa interior que sabía quitarse y ponerse con una maestría que hechizaba.

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¿Y qué dice Gabino de Lorenzo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 26-02-2016 | 01:57| 0

“Es preciso tener en cuenta que mi propósito no es escribir historias, sino vidas”. (Plutarco).

 

El óxido en el Calatrava. La ruina de la plaza de Toros. El abandono de los edificios del antiguo hospital. Las cuentas que no salen. Las goteras incesantes de unas deudas resultantes de despilfarros megalómanos. La resaca de aquellos días en los que muchos quisieron creerse que Oviedo podía ser Camelot. El Real Oviedo, ya redivivo, a pesar del empeño que tuvo el ex Alcalde en hacerlo desparacer.

¿Y qué dice Gabino, atrincherado en su canonjía de la Delegación del Gobierno en funciones? ¿Y qué dice Gabino al conocer las imputaciones que tienen sobre sí antiguos ediles suyos de la mayor confianza? ¿Y qué dice Gabino al ver los bastos que pintan para su partido tanto en el ámbito local como en el resto del Estado?

Atrincherado, digo, en su canonjía. Apenas se le vio cuando los incendios arrasaron tantas hectáreas en Asturias. Sobre los asuntos capitalinos, tiempo hace que anunció su voluntad de no pronunciarse al respecto. Pero se da el caso de que no sólo guarda silencio sobre el presente, sino también sobre las consecuencias que están acarreando muchos proyectos suyos, entre ellos, el del Asturcón.

Ya no es un empresario equino, ya no nos deleita con actuaciones de Zarzuela, haciendo de don Hilarión al llariego modo, ya no desliza frases zafias que pretenden ser campechanas, ya no cuenta con aduladores de pro que lo presenten en actos públicos, ya no hay ilustres que firman manifiestos a su favor, ya no cuenta con un respaldo mediático que corea alabanzas sin cesar, al tiempo que silencia disparates.

¿Y qué dice Gabino? No nos dejó como herencia una ciudad plagada de Palacios, su Camelot. Los artistas de encargo ya no lo ensalzan, una vez que abigarró la ciudad al modo del vestíbulo de la casa de un nuevo rico.

Ahí está el Calatrava. Ahí está lo que puede verse en el antiguo solar de la Estación del Vasco. Ahí está su partido sin una cabeza visible en Oviedo que sea una referencia para este presente convulso y prorrogado que vivimos. Ahí están sus ocurrencias de gracioso de chigre de las que ahora nadie parece querer acordarse, ni siquiera los que tanto lo ensalzaban.

Desde la Delegación del Gobierno, en silencio, casi sin presencia pública, el que iba para Alcalde perpetuo de Vetusta  ve cómo se desmorona un discurso de grandonismos, una estética de advenedizos, unos coros y danzas que actuaban por intereses no muy filantrópicos.

¿Y qué dice Gabino ante tanto óxido?

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Recuerdos de Oviedo: 59 años
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-02-2016 | 14:02| 0

“Hay un vacío/ en mi aire metafísico/ que nadie ha de palpar: / el claustro de un silencio/ que habló a flor de fuego”. (César Vallejo).

“O eras tú la cintura de aquella guitarra/ que toqué en las tinieblas y sonó como el mar desmedido. / Te amé sin que yo lo supiera, y busqué tu memoria. / En las casas vacías entré con linterna a robar tu retrato”. (Neruda).

 

Martes, 16 de febrero del presente año, ocho de la tarde. Cuando llego a las proximidades del Campoamor, me da la impresión de que hay luz en el segundo piso de la Plaza del Carbayón, número 3, la que fue nuestra casa familiar. Y se da el caso de que a esa hora cumplo 59 años.

Conforme me acerco a la plaza del Carbayón, me doy cuenta de que no es que hubiese luz dentro, sino que la exterior se reflejaba en los cristales del mirador y del balcón, causando un efecto óptico engañoso. Sin embargo, compruebo minutos más tarde que, en efecto, esas luces se encienden.

