El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: El Teatro Campoamor
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-12-2015 | 18:26| 0

La aguda sensibilidad de Clarín respira deseos contenidos, casos de conciencia, sutilidades de confesionario” (Fernando Vela).

Séneca, en esa suerte de aviso a caminantes que constituye su libro acerca de la brevedad de la vida, advirtió, entre otras cosas, que gracias a la lectura, nuestros recuerdos ampliaban asombrosamente los horizontes, pues, los buenos libros nos proporcionaban también noticia de otras muchas vidas anteriores a la nuestra, sin perder de vista tampoco que, en muchos casos, esas vidas leídas, además de anteriores, son también mucho más interesantes que las propias. El hecho es que, cada vez que me viene a la mente el teatro Campoamor, acuden, entre otros, personajes como Clarín y Ortega.
En cuanto al autor de “La Regenta”, a poco que se conozca su biografía, sabremos lo importante que fue para él que llegase e erigirse el Teatro Campoamor. Amaba mucho a su ciudad y no amaba con menor intensidad al género teatral. Ambos amores tuvieron ciertamente muchos episodios conflictivos. Y, en cuanto al segundo de ellos, el fracaso de Clarín como autor dramático constituye uno de los lances más dolorosos de su vida como literato.
Pero el hecho fue que, siendo Alas concejal del Ayuntamiento de Oviedo, luchó cuanto pudo para que nuestra ciudad contase con un Teatro que no desentonase con respecto a los más lujosos de nuestro país. Y, por fortuna, vio hecho realidad este gran proyecto.
Por eso, cuando me paro a pensar en el Teatro Campoamor, Clarín se me vuelve omnipresente, el Clarín que fracasó en el género como autor y el Clarín de su etapa más existencialista y melancólica, al que tan maravillosamente supo retratar Fernando Vela.
Por otra parte, el Campoamor no sólo guarda relación con la trayectoria de Clarín, sino también con la de otros muchos personajes de relieve, con anterioridad todos ellos a los Premios de la Fundación Princesa de Asturias.
Del mismo modo que es insoslayable Clarín en la historia del Teatro Campoamor, de un Clarín que había entrado ya en la última etapa de su vida, también hay que poner de relieve la presencia de Ortega y Gasset en este mismo escenario.
En efecto, cuando el filósofo pronuncia su conferencia en el Campoamor en 1932, no es existencialmente un hombre decrépito, pero sí es cierto que coincide con un momento muy significativo en su trayectoria pública. Ortega, intelectual de referencia desde 1914, llega a Oviedo decidido a retirarse de la vida política, decidido a iniciar lo que se conoce como su silencio en la política, silencio relativo y discutible, pero ésa es otra historia.
En todo caso, dejará el Parlamento y se concentrará en sus clases y en sus libros. Pero no sólo vino a Oviedo a despedirse de su compromiso con el Estado al que tanto había contribuido a proclamar. También aprovecha para decir cosas sobre nosotros y sobre nuestra tierra. Es el momento en el que habla de nuestra intransitividad más allá de Pajares.
Clarín y Ortega, sin duda, dos figuras que forman parte de la mejor España intelectualmente hablando. El teatro Campoamor es una de las referencias de sus trayectorias públicas.
Por eso, nunca dejo de preguntarme cómo es posible que no se tenga en cuenta la relación de estos dos irrepetibles personajes con nuestro Teatro Campoamor.
Se diría que ese olvido es una de las muchas carencias que hay en nuestra memoria colectiva.
Y, más acá de esos recordatorios que uno lleva dentro de sí con no menor intensidad que las vivencias más personales, quiero y puedo decir que el Teatro Campoamor respresenta muchas y muy variadas cosas en mi memoria.
El Teatro Campoamor es también el enclave de lujo de las representaciones operísticas en Oviedo. Muchos vimos allí, por vez primera, los trajes de noche, que también formaban parte del espectáculo, que hacían de preámbulo, y bien sabida es la importancia de los prolegómenos en todo aquello que contemplamos.
También funcionó como cine. En este sentido, se me permitirá cometer la indiscreción de confesar que, en general, no se nos pedía el carnet para entrar a películas de mayores de 18 años cuando estábamos cerca de cumplirlos. No eran, por fortuna, muy estrictos.
Y, andando el tiempo, como bien sabe todo el mundo, el Campoamor es el escenario en el que Oviedo cobra protagonismo informativo por el ceremonial de los Premios.
Desde luego, no es del caso hacer consideraciones al respecto en el presente artículo. Pero convendrán conmigo que resulta lamentable que no se tenga presente que el Teatro Campoamor atesora una importante historia con anterioridad a los Premios.
Nadie parece tener presente la implicación de Clarín para que el proyecto se convirtiese en realidad. Nadie parece tener presente que en el Campoamor hubo actos políticos muy importantes en plena República.
Teatro Campoamor, muy cerca de lo que fue el cuartel de Santa Clara, hoy Delegación de Hacienda. Teatro Campoamor, que sufrió las consecuencias de los disturbios de la Revolución del 34.
Teatro Campoamor, la lírica, sí, la lírica, si se piensa que se le llamó así porque se le quiso poner el nombre de un poeta de relieve que fuese asturiano. En ello, también intervino decisivamente Clarín, que admiraba al poeta nacido en Navia, o que, al menos, como crítico, nunca le lanzó invectivas.
Un escenario teatral con nombre de poeta. Pues eso: la lírica, lírica también en lo que se refiere a los espectáculos de ópera.
Teatro Campoamor, la épica. ¿Qué épica? La de aquella Asturias que crecía con el impulso de modernidad que aportaban los indianos. La de aquella Asturias que estaba en vanguardia de la cultura española con personajes de la envergadura de Clarín y Pérez de Ayala, entre otros.
Teatro Campoamor, la épica, si por tal entendemos, la batalla que libró Clarín como faro de la mejor España buscaba la modernidad y al progreso.
Teatro Campoamor, la memoria, aquella que viene en los libros, aquella otra de las vivencias personales y de los sueños de infancia y adolescencia.
Teatro Campoamor: la modernidad.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.
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Panorama vetustense: Inviernos en Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-12-2015 | 11:12| 0

Los recuerdos no siempre se alían con los tópicos. Lo digo porque las nevadas, tan típicas y omnipresentes en las escenificaciones navideñas, apenas tienen protagonismo en mis recuerdos invernales de nuestra heroica ciudad.

