El Comercio
img
Recuerdos de Oviedo: EL 23-F: La tarde y la noche
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 10-04-2016 | 18:32| 0

Voy a participarles una vivencia que, andando el tiempo, se convirtió en el anticipo de aquel episodio grotesco y fantasmagórico en el que Tejero tomó el Congreso de los Diputados. Y esa vivencia tuvo lugar en la calle Foncalada el día en que dimitió Adolfo Suárez.

MANUEL P. BARRIOPEDREO. EFEEn un momento dado, al pasar delante de una cafetería, nos tropezamos con la imagen de Adolfo Suárez compareciendo en televisión. Puedo asegurarles que el semblante del político abulense plasmaba una gravedad nada impostada. Tanto fue así que entramos al establecimiento para enterarnos de lo que estaba sucediendo y convenimos en que el presidente, al anunciar su renuncia a continuar al frente del Gobierno, vivía uno de sus momentos más dramáticos como político. Más allá del contenido de su mensaje, lo que plasmaba era una honda preocupación, que recordaba a otras intervenciones públicas suyas, también marcadas por la gravedad de los hechos, a resultas de la matanza de Atocha y otros tremendos acontecimientos.

Andando el tiempo, aquella dimisión plantearía no pocas incógnitas que, a día de hoy, siguen sin despejarse del todo. En todo caso, no hacía falta mucha perspicacia para percatarse de que, en el fuero interno de aquel hombre bullía una inquietud zozobrante, un desasosiego angustioso, que tenían que ir mucho más allá de las cuitas personales.

En el curso 80-81, José Manuel Martínez González y el arriba firmante coordinábamos un programa radiofónico al que llamábamos ‘Debate Universitario’. Pues bien, la tarde del 23-F cuando lo estábamos grabando, los redactores de ‘Radio Asturias’ se alarmaron ante la noticia de la irrupción de Tejero en el Congreso de los Diputados. Lógicamente, la grabación se interrumpió y nos quedamos un buen rato para seguir en directo lo que estaba pasando.

Cuando llegué a casa, mi padre estaba muy pendiente de la radio. Todo era y estaba muy confuso. Y, en un momento dado, cuando hizo un recorrido por el dial, se encontró con música militar en una emisora. Puedo decir que jamás olvidaré su reacción, que me estremeció, reacción lógica en un ciudadano que había vivido la guerra civil y la posguerra y sabía muy bien el significado de aquello. Se diría que sus gestos daban acuse de recibo de las vivencias más duras, que, además de imágenes, también tenían música, que, a veces, podía estremecer y emocionar y, en otras ocasiones, aterrorizaba. Fue el momento en el que los peores fantasmas regresan con enorme crudeza. Fue un momento, al mismo tiempo, de parálisis y de nerviosismo extremo. Fue un momento helador.

Pero la tarde siguió transcurriendo, pero la radio continuó informando, pero no todas las noticias eran temibles. Al menos, la información llegaba.

Comunicados, noticias de los subsecretarios del Gobierno aún en funciones, reacciones exteriores. Preguntas, muchas preguntas. Incertidumbre continua. Pero no todo era tenebroso, pero había momentos en que nos resistíamos a creer que, en primer término, aquello podía ser real. Y, sobre todo, resultaba difícil de concebir que aquella sociedad española que estaba estrenando una nueva década aceptase con resignación una vuelta atrás en materia de derechos y libertades.

Llegó la hora de la cena. La noche prometía ser larga, pero, por fortuna, el golpe no se había consumado, más allá de las escaramuzas de las que íbamos teniendo noticia. Y, a pesar de todo, no necesitábamos acudir a emisoras de radio extranjeras para conocer lo que sucedía. Unas declaraciones de Pujol acerca de una conversación que tuvo en el Rey fue muy balsámica.

Llegó la noche y salí. En un piso en el que vivían compañeros de la facultad, escuchábamos la radio y teníamos la televisión puesta sin voz. Llegó el momento en el que el Rey dio su mensaje y se suponía que el golpe estaba conjurado.

Abandoné aquel piso de estudiantes muy de madrugada. En el recorrido que hice desde Fuertes Acevedo hasta mi casa en la calle Toreno, la noche parecía estar tranquila. Eso sí, observé que los empleados de la limpieza estaban muy pendientes, como el resto del país, de los transistores.

En casa, seguí pendiente de la radio. Sobre la mesilla de la sala, estaba un libro de Borges. ¡Qué singular y extraña perfección encontré releyendo el ‘Poema de los dones’ tan ajeno a lo que había estado ocurriendo en las últimas horas!

Mi padre había logrado conciliar el sueño. Recordando su reacción al oír la música militar, como compañía al estremecimiento, rescaté el poema de César Vallejo que habla de esos golpes que hay en la vida, de esas sacudidas escalofriantes de un dolor que, al mismo tiempo, quema, desgarra y llaga.

Al día siguiente, conjurado oficialmente el golpe, la televisión emitía imágenes del fin de aquella grotesca carnavalada, de alguien que fumaba un pitillo mientras hablaba con Tejero.

El día después lo vivió casi todo el mundo como el despertar de una pesadilla al mismo tiempo absurda y temible. Creo recordar que en la facultad se celebraron exámenes, pero no podría asegurarlo. En todo caso, fue muy lento y pesaroso el regreso a la normalidad.

Tiempo después, al disponer de perspectiva, lo que se fue poniendo de manifiesto, más allá de ‘las verdades’ oficiales y oficiosas, más allá de la abundante bibliografía sobre el asunto, incluida la más desmitificadora, lo que queda, dejando de lado lo grotesco de aquella puesta en escena, son los enormes contrastes.

