El Comercio
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EL MURAL DE CLARÍN
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-07-2017 | 15:00| 0

Aspecto actual del mural de 'Clarín' en Santa Clara.

Leo en EL COMERCIO que el mural de Clarín va a ser retirado como consecuencia del deterioro que sufre. Ante ello, resulta inevitable preguntarse si el referido deterioro no pudo ser combatido antes de llegar a la situación actual. Y también resulta inevitable que la nostalgia nos invada por partida doble.

¿Por qué por partida doble? En primer término, por el contexto histórico en el que este mural fue creado, o sea, en los años ochenta. Hay que recordar que en aquella década, por una parte, “La Regenta” cumplió cien años, y, por otro lado, aquellos años ochenta fueron mucho más vitales y febriles que las décadas que vinieron a continuación. Hablamos de una época en la que no se había renunciado a lo irrenunciable, en la que los derechos y libertades se sentían en carne viva, en la que los sueños colectivos no se habían malbaratado ni traicionado.

Pero vayamos al mural y a Clarín. De entrada, no voy a negar que me encanta su ubicación actual, tan  cerca del Oviedo de mi infancia, del Oviedo que más frecuento. Y, en otro orden de cosas, por lo que leo en EL COMERCIO, se convocará un concurso para una obra que se ubicará en el mismo lugar. La obra debe recoger, como el mural anterior, momentos de la vida cotidiana de Clarín.

Clarín, sus trabajos y sus días en Oviedo, en la Vetusta que literariamente eternizó. Me atrevo a sugerir a los artistas que decidan participar en el concurso que convocará la Concejalía de Cultura que se lean un texto memorable de Fernando Vela que tiene como título “Un día en la vida de Clarín”, así como los escritos que, en su día, le dedicó Azorín a Leopoldo Alas en los que también habla de su vida cotidiana.

Un mural que recoja el día a día de un catedrático de Universidad y escritor que – por mucho que se pretenda afirmar lo contrario- no fue tratado en vida como realmente se merecía, y que, pasado el tiempo, los odios de los que fue objeto siguieron ahí y explican en parte trágicos sucesos.

¿Cuántos ovetenses saben dónde se escribió “La Regenta”? ¿Cuántos ovetenses conocen el día a día del profesor universitario y ciudadano a lo largo de su corta y, al mismo tiempo, fecunda vida? ¿Cuántos ovetenses se leyeron el texto que escribió Juan Antonio Cabezas inspirado en el aula donde el maestro dada sus clases? ¿Cuántos ovetenses recorrieron las páginas en las que  Pérez de Ayala cuenta cómo eran sus clases, entre otras anécdotas, citando a Renan?

Pues bien, estoy seguro de que un mural de estas características contribuiría no poco a acercar la vida y la obra de Clarín a la ciudadanía ovetense de este momento.

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RECUERDOS DE OVIEDO: AQUELLA TARDE EN CORREOS
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-07-2017 | 14:10| 0

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“Con veinte años todos tienen el rostro que Dios les ha dado; con cuarenta el rostro que les ha dado la vida y con sesenta el que se merecen”. (Albert Schweitzer).