Eso sí,  a veces, mucho frío; a veces, lluvias inacabables; a veces, rachas de viento desquiciantes. A veces, escenas cuyo recuerdo me sigue conmoviendo. Por ejemplo, la de un hombre que pedía a la puerta de los Carmelitas a la salida de la última misa de la tarde, que besó un billete de cien pesetas con la que le obsequió una señora que apenas lo miró.

Frío que, puertas adentro, se combatía con el brasero bajo la mesa camilla, mientras se departía o se jugaba a las cartas. Frío que, puertas adentro, se combatía con la estufa de butano en la cocina de nuestra casa en la plaza del Carbayón.

Señores con gruesas gabardinas y sombreros. Señoras con abrigos de pieles. Desasosiego en los rostros. Manos ateridas que buscaban calor en los bolsillos.

Esa lluvia que quería castigar empujada por rachas de  viento que cargaba su ira contra los paraguas. Esas heladas que calaban hondo y que se escenificaban en los prados del Naranco.

 

Pero Oviedo no es una ciudad para el invierno. Pero el invierno no encuentra por estos lares su mejor marco. Oviedo es para el otoño, no sólo estacionalmente.

Inviernos en Oviedo a quienes sus habitantes desafían en las fiestas navideñas. Inviernos en Oviedo en los que las nubes paralizan días y días su crueldad. Inviernos en Oviedo, donde sólo la lluvia se encuentra en su propia casa.

Inviernos en Oviedo donde, por lo común, la nieve suele tardar en hacer acto de presencia si es que al final se decide, donde la oscuridad de los días tiene el añadido de las nubes y la niebla, donde el otoño hace a veces tímidas incursiones, donde la primavera suele mostrarse indecisa y tardona.

Inviernos en Oviedo donde todo parece recogerse y reconcentrarse, donde los paraguas apenas tienen descanso, donde la lluvia lo espanta todo, hasta los fríos más intensos.

No echamos de menos en estos meses la sequedad de Castilla, no anhelamos esos paisajes helados donde todo se paraliza. Nos planteamos de continuo que pronto dejará de llover, nos consolamos recordando las delicias otoñales. Y, en todo caso, sabemos que, salvo excepciones, el frío no acostumbra a quedarse mucho tiempo.

A veces, regueros de una lluvia frenética. A veces, treguas deliciosas. A veces, demasiada oscuridad más allá de la estacionalidad.

A veces, la mirada a los soportales, que son un auténtico plus estético, además de una ayuda inestimable a los viandantes.

Inviernos en Oviedo, con todo, soportables.

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Viga azul: San Esteban
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-12-2015 | 22:35| 0

Toché celebra el gol que dio la victoria al Oviedo ante el Almería.

Tras el aire cálido de ayer, atípica jornada de reflexión en lo climatológico por estos lares,  el Carlos Tartiere estaba hoy frío y destemplado no sólo por el cambio notable en las temperaturas, sino también por la hora de comienzo del partido, cuyo final coincidió con el momento en el que, más allá de las encuestas, empiezan a conocerse unos resultados electorales que ponen en evidencia a más de un profeta de los que tanto proliferan.

Como contrapartida al ambiente desangelado, cabía esperar que el saque de honor de Generelo, que se despedía como futbolista en nuestro estadio, podía dar calor al último partido oficial de 2015 en el Tartiere.

Fue muy breve forzosamente la ceremonia de los adioses de Generelo, un futbolista que atesoró clase, una clase que entronca con lo que es lo mejor del oviedismo. Un futbolista al que castigaron las lesiones en el tiempo que perteneció al conjunto azul, pero que, no obstante, estuvo muy afortunado en partidos tan decisivos como el que se jugó en el Ramón de Carranza en la promoción de ascenso. Valió la pena verlo jugar  y, sin duda, merece ser recordado como un excelente futbolista. Y, además, como uno de los nuestros.

En cuanto a lo que fue el desarrollo del choque de esta tarde propiamente dicho, del mismo modo que el Oviedo de esta temporada necesitó casi toda la primera vuelta para lograr un mínimo de solvencia defensiva, la realidad se encargó de mostrarnos, partido tras partido, que a este equipo le falta mordiente y contundencia para sentenciar un partido. Y esto último fue lo que sucedió hoy.

Tras el tempranero gol de Toché, que obligaba además al Almería a arriesgar y que, a resultas de ello, dio facilidades, el Oviedo no se aprovechó de la coyuntura para seguir sumando tantos que hubieran provocado toda una fiesta, para la que había ganas, en el Carlos Tartiere.

Por otra parte, en varias intervenciones, tanto en la primera parte como en la segunda, Esteban evitó que el Almería hubiese podido empatar el partido. Seguro y providencial, con la contundencia bajo los palos que no tiene la delantera.