¿Cómo no estremecerse al recordar nuestra bendita inocencia? Miren, eran los años ochenta, aquellos en los que las políticas más conservadoras se impusieron en Estados Unidos y en Inglaterra. Y, frente a ello, nosotros estábamos en un tiempo y en un país donde nos sentíamos libres, donde los sueños no se malbarataron y traicionaron del todo hasta el final de la década, donde se rompió con muchas cosas.

Y, hablando de romper, queríamos creer que estaba muy cerca la hora de la izquierda, de una izquierda que estaba llamada a transformar el país, llevando a cabo una ruptura democrática que, al final, se quedaría en desiderata.

Fuimos ingenuos, pero nos sentimos libres, en aquella década que acababa de inaugurarse.

Un golpe de Estado. Tras él, el señor Calvo-Sotelo salió elegido, como estaba previsto, presidente del Gobierno. La izquierda iba tomando posiciones.

Y, en fin, volviendo al 23-F, la radio, antes y después del golpe, marcó aquella jornada.

¡Cuántas legañas el día después! ¡Cuántas vendas y máscaras se irían cayendo! ¡Cuánto arsenal onírico poseíamos intacto y firme! ¡Cuánta energía y empuje tenían nuestras alas!

Vísperas de casi todo, del irrepetible triunfo socialista del 82, de la movida no sólo madrileña, de las noches cómplices y respondonas, de tanto amor, de tanta libertad, que nos preservaban y pertrechaban de aquel oleaje conservador y reaccionario que no cesa, de tantas y tantas y tantas traiciones, que, con todo, jamás ahogarán aquellos abrazos, aquellos versos, aquellos besos, aquellos ímpetus, aquel divino descaro, con sus himnos gigantes y extraños a todo lo que no fuera libertad, puede que sin ira, pero sí airada, pero sí vendaval.

Radio, mucha radio. Clamores con eco. Danzas nocturnas con su embrujo.

La larga noche del 23-F que empezó por la tarde. La larga noche del 23-F de la que tardamos tanto en despertarnos, pero que no nos despojó de sueños.

A la pesadilla la miramos cara a cara, la combatimos verso a verso.

Del 23 al 24 de febrero, Oviedo y España entera no dormían. Se libraban de una pesadilla. Y la espantaban.

Distinta cosa es que, más allá de nuestros fantasmas más celtibéricos, otros mucho más globales ya danzaban por el mundo. Y venían para quedarse, acaso sin demasiada prisa. Pero con total determinación.

Ver Post >
Tragedia en la calle Uría
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 08-04-2016 | 05:19| 0

Hay cosas que obligan, hay cosas que no se pueden obviar. Hay ocasiones en que alguien tiene que dar la orden en un periódico de parar las máquinas, porque los acontecimientos así lo exigen. Hay momentos en los que un columnista debe aparcar el artículo que tenía preparado y sumarse a aquello que está sucediendo, porque no vale mirar para otro lado cuando lo que acaba de tener lugar lo eclipsa todo, en este caso, de forma desgarradora. Y es que acabo de tener noticia de la muerte en la calle Uría de un bombero que combatía el fuego que se declaró por la mañana . Ante un hecho de semejante calado, la opinión apenas tiene sitio, lo que pide a gritos expresarse es el dolor.

Más allá de la mala fortuna que se conjura para llevarse una vida por delante, más allá del riesgo inevitable que conllevan determinadas profesiones, y, en el caso que nos ocupa eso es obvio, no se puede dejar de pensar en las continuas manifestaciones que este colectivo viene haciendo en los últimos tiempos, manifestaciones en las que ponen de relieve la falta de medios que padecen.

Un mazazo, una tragedia, algo que nos estremece y que, sobre todo, nos paraliza.Un momento para ir más allá de lo cotidiano y detenerse a pensar en la transcendencia de la labor que desempeñan los bomberos.En situaciones como ésta, se caen muchas vendas y tomamos conciencia de lo importante, de lo verdaderamente esencial. Lo que se pensaba más actual se convierte –ipso facto- en anecdótico. Sólo cabe dejar constancia del dolor, un dolor que es pura impotencia, porque nada puede remediar. Un dolor que sería indecoroso ya hasta indecente esconder.

Un dolor punzante que plantea preguntas, un dolor que emite clamores y dignidades encaminados a comprometerse con eso que  tanto quieren denostar algunos y que tienen que ver con nuestra seguridad y bienestar. Un dolor que quiere ser discreto, pero que no puede enmudecer.

Lo escribió Daudet: “Si no hubiera suspiros, el mundo se ahogaría”. Benditos suspiros, benditos clamores que salen de estremecimientos cuya música desgañita a quienes lo emiten y que, en este caso, sí que somos todos.

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: Aquel duelo entre Carrete y Cruyff
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 03-04-2016 | 18:00| 1

Aquel domingo, al menos durante las primeras horas, no llovió en Oviedo. A última hora de la mañana, por el Campo de San Francisco muy cerca de la guarida de Petra, me encontré con los jugadores y el entrenador del Barça que pasaban y paseaban por allí. Confieso que, aunque nunca fui mitómano, resultó algo muy especial ver en persona y de cerca, al lado de casa, a aquellos futbolistas que hasta entonces sólo había avistado en cromos, fotos de prensa y la televisión. A quien reconocí primero fue al entrenador del equipo catalán, a Rinus Michels. Aquello, aunque inesperado, fue un previo imprevisto al partido de la tarde. El Barça se enfrentaba al Oviedo. Todo un acontecimiento.