¿Cómo no detenerse entonces frente a aquella casa en la que se esperaba una nueva vida el 16 de febrero de 1957? ¿Cómo no pensar, más que en el tiempo transcurrido, en el relato de aquella tarde noche  en la que vine al mundo y que tantas veces me contaron? ¿Cómo no rescatar los primeros recuerdos de mi infancia, asociados siempre a esta plaza y a Lanio? ¿Cómo no tener presente, más allá de los tópicos, lo que significa ir cumpliendo años, lo que ello significa con el verbo estar y con el verbo ser?

Pero no nos pongamos metafísicos. Lo que pretendo con estas líneas es contar, relatar, narrar, es evocar recuerdos, tantos y tantos que me llevan al momento de cumplir los 59 años.

Escaleras de madera, de un color exageradamente pálido a fuerza de tanta lejía. El largo pasillo de la casa, donde estaba el teléfono. Había que llamar al 009 para hablar fuera de Oviedo. La cocina que daba a la calle de la Luna. Allí, me encontré con mi primera bicicleta como regalo de los Reyes Magos, bicicleta que estaba deseando llevar a Lanio.  El comedor, los miradores desde donde se veía el transcurrir cotidiano de este rincón de Oviedo, donde todo estaba al alcance de la mano, donde lo desconocido sólo podía ser imaginado, donde todo el entorno humano era, en mayor o menor medida, familiar.

Mi padre, que en las horas que estaba en casa, escribía sus textos escolares en el comedor, acompañado  muy frecuentemente de la radio. Mi madre, que, como ya escribí en alguna ocasión, me enseñó a disfrutar del transcurrir cotidiano, de personas y vehículos desde el mirador de aquella casa.

La parada de taxis bajo nuestra casa. Las obras que convertirían el antiguo Caserón de Santa Clara en la Delegación de Hacienda. La cercanía de los Alsas, que nos llevaban a Lanio, a veces directamente, a veces, previo paso por Cornellana. La proximidad de la Estación del Vasco cuyos trenes nos  conducían a Pravia.

El momento en que vi por vez primera la televisión en el comedor de la casa, a los seis años, momento que coincidió con la presentación de los programas que iban a emitirse a lo largo de la tarde.

Aquel comedor, en el que tantas horas pasábamos, comiendo y cenando, estudiando, jugando a las cartas.

Un mundo donde lo ajeno no haría su aparición en los años de infancia. Un mundo de juego y confianza, un mundo sin más temores que los que podía urdir la imaginación infantil, temores que se desvanecían tan pronto entraban en contacto con la realidad.

Una vida que arrancó hace 59 años en la plaza del Carbayón, en el cogollo de nuestra ciudad, y que lo hizo en un tiempo en el que, aun siendo la segunda mitad del siglo XX, perduraban todavía vestigios del XIX, como los lecheros que usaban el carro y el caballo como transporte, como las carboneras en los bajos del edificio. Un mundo que se transformaba.

59 años, digo, que, en alguna medida, son tres siglos: los vestigios del XIX a los que acabo de referirme, el siglo XX, con su memoria y pesadillas, y el siglo XXI actual. Todo ello, según los tópicos, en un suspiro, pero un suspiro profundo que abarca tanto y tanto.

No creo, con perdón de César Vallejo, que el día que nací Dios estuviese enfermo, más bien, me atrevería a asegurar que el mundo caminaba a pesar de las trabas del momento y de los lastres del pasado. Más bien creo, que la intrahistoria entendida al unamuniano modo seguía nutriéndose de los trabajos y los días de tantos sueños y angustias.

16 de febrero de 2016, hay una luz en aquella casa, que no llega a iluminar los cristales, se diría que es más bien penumbra. Los que quedamos de aquel entonces puede que ya no seamos los mismos, que diría Neruda, pero es mágico percibir internamente que esto que estoy contemplando me habita, lo llevo incorporado, forma parte  del repertorio de vivencias que viaja conmigo en esa mochila invisible externamente de la memoria individual, partícula de una intrahistoria que va mucho más allá.

