El Comercio
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Autor: balbuena2222
¿Para qué?
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Jose Manuel Balbuena | 06-02-2018 | 6:35| 0

31585542-624x415Verán, me resulta curioso cómo se quiere construir ahora un área metropolitana en Asturias. Ya saben, esa agrupación de concejos en la zona centro -entre ellos Gijón- a los cuales el Principado quiere dotarlos de infraestructuras y ritmos comunes. Como es conocido, la cosa empezó mal. La primera propuesta de retomar esta idea -para nada nueva- fue bajo la tutela de la anterior consejera de Infraestructuras, Belén Fernández. Reunió a un grupo de alcaldes para sacarse la foto -casi todos de su propio partido- y ahí acabó todo. No hubo más. Las formas no gustaron en absoluto porque pretendía, según sus críticos, anular la autonomía municipal. Sin embargo, el actual consejero, Fernando Lastra, lo quiere hacer al revés: vertebrándolo de abajo a arriba. Esto es, empezar con seis concejos a los que se le uniría, por convencimiento y de forma voluntaria, el resto. No obstante, pienso que de una manera u otra la propuesta se encuentra viciada de raíz. Es decir, adolece de un liderazgo fuerte que empuje al resto. En el área metropolitana de Bilbao este municipio es el que aglutina y tira de los demás. El «gran Bilbao», como así se llama, está formado por urbes de menor tamaño y jerarquía. Aquí, ninguna de las tres ciudades que comprenden el eje central, o sea, Gijón, Oviedo y Avilés, puede representar semejante papel. Es imposible que alguna domine sobre la otra. ¿Somos quizá demasiado localistas? Francamente, no lo creo. El problema en el País Vasco sería igual si esa área metropolitana la quisiesen hacer entre el propio Bilbao, San Sebastián y Vitoria. Nuestras dimensiones hacen que apenas haya treinta kilómetros entre las principales ciudades, mientras que en Euskadi las distancias son mucho mayores y hacen imposible su integración física. Si no, estarían igual que nosotros. Entonces, ¿quién debería representar en nuestro caso ese papel de locomotora? Si ninguna duda, el Principado. Ahora bien, lo que nos encontramos es que no lo quiere ejercer; o en su caso, lo va a hacer de forma timorata y sin molestar a nadie. Se limita a reunir a representantes de los concejos en Pola de Siero para otorgarles el poder. Para decirles que, a base de crear comisiones de trabajo (la mejor fórmula para no hacer nada), vamos a diseñar la «gran ciudad Astur». ¿Con el mismo urbanismo, por ejemplo? Pues no, porque ninguno de los municipios va a ceder su principal competencia. ¿Con un sistema de transportes avanzado? Vamos a ver, pero si en Gijón tenemos todo por hacer: un plan de vías y una estación intermodal. ¿Para captar subvenciones europeas? Ah, eso sí. La eterna cantinela de Asturias. Que nos den dinero para luego invertirlo mal. Recuerden lo que pasó con la lluvia de millones de los fondos mineros, sin ir más lejos. Me pregunto, pues, ¿para qué queremos un área metropolitana? ¿Qué es lo que nos va a aportar?

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La burbuja del subsidio.
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Jose Manuel Balbuena | 03-02-2018 | 7:36| 0

31575283-624x415Sí, la burbuja del subsidio -a la rica subvención- ha terminado por estallar. El Ayuntamiento de Gijón incumplió la regla de gasto durante el pasado ejercicio. Eso se desprende de los datos provisionales de ejecución presupuestaria presentados ante el Ministerio de Hacienda. Hay que proponer un plan financiero para corregir la desviación de cara a este año y el que viene. O dicho de otra forma: después de tanto dispendio en gasto social, lo que toca es austeridad. Ahora bien, el problema creado no tiene fácil solución. Tengan en cuenta que en nuestra ciudad ocurre lo siguiente: las subvenciones se convierten en subsidios. Esto es, lo que tenía que ser provisional -como apoyo a determinadas situaciones de emergencia- se acaba convirtiendo en permanente. Así le ha pasado, por ejemplo, a las ayudas para las fachadas. En cualquier otro lugar, se atendería a los casos más graves, esto es, a las de aquellos más humildes que no pueden pagarse una rehabilitación. Sin embargo, aquí se entró a todo: desde fachadas de lujo en El Muro, a las más recatadas de Jove. Resultado: están suspendidas porque el sistema colapsó. Lo mismo que va a suceder con las ayudas al alquiler. Da igual que en la actualidad sea más barata la vivienda y la situación económica haya mejorado sustancialmente, siguen subiendo como la espuma. Recordemos: uno de cada cuatro alquileres en nuestra ciudad se encuentran bajo su tutela. Pero la reina de esta cultura del «no te preocupes, ya lo hago yo por ti», no obstante, fue la renta social municipal. Un ayuda básica -pretendía que todos los gijoneses tuviésemos un mínimo garantizado de 600 euros mensuales- que tenía vocación de permanecer y ser un auténtico maná. Es más, ante las expectativas que se crearon, ya hay casi 5.000 solicitudes en las dos convocatorias que se realizaron en 2017. Ahora, Carmen Moriyón, viendo la imposibilidad de su mantenimiento en el tiempo se retracta y dice que «Éramos partidarios de hacer algo excepcional, puntual y transitorio». No es cierto. Asumió como propia la medida electoral propugnada por Xixón Sí Puede e IU y hasta se mostró orgullosa de ella. Pues bien, se ha equivocado señora alcaldesa. La renta social municipal en poco tiempo ha acabado comiéndose los recursos y el incumplimiento (5,5 millones de euros) coincide prácticamente con el presupuesto asignado a la misma. ¿Y ahora qué? ¿Qué vamos a hacer con esos beneficiarios que esperan su continuidad? ¿Va a ser flor de un año lo de las famosas «tarjetas white», ya saben, el sistema de gasto a través de los comercios locales? ¿No era esta la medida estrella que incluso se iba a exportar a otros municipios? El Gijón dopado con subsidios a tutiplén -que como los deportistas tramposos obtiene resultados artificiales- toca a su fin. No se puede sostener más. No será -bien lo saben los tres o cuatro que leen esta columna- porque no lo hayamos dicho aquí hasta la saciedad.

