El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Noches de “movida” en la calle Altamirano
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-08-2017 | 03:40| 0

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«Vale más ser ola pasajera en el Océano que charco muerto en la hondonada» (Unamuno).

La década de los ochenta, en Oviedo, tuvo como ‘valor añadido’ el reencuentro entre la ciudad y ‘La Regenta’, cuando se cumplió el centenario de la publicación de la que es acaso la mejor novela escrita en castellano del siglo XIX. Fue un reencuentro del que habrá que ocuparse en algún momento con el rigor que el caso merece. Pero, en todo caso, se puede asegurar que no se trató de algo baladí, sino que marcó mucho la vida cultural de aquella década en nuestra heroica ciudad.
De un lado, el desenfado y el descaro de ‘la movida’. De otra parte, la búsqueda del significado de una novela que, teniendo a Oviedo como escenario, plasma la geografía moral de la España de la primera Restauración borbónica y que, al decir de Juan Antonio Cabezas, se puede considerar nada menos que «la Biblia del aburrimiento provinciano».
Cajastur hizo una edición conmemorativa de ‘La Regenta’ en la que se reproducía la portada de la primera edición, y que podía verse en los escaparates de las principales librerías de Oviedo. Por otro lado, hubo un número extraordinario de la revista ‘Cuadernos del Norte’ dedicado a ‘La Regenta’.
Y, conviviendo con la novela y los reveladores artículos de la revista mencionada, estaba aquella música ochentera con sus ecos en Oviedo, ecos que se focalizaban y localizaban en los pubs más atractivos del momento.
Y, en lo literario, había una conmemoración más: estábamos en el año en el que Orwell había escenificado la novela en la que se hacía un fidedigno y escalofriante retrato de un totalitarismo feroz. A resultas de ello, hubo una versión cinematográfica de ‘1984’, que en Oviedo se pudo ver en el cine Ayala.
1984, plena Movida madrileña y española. Y aquel Oviedo de la ‘movida’ que se despertaba cada noche en la parte antigua de la ciudad ampliaba su espacio, crecía el número de locales que celebraban y concelebraban centenarios de novela y años de desenfado, descaro y libertad.
En 1984, la Santa Sebe era el establecimiento más acorde con el espíritu de la movida. Daba vida a la calle Altamirano y, por allí, nos asomábamos por las noches. Por lo común, lo hacíamos sin prisa, y era muy grato encontrar allí los ecos musicales de aquellos años.
En la Santa Sebe, podíamos estar hablando en tertulias interminables acerca de lo humano y lo divino, y también era grato disfrutar de la música que allí se dejaba oír.
¿Cómo no recordar la noche en la que entramos allí por vez primera, pocos meses después de haberse inaugurado? ¿Cómo no tener presente aquel ambiente en el que, por encima de todo, se respiraba una libertad profunda que era un gozo percibir?
Libertad de expresión sin presiones de ningún tipo, sin temor alguno a lo políticamente correcto que vendría después. Libertad en los atuendos, libertad a la hora de decidir con quién hablar y de qué. La famosa libertad sin ira de principios de la Transición se convirtió allí en la libertad con música y con letra, con ritmo y con ímpetu.
No deja de ser curioso que en una misma calle hayan convivido bares tan tradicionales como el Lito y el Manolo con un pub como la Santa Sebe. En los primeros, el Oviedo de siempre. En el pub del que venimos hablando, la referencia de la ‘movida’ y, con el paso del tiempo, la adaptación bien llevada a los cambios consabidos. También hay que hacer mención a la cervecería Plaká, que en los años noventa completaría el elenco de la diversión en una calle tan pequeña, pero, a la vez, tan omnipresente en el corazón de Oviedo. Tan próxima a librerías de referencia como La Palma y Ojanguren.
Y es que la ‘movida’, además de la música que entonces pitaba, además del colorido en los atuendos, además de las ‘extravagancias’ más o menos planificadas, además de los memorables e irrepetibles bandos de Tierno Galván, era algo tan abierto que permitía combinar todo aquello con sesudas tertulias que se llevaban a cabo con revistas y libros en la mano.
Y, hablando de libros, los dos tomos de ‘La Regenta’ de la edición facsimilar ya citada, empapados del ambiente de la Santa Sebe, con el humo del tabaco, empapados de aquel ambiente, acariciados de continuo en la conversación.
Aún no se hablaba de posmodernidad. Pero lo cierto es que aquello no desdecía en absoluto. La novela que, además de otras cosas, tanto había innovado y tan rompedora había resultado en su momento, llevada al corazón de la ‘movida’ de Oviedo.
Sonrisas cómplices, sin lágrimas, movimientos al compás de los acordes musicales, temperaturas llevaderas en el exterior, pedazos de luna como gajos de limón cuyo apoyo no veíamos ni vislumbrábamos.
A aquella libertad había que asirla por la cintura, abrazarla, celebrarla. A aquellas noches sin reloj había que ponerles música. A aquellos ritmos había que acompañarlos de movimientos de baile, acaso no muy acompasados, pero desbordantes.
El magistral con su catalejo. Ana Ozores, con quiebros y requiebros en sus movimientos y en su voz. ‘Clarín’ sobre su manuscrito. Sobre tales escenarios y pasajes leídos y releídos, la música de los ochenta, la letra del desenfado. El hielo derretido en las copas, el humo de los cigarrillos bailando por encima de nosotros y a nuestro lado.
A veces, hasta las farolas ardían de entusiasmo. A veces, los libros del momento que se exhibían en los escaparates se sumaban a la fiesta.
Y al baile.

