El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Cuando la Navidad era Diego Verdú:
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-12-2015 | 22:08| 0

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«El objeto de la vida humana es la felicidad del hombre, pero ¿quién de nosotros sabe cómo se consigue? Sin principio, sin fin cierto, vagamos de deseo en deseo y aquellos que acabamos de satisfacer nos dejan tan lejos de la felicidad como antes de haber conseguido nada”. (Rousseau).

“En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible”. (Albert Camus).

La señora caminaba muy aprisa, se diría que abrazada a su abrigo, intentando alejar el frío que la invadía. El abrigo era azul oscuro y sus botones negros, aunque muy grandes, resultaban insuficientes para protegerla de la baja temperatura. Vi que miró hacia el interior del establecimiento cuando pasó por delante de Diego Verdú. Imaginé que se adentraría; sobre todo, me hubiese gustado que lo hiciese. Se la veía desangelada, con desasosiego. Pero siguió de largo y no tuve ocasión de advertir si en algún momento estuvo tentada a entrar. La perdí de vista, pero no pude quitármela de la cabeza durante el resto de la tarde. Quise creer que su casa no estaría lejos y que se acomodaría con el brasero y unos dulces, sacudiendo el frío.
Aquella tarde de diciembre no nevaba, pero hacía mucho frío. Y, en ningún momento, pude olvidar los episodios más llamativos de la película que habíamos visto en la televisión antes de salir a la compra. Se trataba del clásico “¡Qué bello es vivir!”, y me impresionaron mucho todas aquellas escenas en las que el protagonista comprobaba cómo hubiese sido la vida de sus personas más cercanas en el caso de que él no hubiese nacido. Por supuesto, final feliz. Por supuesto, apuesta por la vida. Pero la pregunta retórica que se hizo, implorando no haber nacido, mostraba ciertos abismos que, confieso, me invadieron.
Una vez que perdí de vista a la señora del abrigo azul, allí seguí, dentro de Diego Verdú, con las manos dentro de los bolsillos de la trenca. Mientras mi madre hacía la compra navideña, se me antojaba probar casi todos los turrones y dulces que se veían tras el mostrador. Sin embargo, el sacrificio no era grande, pues sabía que quedaban muy pocos días para degustar todo aquello. Y, por otro lado, seguía viendo el trasiego de gente que pasaba por delante del establecimiento. Y, sin saber exactamente los motivos, deseaba en el fondo, que la señora volviese a pasar por allí, comprase turrones y plasmase en su rostro la satisfacción que el frío le había arrancado de cuajo. Pero aquello se quedó sólo en intención.
Las Navidades en mi infancia eran, gastronómicamente hablando, el lechazo y los turrones. El primero venía embalado desde Burgos, pues cada año lo enviaba a casa la editorial Hijos de Santiago Rodríguez como presente a mi padre que formaba parte de los autores de los manuales escolares que publicaba entonces aquella empresa del sector. Y, en cuanto a los turrones, la referencia era, por supuesto, Diego Verdú. ¡Qué delicioso resultaba ser testigo de la compra navideña familiar que se hacía allí cada año, cuando se iban despachando turrones de distintos sabores, así como las glorias, los melindres, los mazapanes, las garrapiñadas y las almendras y los polvorones! Todo un festín asistir al momento en que se troceaban los turrones. Todo un festín rememorar su sabores y, al mismo tiempo, anticiparse imaginativamente a la más que golosa degustación. Todo un sacrificio respetar obligatoriamente la espera hasta que llegase el momento de dar cuenta de los postres más apetitosos del año.
En efecto, los sabores. En efecto, las mañanas sin madrugar para ir a clase. En efecto, el nacimiento y el árbol navideño. En efecto, la vida sin prisa y las compras. En efecto, la entrega de las cartas de Reyes al príncipe Aliatar de turno en alguno de los dos grandes establecimientos de entonces en la calle Uría, esto es, Botas y Al Pelayo. En efecto, las películas de televisión en blanco y negro, por lo común clásicos del cine, eso sí, toleradas para menores. En efecto, la vida lúdica , por lo común de puertas adentro, pues, aunque no siempre nevaba, el clima invitaba a resguardarse en casa.
Pero, ante todo y sobre todo, callejear era el tránsito por la calle la Rúa y Cimadevilla hasta Diego Verdú. Recuerdo que en alguna ocasión era tal el lleno en el establecimiento que se posponía la compra y paseábamos por los alrededores. Incluso en alguna Navidad llegó a darse el caso de posponer la compra para otra hora. Por fortuna, esos imprevistos entraban en el guion y nunca se hizo la compra en el último momento.
Si lo más rico de la comida era el postre, lo mejor del año tenía que ser, lógicamente, la cena de nochebuena, cena que era el postre del año. Y aquellos postres con turrones tan deliciosos y variados eran el mejor colofón a unas fiestas muy familiares en las que el mundo parecía el escenario idóneo para disfrutar de la vida.
Pero, por fortuna, los turrones no se acababan en nochebuena, allí seguían acompañándonos todas las Navidades. Podría decirse que todas las Navidades eran la Nochebuena. Y podría asegurarse también que el año nuevo tenía su puesta en escena la mañana del día de Reyes con los regalos correspondientes. Despedir el año de noche. Recibir el nuevo año muy de mañana con regalos. Por eso, la vida era entonces un calendario marcado por celebraciones jubilosas que, como el turrón, endulzaban todos los sinsabores posibles, todas las dudas que podían acecharnos.
Y vuelvo a aquella tarde de diciembre, en la que faltaban pocos días para la Nochebuena. Vuelvo a Diego Verdú, al deseo oculto de que aquel año no hubiese turrón de coco, que era el único que no me gustaba. Vuelvo también al recuerdo de aquella señora del abrigo azul. Hubo un momento en el que quise imaginarme que, en realidad, ella, a su modo y manera, (más bien, al de mi caprichosa imaginación infantil) había salido de la película a la que antes hice mención. Y no es que se preguntase para qué había nacido, sino que eso se lo formuló alguien que daba sentido a su vida, que la estabilizaba, pero que, de repente, la señora del abrigo azul se hizo a la idea que, en verdad, no existía la persona que era más importante en su vida. probablemente, un hijo suyo. De ahí, su desasosiego, su frío, su desangelamiento.
Aquel mal trago espectral lo combatí con una gloria que saboreé despacio. En efecto, sólo se había tratado de una especie de pesadilla, eso sí, en plena vigilia, en una tarde navideña.

