El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Galleta o barquillo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-03-2018 | 14:42| 0

«La literatura es como una cerilla en medio de la noche. No ilumina apenas nada, pero nos permite ver cuánta oscuridad hay alrededor.» (Wiliam Faulkner).

Hablo de aquel periodo de la vida, tan corto, en la que los mayores nos llevaban de la mano. De aquel periodo de la vida posterior al cochecito del bebé y anterior a ese otro en la que, aunque acompañados, ya caminábamos sueltos por calles y caleyas.

Hablo de aquel periodo de la vida en la que nos acompañaban por el Campo de San Francisco, cuando Petra estaba en su jaula y formaba parte del paisaje, cuando en varios rincones del parque los barquilleros nos alegraban el momento y el día, cuando el tonel, con aquella especie de ruleta encima, formaba parte de la magia nuestra de aquel tiempo.

Recuerdo una tarde en la que iba acompañado por mi padre. Cruzamos el Campo de San Francisco desde la parte de arriba. Y creo que fue en el Paseo del Bombé, cerca de la Fuente de las Ranas donde estaba el barquillero. Me atrevería a asegurar que le pedí permiso para girar aquella especie de ruleta. Y, al instante, el buen hombre levantó la tapa del bidón. Me preguntó si quería una galleta o un barquillo. Y tengo que confesar que, estando absorto en la magia que para mí había supuesto el ritual del giro de la ruleta, o bien tardé en responder, o bien lo hizo mi padre por mí. Al final, me compró las dos cosas.

Y, fíjense, yo me quería creer que mi padre me había comprado el barquillo y que, sin embargo, la galleta me había tocado como quien juega a la tómbola, esto es, gracias a la “ruleta” que había girado.

Y estaba embebido, ensimismado, recordando aquello. Porque lo cierto fue que, en el momento mismo en que puse a girar la ruleta, cerré los ojos, sin querer mirar dónde se detendría, recordando la ruleta de los juegos reunidos que había en casa y que tanto me gustaba.

Algo me sacó de mi ensimismamiento, fue un niño que corría en busca de su globo, esperando el momento en que descendiese para poder cogerlo. Su madre lo miraba con sonriente ternura. Pero el niño expresaba en sus ojos el miedo que tenía a que su globo pudiese romperse, sin aire, al tocar tierra.

El globo era azul, el niño lo rescató, tras dar un pequeño salto, en zona verde. No pudo tener mejor parada, ni más suave, ni más alfombrada. El niño abandonó corriendo el césped y agarró con mayor fuerza el globo que la mano de su madre. Estoy por asegurar que no lo soltó al menos hasta que llegó a su casa.

Tras aquel episodio, ya me había comido el barquillo y se me presentó un gravísimo dilema. No acababa de decidirme a dar cuenta de la galleta, no porque no me apeteciese, sino por enseñársela a mi madre para mostrarle lo que creía haber ganado con aquella especie de ruleta. Al final, opté por esperar a llegar a casa y celebrar allí el premio que quería creer que me había tocado.

Aquello sucedió en los últimos días de junio, en una de esas tardes que anuncian el verano, en una de esas tardes que, aun disfrutando de Oviedo, deseaba llegar a Lanio y disponer allí de mayor voluntad de movimiento y de todos mis juguetes, especialmente, del balón, enemigo mortal de las plantas y rosales del patio de la casa que tanto cuidaba mi madre, que se desesperaba cada vez que el balón las golpeaba.

Una tarde de últimos de junio, digo, con la explosión primaveral en el césped del Campo de San Francisco, explosión de margaritas, con la hoja de la arboleda pletórica y en su mejor momento.

Pero yo seguía recordando al barquillero, a su bidón, a su ruleta, a sus galletas, a sus barquillos. Podría decirse que para mí era lo más parecido a un mago benefactor. Podría decirse que era el artífice de una magia que a mí me emocionaba.

Ni siquiera había oído su voz, no porque no hubiese hablado, que lo hizo, sino porque en aquel ritual de magia que viví en mis adentros, no me llegaban ni me podían llegar ni los ecos ni las voces, ni las voces, ni los ecos.

Dentro del bidón, los barquillos y las galletas. Por afuera, la ruleta dorada, que, con girarla, se abría la posibilidad de que en sus adentros se oyesen las palabras mágicas, aunque nunca se llegasen a pronunciar.

Bien mirado, el sortilegio no podía ser mayor. Bien mirado, la carga simbólica que tuvo aquel episodio fue gigantesca, si bien de esto último llegué a darme cuenta al cabo de unos cuantos años.

Verán ustedes: cuando el republicano arriba firmante se enteró de que los Reyes (magos) eran los padres, no pude no recordar este episodio, dándome cuenta de que con aquella galleta del barquillero había pasado lo mismo que con los regalos de cada 6 de enero: la galleta referida, como también los juguetes que ponían júbilo al final de las navidades, llegaban a nosotros a través del dinero de nuestros padres. La diferencia, tan unamuniana, entre lo que creemos y lo que queremos creer.