Por eso, podría decirse que el Oviedo termina la primera vuelta con una clasificación envidiable y que hace un año hubiera sido un sueño. Y, en lo que se refiere al partido de hoy que certificó la susodicha clasificación, podría hablarse de Esteban como salvador, de San Esteban.

Todo lo demás, estuvo marcado por lo gélido, salvo el gol de Toché, en el que, por un lado, Susaeta dio muestras una vez más de su precisión, y, por otra parte, el ariete oviedista sigue teniendo una efectividad que es decisiva también en nuestra clasificación.

Lo mejor, aparte de lo dicho acerca de Esteban, fue el triunfo, que no oculta asignaturas pendientes, sin que ello signifique incurrir en derrotismo alguno.

Hay que ir a más, hay que ser crueles cuando toque.

Y hoy tocaba.

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Recuerdos de Oviedo: La fuente del caracol
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-12-2015 | 16:03| 0

Vivía habitualmente en esta sombra, a tientas, como un ciego, como un soñador”. (Víctor Hugo).
“La vida es un gerundio y no un participio: un faciendum y no un factum”. (Ortega y Gasset).

Imaginemos el Campo de San Francisco como un mapa en el que cada rincón tiene que ver, a veces de forma especial, con distintas etapas de nuestra vida. Imaginemos que, en el caso del arriba firmante, se da la circunstancia añadida de que, tras haber vivido la infancia en la Plaza del Carbayón, la adolescencia en la calle Santa Susana y la juventud en la calle Toreno, se trata de un espacio no sólo cercano al domicilio familiar, sino que además era un escenario de tránsito cotidiano.
Así, en los años de mi infancia en los que viví en la plaza del Carbayón lo atravesaba cada tarde al salir del colegio. Y, sobre todo, si habíamos jugado al fútbol tras las clases, la fuente del Caracol era una parada cotidiana en el caño más cercano a la herradura. Con ello, corroboro lo antes señalado acerca de la relación de una etapa de la vida con distintos rincones del Campo de San Francisco, pues la herradura, cuando se vallaba en las fiestas de San Mateo, está vinculada en mis recuerdos a los años en los que vivíamos en la calle Toreno, y la música de las orquestas se oía en casa todas aquellas noches septembrinas.
Pero volvamos a aquellas tardes a la salida del colegio. Se diría que nos reponíamos allí del esfuerzo corriendo detrás de un balón. De algún modo, era –que se diría ahora- un lugar de culto en el sentido de que siempre habíamos oído hablar no sólo de la calidad del agua potable que se consumía en Oviedo, sino también de que la de esa fuente era singularmente buena y saludable. Lo cierto es que, tras el sofoco del partido, sabía a gloria. Pero había algo más: su diseño que recordaba a un escenario de manantial, a una fuente en plena naturaleza, a un enclave muy propio de nuestro paisaje astur. Y encima, coronándola, un caracol, que tanto proliferan no sólo para solazarse, sino también los días de lluvia en nuestra tierra, días de lluvia primaverales, como aquellos cuyo recuerdo estoy rescatando. Se tenía la sensación, pues, de volver al campo, de beber el agua más pura, de darse un baño de naturaleza. De refrescarse también ante lo que la vista nos ofrecía.
Si Oviedo es, además de otras muchas cosas, una ciudad abierta a lo que va más allá del asfalto, esas piedras que hacen de marco a la fuente del caracol facilitan algo muy propio de nuestra capital, no sólo la cercanía de lo que no es urbano, sino también la presencia de lo rural, del paisaje más típicamente asturiano en el cogollo mismo de Oviedo.
Fuente del caracol, cercana al quiosco en el que comprábamos chucherías, a un paso del paseo del Bombé, donde también correteábamos a veces; muy próxima a otras fuentes en las que no se bebe. El Campo de San Francisco es, además de otras muchas cosas, una referencia que plasma la abundancia de agua en nuestra tierra.

Años de infancia en los que la vida era sobre todo un juego, con todo lo que ello implica, también lances y percances donde la tristeza en algún momento se erigía en protagonista. Y digo esto a resultas del recordatorio del que a continuación voy a dar cuenta, en el que la lectura de un excelente relato me llevó a aquellas tardes de parada en la fuente del caracol.
“Ese niño gordo a quien su padres compraron un balón” es un magnífico relato de Manolo Pilares, un auténtico maestro del género. Saco a colación esta historia del gran narrador a resultas de que, cuando la leí por vez primera, me estremecí relacionando su trama con un episodio que me tocó presenciar una de las tardes en las que nos detuvimos en la fuente del Caracol después de haber jugado un partido de fútbol en el colegio. Cuando llegamos, un niño gordo, con el pelo sudado, bebía agua mientras sujetaba el balón. Tenía un jersey rojo, estaba colorado como consecuencia de haber jugado al fútbol y parecía que no terminaba nunca de saciar su sed. Hicimos cola, pues los otros caños estaban también ocupados. Según parece, el niño al que acabo de referirme llevaba un largo rato bebiendo antes de que nosotros llegásemos, pues alguien que esperaba turno lo estaba insultando, al tiempo que otros tres compañeros parecían jalearlo para que continuase con sus insultos, insultos que se convirtieron en agresión, empujando al niño gordo y quitándole el balón a puñetazos. El balón salió rodando. Fue el hecho que el niño agredido pudo desasirse de aquello al haber sido reconvenidos sus atacantes por unos señores que pasaban por allí, y siguió su camino de forma sorprendente, pues no aceleró el paso para recuperar el balón. Se diría que le daba igual perderlo, aunque terminaría cogiéndolo. Nos sabía mal no haber intercedido por él cuando recibió el ataque, algo que estuvimos a punto de hacer, pero, por fortuna, no fue necesario
Era un niño gordo como el del relato de Manolo Pilares. Era un niño al que, seguramente, el balón no le hacía feliz por no sentirse muy hábil jugando con él. Era un niño que protagonizó un episodio triste y tierno de mi infancia, pues nos afligió ver que lo atacaban tan cruelmente. Y nos afligió aún más la apatía con la que caminaba tras el incidente. Era un niño derrotado al que le divertirían mucho más otros juegos. Inolvidable su imagen caminando desganado y deprimido.
Un recuerdo triste en medio de tantas y tantas vivencias gratas, como un borrón que estropea el cuadro, como un rictus que corta en seco la alegría.
No sabría explicar con precisión el cómo y el porqué, pero aquel niño salió del inolvidable relato de Manolo Pilares.