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Panorama Vetustense: Protección para el Paseo de los Álamos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-12-2015 | 06:29| 0

“La verdad es como el sol. Lo hace ver todo y no se deja mirar”. (Víctor Hugo).

 

Si la protección de lo público es el criterio institucional a seguir, resulta difícilmente rebatible que el Consistorio de Oviedo haya prohibido que el Mercadillo de Navidad se siga instalando en el Paseo de los Álamos, teniendo en cuenta el deterioro creciente que viene sufriendo el mosaico de Antonio Suárez, mosaico que hay que cuidar y conservar  si se tiene en cuenta su valor estético.

Durante más de dos décadas de gabinismo el abigarramiento de mobiliario urbano fue proverbial. Sin embargo, no se puede decir que se hayan tratado con mucho mimo muchos de los reclamos estéticos de nuestra ciudad, entre ellos, el mosaico al que acabamos de hacer referencia.

Pero lo cierto es que uno tiene la impresión de que muchas de las lagunas del gabinismo llegaron a formar parte del paisaje. Tal es así que el paisanaje implicado llegó a dar por hecho que las tales lagunas se habían perpetuado ya en Oviedo.

Ciertamente, no hace falta mirar con lupa el referido mosaico para percatarse del deterioro que presenta. Ciertamente, no parece que haya que esforzarse mucho argumentando que no es de recibo pretender que los intereses particulares de unos comerciantes que, por lo demás, se merecen todo el respeto, están por encima de la conservación de uno de los grandes atractivos de la ciudad.

Siendo innegable que resultaba más cómoda la ubicación en el Paseo de los Álamos, tampoco la Plaza de la Escandalera es un lugar desfavorable para ello. Y, ante todo y sobre todo, a veces, resulta obligado aceptar lo razonable.

Fíjense: se diría que lo habitual y lo consueto se hizo indiscutible, y que, ante ello, todo lo que pueda oponerse, incluido el interés de lo público y por lo público, resulta molesto y rechazable.

No hace mucho tiempo, Leopoldo Tolivar, en un magnífico artículo publicado en EL COMERCIO se hacía eco de lo que se había planteado en una conferencia en el RIDEA ante la urgente necesidad de proteger el Mosaico de Antonio Suárez en el Paseo de los Álamos. Lo llamativo del caso es que no estamos hablando de una obra de arte poco visitada y poco vista, sino del mismo centro de Oviedo, del que es acaso el lugar más transitado peatonalmente. Y, sin embargo, el deterioro parecía invisible a los ojos de las autoridades municipales anteriores, como si formase parte del paisaje.

Hete aquí que algo que, racionalmente, parece indiscutible, se convierte en una medida polémica. Sobre el plano teórico, cuesta entenderlo. Pero ya sabemos hasta dónde puede llegar la fuerza de la costumbre, máxime cuando se trata de dejadez y de inconsciencia.

La cosa es asombrosamente simple: el Ayuntamiento, al proteger el Mosaico de Antonio Suárez,  cumple con su deber, expresión, de otro lado, tan cara a las gentes de orden.

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Viga azul: Mordiente
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-12-2015 | 14:49| 0

La mayor limitación del equipo azul, por lo que se vio en el partido contra el Llagostera, no son los despistes defensivos e imprecisiones, que siguen ahí, sino la falta de mordiente para sentenciar un partido, máxime cuando el marcador se pone favorable a los dos minutos de empezar el encuentro. Al Oviedo, le faltó impiedad para haber resuelto el choque en los primeros minutos. Se hizo, en efecto, buen fútbol. Los delanteros demostraron velocidad y ambición y hubo ocasiones para haber aumentado la diferencia antes de que el equipo catalán lograse la igualdad en el marcador. Aun así, había que ser más contundentes.

Cabe añadir, además, que, sobre todo en el primer tiempo, Borja Valle estuvo sobresaliente: no sólo tiene un poderío físico envidiable, no sólo demuestra en muchas jugadas su calidad a la hora de regatear, de desmarcarse, de pasar el balón y de chutar, sino que además demuestra en cada partido que tiene un compromiso ineludible con el gol y que, además, es un jugador imprescindible en el equipo. Fue una verdadera lástima que no hubiera marcado gol en el lanzamiento que mandó al travesaño, porque, de haberse colado el balón, nos habría tocado asistir a una jugada antológica y memorable. Todo un portento de jugador, toda una suerte que el Oviedo lo tenga en su equipo titular. Todo un lujo, sin duda.

También es obligado hacer mención a Diegui no sólo por su colaboración decisiva en el primer gol del Oviedo con un pase medido y de calidad, sino también por su continua lucha en la que demuestra, además de entrega, cualidades de un buen carrilero. Siempre es una buena noticia que la cantera tenga protagonismo en nuestro equipo.

Por otra parte, si bien es cierto que acaso hayamos asistido al mejor primer tiempo del Oviedo en lo que va de liga en el Tartiere, creo que no caben ni el conformismo ni tampoco la euforia. De un lado, no debemos perder de vista lo apuntado al principio de este artículo en el sentido de que, cuando un partido se pone de cara, hay que mostrar uñas y dientes para sentenciarlo, sin renunciar tampoco a la ambición de una goleada que la afición celebraría gustosa y que, sin duda, se lo merece sobradamente. No perdamos de vista esto, por favor.