Lo cierto es que la noche del 5 de enero en la que tuve la certeza absoluta de que los reyes eran los padres evoqué con ternura el episodio que acabo de relatarles. Y me sirvió de consuelo. Se lo aseguro.

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VIGA AZUL: PEQUEÑOS DETALLES
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-03-2018 | 11:12| 0

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A lo largo de un campeonato, no son pocos los partidos que se deciden por pequeños detalles. El encuentro de ayer fue un claro ejemplo de ello. Porque, a pesar de que no se le saca el rendimiento al que estábamos acostumbrados en las jugadas a balón parado, a pesar también de que ese último pase letal para el contrario no existió en el choque contra el Barcelona B, lo que nos privó de la victoria fueron los pequeños detalles.

Para empezar, el gol anulado a Toché, pues no se puede hablar de fuera de juego cuando tocó el balón un defensa rival. Para seguir, el circo del árbitro no sólo con la expulsión de Anquela, sino también y, sobre todo, por haber tolerado que alguien fingiese una agresión que nunca existió.

No pretendo con esto incurrir en un discurso victimista y echar todas las culpas al árbitro, tapando carencias en el juego que, sin duda, las hubo. De todos modos, lo que hay que evitar a toda costa es que el fantasma de la mala racha haga mella en el ánimo del once carbayón. Seamos claros: en Cádiz se perdió injustamente, ante el Albacete, sin embargo, el Oviedo estuvo espeso, algo que, estadísticamente hablando, parece inevitable que algo así se produzca en más de un partido. Frente al Zaragoza, aparte de otras muchas consideraciones que puedan hacerse, el conjunto carbayón no perdió la dignidad en ningún momento. Y, en el partido frente al filial del Barcelona, la victoria no llegó por los pequeños detalles de los que vengo hablando.

Aun así, también hay que ver aspectos positivos. Fabbrini no sólo tiene una calidad indudable, sino que además puede ser un jugador decisivo entre el centro del campo y el ataque. Eso lo dejó demostrado en la noche del viernes y es de esperar que vaya a más.

Por otro lado, es más que probable que Toché no va a tardar en volver a encontrarse con el gol, lo que, sin duda, contribuirá de forma decisiva a salir de este bache, bache de resultados y de juego arriba, que no de falta de compromiso e intensidad.

Tras la espesura frente al Albacete, el siguiente partido en el Tartiere, el del viernes, estuvo presidido por esos pequeños detalles, que, a veces, deciden una victoria, que, en ocasiones, la impiden.

Toca seguir sufriendo, toca conjurarse para corregir carencias. Pero no hay motivos para que cunda el desánimo.

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Nevó en Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 02-03-2018 | 14:39| 0

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«Y cuando ella me hable/ de un cielo oscuro, de un paisaje blanco, /recordaré/ estrellas que no vi, que ella miraba, / y nieve que nevaba allá en su cielo». (Pedro Salinas).

«¡Sobre la tierra fría la nieve silenciosa!” (Antonio Machado)».

Oviedo, 28 de febrero, 8 de la mañana. La nieve cubre las escasas zonas verdes del actual edificio de Hacienda. También se deja ver sobre los tejados más cercanos y sobre los árboles. La nieve, la silenciosa nieve, de la que habló Machado, sin embargo, provoca mucho ruido, el de los niños cuando la lanzan, en el de la alegría desbordada de quienes deciden exteriorizar el acontecimiento paisajístico que ella supone.

Oviedo, 28 de febrero. A pesar del intenso frío de la mañana, vale la pena recorrer esta ciudad, levantar desde el centro la vista hacia el Naranco y verlo nevado. Recorrer esta ciudad adentrándose en el Campo de San Francisco y contemplar la nieve sobre las zonas verdes, sobre las ramas de los árboles, resistiéndose a caer.

La nieve, la silenciosa nieve, que, no obstante, tanto bullicio genera entre quienes juegan con ella, en las miradas asombradas y satisfechas que la encienden.

La nieve, la paradójica nieve, tan pura, tan blanca y que, sin embargo, es escandalosamente manchadiza. ¡Qué contraste tan enorme supone verla blanca, impoluta sobre los tejados y las zonas verdes y, al mismo tiempo, verla embarrada y sucia en las calles tras ser machacada por las ruedas de los coches!

Acaso quepa pensar que la nieve es como las rosas, que no le gusta ser tocada, que el hecho mismo de manosearla o de pisarla la ensucia irremediablemente y elimina por completo su magia y hermosura convirtiéndola en algo sucio, en algo de aspecto mugriento.

Acaso a la nieve no le gusta ser tocada, lo que pretende y prefiere es dar belleza y luz hasta el momento mismo de deshacerse, de volverse agua. En efecto, en lo que atañe a la conservación de su belleza es manifiestamente intocable.