Llegué temprano al Tartiere. Había muchos aficionados del Barça. Me ubiqué en la grada de “preferencia” que entonces estaba detrás de una de las porterías. Recuerdo que fue emocionante estar tan cerca de Sadurní, legendario portero del Barcelona. Tampoco olvidaré jamás que aquella derrota del Oviedo no resultó amarga. Se diría que ya era todo un logro enfrentarse a un equipo plagado de estrellas que aquella temporada conseguiría el ansiado título de la Liga.
Cruyff , que tanto había destacado en el Ajax, había sido fichado por el Barcelona y, con él, vino el que había sido su entrenador. Es decir, el Barça se había hecho con la gran figura de un equipo que entonces parecía invencible y que practicaba el mejor fútbol del mundo. Y aquello funcionó.
Recuerdo aquel Ajax de Cruyff y Neeskens, equipo invencible que fue toda una revelación y toda una revolución en la Copa de Europa, justo después del mundial de Brasil de 1970. Entre uno y otro mundial, terminó el reinado de Pelé como mejor jugador del planeta y se inició el de Cruyff. De América a Europa. De Holanda a Cataluña.
Pero el acontecimiento de aquel partido en el Carlos Tartiere, acontecimiento épico y lírico, fue, sin duda, el enfrentamiento entre Carrete y Cruyff, entre uno de los grandes ídolos del oviedismo de entonces y el que estaba considerado el mejor jugador del mundo de aquel momento. Lo grande, incluso lo glorioso del caso, es que de aquel duelo no salió humillado ni ofendido, tampoco derrotado, el bravo y vibrante defensa del Oviedo. Ganó con claridad el Barça, sin duda. El astro holandés no fue anulado por Carrete, innegable. Pero, aun así, el papel que se le asignó al lateral azul lo desempeñó no sólo con dignidad, sino también con heroísmo. Luchó Carrete con todas sus fuerzas y no se lo puso fácil a Cruyff. Tanto fue así que, si la memoria no me falla, el delantero holandés recomendó en su momento que el Barça fichase al defensa del Oviedo.
La bravura y la fuerza de Carrete, su pundonor, su coraje, su energía, su empeño en salir airoso de las jugadas, su apuesta por avanzar con rapidez por el campo no sólo conjurando peligros del contrario, sino también iniciando jugadas de ataque. Carrete se entregaba con heroísmo. No daba un balón por perdido, no rehuía la lucha ni el esfuerzo, no se amilanaba ante ningún delantero rival, ni aunque se tratase del mismo Cruyff.
Estoy convencido de que en la trayectoria del jugador holandés el partido que se jugó en el Tartiere en la temporada 73-74 no fue uno más, que dejó huella en su memoria. Y ello obedeció a su duelo con Carrete.
El Barça de entonces bordaba el fútbol. Sobre el césped del Tartiere estaban grandísimos jugadores que apostaban sin fisuras por el título de liga, por hacer del equipo catalán el mejor equipo del mundo. Frente a ellos, un Oviedo recién ascendido. Frente a ellos, todo el oviedismo volcado con su equipo, sin complejo alguno, pues constaba en acta que la historia del club azul estaba marcada también por las glorias incorporadas para siempre en unos colores que, hasta en los peores momentos, no perderían su grandeza, la que nos salvó no hace tanto tiempo de una desaparición anunciada y orquestada por personajes que aún permanecen en nuestra vida pública. Pero ésta es otra historia.
Quien escribe estas líneas estaba a punto de cumplir diecisiete años, o sea, cuando vi aquel partido me encontraba en plena adolescencia, o sea, en la edad de las pasiones. ¿Cómo no sentir el oviedismo en vena tras una infancia en la que acompañé a mi padre al Tartiere, infancia marcada también por la pasión azul que se me inculcó? ¿Cómo no sentir el oviedismo en vena si en la adolescencia nuestro equipo llegó a enfrentarse en la misma liga contra el Barça de Cruyff , de Sadurní y Rexach?
Muy cerca de la grada de “preferencia”, al fondo, al lado de algunas de las puertas de entrada y salida del estadio, había un bar. Para siempre se me quedarán grabadas en la memoria las imágenes de los abrazos entusiastas y hasta dramáticos que se dieron muchos aficionados del Barça que se habían desplazado a Oviedo a ver a su equipo.
El Barça ganó con claridad, con limpieza, gracias a su fútbol, tan bueno como eficaz. Aquel domingo no había ninguna pega que poner al arbitraje, como sucedió en su momento en un partido contra el Madrid en el que el protagonista fue el árbitro, un árbitro apellidado Orellana, de muy triste recuerdo para el oviedismo.
Temporada 73- 74. Frente al Barça, nos conformamos con el gol de Galán y, sobre todo, con el heroísmo de Carrete. No sabíamos entonces que el Oviedo acabaría descendiendo. Aun estábamos en la nube que suponía haber retornado a primera división y saboreábamos poder enfrentarnos al equipo que contaba con el mejor jugador del mundo.
Tras la escena de los abrazos entre aficionados del Barça, antes de abandonar el estadio, compré una bolsa de patatas fritas y un refresco para el regreso a casa.
No llovía. Ya había anochecido. Caminaba despacio al lado de muchos viandantes que iban con la radio puesta escuchando valoraciones del encuentro.
Por vez primera en todo el día, sentí algo de frío. Me puse los guantes y me abroché la trenca.
Había dejado el espectáculo, el duelo de titanes, la épica azul. Le pregunté a mi padre si Cruyff era mejor futbolista que Herrerita. Su respuesta no fue ningún monosílabo, sino varios relatos de glorias protagonizadas por aquel jugador de su etapa de sueños y pasiones. Aquello me reconfortó mucho oírlo, aunque ya me resultaba conocido.
Más tarde, en una discoteca céntrica de Oviedo, si me aislaba de la música y cerraba los ojos, sentía la agridulce sensación de una derrota con dignidad, así como el recuerdo de la raquítica luz de aquella jornada histórica futbolísticamente hablando.
A veces, veía a Herrerita por la calle. Nunca me atreví a dirigirme a él. Pero sabía que las glorias del oviedismo estaban vivas atestiguando, acaso con cierta melancolía, sus trabajos y sus días, sus episodios heroicos.

