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Aguas turbulentas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-01-2017 | 06:24| 0

«La libertad es, en la filosofía, la razón; en el arte, la inspiración; en la política, el derecho» (Víctor Hugo).

Estaba en el guion que el actual delegado del Gobierno en Asturias excusaría su presencia en la comisión municipal que investiga el llamado ‘caso Aquagest’. Así se lo comunicó a la Presidenta de la mencionada comisión Ana Taboada.

Claro, don Gabino, que tanto amor siente y sintió por su ciudad, tras haber batido el récord de ausencias en los plenos municipales en sus últimos mandatos como alcalde, tampoco comparece en comisiones de investigación que solicitan su presencia. Lo suyo es demasiado profundo y sublime para permitirse descensos tan a ras de suelo.

Por su parte, lo declarado hoy por Agustín Iglesias Caunedo también fue lo esperable: ningún trato de favor a la empresa, ninguna presión a los funcionarios para beneficiar a la susodicha.

Pero el hecho es que está abierto un proceso judicial al respecto. Pero el hecho es que determinados ‘apuntes contables’ del muy honorable ciudadano don Joaquín Fernández, con independencia de su mayor o menor veracidad y verosimilitud, sonrojan al más pintado.

Aguas turbulentas –y turbias– que son consecuencia, desde mi punto de vista, de aquella febril oleada de privatizaciones que tuvieron lugar en los ayuntamientos, y no sólo los que estaban gobernados por el PP.

Febril oleada de privatizaciones que hizo que servicios públicos tan básicos como la recogida de basuras y el agua pasaran a manos privadas, lo que, sin duda, puso en entredicho la concepción misma de los ayuntamientos.

Pero, centrándonos en el caso que nos ocupa, el momento político que atraviesa en Oviedo el partido conservador es, cuando menos, preocupante. No sólo están ahí los datos acerca de los gastos que la ciudadanía de Oviedo tiene que asumir a resultas de determinadas decisiones políticas que fueron, en el mejor de los casos, caprichosas y faraónicas, sino que además el asunto Aquagest coloca –velis nolis– a Iglesias Caunedo en una situación, cuando menos, incómoda.

Ignoro en qué plazo de tiempo habrá una sentencia que aclare las cosas, pero, mientras tanto, más que a desarrollar sus tareas de oposición, se ve obligado a defenderse y justificarse. Pudo haber dimitido hasta que las cosas se aclarasen, pero no optó por ello, y, por tanto, cabe preguntarse si esa decisión –o indecisión– lo está lastrando continuamente.

Aguas turbulentas. Dos exalcaldes del PP de Oviedo. El primero, se diría que considera que no está obligado a dar explicaciones de su gestión a los actuales representantes de la ciudadanía. Y, en cuanto a Caunedo, su agonía política, en tanto se aclaren las cosas, resulta un tanto desoladora, también pare él y los suyos.

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Viga Azul: Esfuerzo y sufrimiento
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-01-2017 | 19:04| 0

Nadie podrá negar que el triunfo ante el Valladolid fue meritorio. Nadie podrá negar que los jugadores dieron muestras de una entrega admirable de principio a fin, frente a un rival que, ni mucho menos, puso las cosas fáciles. Fue una victoria con sufrimiento, un sufrimiento que empezó en los últimos minutos de la primera parte y que se prolongó hasta la conclusión misma del tiempo añadido.

Berjón no tuvo su tarde ante el Valladolid, salvo un túnel que le hizo a un defensa, se le vio impreciso en los pases y en las disputas por el balón. Sin embargo, eso no impidió que Linares y Toché se vaciasen no sólo en busca del gol, sino también apoyando al equipo en el resto de las líneas.

Lo mejor, claro está, el resultado y la lucha. Lo peor consistió en no haber sabido sacar partido cuando nos pusimos delante en el marcador. En muchos momentos, se vio un Oviedo atenazado, si bien es cierto que la defensa estuvo soberbia, especialmente, Verdés y José Fernández.

Y, al igual que en el encuentro anterior, Hierro hizo cambios. Lo cierto es que Rocha no parece estar atravesando un buen momento. Lo cierto es también que, en el poco tiempo que estuvo en el terreno de juego, a Jonathan Vila se le vio seguro en sus labores de contención.

Por otra parte, más que de un triunfo costoso, habría que hablar de lo difícil que costó mantener el resultado tras el gol de Toché. Y no es que nos faltasen ocasiones, pues alguna sí que hubo, sino que al equipo no se le vio ni seguro ni dueño del partido para esperar atrás al Valladolid y sentenciar con algún contrataque.

En todo caso, lo que parece confirmarse es que va ser muy difícil que podamos disfrutar de un partido en el que el Oviedo gane cómodamente y con autoridad. No falta aplomo, nos falta criterio para administrar los resultados a favor sin mostrarnos inseguros y agarrotados.