¿Cómo no recordar aquellos tres buzones del edificio de correos de Oviedo, que rezaban así: “España, provincia, extranjero”? Confieso que en alguna ocasión, al levantar la parte superior del buzón echaba un vistazo al enorme fondo que se veía, donde, por lo general, se agolpaban montones de sacas a cuyo alrededor estaban muchas gentes deambulando. Pero nunca me había imaginado que llegaría a conocer un lance, dramático de una adolescencia prolongada, que, con el paso del tiempo, me suscita una enorme ternura.
Imagine el lector por un momento que una muchacha se arrepiente de haber enviado una carta a su chico en la que le manifestaba su firme determinación de poner fin a su historia de amor. Que se arrepiente hasta el extremo de llegar a desesperarse y que su propósito es que esa epístola de ruptura no llegue a su destinatario. Y que, llegado el momento, decide personarse en correos para que le devuelvan la misiva de marras. Pero -¡ay!-, le da “mucho corte” presentarse allí sola a formular semejante petición.
Entonces, en un momento dado, decide llamar a un amigo para que la acompañe en semejante empeño. Y, como era de esperar, el amigo en cuestión no se niega a escoltarla.
Aquello sucedió en la tarde de un miércoles de un mes de abril, un día antes de la Semana Santa, en 1979. El destinatario de la carta se había ido a su casa a pasar las vacaciones, en un pueblo de una provincia castellana. Y, justamente el día de la partida, habían tenido una fuerte discusión, que, sin embargo, no recordaba cómo había empezado. Pero aquel desencuentro la llevó a pensar que era mejor que la relación no continuase. Se había pasado dos días escribiendo la carta que aquí nos trae, cartas que, al final, rompía, porque, tras releerlas, siempre encontraba algo que no la convencía, en parte porque no quería ser hiriente, en parte, por no estar del todo persuadida de las razones que esgrimía para la ruptura. Pero, al final, dio con la versión que consideró adecuada, economizando palabras, ocultando reproches, asumiendo el peso de la decisión, con el convencimiento de que era lo mejor para los dos.
La susodicha versión definitiva la redactó nada más comer, hacia las tres de la tarde. Desde su casa en las proximidades del antiguo Carlos Tartiere, bajó andando al edificio de correos donde depositó la carta. Y, en el camino de regreso a su domicilio, no se detuvo ni un instante.
Se encerró en su cuarto a escuchar música y a pensar obsesivamente en lo que había escrito, a imaginar los gestos del destinatario cuando leyese la carta. Por mucho que se repetía a sí misma las razones expuestas en la carta, no pudo evitar sentirse culpable no sólo por el disgusto que se llevaría el que hasta entonces había sido su novio, sino también porque, en el fondo, no estaba del todo segura de haber agotado las posibilidades de que aquella relación pudiese llegar a funcionar debidamente. Al final, fue esto último lo que más pudo.
De modo y manera que llamó a su amigo para que la acompañase a las oficinas de correos a intentar la recuperación de la carta para que no llegase a su destino.
La suerte le sonrió en el sentido de que su amigo estaba en casa y tampoco tenía ninguna obligación ineludible aquella tarde.
Le explicó por teléfono de qué se trataba y quedaron en verse en el bar La Gran Vía, en la Avenida de Galicia. Desde allí se encaminaron a correos.
El inicio de la gestión fue atípico, forzado y un tanto incómodo. Abrieron el buzón y, levantando inevitablemente la voz para ser oídos, un trabajador que deambulaba por allí se acercó a preguntarles qué deseaban. Nuestra protagonista, con la voz entrecortada, sin entrar a fondo en los detalles, explicó que necesitaba recuperar una carta que había depositado horas antes en el buzón, pues contenía una información errónea, según pudo comprobar tiempo después, y aquella información errónea podría acarrear disgustos innecesarios. El trabajador de correos le dijo que sería mucho más sencillo que llamase por teléfono a la persona a la que iba destinada la carta, pues la misiva tardaría en llegarle unos dos días. La respuesta fue la esperada: en la casa del destinatario no tenían teléfono, ni en el pueblo tampoco. El funcionario de correos no pudo no sonreírse, convencido de que aquello era una disculpa fácil.
Les indicó que esperasen un momento, pues tenía que consultar aquello. Tras unos minutos que se les hicieron eternos, volvió y les invitó a pasar por un acceso para ellos desconocido.
Por fortuna, la carta estaba en la saca correspondiente dentro del edificio de correos. La muchacha mostró su carnet de identidad para que pudiesen comprobar que era la remitente, pues su nombre figuraba en el reverso del sobre. No hicieron demasiado caso de aquello, convencidos de que, con tanto dramatismo, no podía estar fingiendo.
¡Por fin recuperó la carta! Pero, para sorpresa de su acompañante, no la rompió, sino que la releyó varias veces camino de casa.
Soplaba el viento desangelado de la cuaresma, que invitaba muy poco a detenerse en la calle. Su amigo la acompañó hasta el portal. Volvió a encerrarse en la habitación y, al mismo tiempo, se sentía agotada y, en cierta medida, aliviada. Digo en cierta medida porque no pudo sacudirse la congoja.
De aquello pasaron más de treinta años. Hoy el edificio de correos no tiene los tres buzones. La protagonista de este lance llegó a casarse con el destinatario de la carta, y lleva más de una década divorciada.
Y su acompañante no deja de preguntarse si hubiera sido mejor para ella que se negase a acompañarla, porque, de haberlo hecho, es probable que la carta hubiese llegado a su destino. No deja de preguntárselo, pero sabe que nada garantiza que, con todo, la ruptura hubiera sido definitiva, ni tampoco que, de circunstancia en circunstancia, su vida hubiera ser mejor, por aquello de que todo es susceptible de empeorar.
Se echan de menos aquellos tres buzones.
¿A que sí?

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EL FUTURO DE LOS TERRENOS DE LA FÁBRICA DE LA VEGA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 14-07-2017 | 14:25| 0

Por fin, llegó a celebrarse la entrevista entre el Alcalde de Oviedo y la ministra de Defensa para abordar el futuro de los terrenos de la antigua fábrica de armas de la Vega. Y, como era de esperar, hubo poco más que la puesta en escena protocolaria de la que salió un acuerdo para que se cree una comisión integrada por personas del Ayuntamiento y del Ministerio que estudien el asunto. Todo está, sin sorpresas, en “veremos”.

No obstante, Wenceslao López llegó con los deberes hechos si por tal se entiende que le propuso a la ministra que en esos terrenos puede haber cabida también para “un centro tecnológico de investigación sobre la seguridad en áreas urbanas, un proyecto en el que podría estar comprometido o interesado el propio Ministerio de Defensa”, según leo en EL COMERCIO.

Está claro que, en principio, por parte del Ayuntamiento se trata de recuperar esos terrenos para la ciudad, terrenos que fueron para unos fines que hoy no tienen lugar, es decir, para una fábrica de armas del Estado. Es obvio que el Ministerio no estará dispuesto a devolver los susodichos terrenos a cambio de nada y que intentará, como mínimo, sacar contrapartidas, en el caso de que accediese a que el propietario volviese a ser el Consistorio ovetense.