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Panorama vetustense: Pleno sobre “el estado de la ciudad”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-08-2017 | 03:01| 0

Una imagen de una sesión plenaria.

“El pasado es arcilla que el presente labra a su antojo. Interminablemente”. (Borges).

Confieso que no me resulta indiferente la propuesta del edil de Ciudadanos,  Luis Pacho, encaminada a que se celebre un debate sobre “el estado de la ciudad”, siguiendo los que hay sobre el estado de la nación y el estado de la región. Así pues, tres estados distintos y una sola política verdadera.

Pero, hablando en serio, de llevarse a cabo tal cosa, sería, como poco, muy revelador, máxime en un momento como éste en el que hay cinco partidos políticos diferentes en el Consistorio ovetense, lo cual redundaría en 5 visiones distintas acerca del momento que vive la ciudad, cada cual con sus matices.

¿Hay, en consonancia con el número de partidos políticos que tienen representación en el Ayuntamiento de Oviedo, 5 proyectos de ciudad distintos? En teoría sí, y, ante todo y sobre todo, de  llegar a celebrarse el debate propuesto, tendríamos oportunidad de comprobarlo.

Y, pasado el tiempo, el debate que nos ocupa sería de consulta obligada para analizar la situación política de Oviedo tras el gabinismo.

Pero, siguiendo con el supuesto de que llegase a celebrarse el susodicho debate, tendría un enorme interés político el planteamiento que hiciese el actual Alcalde. ¿Saben por qué? Pues muy sencillo: porque Wenceslao López tiene un criterio propio para  la ciudad, frente a una FSA que renunció  hace mucho tiempo a gobernar la capital de Asturias y que, en su momento, puso las cosas muy difíciles a quienes no se resignaban a que Oviedo fuese el cortijo de Gabino de Lorenzo.

Por el contrario, el discurso más previsible sería el del PP, que no reconocería un solo acierto en lo que llevamos de Legislatura al Equipo de Gobierno.

Aun así, cada partido daría su propia visión de la política vetustense. Doy por hecho que los tres partidos que gobiernan no plantearían un discurso unívoco, y eso reflejaría la diversidad realmente existente, también en la izquierda.

Un debate sobre el estado de la ciudad que, previsiblemente, se ocuparía también del papel que debe desempeñar Oviedo en el conjunto de Asturias en tanto que es la capital de la autonomía. A este respecto, cabe preguntarse si alguien recuerda lo que en su momento esgrimió Gabino de Lorenzo acerca de lo que tendría que suponer la capitalidad para Oviedo, en una supuesta reforma del estatuto de autonomía que nunca llegó ni siquiera a esbozarse. Desde luego, lo manifestado por el entonces Alcalde fue una simplicidad mayúscula muy en su línea.

Pues lo dicho: espero y deseo que se apruebe que haya ese debate sobre el estado de la ciudad.

Además de entretenido, sería clarificador, que no clarividente.

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¿Otro Real Oviedo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-08-2017 | 10:25| 0

En los primeros minutos del encuentro, vimos -hay que reconocerlo- otro Oviedo, un equipo con  mordiente arriba a la hora de poner las cosas difíciles a la defensa del rival, un equipo metido en el choque, un equipo con ambición y entrega. También pudimos ver  a un Saúl Berjón distinto al de la pasada campaña, luchando más y en mejor forma física. Tanto fue así que los dos goles del conjunto carbayón los transformó el jugador canterano.

Pero, ¡ay!, ocurrió lo inesperado. Me refiero al gol del empate del Rayo, una falta que pilló con el pie cambiado y con la mente puesta sabe Dios dónde al guardameta y a la defensa. Y se vio, tras el gol de la igualada, que el equipo se resintió, que perdió el norte, la confianza en sí mismo.

Por otra parte, que el Rayo se adelantase poco antes del descanso minó mucho los ánimos y le dio una seguridad al equipo visitante que se limitaba a controlar el balón.

Llegó lo peor con el tercer gol visitante, pero, aun así, el once azul siguió luchando, fruto de ello fue el segundo tanto marcado por Berjón. Luego, vino lo del penalti que, al final, no llegó a ejecutarse a resultas de que el juez de línea marcó un fuera de juego.

¿Otro Real Oviedo? Lo mejor, sin duda, los primeros minutos del encuentro hasta el gol de Berjón. Lo peor, los despistes defensivos, así como lo poco afortunado que estuvo Juan Carlos en el segundo tanto del Rayo en el que ni siquiera salió a por el balón.

Por otro lado, hay que anotar también que Hidi demostró clase en los minutos que estuvo en el campo. Suyo fue un magistral pase que dio lugar al segundo gol de Berjón. El húngaro está llamado a ser el director de orquesta del equipo.