Con este triunfo, segundo consecutivo en el Carlos Tartiere, nos situamos en una zona de la clasificación que permite, ciertamente, aspirar a lo más alto.

Hace falta, por otro lado, ser también un equipo sólido fuera del Tartiere.

Por cierto, en el próximo encuentro, con dos jugadores titulares que, si mis cálculos no son erróneos, tienen ya cinco tarjetas amarillas, habrá que ver la apuesta de Hierro en la alineación y en el sistema de juego.

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Recuerdos de Oviedo: Cuando llegaba la lechera
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-01-2017 | 23:59| 0

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Venía de la Manjoya aquella mujer que nos llevaba la leche a casa. Desde el portal, con voz potente, pronunciaba el nombre de la señora que vivía en la buhardilla. Así, todo el inmueble sabía que la leche nuestra de cada día ya estaba en el portal. La sesión duraba poco tiempo, justo el de llenar la lechera que cada cual bajaba. Luego, se comentaba lo apacible o desapacible del tiempo. Y el ritual concluía escaleras arriba con la leche a cuestas y, con esa parquedad de palabras, propia de las conversaciones de ascensor.
Recuerdo su abrigo negro, sus medias gruesas, su tranquilidad, su delgadez. Su rostro manifestaba una serenidad que parecía guardar relación con el aplomo de su figura. Se diría que, a pesar de viajar en carro y de cargar con lecheras y bidones, su fortaleza aún no había sufrido merma en aquellos años. Era una mujer joven, eso sí, con vestimenta de persona mayor, cuya jornada laboral comenzaba muy temprano.
Cuando llegaba la lechera al número 3 de la Plaza del Carbayón por la mañana, antes de que saliésemos de casa camino del colegio, Oviedo empezaba a desperezarse, mientras que aquella mujer, que venía de su pueblo, seguro que llevaba horas trajinando. Tenía, pues, una especie de efecto despertador. Con ella, el día a día de aquel edificio se ponía en marcha.
Nunca supe el nombre de aquella mujer de la Manjoya que nos llevaba la leche. No recuerdo haberlo oído nunca en las conversaciones cotidianas. Y, a decir verdad, debo confesar que, pasados los años, lamenté no haber preguntado por ella, pues estoy seguro de que su historia tenía que atesorar un indudable interés literario.
Pero lo cierto es que sólo supe que era de la Manjoya y que su casería era grande, tanto que les resultaba rentable desplazarse a Oviedo cada mañana a vender la leche que producían sus vacas.
Mis primeros recuerdos de aquel ritual de la llegada de la leche a casa coinciden con el momento en el que se estaban haciendo las obras en el Caserón de Santa Clara para convertirlo en la actual Delegación de Hacienda.
En la acera del portal de casa, había una parada de taxis. Hablamos de un tiempo en el que transitaban por la plaza carros y automóviles. Hablamos de un tiempo de transformación de la ciudad. Y, en medio de todo aquello, la leche nuestra de cada día, leche que llegaba aún tibia, pues no le había dado tiempo a enfriar. Tan pronto llegaba a casa, se hervía, y de allí pasaba a la fresquera que daba a la calle de la Luna.
Hablamos también de un tiempo en blanco y negro, y no me refiero sólo a la televisión. Negro era el color de los coches de los taxistas. Oscurecidas y arrasadas las maderas de los miradores y las galerías de las casas de la calle de la Luna que estaban frente a la cristalera de nuestra cocina. Ennegrecida estaba la fachada de piedra del viejo Caserón de Santa Clara, en el que se llevaban a cabo aquellas obras a las que ya hice mención, obras que provocaron que ratas y ratones saliesen de su paradisíaco silencio en busca de la tranquilidad perdida.
Cuando llegaba la leche, se cumplía el primer acto común de lo cotidiano en aquel edificio de mi infancia.
Y, desde luego, el pueblo estaba aún mucho más cerca de la ciudad, incluso podría decirse que convivían, porque los productos de las aldeas más cercanas llegaban a nosotros sin necesidad de intermediarios. No existían esas fronteras que marcan los mercados actuales y el complejo proceso de la comercialización.
Hasta 1970, cuando nos mudamos a Santa Susana, aquella mujer acudió cada día a nuestro portal.
En Santa Susana, eran los porteros quienes a primera hora de la mañana servían la leche y el pan desde el montacargas. La diferencia estribaba en que la leche iba envasada en una bolsa de plástico y llegaba fría. Era una leche más ligera y liviana que comercializaba una de las primeras empresas que se dedicó a su venta en Asturias. Leche que ya no llegaba en bidones, que no iba a parar a la lechera de casa. El plástico, como envase, marcaba claramente las diferencias, marcaba los tiempos.
Desde luego, cuando Churchill relacionó la democracia con la llegada del lechero a casa, no pensaba en España. En el número 3 de la plaza del Carbayón de Oviedo, la lechera no faltaba ni fallaba, pero, en aquellos años sesenta, como bien se sabe, nada de democracia, por mucho que la llamaran orgánica.
Años de infancia, década de los sesenta en la que el siglo XIX aún no había desaparecido del todo, por mucho que signo de los tiempos fuese muy distinta cosa.
La voz de la lechera llamando a la señora de arriba. La voz del nuevo día. La voz de cada día.

