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A vueltas con la gestión recaudatoria
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Luis Arias Argüelles-Meres | 02-12-2016 | 15:14| 0

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El actual equipo de gobierno del Ayuntamiento de Oviedo, además de pufos conocidos, heredó también privatizaciones. Y, entre lo uno y lo otro, los problemas que pertenecen a tan poco envidiable hijuela no dejan de acumularse.

Como se sabe, la gestión recaudatoria fue privatizada. Y el gobierno consistorial quiere recuperar su carácter público. Frente a ello, se esgrime, entre otras cosas, que saldrán perjudicados los trabajadores de la empresa privada que fue contratada en su momento. Y no puede sorprender a nadie que quienes se ven abocados a perder su empleo se muestren disconformes.

Sin embargo, hay cosas que no podemos perder de vista. No sería del caso que se pasara de la empresa privada a una institución pública mediante un sistema de selección distinto al del conjunto del funcionariado que en su momento superó una oposición. Y tampoco debemos dejar LUIS ARIAS-ARGÜELLES MERES de lado que los patronos de la empresa contratada no son las instituciones públicas, y es a ellos a quienes deben dirigirse en primera instancia.

Sería muy razonable y justo que los trabajadores de la empresa contratada para gestionar la recaudación del Ayuntamiento de Oviedo exigiesen sus derechos en lo que se refiere a los méritos que atesoraron en el desarrollo de su trabajo. Distinta cosa es pretender que se prolongue sine die el contrato entre el Consistorio carbayón y la susodicha empresa privada, o que, por decreto, los trabajadores de una empresa privada se convirtiesen a todos los efectos en funcionarios públicos.

Sería no sólo discriminatorio, sino que además supondría un agravio no sólo para quienes tuvieron que superar una oposición, sino también para todas aquellas personas que, estando tituladas y capacitadas para ello, no pudieran concurrir a una oposición relacionada con su especialidad y estudios.

Cualquier institución pública (perdón por la perogrullada) tiene como misión prestar servicios a la ciudadanía, algo que está muy por encima de intereses particulares y de intereses de empresas privadas. No deja de ser paradójico que se despotrique tanto contra lo público, al tiempo que se pretende que los convenios de empresas privadas con las instituciones se eternicen.

Desde luego, sobra decir que me merecen todo el respeto todas las personas de la empresa privada que se vino encargando de la gestión recaudatoria del Ayuntamiento de Oviedo. Es más, puedo asegurar que el trato recibido en los trámites que me tocó hacer fue excelente.

Distinta cosa es que se haya originado tanta controversia por el hecho de que un Ayuntamiento no desee prolongar la gestión privada de un servicio público.

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Recuerdos de Oviedo: Pub Corners: Aquellos sobres de azúcar
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-11-2016 | 00:06| 0

“Las cartas de amor se empiezan sin saber lo que se va a decir y se terminan sin saber lo que se ha dicho”. (Rousseau).

 

Pub Corners. Era –y sigue siendo- el pub de la esquina. Era –y sigue siendo- uno de esos locales marcados por la voluntad de estilo no sólo en su aspecto exterior sino también en la disposición del mobiliario, y, por supuesto, en el mobiliario mismo donde la comodidad y la estética en nada desentonan. Era –y sigue siendo- uno de esos locales en los que la liturgia para servir una copa sigue un manual de estilo que no renuncia en ningún detalle a la elegancia. Era –y sigue siendo- un establecimiento donde la buena música constituye todo un grato acompañamiento a conversaciones y a silencios, a soledades y  a acompañamientos. Era y sigue siendo uno de esos locales donde la estridencia no tiene sitio.

Pub Corners, esquina privilegiada, en la que la huella de Chus Quirós se hace notar, y no poco. En algún momento se harán estudios acerca de la obra de este artista autodidacta que, según escribió Juan Cueto Alas en su “Guía secreta de Asturias”, fue “el mejor creador de decorados que existe por estos pagos”. Pues bien, la mayor parte de esos decorados tienen un protagonismo mayúsculo en episodios memorables de varias generaciones de ovetenses. ¡Cuántas veces recordamos conversaciones decisivas alrededor de una copa! ¡Cuántas veces rendimos culto a determinados templos de la noche!

Pues bien, el pub del que vengo hablando es uno de esos templos de la noche vetustense. Era un pub que, al igual que Picos, estaba ubicado lejos del Oviedo antiguo. Y, en ese sentido, su soledad lo hacía más atractivo. No se entraba allí siguiendo una ruta, no era un establecimiento más ubicado en una zona con locales de atmósfera más o menos equivalente. No, se trataba de muy distinta cosa.

Recuerdo la primera vez que entré, justo después de salir del cine Brooklyn, sesión de noche, claro está. Como bien se sabe, si la película no nos disgustó, lleva su tiempo volver a la realidad y almacenar lo visto en la memoria. Por eso, al acomodarnos en la barra, sin necesidad de conversar, éramos conscientes de que tocaba tomarse un tiempo para digerir la película, para procesarla como una vivencia más.

Puedo decir que nos agradó ver la disposición de las botellas, que tenían, como el resto del local, una luz muy apropiada, la misma que hace de compañía a los sueños, la misma que ilumina espacios donde no existe la prisa, donde no tiene cabida estar pendientes del reloj. Botelleros que son una hornacina, a modo de altar de lo que puede dar de sí el cristal moldeado que alcanza la forma de botellas genuinas que consiguen  la mejor tonalidad  con la luz más apropiada.