También hay que decir que la “sociedad” entre Linares y Toché arriba, al menos en el partido de ayer, no funcionó. El primero estuvo negado para el gol, mientras que al segundo le llegaron pocos balones para sentenciar a lo largo del partido.

Un partido de claroscuros, del que se puede decir que el equipo lo intentó, que puso ganas y mordiente, pero que esa seguridad defensiva de la que se habló en la pretemporada fue manifiestamente mejorable.

Se vio algo muy inquietante: que es muy difícil ganar si la defensa tiene pájaras y si los delanteros parecen negados ante el gol.

Con todo, las sensaciones no fueron de hecatombe.

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Recuerdos de Oviedo: Aquellas salas recreativas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 20-08-2017 | 13:38| 0

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“Los acontecimientos son sólo la superficie de la vida: su verdadera fuente se encuentra por entero en los sentimientos”. (Madame de Staël).
“Nada hay más penoso que el instante que sucede a la emoción: el vacío que deja tras sí nos causa una mayor infelicidad que la privación misma del objeto cuyo deseo nos excitaba. Lo más difícil de soportar para un jugador no es haber perdido, sino dejar de jugar”. (Madame de Staël).

¿Quién no recuerda, en su etapa estudiantil, aquellas clases en las que no se pasaba lista, o que eran muy aburridas y que tanto tentaban a pirar? Y, si hablamos de los estudiantes de bachillerato en los años 70, ¿quién no transitó aquellas salas recreativas de juego, con sus máquinas flipper y sus futbolines, bien a la salida del colegio, bien pirando clases?
¿Cómo no recordar las batallas con aquellas máquinas, cuyo triunfo consistía en lograr un número determinado de puntos que suponía una partida gratis? La bola bajo el cristal, los juegos de luces, los sitios a los que había que mandar la bola para que puntuase más, los comentarios, gestuales o con palabras, de los mirones o acompañantes.
Toda la atención puesta en el juego, en conseguir que la bola no se colase por aquella suerte de desagüe más o menos virtual; toda la atención puesta en la pantalla que informaba sobre los puntos que se llevaban y otras incidencias.
A veces, la pasión impulsaba a dar embestidas a la máquina, embestidas que, si eran muy bruscas, quedaban penalizadas con una falta, y el juego, al menos de la bola en cuestión, se paralizaba.
La máquina y nosotros. Un mundo alternativo a la rutina, una zambullida en un juego en el que la autoestima, por lo común, estaba en la apuesta. Había que ser hábiles, había que demostrar maestría y experiencia, mientras los libros y libretas descansaban como ausentes, y nosotros, al mismo tiempo, dejábamos aquello aparcado.
Oviedo, años 70, mi adolescencia. A las salas recreativas, acudíamos, como señalé más arriba, en aquellas horas de clase que pirábamos, y también al final de la jornada lectiva por las tardes. No hace falta decir que tenía mucho más atractivo lo primero.
Oviedo, años 70. Recuerdo, sobre todo, dos salas recreativas de juego: Las Mil Millas en la calle Rosal y El Trébol en la calle González Besada. Sobre todo la de la calle Rosal, estaba perfectamente situada para atraer al estudiantado adolescente, al del Instituto Alfonso II y también a los alumnos del Colegio Auseva, que entonces estaba en la calle Santa Susana.
Y, aparte de las máquinas a las que hice mención, también había futbolines. La diferencia era muy grande, pues en éstos se jugaba contra seres humanos, sin la magia de la electrónica y la imaginería.
Por otra parte, nunca olvidaré a los encargados de aquellas salas recreativas, que, a pesar de tener que pelear con adolescentes, daban pruebas continuas de paciencia y bondad. Incluso había ocasiones en que nos regalaban partidas. Rara vez se enfadaban, rara vez hacían uso de administrar el derecho de admisión, salvo comportamientos insalvables que no solían producirse.
Una mañana de abril, tras las vacaciones de Semana Santa, en el año 71. Una mañana nublada, pero con temperatura agradable. Sabíamos que el profesor que nos tocaba tras el recreo no había acudido aquella mañana al centro. Y durante las horas anteriores, sin necesidad de hablarlo entre nosotros, pensábamos en una hora de asueto en Las Mil Millas. De entrada, una hora, quién sabe si hasta el final de la jornada lectiva de mañana.
En pleno recreo, la mayoría de las máquinas estaban ocupadas. Tocaba esperar, pero no teníamos prisa porque habíamos decidido por nuestra cuenta alargar aquella media hora.
Recuerdo que me situé muy cerca del mostrador donde estaba el encargado. A su lado, estaba mi máquina preferida, no resultaba difícil conseguir partida, y, por otra parte, tenía monedas suficientes para estar allí un buen rato.
El cigarrillo comprado en la Boalesa. Era el momento de fumarlo antes de ocupar las manos con los mandos de la máquina. Y también era un interesante previo a la transgresión. Primero, fumar. Segundo, pirar la clase.
Lo cierto fue que, más que atender al jugador que me precedía, me concentré en el acto de fumar, pensando en lo que haría el resto de la mañana. Y, así las cosas, la espera no se me hizo larga. La primera partida me salió mal, acaso me faltaba concentración. Pero me desquité en las siguientes.
Mientras tanto, otros compañeros jugaban al futbolín. Me incorporé más tarde a una partida, haciéndome cargo de la portería y de la defensa. Duró mucho aquella primera sesión, las bolas se resistían a entrar en las porterías.
Al salir de las Mil Millas, a la hora del final de la jornada lectiva de la mañana, el cielo estaba despejado. Nos encontramos con otros compañeros que habían acudido a clase. Aquello fue una especie de regreso a la normalidad, a lo consueto.
Aquellas salas recreativas que tenían su magia, que nos transportaban a un mundo totalmente ajeno a la rutina nuestra de cada día. Si en algún momento nos distraíamos, veíamos la máquina de turno, el momento en el que parábamos la bola para lanzarla al agujero donde se conseguían más puntos.
Aquellas máquinas recreativas. Lo lúdico como salvación y desquite. Lo lúdico como válvula de escape.
Jugar, pirar clases y fumar, pasos previos a otras pasiones adolescentes que no tenían que ver con máquinas y sí con enamoramientos secretos, a veces tortuosos; en ocasiones, sobrecogedoramente cursis, siempre que se contemplen con la distancia que proporciona el tiempo transcurrido.
Las máquinas flipper como anticipo de otros juegos y pasiones, con su música ambiental y sus parpadeos.