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Oviedo como destino turístico
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-01-2017 | 00:25| 0

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“¡Qué temprano, qué tarde, cuánto duran/ esta escena, este viento, esta mañana!” (Claudio Rodríguez).

Hubo un tiempo en el que sólo se pensaba en el turismo de sol y playa. Hubo un tiempo en el que ciudades como Oviedo no se acomodaban a destinos veraniegos. Pero, por fortuna, las cosas cambiaron y cambian mucho. No es sólo sol y playa lo que buscan nuestros visitantes. No es sólo el verano la estación en la que los turistas tienen a bien hacer de Oviedo parada y fonda.

Tanto es así que, según acabo de leer en EL COMERCIO, el pasado año, nuestra ciudad batió el récord de turistas. ¿Cómo no vamos a felicitarnos por ello? Es indudable que  la capital carbayona tiene atractivo y gancho y que, a poca que sea la sensibilidad estética del huésped, atrapa.

Uno se pregunta, intentando no ver las cosas desde el prisma propio, qué es lo que más atrae al viajero en esta ciudad. Sin duda, lo inacabado de la Catedral, que la hace única. Sin duda, lo cómodo que resulta pasear por Oviedo. Sin duda, la gastronomía excelente que se ofrece. Sin duda, la estrechez de muchas de nuestras calles, estrechez que transporta a otros tiempos y a otros mundos. Sin duda, el esparcimiento que supone el Campo de San Francisco. Sin duda, la prestancia del paseo de los Álamos. Sin duda, esa falda del Naranco que es, además de otras muchas cosas, una cita con la historia y con un arte tan único como universal. Y así podríamos seguir nombrando otros muchos reclamos de nuestra heroica capital.

Fíjense: hay dos cosas en Oviedo que son, por un lado, señas de identidad genuinamente inequívocas y, por otra parte, universalismo en estado puro. Me refiero, naturalmente, a ese hallazgo artístico que es nuestro Prerrománico, que obró el milagro de incurrir en puro universalismo desde este más acá tan nuestro, y me refiero también, claro está, a ‘La Regenta’, novela que nos define, novela en cuyo interior, más o menos conscientemente, nos movemos, y, al mismo tiempo, se trata de una de las grandes cumbres de la narrativa del XIX que está en la vanguardia de su tiempo en cuanto al manejo de los recursos literarios y en cuanto a las innovaciones del género en su época.

Lo local y lo universal en el arte y en la literatura. Lo local y lo universal en una ciudad que no sólo sestea, sino que además fue el escenario de la mejor España y de la mejor Asturias.

Y estoy convencido de que, más allá de hacerse las fotos al pie de determinadas esculturas de la estética ‘gabiniana’, a muchos de nuestros visitantes les llega, con mayor o menos concreción, esa atmósfera única y universal que embelesa.

Y enamora.

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Viga azul: Nervios
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-01-2017 | 16:50| 0

Hierro no nos sorprendió. Diegui ni siquiera fue convocado. Y, tras el ridículo que se hizo en Sevilla, todo el cambio fue que se jugó con un delantero más. A ello hay que añadir que había cierta curiosidad en la grada por ver jugar a Saúl Berjón, que, a decir verdad, no defraudó. Sí es cierto que el once carbayón salió al campo convencido de que era obligado ganar para no hundirse moralmente. Una vez más, no faltaron ni la voluntad ni el esfuerzo. El estado del césped, por otro lado, podía jugar malas pasadas a cualquiera y, según creo, influyó en el juego agarrotado el Oviedo cuando se acercaba al área visitante.

Y, hablando del ataque oviedista, me da la impresión de que, siendo dos excelentes delanteros, Linares y Toché, falta algo importante y es la complicidad y el entendimiento entre ellos, algo que aumentaría siempre la opciones de victoria.

Tras el descanso, el Oviedo se volcó para reencontrarse con la victoria y, por fortuna, llegaron los goles. Lo cierto es que, tras el segundo tanto, la afición se tenía muy ganado el derecho a disfrutar viendo buen fútbol y, ¿por qué no?, disfrutando de una victoria más abultada. Pero los cambios no jugaron a nuestro favor.