Pero volvamos al 28 de febrero, a la mañana en la que el mes decidió despedirse en un año que no es bisiesto.

Pongamos que son las nueve de la mañana. Pongamos que estamos en la calle en la que se asientan las cadenas de nuestra Alma Máter, cuyo significado histórico da cuenta de algo muy importante. ¡Esos trozos de nieve sobre algunos eslabones! ¡Esos trozos de nieve sobre las piedras en las que se enganchan como hiedra!

Y muy cerca la Catedral y su plaza con la nieve como marco, nieve que parece estar cómoda sobre tan singular arquitectura, nieve que lo convierte todo en estampa, que da una claridad cegadora, sublime.

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Recuerdos de Oviedo: Alrededor de Valdés-Salas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-02-2018 | 15:07| 0

“El retirarse no es huir, ni el esperar es cordura cuando el peligro sobrepuja a la esperanza”. (Miguel de Cervantes).

Podría decirse que nos conocimos una manifestación  contra la LAU (Ley de Autonomía Universitaria, que se planteó siendo González Seara ministro de Universidades). Podría decirse, pero con matices, porque, en realidad, habíamos coincidido ya en una asamblea en la antigua Facultad de Filología e Historia en la plaza Feijoo. Lo que sucedió en aquella manifestación fue que, al habernos visto ya, nos saludamos por vez primera. Y caminamos juntos por las calles de Oviedo en aquella manifestación que terminó en lo que entonces se llamaba Facultad de Derecho y que hoy tiene el nombre de Edificio Histórico.

La manifestación, como digo, concluyó en el claustro del edificio de lo que es nuestra Alma Máter. Ya habíamos cambiado impresiones en las pausas que había entre consigna y consigna. Ella estudiaba historia (entonces se decía “historias”: ya se sabe, ante todo la pluralidad). Y, más que estar en contra de la LAU, cuyo texto íntegro desconocíamos,  se consideraba que una ley emanada de la UCD, que además había sido muy mal recibida por un colectivo entonces muy cercano al estudiantado, el de los llamados “penenes”, colectivo del que, años después, alguien dijo que habían sido “los alféreces provisionales de la democracia”, una ley con  esa carta de presentación no podía ser buena y había que manifestarse contra ella, tocaba hacer bulto una vez más en la escenificación de las protestas y no nos negamos a ello.

Fue el caso que, como dije, la manifestación terminó en el claustro del llamado Edificio Histórico. Fue el caso que, una vez disuelta, nos sentamos a charlar bajo la estatua de Valdés Salas.

Como dije, ella estudiaba historia, ya estaba en los últimos años de carrera y le interesaba sobremanera el siglo XIX español. Hablamos de ello. Por supuesto, también de Larra. Y me contó que sentía una especial admiración por Francisco Umbral, al que, siguiendo los tópicos de entonces, consideraba que era el Larra del siglo XX.

En un momento de la conversación, sacó de su capacho unas cuartillas, y me comentó que, si no me importaba, le iba a escribir una carta a Umbral, algo que hacía con relativa frecuencia, dirigiendo sus misivas al diario “El País” en el que el autor de “Mortal y Rosa” publicaba un artículo cada día.

Por supuesto, su admirado literato no le contestaba. Sin embargo, mi compañera de manifestación creía que Umbral, en algún artículo, hacía alusiones más o menos veladas a determinadas cuestiones que ella le decía en su cartas. Umbral le servía como un confidente lejano al que contaba sus reflexiones  y lo más destacado de su día a día. Y, de paso, tal correspondencia le resultaba útil para hacer continuas digresiones sobre aquel siglo que la fascinaba.

Allí estábamos a última hora de la mañana, próxima ya la hora de ir a comer. El cielo estaba muy despejado. Tras una mañana luminosa, el sol resultaba muy agradable y, a pesar de no movernos mientras charlábamos, no hacía frío.

Recuerdo que le hablé a mi interlocutora, a propósito de la LAU, del que era ministro entonces de Universidades, de González Seara. Había leído en su momento artículos suyos en la revista “Cambio 16”, un semanario que siempre estará ligado a la pasión por la política que en nuestra generación se despertó en los últimos  años del franquismo y en los primeros años de la llamada transición política, y, desde luego, yo consideraba que no podía tratarse de un ministro reaccionario, aunque entonces el predicamento de “los penenes” me impedía oponerme a sus postulados.

No recuerdo bien a cuento de qué, pero hubo un momento de nuestra conversación en el que salió a relucir Joan Manuel Serrat. Aún no había sido publicado su disco titulado “En Tránsito”, pero faltaba poco tiempo para ello. Al cantautor catalán lo admirábamos –y mucho- por la música que le había puesto a memorables poemas de don Antonio Machado.

A decir verdad, aunque la manifestación contra la LAU acababa de concluir, aquello nos empezó a resultar ya lejano, como un episodio que no dejaría ningún poso indeleble en nosotros.

