El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: En el 40º aniversario de la autopista “Y”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-02-2016 | 20:00| 0

“La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero únicamente puede ser vivida hacia delante”. (Kierkegaard).

 

De Oviedo, costaba salir y entrar por carretera. A quienes les tocó viajar a la meseta por El Padrún, no olvidarán nunca lo dificultoso que resultaba abandonar  Asturias por aquel itinerario de interminables curvas. A quienes soportaron en Oviedo los baches en la calle General Elorza, tendrán siempre presente cómo terminaba en nuestra ciudad el paso de una carretera nacional. A quienes somos del occidente de Asturias, jamás borraremos de nuestro recuerdo lo insoportable y pesado  que se hacía el tramo entre Trubia y Oviedo.

Y, miren, los baches de General Elorza se prolongaron en el tiempo tanto que fueron casi coincidentes con la puesta en marcha de la Autopista “Y”. Nuestra falta de transitividad que en su momento nos reprochó Ortega puede que tuviese relación con las dificultades de salida y entrada a nuestra tierra, al menos podría simbolizarla.

Pero vayamos a aquel momento, a febrero de 1976, cuando se inauguró la “Y”. Gobernaba en España Arias Navarro, confirmado por el Rey para que continuase al frente del Ejecutivo. El panorama político y social distaba mucho de estar despejado. Se nos decía, por parte del propio Presidente, que íbamos, sí, a una democracia, pero con un añadido nada baladí, una democracia española, o una democracia a la española, o sea, a una democracia cañí, nos temíamos muchos. Eran tiempos de huelgas y protestas callejeras. Era un tiempo en el que los principales líderes políticos de oposición al régimen, eso sí, muy tímidamente, se empezaban a dejar ver y oír. Era un tiempo en el que Fraga Iribarne, omnipresente en los medios, hacía declaraciones continuas en la prensa extranjera. Eran tiempos de esperanzas y miedos, de sueños y pesadillas.

Y entonces llegó la autopista que acercaba mucho a las tres principales ciudades asturianas. Marcó, es obvio, un punto de inflexión. Desde Oviedo, ir a la playa en coche, bien en el vehículo propio, bien en autostop, resultaba muchísimo más llevadero.

¿Cómo olvidar aquellas caravanas interminables entre Oviedo y Gijón, especialmente en verano, especialmente, los domingos? Se diría que se dejaba atrás una suerte de maldición. Se diría que, para disfrutar de la playa, ya no había que pagar un tributo tan alto en el factor tiempo, ya no había que someter al sistema nervioso a tanta tensión.

¿Cómo olvidar la sonoridad que producía el firme de la autopista, algo realmente nuevo y peculiar? ¿Cómo olvidar, asimismo, aquellos segundos de duda que asolaban a quienes conducían los coches en lo que se refiere a que no era necesario estar pendientes del tráfico que circulaba en sentido contrario? ¡Qué lujo poder adelantar sin preocuparse de lo que podía venir frente a nosotros! Se impuso gracias a la “Y” la necesidad de mirar por el retrovisor, como el pasado que, según Kierkegaard es imprescindible para entender nuestras vidas. Lo cierto es que no era fácil despreocuparse de los vehículos que circulaban frente a nosotros, porque la doble vía era una novedad y un lujo. Y es que, en tramos con poca visibilidad, había que hacerse a la idea de que el choque frontal era imposible, salvo gamberradas tremendas o despistes memorables, que hubo, como se sabe.

Leí estos días que la “Y” sentó las bases de eso que algunos llaman la gran ciudad astur. Resulta innegable que así fue. Distinta cosa es cómo se asumió aquello en el arcano sociológico de las tres grandes ciudades, porque, a día de hoy, los localismos no son precisamente historia.

Pero, en todo caso,  la “Y” transformó muy seriamente la vida cotidiana de Asturias, aquello abrió una brecha aún mayor entre el centro de esta tierra y lo que, andando el tiempo, se vino en denominar como “las alas”.

Y es que, para salir al occidente, el tramo entre Trubia y Oviedo siguió hasta 2004. Y es que las infraestructuras por carretera con las alas, sobre todo, con el occidente, no se pusieron a  la altura de los tiempos hasta bien entrado el siglo XXI, sin perder de vista tampoco lo que se prolongó en el oriente el famoso tramo entre Unquera y Llanes.

Pero volvamos, digo, a aquel momento. Y, entre otras muchas cosas, la ausencia de gentes haciendo dedo sobre todo en verano, no hace percatarnos de lo mucho que cambiaron en los últimos años los usos y costumbres. Las generaciones actuales no tendrán en su repertorio de recuerdos haber viajado haciendo autostop. Hablamos de un tiempo que, salvo excepciones, era impensable que los estudiantes universitarios tuviesen a su entera disposición un vehículo para viajar. En el mejor de los casos, y excepcionalmente, alguna vez conducían el de la familia.

Por otra parte, ahora que se cumplen 40 años de la inauguración de la Y, también llama nuestra atención la cantidad de “pinchazos” que tiene actualmente la “Y”, como una especie de matriz de las comunicaciones por carretera en la Asturias de las últimas décadas.

Sin embargo, miren ustedes por dónde, ahora como entonces, el acceso a Gijón desde la autopista por Avilés sigue siendo tan precario como cuando se inauguró, ello por no hablar de los accesos a entornos industriales que no acaban de cimentarse y funcionar.

En 40 años, hemos pasado de “Y”, todo un acontecimiento, a aquella historia interminable de la “Y”, de Bimenes, que no se sabe bien cuánto tiempo llevó aquello y qué discutido fue. Hemos pasado a otras autovías que no se sabía bien dónde iban a terminar y cómo. Hemos pasado de lo imprescindible a lo faraónico, por no decir, al despilfarro.