Aun reconociendo que Linares no cuajó un gran encuentro, al sustituirlo, dejando a un solo delantero, al tiempo que los ilicitanos hicieron dos cambios al mismo tiempo, el Elche no tardó en conseguir un gol que trajo el nerviosismo al Tartiere. Y no se puede negar que a punto estuvieron de empatar el encuentro en un balón que se paseó por delante de la portería de Juan Carlos.

Nervios en los primeros minutos, nervios, sobre todo, al final del encuentro. Alegría innegable, claro está, por la victoria. Dudas, muchas, por la inseguridad del equipo, de un equipo que, a estas alturas, aún no tiene un patrón de juego al que se le saca el mayor rendimiento.

Se ve que toca sufrir, que la inseguridad que nos agarrota está lejos de desaparecer. Se ve también que no falta compromiso ni entrega, lo que no es óbice para que nos preguntemos por qué no hay aún una propuesta clara en el juego del equipo.

Fíjense: es inevitable preguntarse por qué hasta ahora, en muchos partidos, se han descuidado las bandas en lo que se refiere a nuestro fútbol ofensivo, y es Berjón quien parece destinado a subsanar esa ausencia.

Fíjense: en la rueda de prensa de esta semana, Hierro habló de la necesidad de olvidar episodios tristes del pasado, algo en lo que todos podemos estar de acuerdo. Pero, hablando de eso, ¿no es, como mínimo, inquietante que, desde la marcha de Egea, Diegui no haya vuelto a jugar? ¿No es, como mínimo, inquietante que ningún canterano joven haya tenido oportunidades? Todo ello podría obviarse si el juego y los resultados fuesen excelentes, pero, desde luego, no es el caso.

Nervios y más nervios. Creo que demasiados.

Pero, bueno, se ganó.

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Recuerdos de Oviedo: La fábrica de San Claudio: arcilla astur
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-01-2017 | 23:07| 0

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“Yo veo la sociedad como una red de narraciones; no sólo es una red de intercambios económicos o sentimentales, sino también una trama de relatos.” (Ricardo Piglia).

Vísperas de las Navidades de 1975. Fue la primera vez que acudí a la vieja fábrica de loza de San Claudio, acompañando a alguien que pretendía obsequiar, como regalo de boda a su hermano, una vajilla completa y juegos de café y de té. Raquítica, pero no fría, tarde de diciembre. Nubes viajeras que guardaban entre sí la suficiente distancia para no colisionar. Nubes blancas cuyo aspecto no presagiaba lluvia. Y, tejas abajo, ese verde nuestro en letargo del mes de diciembre.
En el corto trayecto entre Oviedo y San Claudio, curva a curva, metro a metro, hablamos continuamente de política, de las expectativas y miedos que había, del cambio que, por fin, tendría que llegar, cambio que contaba desde el principio con tantas y tantas resistencias.
Pero, tan pronto salimos del coche, la conversación cambió por completo. Se diría que la fábrica demandaba su atención, que nos envolvía.
Mi amiga pretendía que su hermano mayor se llevase algo muy genuino de Asturias a la ciudad donde iba a vivir tan pronto cambiase su estado civil. Pensaba que, comiendo con platos similares y tomando el café con tazas idénticas, de algún modo, llevaría a Asturias con él a Barcelona. Arcilla astur, loza astur. Barro astur que tomaba la forma de una marca que era Asturias en estado puro.
Aún no había oscurecido. Pero el sol ya estaba en retirada, cuando entramos en la fábrica. Mientras mi amiga iba mirando los distintos productos que le mostraban, yo recorrí la fábrica sin poner atención en cosas concretas, sino en la visión de conjunto. Ésa era la gran ventaja de ir de acompañante, que no de asesor, que Dios me libre.
Nunca olvidaré la grata y hasta emotiva sensación que tuve tan pronto me vi dentro de la fábrica. Más que el espacio en sí mismo, lo que despertó mi atención fueron los artículos que se mostraban, cuya presencia me llevaba a muchas casas donde recordaba que había piezas similares. Lo que allí se fabricaba era algo muy nuestro, omnipresente en los hogares. Venía a ser la fábrica que había proporcionado a muchas casas ese no sé qué que las hace acogedoras.
Loza, barro, arcilla, que pasarían a convertirse en juegos de café y en vajillas, que se dejaban ver en los aparadores de los salones y cocinas. Era todo un acontecimiento atravesar la factoría donde se fabricaban una buena parte de los objetos que acompañaban el día a día de tantos y tantos hogares asturianos.
¿Y desde cuándo? Sabía que aquello había arrancado a principios del siglo XX, al igual que las azucareras. Sabía, pues, que, al comenzar el pasado siglo, como respuesta a la crisis del 98, en Asturias se habían tomado una serie de iniciativas encaminadas a salir del marasmo y a dar respuesta a aquella España sin pulso de la que había hablado don Francisco Silvela.
De modo y manera que tres cuartos de siglo después aquello seguía en pie. De modo y manera que, en el caso que nos ocupa, nos encontrábamos ante un proyecto que convertía nuestra arcilla en objetos cotidianos que formaban parte de nuestras vidas.
Mi amiga hizo la compra. En el momento mismo de pagar el pedido, no pudo ocultar una cierta emoción, la de las despedidas, en este caso, por anticipado. Y le consolaba pensar que su querido hermano, a mil kilómetros de distancia, estaría acompañado por loza asturiana en sus comidas y cafés.
Aquella tarde de diciembre, al salir del coche, dejamos el presente y nos adentramos en un escenario cuya envoltura era romanticismo en estado puro, era una atmósfera agridulce la que creaban aquellas lozas cuyo material había salido de nuestra tierra, material convertido, artísticamente, en menaje de cocina, menaje que no renunciaba a la voluntad de estilo, al imperativo artístico. Dilthey y Rickert en estado puro, del objeto natural al objeto cultural.
De regreso a Oviedo, el tema de conversación fue la fábrica, sus enormes dimensiones, sus lozas, sus productos.
Tan pronto aparcó el coche, mi amiga desenvolvió un paquete en el que, dentro de una caja, había un “tú y yo”. Me contó que, al adquirir el regalo para su hermano, no pudo evitar anticiparse a su propio futuro con una vida independiente. Y, según me dijo, en la inauguración de su primera vivienda, lo estrenaría. No sabía el cuándo, ni el dónde, ni con quién, pero sí el qué: arcilla astur.
Pasados los años, mi amiga se mudó a Madrid. Y no tuve oportunidad de preguntarle por el estreno de aquel “tú y yo”. En todo caso, seguro que la sigue acompañando.
Debo confesar que, cuando se produjo el cierre de la fábrica, antecedente de la ruina actual, me produce cierta congoja recordar este episodio del que acabo de dar cuenta. Es muy triste tener constancia de que la arcilla astur ya no cuenta con manos y medios para que siga entrando en nuestras casas y en nuestras vidas, para seguir acompañándonos generación tras generación.