Estábamos en una dinámica muy distinta, hablando de nuestros autores preferidos, de la música que más escuchábamos, de los asuntos cotidianos de la Universidad, del marxismo que, sin haber desaparecido, no podía cortar el paso a otros “ismos” como el estructuralismo que, sobre todo en Filología, imperaba.

Mi interlocutora seguía con su siglo XIX, como la referencia con la que comparaba el devenir presente. Y hubo un giro de la conversación  en el que, a propósito del siglo XIX, recordamos que la estatua de Valdés Salas que teníamos sobre nosotros, se había erigido allí, en los primeros años del siglo XX, concretamente, en 1908.

¡Qué lejos quedaba aquella figura histórica que había fundado nuestra Universidad, del siglo XIX en cuya segunda mitad había destacado Clarín! Y, a propósito de Clarín y de la novela decimonónica, estuvimos completamente de acuerdo en el hecho de que, para conocer aquella centuria, era imprescindible leer a fondo sus grandes novelas.

Al final de la conversación, nuestro principal punto de encuentro fue Clarín, fue la ya legendaria edición de bolsillo de “La Regenta” que había publicado Alianza Editorial y que cada año volvía a reeditarse.

Me atreví a sugerir a mi interlocutora que, en sus misivas a Umbral, le hablase también de Clarín  y de “La Regenta”. Aceptó con entusiasmo mi propuesta. Y quedamos en que me contaría no sólo lo que le iba a escribir a Umbral sobre la novela de Clarín, sino también las alusiones que pudiera encontrar en sus artículos como vago eco a su voz escrita.

Al final, la LAU tuvo su importancia. Al final, aquel día no llovió en Vetusta.

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Cuando tocan las pensiones
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-02-2018 | 17:03| 0

“Un país que amar, una propiedad que defender y cierta participación en la promulgación de unas leyes que respetaban tanto por interés como por obligación”. (Gibbon).

El 22 de febrero se celebró en Oviedo una multitudinaria manifestación de protesta contra la continua pérdida de poder adquisitivo por parte de los pensionistas. En una tierra como la nuestra, en la que los jóvenes lo tienen muy difícil para llevar a cabo sus proyectos laborales, en la que el declive demográfico es alarmante, bien está que se alce la voz ante una situación donde el futuro, además de imperfecto, que siempre lo es, resulta más incierto que nunca.

En teoría, la mayor parte de los partidos políticos y de las organizaciones sindicales se sumaron a esta protesta y apoyan al colectivo de los pensionistas, algo que no sólo es de justicia, sino que además va en el guion.

Distinta cosa es que nadie quiera plantearse que estamos en una tierra en la que se hipotecó el futuro de casi todo, el del campo, el de la juventud, el de la minería, el de los servicios y así sucesivamente. Distinta cosa es que, entre todas las reconversiones que se llevaron a cabo, quede aún pendiente la de la mal llamada clase política.

Miren, no sólo hay que poner el grito en el cielo por la mengua que viene sufriendo de continuo la llamada hucha de las pensiones, algo que es tremendo, sino también por el panorama desolador que se presenta en una tierra cuya despoblación no hace más que aumentar.

Y es que la situación que se vive, con una juventud a la que se le cierran casi todas las puertas, con lo precario como protagonista de la vida de muchas personas, no sólo hay que exigir al Gobierno de turno que cambien ya las actuales dinámicas, sino que además, hay que recordar, de paso, a todos los que tienen su grado de responsabilidad en la encrucijada en la que nos encontramos.

No vale escabullir responsabilidades, no vale unir las voces a y los ecos a la ciudadanía, mientras no se haga autocrítica y mientras no se modifique un discurso y una actitud que se vienen demostrando inoperantes desde hace ya bastantes años.

Al menos, modifiquen su discurso, al menos reconozcan sus errores, al menos, prometan no dilapidar potenciales que tuvieron en sus manos.

El futuro es siempre de todos, pero también hay que encararlo con responsabilidad, aprendiendo de los errores cometidos que, en la materia que nos ocupa, son graves y los estamos pagando todos.

Bueno, casi todos.

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Un himno a la cursilería
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-02-2018 | 22:32| 0

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«El ser cursi es independiente de la posición, de la riqueza y hasta de la belleza natural de un sujeto.» (Francisco Silvela).

Ya sé que no es científico creer en las casualidades, pero no me negarán que, al menos, resulta muy tentador. Sin embargo, creer en las meigas, no sólo es cuestión de fe, sino también de buena voluntad y de sentido del humor.  Además, las casualidades existen, es algo empírico. Cierto es que el dotarlas de significado más allá de los hechos propiamente dichos  ya nos lleva a esa suerte de tozuda metafísica que propende a analizar sesudamente todo, incluso lo más banal, incluso lo que, a fuerza de insignificante, a  duras penas puede reivindicar su derecho a existir.