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Panorama vetustense: La FSA y Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-12-2015 | 06:22| 0

“Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos y me sé todos los cuentos.” (León Felipe).

 

Una de las muchas consignas con la que el gabinismo nos dio la “matraca” fue la del “cerco a Oviedo”, que parafraseaba un libro de García Pavón que fue finalista del Nadal en 1945, “Cerca de Oviedo”. Y, así, instalados en el victimismo más ramplón y cómodo, Gabino y su muchachada se erigían en una suerte de héroes numantinos que hacían frente a las continuas conspiraciones judeo-masónicas que se urdían contra nuestra ciudad. Y, tras la derrota electoral de los últimos rescoldos del gabinismo, nos encontramos más que nunca con la freudiana relación política que la FSA sostiene con Oviedo.

Y, en esta agotadora campaña electoral, la susodicha relación política de la FSA con Oviedo se recrudece  aún más. Por ejemplo, Javier Fernández y Areces, en distintos actos electorales, se encargaron de recordar que Xixón sí puede, esto es, la marca de Podemos en la villa de Jovellanos, es culpable, como Rusia lo fue para Serrano Súñer, de que el candidato socialista a la Alcaldía de Gijón no ejerza como regidor. Claro, con don José María Pérez, como primer edil gijonés, se llevarían a cabo las auténticas políticas de la izquierda plural y transformadora en la villa de Jovellanos, y, así , sería un referente para la izquierda mundial. ¡Ay!.

Y, al tiempo que les duele haber perdido la Alcaldía de Gijón, lo cual es de todo punto lógico, en momento alguno tienen la elegancia de reconocer y recordar que, gracias a Ana Taboada, en Oviedo se acabó el gabinismo y que, además, nuestra capital forma parte de los Ayuntamientos del cambio que se constituyeron a partir de las últimas elecciones municipales. Desde el momento mismo en que Wenceslao López se hizo cargo de la Alcaldía de Oviedo, gracias al apoyo de Somos y de IU, ningún dirigente de la FSA tuvo a bien manifestar ni gratitud ni satisfacción. ¡Qué cosas!.

Seamos meridianamente claros: no se trata de incurrir en localismos pueblerinos, no se  trata de oponer las dos ciudades con planteamientos tan alicortos como paletos. Lo que toca es ser conscientes de la enorme importancia que tienen estas dos ciudades en Asturias. Y todo parece indicar que, para la FSA, Oviedo es ajeno. No digo que le tengan declarada la guerra a  Vetusta, sino que para ellos no cuenta como debiera, sin que ello tenga que suponer en modo alguno menoscabo para Gijón.

La FSA y Oviedo. Seamos claros: aunque Wenceslao López y José María Pérez pertenezcan al mismo partido, son dos políticos muy distintos tanto en sus trayectorias como en lo que ambos representan dentro del PSOE. No es éste el momento de glosar ambas biografías. Me limito a señalar algo muy básico que los diferencia enormemente: la independencia de Wenceslao frente a la ortodoxia de Pérez. El primer edil de Oviedo no es un profesional de la política, no hizo carrera en la AMSO al abrigo de nadie. Rara avis, dentro del PSOE, o, si se prefiere, más que verso suelto, expresión tan manida, verso libre.

LA FSA y Oviedo. Wenceslao López, Alcalde por sorpresa, inconfesablemente incómodo. Tanto es así que el hecho de que en Oviedo haya un Alcalde socialista, por vez primera desde 1991, no llevó a ningún dirigente de la FSA a mostrar su alegría por ello. La cosa es, ciertamente, bien extraña. No sólo nos encontramos ante la mezquindad que supone no haber reconocido, como sería del caso, la generosidad de Ana Taboada para impedir que el gabinismo continuase gobernando la ciudad. Hay algo más, que, sin duda, tiene que ver con el hecho de que para sus dirigentes Oviedo es una ciudad que les resulta extraña.

Hay que recordar también que Wenceslao López se hizo con el control de la AMSO sin ningún apoyo explícito de la FSA. Y que, en la campaña de las primarias que ganó claramente, no tuvo un apoyo explícito del aparato del partido.

La FSA y Oviedo. Si en el Parlamento asturiano los socialistas  no cuentan ni siquiera con un tercio de los escaños, si además perdieron Gijón y si en las cuencas los resultados no fueron  en su conjunto los esperados, desde afuera, no hay forma de explicarse que no  se muestren orgullosos de la recuperación la Alcaldía de Oviedo, en la que además no fueron la candidatura más votada.

La FSA y Oviedo, una historia que daría mucho de sí en clave de sociología política.

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Recuerdos de Oviedo: Cuando la Navidad era Diego Verdú:
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-12-2015 | 22:08| 0

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«El objeto de la vida humana es la felicidad del hombre, pero ¿quién de nosotros sabe cómo se consigue? Sin principio, sin fin cierto, vagamos de deseo en deseo y aquellos que acabamos de satisfacer nos dejan tan lejos de la felicidad como antes de haber conseguido nada”. (Rousseau).