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La traca final del gabinismo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-01-2017 | 07:57| 0

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«Todos ven lo que tú aparentas; pocos advierten lo que eres». (Maquiavelo).


«El diamante es frío, pero es obra del fuego, y de su aventura habría mucho que hablar». (Machado).

 

Lo tengo escrito más de una vez: el Calatrava de Oviedo fue la traca final del gabinismo, fue el momento en que, seguramente sin saberlo, querían convertir esta ciudad en una especie de Camelot, con farsa y licencia castiza, con el ex primer edil haciendo el papel de anunciar que ésta era la ciudad de los Palacios, y lo hacía a su gusto, con su versión personal de don Hilarión.

Y, en el momento presente, más allá del óxido que asoma, más allá del pegote que eso supone estéticamente hablando, más allá de que lo que se anunciaba con grandonismo está cada vez más lejos de cumplirse, resulta que el TSJA aminoró en 7 millones de euros la “deuda” que el Consistorio, o sea, toda la ciudadanía carbayona, deberá pagar a Jovellanos XXI. (¿Qué diría de esto nuestro ilustrado?).

Algo es algo, pero, además, según declaró en EL COMERCIO el Alcalde de Oviedo, la voluntad del Gobierno local es reducir a coste cero el asunto. Con lo cual, no queda otra que felicitarse por la voluntad del primer edil y de su Equipo de Gobierno.

A ello hay que añadir que no tiene desperdicio la crítica que un reciente libro hace sobre la presencia de obras de este arquitecto en varias ciudades españolas, entre ellas, Oviedo.

Pero no sólo estamos hablando de algo que, estéticamente hablando, es, en el más generoso de los supuestos, muy discutible, sino de un momento en el que imperaba lo faraónico en la política carbayona y asturiana. ¿Cómo no recordar el momento aquel en el que el conocido arquitecto visitó Oviedo e hizo una propuesta delirante para el edificio del Vasco que incluía tres torres inclinadas, propuesta que en determinados personajes despertó un entusiasmo desbordante?

La traca final del gabinismo, digo. Donde tuvieron lugar las mayores glorias del Real Oviedo, vemos óxido. Donde estuvo afincada la Estación del Vasco, la parálisis es manifiesta.

Y, fíjense ustedes, primero el Calatrava. Después, el cierre de todos los inmuebles del antiguo hospital. ¿Qué se hizo con esa zona de Oviedo, la misma en la que se fueron asentando tantos y tantos ciudadanos que venían del occidente de Asturias y que decidieron asentarse en aquella parte de la ciudad que miraba hacia sus propias raíces?