Pero volvamos a febrero del 76. Recordemos los coches que entonces circulaban. Rescatemos episodios que tanto llamaron nuestra atención. Por ejemplo, en lo personal, nunca olvidaré el espectáculo de un seat 1430 que se quemó a la entrada de Oviedo, tras haber sido sometido, según  las apariencias, a una tortura de ruido y furia por parte de un conductor que amaba sobre todo la estridencia, la del motor que se incendió y la de la música hortera que seguía sonando cuando se produjo aquel episodio de contaminación acústica, de la que entonces aún no se hablaba en aquel verano del 76, con el estreno de Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno.

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Panorama Vetustense: Cine en el centro de Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 12-02-2016 | 02:59| 0

Los presupuestos de la Fundación Municipal de Cultura, aprobados ayer, incluyen mejoras en el teatro Campoamor, que recuperará su pantalla de cine.

“El pensamiento crítico es la facultad humana específica. El pensamiento instrumental, o sea, pensar cómo conseguiré, qué haré para coger esto y aquello, cosa que hacen muy bien los chimpancés. De hecho, los chimpancés son unos animales con una inteligencia instrumental excelente”. (Erich Fromm).

 

Por vez primera en los últimos años, la noticia no es que se cierre un local de cine en la ciudad, sino que, antes al contrario, en el caso de Oviedo, podrá verse el séptimo arte en su mismo centro, esto es, nada menos que en el Teatro Campoamor  A esto hay que añadir la compra por parte del Ayuntamiento de un proyector para el Filarmónica.

Insisto: la noticia es magnífica, se invierte la tendencia más actual, la de un mundo en el que van desapareciendo los cines y las librerías del corazón mismo de las ciudades. Y, a este respecto, resulta obligado preguntarse qué se puede esperar de una sociedad en la que algo así ocurre, en la que los libros y las películas se comercializan en Grandes Superficies.

Y, miren, no es lo mismo, no puede serlo, salir del cine y toparse con espacios comerciales dentro de un gran complejo de establecimientos, que vivir el contraste con la calle.

Salir del cine, digo, con la historia que acabamos de ver interiorizada, oyéndose en nuestro interior las voces y los ecos de sus protagonistas, teniendo en la retina las escenas que más nos impresionaron, y enfrentar todo ello a esa realidad cotidiana que transita por las aceras, y enfrentar todo eso a escenarios, por lo común, conocidos de nuestra ciudad.

Me permito poner como ejemplos experiencias personales: Pongamos que salir del Cine Aramo y dirigir la mirada al reloj de la RENFE, que seguía estando ahí después de unas dos horas embebidos en un mundo de ficción. Pongamos que salir de la librería Santa Teresa, empezando a leer el libro recién adquirido, y prestar a la realidad la suficiente atención para no chocar con ella, en este caso, con una farola cercana al semáforo más próximo, farola más esbelta que las gabinianas que vendrían más tarde.

Y, en cuanto lo anunciado se ponga en marcha, salir del Campoamor o del Filarmónica, sin tener buscar el coche en una inmensa explanada, sin estar fuera de la ciudad.

Prometo hacer un seguimiento del grado de atención que vaya poniendo la opinión publicada en esta noticia, opinión publicada que, perdón por la obviedad, no se localiza sólo en las columnas ad hoc, sino también los titulares, que, según de dónde vengan, se conjuran para venir ofreciendo un panorama desolador que castiga a esta ciudad desde que el gabinismo dejó de gobernarla y abigarrarla.

Magnífica noticia, pues. En Oviedo, vuelve el cine.

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Recuerdos de Oviedo: Mayo del 83: Cuando Asturias se hizo socialista
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-02-2016 | 00:52| 0

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“Cada hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples fracasos”.Giovanni Papini.

“La fuerza de la verdad está siempre temporalmente sometida al poder de la mentira organizada. Pero el poder mismo, en cuanto es solamente un potencial, es mucho más caduco que lo verdadero, cuya fuerza procede del poder de lo fáctico y de su permanencia”. Hannah Arendt.

 

En mayo del 83, estaba muy cerca en el tiempo la irrepetible victoria electoral del PSOE del 28  octubre del 82. También estaba próxima la expropiación de Rumasa, que se había producido el 23 de febrero del 83. Aunque Felipe González y otros dirigentes ya se habían estrenado en marrullero arte de desdecirse tanto en lo concerniente a su posición sobre el papel de España en la OTAN, así como en el ya más que dudoso cumplimiento de su promesa sobre la creación de 800000 puestos de trabajo, el tiempo transcurrido no podía dar lugar aún a que el desencanto y la desconfianza presidiesen el sentir y el pensar de la ciudadanía. Había PSOE para rato, y eso era algo que todo el mundo tenía muy claro.

Las elecciones municipales y autonómicas de mayo del 83 supusieron en Asturias un indiscutible triunfo socialista. Pedro de Silva renunció a su escaño en el Parlamento nacional para encabezar la lista autonómica. Y ganó aquellas elecciones. Por su parte, en las tres grandes ciudades de Asturias, también salieron victoriosos los candidatos del PSOE.

Nunca olvidaré el momento en el que Juan Cueto Alas, haciendo de entrevistador de lujo, presentó en la televisión a los nuevos mandatarios llariegos. Y recuerdo con nitidez que Antonio Masip manifestó su alegría por el triunfo de la izquierda, un Antonio Masip que había hecho sus tránsitos por otras formaciones políticas y que desembocó finalmente en el PSOE. Un Antonio Masip que solía colaborar en el semanario “Hoja del Lunes” y que, tras su entrada en el PSOE, felicitó en un artículo a Miterrand cuando Francia le dio su confianza para convertirlo en Presidente de la República.

Conviene recordar también que, en la Corporación que se formó en el 79, Masip no era concejal en el Ayuntamiento de Oviedo, pues quien estaba al frente del PSOE en el Consistorio era el actual Alcalde, Wenceslao López. La intrahistoria de lo acontecido en la AMSO entonces para poner a Masip en cabeza de la candidatura en el 83 tiene su interés y explica muchas cosas, pero no es éste el momento de relatarla. Tan sólo es del caso hacer mención a ello.