Saber que estamos, saber que somos, saber que mucho de lo que en cada momento nos abruma y nos cercena no es más que una vestimenta que, en el momento mismo en el que la memoria rebobina, va a parar al perchero hasta nueva orden.

Somos también aquello que descuidamos, aquello que dejamos en una especie de desván, al que necesitamos visitar con cierta asiduidad para recomponer el relato de lo que nos forja y nos sostiene.

59 años que celebro en el mismo entorno que me vio nacer. ¿Cómo no sentir un vértigo inevitable, unos ayes llamados a conmover al ver y recrear paredes, balcones, aceras, edificios que dan cuenta del momento en el que llegamos a este mundo, que dan cuenta del momento en el que nuestra vida comenzó su andadura?

Y lo curioso es que no estoy volviendo la vista atrás como el personaje bíblico, sino que siento y percibo que el presente se ensancha con las incorporaciones que la memoria despliega.

Soy el niño que bajaba y subía correteando por las escaleras del edificio que está frente a mí. Soy el niño que hablaba con los taxistas. Soy ese niño que escuchaba a su madre en el mirador. Soy el niño que se acostumbraba al ritmo de las teclas de la máquina de escribir de mi padre. Soy el niño que me preguntaba qué podía haber dentro del televisor. Soy el niño que le habla al adulto. Soy el adulto que mima al niño. Soy un presente continuo al que contemplan 59 años. Soy un presente continuo que contemplo esos 59 años. Soy un presente continuo que sigo recordando  lo rescatado y anticipando lo que va a acontecer.

Soy esa vida que sigue, que tiene que seguir, que quiere seguir, porque, como escribió Lorca, soy amor, soy naturaleza. Porque lo soñado junta pasado, presente y futuro. Y bulle. Y hasta se escabulle de aquello que Quevedo llamó la ley severa.

LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES

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¿La Madreña a juicio?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-02-2016 | 12:45| 0

 “Por lo que a mí respecta, prefiero ser importuno e indiscreto que adulador y fingido”. (Montaigne).

 

Cuando la vieja política consiguió que, por fin, la sociedad dejase de estar adormilada y ausente a pesar de tantos agravios, una serie de movimientos sociales que tenían como hilo conductor su indignación, se hicieron visibles en las calles y en los medios y pusieron de manifiesto otra de las grandes dicotomías orteguianas, la de la España real frente a la España oficial que estaba tan encantada sin tener que soportar presiones y protestas.

Como se sabe, por estos lares, fueron muchos los indignados que ocuparon la antigua Consejería de Sanidad, edificio conocido como “La Madreña”. Fueron unos “okupas” muy singulares, pues se servían de un edificio público no sólo para hacerse oír, sino también para debatir más sobre lo humano que sobre lo divino. Era el germen de “Podemos, no sólo, pero también.

Pero llegó el momento en el que el poder establecido decidió demoler aquello, sin que tal medida supusiera un proyecto de algo nuevo que fuera a sustituirlo. La piqueta desalojó a lo indignados, y aquello también tuvo su parte de exhibicionismo por parte de alguno. Pero, en todo caso, estaba claro que había que pasar a otros escenarios para seguir manifestando la indignación.

No deja de ser curioso que, en su momento, un político tan veterano como Rozada le pidiese a Emilio León que diese el paso a presentarse a unas elecciones y abandonase, digámoslo así, estar a la contra fuera del sistema.

Pues bien, en un momento como éste, en el que la vieja política sigue agonizando, parece ser que se abre un proceso contra personajes destacados de aquel movimiento ciudadano de protesta. Su delito fue ocupar organismos oficiales, invadir un edificio público.

Se juzga, pues, aquello que dio origen a que la nueva política no se quedase en lo marginal y en lo asambleario. Se juzga el punto de partida.

No voy a entrar, desde luego, en disquisiciones leguleyas, en tecnicismos jurídicos. Lo único que pretendo es plantear el significado que, a día de hoy, puede tener este proceso, máxime si se tiene en cuenta que muchos de aquellos “ilegales”, sin siglas, sin presencia en las instituciones, están batallando a día de hoy en la política oficial para disgusto de muchos, para satisfacción de otros tantos.

