El Comercio
img
No sólo “La Regenta”
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 01-04-2017 | 09:17| 0

Resultado de imagen de Alas Clarín

Cuando leí en EL COMERCIO los datos crecientes sobre la afluencia turística en la ciudad, así como las propuestas que se manejan para que continúe esa dinámica positiva, entre ellas, el turismo cultural con propuestas como la ruta de ‘La Regenta’ y el Oviedo novelado, pensé, una vez más, en la necesidad que existe, por justicia poética, de recuperar por y para siempre a Clarín en la ciudad donde transcurrieron sus trabajos y sus días.

¿Recuperar a Clarín? Por supuesto que sí, no sólo al autor de la que es probablemente la mejor novela de nuestra literatura en el siglo XIX, sino también al intelectual que, desde aquel Oviedo aislado que sesteaba, supo captar lo más avanzado del pensamiento europeo en su época.

¿Recuperar a Clarín? Sin ningún género de dudas, no sólo al crítico literario más temido de su tiempo, sino también al intelectual que tuvo una especial sensibilidad para captar los cambios que se avecinaban en el mundo desde aquel Oviedo ajeno en gran parte a la dinámica de los tiempos. ¿Y cómo recuperarlo? Por ejemplo, creando un prestigioso premio de periodismo que llevase su nombre y que reconociese el talento del texto periodístico que dé respuesta a las mayores incógnitas de nuestro tiempo.

¿Y cómo recuperarlo? Por ejemplo, creando una ruta clariniana, ruta que tuviese como referencia

el excelente texto de Fernando Vela que hablaba del día a día de nuestro autor en Oviedo.

¿Y cómo recuperarlo? Por ejemplo, haciendo hincapié en que la existencia del Teatro Campoamor es la consecuencia de una de las mayores apuestas de Clarín para nuestra ciudad.

¿Y cómo recuperarlo? Por ejemplo, incluyendo en esa ruta clariniana una visita al llamado Edificio Histórico de nuestra Universidad, concretamente al aula donde daba sus clases, tan maravillosamente contadas por Pérez de Ayala, sin perder de vista tampoco el memorable y emotivo texto que escribió Cabezas visitando la referida aula. Cabezas es uno de sus mejores biógrafos de Clarín, pero, inexplicablemente, aún no cuenta con una calle en Oviedo.

Cuando se habla de turismo cultural o, si se prefiere, de turismo literario, Clarín es omnipresente, pero –insisto- no sólo por “La Regenta”, sino también por su dimensión como un intelectual de primera línea en la España de su tiempo.

¿Qué mejor manera de celebrar el 125º aniversario del teatro Campoamor que convertirlo en el escenario donde se hiciese entrega de un premio de periodismo que llevase su nombre, recordando, así, que el mejor periodismo de la última mitad del siglo XIX se hizo y se escribió en Oviedo?

Por favor, tomen nota.

Ver Post >
Viga Azul: Capacidad ofensiva
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 27-03-2017 | 05:14| 0

En el partido frente al Girona, quedó claramente demostrado que lo mejor del Oviedo de esta temporada es su capacidad ofensiva. Prueba inequívoca de ello fue cómo se fraguó el segundo gol, con un Diegui que, cuando se lanza al ataque, demuestra poderío; con un Toché felizmente asociado con el gol que está haciendo una campaña soberbia en cuanto a lucha y eficacia.

¿Saben? En cierta medida, Diegui me recuerda –mutatis mutandisa Armando, en el sentido de que su mejor rendimiento viene dado en sus incorporaciones al ataque, incorporaciones que dejan a Susaeta más libre de marca. Y, volviendo al segundo gol del sábado frente al Girona, su pase a Toché fue magistral.

Capacidad ofensiva, digo. Tendrían que cambiar mucho las cosas para que lleguemos a ver a un Oviedo con un juego en el que destaque la coordinación entre las líneas. Pero, asumiendo la realidad, contando con semejante deficiencia, sí es cierto que nuestro equipo perdona poco arriba, y ésta es, sin duda, su principal fortaleza.

Tampoco hay que dejar de lado la excelente actuación del guardameta Juan Carlos, que tuvo felices intervenciones en la primera parte que evitaron que el Girona se adelantase en el marcador, en cuyo caso probablemente estaríamos hablando de otro partido.

Ante el Girona, el Oviedo hizo bien los deberes, confirmando que es un conjunto poco menos que inexpugnable en el Carlos Tartiere. Y, por otra parte, compensó a la afición tras el pésimo espectáculo que se ofreció en Vallecas.

El Carlos Tartiere, en efecto, fue una fiesta, desde el comienzo mismo de la segunda parte, y, por si alguien lo dudaba, la solvencia del equipo, cuando de veras se lanza a la ofensiva, se confirmó una vez más.

Ambos conjuntos compartieron la dificultad de un césped que ralentizaba el juego y que frenaba el balón. En este sentido, también habría que destacar lo mucho que luchó Nando, que compensó algunos desaciertos, especialmente el que pudo haber supuesto el tres a cero.