¿Y cómo no referirse a lo apoteósico que fue el recibimiento que se le hizo a Cervero cuando salió al campo a muy pocos minutos del final? Recibimiento ciertamente merecido, como también lo fue la despedida por todo lo alto que se le brindó a Borja Valle cuando abandonó la cancha.

Por vez primera en mucho tiempo, parece consolidarse un buen clima entre la afición y el equipo. Y, además, hay argumentos para el optimismo, sin dejar de lado en ningún momento que es obligado aspirar a más.

Quiere decirse que hace falta más mordiente, también cuando las cosas se ponen favorables.

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Recuerdos de Oviedo: Cine Aramo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-12-2015 | 00:47| 0

“Un hombre rico en el interior no pide al mundo exterior más que un don negativo, a saber: ocio para poder perfeccionar y desarrollar las facultades de su espíritu y para poder disfrutar de sus riquezas interiores; reclama, pues, únicamente, toda su vida, todos los días y a todas horas, ser él mismo”. (Schopenhauer).

“Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad”. (Sartre).

 

Confieso que nunca olvidaré el estremecimiento que me produjo la lectura de un pequeño texto de Julia Ibarra, que venía a ser una elegía a las butacas del Cine Aramo que fueron a parar, en primera instancia, a una especie de patio de luces que la gran escritora vio desde su propia casa. La autora de “La Melodramática vida de Carlota Leopolda” describió con envidiable sensibilidad lo que aquella desoladora visión le suscitó. Aquellas butacas arrancadas de cuajo entonaron los ayes de tantas y tantas personas que habían asistido a películas para ellos inolvidables. La elegía de las que les hablo la publicó Julia Ibarra en enero de 2001. Aunque el cine Aramo, llevaba varios años cerrado, aquello fue  el principio del fin de las salas de cine en Oviedo. Principio del fin que arrancaba en la calle Uría. ¡Qué cosas!.

Cine Aramo. A decir verdad, no pasará a la pequeña historia de Oviedo por haberse exhibido allí las mejores películas a lo largo de las décadas en que estuvo abierto. Siendo ello cierto, no lo es menos que era un lugar digno de admiración por todos los lujos que lo jalonaban, desde las lámparas hasta las maderas nobles, sin que nadie pudiera pasar por alto sus suelos. ¿Cómo no recordar aquellos mármoles que le daban tanto esplendor?. Toda una voluntad de estilo lo ocupaba. Y, aunque sólo fuese por el marco, a todos nos valió la pena haber acudido tantas y tantas veces al cine Aramo.

Y, a pesar de ello, es decir, de la discreta calidad de la mayoría de las películas que se exhibieron en el cine Aramo, se diría que, en algún momento, los afanes de un tiempo y un país, allí sí que se dieron cita.

Recuerdo la presentación de una película muy del estilo de la transición, al que acudieron algunos de sus actores, entre ellos, Juan Diego, que pidieron más libertad para el país y para el cine. Fue en una sesión de noche y aquello significó mucho para los espectadores que allí nos encontrábamos. La pasión por la política y los afanes de libertad y nuevos tiempos se manifestaban imparables.

Cine Aramo. Contaba también con un vestíbulo amplio que permitía ver con comodidad la cartelera de la película que tocaba proyectar. Otro recuerdo inolvidable en aquellos mismos años de inicios de la transición fue ver en la referida cartelera a José María Íñigo, que, si no recuerdo mal, comparecía con una bata blanca de médico y a una Carmen Sevilla ya en el otoño de su belleza que aún se mostraba voluptuosa en sus gestos y puestas en escena. ¡Qué país, madre mía!

Cine Aramo. Como ya escribí en esta misma página, tengo muy grabada la imagen a la salida del cine en la segunda sesión de la tarde cuando, sin apenas variación, el reloj de la Estación de la Renfe marcaba las diez menos cuarto. Era el momento de ir a casa a cenar.

Cine Aramo, una suerte de templo a la altura del séptimo arte, un marco a la altura de las mejores películas.

¿Cómo no referirse, volviendo al principio del presente texto, a las butacas que gozaron del privilegio de ser objeto de una especie de elegía de una escritora de la talla de Julia Ibarra? Butacas que no sólo sirvieron para ver las películas de turno, sino también para escarceos amorosos, muchas veces primerizos, que tienen su no sé qué de inolvidables por la nostalgia que suscitan. Se las llevaron como quienes transportan sueños al matadero. Se las llevaron sin cortejo fúnebre, sin la despedida solemne a la que en realidad se habían hecho merecedoras. Pero las circunstancias se conjuraron para que Julia Ibarra oficiase sus funerales, su despedida, su agonía previa a una destrucción más que anunciada.

Confieso que cada vez que paso por delante de lo que fue el cine Aramo recuerdo a la insigne escritora. Fue otro de los grandes lujos que tuvo esta ciudad, si bien cabe en lo posible que no haya tenido, aún a día de hoy, el reconocimiento que realmente se merece por una obra literaria tan extraordinaria.

Cine Aramo. Por su pantalla, desfilaron indios y vaqueros, romanos, dramones más o menos empalagosos, españoladas infames que tuvieron, como bien se sabe, su cuota de pantalla. Y también películas dignas. De todo, hubo, claro está.

Pero, dejando al margen la calidad de la mayoría de las películas exhibidas, el cine Aramo forma parte, con toda justicia, de la intrahistoria de Oviedo, de un Oviedo que quiso y supo hacerle sitio al séptimo arte con justicia poética, con una hospitalidad marcada por la elegancia y el buen hacer ceremonial.