Pero también parece claro que el Ministerio no tiene ningún proyecto para esos terrenos, más allá de que le resulten prácticos como moneda de cambio ante lo que el Ayuntamiento pudiera estar a dispuesto a conceder.

Una de las cuestiones que se plantean aquí es que no haya una mentalidad de Estado con amplitud de miras que considere que los Ayuntamientos forman parte de él, con independencia de que estén bajo la Administración Local. Estaría por asegurar que tanto doña Dolores como los altos cargos de su Ministerio desconocen las teorías de Hegel acerca del Estado, concretamente aquella que habla del “espíritu objetivo”. Pero no entremos en profundidades, no es el caso.

Y, por otra parte, el  Ayuntamiento tiene dos frentes abiertos. El primero de ellos sería un  proyecto concreto para esos terrenos y edificaciones, un proyecto concreto de integración entre la ciudad y este entorno, que sirviese a la primera para crecer y al segundo para mantenerse y tener viabilidad.

Con ese proyecto en concreto, la postura del Ayuntamiento cobraría, de un lado, más fuerza. Y, por otra parte, sentaría las bases de un futuro, todo lo imperfecto que se quiera, pero que Oviedo necesita. Un proyecto que debería contener no pequeña parte de la potencialidad que atesora nuestra capital.

Esperemos que, cuando se forme la comisión, las personas que el Consistorio designe acudan con los deberes bien aprendidos para que la ciudadanía carbayona pueda hacer suyo el proyecto. No sólo sería empezar con buen pie, sería empezar ganando.

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Recuerdos de Oviedo: Desde la calle Uría
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-07-2017 | 15:04| 0

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«El hombre sigue siendo el dios que se ha perdido a sí mismo». (Nietzsche).

Mañana calurosa en la calle Uría, con nubes viajeras sobre el cielo que, en lugar de servir de refresco, lo que hacen es anunciar tormenta. Y, de repente, en pleno sofoco, un recuerdo que tuvo lugar en la misma vía pública, a otra hora del día, en distinta estación. Fue un mes de septiembre casi al caer la tarde.Yo era un niño de 8 años.
Hubo un momento en el que detuvimos nuestra marcha, si la memoria no me falla, en el local que tuvo en su época Cortefiel en la calle Uría. El escaparate era muy amplio y estaba lo suficientemente alejado de la acera. Y detuvimos nuestra marcha porque se puso a llover de forma intensa, al tiempo que se levantó una ventolera fuerte que hacía muy difícil mantener erguidos los paraguas para que pudieran cumplir su función.
De repente, un recuerdo, ciertamente refrescante, para combatir con su ayuda el bochorno. Un recuerdo que me llevó a la infancia, al pantalón corto, a aquella época de la vida en la que siempre que salíamos a la calle lo hacíamos en compañía de nuestros mayores.
De repente, esta vez volviendo al presente, un encuentro con un viejo amigo, uno de esos encuentros en los que, a pesar del tiempo transcurrido, la conversación fluye como si nos hubiésemos visto el día anterior. Tanto fue así que, ante el bochorno imperante y la decidida voluntad de cambiar impresiones por parte de ambos, decidimos acomodarnos en una terraza para refrescarnos mientras dábamos cuenta de tantos y tantos recuerdos comunes.
El refresco, el café, los recuerdos. Mi amigo y yo convenimos en que, para nosotros, aquellos escaparates grandes y alejados de la acera que tanto proliferaban en la calle Uría eran un alto en el camino, constituían una forma de apartarse del gentío, y su principal interés no radicaba, ni mucho menos, en la ropa que allí se exhibía, sino en algunos maniquíes a los que no era difícil convertir en imaginativos juguetes, con nombre y, sobre todo, con papel en las historias que, instantáneamente, urdíamos.

