El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Por Ciudad Naranco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-06-2017 | 01:35| 0

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«Los ojos sólo ven: / el alma mira». (Pedro Salinas).

En su momento escribí que muchas aldeas asturianas se agarran a las faldas de las montañas del mismo modo que lo hacen las criaturas a las sayas de sus madres o abuelas. Es la búsqueda de protección al llariego modo que, bien mirado, tiene su innegable no sé qué de ternura. Y, en el caso que nos ocupa, se diría que algo de esto ocurrió en Oviedo, que se quiso agarrar al Naranco, con resultados estéticos que se prestarían a múltiples e interesantes interpretaciones.
Pero, en cualquier caso, se puede constatar que, al final, habría que separar lo que es el monte Naranco en sí mismo, como atalaya de Oviedo, y esa pequeña parte de su falda en la que en su momento se asentaron colegios, casas unifamiliares y –cómo no- la antigua cárcel, dedicada hoy a archivo histórico.
Siempre se dijo –y es indiscutible- que Oviedo limita con el campo por todos lados. Sin embargo, tengo para mí que se insistió muy poco en que, según se mire, la falda del Naranco forma parte de la ciudad sin haber perdido nunca del todo su carta de naturaleza no urbana.
Y es que, entre las muchas referencias que nos vamos haciendo con el tiempo en Oviedo, el paso a ciudad Naranco, siempre tan transitado de vehículos, es inolvidable. Un paso pequeño, quizá excesivamente pequeño, que, no obstante, marca muy bien la diferencia entre el entorno más bullicioso, en cuanto a tráfico, de Vetusta, y esa falda, a su peculiar modo y manera, urbanizada, sin haber renunciado nunca a su vocación de aldea, hasta de casería en algunos casos.
Confieso que, cuando entré por vez primera en el actual Archivo histórico, tuve muy presente determinados acontecimientos en los que ese enclave tiene un enorme protagonismo en nuestra historia contemporánea.
Y, en otro orden de cosas, si dejamos que la imaginación se despliegue con entera libertad al margen de los condicionamientos de los datos, se nos plantea de inmediato la hipótesis de que no hace mucho tiempo, en lo que ahora son calzadas y naves industriales, tuvo que haber una aldea con su día a día al margen de la capital, pero que, al mismo tiempo, tenía omnipresente a la ciudad como salida a sus productos, como contraprestación a sus trabajos y sus días.
En ocasiones, nos sentimos atraídos a levantar la vista y mirar hacia arriba, acaso buscando esa protección a la que aludí en párrafos anteriores. Empero, la mayor parte de las veces, lo que sentimos es el disfrute tan propio de Oviedo de sabernos en el campo sin necesidad de abandonar la propia ciudad. Es el disfrute de aquel “fondo rural que perdura en cada asturiano”, del que se hizo eco Ortega en su memorable ensayo sobre nuestra tierra.
Me atrevería a afirmar que, tal vez sin ser conscientes del todo, cada vez que transitamos esta zona de Oviedo, vislumbramos las raíces más genuinas de nuestra ciudad, la referencia que nunca se perdió, el punto de partida del devenir histórico carbayón.
Y lo curioso del caso es que, con el transcurso del tiempo, ciudad Naranco no es fundamentalmente el lugar de paso hacia arriba, sino que tiene personalidad propia, como el recordatorio de la aldea que fuimos y, en gran medida, seguimos siendo.
Cada vez que visitaba a una señora que había trabajado casi toda su vida en la casa de mis tías abuelas y que, en su día, se trasladó a una casa de ciudad Naranco que había heredado de su hermano, un indiano que regresó con algo de dinero y que lo invirtió casi todo en esa propiedad, me sentía, a la vez, muy cerca y muy lejos de Oviedo, cerca en la geografía, lejos en todo lo que aquello me evocaba, desde el paisaje mismo que se podía contemplar desde los ventanales de la cocina, hasta la atmósfera que allí se respiraba, esa atmósfera tan genuina de los recuerdos vividos y vívidos pertenecientes a un pasado que son la llave misma del tiempo presente.
Por ciudad Naranco. Durante mucho tiempo, la escasa atención que se le prestó a esta parte de Oviedo hizo que fuese más clara la diferencia con respecto al meollo mismo de la capital. Pero, más allá de esa circunstancia, de suyo, decisiva, la propia historia intervenía en ello.
Estoy convencido de que si Ortega hubiese estado más tiempo en Oviedo en su estancia asturiana en 1914, hubiera puesto ciudad Naranco como el mejor ejemplo de ese fondo rural con el que tan certaramente nos definió.
Y es que, más allá de operaciones urbanísticas que pudieron violentar lo que ciudad Naranco significa, su protagonismo en la intrahistoria de Oviedo es tan clarificador como innegable.
Y es que, desde cualquier punto de Oviedo, siempre estaremos agarrados a la falda del Naranco.