Oficialmente hablando, en Asturias el PSOE se convirtió entonces en el partido hegemónico. Fue el caso también que Masip revalidaría su cargo de Alcalde en 1987, y que, desde entonces hasta junio de 2015, los socialistas no volvieron a recuperar la Alcaldía de Oviedo.Pero vayamos a aquella noche, una vez sabidos los resultados.

Noche larga y con temperatura agradable.  Noche en la que acabamos en la terraza posterior del Mesón del Labrador, grande y espaciosa, todo un lujo para una ciudad. Allí, entre tapas y sidras, analizábamos, con la ingenuidad de entonces, el panorama político. La dictadura estaba aún muy cercana en el tiempo, y resultaba, como mínimo, esperanzador, que la izquierda hubiese vuelto al Gobierno de España, a muchos Ayuntamientos y gobernase también en no pocas Comunidades Autónomas. Conviene a este respecto dar un pequeño apunte: Asturias era una Comunidad de segunda, es decir, arrancaba con pocas transferencias, pero la andadura comenzaba.

 

Pues bien, allí en el Mesón del Labrador, muy cerca del Oviedo más genuino, hablábamos del panorama político que teníamos ante nosotros. Un panorama político que casi nadie sospechaba que tenía su no sé qué lampedusiano. Un panorama político en el que los Ayuntamientos iban a tener un gran protagonismo, en el que las actividades culturales ocupaban mucho espacio en las agendas de los ediles de entonces.

Fíjense: Tierno Galván se estrenaba como Alcalde de Madrid. Fíjense: el PCE tenía su presencia en los Ayuntamientos y todo el mundo estaba entonces convencido del apoyo que este partido daba a todas las manifestaciones de la cultura. Cundía la ilusión de que lo marginal iba a ser tomado en serio, de que la cultura era un bien oficialmente mimado. Fue en aquella década de los ochenta cuando surgió una nueva profesión, la de los animadores/as culturales. Sin sus tareas, se deduce que la pintura, el teatro, la música y así sucesivamente serían aburridas. Había que motivar al pueblo llano, todo empezaba a ser guay.

Último domingo de mayo de 1983. Aquella noche, políticamente hablando, Oviedo fue una fiesta. Aquella noche, el cambio del 82 llegó a muchos Ayuntamientos, entre ellos, a Vetusta. Aquella noche no estaba presidida por nubarrones, ni por frío.

Noche ochentera. Noche sin horario oficioso de cierre. Noche para hablar y especular hasta el alba. Noche joven y divertida.

Muy cerca de nosotros, había una cena con muchos comensales. La euforia se manifestaba de forma creciente. Entre los susodichos comensales, llevaba la voz cantante un profesor que prestaba sus servicios en un colegio privado. Tras el obligado preámbulo en el que nos expuso los motivos por los que no se presentaba a oposiciones para ejercer como docente en la enseñanza pública, manifestó su alborozo por el hecho de que la izquierda recuperase el poder. Hizo un recorrido genealógico para relatarnos que su padre y abuelo también había sido docentes y de izquierdas, y confiaba en los nuevos tiempos no sólo por el poder recuperado por la izquierda, sino también por su convencimiento de que la Iglesia había cambiado mucho; prueba inequívoca de ello era su relación laboral con un colegio privado religioso que, por supuesto, respetaba sus ideas. Puso fin a su perorata con cánticos regionales.

Salimos del Mesón del Labrador a altas horas de la madrugada. Nos acercamos al Ayuntamiento, y nos imaginamos que muy pronto iba a ser regido por la izquierda.

Un pitillo frente al Consistorio, en el que recordamos a los ediles republicanos de los que nos habían contado tantas cosas. Un pitillo que dio mucho de sí, incluso balbuceos de escepticismo, un escepticismo al que no queríamos permitir darle paso.

En la calle Fruela, ya camino de casa, un borracho cantaba. No tardamos en perderlo de vista. Pero Vetusta no dormía en su totalidad. En muchas casas, la luces seguían encendidas, luces que se proyectaban sobre la alargada sombra de las aceras, alargada sombra a la que incordiaban destellos de la luna. ¿De su lado oculto?

Acordes de Pink Floyd despidieron la noche.

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Panorama Vetustense: Frente al Parlamentín
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-02-2016 | 06:33| 0

“Si la intensidad del instante se vuelve duración fija, estamos ante una imposibilidad lógica que es también una pesadilla”. (Octavio Paz).

 

Primera hora de la tarde en la que el sol luce tras la primera noche invernal de este 2016, tan atípico también en lo climatológico. Aún se observa un cierto sube y baja por las escaleras del edificio de la Junta, antigua diputación provincial. Entre los clientes que hacen su parada en la terraza de la cafetería, hay quienes prolongaron el vermú, hay quienes disfrutan del café tras la comida. No se puede decir que haya conversaciones animadas ni masivas, más bien habría que hablar de silencios, o de conversaciones mortecinas. Hay “galbana”. Es el dulce sopor de la hora sexta. Es el momento de la siesta que en Vetusta tendrá siempre su no sé qué clariniano. Es la paz que se saborea en esos momentos en los que el reloj no ejerce su tiranía. Es el placer infinito de saber que nadie pone ni tampoco impone deberes en ese momento.

Me detengo a tomar un café para formar parte del heterogéneo grupo de  los espectadores de la terraza. Al dirigir la vista el edificio de la Junta, no puedo no pensar en las muchas asignaturas pendientes que siguen estando ahí en nuestra vida pública llariega. Y, en el caso que nos ocupa, ¿cómo no preguntarme una vez más qué razones o sinrazones puede haber para que en el edificio del que hablamos aún no haya ni siquiera una placa que recuerde los nombres de las personas que sufrieron allí Consejos de Guerra que los llevaron al fusilamiento, nombres entre los que se encuentra el rector Alas, al que esta ciudad hizo hijo predilecto 75 años después de su asesinato? ¿Cómo no preguntarme por el balance que se puede hacer de un poder autonómico que, desde el 83 a esta parte, salvo el periodo de Marqués y los pocos meses de Cascos, estuvo en manos de un partido que se reclama de izquierdas en sus siglas?