Pregúntese el lector si aquella “okupación” de “La Madreña” causó daños al erario público. Pregúntese el lector si aquello supuso ataque alguno al bienestar de la ciudadanía. Pregúntese el lector en qué puede dar todo esto más allá de la socorrida inmediatez de lo más actual que tiene su eco en la opinión publicada.

¿Se hubiera demolido aquel edificio en el caso de que allí no se albergara pequeña parte de la indignación?

Por otra parte, al ser un edificio público en desuso, ¿no podía haber sido considerado “casa del pueblo” por esa izquierda de siglas que nada tiene que decir ante la práctica desaparición de la Obra Social de la Caja de Ahorros?

¡Ay!.

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Viga Azul: Cristian Rivera
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-02-2016 | 12:03| 0

Puro invierno en el Tartiere. Granizadas, chubascos importantes, viento cortante. Sin embargo, en contra de lo que cabría temer, el césped no estaba embarrado, y no había disculpas serias para no practicar buen fútbol. A ratos, clareaba. A ratos, el cielo  se percibía como boca de lobo. A ratos, lo desapacible lo presidía todo.  No obstante tantos pesares, el Oviedo empezó bien, con lucha, tesón y hasta con buena arquitectura en el juego, gracias en no pequeña parte al debutante Michel. Se diría que este jugador sabe que le toca la batuta del equipo en el centro del campo y, en  muchas jugadas, demostró desenvolverse bien en la tarea.

Un Oviedo que empujaba y que se mostraba ambicioso. Un Oviedo que contó, a pesar del temporal y de una de las entradas con menos público en lo que va de temporada, con el calor de la afición. Frente a ello, el árbitro, pues en todo momento dio la impresión de que el colegiado es de los que tiene una facilidad pasmosa para complicarse la vida y, con ello, para enturbiar el ambiente del partido.

Si Michel estaba funcionando bien en su tarea, hubo otro jugador azul que, a mi juicio, adquirió un gran y más que merecido protagonismo a lo largo del partido. Hablo de Cristian Rivera que estuvo omnipresente en la contención y más que prometedor en sus incorporaciones al ataque. Tengo para mí que al canterano le queda por desarrollar un enorme potencial gracias también a su zancada cuando se erige en protagonista de las ofensivas del equipo. De hecho, tuvo una en la segunda parte verdaderamente extraordinaria.

Bien pensado, no está nada mal que en el partido de hoy, se viesen dos medios centros que destacaron tanto. En efecto, Rivera y Michel dieron nivel al juego azul y demostraron una calidad innegable. Acierto, pues, por partida doble, tanto en lo que está dando de sí un canterano, como también es importante no haber errado en los fichajes de invierno, sin perder de vista, por otro lado, que había dos medios centros que hoy no pudieron jugar por sanción, es decir, Erice y Bedia.

Buen juego a ráfagas en la primera parte, que hizo que el público mostrase un apoyo inequívoco al conjunto. Pero, una vez más, no se logró sentenciar el partido cuando se tenía el marcador favorable y cuando el equipo se estaba gustando a sí mismo. Al descanso, de habernos acompañado la fortuna, el partido podría haber quedado resuelto, pero no fue así.

Acaso volvió a faltarnos mordiente tras el descanso, pero, sin duda, la expulsión de Verdés hizo que el nerviosismo agarrotara el ambiente en el Tartiere, tanto a los jugadores como a la afición que hoy estuvo colosal.

Cierto es que, por fortuna, tras haberse quedado el equipo con diez jugadores, no nos faltó concentración. Y, al final,  se hizo justicia.

Al encuentro de hoy sólo le faltó una cosa, ciertamente de importancia, y fue no haber ganado con más claridad.

¿Cuándo llegará ese partido en el que el Oviedo se muestre de principio a fin claramente superior a su rival? ¿Cuándo llegará ese partido en el que la afición no tenga que sufrir?

Llegará, tendrá que llegar. Mientras tanto, me congratula mucho pensar en el potencial de Cristian Rivera, poderoso canterano.