Así pues, aquellas copas, servidas con elegancia, cuya presentación era toda una puesta en escena de la voluntad de estilo, constituyeron el mejor acompañamiento posible en ese  proceso tan singular que consiste en ir digiriendo una película cuya historia entró en nosotros con su no sé qué de hipnosis.

Bien mirado, si hay algo infinito en el ser humano es la capacidad para engullir historias, pues diría que nunca se agota o que, al menos, malo sería que se llenase sin dejar huecos.

Era una historia de amor la película que habíamos visto. Distaba mucho de ser una obra maestra, pero ni cansaba, ni empalagaba ni indigestaba.  Diríamos que la banda sonora de una película que no nos desagrada sigue con nosotros y que es deseable que ningún acontecimiento real nos arranque de cuajo de ese momento.

Era -fue- una noche de marzo de 1985, una noche de sábado en la que se adelantaba la hora, noche acortada que daba paso a la primavera.

Conversación acerca de música y cine, de poemas y novelas, de pensamiento e historia, todo en dosis tan pequeñas como intensas, todo en busca de esencias varias, diversas y dispersas.

Al rememorar aquella noche, no puedo dejar de pensar que, en este momento, en el pub del que vengo hablando, se puede disfrutar de conciertos de piano. ¿Cómo no recordar la memorable canción que habla del hombre del piano? ¿Cómo no recordar la magia de sus teclados, la voluntad de estilo que siempre va con ellos?

Aquella noche recordamos la referida canción, aquella noche hicimos nuestro relato y nuestra semblanza del hombre del piano. Aquella noche abandonamos el pub sabiendo que dejábamos atrás una etapa de la vida.

Aquella noche, alguien regresó al pub. Urgía hacerse con sendos sobres de azúcar para endulzar dos tazas de café con las que tocaba empezar el día. Petición atípica que fue satisfecha.

Horas antes, las copas. Horas después, los cafés. Por el medio, la música, la charla, la confidencia.

Pasar de lo aguardentoso de las copas, al café con azúcar. Pasar de la noche a los previos al día, y hacerlo en compañía de café. Un café que contó con azúcar regalado en aquel pub.

Intento recordar cómo eran aquellos sobres de café, si tenían propaganda, si venía algo escrito en ellos. Si su envoltorio suponía algún guiño. Y confieso que lamento no haberme fijado en los mencionados sobres, no haberlos fotografiado en la memoria.

Aquellos sobres de azúcar tenían música. En ellos estaba la película que habíamos visto, las canciones que nos habían acompañado. La elegancia de pub en el que nos despedimos, por dos veces, de aquella noche.

Al salir del pub, con los sobres de azúcar, recordé que, frente a Corners, hubo un discoteca en la que, por razones de edad, nunca entré. Si no me traiciona la memoria, se llamaba “Faust”. No se anunciaba ningún infierno. Dante y Goethe sólo nombres que figuraban en las enciclopedias. Pero aquello atraía.

Aquellos sobres de azúcar. Aquella noche en Corners. Liturgias varias. Liturgias redundantemente solemnes .

¿Dónde estaba y qué hacía el hombre del piano? ¿Dónde estaba aquella carta de amor que escribimos sin teclas ni bolígrafos, mientras escuchábamos a Pink Floyd?

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Por favor, sosiéguense
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-11-2016 | 07:58| 0

 

 

 

Agustín Iglesias Caunedo, portavoz popular y exalcalde, se dirige enfadado a al edil de Economía, Rubén Rosón.

«Yo he hecho eso», dice mi memoria. «Yo no puedo haber hecho eso» -, dice mi orgullo y permanece inflexible. Al final, la memoria cede”. (Nietzsche).

 

Resulta muy llamativo ver la indignación del PP de Oviedo no sólo en sus palabras, sino también en su lenguaje gestual, indignación a resultas de los presupuestos municipales para el año próximo. Digo esto porque, con independencia de su indiscutible derecho al desacuerdo, antes de escenificar tanto enfado, hay un paso que debería haber dado el partido conservador de nuestra ciudad, consistente en haber pedido disculpas a la ciudadanía por el lastre que supone para  el asunto de Villa Magdalena. Porque esgrimir excusas inconsistentes no es pedir perdón.

Desde luego, se pueden aducir  argumentos en contra de los recortes presupuestarios del Equipo de Gobierno a la Fundación Princesa de Asturias y a la gala de los premios líricos. Del mismo modo que también hay razones para sostener que existen prioridades más apremiantes. En uno y en otro caso, estaríamos hablando de un debate de ideas.

Sin embargo, dadas las circunstancias, nos falta un primer paso que el PP no dio y que no parece dispuesto a hacer, y ese primer paso es asumir la situación y pronunciarse al respecto.

Puede entenderse la difícil coyuntura que atraviesa el PP de Oviedo, empezando por el escándalo relacionado con el caso Pokemon que implica a su cabeza visible. Siendo cierto que no deben hacerse juicios paralelos hasta que haya una sentencia, el panorama estaría más despejado si Caunedo hubiese dimitido  para defenderse desde afuera, sin dar la impresión de que se agarra a su puesto por encima de todo.