Por otra parte, también hablamos de la historia de la propia calle, que representa, ante todo y sobre todo, la modernidad en Oviedo. No es casualidad que al final esté la estación de la Renfe. Tampoco lo es que, en su momento, fuese una zona residencial, con palacetes y chalets que marcaron la estética de una época.
¿Cómo no recordar la soberbia prosa de Clarín a la hora de describir los palacetes indianos que se iban construyendo? Soberbia prosa, en efecto, y, al mismo tiempo, injusticia poética hacia quienes, con sus luces y sus sombras, fueron los principales artífices de la modernidad en Asturias, esto es, hacia los indianos, mecenas construyendo escuelas, adelantados a su tiempo, llevando a cabo obras que dejaban atrás tiempos duros e incómodos en los espacios urbanos. Soberbia prosa, digo, en la que Clarín utiliza la torre de la Catedral como la atalaya de Vetusta donde el magistral contempla lo que considera que son sus dominios. Pero es Alas el que se sirve de don Fermín para descalificar una estética, la de los palacetes indianos, que tiene, sin duda, su mérito y que dejó su impronta en nuestra tierra, una estética con la que Clarín no fue justo.
No tardamos en regresar a nuestros recuerdos. Por un lado, y, al fondo, la estación de la Renfe. Por otra parte, las paradas de autobús en las que había una especie de estaciones nunca así declaradas. Pensemos, por ejemplo, en el local donde estuvo Chavalín. Las gentes que se detenían en su escaparate no eran siempre potenciales clientes de aquella tienda, sino viajeros esperando al autobús, que se refugiaban, a veces de la lluvia, a veces del barullo. O que, en no pocos casos, hacían su alto en el camino con las bolsas de la compra.
Una calle que era -y continúa siendo- paso obligado para viajar en tren o en autobús, pero que también invita –¡y cuánto!– a viajar en el tiempo.
Calle Uría, la modernidad; calle Uría, el Comercio; calle Uría, el viaje. Calle Uría, el tiempo en marcha precisamente en la ciudad que sestea literariamente, y no sólo en ‘La Regenta’.
Calle Uría, que, con el tiempo, se fue acrecentando no sólo en el espacio que ocupa, sino también en lo que respecta a su actividad comercial.
Después del refrigerio y de la amena conversación, reanudé la marcha. Y, de repente, me detuve ante el lugar que sirve de recordatorio y homenaje al legendario Carbayón. En algún emplazamiento tuvo que comenzar la modernidad, acaso se erigió a partir del rincón que es la referencia del Oviedo más clásico y tradicional. Comienzo que además arranca al machadiano modo, esto es, en una calle que es sobre todo camino, tránsito, actividad, en una calle en la que apenas puede hablarse de parálisis.

Desde la calle Uría. De repente, un recuerdo, escaparates como refugios, como estaciones no sólo de tren y autobús, sino también de peatones que, por diversas razones, decidían y siguen decidiendo detener su marcha en medio de un bullicio que, salvo festividades, no cesa, nunca cesa.

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Alberto Mortera
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-07-2017 | 01:48| 0

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“El camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio”. (Nietzsche).

En el reportaje que firma Gonzalo Díaz-Rubín el día 4 de julio en EL COMERCIO acerca del expediente sobre Villa Magdalena, no tienen desperdicio las perlas que suelta don Alberto Mortera, que hasta hace muy poco fue el hombre de confianza de Gabino de Lorenzo en la Delegación del Gobierno. Estamos hablando de un concejal del PSOE en el Ayuntamiento de Oviedo que, tras ser suspendido de militancia por su partido, no sólo continuó como edil, sino que además el entonces Alcalde vestustense puso a su disposición un despacho para que la ciudadanía de Oviedo pudiese salir beneficiada de su gestión. Y, tras aquella legislatura, figuró en las candidaturas que encabezó Gabino hasta 2011. Ante todo, la vocación de servicio público.

Por eso, no deja de ser llamativo que, tras ser cesado  en el Delegación del Gobierno, recobre la memoria y apunte cosas que son, como mínimo, muy delicadas. Habla don Alberto, en el citado reportaje, de las obras del nuevo Carlos Tartiere, presupuestadas en principio en 24 millones de euros, y que al final fueron 48 millones, o sea, el doble del primer cálculo, así como del aparcamiento de Vallobín.

Desde luego, todos somos dueños de nuestros silencios. Sin embargo, cuesta entender no sólo que haya tardado tanto don Alberto en plantear estas cosas, sino que además lo haga meses después de haber perdido la confianza de su valedor, esto es, de haber sido cesado.

No seré yo quien niegue ni ponga en tela de juicio la veracidad de estas acusaciones, y, desde luego, sería muy saludable que se investigase a fondo y se descubriese la verdad.

Ahora bien, lo que queda en entredicho no es sólo la gestión que se hizo en aquellas obras a las que hace mención el ex edil de dos partidos políticos, sino también la catadura moral del personaje que aquí nos trae.

No estamos hablando de un político que lleva años fuera de la actividad pública y que en su momento decide denunciar asuntos que resultaron muy lesivos para los dineros públicos, sino de alguien que, según parece, recupera su memoria tras ser defenestrado políticamente por su último valedor.

Y es que no sólo estamos ante un episodio más de despilfarros imperdonables que alguien decide denunciar, sino que nos encontramos también con un personaje que representa, diría que en estado puro, lo que es la vieja política, esto es, una currículum sin otra actividad conocida que no sea la política, esto es, el político profesional que, según parece, administra sus silencios en función del cargo que ocupe o que haya dejado de ocupar.

En definitiva, todo un profesional de la política, con un amplio recorrido, que pasó, entre otras cosas, por cambios de militancia.

¿Algún día se respirará un aire saludable en la vida pública de Vetusta?

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Recuerdos de Oviedo: Desde la terraza de la Corte de Pelayo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 02-07-2017 | 14:01| 0

“La mayoría de la gente cree que piensa, pero en realidad sólo están reorganizando sus prejuicios”. (William James).