En el capítulo de elogios y merecimientos, además de lo ya expuesto, hay que decir que Christian Fernández estuvo batallador y seguro, y que, en general, todo el equipo respondió bien a lo largo de los 93 minutos que se jugaron.

El Oviedo se consolida como un equipo casi invencible como local. Lo que hace falta es decidir que, entre lo irrenunciable en los once choques que quedan, figure que sea un equipo que se gane su respeto como visitante. Tiene que acabarse jugar sin rumbo y a la deriva fuera del Tartiere.

Y tiene que acabarse ya.

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: Aquella comida en la Goleta
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 26-03-2017 | 00:07| 0

La imagen puede contener: personas sentadas, mesa, sala de estar e interior

“Dadme una cinta para atar el tiempo. /Una palabra que no se pierda/entre un olvido y un recuerdo. / Quiero que el aire no se mueva y venga/ un mal viento que arrastre por el suelo/ años de luz, palabras bellas”… (Blas de Otero).

Fue un lunes de marzo de 1996. “El vecino de Eaton Square y otros cuentos”, primer libro de Sarah Álvarez de Miranda, acababa de entrar en la imprenta. De modo y manera que, antes del verano, estaría en la calle. Ediciones Trabe, en la época de Antón García, tuvo el privilegio de publicar el primer libro de la nieta de Melquíades Álvarez, que, andando el tiempo, novelaría la vida de su abuelo, así como su experiencia en la Cuba que vivió las vísperas del castrismo.
Para celebrar aquello, se organizó una comida en la Goleta. Seis personas a la mesa: Sarah y su marido, el diplomático José Antonio Varela da Fonte, Antón García y Consuelo Vega y nosotros.
Y, más allá de la amena conversación de la que disfrutamos de principio a fin, puedo y debo decir que el lugar elegido era pintiparado para tan inolvidable almuerzo. Todo cuanto había alrededor contribuía a ello.
Entre anécdota y anécdota, de vez en cuando, salían a relucir las tramas del conjunto de relatos, la magia de la ropa de nylon, los episodios del cuento que daba título al libro, la ternura que suscitaban la mayoría de los personajes. El cosmopolitismo y la sensibilidad de la autora trazo a trazo, lance a lance; a veces, lo que se suscita al calor de una chimenea; en ocasiones, paisaje y paisanaje vinculados a Doriga. El asombro que, de principio a fin, transmitía la narradora, ante determinados momentos de la trama, no siempre en los finales, pero también.
Pero no sólo se abordaron los cuentos de Sarah. Antón nos mostró algunos poemas suyos. José Antonio Varela rememoró episodios de su larga trayectoria como diplomático. Era un hombre culto y ameno, nada farragoso, con un sentido del humor sutil, constituía toda una delicia escucharle. Y, por cierto, años más tarde, publicaría sus memorias también en la editorial Trabe.
Por otro lado, la actualidad del momento tuvo su hueco. Se había terminado “el trienio del griterío”, esto es, los últimos tres años de Gobierno de Felipe González, que habían estado marcados por continuos escándalos de corrupción. Y, por otro lado, a Aznar le quedaban algunos meses para ser investido Presidente del Gobierno, pues estaba por llegar el acuerdo del PP con el PNV y con CIU para que fuese posible su nombramiento como Jefe del Ejecutivo. Desde luego, lo que acabábamos de dejar atrás era amargo y decepcionante, pero lo venidero no levantaba grandes entusiasmos.
Marzo de 1996, digo. Fue un día nublado, en el que, si mal no recuerdo, no llegó a llover.
Tras la sobremesa, los acompañamos al ALSA. Por el camino, hablamos de Oviedo, de Doriga y de Lanio.
Aquella comida en la Goleta. Aquel encuentro antes del verano propiciado por la inminente publicación del libro de relatos de Sarah. Y es que, si bien nuestro parentesco no es muy cercano, la proximidad entre Lanio y Doriga propició que varias generaciones de nuestra familia se encontrasen en aquellos largos veraneos desde finales del XIX y que se visitasen con frecuencia en sus respectivas casas.A mediados del XIX, Engracia Longoria, que había nacido en nuestra casa de Lanio, se casó en Doriga. Y cada generación mantuvo el vínculo familiar.
Debo confesar que, tras tener noticia del cierre de la Goleta y de Casa Conrado, lo primero que acudió a mi mente fue la comida de la que vengo hablando. Y es que, dejando aparte otras muchas consideraciones que podrían hacerse, cada vez van quedando menos establecimientos con prestancia, solera y personalidad propia. Y es que, al clausurarse un negocio hostelero que sirvió como escenario a vivencias importantes, es inevitable que nos apodere una cierta orfandad.
Y, a todo ello, hay algo muy importante que debe añadirse, sobre todo, en un tiempo como éste donde el esnobismo y la cursilería abundan tanto cuando se habla de gastronomía. Sé que –perdón por la perogrullada- a todos nos gusta comer bien. Es innegable que una buena presentación ayuda. Pero, a mi juicio, hay algo que está muy por encima de los sabores y de las recetas, y ese algo es el ambiente que rodea al hecho mismo de sentarse a la mesa de un restaurante, ambiente no sólo, aunque también, en cuanto a lo visible y tangible, sino además en algo que está por encima de ello, en una especie de envoltorio invisible e inasible, que facilita la fluidez de las palabras, la comunicación de los gestos, la comodidad de los comensales.
Y, de todo esto, había mucho en la Goleta. Y quién sabe si esa elegancia que está en los detalles y que no pretende deslumbrar y esos ambientes que propiciaban largas conversaciones con amenas sobremesas colisionan con la pedantería, a veces insufrible, de quienes ponen por encima de todo lo gastronómico, de quienes se reclaman expertos en sinfonías de sabores y toda una serie de mentecateces que pretenden llenar vacíos que pueden dar vértigo.
En la Goleta, en efecto, se comía muy bien, pero su encanto y atractivo no residían sólo en lo culinario. No perdamos esto de vista, porque estaríamos renunciando a placeres que no sólo son gustativos. El buen gusto no sólo está en los platos.
Y a veces uno piensa que hemos pasado de los eruditos a la violeta de los que hablaba Cadalso a los pedantes a la vinagreta. No sé qué será peor.
En la Goleta –insisto- no sólo se comía bien.