Pero resulta que no sólo no se produjo esa dimisión, sino que además tampoco se asume el tremendo error que supuso Villa Magdalena. Y, aun así, no les falta ruido y furia para arremeter contra unos recortes que el Equipo de Gobierno piensa aplicar, recortes que, perdón por insistir en la perogrullada, pueden ser discutidos, obviamente.

Por otra parte, a propósito de los recortes a la Fundación Princesa de Asturias, si acudimos a las hemerotecas, puede haber sorpresas, puesto que, siendo Alcalde Gabino de Lorenzo, hubo desencuentros entre el entonces Equipo de Gobierno municipal y la mencionada fundación. Pero, claro, cuando algo no conviene, cuando algo colisiona con el discurso del momento, lo más fácil, que no lo más convincente, es obviarlo.

Demasiado ruido, excesiva furia, abundante amnesia. Por favor, sosiéguense. Y no pierdan de vista que las hemerotecas están ahí.

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Viga Azul: Resbalones
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Luis Arias Argüelles-Meres | 20-11-2016 | 14:48| 0

La ventolera se hizo esperar. Tanto fue así que no sólo no se levantó en los previos, sino que ni siquiera tuvo presencia durante el partido. Sin embargo, la lluvia llegó, cumpliéndose los pronósticos, si bien decidió retirarse antes del encuentro. Pero caló lo suficiente para que el césped estuviese resbaladizo.

Y hay que decir que los resbalones del Levante fueron providenciales para el Oviedo, puesto que desbarataron ocasiones de gol al equipo visitante. Mientras que los que tuvo el equipo azul no tuvieron consecuencias dramáticas para nosotros. Esta vez, el estado del campo fue un aliado importante.

Por otro lado, el partido de ayer ante el líder, con el antecedente de la goleada sufrida por el Oviedo en Huesca, tenía un interés supremo. Primero, enfrentándose al conjunto que lidera la categoría con autoridad. Segundo, se necesitaba comprobar con hechos que el once carbayón tiene capacidad de superación tras un revés humillante.

Hay que decir que, ante ambos retos, el Oviedo salió airoso, con orden atrás, pese a algún que otro resbalón que esta vez no nos costó caro. Y, ante todo y sobre todo, no salimos acomplejados ni atemorizados, sino a jugar a fútbol con convicción y empeño, sin fatalismos, sin inseguridad. Da mucha tranquilidad, sin duda, comprobar que tenemos un equipo que es rocoso en lo psicológico.

Dicho todo ello, hubo lances providenciales como el balón que Linares mandó al palo en el primer tiempo, dando un serio aviso al Levante de que la apuesta carbayona por ganar el encuentro iba en serio.

Y, ya en la segunda parte, el equipo azul empujó más, y la fortuna fue nuestra aliada en el sentido de haber sabido aprovechar las ocasiones que se produjeron. Fue una doble inyección de moral que Michu se haya estrenado como goleador. Y digo doble no sólo por la confianza que le tiene que dar al jugador azul, sino también al equipo, que necesita un líder en el campo y el calor de las gradas del Carlos Tartiere apoyando a un ídolo, llevándolo en volandas.

En cuanto al gol de Pereira, bien está que se consolide su aportación cuando juega. Desde luego, tiene velocidad y ganas. También olfato. Seguro que seguirá dándonos alegrías a lo largo del campeonato.

Por lo demás, el Oviedo de Hierro sigue siendo fiel a sí mismo, apostando por el resultadismo, sin ofrecer un juego hilvanado entre el centro del campo y la delantera. Un fútbol práctico que los jugadores también están asumiendo tras unos inicios de temporada que –a qué negarlo– suscitaron reservas y dudas.

El Tartiere fue una fiesta en la que Michu se convirtió en la estrella de la puesta en escena de los Symmachiarii, cuyo entusiasmo oviedista es admirable.

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Recuerdos de Oviedo: Plaza de Riego
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-11-2016 | 23:36| 0

“El alma es igual que el aire, / con la luz se hace invisible, / perdiendo su honda negrura. / Sólo en las profundas noches/ son visibles alma y aire. / Sólo en las noches profundas”. Manuel Altolaguirre).

