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Patricio con rodaja
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remartini | 17-05-2016 | 10:43

Hoy presentamos el quinto y último relato de la asombrosa serie:

 

Cuatro mujeres (y un hombre) a los que casi me comí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta que conocí a Patricio, yo era prácticamente heterosexual. Practicaba siempre que podía. Diferenciaba las entrada de las salidas. Me había enamorado un puñado de veces (según he relatado aquí) con la fuerza de los mares etcétera. En general, era amable con las jóvenes.

 

 

 

 

 

Conocí al hombre que habría de invertir mi vida en un bar donde yo ponía copas para completar el infame sueldo que me pagaban en la radio. Patricio jugaba a los dardos con un grupo de amigos junto a la barra. Al principio, dudé si era una chica con el pelo corto o un tío con un corte de chica. Solo le veía de espaldas, que no estaban mal: piernas largas, cintura suave, buen remate. Lanzaba los dardos con energía, pero agarrándolos con unos dedos finos que más que agarrar sostenían, como cuando alguien utiliza con maña delicada unos palillos chinos. Al sexto dardo, acertó en un 20 doble y soltó un gritito descocado que viró las cabezas de todo el local.

 

 

 

 

Maricón, pero era un tío.

 

 

 

 

Cuando el grupo, asiduo del bar, se acercó a pedir otra ronda, me lo presentaron. Y entonces dudé de si realmente se llamaba Patricio. El nombre, aparte de ridículo incluso en aquella época en la que no existía Bob Esponja, encajaba demasiado con un peinado que, ya visto de frente, recordaba en efecto al de un romano con faldita de una película peplum. “Pijus Magníficus”, pensé al darle la mano. Patricio me entregó la suya lánguida, me miró áspero, recogió su cerveza con esa misma determinación sexual de revista femenina, y regresó a batirse con la diana del rincón. Siguió lanzando dardos como un leñador con las uñas recién pintadas durante un rato largo, que aproveché para lanzarle varios vistazos furtivos más. Al marcharse, me ignoró.

 

 

 

 

 

 

Durante la juventud eliges a tus amigos por afinidad, porque comparten tus gustos, la condición de tu soledad, los entretenimientos para esconderte de ella. Necesitas coincidir en un plano sentimental y absoluto, pues los amigos íntimos te sirven para enfrentarte al mundo y no eres capaz de concebirlo soltándoles la mano. Luego, al envejecer (habitualmente más rápido de lo que creces), la cosa cambia. Te arrimas a personas que, aunque distintas en su modo de manejarse por la vida, manifiestan una actitud similar a la tuya: un humor particular, una forma de sortear los problemas, un bosón luminoso que detectas de inmediato y que ya ni te paras a analizar porque has empezado a apreciar el azar como un tablero de juego, en lugar de como un dios al que rezarle o un villano. Agradeces incluso que tus nuevos compañeros de rutina no encajen contigo, que aprecien otros placeres y que teman a peligros diferentes, probablemente porque en las décadas anteriores ya te has aburrido lo suficiente de ti. Y así, la frontera entre amigos y conocidos se difumina. Tu intimidad se trocea en función del magnetismo de cada persona a la que te arrimas, y con cada cual satisfaces una porción de tus andanzas. En lugar de perseguir el chuletón definitivo, prefieres irte de tapas.

 

 

 

 

Por supuesto, y si la fortuna te acompaña, en ambos periodos permanecen a tu alrededor un puñado de individuos cuya ligazón se afianza de una manera extraordinaria, ajena a cualquier suceso, a cualquier distancia, al enfado, y sobre todo a esa absurda exigencia de coherencia moral que tantas hermandades arruina. Hablo de lo contrario: de la amistad abierta, de los tendones de tus músculos. Sinceramente creo que esas personas componen los auténticas pasiones de cualquier biografía, y que quien no las atesora, muere virgen de toda risa. Yo me enamoré al primer ramalazo de Pedro, de Constan, de Déibis o de Jacinto, y sigo enamorado hasta el tuétano de lo que fueron y de lo que son. Lo cual no significa que, agazapado bajo ese afecto, esconda el anhelo inconfeso de que me peten el culo, según llevo reiterándole a Patricio desde hace años con toda la elocuencia de la que soy capaz.

 

Aún no lo he convencido.

 

 

 

 

Patricio y yo discurrimos paralelos durante bastantes partidas de dardos, hasta que finalmente nos cruzamos en una intersección adolescente. A veces yo pinchaba en el pub, y resultó que nos gustaba una música similar. Las canciones, ya se sabe, catalizan cualquier simpatía, pues ahorran un montón de palabras que ya proporcionan otros por ti, con mejor puntería y con el sentimiento bombeado desde un ritmo conmovedor. Esa es la fortaleza del pop. No obstante, al confesarnos nuestro amor incondicional por Morrissey, Rufus Wainwright o The Magnetic Fields, hube de reiterar las antedichas aclaraciones sexuales, inútiles ante un espíritu tan noble como rompehuevos.