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El regreso de Rufo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-06-2017 | 07:11| 0

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Seguro que en su momento cundió la alarma, al haber desaparecido la estatua de ‘Rufo’ de la calle doctor Casal. Sin duda, más de una persona preguntó si algún desalmado podría haber tenido mucho que ver con tan inesperada e ingrata sorpresa. Pero, por fortuna, pronto supimos que la ausencia del perro más querido de Oviedo no se debía a la mala acción de algún desaprensivo, sino que se trataba de muy distinta cosa, de una decisión tomada en el ámbito municipal, a resultas de unas fijaciones muy sueltas que, llegado el caso, podrían generar problemas.

Pues eso: regresó ‘Rufo’ a la calle Doctor Casal, y, a propósito de esto, creo que, en realidad, el perro más famoso de Oviedo retornó ya dos veces. Primero, en el San Mateo de 2015, cuando se instaló en la calle Coctor Casal la escultura con la que Vetusta le rinde un más que merecido homenaje. Y, por último, acaba de tener lugar su segundo retorno, precedido de cierta confusión.

En cualquier caso, debo confesar que esta pérdida seguida de inmediato hallazgo, me hizo recordar a ‘Rufo’, y la imagen que más acude a mi memoria es la del entrañable perro caminando por la acera donde estaba el Marchica, y lo hacía, si no con parsimonia, sí, al menos, con la seguridad que da la rutina, esa rutina que, al lado de otras cosas, proporciona serenidad y sosiego. Oviedo era su casa.

Fíjense, en esa misma acera, por la que vi tantas veces a ‘Rufo’ paseando, reparé en no pocas ocasiones en un coche, marca Renault

12, en cuya matrícula, además de la ‘O’ de Oviedo, todo eran ceros, que solía estar aparcado. Mayor originalidad, imposible.

Y, volviendo a ‘Rufo’, lo llamativo del caso es que, en realidad, no era un perro callejero, sino familiar, y eso no sólo lo sabíamos quienes habitábamos en la ciudad, sino que incluso se podían percatar de ello los visitantes ocasionales que desconocían el día a día de Vetusta.

Y es que Rufo recorría Oviedo como su finca particular, y su manada estaba formada por el conjunto de los transeúntes de la heroica ciudad.

Era un perro entrañable que desconocía el miedo, al que nunca vi gruñir ni correr despavorido, al que, parafraseando al machadiano Juan de Mairena, no le alteraban «los eventos consuetudinarios acontecidos en Vetusta».

¿Cómo no recordar a aquel perro, ya entrado en años, que se sentía parte de una enorme manada, la del Oviedo de sus días?

No se sabe bien quién adoptó a quién, si Oviedo a ‘Rufo’, o, más exactamente, ‘Rufo’ al conjunto de vetustenses de su tiempo. Con él, Vetusta dormía la siesta.

Con ‘Rufo’ por la acera del Marchica, Oviedo se despertaba y acostaba cada jornada.

Y sigue estando entre nosotros, con nosotros.

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Recuerdos de Oviedo: El Milán desde dentro
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-06-2017 | 13:27| 0

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“La Filosofía arranca del primer juicio. La Poesía, del primer lamento. No sé cuál fue la palabra primera que dijo el primer filósofo del mundo. La que dijo el primer poeta fue: ¡Ay!” (León Felipe).

Inicié mis cursos de doctorado cuando ya se estaba haciendo la mudanza desde la antigua Facultad en la plaza Feijoo al Milán. Y allí los concluí. De hecho, ya en el Milán, asistí a los cursos que me quedaban, uno de ellos fue con Caso González, al que había tenido de profesor en 4º y 5º de carrera.

Y, cuando me adentré en el Milán por vez primera, recuerdo que me detuve unos minutos al pie de su soberbia escalera, también hice una parada en el primer descanso frente a la escultura que rinde homenaje a Clarín, escultura que fue trasladada desde la plaza Feijoo.

O sea que, de entrada, todo en orden: Clarín volvía a estar omnipresente en nuestros pasos camino de las aulas. A decir verdad, volviendo al recordatorio de la antigua Facultad, no estaba nada mal tener a Feijoo en la plaza y a Clarín intramuros. Seguro que, de haber coincidido en el tiempo, hubieran tenido sus guiños y complicidades.

Y, en lo que se refiere al Milán, una vez más, se repitió la historia, esto es, había sido seminario y cuartel, o sea, hábitos religiosos y uniformes militares, al igual que el antiguo Caserón de Santa Clara, convento y cuartel, creo que en este último caso, de fuerzas del orden, y no del ejército. Bien mirado, las universidades son los nuevos monasterios del saber.

Y, cuando me detuve ante el busto de Clarín, acudió a mi mente una imagen que había visto repetidas veces en el edificio de la plaza Feijoo, la de un cigarrillo apagado en la comisura de aquellos labios escultóricos. Eran tiempos en lo que el tabaco no tenía tan mala prensa, y tengo para mí que aquellas travesuras no hubieran despertado las iras de Leopoldo Alas, que nunca se sintió incómodo ante el estudiantado.

Un lujo, sin duda, la escalera. Y el busto de Clarín, por su lado, garantizaba la continuidad con lo más esencial de la antigua Facultad.

Y, centrándome en aquellos últimos cursos de doctorado, tengo un grato recuerdo de Caso González. Serían las últimas clases que dio. Seguía fumando, aunque menos, y su pasión por la literatura no había descendido lo más mínimo.