Ver Post >
De bolsas, muletas y bufandas
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 01-04-2016 | 02:36| 0

Ya los han visto en EL COMERCIO. Me refiero a la señora Pérez Espinosa con sus bolsas, a don Rodolfo Sánchez con su muleta y a doña Carmen Maniega con su bufanda. Comparecieron todos ellos como testigos en el Caso Pokemon. Comparecieron, aparentemente, alegres y confiados, pero vaya usted a saber.

O sea, que doña Isabel nada sabía acerca de los entresijos de la contratación de una página Web  que se hizo para su campaña electoral de 2011. O sea, que don Rodolfo poco podía aportar para aclarar el mismo asunto. O sea, que doña Carmen aboga por la presunción de inocencia para las personas presuntamente implicadas al tiempo que muestra su predisposición a colaborar con la Justicia, ejemplaridad en estado puro.

A juzgar por la puesta en escena, doña Isabel Pérez-Espinosa ex edil del Ayuntamiento vetustense y ex candidata a la Presidencia del Gobierno autonómico, iba repleta de documentación. Pero, ¡ay!, no se ocupaba de los asuntos de tejas abajo como los de la mentada Web, sus afanes y desvelos volaban mucho más alto y estaban impulsados por su  empeño en pro de Asturias y su ciudadanía, aunque aquello no cuajó, pues cosechó el peor resultado de su partido en unas elecciones autonómicas. Pero ésa fue otra historia.

Por su lado, fue muy llamativa la puesta en escena de don Rodolfo Sánchez, en su momento encargado de las relaciones del Ayuntamiento carbayón con los medios. Personaje importante de la última etapa del gabinismo. Hablamos de un tiempo en el que Gabino era el hombre fuerte del PP astur, que se enfrentó a Cascos y que, con puestas en escena de pitanzas varias, apostó por la candidata Espinosa. Por vez primera en mucho tiempo, no se cumplieron sus anhelos, pues en 2011 perdió la mayoría absoluta en el Ayuntamiento de Oviedo y su candidata a presidir Asturias fracasó rotundamente.

En cuanto a doña Carmen, acaso haya sido la puesta en escena menos llamativa, al tiempo que va perdiendo protagonismo en la vida pública asturiana.

 

De bolsas, bastones y bufandas. Si doña Isabel fracasó en su tentativa autonómica, vive a día de hoy horas bajas, pues su canonjía está, como otras muchas, en funciones. Si don Rodolfo tuvo un protagonismo indudable en su momento en la vida municipal ovetense, desde el cambio de Gobierno en la capital carbayona, está llamado a languidecer como funcionario. Si doña Carmen disfrutó de haber sido diputada en Madrid, a día de hoy, ya no tiene escaño en el Congreso y su partido en Avilés no pasa precisamente por un buen momento.

Más allá de los presuntos delitos que se hayan podido cometer en el caso Pokemon, lo que se ve y se escenifica es decadencia, es un fin de ciclo político. Eso sí, un final sin heroísmo alguno, con sordideces varias que no cesan.

El gabinismo se termina sin grandeza tras tanto y tanto grandonismo. Estéticamente, no hay cabida para otro final.

Ver Post >
Viga azul: Pitos y flautas
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 27-03-2016 | 21:06| 0

En los prolegómenos del partido, tuvieron un gran protagonismo los sentimientos encontrados. La rumorología está ahí y eso hace que haya cabreo con determinados jugadores, que recibieron pitos no a causa de su mal juego, que no fue el caso, sino como consecuencia del mal ambiente que se creó tras la dimisión de Egea. Hay cosas que llaman la atención: por ejemplo, que no se haya contado con Diegui que tuvo una larga racha como titular y nadie discutió su rendimiento.  Además, ambos es  canterano.

Dicho esto, lo cierto es que, especialmente Fernández, que en los primeros encuentros del  campeonato no tuvo un rendimiento óptimo, hoy cumplió con su tarea, luchó e hizo un buen partido. Lo cierto es también que fue, con diferencia, el jugador más pitado, junto a Erice. Pero, en todo caso, hoy no hubo pájaras, hoy todo el mundo luchó y la victoria lograda fue tan clara como indiscutible. Es de esperar, por tanto, que el encuentro de hoy marque un antes y después tras las tres derrotas consecutivas y la polémica dimisión de Egea y que el Oviedo siga arriba luchando por el ascenso. Mimbres, sin duda, no nos faltan.

En cuanto al choque de hoy, hay que alabar el juego de Koné, la omnipresencia de Susaeta, la eficacia de Toché, así como la irrenunciable apuesta del conjunto azul por dominar el partido y el balón. Acaso cabría esperar que Michel vaya más allá en su papel de director de orquesta. No se trata sólo, en lo que se espera del centrocampista, de no arriesgar en los pases, sino también de repartir juego con mayor vocación ofensiva, regalando a la hinchada esos pases inteligentes que llevan un peligro letal.Sea como fuere, no es cuestión de poner pegas, sino de tomar acta de que los jugadores no tiraron la toalla, sino que, al contrario, hicieron un partido en el que el conjunto azul se reivindicó tras la crisis de las tres últimas derrotas, con todo lo que conllevó.

Tiempo habrá, supongo, de aclarar lo sucedido, pues el oviedismo se merece ser tenido en cuenta y no estar condicionado por rumores que, desde luego, no facilitan ese compromiso que se pide a la afición.

Entre pitos y flautas, el Oviedo ganó con poderío y convencimiento, un Real Oviedo que sigue creyendo –y motivos tiene para ello- en sus posibilidades. Lo que toca es que esta racha ganadora continúe y que David Generelo se consolide como un buen entrenador.