La imagen puede contener: personas sentadas, mesa, sala de estar e interior
Ver Post >
Cospedal y Oviedo
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 24-03-2017 | 08:01| 0

Resultado de imagen de Residencia de oficiales, oviedo

La polémica entre el Ministerio de Defensa y el Ayuntamiento de Oviedo está servida a resultas de la intención del primero en poner a la venta el edificio que en su momento se construyó como residencia de oficiales del ejército en nuestra ciudad.

Por un lado, según leo en EL COMERCIO, ni la ministra Cospedal ni ninguna autoridad de su ministerio tuvo a bien dirigirse al Consistorio carbayón sobre el particular. Se trata, a lo que se ve, de recaudar cuanto se pueda sin tener presente a la institución local, tampoco al gobierno llariego. O sea, no se ve sentido alguno de Estado por parte del ministerio a cuyo frente se encuentra doña María Dolores. Una cosa es cierta: no se puede decir que tal proceder nos sorprenda lo más mínimo.

Y es que, cuestiones ideológicas aparte, una de las ausencias más preocupantes en nuestra vida política consiste precisamente en la ausencia de lo que se puede considerar tener sentido de lo que es el Estado. Es decir, por lo común, casi todas las Administraciones públicas actúan sin tener en cuenta que existe entre ellas un denominador común que es el Estado al que pertenecen.

No pido milagros, no espero que se tenga la más mínima noción de lo que Hegel estableció al respecto en el espíritu objetivo que es lo que explica, según el pensador alemán, el sentido del Estado. A tanto no podemos aspirar. Nos conformaríamos con que hubiese un sentido de lo público, del interés ciudadano al que, en teoría, todas las administraciones sirven, al que se deben.

En modo alguno es ilógico que el ministerio no quiera perder dinero con un edificio que sólo le puede ocasionar gastos. Ahora bien, si hubiese la más mínima conciencia de lo público, lo pertinente sería que se estableciese una comunicación con el resto de administraciones, en este caso, con la local, para buscar una solución conjunta que atendiese al interés público.

¿Se paró a pensar la señora Cospedal en el uso que podría hacer de ese inmueble el Ayuntamiento de Oviedo pensando en los intereses de la ciudad? ¿Se puede considerar válido vender ese edificio como si se tratase de un bien privado?

Tampoco se trataría necesariamente de cambiar la titularidad de la antigua residencia de oficiales sin más, sino de contar con el Ayuntamiento, de buscar entre todas las instituciones la mejor salida pensando en lo público, en este caso, en la ciudad.

Cospedal y Oviedo. La ministra de Defensa y Vetusta. Un cartel de ‘se vende’, concebido de esta guisa es una desconsideración hacia la ciudad en su conjunto.

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: Enero del 82: Rafael Alberti en Oviedo
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 18-03-2017 | 23:39| 0

La imagen puede contener: una persona, interior

“Mi mano y mi corazón, / ¡contigo!, que Asturias grita, / como ayer: ¡Viva el Nalón/ y viva la dinamita!” (Rafael Alberti).

