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Categoría: psicologia cotidiana
FRACASAR ES MERITORIO

En nuestra sociedad de cultura cristiana, a diferencia de la protestante, se toman los fallos y fracasos como algo vergonzante, negativo y deja en quien los sufre un amargo sabor de derrota porque no está bien visto ni por la sociedad ni por uno mismo. Tan es así que quien sufre el revés queda en parte bloqueado y mermado de fuerzas y de ganas para volver a intentar resurgir con esperanza y confianza en si mismo. El fracaso está un tanto estigmatizado, es evidente. Sin embargo si uno lo piensa bien el fracaso no es sino un intento fallido que no anula nuevos intentos hasta dar con la clave. No todos los caminos conducen con seguridad a la meta elegida y deseada y por eso se deben intentar otras rutas que hagan posible el éxito. Lo peor, con todo, no es desanimarse pensando en la dificultad de volver a esforzarse. Lo peor radica en dar el salto injustificado de la parte al todo, del fallo en si al plano personal y creerse un inútil, incapaz o impotente en cuanto que persona, en descalificarse y flagelarse atribuyendo a toda la persona la causa del traspiés. Es un salto ilógico que implica una merma evidente de fuerzas porque deja la autoestima algo tocada. Por tener un fracaso no es uno un fracasado igual que por matar un perro por accidente no puede ser uno calificado de mataperros. Los que son negativos por tendencia personal y por costumbre han de cuidarse más porque la negatividad mina nuestras defensas y resta impulso hacia la superación de las barreras, mentales, sobre todo, pero también externas. Está bien pensar a posteriori qué es lo que se hizo mal para no volver a repetirlo pero no para avergonzarse, culpabilizarse o bloquear las ganas de seguir intentándolo. Quienes que viven en un ambiente cultural y religioso protestante, sobre todo los calvinistas, suelen por el contrario considerar el fallo como reto y como mérito y no tienen inconveniente en moverse de nuevo las veces que hagan falta en pos del logro. Creen que superar los fallos les proporciona méritos para salvarse incluso, al pasar al mundo de ultratumba. Hasta para eso tienen suerte. Pero en la cultura nuestra se puede modificar esa actitud aunque uno no crea que es meritorio para el cielo. Es meritorio en esta vida.

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¡ES SU BODA!

 

Aún hoy en día, no digamos antaño, predomina la presión de los padres cuando dos que se van a casar planifican quienes serán los invitados a la boda. Era y sigue siendo corriente que sean los padres de ambos quienes casi decidan a quienes se invita o no se invita y cual es el número de los que deben asistir al acto y posterior banquete. Entiendo el deseo de tales padres de cuidar a los que han de invitarse, pero solo hasta cierto punto. Quienes en realidad deberían decidir sobre este aspecto serían a los contrayentes porque ellos en realidad son los protagonistas de su acontecimiento. No quiere eso decir que los padres no puedan opinar y sugerir ideas para que todos queden satisfechos (lo que no siempre se consigue) pero si sus intereses chocan frontalmente con los de la pareja, deberían respetar, salvo excepciones razonables, lo que esta diga. Se me dirá que son los padres los que pagan y por lo tanto tienen derecho a imponer sus condiciones. Hasta cierto punto también. En realidad lo preferible sería que se llegase al mejor  acuerdo sin doblegar las voluntades, pero si existen diferencias importantes en realidad los padres deberían dejar a los protagonistas la decisión final. Sé que algunos no entenderán muy bien lo que defiendo, y lo entiendo, pero no me dirán que lo  “normal” debe ser imponer la voluntad de los padres de ambos contra la voluntad de los casamenteros. La boda ¿de quién es? ¿Por qué en un cumpleaños de cada uno si pueden decidir y no en la boda? Al fin y  al cabo quienes tendrían que disfrutar de sus amistades ese dia serían sus protagonistas y estos no son los padres. No me refiero a exclusiones escandalosas, que a veces se dan, sino a no forzar las cosas demasiado. A veces eso puede acabar como el rosario de la aurora. No me tiren arroz, por favor, pero tampoco huevos. Las intervenciones excesivas familiares siempre que anulen la voluntad de los hijos adultos no parecen ser muy de recibo.

