El Comercio

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MI HIJO HA SUSPENDIDO
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Miguel Silveira | 10-06-2010 | 19:49

Llega el final del curso y con él la angustia para muchos padres que, desesperados, observan que sus hijos suspenden y con ello les espera a todos un verano movido de clases particulares, alteración de vacaciones y el disgusto de ver que el hijo ha perdido su tiempo.

La ansiedad y con ella el enfado, que ya empezó semanas antes al ver que se acercaba un final desgraciado, aumentan y suelen explotar cuando llegan en junio los malos resultados. El dia de recogida de las notas es un momento clave y delicado porque, si el hijo ha suspendido más de lo esperado y se expone a repetir el curso, la madre se enfrentará al hijo, le reprenderá, aprovechará para darle un sermón sobre lo irresponsable que ha sido, lo vago y lo poco sensible al esfuerzo y ayuda familiar que se le ha dado. Comienza en ese instante una actitud materna de disgusto y de reproche al mismo tiempo acompañado de amenazas sobre la suerte que le espera en el verano. La madre sentirá la tentación de castigar al niño por no estar a la altura de lo que se le exige y puede dar.

Añádase a esta actitud materna, si es ella quien le acompaña al colegio o instituto a recoger las notas, la bronca que le caerá proveniente del padre cuando al volver este de trabajar se encuentre el panorama negativo. El padre, avisado previamente del desastre, comenzará a tramar una respuesta airada para cuando regrese a casa y al encontrar al hijo aprovechará quizás para echarle en cara airadamente su falta de responsabilidad y de cuidado y amenazará con castigar ejemplarmente su falta de trabajo. ¿Qué puede suceder? Que el hijo quede como humillado y cariacontecido o que se impermeabilice ante tanto sermón pensando que los padres le “rayan”. Puede ocurrir también que si es adolescente opte por huir del hogar por unas horas con lo que el disgusto de los padres será multiplicado.

Nada bueno se derivará de expresar el enfado de manera explosiva porque lo expresado no es para nada bello ni invita a corregirse. Hay que tener cuidado por lo tanto con la forma en que reaccionamos ante el fracaso académico de los hijos. Podemos estar disgustados, pero hay que cuidar las formas, evitar palabras hirientes, las descalificaciones y amenazas así como los castigos desproporcionados nacidos de la frustración. Basta con que el chico sufra algunas privaciones y deba trabajar en el verano para recuperar, si puede, pero no torturarse ni torturarlo. Simplemente no es lo recomendable. Hay que cuidar lo que se dice y cómo para no arrepentirse.

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