¿Cómo olvidar aquel artículo de Francisco Umbral, tras la matanza de los abogados de la calle Atocha, en el que le imploraba a Alberti que no regresase aún a aquella España? ¿Cómo no recordar la presencia de la Pasionaria y Alberti en el Parlamento que se había formado en nuestro país tras las elecciones del 77? ¿Cómo no tener presentes los retornos de grandes figuras del exilio como Sánchez Albornoz, como Madariaga y tantos otros? Regresaron, sí, pero cabría preguntarse si más de uno no hizo suyo aquello que Max Aub había dicho en su momento: “He venido, pero no he vuelto”.
Pero vayamos a enero del 82, al momento en el que, Rafael Alberti, vino a Oviedo invitado por Tribuna Ciudadana. El local de la Caja de Ahorros (que en paz descanse) donde iba a tener lugar la intervención del poeta gaditano se quedó pequeño para el numeroso público que deseaba escucharlo. Sobre la marcha se hizo un cambio, y el acto se trasladó al Salón de actos de la Parroquia de San Juan, sito en la calle fray Ceferino.
¡Cómo y cuánto había cambiado este país! Y, por si ello fuera poco, de la presentación de Alberti se encargó Torrente Ballester, cuya ideología no era precisamente progresista. O sea, que uno de los poetas comunistas españoles más combativos recitaba sus poemas en un salón parroquial y, además, recibía elogios de un escritor que no había sido nada tibio en su defensa del bando sublevado. Así pues, el consabido guion de una España que se reconciliaba parecía cumplirse en aquella jornada histórica, culturalmente hablando, en Oviedo.
Terminaba enero del 82, de modo que estábamos a cumplir un año del fallido golpe de Estado. Por una parte, nos encontrábamos todavía en los inicios de una década en la que se respiraba libertad y esperanza, con su descaro y desenfado, acaso con su inocencia, pero también estaba lo irrenunciable. Y, por otro lado, Tejero y compañía se habían encargado de recordarnos de que la España más tenebrosa y reaccionaria seguía estando en pie de guerra. Aun así, pesaban más en cantidad y en calidad, las esperanzas que los miedos.
Torrente Ballester dijo en su presentación que teníamos la fortuna de poder escuchar “al mejor poeta vivo de la generación del 27”, sin duda, estaba en lo cierto. Y, cuando el autor de “Marinero en Tierra” expresó su disconformidad con la denominación de “generación del 27”, confieso que me emocioné.
Bueno, allí estaba un Alberti tan combativo como desenfadado, que recitó, entre otros poemas, el dedicado a Gil Robles, a un Gil Robles que, en los últimos años del franquismo y primeros de tiempos de la democracia, se reclamaba demócrata de pro, si bien tal cosa colisionaba con quienes recordaban sus discursos al frente de la CEDA. También se oyeron versos dedicados a los mineros asturianos.
Poder ver y oír a uno de los grandes poetas del siglo XX, que recitaba sus propios versos. Aquello era algo muy especial, aquello era un sueño hecho realidad. En algún momento, recordé la primera vez que leí en una manual de historia de literatura la palabra “exilio”, una especie de “castigo” que sufrían todas aquellas personas que no tenían sitio en la España del invicto caudillo. El exilio, no sólo era lejanía, sino también expulsión. El exilio, término que mi padre pronunciaba no sin cierto desgarro y frustración cuando hablaba de muchas de las grandes figuras de la República.
Aquel día, aunque fuese enero, y, aunque no se hablase en aquellos tiempos del cambio climático, no hacía frío en Oviedo. Aquella tarde fue directamente al acto de Tribuna Ciudadana desde la Estación del Vasco. Volvía de Pravia, de visitar a una tía abuela mía que ya agonizaba. Con su muerte, se acababa un mundo de antiguas referencias familiares. Y, por otro lado, escuchando a Alberti, de algún modo, regresaba a un universo libresco al que la voz del poeta le ponía su música.
Desde luego, Rafael Alberti tenía una puesta en escena genuina y una voz muy personal, que servían como efectos especiales a sus poemas más conocidos y efectistas.
Se iba un mundo, el que representaba mi tía abuela, y, sin embargo, de un modo un tanto espectral, como si de un epílogo se tratase, regresaba otro que había estado muy lejos durante décadas. Regresaba para despedirse de nosotros y de aquella geografía que habían tenido que abandonar. ¡Qué gran libro podría escribirse con los testimonios de las primeras impresiones que vivieron los retornados en el momento mismo en el que volvieron a poner los pies en el país en el que tanto habían soñado, vivido y escrito! Volvían a la geografía, pero la historia era no tenía retorno, no podía tenerlo.
Alberti en Oviedo, en 1982, aquel poeta que, según leí en algún sitio, cuando algún literato joven se le acercaba, solía responder al saludo y a los elogios diciendo que no escribía prólogos, aquel poeta que pasó de la nostalgia de su mar, al combate con la palabra más acerada y contundente, aquel poeta tan siglo XX, cuya vida y obra definen muy bien aquella centuria de sueños y quimeras, de delirios y horrores.
La noche fue larga y memorable. La voz de Alberti estaba viva, tanto en la mar como en la tierra, y la vieja Vetusta había recibido una visita de lujo.
Y nunca dejé de preguntarme lo que bullía en el fuero interno de Alberti y de Torrente, mientras la cortesía entre ambos afloraba externamente. ¡Qué memorable artículo hubiese escrito al respecto Umbral!