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Recuerdos de Oviedo: En el 40º aniversario de la autopista “Y”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-02-2016 | 20:00| 0

“La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante”. (Kierkegaard).

 

De Oviedo, costaba salir y entrar por carretera. A quienes les tocó viajar a la meseta por El Padrún, no olvidarán nunca lo dificultoso que resultaba abandonar  Asturias por aquel itinerario de interminables curvas. A quienes soportaron en Oviedo los baches en la calle General Elorza, tendrán siempre presente cómo terminaba en nuestra ciudad el paso de una carretera nacional. A quienes somos del occidente de Asturias, jamás borraremos de nuestro recuerdo lo insoportable y pesado  que se hacía el tramo entre Trubia y Oviedo.

Y, miren, los baches de General Elorza se prolongaron en el tiempo tanto que fueron casi coincidentes con la puesta en marcha de la Autopista “Y”. Nuestra falta de transitividad que en su momento nos reprochó Ortega puede que tuviese relación con las dificultades de salida y entrada a nuestra tierra, al menos podría simbolizarla.

Pero vayamos a aquel momento, a febrero de 1976, cuando se inauguró la “Y”. Gobernaba en España Arias Navarro, confirmado por el Rey para que continuase al frente del Ejecutivo. El panorama político y social distaba mucho de estar despejado. Se nos decía, por parte del propio Presidente, que íbamos, sí, a una democracia, pero con un añadido nada baladí, una democracia española, o una democracia a la española, o sea, a una democracia cañí, nos temíamos muchos. Eran tiempos de huelgas y protestas callejeras. Era un tiempo en el que los principales líderes políticos de oposición al régimen, eso sí, muy tímidamente, se empezaban a dejar ver y oír. Era un tiempo en el que Fraga Iribarne, omnipresente en los medios, hacía declaraciones continuas en la prensa extranjera. Eran tiempos de esperanzas y miedos, de sueños y pesadillas.

Y entonces llegó la autopista que acercaba mucho a las tres principales ciudades asturianas. Marcó, es obvio, un punto de inflexión. Desde Oviedo, ir a la playa en coche, bien en el vehículo propio, bien en autostop, resultaba muchísimo más llevadero.

¿Cómo olvidar aquellas caravanas interminables entre Oviedo y Gijón, especialmente en verano, especialmente, los domingos? Se diría que se dejaba atrás una suerte de maldición. Se diría que, para disfrutar de la playa, ya no había que pagar un tributo tan alto en el factor tiempo, ya no había que someter al sistema nervioso a tanta tensión.

¿Cómo olvidar la sonoridad que producía el firme de la autopista, algo realmente nuevo y peculiar? ¿Cómo olvidar, asimismo, aquellos segundos de duda que asolaban a quienes conducían los coches en lo que se refiere a que no era necesario estar pendientes del tráfico que circulaba en sentido contrario? ¡Qué lujo poder adelantar sin preocuparse de lo que podía venir frente a nosotros! Se impuso gracias a la “Y” la necesidad de mirar por el retrovisor, como el pasado que, según Kierkegaard es imprescindible para entender nuestras vidas. Lo cierto es que no era fácil despreocuparse de los vehículos que circulaban frente a nosotros, porque la doble vía era una novedad y un lujo. Y es que, en tramos con poca visibilidad, había que hacerse a la idea de que el choque frontal era imposible, salvo gamberradas tremendas o despistes memorables, que hubo, como se sabe.

Leí estos días que la “Y” sentó las bases de eso que algunos llaman la gran ciudad astur. Resulta innegable que así fue. Distinta cosa es cómo se asumió aquello en el arcano sociológico de las tres grandes ciudades, porque, a día de hoy, los localismos no son precisamente historia.

Pero, en todo caso,  la “Y” transformó muy seriamente la vida cotidiana de Asturias, aquello abrió una brecha aún mayor entre el centro de esta tierra y lo que, andando el tiempo, se vino en denominar como “las alas”.