Viene todo esto a cuento de que, al  tiempo que estaba disfrutando de lo lindo de un libro escrito por don Francisco Silvela que tiene por título “Arte de distinguir a los cursis” y que acaba de reeditar Trama editorial, me encuentro con la noticia de que la cantante Marta Sánchez, en un arrebato extático de patriotismo, acaba de componer una letra para el himno patrio.  Confieso que no pude resistirme a buscar la letra en Internet. Confieso también que, a leer semejante texto, vaya usted a saber por qué, acudió a mi mente Quevedo. Y sentí pánico, intuyendo que nuestro gran poeta podría estar dispuesto a  responder a semejante engendro con algo más contundente aún que su pluma. Temor y temblor.

Así que intenté calmarme. Y me tranquilizó pensar que don Francisco (Silvela, en este caso) se divertiría de lo lindo con esta letra y puede que encontrase en ella un buen ejemplo para dejar bien claro qué es eso a lo que se viene llamando lo cursi. El origen de esta palabra, según el político y ensayista conservador, está en el siglo XVIII en Sevilla.  Pero prefiero que lean el libro, que se lo pasarán muy bien.

O sea: la casualidad de leer a Silvela disertando con finura sobre lo cursi y encontrarme con esa letra de Marta Sánchez, ripiosa y cursi, ripiosamente cursi. Algo hubo por el medio para que ambas cosas coincidiesen. ¿O no?

Marta Sánchez, la cantante que en su momento competía con una artista italiana en lo que se refiere a quién las tenía mejor puestas, la cantante que se propuso levantar la moral de soldados españoles en la primera escaramuza de Occidente contra Sadam Husein, cuando aquel buen hombre invadió Kuwait, la cantante que, en su momento, optó por cantar letras profundas sobre el paso del tiempo y lo efímero de la belleza, cual trovadora manriqueña. ¡Madre mía!

¡Qué tristeza de país donde, en último extremo, todo se dirime por una cuestión de tamaño testicular o mamario! Por algo, Unamuno en 1907  se refirió a “la bárbara mentalidad castellana, su cerebro cojonudo (tienen testículos en vez de sesos en la mollera)”.Por algo, Primo de Rivera, explicando su golpe de Estado en 1923, conminó a que se apartasen de la vida pública quienes no tuvieran su virilidad (del cerebro no se preocupaba) debidamente.

Una letra cursi, para un himno que, se quiera o no reconocer, nunca despertará un entusiasmo unánime en este país. Un patriotismo ramplón que no entiende ni de lírica ni de épica.

Un país que regaló al mundo poetas y poemas gigantescos y que, sin embargo, no crea un himno que todos hagamos nuestro. Y, para colmo, en estos tiempos de clamores patrióticos y de banderas al viento, añade cursilería ripiosa, aplaudida por el Presidente del Gobierno y por el líder del partido conservador emergente. ¿Qué diría don Francisco Silvela, conservador, sin duda, pero, sobre todo, sagaz e inteligente? ¿Qué diría de esta derecha nuestra tan complaciente con lo cursi?

¡Ay!

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Recuerdos de Oviedo: Cuando en Vetusta volvió el Carnaval
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-02-2018 | 18:28| 0

«El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval» (Larra)

«Parecía que las calles fueran absorbidas por el cielo y que la noche ocupara todo el aire» (Dickens)

Hubo un tiempo, largo muy largo, en el que no se celebraban los carnavales por estos pagos. Hubo un tiempo en el que la fiesta de las máscaras se hacía, en todo caso, en el ámbito más familiar, nunca en el espacio público. Hubo un tiempo en el que la fiesta de la carne no podía estar bien vista oficialmente. Lo de las máscaras, metafóricamente hablando, era muy distinta cosa.

El primer recuerdo carnavalesco que tengo es de mi infancia en la plaza del Carbayón. Sonó el timbre de casa y alguien lo pulsó más veces de lo acostumbrado, incluso de lo tolerable. No sabía precisar bien qué hora era. Pero sí que ya había anochecido y que aquello sucedió antes de cenar. Llamaron a la puerta –y supongo que por seguir la corriente– se oyó un grito. Mi padre no se movió del despacho, bien porque estaba muy concentrado en su tarea y no oyó nada, o bien porque consideró que aquello iba en el guion.

Tras el grito, la persona disfrazada que había originado todo el alboroto, apareció en la cocina, donde estábamos. Tan pronto se quitó el bigote postizo, la identificamos muy fácilmente. Era la señora que vivía en la buhardilla, con la que habíamos aprendido a jugar a las cartas. Llevaba puesto un traje oscuro de su hermano y tenía un bastón en la mano. La función se terminó muy pronto, pues enseguida se pasó a una conversación cotidiana. Fue la primera puesta en escena carnavalesca que me tocó vivir. Sucedió en 1965. Tenía 8 años. Y de los carnavales en las calles no se hablaba, no teníamos noticia de que se celebrasen. ¡Anatema!