Cine Aramo, escenario muy presente en mi infancia y adolescencia. Cerca, muy cerca de la Plaza del Carbayón. Más cerca aún de la calle Toreno.

Bendita proximidad de unas edades en las que el mundo es, ante todo, algo por descubrir  y algo por sentir y entender.

A este respecto, Rousseau dejó escrito en sus “Confesiones” esto que sigue: “Empecé a sentir antes que a pensar”. Y, curiosamente, el cine, como tantas otras cosas, es algo para ser sentido siempre; para ser pensado, según la película que toque. Pero, en todo caso, en el cine Aramo sentí y pensé en esas sucesivas etapas de la vida en las que es tanto lo que se descubre. como también lo que deja de estar encubierto y termina por mostrarse y mostrársenos, forjándonos e inventándonos. Haciéndonos y rehaciéndonos.

Siempre hay pantallas en las que los sueños se  escenifican. Siempre hay proyectos engendradores de sueños. Siempre hay sueños que nos proyectan y nos ponen ante ese escenario múltiple y enloquecedor al que siempre llamaremos vida, nuestra vida.Siempre hay besos de película. Siempre hay sueños que tienen un himno. Siempre hay aventuras que atrapan. Siempre hay sordideces de las que salimos en busca de pulcritud.

Siempre hay un cine Aramo.

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Siempre Ángel González
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-12-2015 | 06:23| 0

“Ciudad de sucias tejas soleadas:/casi eres realidad, apenas nido,/ sólo un rumor, un humo desprendido,/ de las praderas verdes y asombradas”. (Ángel González. “Capital de provincia”.).

“Quizás es el que mejor representa en la lírica lo que puede llamarse tono asturiano: una mezcla de humor irónico, de melancolía, de sobriedad expresiva, de natural profundidad y poco colorido”, (Alarcos sobre Ángel González).

 

La Universidad de Oviedo, bajo el título “Ángel, me dicen”, organiza unas jornadas académicas sobre la obra de un extraordinario poeta que vino al mundo en esta ciudad. De un extraordinario poeta al que nunca le faltó una suerte de humor ácido que supo plasmar, rondando la perfección, el talento del poeta que nos ocupa, así como las circunstancias que marcaron su trayectoria vital y literaria.

Poeta Ángel González, que habló de un general que confundió las urnas con las armas. Poeta Ángel González, que supo compadecerse de unas cucarachas desnortadas que pensaban manifestar sus quejas por escrito al Presidente de la República en un país llamado España. Poeta Ángel González, que supo poner en verso una larga historia que, al final, le dio nada menos que todo un nombre, su nombre.

Fábulas para animales para que aprendan todo lo malo que anida en el ser humano. Chicas universitarias que declinan el griego clásico. El instante que encuentra quien le escriba en un hermoso y memorable soneto. Esa vocación frustrada de haber sido cantante de  boleros lastimeros. La historia, nada santa ni tampoco inocente madre historia que como la morcilla asturiana, se elabora con sangre y se repite. Destellos continuos de  un humor quevediano

Ángel González y Oviedo, la ciudad que lo vio nacer, la ciudad a la que regresó en su momento como profesor universitario, eso sí, por muy poco tiempo, cuya última clase, si no recuerdo mal, versó sobre un poema de un gran poeta de su generación, José Ángel Valente. La ciudad que tanto lo agasajó cuando se había convertido, muy merecidamente, en un poeta de prestigio.

Ángel González y Oviedo. En su momento, Alarcos escribió un libro sobre la obra del poeta. Hablamos del mejor Alarcos como crítico literario, del mismo Alarcos que había apostado por la poesía de Blas de Otero, y que aportó, con una prosa precisa y elegante, las claves más importantes de la obra de su amigo.

Ángel González y Oviedo. Inolvidable un reportaje televisivo en el que el poeta se explicaba a sí mismo desde esta ciudad, desde el Oviedo más noctámbulo y culto, desde el Oviedo que era para él un punto de referencia vital que tanto y tanto cimentaba su estar en el mundo y el conjunto de su obra.

Una tarde en la que no llovía, lo vi por vez primera en Oviedo, en la terraza del Rivoli en la calle Uría. Me atreví a dirigirme a él para decirle que, esa misma semana, publicaría un artículo en un periódico de la ciudad glosando su obra. Fue un encuentro muy grato y cordial.

El tiempo fue transcurriendo y sus idas y venidas a Oviedo se hicieron más frecuentes.  Ya era un autor consagrado. Ya era un hombre que vivía para recordar y que en ningún momento refrenó su amor por la vida y su inveterada costumbre de hablar sobre lo divino y lo humano con una sencillez admirable.

El poeta y la ciudad que le sirvió de inspiración a inolvidables poemas. Así, el “Tratado de urbanismo” en el que desfilan los viejos indianos tan maltratados literariamente.

´”Áspero mundo”, en efecto, pero también habría que hablar de que la aspereza reflejada en su obra queda limada en no pequeña parte por el humor y la ternura que lo acompañaron en todo momento.

Hablamos, en fin, del que es sin duda el mejor poeta que dio esta ciudad. Y, más allá de los tópicos, más allá de las asperezas de quienes luchan por apropiarse de su figura, quedarán siempre los guiños a la inteligencia de un sentido del humor proverbial, así como de una obra llamada a perdurar.

Siempre Ángel González. Nunca es tarde para leer su obra. Ni para releerla.

 

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Recuerdos de Oviedo: “Trivagando” en Pick-Up
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-11-2015 | 00:38| 0

(A Carlos de Castro y  a Manuel Gª Peliz, por su amistad y lucidez)

Precisamente porque la tiranía de la opinión es tal que hace de la excentricidad un reproche, es deseable, a fin de quebrar esa tiranía, que haya gente excéntrica. La excentricidad ha abundado siempre cuando y donde ha abundado la fuerza de carácter; y la suma de excentricidad en una sociedad ha sido generalmente proporcional a la suma de genio, vigor mental y valentía moral que ella contiene”. (Stuart Mill).