“En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible”. (Albert Camus).

La señora caminaba muy aprisa, se diría que abrazada a su abrigo, intentando alejar el frío que la invadía. El abrigo era azul oscuro y sus botones negros, aunque muy grandes, resultaban insuficientes para protegerla de la baja temperatura. Vi que miró hacia el interior del establecimiento cuando pasó por delante de Diego Verdú. Imaginé que se adentraría; sobre todo, me hubiese gustado que lo hiciese. Se la veía desangelada, con desasosiego. Pero siguió de largo y no tuve ocasión de advertir si en algún momento estuvo tentada a entrar. La perdí de vista, pero no pude quitármela de la cabeza durante el resto de la tarde. Quise creer que su casa no estaría lejos y que se acomodaría con el brasero y unos dulces, sacudiendo el frío.
Aquella tarde de diciembre no nevaba, pero hacía mucho frío. Y, en ningún momento, pude olvidar los episodios más llamativos de la película que habíamos visto en la televisión antes de salir a la compra. Se trataba del clásico “¡Qué bello es vivir!”, y me impresionaron mucho todas aquellas escenas en las que el protagonista comprobaba cómo hubiese sido la vida de sus personas más cercanas en el caso de que él no hubiese nacido. Por supuesto, final feliz. Por supuesto, apuesta por la vida. Pero la pregunta retórica que se hizo, implorando no haber nacido, mostraba ciertos abismos que, confieso, me invadieron.
Una vez que perdí de vista a la señora del abrigo azul, allí seguí, dentro de Diego Verdú, con las manos dentro de los bolsillos de la trenca. Mientras mi madre hacía la compra navideña, se me antojaba probar casi todos los turrones y dulces que se veían tras el mostrador. Sin embargo, el sacrificio no era grande, pues sabía que quedaban muy pocos días para degustar todo aquello. Y, por otro lado, seguía viendo el trasiego de gente que pasaba por delante del establecimiento. Y, sin saber exactamente los motivos, deseaba en el fondo, que la señora volviese a pasar por allí, comprase turrones y plasmase en su rostro la satisfacción que el frío le había arrancado de cuajo. Pero aquello se quedó sólo en intención.
Las Navidades en mi infancia eran, gastronómicamente hablando, el lechazo y los turrones. El primero venía embalado desde Burgos, pues cada año lo enviaba a casa la editorial Hijos de Santiago Rodríguez como presente a mi padre que formaba parte de los autores de los manuales escolares que publicaba entonces aquella empresa del sector. Y, en cuanto a los turrones, la referencia era, por supuesto, Diego Verdú. ¡Qué delicioso resultaba ser testigo de la compra navideña familiar que se hacía allí cada año, cuando se iban despachando turrones de distintos sabores, así como las glorias, los melindres, los mazapanes, las garrapiñadas y las almendras y los polvorones! Todo un festín asistir al momento en que se troceaban los turrones. Todo un festín rememorar su sabores y, al mismo tiempo, anticiparse imaginativamente a la más que golosa degustación. Todo un sacrificio respetar obligatoriamente la espera hasta que llegase el momento de dar cuenta de los postres más apetitosos del año.
En efecto, los sabores. En efecto, las mañanas sin madrugar para ir a clase. En efecto, el nacimiento y el árbol navideño. En efecto, la vida sin prisa y las compras. En efecto, la entrega de las cartas de Reyes al príncipe Aliatar de turno en alguno de los dos grandes establecimientos de entonces en la calle Uría, esto es, Botas y Al Pelayo. En efecto, las películas de televisión en blanco y negro, por lo común clásicos del cine, eso sí, toleradas para menores. En efecto, la vida lúdica , por lo común de puertas adentro, pues, aunque no siempre nevaba, el clima invitaba a resguardarse en casa.
Pero, ante todo y sobre todo, callejear era el tránsito por la calle la Rúa y Cimadevilla hasta Diego Verdú. Recuerdo que en alguna ocasión era tal el lleno en el establecimiento que se posponía la compra y paseábamos por los alrededores. Incluso en alguna Navidad llegó a darse el caso de posponer la compra para otra hora. Por fortuna, esos imprevistos entraban en el guion y nunca se hizo la compra en el último momento.
Si lo más rico de la comida era el postre, lo mejor del año tenía que ser, lógicamente, la cena de nochebuena, cena que era el postre del año. Y aquellos postres con turrones tan deliciosos y variados eran el mejor colofón a unas fiestas muy familiares en las que el mundo parecía el escenario idóneo para disfrutar de la vida.
Pero, por fortuna, los turrones no se acababan en nochebuena, allí seguían acompañándonos todas las Navidades. Podría decirse que todas las Navidades eran la Nochebuena. Y podría asegurarse también que el año nuevo tenía su puesta en escena la mañana del día de Reyes con los regalos correspondientes. Despedir el año de noche. Recibir el nuevo año muy de mañana con regalos. Por eso, la vida era entonces un calendario marcado por celebraciones jubilosas que, como el turrón, endulzaban todos los sinsabores posibles, todas las dudas que podían acecharnos.
Y vuelvo a aquella tarde de diciembre, en la que faltaban pocos días para la Nochebuena. Vuelvo a Diego Verdú, al deseo oculto de que aquel año no hubiese turrón de coco, que era el único que no me gustaba. Vuelvo también al recuerdo de aquella señora del abrigo azul. Hubo un momento en el que quise imaginarme que, en realidad, ella, a su modo y manera, (más bien, al de mi caprichosa imaginación infantil) había salido de la película a la que antes hice mención. Y no es que se preguntase para qué había nacido, sino que eso se lo formuló alguien que daba sentido a su vida, que la estabilizaba, pero que, de repente, la señora del abrigo azul se hizo a la idea que, en verdad, no existía la persona que era más importante en su vida. probablemente, un hijo suyo. De ahí, su desasosiego, su frío, su desangelamiento.
Aquel mal trago espectral lo combatí con una gloria que saboreé despacio. En efecto, sólo se había tratado de una especie de pesadilla, eso sí, en plena vigilia, en una tarde navideña.