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Retratos mateínos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-08-2017 | 04:25| 0

«El contagio de los prejuicios hace creer muchas veces en la dificultad de las cosas que no tienen nada de difíciles».  (Pío Baroja).

A nadie le puede resultar extraño que los carteles promocionales de las fiestas de San Mateo estén provocando sesudas discusiones en la sociedad vetustense. De hecho, nada más verlos, se cae en la cuenta de que se trata de una polémica anunciada.

Sin duda, los retratos propiamente dichos son meritorios. Diría más: el más difundido de todos, el de la señora sentada, nos muestra una imagen de una persona que no sólo suscita serenidad, sino que puede verse en ella todo un personaje con una historia digna de ser contada, tanto literal como literariamente.

Pero, polémicas anunciadas aparte, tengo para mí que, una vez más, nos encontramos con el difícil encaje del marco en el cuadro. Dicho de otro modo: siendo buenos los retratos, lo que cabe preguntarse si se adecuan a lo que se pretende, esto es, a la promoción de unas fiestas. Yo diría que no, o, en todo caso, habría otros carteles mucho más propios para anunciar unos días y noches de asueto y regocijo.

Más propios y, al mismo tiempo, muy de Oviedo. Pongamos que figurasen en los carteles imágenes de la zona de los chiringuitos de las noches mateínas con sus riadas de gentes. Pongamos, el escenario de un concierto, bien anunciado, bien que se celebró ya. Pongamos rostros históricos que dicen mucho de Oviedo.

Perdón por la obviedad: una cosa es hacer carteles que plasmen a personas que representen los trabajos y los días del Oviedo más actual y otro asunto muy diferente es anunciar unas fiestas que, durante las últimas décadas, tienen su foco más importante en los chiringuitos.

No se trata, claro está, de anunciar un Oviedo cotidiano, sino un Oviedo en fiestas, con todo lo que ello supone. El protagonismo tiene que estar en lo lúdico, en el ambiente festivo. Y eso es lo que se tendría que haber plasmado en los carteles anunciadores.

Yo apostaría por algo que recogiese lo que son las noches mateínas, la despedida del verano, el anticipo de un otoño que en Oviedo es esencialmente literario.

Y es que son esas noches mateínas las que tienen el mayor protagonismo en nuestras fiestas. Lo lúdico, lo desenfadado, las risas, las juergas, las tertulias, los viandantes sin prisa, la música hasta el alba.

Y es que, si por algo se caracterizan las jornadas festivas, es por ser una tregua en la que no toca ponerse estupendos, en la que la realidad tiene que ser aparcada, en la que las máscaras y el desenfado piden paso y se convierten en el centro de todo.

Hablamos de fiestas, no de retratos sociológicos.

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Recuerdos de Oviedo: Un domingo en “Salsipuedes”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-08-2017 | 08:29| 0

“El principio esencial de la mecánica poética —es decir, de las condiciones de producción del estado poético mediante la palabra— es a mis ojos ese intercambio armónico entre la expresión y la impresión”. (Paul Valery).