La duda tiene que mantener siempre las dos posibilidades en la indiferencia y la indecisión; entre ellas va y viene el diálogo, hasta que de él brote la chispa del pensamiento, como en la frotación de las piedras para encender fuego en Platón”. (Hannah Arendt).

 

“Vosotros no divagáis, “trivagáis”. Semejante perla nos la espetó un ciudadano, mostrando así su perplejidad a resultas de haber escuchado la conversación surrealista que estábamos manteniendo acerca de lo que Hegel podría haber dicho  a propósito de los agujeros negros, en el caso de que hubiese podido conocer la referida teoría.  El susodicho ciudadano llevaba un buen rato prestándonos más atención a nosotros que a los contertulios que lo acompañaban. Aquello sucedió una noche en Pick-Up, que era el pub que solíamos frecuentar las madrugadas de los viernes a principios de los años 80. Años, sin duda, jóvenes y divertidos. Años desenfadados. Años en los que casi todo el mundo de la farándula participaba del rojerío, algunos ya con cierto escepticismo muy próximo al cinismo del desengaño; otros, resistiéndose a aceptar que las decepciones y el desencanto ya habían iniciado un largo e irreversible camino. Pero, en todo caso, con mayor o menor dosis de ingenuidad, lo cierto es que en la década de los ochenta se respiraba una atmósfera de libertad que se fue ahogando con el paso del tiempo.

“Trivagando” en  Pick-Up. ¿Cómo no recordar aquel mural de Vivancos en el que se daban cita personajes omnipresentes de la vida cultural vetustense, personajes que, en aquel momento, nos parecían no sólo desenfadados y lúcidos, sino también en muchos casos entrañables? (Las rebajas al respecto llegarían con el paso de  los años, salvo excepciones, no muchas). Y es que, a decir verdad, nos sentíamos cómplices de todos aquellos que representaban el mundo de la cultura. ¿Cómo no recordar, en efecto, aquellas conversaciones interminables que eran un continuo salto entre asuntos que iban de los libros a la música, del cine a todas las manifestaciones artísticas, del pensamiento con recorrido histórico y del que entonces considerábamos más actual?

“Trivagando” en  Pick-Up. Vetusta, la eterna Vetusta, con sus noches de niebla, con su movida, con sus libertades, con sus debates, con sus polémicas. Vetusta, la eterna Vetusta que estaba a punto de celebrar el centenario de la novela que la inmortalizó, a cuyo autor sentíamos tan cercano y omnipresente. Durante años nos tropezábamos a diario con su réplica artística   en las escaleras de la Facultad. Y, por otro lado, eran muchos los que se apuntaban al boom clariniano, viendo en el autor de “La Regenta” al literato que había sido implacable contra un reaccionarismo casposo que a todos nos había tocado de cerca. Aún no había llegado el momento en el que nos acabaríamos percatando de que muchos de quienes se reclamaban clarinianos de pro eran en el fondo no menos regentianos que los personajes más arquetípicos de la mencionada novela.

Tiempos desenfadados, digo, en los que ni los más  perspicaces del lugar avistaban lo que estaba por venir, que, en este caso, y al contrario de lo que decía Ángel González en uno de sus poemas más memorables, sí que llegaría. ¿Quién veía entonces que al llamado “socialismo real” le quedaban sólo unos cuantos años? Porque se seguía insistiendo en el tópico de que las dictaduras de extrema derecha eran, salvo la excepción que habíamos padecido en España, mucho menos duraderas? ¿Quién nos iba a decir que aquel Papa tan viajero de entonces iba a contribuir a cambiar el mundo? ¿Quién nos iba a decir entonces que aquel conservadurismo férreo que representaban Margaret Thatcher y Ronald Reagan iba a tener tantas consecuencias no sólo en los países donde gobernaban? ¿Quién nos iba a decir que el desencanto iba a aguar la fiesta que se había iniciado en nuestro país tras haber dejado felizmente atrás aquella intentona golpista del 81 que parecía una escenificación carpetovetónica y decimonónica?

“Trivagando” en  Pick-Up. Se reconstruía (¿o se deconstruía?) el relato clariniano. Los acordes de la llamada movida madrileña nos llegaban. La semiología y el  estructuralismo iban en el cartapacio de la torrentera conceptual que se manejaba en la Facultad en disciplinas diversas y, a veces, dispersas. Y, sobre todo y ante todo, las benditas libertades, recién recuperadas, que nos daban fuerza y oxígeno para todo. No había aún temores resultantes de incurrir en lo políticamente incorrecto. No había otro hilo conductor a seguir que no fuese el que dictase lo que podía bullir en el pensar y en el sentir. Éramos nosotros y nuestras libertades, y, en aquel entonces, las decepciones no rompían las costuras de nuestras mochilas. De hecho, no habían hecho más que empezar, y preferíamos darles tiempo antes de ponernos estupendos.

“Trivagando” en  Pick-Up. Atrás se había quedado ya “la libertad sin ira” como el himno de la primera transición. Pues se trataba de divagar sin mirar relojes, de divagar sin más nubarrones en el horizonte que todas aquellas cosas que se resistían a una comprensión más o menos clara de lo abordado. Pero la complejidad no era un pretexto aún para explicar lo inexplicable, para justificar lo injustitificable.