¡Qué paradójico resulta que en nuestra ciudad estén tan cerca el llamado edificio histórico de la Universidad de Oviedo y la plaza de Riego, es decir, la figura de Valdés-Salas y el general Riego, un inquisidor y un ciudadano cuyo himno, que a veces se escapa por ciertos confines de la tierra, es una música que remite a la lucha por la libertad! Y, bien pensado, ¿acaso no constituye una excepción que el héroe de Tuña tenga presencia en el callejero de Oviedo desde el siglo XIX, cuando representa lo heterodoxo y las libertades? Y es que, entre los personajes más ilustres que merecen que su nombre figure en alguna calle en Oviedo, no hace falta incluir al tinetense que se levantó en Cabezas de San Juan contra el absolutismo fernandino. Bendita excepción, pues.
Tránsitos por la plaza de Riego, camino del Fontán, algunos domingos por la mañana. Recorridos de vuelta a casa, si, al salir de la Facultad, en lugar de tomar el camino más directo, pasábamos por Cimadevilla y, desde allí, a la plaza del Ayuntamiento, desembocando en la plaza de Riego, sin prisa, charlando, saludando a gente que iba y venía, como nosotros, con libros, carpetas y revistas.
Parada en “La Palma” a comprar revistas y prensa. A veces, lo recién adquirido apremiaba, no tenía espera. De modo y manera que había que detenerse en la esquina de la plaza de Riego a tomar un café, mientras leíamos los artículos más interesantes de aquellas revistas. Por ejemplo, “Nuevo Indice”, a principios de los ochenta. Por ejemplo, “Triunfo” en su última y efímera etapa. Por ejemplo, si era miércoles, el artículo de García Márquez en el diario “El País”.
Caminatas nocturnas, regresando del antiguo, o de la calle Altamirano. Noches mateínas, con la cercana música de los chiringuitos, noches de final de curso, que terminaban en la plaza de Riego, a veces, esperando que algún establecimiento abriese sus puertas, noches primaverales, en las que era un lujo no pasar frío y sentarse a veces sobre los viejos muros del edificio de la Universidad.
Plaza de Riego, confluencia en tantos y tantos sentidos. Sin embargo, ¿quién pensaba en el general que plantó cara a la tiranía y que sufrió un “ajusticiamiento” oprobioso?
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Plaza de Riego. En una ocasión, en la que estábamos de tertulia alguien apareció por allí con el “episodio” galdosiano que tiene como título “El Terror de 1824”, donde don Benito cuenta la crueldad de Fernando VII cuando se decidió darle muerte a nuestro personaje. Y todo el mundo se puso de acuerdo en que se daba la paradoja de que la plaza de la que venimos hablando se hubiese llamado en su momento “plaza de la Picota”, denominación que tuvo a resultas de que allí estuvo colocado el instrumento que servía para dar escarnio a los presos. Porque la forma en que se ejecutó a Riego fue un aviso a caminantes, marcado por crueldad y el alma traicionera de Fernando VII, un aviso a caminantes con el mayor escarnio que imaginarse cabe.
Y, en el transcurso de aquella conversación entre estudiantes universitarios, alguien planteó que, de algún modo, Riego vendría a ser, más a bien a representar, a ese “soldado desconocido” que en nuestro país no suele ser homenajeado, a diferencia de otros países que lo recuerdan con monumentos que tienen su solemnidad e incluso omnipresencia.
Por fortuna, Oviedo, a pesar de tantos pesares, le reservó un rincón muy céntrico a Riego. Por fortuna, al margen de que fueran más o menos conscientes de ello las autoridades oficiales a partir del siglo XIX, Oviedo rendía honores a un personaje que era el epítome de la lucha por las libertades, del afán por modernizar España.
Riego tuvo y tiene su plaza en el centro de Oviedo. ¡Menos mal!
Plaza de Riego. Más allá de las citas con la historia, relacionadas en este caso con un general que sobrevivió gracias a que se convirtió en un himno, tal y como supo advertir Unamuno: “Para muchos en España, Riego es el himno de Riego. Un hombre que lo fue de carne y hueso y sangre y alma que se ha convertido en un himno».
Como diría Aute, de Riego, “queda la música”, música que tiene un protagonismo mucho mayor que la letra. Y queda también la plaza en la que tantas vivencias se nos acumulan.
Plaza de Riego. Con libros recién adquiridos en las librerías Ojanguren y Polledo, con sesudas revistas que se compraban en “La Palma”, con la proximidad de la Facultades de Derecho y Filosofía y Letras, acaso estemos hablando de uno de los emplazamientos de Oviedo donde el tránsito de libros y “publicaciones especializadas” fuese más abundante.
En una época en la que estuvieron de moda autores clásicos del pensamiento y determinadas corrientes filosóficas que venían de otros países europeos, la plaza que lleva el nombre del personaje cuyo himno remite a las libertades era uno de los principales puntos de encuentro entre estudiantes que intentábamos estar al día en todo aquel conjunto de cosas.
En más de una ocasión, en pleno auge del estructuralismo lingüístico y literario, conversamos acerca de lo que Riego representaría en nuestra ciudad. No había un Barthes por estos lares para darnos las claves en un texto memorable, pero nos conformábamos con ser conscientes de la enorme carga simbólica del personaje que nos ocupa, así como de la plaza que lleva su nombre.
Plaza de Riego, acaso toda una hermenéutica, acaso la convergencia hecha espacio público.
Y, a veces, sueños y ensueños privados. Y, a veces, la utopía en vena.

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Tras la crecida luna
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-11-2016 | 07:07| 0

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Quien no ha cruzado Roma bajo la luna llena no tiene ni idea de la belleza que se ha perdido”. (Goethe).

Cuando escribo estas líneas, a pesar de que se quedó atrás la enorme luna que fue más allá de un mero acontecimiento meteorológico, la noche sigue siendo un espectáculo en el que la niebla se cobija bajo la luz selenita, buscando acaso un centro de calor en la figura que forma, buscando una magia visual de la que nadie puede desentenderse.

La niebla, a primera vista, esconde lo que envuelve. Sin embargo, se asienta bajo la luz de la luna, reivindicando acaso una puesta de largo genuina y hermosa. La niebla, tela y telar de determinadas noches, radiante, gracias a la luna. Y, en este caso, gracias a esta luna que nos acaba de visitar, aumentada, que no corregida.