Fue una de esas tardes de domingo en las que decidimos abismarnos en nosotros mismos en lugar de salir a la calle y quedar con alguien. Fue una de esas tardes de domingo en las que elegimos unas lecturas y una música acordes con la melancolía buscada y la soledad voluntaria. Lecturas de Hermann Hesse, canciones de Brel. Fue una de esas tardes de domingo en las que, a pesar de todo, al final, cuando se acerca la hora de la cena, lo agridulce se va retirando y el ánimo se recupera sin aspavientos, pero con ímpetu. Y, para despedir la jornada, tras la cena, dejamos atrás las horas de ensimismamiento y tomamos la determinación de salir a la calle.
Domingo otoñal, con temperatura benigna, en el que a las diez de la noche, la luz del día llevaba varias horas ausente. Domingo otoñal de aquellos primeros años ochenta en los que los establecimientos del Oviedo antiguo eran un auténtico hervidero de música, conversaciones improvisadas y diversión. Oviedo antiguo que, paradójicamente, poblaba la juventud universitaria. Oviedo antiguo de guitarras, poemas más o menos improvisados, tertulias, noches inacabables, continuos encuentros.
Resultaba imposible recorrer el Oviedo antiguo sin encontrarse con compañeras y compañeros de la Facultad, sin encontrarse con personas conocidas que entonces mostraban una pasión por la política realmente irrepetible. Era frecuente poner sobre las mesas de los pubs, además del tabaco y el mechero, el libro que se estaba leyendo, con afán de compartir aquello, de someterlo a debate. No se leía, salvo excepciones, en los pubs, lo que se hacía era comentar lecturas, frases subrayadas, versos remarcados que daban mucho de sí.
Once de la noche, locales en el Oviedo antiguo, si no de culto, sí de inquietud cultural, al menos aparente. Locales de culto en los que la música de fondo jamás sorprendía y era casi un apéndice de nosotros mismos. Las copas, la pequeña mesa para dos, que no impedía la charla con otros clientes del local. La noche vetustense era también un pañuelo, lleno, en cierta medida, de señuelos.
Tras haber tomado algo en dos pubs, antes de la retirada, dimos un paseo. Recorrimos la calle Salsipuedes. Un trozo de la vieja Muralla, las escaleras con moho, la humedad, la noche cerrada. Un viejo caserón en el que, sin una precisión total, se quiso ubicar la morada de los Ozores, o sea, de “La Regenta”. A decir verdad, aquel escenario era un encuentro con la historia de la ciudad, también con sus leyendas, historia y leyendas que no sincronizaban en el tiempo, pues el testigo de la primera era muy anterior.
Cerca de allí, muy cerca, la vida noctámbula bullía. Sin embargo, en el momento mismo en que nos acercamos al referido caserón, ruinoso, como el viejo hospicio machadiano, nos pareció ver sólo una silueta tremendamente oscura con su no sé qué de inquietante. Allí estaba, inmóvil, como una sombra del entorno y de la noche. Lo cierto es que desconocíamos por completo a santo de qué se encontraba en ese lugar. Lo cierto es que nuestra presencia no pareció perturbarle lo más mínimo.
En un momento dado, parada para fumarnos un pitillo, casi en silencio, como una especie de culto al lugar donde nos encontrábamos, como una forma de embebernos de aquello.
Calle Salsipuedes, cuyo nombre, según nos planteamos, se prestaba a dos interpretaciones muy distintas, pero aceptables ambas. De un lado, como un entorno que se nos hace atopadizo, que atrae tanto que resulta difícil abandonarlo. Por otra parte, como una encrucijada, por su angostura y, en aquellos momentos, por su oscuridad, oscuridad que remitía a un escenario de otro tiempo, incluso a un escenario que, sin llegar a la llamada literatura de terror, sí parecía pintiparado para el miedo, escenario con su extra, con su personaje. No se podía pedir más.
Musgo en el trozo de muralla, humedad en las escaleras, hollín en las viejas piedras. Referencias literarias más o menos creíbles, más o menos hipotéticas. Noche.
Aquella noche en la calle Salsipuedes a la niebla le costaba trabajo entrar, lo que aumentaba las posibilidades interpretativas de su denominación. Desde luego, no era fácil salir, pero costaba lo suyo adentrarse, sin que ni lo uno ni lo otro resultase imposible.
Calle Salsipuedes, metáfora pluscuamperfecta de Oviedo. La Muralla que, además de dar cuenta de la historia, podría expresar también lo que es la ciudad cerrada a la que tanto trabajo le cuesta abrirse al mundo, o sea, “La Regenta”. Calle empinada que también (y tan bien) plasma lo endiablado y dificultoso de la orografía de Oviedo.
Cuando dejamos atrás el Oviedo antiguo, ya en la plaza de la Catedral, la niebla se iba haciendo densa, al tiempo que la temperatura era agradable gracias a que durante horas había soplado el viento de las castañas, el regentiano viento sur que tan adentro llevamos, el aire de las castañas.
De “El Lobo Estepario” como lectura vespertina, a hipotéticos escenarios regentianos.
A decir verdad, aquel personaje que habíamos visto en lo oscuro tenía su no sé qué del protagonista de la novela de Hesse. A decir verdad, aquel itinerario nos confirmó aún más nuestro apego a la ciudad, a una ciudad en la que las calles y sus viandantes son a veces literatura en estado puro.
Calle Salsipuedes, Oviedo, su historia y su leyenda, en estado puro.
Y hasta sólido, líquido y gaseoso.

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¿Con flores a Clarín?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-08-2017 | 07:33| 0

Resultado de imagen de Clarín

Recientemente, tuvo lugar en Gijón una ofrenda floral a Jovellanos que pone de manifiesto el fervor y la devoción que la ciudad le profesa a su hijo más insigne. Desde luego, no le faltan méritos para ello, tanto por la categoría intelectual del personaje como por los continuos y fértiles desvelos del ilustrado hacia su Gijón natal.