¿Cabe hacer un balance complaciente ante la despoblación y consiguiente envejecimiento que padecemos como sociedad? ¿Cabe hacer una llamada, por muy tímida que sea, a la autocrítica?

¿Cómo no pensar en Maese Villa, diputado autonómico en tantas legislaturas? ¿Cómo no abatirse ante la proximidad del juicio por el llamado caso Marea? ¿Cómo no indignarse ante el poco peso que tenemos en España, tras haber sido vanguardia en tantos ámbitos hasta bien entrada la historia contemporánea?

Despachos, salones, pasillos, espacios de poder y conspiración, con maderas nobles, con escaleras majestuosas, con alfombras para los que ostentan el poder. ¿No es demasiado marco para un cuadro tan borroso y difuminado?

Hay un señor en la mesa de al lado que echa pestes por lo bajo cuando ve pasar a algún político llariego. Revuelvo el café y pienso que este marasmo de nuestra vida pública ocupa unos escenarios en los que muy pocos saben estar: en los que pasan por allí sin que la solemnidad les dé sus buenas tardes.

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Viga azul: Dentelladas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-01-2016 | 21:22| 0

Vuelvo a insistir en algo que dejé escrito aquí mismo hace pocas semanas: al Oviedo le falta la voracidad necesaria para noquear definitivamente al rival. Y es que, en esta ocasión, el partido no pudo empezar mejor, jugando bien y marcando un gol con autoridad en los primeros minutos del encuentro. Más aún: en el primer tiempo, se vio a un equipo superior, y ese equipo fue, sin duda, el nuestro.

Sin embargo, nada más reanudarse el choque tras el descanso, parecía que saliamos a verlas venir. Entonces llegó Toquero y marcó. A partir de ese momento, se puso empeño, se hilvanaron jugadas ambiciosas casi continuamente, pero faltaron el acierto y la contundencia arriba.

Cierto es que, a riesgo de equivocarme, me pareció que Koné fue objeto de un penalti no señalado por el árbitro. Cierto es que, lamentablemente, Susaeta desperdició una ocasión excelente para marcar. Cierto es que a punto estuvo de producirse la gloria cuando Cervero disparó fuera por poco. De haber marcado, la apoteosis en el Tartiere estaba más que asegurada. Pero habrá que esperar a que llegue ese gol de Cervero para que la grada explote de júbilo. Sería de justicia, vive el cielo que sí.

Por otra parte, no hay que perder de vista que el Oviedo se enfrentó al líder de la categoría y que, aun así, se hizo merecedor del triunfo, lo que pone de manifiesto que el conjunto azul no perdió su buena racha y que es un equipo consolidado con intensidad en todas sus líneas.

La sensación, al abandonar el Estadio, no era ni mucho menos negativa, sino que sigue habiendo motivos muy fundados para la esperanza. Bueno es haber sido superiores en juego al primer clasificado. Bueno es que el empeño en todos los jugadores no cese. Bueno es que la complicidad con la afición se siga afianzando a pesar de no haber lo grado la victoria.

Tarde de llenazo, tarde de enero con una deliciosa temperatura para las fechas en las que estamos, tarde de comunión azul entre el oviedismo y sus jugadores, donde anida la certidumbre de que esta vez los sueños de gloria podrán cumplirse, o que, en todo caso, no están lejos.

En los aspectos puramente técnicos, digamos, a modo de apuntes, que cumplió Edu Bedia y que su presencia seguramente contribuyó a un juego más ofensivo. Digamos también que no defraudó Nacho López que, a pesar de tanto tiempo sin jugar, se sigue entendiendo bien con Susaeta en la banda.

Y, ya que de bandas hablamos, puede que hubiese sido productiva y positiva la presencia en el once de Hervías, pues su velocidad seguramente hubiera aportado lo suyo en el duelo de hoy.

Hay Oviedo, hay intensidad, hay compromiso, hay juego y hay confianza.

No fue un fracaso el empate, sino más bien una compensación negativa en la balanza de un campeonato en el que la suerte también nos acompañará en otros encuentros.

Faltó suerte y faltó esa fiereza de dar las dentelladas que hagan falta cuando el partido se pone favorable. En ello estaremos, creo, quiero creer.

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Cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-01-2016 | 02:22| 0

Un hombre puede también ser un objeto de amor, de temor o de admiración, y aun de asombro, sin ser por esto objeto de respeto”. (Kant).

“Sólo pretendo testificar en la crónica sentimental de una época y un sucedido que tuvo enorme trascendencia en la historia de estos lugares. El mío es un realismo comarcal» (Manuel Vázquez Montalbán).

 “La música, por una tendencia natural, es aquello que de inmediato recibe un adjetivo”. (Barthes).

 

Se vivían vísperas de muchas cosas. Así, en aquel San Mateo del 82 quedaba poco más de un mes para que el PSOE obtuviese un triunfo electoral tan memorable como irrepetible. Así, aquel era el último septiembre de los 80 en el que el Ayuntamiento de Oviedo no tendría un regidor socialista. Pero, en todo caso, cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en la Plaza de Toros de nuestra heroica ciudad, los años de la movida habían llegado, a su modo y manera, también a Vetusta.

Septiembre del 82, tras los últimos Mundiales de fútbol que hasta ahora se celebraron en España. Septiembre del 82, la movida tenía más música que letra, más imagen que palabra, más puesta en escena que texto dramático. Y, en esas estábamos cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en la Plaza de Toros de Oviedo.

Nos veíamos con los mecheros encendidos mientras sonaba la versión del Himno a la alegría cantada por Miguel Ríos. Nos veíamos motivados por el ritmo enérgico del rock. Nos veíamos en un concierto que sería la antesala de una noche inolvidable que concluiría por los pubs del Oviedo antiguo.