Las clases de aquellos cursos se impartieron casi todas ellas en el seminario del Departamento, y, por una parte, volvimos a coincidir antiguos compañeros de carrera, sin dejar de lado que había personas mucho más jóvenes que nosotros que acababan de licenciarse.

Otra novedad importante fueron los nuevos despachos, el que más frecuenté fue el de Antonio Fernández Insuela. En su mesa, siempre había y sigue habiendo una montaña de libros. Nuestras charlas eran interminables, sólo literatura, todo literatura.

En otro orden de cosas, el primer curso en el que comenzaron las clases en el Milán, el Campus estaba aún a medio hacer. Muy cerca del edificio, había todo el sitio del mundo para aparcar, y las cafeterías que se fueron prodigando a su alrededor aún no existían en la mayor parte de los casos. A este propósito, tenía su no sé qué de pintoresco que la cafetería de la Facultad se hubiese ubicado en la vieja cantina de los suboficiales cuando aquello fue cuartel, que lo fue durante largas décadas. Aquello sí que era un cambio llamativo.

Y, desde hace años, cada vez que voy por el Milán, tengo la sensación de que aquello siempre estuvo allí, se diría que todo se asentó en muy poco tiempo, que el espíritu de Feijoo también está presente, que Clarín se sigue divirtiendo con las idas y venidas de cada día, con tanta gente transitando aquello.

Y, volviendo a la entrada principal y a su soberbia escalera, se diría que es la nota estética más llamativa, que es la viva expresión de una solemnidad a la que el rigor universitario y la ambición artística no deben renunciar nunca.

Una escalera que permitiría muchas posibilidades, desde legendarias escenas de películas memorables hasta los guiños de otro tiempo con sus exigencias estéticas.

Y, en otro orden de cosas, se hace obligado constatar que en el Milán, nuestra Facultad y nuestra Universidad representan otra etapa histórica, ciertamente distinta a la anterior.

Fíjense: en la antigua Facultad y alrededores, destacaban como referentes históricos Feijoo y Clarín, la celda del benedictino desde la que el sabio fraile se asomaba al mundo combatiendo supersticiones y, por otro lado, el universo regentiano tan cerca, esto es, la Catedral y alrededores.

Por su lado, en el Milán, ya no tuvo cabida aquel estudiantado que tenía tanta pasión por la política, ya no se conspiraba tanto. Allí, como en el resto del mundo, se asentó la posmodernidad. Allí se recibió al actual siglo, y se abrió en espera de un nuevo milenio. Y, al mismo tiempo, en el Milán volvió a reunificarse todo, o sea, Geografía e Historia, Filosofía y Filología, o sea, Filosofía y Letras, denominación afortunada donde las haya.

Aulas, despachos y pasillos, trajinar de gentes, pensamiento y poesía, ventanas al mundo, recuerdos lejanos y cercanos. Suspiros de Daudet: “Si no hubiera suspiros, el mundo se ahogaría”.

Un día me sentaré al pie del busto clariniano a releer algún texto suyo, mientras el mundo se mueve, mientras la rutina se repite, mientras se goza de eso tan genuino que es lo indeleble.

Clarín, por ejemplo.

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Wenceslao López hace balance
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-06-2017 | 05:29| 0

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Efectivamente, “el tripartito”, expresión que tanto aman los enemigos del actual equipo de gobierno municipal de Oviedo, está a punto de cumplir dos años al frente del Consistorio carbayón, y ya es un éxito que no se haya desbaratado no sólo por las inevitables disensiones internas, inevitables entre tres partidos políticos, sino también por la incesante campaña de acoso y derribo que, desde el primer momento se viene orquestando, tanto desde el ámbito político como desde determinadas trincheras mediáticas.

Wenceslao López, en efecto, hace balance en el diario EL COMERCIO, pero, como era de esperar, no fija su atención en algo que viene siendo muy determinante, puesto que se trata de un político que está ejerciendo como alcalde no sólo sin la ayuda de su partido, sino también con el rechazo de la cúpula de la FSA, que no contaba con que Ana Taboada iba a darle la Alcaldía, a pesar de que la actual teniente de alcalde encabezaba la lista más votada de la izquierda. El acuerdo con un dirigente sumiso a la Federación Socialista Asturiana no hubiese sido posible. Éste es un aspecto del asunto que ha de tenerse muy en cuenta.

Por otra parte, a nadie le es posible, ni siquiera a sus principales detractores, poner en duda la honestidad del regidor carbayón, la honestidad y el rigor a la hora de administrar el dinero público, y esto es algo que no se puede soslayar.

Y, en ese balance, aparte de descoordinaciones y faltas de entendimiento, aparte de divismos a la carrera, aparte de otras muchas inconveniencias, hay que tener en cuenta que en Oviedo se abren unas posibilidades de futuro que, de ser bien gestionadas, podrían resultar muy positivas.