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Panorama Vetustense: Protección para el Paseo de los Álamos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-12-2015 | 06:29| 0

“La verdad es como el sol. Lo hace ver todo y no se deja mirar”. (Víctor Hugo).

 

Si la protección de lo público es el criterio institucional a seguir, resulta difícilmente rebatible que el Consistorio de Oviedo haya prohibido que el Mercadillo de Navidad se siga instalando en el Paseo de los Álamos, teniendo en cuenta el deterioro creciente que viene sufriendo el mosaico de Antonio Suárez, mosaico que hay que cuidar y conservar  si se tiene en cuenta su valor estético.

Durante más de dos décadas de gabinismo el abigarramiento de mobiliario urbano fue proverbial. Sin embargo, no se puede decir que se hayan tratado con mucho mimo muchos de los reclamos estéticos de nuestra ciudad, entre ellos, el mosaico al que acabamos de hacer referencia.

Pero lo cierto es que uno tiene la impresión de que muchas de las lagunas del gabinismo llegaron a formar parte del paisaje. Tal es así que el paisanaje implicado llegó a dar por hecho que las tales lagunas se habían perpetuado ya en Oviedo.

Ciertamente, no hace falta mirar con lupa el referido mosaico para percatarse del deterioro que presenta. Ciertamente, no parece que haya que esforzarse mucho argumentando que no es de recibo pretender que los intereses particulares de unos comerciantes que, por lo demás, se merecen todo el respeto, están por encima de la conservación de uno de los grandes atractivos de la ciudad.

Siendo innegable que resultaba más cómoda la ubicación en el Paseo de los Álamos, tampoco la Plaza de la Escandalera es un lugar desfavorable para ello. Y, ante todo y sobre todo, a veces, resulta obligado aceptar lo razonable.

Fíjense: se diría que lo habitual y lo consueto se hizo indiscutible, y que, ante ello, todo lo que pueda oponerse, incluido el interés de lo público y por lo público, resulta molesto y rechazable.

No hace mucho tiempo, Leopoldo Tolivar, en un magnífico artículo publicado en EL COMERCIO se hacía eco de lo que se había planteado en una conferencia en el RIDEA ante la urgente necesidad de proteger el Mosaico de Antonio Suárez en el Paseo de los Álamos. Lo llamativo del caso es que no estamos hablando de una obra de arte poco visitada y poco vista, sino del mismo centro de Oviedo, del que es acaso el lugar más transitado peatonalmente. Y, sin embargo, el deterioro parecía invisible a los ojos de las autoridades municipales anteriores, como si formase parte del paisaje.

Hete aquí que algo que, racionalmente, parece indiscutible, se convierte en una medida polémica. Sobre el plano teórico, cuesta entenderlo. Pero ya sabemos hasta dónde puede llegar la fuerza de la costumbre, máxime cuando se trata de dejadez y de inconsciencia.

La cosa es asombrosamente simple: el Ayuntamiento, al proteger el Mosaico de Antonio Suárez,  cumple con su deber, expresión, de otro lado, tan cara a las gentes de orden.

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Viga azul: Mordiente
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-12-2015 | 14:49| 0

La mayor limitación del equipo azul, por lo que se vio en el partido contra el Llagostera, no son los despistes defensivos e imprecisiones, que siguen ahí, sino la falta de mordiente para sentenciar un partido, máxime cuando el marcador se pone favorable a los dos minutos de empezar el encuentro. Al Oviedo, le faltó impiedad para haber resuelto el choque en los primeros minutos. Se hizo, en efecto, buen fútbol. Los delanteros demostraron velocidad y ambición y hubo ocasiones para haber aumentado la diferencia antes de que el equipo catalán lograse la igualdad en el marcador. Aun así, había que ser más contundentes.

Cabe añadir, además, que, sobre todo en el primer tiempo, Borja Valle estuvo sobresaliente: no sólo tiene un poderío físico envidiable, no sólo demuestra en muchas jugadas su calidad a la hora de regatear, de desmarcarse, de pasar el balón y de chutar, sino que además demuestra en cada partido que tiene un compromiso ineludible con el gol y que, además, es un jugador imprescindible en el equipo. Fue una verdadera lástima que no hubiera marcado gol en el lanzamiento que mandó al travesaño, porque, de haberse colado el balón, nos habría tocado asistir a una jugada antológica y memorable. Todo un portento de jugador, toda una suerte que el Oviedo lo tenga en su equipo titular. Todo un lujo, sin duda.

También es obligado hacer mención a Diegui no sólo por su colaboración decisiva en el primer gol del Oviedo con un pase medido y de calidad, sino también por su continua lucha en la que demuestra, además de entrega, cualidades de un buen carrilero. Siempre es una buena noticia que la cantera tenga protagonismo en nuestro equipo.