La imagen puede contener: una persona, interior
Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: Cafetería Ronda en la Jirafa
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 12-03-2017 | 11:02| 0

La imagen puede contener: una o varias personas, cielo y exterior

“Para mí, la vida es como una posada del camino, donde debo demorarme hasta que llegue la diligencia del abismo”. (Pessoa).

El mural de Navascués, el techo abovedado del que colgaba una hermosa lámpara, las patatas fritas que no eran de bolsa y solían servir con los aperitivos y que tanto me recordaban a aquellas que en mi infancia había degustado en la Paloma, en su antiguo local de la calle Argüelles. Su acústica tan genuina. Su confort, su elegancia. Su amplitud que, sin embargo, permitía varios ambientes, hasta distintas atmósferas. Hablo, estoy hablando, de la cafetería Ronda, en el edificio de la Jirafa. Hablo de uno de los establecimientos más singulares que conocí en Oviedo. La voluntad de estilo abarcaba cada rincón del local. No había un solo detalle extraviado. Voluntad de estilo y originalidad.
Era todo un lujo poder sentarse cerca del mural de Navascués, bajo aquel techo abovedado. Charlar sin prisa, no perder nunca de vista el decorado, por mucho que nos concentrásemos en la conversación. Resultaba muy atractivo el contraste que allí se observaba entre la discreción a la que invitaba el escenario, frente a las voces y murmullos que se expandían por tan singular espacio. Sin embargo, más que las palabras, llegaba la música, que se entrecruzaba y que no aturdía.
En la planta de arriba de la cafetería, recuerdo la comodidad de los asientos, también su holgura.
Abajo, tertulias y lecturas. Arriba, encuentros más personales que, al mismo tiempo, permitían ver el movimiento que había en la calle, como una atalaya cercana que, sin embargo, contaba con la suficiente lejanía para tomar perspectiva. O sea, como diría Ortega, desde allí no se percibía bien la nariz de Cleopatra, ello en el supuesto de que la reina egipcia deambulase en aquellos momentos por la calle Pelayo.
Y no sólo tertulias, también lecturas. ¿Cómo olvidar el lujo que para mí suponía entrar en la cafetería Ronda con el libro que acababa de adquirir en la librería Santa Teresa y comenzar, acompañando aquello de un café, aquella apuesta literaria que tanto prometía?.
¿Cómo no recordar aquel sábado a última hora de la mañana cuando entré en la cafetería Ronda con, “El siglo de las Luces” y “La Consagración de la Primavera”, de Alejo Carpentier? Primer dilema: elegir cuál de los dos leería primero. Empecé por el último. Era una edición de Siglo XXI editores. Y, andando el tiempo, ante ese tópico tan repetido de que “El siglo de las luces” es un fresco del siglo XVIII, cabría extrapolar eso mismo a la novela que empieza en la Primera Guerra Mundial y que concluye con un episodio épico de la revolución cubana. Todo un recorrido apasionante por la pasada centuria. A mi juicio, una obra maestra de nuestra narrativa en castellano. Una prosa que desbordaba y un afán por contar tan contagioso como efectivo..
Pero regresemos a aquel sábado. Llovía. Fue en febrero. El día estaba oscuro y desapacible, y, por supuesto, invitaba a leer. Y fue todo un acontecimiento dar comienzo allí a una de los libros más apasionantes que conozco.
Pero no sólo lecturas, también tertulias. Un día de semana por la tarde allí estábamos con uno de los primeros números de la Revista “Cuadernos del Norte”. En algún sitio, se hablaba de Navascués, del autor de aquel mural que teníamos ante nosotros. No se trataba de hacer sesudas ni pretenciosas digresiones sobre la obra del citado artista. La cosa era muy distinta, simplemente, disfrutar de aquella cercanía, contemplar lo que Navascués había hecho con la madera. Genuina vanguardia en un escenario donde lo clásico también era omnipresente.
Sin embargo, las estancias en la planta de arriba, más que a lecturas o a tertulias, invitaban bien a la confidencialidad, bien a la observación de lo que transcurría por la calle. Tardes de domingo, llenas de complicidades y entusiasmos sin estridencia. Tardes en las que el protagonismo, más que en las palabras, estuvo en los gestos y en las miradas.
Cafetería Ronda. Por mucho que la Jirafa impusiese desde afuera, por mucho que destacase todo aquello, puertas adentro del local se percibía un universo independiente, con mezclas e incorporaciones temporales más que sugerentes.
Cafetería Ronda. Mi última estancia en ella fue también un sábado a la hora del vermú. Me encontré, por casualidad, con un editor madrileño que estaba de paso por Oviedo. Curiosamente, para el visitante, fue su primera vez en la cafetería Ronda. Y alguien se le había recomendado encarecidamente para disfrutar del aperitivo.
Confieso que, al pasar por la calle Pelayo, casi todo son ausencias. Ya no está la Librería Santa Teresa, tampoco sigue abierto el bar Pelayo, y lo mismo pasa con la cafetería de la que vengo hablando.
Acaso sea una de las calles que más cambios ha sufrido en lo que respecta a sus negocios tradicionales, a sus citas más clásicas.
Cafetería Ronda. Lecturas sabatinas. Gestos y complicidades dominicales.