Y, a propósito de Generelo, sería muy hermoso estéticamente que le pueda dar a este equipo como entrenador las satisfacciones y glorias que, a pesar de su calidad, no pudo dar como futbolista a resultas la lesión que le hizo colgar las botas.

¿Por qué no? ¿Nadie recuerda que Luis Aragonés se consolidó como un magnífico entrenador en el equipo en el que había colgado las botas y que se puso al frente del club colchonero sin experiencia como “míster”?

Ojalá que sea también el caso de Generelo.

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: Pasiones poéticas
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 27-03-2016 | 02:44| 0

“Entre la realidad y la prosa se alza el verso… El verso es distinto, ni realidad elegida ni prosa en exceso descalabrada, de un solo verso nacen multitud de paréntesis, soldados y otras cuestiones”. (Blas de Otero).

La poesía como arma cargada de futuro, según Celaya. La literatura que estaba por la labor de tomar partido hasta mancharse. Nada de ñoñeces, nada de cursilerías, nada de aforismos con moralina blandengue. Poesía como epicentro de sueños y revoluciones. Poesía somos todos. Tiempos aquellos en los que pudimos darnos cuenta de que, en efecto, se trataba de un género para ser cultivado y cosechado en la adolescencia y en la juventud. Para ser leído con la pasión que produce ir de descubrimiento en descubrimiento, de trueno en trueno.

Nunca olvidaré el momento en el que salí de la librería Santa Teresa con el libro “Palabra sobre Palabra”, de Ángel González. Eran los tiempos en los que resultaba muy frecuente que en la contraportada figurase la foto del autor fumando. ¡Anatema!. Pero no fue el caso. Nuestro poeta comparecía de otra guisa, como un personaje sartriano, sin gafas, con la gravedad que el caso demandaba. Ya en casa, leí con voracidad y asombro la mayoría de los poemas. Ternura, amor, descreimiento, acidez, humor corrosivo. Todo un acontecimiento fue aquel libro.
Poco tiempo después, Alianza publicaba “Expresión y reunión”, de Blas de Otero. Del yo al nosotros. La paz y la palabra. El desgarro, todo un existencialismo trascendiendo. Confieso que aquel libro iba conmigo a todas partes, a la playa, a las tertulias, a los paseos, a los viajes. No tardó en sufrir un deterioro importante, se iba descosiendo y había que hacer arreglos casi de continuo.
Poesía, pasión poética. Versos logrados que llegaban y rasgaban por dentro como punteos de guitarra que consiguen estremecernos, como acordes que conmueven y emocionan y que nos transportan a estados y a estadios insobornablemente oníricos. Sonetos de Góngora y Quevedo. La mística del amor en Salinas con sus pronombres, con su feliz enajenación, con “la nieve que nevaba allá en su cielo”. Lorca y su aurora neoyorquina, sus nardos que dibujan angustias varias. El erotismo desbordante de Miguel Hernández. La austera precisión poética de Machado. La angustiosa rudeza de Unamuno que imploraba a Dios en sus poemas.
Poesía, pasión poética. Lecturas compartidas. Enamoramientos a los que acudían muchos de los versos y poemas a los que estoy haciendo referencia. La poesía como principal impedimenta de todos los sentimientos que afloraban. La poesía, la buena poesía, como el artefacto emocional más decisivo.

Frente a todo aquello, prosaísmos que sobraban y, sobre todo, poses que llevaban a la hilaridad. Miren, lo que les cuento a continuación es cierto. Me tocó presenciar rituales tan pasmosos como ridículos. Había quien escribía renglones en forma de poema, que leía en alto con aparente solemnidad. Aquello chirriaba por su pesimismo facilón, por su torpe manejo del idioma, por su grandilocuencia grotesca. Ocasiones hubo en que me tocó presenciar que, tras dar lectura a semejantes chuminadas, los quemaban, puesto que era obligado evitar que algo tan intenso pudiese ser comercializado en el futuro. Y todo aquello se hacía sin que compareciese en el ceremonial el más mínimo atisbo de sentido del humor. No quemaban sus poemas por infames, sino porque tanta sublimidad no podía, al final, contribuir al sistema capitalista.Gentes atormentadas y malditas. Gentes que eran pura pose. Sus poemas y puestas en escena hubieran dado mucho de sí como ingredientes de un modelo para carcajearse.

Poesía, pasiones poéticas. Frente a aquellos ceremoniales, estaba la obra bien hecha, estaban las obras referidas que me acompañarán a lo largo de mi vida, que son la letra y la música que explican momentos inolvidables, que dan sentido a todo, incluso a los sinsentidos.
Poesía, pasiones poéticas. Borges y su poema de los dones. Neruda y su canción desesperada, los golpes, los lacerantes golpes, de los que habló César Vallejo. Gil de Biedma desdoblándose y atacándose. Las cucarachas a las que Ángel González pretendía exterminar y que amenazaban con defenderse escribiendo al Presidente de la República.
Nada de “poesía eres tú”. Más bien, lo éramos todos, más bien, nosotros. La búsqueda de una inmensa mayoría a la que algunos grandes poetas pretendían dar voz y redimir, por desgracia, inútilmente.
Poesía, pasiones poéticas. También en lo llariego. No olvidaré nunca “la indecisa pluma” con la que Víctor Botas arrancaba un poema que le daba voz y nombre a un gran poeta. Siempre tendré presente algunos poemas de Camín, poemas fieros y tormentosos, en los que el poeta se definía como una galerna que pasaba a galope por los mares y por la vida. La capital de provincias lluviosa en la que había transcurrido la infancia de Ángel González. Los guiños retóricos de Bousoño al existencialismo, con la angustia como mansión cenagosa desde la que clamó.
Poesía, pasiones poéticas, en la novelada Vetusta. ¿Cómo no recordar aquel recital de Alberti en el que hubo que cambiar de escenario porque le salón de actos de la Caja de Ahorros se quedó pequeño? ¿Cómo no tener en cuenta la omnipresencia de Ángel González en la etapa de la que vengo hablando, desde que me hice con su libro “Palabra sobre Palabra” hasta que, con no pocos inconvenientes, se consiguió que diese clase durante un año en la Universidad de Oviedo? Si la memoria no me falla, recuerdo haber leído en la prensa que en su última clase explicó un poema de Valente, compañero suyo de generación.