Y, fíjense ustedes, en aquella traca final del gabinismo, hubo colaboradores importantes, por ejemplo, el Gobierno autonómico de entonces que trasladó al Calatrava Consejerías, gobierno autonómico de coalición entre el PSOE  e IU. ¡Ay!.

La Ciudad de los Palacios, el Camelot gabiniano. Al final, ruina. Palacios calatraveños que costaron lo suyo, al tiempo que de los monumentos prerrománicos muchos no quisieron acordarse.

¿Y encima hay que pagar?

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Recuerdos de Oviedo: Aquellas bicicletas que fueron para el invierno
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-01-2017 | 11:06| 0

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“Ceniza, la labor de nuestras manos y un fuego ardiente nuestra fe”. (Borges).

Inolvidable aquella mañana de 1964. Al despertarnos, en la galería que estaba al fondo de la cocina, que daba a la calle la Luna, estaban los regalos de Reyes, entre ellos, las primeras bicicletas que tuvimos. Aquello constituyó una excepción no sólo por tratarse de un regalo tan especial, sino porque fue la única vez que los Magos de Oriente nos dejaron sus regalos allí, y no en el salón-comedor que daba a la misma plaza del Carbayón.
Recuerdo perfectamente que nunca deseé tanto el término del desayuno. Estaba viendo mi bicicleta roja y ansiaba estrenarla, aunque, a decir verdad, aún no había aprendido a conducirla. Aquello estaba lógicamente previsto y había dos pequeñas ruedas auxiliares, especie de apéndices, que la sostenían y evitaban caídas, siempre indeseadas.
Por fin, se acabó el desayuno. Por fin, pude estrenar la bici por el pasillo de la casa. Pedaleaba sin atolondramiento, pero con entusiasmo. De vez, en cuando, hacía que el timbre sonara. Y, una vez estrenadas en casa las nuevas bicicletas, se dispuso que disfrutásemos de ellas en la calle, más concretamente, en la pequeña plaza de una de las fachadas laterales del Campoamor donde se encuentra esa especie de “carbayonín” de juguete al que ya aludí en algún texto de esta serie.
Hacía frío, sí. Y, además, la superficie a recorrer no era muy grande que digamos; aun así, hubiese estado más tiempo rodando con mi bicicleta. Pero con siete años no tocaba decidir.
Durante la comida, se habló de los regalos. Y para todos estaba muy claro que, en cuanto hubiese ocasión, había que llevar las bicicletas a Lanio y dejarlas allí. Oviedo no era una ciudad cómoda para andar en bici, y además, una gran parte de nuestro tiempo lo pasábamos en el pueblo.
Recuerdo que hubo un momento al final de la comida que me quedé pensando en los pedales, no sólo en los de la bicicleta, sino también en los de un coche que tenía en Lanio, con un morro muy cónico. No existían en mis medios de locomoción los motores, sino lo pedales, tanto en el coche con el que tanto andaba por el patio de Lanio, como en mi flamante bicicleta.
Un traje de romano, un balón, un coche con pedales y una bicicleta. Los pies, siempre los pies. Se trataba de moverse y de mover. Todo por el patio.
De hecho, ya estaba deseando que llegase lo antes posible el momento de poder estar en Lanio y dar paseos en bici, no sólo por el patio, sino también por la finca de casa y por los caminos del pueblo. Porque Lanio es un lugar pintiparado para la bicicleta, llano como la palma de la mano.
Aquellas bicicletas que fueron para el invierno, que lo hicieron especial, que el frío no impidió disfrutarlas como el juguete más fascinante y especial que hasta entonces había tenido.
Vuelvo a la imagen de la galería de casa aquel 6 de enero. A la bolsa del revoltijo sobre el sillín. A la barra que era un signo distintivo de masculinidad. A aquel color rojo oscuro y discreto, que hacía más sufrida aún a la bicicleta, a una bicicleta que tenía en su destino caídas y golpes, consecuencia la mayor parte de las veces de garrafales despistes del arriba firmante.
Cuando transcurrieron los años y aquella bicicleta me resultaba demasiado pequeña y no era, por tanto, utilizable, me gustaba contemplarla y siempre pensaba que nunca volvió a Oviedo, que, tras aquella puesta en escena tan memorable y especial, su destino estuvo fuera del sitio en el que se produjo su puesta de largo.
Recuerdo que la última vez que rodó por Oviedo antes de que emprendiese su viaje definitivo a Lanio fue por el Campo San Francisco, claro está, con las correspondientes ruedas auxiliares, claro está, mis paseos en ella estaban bajo la protección de personas mayores.
Fue mi bicicleta hasta que cumplí los once años. Recuerdo no sólo las caídas, también los pinchazos, la puesta a punto de frenos y cadena. Siempre la cuidé con cierto cariño. Y, cuando llegó la hora de sustituirla, incluso en una edad poco proclive a tales cosas, me invadió la nostalgia. Mi crecimiento me alejaba de ella, su destino era el estatismo, pero también consistía en un recuerdo que atestiguaba vivencias extaordinarias.
Pasado el tiempo, cuando tuve conocimiento del título de libro de Fernando Fernán Gómez, o sea, “las bicicletas son para el verano”, recordé con mucha ternura que, en mi caso, fueron para el invierno, sobre todo, por el invierno. Al menos, el estreno fue en invierno, en un invierno que me ayudó a combatir el frío y a acortar distancias. Me gustaba su ruido al rodar, me encantaba frenar despacio y seguir sentado en ella. Porque, además de otras muchas utilidades, fue un asiento móvil, un antídoto contra la quietud.
Ella y yo. Mi bicicleta y yo, que me recuerda una mañana de un 6 de enero, con hechizo.
Un invierno en el que lo prodigioso lo puso aquella bicicleta roja la mañana del día de Reyes.