Lamenté –y no poco- su cierre.

Ver Post >
Primavera en el Campo de San Francisco
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 10-03-2017 | 08:17| 0

Resultado de imagen de Campo de San Francisco, Monumento a Clarín,

“Te embarcaste, surcaste mares, atracaste: ¡desembarca!” (Marco Aurelio).

 

Tarde luminosa en pleno mes de marzo. Las margaritas comparecen con una explosión de color y anticipos primaverales. Por el Paseo del Bombé,  un paseante perora sin parar a su teléfono móvil, que lleva en la palma de la mano, y, a medida que lo veo más de cerca, se diría que increpa duramente al aparatejo.  Un caniche, tan pequeñín como gracioso y tierno, se planta y no quiere seguir caminando, a pesar de que su dueña, con mucha paciencia, intenta que no se detenga junto a ese terreno vallado en cuyo interior corretean y juegan varios perros que olisquean una especie de zanja en apariencia recién  abierta.  Un avión va dejando su estela por el cielo, al modo de una llama que no encuentra materia combustible.

Se levanta una brisa que, sin ser fría,  parece tener intención de recordarnos que  el invierno todavía  no nos ha abandonado.  De hecho, una señora que camina apoyada en su bastón acelera el paso, barrunto que lo hace para verse pronto en casa resguardada del frío.

Sin embargo, un señor mayor y su nieto, sentados al lado de Mafalda, no parecen tener prisa, imagino que a la espera de que no se atraviese nadie entre el fotógrafo de ocasión y ellos. Se les ve sonrientes seguramente posando para la inmediatez de las redes sociales.

Confieso que hay dos rincones del Campo de San Francisco que no puedo dejar de transitar: uno de ellos es el monumento a Clarín, mientras que el otro  es el árbol torcido al que sustentan unas piedras que tienen la forma de gruesos tomos enciclopédicos. Esos libros que enderezan un destino quebrado. Esos libros que evitan el hundimiento de un árbol. Esos libros, cuyo contenido nos inventamos a poco que fijemos la vista en ellos.

¿Y qué decir del monumento a Clarín? En realidad, me resulta imposible transitar Oviedo sin tenerlo presente, y no sólo por esa novela excepcional a la que Oviedo, según Cueto, se empeñó en imitar, sino también por haber sido el faro de Asturias y de España en sus ensayos y artículos periodísticos. Es un buen sitio para detenerse el tiempo que dura un pitillo, o, si se prefiere, el tiempo que ocupa un alto en el camino.

Comienza el atardecer. Las margaritas se empiezan a perder de vista, y se preparan para lucir su esplendor al día siguiente.

¿Se acercará algún viandante al monumento a Clarín en busca de algún palique?

¿No resulta sugerente que el monumento a Clarín y el árbol sustentado por piedras en forma de libros se encuentren casi frente por frente?

Ver Post >
Viga Azul: Algo más que tres puntos
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 06-03-2017 | 06:26| 0

«Es de justicia hacer mención al preciso pase de Susaeta en el segundo gol»
«Queda por delante un periodo decisivo que podría dejar un balance de ensueño»

La victoria ante el Cádiz, en efecto, supuso algo más que tres puntos. Para empezar, fue la confirmación de un equipo que, además de ser casi inexpugnable como local, llevaba dos partidos sin hacer el ridículo fuera de casa, algo que hacía mucha falta para que el oviedismo recuperase una ilusión que se tiene sobradamente merecida. Y tampoco es baladí el hecho de que hayamos sido capaces de remontar un partido que en principio se nos puso en contra, eso sí, con la ayuda del árbitro anulando un gol al Oviedo por un supuesto fuera de juego, que, según los expertos, no fue tal. El tanto de Linares fue decisivo, psicológicamente hablando, para encarar la segunda parte con empuje, confianza y ambición.

Una vez más se sufrió para ganar. Eso es innegable. Una vez más hubo imprecisiones que nos pusieron el corazón en un puño. Pero, en el segundo tiempo, no sólo se consiguió el gol que, al final, nos daría el triunfo, sino que además no había miedo y se intentaba acorralar al Cádiz. No se renunció, tras el gol de Christian Fernández, al ataque y el equipo, fallos puntuales aparte, no jugó amilanado. Todo un alivio, a decir verdad.