Pero, como se sabe, todas aquellas expectativas se truncaron. El concierto se suspendió y la escandalera que hubo a resultas de aquello no fue ciertamente pequeña.

Las fuerzas del orden ya no vestían de gris. De no ser por aquel pequeño detalle, estoy seguro de que muchas personas recordarían aquella tarde como la última en la que corrieron delante de los grises. Pero ya no era ese el color de su indumentaria. De todos modos, la contundencia con la que se emplearon contra las gentes que salieron a la calle a protestar no fue pequeña, vive el cielo que no.

Aquel verano no pudo ser despedido a ritmo de rock. ¡Qué faena! Pero se le dijo adiós con protestas y conflictos. Se diría que la música que no llegó a sonar en la Plaza de Toros marcó el ritmo de los acontecimientos hasta que todo aquello se quedó en calma.

Pero la resaca se prolongó. De hecho, hubo un titular periodístico al día siguiente que echó más leña al fuego. El titular susodicho se refería al cantante rockero como un chulo que había pasado por Oviedo. Aquello fue, sin duda, antológico.

Se supo, por otra parte, que Miguel Ríos había sido detenido y que pasó la noche en los calabozos de las dependencias policiales de nuestra ciudad.

Y también resultó muy llamativo que el cantante granadino considerase que su detención se debió en gran parte a “un intento de cargarse el rock y de hacer propaganda política”. Palabras textuales que las hemerotecas atestiguan.

¡Qué cosas! No olvidemos que hablamos de un tiempo en el que se decía y se creía que todo era política. Y, desde luego, el rock, como música contestaría, no podía ser del gusto de las gentes de orden. Y, desde luego, el rockero Miguel Ríos simpatiza entonces con el PSOE.  De hecho, según  declaró el propio interesado, la noche de su detención en Oviedo recibió llamadas, entre otros, de Alfonso Guerra, mucho más rojo en aquellos días que ahora.

Así pues, un concierto de rock que no llegó a celebrarse. Así pues, correrías y protestas por las calles cercanas a la Plaza de Toros. Así pues, la fiesta continuó, eso sí, de manera atípica.

La pregunta que cabe hacerse es contra quién se protestaba. Desde luego, la actuación del chófer del cantante que, según el relato de algunos testigos, se bajó los pantalones desde el escenario, no ayudó a calmar los ánimos del respetable que acababa de saber que el concierto se suspendía, sino que fue el pistoletazo de salida a los desórdenes que se produjeron en las calles.

Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, aquel episodio de la suspensión del concierto de Miguel Ríos es uno de los más socorridos a la hora de contar anécdotas por parte de quienes vivimos todo aquello.

Y es que, con toda probabilidad,  aquello dio más de sí a la hora de contar aventuras pasadas que lo que hubiera supuesto haber acudido al concierto.

De aquella suspensión, no quedaron las baladas, no quedaron los momentos de recogimiento y calma, por otra parte, no necesariamente menos explosivos, sino que lo indeleble estuvo de lado de la protesta, de la algarada, de la indignación. Si bien se mira, fue muy rockero todo aquello.

Los hijos del rock-and- roll en Oviedo nos quedamos sin concierto en el 82, nos quedamos sin himno, sin la música trepidante de nuestro discurso en el que no faltaba la indignación, en el que las ansias por decir alto y claro lo que pensábamos y sentíamos no eran ciertamente escasas ni silentes. Toda una orfandad que sustituimos expresándonos en las calles de un modo que los responsables de las fuerzas del orden no consideraron adecuado.

Llegó la noche y, claro está, no se hablaba de otra cosa. Llegó la noche y la música sí que sonaba en los pubs. Llegó la noche y la certeza de que estábamos en vísperas de muchos cambios era total.

¿Qué explicación podía tener que Miguel Ríos hubiese suspendido concierto caprichosamente? Aquello no podía encajar. Pero tampoco había forma de explicarse por qué no se había avisado con tiempo aquella suspensión, lo que hubiese evitado los incidentes.

La última cerveza de la aquella noche mateína en un pub. Sonaban los Rollings. Ya nos quedaban pocas palabras que decir tras las vivencias compartidas. Ya no tocaba dar más vueltas a lo sucedido. Tocaba esperar por octubre, inicio del curso académico y político. Tocaba preguntarse cuántas cosas pasarían en la vida pública a lo largo de los próximos meses.

Al llegar a casa, en la calle Toreno, el periódico me esperaba sobre felpudo. Como antes dije, la portada era antológica. Antes de dormirme, recordé a Jagger con su manguera empezando un concierto.

Alguien, muy especial entonces, me sonreía. Nos sonreíamos, eso sí, sin ñoñeces.

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Panorama vetustense: Desde el Teatro Campoamor
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-01-2016 | 08:59| 0

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«Lo único que puede acercar una generación a otra por encima de tanto tiempo, lo único que puede acercarlas es –sería si se lograse- una comprensión de sus vivencias de sus elementos intactos. A eso llamo inocencia, a un tiempo anterior”. (Rosa Chacel).

 

En efecto, inocencia de un tiempo anterior, cuando transitamos escenarios que evocan la infancia y, ante ello, invocamos esa etapa de la vida en la que el mundo era cordial y favorable. En efecto, una tarde de éstas, tras recorrer el Campo de San Francisco con Carmela (una cachorra de mastín tan vivaz como adorable), camino de casa, me senté en un banco situado en una de las fachadas del Teatro Campoamor, que mira a la Plaza del Carbayón.

Llegó un momento en que dejé de ver lo que tenía ante mí y, con ello, di paso a evocaciones e invocaciones. Llegó un momento en el que, además de recordar juegos y andanzas por los mismos escenarios, no puede pasar por alto la evolución de esta ciudad en los últimos años, evolución que se plasma también en el rincón donde me detuve.