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HERENCIAS DEL GABINISMO Y OTRAS CALAMIDADES
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-01-2017 | 11:12| 0

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“El tiempo nos ha vaciado de fulgor. Pero la oscuridad sigue poblada de luciérnagas.” (Gioconda Belli).

Un día supimos que el precio a pagar por Villa Magdalena era un auténtico despropósito. Un día nos despertamos con la noticia de que la construcción calatraveña en Buenavista, además de sus óxidos y otras inconveniencias, es toda una hipoteca para la ciudad. Un día tenemos conocimiento de las innumerables trabas que tiene que sortear este equipo de gobierno para que determinados servicios públicos sean asumidos por funcionarios del Consistorio y no por empresas privadas. Un día sí y otro también se nos anuncia la disconformidad de determinados políticos y también de miembros de asociaciones vecinales por los cambios que el Ayuntamiento decidió en el callejero de Oviedo, cambios que se llevan a término aplicando la legalidad vigente.

A ello hay que sumar que al actual equipo de gobierno apenas se le concede tregua en su día a día al frente del Consistorio. Hay quienes no están dispuestos a reconocer un solo acierto del tantas veces llamado «tripartito» de Oviedo. Hay quienes se niegan a asumir errores cometidos en el pasado, errores que, si un milagro no lo remedia, nos rascarán –y no poco- los bolsillos.

Dos años lleva ejerciendo sus funciones el actual equipo de gobierno del Ayuntamiento de Oviedo, con sus desencuentros, con sus descoordinaciones, con sus fallos. Y, en el recién concluido, nadie se ha abochornado por todo lo que rodea al ‘caso Pokémon’, ni tampoco por el escandaloso gasto a las arcas municipales que nos va a ocasionar Villa Magdalena.

Si durante el primer año de gobierno se machacó hasta la extenuación con la falta de competencia y con el desgobierno, en este segundo año, no sólo se le niega hasta la buena intención de quienes están al frente del Ayuntamiento, sino que además, entre la oposición y sus corifeos mediáticos, no se tiene el coraje de responder por los errores cometidos. Claro, son pluscuamperfectos.

Por otro lado, no es fácil entender, en lo que respecta a los cambios en el callejero de la ciudad, que no se quiera caer en la cuenta de que, en primer término, las leyes están para cumplirlas, y que, en segundo lugar, no es de recibo que, cuarenta años después de la muerte del dictador, hayan seguido estando en nuestro nomenclátor personas inequívocamente involucradas en aquel régimen totalitario. Vuelvo a preguntarme una vez más si alguien es capaz de dar un solo argumento convincente que apoye que en una sociedad democrática sigan teniendo presencia en las calles personajes que contribuyeron a pisotear los derechos y las libertades.

Bien es verdad que estos cambios tendrían que haberse hecho mucho antes. Por ejemplo, en los ocho años de mandato de Antonio Masip. Bien es verdad que en muchos casos puede ser discutible establecer quiénes atesoran más méritos para estar en nuestro callejero. Esto sería dialéctica, debate democrático. Pero no es eso lo que se hace, se lanza artillería pesada.

En todo caso, si algo quedó muy claro en 2016 es que la herencia del gabinismo es cualquier cosa menos barata. Está cargada de hipotecas. Y ya se sabe quiénes tendrán que pagarla.

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Recuerdos de Oviedo: Prédica navideña
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-12-2016 | 23:55| 0

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“El suspiro es la queja involuntaria del alma”. (Ramón Gómez de la Serna).

“Si no hubiera suspiros, el mundo se ahogaría”. (Daudet).