Por otra parte, también hay que decir que los goles del Oviedo hicieron justicia poética. El primero premió a un Linares al que no se le puede negar esfuerzo y lucha. El segundo lo hizo con la entrega de Christian Fernández, un lateral infatigable que en la tarde del sábado también se prodigó en ataque. Y, a propósito de ese gol de Christian Fernández, es también de justicia hacer mención al preciso pase de Susaeta, que le puso el balón en inmejorables condiciones para el remate.

Por otra parte, el mediocentro Borja Domínguez parece que se va acoplando cada vez más al equipo, al tiempo que el defensa Costas aporta una seguridad en la defensa que supone una mejoría del bloque que es siempre bienvenida.

Siguiendo con las últimas incorporaciones invernales, Berjón confirma en cada partido su calidad. Sólo le falta alcanzar un estado de forma física que, hasta el momento, no llegó.

Algo más que tres puntos. Toda una casualidad que, celebrándose en Oviedo un antroxu con algunos días de retraso, nos visitase un equipo cuyos carnavales tienen una gran solera. Y que, con tal coincidencia, el Oviedo haya sumado una victoria que nos lleva al optimismo y que tiene que servir para seguir ganando batallas a domicilio.

Queda por delante un periodo de tiempo decisivo que podría dejar un balance de ensueño, un balance soñado.

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: Cines Brooklyn
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 05-03-2017 | 01:23| 0

La imagen puede contener: noche

“Hay una «situación de cine», y esta situación es pre-hipnótica…La oscuridad de la sala está prefigurada por el «ensueño crepuscular» que precede a esa oscuridad y conduce al individuo, de calle en calle, de cartel en cartel, hasta que se sumerge finalmente en un cubo oscuro, anónimo, indiferente, en el que se producirá ese festival de los afectos que llamamos una película”. (Barthes).

 

No sabría decir cuál fue la primera película a la que acudí en los cines Brooklyn. Sin embargo, recuerdo con toda claridad mi andadura nocturna por las calles de Oviedo después de haber visto en los mencionados cines “El Crimen de Cuenca”. Amargura, indignación, mal cuerpo, necesidad de conjurar aquello, de dejar atrás la ira que nos había apoderado tras aquella historia marcada por la injusticia y las torturas, tras aquella historia de la España más negra, más tremenda y hasta tremendista. Carne horca, que diría Machado.
Parada en el establecimiento de la Avenida de Galicia que más tarde cerraba. No era fácil plantear una conversación ajena a la historia de la película que acabábamos de ver. No había muchas posibilidades de alejar de nuestras mentes aquella truculenta trama que, además, como ya dije, remitía a la España más tenebrosa.
Si la memoria no me falla, aquella película se estrenó en 1981, pero, antes de ser exhibida en las salas de cine, había tenido problemas legales, era ministro de cultura –miren ustedes por dónde- don Ricardo de la Cierva, historiador objetivo y riguroso donde los hubiese. ¡Madre mía!
La España más tenebrosa cerrándonos el estómago, rascando nuestras gargantas, escocía nuestro entendimiento. De cualquier modo, a pesar de todo y de casi todos, la película había podido exhibirse, sacando a la luz un episodio más de nuestra historia contemporánea más oscura, de una España en la que la vida tampoco valía mucho. Y, como bálsamo, la buena literatura en nuestra conversación: las novelas que escribieron Baroja y Pérez de Ayala sobre el famoso crimen de don Benito y-cómo no- algunos poemas de Machado con el Dios Ibero temido y temible.
Antes, en su misma ubicación, hubo un enorme garaje, cuyo encargado solía estar a la puerta y formaba parte del entorno. En la esquina entre esa calle y la Avenida de Galicia, un chalet, en cuyo patio había un coche antiguo que llamaba mucho nuestra atención. Y, allí, en General Zuvillaga, la discoteca Faust, donde, por razones de edad, nunca entré, por supuesto, el club de Tenis, el pub Corners y los cines. ¡Cuánto ocio en una calle no demasiado grande! Y, en su momento, que se ubicase allí la oficina del Inem, a lado de tanto ocio y tanta abundancia, no dejaba de ser paradójico.
Pero volvamos a aquellos cines, a aquella sesión de noche donde vi “El Hombre de moda”, con Xabier Elorriaga haciendo de severo profesor de literatura, que no le hacía ascos a cierto ligoteos, pero, claro, aquello rompió. La moralina de aquella película no se puede decir que destacase por lo ingenioso.
Pero, de todas las sesiones de noche a las que acudí en los cines Brooklyn, el acontecimiento más inolvidable fue el de la proyección de la película sobre la vida de Gandhi, sin duda, uno de los grandes personajes del siglo XX. Puedo asegurar y aseguro que el ambiente que se creó a la salida del cine, me hizo recordar lo que se escenificaba en el Paladium, cuando, una vez terminada la película, las interpretaciones más pretendidamente sesudas iban en el guion.
Salir del cine tras ver la película sobre Gandhi, y los comentarios sobre la luz de la película, el rigor histórico, el trabajo del actor que encarnaba al personaje histórico, la paz, el imperialismo, los colonialismos y qué sé yo cuántas cosas eran los ecos que se hacían oír al tiempo que la gente abandonaba la sala de cine. Fue volver a los 70. Fue volver al Paladium.
¿Y cómo olvidar aquella noche de verano en la que se estrenó Dragón Rapide, con Juan Diego en el papel de Franco? Una vez más –en esta ocasión, en el cine- la guerra civil, más concretamente, sus prolegómenos. De aquella película, lo que encontramos más sobresaliente fue el esfuerzo de Juan Diego por meterse en el interior de Franco, de aquel militar severo, prudente, aparentemente pusilánime, que, en un momento dado, con la ayuda de un conocido financiero, abandonó las Canarias para ponerse al frente de los militares que se sublevaron contra la República.
Noche de verano en Oviedo, con poco movimiento, pero con locales abiertos hasta muy tarde para poder hablar de aquel personaje que dirigió los destinos de un país durante 4 décadas como si fuese un cuartel. Algo así, necesitaba catarsis conversacional, y no poca catarsis.
Ya, ya muy avanzados los años 90, esta vez en sesión de tarde, en compañía de mis alumnos de COU, vimos la película “Muerte en Granada” en la que el conocido actor Andy García representaba el papel de Lorca. Era primavera y, a la salida del cine, no podría decir que el entusiasmo fuese grande entre aquel grupo de COU. Desde luego, la vida y la obra del gran poeta granadino daban para mucho más, y la ambientación histórica era manifiestamente mejorable.
El día que los cines Brooklyn se cerraron, sentí una orfandad inevitable, la de saber que, por las calles de Oviedo, no podría dar paseos con esa hipnosis que crea en nosotros el cine. Siempre la echaré de menos.