“Trivagando” en  Pick-Up. Como mucho, primeros balbuceos de inconsistencias y bandazos. Nunca daré sus nombres, nunca los daremos. Pero, ya en aquellos primeros años de la década de los ochenta, algunos rojos de pro habían comenzado a modificar muy seriamente su discurso. Tanto fue así que, ante el mural de Vivancos, en Pick-Up, fui consciente de excesos de realismo provenientes de personajes que, muy pocos años antes, no sin cierto reproche, más o menos cariñoso, me manifestaban que mis planteamientos políticos, en la línea del azañismo, no dejaban de ser burgueses y conservadores. Pero en 1983, en Pick-Up, muchos de aquellos que habían iniciado su trayectoria política en partidos a la izquierda del PCE, estaban ya muy cerca del PSOE, del felipismo, y su marxismo ortodoxo parecía no haber ido más allá de un sarampión tardío en la adolescencia.

“Trivagando” en  Pick-Up. Siempre nos quedará la música. Siempre nos acompañarán las risas y las libertades. Siempre estarán con nosotros los sueños, sedosos y sedantes, que se expandían y se desplegaban en aquella bendita niebla de tantas y tantas madrugadas a la salida de aquel pub en el que tanto nos divertimos.
¿Aprendiendo?

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Panorama vetustense: Un paseo por Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-11-2015 | 06:29| 0

“Se puede desposeer al hombre, se le puede quitar todo y se las arreglará de algún modo u otro. Sin embargo, una sola cosa no hay que tocar, pues, si se lo priva de ella, estará perdido sin remedio: la voluptuosidad de quejarse”. (Cioran).

 

Aunque estemos en otoño, la mañana se vistió de invierno en Asturias, con su viento desapacible y su orbayu, con su baja temperatura, con sus calles mojadas, con sus inveterados atascos cada vez que llueve, con su no sé qué de tristeza en las nubes, con las primeras nieves en el Aramo, con esa atmósfera desangelada que invita a ponerse a cubierto.

Llueve en Oviedo. Se apuran los cigarrillos que toca fumar al aire libre. Los paraguas abiertos por las aceras se convierten en una especie de hongos que parecen haber crecido a resultas del continuo goteo. Son los sombreros que usa la ciudadanía en días como éstos, sombreros funcionales de los que, de entrada, no se espera la elegancia.

Llueve en Oviedo. Gotas que se van deslizando por las innumerables estatuas que se instalaron en la ciudad en las dos últimas décadas. En la Plaza de España, a pesar de la parálisis a la que invitan el frío y la lluvia, el movimiento que genera la burocracia no hace mudanza en su costumbre, no puede hacerla.

Llueve en Oviedo. Cerca de los edificios de los juzgados, en las pequeñas zonas verdes que hay, algunos perros corretean y juegan ajenos a las inclemencias del clima. Tal vez se trata de la estampa más alegre y confiada que se dejó mostrar esta mañana. Además de alegre y confiada, enternecedora.

Llueve en Oviedo. La ciudad, políticamente hablando, sufre días convulsos. En lo que a esto toca, sí que se pueden predecir mudanzas, puesto que, salvo sorpresas, todo parece indicar que, políticamente hablando, el que fuera candidato más votado en las últimas elecciones municipales no parece contar con mucho futuro por delante en lo que respecta a su presencia en la vida pública. Se diría que los principales dirigentes de su partido no apuestan gran cosa por él. Se diría que, pase lo que pase con la imputación que tiene sobre sí, no cuenta con circunstancias muy favorables para hacer planes políticos ni siquiera a corto plazo.

Insisto, a este propósito, en algo que tengo escrito muchas veces. Los linchamientos me resultan abominables, máxime cuando van acompañados de muchas actitudes cínicas que aparentan escandalizarse ante algo que, de no haberse hecho del dominio público, no sólo no condenarían en su intimidad, sino que es más que probable que aplaudiesen. Dicho lo cual, parece innegable la gravedad de lo acontecido y, a consecuencia de ello, se está haciendo esperar una dimisión que tendría que haberse escenificado ya, al menos hasta que la situación se aclarase favorablemente para el afectado, cosa que, en el mejor de los casos, parece altamente improbable.

Pero, en todo caso, cabe aventurar que nos espera un largo proceso al que asistir. Una vez que se produzca la defenestración política de Caunedo, con independencia de que decida o no dimitir, tendrá que abrirse un proceso para que alguien se ponga al frente del PP de Oviedo, carrera que, aunque no conste oficialmente, ha empezado ya. Y está por ver si, una vez más, decidirá el dedazo de turno, o si se permitirá que la militancia tenga voz y voto. Más bien, está visto ya.

Al final de la mañana, se informa en los medios que Caunedo y la lideresa conservadora siguen teniendo una conversación pendiente.

En algún momento que otro, el orbayu se detiene

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Recuerdos de Oviedo: La muerte de Franco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-11-2015 | 00:08| 0

“A quien vive de combatir a un enemigo, le interesa que éste siga en vida”. (Nietzsche).

“En un Burgos salmantino de tedio y plateresco, en una Salamanca burgalesa de plata fría, Francisco Franco Bahamonde, dictador de mesa camilla, merienda chocolate con soconusco y firma sentencias de muerte”. (Francisco Umbral).

 

A primera hora de la mañana, nos enteramos de la noticia. Franco, tras tantos partes del llamado “equipo médico habitual”, se había muerto. Y la comparecencia de Arias Navarro, dando lectura entre sollozos al testamento político del dictador, puso fin, oficialmente, a una era.

Larga y paralizada mañana, aparentemente paralizada, porque la inquietud, en Oviedo y en el resto del país, era grande, tenía que serlo. Había que esperar a que la prensa plasmase en todas sus portadas aquella muerte. Había que escuchar las emisoras de radio clandestinas para saber lo que se decía en el extranjero acerca de aquella España que, irremisiblemente, empezaría una nuevo ciclo histórico.