Por otra parte, si bien es cierto que acaso hayamos asistido al mejor primer tiempo del Oviedo en lo que va de liga en el Tartiere, creo que no caben ni el conformismo ni tampoco la euforia. De un lado, no debemos perder de vista lo apuntado al principio de este artículo en el sentido de que, cuando un partido se pone de cara, hay que mostrar uñas y dientes para sentenciarlo, sin renunciar tampoco a la ambición de una goleada que la afición celebraría gustosa y que, sin duda, se lo merece sobradamente. No perdamos de vista esto, por favor.

¿Y cómo no referirse a lo apoteósico que fue el recibimiento que se le hizo a Cervero cuando salió al campo a muy pocos minutos del final? Recibimiento ciertamente merecido, como también lo fue la despedida por todo lo alto que se le brindó a Borja Valle cuando abandonó la cancha.

Por vez primera en mucho tiempo, parece consolidarse un buen clima entre la afición y el equipo. Y, además, hay argumentos para el optimismo, sin dejar de lado en ningún momento que es obligado aspirar a más.

Quiere decirse que hace falta más mordiente, también cuando las cosas se ponen favorables.

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Recuerdos de Oviedo: Cine Aramo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-12-2015 | 00:47| 0

“Un hombre rico en el interior no pide al mundo exterior más que un don negativo, a saber: ocio para poder perfeccionar y desarrollar las facultades de su espíritu y para poder disfrutar de sus riquezas interiores; reclama, pues, únicamente, toda su vida, todos los días y a todas horas, ser él mismo”. (Schopenhauer).

“Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad”. (Sartre).

 

Confieso que nunca olvidaré el estremecimiento que me produjo la lectura de un pequeño texto de Julia Ibarra, que venía a ser una elegía a las butacas del Cine Aramo que fueron a parar, en primera instancia, a una especie de patio de luces que la gran escritora vio desde su propia casa. La autora de “La Melodramática vida de Carlota Leopolda” describió con envidiable sensibilidad lo que aquella desoladora visión le suscitó. Aquellas butacas arrancadas de cuajo entonaron los ayes de tantas y tantas personas que habían asistido a películas para ellos inolvidables. La elegía de las que les hablo la publicó Julia Ibarra en enero de 2001. Aunque el cine Aramo, llevaba varios años cerrado, aquello fue  el principio del fin de las salas de cine en Oviedo. Principio del fin que arrancaba en la calle Uría. ¡Qué cosas!.

Cine Aramo. A decir verdad, no pasará a la pequeña historia de Oviedo por haberse exhibido allí las mejores películas a lo largo de las décadas en que estuvo abierto. Siendo ello cierto, no lo es menos que era un lugar digno de admiración por todos los lujos que lo jalonaban, desde las lámparas hasta las maderas nobles, sin que nadie pudiera pasar por alto sus suelos. ¿Cómo no recordar aquellos mármoles que le daban tanto esplendor?. Toda una voluntad de estilo lo ocupaba. Y, aunque sólo fuese por el marco, a todos nos valió la pena haber acudido tantas y tantas veces al cine Aramo.

Y, a pesar de ello, es decir, de la discreta calidad de la mayoría de las películas que se exhibieron en el cine Aramo, se diría que, en algún momento, los afanes de un tiempo y un país, allí sí que se dieron cita.

Recuerdo la presentación de una película muy del estilo de la transición, al que acudieron algunos de sus actores, entre ellos, Juan Diego, que pidieron más libertad para el país y para el cine. Fue en una sesión de noche y aquello significó mucho para los espectadores que allí nos encontrábamos. La pasión por la política y los afanes de libertad y nuevos tiempos se manifestaban imparables.

Cine Aramo. Contaba también con un vestíbulo amplio que permitía ver con comodidad la cartelera de la película que tocaba proyectar. Otro recuerdo inolvidable en aquellos mismos años de inicios de la transición fue ver en la referida cartelera a José María Íñigo, que, si no recuerdo mal, comparecía con una bata blanca de médico y a una Carmen Sevilla ya en el otoño de su belleza que aún se mostraba voluptuosa en sus gestos y puestas en escena. ¡Qué país, madre mía!

Cine Aramo. Como ya escribí en esta misma página, tengo muy grabada la imagen a la salida del cine en la segunda sesión de la tarde cuando, sin apenas variación, el reloj de la Estación de la Renfe marcaba las diez menos cuarto. Era el momento de ir a casa a cenar.

Cine Aramo, una suerte de templo a la altura del séptimo arte, un marco a la altura de las mejores películas.

¿Cómo no referirse, volviendo al principio del presente texto, a las butacas que gozaron del privilegio de ser objeto de una especie de elegía de una escritora de la talla de Julia Ibarra? Butacas que no sólo sirvieron para ver las películas de turno, sino también para escarceos amorosos, muchas veces primerizos, que tienen su no sé qué de inolvidables por la nostalgia que suscitan. Se las llevaron como quienes transportan sueños al matadero. Se las llevaron sin cortejo fúnebre, sin la despedida solemne a la que en realidad se habían hecho merecedoras. Pero las circunstancias se conjuraron para que Julia Ibarra oficiase sus funerales, su despedida, su agonía previa a una destrucción más que anunciada.

Confieso que cada vez que paso por delante de lo que fue el cine Aramo recuerdo a la insigne escritora. Fue otro de los grandes lujos que tuvo esta ciudad, si bien cabe en lo posible que no haya tenido, aún a día de hoy, el reconocimiento que realmente se merece por una obra literaria tan extraordinaria.

Cine Aramo. Por su pantalla, desfilaron indios y vaqueros, romanos, dramones más o menos empalagosos, españoladas infames que tuvieron, como bien se sabe, su cuota de pantalla. Y también películas dignas. De todo, hubo, claro está.