No empiezo hablando de historia, sino de geografía, más concretamente de la terraza de uno de los restaurantes y cafeterías más céntricos de Oviedo que, curiosamente, da la impresión de que estuvieron entre nosotros toda la vida, cuando, en realidad, se trata de un negocio que no hace muchos años que se abrió.
Desde la terraza de uno de los establecimientos hoteleros más céntricos de Oviedo,digo, frente al Parlamento autonómico, en plena calle Fruela, que, además, hace esquina con la calle san Francisco y que está a un paso de la Plaza de la Escandalera. Puro cogollo de Oviedo, por historia y por geografía.
Se trata de una de las terrazas vetustenses donde más y mejor se puede disfrutar el transcurrir de la vida ciudadana, donde más divertido puede resultar intercambiar algunas palabras fugaces con algunos de nuestros políticos llariegos, que van y vienen entre sesión y sesión, donde mejor se puede emplazar uno para ver en primera línea muchas de las manifestaciones que se convocan frente al edificio de la Junta.
Es, sin duda, uno de los enclaves más privilegiados para ver de cerca nuestra vida pública, o, si se prefiere, para observar idas y venidas de quienes suben y bajan las escaleras de la Junta, para conocer muy de cerca la distintas reivindicaciones de diversos colectivos que alzan allí su voz esperando encontrar eco en los medios de comunicación.
En ocasiones, abstrayéndome de cuanto sucedía en aquel allí y en aquel ahora, hice mis recorridos por la historia de los lugares más cercanos a esta terraza hostelera: desde el edificio de la Junta, antigua diputación, hasta la muy cercana calle San Francisco, pasando por la propia calle Fruela, por la Escandalera y por el Paseo de los Álamos. Todo tan próximo en lo geográfico, casi todo ello tan lejano en lo histórico, pero que, sin embargo, resulta susceptible de ser acercado al momento presente.
¡Cuántas paradojas! En el cogollo mismo de la ciudad que sestea, la plaza de la Escandalera. Muy cerca de esa plaza, en el mismo paseo de los Álamos, en un histórico recorrido que dan juntos Azorín, Pérez de Ayala y Melquiades Álvarez, el escritor alicantino le pregunta al tribuno asturiano qué pasa en la ciudad, a lo que el líder reformista contesta que lo que sucede es nada, o que nada sucede. Y, sin embargo, a poco que se levante la vista desde el Paseo de los Álamos, se verá la estación de la Renfe, pura modernidad cuando se construyó. Y, sin embargo, muy cerca de este cogollo de la ciudad que literariamente siguió sesteando después de Clarín, está el llamado Edificio Histórico de nuestra Universidad, que, en su edad dorada, fue vanguardia en la Universidad española.
Y, paradojas aparte, cuando desde un rincón tan céntrico están al alcance de la mano calles y edificios que tanto atesoran, acaso sea un error fijar la atención sólo en ese presente continuo que, sin duda, sirve de entretenimiento y diversión, siempre que se tome la distancia necesaria para no incurrir en cabreos importantes.
De todos modos, la parada en la terraza de la Corte ha de combinar ambas cosas. Y la perfección se alcanza cuando se producen encuentros con personas que, o bien son una bendición como contertulios, o bien forman parte de esta valleinclanesca corte de los milagros que nos toca vivir y padecer tanto en Asturias como en el resto del país. Y la visión de estos últimos, si no se alarga en el tiempo y si además se asume como un espectáculo con su no sé qué de sainetesco, también tiene su miga.
Y, si uno toma asiento mirando a la calle Uría, y recuerda el emplazamiento de El Carbayón, no es difícil percatarse de las talas y la demoliciones que vinieron teniendo lugar en esta ciudad, muchas veces sin tino, casi siempre sin criterio, casi nunca con sensibilidad.
Pero volvamos al tiempo presente. Pongamos que se trata de un viernes y que hay Pleno en la Junta. Pongamos también que no tenemos prisa para irnos y que esperamos hasta el momento en el que sus señorías abandonan el Parlamentín. No hace falta verlos a todos abandonar el Parlamentín, es suficiente con presenciar la salida de algunas celebridades, que salen comentando las jugadas con los más próximos. Y, más allá de la discusión política de turno, uno se pregunta qué idea de Asturias tienen, qué proyecto atesoran para nuestra tierra, qué futuro más o menos imperfecto imaginan, qué batalla dialéctica acaban de librar, qué pensaron y sintieron horas antes cuando les llegaron las voces y los ecos de los manifestantes de turno.
A veces, abandonan el edificio hablando desde el móvil, a veces, salen de allí sin demasiada prisa, a veces, uno se pregunta si son conscientes de la cercanía de lo que bulle en ese asfalto que se encuentra a muy pocos metros, a veces, uno se pregunta si se plantean a quiénes representan y qué papel piensan que están desempeñando.
Termino el café y me pregunto si en el edificio de la Junta algún día se instalará una placa en la que figuren los nombres de las personas que en ese mismo lugar fueron sometidos a Consejos de Guerra donde se decidió su muerte. Entre esas personas, está el rector Alas.
Ya ven, hay tragedia, hay drama y hay comedia bufa.
¿Pero lo saben sus señorías? ¿Pero lo quieren saber?