Ver Post >
Carnavales en Oviedo
img
Luis Arias Argüelles-Meres | 03-03-2017 | 07:55| 0

Resultado de imagen de Carnavales en oviedo

Menos mal que no fue ‘el tripartito’ quien decidió que en Oviedo la fiesta de la carne se retrasase casi una semana, incurriendo con ello en la irreverencia de celebrar las mascaradas en plena Cuaresma. Porque, de haber sido así, lloverían las críticas hacia unos mandatarios municipales tan poco temerosos de Dios y tan paganotes ellos. Lo dicho: arreciarían los reproches. Pero, miren ustedes por dónde, fue el católico Gabino de Lorenzo quien tomó tal ‘determín’, o, al menos, esto se puso en práctica siendo alcalde el actual delegado del Gobierno. En cualquier caso, para las conciencias más ortodoxas, a alguien tan campechano y dicharachero como don Gabino hay que perdonárselo todo. Catolicismo y casticismo en buena y perfecta armonía. Como Dios manda.

Dicho todo ello, dejando de lado los reparos que se puedan poner ante la mencionada irreverencia, tiene sus ventajas el hecho de que los carnavales se estiren una semana más, viene a ser el día después de la fiesta, la despedida por todo lo alto, el homenaje a lo recién celebrado.

Tampoco hay que perder de vista que, con esta prolongación, no se hace sombra a lo mucho que se celebra la fiesta de la carne en Avilés y Gijón, y que se evitan potenciales polémicas localistas, por lo común, inoportunas y aburridas.

Muchos años antes de que se pospusiesen estas fiestas con respecto a las fechas oficiales, recuerdo un martes de Carnaval, ya de noche, cuando la calle Rosal se inundó de viandantes disfrazados, en una auténtica e inacabable procesión de gentes que llevaban todo tipo de embozos y máscaras.

Confieso que aquello me emocionó, porque no pude dejar de pensar en el enorme lapso de tiempo en el que estas fiestas estuvieron mal vistas cuando no prohibidas.

Me gustan los carnavales en la medida en que sus mascaradas, sus ritos y puestas en escena son, en muchas ocasiones, desafíos transgresores en los que, por una vez, cada cual decide quién quiere ser, o, más exactamente, determina cómo comparecer ante los demás.

«Llega a ser el que eres», escribió el poeta lírico griego Píndaro, planteamiento que llegarían a desarrollar Nietzsche y Ortega, entre otros. Digo esto, porque el Carnaval permite esas libertades, esas ilusiones, porque nos facilita elegir un papel que, en muchos casos, poco o nada tiene que ver con nuestra realidad.

El Carnaval como teatro, como disfraz, como excitante baile de máscaras.

Pues bien, es un lujo del que se puede disfrutar en Oviedo, incluso en plena Cuaresma.

Estoy por asegurar que esto último le hubiera encantado a nuestro Pérez de Ayala, novelista genial, ingenioso y muy irreverente.

¿Alguien recuerda el episodio inicial de la novela ‘Belarmino y Apolonio’?

Ver Post >