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LA ADVERSIDAD NOS PONE A PRUEBA


En efecto, cuando los eventos de la vida discurren favorablemente no hay ningún problema especial.  La evolución tiene lugar sin sobresaltos. Por no haber, no hay historia porque lo bueno no tiene crónica ni presenta interés narrativo. Es cuando la adversidad y los contratiempos nos sorprenden cuando eso pone a prueba nuestra templanza, nuestra fortaleza de carácter, nuestra capacidad de reacción y nuestra resiliencia o capacidad de recuperación de los impactos negativos. Es la adversidad de todo tipo la que tiene la potencialidad de desequilibrarnos y alterar nuestra vida a veces hasta extremos preocupantes. La adversidad es la culpable de la angustia, de la agresividad que podamos sentir, de la indefensión en otros casos y de la depresión de nuestro ánimo, cuando  nos vemos incapaces de gestionarla y de gestionar nuestra reacción ante los eventos desfavorables. La ansiedad y la tensión es la primera reacción que sentimos en nuestro organismo con sus muchos efectos somáticos, pues nuestro cuerpo lo acusa, bien en forma de pérdida de sueño y de descanso, bien en forma de numerosos desarreglos físicos. Nuestra mente se ceba en la preocupación. Pero también se presentan  efectos emocionales como la angustia, el miedo, la desazón, el desasosiego, la culpa. El efecto final es la depresión y por tanto la tristeza y la desmotivación, la desgana y la falta de fuerzas para luchar. Y cuando este cuadro se completa  todo ello afecta a nuestra forma de vivir el día a día, alterando bien nuestras relaciones personales, nuestro rendimiento laboral y profesional, nuestra eficacia y nuestras decisiones, así como nuestras ganas de vivir con ilusión.  Quien, sin embargo,  se niegue a sentirse profundamente alterado en varias dimensiones de su vida, decidirá, a pesar de las circunstancias adversas, tratar de seguir viviendo en la normalidad en lo posible,  a distraerse a pesar del agobio y la preocupación que suele apoderarse de nosotros. Decidirá no perder las ganas de hacer cosas, hacer planes y tratar de cumplirlos  y de seguir viviendo con dignidad pero también con ganas, aunque sea apretando los dientes. Decidirá no dar un pobre espectáculo ante si y ante la sociedad que le conoce y le rodea. Decidirá seguir superándose y superando los dimes y diretes. Decidirá, en fin, no perder la perspectiva y no caer en el error del hundimiento psicológico, porque este es el peor estado en que podemos caer por la desgracia no superada. Si uno sabe reponerse enseguida y tiene algo de paciencia verá con satisfacción cómo su vida sigue evolucionado sin grave erosión a todos los niveles. Una de las claves está en reaccionar de inmediato de forma superadora y positiva y la otra es la determinación de no dejarse hundir de ninguna manera. Quien sabe reponerse de inmediato y no deja que su vida entera se contamine a causa de un evento adverso, sea el que sea, es quien puede admirarse a si mismo y estar plenamente satisfecho.

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PSICOLOGÍA DEL “NUNCA SE SABE”

Una persona es previsora:

Si lleva siempre consigo el DNI y vigila que no esté caducado.

Si tiene fotocopia del DNI.

Si lleva consigo las tarjetas de débito o crédito.

Si tiene el pasaporte al dia y localizable

Si tiene copia de las llaves de su casa.

Si lleva recetas del médico por si acaso.

Si al marchar de viaje lleva consigo dos llaves del coche por si se pierden unas y los cargadores de sus aparatos.

Si lleva siempre consigo dinero y calderilla.

Si lleva el carnet de conducir, procurando que no esté caducado.

Si lleva en su coche copias de “parte amistoso de accidente”.

Si tiene seguro de su casa, incluida la responsabilidad civil.

Si tiene al dia la revisión del gas de su vivienda.

Si lleva consigo el móvil, bien cargado, y el cargador si marcha de viaje.

Si tiene apuntados los números para llamar si le roban o pierde la tarjeta de crédito.

Si lleva apuntadas las contraseñas de TODOS  sus aparatos y programas por si necesita echar mano de ellas.

Si tiene la agenda de teléfonos al dia.

Si tiene el depósito del coche con carga suficiente de combustible por si acaso…

Si lleva apuntados los números de emergencias por si las hay.

Si lleva consigo siempre un boli.

Si tiene identificados con una pegatina los distintos cables de los distintos aparatos, para cuando los necesite, sobre todo si los tiene mezclados.

Todo esto es de cajón, ya se sabe, pero así y todo, siempre conviene actualizarlo para evitar sorpresas y disgustos. Hay más datos, pero no quiero agotar el repertorio. Sólo recordar algo obvio. ¿Cuanto de previsor eres?