Cuando escribo estas líneas, tengo muy reciente la contemplación de dos cielos, el de Lanio, sobre el Narcea, donde la luz de la luna saca del río un brillo plateado. También, el cielo de Oviedo, hermoso, estrellado, limpio en las alturas, con la niebla partida y repartida en trozos de gasa bajo el techo protector de la luz de la luna.

¡Ay, esa niebla! ¡Ay, esa luz intensa en el cielo, pero nublada tejas abajo!

Luna crecida, ajena a todo ruido, a toda furia. Luna crecida, siempre aliada, aunque sin saberlo, de la poesía y el amor. Luna crecida, todo un prodigio cuando se asoma tras las montañas a primera hora de la noche. Luna crecida, que atiende y auxilia a la niebla, que embellece el cielo y el suelo, que diría Fray Luis, el maestro León, que decía Unamuno.

Las piedras, nuestras piedras más nobles, las de la Catedral, las del Alma Máter, las de los palacios del Oviedo más regentiano, cobraron en estas  noches  un realce espectacular, resplandecen de forma especial, sin la luz del día que, a veces, obnubila.

Las noches en Oviedo, con la luna crecida y multiplicada, fueron blancas y fantasmagóricas, sin temor, sin temblor, sin terror. Territorio de fantasmas buenos, de esos que nos llevan al recuerdo, a la leyenda, al mito, a la magia.

Luna crecida y multiplicada, haz de poesía, voluntad de estilo, escenario de belleza.

Todos hemos levantado la vista hacia el cielo, todos nos estremecimos ante nuestras piedras nobles, todos recordamos viejos esplendores, que estas pasadas noches danzaron, con velos, desvelándose y desvelándonos.

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Recuerdos de Oviedo: La Muralla.
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-11-2016 | 01:15| 0

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“Este temporal a destiempo, estas rejas en las niñas de mis/ ojos, esta pequeña historia de amor que se cierra como un/ abanico que abierto mostraba a la bella alucinada: la más/ desnuda del bosque en el silencio musical de los abrazos”. (Alejandra Pizarnik).

“Lo visible es un adorno de lo invisible”. (Juarroz). .

La muralla, la vieja muralla de Oviedo. ¡Qué desapercibida pasa, a pesar de su altura! A primera vista, y a poco que se conozca lo que es Asturias, si caminamos a su lado, nos parece que es un viejo y alto paredón que en su día cercaba una enorme finca y protegía no se sabe bien qué mansiones. Pero, al transitar por Vetusta, no se tiene la sensación, ni de lejos, de estar atravesando una ciudad amurallada, lo cual resulta muy paradójico si pensamos en el síndrome de insularidad existencial que está en el hondón de Asturias, que está en nuestros arcanos como tierra y como pueblo, con o sin bucles melancólicos.