En esa hora en la que la luz del día se va retirando, empujada no sólo por el atardecer sino también por las luces de la ciudad, tanto las estáticas de las farolas como aquellas otras que se mueven sin cesar de los vehículos que por allí transitan, cuando además la buena temperatura contribuye a que esa parada sea cómoda, en esa hora, digo, crepuscular y melancólica, no podemos no pensar, más allá de las consideraciones personales, en tantas oportunidades perdidas, en tantas equivocaciones cometidas, en tantos atropellos a la razón.

¿Cómo es posible que en toda la ciudad no haya salas de cine comerciales? ¿Cómo es posible que en una ciudad en la que se ensancharon las aceras en tantas calles no se haya pensado en que algunas vías públicas lo demandaban mucho más que otras? ¿Cómo es posible en que en determinadas calles no se haya respetado, con la escrupulosidad debida, la estética de ciertas fachadas?

¿Cómo es posible que, cerca del Teatro Campoamor, camino de la entrada de la autopista, se haya podido llegar a  la situación actual en el solar donde estaba ubicada la vieja Estación del Vasco? ¿Cómo es posible –y admisible- que se hayamos llegado a esa ruina no sólo económica, sino también estética?

Y es que uno se acerca al mencionado solar y se horroriza no sólo ante la susodicha ruina, sino también ante el mero recordatorio de las famosas trillizas calatraveñas que el famoso arquitecto llegó a proponer en una visita a Oviedo hace unos cuantos años.

Carmela se tumba a mis pies. Pasan muy cerca de nosotros oleadas de coches. Muchos de ellos provienen de la entrada de la autopista. Si dejo de verlos y de oírlos, con las invocaciones y evocaciones antes referidas, me pregunto cómo sería esta ciudad si no se hubiera cometido semejante barbaridad. Me pregunto por qué no se conservó la Estación del Vasco, o se hizo en ella un museo de nuestra pequeña historia, esa misma que, a un tiempo, nos oxigena y nos llena de melancolía.

Carmela se despereza. Vamos camino de casa. Y me pregunto si se consolidará esa ruina, si perdurará esa infamia, infamia no sólo estética.

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Recuerdos de Oviedo: LA PERLA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-01-2016 | 02:57| 0

“Si es o no invención moderna, / vive Dios que no lo sé, / pero delicada fue/ la invención de la taberna./ Porque allí llego sediento,/ pido vino de lo nuevo,/ mídenlo, dánmelo, bebo,/ págolo y voyme contento”.  (Baltasar del Alcázar).

 

Más que un chigre, más que un bar, más que una tasca, más que una taberna, más que todo eso –y también todo eso- fue la Perla. Era un establecimiento que tenía bula para no seguir moda alguna en lo que a remodelaciones se refiere. Era un establecimiento que daba salida en gran medida a una de las carencias de Asturias, esto es,  a nuestra escasa producción de vino, más escasa antes que actualmente.

Era un establecimiento situado en pleno centro de Oviedo, cuyos reclamos principales eran éstos que siguen. De entrada, allí no cabía entonar en modo alguno el tempus fugit. Allí todo seguía igual. Y, en segundo lugar, el vino que   servían, auxiliado por el ambiente que lo rodeaba, no estaba nada mal.

La Perla no competía con nadie, pues era distinto al resto de la hostelería carbayona. Si me apuran, podría compararse, forzando bastante la cosa, con el Manantial, pero eran tantas las diferencias que la susodicha comparación apenas tendría cabida.

Tenía tal encanto el bar la Perla que, sin ser un establecimiento amplio, allí, hasta donde pude comprobar, no se cernía sobre nadie la sensación de abigarramiento ni de falta de espacio. Era el suficiente, era, por decirlo al modo llariego, “la cuenta”.

Pero su encanto no radicaba sólo en lo atopadizo que resultaba, en lo que pesaba mucho lo antes apuntado en el sentido de que el local no envejecía, no se pasaba de moda, sino también en que, de algún modo, allí todo el mundo se encontraba a gusto con independencia de la franja de edad, de la clase social o de los temas predilectos de tertulia.

El protagonismo lo tenía el local, y no las gentes que lo frecuentaban. El protagonismo lo ganaba su hermosa sobriedad, su desdén hacia el paso del tiempo, su indiferencia ante cualquier tipo de etiqueta. Era el bar la Perla el pedigrí de lo de siempre, la elegancia que desconoce el esnobismo, la certeza de saberse acogedor.

Recuerdo la primera vez que entré en la Perla en compañía de mi padre. Antes habíamos estado en la Librería Santa Teresa y en el  Bar Pelayo. Si la memoria no me falla, la primera imagen que rescato es la de las viejas maderas de las mesas, así como las medias botellas de vino que por allí pululaban. En nada, se parecía al bar Pelayo, tampoco, al Paredes, también muy cercano.

¿Qué era la Perla entonces? Probablemente, un templo del vino, pequeño, como todo lo que es y resulta genuinamente asturiano, pequeño en nuestro grandonismo que va en el guion  y también en el tópico. Templo del vino. Acaso más bien, pequeña ermita.

Unos cuantos años más tarde, recuerdo la mañana en que comenzaron las vacaciones de Navidad, en mis tiempos de estudiante en la Plaza Feijoo. Allí fuimos, de forma imprevista, a la hora del vermú. Y pude darme cuenta entonces de esa pluralidad en el paisanaje de la que hablé un poco más arriba, pluralidad bien llevada. Nadie estaba de más, nadie desentonaba, nadie parecía tener allí más fueros.

Grabada tengo la imagen de aquella mañana neblinosa y fría, en la que fuimos a parar a la Perla, en la que el tema de conversación era un libro de Goytisolo (don Juan) llamado “Makbara”, y, más que el libro, lo que ocupaba nuestras disquisiciones era  tan tremendo el grado de ruptura con las técnicas de narración clásicas por parte de Goytisolo. No se trataba, sin duda, de su mejor libro, lo que no impedía ver la interesante y arriesgada apuesta que llevaba a cabo. En todo caso, allí estábamos aislados del resto y viceversa, ningún ambiente fagocitaba a otro, y aquella puesta en escena atemporal nos resultaba muy reconfortante.