Y ese acontecimiento de la ofrenda floral a Jovellanos en Gijón me llevó a preguntarme una vez más por la compleja y contradictoria relación que hay entre Oviedo y Clarín. Porque, siendo incuestionable que el ovetense al que nacieron en Zamora es el personaje más ilustre que jalona la historia de nuestra ciudad, no lo es tanto que en nuestra capital se le valore como realmente se merece, eventos oficiales aparte.

Para empezar, un pequeño detalle de nuestro callejero: la vía pública dedicada a Clarín no está entre las principales calles de la ciudad. Para seguir, aún persiste aquel Oviedo que no agradeció nunca el retrato que Alas hace de Vetusta. Y, para ponerle la guinda al pastel, no se puede negar la existencia de cierto esnobismo vetustense que se reclama clariniano y que, sin embargo, tendría cabida en ‘La Regenta’. ¡Ay!

¿Con flores a Clarín? ¿Llegará un momento en que en Oviedo sea de conocimiento público que Clarín no sólo descolló como novelista, sino que además fue el intelectual que más se adelantó a su tiempo en España, con el mérito añadido de haberlo hecho desde una ciudad aislada dentro de un país en el que los afanes de modernidad chocaban con la política oficial y con gran parte de la sociedad?

Dos hechos diferenciales entre Oviedo y Gijón. La nuestra es una ciudad de novela, mientras que Gijón es, sobre todo, una ciudad de cine. Y, en segundo lugar, en Oviedo no se venera tanto a Clarín como sí sucede en Gijón con el ilustrado.

¿Cómo no preguntarnos por qué tuvo que transcurrir tanto tiempo, mucho más allá de la muerte de Franco, para que su hijo, el Rector Alas, tuviese en Oviedo el reconocimiento que realmente se merece?

¿Con flores a Clarín? ¿Llegará el día en el que el Oviedo oficial y la ciudad en su conjunto muestren su gratitud y devoción hacia alguien que, además de otras muchas cosas, representa  la mejor España, la mejor Asturias y la época más esplendorosa de nuestra Universidad?

Llegará, tendrá que llegar.

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Recuerdos de Oviedo: Una tarde de verano en el Aguaducho
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-08-2017 | 04:03| 0

«La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más». (Kierkegaard).

«Estar aquí como el arte. / Sin qué, para qué, por qué, / viendo que se mueve el aire». (Carlos Bousoño).

Oviedo, principios de julio de 1980. Quedaban pocos minutos para que la librería Santa Teresa cerrase aquella tarde cuando salí de casa; pero llegué a tiempo para comprar un libro del que me habían hablado con entusiasmo. Se trataba de ‘La Historia Interminable’, de Michael Ende. Era uno de esos escasos días en nuestra tierra sin apenas nubes, con calor sofocante.

Aunque ya estaba empezando a refrescar, en el camino de regreso, compramos sendos helados en el paseo de los Álamos, que fuimos saboreando despacio. Al llegar al estanque del Campo de San Francisco, decidimos tomar un refresco. Allí estaba el Aguaducho con sus mesas y sombrillas, como destino pintiparado para ello.

Toda una delicia el refresco que parecía reclamar la presencia de una brisa fresca. Toda una delicia tener aquel libro en las manos que prometía una lectura voraz y aprovechable. Todo un lujo, aquel momento de sosiego no sólo porque el atardecer estaba próximo, sino también porque la cercanía del estanque con sus patos, cisnes y pavos reales tenían su no sé qué de mágico.

Y los refrescos, con sus rodajas de limón y sus piedras de hielo, servidos en vasos de propaganda de una conocida marca constituyeron el acompañamiento perfecto para aquel momento.

Abrimos el libro varias veces, por rigurosos turnos marcados por la cortesía mutua. Y, de repente, reparé en la caseta del bar, que durante todo el invierno permanece cerrada.

A decir verdad, tenía –y tiene– su gracia que algo tan pequeño cuando está cerrado, pueda, llegado el momento, expandirse tanto con sus mesas, asientos y sombrillas, con todo lo que ello acarrea de poder de convocatoria.

Las burbujas del refresco, la luna por la que esperábamos, el comienzo del libro recién adquirido.

Tarde, en efecto, sosegada, de un tiempo de vísperas de las fiestas del verano a orillas de Narcea. Me esperaba mi pueblo, Lanio, me esperaba mi río, me esperaba mi paraíso.

¡Qué espera tan agradable la de aquel momento en el Aguaducho!

Una espera que, bien mirado, abarcaba mucho más, cuando se iniciaba una década, la de los ochenta, en la que, como escribí muchas veces, los miedos de los primeros años de la transición se iban retirando para dejar paso no sólo a las grandes esperanzas, sino también a unas vivencias en las que, internamente, las libertades cobraban protagonismo y se adueñaban de nuestro sentir y de nuestro pensar.

Un tiempo en el que los buenos libros no sólo estaban para ser devorados, sino que también –y sobre todo– eran acompañantes insustituibles.