La primera referencia literaria que recuerdo a la muralla de Oviedo proviene de una novela de Palacio Valdés, “El Maestrante”, donde nuestra ciudad recibe el nombre de Lancia. Y debo confesar que ni esa novela ni ese autor despertaron nunca en mí entusiasmo alguno.
Distinta cosa es aquel recorrido con la muralla de Oviedo por la calle Paraíso. Fue una noche de diciembre a principios de los ochenta, una de esas noches invernales en las que el viento sur le juega una mala pasada a la estacionalidad y paraliza el frío, generando en el paisaje y en el paisanaje confusión a todo trance.
Al pie de la muralla, un verde musgoso castigado por las heladas y las lluvias, mustio, como en letargo, a la espera de la estación primaveral. La luna estrenaba su creciente, parecía un gajo de limón colgado sobre un cielo con pocas y dispersas nubes.
La cazadora daba calor y me pesaba. Mientras, me preguntaba dónde acabaría el paredón que tenía al lado. No sólo era consciente de que aquello había cercado algo que se había ido desparramando por la ciudad sin freno alguno, sino también de que en la misma muralla faltaba mucho, sólo quedaban trozos, sin apenas trazos, además, sin nada que sustentar, desprovisto de aquellos detalles que eran como la guinda del pastel. Por ejemplo, almenas.
Tras el periplo, fuimos a un pub. Y hablamos de la muralla, que tan cerca la teníamos de nuestra Facultad y que, sin embargo, su presencia se hacía notar tan poco, y su irrelevancia en nuestra atención no venía motivada por cuestiones visuales, sino por causas acaso mucho más profundas, como si lo que hubiera intramuros fuese muy posterior a aquello que había cercado en su momento, como si hubiese un desfase irresoluble entre los restos de la muralla y todo lo que tenía a su alrededor.
Acaso la muralla era como la Edad Media, una desconocida, más allá de los cuatro topicazos que se repetían en todos los manuales.
Y, de repente, caímos en la cuenta de la soledad de la muralla, soledad triste que atestiguaba el musgo ajado que la acompañaba y marcaba su presencia. Y, de repente, caímos en la cuenta del encanto estético que, como ruina, tenía la muralla, como ruina y, tal vez, como presencia única de una ciudad que ya no existía y que resultaba dificultoso reconstruir con la imaginación por muy auxiliada que ésta estuviese en los datos.
Melancólica y solitaria muralla, tan melancólica y solitaria como aquella chica a la que habíamos visto minutos antes apoyada en ella, como si temiese derrumbes anímicos que parecían cernirse sobre ella.
Muralla muda y sorda, de algún modo invisible, a pesar de su envergadura, jugarreta de la historia que nos la ponía delante para que le diésemos significado, para que buscásemos sus días de esplendor. Y, de algún modo, aquella muchacha a la que habíamos visto en nuestro recorrido era una especie de metáfora viviente de la referida melancolía, de aquella soledad, de aquella ausencia de cosas cercanas que realzasen su significado.
¿Ruina de qué? ¿Ruina de quién? Demasiado grande para considerarla reliquia. Demasiado sola para vincularla al resto de la ciudad. Piedras, legendarias piedras, fuera de su tiempo, testigo sin registro y código para hacerse entender. Algo muy grande y lejano, escenificación de la soledad.
La muchacha que se apoyó en la muralla, ahogando, no sabíamos bien si vómitos o llantos, acaso necesitaba imperiosamente ser escuchada y atendida. Ya digo: metáfora viviente: la congoja.
Asimismo, nos planteamos que la muralla de Oviedo jugaba al escondite, o que, más bien, era la historia la que jugaba al escondite con ella. Pensamos en el pequeño trozo que había al otro lado, en la plaza de Riego, trozo que, a la vista, más que reliquia de otra época, se diría que sí estaba incorporado a la ciudad como algo muy posterior a lo que se dejaba ver en la calle Paraíso.
Piedras juntas en su día. Sin embargo, ahora desgajadas. Solitario lo grande, lo que se ve en la calle Paraíso; protegido y protector lo pequeño lo que asoma en la plaza de Riego.
Entonces, ¿quién jugaba al escondite: la muralla con la historia, o, era, por el contrario, la historia con la muralla?
Calle Paraíso. En otra ocasión, en pleno día. Pero, a pesar de que la luz natural no estaba obnubilada aquella mañana por las nubes, la muralla seguía compareciendo totalmente ajena a lo que había sido nuestra Facultad. La maleza que quería apoderarla era como la historia: la quería cubrir, invadirla.
Plaza de Riego, una noche de junio, corta, de las más cortas del año. Bullicio de final de curso: aquel abrazo de despedida hasta muy entrado septiembre. Aquella música de Pink Floyd que tanto y tanto nos invocaba y nos convocaba. Aquellos versos de Claudio Rodríguez, marcados por una ebriedad clarividente. Aquellos destellos de una historia de amor verso a verso. Aquella etapa de la vida golpe a golpe. Aquel libro de Machado con las páginas amarillentas, con los versos subrayados. Aquel Oviedo, de un tiempo y un país, que aún no había abaratado los sueños.
Aquella noche tan corta. Aquella noche vivida, según el pensamiento de Bergson sobre el tiempo, con tanta omnipresencia en la poesía de un siglo que se iba y que, al mismo tiempo, quedaba entre nosotros. Nos poseía.
Alguien se preguntó acerca del nombre de aquella calle, calle Paraíso, ni natural ni artificial, sino mágico, poderoso y, sobre todo, onírico.

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Ese semáforo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-11-2016 | 00:40| 0

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«Ya no espero que pase la tormenta, aprendí a caminar bajo la lluvia». (Nietzsche).

La historia es muy reciente, sucedió en una de esas primeras tardes de noviembre anteriores al pasado fin de semana, tardes que fueron un regalo que nos concedió el verano prorrogándose y prologándose. Tardes que, de otro lado, fueron el prólogo de la invernada que nos asoló hace muy pocos días.

La historia es muy cercana, tuvo lugar en el cogollo mismo de Oviedo, en el semáforo que comunica el Paseo de los Álamos con la calle Milicias, atravesando Uría.

Hacía calor, y, teniendo en cuenta lo que es la relatividad del tiempo, a quienes esperábamos para cruzar peatonalmente, la espera se nos hizo larga. No hacía falta decirlo con palabras, lo expresaban los semblantes. Una mujer elegante, de mediana edad, que vestía una chaqueta roja con envidiable hechura, echaba pestes contra el “tripartito”, (así es la denominación con la que continuamente se llama al Gobierno municipal de Oviedo) por el “plan” que tenían para reducir el tráfico en  los alrededores del Campo de San Francisco.

Me pareció contradictorio que, por un lado, se mostrase impaciente en espera de que el semáforo se pusiese en verde y que, por otra parte, rechazase a priori que se estudie la forma de aliviar esas calles de coches para favorecer el tránsito peatonal, para hacerlo más cómodo.

Acto seguido, su interlocutora, que no parecía estar muy dispuesta a contradecirla, añadió que, “con lo guapo que estaba Oviedo gracias a Gabino, a éstos sólo les quedan inventos y cosas raras para hacerse notar”.

Así pues, no se tenían en cuenta ni los pufos a los que tenemos que hacer frente, ni la abigarrada estética gabiniana que creó escuela en Asturias, ni las formas chuscas con las que se gobernó la ciudad durante casi dos décadas y media. Ante todo, los tópicos y el maniqueísmo.