Y es que, para salir al occidente, el tramo entre Trubia y Oviedo siguió hasta 2004. Y es que las infraestructuras por carretera con las alas, sobre todo, con el occidente, no se pusieron a  la altura de los tiempos hasta bien entrado el siglo XXI, sin perder de vista tampoco lo que se prolongó en el oriente el famoso tramo entre Unquera y Llanes.

Pero volvamos, digo, a aquel momento. Y, entre otras muchas cosas, la ausencia de gentes haciendo dedo sobre todo en verano, no hace percatarnos de lo mucho que cambiaron en los últimos años los usos y costumbres. Las generaciones actuales no tendrán en su repertorio de recuerdos haber viajado haciendo autostop. Hablamos de un tiempo que, salvo excepciones, era impensable que los estudiantes universitarios tuviesen a su entera disposición un vehículo para viajar. En el mejor de los casos, y excepcionalmente, alguna vez conducían el de la familia.

Por otra parte, ahora que se cumplen 40 años de la inauguración de la Y, también llama nuestra atención la cantidad de “pinchazos” que tiene actualmente la “Y”, como una especie de matriz de las comunicaciones por carretera en la Asturias de las últimas décadas.

Sin embargo, miren ustedes por dónde, ahora como entonces, el acceso a Gijón desde la autopista por Avilés sigue siendo tan precario como cuando se inauguró, ello por no hablar de los accesos a entornos industriales que no acaban de cimentarse y funcionar.

En 40 años, hemos pasado de “Y”, todo un acontecimiento, a aquella historia interminable de la “Y”, de Bimenes, que no se sabe bien cuánto tiempo llevó aquello y qué discutido fue. Hemos pasado a otras autovías que no se sabía bien dónde iban a terminar y cómo. Hemos pasado de lo imprescindible a lo faraónico, por no decir, al despilfarro.

Pero volvamos a febrero del 76. Recordemos los coches que entonces circulaban. Rescatemos episodios que tanto llamaron nuestra atención. Por ejemplo, en lo personal, nunca olvidaré el espectáculo de un seat 1430 que se quemó a la entrada de Oviedo, tras haber sido sometido, según  las apariencias, a una tortura de ruido y furia por parte de un conductor que amaba sobre todo la estridencia, la del motor que se incendió y la de la música hortera que seguía sonando cuando se produjo aquel episodio de contaminación acústica, de la que entonces aún no se hablaba en aquel verano del 76, con el estreno de Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno.

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Panorama Vetustense: Cine en el centro de Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-02-2016 | 02:59| 0

Los presupuestos de la Fundación Municipal de Cultura, aprobados ayer, incluyen mejoras en el teatro Campoamor, que recuperará su pantalla de cine.

“El pensamiento crítico es la facultad humana específica. El pensamiento instrumental, o sea, pensar cómo conseguiré, qué haré para coger esto y aquello, cosa que hacen muy bien los chimpancés. De hecho, los chimpancés son unos animales con una inteligencia instrumental excelente”. (Erich Fromm).

 

Por vez primera en los últimos años, la noticia no es que se cierre un local de cine en la ciudad, sino que, antes al contrario, en el caso de Oviedo, podrá verse el séptimo arte en su mismo centro, esto es, nada menos que en el Teatro Campoamor  A esto hay que añadir la compra por parte del Ayuntamiento de un proyector para el Filarmónica.

Insisto: la noticia es magnífica, se invierte la tendencia más actual, la de un mundo en el que van desapareciendo los cines y las librerías del corazón mismo de las ciudades. Y, a este respecto, resulta obligado preguntarse qué se puede esperar de una sociedad en la que algo así ocurre, en la que los libros y las películas se comercializan en Grandes Superficies.

Y, miren, no es lo mismo, no puede serlo, salir del cine y toparse con espacios comerciales dentro de un gran complejo de establecimientos, que vivir el contraste con la calle.

Salir del cine, digo, con la historia que acabamos de ver interiorizada, oyéndose en nuestro interior las voces y los ecos de sus protagonistas, teniendo en la retina las escenas que más nos impresionaron, y enfrentar todo ello a esa realidad cotidiana que transita por las aceras, y enfrentar todo eso a escenarios, por lo común, conocidos de nuestra ciudad.