Había mucha gente alrededor del estanque, de todas las edades, que se dejaban oír mucho más que el conjunto de personas que ocupábamos las mesas de la terraza veraniega del Campo de San Francisco.

Estábamos con las primeras palabras de ‘La Historia interminable’ y, una vez más, hablamos de los mejores comienzos de novelas que conocíamos. Y, en pleno mes de julio, el arranque preferido seguía siendo el mismo, el de la ‘Sonata de Estío’, de Valle-Inclán, que reza así: ‘Quise olvidar amores desgraciados y decidí recorrer el mundo en romántica peregrinación’.

A nuestra izquierda, dos pavos reales desplegando sus colas, como abanicos en lo que al cromatismo se refiere, exhibiendo poderío y belleza.

Nos hacíamos los remolones, prolongando nuestra estancia. Los vasos ya estaban vacíos, pero la plenitud de aquello no había descendido lo más mínimo.

Un libro de cuya lectura esperábamos mucho. Un atardecer con el sosiego del místico que resultaba muy reconfortante. Unos pavos reales que daban lustre al marco y al cuadro del que formábamos parte. Unos cisnes ajenos al modernismo y a lo que vino después. Unos patos que comían con avidez trozos de barquillos que les lanzaban los niños que por allí se divertían. Una puesta de sol que no veíamos bajo los árboles. Un tráfico que iba a menos. Un fin de curso que se había quedado atrás.

Durante mucho tiempo se dijo que Oviedo no era una ciudad para el veraneo, pero, desde luego, sí puede serlo para el verano.

Un niño rubio caminaba en el medio de sus abuelos, que le ofrecieron un barquillo, pero –¡ay!– la criatura quería un helado y el acuerdo no parecía muy fácil de alcanzar.

Antes de irnos, recordé lo mucho que habíamos frecuentado de pequeños la guarida de Petra, aquella osa tan familiar para todos nosotros.

Al dejar el Aguaducho, decidimos ir a la playa al día siguiente a primera hora de la mañana. Apenas corrían nubes por el cielo, paseamos por el acantilado. Nos acompañaron dos libros, el recién adquirido y otro que se había publicado muy recientemente, ‘Expresión y Reunión’, de Blas de Otero, en cuya portada podía verse una soga, la de la angustia y la de la censura.

Al irnos, los pavos reales ya se habían marchado y el niño que quería un helado, al final, se había salido con la suya, lo disfrutaba, al tiempo que su abuela le advertía que se lo comiese despacio. Aquello estaba tan frío que podía hacerle daño.

Un cisne escondió su cabeza. Pura quietud.

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HACER POLÍTICA A GOLPE DE TUITS
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-08-2017 | 10:04| 0

Caunedo y Rosón en el pasillo anterior al Salón de Plenos.

“El humor es la manifestación más elevada de los mecanismos de adaptación del individuo”. (Sigmund Freud).

“A fin de cuentas, todo es un chiste.” (Charles Chaplin).

Aunque suene de forma muy similar, no se trata de un baile, sino de textos muy reducidos. Algo cuantitativo, pues. Lo cierto es que la red social Twitter tiene un protagonismo cada vez mayor en la vida pública, tanto global como llariega. En la primera, ahí tenemos a Trump y sus afirmaciones tan brutales y disparatadas. En la segunda, en lo que a Oviedo se refiere, les sugiero que no se pierdan la noticia que publicó EL COMERCIO acerca de la batalla que acaban de librar Rosón y Caunedo en la susodicha red social tras el último Pleno en el Ayuntamiento carbayón.

Política a golpe de tuit. La frase corta, el ataque, eso que se da en llamar el ‘zasca’ entre el exalcalde de Vetusta y el actual edil de Economía. La fiesta, por decirlo de algún modo, sigue tras el Pleno, mediante la discusión virtual.

A decir verdad, no me parece justo que la red social llamada Twitter se desprestigie tanto, porque en los caracteres permitidos no sólo cabe la brocha gorda y la descalificación, sino también el aforismo y la frase ingeniosa. Y además hay algo muy importante a tener en cuenta: obliga a ejercer la capacidad de síntesis, algo que admiro mucho no sólo como lector, sino también como docente.

Quien no es capaz de resumir tiene muy difícil esbozar un discurso convincente y brillante. No hay que incurrir en el conocido tópico que habla del torrente de palabras y del desierto de ideas. Hay que aprender de concepto y hay que enseñar con ese fin.

Y, en lo que respecta a las descalificaciones entre ambos ediles, sin entrar a fondo en el asunto, sería muy deseable que la sutileza asomase más, la sutileza y el sentido del humor, que son mucho más persuasivos y eficaces que ‘los madreñazos’ retóricos y dialécticos, que, además, resultarían más resolutivos y despertarían guiños entre el público lector.

Sería muy de agradecer que se renunciase por parte de todos los grupos municipales a la chabacanería, apostando por el ingenio.

El método socrático, el de la ironía y la mayéutica, no es fácilmente alcanzable, pero hay que aspirar a él.

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Recuerdos de Oviedo: El Vasco: Modernidad y Posmodernidad
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-07-2017 | 21:07| 0

‘‘Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego’ (Tolstoi).