Por fin, el semáforo se puso en verde. Unos jóvenes estaban abstraídos con sus respectivos móviles esperando el autobús en la marquesina de la calle Uría. La terraza de la Mallorquina estaba llena de gente. Dos chicas flanqueaban a Allen posando para una foto que les hizo desde un móvil un transeúnte a quien le pidieron que inmortalizase tan memorable instante.

Iba por la calle Milicias camino de la plaza del Carbayón cuando sonó mi móvil. Un antiguo compañero de colegio acababa de verme pasar  en el momento en que abandonaba la terraza del establecimiento al que acabo de hacer mención.

Nos saludamos, con ese “decíamos ayer” que es tan propio entre los amigos de la infancia. Me pidió que lo acompañase hasta su coche que tenía aparcado en la calle Toreno, para mostrarme una foto de nuestra adolescencia en el curso en el que coincidimos a los trece años, aquel tercero de bachillerato del que, académicamente, compartíamos un amargo recuerdo de un profesor de matemáticas profundamente antipático.

De vuelta, en el semáforo, también la espera se nos hizo larga. Tras un silencio breve, la luz verde nos dio paso. Apenas habíamos dejado la acera, cuando un motorista que pasó en rojo a toda velocidad, a punto estuvo de atropellar a una señora mayor que caminaba despacio apoyándose en un elegante bastón.

Me pregunté si aquella ciudadana sería una incondicional votante de Gabino de Lorenzo.

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Viga Azul: Crecimiento
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-11-2016 | 06:46| 0

A decir verdad, hasta el encuentro frente al Lugo, si bien la última racha de resultados era excelente, el juego del equipo estuvo muy lejos de despertar entusiasmo. Sin embargo, tengo para mí –y ojalá acierte- que el último partido en el Carlos Tartiere, aun sin ganar, consolida al equipo, y lo veo así porque en los primeros minutos de la segunda parte, el Oviedo, a pesar del campo y del árbitro, jugó con ambición y mordiente, logrando abrumar al contrario y arrinconarlo en su defensa, a la veces, a la desesperada.

Recibimos un gol en una jugada desgraciada, tanto como la que nos benefició el pasado domingo en Murcia. Por tanto, Verdés pudo desquitarse, al transformar el gol del empate, de la mala fortuna en el tanto local, cuando desorientó por completo a Juan Carlos. Y, sin duda, el gol de Oviedo, dos minutos antes de que se cumpliese el tiempo reglamentario, hizo justicia al empuje, la lucha y la ambición del conjunto azul.

Ante el Lugo, el empate no supo a poco, y ello fue así porque el Oviedo no se hundió, no dejó de luchar y arrinconó a un rival con oficio que no pudo consolidar su ventaja. Por ello, cabe suponer que el conjunto de Hierro ya forma un bloque sólido, y tiene claro que su papel en este campeonato va más allá de un mero cumplimiento del expediente.

A estas alturas, lo que importa –perdón por la perogrullada- no es la clasificación, sino la solidez que el Oviedo viene mostrando, una solidez que no se basa en un juego deslumbrante, ni siquiera coordinado entre líneas, particularmente, entre el centro del campo y la delantera. El juego y la coordinación son, sin duda, mejorables.

Dicho esto,  creo que hay motivos fundados para el optimismo. El Oviedo es un conjunto seguro atrás, y con jugadores calidad en el resto de las líneas. Y, por otro lado, se demuestra cada domingo que todos los futbolistas están concentrados en su tarea y concienciados de que deben rendir al máximo. La intensidad no falta.

Por otra parte, me da la impresión de que Susaeta, poco a poco, va ganando en forma física, y, como bien se sabe, se trata de un jugador que es muy importante por su calidad y por su concurso en el balón parado. Por tanto, es de esperar que su mejor versión esté por llegar en lo que resta de temporada.

Así pues, creo que el equipo está en fase de crecimiento, que la buena racha que llevamos no obedece sólo a golpes de suerte. En fin, que hay motivos para la esperanza, al menos, desde el pragmatismo.

Que así sea.

 

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Recuerdos de Oviedo: Penúltimos guateques
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-11-2016 | 23:24| 0

“Nada será que no haya sido antes. / Nada será para no ser mañana. / Eternidad son todos los instantes, / que mide el grano que el reloj desgrana.” (Valle-Inclán).

“Paciencia, forma menor de desesperación disfrazada de virtud”. (Ambrose Bierce).