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LOS PEORES MOMENTOS

Lo común a los peores momentos por los que atravesamos en la vida es la carga de angustia que invade nuestro ánimo, porque parece que la desgracia ha entrado por la puerta y amenaza con desestabilizarnos. Parece razonable, y lo es, sentirnos angustiados, desbordados incluso, así como perder el sueño, la tranquilidad, el equilibrio y que la incertidumbre nos impregne. Parece completamente razonable tener reacciones de hundimiento. Si, además,  la adversidad nos encuentra vulnerables, debilitados o faltos de energía, más razonable aún parece y es que nos desmoronemos o perdamos el control de nuestras emociones y reacciones. Puede incluso ocurrir que no dispongamos de ayuda suficiente o de ninguna ayuda para salir del paso. Por tanto puede haber razones varias y suficientes  para explicar lógicamente que estemos incluso destrozados. Pero es que las razones, compañeros, no deberían servirnos como excusa real para desistir de luchar con uñas y con dientes en pro de resolver o remontar la situación por adversa que pueda presentarse. Es en último término en nuestra actitud donde reside la clave final para reaccionar contra viento y marea. Es en nosotros y en nuestra determinación de salir adelante donde radica finalmente la clave para que cualquier problema, cualquier problema digo, no de con nuestros huesos en la tierra. Si el individuo, que es en último término quien tiene que sobrevivir y continuar, se rinde, la esperanza desaparece del horizonte. Por eso, a pesar de la gravedad del contratiempo, no debería permitirse el desmoronamiento personal. Pero es que además hay buenas noticias que olvidamos: que no siempre, pero sí una aplastante mayoría de las veces, el resultado negativo o no se da o no es exactamente igual ni en la medida que lo habíamos imaginado. Haz revisión y si has tenido momentos adversos eso es precisamente lo que te ha sucedido. Por todo ello, nunca deberíamos quedar completamente hundidos. Lo escribo porque muchos hoy dia se encuentran en esta situación por diferentes causas. Lo escribo por si a alguno le sirve para no perder el control sobre su vida. 

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¿TENEMOS LO QUE NOS MERECEMOS?

 

Eso parece que se tiende a pensar en esta sociedad donde la “meritocracia” ha ido haciendo cada vez más mella. Se tiende a creer que lo que nos pasa es solo culpa o responsabilidad nuestra, que tenemos y somos lo que nos merecemos, que nuestro resultado vital, laboral, profesional, emocional, familiar, etc. es sólo mérito propio, es lo que nos hemos ido ganando en base a nuestro esfuerzo y a  nuestras decisiones más o menos acertadas. Echamos sobre el individuo toda la carga de cuales sean sus resultados. Le abrumamos con el sentido de la culpa y le hacemos creer que si tiene éxito es un ganador hecho a si mismo y si fracasa es un perdedor porque se lo ha buscado. Qué lejos queda aquello de atribuir a la providencia divina parte de nuestras desgracias o fortuna. Ni tanto ni tan calvo. No pretendo resucitar la divina providencia aunque no estaría mal que de verdad existiese porque supondría un descanso enorme, ya que tendríamos a quien recurrir en nuestra ayuda y a quien echar la culpa de nuestras desgracias o adversidades. Lo que sí creo que hay que recordar para no agobiar más al ser humano es que, si bien es verdad que debe esforzarse al máximo y que en gran parte depende de su esfuerzo el resultado de su vida, también es cierto que hay muchas circunstancias, condiciones, eventos y factores ajenos a la acción del individuo que influyen sobre él sin pretenderlo. Se los encuentra sin haberlos buscado. No podemos elegir todo y hay que asumir muchas veces influencias externas o lo que se conoce en el lenguaje de la ciencia como variables independientes que nos rodean y pesan sobre nuestro comportamiento y nuestra vida. Hay que descargar al individuo un poco so pena de querer que viva angustiado, de que se considere perdedor por su culpa, lo que le conduciría a vivir en un estado excesivo de ansiedad. Ah, y recordar que entre esas variables independientes figuramos nosotros para otros, recordar que también nosotros somos en parte responsables de lo que otros pueden llegar a ser, triunfen o fracasen. Hay que repartir un poco la culpa y la satisfacción. No todo es blanco o negro.

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Sobre el autor Miguel Silveira
Psicólogo clínico, experto en ansiedad y estrés C/ Carlos Marx,1 - 6º D Gijón (Asturias) http://www.miguelsilveira.com http://www.estresyansiedadonline.com

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