Pasaron los años, los suficientes para haber dejado atrás la infancia y estar viviendo ya lo que fue la juventud de lleno.

Si la memoria no me falla, aquel año de los mundiales de fútbol y del irrepetible y arrollador triunfo del PSOE en el 82 la noche de carnaval, por los pubs más progres del Oviedo de entonces, deambulaban muchas personas disfrazadas, la mayor parte de ellas reconocibles sin esfuerzo, pues los disfraces iban en los atuendos y no en los rostros, muy fácilmente identificables, como puede intuirse.

Aquello supuso un importante cambio en el paisaje nocturno, aunque sólo fuese una vez al año. Las máscaras y los disfraces habían dejado de prohibirse. Mascaradas, fiesta de la carne, todo ello muy efímero, pues ahí estaba el muy metafórico miércoles de ceniza para recordarnos a todos nuestra condición mortal.

Y, ya en aquellos primeros años ochenta, las grandes recuperaciones de las fiestas de carnaval fueron en Gijón y Avilés. En Oviedo, el antroxu no pitaba tan fuerte. Aun así, conservo en mi memoria episodios inolvidables de determinados disfraces, que se decidían con antelación y que eran todo un acontecimiento para aquellas personas que se estrenaban en las mencionadas fiestas con una puesta en escena en la que ponían tantas expectativas de divertimento.

Carnavales en Oviedo, antroxu en Vetusta. Llegó un momento –muy entrados ya los años ochenta– en el que los disfraces no se exhibían sólo por la noche, pues, a media tarde, cuando la luz del día aún no se había ido del todo, era muy frecuente ver las calles de Oviedo llenas de disfraces, todo un flujo de gentes con una variedad que rozaba lo inabarcable.

Siempre distinguiré dos formas de disfrazarse: aquella en el que es poco menos que imposible identificar a la persona en cuestión, por mucho que la conozcamos, y aquella otra en la que el disfraz no oculta a quien lo lleva, o no lo oculta mucho. Y tengo la impresión de que, a medida que el tiempo avanza, es más frecuente la primera que la segunda.

Y, volviendo a los carnavales vetustenses, lo cierto es que siempre habrá un antes y un después del año aquel en el que un Gobierno municipal del PP, esto es, católico, apostólico y romano, cometió la irreverencia de aplazar los carnavales una semana y emplazarlos en plena Cuaresma. ¡No somos nada!

Lo que se alegó al respecto fue la conveniencia de no hacerlos coincidir con los carnavales de Avilés y Gijón, convertir Oviedo en única ciudad para los disfraces, permitiendo así la opción a muchas personas de poder disfrutar de dos carnavales.

No tengo constancia, sin embargo, de que haya habido protestas por parte de las autoridades eclesiásticas a resultas del aplazamiento de las fiestas de carnaval, aplazamiento que –insisto– los sitúa en plena Cuaresma.

En todo caso, el llamado Tripartito que gobierna Oviedo desde 2015, cuyas relaciones con la Jerarquía eclesiástica no son precisamente idílicas, viene manteniendo este aplazamiento que evita que nuestra heroica ciudad tenga que competir en tan irreverentes fiestas con el resto de las localidades asturianas que celebran por todo lo alto el carnaval.

Y, volviendo a aquellos primeros años ochenta, cuando se empezaron a recuperar los carnavales, viene a mi memoria la imagen de un grupo de amigas que exhibieron sus disfraces como fichas de parchís por la zona alta de Oviedo. Memorable fue su entrada a un pub que estaba en al principio de la calle Marqués de Teverga.

Memorable y triunfal entrada que tuve el privilegio de contemplar en aquella noche en la que la magia y el desenfado derrotaron al frío, en la que el descaro salió triunfante.

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VIGA AZUL: ESPERANDO A FABBRINI
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-02-2018 | 18:22| 0

El césped no era un barrizal, pero tampoco mostraba las mejores condiciones para el preciosismo futbolístico. El Albacete, desde el principio, no dio muestras de ser un rival temible, pero sí lo suficientemente pegajoso para no dejar al Oviedo hacer su fútbol de ataque. El once carbayón, por su parte, fue bien recibido por el público, pues no había motivos para el reproche pese a haber perdido contra el Cádiz de la forma en la que se desarrolló aquel encuentro, con el árbitro como principal protagonista.

Desde el principio, se diría que los papeles estaban cambiados, en el sentido de que era el Albacete el que presionaba arriba y era el Oviedo el que no podía trenzar las jugadas de ataque que sirvieran para ponernos por delante en el marcador.

Confieso que sentía mucha curiosidad por ver a Hidi como titular. Y lo cierto es que el sábado en el Tartiere tanto Folch como el centrocampista magiar jugaron muy retrasados. A pesar de ello, no perdí la esperanza de que el futbolista húngaro se inventase un pase en largo que pudiera ser decisivo, como el que le dio a Berjón en el primer partido contra el Rayo.