Era el día de año nuevo de 1967. No recuerdo a qué hora de la tarde fuimos a misa a San Isidoro, pero estoy por asegurar que ya había anochecido. Antes de la liturgia, me tocó ir a confesar. Mis faltas no debían ser muy graves, cuando el ministro del señor me dijo aquello de “año nuevo, vida nueva”, y añadió que debería aplicar tal lema para corregir mis pecadillos. Hubo un momento en que me reconvino preguntándome si estaba atento a lo que me decía o si andaba distraído pensando en otras cosas. A decir verdad, reconocí lo segundo, pero el confesor no se alteró por ello, mostrándose muy comprensivo. Confesión liviana, sin duda. Y la penitencia impuesta en rezos no fue onerosa: Padre nuestro y ave María.
Lo llamativo no resultó que me hubiera recomendado tan profundo y original lema, sino que, en el desarrollo de la misa, el mismo oficiante, en su prédica desde el púlpito, repitiese la susodicha consigna dirigida a toda la feligresía que estaba allí concentrada y devota, invitando a su auditorio a que, con el nuevo año, hubiese la suficiente fuerza de voluntad para corregir defectos y evitar pecados. Invitación que fue hecha sin ira, sin acritud, con paternalismo.
Lo cierto es que, al oír aquello, tuve la sensación de que mis pecadillos no eran graves ni preocupantes. O sea, aquello contribuyó a que sintiera cierta laxitud. Porque, además, se daba la misma recomendación a todos los fieles.
Pocos niños había en aquella liturgia. Y, de vez en cuando, fijaba mi atención en los parroquianos que habían acudido a misa. Mantillas y abrigos muy similares los de las señoras. Gabardinas casi idénticas vestían los caballeros. Uniformidad en la consigna, uniformidad también en los atuendos. ¡Qué cosas! Y qué decir de aquellos misales que rara vez se abrían, pero que se llevaban a misa, quizás por si acaso, quizás porque en algún momento podía hacerse necesario abrirlos. Lo cierto es que no podía pasar desapercibido el tono dorado que bordaba las aristas de cada página, ni tampoco la cinta roja que servía de marcador.
Al salir de la iglesia, estaba el mismo hombre que habíamos visto a la entrada pidiendo limosna. Seguramente, no había acudido al santo sacrificio, pero, de haberlo hecho, estaría de acuerdo con que el año que arrancaba le deparase una nueva vida.
Ya en la calle, hubo un momento en que pensé en que, más allá de los pecadillos veniales, yo no ansiaba ninguna vida nueva, estaba satisfecho con la que tenía. Deseaba llegar a casa y contemplar una vez más el nacimiento que mi madre había instalado con todo el mimo sobre la superficie del aparador. Deseaba montar el fuerte para escenificar combates entre indios y vaqueros. Deseaba jugar con el tren eléctrico que me habían regalado el año anterior. Deseaba que llegasen los postres de la cena para comer mazapanes y turrones. Deseaba recolocar alguna bola del árbol navideño, que habíamos traído de Lanio. Deseaba que no tardase mucho en llegar la mañana siguiente y acompañar a mi padre a la librería santa Teresa y hojear libros de cuentos. Deseaba encontrarme con todo aquello que me acompañaba. Con todo aquello y con todos aquellos.
Recuerdo que, en la calle Jesús, al pasar por delante de una tienda por la que había que bajar unas escaleras desde la acera, me di cuenta de que habían cambiado el escaparate: las figurillas de indios y vaqueros ya no estaban allí. O sea, que la consigna de la vida nueva había tenido efecto en lo más cercano. Y he de reconocer que aquel cambio no fue de mi agrado. Pequeño escaparate con el cristal ovalado. Y la repisa donde se exponían los productos era muy pequeña y estaba abigarrada. Pasados los años, si la memoria no me falla, creo que aquel establecimiento se convirtió en una tienda de flores.
Sin embargo, no me encontré con más novedades en todo lo que observé camino de casa. Un alivio.
Tras la cena, recuerdo que seguí leyendo una versión ilustrada de “Lawrence de Arabia”, editada, si no recuerdo mal, por Bruguera. Y, antes de dormirme, volví a pensar en aquella consigna.
¿En qué iba a cambiar la vida por el hecho de entrar en un nuevo año? O, más bien, ¿a cuántas personas les cambiaría, con independencia de que deseasen o no que sus vidas tomasen nuevos rumbos?
En efecto, comenzaba un nuevo año, ¿pero qué cambios comportaba semejante cosa? Nuestros días, hasta la reanudación de las clases en el colegio, seguirían siendo idénticos. Nuestros juegos, también.
A la mañana siguiente, en el pequeño trayecto que va desde la plaza del Carbayón hasta la calle Pelayo, el cambio más repetido era que, a la hora de los saludos, tras los buenos días o la pregunta socorrida de turno, todo el mundo se deseaba un feliz año nuevo.
Y –cosas del caprichoso azar- en 1968 no fuimos a misa a San Isidoro, pero me pregunté si el párroco repetiría la prédica del año nuevo y la vida nueva.

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