Me permito poner como ejemplos experiencias personales: Pongamos que salir del Cine Aramo y dirigir la mirada al reloj de la RENFE, que seguía estando ahí después de unas dos horas embebidos en un mundo de ficción. Pongamos que salir de la librería Santa Teresa, empezando a leer el libro recién adquirido, y prestar a la realidad la suficiente atención para no chocar con ella, en este caso, con una farola cercana al semáforo más próximo, farola más esbelta que las gabinianas que vendrían más tarde.

Y, en cuanto lo anunciado se ponga en marcha, salir del Campoamor o del Filarmónica, sin tener buscar el coche en una inmensa explanada, sin estar fuera de la ciudad.

Prometo hacer un seguimiento del grado de atención que vaya poniendo la opinión publicada en esta noticia, opinión publicada que, perdón por la obviedad, no se localiza sólo en las columnas ad hoc, sino también los titulares, que, según de dónde vengan, se conjuran para venir ofreciendo un panorama desolador que castiga a esta ciudad desde que el gabinismo dejó de gobernarla y abigarrarla.

Magnífica noticia, pues. En Oviedo, vuelve el cine.

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Recuerdos de Oviedo: Mayo del 83: Cuando Asturias se hizo socialista
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-02-2016 | 00:52| 0

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“Cada hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples fracasos”.Giovanni Papini.

“La fuerza de la verdad está siempre temporalmente sometida al poder de la mentira organizada. Pero el poder mismo, en cuanto es solamente un potencial, es mucho más caduco que lo verdadero, cuya fuerza procede del poder de lo fáctico y de su permanencia”. Hannah Arendt.

 

En mayo del 83, estaba muy cerca en el tiempo la irrepetible victoria electoral del PSOE del 28  octubre del 82. También estaba próxima la expropiación de Rumasa, que se había producido el 23 de febrero del 83. Aunque Felipe González y otros dirigentes ya se habían estrenado en marrullero arte de desdecirse tanto en lo concerniente a su posición sobre el papel de España en la OTAN, así como en el ya más que dudoso cumplimiento de su promesa sobre la creación de 800000 puestos de trabajo, el tiempo transcurrido no podía dar lugar aún a que el desencanto y la desconfianza presidiesen el sentir y el pensar de la ciudadanía. Había PSOE para rato, y eso era algo que todo el mundo tenía muy claro.

Las elecciones municipales y autonómicas de mayo del 83 supusieron en Asturias un indiscutible triunfo socialista. Pedro de Silva renunció a su escaño en el Parlamento nacional para encabezar la lista autonómica. Y ganó aquellas elecciones. Por su parte, en las tres grandes ciudades de Asturias, también salieron victoriosos los candidatos del PSOE.

Nunca olvidaré el momento en el que Juan Cueto Alas, haciendo de entrevistador de lujo, presentó en la televisión a los nuevos mandatarios llariegos. Y recuerdo con nitidez que Antonio Masip manifestó su alegría por el triunfo de la izquierda, un Antonio Masip que había hecho sus tránsitos por otras formaciones políticas y que desembocó finalmente en el PSOE. Un Antonio Masip que solía colaborar en el semanario “Hoja del Lunes” y que, tras su entrada en el PSOE, felicitó en un artículo a Miterrand cuando Francia le dio su confianza para convertirlo en Presidente de la República.

Conviene recordar también que, en la Corporación que se formó en el 79, Masip no era concejal en el Ayuntamiento de Oviedo, pues quien estaba al frente del PSOE en el Consistorio era el actual Alcalde, Wenceslao López. La intrahistoria de lo acontecido en la AMSO entonces para poner a Masip en cabeza de la candidatura en el 83 tiene su interés y explica muchas cosas, pero no es éste el momento de relatarla. Tan sólo es del caso hacer mención a ello.

