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Teresa a la plancha
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remartini | 17-05-2016 | 10:45

Hoy presentamos el cuarto relato de la asombrosa serie:

 

Cuatro mujeres (y un hombre) a los que casi me comí.

 

 

 

 

 

 

 

–”¿Tú en invierno calientas la tapa del váter antes de sentarte?”

 

–”No”. 

 

–”¿Y no te parece un poco idiota saber que el frío te va a congelar la espina dorsal, y aún así sentarte igual en esa taza helada?”

 

–”… Pues es verdad”.

 

–”Eso es porque, en el fondo, necesitas el dolor. El dolor nos proporciona placer, un placer diferente, autoinflingido, cupable. Y eso mola. Mira la gente que constantemente dice que está deprimida: en el fondo, les gusta”.

 

Entonces cogía otro percebe, u otro berberecho, y lo sorbía con un apetito que arrastraba al animal dentro de su boca.

 

–”Por eso yo tampoco la caliento. Porque me encanta que se me congele el culo al mear”.

 

 

 

 

Así era Teresa: descarada y satisfecha con sus contradicciones. Además de orinar en invierno, también le encantaba hablar como un loro y tragar marisco.

 

–”Joder, uno de esos pises mañaneros, cuando abandonar las sábanas supera a cualquier otra maldición bíblica, es el mejor acicate que existe para vivir. Piénsalo, David. El punzón que te recorre la espalda al sentarte se transforma a los pocos segundos en un confort que te calma el cuerpo entero. Es casi como un orgasmo, pero a cámara lenta. Un orgasmo de cine mudo, jajaja”.

 

Y cogía una gamba, le desmembraba la cabeza, la estrujaba entre sus incisivos, la chupaba, la chupaba más fuerte, la masticaba como un ratoncico, se sacaba con los dedos los pocos restos que su trituradora no había desintegrado, y toda su dulce cara de niñata revolucionaria se regodeaba de satisfacción. Mientras depositaba en el plato ese gurruño de mar, yo soñaba con ser langostino.

 

 

 

 

 

Teresa me ayudaba con el fanzine semanal del Movimiento de Objeción de Conciencia, que en aquellos años promovía la insumisión al servicio militar obligatorio. Su novio, fundador del colectivo, un tipo alto y carismático muy célebre en los ambientes rojeras de la ciudad, había ingresado en la cárcel hacía unos meses como un mártir de la lucha. Por las noches pegábamos carteles por el centro reclamando su libertad al Estado opresor. En la foto aparecía con un pañuelo palestino y un puño alzado, sobre el que habíamos pintado una paloma de la paz sujetando una escopeta con el pico. La escopeta también parecía un gurruño. Hablé con él por primera vez dentro de la prisión, y luego con Teresa afuera, para hacer un reportaje en el fanzine sobre su sacrificio por la causa etcétera. Él me pareció un mamón. De ella me enamoré. O al revés, vaya.

 

 

 

 

Amén de maoísta, feminista, sandinista, fan de Kortatu y bruta adrede, Teresa era una máquina de amor libre. Se tiraba a cuanto respiraba, y luego me lo contaba con un detalle que me ponía malo: posturas, tamaños, minutajes, olores, fluidos… No estaba especialmente buena, apenas levantaba un metro sesenta, y sus pechos resultaban pequeños en proporción a sus caderas y al culo abundante y mullido que sostenían. Pero movía todo ese conjunto de piezas con un donaire irresistible. Notabas que andaba, porque cada teta y cada nalga y cada brazo y cada pierna reclamaban a cada paso su propia independencia. Y luego estaba su piel, esa piel morena mondada de un tirón, a la que Sergio y Estíbaliz debían de haberle dedicado su canción de miel.

 

–”Por cierto, no veas el polvo que eché el otro día con el camarero aquél. Todavía tengo agujetas en las piernas. ¿Por qué a los tíos os gusta tanto hacerlo a cuatro patas? Al principio pensaba que era por un rollo animal, pero ahora sospecho que hay algo de vergüenza, de esconderos, ¿no crees?”