Siempre Ángel González. Estoy convencido de que no le importaban demasiado los cantos de sirena y las cursilerías, de tal modo que siempre se dio perfecta cuenta de imposturas y esnobismos en la vieja Vetusta.

Y, miren, tras haberse cumplido recientemente el centenario del nacimiento de Blas de Otero, me vino a la mente la época en la que leí compulsivamente poesía, buena poesía, en la que me tocó conocer la confusión entre poetas malos y poetas malditos, en la que determinados libros de poesía se hicieron compañeros inseparables de mi vida.
Aquel “Diccionario de símbolos”, de Cirlot, autor de poemas memorables. Aquel poema del crítico y poeta, José Luis Cano, que comenzaba de esta guisa: “En el amor el tiempo es como un pájaro/ aleteante, estremecido, trágico”. Aquellos años a los que también dio sentido haber leído a María Zambrano, su “razón poética”.
Poesía, pasiones poéticas. Ángel González en la terraza del Rivoli. Alfonso Camín, nombrado “poeta de Asturias”, que murió en la indigencia. La perfección de imperfección humana, desde Quevedo a Valery con sus nubes que “humanizan el cielo”.
Poesía, pasiones poéticas, artefactos de emoción y de inteligencia que invocaban e invocan al juanramoniano modo que nos den el nombre exacto de las cosas. El “tú” y el “yo” de Salinas. El yo que te quiero, el yo que soy, el yo que somos.Los pronombres, su eterna presencia.

Ver Post >
Sobre la gran Metrópoli astur
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 25-03-2016 | 10:42| 0

“En el norte de España hay una ciudad metropolitana de notables proporciones (unos 800.000 habitantes) que no aparece referenciada como tal en los mapas convencionales, pese a conformar uno de los seis o siete mayores conglomerados urbanos de la península, detrás de Madrid y Barcelona, pero no muy lejos de Valencia, Lisboa, Bilbao y la pujante Zaragoza.” (Enric Juliana).

 

Las palabras de Enric Juliana que acabo de reproducir pertenecen a un artículo suyo publicado en “La Vanguardia” en septiembre de 2008. Llovió –y no poco- en Asturias desde entonces. Pero, a lo que se ve, el Gobierno autonómico retoma el planteamiento de la gran ciudad astur, no sabemos bien si para enredar, o si, por el contrario, la cosa va en serio, aunque es casi imposible evitar el escepticismo. No olvidemos que, en su momento, el PP y el PSOE mantuvieron una serie de reuniones con vistas a la elaboración de un nuevo Estatuto de Autonomía y que aquello se quedó en nada.

Pues bien, suponiendo que no se trate de un enredo más, conviene no perder de vista que hay una serie de cuestiones relacionadas con el asunto que nos ocupa que parecen no formar parte de las inquietudes de nuestros mandamases llariegos.

Miren, esa gran ciudad astur no puede significar en ningún caso que se orillen las alas, que, como se sabe, vienen sufriendo un despoblamiento alarmante en los últimos años y, frente a ello, no se conocen programas de actuación oficiales más allá de las declaraciones retóricas que a nada comprometen. No sería de recibo que se aislasen todavía más las alas. Y habría que planificar con rigor cómo evitarlo en el supuesto de que se pretendiese de veras llevar esto a cabo.

Dicho ello, estamos todos de acuerdo en lo obvio, es decir, en que los localismos suponen un lastre no pequeño para el progreso de esta tierra. Ahora bien, una cosa son los localismos y otra muy distinta es que se idee este proyecto sin contar con los Ayuntamientos, que deben tener un incuestionable protagonismo y no ser meros comparsas de algo que se les da hecho.

Cierto es que sería bueno evitar duplicidades, también de puertas adentro y dejar los localismos en el perchero. ¿Pero podemos considerar viable que un Gobierno autonómico que no cuenta ni siquiera con un tercio de los escaños en el Parlamento acometa un proyecto de tal envergadura sin un acuerdo previo no sólo entre los principales partidos políticos, sino también entre los Consistorios afectados? ¿De verdad resulta creíble que en el mencionado proyecto se contemple también que las alas se puedan beneficiar de ello?

¿Hay algo más que una declaración retórica? ¿No es un mal comienzo darles hecho el proyecto a los Ayuntamientos?

Tengo para mí que estamos ante una escenificación más de un Gobierno que quiere disimular el marasmo en que se encuentra y al que nos somete.

 

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: Toreno, 5
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 20-03-2016 | 18:54| 0

« ¡Belleza, sí, belleza! Pero la belleza no es eso, no es la del arte por el arte, no es la de los esteticistas. Belleza cuya contemplación no nos hace mejores no es tal belleza». (Unamuno). 
«El alma resiste mucho mejor los dolores agudos que la tristeza prolongada». (Rousseau).

Fue en 1973 cuando nos mudamos a la calle Toreno, al número 5, al edificio que, según se decía, era conocido en Oviedo como ‘la casa el coño’, ello no obedecía a connotaciones pornográficas ni a groserías de brocha gorda, sino al hecho de que, cuando se construyó en 1947, destacaba por tener un número de plantas inusual para aquellos tiempos. Semejante denominación sobrevino a resultas de expresiones como las que siguen: «¡Coño, vaya casa!»’ y también: «¡Coño, que casa más alta!».