Cuando se demolió la vieja estación de El Vasco, ya se hablaba, aunque muy poco, de la posmodernidad. Y se hablaba muy poco de semejante cosa sobre todo porque no sabía muy bien qué demonios era aquello. Hay que decir que, a pesar del tiempo transcurrido, no se podría asegurar que el conocimiento sobre el significado de tal palabro, que pretendía, entre otras cosas, dar nombre a una era, haya avanzado mucho. Pero, eso sí, lo pos nos invade: la posverdad, el poscomunismo, y así un largo etcétera.

Por eso, cuando leo en EL COMERCIO que esta vez, en lo que a la vieja parcela de El Vasco se refiere, la cosa va en serio, no puedo menos que celebrarlo, con el ferviente deseo de que, aunque el estropicio que supuso aquella demolición, nunca podrá ser subsanado, ese paraje deje de ser un amasijo de cemento al que tan difícil resulta darle un destino que ponga fin a una parálisis que deja la entrada de Oviedo con un aspecto, cuando menos, desolador.

¿Cómo no recordar el entusiasmo del señor Mortera, cuando Calatrava habló de sus trillizas torres, con las inquietantes particularidades que tendría aquello? ¿Cómo no recordar aquel anuncio de doña Paloma Sainz con la buena nueva de que en la parcela de El Vasco se construiría la Ciudad de la Justicia? Recuerdo haber escrito en su momento que no parecía muy apropiado construir sobre una injusticia poética una Ciudad de la Justicia.

Pero el hecho es que, al mismo tiempo que se iba asomando el óxido en el Calatrava vetustense, veíamos la parálisis en la parcela de El Vasco. Cemento, hierros, posmodernidad.

Ella, la pérfida burbuja inmobiliaria que fue añagaza para la economía del país, habitaba la parcela de El Vasco. Y sólo hablo de lo que estaba a la vista, pues lo que subyacía daba –y sigue dando– pavor.

Pero, a juzgar por lo que EL COMERCIO publica, esa parálisis, peor que la aluminosis más temida, metafóricamente hablando, llega a su fin. Se construirán viviendas y espacios públicos, dando vida y forma a lo que, en efecto, es una de las principales entradas de Oviedo, cercana, además, al cogollo histórico de la ciudad.

Y, a decir verdad, si uno se acerca a lo que fue la parcela de El Vasco, es muy fácil percatarse de que estamos contemplando el paso de la modernidad a la posmodernidad. La modernidad que supuso aquel ferrocarril vasco-asturiano, cuando esta tierra era pujante en bancos propios y en industrias.

Hablamos, por una parte, de algo que fue muy importante en aquella Asturias que se adentraba en la modernidad. Hablamos también de una demolición que supuso una falta de sensibilidad estética que roza lo imperdonable. Pues eso: de la modernidad a la posmodernidad.

Y, leyendo las noticias y reportajes que viene publicando EL COMERCIO sobre el asunto que nos ocupa, a uno le apetece adentrarse en esas galerías, en esos espacios públicos que se van a crear, adentrarse guiado por la imaginación y la memoria.

Y, al recorrer esos espacios, los ayes nostálgicos darán cuenta del recuerdo de aquella cantina con tamaña voluntad de estilo; los ayes nostálgicos también darán cuenta de la estética de los anuncios que había en los andenes.

Y, mientras tal travesía imaginaria tiene lugar, sin perder de vista que se pretende que esa entrada de Oviedo tenga un aspecto que esté estéticamente a la altura deseada, uno se imagina deambulando por las galerías y restaurantes que allí habrá, asomándose al Oviedo de siempre, al tiempo que la memoria dará sus latidos como el corazón en el relato de Poe.

Me acerco a la parcela de El Vasco, y, ante ese paisaje de lo inacabado y demolido, ante esta metáfora visible del pelotazo que quiso ser y no fue, uno lleva la información recién leída como salvoconducto para un futuro que tape las grietas de un desaguisado que nunca se debió haber permitido.

Me acerco a la parcela de El Vasco y me imagino tras los ventanales de una cafetería o restaurante, incluso en una terraza de uno de esos establecimientos, si la hubiere, como espectador de un paisaje dual, el que se recuerda y el que se muestra ante los ojos.

«El punto de vista crea el panorama», escribió certeramente el joven Ortega que daba sus primeros balbuceos de un perspectivismo filosófico aún incipiente.

En este caso, hablaríamos de un punto de vista que otea lo que tenemos ante nosotros sin que ello suponga amnesia de lo vivido, visto y contemplado.

Pues bien, no sólo imágenes, también sonidos. No quisiera oír los rugidos del tráfico circulando por delante; preferiría rescatar el chachachá de los trenes, sus silbidos de entrada y salida, así como el runrún de aquella cantina que tanto podría contar de la intrahistoria de Oviedo, del Oviedo donde en su día la modernidad se abrió paso.

Entrada, puerta de entrada a Oviedo, sin ningún salsipuedes de especulaciones posmodernas, sin burbujas tramposas, sin estropicios estéticos.

Entrada, puerta del Oviedo moderno, sin laberintos posmodernos.

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