 

 

 

 

Patricio, espigado, de cabeza menuda y con unos ojos marrones que sonríen como las chicas que dibuja Jaime Hernández y que se agachan para llorar como las de Osamu Tezuka, se define a sí mismo como “una medianía”. Se ve “medio inteligente, medio culto, medio guapo, medio divertido”. Cree sinceramente que es alguien regular, y le complace. Al tratarle, descubrí que en efecto guardaba adentro lo mismo que enseñaba afuera (acicalado, eso sí, por las decenas de amaneramientos propios de su género diluido). No quería ser otra persona, aceptaba sus cartas con naturalidad. Era frágil y fuerte a la vez, listo y cabezón, optimista y angustias, pero desplegaba siempre la misma frescura alrededor. Era una normalidad perfecta. Simple, hermosa y florida como una canción de Teenage Fanclub.

 

Me enamoré hasta el tuétano de él. Del hombre que era, y de la mujer que no podía ser.

 

 

 

 

 

Lo que vino a continuación es el relato habitual en cualquier comedia romántica. Los dos leíamos los prólogos de los libros al final, comíamos por diversión y otros rollos de ese tipo que tejen red. Su llaneza facilitó mi desnudez. Yo le grababa discos de Wilco y él me cocinaba unas lasañas fabulosas, acolchadas en mamatocúmulos de bechamel y suavizadas con zanahoria. Masticando, le hablé de mi amor por Scott Fitzgerald, Wilde, Richard Ford o Poe, un cariño sobrehumano porque supera al que guardo para muchas personas, pero él se centró en analizar únicamente “eso tuyo con Oscar Wilde”. Le enseñé mi colección de tebeos, y se hizo fan de Modesty Blaise. Le aficioné al vino y él me contagió su adicción al dulce. Me enseñó de quesos, y yo le demostré que los catalanes son los mejores charcuteros del planeta. Juntos encumbramos a Balenciaga en ese altar de bellezas mundanas que cualquier pareja construye en sus tardes de sofá, solo que Patricio realmente soñaba con lucir algún día alguno de sus vestidos. De vez en cuando, durante aquellas tandas de confidencias, él me pedía que me desnudara más, y yo le contestaba que no, coño.

 

 

 

 

 

Hasta que una noche, tumbados en el sofá de madrugada después de parlotear, beber y escuchar discos, nos quedamos dormidos. Me desperté con la nariz pegada a su nuca rapada, el sol perezoso por la ventana, y todo me pareció adecuado. Él asegura que durante mis sueños le metí la lengua en la oreja. Yo sólo sé que dormí de un tirón. Supongo que en esa mañana nos convertimos en una pareja, o en un bocadillo…, o yo qué sé.

 

 

 

 

Juntos hemos desvelado grandes misterios primigenios. Hemos viajado a mil sitios pequeños como exploradores de barras y edificios. Hemos visto la vida pasar. Y yo, alentado por los amplios carrillos con los que se come satisfecho todo cuanto guiso, me he convertido poco a poco en un gran cocinero casero. Le he cogido el punto al arroz, he ampliado mi abanico de caldos y sofritos, he perfeccionado mi salsa de tomate, los aliños, la puntería con las especias, la cocina a la plancha y la suavidad de mis escabeches. He dejado de cocer las verduras en agua. Manejo el mortero como un druida loco. Y he aprendido a ser feliz simplemente haciendo pan. Me siento frente al bol a contemplar cómo fermenta lenta la masa, mientras Patricio me atora la cabeza con sus relatos en rosa sobre las menudencias de un universo gay al que insiste e inisiste debería incorporarme de inmediato.

 

 

 

 

Una vez leí a Friedrich Nietzsche y me mareé, así que di por sentado que su teoría sobre el Eterno Retorno, sobre nuestra presunta existencia circular, acertaba. Patricio y yo dormimos juntos cuando podemos, él siempre de lado, acercándome el culo, y yo arqueado, para reafirmar mi heterosexualidad, aunque en realidad eso ya me da igual. Dormimos invertidos ambos, y muchas veces despertamos justo del revés, como si durante la noche hubiéramos rotado alrededor de un eje formado por el solapamiento de nuestras dos trayectorias antaño paralelas. Nuestros días son una diana y ya no me preocupo siquiera por mi propia historia, por ese relato que todos nos construimos para explicarnos las cosas que nos suceden por azar y conferirles así una lógica tranquilizadora que en el fondo sabemos absurda. Ahora, cuando quiero contarme algo, escribo un post mongolo; y cuando quiero viajar, me acodo en un bar con mi bocata homosexual. Quizá nos veáis algún día: Patricio parece una estrella fucsia estirada, y yo, un cuadrado amarillo con los ojos abiertos de par en par, buscando todo alrededor, pensando en nada.

 

Si afinas los colores, él es el vermú, y yo, la rodaja de naranja.

 

 

 

Sobre el autor remartini