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Adiós Carles y hasta nunca.
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Jose Manuel Balbuena | 01-02-2018 | 6:20| 0

puigdemont-kqkh-u50840683446ccd-624x385rcComo todas las decisiones que se quedan a medio camino, la de Roger Torrent, presidente del Parlament, no contentó a nadie. En el bloque constitucional -si bien agradó el aplazamiento del pleno de investidura- tampoco gustó que se mantuviera como candidato a Carles Puigdemont. Eje del mal, príncipe de toda esta parálisis y sin dios que vive la política catalana. A los constitucionalistas -valorando que se respete la legalidad impuesta por el Tribunal Constitucional- no les resultó especialmente atractivo el empecinamiento por investir al prófugo. Con cualquier otro candidato sin causas penales pendientes la normalidad institucional (si algo normal queda en Cataluña), volvería. Ahora bien, donde resultó especialmente dolorosa fue dentro del independentismo. Ha provocado, como no podía ser de otra manera, un cisma de órdago. Al propio Carles le sentó como un tiro porque él pretende seguir tensando la cuerda y salvar su situación personal. Incluso dijo que no había otro candidato alternativo posible. O yo, o la nada. Saltándose, claro está, todo lo que Junts per Catalunya (a quien tiene secuestrado) y Esquerra Republicana pudiesen decidir. Es más, en un émulo de la toma del Palacio de Invierno, algunos de sus radicales fanatizados empezaron a gritar «o investís al president, o tomamos el Parlament». Hecho que causó conflicto con los Mossos, porque, ya ven, no sólo la malvada policía española da palos. El caso es que la postura tomada por Torrent también tiene algo de personal. Resulta obvio que el recién elegido tiene miedo a la cárcel. Es decir, acabar como Junqueras y compañía habiendo aterrizado apenas en el cargo. En esta marcha atrás ha pesado el bagaje anterior y las consecuencias de saltarse las leyes. El Constitucional lo dejó muy claro: si no se acataba su resolución habría sanciones penales. A Puigdemont le resulta especialmente sencillo mover piezas desde su retiro dorado, sin embargo, quienes sufren las consecuencias son los que están aquí. Que se lo digan al preso más famoso de la prisión de Estremera, privado de libertad provisional por su fuga. Aplazar el problema que representa Puigdemont para Cataluña no lo soluciona. Está, como él mismo admite al verse abandonado, acabado. El president del Parlament no puede mantener su candidatura contra viento y marea. Es completamente imposible. Al final, tendrá que ceder porque no le va a quedar más remedio. Este limbo creado no se puede prolongar mucho más allá: el secesionismo no creo que esté contento con seguir intervenidos. En sus manos está acabar con él. Es tan sencillo como que otro ocupe su lugar. Lo demás, es prologar esta sangría económica y social «sine die». Adiós Carles y hasta nunca.

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Tabacalera.
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Jose Manuel Balbuena | 30-01-2018 | 6:17| 0