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Siempre el Naranco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-07-2017 | 09:48| 0

Presentación de la jira al Naranco. :: MARIO ROJAS

Confieso que desconocía que en 1929 se celebró la primera jira al Naranco y que esa tradición quedó interrumpida, como tantas otras cosas, durante la guerra civil. Y, según leo en EL COMERCIO el Equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Oviedo decidió recuperarla. De hecho, tendrá lugar este domingo. Habrá quien lo haga en bicicleta y habría quien lo haga a pie. Y, al final de la jornada, romería.

Lo positivo del caso no es sólo que se recupere una tradición en la que la población ovetense rendirá homenaje el Naranco disfrutándolo, sino que además se trata de un enclave que es fundamental en  nuestra geografía y en nuestra historia.

Ahí está ese patrimonio de la Humanidad que es el Prerrománico, ahí está también la mejor atalaya para contemplar Oviedo, ahí está uno de los pulmones fundamentales de la ciudad. O sea, la historia, el arte y también las vivencias de siempre relacionadas con el Naranco.

Confieso que siempre que releo lo que Valentín Andrés Álvarez dejó escrito sobre Oviedo y el Naranco no sólo me emociona la belleza de las palabras del literato moscón, sino que además me percato de la importancia tan enorme que tiene este enclave en la ciudad.

Escuchemos a don Valentín: “¡Torre de la Catedral de Oviedo, mástil de la ciudad anclada a la orilla del Naranco! En ella, el espíritu de la ciudad encarnó en las entrañas de la sierra; en los nudos de sus filigranas de piedra está prendido lo inmortal con lo perecedero, lo eterno y lo vivo, la montaña y la ciudad. Es un trozo del Naranco, hecho ciudad para sentir la caricia de la vida, es un trozo de ciudad esculpido en pedazos del Naranco para calmar su ansia de inmortalidad».

Y añade el personaje que, según confesión propia, pasó de los cuentos a las cuentas: “Avilés, Oviedo y Gijón forman el triángulo central en que se plasma el espíritu de la región: son las tres potencias del alma de Asturias: Avilés, la memoria; Oviedo, el entendimiento, y Gijón, la voluntad”.

Y es que en un momento como éste en el que la historia de la ciudad está sometida a revisión, de la que saldrán nuevos datos muy significativos, que la fiesta de la que venimos hablando se recupere contribuirá, sin duda, a que los vínculos de la población ovetense con el Naranco se estrechen más, escenificando toda una peregrinación por la historia y la geografía de esta atalaya que tanta historia en intrahistoria tiene y contiene.

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Recuerdos de Oviedo: De despedidas y tristezas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-06-2017 | 22:41| 0

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“Si se estrechan las manos, si se abraza, / nunca es para apartarse, / es porque el alma ciegamente siente/ que la forma posible de estar juntos/ es una despedida larga, clara/ y que lo más seguro es el adiós”. (Pedro Salinas).

