El Comercio
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La croqueta de Violeta
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remartini | 18-12-2015 | 10:38

Hoy presentamos el tercer relato de la asombrosa serie:

 

Cuatro mujeres (y un hombre) a los que casi me comí.

 

 

 

 

 

Violeta era perfecta, risueña, esbelta, bonita como un brote de algodón. Tenía una melena morena que a menudo recogía en una cola de caballo con la que también me atrapaba a mí. Prefería los pantalones a las faldas. Nunca se pintaba la cara. Rezumaba frescura, olía a jabón dulce. Sus hombros eran firmes pero finos, el regalo de una camiseta de tirantes en verano, y de esos hombros desnudos se prolongaban unos brazos tranquilos que acababan en unas manos inquietas con las que Violeta leía un montón, sobre todo novelas de misterio, cuyas intrigas me contaba entusiasmada sin que se arrugase ni una miaja en su cara, ni siquiera su delicada nariz, colocada allí por algún genio del Renacimiento como el remate maestro a un cuadro perfecto.

 

 

 

 

Porque Violeta era perfecta. Y además le encantaban las croquetas. Decía que había que comerlas con los dedos para disfrutarlas por completo, y sólo utilizaba el tenedor cuando se las servían rectangulares o redondas. Consideraba que esas variaciones suponían una perversión sobre el formato original: “La croqueta tiene que tener forma de croqueta, de lo contrario, merece ser ajusticiada con instrumental quirúrgico”, sentenciaba solemne, divertida, bamboleando su coleta, mientras yo la observaba a través de un marco de amor.

 

Ay Violeta, cómo me moría por tocarte las tetas.

 

 

 

 

En aquellos años yo era un joven lánguido y desustanciado. Atravesaba una mala época y casi todo me hacía llorar. Sonic Youth me hacían llorar. Kraftwerk me hacían llorar. Los Residents me hacían llorar. Y cuando ya no podía llorar más, me ponía en el walkman las casetes de Miguel Bosé una y otra vez, tumbado en la cama de mi cuarto como un nabo abandonado, y lloraba más. No entendía por qué sólo me tocaba yo.

 

 

De esa guisa conocí a Violeta.

 

 

 

 

Fue durante unas prácticas de verano. La pasaba a buscar todos los días para ir juntos a la emisora donde ambos trabajábamos como carnaza de oficina: yo en un programa de cotilleos, que se autodenominaba prensa rosa, y ella en los informativos, como becaria en la sección de nacional.

 

Nunca en mi vida me interesé más por España.

 

 

 

 

Cuando acabábamos la jornada nos íbamos de cañas a comentar cuanto nos había sucedido en aquella redacción, de la que sólo recuerdo la máquina de café, el olor a moqueta rancia y un jefe calvo que me hablaba con las manos muy adentro de los bolsillos. No aprendí nada, porque cuando estás enamorado es imposible aprender, cualquier alrededor simplemente no existe. Y yo sólo quería licenciarme en Violeta, conocerla de hombro a hombro, saber de sus esperanzas y de sus ansias, bañarme en las fuentes de su alegría y rozarme donde pudiera. Así que cada tarde la interrogaba: qué había hecho, a quién había entrevistado, sobre qué estaba escribiendo. “Cuéntame”, le pedía con mi cara triste de Alcántara, arrimándome con la excusa de entregarle toda mi atención porque por dios bendito que me estaba quemando entero por dentro, corra camarero, corra, pónganos dos cañas y una ración de croquetas a ver si yo me sofoco las entrañas y ella se ablanda hablándome del Congreso, o de un suceso, o de las últimas pesquisas de Hércules Poirot. Y así saltábamos de un bar a otro, siguiendo un recorrido de croquetas excelsas que habíamos localizado por algunas calles recoletas de la ciudad.

 

 

 

 

De la que encadenábamos bares, Violeta me cogía del brazo. Pegado a su lado, todo yo me alargaba, flotando como una gran pompa de jabón.

 

 

 

 

Ella se daba cuenta del efecto que provocaban sus carantoñas. que se daba cuenta. Su forma de presionarme el costado, la naturalidad con la que giraba su cara y me plantaba la nariz a menos de un palmo, el ralentí con el que me soltaba cuando alcanzábamos el siguiente garito y yo le abría la puerta reverenciándola con un ademán de memo. Lo mejor de las mujeres inteligentes es contemplar cómo juegan con tu impaciencia. Y yo me volcaba sobre cada barra a fin de ocultar la mía. Bebíamos y charlábamos y comíamos (ella, a insoportables bocados), y fantaseábamos sobre cómo debía mejorar el periodismo moderno; sobre la Ley D’Hont; sobre qué nombre le imaginábamos al detective mongólico de Eduardo Mendoza. Y sobre cómo elaborar la croqueta perfecta.

 

 

 

 

 

Por supuesto, pensé en prepararle unas croquetas en casa. Pero nunca he sabido cocinarlas como dios manda, sólo las trabajo por aproximación; carezco del talento necesario para convertir en excelso lo sencillo. Quizá por eso nunca pude conquistarla por completo. Y eso que, finalmente, lo intenté.

 

 

 

Una tarde, en la última semana de prácticas, le propuse cambiar las cañas por vinos durante nuestra excursión vespertina, una malicia que ella aceptó y que aceleró el entusiasmo de cada ronda. Atardeció, anocheció, y de repente nos encontramos borrachos en una tasca desierta donde las manos se te pegaban a la barra, sin ningún otro paisanaje que nos acompañara en el local. Ese día no había fútbol en la tele. El camarero nos puso delante dos croquetas pantagruélicas, burdas e inmensas, y se retiró a adormilarse en un rincón. De fondo sonaba un hilo musical.

 

 

 

 

Violeta cogió con sus largos dedos aquel monstruo rebozado. En los altavoces desvencijados empezó una canción.

 

 

“Ese modo de andar”.

 

 

Sin poder contener la risa por los humores del vino, Violeta intentó morder la croqueta. “Ese look chachachá”. No le cabía en la boca. “Casi casi vulgar”. Le atizó un mordisco decidida y abrió los ojos de par en par. “Y esas cejas”. Parte de la croqueta se le cayó e intentó recogerla con la mano libre. Otra parte quedó pendiendo de su boca entreabierta. “Me sentí castigar”.

 

 

Entonces la besé. No puede más, y la besé con toda la furia de mi tristeza.

 

 

“Te dije sí, sí”.

 

 

Mis labios se emplastaron con los suyos, desbordando a su paso la montaña de bechamel grumosa. Una vez dentro, mi lengua se abrió camino entre los trozos de jamón. Creí derretirme“Tan salvaje”.

 

 

Nunca olvidaré aquel momento.

 

Violeta tosiendo en mi cara la croqueta.

 

Violeta escupiendo en el suelo la croqueta.

 

Violeta, cagándose en dios.

 

 

Violeta. “Ámbar y arena”.

 

 

Violeta.

 

 

“Todo es posible, menos ”.

 

 

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