Prometo que no pretendo ser aguafiestas, sino dar cuenta de vivencias, eso sí, sin empalagos melodramáticos. Y, miren, lo cierto es que lo que yo recuerdo de los guateques se parece mucho a las melancólicas tardes de domingo. Para ser más precisos, diría que, si bien se organizaban semejantes festines para combatir las tristezas de las tardes dominicales, al final, lo que sucedía era que los disgustos, las angustias, las sesiones plañideras, los números que montaban las personas que se sentían incomprendidas y desamparadas resultaban antológicos. ¡Cuánto mejor hubiese sido que cada cual se quedase en su casa penando las congojas dominicales! Al menos, en muchos casos nos hubiésemos ahorrado escenas y escenificaciones empalagosas..
Domingos, horas vespertinas, digo. Siempre había alguien que aquella tarde tenía su casa libre porque sus padres estaban de viaje, o en la casa de veraneo. Y ese alguien organizaba el sarao, o sea, el guateque. Pero, de entrada, había que tener todo tipo de precauciones, bien con el vecino “repunante” que podía chivarse y quejarse por el volumen de la música, bien por el hermano o la hermana de quien ejercía de anfitrión que sufría una crisis amorosa y estaba encerrado en su cuarto y no había que molestar. O sea, que lo previo era ya un aviso de dificultades.
A pesar de todo, la fiesta comenzaba. Siempre había algún experto a la hora de seleccionar la música, generalmente suave para no molestar al vecindario, también para crear la atmósfera que estaba en el guion, al menos, en el guion desiderativo. Siempre había una mesa donde estaba la bebida. Siempre había rincones de charla, más o menos psicoanalítica.
Luz en penumbra, visillos que tapaban las ventanas, calor humano, mucha concentración de humo del tabaco, canapés que no solían ser muy variados. Las mesas de comedor se apartaban para convertir aquello en una especie de salón de baile improvisado.
Se ligaba, sí, pero mucho menos de lo que figuraba en los relatos. Y, salvo excepciones, siempre había quien estropeaba la fiesta. A veces, por los estragos que causaba la bebida. A veces, porque la misma bebida desinhibía, no en el sentido más tórrido que imaginarse cabe, sino la capacidad, infinita de algunas personas, de llorar sus penas, bien fuesen amorosas, bien fuesen por problemas familiares, bien fuesen por asuntos relacionados con los estudios. Y aquello lo trastocaba todo.
Pero, claro, si alguien rompía a llorar, o si, en todo caso, se dedicaba a explayarse a la hora de expresar sus penas, a resultas de ello, alguna de las personas invitadas tenía que hacer de acompañante y abandonar la fiesta, desgracia no sólo para quien le tocaba semejante papelón, sino también para quien se quedaba a dos velas pues pretendía ligar con quien se veía en la obligación de hacer labores samaritanas.
Por lo general, no solían concitarse conversaciones transcendentes, tal y como sucedía en la novela de Marsé “Últimas tardes con Teresa”. Se hablaba en los primeros minutos de la fiesta, con el ritual de presentaciones, y, tan pronto comenzaba el baile, el personal se dispersaba. Cabe suponer que las susodichas conversaciones las llevasen a cabo nuestros hermanos mayores, generacionalmente hablando. Pero nuestra generación, teniendo en cuenta que éramos quinceañeros en nuestros primeros guateques, no podía ser tan sesuda, no hablábamos de Marcuse, desde luego que no.
Al final, la cosa no difería mucho de las tardes de sábado en las que íbamos por el Oviedo Antiguo a tomar un vino infecto por determinados bares, en pandillas en las que solía haber espontáneos que hacían sus pinitos guitarra en mano, por lo común, desafinando. La diferencia fundamental estaba en que en los guateques se bailaba, a lo que había que añadir el morbo de lo prohibido por aquello de que se hacía una fiesta secreta, o, al menos, eso se pensaba. Se jugaba, podría decirse, a ser transgresores, voluntad, en general, no faltaba. Pero…
¿Cómo no recordar aquel guateque en el que se oyó tantas veces una canción de Roberto Carlos, la que hablaba de un gato que estaba triste y azul, y que no volvería a casa si alguien no estaba? A decir verdad, aquel ritmo y aquella voz envolvían lo suyo para favorecer acercamientos muy románticos mientras se bailaba, pero, en un momento dado, alguien protestó por la insistencia en aquella canción que tan malos recuerdos le traía. Tras la protesta airada, el llanto. Tras el llanto lleno de reproche, se paró la música. Y aconteció lo expuesto más arriba: abandono de la fiesta con el acompañamiento consiguiente. Y aquello, aunque la sesión se reanudó, no volvió a ser lo mismo.
¿Cómo no recordar aquella tarde de abril, tras la Semana Santa, en la que en Oviedo llovía ante torrencialmente antes y después del guateque? A la salida, por fortuna para aquella pareja de baile, se les veía felices tras la fiesta, caminaban muy acaramelados por las calles más próximas a la estación de la RENFE. Hubo en aquel guateque sus más y sus menos psicoanalíticos y melodramáticos, pero, al menos, no se suspendió el festín.
¿Cómo no recordar, sin ánimo de dar a esto un cierto tinte empalagoso, determinados momentos en los que el ceremonial de besos ya abrazos mientras se bailaba se ponía en escena con un ritmo lento, tan lento como el de la música que sonaba?
¿Cómo no recordar las campanadas del reloj de la Caja de Ahorros cuando daban las diez de la noche y había que acelerar el paso, porque los domingos a la hora de la cena era obligado ser muy puntuales?
¿Cómo no recordar nuestra vestimenta y nuestra estética entre los 15 y los 18 años? Los pantalones acampanados, el pelo largo, hasta donde se permitía, en los chicos. Los zuecos que calzaban las chicas, que también lucían pantalones muy anchos abajo. Y nuestra estética era un seguimiento casi total de nuestros hermanos mayores noventayochistas.
Guateques adolescentes, rituales de transgresión, marcados por un fatalismo que, andando el tiempo, nos produce ternura, la ternura que, en muchos casos, supone recordar que nos estrenábamos en rituales que nos mostraban nuestra condición de perdedores, de entrañables perdedores.

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