No se puede decir que Hidi cuajó un gran partido, pero tampoco se le puede negar lucha y entrega, así como algún destello de calidad que se perdió en la espesura que fue la dueña del partido.

Por su parte, Aarón no estuvo muy afortunado. Y Berjón, como siempre, fue el que protagonizó las jugadas más peligrosas que hizo el Oviedo, que, a decir verdad, no fueron muchas. Tampoco los rematadores habituales en las jugadas a balón parado estuvieron muy inspirados. Se repitió un lance que sucedió en Cádiz: Christian no aprovechó bien un remate al que se lanzó en plancha, en la que fue una de las ocasiones más claras del encuentro.

En medio de la espesura, de la que no supimos librarnos en todo el choque, se diría que se respiró una sensación de esperanza cuando Fabbrini salió al campo. Y, en efecto, demostró su calidad a la hora de avanzar con el balón y a la hora de crear problemas a la defensa rival. Desde que entró en el campo, el Oviedo empujó más y el italiano tuvo protagonismo en varias jugadas a las que les faltó la definición final que ayer no quiso llegar.

Se diría que, llegado un momento del encuentro en el que las cosas no nos salían, Fabbrini fue la esperanza de que al final se consiguieran los tres puntos, a pesar de no jugar con brillantez. El delantero puso empuje y calidad, pero faltó ese no sé qué o aquel qué sé yo para que su aportación se tradujera en eso que lo decide todo en el fútbol a lo que llamamos gol.

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VIGA AZUL: CONTRA CASI TODO
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-02-2018 | 20:00| 0

Contra una expulsión injusta, contra un árbitro que, a la hora de señalar tarjetas, no fue muy ecuánime, contra uno de los grandes equipos de la categoría. Contra todo eso, se perdió, a pesar de habernos adelantado en el marcador teniendo sólo en el campo diez jugadores.

Desde luego, no hay ningún reproche que hacer al conjunto azul. En los goles del equipo local, no creo que se pueda hablar de fallos defensivos o de falta de concentración en el juego. Y, por lo demás, todos empujaron hasta el final del choque cuanto pudieron.

No creo que existan derrotas dulces propiamente hablando, pero sí que se puede hablar de partidos que se pierden dejando la dignidad intacta, y éste fue uno de esos encuentros en los que el Oviedo dio una buena imagen en su juego, en su lucha y en su cohesión.

No está de más recordar que, si costó un imperio ganar al filial del Sevilla con un jugador menos haber conseguido la victoria el domingo ante el Cádiz con  diez futbolistas sobre el terreno de juego, desde luego, hubiese rozado lo heroico. Y, a decir verdad, no se estuvo muy lejos de ello.

Y, sin lugar a dudas, la derrota en Cádiz, pese a romper la racha de diez partidos sin perder, en modo alguno provoca sensaciones pesimistas.

Hay hechuras, hay entendimiento entre las líneas, se sabe a qué se juega y, sobre todo, aunque seguramente no resultase necesario, hasta podría considerarse positiva la lección de realismo que hemos recibido hoy en el sentido de que hay que luchar a muerte para obtener resultados  favorables y que en la categoría hay rivales con la calidad suficiente para ganarnos al mínimo revés que se nos presente. Y, sin duda, el mayor revés en Cádiz fue la expulsión de Rocha.

De todos modos, el Oviedo no sólo no tiró la toalla en ningún momento, sino que además, a lo largo de todo el partido, no dejó de buscar la portería contraria.

En definitiva, un antes y un después de la expulsión de Rocha. El mérito añadido de habernos puesto por delante en el marcador con un hombre menos sobre el campo. Y, por si todo ello fuera poco, no haberse arrugado en ningún momento.

Contra casi todo, llegó la derrota tras 10 jornadas en las que estuvimos imbatidos. Contra casi todo, al Cádiz le costó un imperio vencer al Oviedo, a pesar de que a su favor jugaron el factor campo y la injusta expulsión del centrocampista carbayón.

Nos sobran los motivos para seguir creyendo en este equipo.

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Recuerdos de Oviedo: Por la Corrada del Obispo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-02-2018 | 10:09| 0

“Deshaced ese verso, / quitadle los caireles de la rima, / el metro, la cadencia/ y hasta la idea misma. / Aventad las palabras, / y si después queda algo todavía, / eso/ será la poesía”. (León Felipe).

No deja de ser paradójico que, habiendo transitado la Corrada del Obispo en incontables ocasiones, teniendo en cuenta además que pasé por allí casi cada día lectivo durante los años de carrera en la antigua Facultad de Filología, en la Plaza Feijoo, los recuerdos que mejor conservo no me remiten a episodios que tuvieron lugar en pleno día, sino a algún atardecer y también a jornadas de invierno en las que aún es de noche. a esas horas en las que están a punto de comenzar las clases por las mañanas, en las que solía caminar impulsado por un cierto apresuramiento que era consecuencia de los insoportables olores que había en un rincón del Tránsito de Santa Bárbara, que aún no estaba vallado, especialmente los lunes.