Si se logra al final que los terrenos del antiguo hospital se conviertan en algo dinámico para la ciudad y para la zona, se habrá conseguido algo muy importante, teniendo en cuenta que, entre las dificultades a sortear, está también que esa hipotética posibilidad de futuro no depende sólo de la Administración Local, lo que complica no poco las cosas. Lo mismo podría decirse de todo lo relacionado con la antigua fábrica de armas, un espacio y unas edificaciones de enorme potencialidad, para lo que hace falta no sólo medios económicos, sino también ideas viables y con futuro.

Por otra parte, aunque sólo hayan transcurrido dos años de un Gobierno municipal con el ‘gabinismo’ en la oposición, se diría que podemos estar hablando de un antes y un después en lo que se refiere a despilfarros, estéticas horteras y pufos.

Un balance que no es para tirar cohetes, pero que sí permite plantearse unas expectativas de cambio verdadero en la ciudad, un cambio que hacía falta a cuyo frente está, paradójicamente, un político veterano que, sin embargo, y, por fortuna, no es vieja política.

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Viga Azul: Ceremonial de decepción
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-06-2017 | 15:46| 0

La entrada más raquítica de la temporada y, al mismo tiempo, la jornada donde las mayores protestas se escenificaron. El problema no fue haber perdido casi todas las opciones de terminar el campeonato entre los seis primeros, sino que la historia se repitió, sobre todo en los últimos encuentros, a la hora de echar por la borda las posibilidades que se nos brindaron.

Demasiado tiempo –algo así como toda la temporada- sin superar la asignatura pendiente, no ya de vencer a domicilio, sino de no hacer el ridículo lejos del Tartiere. Demasiado tiempo a la espera de que el entrenador apostase por un sistema de juego que se mostrase eficaz a la hora de los resultados. Demasiado tiempo a la espera de que se hiciese buen fútbol, o, al menos, de que se viese profundidad por las bandas y solidez en la defensa. Demasiado tiempo a la espera de alguna que otra victoria contundente sin tener que sufrir, como sucedió también ayer, angustia en los minutos finales.

Nadie podrá negar que, una vez más, el oviedismo demostró tener paciencia, con el equipo y con un entrenador al que no se le hicieron grandes críticas, por mucho que ni el juego ni los resultados fueran satisfactorios, con un entrenador que no sólo no encontró, como escribí más arriba, un sistema de juego válido para el equipo, sino que además no supo imprimir carácter ni personalidad a su plantilla.

Desde luego, no es suficiente con tener un nombre muy destacado en la historia más reciente del fútbol, si los hechos se empeñan en poner de manifiesto carencias y errores.

Sé que aún se podría dar el milagro de que el Oviedo venciese al Elche y de que las restantes carambolas se cumpliesen, carambolas que nos lo fían muy largo. Pero es que, aun en ese supuesto, el equipo se encargó de que las ilusiones y el entusiasmo de la afición estén ajadas y exangües.

Confieso que me duele que se le pite a un jugador convirtiéndolo en el muñeco de pimpampum. Aquí no hay un único responsable de esta agonía, y además, con mayor o menor acierto, si un futbolista lucha de principio a fin, no se merece cargar con las iras y frustraciones de casi todos.

Ceremonial de la decepción, digo. No hay ni tiene por qué haber una ansiedad excesiva a la hora de aspirar al ascenso, tras haber estado tanto tiempo sin salir del pozo, pero la historia no puede seguir repitiéndose en el sentido de echar por la borda las posibilidades que se nos presentan. Así llevamos dos años. Esperemos que no haya un tercero.

Y, sobre todo, llegó la hora de que los hechos demuestren que aquí hay un proyecto y un compromiso que tienen que ir más allá de fichar nombres conocidos. Un compromiso y un proyecto que el oviedismo ansía abrazar y apoyar, insisto, más allá de los nombres.

¡Hala, Oviedo!

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Recuerdos de Oviedo: La Librería Ojanguren
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-06-2017 | 02:40| 0

«Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de otro sueño». (Edgard Allan Poe).

:: ALEX PIÑA 

Por motivos familiares, la librería santa Teresa es la que tengo, tuve y tendré como referencia en Oviedo. No obstante, hubo un tiempo en el que la que la librería Ojanguren era, de algún modo, un apéndice o una dependencia más de nuestra Facultad, la de Filología. Cuando algún profesor indicaba, con más o menos pudor, que acababa de publicar un libro cuyo tránsito resultaba imprescindible para digerir y conocer con garantía su materia, solía añadir que la novedad bibliográfica de marras podía adquirirse en Ojanguren. Y a veces esas recomendaciones bibliográficas no las hacían directamente los propios autores, sino docentes de su equipo que mostraban, así, el entusiasmo que les producían las publicaciones de su catedrático o catedrática.

Y lo cierto es que, en efecto, los libros más especializados de las diversas materias filológicas no sólo se podían comprar en Ojanguren, sino que además, tan pronto salían publicados, podían contemplarse en su escaparate.

Y es una pésima noticia que vaya a cerrar esta librería por la historia que atesora y por su eficacia a la hora de atender a la clientela. Y además conviene que se sepa que siempre se trató con mimo al mundo literario asturiano.