tabacalera-gijon-u402351122x0c-u508279481071l-624x385el-comercio-elcomercioEs curioso lo que está pasando con tan singular edificio. La rehabilitación de mayor calado, sin duda, que se está llevando a cabo por parte del Ayuntamiento. A los problemas técnicos (las obras llevan retrasos por el continuo hallazgo de restos arqueológicos), hay que sumar que todavía no existe un plan de usos definido (es decir, no se sabe qué hacer con tanto espacio). De lo primero, de cómo se ha tenido que variar el calendario de la obra, da buena prueba la definición que dio la directora general de Coordinación de Infraestructuras, María López de Castro, calificándola de «pozo de la historia». Es más, durante el presente mes de enero se han encontrado nuevos restos en las excavaciones. Eso hace que el plazo programado para terminar las obras de consolidación (quince meses desde mayo 2016) se haya quedado corto, así como el presupuesto inicial de 4,8 millones de euros. Sin embargo, lo más preocupante es la segunda parte. Esto es, no saber todavía qué hacer en su interior. Hace pocos días diversos colectivos vinculados a Cimavilla proponían la creación de una cooperativa cultural. O sea, un centro polivalente con gestión público-privada donde tuviesen cabida diversas actividades culturales. Desde las particulares de ciudadanos, pasando por el albergue para las charangas de carnaval, locales de ensayo, asociaciones de vecinos o empresas del ámbito de la cultura. En definitiva, un batiburrillo que haría que semejante contenido no diera sentido al continente. O dicho de otra forma: gastarse 19,6 millones de euros para acabar siendo un centro municipal más, la verdad, no deja de ser una paradoja. El inmueble de la antigua fábrica de tabacos por historia y singularidad, para mí, sería el mejor de los museos posibles de Gijón. Una exposición viva y progresiva de la historia de la ciudad hasta nuestros días. Incluidos, claro está, los fondos del Museo Casa Natal de Jovellanos que no pueden seguir ahí por las deficiencias que presenta. Ahora bien, esto no se quiso llevar a cabo porque los nuevos tiempos políticos que corren son así. Parece que conservar nuestras señas de identidad no es tan importante, como ponerlo al servicio de la ciudadanía aunque sea de una forma vaga e imprecisa. Incluso, fíjense, se habló de que tan noble construcción acabase siendo un «laboratorio ciudadano». Más concretamente, un centro de «innovación social» tal y como lo definieron desde Xixón Sí Puede. El caso es que las obras avanzan -aunque sea con dificultades- pero las ideas para su utilización resultan hasta peregrinas. Tenemos claro cómo va a ser el edificio, pero no para qué va a servir semejante inversión. Desde luego, si al final, lo vamos a utilizar para que sea un difuso «espacio creativo abierto», más que un referente para quienes nos visitan… aviados vamos.

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¿Hasta dónde?
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Jose Manuel Balbuena | 27-01-2018 | 7:10| 0

30077524-624x416Esta semana supimos que las ayudas al alquiler se encuentran atascadas. O sea, que el Ayuntamiento está tardando en tramitarlas y, por tanto, sus beneficiarios sufren las consecuencias al no poder pagar la renta. Según la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) hay más de diez desahucios pendientes en la ciudad, debido a que «lo que antes se hacía en 20 días, ahora se tarda entre cuatro y seis meses». Algo parecido, recuerden, a lo que está sucediendo con las subvenciones municipales a las fachadas. El sistema colapsó y, en la actualidad, se encuentran suspendidas a la espera de elaborar nuevas bases. Eso sí, hay una diferencia muy notable: en las del alquiler hablamos de personas, no de ladrillos. Pues bien, estas ayudas tienen un recorrido muy largo en nuestra ciudad. Se pusieron en marcha con un Gobierno socialista en el Consistorio, siendo socio IU a quién se le dio el control a través de la Empresa Municipal de Vivienda (Emvisa). Desde entonces, y mira que ha llovido, no han parado de crecer. Tanto en beneficiarios, como en casuística o plazo. Se supone que las mismas fueron creadas para paliar una necesidad muy concreta: el precio de la vivienda estaba por las nubes y su acceso era imposible para una parte importante de la población. Sin embargo, estalló la burbuja, los precios se desinflaron y la subvenciones a las rentas no dejaron, como digo, de subir como si le echasen levadura. El año pasado, sin ir más lejos, Emvisa duplicó el número de beneficiarios de una línea de urgencia que había creado en 2016. Esto es, se trataba de una ampliación por dos años para aquellas personas que habían agotado el plazo convencional. Seguro que dicho plan, ya lo verán, volverá a crecer este ejercicio porque alarga de facto el tiempo de amparo. Conclusión: cada vez que se alquila un piso en Gijón se pide (casi exige) la correspondiente subvención y, por eso, uno de cada cuatro gijoneses que vive de alquiler la disfruta. De hecho, los más demandados -buscados como si fuesen oro- son aquellos inmuebles cuya renta máxima no supera los 450 euros mensuales. Es decir, el límite establecido para su concesión. Lo que supuestamente era temporal -para aliviar unas condiciones de mercado complicadas y una crisis económica flagrante- se ha acabado convirtiendo en definitivo. Incluso, tal y como está admitido por Emvisa, producen un efecto llamada. Hay personas que fijan su residencia en Gijón porque quieren optar a ellas. Su importe presupuestario es ya bastante considerable: está alrededor de los cuatro millones de euros anuales. Teniendo en cuenta además que, normalmente, a mitad del ejercicio, hay que modificarlo para poder cubrir el número de solicitudes. En definitiva, que su dinámica es tan aplastante como una bola de nieve. Y la pregunta obvia es, ¿hasta dónde se va a llegar?

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