También era muy curiosa la nomenclatura: las dos primeras plantas recibían la denominación de entresuelo y principal. Y, a partir del cuarto, que, en realidad, era la sexta planta, las denominaciones eran tres áticos y súperático. Recuerdo los ascensores que tenían la opción del reenvío al portal, así como sus puertas de madera. El tributo que se pagaba por su estética era la lentitud. Cuando se cambiaron, se notó mucho tanto la rapidez en el sube y baja como también la pérdida de prestancia.

Quien esto escribe contaba con 16 años cuando nos mudamos a vivir al ático 3º de Toreno, 5. Plena adolescencia y vísperas de tiempos nuevos, desde una atalaya que contaba con unas vistas privilegiadas que enamoraron a mi madre tan pronto puso allí los pies. En efecto, se podía ver el Naranco, el Aramo y el Campo de San Francisco. También el palacete de Concha Heres, eso sí, durante pocos años.
Vísperas de tiempos nuevos en una vivienda que contaba con un pasillo enorme, con portería de madera y con techos altos. Aunque ya en desuso, había una vieja cocina de leña que, por un lado, atestiguaba tiempos pasados y que, por otro lado, nos hacía recordar lo que era la vida rural de la que nunca nos desvinculamos. Lo mismo podría decirse de una fresquera con sus rejillas bajo el ventanal de la cocina.
Vísperas de nuevos tiempos, digo, pues, por una parte, se puso en pie el edificio de Galerías Preciados, y, de otro lado, se derribó el palacete de Concha Heres. Lo triste fue esto último. Y no deja de ser paradójico, si de lo que se trata es de la historia más reciente de Oviedo, que, años más tarde tocaría el derribo de la antigua Estación del Vasco. Paradójico porque Masip se opuso a la destrucción del palacete de Concha Heres y, años más tarde, ejercía de primer edil cuando se autorizó acabar con la vieja estación ferroviaria.
Años de adolescencia y juventud en Toreno, 5, concretamente desde 1973 hasta 1985, cuando me fui de la casa de mis padres al cambiar de estado civil. Años de grandes cambios en nuestra ciudad, en nuestro país y en el mundo. Doce años que fueron mucho, que no transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos. Años en los que las horas, por lo general, eran muchos menos veloces. Años en los que el ‘tempus fugit’ era mucho más literario que vital.
¿Cómo no recordar las primeras manifestaciones en Oviedo tras la muerte de Franco, cuyos ecos se hacían oír en casa cuando aquellos acontecimientos pasaban por la plaza de la Escandalera? ¿Cómo no recordar, asimismo, la campaña electoral del 77, cuando volvieron a oírse himnos y canciones que durante cuarenta años habían sido clandestinos, tan clandestinos como sobrecogedores? ¿Cómo no recordar determinados momentos en los que se entraba en casa con libros que ya tenían sus años pero que no se podían publicar en España hasta aquel momento?

¿Cómo no tener presente siempre, asimismo, la forma en que mi padre vivió los acontecimientos tan importantes y decisivos desde la otra atalaya que eran sus conocimientos y sus recuerdos? Con enorme intensidad rescato aquellos momentos en los que le leía la prensa, en los que le leía también fragmentos de libros que tenía tan profundamente interiorizados. Por ejemplo, las últimas palabras de aquel discurso de Azaña cuando invocaba la paz, la piedad y el perdón. Por ejemplo, determinadas estrofas del poema en que Machado habla del patio de Sevilla y de los tenores huecos que cantan a la luna. Por ejemplo, fragmentos de la correspondencia entre Ganivet y Unamuno. Por ejemplo, los versos que Machado le dedicó a Giner de los Ríos. Por ejemplo, el arranque de ‘La Regenta’, con «aquellas sobras de nada» que iban de esquina en esquina. Por ejemplo, fragmentos de los diarios de Amiel con su melancolía profunda, con su timidez elevada a obra de arte. Por ejemplo, el desgarrador poema que Machado le dedicó al fusilamiento de Lorca. Apenas podía leer aquellas líneas que en su momento había subrayado y anotado, pero las tenía incorporadas en lo más hondo de su sentir y pensar.
Toreno, 5. Atalaya y corazón de un tiempo nuevo, atalaya y corazón de un tiempo en el que la infancia había quedado atrás, en el que la salud de mi padre se resquebrajó gravemente, aunque su memoria permaneció lúcida hasta el final de sus días en mayo de 1986. Allí falleció con sus libros y recuerdos, con su afán por conocer hasta el último instante.
Toreno, 5. El acostumbrado trasiego de un portal en el que eran muchas las gentes que acudían a consultas médicas y a hacerse radiografías. Portal a cuyo cargo estuvo un personaje entrañable que se llamaba Ramón Candás.
Toreno, 5. Cuando llegaba a casa de madrugada, el periódico en el felpudo. La terraza en la que mi madre disfrutaba tanto rodeada de sus plantas. Plantas en cuyas macetas Lanio tenía presencia, pues toda la tierra venía de allí. El Aramo con nieve en invierno. El Naranco que alguna vez vi arder. El abrumador tránsito de la calle Toreno con dos direcciones durante bastantes años.
Toreno, 5. Oviedo ya no era sólo el principio de la vida, sino la vida misma transcurriendo y dando señales de unos tiempos en los que su sino eran los grandes cambios.
Toreno, 5. La última etapa en la que las referencias estaban vivas, en la que aún me encontraba con techo y abrigo, en la que todavía no me tocaba serlo.
Ni ejercerlo.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.