En mi época en la Facultad, el local de la librería Ojanguren no estaba, como ahora, tan cerca de la muralla, sino que hacía esquina con la calle Altamirano. Y hubo un tiempo en el que los dos locales estuvieron abiertos, dedicándose el más antiguo de ellos, según se podía percibir a través del escaparate, a las publicaciones asturianas.

Teoría y crítica literaria, lingüística, filosofía del lenguaje, filosofía y lenguaje, los manuales de la colección Gredos, que tenían casi todos ellos muchas de sus páginas cosidas por arriba.

¿Cómo no tener en cuenta mis paradas ante el escaparate de la librería Ojanguren? Nunca olvidaré la tarde en la que entré a comprar los dos tomos de la ‘Crítica de la Razón Pura’, de Kant, publicados por la editorial Losada, después de haberlos visto en el escaparate. Al llegar a casa, se los mostré a mi padre y aquello le recordó las pestes que Baroja escribió contra la redacción farragosa del pensador alemán.

¿Cómo no recordar aquella tarde en la que me hice con manuales que representaban las corrientes más en boga de la crítica literaria de principios de los ochenta, manuales editados todos ellos por la editorial Cátedra?

¿Cómo no recordar una tarde de mayo en la que iba a comprar un libro de Navarro Tomás sobre fonética española y resultó ser que, antes de entrar, me quedé ante el escaparate de Ojanguren saboreando muy lentamente un helado de cucurucho al tiempo que me fijaba, embobado, en la portada de un libro de Marcuse en la que figuraba el rostro de Hegel y que tenía como título ‘Razón y Revolución’? Pues bien, la degustación del helado y las cábalas que hice sobre Hegel y Marcuse se prolongaron tanto que, cuando me fui a dar cuenta, la librería ya estaba cerrando y no me pareció del caso pedir que me abriesen a los empleados que quedaban dentro.

¿Cómo olvidar el entusiasmo que me produjo adquirir ‘El Pensamiento de Cervantes’, de Américo Castro, una de las obras cumbres de una figura irrepetible, que dedicó la práctica totalidad de su obra a la historia de España y que formó parte de lo mejor de un tiempo y un país que en su momento no tenían sitio en aquella dictadura que se prolongó durante cuatro décadas?

Librería Ojanguren, manuales filológicos y filosóficos, apéndice, como dije más arriba, de la Facultad de Filología.

Pero, más allá de los recuerdos personales, estamos hablando de una librería de historia más que centenaria, siempre cercana al meollo de la Universidad de Oviedo, que, como alguien recordó recientemente, salió en películas y en series televisas. Por ejemplo, en ‘Segunda enseñanza’, de la que recuerdo la escena en la que Ana Diosdado, que hacía de profesora, iba a comprar un libro para subsanar una laguna que había tenido en el desarrollo de una clase.

¿Qué nos está pasando? ¿Acaso no resulta alarmante que en el centro de las ciudades cada vez haya menos librerías y salas de cine? Del mismo modo que nunca será lo mismo un vídeo que la pantalla y la sala de cine, perderse el olor a papel de las librerías y no tener un librero de cabecera que conozca lo que se está publicando, así como las inquietudes de sus clientes más habituales, supone una carencia no pequeña.

Para quienes los libros forman parte de nuestra vida con una intensidad no menor a cualquier vivencia inolvidable, el cierre de una librería clásica significa todo un mazazo.

Pongo en marcha mi memoria y rescato, con emoción y melancolía, el momento en que tuve en mis manos libros de Gredos de Dámaso Alonso y Bousoño, su teoría de la expresión poética y sus calas en nuestra mejor literatura, manuales sobre el formalismo ruso, las teorías de Barthes, las obras de Américo Castro, y así un interminable etcétera.

Según publicó EL COMERCIO la Librería Ojanguren cerrará en septiembre. Acudiré a mi cita con la melancolía a cuestas ante su escaparate antes de que figure el cartel de cerrado.

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Recuerdos de Oviedo: Tensi, el gran capitán
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-05-2017 | 23:23| 0

“He amado a las estrellas con demasiado cariño como para tener miedo de la noche”. (Galileo).