La megafonía anunciando que el tren está a punto de iniciar su salida. Viajeros asomados a las ventanillas y a las puertas de acceso, conversando hasta el último instante con las personas que acudieron a despedirlos y que los acompañan hasta el último momento. En algún caso, se estrechan las manos, en un intento tan inútil como poético de alargar ese adiós, esa despedida. Toda una cita con la melancolía. Todo un ritual de tristeza, toda una escenificación agridulce, que deja poso, que tiene vocación de quedarse.
Aquella tarde de un mes de mayo, en la terraza de la cafetería Santa Cristina, frente a la estación de la RENFE, en Oviedo, me tocó presenciar cómo se fue alargando ese ritual de despedida en una muchacha que tenía los ojos llorosos con la mirada fija en su teléfono móvil, sin teclear, contemplando probablemente una foto o un texto, la imagen y la palabra, la palabra y la imagen. Al lado de la silla, su maleta con ruedas. Sobre la mesa, el recipiente de la infusión, el vaso de agua, la cajetilla de tabaco y el mechero. Y, ante todo y sobre todo, tristeza, infinita tristeza.
¿Aquello era de antes o de después? ¿Acababa de despedirse de alguien? ¿O estaba a punto de producirse un encuentro que también era un ritual de adioses? ¿Iba a de la estación de la RENFE, o venía de allí?
Pelo corto, ojos, a pesar de todo, muy vivos. La piedra de hielo del vaso de agua se había derretido. El cigarrillo se había consumido solo sobre el cenicero. El recipiente de la infusión había dejado también de humear. Pura inacción y, sin embargo, ¡cuánta intensidad en aquella mirada, en aquellos instantes!
¿A qué podía obedecer tan infinita tristeza? ¿A una historia de amor hecha añicos? ¿A la pérdida de un ser querido? ¿A una noticia que podía desbaratar el equilibrio de toda una vida? En todo caso, lo que estaba ocurriendo era una despedida, de algo y de alguien, de alguien y de algo.
Y, de repente, me sobrevino un recuerdo lejano, también de una tarde de mayo, ciertamente lejos de Oviedo, en Sevilla, en un parque de Sevilla, cuando una muchacha, más que sollozar, lloraba sentada en un banco de un conocido parque. También tenía a su lado una maleta, esta vez sin ruedas, más grande y menos manejable. Dos soldados se acercaron a hablar con ella. Y, a pesar de su dolor, pudo agradecerles el interés mostrado con una sonrisa que era todo un regalo a la ternura.
Pasado aquel encuentro, allí se quedó con su tristeza, dejando atrás algo de lo que le costaba desprenderse, dejando atrás algo que las circunstancias le habían arrebatado sin permiso.
Tras el recordatorio de la imagen de Sevilla, volví al instante en que estaba. Y la puesta en escena había cambiado por completo. Aquella mujer ya no tenía su mirada fija en la pantalla del teléfono móvil. De hecho, el aparatejo estaba sobre la mesa como ausente. Y, por otra parte, el cigarrillo no se encontraba abandonado sobre el cenicero, sino que lo fumaba con su no sé qué de intensidad cada vez que daba una calada.
Acaso sería exagerado afirmar que la tristeza había desaparecido del todo, pero era indudable que el dolor, al menos en gran parte, se había quedado atrás, como si un soplo de entereza hubiera transformado su estado de ánimo.
Apagó el cigarrillo, se puso en pie y tomó camino de la estación de la RENFE. Traspasó la puerta decidida y con entereza.
No pude evitar preguntarme si alguien iría a despedirla, si le tocaba irse sin el calor de los últimos instantes de una persona cercana antes de que el tren arrancase.
En todo caso, me asombró que, desde el momento mismo en que mis recuerdos me situaron en un escenario de décadas atrás, hasta el regreso al presente que estaba viviendo, la situación de aquella mujer se hubiese transformado tanto, pasando de la tristeza al aplomo, lo que no necesariamente implicaba que su melancolía hubiese desaparecido, pero sí que se atemperó.
Aquella tarde del mes de mayo en la terraza de la cafetería Santa Cristina, frente a la estación de la Renfe, el cielo estaba nublado, había mucho bochorno, anunciando una tormenta que no llegó a desatarse.
Aquella tarde de mayo, sobre la mesa en la que se encontraba la protagonista de nuestra historia, no había ningún libro, pero, bien mirado, en la escena que me tocó presenciar, se diría que estaban omnipresentes los versos de Salinas que encabezan este texto, más bien, el poema entero, toda una interrogación retórica de principio a fin.
Interrogación retórica, digo, que, a mí, me llenó de preguntas, a las que intenté responder con recuerdos..

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Gabino de Lorenzo echa balones fuera
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-06-2017 | 12:18| 0

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“Cuanto más se aleja una sociedad de la verdad, más odia a quienes hablan de ella”. (Orwell).

Leo en EL COMERCIO que el ex Alcalde vetustense y actual Delegado del Gobierno solicita el archivo definitivo del expediente sobre “Villa Magdalena”, expediente incoado por el Equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Oviedo para dirimir su posible responsabilidad patrimonial en el asunto que aquí nos trae.
Lo llamativo del caso no es la petición que hace el que fuera primer edil del Consistorio carbayón durante más de veinte años, sino que, en el momento actual, ya están muy carcomidos los tópicos que tanto lo ensalzaron a lo largo de sus días de vino y rosas como regidor ovetense.
A estas alturas, nadie, ni siquiera el propio interesado, se puede atrever a plantear que la operación de “Villa Magdalena” fue beneficiosa para la ciudad, máxime cuando se conocen las cifras que tendrán que ser costeadas por la ciudadanía vetustense, a no ser que, llegado el caso, en el ámbito judicial, llegue a estipularse que hay una responsabilidad patrimonial del ex Alcalde.
Ahora resulta que nadie puede negar que aquel Alcalde tan lisonjeado dejó a la heroica ciudad una hipoteca importante. Y, en lugar de salir a la palestra, reconociendo equivocaciones, o bien insulta al actual regidor, como hizo hace pocos meses, o bien intenta, como acaba de hacer ahora, echar balones fuera.
¿Quién se lo iba a decir? ¿Quién nos lo iba a decir?
Porque lo que está ocurriendo actualmente es que la venda se está cayendo, es que, dejando al margen otras muchas cuestiones, en el largo mandato de Gabino de Lorenzo al frente del Ayuntamiento de Oviedo, hubo decisiones, en el mejor de los casos, arbitrarias y atrabiliarias, que suponen un serio lastre para esta ciudad.
Gabino ya no tiene quien le escriba desde la adulación más o menos estomagante. Gabino no puede encontrar argumentos que justifiquen el coste final que Villa Magdalena supone. Y, claro, como último recurso, le queda echar balones fuera.
No entro en la cuestión legal, desconozco si el Equipo de Gobierno tiene o no capacidad para poner en marcha el expediente que Gabino pide que se archive; pero, en todo caso, resulta difícilmente rechazable que el actual Equipo de Gobierno ponga en marcha medidas legales tendentes a evitar una sangría económica para los dineros públicos del Consistorio carbayón.
Y, por otra parte, parece imposible no percatarse de que, en la vida pública ovetense y asturiana, estamos asistiendo a un espectáculo catártico, que consiste en la caída de ciertos mitos que vinieron siendo objeto de una lisonja tan inmerecida como indigerible.