Pero, dejando al margen la calidad de la mayoría de las películas exhibidas, el cine Aramo forma parte, con toda justicia, de la intrahistoria de Oviedo, de un Oviedo que quiso y supo hacerle sitio al séptimo arte con justicia poética, con una hospitalidad marcada por la elegancia y el buen hacer ceremonial.

Cine Aramo, escenario muy presente en mi infancia y adolescencia. Cerca, muy cerca de la Plaza del Carbayón. Más cerca aún de la calle Toreno.

Bendita proximidad de unas edades en las que el mundo es, ante todo, algo por descubrir  y algo por sentir y entender.

A este respecto, Rousseau dejó escrito en sus “Confesiones” esto que sigue: “Empecé a sentir antes que a pensar”. Y, curiosamente, el cine, como tantas otras cosas, es algo para ser sentido siempre; para ser pensado, según la película que toque. Pero, en todo caso, en el cine Aramo sentí y pensé en esas sucesivas etapas de la vida en las que es tanto lo que se descubre. como también lo que deja de estar encubierto y termina por mostrarse y mostrársenos, forjándonos e inventándonos. Haciéndonos y rehaciéndonos.

Siempre hay pantallas en las que los sueños se  escenifican. Siempre hay proyectos engendradores de sueños. Siempre hay sueños que nos proyectan y nos ponen ante ese escenario múltiple y enloquecedor al que siempre llamaremos vida, nuestra vida.Siempre hay besos de película. Siempre hay sueños que tienen un himno. Siempre hay aventuras que atrapan. Siempre hay sordideces de las que salimos en busca de pulcritud.

Siempre hay un cine Aramo.

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Siempre Ángel González
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-12-2015 | 06:23| 0

“Ciudad de sucias tejas soleadas:/casi eres realidad, apenas nido,/ sólo un rumor, un humo desprendido,/ de las praderas verdes y asombradas”. (Ángel González. “Capital de provincia”.).

“Quizás es el que mejor representa en la lírica lo que puede llamarse tono asturiano: una mezcla de humor irónico, de melancolía, de sobriedad expresiva, de natural profundidad y poco colorido”, (Alarcos sobre Ángel González).

 

La Universidad de Oviedo, bajo el título “Ángel, me dicen”, organiza unas jornadas académicas sobre la obra de un extraordinario poeta que vino al mundo en esta ciudad. De un extraordinario poeta al que nunca le faltó una suerte de humor ácido que supo plasmar, rondando la perfección, el talento del poeta que nos ocupa, así como las circunstancias que marcaron su trayectoria vital y literaria.

Poeta Ángel González, que habló de un general que confundió las urnas con las armas. Poeta Ángel González, que supo compadecerse de unas cucarachas desnortadas que pensaban manifestar sus quejas por escrito al Presidente de la República en un país llamado España. Poeta Ángel González, que supo poner en verso una larga historia que, al final, le dio nada menos que todo un nombre, su nombre.

Fábulas para animales para que aprendan todo lo malo que anida en el ser humano. Chicas universitarias que declinan el griego clásico. El instante que encuentra quien le escriba en un hermoso y memorable soneto. Esa vocación frustrada de haber sido cantante de  boleros lastimeros. La historia, nada santa ni tampoco inocente madre historia que como la morcilla asturiana, se elabora con sangre y se repite. Destellos continuos de  un humor quevediano

Ángel González y Oviedo, la ciudad que lo vio nacer, la ciudad a la que regresó en su momento como profesor universitario, eso sí, por muy poco tiempo, cuya última clase, si no recuerdo mal, versó sobre un poema de un gran poeta de su generación, José Ángel Valente. La ciudad que tanto lo agasajó cuando se había convertido, muy merecidamente, en un poeta de prestigio.

Ángel González y Oviedo. En su momento, Alarcos escribió un libro sobre la obra del poeta. Hablamos del mejor Alarcos como crítico literario, del mismo Alarcos que había apostado por la poesía de Blas de Otero, y que aportó, con una prosa precisa y elegante, las claves más importantes de la obra de su amigo.

Ángel González y Oviedo. Inolvidable un reportaje televisivo en el que el poeta se explicaba a sí mismo desde esta ciudad, desde el Oviedo más noctámbulo y culto, desde el Oviedo que era para él un punto de referencia vital que tanto y tanto cimentaba su estar en el mundo y el conjunto de su obra.

Una tarde en la que no llovía, lo vi por vez primera en Oviedo, en la terraza del Rivoli en la calle Uría. Me atreví a dirigirme a él para decirle que, esa misma semana, publicaría un artículo en un periódico de la ciudad glosando su obra. Fue un encuentro muy grato y cordial.

El tiempo fue transcurriendo y sus idas y venidas a Oviedo se hicieron más frecuentes.  Ya era un autor consagrado. Ya era un hombre que vivía para recordar y que en ningún momento refrenó su amor por la vida y su inveterada costumbre de hablar sobre lo divino y lo humano con una sencillez admirable.

El poeta y la ciudad que le sirvió de inspiración a inolvidables poemas. Así, el “Tratado de urbanismo” en el que desfilan los viejos indianos tan maltratados literariamente.

´”Áspero mundo”, en efecto, pero también habría que hablar de que la aspereza reflejada en su obra queda limada en no pequeña parte por el humor y la ternura que lo acompañaron en todo momento.

Hablamos, en fin, del que es sin duda el mejor poeta que dio esta ciudad. Y, más allá de los tópicos, más allá de las asperezas de quienes luchan por apropiarse de su figura, quedarán siempre los guiños a la inteligencia de un sentido del humor proverbial, así como de una obra llamada a perdurar.

Siempre Ángel González. Nunca es tarde para leer su obra. Ni para releerla.

 

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