Ver Post >
En la despedida de Sergio Egea
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 18-03-2016 | 03:37| 0

De entrada, quiero confesar que mi relación con el fútbol es muy atípica, tanto es así que de  no existir el Real Oviedo, el llamado deporte rey me preocuparía y ocuparía más bien poco. Pero, como consignó Rilke, “mi patria es mi infancia”, y, ya desde niño, mi padre me transmitió su pasión por el oviedismo llevándome con él al Tartiere. Por eso, nada de lo que le acontezca al equipo azul me puede resultar ajeno. Y lo cierto es que, tras haber disfrutado de lo que significó la salida del pozo del club de nuestros amores, lo que sucedió con la marcha de Egea no sólo me contraría, sino que además me inquieta.

Miren, no seré yo quien se pronuncie acerca de la calidad técnica del entrenador argentino. Quede tal cosa para los expertos en la materia. Pero sí quiero manifestarme con toda claridad en torno a la categoría humana de este hombre que se marchó del club con elogios para todo el mundo y sin manifestar resentimiento alguno contra quienes no le pusieron las cosas muy fáciles, contra quienes no se caracterizan por su lealtad.

Me sorprendió mucho el rifirrafe que tuvo lugar en el Requexón entre Egea y varios futbolistas, rifirrafe que ofrecieron las cámaras de la televisión autonómica. Aun así, no era de esperar que esa misma tarde el técnico argentino presentara su dimisión. Y, poco más tarde, me resultó un tanto decepcionante el comunicado oficial del club, que tendría que haber ido más allá de una mera declaración formal agradeciendo los servicios prestados. A mi juicio, se tendría que haber dejado muy claro que no había sido un entrenador más, pues está, por méritos propios, en la historia de nuestro Real Oviedo.

Pero mi decepción sería mucho mayor cuando tuve noticia del comunicado de la plantilla azul que leyó Diego Cervero. ¿Acaso no se merecía Sergio Egea la gratitud de la plantilla, no sólo por los resultados cosechados hasta el momento, sino también porque en todo momento salió en defensa de sus jugadores y nunca tuvo una mala palabra para ningún futbolista azul en sus declaraciones públicas? ¿No fue frío e ingrato ese comunicado?

Lo cierto es que, mientras la directiva y la plantilla despacharon el asunto con una frialdad tan protocolaria como injusta, el oviedismo sí que estuvo a la altura de las circunstancias despidiendo a este hombre con el cariño y entusiasmo que verdaderamente se merecía.

Fue el oviedismo quien hizo justicia poética. Fue el oviedismo quien dio muestras de su inveterada elegancia, elegancia que estuvo a la altura del propio Egea.

Desde luego, lo que toca es el presente, y el panorama futbolístico del Oviedo no debe llevarnos a pesimismo alguno. Tanto en el caso de que Generelo sea confirmado en el banquillo, como en el supuesto de que se fiche a otro entrenador, las posibilidades de que el ansiado ascenso se consiga no son pocas. Tras la marcha de Egea, el rendimiento del equipo no tiene por qué ser peor, incluso (ojalá sea así) puede mejorar.

Dicho todo ello, la falta de elegancia que hubo en la  despedida a Egea ya no tiene vuelta atrás, y alguien debería pensar seriamente en ello.

Ver Post >
Viga azul: Fatalismo
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 14-03-2016 | 01:17| 0

Volvió el fatalismo al Carlos Tartiere, volvió uno de esos encuentros en los que casi nada sale bien, en los que el contrario parece inexpugnable y omnipresente. Volvió la sensación de estar sufriendo la crónica de una derrota severa. Ni la defensa estuvo segura, ni el centro del campo ganó la partida, ni la delantera contó con esa pegada que asegura la victoria.

Volvió, de algún modo, el espectro de aquel lejano partido contra el Valladolid en el que los pucelanos nos hicieron ocho goles. Digo el espectro, que no el juego, ni los penaltis, ni el árbitro, ni otras cosas que mejor no mentar. Me refiero a un partido con muchos goles, marcado por los fallos defensivos, en los que el balón va de un área a otra casi continuamente, en los que el juego enloquece.

En la zaga del Oviedo, aparte de los fallos e imprecisiones, lo que más se notó, y creo que resultó nocivo, fue la parálisis y el acogotamiento de los jugadores, que en lugar de sacudirse el dominio sin contemplaciones, parecía que esperaban a que el árbitro parase los ataques pucelanos señalando faltas o posiciones antirreglamentarias.

A los delanteros azules no les faltaron ganas ni lucha, pero pocos balones les llegaron claros y pocas veces dispararon en función de las múltiples ocasiones en las que el balón se movía por el área visitante.

Cierto es que estuvo muy bien Borja Valle en la jugada del primer gol azul. Cierto es que Koné parece haber recuperado la efectividad perdida marcando dos goles, efectividad que regresó hace dos semanas contra el Elche. Cierto es que hay que considerar positivo que Linares esté de nuevo en condiciones de jugar. Seguro que tiene  muchas alegrías que dar al oviedismo. Cierto es  que Toché luchó sin esconderse nunca. Cierto es, en fin, que la salida de Edu Bedia dio más profundidad el equipo.

Pero todo ello, ante los errores y la incomprensible quietud atrás, sumado a un centro del campo que solía perder la partida frente a los vallisoletanos, no sólo resultó insuficiente, sino que ni siquiera nos acercó a igualar el partido tras la segunda parte.

Fatalismo, que nunca desaparece del todo, que vuelve cuando menos se le espera, que no hay forma de evitar por y para siempre.

Jugamos agarrotados. Nos faltó la solvencia para encarar con  cierta épica un resultado que se nos pone en contra. Nos faltó creer en nuestras posibilidades. Nos faltó seguridad y confianza.

Se recordará este partido como aquel en el que el fatalismo volvió a hacer acto de presencia. Lo que toca es obvio: romper la parálisis que hoy se sufrió. Y seguir yendo a por todas.

Y a por todos. Equipo hay, no lo duden.

Ver Post >