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Recuerdos de Oviedo: Por Ciudad Naranco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-06-2017 | 01:35| 0

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«Los ojos sólo ven: / el alma mira». (Pedro Salinas).

En su momento escribí que muchas aldeas asturianas se agarran a las faldas de las montañas del mismo modo que lo hacen las criaturas a las sayas de sus madres o abuelas. Es la búsqueda de protección al llariego modo que, bien mirado, tiene su innegable no sé qué de ternura. Y, en el caso que nos ocupa, se diría que algo de esto ocurrió en Oviedo, que se quiso agarrar al Naranco, con resultados estéticos que se prestarían a múltiples e interesantes interpretaciones.
Pero, en cualquier caso, se puede constatar que, al final, habría que separar lo que es el monte Naranco en sí mismo, como atalaya de Oviedo, y esa pequeña parte de su falda en la que en su momento se asentaron colegios, casas unifamiliares y –cómo no- la antigua cárcel, dedicada hoy a archivo histórico.
Siempre se dijo –y es indiscutible- que Oviedo limita con el campo por todos lados. Sin embargo, tengo para mí que se insistió muy poco en que, según se mire, la falda del Naranco forma parte de la ciudad sin haber perdido nunca del todo su carta de naturaleza no urbana.
Y es que, entre las muchas referencias que nos vamos haciendo con el tiempo en Oviedo, el paso a ciudad Naranco, siempre tan transitado de vehículos, es inolvidable. Un paso pequeño, quizá excesivamente pequeño, que, no obstante, marca muy bien la diferencia entre el entorno más bullicioso, en cuanto a tráfico, de Vetusta, y esa falda, a su peculiar modo y manera, urbanizada, sin haber renunciado nunca a su vocación de aldea, hasta de casería en algunos casos.
Confieso que, cuando entré por vez primera en el actual Archivo histórico, tuve muy presente determinados acontecimientos en los que ese enclave tiene un enorme protagonismo en nuestra historia contemporánea.
Y, en otro orden de cosas, si dejamos que la imaginación se despliegue con entera libertad al margen de los condicionamientos de los datos, se nos plantea de inmediato la hipótesis de que no hace mucho tiempo, en lo que ahora son calzadas y naves industriales, tuvo que haber una aldea con su día a día al margen de la capital, pero que, al mismo tiempo, tenía omnipresente a la ciudad como salida a sus productos, como contraprestación a sus trabajos y sus días.
En ocasiones, nos sentimos atraídos a levantar la vista y mirar hacia arriba, acaso buscando esa protección a la que aludí en párrafos anteriores. Empero, la mayor parte de las veces, lo que sentimos es el disfrute tan propio de Oviedo de sabernos en el campo sin necesidad de abandonar la propia ciudad. Es el disfrute de aquel “fondo rural que perdura en cada asturiano”, del que se hizo eco Ortega en su memorable ensayo sobre nuestra tierra.
Me atrevería a afirmar que, tal vez sin ser conscientes del todo, cada vez que transitamos esta zona de Oviedo, vislumbramos las raíces más genuinas de nuestra ciudad, la referencia que nunca se perdió, el punto de partida del devenir histórico carbayón.
Y lo curioso del caso es que, con el transcurso del tiempo, ciudad Naranco no es fundamentalmente el lugar de paso hacia arriba, sino que tiene personalidad propia, como el recordatorio de la aldea que fuimos y, en gran medida, seguimos siendo.
Cada vez que visitaba a una señora que había trabajado casi toda su vida en la casa de mis tías abuelas y que, en su día, se trasladó a una casa de ciudad Naranco que había heredado de su hermano, un indiano que regresó con algo de dinero y que lo invirtió casi todo en esa propiedad, me sentía, a la vez, muy cerca y muy lejos de Oviedo, cerca en la geografía, lejos en todo lo que aquello me evocaba, desde el paisaje mismo que se podía contemplar desde los ventanales de la cocina, hasta la atmósfera que allí se respiraba, esa atmósfera tan genuina de los recuerdos vividos y vívidos pertenecientes a un pasado que son la llave misma del tiempo presente.
Por ciudad Naranco. Durante mucho tiempo, la escasa atención que se le prestó a esta parte de Oviedo hizo que fuese más clara la diferencia con respecto al meollo mismo de la capital. Pero, más allá de esa circunstancia, de suyo, decisiva, la propia historia intervenía en ello.
Estoy convencido de que si Ortega hubiese estado más tiempo en Oviedo en su estancia asturiana en 1914, hubiera puesto ciudad Naranco como el mejor ejemplo de ese fondo rural con el que tan certaramente nos definió.
Y es que, más allá de operaciones urbanísticas que pudieron violentar lo que ciudad Naranco significa, su protagonismo en la intrahistoria de Oviedo es tan clarificador como innegable.
Y es que, desde cualquier punto de Oviedo, siempre estaremos agarrados a la falda del Naranco.

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