Nunca olvidaré una mañana de diciembre de 1980, hacia las 8 y media. La noche aún no se había ido. El arriba firmante iba camino de la Facultad. En la Corrada del Obispo, apenas había viandantes. Un cura con sotana caminaba muy aprisa camino del edificio arzobispal. Como pasó muy cerca de mí, pude ver que llevaba en su mano un libro que seguramente era un misal, a juzgar por el color dorado de las páginas que no estaban cubiertas por el lomo del volumen. El pavimento estaba resbaladizo. No llovía en aquel momento, pero, por la noche, lo había hecho incesantemente. Además, el frío calaba. Me crucé con alguien que se detuvo a encender un cigarrillo. Aquello, psicológicamente, tuvo su no sé qué de calidez. Y un personaje muy fácilmente reconocible por aquellos años en Oviedo comía palomitas con voracidad resguardándose bajo la techumbre del inmueble que tenía a mi derecha.

Al fondo, la casa sacerdotal envuelta en una sedosa niebla que había tomado una extraña forma de ovillo. Aun así, pude ver a un viejo cura que salía de allí ayudado de un bastón. Enseguida, lo perdí de vista cuando echó a andar calle abajo.

El cielo no sólo estaba muy oscuro por no haber amanecido aún del todo, sino también porque presentaba un aspecto como de boca de lobo. No, no era un cielo protector, ni tampoco tenía nada que ver con el que nos deleitaba fray Luis de León en sus trabajadas poesías.

Aceleré el paso para ponerme a resguardo en la Facultad. Y, mientras tomaba el primer café de la mañana en aquella especie de palomar que estaba en la planta de arriba, con la ociosidad a la que el momento invitaba, intenté poner rostro a las personas con las que me había encontrado en la Corrada del Obispo. Y sólo pude identificar –eso sí, sin esfuerzo alguno- al joven que comía palomitas, al que entonces era muy frecuente ver por la mayoría de las calles de Oviedo, siempre con algún libro en la mano. La primera vez que me tropecé con él muy de cerca, el libro que paseaba era muy sesudo, nada menos que la “Crítica de la Razón Pura”, de Kant, en una edición de la editorial Losada. Había sobre el personaje en cuestión la correspondiente leyenda urbana. Y, en todo caso, me resultaba muy curioso verlo la mayor parte de las veces con libros que paseaba. Me preguntaba si los habría leído en alguna ocasión o si estaba dispuesto a venderlos.

En cuanto a los viandantes no identificados, más que ponerles rostro, más que reinventarlos, lo que pensé era que simbolizaban la omnipresencia de lo clerical en nuestra ciudad, omnipresencia de siglos. Sin embargo, caí muy pronto en la cuenta de que muy cerca de todos aquellos vestigios del pasado, estaba, en primer término, Feijoo que, aun habiendo abrazado los hábitos religiosos, representó en su momento la modernidad que trajo su pensamiento crítico. Y, puertas adentro, en la antigua Facultad de Filosofía y Letras, nada más enfilar las escaleras, nos encontrábamos de frente nada menos que con Clarín que, entre otras muchas cosas, representaba el espíritu abierto que, sin moverse de aquel Oviedo, conocía y divulgaba lo más puntero del pensamiento europeo de su tiempo.

Así las cosas, se trataba, por así decirlo, de espacios escalonados: desde la ciudad con gran peso de lo clerical, al pensamiento crítico de Feijoo, y de éste a un Clarín que, a finales del XIX, tuvo un alma lo suficientemente porosa para haber asimilado las grandes corrientes de pensamiento que se forjaron en aquella época tan decisiva en la historia de la humanidad.

Espacios escalonados y cercanos, que iban marcando diferentes fases de nuestra historia, especie de Atlas Histórico de nuestra heroica ciudad. Y en lo que representaba lo más pretérito se había colado el personaje de las palomitas, un ser de nuestro tiempo, pero que, a la vez, venía, como todas aquellas piedras, de muy lejos, con antecedentes muy literarios.

Por la Corrada del Obispo. Como dije al principio, los recordatorios más memorables no son en mi caso a pleno día, sino escenarios en los que o bien no amaneció, o bien en esos atardeceres de un otoño avanzado, en los que me detuve a tomar algo viendo el mundo pasar, tal vez invocando fantasmas del pasado, al tiempo que fueron momentos intensos acompañados de algún café y de conversaciones que fueron mucho más allá de intercambios de impresiones ocasionales.

Atardeceres de otoño avanzado con una temperatura benigna, en los que era fácil imaginar el paisaje astur, en los que la atmósfera regentiana no se quedaba en la hora de la siesta, sino que se prolongaba hasta la noche, hasta la magia de la noche.

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