Fíjense: lo pequeño que en el caso de la Perla, en modo alguno estaba reñido con lo plural. Fíjense: allí ninguna moda, ningún atuendo se erigía en reclamo. Todos pasábamos por allí y se nos recibía con elegante indiferencia, con señorial desdén. ¡Casi nada!

Pasó el tiempo, y, ya en el año 2001, me llamó mucho la atención un artículo que José María Gulbenzu escribió en “El País”, artículo que de alguna manera venía a ser una especie de elegía escrita al establecimiento que aquí nos trae. Lo tituló de esta guisa: “El chigre absoluto”.

Para Gulbenzu, el encanto de la Perla radicaba en que venía a ser una especie  de cueva, de vieja bodega. Y no iba nada descaminado en su artículo. El chigre de Oviedo que más se pareció a una bodega, en lo que se refiere a su penumbra, al color arrasado de sus maderas. El chigre que rendía culto al vino. El chigre que no era lagar, sino bodega.

Jamás olvidaré ese artículo que –insisto- es una hermosa elegía dedicada a uno de nuestros establecimientos más esenciales y entrañables (No diré “emblemáticos”, vive el cielo que no).

Jamás olvidaré, en fin, la naturalidad y agrado con que todo el mundo se sentía allí. Rendir culto al vino sin oropeles. Rendir culto al vino con poca luz. Rendir culto al vino sin connotaciones sociales. Un chigre para el vino en el centro de Oviedo.

No son pocas las anécdotas que se cuentan del dueño de la Perla. Puedo prometer y prometo que jamás vi a ningún ratón por detrás de la barra. Pero, en todo caso, lo singular del caso es que se habilitó una especie de bodega en los bajos de un edificio por puro azar, y es azar llevó a lo genuino.

Sigo viendo aquellas pequeñas botellas de vino tinto. Sigo recordando la capacidad de acogida de la Perla. Sigo lamentando que doña Especulación Inmobiliaria haya perpetrado un crimen así desde su escandalosa y desaprensiva ignorancia.

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Panorama vetustense: Triste Oviedo sin apenas terrazas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-01-2016 | 09:09| 0

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“Una tarde triste. Compro un pastel. La camarera, al servir a un cliente, dice ‘voilà‘. Ésa era la palabra que yo decía cuando le traía algo a mi madre mientras la cuidaba. Es algo que nos hemos dicho ella y yo durante toda la vida. El episodio de la camarera me ha hecho saltar las lágrimas”. (Barthes). 

 

¿Quién nos iba a decir que la ciudad lluviosa por excelencia, en la que sus habitantes se acomodaban casi a ser anfibios según la narración clariniana, se iba a quedar tan triste con las terrazas de sus  bares y cafés casi desaparecidas o, en muchos casos, orilladas junto a los bordillos de las aceras? Sin duda, el paisaje vetustense es, desde principios del presente mes, mucho más triste. Oviedo languideció tras la aplicación de la normativa que aprobó al efecto el anterior Gobierno municipal.

Miren, no seré yo quien se dedique a hacer digresiones leguleyas sobre todas las normativas al propósito en esta era de las prohibiciones que vivimos. Pero lo cierto es que, al pasar por la calle Fruela, por la Avenida de Galicia, por la calle Uría, y por otras muchas vías públicas, es inevitable sentir tristeza.

Y es que, miren ustedes, las terrazas no sólo son el último recurso que nos queda a los que fumamos para no ejercer el vicio de modo onanista, sin tener sobre nosotros techumbre alguna, sino que, además, y por encima de todo, son puro espectáculo, son parte muy importante del  particular paisaje de cada calle y de cada ciudad. Lo curioso y lo paradójico es que no sólo se contempla lo que pasa en la vía pública por parte de las personas que, acomodadas en las terrazas, ven el fluir de las calles, los días y los trabajos de sus viandantes, sino que además los espectadores forman también parte del espectáculo.

Si todos convenimos en que los soportales son un plus de vitalidad que permiten estar al aire libre y a la vez estar a techo, algo muy similar sucede con las terrazas. Desde algunas terrazas de Oviedo, es (era hasta principios de este mes) una delicia conspirar, o ver cómo se conspira. Desde algunas terrazas de Oviedo, los espectadores son también figurantes del fluir cotidiano.

Miren, dejen hasta donde les sea posible las rigidices de normativas reales o inventadas, y hablen, hablen con la gente, con toda la gente, con los hosteleros, con los clientes y con los vecinos, y desplieguen  puentes. Seguro que el acuerdo es posible en muchos casos para que las terrazas no desparezcan, sin que ello implique que la movilidad de los peatones se vea siempre obstaculizada.

De momento, hay más paro en la hostelería. De momento, las calles están más tristes. De momento, hay menos escenarios para conspirar. ¿De verdad no hay forma de reconducir esto? ¿De verdad no hay forma de que se alcancen acuerdos aceptables para todas las partes implicadas? ¿De verdad, hay que resignarse  a que el desolador paisaje después de la puesta en marcha de la normativa vigente se haga definitivo?

Se lo ruego: dialoguen. Dialoguen contra la tristeza, dialoguen por la alegría, dialoguen por hacer más fáciles las conspiraciones. Dialoguen para que el paisaje vetustense sea más espectacular y contemplativo.

Había un hombre sentado a la mesa de una céntrica terraza de Oviedo. Veía las idas y venidas de nuestros políticos llariegos. Sus gestos eran incesantes y clarificadores. Ignoraba, no obstante, que, desde su atalaya, él también era espectacúlo.

Por favor, que esto no decaiga, que siga el espectáculo.