Oficialmente hablando, en Asturias el PSOE se convirtió entonces en el partido hegemónico. Fue el caso también que Masip revalidaría su cargo de Alcalde en 1987, y que, desde entonces hasta junio de 2015, los socialistas no volvieron a recuperar la Alcaldía de Oviedo.Pero vayamos a aquella noche, una vez sabidos los resultados.

Noche larga y con temperatura agradable.  Noche en la que acabamos en la terraza posterior del Mesón del Labrador, grande y espaciosa, todo un lujo para una ciudad. Allí, entre tapas y sidras, analizábamos, con la ingenuidad de entonces, el panorama político. La dictadura estaba aún muy cercana en el tiempo, y resultaba, como mínimo, esperanzador, que la izquierda hubiese vuelto al Gobierno de España, a muchos Ayuntamientos y gobernase también en no pocas Comunidades Autónomas. Conviene a este respecto dar un pequeño apunte: Asturias era una Comunidad de segunda, es decir, arrancaba con pocas transferencias, pero la andadura comenzaba.

 

Pues bien, allí en el Mesón del Labrador, muy cerca del Oviedo más genuino, hablábamos del panorama político que teníamos ante nosotros. Un panorama político que casi nadie sospechaba que tenía su no sé qué lampedusiano. Un panorama político en el que los Ayuntamientos iban a tener un gran protagonismo, en el que las actividades culturales ocupaban mucho espacio en las agendas de los ediles de entonces.

Fíjense: Tierno Galván se estrenaba como Alcalde de Madrid. Fíjense: el PCE tenía su presencia en los Ayuntamientos y todo el mundo estaba entonces convencido del apoyo que este partido daba a todas las manifestaciones de la cultura. Cundía la ilusión de que lo marginal iba a ser tomado en serio, de que la cultura era un bien oficialmente mimado. Fue en aquella década de los ochenta cuando surgió una nueva profesión, la de los animadores/as culturales. Sin sus tareas, se deduce que la pintura, el teatro, la música y así sucesivamente serían aburridas. Había que motivar al pueblo llano, todo empezaba a ser guay.

Último domingo de mayo de 1983. Aquella noche, políticamente hablando, Oviedo fue una fiesta. Aquella noche, el cambio del 82 llegó a muchos Ayuntamientos, entre ellos, a Vetusta. Aquella noche no estaba presidida por nubarrones, ni por frío.

Noche ochentera. Noche sin horario oficioso de cierre. Noche para hablar y especular hasta el alba. Noche joven y divertida.

Muy cerca de nosotros, había una cena con muchos comensales. La euforia se manifestaba de forma creciente. Entre los susodichos comensales, llevaba la voz cantante un profesor que prestaba sus servicios en un colegio privado. Tras el obligado preámbulo en el que nos expuso los motivos por los que no se presentaba a oposiciones para ejercer como docente en la enseñanza pública, manifestó su alborozo por el hecho de que la izquierda recuperase el poder. Hizo un recorrido genealógico para relatarnos que su padre y abuelo también había sido docentes y de izquierdas, y confiaba en los nuevos tiempos no sólo por el poder recuperado por la izquierda, sino también por su convencimiento de que la Iglesia había cambiado mucho; prueba inequívoca de ello era su relación laboral con un colegio privado religioso que, por supuesto, respetaba sus ideas. Puso fin a su perorata con cánticos regionales.

Salimos del Mesón del Labrador a altas horas de la madrugada. Nos acercamos al Ayuntamiento, y nos imaginamos que muy pronto iba a ser regido por la izquierda.

Un pitillo frente al Consistorio, en el que recordamos a los ediles republicanos de los que nos habían contado tantas cosas. Un pitillo que dio mucho de sí, incluso balbuceos de escepticismo, un escepticismo al que no queríamos permitir darle paso.

En la calle Fruela, ya camino de casa, un borracho cantaba. No tardamos en perderlo de vista. Pero Vetusta no dormía en su totalidad. En muchas casas, la luces seguían encendidas, luces que se proyectaban sobre la alargada sombra de las aceras, alargada sombra a la que incordiaban destellos de la luna. ¿De su lado oculto?

Acordes de Pink Floyd despidieron la noche.

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