 

 

 

 

Toda su gracia delataba que provenía de buena familia, por mucho que lo camuflase tras pornografía verbal, mallas rotas, botas de militar, pendientes que parecían tachuelas, camisetas grandes y negras como mapas del infierno y un pelo desmochado, incongruente, cortado a mala leche; cortado con ese mismo odio cainita que acabó arruinando a la izquierda de este país. Comunismo de martillo, peluqueros de hacha, la revolución anegada en su agua de borrajas. Nunca entendí cómo podíamos pasar más tiempo en las asambleas que en el bar.

 

 

-”Mmmm… En eso de las cuatro patas también debe haber algo de placer culpable”.

 

 

 

 

Los sábados por la mañana quedábamos en una marisquería de su barrio donde servían raciones baratas de plancha, para, en teoría, planificar la siguiente revista combativa y de paso saciar su afición al marisco, otra de sus felices contradicciones de niña rica. A la segunda cita de navajas y almejas ya estaba narrándome las aventuras salinas de su entrepierna. Yo la escuchaba con esa sonrisa tibia que ponemos los tíos cuando nos enfrentamos a una mujer que habla del sexo con la misma brusquedad que nosotros, esto es, esa mueca de aparente naturalidad que en realidad sujeta a duras penas la infinita tensión de todos nuestros músculos y cartílagos estirándose a la vez. Ni que decir tiene que, tras aquel mohín de falsa tranquilidad, me derretía por convertirme en un episodio, aunque fuese fugaz, de la lúbrica odisea de Teresa.

 

 

 

 

Un día, después de uno de aquellos vermús especialmente largo, desembocamos a media tarde en su piso de alquiler, desvencijado, comunal y siempre abierto. Sin mediar palabra, me arrojó sobre un colchón tendido en el suelo que hacía las veces de tresillo en un salón ahumado de incienso y porros. Riéndose, me quitó los pantalones, se desnudó, se sentó sobre mí, me acarició el pecho despacio, dejó escurrirse su cuerpo, y empezó a tratarme como si fuera la pata de un bogavante.

 

 

 

 

Me puse tan nervioso que ni siquiera pude empezar a cumplir. Me descubrí una paloma sin rifle.

 

 

 

 

Ella se lo tomó a bien. A un tío con el que se había acostado hacía un tiempo les había pasado lo mismo, “tranquilo, no te agobies, porque los hombres estáis sometidos a la presión falocentrista de blablablabla”. Mientras Teresa, caritativa, parloteaba, yo me hundía como una gamba decapitada sobre la plancha de su colchón.

 

Decidí dejar de entrenarme durante las noches para no hacer el ridículo la próxima vez.

 

 

 

 

La próxima vez me elevé, pero apenas conseguí asomarme.

 

Temiendo acabar como el ácaro de sus polvos, me juré a mí mismo que tarde o temprano saldría de aquel cuarto con el puño en alto.

 

 

 

 

A la tercera, por fin me sumergí, pero sólo aguanté unos segundos dentro del mar. Lo que tardas en escaldar un percebe, ay.

 

 

Y ya nunca más tuve otra oportunidad. Su novio salió de la cárcel y Teresa me abandonó a las puertas del Palacio de Invierno, atrapado en la prisión de su frustrante recuerdo.

 

 

 

 

Lo pasé muy mal. Dejé el fanzine, el Movimiento, me compré un polo Lacoste y me hice liberal. Ahora, cada vez que como marisco, lloro. Siempre que ataco a una mujer por la retaguardia, me siento culpable. Y cada vez que voy al baño entre noviembre y febrero, el frío de la taza me provoca una terrible erección. Terrible, porque siempre llega demasiado tarde.

 

 

 

 

 

Sobre el autor remartini