El barro, en la mayoría de los partidos que se disputaban en el Tartiere, tenía su protagonismo, sobre todo, su movilidad, era saltarín. Y son muchas las imágenes que se me agolpan al recordar a Tensi, siempre en su sitio, y, en no pocas ocasiones, con el barro que le saltaba al pantalón, a la camiseta y hasta en el rostro, barro que acompañaba a las botas y al balón en múltiples jugadas.
Tensi, el gran capitán del Real Oviedo, que jugó 13 temporadas como titular del primer equipo desde 1966 hasta la temporada 77-78, cuando colgó las botas como futbolista.
Recuerdo haber escrito en su momento que fue injusto que en toda su trayectoria futbolística no hubiera sido internacional. Y no afirmo esto porque la pasión me ciegue, sino porque, como defensa central, atesoró una calidad indiscutible.
Pero, ante todo y sobre todo, más allá de un defensa solvente, seguro y de calidad, Tensi fue el gran capitán del Real Oviedo. Respetado, salvo excepciones, por los árbitros, con predicamento entre sus compañeros y admirado por la afición. Al bravo jugador de Sama jamás se le discutió en el ámbito del oviedismo, nunca se cuestionó nadie su calidad, ni tampoco su carisma como futbolista en el vestuario y en el campo.
El gran capitán, digo, en aquel Real Oviedo de mi infancia, adolescencia y primera juventud. No sabría precisar desde qué temporada se puso el brazalete, se diría que lo llevó siempre, casi siempre.
A Tensi le tocó vivir una etapa en la que el Oviedo parecía eternizarse en segunda división, hasta que vino el ansiado ascenso en 1972. Pues bien, en aquella larga travesía, con más sinsabores que alegrías, siempre cumplió dignamente con su cometido. Y, cuando llegó la hora del regreso a la llamada división de honor, aquello, ni mucho menos, le vino grande, seguía siendo un referente de seguridad en el juego y de serenidad en el campo.
En una ocasión, recuerdo haber leído en un diario madrileño que tuvo un enfrentamiento con un árbitro que pasó a la historia del Oviedo por haber regalado injustamente un triunfo al Madrid en el Carlos Tartiere. El colegiado de marras era Orellana, cuyo arbitraje en el Carlos Tartiere fue verdaderamente escandaloso. Aquel encuentro se disputó el 1 de abril de 1973, y, si la memoria no me traiciona, hubo, al menos, un penalti de libro que el árbitro no tuvo a bien señalar, al tiempo que la dureza de algún defensa del Madrid resultó tremebunda. El caso es que el tal Orellana fue recusado y que acaso encabece la historia del mayor agravio arbitral sufrido por nuestro equipo.
Pues bien, andando el tiempo, el colegiado de marras volvería a arbitrar al Real Oviedo en un partido a domicilio en el que, según leí en su momento, Tensi le increpó verbalmente. Lo que no recuerdo es la sanción que aquello le pudo acarrear al defensa azul.
Años, reitero, de infancia y adolescencia, en aquellas edades en las que un futbolista profesional nos parecía mayor, años en los que, salvo excepciones, nuestro Real Oviedo no terminaba de recuperar sus glorias; años en los que “el jorobu” no solía producirse en el Tartiere; años, en general, de estancamiento del equipo, desde aquel descenso a segunda que se produjo en la temporada posterior a los traspasos de Paquito y Sánchez Lage al Valencia.
Lo cierto es que el oviedismo tenía asumido que aquella larga etapa en segunda era el castigo que se sufría por aquellos traspasos de dos jugadores que no sólo atesoraban una calidad futbolística innegable, sino que además hacían equipo.
Pero, volviendo a Tensi, más que un mito, más que un ídolo, fue un referente de honestidad, de lucha y de oviedismo. Fue, para todos, uno de los nuestros, fue el Oviedo.
¿Cómo no recordar que Tensi, además de su seguridad como defensa, fue también el jugador que se encargaba de transformar los penaltis en sus últimas temporadas en el Real Oviedo? Rara vez se tuvo esto presente, lo que me parece completamente injusto.
Años de segunda división, barro en el césped del Tartiere, a veces, no pocas, charcos alrededor de las porterías. Aquella imagen en la grada de general protagonizada por un sinfín de paraguas, por cierto, en su inmensa mayoría, de color negro, en consonancia con aquellos años de la tele en blanco y negro, de una época oscura del Oviedo, de una época muy oscura en el conjunto del país.
En todo caso, allí estaba Tensi, frente a la delantera rival, frente al barro, frente a las adversidades futbolísticas de aquella época del Real Oviedo.
Y, como escribí más arriba, a Tensi jamás se le discutió, sobre todo, porque jamás dio motivos para ello.
Pasó el tiempo, una vez que había colgado las botas y teníamos constancia de que seguía muy vinculado al club.
Estamos hablando de una gloria del oviedismo, que tiene el mérito añadido de haber sido futbolista en una época en la que nuestro equipo cosechó más sombras que luces.
Ciertamente, no es poco.

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El Calatrava a la vista
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Luis Arias Argüelles-Meres | 26-05-2017 | 07:06| 0

«El punto de vista crea el panorama». (Ortega y Gasset).

No  deja de ser paradójico que, en un acto de inauguración de un congreso de oftalmólogos en el Calatrava, Gabino de Lorenzo y Ana Taboada hayan protagonizado un rifirrafe en torno al enclave donde va a celebrarse esa convención.

De entrada, aunque el ex regidor de Oviedo estaba presente en el acto como delegado del Gobierno, se diría que compareció en ese acto para reivindicar una de sus actuaciones más polémicas como alcalde carbayón, pues no sólo estamos hablando de una construcción que, estéticamente hablando, permite, como mínimo, plantear no pocos reparos, sino que además se trata de un proyecto que supuso un fuerte desembolso de las arcas públicas, perjudicando no sólo las cuentas, puesto que aquello implicó además permutas que fueron lesivas para la empresa pública Sedes, operación en la que, por cierto, no sólo participó el Ayuntamiento de Oviedo en los días de vino y rosas del ‘gabinismo’, sino también la Administración autonómica en la que había un Gobierno de coalición entre el PSOE e IU. ¡Ay!