Si la agonía del dictador fue larga y duradera, también los fueron las exequias fúnebres hasta el momento mismo en el que su sucesor asumió la Jefatura del Estado. Exequias fúnebres en las que Imelda Marcos y Pinochet visitaron nuestro país, en la que se informaba oficialmente de los telegramas que llegaban de afuera, algunos exóticos y pintorescos como el del dictador de Uganda.

¿Cómo no imaginarse las portadas de los periódicos? ¿Cómo no reparar en algunos artículos que se atrevían a hacer insinuaciones críticas acerca del protagonista de un periodo histórico que acababa de concluir?

¿Cómo no sentir una curiosidad ilimitada al saber que aquel día no había conversación familiar o social en la que no se hablase de la noticia de la muerte del dictador?

En aquella España y en aquel Oviedo, había iglesias en las que se rezó durante aquellos días por la recuperación de la salud de Franco y había iglesias también en las que se encerraban obreros para hacer públicas sus protestas sin correr el riesgo de ser disueltos por las fuerzas del orden. Y es que, también en las iglesias se daban cita las dos Españas.

Por otra parte, el anuncio de la muerte de Franco llegó acompañado de la noticia de la suspensión de las clases, lo que nos dejaba sin un enclave donde reunirnos para tomar el pulso a la situación hablando en voz baja y con reservas.

Calles de Oviedo. No llovía. Aquel día de otoño, si la memoria no me falla, llegaba con una temperatura suave para las fechas en las que nos encontrábamos. Y, en las calles, todo el mundo se detenía a hablar. Era, como dije más arriba, una parálisis angustiosa, aquella que anticipa acción y cambios, aquella que tiene la incertidumbre en el horizonte más próximo. ¿Qué pasaría? ¿Qué nos iba a pasar?

La televisión pública fue un continuo NO-DO. Franco, salvador de la patria, militar victorioso, hombre elegido por la Providencia para hacer frente al comunismo, a los enemigos de Dios y de España. Imágenes de un duelo interminable que comenzaron con Arias Navarro y que continuaron con todo un coro de plañideros y plañideras oficiales.

¿Y Oviedo? Claro, se recordaban oficialmente sus vínculos con la ciudad. Su boda en San Juan el Real. Su esposa carbayona. El cariño, con el que según algunos,  se le había conocido en su momento como “el comandantín”. Eso era no pequeña parte del relato oficial. Frente a ello, lo doloroso y escalofriante. Frente a ello, el asesinato del Rector Alas al que Franco no tuvo a bien indultar. Frente a ello, las décadas de represión y silencio. Frente a ello, el recordatorio de aquellos que tuvieron que abandonar nuestro país. Frente a ello, el miedo y las delaciones. Frente a ello, las ansias de libertad que no se dejaban adormecer.

¿Cómo no recordar las portadas de los periódicos y de los semanarios dando noticia de aquella muerte? Lo cierto es que logro rescatar la imagen de la revista “Cambio 16”. Con ella, entré al Teatro Campoamor, a ver no recuerdo bien qué película. Y no se me irá nunca de la memoria el clamor de un texto publicado en aquella revista en la que preguntaba por qué no se podía hablar de dictadura en lugar de democracia orgánica o régimen.

Toda España fue una esquela mortuoria.  Todas las portadas de la prensa tenían ese formato. En Oviedo, como en el resto del país, la gente iba y venía por las calles con periódicos y revistas. En Oviedo, como en el resto del país, todo eran dudas, en una dialéctica de esperanzas y miedos.

Cuando se cumplen ya cuarenta años de aquel deceso. Cuando el actual sistema político tiene ya más recorrido en el tiempo que el de la propia dictadura en sus distintas fases, Franco y su etapa están históricamente hablando demasiado próximos y están existencialmente abismalmente alejados de nuestros afanes y desvelos.

Pero, en todo caso, hablamos de un día que puso fin a un proceso histórico con el que no se rompió como cabía esperar, sino que se habilitó una salida a un régimen anacrónico en la Europa de entonces, salida que provocó estancamiento y amnesia de la memoria colectiva.

¿Qué cosa había sido el exilio, todos los exilios, también el interior? ¿Qué podían estar sintiendo y pensando todos aquellos que se encontraban en las cárceles y en los países que los habían acogido en su peregrinaje para salvar sus vidas?

Más allá de las voces oficiales en los medios públicos, oímos aquellas otras que expresaban sus clamores y temores a través de emisoras clandestinas. Más allá de la vida cotidiana de cada cual, lo que había era preguntas que buscaban asideros.

Oviedo fue también una esquela. Oviedo fue también un hervidero de conversaciones en voz baja. El Oviedo oficial no desentonó del resto, no podía ser de otro modo. Pero aquel Oviedo, que conservaba entre temblores y temores su memoria, bullía lo suyo.

¿Cómo no detenerse un momento frente a los muros del edificio de la Universidad y evocar a Clarín y a su hijo? ¿Cómo no detenerse un instante frente al Teatro Campoamor invocando para nuestros adentros al Clarín más angustiado que describió Fernando Vela en un texto memorable? ¿Cómo no homenajear en silencio clamoroso al mejor Oviedo intelectualmente hablando? ¿Cómo no desear recuperar la voz y el voto?

La hojarasca del Campo de San Francisco con sus ayes fue nuestro coro bajo un cielo gris, en medio de un empapelado de esquelas mortuorias, copias de una esquela muy grande que acaparaba todos los titulares.

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¿Y si pedimos juego limpio?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 20-11-2015 | 09:21| 0

Las mentiras resultan a veces mucho más plausibles, mucho más atractivas a la razón, que la realidad, dado que el que miente tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo que su audiencia desea o espera oír”. (Hannah Arendt).