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RECUERDOS DE OVIEDO: EL LLAGAR GERVASIO
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-01-2016 | 16:21| 0

«El labriego que cuida el verde de las praderías, siembra maizales, planta pumaradas y adorna corredores, solanas y paneras con doradas colgaduras de ‘panoyas’, al trabajar su hacienda es un artista decorador de paisajes y así se plasma la transformación poética y mágica de la Economía en Estética; porque toda la policromía de los valles florecidos es promesa de una riqueza que fue antes belleza». (Valentín Andrés Álvarez).

ALEX PIÑALlagar Gervasio, camino de San Claudio, que mira, sobre todo, al occidente de Asturias. Llagar Gervasio, más que una sidrería, si se piensa en la enorme y vieja prensa que aún tiene en sus dependencias. Y es que las personas que allí se adentren no sólo tienen la oportunidad de disfrutar de la sidra acompañada de un excelente tapeo, sino también de detenerse ante las enormes y viejas maderas en las que en su momento se prensó la manzana, en las que en su momento se elaboró la sidra. Viene a ser, así pues, la sidrería y su museo, la sidrería y su historia, incluso, la sidrería y su intrahistoria. La sidra que sale de la madera y, en dos fases distintas, va al cristal. Primero a la botella. Finalmente al vaso.

Ese momento en que la sidra se escancia. Ese momento último donde todo un largo proceso que empieza en la recolección de la manzana, o, más exactamente, en el cuidado de los árboles, cumple su destino, cuando la sidra se estrella en el vaso, cuando aparece esa niebla mágica e instantánea, que apura el instante en que la sidra debe ser consumida. Es el estallido de color y fuerza. Es todo un fin de fiesta, que exige buena calidad en la sidra y pericia en su escanciador.

Llagar Gervasio, donde el espacio no es escaso, donde la prisa cotidiana desaparece, donde las celebraciones familiares o de peñas de amigos encuentran el lugar apropiado. Se diría que todo lo que uno se encuentra en este establecimiento es el conjunto idóneo que acompaña a la sidra, conjunto que va desde las instalaciones propiamente dichas hasta las viandas que acompañan el momento.

Llagar Gervasio, un viaje, un desplazamiento sin salir de la ciudad, en plena sintonía con lo que es Oviedo, donde el asfalto no nos aísla del campo, de la naturaleza, donde sabemos que estamos muy cerca del paisaje más genuinamente asturiano, que, por cierto, tanto nos alivia del abigarramiento estético que supuso el ‘gabinismo’.

Quiere decirse con ello que, para acceder al Llagar Gervasio, o bien hay que dar un largo paseo, o bien hay que desplazarse en coche, pero que su ubicación no nos hace sentir que estamos fuera de Oviedo, más bien, que nos apartamos del bullicio, de los semáforos, de los atascos, sin necesidad de que la heroica ciudad se quede atrás. En realidad, nos sentimos dentro de ella.

Sobre la mesa, las parrochas o el pixín. Sobre la mesa, la tortilla de patata. Sobre la mesa, embutidos y quesos. Llega el momento de hacer parada entre bocado y bocado. Llega el momento de beber el culín de sidra ortodoxamente escanciado. Llega el momento de saborearla cuando está a la temperatura ideal. Esos altos en el camino mientras degustamos las viandas citadas suponen sucesivos brindis a la pitanza más genuinamente asturiana. La puesta en escena para ello, así como los elementos necesarios, se nos brindan en el Llagar Gervasio de manera difícilmente superable.

No hay lugar, en toda la puesta en escena, para el esnobismo. Aquí no nos encontramos con deconstrucción alguna. Aquí lo que se escenifica en un ritual de autenticidad astur.

Charlas, muchas charlas, pausadas, sin premura alguna. En el antes y en el después, nuestros trabajos y nuestros días, que, a un tiempo, son pasado, más o menos imperfecto, y también futuro, más o menos inmediato.

Llagar Gervasio. Más allá de la sidra y las viandas. Más allá de unas instalaciones que atesoran el pasado y que añaden las incorporaciones necesarias e inevitables, otra de las peculiaridades que distinguen a este establecimiento tan arraigado en Oviedo, es su carácter familiar, más familiar que empresarial. Tanto es así que, si se piensa en ello, no es difícil caer en la cuenta de que nos encontramos en unas instalaciones que se fueron erigiendo con una evolución muy similar a la inmensa mayoría de las caserías que aún subsisten en Asturias.

Una casería que ofrece la cosecha a sus clientes en su propia casa. Una casería, literal y etimológicamente, llariega. Una casería en la que lo antiguo sigue atestiguando un pasado común, en la que lo nuevo se incorpora respetuosamente. Para los que conocemos a fondo nuestra tierra, ello supone una comodidad grande, al sentirnos acogidos en algo que es existencialmente nuestro. Para los visitantes, es toda una lección de una asturianía que acoge con singular oficio.

Eso es, ante todo y sobre todo, el llagar Gervasio, porque el cuadro no desdice con el marco, porque el marco es el soporte donde el cuadro encuentra su destino.

Llagar Gervasio, principalmente, final de jornada, a la hora de la cena. Principalmente, final de la semana que, a veces, se nos pudo hacer larga. Espera por nosotros para ofrecernos aquello que va en nuestra intrahistoria personal y colectiva, aquellos sabores históricamente compartidos, con una preparación tradicional que no nos hace no sentirnos fuera de casa.

Llagar Gervasio, etnografía carbayona de la sidra, pero etnografía viva. No precisa guías ni intérpretes, puesto que es algo en pleno funcionamiento, es algo vivo. Es, está siendo, cada vez que acudimos a beber sidra y a tapear. Llagar Gervasio, una singular casa de la sidra, donde las normas no tienen la rigidez de impostación alguna, donde las normas son pura tradición, esa tradición que nos vino forjando en la Asturias más intrahistórica.

No estamos hablando de una sidrería al uso, sino de una especie de templo vivo de la sidra, donde no hay hornacinas sobrevenidas, donde todo marco tiene su historia para un cuadro que plasma una larga panorámica, esto es, una legendaria tradición.

Legendaria tradición que, además, es la nuestra.

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