Pero vayamos a los hechos. Gabino planteó en el mencionado acto que esa construcción, que ya fue bautizada desde un principio por la socarronería carbayona como ‘el centollu’, da prestigio a la ciudad por llevar la firma de un arquitecto que –eso sí– es muy conocido.

Por su parte, la vicealcaldesa Taboada manifestó algo innegable, esto es, el despilfarro que aquello supuso para los dineros públicos.

O sea, que, mientras Gabino ve en el Calatrava una obra que da prestigio y esplendor a la ciudad, al tiempo que obvia no sólo los dineros que costó, sino también lo ruinoso que resultó para quienes se implicaron en semejante apuesta, la vicealcaldesa se limitó a poner sobre la mesa una realidad muy reciente de un tiempo en el que hubo quienes, acaso sin saberlo, pretendieron convertir Oviedo en una especie de Camelot al gusto de nuevos ricos.

El Calatrava a la vista de Gabino, el Calatrava a la vista de Taboada, todo ello en los preliminares protocolarios de una convención de oftalmólogos. La cosa tiene su gracia, más bien, su guasa.

En efecto, tal y como escribió el joven Ortega en sus balbuceos del perspectivismo, ‘el punto de vista crea el panorama’.

Se diría que Gabino ve una firma, para él, prestigiosa. Taboada ve la realidad política de los últimos años.

La pregunta del millón es cómo habrán visto y cómo seguirán viendo los oftalmólogos el espectáculo político que se les brindó y el enclave en que se encuentran.

Sería apasionante llegar a saberlo. ¿O no?

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Viga Azul: A Contratiempo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-05-2017 | 13:37| 0

No se puede poner en duda que el equipo de Fernando Hierro lo intentó, que los jugadores azules no escatimaron esfuerzos para conseguir la victoria, incluso que, contra lo que vino su costumbre, que el entrenador sacó al campo un once con vocación ofensiva. También es tan innegable como obvio que todo eso no fue suficiente para conseguir los tres puntos ante un rival que, desde luego, no hizo en el Carlos Tartiere una exhibición de buen fútbol.

Falló, en efecto, la inspiración ante el gol, incluso a un delantero como Toché que no suele defraudar las expectativas en ese sentido.

No obstante, la pregunta que hay que hacerse, teniendo en cuenta las declaraciones de Fernando Hierro y los titulares de prensa, si en el partido frente al Zaragoza lo decisivo fue la mala suerte. ¿Sólo la mala suerte? Desde luego, la duda cabe, hay lugar para ella.

La mala suerte estuvo presente en la noche del sábado en el Tartiere, de acuerdo, así como la gran actuación del portero visitante que salvó goles cantados. Hubo jugadas de estrategia que llevaban el marchamo del gol, gracias a la precisión de Susaeta. Hubo remates cuyo destino era el fondo de la red, hubo empuje y ganas en el equipo azul. Pero la mala racha que parece perseguirnos desde el partido frente al Huesca siguió estando omnipresente en el partido frente al equipo maño.

Se diría que hay algo que se resiente de lo que vino siendo la trayectoria del equipo a lo largo de casi toda la temporada: la ausencia de un esquema de juego que permitiera al once carbayón sentirse seguro haciendo su fútbol, así como la falta de continuidad en las tácticas y en el juego del equipo. Ante el Zaragoza fue uno de esos partidos en los que se veía que el balón no iba a entrar

Desde luego, máxime viendo los resultados que se produjeron este fin de semana en Segunda División, no nos queda otra que el resultadismo, propio y ajeno, en las jornadas que restan de aquí al final del campeonato, resultadismo que podría llevarnos a terminar la temporada en la zona de ‘play off ’

Lo que se repitió en el partido frente al Zaragoza fueron jugadas de ataque en las que faltó esa última precisión, ese último desmarque, esa creencia en una táctica ganadora para el equipo que tenemos.

No sólo no pudo ser, sino que además el del sábado fue uno de esos encuentros en los que se intuía que el balón no iba a entrar, como, en efecto, así fue. Por mucho empeño que pusieran.

Se diría que en ningún momento se conjuraron los temores y los fantasmas que llevamos sufriendo desde que empezó la liga. Y, al no conjurarse, nos temíamos que no íbamos a llegar a tiempo para algo tan decisivo como es el gol.

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Recuerdos de Oviedo: Sorpresa en la Plaza de Pedro Miñor
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-05-2017 | 17:55| 0

“Tan gloriosa es una bella retirada como una gallarda acometida”. (Gracián).