 

Estoy seguro que, sin tardar mucho, no pasará desapercibido el afán, cítrico más que crítico, que hay contra el Equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Oviedo desde el momento mismo de empezar su andadura. Y es que –perdón por la obviedad- sin que estén exentos de descoordinaciones y errores, que, desde luego, no deben pasar inadvertidos, se diría que, pase lo que pase, de lo que se trata, para determinados ámbitos mediáticos y políticos, es de seleccionar la noticia de turno del modo que pueda resultar más lesivo para quienes gobiernan el Consistorio carbayón, sin que les importe lo más mínimo a estos detractores de oficio incurrir en aquella doble mentira que, según escribió Machado, es la media verdad, sesgada y prendida con alfileres.

 

¿Y si jugamos limpio? Se les criticó muy duramente por el hecho de que abogaron por no tener determinados servicios privatizados, como es el caso de la recaudación. Se habló de inquina y de afanes crueles de dejar a gente en el paro, cuando la realidad es que, llegado el momento, a nadie se le impide optar a ser funcionario municipal cuando haya la convocatoria correspondiente y se cumplan los requisitos que se fijen.

Pero es que ahora resulta que hay quienes hablan de que tanto el Alcalde como los ediles de Somos pretenden despedir a funcionarios y contratar a gentes cercanas a ellos, sin reparar, claro está, en que no es lo mismo ser funcionario de carrera habiendo aprobado la oposición correspondiente que tener un cargo de confianza a dedo, cargos, por cierto, generosamente retribuidos.

Por favor, jueguen limpio y no incurran en falacias tan enormes. Tanto en el ámbito autonómico como en el municipal, sólo Podemos y Somos han puesto reparos a los llamados cargos de confianza o ayudantes que, a resultas del dedo de turno, cobran sueldos del erario público. Bueno sería que poner fin a todo tipo de nepotismos, bueno y necesario desde la óptica de una regeneración de la vida pública que tanto necesitamos y que todos los partidos, al menos en teoría, reivindican. Distinta cosa es ser consecuentes con esa prédica, algo que, salvo las excepciones nombradas, no se plasma en la realidad.

Quienes permanecieron ciegos, mudos y sordos ante despilfarros continuos y nepotismos por doquier tienen ahora la desfachatez de recriminar al Gobierno municipal que se cuestione la idoneidad y pertinencia de que se sigan manteniendo ciertos nombramientos de quienes les precedieron en sus tareas.

Por favor, critiquen las incoherencias y errores que vean, que, sin duda, existen, pero jueguen limpio y abandonen las medias verdades que parecen ir en busca de pesebres.

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Viga azul: Ganas y clase
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-11-2015 | 21:45| 0

Una conjunción perfecta la del partido de hoy en el Carlos Tartiere, entre las ganas, muchas, que puso Koné, y la maestría en el lanzamiento de falta que demostró una vez más la asombrosa clase que atesora Susaeta.

En cuanto a Koné, no sólo consiguió el tanto que abrió el marcador para el Oviedo, sino que además batalló de principio a fin, arrebatando balones, inventando jugadas, superando en velocidad a los defensas adversarios. Un jugador con peligro, con garra y con voluntad. Un jugador incisivo que abre brechas en la defensa contraria, tanto para colarse él, como para habilitar al compañero mejor situado. Sin duda, estamos hablando de un jugador que nos dará muchas alegrías.

¿Y qué decir del gol de Susaeta? Mandó el balón allí donde el portero contrario no podía atraparlo, desde el poste se introdujo en la red con la mansedumbre de la precisión más certera. Hay lances en los que el jugador de vasco del Oviedo entronca con lo mejor del oviedismo, esto es,, con la elegancia, con la clase, con el señorío a la hora de  culminar un lanzamiento que quiere y consigue ser decisivo.

Es de justicia, asimismo, consignar lo inspirado que estuvo Erice, cuya autoridad en el juego azul es cada vez más indiscutible.

Por lo demás, también hay que valorar la lucha de Linares y Borja Valle, lucha sin la eficacia deseada en las jugadas que tuvieron el gol muy cerca. Dicho ello, resulta obligado elogiar la entrega de ambos y, particularmente, la tenacidad del berciano tras salir de otra larga lesión, tenacidad por partida doble en el sentido de que no sólo peleó de principio a fin hasta que fue sustituido, sino que además es un futbolista que no se esconde y que se arriesga no sólo en jugadas de choque, sino también en busca del gol al que no renuncia.

Por otro lado, sin lanzar las campanas al vuelo, toca preguntarse si el encuentro de hoy podrá marcar un antes y un después en lo que se refiere a si el Oviedo encontró un esquema de juego que, de una parte, le permita ser fiel a  sí mismo y que, de otra parte, sirva para alcanzar la solidez defensiva que, hasta el momento, no hemos tenido.

Ciertamente, no hay que engañarse, pues el Nástic tuvo ocasiones de gol muy claras. En una de ellas, Esteban estuvo providencial desbaratándola con una salida certera; en otro lance, el travesaño se puso de nuestro lado. Y, además de las susodichas ocasiones, cierto es que también se cometieron fallos defensivos que esta vez no fueron decisivos en nuestra contra. Es decir, resulta necesario mejorar atrás.

Y tal necesidad se puso de manifiesto, incluso en un partido en el que parecía claro que el dominio del encuentro le correspondía, esta vez sí, al Real Oviedo.  Lo dicho: sería erróneo incurrir en euforias injustificadas, pero tampoco es del caso situarse en un pesimismo derrotista.

Nos cuesta, sí, hacernos con un esquema de juego que garantice la solidez del equipo. Creo que hoy se avanzó en ese sentido, lo cual no significa que se hayan conjurado las debilidades y los flancos débiles.

Y, en todo caso, toca confirmar esa mejoría, que, por fortuna, pudimos constatar en un Carlos Tartiere, metido en niebla en la segunda parte, en una tarde en la que la reciente tragedia que se sufrió en París no dejó de conmocionarnos.

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