Con las obras de construcción del parking de la plaza de la Escandalera, su fuente nada pretenciosa, pero muy nuestra, dejó de estar en su sitio, la misma fuente con la que nos encontrábamos todos los días a la ida y a la vuelta del colegio en la etapa en la que vivíamos en la plaza del Carbayón. Y, a decir verdad, cuando dejamos de verla, yo no sabía si había desaparecido para siempre, o si volvería a su sitio cuando finalizasen las obras.
Y el hecho fue que, sin poder precisar la fecha concreta, una tarde en los años setenta, inesperadamente, volví a verla en la plaza de Pedro Miñor. Y allí sigue.
Recuerdo que me acerqué a ella deteniéndome allí unos minutos, para cerciorarme de que, en efecto, era la misma fuente que había estado en la Plaza de la Escandalera. Y, a decir verdad, no encajaba mal en su nueva ubicación, al tiempo que le daba su no sé qué de prestancia a la plaza donde había sido trasladada.
Además, aquel encuentro –o reencuentro- fue en los setenta, o sea, en plena adolescencia. Y, miren ustedes por dónde, quizás haya sido una de mis primeras vivencias en las que saboreé lo agridulce de recuerdos gratos de un tiempo, aunque cercano, irrecuperable. Quiere decirse que hay momentos en la adolescencia en los que se echa de menos la infancia, aunque es más frecuente que, en esa etapa de la vida, se sueñe con momentos delirantes en un futuro más o menos próximo, más o menos perfecto.
Lo primero que me pregunté en aquella tarde fue si la presencia de esa fuente, entre otras cosas, significaba que el centro de la ciudad se iba desplazando hacia arriba, porque, bien pensado, el hecho de que, para llegar a la plaza de Pedro Miñor, uno de sus accesos más cómodos fuese recorrer antes la calle Valentín Masip significaba, o podría significar que la ciudad también crecía, al igual que el adolescente que rescato en esta historia.
Acaso me influyó mucho ver de nuevo la fuente de forma inesperada, pero lo cierto es que tuve sentimientos encontrados. Por un lado, su nueva ubicación incrementaba el atractivo de aquel rincón de Oviedo al final de la calle Valentín Masip. Por otra parte, confieso que no me hubiese disgustado que, tras las referidas obras, hubiese vuelto a su sitio de siempre. Pero había que asumir la realidad, esto es, el crecimiento.
Plaza de Pedro Miñor, años 70. Había algo del centro de Oviedo que se desplazaba hacia un enclave más alto de la ciudad, enclave que, como escribí más arriba, estaba muy cerca de una calle que estrenaba mucha actividad comercial.
Plaza de Pedro Miñor. No sólo llevaba un nombre muy notable en la ciudad, sino que además se “amueblaba” con algo que había formado parte del centro mismo de Oviedo. La suma de ambas cosas le daba a aquello una raigambre innegable.

Transcurrieron muchos años antes de que la plaza de Pedro Miñor se convirtiese en un lugar de paso camino del nuevo Tartiere, en una referencia de esa ruta gloriosa que, para muchos de nosotros, representa el oviedismo.
Y no sólo estamos hablando de un lugar de paso en el que el oviedismo es protagonista, sino también de una plaza acogedora y agradable, en la que a su alrededor hay establecimientos con mucho tirón, tanto en su interior como en las terrazas que despliegan por casi todas las esquina de la plaza.
Plaza de Pedro Miñor, desembocadura de una calle muy comercial y muy viva, lugar de paso al nuevo Tartiere, atractiva cita para disfrutar en cualquiera de sus terrazas, Y, por si todo ello fuera poco, no sólo lleva incorporado un nombre ilustre en la historia de Oviedo, sino que además cuenta con la fuente de la que venimos hablando como una incorporación de un Oviedo céntrico y tradicional.
Plaza de Pedro Miñor, a la entrada y a la salida de los encuentros que se juegan en el Carlos Tartiere, es un hervidero de oviedismo. Por las tardes, en los días más tranquilos de la semana, es frecuente ver a niños jugando. Y, además de todo eso, los establecimientos hosteleros que hay a su alrededor cumplen sus deberes de calidad y elegancia.

Pero regresemos a aquella tarde del reencuentro. Recuerdo que llovía, es posible que fuese miércoles. La sensación me resultó agradable; tanto fue así que, a pesar de la lluvia, allí permanecí unos minutos, como conté más arriba.
Luego, sin tenerlo previsto, bajé a la plaza de la Escandalera, conservando en la retina el reencuentro que acababa de vivir.
Tomé aquella decisión sobre la marcha, no para comparar ambas fuentes y dirimir cuál de ellas podía agradarme más estéticamente. No, no se trataba de eso, sino de tener ambas imágenes muy cercanas en el tiempo, en un margen no superior a los 15 minutos.
Y, al llegar a la Escandalera, tuve muy claro que la fuente que había sido desplazada a la plaza de Pedro Miñor, aunque más pequeña, no había estado fuera de sitio en su ubicación anterior, ni tampoco desentonaba en su nuevo emplazamiento. Oviedo crecía, así lo pensé, con incorporaciones, sin desgarros, del mismo modo que el adolescente que era yo crecía y quería crecer.
Confieso que tal convencimiento, más bien tal vivencia, me emocionó y me produjo serenidad y bienestar. Lo esencial no era que las cosas y las personas permaneciesen o no en el mismo sitio, sino que, en el caso de que cambiasen, lo hiciesen sin desarraigos.
Plaza de Pedro Miñor, primeros años setenta. El reencuentro con la antigua fuente de la Escandalera fue todo un símbolo del sosiego, de “la casa sosegada”.

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